LXXIII ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
La
fidelidad de Dios dura siempre
Mirada de fe al siglo XX
Madrid, 26 de noviembre de
1999
Introducción
1. Estamos despidiendo un siglo.
Los Obispos de la Iglesia en España, en este momento evocador y de gracia,
dirigimos una mirada de fe hacia la centuria que nos ha situado en los umbrales
del tercer milenio del cristianismo. Como discípulos de Jesucristo, en quien
"el tiempo llega a ser una dimensión de Dios", sabemos bien que todos
los tiempos nos hablan, cada cual a su modo, del Señor de la historia.
Siguiendo las huellas del
Concilio Vaticano II, deseamos, pues, escrutar hoy "los signos de los
tiempos", de estos tiempos que ahora concluyen según las medidas
cronológicas y que llamamos el siglo XX. No pretendemos erigirnos en jueces de
la historia. Es imposible una visión definitiva de un acontecer abierto todavía
hacia el futuro del que esperamos al Juez justo y salvador. Queremos abrir
nuestros ojos con humildad y verdad a algunos de los acontecimientos y
situaciones que podemos leer como señales de la presencia activa de Dios en
nuestra historia.
Los acontecimientos de los que
hablaremos son de distinto signo: unos, señales de vida, otros de muerte; con
frecuencia llevan en sí la ambigüedad de las obras del ser humano, la cual es
especialmente notoria en nuestro tiempo y hace que a muchos de nuestros
contemporáneos, "agitados entre la esperanza y la angustia, les atormente
la inquietud, interrogándose sobre la evolución del mundo actual".
En todo caso, nos mueve antes que nada el deseo de dar gracias a Dios y de
alabarle, porque, en medio de todo, "su misericordia llega a sus fieles de
generación en generación" (Lc 1, 50)
(Parte I). Nos sentimos también llamados a la conversión, impulsados a pedir y
recibir el perdón de Dios (Parte II) y gozosos de renovar nuestra fe y nuestra
esperanza en sus promesas (Parte III).
2. Junto con María, proclamamos la
admirable grandeza del Señor, que hace posible la vida y la felicidad de los
hombres. La Madre del Salvador canta en el Magnificat las grandes obras
de Dios en favor de su Pueblo. La mayor de todas ellas es, sin duda ninguna,
que el Poderoso haya puesto los ojos en la humillación de su esclava para que
el Hijo eterno se haga hombre en las entrañas de la Virgen. El Gran Jubileo del
año 2000 de la Encarnación del Verbo alegra a la Iglesia con un gozo sin par,
semejante al de María, y la vuelca en "la glorificación de la Trinidad, de
la que todo procede y a la que todo se dirige, en el mundo y en la
historia". En este espíritu, entonamos el Magnificat de las
Vísperas de un siglo y un milenio nuevos.
I
"Proclama
mi alma la grandeza del Señor" (Lc 1,
46)
Alabanza por los beneficios
recibidos
3. Son muchos los beneficios que
Dios ha hecho a nuestra sociedad y nuestra Iglesia en este siglo que termina.
Como los Padres del Concilio Vaticano II, estamos persuadidos de que las
conquistas de la Humanidad no se oponen al poder de Dios, sino que, por el
contrario, "las victorias del hombre son signos de la grandeza de Dios y
consecuencia de su inefable designio". Movidos por su amor hacia nosotros,
le alabamos por sus beneficios, que vemos realizados en algunos logros notables
de la Iglesia y de la Humanidad en el siglo XX.
4. a) Antes que nada damos
gracias a Dios y le glorificamos por el don mismo de la fe. La fe que
recibimos a través de nuestros padres, sacerdotes, educadores y catequistas,
sigue viva y renovada en tantas personas, familias y comunidades. En el siglo
que termina los ataques sistemáticos a nuestra fe cristiana, que se habían
venido fraguando en los siglos anteriores tanto en el mundo de las ideas como
en el de los hechos, han alcanzado una gran virulencia. Hasta tal punto que,
como ha recordado Juan Pablo II, "al término del segundo milenio, la
Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires". El testimonio de
miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y violencias de
los falsos profetas de la irreligiosidad y el ateísmo. He ahí el gran milagro
de nuestro tiempo. Gracias a Dios, la fe en Jesucristo ha seguido y sigue
alimentando la esperanza en el corazón de muchos. De modo que la Iglesia ha
podido presentarse ante el mundo como signo renovado de la Salvación.
Las Iglesias de España han sido y
son intensamente evangelizadoras. Damos gracias a Dios por la pléyade
incontable de misioneros y misioneras que han salido de nuestras familias y de
nuestro pueblo cristiano. Anunciar el Evangelio de la gracia de Dios es prueba
patente del vigor de una fe que es apreciada como el auténtico tesoro.
5. b) El Concilio Vaticano II
(1962-1965), muestra extraordinaria de la cercanía de Dios para con los hombres
de nuestro tiempo, ha sido el gran instrumento de renovación de la Iglesia
universal que hunde sus raíces en la intensa vida cristiana de las décadas
precedentes, en el llamado "despertar de la Iglesia en las almas":
ahí estaban los movimientos bíblico, litúrgico y ecuménico, la Acción Católica,
otros movimientos laicales y la vida cristiana seria y fiel de tantos
sacerdotes, consagrados y seglares. Todo ello culmina en la luminosa enseñanza
del Concilio, en particular, en las cuatro grandes Constituciones sobre la
Liturgia, la Iglesia, la Revelación y la Misión de la Iglesia en el mundo de
hoy.
Mientras Roma era testigo de
aquella magna asamblea, en la que se daban cita dos mil quinientos Obispos de
todo el mundo, España se encontraba en un momento crítico de su evolución
social, económica y política. La Iglesia Católica hacía en el Concilio una
experiencia viva de su universalidad y se rejuvenecía, volviendo a las fuentes
de la fe, para un anuncio libre y directo del Evangelio. La vivencia y la
doctrina conciliar aportaron a nuestras Iglesias el impulso y la lucidez
necesarios para situarse de modo evangélico y creativo en la coyuntura de
nuestra sociedad, que demandaba unos planteamientos nuevos y serenos para la
reorganización de la convivencia social.
El Concilio trajo consigo una
honda renovación interna de la vida de la Iglesia en todos sus aspectos, desde
la liturgia hasta la teología, la espiritualidad y la organización eclesial. El
Papa ha comparado el espíritu del Vaticano II con un "adviento", con
un tiempo fuerte de revitalización de la fe de la Iglesia, de encuentro
renovado con Cristo, ante las circunstancias inéditas del nuevo milenio. Para
nosotros fueron en su momento particularmente significativas las nuevas
perspectivas que la renovación conciliar abrió en el campo de la relación de la
Iglesia con el mundo, con la autoridad civil y sobre la libertad religiosa.
Estas perspectivas conciliares propiciaron la aportación de la Iglesia a la
transición pacífica a la democracia. Al tiempo que damos gracias a Dios por la
poderosa acción del Espíritu Santo que inspiró la obra del Concilio, le pedimos
coraje y fidelidad para seguir los caminos que Él nos sigue abriendo a través
de la doctrina conciliar y de su fiel interpretación por los Sínodos de los
Obispos, en particular el de 1985, que hizo balance de la recepción del
Vaticano II y la impulsó con renovada confianza.
6. c) La publicación de la encíclica
Rerum novarum, de León XIII, abre uno de los capítulos más notables del
pensamiento y de la acción de los católicos en el siglo XX: la Doctrina
Social de la Iglesia. Juan Pablo II, al celebrar en 1991 el centenario de
aquella carta magna con su encíclica Centesimus annus, ponía de
relieve la hondura de unos principios, arraigados en la visión cristiana del
ser humano, que se han mostrado capaces de resistir al paso del tiempo y a las
dramáticas ilusiones de los totalitarismos de diverso cuño que han lacerado
tantas vidas en estos años que terminan.
Sobre los pilares básicos de la
dignidad de la persona, como fuente de los inalienables derechos sociales y
políticos del ser humano, y del principio de subsidiariedad, como clave de una
organización de la vida social tan alejada del colectivismo como del
individualismo, destacados líderes sociales y políticos católicos prestaron una
contribución impagable a la construcción de la democracia social en la Europa
de este siglo. Recordamos a Robert Schuman, seglar y uno de los padres de la
Europa comunitaria, hoy camino de los altares. Su obra, como en nuestro país la
de Ángel Herrera Oria -cuyo proceso de canonización también está abierto- es
representativa de la presencia de la Iglesia en la vida pública, con la
actividad social, formativa y política encaminada a la organización justa y
libre de la sociedad según los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.
Recordamos también la acción específica de los cristianos en el mundo del
trabajo a través de organizaciones sindicales y de apostolado obrero.
No podemos olvidar las muchas
obras asistenciales y de servicio abnegado y eficaz en el campo de la
enseñanza, la sanidad y la atención de los marginados, iniciadas por tantos
fundadores y fundadoras del siglo XIX y principios del XX, que siguen prestando
hoy servicios admirables de verdadera caridad. Todos ellos son motivos para
reconocer y agradecer con gozo la fidelidad y las obras de Dios en favor de su
Pueblo.
7. d) La paz y la concordia
entre los hombres han sido vistos siempre por la Iglesia como uno de los
grandes dones del Cielo. El siglo XX ha sufrido y sufre todavía guerras y
violencias inauditas, hoy sobre todo en el llamado Tercer Mundo, pero ha sido
también el siglo de la paz. Después de la Segunda Guerra Mundial Europa ha
gozado de un largo periodo de paz como pocas veces en su historia. Los
organismos encargados de la cooperación internacional y de la custodia del
entendimiento entre los pueblos han sido un logro innegable que hay que saber
agradecer. Será necesario avanzar en la consolidación y en la eficacia de estas
instituciones al servicio de la dignidad humana.
Todavía más de agradecer para
nosotros es la paz disfrutada por nuestro pueblo en la segunda mitad del siglo.
Tanto los conflictos externos como los enfrentamientos internos entre distintas
ideologías, grupos sociales, regiones o nacionalidades han dado paso a una
creciente concordia social que es casi seguro el mejor legado de nuestra
historia reciente para el nuevo milenio; no debemos dilapidarlo. La
Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como
fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y
primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos. Damos gracias de
corazón a Dios por el don magnífico de la paz y le rogamos que nos haga a todos
cada vez mejores servidores de ella, recordando que la verdad y la justicia son
condición necesaria de la paz.
8. e) El desarrollo económico
y social ha sido otro de los logros indudables de este tiempo que nos
permite mirar hacia atrás con satisfacción. Aunque, por desgracia, en muchas
partes del mundo no sea así, la vida de los hombres y de las mujeres de
nuestros pueblos y ciudades es hoy, por lo general, mucho más holgada y menos
menesterosa que la de nuestros antepasados de hace cien años. El progreso de la
ciencia y de la técnica ha hecho posible la producción de más y mejores bienes
y servicios en todos los ámbitos. La alimentación básica, la sanidad y la
vivienda están en buena medida aseguradas. Los medios de transporte privados y
públicos permiten una movilidad laboral y de ocio antes impensable. Los
instrumentos de comunicación convencionales y los informáticos ponen cada vez
más al alcance de todos tanto las noticias como la información especializada. Y
lo que es más importante y ha acompañado constantemente el desarrollo económico
y social: en este siglo se ha logrado no sólo la alfabetización de la
población, sino que han sido cada vez más los que han tenido acceso a la
educación media y superior. No podemos dejar de dar gracias por todo ello al
Creador bueno, que nos ha permitido ser testigos de este estupendo desarrollo
de las capacidades otorgadas por Él al ser humano, creado a su imagen, para
poner a su servicio las riquezas del mundo.
También hemos sido testigos en
este siglo de una conquista formidable, todavía no concluida: la dignidad de la
mujer ha sido mejor reconocida y su presencia en la vida social se ha vuelto
más amplia y visible. Todos, mujeres y varones, tenemos una misma vocación
divina de la que deriva la igualdad fundamental de nuestra condición humana.
Más allá de ciertos extremismos que no dejan lugar para lo específico femenino
y masculino, esperamos que se profundice aún más en el reconocimiento de la
mujer en la Iglesia y en la sociedad. De ello se derivará sin duda una mayor
humanización de las relaciones sociales, basadas no tanto en los intercambios
de las cosas cuanto en la mutua aceptación de las personas.
9. f) La construcción de una
nueva Europa unida es también un fenómeno del siglo que termina que nos
llena de esperanza. No sólo porque supone la superación de ciertas rivalidades
nacionales que han ocasionado constantes y graves conflictos. Además, estamos a
tiempo de que las bases para la convivencia de los pueblos de Europa,
inspiradas en el humanismo cristiano, den lugar a una cultura política
verdaderamente respetuosa de los derechos humanos. La caída del "muro de
Berlín" en 1989 nos alienta a esperar que en el futuro los enfrentamientos
ideológicos y militares den paso a una casa común europea construida sobre los
cimientos de la libertad, la justicia y la solidaridad con otros pueblos, en
particular con los más ligados a Europa por razones geográficas o culturales.
La integración de España en este gran proyecto europeo, basado por vez primera
en el consenso democrático, ha supuesto el fin de un largo periodo de
aislamiento del que esperamos la consolidación de la paz y del bienestar para nuestro
pueblo. Damos gracias a la Providencia por estos caminos nuevos que el siglo XX
ha abierto para este Viejo Continente de tan hondas raíces cristianas.
10. g) Terminamos esta alabanza
de Dios por su fidelidad y sus grandezas para con nosotros agradeciendo al
Espíritu Santo que su conducción de la Iglesia a través de los tiempos se haya
hecho especialmente patente en la serie tan extraordinaria de los Papas del
siglo XX. No podemos dejar de mencionar al menos a los más cercanos a
nosotros: Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I. El incansable
peregrinar de Juan Pablo II a lo largo y ancho del mundo, como heraldo de la fe
y de la esperanza, ha hecho del Sucesor de Pedro una figura más cercana para
millones de personas, católicos y no católicos, en particular para los jóvenes.
Su anuncio de Jesucristo y su defensa de los derechos humanos, también en
situaciones difíciles y conflictivas, han dado frutos concretos de paz y
esperanza. Sus visitas a nuestras Iglesias de España son hitos señeros para la
nueva evangelización de nuestro pueblo, confiada y vigorosa, que abre el
horizonte de una nueva primavera de la Iglesia en el tercer milenio.
II
"Dispersa
a los soberbios de corazón" (Lc 1, 51)
Confesión de los pecados y
petición de perdón
11. El recuerdo de las
grandes obras que Dios ha hecho en favor nuestro y el agradecimiento y la
alabanza que por ellas le tributamos de corazón nos permiten afrontar sin miedo
y con verdad nuestras faltas. Confesamos nuestros pecados, los de los hijos de
la Iglesia y los de todos nuestros contemporáneos, ante Dios, que manifiesta
"de modo supremo su omnipotencia con el perdón y la misericodia".
Si evocamos ahora algunos
acontecimientos y situaciones que aparecen a los ojos de la fe como lesivos de
la integridad de la vida del hombre y, por tanto, como pecado contra el Creador
bueno, cuyo deseo es que el hombre tenga vida en abundancia, no es para acusar
a nadie ni tampoco para justificarnos ante nadie. Dios es quien justifica y
libera del pecado. Ante Él, Juez justo y benigno, ponemos nuestros pecados para
encontrar la libertad de un nuevo comienzo.
12. a) El primer pecado de los
hombres del siglo XX ha sido tal vez la autosuficiencia del "tiempo
moderno". Los hijos de la Iglesia hemos participado de esta gran
debilidad de nuestros contemporáneos. Las innegables conquistas de la ciencia y
de la técnica, los logros alcanzados en la organización de la vida social y en
la conciencia de la dignidad de todos los hombres han conducido a muchos a
pensar que, por fin, la Humanidad estaba a punto de construir el cielo en la
tierra. La palabra "progreso", convertida en bandera de una confianza
ilimitada en las capacidades del ser humano para construir un futuro
inexorablemente mejor, ha sido idolatrada como la fuente única del sentido de
la vida. De este modo, el autodenominado hombre "adulto" de este
siglo ha mirado con desprecio a los hombres de otras épocas, consideradas con
cierta simpleza como infantiles o subdesarrolladas. El progreso ha llegado a
ser confundido con la salvación que sólo Dios puede ofrecer. Pero tal desmesura
hace tiempo que ha empezado a mostrar su voracidad de la vida de los hombres y
de la creación entera. Las consecuencias indeseables de un progreso parcial y
de unos pocos, tanto en términos ecológicos como de justicia social, han
llevado a muchos a distanciarse de las hinchadas promesas de los tiempos
modernos, aunque no siempre de sus raíces en la soberbia de corazón.
Todos los tiempos están
igualmente cerca de Dios. Los logros humanos pueden facilitarnos la experiencia
de su cercanía; pero si nos vuelven soberbios nos impiden gozar de la presencia
divina y acaban por arruinar completamente nuestra vida. Pedimos perdón al
Padre de todos los hombres por habernos creído mejores que sus hijos y hermanos
nuestros de otros tiempos y por haber maltratado su creación, preciosa herencia
suya para todas las generaciones.
13. b) La vida es comunión y
comunicación. La soberbia dispersa, aísla y mata. La autosuficiencia del tiempo
moderno trae consigo el secularismo, que seca las raíces de la
esperanza. El hombre "adulto", fascinado por su nueva instalación en
el mundo, cegó poco a poco las fuentes de la esperanza en la Vida eterna y se
fabricó un sucedáneo de ella: las utopías terrenas. Pero éstas no pueden
satisfacer el anhelo de vida que anida en el corazón de los hombres. Ofrecen un
imaginado futuro del que la muerte separa sin remedio a cada persona y acaban
defraudando. Las utopías intramundanas no pueden suscitar una esperanza capaz
de vencer el destino frágil y mortal de los humanos. Ha sido un gran pecado del
siglo que termina el haber despreciado con frecuencia el Cielo que Dios nos
ofrece, considerándolo altaneramente como un falso consuelo o un sueño
infantil. Los cristianos hemos permitido con demasiada frecuencia la
secularización más o menos oculta de nuestra fe y nuestra esperanza. Al Dios
vivo, que nos ha creado para Él, le pedimos perdón. Sabemos bien que sólo la
esperanza de la plena comunión de nuestra vida con la suya sacia el deseo de
nuestra alma y nos hace libres.
14. c) Los enfrentamientos
atizados por nacionalismos excluyentes e ideologías totalitarias, que
pretendían hacer realidad por la fuerza las utopías terrenas, arrastraron al
mundo y, en particular a Europa, a violencias inauditas. La paz de la
segunda mitad del siglo no llegó sino después de las guerras más devastadoras y
totales que ha conocido hasta ahora la historia. A las acciones bélicas
destructoras de ciudades y países enteros hay que añadir los intentos de
exterminación de pueblos, razas y grupos sociales y religiosos llevados a cabo
con frialdad calculada para conseguir determinados objetivos programáticos,
carentes, de raíz, del más mínimo respeto al ser humano.
También España se vio arrastrada
a la guerra civil más destructiva de su historia. No queremos señalar culpas de
nadie en esta trágica ruptura de la convivencia entre los españoles. Deseamos
más bien pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en
acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los
frentes trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros
derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre injustificables, y en
el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue
clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz. Que esta petición de
perdón nos obtenga del Dios de la paz la luz y la fuerza necesarias para saber
rechazar siempre la violencia y la muerte como medio de resolución de las
diferencias políticas y sociales.
Para quienes ejercen la violencia
terrorista pedimos la conversión y el perdón de Dios, que se traduzcan sobre
todo en el abandono definitivo de sus acciones violentas.
15. d) El siglo del desarrollo
económico y social, que ha hecho posible incluso el inicio de la conquista del
espacio extraterrestre, es también el siglo de la miseria más repulsiva y
letal de poblaciones enteras. El contraste que representan pueblos
desnutridos y sin acceso a la educación ni a la sanidad en las pantallas de los
televisores de sociedades del despilfarro y del consumo, muestra con evidencia
las estructuras de pecado del mundo que nos deja el siglo XX. No quiere Dios la
miseria ni la muerte. Las situaciones humillantes de tantos niños sin pan y sin
escuela, sometidos a infames condiciones de vida, ha de golpear las conciencias
de quienes tenemos de todo, hasta el capricho.
También entre nosotros persisten
condiciones de vida lamentables en el llamado "cuarto mundo" de los
barrios de las grandes ciudades y en los ambientes más afectados por el paro y
por la drogadicción.
Es verdad que los problemas son
complejos, que la buena voluntad ha de ir acompañada de análisis certeros y de
soluciones adecuadas y que la historia de este siglo muestra a dónde han
conducido determinadas propuestas divergentes de los principios de la Doctrina
Social de la Iglesia. Pero ante hechos tan dramáticos es necesario que nos
preguntemos con toda seriedad ante Dios qué es lo que hacemos, cuál será
nuestra aportación personal y comunitaria en este campo en el siglo que
comienza.
16. e) Terrible estructura de
pecado del siglo XX es también la cultura de la muerte. El hombre
"adulto" se ha sentido autorizado para disponer de su propia vida y
de la vida de los demás, pensando encontrar de ese modo solución a determinados
problemas. El homicidio ha pasado así a ser considerado, en determinadas
circunstancias, como un hecho que debe ser tolerado e incluso regulado por el
Estado y como un supuesto derecho de los individuos que debería ser reconocido.
Es el caso del crimen del aborto y también de la eutanasia. La Iglesia no
quiere dejar de pedir perdón al Señor de la vida por tantas vidas inocentes
brutalmente privadas de su derecho a ver la luz, así como por tantos ancianos,
enfermos o discapacitados, cuya vida es minusvalorada, amenazada e incluso
eliminada en virtud de cálculos de pura eficacia material. El ingente negocio
de las drogas siembra también la destrucción y la muerte, con frecuencia entre
los más jóvenes. Y ¿qué decir del comercio de las armas, terribles instrumentos
de muerte a los que se destinan recursos que son tan necesarios en otros
sectores al servicio de la vida? Los hombres del siglo XX han quebrantado de un
modo espantoso el precepto natural y divino que prohíbe matar. Ahora es el
tiempo de la conversión, del arrepentimiento y del perdón.
17. f) La familia ha sido siempre
objeto de la atención y del cuidado de la Iglesia como institución básica para
la vida de las personas y de los pueblos. La naturaleza personal del ser humano
pide realizarse en el medio social de las relaciones paternofiliales y
fraternales. El individualismo y el colectivismo, extremismos ideológicos
sufridos por el siglo que termina, han atenazado a la familia dificultando
notablemente su desarrollo equilibrado. A esta dificultad se añaden una cierta
redefinición de las relaciones entre el varón y la mujer basada en criterios de
mera competencia social y también la llamada "revolución sexual", que
tiende a desligar el sexo del amor y el ejercicio personal de la sexualidad de
la procreación de las personas. En consecuencia resulta gravemente dañada la
"ecología" humana fundamental, es decir el ambiente familiar
sostenido por el compromiso matrimonial, en el que se cultivan la vida y los
valores de la persona. Incluso la supervivencia del género humano resultaría a
la larga amenazada, como ponen de relieve las bajísimas tasas de natalidad de
los países más afectados por la crisis de la familia, entre ellos España.
Por este pecado pedimos perdón a Dios, "de quien toma nombre toda familia
en el cielo y en la tierra" (Ef 3, 15).
Los hijos de la Iglesia hemos caído en él cuando no hemos valorado
suficientemente la familia y no hemos trabajado lo necesario por ella o cuando
hemos hecho nuestros los criterios que el mundo nos ofrece falsamente como
"progreso" y hemos contribuido a la crisis del matrimonio y de la
familia cristianos.
III
"Como
lo había prometido a nuestros padres" (Lc
1, 55)
Confesión de fe en las promesas de
Dios
18. Al despedir el siglo XX, en
el momento en que la Iglesia celebra la fiesta del Gran Jubileo de la
Encarnación de Jesucristo, la fe nos recuerda que Dios Padre, el Creador del
tiempo, que ha querido compartir personalmente en su Hijo la historia humana,
está realmente cerca de todos los hombres en todos las épocas por el Espíritu
Santo. También nuestro tiempo está cerca de Dios; ni más ni menos que los
siglos pasados y los que la Providencia depare todavía a la Humanidad.
"¡Ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación!" (2Cor 6, 2).
Apoyados en esta mirada confiada
de la fe a los signos de los tiempos, reconocemos la mano generosa de Dios en
tantos beneficios recibidos y no nos dejamos arrebatar la esperanza por tantos
pecados cometidos. No confiamos ilusamente en los poderes humanos, pero tampoco
desconfiamos de las capacidades del hombre para el bien y para la vida, porque
Dios cumple sus promesas y es capaz de sacar bien de nuestros males.
Confesamos que Él nos ha creado
para hacernos partícipes de su Vida eterna; nos ha regenerado por la sangre de
su querido Hijo y Hermano nuestro; nos ha enviado el Espíritu Santo, Señor y
dador de vida, que es la prenda y la primicia de la victoria sobre el mal y
sobre la muerte en el corazón de cada creyente y la fuerza que sostiene a la
Iglesia en su testimonio y en su peregrinación hacia el día glorioso de Cristo.
19. Hoy no pocos contemporáneos
nuestros, decepcionados por el fracaso de tantas promesas falsas y de tantos
mesianismos terrenos, parecen haber perdido la esperanza y el verdadero gusto
por la vida. Como si ya no se contase con un hacia dónde, con una meta
que confiera finalidad y sentido al camino de la Humanidad, son bastantes los
que viven entregados al goce efímero y al provecho fácil y con frecuencia
injusto. La misma conciencia de la propia dignidad humana se ve de este modo
seriamente amenazada y las motivaciones morales para el respeto y la promoción
de la dignidad propia y ajena acaban por perder sus raíces en el alma. Ésta es,
casi seguro, la mayor amenaza que acecha al sentido humano de la vida en el
siglo que comienza.
Al confesar nuestra fe en el Dios
de la promesa cumplida en Jesucristo como anticipo de Vida eterna, le damos
gracias por esa misma fe, que es manantial perenne de esperanza y de caridad.
20. La esperanza es posible. Son
ciertamente muchos los asaltos que sufre de parte de las enfermedades, del
sufrimiento, de la falta de sentido y de condiciones dignas de vida, del mal
que nos causamos unos a otros. Pero nuestra fe nos da la humilde certeza de que
la vocación del ser humano a la esperanza no es absurda, sino razonable y
realizable. Jesucristo resucitado es la razón de nuestra esperanza, realizable
por el poder y la gracia de Dios "que da vida a los muertos y llama a la
existencia a lo que no existe" (Rom 4, 17).
21. La caridad es el amor al que
la fe da vida. Es el destino de la historia humana, pues todos estamos llamados
a la Gloria, a la participación plena del Amor que Dios es. La Iglesia por
medio de Caritas, Manos Unidas y de tantas obras e instituciones de
servicio a los pobres y a los necesitados de todo tipo, así como por medio de
la caridad de cada uno de los fieles ejerece la compasión del Buen Samaritano,
de Cristo mismo. La caridad es el alma de la justicia; no podrán ir disociadas.
Ella ha brillado de muchas maneras en la vida cristiana y continuará siendo
nuestra meta.
Aunque las circunstancias en las
que se han difundido las noticias de la obra de los misioneros y cooperantes de
Caritas y otras instituciones hayan sido con frecuencia dramáticas, nos
alegra y estimula el que no sólo la Iglesia, sino la sociedad en general haya
sentido admiración y esperanza al conocer la entrega sacrificada y perseverante
de hermanos y hermanas en la fe. Estamos convencidos de que esta esperanza no
defraudará en el futuro, ya que el amor de Dios no cesa de derramarse en los
corazones de quienes se abren a él (cf. Rom 5, 5). Este amor es la fuente de
semejante generosidad; tales obras abren sin duda caminos a la escucha de la
palabra del Evangelio.
22. El Espíritu Santo, prometido
por el Señor, mueve a la Iglesia a una nueva evangelización del mundo y la dota
para ello de nuevas energías y carismas que le permiten sobreponerse a las
dificultades. La acción del Espíritu vivificador no sólo ha alumbrado en los
últimos decenios nuevos movimientos y comunidades a través de los cuales muchos
han encontrado o reavivado la fe, también va renovando oportunamente los
movimientos apostólicos nacidos en otras circunstancias socioculturales y
eclesiales para convertirlos en instrumentos eficaces de evangelización.
Apreciamos así mismo la renovación y adaptación de las parroquias, lugar y
medio habitual por el que la Iglesia está cercana a todos, desde las zonas
rurales más despobladas hasta los barrios más saturados de nuestras ciudades.
La vida religiosa, sin olvidar a los monjes y monjas que, dedicados en
exclusiva a la oración, están en el corazón de la Iglesia, recibe también nuevos
impulsos del Espíritu para la renovación de su ser y de su rica misión
eclesial. La constatación de que por todas partes hay seglares que participan
intensamente en la vida y en el apostolado de la Iglesia nos asegura de que
también aquí estamos ante una promesa ya cumplida y abierta todavía a nuevos
horizontes.
La transmisión de la fe y de los
valores cristianos a las generaciones jóvenes constituye uno de los desafíos
más fundamentales que nos encontramos en esta coyuntura histórica. Confiados en
el Señor, que no cesa de abrir por medio de su Espíritu puertas para el
Evangelio, asumimos con decisión este desafío como tarea fundamental.
23. Seguiremos confiando en las
promesas de Dios e invitando a todos a la esperanza. Los avatares de la vida de
cada ser humano y los de la Humanidad entera no son fruto ni de los meros
poderes de cálculo y de previsión de los hombres, ni de un azar ciego y sin
sentido. Si así fuera no tendríamos razones sólidas para la esperanza. Pero no,
es Dios quien conduce la historia hacia la patria del Cielo. El Creador
todopoderoso en quien creemos no es indiferente ante el destino de su creación.
Él es el Amor que mueve el mundo desde un Corazón humano atravesado en la Cruz.
Sólo el Amor creador ha podido también rescatarnos así de nuestros pecados. El
tiempo ha sido redimido de su malicia y rejuvenece para la eternidad por medio
de la Iglesia, el Universal Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, que, por la
fuerza del Espíritu Santo, hace presente en la historia para cada generación la
persona viva del Redentor.
Conclusión
24. La alabanza de Dios por sus
beneficios, la confesión de los pecados ante Él y la renovación de nuestra
profesión de fe en su Providencia que hacemos en los umbrales de un nuevo
milenio tienen un único sentido: purificada nuestra memoria ante el Dios
misericordioso que ha hecho y hace tanto por nosotros, nos animamos y animamos
a todos a caminar confiadamente hacia el futuro. Confiamos en el hombre porque
confiamos en Dios. Nos mantendremos vigilantes frente a los ídolos, que nos
ofrecerán el cielo en la tierra, pero que acabarán entregándonos al desaliento
y a la muerte. La confianza en Dios nos permite aprender del pasado, incluso de
nuestros errores y pecados, y nos acostumbra a mirar hacia un futuro del que
verdaderamente podemos esperar lo mejor.
Los católicos saldrán sin duda
fortalecidos en la fe de la celebración del Jubileo y mejor capacitados para
ser sal de la tierra. Es grande, hermanos, nuestra misión y el servicio al que
el Maestro nos envía de nuevo hoy. A quienes se han alejado de la fe les
invitamos a escuchar otra vez la llamada y la promesa del Señor, la que no
defrauda. A todos os deseamos de corazón la paz y la gracia de Jesucristo, de
quien son el tiempo y la eternidad. Es Él quien nos dice de nuevo:
"No temas: Yo soy el primero y
el último, yo soy el que vive.
Estaba muerto, y ya ves, vivo por los
siglos de los siglos."
(Ap 1, 17-18)
Madrid, 26 de noviembre de 1999