LXXVI ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
INSTRUCCIÓN
PASTORAL
La familia, santuario de la
vida y esperanza de la sociedad
27 de Abril de 2001
SIGLAS
ADS León XIII, Carta encíclica Arcanum divinae sapientiae, 10.II.1880
CA Juan Pablo II, Carta encíclica Centessimus annus, 1.V.1991
CC Pío XI, Carta encíclica Casti connubii,
31.XII.1930
CCE Catechismus Catholicae Ecclesiae, 15.VIII.1997
CDF Santa Sede, Carta de los derechos de la
familia, 22.X.1983
CF Juan Pablo II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2.II.1994
CIC Codex iuris canonici, 25.I.1983
ChL Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, 30.XII.1988
DM Juan Pablo II, Carta encíclica Dives in
misericordia, 30.XI.1980
EV Juan Pablo II, Carta encíclica Evangelium vitae, 25.III.1995
FC Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, 22.XI.1981
FR Juan Pablo II, Carta encíclica Fides et
ratio, 14.IX.1998
GS Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática Gaudium et spes, 7.XII.1965
HV Pablo VI, Carta encíclica Humanae vitae,
25.VII.1968
LG Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática Lumen gentium, 21.XI.1964
LE Juan Pablo II, Carta encíclica Laborem
exercens, 14.IX.1981
MD Juan Pablo II, Carta apostólica Mulieris dignitatem, 15.VIII.1988
NMI Juan Pablo II, Carta apostólica Novo
millenio ineunte, 6.I.2001
RH Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor hominis, 4.IV.1979
SD Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici
doloris, 11.II.1984
SRS Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis, 30.XII.1987
VcS Pío XII, Discurso Vegliare con
sollicitudine, 29.X.1951
VS Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis splendor, 6.VIII.1993
INTRODUCCIÓN
CRISTO REVELA EL AMOR
Necesidad de un amor verdadero
1. "El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí
mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela
el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio,
si no participa en él vivamente". Esta afirmación de Juan Pablo II al inicio
de su pontificado expresa la condición humana, algo que toda persona
experimenta. Todo hombre necesita el amor para reconocer la dignidad propia y
de los otros y para encontrar un sentido valioso a su vida. Es el amor que le
pueden ofrecer, en primer lugar, sus padres, su familia y, después, tantas
otras personas. Y también la sociedad.
Efectivamente, la vida de las personas está decisivamente condicionada por
la cultura de la sociedad en que vive. Cuando el amor por la verdad y el bien
del hombre no impregna la cultura de las relaciones sociales y de la
administración pública, el puesto central de la persona es sustituido por
bienes menores, como los intereses económicos, de poder o de bienestar
meramente material.
2. Pero hay una forma de amor que aparece mucho más ligada a la realización
de la persona, al logro de una vida plena, porque expresa relaciones que
constituyen a la persona como tal: es el amor de los padres a los hijos
(que está en el origen de cada persona, que viene a la existencia como hijo), y
el amor del hombre y la mujer (pues la dimensión esponsal es también
constitutiva de la persona).
La felicidad de las personas guarda una relación intrínseca con ese
amor familiar. Por ello, muchos de los sufrimientos que marcan la vida
de tantos hombres y mujeres hoy tienen que ver con expectativas frustradas en
el ámbito del matrimonio y la familia. Y es que a la persona no le basta
cualquier amor: necesita un amor verdadero, es decir, un amor que
corresponda a la verdad del ser y de la vocación del hombre.
Los cristianos sabemos que sólo en el misterio de Cristo se revela y se
cumple en plenitud el misterio de la vida humana en todas sus dimensiones;
sólo en el Hijo amado puede cada ser humano encontrar el amor del Padre eterno
que sacia los anhelos más profundos de todos los corazones. Ese amor infinito
llena de sentido la vida familiar y la convivencia social.
Misión de la Iglesia: la evangelización
3. La predicación del Evangelio es
la primera misión que Cristo encomienda a los apóstoles y a sus sucesores, los
obispos, quienes tenemos el deber de llevarla a cabo en toda su integridad.
Nuestra primera tarea es anunciar a Jesucristo, el Salvador de todo
hombre, el camino, la verdad y la vida (cfr. Jn 14, 6). En comunión pastoral con el
sucesor de Pedro queremos seguir su invitación para adentrarnos en la
contemplación del rostro de Cristo -en quien resplandece el hombre nuevo- y
secundar dócilmente su envío misionero: ¡echad de nuevo las redes!
Las circunstancias actuales en las que se desarrolla la evangelización en la
sociedad española hacen que los miembros de la Iglesia Católica, pastores y
fieles, sintamos, junto a una gran esperanza, una grave preocupaciónpor la situación
de la familia y de la vida humana de los más débiles. En efecto, junto a las innumerables
manifestaciones alentadoras del amor cristiano a la vida humana y a la
familia, encontramos en nuestra sociedad algunos signos negativos que se
dan en este campo. Este aliento y esta preocupación son los que nos conducen
hoy a los obispos a una reflexión y exhortación pastoral sobre la verdad y
la belleza del matrimonio, de la familia y de la vida humana. El evangelio
de la familia y de la vida es don y plenitud, compromiso y exigencia.
4. La vida humana es siempre buena noticia. Aunque surja o se halle
en circunstancias difíciles toda persona humana es un regalo, un don de valor
inestimable. Cada ser humano constituye por su sola existencia una clara
llamada a la comunión, al amor ofrecido y recibido. El amor esponsal de un
hombre y una mujer, que se entregan y prometen de por vida como cónyuges, crea
el hábitat natural para la acogida amorosa de la vida humana. Este es el
proyecto hermoso y perenne de Dios creador, que bendice la comunión matrimonial
con el don del hijo (cfr. Gén 1-3). El don maravilloso de la vida humana
suscita en quienes lo reciben admiración, gratitud y anhelos de cultivarlo
mediante la propia donación.
En la familia -cuna y custodia de la vida- el ser humano, hombre y
mujer, nace y crece como persona, como hijo, como hermano, gracias al modelo de
los padres. La familia educa a la persona hacia su maduración y edifica la
sociedad hacia su desarrollo progresivo. Como "célula" del
organismo social la familia sana es el fundamento de una sociedad libre y
justa. En cambio, la familia enferma descompone el tejido humano de la
sociedad.
Además, en la familia cristiana el bautizado recibe la primera enseñanza
evangélica y es introducido a la vida de la fe. Por eso la familia es "iglesia
doméstica", núcleo de la gran familia de los hijos de Dios en Cristo,
y participa de su misión en orden a formar la humanidad nueva.
5. Al volver a hablar de la familia y de
la vida humana lo hacemos desde la fe, atendiendo a la situación
actual de nuestra sociedad, que tanto ha cambiado en estos últimos años.
Plantearse este tema desde el Evangelio supone, en primer lugar, una
disposición a abrirse a su mensaje, a querer descubrir y realizar la verdad en
Aquél que quiso compartir la vida del hombre, nacer en el seno de una familia
(cfr. Mt 1 y Lc 2) y ser el Esposo de la Iglesia, que sigue viviendo de su
entrega amorosa (cfr. Ef 5, 32).
Desde esta perspectiva, esta instrucción quiere ser una llamada a renovar la
vida de los matrimonios y las familias cristianas reafirmando su vocación
eclesial y social. También quiere ser una ayuda para quienes, con un corazón
abierto, buscan la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la familia. El
horizonte de esta instrucción está unido a la misma esperanza que despierta la
familia en su realidad. Tiene un carácter programático, apunta a un futuro a
construir.
Familia y esperanza
6. Nos dirigimos con gratitud a todos
aquellos que quieren vivir plenamente la realidad familiar. En primer lugar, a
las familias cristianas, a cada uno de sus miembros, pues sois cauce de
la esperanza para nuestra sociedad: ¡Sí, queridas familias, estáis llamadas
a ser la sal y la luz de la civilización del amor! (cfr. Mt 5, 13-16). Queremos animar en su
vocación a los esposos y a los padres; queremos alentar a los movimientos y
asociaciones familiares. Comprendemos vuestras dificultades. Sabed que Cristo,
el Esposo, está con vosotros (cfr. Mt 28,
20). ¡No tengáis miedo! (cfr. Lc 12,
22-32). ¡Vivid en Cristo como testigos intrépidos de la buena nueva de la
vida y de la familia! La semilla del bien puede siempre más que la del mal. No
os dejéis abatir por los ambientes adversos. Queridos padres, no cejéis en el
empeño de educar a vuestros hijos en el amor verdadero, en el sentido de la
vida y de la sexualidad. ¡Transmitid con gozo y perseverancia a los jóvenes
-que son el futuro de la sociedad- la grandeza del amor fiel y el sentido de la
vida humana en toda su dignidad!
Apelamos, también, a los sacerdotes, a
las personas consagradas y a los fieles laicos que acompañan a los esposos
y a sus hijos en el descubrimiento y desarrollo de su vocación. Aunque en
ocasiones vuestra siembra del Evangelio sea entre lágrimas, a su tiempo, con la
gracia de Dios, cosecharéis con abundancia (cfr. Sal 126, 5).
Esta reflexión, además, se dirige al conjunto de la sociedad y a sus gobernantes,
en especial a los agentes culturales y sociales, educadores, profesores y
catequistas, así como a los profesionales de la salud. Reconocemos vuestros
desvelos por el bien común. Os confiamos esta reflexión sobre la verdad que nos
ofrece el Evangelio del matrimonio, la familia y la vida. Cristo no violenta
sino que promueve al máximo la razón humana y descubre lo genuinamente humano,
lo que posibilita el auténtico desarrollo de las personas y de los pueblos. Su
enseñanza es salvaguarda de la dignidad de toda persona humana y del progreso
social en justicia, solidaridad y libertad.
7. Esta instrucción se estructura en cuatro partes. En primer lugar,
dirigimos una mirada a nuestra sociedad y a nuestra cultura en lo que concierne
al valor de la vida humana, al matrimonio y a la familia. Queremos analizar las
claves antropológicas de nuestra civilización. Pretendemos adecuarnos, desde la
fe, a la mirada misericordiosa del Padre, encarnada en los ojos humanos de
Cristo y de su Iglesia (capítulo 1). En segundo lugar, presentamos algunos
elementos esenciales del evangelio del matrimonio y la familia (capítulo 2), y
de la vida (capítulo 3); es el plan amoroso del Creador y Salvador de todos los
hombres. En tercer lugar, ofrecemos criterios de juicio y orientaciones para
promover el protagonismo de la familia en la mejora de nuestra sociedad
(capítulo 4).
Cristo, plenitud del hombre
8. Este anuncio esperanzador que presentamos también va dirigido al
corazón de cada persona. Todos deseamos la plenitud de vida. Este evangelio
es verdadero y es posible; es la felicidad del hombre y el progreso de los
pueblos. Jesucristo no es sólo el Maestro sino también el Redentor del hombre.
Él sana con la gracia de su Espíritu nuestro corazón enfermo y nos hace capaces
de superar las rupturas del pecado y renovar la comunión conforme al designio
originario del Padre. Él perdona nuestras culpas. Él fortalece nuestra
debilidad. Su misericordia infinita restaura nuestra miseria.
A cuantos se sienten abatidos queremos ofrecer el acompañamiento de la
Iglesia, fundada por el mismo Cristo y enviada a continuar su tarea. A cuantos
se sienten huérfanos, en la intemperie hostil de un mundo cada vez más
deshumanizado, despojados de justicia y de amor, queremos abrir de par en par
las puertas de la Iglesia, Hogar familiar donde fructifica la caridad
fraterna, donde hay vida en abundancia.
En esta hora decisiva, en la que está en juego el verdadero respeto de toda
vida humana y la construcción de la civilización del amor, contamos con el testimonio
de tantas familias que viven el proyecto de Dios y lo hacen creíble.
A todos os animamos a seguir adelante con
humildad y confianza. Con los ojos puestos en Jesucristo, muerto en la cruz
para darnos vida, resucitado y glorioso, presente en la Eucaristía para renovar
la nueva y eterna alianza de Dios con sus hijos. A todos os animamos a una
renovación espiritual en el camino de la santidad. En nombre de Cristo
hemos de echar nuevamente las redes (cfr. Lc
5, 1-11) y cultivar con esmero su viña (cfr. Mt 20, 1-16). Con la certidumbre de que
trabajamos con el Dueño de la viña, esperamos de su gracia una nueva primavera
para la familia y para la vida.
CAPÍTULO 1
UNA MIRADA A NUESTRA SOCIEDAD Y A
NUESTRA CULTURA
1.1. Una mirada de fe
Lo verdaderamente humano
9. La mirada que dirigimos a la vida, el
matrimonio y la familia en nuestra sociedad actual es una mirada de fe por un
doble motivo. En primer lugar, porque esa fe nos hace participar de aquella
primera mirada de Dios con la que el Creador vio que todo era bueno (cfr. Gén
1, 31) y nos da esos ojos nuevos que nos permiten redescubrir lo bueno, lo
verdaderamente humano (cfr. Flp 4, 8).
En segundo lugar, porque mirar el matrimonio y la familia nos lleva a descubrir
la necesidad de una "fe humana". La familia es el primer lugar donde
una persona se confía a otra con una entrega verdadera. Esta fe humana
que se vive en la familia nos abre a la fe en el otro, para poder
construir una sociedad esperanzada, y a la fe en Dios. La mirada de fe resulta
decisiva para descubrir, conocer y vivir la verdad completa de todas las
realidades, sobre todo las que se refieren al ser humano, a su vida y a su
destino trascendente.
10. Son muchas las ocasiones en que los obispos españoles nos hemos
pronunciado sobre la situación de nuestra sociedad, también en lo que afecta a
la verdad moral propia del matrimonio, la familia y la vida. No hemos dejado de
señalar los logros y las dificultades en estos campos. Uno de los logros que se
ha dado en la sociedad española y que queremos de nuevo poner de manifiesto es
la progresiva maduración de nuestra convivencia democrática. Esto
incluye elementos muy positivos en la afirmación de unos valores destinados a
la convivencia en un clima de libertad, respeto, pluralismo, tolerancia, con un
marco de progreso económico en un Estado de bienestar.
Junto a estos logros, es obligado afirmar también importantes adquisiciones
de carácter moral, como una mayor sensibilidad en lo que corresponde a la
defensa de las libertades individuales y la igualdad de derechos. Esto supone
un rechazo creciente contra las manifestaciones tiránicas, los racismos, las
violencias de distinto tipo -también en la familia-, las desigualdades
sociales, los clasismos más o menos ocultos, una denuncia sin paliativos contra
el terrorismo, una lucha sincera contra diversas manifestaciones inhumanas como
son la miseria, la ignorancia o el rechazo a los inmigrantes.
En el ámbito específico de la familia hemos de constatar como elementos de
progreso: el mayor reconocimiento de la igualdad de hombre y mujer, la mayor
libertad en las relaciones y en la elección del matrimonio, el hecho de que los
hijos sean recibidos más conscientemente, etc.
La solidaridad con los desfavorecidos, la preocupación por los desempleados,
el crecimiento del voluntariado social, el respeto a los que tienen otra
cultura o el cuidado de una conciencia ecológica son también importantes
adquisiciones de nuestra sociedad.
1.2. Ambigüedad de los valores de la cultura dominante
Aceptación de graves distorsiones
11. Pero, como pastores, hemos de advertir que muchos de estos elementos
presentes en nuestra vida social sufren ciertas ambigüedades a causa de la
cultura dominante, que los desfigura en la tarea de formar integralmente a la
persona.
Nos interesa sobre todo destacar la ambigüedad en lo que corresponde al
ámbito de la familia y la vida. Se produce ahí la asombrosa situación de que, a
pesar de que las encuestas demuestran que es una institución altamente valorada
de modo privado por las personas, existe un rechazo manifiesto en su aceptación
pública. De tal manera que se llegan a considerar normales en una
"situación democrática" distintas realidades que perturban seriamente
la institución familiar y el respeto a la vida humana. Entre otras, podemos
citar la extensión del divorcio con las graves consecuencias personales que
genera; de las parejas de hecho con la inestabilidad que producen en la vida de
las personas y de la sociedad; y, cada vez más, la petición de un pretendido
"matrimonio" entre homosexuales con una grave confusión en la
comprensión de la sexualidad. Entre los temas que se refieren a la transmisión
de la vida se encuentran la trágica aceptación social del aborto, la eutanasia,
la esterilización, la Fivet, la clonación "terapéutica", etc. Muchas
de estas cuestiones ya han sido legalizadas, como el divorcio, la
despenalización del aborto en algunos supuestos y las "Técnicas de reproducción
asistida" e, incluso, han sido aceptadas por sentencias del Tribunal
Constitucional.
12. La gravedad y número de estos problemas está a la vista de todos. Nos
encontramos en una situación histórica nueva en nuestra sociedad. Como pastores
nos preocupan en la medida en que afectan a las personas en lo más íntimo,
mientras que nuestra sociedad parece querer ocultar sus dificultades con
soluciones superficiales e ingenuas que pretenden ignorar la repercusión
personal y social que producen. Éste es el drama que se oculta tras la paradoja
de una familia (cuna y santuario de la vida) apreciada en su función personal y
vilipendiada en su dimensión social. Nos hallamos ante un orden social
tremendamente paradójico porque esconde la problemática que padecen muchas
personas, queriendo amparar esa problemática humana con unos servicios sociales
que aseguren una vida individual solo materialmente adecuada. Pero, ¿acaso
pueden las estructuras frías e impersonales ocuparse verdaderamente de las
personas, sobre todo cuando éstas sólo pretenden asegurarles un mínimo de
bienestar material?
Nuestra mirada de fe no se queda en las estructuras, nos ayuda a contemplar
el corazón del hombre (cfr. 1Sam 16, 7). Por eso, al entrar en esta cuestión no
estamos invadiendo un terreno ajeno, sino que nos hacemos eco de los
apremiantes deseos de gran número de personas cuyo principal problema es su
propia familia. ¡Cuántos hombres y mujeres no saben qué hacer para tener
una mejor convivencia familiar, o ayudar verdaderamente en esto a sus hijos!
Querer silenciar esta voz bajo el argumento de una pretendida
"neutralidad" social ante una cuestión meramente "privada",
supone callar ante el clamor de tantas familias que piden una atención urgente.
Hemos de constatar que hoy, por la evolución negativa de los problemas antes
apuntados, en España, la familia padece graves males y es hora de afrontar sin
complejos sus causas y sus soluciones.
Las raíces de una cultura inadecuada
13. La contradicción interna entre la valoración positiva de la familia como
un valor real y su menosprecio como elemento social nos señala una importante
incoherencia en la racionalidad que está en la base de la construcción de
nuestra sociedad. Incoherencia que pone de manifiesto un modo erróneo de
concebir la convivencia social. No le basta al hombre un bienestar
material y exterior si fracasa en lo más importante para él. Así nos
encontramos con que muchas personas viven un problema dramático, y es la
dificultad para realizar un auténtico proyecto de vida y de familia, como pide
su corazón, pues tropiezan con una valoración social puramente económica y
utilitarista de la persona y de la familia. En estas circunstancias, la
ausencia de una ayuda adecuada y cercana sume al hombre en una amarga
frustración.
14. Los cristianos debemos denunciar aquellos aspectos de nuestra
cultura que no favorecen la personalización de cada hombre y cada mujer y su
llamada a formar una auténtica comunión de personas. Son factores que provocan
una fractura íntima que conduce a la dificultad de concebir la propia vida y,
por consiguiente, el matrimonio y la familia, como una auténtica vocación.
Este hecho está más acentuado por la extensión cultural de una determinada
censura que relega del ámbito público al privado toda pregunta por Dios y por
la trascendencia. Se abre así una profunda ruptura entre la fe y la vida
que debilita las convicciones personales.
15. La ambigüedad que destacábamos antes es fruto de un largo proceso cuyo
interés se centra en una convivencia fundada no en convicciones sino en
acuerdos de compromiso. Se da una gran importancia a los procedimientos
formales y las cuestiones inmediatamente prácticas, mientras se evita,
una y otra vez, todo diálogo sobre las cuestiones fundamentales y los
ideales comunes que se llegan a considerar irrelevantes para la vida social.
Rechazo de Dios
16. Este proceso comienza con la secularización de la sociedad en la
edad moderna, a consecuencia de la cual muchas de las realidades humanas,
incluida la vida y el proyecto familiar se piensan como realidades cerradas a
la trascendencia y cuyo contenido pasa a ser considerado como meramente
terrenal.
El desarrollo de los acontecimientos, en cambio, parece insistir en que el
intento sistemático de construir una convivencia sin Dios se vuelve siempre
contra el hombre. En primer lugar en su corazón porque, llamado a una
comunión con Dios y abierto a lo infinito, queda encerrado en el horizonte
estrecho de la vida en este mundo. Las palabras de San Pablo son profundamente
reveladoras: "porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a
Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su
insensato corazón se entenebreció" (Rom 1, 21). A esta verdad fundamental,
el Apóstol añade (vv. 22-32) toda una serie de males morales que denigran a las
personas y hieren la convivencia, algunos de los cuales afectan muy
directamente a la familia y la vida.
Razón ofuscada
17. Cuando se produce este fenómeno de oscurecimiento de la presencia de Dios,
incluso como horizonte vital que transciende al mundo, se crea en los hombres
un ánimo refractario a cualquier realidad que no caiga bajo el control humano.
Toda verdad trascendente se llega a mirar por algunos con sospecha o incluso se
pretende reinterpretar de modo reductivo. No estamos ante un mero juego
intelectual que intente un sistema coherente cerrado a la trascendencia, es
-como dice el Apóstol- un auténtico ofuscamiento de la inteligencia humana
que se halla como colapsada en la búsqueda de una verdad plena, que responda a
las preguntas fundamentales de la dignidad del hombre y que sea capaz de fundar
la convivencia social.
18. Ante los grandes valores e ideales se extiende en muchos sectores un
profundo escepticismo que actualmente afecta gravemente al campo moral.
Con esta afirmación no nos referimos al rechazo de la normativa moral propuesta
por la Iglesia, sino, sobre todo, a la incapacidad del hombre para construir su
vida en la verdad.
Al dejar de creer en la verdad de los valores absolutos, la inteligencia
deja de interesarse por la cuestión del sentido para centrarse en una razón
instrumental, que sólo resuelve problemas inmediatos por medio del cálculo
y la experimentación, pero que permanece cerrada al misterio del hombre,
por lo que es incapaz de descubrir el valor personal y la belleza de lo humano.
Todo se mide y se valora por su productividad y su utilidad.
Endurecimiento del corazón
Muchos llegan a juzgar imposible conocer
con una certeza moral principios firmes en los que asentar la realización del
hombre, como son el sentido de la vida de la persona, del matrimonio y de la
familia. Son realidades fundadas en una verdad profunda y rica en humanidad.
Podemos reconocer en ello el "endurecimiento del corazón"
(cfr. Mt 19, 8) que entenebrece la
percepción de la verdad originaria del matrimonio disolviéndola en
conveniencias sociológicas.
19. Las consecuencias de este modo de afrontar la vida son muy graves. Al
hombre, reducido su horizonte vital a lo que puede dominar, se le valora sobre
todo como un homo faber y todo su trabajo se mide en razón de la sola
productividad. A pesar de los adelantos técnicos, se observa paradójicamente
cómo el trabajo ahoga muchas veces la vida de las personas con exigencias que
no tienen en cuenta la realización de la persona y su vida familiar. Se
sacrifican muchas cosas a un "sistema de producción" impersonal,
competitivo y tiránico.
Deformación de la libertad
20. En el plano moral se produce una deformación del valor de la libertad
que pierde así su aspiración interna hacia la plenitud humana. Desarraigada
de su finalidad interna, que la dirige a realizar el amor verdadero,
la libertad queda reducida a la elección de cosas según un arbitrio personal,
al margen de la verdad del hombre.
Cuando esto sucede, los únicos límites que se descubren para la libertad
vienen de la presencia de otras personas también libres. La relación entre
personas se enmarca así en un conflicto de libertades y límites. Todo es
posible con tal de no violentar la libertad ajena. Pero, ¡qué drama se esconde
tras esta concepción de la libertad! Cuando la libertad se percibe y se define
sólo a través de meros contenidos extrínsecos y negativos, la persona llega a
vivir entregada a las emociones, y acaba esclava de sus propias apetencias
superficiales. Esta concepción de la libertad produce un profundo conflicto
entre las diversas dimensiones de la persona: racional, afectiva e instintiva.
21. Podemos hablar entonces de un concepto perverso de la libertad.
No nos estamos refiriendo sólo a un error antropológico, sino a una forma de
entender la existencia humana con unas consecuencias profundamente negativas en
la vida personal y social. Por una parte, una libertad sin dirección aboca al
hombre a un nihilismo corrosivo en la medida en que pierde el contacto
más profundo con los valores e ideales verdaderos: todo sería válido, incluso
los comportamientos destructivos. Mientras que los deseos más profundos -de
sentido, de paz, de horizontes trascendentes, de amar y ser amado, etc.-
permanecen insatisfechos, se debilitan y empobrecen las relaciones
interpersonales. Si la libertad del hombre no le conduce a amar con todo el
corazón, se convierte en algo nocivo y frustrante del sentido de su existencia.
Utilitarismo e individualismo
22. En el ámbito público esto se plasma en la adopción de una ética
utilitaria dominada por los intereses individuales; en cambio, en el ámbito
privado, el juicio moral se deja al arbitrio de un "sentido moral"
subjetivo, que se traduce en una concepción ética "a la carta". En
ambos casos, se desemboca en una tendencia individualista en la que la
figura del "otro" aparece como un rival potencial y como un
competidor en el intercambio de bienes materiales. Así entendemos que la propia
libertad tienda a afirmarse como dominio sobre los demás. Uno de los efectos
más claros de esta concepción es el intento de justificación de actos
intrínsecamente nocivos. Todo tipo de aberraciones, incluido el aborto, el
suicidio, la pederastia, el turismo sexual, etc., llegan a aparecer incluso
como derechos de la libertad individual. ¿Acaso no se ha perdido el sentido de
la libertad, deformando a la persona?
1.3. Deformación del sujeto personal
Renuncia a la búsqueda de sentido
23. Ya desde la antigüedad la búsqueda de la verdad se expresaba en la frase
del oráculo de Delfos: "¡Conócete a ti mismo!". ¡Qué drama ocurre en
el hombre cuando pierde el anhelo de la búsqueda del sentido de su
existencia! Como decía Sócrates, "una vida sin búsqueda no es digna de ser
vivida". Entonces, deja de conocer la verdad de sí mismo y se encuentra
perdido en la tarea de construir su vida.
Ante todo, deja de reconocerse en su plenitud personal, esto es, dotado de
una naturaleza racional capaz de conocer la verdad y una apertura a las
relaciones personales, a la comunicación y enriquecimiento con otras personas.
Sobre todo, la dirección y construcción de la vida se separan de la búsqueda de
una verdad completa, de una vocación, y queda a merced de los
sentimientos e impulsos irracionales, dominada por los instintos ciegos o
por los diversos manipuladores, que llevan a la desintegración de la persona.
Dualismo antropológico
24. La razón última de ello es la existencia de un planteamiento dualista,
que separa como mundos distintos el del cuerpo y el del espíritu. El primero se
considera como un material bruto, sin significado personal intrínseco y
dominado absolutamente por el determinismo de las leyes biológicas y
psicológicas. El segundo sería el mundo de la libertad sin condicionante
alguno, abierto a la elección del hombre para que le marque sus fines en
relación a sus intereses y deseos.
La persona experimenta entonces dramáticamente dos fuerzas opuestas dentro
de sí, sin saber conciliar sus deseos y su razón. Este hecho dificulta el
conocimiento propio, sobre todo cuando, por un ritmo acelerado de actividades,
es incapaz de ordenar su propia intimidad que queda a merced de la multitud de
impresiones con la que es bombardeada. La persona se comprende a sí misma de
modo fragmentado, caótico, en un entrecruzarse de fuerzas biológicas,
emociones, opiniones en medio de deseos encontrados, que llega a confundir con
su libertad.
25. La persona se separa así del sustrato vital que la hace crecer, a veces
seducida por la apariencia de un hombre que se hace a sí mismo de modo autónomo
y autosuficiente. El resultado es, en cambio, un hombre débil, sin
fuerza de voluntad para comprometerse, celoso de su independencia, pero que
considera difíciles las relaciones humanas básicas como la amistad, la
confianza, la fidelidad a los vínculos personales.
Incapaces de construir una auténtica
comunión
26. Quizá la mejor comprobación de la pobreza humana que comporta esta
concepción es el individualismo al que conduce y que condena a muchas
personas a una terrible soledad que es uno de los mayores males de
nuestro tiempo. Es cierto, "no es bueno que el hombre esté solo" (Gén
2, 18), pero ni la abundancia económica, ni el prestigio profesional, ni una
emoción pasajera podrán sacarle de su soledad; sólo un amor que compromete la
vida hasta la entrega (cfr. Gén 2, 24).
El ideal de vida entendido como una autorrealización que no es capaz de
construir una auténtica comunión de personas es una falsa apariencia que
engendra profundos desengaños. En muchos contemporáneos nuestros observamos la
tremenda incapacidad de establecer vínculos profundos que fortalezcan su vida
personal. Si las relaciones personales se consideran exteriores a la propia
identidad corren el peligro de acabar siendo meramente utilitarias, sobre todo
cuando el valor principal que mueve la sociedad parece ser el económico medido
en datos de consumo.
27. Estos factores culturales ambiguos están exacerbados en el ámbito de la
educación. Aquí se aplica de modo infundado un falso concepto de autonomía
que engendra un vacío profundo en la transmisión de los valores y la
educación de las virtudes. Los adolescentes, presuntamente amparados en su
naciente intimidad, quedan solos, sin dirección ni ayuda en las dimensiones
principales de su existencia. A veces, entendiendo por libertad el mero
cumplimiento de su espontaneidad quedan desconcertados por la variedad de
llamadas y presiones que sufren y que no saben integrar. Se alejan entonces,
casi sin saberlo, de lo que verdaderamente desean y los hace crecer como
personas.
El experimento de la "revolución
sexual" y sus consecuencias
28. Todas estas realidades sostenidas socialmente por la absolutización de
una tolerancia sin límites e, individualmente, por la exacerbación de la
libertad de elección sin sentido, han encontrado su caldo de cultivo en la
llamada revolución sexual iniciada en los años sesenta. En ella, con la
pretensión fallida de construir una nueva cultura, se ha producido una serie de
rupturas en la construcción de la persona cuyas consecuencias padecemos.
Ruptura entre la sexualidad y el
matrimonio
29. La primera fue la ruptura entre la sexualidad y el matrimonio con
el pretendido "amor libre", sin compromiso institucional alguno. Si
con ello se pretendía una "normalización" de la vida sexual, que se
había vivido según algunos bajo una represión que conducía a la neurosis, la
realidad nos ha mostrado actualmente que la obsesión por el sexo ha crecido
hasta límites insospechados. El deseo sexual, promovido por los medios de
comunicación y los organismos culturales, se ha desbordado hasta convertirse en
un verdadero poder al servicio de intereses económicos.
Ruptura entre la sexualidad y la
procreación
30. Para la extensión de esta sexualidad sin represión social era
necesaria una segunda ruptura: la "liberación" del vínculo entre
la sexualidad y la procreación. Es una fractura que estaba en germen en una
mentalidad dualista que reduce la procreación a una mera reproducción biológica
sin valor personal, una función natural separada del sentido personal de la
sexualidad. La sexualidad podía centrarse entonces en la unión físico-afectiva
sin más perspectiva de futuro. Esta concepción se presentó hábilmente como la
victoria del imperio del hombre en pro de una libertad mayor: la de elegir los
propios significados en el ejercicio de la sexualidad.
La misma procreación, separada del amor sexual que la sostiene, quedaba en
manos de la propia elección. Desde tal sexualidad sin procreación se entiende
muy bien una procreación sin sexualidad. Incluso el reclamarla como el derecho
de una pareja a tener un hijo como sea por el hecho de desearlo vivamente.
El sexo, objeto de uso y comercialización
31. Estas rupturas dejan a la sexualidad humana sin un punto claro de
referencia, sometida a una confusión social sin precedentes. Nuestro hombre de
hoy se encuentra sin un fin adecuado por el concepto perverso de libertad del
que hemos hablado antes, y sin un apoyo suficiente por un individualismo muy
fuerte que evita todo compromiso estable con otra persona, mucho más si se
presenta con un carácter irrevocable. En esta situación la entrega de la propia
vida por amor aparece muy lejos del horizonte vital del hombre.
Por eso, la última fragmentación producida por la revolución sexual es la separación
de sexualidad y amor. La primera pasa a ser un modo de experimentar la
satisfacción de un deseo y sus reglas serían las propias de un juego. El amor aparece
entonces como algo ajeno que en algunos casos se puede unir a la sexualidad,
pero que no la informa desde dentro. Sería necesario "probarse"
sexualmente antes de saber si se puede amar de verdad a otra persona. En todo
caso, no cabría un amor sin condiciones.
32. Las consecuencias sociales de esta revolución sexual están a la
vista de todos. Una visión utilitaria se demuestra débil ante el impulso del
deseo y no sabe dirigirlo. La pornografía, también infantil, nos señala hasta
dónde llega la comercialización de la sexualidad humana. Las violencias
sexuales se multiplican en medio de una sociedad que se escandaliza de los
efectos cuando alienta hipócritamente las causas de estos males.
1.4. Un concepto ideológico del género
Rechazo de la identidad y de la armonía
sexuales
33. La "revolución sexual", fracasada en sus ideales originarios,
pervive en nuestra sociedad por medio de dos realidades fuertemente presentes
en la misma. La primera es la aceptación de una línea política que presenta en
el campo jurídico -especialmente en los foros internacionales- toda una serie
de "nuevos derechos" que, en el fondo, no son más que la
pretensión de una "libertad sexual" sin límites: derecho a la
anticoncepción, a la salud reproductiva, al libre diseño de la sexualidad, a la
elección del "modelo de familia", a la institucionalización de las
uniones homosexuales, etc. Es necesario denunciar esta falacia. No se puede
elevar sin más el deseo subjetivo a la categoría de derecho social. Una sana
concepción de la persona impide confundir la libertad con la simple ausencia de
límites. Nos encontramos ante una verdadera manipulación del lenguaje que
presenta con palabras "políticamente correctas" realidades éticamente
rechazables.
34. La segunda realidad a la que nos referimos es la ideología del género,
esto es, el intento de presentar el mismo género sexual -masculino-femenino-
como un producto meramente cultural. Es un modo propuesto tanto por los grupos
de presión homosexuales como por un cierto feminismo radical. El modo de
propagarlo exige una consideración de la sexualidad como algo ajeno a su
identidad personal. De este modo, la liberación de la mujer consistiría en un
ideal de vida separado de los significados de su sexualidad que se entenderían
como un peso esclavizante. La sociedad ideal debería entonces conducir a una indiferenciación
sexual para que cada persona modelara su propia sexualidad a su gusto. En
el caso de un cierto feminismo, la relación hombre-mujer se llega a presentar
como una especie de lucha de sexos en una dialéctica de confrontación.
Esta ideología dificulta a muchos adolescentes alcanzar su verdadera
identidad sexual en un momento difícil para ellos. La ambigüedad sexual de
nuestra sociedad les hace plantearse problemas que no saben resolver en la
soledad en la que se encuentran. Una verdadera educación sexual y una adecuada
madurez en este tema debe tener una repercusión social que favorezca la
integración de la propia sexualidad en el proyecto de vida personal. La confrontación
de sexos ha producido también un debilitamiento de la complementariedad
hombre-mujer y se ha perdido la dirección para encontrar su necesario
equilibrio. De ello se deriva que algunos padres no encuentran su puesto en la
familia, inhibiéndose de sus responsabilidades. En consecuencia, es necesario
descubrir un auténtico feminismo que reconozca los valores de la mujer
en una armonización de los sexos que construya a las personas.
1. 5. Desprestigio de la familia
Supravaloración del bienestar material
35. La influencia de todos estos factores en la consideración del matrimonio
y la familia es inmensa. Ambas instituciones, al no ser entendidas desde sí
mismas, quedan sumidas en la confusión. Por una parte, está la persona
con la que se comparte la vida como una esperanza; por otra, la idea de que es
esclavizante e imposible comprometerse para siempre. Esto significa en
definitiva la dificultad de creer en el amor. En una sociedad en la que el
ideal de vida es la independencia, las relaciones conyugales y familiares
serían una pesada carga que quita libertad, causa de sufrimiento e infelicidad.
36. Socialmente, además, no se tiene en cuenta a la familia en la
organización laboral. La familia vive con una presión económica muy grande
que comienza con la adquisición de la vivienda, cuestión dominada en muchas
partes por una fuerte especulación. No se tiene en cuenta la dimensión familiar
del salario, y existe con frecuencia una penalización contra ella en la
contribución fiscal, más grave si la familia es numerosa. Por otra parte, como
en gran medida el prestigio social actual depende del tener y de una vida
profesional aparente, el esfuerzo y la dedicación a la atención familiar de
muchas mujeres como amas de casa no está suficientemente valorado.
37. La evidencia de que, afortunadamente, se están superando muchas de las
discriminaciones laborales que pesaban sobre la mujer no oculta el hecho de que
la incorporación femenina al mercado de trabajo supone, en muchos casos,
trabajar todo el día fuera del hogar. Esto puede suponer para la mujer una
elección de vida: renunciar a la maternidad o reducir al mínimo el
número de hijos. De modo práctico ocurre que la igualdad de condiciones
laborales sólo es posible para la mujer que renuncie a la maternidad y a la
familia. Esto no se debe muchas veces a la voluntad de la mujer, sino a la
imposición de unas determinadas condiciones laborales, que no concilian su
doble condición de mujer trabajadora y de madre. Esta tarea de la madre es
especialmente importante en los primeros años del hijo. "Hay que
esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, por la
fatiga unida a ellas y la necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y
de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y
religiosamente maduras y psicológicamente equilibradas".
38. El resultado de estas condiciones de vida es una escasa comunicación
familiar. Existe una falta evidente del tiempo necesario para la convivencia
en el hogar, con lo que se debilita la fuerza interna de las relaciones
personales. Las cuestiones de fondo no se dialogan y se desliza sutilmente la
auténtica convivencia familiar hacia una mera coexistencia pacífica que no dé
problemas.
En vez de la presencia de los padres y su papel educador en su relación
personal con los hijos, muchas veces quedan como educador principal los medios
de comunicación, en especial la televisión. Ésta tiene una gran influencia en
la mentalidad de las personas, se dedica a ella excesivas horas y se usa sin
criterio alguno. Ofrece así muy a menudo unos programas de consumo que viven de
la audiencia del momento, de muy escasa calidad e, incluso, claramente
perniciosos.
Las familias estructuradas amortiguan los
problemas sociales
39. A pesar de todo esto, las familias españolas han sabido responder en
gran medida a los problemas de paro, enfermedad y drogadicción padecidos por
alguno de sus miembros, por lo que merecen un gran reconocimiento y son motivo
de esperanza en la superación de los problemas ante los que se enfrentan. Por
el contrario, cuando no se ha dado el amparo de la familia, o cuando estos
problemas han sucedido en familias desestructuradas, las personas se han
visto en situaciones enormemente difíciles. Hoy en día, la ausencia de familias
o su desestructuración se muestra como un grave peligro para el hombre. Este
hecho es el que conduce a algunos a una gran miseria, a la marginación de la
sociedad.
Esto nos conduce a pedir un apoyo decidido de los organismos públicos a esta
institución que tantos bienes reporta al tejido social. No se pueden reducir
estos apoyos a medidas de tipo técnico utilitario, sino que deben consistir en
el reconocimiento de su papel en la tarea de educar personas.
1.6. Desvalorización de la vida
El hijo como problema y no como esperanza
40. La influencia del individualismo alcanza, en su nivel social, también a
la valoración de la vida humana. Podemos constatar que el tema de la vida
humana, cuando se debate en ámbitos sociales, se hace casi siempre con criterios
utilitarios, de cálculo de bienes. La vida humana, en una sociedad de
consumo, queda valorada por el modo en que contribuye a un aumento del
bienestar general y no como un bien a desarrollar en vista de la propia vocación
personal.
El nacimiento de un hijo se plantea como un problema social,
como una carga económica que acarrea una serie de dificultades en el futuro,
especialmente educativas. Ya no se ve socialmente al hijo como una esperanza
para el rejuvenecimiento social y como un don precioso para la familia.
Asistimos así ante una verdadera presión social que se ejerce contra la familia
numerosa. Vivimos en una sociedad, día más vieja y esclerótica, que tiene cada
vez menos niños y jóvenes y, por tanto, menos futuro.
Igualmente, existe una desvalorización del anciano y el minusválido,
cuya atención no es económicamente rentable: cuestan mucho dinero y tiempo. Son
una carga importante en la vida familiar, por eso, cada vez son más los que ya
no están en el hogar familiar, aunque algunas veces esto se debe a la necesidad
de cuidados especiales. Pero parece lamentablemente que, en algunos casos, sólo
se piensa en estas personas por su rendimiento electoral.
"Cultura anti-vida"
41. Esta desvalorización social tiene una trágica consecuencia en la
legislación de nuestro país. Si el inicio de ello fue la despenalización del
aborto, un ejemplo patético es el caso de los embriones sobrantes de la Fivet
considerados "material" de deshecho. Detrás de esta legislación
vacilante, se halla una preferencia por la defensa de los pretendidos derechos
de la libertad individual de los votantes por encima de la vida de los débiles,
como los no nacidos, o, incluso, de la valoración de los minusválidos físicos y
psíquicos. No son hechos aislados, pertenecen a una determinada cultura que
se puede calificar de anti-vida.
42. La última consecuencia de esta situación es quizá la más terrible y la
más reveladora de la pobreza humana que esto engendra: se trata de la pérdida
de la esperanza. Sin el horizonte de una vida cumplida, sin la fe en un
amor al que entregarse, la esperanza queda reducida a la previsión meramente
material del porvenir. Esta falta de esperanza se vive de modo dramático en el
miedo al menor sufrimiento, pues éste ha perdido todo su sentido. Y el último
de los temores, la muerte, se oculta de la vida diaria y llega a ser un nuevo
tema "tabú". Es una forma de restringir la verdad del hombre a lo que
éste puede dominar y manipular.
Es el recorrido de nuestra mirada a una sociedad que ha suprimido a Dios del
horizonte existencial. La pobreza humana que se evidencia es una triste
realidad en tantos hombres de nuestro tiempo y es el gran problema que hemos de
afrontar. Y deseamos afrontarlo, con lucidez y valentía, basados en la única
luz y la única vida capaces de iluminar y regenerar el corazón y la conciencia
del ser humano.
1.7. La mirada de Jesucristo
Amor que salva
43. "Sintió compasión de ellos"
(Mc 6, 34; cfr. Mt 9, 36). Se trata de una mirada de
misericordia ante el estado de sufrimiento, abandono y soledad del hombre, a
veces en una apariencia de normalidad. Pero Cristo conoce lo que hay en el
corazón de los hombres (cfr. Jn 2, 25)
y en el corazón de las familias. Su mirada de misericordia nace de su mismo
misterio de plenitud humana y divina. La mirada compasiva de Cristo es la
máxima revelación del amor del Padre. La esperanza vuelve a asomar en el
corazón herido de tantos hombres de hoy.
44. La mirada de Jesucristo nos remite al misterio de un amor eterno.
Un amor que se introduce en nuestro mundo y en la historia de cada hombre. Es
ese amor el que nos llama, nos ilumina, nos transforma. Ese amor que puede
llegar a lo íntimo de nuestro corazón, puede sanar al hombre completamente,
porque le renueva y vivifica. Por eso Jesucristo es nuestro Salvador: no
sólo da respuesta a nuestros problemas, sino que da sentido al
sufrimiento y a la muerte en el misterio pascual.
Devuelve la esperanza porque guarda la memoria de las maravillas
obradas por el Señor en nuestro favor. Enseña a vivir el presente con sentido
de providencia, de confianza en las manos amorosas y todopoderosas del Padre,
con empeño apasionado por cooperar a la extensión del Reino de Dios. Bajo el
impulso de su mirada misericordiosa se recupera la esperanza de que es posible
el designio de Dios sobre la vida humana, el matrimonio y la familia. Cristo
presenta el futuro escatológico como horizonte existencial del camino de la
vida terrena. Su juicio de misericordia es nuestra eterna felicidad.
CAPÍTULO 2
EL EVANGELIO DEL MATRIMONIO Y DE
LA FAMILIA
Jesucristo, plenitud del matrimonio y la
familia
45. Ante tantas miradas y enfoques
parciales sobre la realidad del matrimonio, Jesucristo revela al hombre la
verdad íntegra sobre la persona, el matrimonio y la familia; Él es quien
nos desvela el plan originario de Dios en su propia Persona y en sus obras y
palabras. La Iglesia tiene como tarea manifestar al hombre de cada cultura la
verdad y viabilidad de este designio de Dios. Y lo hace desde la experiencia
del misterio de comunión "con Dios y de la unidad de todo el género
humano". Por esta razón, todo hombre puede viviren la Iglesia una
experiencia fundamental de familia. Ella misma es la Madre que engendra,
alimenta y educa a sus hijos. Esta es la verdad fundamental que está en la base
de toda evangelización.Desde esta experiencia es como los cristianos son
capaces de ser fermento de comunión en los distintos ámbitos de su vida. En
primer lugar en las familias, para convertirlas en verdaderos hogares
cristianos, luz y sal de la sociedad (cfr. Mt
5, 13-16).
46.La primera transmisión del
Evangelio se realizó en la familia: fueron ellas las que acogieron la Buena
Nueva, se convirtieron y bautizaron, y en su hogar se celebraba la Eucaristía
(cfr. Hch 2, 46; 10, 2.24.48; 2Tm 1, 5). Se muestra así que el
Evangelio no es algo ajeno o exterior al matrimonio, a la persona y a la familia,
sino que se encuentra en su interior y allí la impulsa y la sostiene. Animados
por esta realidad que se ha ido repitiendo a lo largo de los siglos, los
obispos españoles nos dirigimos a las familias de hoy, en el inicio del tercer
milenio, para anunciarles la Buena Noticia del matrimonio y familia cristiana
en la que encontrarán la verdadera esperanza y fortaleza en su caminar.
2.1. Una antropología adecuada e integral: la pregunta a Jesucristo sobre
la persona, el matrimonio y la familia
Jesucristo restaura el plan de Dios sobre
el hombre
47. Para mostrar la riqueza de este
evangelio del matrimonio y la familia nos hemos de dirigir a Cristo, como
antaño los fariseos con la pregunta acerca del repudio de la mujer (cfr. Mt 19, 1-9; Mc 10, 1-12). Ante tantas dificultades y
oscuridades como se encuentran en la vida familiar actual, todo matrimonio y
toda familia podrá encontrar en Cristo la verdad que libera y da
descanso, capaz de vivificar su vida familiar.
48. Jesús en su respuesta nos remite a un
"principio" singular, cuando hace ver a los fariseos que la
posibilidad del repudio "no fue así desde el principio" (cfr. Mt 19, 4-6; Mc 10, 6-8). Con esta respuesta sitúa la
verdad del hombre en una totalidad de sentido, más allá de
interpretaciones parciales. La respuesta de Cristo se pone por encima del
ámbito sociológico y cultural en el que se mueve la pregunta. Con ello quiere
señalarnos que, en este campo, no bastan al hombre las respuestas parciales
surgidas del mero convenio o las encuestas sociológicas. Escuchar a Cristo es
acercarnos a la mirada amorosa de Dios sobre la familia en la aurora de la
creación.
49.La referencia "al principio" nos remite a la creación del
hombre a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gén 1, 16-27).Nos
encontramos ante la verdad originaria del hombre, en la que se inscribe la
pretensión de universalidad del Evangelio. La medida última del hombre no es el
cosmos inmenso en el que se encuentra, ni tampoco la sociedad en la que se
desarrolla, sino la relación originaria con Dios. La imagen de Dios está en lo
íntimo del hombre y su primera expresión es la libertad, que encuentra
su verdad original en la relación con la libertad perfecta de Dios.
La antropología revelada afirma que el hombre que no se conoce en Dios no llega
a comprenderse en su realidad más honda. Esta es la respuesta a la pretensión
de la modernidad de concebir al hombre en radical autonomía.
La imagen de Dios está inscrita en el hombretambién en cuanto ha sido creado
como "varón y mujer" (cfr. Gén 1, 27).Con ello aparece cuál es
el sentido que Dios quiso dar a la existencia humana: la plenitud del hombre se
encuentra en una comunión de personas, cuyoprimer vínculo viene significado por
la complementariedad sexual. Así, en la realidad de imagen de Dios está
incluida también la corporeidad del hombre, como llamada originaria a la
comunión. Lo que mueve y finaliza internamente a la libertad humana es la
llamada originaria a la comunión.Desde la antropología adecuada podemos afirmar
que la libertad brota y se orienta al amor y a la comunión: "La
libertad se fundamenta, pues, en la verdad del hombre y tiende a la
comunión". En esta verdad Dios aparece como la fuente y el garante
de la comunión entre los hombres y de su libertad. En modo alguno les separa,
ni implica un límite amenazador de la libertad humana.
50.En la respuesta a sus interlocutores, Cristo explica cómo esta verdad ha
sido oscurecida por la "dureza del corazón". Nos indica así que no es
posible comprender adecuadamente la verdad del hombre y la dificultad para
vivirla si no se acepta su condición pecadora. El hombre experimenta en su
interior un rechazo de Dios, que le lleva a huir de Él, acusando a aquella que
le fue dada como un don. Si no se entiende esta experiencia de pecado,
se llegará a reinterpretar la dificultad de vivir según la verdad y se acabará
justificando la debilidad del hombre, proponiendo normas acomodadas a su
situación. El hombre de hoy, como aquellos fariseos, pretende justificarse a
sí mismo. Se inicia así una situación dramática, porque la llamada original a
la entrega de sí queda reducida a una relación de dominio y deseo (cfr. Gén 3,
14-16).
51.La respuesta de Dios a esta situación del hombre es el anuncio de un
"nuevo Principio", fruto de la maternidad de una Mujer. En Cristo,
Hijo de Dios e Hijo de María, se nos revela que la verdad última del hombre no
es el pecado, sino la salvación. Y es posible la salvación precisamente
por la entrega de amor de Cristo que funda una nueva comunión de los
hombres con Dios: la comunión eclesial.
2.2. La vocación al amor y la diferencia sexual
52. Estos elementos, que hemos apenas esbozado, son imprescindibles para
entender adecuadamente al hombre. Gracias a ellos podemos entender que en el
plan de Dios el hombre no está hecho para la soledad, sino que es portador de
una vocación a una comunión. Será en la experiencia del amor donde se hace viva
y comprensible para cada hombre la vocación originaria a la que Dios le
llama. Recordemos de nuevo la enseñanza de Juan Pablo II sobre el misterio del
hombre revelado en el misterio de Cristo, recogida al inicio de esta
Instrucción: "El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para
sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le
revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace
propio, si no participa en él vivamente". Lo que es decisivo en el
contexto de nuestra sociedad actual es comprender en qué modo el hombre puede
integrar toda su vida en la realización de su vocación al amor y a la comunión.
2.2.1. Amor y corporeidad
El cuerpo humano, lenguaje de la persona y
del amor
53. La llamada al amor que resuena en el corazón del hombre no es meramente
espiritual. Por el amor, el cuerpo es capaz de expresar a la persona.
Podemos hablar entonces de un auténtico lenguaje del cuerpo, tan
significativo en la vida de cada hombre. Este lenguaje es un medio fundamental
de comunicación entre los hombres y como tal, cuenta con significados propios.
Nos encontramos ante una verdad decisiva de la antropología cristiana: el cuerpo
posee un carácter esponsal, esto es, es capaz de expresar el amor
personal que se compromete y entrega.
Hoy en día asistimos a la identificación del elemento personal del hombre
simplemente con su dimensión espiritual, contraponiéndolo a la "naturaleza",
entendida como una dimensión puramente corporal o biológica. Tal conclusión
refleja un dualismo antropológico de graves consecuencias en la vivencia del
amor: cada uno podría denominar amor a cualquier conducta, por aberrante que
fuese. La importancia de la intrínseca expresión de la persona mediante su
cuerpo está en la relación que vive el hombre entre su dimensión sexual y su
intimidad. En el valor de la intimidad del hombre se juega el quicio de la
verdad del lenguaje del cuerpo.
En esa relación es donde se descubren los significados fundamentales
del cuerpo sexuado, como son la identidad personal unida a la diferencia entre
sexos, la apertura y la complementariedad en la relación, así como capacidad de
engendrar a otras personas acogiéndolas en el amor conyugal. Se trata de
verdaderos significados que especifican el amor conyugal distinguiéndolo de
otros tipos de amor.
54. La riqueza de los significados propios del cuerpo humano exige la integración
moral de la sexualidad y del amor. Sólo así es posible la ordenación de los
dinamismos sexuales al bien de la persona en el amor verdadero. Aquí se
encierra un tema decisivo y es la necesidad de la personalización de la
dimensión sexual para que pueda expresar una plenitud humana. Se trata de descubrir
la verdad del amor inscrita en el lenguaje del cuerpo humano y actuar conforme
a la misma. La falta de esta integración empobrece radicalmente las
experiencias sexuales que quedan reducidas a un mero juego de placer. La
banalización de la sexualidad conlleva la banalización de la persona.
En esta tarea de integración la afectividad ocupa un papel decisivo,
ya que ofrece una mediación entre la dimensión tendencial humana y la
personalización del amor. Y porque esta integración no se da por naturaleza, se
hace imprescindible una educación afectiva para que el hombre sea capaz de
vivir una verdadera comunión interpersonal, fundada en el recíproco don de sí.
La verdad del matrimonio y la familia exige una educación para el amor.
2.2.2. Educación para el amor
55. La educación para el amor está unida al mismo despertar de la
conciencia, que tiene como momentos decisivos las experiencias de amor vividas
en la comunión familiar. En ella encuentra el hombre el marco adecuado donde
descubrir y aceptar la propia identidad sexual y los significados propios de la
sexualidad y de la afectividad. Ello le permitirá integrarlos de un modo
armónico, gracias, entre otros factores, a la experiencia del pudor y al testimonio
de la comunión de sus padres.
La integración de las tendencias somáticas y afectivas se denomina virtud
de la castidad. En cuanto tal, no significa en modo alguno, represión del
instinto o del afecto por la continencia o ausencia de relaciones sexuales y
afectivas. Se trata más bien de ordenar, reconducir, integrar los dinamismos
instintivos y afectivos en el amor a la persona. La castidad es la virtud que
permite asegurar el dominio del propio cuerpo para que sea capaz de
expresar con plenitud la donación personal.
La integración sexual requiere entonces un proceso de madurez que
permite a la persona unificar dinámicamente todas estas tendencias, afectos y
relaciones. Es de una gran importancia cuidar este proceso educativo en
especial en la niñez y la adolescencia. No se puede dejar a la simple
espontaneidad, puesto que tomaría sus referentes de la cultura en boga, la cual
puede dificultar el proceso de personalización. La juventud ha de ser el
momento en que esta madurez afectiva sirva para la realización en plenitud de
su vocación al amor. Cuando falta esta educación nos encontramos tantos jóvenes
envejecidos, desgastados por experiencias superficiales y para los que el
amor humano verdadero es una empresa casi imposible.
2.2.3. Amor, vocación humana y lógica del don
56. Esta educación tiene como fin que la dimensión sexual y afectiva del
hombre se dirija hacia la plenitud de la vocación al amor vivida en la
entrega libre de sí mismo. Como dice el Concilio Vaticano II en uno de sus
puntos fundamentales: "el hombre, la única criatura en la tierra que Dios
ha amado por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en el
sincero don de sí".
57. Esta entrega y acogida mutua de toda la persona genera, cuando es
verdadera, una fidelidad creativa, capaz de realizar multitud de obras
por amor a la persona a la que se ha entregado. Éste es el camino verdadero de
realización de la persona y no la simple elección de cosas para provecho y
satisfacción propias.
58. En este marco vocacional de la sexualidad, el amor total se puede vivir
tanto en el matrimonio como en la virginidad. Ambas son vocaciones que ponen en
juego toda la potencialidad de la persona, incluida su afectividad, en una
donación verdadera. La virginidad es también una entrega de la corporalidad
con una afectividad determinada: manifiesta cómo la afectividad e
instintualidad pueden ser integradas en el don de un amor más grande. La vida
de tantas personas vírgenes es un auténtico testimonio en una sociedad como la
nuestra en la que la sexualidad se entiende como objeto de consumo y se cree
imposible vivir la castidad.
2.3. La relación entre el matrimonio y la familia
59. El evangelio del matrimonio comienza con una buena noticia: el
matrimonio es una vocación (cfr. 1Cor 7, 7.17). Es el anuncio de la
existencia de un plan de Dios anterior a todo proyecto humano, porque todo
hombre ha sido creado por amor y ha sido llamado al amor. Si la
vocación originaria de todo hombre es la vocación al amor, el matrimonio es la
vocación a un amor peculiar: el amor conyugal. "La vocación al
matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer según
salieron de la mano del Creador". Vivir la vocación matrimonial no es otra
cosa que hacer propio y pleno ese amor, inscrito en la naturaleza, que se nos
revela paulatinamente y que vamos haciendo realidad día a día.
2.3.1. "Hemos creído en el
amor" (1Jn 4, 16)
Íntima comunión de vida y amor conyugal:
rasgos esenciales
60. Como todo amor, el amor conyugal es algo que el hombre descubre
en un momento determinado en su vida, no es algo deducible y planificable. El
mismo contenido de este amor es una verdadera revelación; nace de la admiración
ante la belleza del otro e incluye una llamada a la comunión. Tal
llamada implica la libertad de ambos y la totalidad de la persona. Por eso
mismo, es una aceptación implícita del valor absoluto de la persona humana. La
persona amada nos aparece con tal valor, que entendemos que es bueno gastar la
vida por ella, vivir para ella. Esta es la revelación básica del amor conyugal.
No se trata entonces de un mero sentimiento, a merced de la inseguridad que
engendra la mutabilidad de los estados de ánimo. Tampoco es un simple impulso
natural irracional que parecería irrefrenable. Ambas concepciones son ajenas a
la libertad humana y, por ello, incapaces de formar una verdadera comunión.
Aquí nos encontramos con un amor que es aceptación de una persona en una
relación específica cuyo contenido no es arbitrario.
61. La revelación del amor conyugal, en cuanto que implica a toda la persona
y su libertad, nos descubre las características que lo especifican como tal: la
incondicionalidad con la que nos llama a aceptar a la otra persona en
cuanto única e irrepetible, esto es, en exclusividad. Por ello es un
amor definitivo, no a prueba, porque acepta a la persona como es y puede
llegar a ser, hoy y siempre hasta la muerte. Y por ser un amor que implica la
corporeidad, es capaz de comunicarse, generando vida: porque no está
cerrado en sí mismo.
Se trata de características intrínsecas al amor conyugal. Con ello
queremos expresar que forman parte de la revelación del amor previa a la
libertad humana. Son constitutivas del acto mismo de libertad de entrega que
forma la comunión de vida y amor que es el matrimonio. El hombre no las pone
sino que las descubre. La educación para el amor de la que hemos hablado
antes genera las condiciones que disponen para su descubrimiento completo. Se
ha de afirmar que si falta cualquiera de esas condiciones puede hablarse de
amor, pero no es un verdadero amor conyugal. Querer seleccionar unas u otras,
según las condiciones de vida a modo de un "amor a la carta",
falsifica la relación amorosa básica entre un hombre y una mujer, distorsionando
la realización de su vocación.
62. La revelación del amor conyugal implica una promesa de plenitud
en una comunión que los cónyuges deberán construir mutuamente. Pero,
porque esa plenitud se les da en promesa, no la poseen todavía, y de ahí la
necesidad de "creer en este amor". Para ello deberán, en
primer lugar, dejarse fascinar por su belleza. El amor conyugal realiza una
riqueza tal de valores humanos e implica una interrelación tan delicada entre
ellos que es verdaderamente maravilloso. Dejar de contemplar esa hermosura
pervierte la intención hacia los propios intereses. El primer elemento de la
belleza del amor conyugal es la plenitud de entrega que lo conforma. Esa
plenitud es la respuesta adecuada al descubrimiento del valor de la otra
persona con la que se construye este amor. Aprender a vivir esa plenitud día a
día es la forma de construir el amor conyugal y, en él, un hogar.
Rechazo del verdadero amor conyugal y
pesimismo
63. Se aprecia así la diferencia de este amor respecto de aquellos modos de
relación que no alcanzan la verdad de esta entrega. Estos surgen con
manifestaciones diversas y por muchos motivos dentro de una sociedad que mira
con recelo la verdad del amor. Así, la extensión actual de las denominadas
"parejas de hecho" muestra, como su mismo nombre indica, una
profunda inseguridad ante el futuro, una desconfianza en la posibilidad
de un amor sin condiciones. Tal amor impide la esperanza y por ello incapacita
para construir con fortaleza. El modo como se establecen estas relaciones, a
espaldas del reconocimiento social, indica un afán de privacidad que incapacita
para acoger a la persona en su totalidad, rechazando aspectos fundamentales de
la misma, implicados en su condición de sujeto social.
64. Aunque parezca paradójico, en la misma lógica de falta de entrega están
las relaciones prematrimoniales. Es cierta la existencia de factores
sociológicos que explican su extensión actual: la prolongación de los
noviazgos, las dificultades sociales y económicas para tener una posición que permita
una primera estabilidad en el matrimonio y la presión ambiental para probar el
denominado "sexo seguro", sin responsabilidad. Pero en verdad nacen
de la confusión de no distinguir la verdadera entrega conyugal de lo que
es una "prueba sexual" como medio para seguir manteniendo un afecto.
Se convierte así en un amor viciado desde su origen: viciado por una reserva,
por una duda, por una sospecha.
La falsedad de esta entrega de los cuerpos anterior a la entrega sin
condiciones la muestra la misma vida: la proliferación de las relaciones
prematrimoniales no ha hecho más estables a los matrimonios. La razón es
evidente, no han nacido de la verdad de la entrega incondicional. La
consecuencia es más dramática: muchas personas viven el matrimonio con la
mentalidad de "seguirse probando", y de ahí que permanezcan
como observadores externos, esperando a ver dónde les lleva tal aventura.
65. Constatamos con preocupación la dificultad creciente, que llega incluso
hasta una auténtica incapacidad en muchos, para descubrir la verdad y belleza
del amor conyugal. La ceguera ante los valores es el mayor mal moral,
porque revela un sujeto débil dominado por experiencias fragmentadas que
no permiten su construcción interna en un proyecto de vida. Tal sujeto está
inclinado a la seducción de un amor fácil, blando e inestable, que le
puede conducir a grandes problemas. El primero de ellos es el dejar de confiar
en el amor verdadero.
Sí, muchas personas acaban en el pesimismo de considerar imposible un
amor fiel. Se produce así la tragedia de dejarlo de buscar como un proyecto de
vida e, incluso, de juzgarlo sospechoso en los demás. En no pocos se ve el
cinismo de quererlo ridiculizar como un ideal sin valor. Detrás de todas estas
posturas hay muchos dramas particulares, muchos miedos y amarguras que curar.
Ante un fracaso matrimonial no basta responder con un simple olvido de lo
pasado, porque expondría a la persona a una nueva herida. Hace falta mucha
sabiduría en nuestros días para curar el corazón de los hombres.
2.3.2 La unión de los esposos y la transmisión de la vida
"Serán
los dos una sola carne" (Mt 19, 5;
cfr. Gén 2, 24)
66. La respuesta de Cristo sobre la
relación hombre y mujer nos indica otra verdad fundamental del evangelio del
matrimonio y la familia. Éstas son sus palabras: "dejará a su padre y a su
madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne" (Mt 19, 5). El amor mutuo entre el hombre
y la mujer les lleva a fundar una nueva familia. La unión en "una sola
carne" es, por ello, una unión dinámica, no cerrada en sí misma, ya que se
prolonga en la fecundidad. La unión de los esposos y la transmisión de la
vida implican una sola realidad en el dinamismo del amor, no dos, y por
ello no son separables, como si se pudiera elegir una u otra sin que el
significado humano del amor conyugal quedase alterado. Ambas están dentro de la
comunión de vida y amor esponsal que es la vocación de los cónyuges. A esta
unión se puede aplicar también las palabras de Cristo "lo que Dios ha
unido no lo separe el hombre" (Mt 19,
6).
La verdad de la que estamos hablando está contenida en la dinámica propia
del amor conyugal. Este amor tiene su estructura propia, anterior a la elección
humana. El bien de la comunión que supone la familia no es una decisión que el
hombre pueda o no elegir según sus planes de matrimonio; de este bien no son árbitros
los cónyuges. Es un bien que les trasciende: la vocación a formar una
familia, comunión de personas. Es más, la familia en cuanto tal, la
apertura a la transmisión de la vida, y la fecundidad social, es un bien que
une a los mismos cónyuges. Por ello existe una unidad lógica entre el don de sí
y la vocación a formar la comunión familiar.
67. Somos conscientes de que este planteamiento es incomprensible desde una concepción
secularizada del matrimonio, que desvirtúa su grandeza. Sin embargo, todo hombre
puede darse cuenta de que existe un elemento de trascendencia en el hecho de la
entrega mutua de un hombre y una mujer, que vincula inseparablemente su unión
con su apertura a la familia. Reducir el matrimonio a un proyecto de vida
propio y privado, ajeno al plan de Dios, abre la puerta a los distintos
"modelos" de matrimonio y familia dependiendo del deseo subjetivo de
los que se unen. Existe, en el fondo, un cierto miedo de afrontar las
responsabilidades propias de la familia, que no son individuales sino que
afectan a otras personas. Este miedo a afrontar la realidad es una de
las causas de la extensión de las formas irregulares de entender la unión de un
hombre y una mujer.
La transmisión de la vida: bendición
divina del amor esponsal
68. El bien común del matrimonio contiene en sí la fecundidad en la
generación de los hijos. Es imposible hablar adecuadamente de esta dimensión si
no se aprecia que es la mayor de las bendiciones divinas (cfr. Gén 1,
26-28). La misma aceptación del otro cónyuge en su integridad incluye el
quererle como posible padre o madre, pues es una verdad contenida en la misma
"carne" que les une. En esta trascendencia de la misión familiar del
matrimonio y la dimensión personal de la fecundidad está la raíz primera de la irrevocabilidad
de las relaciones matrimoniales y familiares.
69. En este punto la Revelación cristiana es una luz poderosa para poder
apreciar el valor personal de la generación: porque la maternidad divina
de la Virgen María requirió su libre aceptación, así como la filiación divina
de cada hombre precisa ser acogida por el creyente. Con ello se nos está
indicando que no se puede reducir la generación humana a un "fenómeno
biológico", sino que se le ha de valorar necesariamente como una relación personal.
Un hijo no es un mero efecto de un proceso biológico natural, sino una persona
que debe ser aceptada en un acto de amor: porque de lo contrario se pecaría
contra ella, aunque se le dé la vida física.
Inmoralidad de la contracepción y licitud
de la continencia periódica
70. La dignidad personal del hijo conlleva la exigencia de que toda persona
humana sea concebida en un acto de amor conyugal que contenga implícitamente al
hijo como don. Esta relación entre el significado unitivo y procreativo
del acto conyugal no es algo que "pongan" los esposos, sino que es el
modo de ser los "rectos intérpretes" del lenguaje de la
"carne" que los une. Excluir alguno de los dos significados
voluntariamente hace que tal acto no sea signo de verdadero amor conyugal y,
por ello, será incapaz de expresar y realizar la comunión de los esposos.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a los períodos de
infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y
procreativo de la sexualidad humana, se comportan como "ministros"
del designio de Dios y "se sirven" de la sexualidad según el
dinamismo originario de la donación "total", sin manipulaciones ni
alteraciones. A la luz de las ciencias humanas y de la reflexión teológica,
podemos entender la diferencia antropológica y al mismo tiempo moral que
existe entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos naturales, que
implica dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana
irreconciliables entre sí.
Precisamente ese respeto al significado del acto de amor conyugal
"legitima, al servicio de la responsabilidad en la procreación, el recurso
a los métodos naturales de regulación de la fertilidad: éstos han sido
precisados cada vez mejor desde el punto de vista científico y ofrecen
posibilidades concretas para adoptar decisiones en armonía con los principios
morales".
Procreación, no producción del hijo
71. La intrínseca relación entre matrimonio y familia nos ayuda a comprender
otro de los problemas actuales con respecto a la generación. Nos estamos
refiriendo al recurso que algunos esposos hacen de la fecundación artificial
para satisfacer su deseo de tener un hijo. La dificultad que presenta este
nuevo método de fecundación no es principalmente la "artificialidad"
de la intervención, sino el hecho de "decidir" producir un
hombre, ya que se deja en manos de la elección personal la vida humana. El hijo
vive en este caso por la pura decisión de sus padres, acto libre tremendo en el
que no interviene la mediación de su naturaleza corporal, sino que se deja su
realización al artificio del técnico.
Por el contrario, cuando la concepción de un niño es fruto de la unión
amorosa de los cuerpos, se confía a la propia corporalidad la posibilidad de procrear
y con ello se reconoce la vocación al amor y a la paternidad inscrita en el
mismo dinamismo corporal del amor.
Unidad cuerpo-espíritu
72. La dificultad mayor para la comprensión de esta unidad fundamental
matrimonio-familia reside en el dualismo antropológico ya señalado, el
cual justifica el uso del cuerpo para los fines que se hayan decidido. Cuando
se ha roto la unión entre la carne y el espíritu y se piensa que el cuerpo
carece de significados morales intrínsecos, se hace imposible una comunión de
las personas fundada en la unión de la carne y abierta, por tanto, a la
procreación. Todo queda abandonado en manos de un espíritu desencarnado que
decide sobre los significados personales que quiere dar a sus relaciones
carnales, que, por lo demás, considera ajenas a lo más íntimo de sí mismo. No
se puede por menos que reconocer en esto una ruptura del orden creacional, de
la armonía y belleza originaria del plan de Dios.
73. Frente a esta postura dualista, hemos
de proclamar incansablemente la visión integradora que nos da el Evangelio. Sí,
la unión carne-espíritu es para el hombre expresión de esperanza. Por
medio de ella Dios confía al hombre la generación. En el relato del Génesis,
Eva, sumida en la tristeza del primer pecado, llega a exclamar al dar a luz a
su primer hijo: "¡he adquirido un varón por el favor de Dios!" (Gén
4, 1). Con ello quería expresar que la vida tiene un sentido en los planes de
Dios, que hay una esperanza escondida que se transmite "de generación en
generación" (Lc 1, 50).
2.3.3. Familia y ecología humana
Hogar de la comunión y la libertad
74. El hombre necesita una "morada" donde vivir. Una de las tareas
fundamentales de su vida es saberla construir. Todo hombre necesita un hogar
donde se sienta acogido y comprendido. Fuera de él las relaciones se hacen
superficiales y susceptibles de rechazos e incomprensiones. El hogar debe ser,
para el hombre, un espacio de libertad. La comunión de personas que
conforma la familia debe vitalizar internamente las distintas relaciones
personales que se suceden en su seno.
75. El amor esponsal es la primera relación que conforma la familia.
Es el amor que los esposos se prometen al contraer matrimonio y que abre para
ellos un futuro cargado de esperanza. En este futuro comprometen ambos su
libertad en orden a construir su matrimonio. Los esposos encontrarán en su amor
mutuo el alimento y la luz de su caminar cotidiano, siendo ellos, y no las
circunstancias, los verdaderos autores y protagonistas de su familia. Las
circunstancias pueden no ser favorables: nunca ha sido fácil sacar adelante la
propia familia. Lo más importante es saber responder con fidelidad y
creatividad a estas adversidades. Para ello deberán acudir constantemente a la
fuente de su amor esponsal.
Por desgracia, actualmente se da una falsa consideración de que la
realización de los esposos puede darse fuera del matrimonio, debido una
sobrevaloración del papel de la profesión y del trabajo. Muchas veces esto
conduce a desequilibrios personales y conyugales y, por tanto, familiares.
76. Sostenida por el amor esponsal se genera la relación paterno-filial. En
ella está en juego nada menos que la identidad del hombre: ser hijo exige ser
acogido, con ese amor incondicional que caracteriza la paternidad.
Gracias a este amor, cada persona podrá descubrirse como única e irrepetible,
ya que es querida por sí misma. La relación de paternidad y filiación es
la primera relación indestructible que el hombre experimenta y que ha de saber
integrar en su vida. Su falta, por los más variados motivos, es siempre un
primer drama en la vida de un hombre.
Primera escuela de humanidad
77. La generación de un hijo, que es amado por sí mismo, se prolonga en su educación.
Los obispos constatamos no sin preocupación las dificultades que los padres de
hoy tienen en la educación de sus hijos. Abrumados por tantas tareas y ante la
incomprensión del sentido último de su papel como padres, muchos de ellos abandonan
la tarea educativa que les corresponde para confiarla sin más a los centros
escolares, agotando su responsabilidad en el escaso margen de elección de
centro que deja nuestra ley educativa. Sin embargo, la educación escolar es
sólo una de las dimensiones del proceso educativo, que, privada del primario e
insustituible papel educador de los padres, muchas veces, a pesar de nobles
intentos, fracasa en su tarea de verdadera formación.
El resultado es que nos encontramos en la sociedad muchos jóvenes
desarraigados, sin un futuro ni perspectivas claras, cerrados en sí mismos y
ajenos a los verdaderos retos que plantea la vida. En los problemas de falta de
integración social que esto causa, han sido las familias estables quienes han
podido asumirlos en su interior y amortiguarlos, mientras que las familias
desestructuradas los prolongan.
Por lo que respecta a la educación afectivo-sexual de los niños y
jóvenes, los obispos queremos recordar a los padres que ésta les compete a
ellos de una manera principalísima. En modo alguno se puede abandonar al centro
educativo, quien en tantas ocasiones se limita a ofrecer una mera información
-sin enmarcarla en una visión global de la persona humana- tan perjudicial en
muchos casos. Con verdadera preocupación ante la situación actual, pedimos a
los padres que retomen sin miedo el protagonismo que les corresponde en esta
materia, formándose a su vez para poder desarrollar su tarea educativa con
competencia.
78. Las relaciones de fraternidad son el siguiente componente de la
convivencia familiar. Tienen una riqueza personal singular que no se encuentra
en otras relaciones humanas; es la riqueza de compartir en igualdad un único
amor: el amor de los padres. En esta relación se comprende que existe una
primera comunión -la familiar- que precede a la propia elección y reclama la
convivencia. Se crea, así, un ámbito que excede la simple justicia y que
conforma la "piedad", tan importante para configurar la
sociabilidad de las personas.
Cuando escuchamos hablar de fraternidad entre los hombres, existe el peligro
de reducirla a una relación formal sin contenido. El primer camino que tiene el
hombre para comprender lo que supone la fraternidad universal de los hijos de
Dios es haber experimentado en verdad como un valor su fraternidad más directa
con sus hermanos. Una fraternidad sin el amor de los padres es ficticia y acaba
desilusionando.
79. Cuando la relación entre los cónyuges y la relación entre padres e hijos
se vive de manera plena y serena, resulta natural que adquieran entonces
importancia también los demás parientes, como abuelos, tíos, primos, etc.
Gracias a ello algunas personas con dificultades, o los solteros, viudas y
viudos, y huérfanos pueden hallar un hogar acogedor. La familia es la
verdadera ecología humana, por cuanto implica el hábitat natural intergeneracional
en el que se nace y se vive haciendo justicia a la dignidad de la persona.
El papel socializante de la familia, único e insustituible, debe ser
reconocido y potenciado para construir una sociedad vertebrada y contribuir al
proceso de "personalización". Gracias a ella, la sociedad y la
cultura tendrán cada vez más la dignidad de la persona como centro y fin de su
organización interna. Por esta razón, la familia está en el origen y la
renovación de una cultura de la esperanza.
Deterioro de la verdadera "ecología
humana"
80. Aparece así claro cómo la familia, fundada en el matrimonio, es la
"morada" de toda persona, en la que cada hombre puede encontrar un
hogar donde ser querido por sí mismo. Con ello se pone de manifiesto la
falsedad de los que se denominan nuevos y alternativos "modelos de
familia". Se trata de diversas formas de unión más o menos estables,
pero que rechazan el matrimonio como fundamento, la indisolubilidad del mismo,
o la diferenciación sexual que implica. En el fondo, lo que estas nuevas
experiencias manifiestan es la necesidad que tiene todo hombre de establecer
una relación de convivencia personal. Sin embargo, el nuevo modelo pluralístico
de familia carece de una visión antropológica adecuada que considere al hombre
en su totalidad, y por ello ocasiona graves daños personales y sociales. Estos
modelos alternativos, sin embargo, pretenden que se les reconozca un supuesto
derecho de adoptar niños o de asimilarse lo más posible a la forma del
denominado modelo unívoco o "familia natural" fundada sobre el
matrimonio.
Respecto a estos nuevos modelos los obispos queremos desenmascarar los
dramas personales que tantos discursos ambiguos dejan a su paso. No basta
ampararse en una pretendida tolerancia. La familia es el lugar
primigenio de libertad, precisamente por la verdad e irrevocabilidad de
las relaciones que implica. Negar esta verdad supone forzar la libertad de
las personas, contaminando la posibilidad de un verdadero amor y obligándolas a
vivir en una ficción que les conducirá a la larga a la más amarga de las
soledades.
81. Es terriblemente preocupante la ingenuidad con que se afronta la
cuestión de la homosexualidad. Esta tendencia constituye para los que la
poseen una verdadera y difícil prueba, cuyas causas no son fáciles de
explicar. Toda persona humana merece un respeto incondicional. Pero este
respeto implica el reconocimiento de su situación: la homosexualidad para él es
una verdadera dificultad de identidad sexual. La aceptación
incondicional de la persona requiere precisamente que se perciba el problema
que tiene respecto a su identidad sexual. Obviar esta dificultad y admitir sin
más una pretendida libertad sexual no soluciona la cuestión de fondo.
Por otro lado, las fuerzas sociales deben saber responder a la pretensión
inconsiderada de determinados grupos de presión que procuran de una
forma sistemática la justificación y exaltación pública de un estilo de vida
homosexual en vistas a su aceptación por la sociedad, con la pretensión de
alcanzar un cambio legislativo para que los homosexuales puedan gozar de nuevos
derechos referentes al matrimonio y a la adopción.
82. Todavía hemos de señalar algunas situaciones anómalas en la vida
de la familia. Nos estamos refiriendo a aquellos padres que con una elección
arbitraria privan al hijo único de la posibilidad de otros hermanos.
Ello supondría privarle de la experiencia de la fraternidad y hacerle
experimentar, en un momento crucial de la vida, una primera soledad que le
afecta profundamente.
Otra situación anómala es la de aquellas familias que no valoran el
lugar fundamental que ocupan los ancianos. No se les puede excluir de su
condición de miembros de la familia. La convivencia con los mismos no puede
verse principalmente como una carga o un problema, ya que entronca la familia
con sus orígenes y ayuda a valorar lo que significa la experiencia vivida como
un tesoro en la maduración de las personas.
2.4. El sacramento del matrimonio y la familia cristiana
83. Tras haber mostrado brevemente la riqueza antropológica que contienen el
matrimonio y la familia, como pastores, hemos de anunciar con gozo la verdad
íntegra con los que Dios les ha enriquecido y la misión que le ha encomendado.
2.4.1. Revelación del misterio de Dios
El "nosotros" familiar
84. Dios, en su admirable designio salvífico, gratuitamente ha querido
comunicarse a los hombres, llamándolos a participar en la comunión íntima
con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta llamada a la Comunión
Trinitaria no está separada de la fuerza de comunión que anida en todos los
amores humanos, sino que los informa y los eleva como signos que son del Amor
originario de Dios. La significación salvífica propia de las acciones humanas,
en cuanto vivificadas por la gracia, tiene una relevancia peculiar en el matrimonio,
por tener un singular valor de comunión. Se puede establecer entonces una
cierta analogía entre la comunión que se vive en el matrimonio y la familia y
la Comunión divina trinitaria, posible por la entrega de Cristo que se nos
comunica por el don del Espíritu.
85. El primer modo de vivir la realidad de la entrega de Cristo es la gracia
de la filiación divina que se nos concede en el bautismo. La realidad de
ser hijos obliga a la misma Iglesia a aprender de la familia su propia misión:
la de generar comunión. Éste es el ser y la misión de la Iglesia. Toda
esta realidad de la vida cristiana la caracteriza como una vida sacramental que
se va desarrollando junto a la maduración personal en la respuesta a la propia
vocación. Esta es la base que ilumina la sacramentalidad del matrimonio
cristiano que proclama la Iglesia.
2.4.2. La comunión hombre-mujer y el sacramento Cristo-Iglesia
La nueva alianza en Cristo
86. Los esposos son hijos de Dios por su vocación bautismal. Esto
significa que sus vidas quedan marcadas para realizar y significar la
"nueva vida" (cfr. Rom 6, 4) de Cristo. Así, la mutua entrega de los
esposos queda insertada en la economía de salvación de Cristo, teniendo por
ello un valor sacramental básico: el matrimonio cristiano significa y hace
presente de modo singular en el mundo la unión de Cristo con su Iglesia, que es
alianza de amor esponsal.
La razón de esta significación no es un
añadido al plan salvífico de Dios. Jesucristo, con su Encarnación, asume la
corporalidad del hombre y sus significados propios. Por eso, la entrega de su
cuerpo en la Cruz hace a la Iglesia "un cuerpo" -una sola carne- con
Él, y esta entrega es, en sí misma, la expresión máxima del amor esponsal
humano. Su amor esponsal se convierte allí en fuente de salvación para los
hombres. Nos encontramos ante la revelación del "gran sacramento"
de la redención del que nos habla el Apóstol (cfr. Ef 5, 21-33). Por esta unión, los
cristianos nacemos a la vida de la gracia como hijos de Dios en el Hijo y
reconocemos la Iglesia como nuestra Madre.
87. Unido al valor sacramental del matrimonio está la realidad de la gracia
sacramental propia de los cónyuges; se trata de una presencia eficaz del
amor de Dios que los capacita para santificarse en el amor mutuo y en la
entrega cotidiana en la formación de un hogar. Esta gracia no se reduce al
momento de la celebración, sino que se extiende a lo largo de toda su vida
matrimonial, vivificándola interiormente y ayudándoles a renovar su amor
esponsal en los signos sacramentales que acompañan su existencia.
Entre estos sacramentos es de destacar la importancia que tiene para la vida
matrimonial la Eucaristía, donde se hace presente el sacrificio de
Cristo que configura interiormente la entrega de los esposos, vivificando su
alianza conyugal y renovando su vocación esponsal; la Confirmación, que
fortalece a los esposos con el don del Espíritu en su misión de testimoniar el
amor de Cristo en medio del mundo; y la Reconciliación, encuentro con la
misericordia del Padre, que restaña la comunión conyugal y familiar.
Algunos problemas actuales originados por
el rechazo de Dios en el matrimonio
88. Ante esta verdad esplendorosa de la sacramentalidad del matrimonio, los
pastores hemos de llamar la atención sobre la secularización creciente de la
concepción del matrimonio entre bautizados, que lleva a la pérdida del
sentido sagrado del matrimonio, su separación de la esfera de trascendencia que
confiere valor divino a la vida matrimonial. Este valor divino aparece como
algo que sería elegible, a modo de un significado "añadido" que ponen
los contrayentes por su propia voluntad. Ya no sería la intención primera de
Cristo para ellos y su propia vocación. Ante esta secularización, es preciso
presentar la vocación matrimonial dentro de los mismos planes de catequesis
como una realidad a la que orientar la vida y a la cual hay que prepararse
desde niños.
89. Una consecuencia de la extensión de un modo de vivir secularizado es la
aparición del matrimonio meramente civil entre bautizados. Se observa un
aumento progresivo de estos matrimonios en los últimos años. Es un indicador de
que muchos fieles, incluso practicantes, ven el matrimonio como algo
exclusivamente natural, ajeno a la fe, o todo lo más con un significado
meramente humano al que la fe le "añade" una fuerza extrínseca. Es un
punto a tener en cuenta especialmente en las catequesis prematrimoniales, que
deben ayudar a los novios a integrar la verdad del matrimonio en la vida de fe.
El drama del divorcio y la reconciliación
conyugal
90. Otro modo de vivir al margen de la realidad sacramental del matrimonio
es el divorcio civil entre personas que han contraído matrimonio eclesiástico.
La proliferación de este hecho en nuestra sociedad nos obliga a una seria
reflexión sobre determinadas carencias en la transmisión de la verdad del
Evangelio sobre el matrimonio. Evidentemente, si se pierde el sentido sagrado
del matrimonio, se acabará por valorarlo simplemente como un contrato entre
dos particulares, y, por consiguiente, establecido a su arbitrio y
dependiente de su voluntad, la cual puede cambiar y llegar a romperlo. Tal
concepción hace incomprensible la indisolubilidad del matrimonio. Un compromiso
para toda la vida sería algo prácticamente imposible y podría darse el caso de
que llegara a ser insoportable.
En esa óptica, el divorcio es concebido como un derecho, incluso como
una condición para contraer matrimonio, una cláusula de ruptura. Esta
mentalidad introduce una inestabilidad estructural en la vida matrimonial, que
la hace incapaz de afrontar las crisis y las dificultades con las que
inevitablemente se encontrará.
91. Como ocurre con otros hechos dolorosos de nuestra sociedad, el modo
cultural de presentar el divorcio intenta ocultar el drama -humano,
psíquico, social- del fracaso matrimonial. Con el lema de "reconstruir la
vida" -quizá con "otra pareja"- se pretende solucionar tal drama
solventando los problemas técnicos (jurídicos, económicos), pero sin querer
entrar en los verdaderos problemas antropológicos y éticos.
92. La Iglesia y los pastores no somos ajenos a las dificultades propias de
la convivencia matrimonial, que en algunos casos puede hacer conveniente, incluso
necesario, el recurso a la separación de los cónyuges. Es más, por la
tergiversación de la verdad del matrimonio, la aceptación implícita de un
matrimonio "a prueba", y la superficialidad con que se contraen
determinadas uniones, no pocas celebraciones eclesiásticas del matrimonio se
contraen inválidamente. La Iglesia reconoce entonces, tras el proceso
pertinente ante sus tribunales, la nulidad de estos matrimonios, es
decir, declara que no ha existido un verdadero matrimonio cristiano y que los
contrayentes, en consecuencia, están libres bajo determinadas condiciones de
contraer posteriormente una unión matrimonial.
Es necesario instruir a los fieles en la diferencia fundamental que
existe entre la declaración de la nulidad y el recurso al divorcio, que es la
ruptura de un vínculo realmente establecido. La primera no afecta a una
característica fundamental del sacramento del matrimonio como es la
indisolubilidad. Mientras que el divorcio significa todo lo contrario, es
decir, que el matrimonio podría disolverse por iniciativa de los contrayentes.
93. Ante el fracaso del amor conyugal no valen respuestas superficiales que
obvien el drama humano que implica. Se hace necesaria la ayuda y la orientación
a los matrimonios y a las familias por parte de los sacerdotes y otros agentes
de pastoral, que les motiven al diálogo para prevenir y atajar a tiempo los
problemas, y que les ayuden a reavivar la gracia sacramental propia del
matrimonio. Cuando la Iglesia apela al don recibido, a la gracia sacramental
irrevocable y sanante que no deja de existir a pesar de la infidelidad del
hombre, lo que está mostrando es la gracia, capaz de sostenerle en esos
momentos difíciles. Con ello invita a dejar la puerta abierta a la posible
reconciliación de los esposos separados, al perdón mutuo, a rehacer la vida
matrimonial.
Con el Papa Juan Pablo II queremos los obispos españoles recordar a los
matrimonios el tesoro que supone el perdón recíproco, ya que un amor fundado en
el perdón es indestructible: "la vida conyugal pasa también por la experiencia
del perdón, pues, ¿qué sería un amor que no llegara hasta el perdón? Esta
forma de unión, la más elevada, compromete todo el ser que, por voluntad y por
amor, acepta no detenerse ante la ofensa y creer que siempre es posible un futuro.
El perdón es una forma eminente de entrega, que afirma la dignidad del otro,
reconociéndolo por lo que es, más allá de lo que hace. Toda persona que perdona
permite también a quien es perdonado descubrir la grandeza infinita del perdón
de Dios. El perdón hace redescubrir la confianza en sí mismo y restablece la
comunión entre las personas, dado que no puede haber vida conyugal y
familiar de calidad sin conversión permanente y sin despojarse de su egoísmo.
El cristiano encuentra la fuerza para perdonar en la contemplación de Cristo
en la cruz que perdona".
94. En consecuencia, para un bautizado, pretender romper el matrimonio
sacramental y contraer otro vínculo mediante el matrimonio civil es, en sí
mismo, negar la alianza cristiana, el amor esponsal de Cristo, que se
concreta en el estado de vida matrimonial. Existe una incompatibilidad del
estado de divorciado y casado de nuevo con la plena comunión eclesial. Por
ello, al acceder al matrimonio civil, ellos mismos impiden que se les pueda
administrar la comunión eucarística.
Como decía el Papa a las familias en la celebración del Jubileo, "ante
tantas familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a expresar un juicio
severo e indiferente, sino más bien a iluminar los numerosos dramas humanos con
la luz de la palabra de Dios, acompañada por el testimonio de su misericordia.
Con este espíritu, la pastoral familiar procura aliviar también las situaciones
de los creyentes que se han divorciado y se han vuelto a casar. No están
excluidos de la Comunidad; al contrario, están invitados a participar en su
vida, recorriendo un camino de crecimiento en el espíritu de las exigencias
evangélicas. La Iglesia, sin ocultarles la verdad del desorden moral objetivo
en que se hallan y de las consecuencias que se derivan de él para la práctica
sacramental, quiere mostrarles toda su cercanía materna".
Es diferente el caso de aquellos que están divorciados y no desean
contraer nuevas nupcias. A ellos, como a los que se encuentran en la
difícil situación de separación, la comunidad cristiana los debe acoger con un
cuidado afectuoso para sostenerlos en sus dolorosas circunstancias y animarlos
en el testimonio de su fidelidad, también con la recepción fructuosa de los
sacramentos.
95. En fin, ante las diversas situaciones dramáticas apuntadas, y
ante el clima relativista que quiere excluir del amor la fidelidad, la vida de
la comunidad eclesial se debe configurar y ofrecer como el lugar
adecuado para la renovación del matrimonio, para vivir en plenitud su fidelidad.
Así la Iglesia es efectivamente imagen viva del "gran sacramento",
el auténtico "ethos" o morada de la vida de los esposos. Es necesario
renovar la pastoral matrimonial de nuestras comunidades para poder llevar a
cabo esta misión urgente. Sólo así la vida sacramental y orante de la comunidad
cristiana será la fuente permanente de la vida matrimonial.
2.4.3 La familia, iglesia doméstica
Transmisión de la fe y testimonio de
caridad
96. La antropología adecuada que hemos ido siguiendo al hilo de la revelación
de Jesucristo sobre la verdad del hombre, nos conduce a acoger la verdad plena
de esa comunión particular de personas que se forma con el matrimonio: la
comunión familiar. La riqueza de la caridad conyugal que viven los esposos
se derrama en todos los miembros de la familia y hace de ella una "pequeña
iglesia" o iglesia doméstica. Se quiere indicar en qué modo la comunión
familiar refleja y vive de un modo concreto la íntima unión con Dios y la
unidad entre los hombres, propios de la Iglesia como tal. En esta comunión, la
civilización del amor encuentra un cauce de realización determinado, abriendo
las personas al verdadero culto a Dios, a la caridad entre los hombres y a la
evangelización.
De este modo, la transmisión de la fe encuentra en la familia un
entramado de comunicación, afecto y exigencia que permite hacerla vida. En el
ámbito de las relaciones personales se produce el despertar religioso que tan
difícilmente se logra en otras circunstancias. Igualmente, es un lugar privilegiado
para aprender la oración. En la familia la plegaria se une a los
acontecimientos de la vida, ordinarios y especiales. La oración familiar es
germen e inicio del diálogo de cada hombre con Dios. El seno de la familia es
el primer lugar natural para la preparación para los sacramentos. Estos
santifican esos acontecimientos básicos que constituyen la historia misma de la
familia: el nacimiento de los hijos, su crecimiento, el matrimonio y la muerte
de los seres queridos.
Por otro lado, la misma familia como iglesia doméstica está indicando a todo
el pueblo de Dios cómo debemos entender la comunión eclesial que lo anima.
Porque la Iglesia es una familia: la familia de los hijos de Dios, en
donde nos reúne una fraternidad que se basa en la paternidad divina y en la
maternidad eclesial, donde cada miembro es valorado por lo que es y no por lo
que hace o tiene. La Iglesia, así, puede y debe asumir en su propia vida y en
su misión una dimensión más doméstica, esto es, más familiar, adoptando un
estilo de relaciones más humano y fraterno.
En esta línea los obispos españoles queremos agradecer a tantos movimientos
y asociaciones familiares, que en las últimas décadas han realizado un
verdadero esfuerzo por acercarse a los matrimonios y familias y han podido dar
un rostro más materno y familiar a la comunidad eclesial, así como a los
nuevos movimientos que destacan el valor de la fraternidad, ofreciendo a las
personas un nuevo ámbito de comunión, capaz de regenerar la vida familiar.
97. Construir y reforzar la familia es la gran tarea a la que todos
estamos llamados en el momento presente. El drama que supone en la vida de los
hombres la carencia de familia es el modo más claro de poner en plena evidencia
su importancia antropológica, psicológica, sociológica, religiosa, etc. No sólo
ha de entenderse por carencia familiar la falta de alguno de los progenitores,
por muerte o abandono del hogar; también se debe incluir la vivencia de una
familia desestructurada, que ha perdido su verdadera identidad como familia.
Cuando falta esta experiencia familiar en la conciencia de los hombres, el
único bien que puede unirlos es el intercambio exterior de bienes materiales o
la costumbre. Es fácil entender las consecuencias sociales implicadas en este
modo de ver las cosas y la importancia que se le ha de dar en la organización
interna de nuestra sociedad.
98. Quizás, algunas personas al escuchar
este anuncio del evangelio del matrimonio y la familia, pudieran reaccionar
como los discípulos al escuchar las palabras de Jesús sobre la indisolubilidad
del matrimonio. Sí, ciertamente se podría pensar que son palabras hermosas, que
muestran un ideal bello, pero inalcanzable. Así "no traería cuenta
casarse" (cfr. Mt 19, 10), pues
su realización sería prácticamente imposible. Los problemas que los matrimonios
y las familias de hoy tienen parecerían dar la razón a esta opinión. Y sin
embargo en medio de estos problemas, con los sufrimientos que causan en tantas
familias, se puede manifestar la fuerza del don de Dios, derramado en su
amor, que lucha por abrirse paso precisamente en las dificultades interiores y
exteriores.
Es en virtud de este don de Dios como las personas comienzan a vivir ya
desde el enamoramiento y en modo pleno desde la celebración de su matrimonio,
dentro de un horizonte nuevo, que inicia un proceso dinámico y gradual,
por el que los hombres y mujeres concretos, con su historia y circunstancias,
avanzan paulatinamente en la maduración de su amor mutuo. Así, es posible
entender que todo amor está llamado a crecer, y que sanado y fortalecido por el
amor divino, sea capaz de llevar a la persona a través de un camino pedagógico
a la plenitud de su vocación aún en la aparente fragilidad y debilidad de las
relaciones que haya construido.
En este camino que los cónyuges recorren
junto a su familia les esperan, lo saben, no pocos momentos de dificultad, de
sufrimiento y de cruz. Presentar una vida familiar como un camino sin
sacrificios, supondría ignorar no sólo la condición del cristiano, sino la del
mismo hombre. Lo que los obispos queremos anunciar a todo matrimonio y a toda
familia es precisamente lo que Jesús anunció a Pedro: "para los hombres
esto es imposible, más para Dios todo es posible" (Mt 19, 26). En el camino de la vida, las
familias no caminan solas: porque "el Esposo está con vosotros" (cfr.
Mc 2, 19). De ello dan testimonio
tantos matrimonios y familias que, en una existencia difícil, han
continuado fieles al amor. Este testimonio, habla patentemente de cómo
el amor de Dios es más grande que nuestra miseria y pecado.
99. Con el evangelio del matrimonio y la familia se anuncia, entonces, no
sólo el ideal al que está llamado el hombre, sino también la promesa y el don
de Dios que constituyen su vocación. Es esta gracia de Dios la que, en último
término, le permite a todo hombre vivir en la comunión con Dios y con sus
hermanos. De este modo, la Iglesia manifiesta y proclama que es la gran
familia de los hijos de Dios en la que nadie es anónimo, ni minusvalorado.
En ella se realiza en el mundo la comunión de los santos que le une a la
Iglesia celestial, con todos "los que nos han precedido en el signo de la
fe". Es la unión íntima de vivir todos como hijos para la gloria de Dios
Padre.
CAPÍTULO 3
El EVANGELIO DE LA VIDA HUMANA
El amor a la vida en la familia
100. Al Evangelio del matrimonio y de la familia va estrechamente unido
el Evangelio de la vida. La familia evangelizada es la mejor amiga de la vida
del ser humano. Y, a la inversa, donde la vida de cada hombre es respetada y
amada de verdad, allí florece la familia como auténtico santuario de la vida
humana. Como afirmaba Juan Pablo II en su primer viaje a España, "la
familia es la única comunidad en la que todo hombre es amado por sí mismo, por
lo que es y no por lo que tiene. La norma fundamental de la
comunidad conyugal no es la de la propia utilidad y del propio placer.
El otro no es querido por la utilidad o placer que puede procurar: es querido en
sí mismo y por sí mismo".
Después de haber proclamado de nuevo el Evangelio del matrimonio y de la
familia (capítulo II) en el contexto de nuestra sociedad y de nuestra cultura
(capítulo I), abordamos ahora el anuncio del Evangelio de la vida, no sin honda
preocupación ante las graves amenazas y agresiones que la vida humana sufre
en nuestros días, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. Por ello nos
sentimos obligados a denunciar con fuerza los atentados de que es objeto.
La dignidad de la vida humana y su carácter
sagrado
Altísimo valor
101. Cuando hablamos de la dignidad humana nos referimos al valor
incomparable de cada ser humano concreto. Cada vida humana aparece ante
nosotros como algo único, irrepetible e insustituible; su valor no se puede
medir en relación con ningún objeto, ni siquiera por comparación con ninguna
otra persona; cada ser humano es, en este sentido, un valor absoluto.
De modo que el tratamiento apropiado para el ser humano, adecuado a su dignidad,
es sólo el que le toma como un fin en sí mismo y no como un simple medio u
objeto. De aquí que el sentido propio de la vida humana sólo se exprese bien en
la justicia y, mejor todavía, en el amor. La persona es bien tratada y
valorada cuando es respetada y amada; es, en cambio, maltratada y
minusvalorada cuando es convertida en mero objeto de cálculos o de intercambio.
102. La revelación de Dios en Jesucristo nos desvela la última razón de ser
de la sublime dignidad que posee cada ser humano, pues nos manifiesta que el
origen y el destino de cada hombre está en el Amor que Dios mismo es. Al
tiempo que viene a la existencia, cada ser humano es objeto de una elección
particular del Creador que le otorga la capacidad de escuchar la llamada divina
y de responder con amor al Amor originario. Así lo cree la Iglesia cuando
afirma que el alma de cada hombre es creada inmediatamente por Dios. Los seres
humanos no somos Dios, no somos dioses, somos criaturas finitas. Pero Dios nos
quiere con Él. Por eso nos crea: sin motivo alguno de mera razón, sino por pura
generosidad y gratuidad desea hacernos partícipes libres de su vida divina, es
decir, de un Amor eterno. La vida humana es, por eso, sagrada.
Cristo revela el sentido pleno de la vida
humana
103. "La Vida se nos manifestó"
(1Jn 2, 1). Con esta afirmación san
Juan nos indica el modo especial como los cristianos conocemos la vida:
Cristo nos revela la plenitud del sentido de la vida humana. Por el
misterio de su Encarnación Él se ha unido de algún modo con la vida de todo
hombre. Queda así patente el sentido divino de toda vida humana, cuyo valor
absoluto no puede ser reducido a lo que de ella nos digan los meros cálculos
racionales.
Además, por su misterio Pascual, Cristo
nos desvela el fecundo misterio escondido en la entrega de la propia vida,
que puede ser entonces entendida como "un don que se realiza al
darse": "quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su
vida por mí la encontrará" (Mt 16, 25).
En estas palabras se alude a la conversión a la que Jesucristo nos apremia y
nos invita: Él es el médico que cura por su sangre al hombre enfermo de pecado
y cautivo de un "cuerpo de muerte" (Rom 7, 24).
Por fin, Cristo, sentado a la derecha del Padre, en su humanidad gloriosa,
nos descubre el horizonte definitivo de la vida humana, que es la Vida
eterna. Ya ahora se nos ha manifestado y donado la Vida eterna por
Jesucristo, por su Iglesia y sus sacramentos. Sin embargo, esperamos todavía la
resurrección y la vida eterna en su plenitud para aquel día glorioso en el que
el Señor vuelva y Dios lo sea todo en todos (cfr. 1Cor 15, 28).
104. El Evangelio de la vida, aquí evocado, suscita en nosotros ante todo el
asombro y la gratitud: ¡Cuánto hemos recibido! ¡Cuánto podemos esperar aún!
¡Qué grande es la generosidad de Dios! Pero también nos mueve casi espontáneamente
a la magnanimidad y a la responsabilidad: ¡También nosotros hemos de ser
generosos! Ésa es la razón por la que el Evangelio de la vida nos exige y
nos posibilita una respuesta adecuada, noble y sincera, a la verdad de la
vida humana. Quien de verdad escucha en su corazón el Evangelio de la vida no
se queda pasivo ante las amenazas y las violaciones que sufre la vida de los
hermanos, en especial la de los más débiles.
3.2. La vida humana, amenazada por la "cultura de muerte"
Concepción materialista, rebajada y
excluyente de la "calidad de vida"
105. La dignidad de la persona se encuentra amenazada por algunos de los
rasgos más sombríos de un cierto modo de pensar y de vivir que se hace pasar
por moderno y desarrollado. Cuando el mundo se organiza a partir del individuo
y del intercambio de bienes materiales, la persona queda a merced del utilitarismo
y del tecnicismo que valoran más el bienestar, el placer y la eficacia
productiva de artefactos de trabajo o bienes de consumo que a las propias
personas en sí mismas. Una organización así del mundo se halla sujeta a
"estructuras de pecado" que es necesario denunciar y combatir.
106. Los signos que genera dicho modo de vida y de pensamiento son
preocupantes. Se produce una identificación creciente entre la vida misma y la
llamada "calidad de vida", categoría ésta medida sobre todo
por criterios de bienestar físico, de posesión y de prestigio social. Según
esto, la vida débil, enferma o sufriente no podría ser en modo alguno una
"vida con calidad".
Así se comprende que la eliminación de estas vidas entre, al parecer sin
problema alguno, dentro de los cálculos de quienes administran la "calidad
de vida": en el caso de los no nacidos, los padres sobre todo; en el caso
de los enfermos finales, el mismo paciente o los agentes sanitarios. Todo ello
amparado por unos supuestos derechos y sus correspondientes regulaciones
jurídicas. He ahí el entramado que ha merecido con toda razón el nombre de "cultura
de la muerte".
107. No cabe duda: una sociedad que desprecia a los débiles y atenta
contra sus vidas está bien lejos del verdadero humanismo. Cuando en los
planes económicos, políticos o sociales la vida humana llega a contar como un
bien físico más, equiparable a otros; cuando bajo la fórmula de un derecho a la
vida reconocido a "todos" se ocultan restricciones para quienes no
pueden defender su inclusión en ese "todos"; cuando tales exclusiones
se hacen por motivos políticos de plausibilidad social; cuando no se enfoca la
educación como un robustecimiento de los valores y de las virtudes, sino como
el fomento de una falsa libertad desfinalizada y desorientada, concebida
prácticamente como la realización de cualquiera de los propios deseos; entonces
nos encontramos ante los preocupantes signos de una "civilización de
muerte" que ha de ser denunciada y combatida.
A favor de la vida
108. El trabajo en favor del respeto a la vida humana y contra la
cultura de la muerte suele ser estigmatizado como propio de actitudes
retrógradas que no están a la altura de la vida moderna y democrática. Se acusa
a quienes se comprometen en dicho trabajo de pretender imponer sus criterios
privados como normas de la ética pública que habría de inspirar la convivencia
de todos.
Es cierto que los cristianos, como no puede ser de otro modo, percibimos la
dignidad de cada persona en Cristo con toda la riqueza a la que acabamos de
aludir. Sin embargo, la historia muestra que todo aquel que no se cierre al
encuentro interpersonal, ni a la voz de la Verdad que resuena en la conciencia,
puede entender lo que significa la dignidad de la persona humana y su valor
absoluto. En el imperativo elemental y universal de "¡no matarás!"
se condensan los ecos de dicha voz y de dicho encuentro.
3.3. El respeto de la vida humana en su comienzo
Reconocimiento de la persona humana desde
su concepción
109. El comienzo de la vida humana es un momento de particular fragilidad
de la misma. Tanto es así que incluso la existencia del ser humano en sus
momentos o días primeros es puesta en entredicho e incluso negada. Se ha hecho,
por desgracia, bastante común, separar los primeros catorce días del resto del
proceso del desarrollo embrionario, con la excusa de que durante ese tiempo el
embrión ni está todavía individualizado ni posee un grado alto de viabilidad.
De este modo se ha dado en llamar "pre-embrión" a ese ser
humano incipiente, tratando de calificar así de pre-humana a esa realidad, la
cual, por consiguiente, no merecería el respeto que se debe a los seres humanos.
Pues bien, una antropología adecuada, como la que hemos esbozado en el
capítulo precedente, no permite tales rupturas en el proceso de desarrollo de
la vida humana. El cuerpo humano, en cuanto elemento constitutivo de la
persona humana, es una realidad personal básica, cuya presencia nos
permite reconocer la existencia de una persona. La fecundación es
precisamente el momento de la aparición de un cuerpo humano distinto del de los
progenitores. Ése es, pues, el momento de la aparición de una nueva persona
humana. El cuerpo, naturalmente, se desarrolla, pero dentro de una continuidad
fundamental que no permite calificar de pre-humana ni de post-humana ninguna de
las fases de su desarrollo. Donde hay cuerpo humano vivo, hay persona humana y,
por tanto, dignidad humana inviolable.
Tragedia de una sociedad que acepta el
aborto provocado
110. La amplia aceptación social del aborto provocado, uno de los
fenómenos más dramáticos de nuestra época, está, sin duda, en la raíz de la
inseguridad creciente respecto del reconocimiento y de la protección adecuada
de la vida humana en sus fases más débiles, tanto incipientes como terminales,
pero también de la vida humana en general.
El gravísimo atentado contra la vida humana, que supone su destrucción
precisamente en el momento en que se halla más frágil y necesitada de cuidados,
no deja de afectar negativamente a las relaciones familiares en su conjunto e
incluso a las relaciones sociales en general. Una sociedad que no asegura la
vida de los no nacidos es una sociedad que vive en una seria violencia
interna respecto de su misión fundamental: proteger y promover la vida de
todos.
111. El aborto provocado es un acto intrínsecamente malo que viola
muy gravemente la dignidad de un ser humano inocente, quitándole la vida.
Asimismo hiere gravemente la dignidad de quienes lo cometen, dejando profundos
traumas psicológicos y morales. Ninguna circunstancia, por dramática que sea,
puede justificarlo. No se soluciona una situación difícil con la comisión de un
crimen. Hemos de reaccionar frente a la propaganda que nos presenta el
aborto engañosamente como una intervención quirúrgica o farmacológica más,
higiénica y segura; o como una mera "interrupción" de un embarazo no
deseado, cuya ejecución legal constituiría una "conquista" de
libertad que permitiría el ejercicio de un supuesto derecho a la
autodeterminación por parte de la mujer.
Estas falsas argumentaciones nunca podrán ocultar la cruda realidad
del aborto procurado que, aun siendo higiénico y legal, constituye siempre un detestable
acto de violencia que elimina la vida de un ser humano. La Iglesia, como
experimentada pedagoga, ante este crimen, maquillado como un supuesto logro
moderno y oculto bajo eufemismos y en ámbitos privados, alerta acerca de su
gravedad determinando la excomunión para todos aquellos que colaboren
como cómplices necesarios en su realización efectiva.
112. Un hijo puede haber sido concebido sin quererlo, pero esto no exime de
la responsabilidad ante la nueva vida humana concebida. Dicha responsabilidad
es siempre compartida; ante todo, por el padre y por la madre, pero
también por la familia, la sociedad y la comunidad cristiana. No es justo
cargar a la madre con toda la responsabilidad de la nueva vida que lleva en sus
entrañas. Por el contrario, es un deber de estricta justicia prestar a la mujer
que espera un hijo el apoyo personal, económico y social que merece la
maternidad como valiosísima aportación al bien común; tanto más cuando las
circunstancias de una determinada gestación resultan problemáticas por la
soledad de la madre, por la carencia de recursos económicos suficientes o por
otros motivos.
Por desgracia, en no pocas ocasiones, las mujeres gestantes, abandonadas a
su propia suerte o incluso presionadas para eliminar a su hijo, acuden al
aborto como autoras y víctimas a la vez de esta violencia. Las penosas
consecuencias -fisiológicas, psicológicas y morales- que padecen estas mujeres
reclaman la atención y acogida misericordiosa de la Iglesia.
Procreación y artificio: del hijo como "derecho" al ser
humano como "material biológico"
113. Si el aborto procede del rechazo de un hijo no deseado, el deseo
inmoderado de descendencia puede llevar también a graves manipulaciones de
la vida humana en sus inicios. Es el caso de la llamada reproducción
artificial o asistida. La técnica ha hecho posible la sustitución de la
procreación de los hijos en el acto conyugal por su producción en el
laboratorio. Estas técnicas se presentan engañosamente como nuevos recursos de
la medicina para curar la infertilidad. No; las técnicas de la reproducción
artificial propiamente no curan, sino que son más bien un sustitutivo
de la relación interpersonal de procreación por la relación técnica de
producción de seres humanos.
Aquí radica su inmoralidad fundamental: en que se viola el derecho de los
hijos a ser engendrados en el acto de donación interpersonal de los padres, de
su unión en una sola carne, y se les convierte en objetos de producción
técnica. Se les trata, pues, injustamente, como si no fueran sujetos personales,
tanto en las técnicas de inseminación artificial como en las de fecundación
"in vitro". El deseo inmoderado e incluso irracional de tener hijos
conduce a primar un supuesto "derecho al hijo" sobre los
reales derechos de los hijos, que son ignorados ya en el mismo modo de ser
convocados a la existencia. Tal derecho al hijo no existe.
Por lo demás, los matrimonios que padecen la tribulación de no tener hijos
deben comprender que el amor es siempre fecundo, y pueden encauzar su vocación
a la paternidad en otras formas de donación, como la adopción y otras formas de
servicio a los necesitados.
114. La reproducción artificial es inmoral en sí misma por los motivos
apuntados. Pero además comporta graves violaciones de la vida y de la dignidad
de las personas, sometidas siempre de modo injusto a una eficacia técnica
puesta al servicio de deseos desproporcionados, confundidos muchas veces
con el amor verdadero.
No importa que se produzcan por miles embriones llamados
"sobrantes", que son congelados y condenados a un destino
incierto; no importa el número de abortos que se producen en cada intervención;
no importan las prácticas eugenésicas; no importa que se rompan las
relaciones familiares acudiendo a donantes ajenos al matrimonio; no importa
incluso que el niño sea condenado a nacer sin familia, ya que es posible
que sea una persona sola la que lo haya encargado, y que además, dada la
protección legal del anonimato de los donantes, sea privado de conocer a sus
progenitores llamados "biológicos". No importa nada de esto ni, en
ocasiones, otras prácticas aberrantes; lo que importa es la realización de los
deseos e intereses de los productores de niños. Esta es, por desgracia, la
perspectiva de la Ley española 35/1988, sobre "Técnicas de reproducción
asistida", que hemos de denunciar, por tanto, como una ley injusta. Este
progreso técnico no es en realidad progreso humano sino, al contrario, un
gravísimo atentado contra la vida humana y su dignidad. No todo lo que es
técnicamente posible es éticamente aceptable y bueno, aunque algunas leyes
positivas lo permitan.
115. Desde el año 1997 la clonación viene siendo empleada con éxito
como medio de reproducción de mamíferos superiores. Gracias a Dios, la posible
utilización de esta técnica para la reproducción de seres humanos chocó desde
el principio con un fuerte rechazo en todo el mundo. Nuestras leyes prohíben
esa forma extremadamente impersonal de producir a nuestros semejantes
como si fueran meros objetos de nuestro arbitrio, absolutamente predeterminados
genéticamente y carentes de verdaderos padres. Pero la posibilidad técnica de
la clonación como una sofisticada forma de reproducción artificial parece estar
ya ahí y empezamos a escuchar algunas voces complacientes respecto de la misma,
también en nuestra sociedad.
116. Las diversas formas de manipulación de la vida humana al ser convocada
a la existencia, así como en las fases iniciales de ésta, ha abierto cada vez
más el campo a su utilización como objeto de la investigación y como
medio de terapia. En efecto, se extiende cada vez más la increíble opinión
de que es posible utilizar seres humanos como si fueran "cobayas"
para el beneficio hipotético o real de la ciencia y para la curación, incluso
sólo posible, de otros seres humanos.
Por lo general se reduce esta instrumentalización criminal de la vida
humana a los llamados pre-embriones, a los que -como ya hemos dicho- se les
niega infundadamente la condición humana. Los miles de embriones "sobrantes"
de las aplicaciones de las técnicas de reproducción artificial son considerados
como un magnífico "material biológico" para la investigación.
Pero tampoco se excluye la producción de embriones expresamente destinados a
ser proveedores de células. Es, en particular, el caso de la llamada
"clonación terapéutica", la cual, por estos motivos, aunque sea
falsamente presentada como benéfica, sin embargo, desde el punto de vista ético
se equipara a la clonación reproductiva.
117. El anuncio reciente de la secuenciación del genoma humano es, de
por sí, un logro científico. La utilización racional y ética de los
conocimientos aportados por este descubrimiento podrá ser beneficiosa para la
curación y para la promoción de mejores condiciones de vida. Sin embargo, es
necesario evitar que dichos conocimientos sean asociados en la práctica a
aplicaciones abortivas, eugenésicas y cosificadoras de la vida humana como las
anteriormente mencionadas. De lo contrario, lo que es una feliz promesa de vida
se convertirá en un nuevo y temible elemento de la cultura de la muerte.
3.4. El respeto y la promoción permanentes de la vida humana
"Toda la vida y la vida de todos": denuncia de
cualquier violación de los derechos humanos
118. La vida humana sufre amenazas y agresiones no sólo en su fase inicial y
terminal, sino también a lo largo de todo su desarrollo en el mundo. En este
escrito nuestra atención se fija específicamente en esos momentos del comienzo
y del fin, vulnerables de un modo nuevo en la llamada civilización de la
muerte.
Sin embargo, no queremos dejar de decir una palabra sobre el respeto y la
promoción de la vida en sus distintas fases. El Evangelio de la vida es para
todos. No podemos dejar a nadie fuera de nuestra solicitud pastoral. Del
mismo modo que denunciamos las violaciones del derecho a la vida y de la
dignidad humana relacionadas con su comienzo y con su fin, no nos desentendemos
de las que afectan a las otras fases de la existencia. La Doctrina Social de la
Iglesia es una apremiante llamada, cada vez más actual, a la reflexión sobre
las causas en las que radican las violaciones de los derechos humanos,
en particular el de la vida, y a trabajar con verdadera eficacia para la
constitución de un orden social amigo de la vida de todos y de cada persona.
119. En el marco de la temática que nos ocupa, queremos decir que el confuso
concepto de "calidad de vida" en el contexto de un Estado de
bienestar, no puede ser tomado sin más como elemento válido de referencia para
la promoción de la vida de todos. Sus connotaciones materialistas y
utilitaristas dificultan que pueda ser entendido y llevado a la práctica como
un verdadero estímulo para el desarrollo de todo el hombre y de todos los
hombres. Sin embargo, este desarrollo integral es el que habría de
constituir el horizonte válido de la promoción de la vida humana.
No habrá verdadera calidad de vida si se descuida el cultivo de la dimensión
religiosa y humana de las nuevas generaciones y también de las mayores. No
habrá verdadera calidad de vida para nadie mientras haya familias
afectadas por la pobreza, jóvenes sin posibilidad de acceder a una vivienda
digna, ancianos solos, minusválidos mal atendidos, inmigrantes discriminados,
así como tráfico de armas, de drogas y de "carne humana" para la
prostitución. Tampoco será verdadera calidad de vida la que vaya de la mano de
programas políticos tolerantes con la injusticia o promotores de la violencia e
incluso del terrorismo como medio de acción política. Quien cree que la vida de
cada ser humano es criterio supremo del verdadero bien común no puede
permanecer pasivo ante situaciones como éstas.
3.5. El respeto y cuidado de la vida humana doliente y terminal
Sentido de toda vida humana a la luz de
Cristo crucificado y resucitado
120. Cuando la existencia se rige por los criterios de una "calidad de
vida" definida principalmente por el bienestar subjetivo medido sólo en
términos materiales y utilitarios, las palabras "enfermedad",
"dolor" y "muerte" no pueden tener sentido humano alguno.
Si a esto le añadimos una concepción de la libertad como mera capacidad de
realizar los propios deseos, entonces no es extraño que, en esas
circunstancias, se pretenda justificar e incluso exaltar el suicidio
como si fuera un acto humano responsable y hasta heroico. La vuelta a la
legitimación social de la eutanasia, fenómeno bastante común en las
culturas paganas precristianas, se presenta hoy, con llamativo individualismo
antisocial, como un acto más de la elección del individuo sobre lo suyo: en
este caso, la propia vida carente ya de "calidad".
121. El Evangelio de la vida fortalece a la razón humana para entender la
verdadera dignidad de las personas y respetarla. Unidos al misterio Pascual de
Cristo, el sufrimiento y la muerte aparecen iluminados por la luz de aquel Amor
originario, el amor de Dios, que, en la Cruz y Resurrección del
Salvador, se nos revela más fuerte que el pecado y que la muerte. De
este modo la fe cristiana confirma y supera lo que intuye el corazón humano:
que la vida es capaz de desbordar sus precarias condiciones temporales y
espaciales porque es, de alguna manera, eterna. Jesucristo resucitado pone ante
nuestros ojos asombrados el futuro que Dios ofrece a la vida de cada ser
humano: la glorificación de nuestro cuerpo mortal.
La esperanza de la resurrección y la Vida eterna nos ayuda no sólo a
encontrar el sentido oculto en el dolor y la muerte, sino también a
comprender que nuestra vida no es comparable a ninguna de nuestras posesiones.
La vida es nuestra, somos responsables de ella, pero propiamente no nos
pertenece. Si hubiera que hablar de un "propietario" de nuestra
vida, ése sería quien nos la ha dado: el Creador. Pero Él tampoco es un dueño
cualquiera. Él es la Vida y el Amor. Es decir, que nuestro verdadero Señor
-¡gracias a Dios!- no es nuestro pequeño "yo" frágil y caduco, sino
la Vida y el Amor eternos. No es razonable que queramos convertirnos en dueños
de nuestra vida. Lo sabe nuestra razón, que conoce la existencia de bienes
indisponibles para nosotros, como, por ejemplo, la libertad, y, en la base de
todos ellos, la vida misma. La fe ilumina y robustece ese saber.
122. La vida humana tiene un sentido más allá de ella misma por el que vale
la pena entregarla. El sufrimiento, la debilidad y la muerte no son capaces, de
por sí, de privarla de sentido. Hay que saber integrar esos lados oscuros de la
existencia en el sentido integral de la vida humana. El sufrimiento puede
deshumanizar a quien no acierta a integrarlo, pero puede ser también fuente de
verdadera liberación y humanización. No porque el dolor ni la muerte sean
buenos, sino porque el Amor de Dios es capaz de darles un sentido. No se trata
de elegir el dolor o la muerte sin más. Eso es justamente lo que nos
deshumanizaría. Lo que importa es vivir el dolor y la muerte misma como
actos de amor, de entrega de la vida a Aquél de quien la hemos recibido.
Ahí radica el verdadero secreto de la dignificación del sufrimiento y de la
muerte.
La llamada "eutanasia": falsa
compasión que mata
123. Hemos de renovar la condena explícita de la eutanasia como
contradicción grave con el sentido de la vida humana. Rechazamos la
"eutanasia en sentido verdadero y propio", es decir, "una acción
o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el
fin de eliminar cualquier dolor". En cambio, no son eutanasia propiamente
dicha y, por tanto, "no son moralmente rechazables acciones y omisiones
que no causan la muerte por su propia naturaleza e intención. Por ejemplo, la
administración adecuada de calmantes (aunque ello tenga como consecuencia el
acortamiento de la vida) o la renuncia a terapias desproporcionadas (al llamado
ensañamiento terapéutico), que retrasan forzadamente la muerte a costa del
sufrimiento del moribundo y de sus familiares. La muerte no ha de ser causada,
pero tampoco absurdamente retrasada".
124. La legalización de la eutanasia es inaceptable no sólo porque
supondría la legitimación de un grave mal moral, sino también porque crearía
una intolerable presión social sobre los ancianos, discapacitados o incapacitados
y todos aquellos cuyas vidas pudieran ser consideradas como "de baja
calidad" y como cargas sociales; conduciría, como muestra la
experiencia, a verdaderos homicidios, más allá de la supuesta voluntariedad de
los pacientes, e introduciría en las familias y las instituciones sanitarias la
desconfianza y el temor ante la depreciación y la mercantilización
de la vida humana.
El verdadero amor cuida al enfermo
125. La complejidad creciente de los medios técnicos hoy capaces de alargar
la vida de los enfermos y de los mayores crea ciertamente situaciones y
problemas nuevos que es necesario saber valorar bien en cada caso. Pero lo más
importante, sin duda, es que el esfuerzo grande que nuestra sociedad hace en el
cuidado de los enfermos, crezca todavía más en el respeto a la dignidad
de cada vida humana. La atención sanitaria no puede reducirse a la sola
técnica, ha de ser una atención a la vez profesional y familiar.
En nuestra sociedad, que cada día tiene mayor proporción de personas
ancianas, las instituciones geriátricas y sanitarias -especialmente las unidades
de dolor y de cuidados paliativos- han de estar bien coordinadas con las
familias y éstas, por su parte, ya que son el ambiente propio y originario del
cuidado de los mayores y de los enfermos, han de recibir el apoyo social y
económico necesario para prestar este impagable servicio al bien común. La
familia es el lugar natural del origen y del ocaso de la vida. Si es valorada y
reconocida como tal, no será la falsa compasión, que mata, la que tenga
la última palabra, sino el amor verdadero, que vela por la vida, aun a
costa del propio sacrificio.
3.6. La protección legal de la vida humana
El derecho a la vida, fundamento del
Estado de Derecho
126. El derecho a la vida, como derecho primario y fundamental sobre
el que se asientan los demás derechos, ha de ser especialmente protegido por la
ley. Lo que está en juego es un bien de la máxima relevancia social. La
determinación del alcance real de dicho derecho y su adecuado respeto no es
algo secundario en la vida social, sino una de las piedras de toque de la
legitimidad y de la justicia de la configuración jurídica del Estado de
Derecho.
127. Cuando afirmamos que en España no todas las leyes que regulan la
protección del derecho a la vida son leyes justas, no estamos poniendo
en cuestión la organización democrática de la vida pública ni estamos tratando
de imponer una concepción moral privada al conjunto de la vida social.
Sostenemos sencillamente que las leyes no son justas por el mero hecho de haber
sido aprobadas por las correspondientes mayorías, sino por su adecuación a
la dignidad de la persona humana.
No identificamos el orden legal con el moral. Somos, por tanto, conscientes
de que, en ocasiones, las leyes, en aras del bien común, tendrán que tolerar y
regular situaciones y conductas desordenadas. Pero esto no podrá nunca ser así
cuando lo que está en juego es un derecho fundamental, como es el derecho a la
vida. Las leyes que toleran e incluso regulan las violaciones del derecho a la
vida son gravemente injustas y no deben ser obedecidas. Es más, esas
leyes ponen en cuestión la legitimidad de los poderes públicos que las
elaboran y promulgan. No cabe la resignación ante estas legislaciones
inhumanas. Es necesario denunciarlas y procurar, con todos los medios
democráticos disponibles, que sean abolidas o modificadas.
El derecho a la objeción de conciencia
128. En un asunto tan importante ha de quedar claro, también legalmente, que
las personas que se pueden ver profesionalmente implicadas en situaciones que
conllevan ataques "legales" a la vida humana, tienen derecho a la
objeción de conciencia y a no ser perjudicadas de ningún modo por el
ejercicio de este derecho. Ante el vacío legal existente se hace más necesaria
hoy la regulación de este derecho fundamental.
El niño no nacido: de la desprotección a
la utilización
129. Como hemos señalado ya, en nuestro ordenamiento jurídico existen
profundas incoherencias que afectan gravemente a la necesaria protección de la
vida humana. El origen de esta situación se debe al peso excesivo de un cierto positivismo
legal que abandona la racionalidad interna de las leyes en aras de las
"preferencias sociales", muchas veces manipuladas ideológicamente. No
nos referimos sólo a la Ley despenalizadora del aborto que, además,
lamentablemente, en su interpretación y aplicación por distintos gobiernos y
administraciones, resulta ser una verdadera legalización que posibilita en la
práctica el aborto libre. Son preocupantes también algunas sentencias del
Tribunal Constitucional sobre la protección legal que se ha de dar a los
embriones humanos. Tras un primer reconocimiento de una "cierta
protección" del nasciturus, se ha abierto posteriormente el campo a
la simple "utilización" del mismo con fines absolutamente
ajenos a él. ¿Cabe mayor desprotección?
3.7. La pastoral de la Iglesia y la protección de la vida humana
"El Pueblo de la vida y para la
vida"
130. La Iglesia se comprende a sí misma cada vez con más claridad como el Pueblo
de la vida y para la vida. A ella le ha sido confiado el Evangelio de la
vida y tiene, por tanto, como misión sagrada la defensa y la promoción de la
vida humana. Es una misión que abarca todo el abanico de situaciones por las
que atraviesa la vida del hombre, que ha de ser acogida, educada y cuidada en
todo momento. A dicha misión pertenece no sólo el anuncio profético del
Evangelio de la vida, sino también el fortalecimiento y la curación del vivir
humano por los Sacramentos y la asistencia solidaria de la caridad.
131. La Iglesia sabe que no está sola en su misión de promoción de la vida.
Aunque algunos de los elementos de su misión son específicamente suyos, en
otros muchos colabora con personas e instituciones que trabajan también en la
construcción de la civilización del amor. Es necesario no perder de vista este
horizonte del trabajo realizado en cooperación por una causa -el respeto
y la promoción de la vida humana- que es de todos.
132. El anuncio y la puesta en práctica del Evangelio de la vida corresponde
de modo particular a los laicos. A ellos les toca llevarlo, en primer lugar, a
sus familias y, luego, en el ejercicio de su profesión, a los diferentes
ámbitos de la sociedad. Es el planteamiento de la propia vida como misión
dirigida, más allá de los legítimos intereses particulares, a la valoración de
toda vida humana. Lo cual alcanza un relieve especial en aquellas tareas que
afectan directamente a la atención de la vida en momentos claves: la asistencia
sanitaria, la educación, el mundo del trabajo o la acción política.
Capítulo 4
CULTURA DE LA FAMILIA Y DE LA VIDA
EN LA CONSTRUCCIÓN DEL PORVENIR DE
NUESTRA CIVILIZACIÓN
4.1. La familia y la vida humana, bienes fundamentales de la persona y de
la sociedad
Contribuir a una cultura de la familia y
de la vida
133. Hemos visto las esperanzas y las dificultades que encuentra el
evangelio de la familia y de la vida en nuestro tiempo. Nuestro anuncio es
inseparable de nuestra misión. Para volver a hacer creíble el amor fiel y el
aprecio de la vida humana en todo su desarrollo hemos de saber vivirlo y saber
construir una verdadera cultura de la familia y de la vida. Es el desafío
que se abre a la nueva evangelización como respuesta a la mirada de fe a
nuestro tiempo.
134. Esta decisión supone devolver a las familias su capacidad de
construirse en medio de circunstancias a veces adversas, hacerlas conscientes
del propio protagonismo en la comunión de personas que quieren vivir y del modo
como su amor mutuo hace surgir una variedad de iniciativas para realizarlo.
Supone, también, tener en cuenta los medios adecuados para el reconocimiento
público de la importancia de la familia en la configuración de la sociedad. Es
necesario que todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo sean conscientes de
que están convocados a colaborar en esta tan noble como indispensable tarea.
135. Igualmente, la vida humana no sólo debe ser acogida con amor en el
interior de la familia como el don más grande de Dios; también se debe buscar
su defensa explícita en las leyes que configuran nuestro ordenamiento social.
Si falta una adecuada defensa de la vida y no se respeta el valor sagrado de
cada vida humana, constitutivo básico del bien común social, las relaciones
sociales se resienten y quedan a merced de un relativismo amenazador. La
función social de las familias está llamada a manifestarse también en la forma
de intervención política, es decir, en que las leyes e instituciones del
Estado sostengan y defiendan los derechos y los deberes de la familia.
136. Defender y promover la familia y la vida humana es la tarea que se abre
a nuestra Iglesia en el comienzo del s. XXI como un camino largo, pero cargado
de esperanza en la construcción del futuro.
4.2. Promoción de políticas familiares adecuadas
La familia, reconocida en su verdadera
identidad y aceptada como sujeto social
137. "La familia es una comunidad de personas, la célula social
más pequeña, y como tal es una institución fundamental para la vida de toda
sociedad. La familia como institución, ¿qué espera de la sociedad? Ante todo
que sea reconocida en su identidad y aceptada en su naturaleza de sujeto
social". Esta afirmación de Juan Pablo II es clave para mostrar qué se
entiende por "política familiar adecuada" como fundamento del
reconocimiento y promoción efectiva del papel de la familia en la sociedad. Tal
como lo presenta la Iglesia consiste en dos elementos muy sencillos: saber
reconocer la identidad propia de la familia y aceptar efectivamente su papel de
sujeto social.
4.2.1. Identidad familiar en el contexto social
El matrimonio natural, bien para toda la
sociedad
138. Por reconocimiento de la identidad familiar nos referimos a la fundada
en un legítimo matrimonio y abierta a la descendencia. Es la realidad
básica que articula las relaciones personales primeras, en ellas están
inscritas los derechos fundamentales de la persona: a nacer en el seno de una
familia con un padre y una madre, a vivir una fraternidad real con sus
hermanos, a poder confiar en estas relaciones como medios válidos de crecimiento
personal.
No estamos hablando sino de lo que se corresponde con el deseo de la inmensa
mayoría de las personas. Éstas tienen el derecho de que se les reconozca la
especificidad de su proyecto de vida y se les ayude en su realización.
139. Esta reclamación se basa en el hecho fundamental de que la familia es
un bien singular para la sociedad por su misma existencia y por el
desarrollo de los bienes que la conforman en su interior. En ella se gestan el
primer respeto a la dignidad de la persona y sus derechos empezando por el
derecho a nacer y terminando en la dignificación del momento de la muerte. No
es un mero producto cultural que el Estado puede conformar a su voluntad, sino
una institución natural anterior a cualquier otra comunidad, incluida la
del Estado.
140. Este hecho supone en primer lugar el reconocer como familia la fundada
en el matrimonio. Por eso, se debe ayudar a las personas a llegar al matrimonio
con un auténtico proyecto de vida y una capacidad personal de llevar
adelante tal proyecto. Igualmente se debe respetar al matrimonio en lo que
concierne a la disposición a tener hijos por medio de sus relaciones
conyugales.
En todo lo que corresponde a la comunicación de los bienes fundamentales que
se produce en la familia como son la educación, la herencia, los servicios
sociales, el cuidado de los niños y ancianos, se ha de tener en cuenta la
realidad familiar. La familia es la primera escuela de sociabilidad del
hombre y debe fomentarse ya que lo es por su esencia. Para poder realizar esto
debe contar con los medios adecuados para mantener y promover las relaciones
familiares: vivienda, trabajo, posibilidad de reunir la familia, medios de
educación.
Legislaciones en contra y a favor de la
familia
141. Si la familia reclama el que le dejen ser lo que es, esto supone
también que no se la equipare con otras realidades que no tienen la
misma identidad. Nos referimos con ello sobre todo a las denominadas
"parejas de hecho". Observamos una alarmante tendencia a conceder
derechos a este tipo de convivencia en un régimen de igualdad con la familia
fundada en el matrimonio. Es necesario aclarar lo que este hecho significa.
Tratar como iguales realidades desiguales es una injusticia. No es
posible equiparar la realidad del compromiso público en un matrimonio con los
derechos y obligaciones que contraen ante la sociedad, a la mera unión de hecho
de dos personas sin ninguna responsabilidad ante nadie. No valorar la
confianza y el compromiso personal en el ámbito social es un profundo debilitamiento
del entramado social básico y una falsificación fundamental de los deseos
reales de las personas que contraen matrimonio sin que la sociedad les apoye de
modo real.
142. El modo más evidente de comprobar lo anterior es repasar los bienes
que la sociedad recibe de una familia bien estructurada en comparación con
cualquier otro modo de convivencia. No es lo mismo formar un hogar que acoge
una descendencia y la educa, que una pareja cerrada a ella por principio. No es
lo mismo asumir una responsabilidad civil en el cuidado y formación de las
personas que la integran que dejar en una ambigüedad la posibilidad de tales
circunstancias en un futuro.
La protección social y legal hacia una institución debe estar en correlación
con los beneficios que la sociedad recibe de tal comunidad de personas. La
tolerancia que puede darse hacia otro tipo de realidades no puede entenderse
como una arbitraria igualdad. Esto no sería neutralidad, sino partidismo
anti-matrimonio y anti-familia: estamos ante una falsa equiparación social
de realidades distintas. De este modo se olvida la estructuración misma de la
sociedad. La presión que se observa a veces en pro de esta paridad procede más
de una insistencia ideológica de grupos de presión interesados -algunos con gran
capacidad económica- que de la relevancia real del tema.
143. Un bien fundamental que recibe la sociedad de la familia son los
hijos. Es un elemento principalísimo del progreso social y se le debe
reconocer a las familias que generosamente los engendran y educan. Es necesario tener en cuenta la
relación entre familia y educación en lo que se refiere a ofrecer una familia a
aquellos niños que por distintas circunstancias no la tienen. En el tema de la adopción
hay que tener en cuenta los derechos del niño por encima de la voluntad de los
padres. En la actualidad existe una dificultad excesiva para que una familia
pueda adoptar un niño en España.
4.2.2. La familia como sujeto social
Protagonismo social de la familia
144. La importancia de la institución familiar en el ámbito social está en
el hecho de que es sujeto de derechos fundamentales. No es sujeto de
derechos sólo la persona individual sino también la comunidad de personas. De
aquí la importancia de la Declaración de los derechos de la familia que
hizo la Santa Sede (25.XI.1983). Las iniciativas que toman las familias en el
campo que les corresponde gozan de una prioridad sobre la planificación estatal
y deben ser amparadas por el Estado.
De este modo se puede decir que la familia es una "sociedad
primordial" y, en cierto modo, "soberana". Por eso, el papel
del Estado en una "política familiar adecuada" debe seguir el principio
de subsidiariedad respecto a las iniciativas familiares. Sólo así se vence
una excesiva "burocratización" de la sociedad que se puede hacer así
más familiar en las relaciones de sus miembros.
145. Resulta superfluo decir que la política familiar no puede reducirse a
una mera ayuda económica, supone y exige ante todo una tarea de evitar trabas y
de favorecer la capacidad de iniciativa de las familias. Es caer en la
cuenta de la potencialidad del bien que la familia genera por sí misma y
promoverla desde sí misma. No se puede hacer esto sin considerar la
singularidad y dinamismo familiar que no puede ser violentado. De este modo, se
percibirá mucho más la especificidad de la familia respecto a las otras
realidades que quieren compararse a ella. Para toda esta labor se ha de tener
en cuenta y favorecer el asociacionismo familiar como modo de vertebrar
la sociedad y estar atento a los legítimos intereses que reclaman.
146. Como presentación de los distintos campos en los que la familia es
generadora de sociabilidad y, por ello, poseedora de derechos, podemos
mencionar brevemente los derechos fundamentales de la familia: el
derecho a unas condiciones económicas que le aseguren un nivel de vida
apropiado a su dignidad; a unas medidas de seguridad social; a un orden social
y económico en el que la organización del trabajo permita a sus miembros vivir
juntos y que no sea obstáculo para el bienestar; a la salud y estabilidad de la
familia; así como a una remuneración del trabajo que sea suficiente para fundar
y mantener dignamente una familia; al reconocimiento del trabajo de la madre en
casa, a una vivienda digna; el derecho de los padres a la educación de sus
hijos, a unos medios de comunicación respetuosos con la institución familiar.
Son los requerimientos básicos que toda auténtica política familiar debe
tener en cuenta e intentar legítimamente satisfacer.
4.3. Algunos ámbitos esenciales de la política familiar en la actualidad
147. Al dirigirnos a los poderes públicos no pretendemos -no nos
corresponde- sugerir soluciones técnicas a los complejos problemas que una
política familiar entraña.
Nos limitaremos a señalar, a la luz del Evangelio de la familia y de la vida
y de la misma luz natural de la recta razón, algunos puntos y criterios
fundamentales. Entre estos requerimientos básicos queremos prestar una
especial atención a los siguientes.
4.3.1. La vivienda
Espacio vital para el hogar familiar
148. Comenzamos destacando la necesidad de plantear una política de
vivienda familiar. Es imprescindible para la vida familiar un lugar
adecuado donde desarrollarse y fundar el hogar. La casa es signo y presencia
del necesario ámbito de intimidad de cada persona, un espacio para la vida en
comunión.
Estos momentos de expansión económica han sido acompañados por una especulación
inmobiliaria en beneficio de bancos, ayuntamientos y empresas constructoras
que encarecen artificialmente la construcción. Se ha mejorado la dignidad de la
casa respecto a tiempos anteriores; sin embargo, resultan actualmente un peso
enorme para la economía familiar, sobre todo de los matrimonios jóvenes. Son
actualmente una causa del retraso de la edad de contraer matrimonio y del miedo
a tener hijos, pues son necesarios en la mayor parte de los casos dos sueldos
para sostener la economía familiar y el trabajo de la mujer está muchas veces
amenazado en el caso de quedarse embarazada.
Todavía el tamaño de las viviendas está configurado para una
determinada concepción de la familia y dificulta la familia amplia y la
presencia de las personas mayores en la convivencia del hogar.
4.3.2. La educación
Los padres, primeros educadores
149. Una familia que no toma la educación como la guía principal de su
convivencia es una familia sin alma. La eventual inhibición de los padres en
la educación de sus hijos es un signo de falta grave de la vitalidad familiar.
Esta misión de los padres no está facilitada por el sistema educativo
vigente. En primer lugar, por la fragmentación del programa educativo
que se plantea sin una adecuada concepción de la formación integral de la
persona. Las dificultades crecientes de la convivencia en los centros educativos
así lo demuestra. Se tiende a veces a preparar a técnicos expertos más que a
personas capaces.
En segundo lugar, por el escaso papel que se concede a los padres en la
elección del centro según el ideario que se le ofrece. Al respecto se ha
de recordar el derecho constitucional a la elección de centro educativo por
parte de los padres.
Libertad de enseñanza, incluida la
religiosa
150. Si ha sido un logro la escolarización infantil plena no ha corrido
pareja la mejora de la calidad de la enseñanza y se han multiplicado las
dificultades a la hora de subvencionar la escuela concertada, como si
fuera una concesión que se da y no un derecho que se reconoce. El
pluralismo social debe tener su primera expresión en el ámbito educativo so
pena de convertirse en un eslogan sin contenido.
El derecho a la enseñanza de la religión, suscrito en los acuerdos
con la Santa Sede, es también un derecho -humano y constitucional- de los
padres que debe ser reconocido. La religión es una dimensión imprescindible de
la formación de una persona e incluye una transmisión de conocimientos que se
ha de integrar en el conjunto de saberes que se enseñan en el sistema
educativo. La enseñanza religiosa es así parte inalienable de la libertad
religiosa, derecho humano fundamental.
4.3.3. Medios de comunicación social
Verdadero servicio social. Responsabilidad
formativa
151. Uno de los factores que hoy más influye en la vida social,
particularmente en la familia y, dentro de ella, en los más pequeños, son los
medios de comunicación social. La nuestra es la llamada sociedad de la
información, pues "el cambio que hoy se ha producido en las
comunicaciones supone, más que una simple revolución técnica, la completa
transformación de aquello a través de lo cual la humanidad capta el mundo que
le rodea y que la percepción verifica". De todo ello se deriva la gran
responsabilidad moral y social de cuantos intervienen en las comunicaciones
sociales, a fin de que ésta sea conforme a la dignidad de la persona humana y
el bien común.
Esto sólo será posible cuando, partiendo de la concepción de la comunicación
social como servicio social, se prime en los medios la defensa de la
vida, la promoción de los valores humanos, culturales y familiares, y la
propuesta de modelos de vida que los encarnen, y se deje de lado la visión
mercantilista de la comunicación, que únicamente persigue la consecución de la
máxima rentabilidad -económica o política- con los mínimos costos y para las
mayores audiencias posibles.
152. Esta concepción economicista de la comunicación, aunque respete
de manera formal la pluralidad informativa, está provocando en nuestro país la
concentración de empresas que se constituyen en auténticos oligopolios
mediáticos -no exentos de las correspondientes tutelas políticas afines-, los
cuales imponen en los contenidos, de manera predominante, sus líneas
ideológicas, además de dificultar el ejercicio real del derecho de información,
especialmente para los más débiles.
Estas ideologías, como ya hemos señalado, afectan en particular a la familia
y la vida, por lo que hemos de hacer un llamamiento a la responsabilidad moral
que les concierne a los empresarios de la comunicación y a los informadores,
especialmente a los católicos, para que realicen una comunicación social
conforme a la dignidad de la persona humana y a los valores que la sustentan.
La familia tiene derecho, además, a una especial protección de la
intimidad y a que sus miembros, sobre todo los menores de edad, reciban una
particular protección frente a la violencia y la pornografía, que aunque
rechazadas socialmente, son toleradas impunemente, de hecho, en muchos formatos
mediáticos que contribuyen a su perniciosa difusión e influencia.
Aunque la preservación de la calidad ética y estética en los medios de
comunicación social es tarea de todos, la Administración pública tiene
especial obligación de hacerlo y que sea respetada en ellos la dignidad
humana, arbitrando las medidas legales necesarias y vigilando su cumplimiento,
especialmente en lo que se refiere a la protección de la infancia y juventud,
por otro lado imperada por la Constitución española (art. 20, 4).
Todas estas necesarias medidas de protección en relación a los medios de
comunicación, serían en gran parte ineficaces, sin la cuota de responsabilidad
que ha de asumir también el público, mediante "un sano y maduro sentido
crítico que, para los católicos, ha de estar guiado por la doctrina de la
Iglesia. Especial misión tienen, en este sentido, los padres y educadores, sin
olvidar a la propia comunidad cristiana. Las exigencias éticas y morales de la
comunicación social no pueden estar ausentes de los contenidos didácticos de la
catequesis y enseñanza religiosa de niños y jóvenes, y de las materias formativas
de los futuros esposos o de las escuelas de padres".
"Por el bien de sus hijos, y por el suyo, los padres deben aprender y
poner en práctica su capacidad de discernimiento como telespectadores,
oyentes y lectores, dando ejemplo en sus hogares de un uso prudente de
los medios de comunicación. De acuerdo con la edad y las circunstancias, los
niños y los jóvenes deberían ser introducidos en la formación respecto a los
medios de comunicación, evitando el camino fácil de la pasividad carente
de espíritu crítico, la presión de sus coetáneos y la explotación comercial.
Puede ser útil a las familias -padres e hijos juntos- reunirse en grupos para
estudiar y discutir los problemas y las ventajas que plantea la comunicación
social".
Junto a las necesarias reservas, antes apuntadas, los medios de comunicación
presentan, por otro lado, una gran cantidad de posibilidades formativas y
divulgativas, muchas de ellas al alcance de todos, para contribuir a
extender el valor de la familia, como esperanza de la sociedad y santuario de
la vida.
4.3.4. El régimen fiscal
Valorar los esfuerzos de la familia
153. Es importante que se reconozca el bien que genera la unidad familiar en
la medida que realiza toda una serie de atenciones a sus miembros. De otro
modo, estos cuidados cargan penosamente sobre los servicios sociales y la
economía general. En cambio se puede decir que, en la actualidad, la familia
está en la práctica penada fiscalmente frente a los que no viven en una
convivencia familiar establecida.
Para solucionar esta desproporción no basta un plan dirigido únicamente a
primar económicamente el número de hijos. Hay que buscar también otros incentivos
que muestren la capacidad interna de las familias. Pero mantener este
régimen discriminatorio supone cargar un gran peso sobre la familia.
154. Detrás de los incentivos económicos debe existir ante todo la
valoración de la función magnífica de atención de la familia a sus miembros en
especial los que están enfermos y debilitados como ocurre con los ancianos. Hay
que agradecer la generosidad de esas familias que con enorme esfuerzo y
escasa ayuda llevan a cabo esta callada tarea, con una mención especial
para las familias numerosas.
4.3.5. La estructura laboral
Armonizar profesión y familia
155. El trabajo humano es una fuente fundamental de realización de la
persona y de su vocación de servicio a la sociedad. Son de alabar los esfuerzos
realizados en los últimos años para crear puestos de trabajo y compatibilizar
la vida laboral con la familiar. Precisamente uno de los campos en los que más
cambios se han vivido y se prevén en un futuro es el mercado laboral.La
incorporación cada vez mayor de la informática y la especialización de los
trabajos debe conducir a una política más imaginativa capaz de ofrecer unos
horarios más flexibles y adaptados a una mejor convivencia familiar.
Es necesario continuar en esta dirección, pues existe actualmente un abuso
en las condiciones de trabajo que no toman en cuenta la necesaria atención
familiar. La posibilidad de un empleo estable y no precario es un requisito
para poder fundar una familia con un mínimo de seguridad.
156. Uno de los puntos principales es el trabajo de la mujer, en especial lo
que concierne a la defensa efectiva de su posición menos competitiva cuando ha
de hacerla compatible con la maternidad. Frente a esta postura, se ha
revalorizar la maternidad como un bien social de primera magnitud.
Dentro de la convivencia familiar no se puede olvidar el valor de los
trabajos familiares y la atención a los niños y enfermos. En este sentido, se
pueden plantear nuevas iniciativas como el salario del ama de casa o una
versión renovada del salario familiar.
4.3.6. El sistema sanitario y los servicios sociales
Integración con la familia
157. Posiblemente, el campo que ha tenido mayores mejoras en nuestro
tiempo ha sido la sanidad. La universalización de los seguros sociales y
de la atención sanitaria y la efectividad de los tratamientos es uno de los
bienes más notables de nuestra sociedad.
Pero en esta línea de mejora, hay que acuciar la coordinación de la
medicina hospitalaria con los cuidados familiares. Este tema es especialmente
urgente en el caso de los ancianos, minusválidos y enfermos crónicos. Es un
punto muy importante para la humanización de nuestra sociedad en el aprecio por
la vida que sufre.
La esterilización
158. En lo que corresponde a la atención médica a las madres en su
regulación de la fertilidad se aprecia una prevención excesiva respecto al
número de hijos, se insiste en ello de un modo inconsiderado a las familias y
se llega incluso a proponer directamente el recurso a la esterilización.
No se hace esto por un criterio médico, sino que es una claudicación de la
medicina a la ideología dominante.
Valoración de las personas mayores
159. Han crecido mucho la variedad y efectividad de los servicios sociales
que se ofrecen para paliar los problemas que surgen por las deficiencias del
sistema de reparto de riqueza. Pero todavía existen deficiencias manifiestas.
Un punto en el que hay que insistir es en el de la ayuda al cada vez mayor
número de ancianos; faltan plazas en residencias o son muy caras. Se ha
de extender todavía más la atención domiciliaria y humana a estas
personas.
En vez de promiscuidad, auténtica
educación sexual para el amor verdadero
160. Hemos de incluir una palabra sobre los servicios sociales que están
dirigidos directamente a la juventud o a la orientación familiar. Hemos
de lamentar en muchos casos la falta de un plan verdadero de formación de
personas y, en cambio, advertimos un interés ideológico en una información
técnica sesgada en el campo sexual que no contribuye a la solución de los
problemas sino a agravarlos.
Falta una atención integral de los problemas personales y la
"cuestión moral" en muchos casos se resuelve con la información sobre
la aplicación de "medios seguros" para evitar la concepción.
161. Un ejemplo claro es el tipo de campañas que se usan para evitar
los embarazos en adolescentes sin ningún plan de educación afectiva de los
mismos; otro ejemplo es la información parcial que se ha dado sobre el
Sida, fundada erróneamente en una falsa seguridad absoluta del
"preservativo" como medio de evitar el contagio.
No podemos dejar de mencionar aquí la difusión, comercialización,
prescripción y uso de la "la píldora del día siguiente" que, ante una
desinformación que lo quiere ocultar, reiteradamente hemos calificado de
práctica moralmente reprobable por ser un producto abortivo.
Sólo una auténtica educación integral que trate a fondo el problema
moral puede ser una respuesta adecuada a los problemas de los jóvenes de hoy.
En vez de "informar" al adolescente y al joven dejándole solo ante
los problemas que le superan, hay que saber acompañarlo y animarlo en esos
momentos claves de su vida. Para que asuma su responsabilidad es muy
conveniente fomentar el asociacionismo juvenil que incluya un ideario de
formación integral de la persona por medio de la asunción de responsabilidades
en la realización de actividades apropiadas. De este modo se ayudaría a superar
una creciente pasividad de los jóvenes respecto a los problemas
sociales.
4.3.7. La integración de los emigrantes
Sociedad acogedora. Reagrupación familiar
162. La inmigración es uno de los problemas emergentes en nuestra sociedad.
Las previsiones inmediatas son de una amplísima extensión de este fenómeno. Es
una actitud humanitaria acoger a las personas verdaderamente
necesitadas, aunque es necesario un marco legal que impida los abusos y ayude a
resolver las situaciones, no puede estar motivada únicamente por criterios
económicos parciales.
Hemos de recordar al respecto que hay que tender a la reagrupación de
las familias de los inmigrantes para que esta situación, en verdad difícil, no
se agrave con la separación de la convivencia familiar.
Se ha de facilitar a los inmigrantes el acceso a los derechos sociales que,
a su vez, serán un medio de integración social. Si no somos capaces de
construir una sociedad integrada estaremos abocados a una "sociedad de
guetos". En nosotros está el formar un modelo u otro. Los cristianos hemos
de trabajar por la real integración de los inmigrantes.
4.3.8. Algunas situaciones que necesitan una especial protección
Familias numerosas
163. En justicia hemos de insistir en dos realidades familiares que
necesitan una especial atención en las políticas familiares. La primera se
refiere a las familias numerosas cuya existencia es un bien para la
sociedad y revelan la generosidad de sus padres en su formación y
mantenimiento. Actualmente parecen encontrarse ante una sociedad hostil
que las mira como sin fueran algo extraño, incluso como si representaran unos
valores ajenos a esta sociedad. Es necesario superar estos prejuicios
que sólo indican la fuerte ideologización de muchas personas incapaces de
percibir y alegrarse del bien sin más.
Además, se sienten marginadas al comprobar que en las planificaciones
sociales, ya sean de vivienda, como de ayudas a la educación, como de
aportación fiscal, no se las tiene en cuenta. Esto sí que es un modo de ignorar
los beneficios que ellas aportan.
Personas viudas o solas
164. También hay que hacer mención de los viudos, las viudas y de
todas aquellas situaciones en las que, por diversas causas, recae el peso de
llevar adelante una familia en una única persona. La falta de la
complementariedad del otro cónyuge se nota aquí en toda su fuerza, con el dolor
que supone el encontrarse en tal situación.
Es necesario que llegue a ellos la ayuda adecuada para que puedan promover
su familia dignamente. Para ello es necesario que cuenten con una economía
familiar suficiente que permita a una persona sola alternar el trabajo y el
gobierno de un hogar. Pero todavía más la ayuda humana de cercanía y apoyo
en su soledad. Es un claro ejemplo de que todo no se resuelve con medios
económicos.
4.4. La familia y la vida en la nueva evangelización de la Iglesia
La pastoral familiar: una dimensión
esencial de la evangelización
165. La promoción de la familia debe realizarse también en la pastoral
de la Iglesia. Si el camino de la Iglesia es el hombre, hemos de tener en
cuenta que este hombre vive su existencia concreta en el marco de una familia,
por lo que entre los numerosos caminos como la Iglesia se acerca al hombre, el
primero y el más importante es el camino de la familia. Con ello queremos
indicar que el trabajo pastoral con la familia no es un modo alguno una
"pastoral sectorial", sino una dimensión esencial de toda
evangelización.
Cuando nos dirigimos al hombre, hemos de tener en cuenta el hábitat
que lo configura como tal, esto es, la familia, haciendo posible que todo
hombre pueda enraizarse en él con mayor hondura y verdad. Una evangelización
que no considere esta realidad del hombre en la familia, equivaldría a sembrar
la semilla del Evangelio en un terreno donde no pudiera arraigarse, impidiendo
que dé todo el fruto que Dios espera.
166. La pastoral familiar no consiste en una serie de actividades ajenas a
lo que es la vida normal de la familia, sino que se dirige fundamentalmente a
que ésta adquiera conciencia de su propio ser y misión, y obre en
consecuencia.Tal toma de conciencia centra a la familia en su tarea de ser
el primer campo de personalización y en realizar la evangelización como
reconstrucción del sujeto cristiano. Por ello, el primer apostolado del laico
cristiano, por encima de cualquier otra actividad, es su propia familia.
167. En consecuencia, debe ser un principio de la acción evangelizadora de
la Iglesia considerar a las propias familias cristianas como verdaderos sujetos
y protagonistas de la pastoral familiar. Esta misión no es recibida de
otras instancias, ni siquiera de la jerarquía de la Iglesia, procede en germen
de la vocación bautismal que han recibido y se conforma con la vocación matrimonial
y familiar que contiene una verdad originaria de la que son sujetos y agentes.
De ello se deriva que la familia ponga al servicio de otras familias su propia
experiencia humana, así como los dones de la fe y de la gracia. Esta ayuda, que
pasa de familia a familia, se muestra hoy especialmente necesaria para poder
regenerar las relaciones familiares en ocasiones tan debilitadas.
168. Toda pastoral familiar ha de ser progresiva, desarrollándose en
las distintas etapas de su formación. Por ello, comienza ya con la infancia,
donde toda la labor catequética debe tener como referencia la familia. Con ello
queremos indicar que se debe tender paulatinamente a una catequesis familiar en
la que los mismos padres y hermanos se impliquen en la formación de los niños.
Por lo que respecta a los jóvenes, se debe tener en cuenta que la
preocupación mayor de la pastoral de esta etapa se dirige precisamente a ayudar
a los adolescentes y jóvenes a descubrir su propia vocación humana y cristiana
y a prepararles a vivirla, fortaleciendo las virtudes de las que tendrán
especial necesidad el día de mañana. A este respecto ya hemos hablado de la
importancia de la educación al amor, educación que no se puede reducir a
una mera información, sino que precisa de una verdadera
"conformación" de la subjetividad que sólo es posible cuando los
educadores asumen en verdad el papel que les corresponde. La dificultad que se
presenta en este campo no es poca, y sin embargo todos percibimos el bien que
implica en la vida de las personas cuando se les descubre el amor hermoso. No
hay nada que los jóvenes deseen más; de ahí su gratitud a aquellas personas que
con verdadera generosidad y constancia les han enseñado a amar en verdad.
Preparación y celebración del matrimonio
169. Una especial atención se debe tener en la etapa del noviazgo y
preparación próxima e inmediata al matrimonio.Es el momento del nacimiento
y configuración del amor, cuando se inicia un proceso de conocimiento mutuo y
de maduración afectiva, que requiere una auténtica verificación: Porque sólo el
amor verdadero construye. Por ello se requieren una ayuda específica que se les
ha de ofrecer por medios adecuados a su situación personal. Gracias a ella,
encontrarán un apoyo decisivo para interpretar rectamente los acontecimientos
que están viviendo, descubriendo la vocación al amor como tarea de su vida en
el marco de una espiritualidad y en referencia a la comunidad cristiana.
170. En esta etapa es preciso ayudar a los novios para que el día de mañana
puedan vivir una paternidad responsable. Para ello las diócesis deberán contar
con Centros de regulación natural de la fertilidad que ofrezcan una
visión integral de la sexualidad y fertilidad según la antropología adecuada
que hemos expuesto anteriormente. El recurso a los periodos de infertilidad de
la mujer pide una cierta madurez en el amor de los esposos, que no se improvisa
y que requiere, junto a la virtud de la castidad, unos ciertos conocimientos.
Urgimos a los pastores y a los cónyuges cristianos a acoger esta doctrina de la
Iglesia y animamos a la promoción de dichos Centros.
171. Los Cursos prematrimoniales suponen una ocasión única para
muchas personas en orden a comprender el designio de Dios sobre el matrimonio y
la familia. Ante la secularización del matrimonio y las dificultades de asumir
las obligaciones anejas al mismo se comprende su necesidad. Estos cursos forman
parte de la labor pastoral de la Iglesia, y muchas veces son el primer
encuentro de los novios con ella después de años de ausencia. Es necesario, por
tanto, guardar su sentido enteramente eclesial evitando presentar opiniones
personales en temas en los que se juega la verdad del matrimonio y la familia.
La integridad de esta verdad exige el incluir los aspectos evangélicos,
eclesiales, morales y humanos del matrimonio. Ha de presentarse el núcleo del
mensaje cristiano como algo que afecta al sentido de la vida del hombre y
origine una esperanza en la vida nueva otorgada por Cristo.
Es especialmente importante el que los sacerdotes dialoguen personalmente
con los novios, de tal manera que les ayuden a profundizar en su proyecto y
motivaciones, a verificar su madurez y las condiciones de validez del
matrimonio, y a prepararse espiritualmente para recibir este sacramento. Así su
celebración supondrá un crecimiento en la fe y un reconocimiento y adhesión a
la Iglesia.
172. Por lo que respecta a la celebración se ha de procurar que los
novios sean verdaderamente "celebrantes" de su matrimonio. En este
sentido no dejamos de aconsejar la celebración del matrimonio en el marco de la
celebración Eucarística, así como que se proponga a los contrayentes que
reciban convenientemente el sacramento de la Penitencia. Se ha de cuidar en
especial la misma celebración para que guarde siempre su significado de un acto
sacro, por encima de los formalismos sociales siempre presentes. Pues por el
sacramento del matrimonio los contrayentes se insertan de modo especial en la
historia de la salvación.
Las familias, en el corazón de la pastoral
173. Pero la verdadera pastoral familiar comienza una vez que la familia se
ha constituido. Es el momento en que tanto las demás familias de la comunidad
eclesial como los mismos sacerdotes y religiosos deben saber acompañar con sencillez
y naturalidad evangélica a los esposos que se encuentran en una situación nueva
en su vida. En ella se enfrentan a nuevas responsabilidades que implican
verdaderos retos y que en ocasiones son fuentes de conflicto y de dificultades,
como pueden ser las creadas por la adaptación a la vida común o por el
nacimiento de los hijos.
Muchas veces los matrimonios y las familias son incapaces por sí mismos de
resolver tales dificultades, por lo que se hace necesaria la presencia eclesial
que les sostenga, oriente y ayude. Naturalmente, el primer lugar donde los
esposos deben encontrar esta ayuda es en las parroquias. En ellas se ha
de despertar una sensibilidad en este campo pastoral para ser capaces de acoger
en un primer momento a los matrimonios con dificultades. Es una comprobación de
su capacidad de ser una comunidad viva y cercana, punto de referencia para los
distintos acontecimientos de la vida.
Invitamos especialmente a los sacerdotes -y otros responsables de la
pastoral familiar- a una formación y actualización constantes en los diversos
campos relacionados con la familia mencionados en este documento, así como al
trato personal con matrimonios y familias.
174. Como a veces los problemas son graves y requieren una atención
especializada, resultan especialmente necesarios los Centros de Orientación
Familiar que han de contar con un servicio de atención espiritual, moral,
médico, psicológico y legal. Sólo su coordinación con la actividad de las
parroquias permitirá que sean suficientemente conocidos y operativos.
En esta misma línea, las parroquias deben estar atentas a poder ofrecer a
aquellas personas, que por su especial situación lo precisen, Centros de
acogida en donde puedan hacerse cargo de su situación familiar, como es el
caso de las madres solteras, que precisan una verdadera ayuda tanto para acoger
y criar a su hijo como para educarlo. Ambos centros son un modo concreto como
la Iglesia se hace presente de modo eficaz en los graves problemas de las
familias y los hombres de hoy. Sin esta ayuda estaríamos faltando gravemente a
un modo específico de presencia eclesial en un tema básico de justicia social.
175. La dificultad de la actual problemática familiar y la multitud de los
temas implicados exigen unos agentes de pastoral familiar especialmente
formados para esta actividad específica. No basta en este campo la buena
voluntad, es necesario profundizar en la verdad del matrimonio y la familia,
adquiriendo un conocimiento capaz de ofrecer ayuda efectiva en los problemas
reales que se presentan. En este sentido, hay que agradecer sinceramente y
promover con fuerza la existencia de Movimientos de matrimonios y
Asociaciones familiares. Sin contar con su valiosa experiencia y aportación
que se ha manifestado muy efectiva en estos años, tantas veces con tareas de
suplencia, se correría el peligro de plantear una pastoral familiar separada de
la vida real de nuestras diócesis y de las personas que conocen la realidad de
los problemas y sus soluciones.
176. Para llevar a cabo la formación de los agentes de pastoral matrimonial
y familiar hemos de mencionar la existencia de Centros académicos de
estudios sobre matrimonio y familia y sobre bioética. Su labor es muy
beneficiosa en la medida en que, fieles al magisterio, sirven para profundizar
y hacer más accesible al hombre actual la verdad del plan de Dios sobre el
matrimonio y la familia en toda su integridad.
177. La aplicación concreta de estos principios a la pastoral familiar será
desarrollada más detenidamente en el próximo Directorio de Pastoral Familiar
y de la Vida de la Iglesia en España, con el que queremos responder a la
petición realizada en la exhortación Familiaris
consortio (n. 66) y que esperamos podrá servir de orientación e impulso
a la atención a la familia en cada diócesis.
178. Ciertamente nos encontramos con situaciones y problemas nuevos
en nuestra sociedad en lo que respecta a la familia y a la vida. El reto que se
nos presenta es ser capaces de dar una respuesta verdadera a los mismos que sea
apta para solucionarlos. En esta respuesta, todo hombre y toda mujer podrá
encontrar en el evangelio de la familia y de la vida, una luz clara para guiar
sus pasos en la búsqueda de caminos y soluciones nuevas.
CONCLUSIÓN
"HACED LO QUE ÉL OS
DIGA"
María, Reina y Madre de las familias
179. "No tienen vino" (Jn 2, 3). Esta frase expresa el juicio de
María sobre la situación de los esposos de Caná. Es la mirada atenta de una
Madre que sabe ver más allá de las apariencias festivas y descubrir la verdadera
necesidad que tenía ese matrimonio. Cuando falta la alegría verdadera, surge el
desconcierto. El momento de la prueba, aunque sea entrevisto antes, no se
entiende en verdad hasta que se vive.
180. Esta misma ha sido la conclusión de nuestra mirada a los matrimonios y
a las familias actuales. Se ha extendido mucho el pesimismo en las mismas,
amenaza el desaliento y algunas comienzan a dudar de su futuro. Reconocer la
realidad en sus defectos, es el modo de sanar la situación. No sirve para nada
tapar la enfermedad si sigue creciendo. Pero, como en el caso de María, nuestra
mirada cristiana es un juicio con esperanza.
La esperanza nace de la presencia de
María y de Jesucristo en esa boda. En el hecho de que es el mismo
Jesucristo el Esposo que quiere hacerse presente por medio de su
"hora" (cfr. Jn 2, 4) a la
humanidad, que quiere llenar con su presencia todos los hogares cristianos.
La esperanza nace también de la oración. La Madre intercede ante su
Hijo para que socorra la penuria de los esposos de Caná y de todos los
matrimonios y las familias. A esa oración de misericordia se une la voz de la
Iglesia. Con esta unión íntima surge la disponibilidad para realizar el deseo
del corazón de Cristo.
181. "Haced lo que Él os diga"
(Jn 2, 5). Éste es el testamento de
María, su última y más importante recomendación. Es el consejo que nace de una
confianza absoluta en Jesucristo, en un conocimiento íntimo de su misión
salvífica. La "hora" de Cristo comienza con la renovación del
matrimonio, con la abundancia del "vino mejor" (Jn 2, 10). Allí está la fuente escondida
del amor esponsal en donde se encuentra el principio de todo recomenzar.
Al final de esta Instrucción Pastoral en la que hemos procurado anunciar la
buena noticia del matrimonio, la familia y la vida, nos hacemos eco del buen
consejo de María que debe llegar a cada hombre y a cada mujer en su proyecto de
construir ese "santuario de la vida" que es la familia. María indica
a todos la docilidad al Maestro para recibir de nuevo el don inagotable del
Amor hermoso.
27.IV.2001
Nuestra Señora de Montserrat
ÍNDICE DE
MATERIAS
Aborto provocado: trágica aceptación social y legal: 11b; como
derecho de la libertad individual: 22; despenalización como desvalorización:
41; drama de su aceptación social: 110a; acto intrínsecamente malo: 111a;
propaganda engañosa: 111a; en realidad acto detestable de violencia: 111b;
madres autoras y víctimas: 112b; hijo no deseado: 113a; en la reproducción
artificial: 114b; despenalización como legalización y práctica libre: 129.
Adopción de hijos: por parte de parejas homosexuales: 81b; por
parte de los matrimonios que no pueden tener hijos: 113c; primacía de los
derechos del niño y dificultad excesiva para adoptar hoy en España: 143.
Amor conyugal: significados de complementariedad sexual y
apertura a engendrar: 53c; vocación peculiar: 59; llamada a una comunión
personal: 60a; características constitutivas e intrínsecas: 61ab; promesa de
plenitud, riqueza de valores, belleza y tarea a construir: 62; dificultad del
sujeto débil para captar su verdad y belleza: 65a; incluye la unión de los
esposos y la transmisión de la vida: 66ab; acto de amor conyugal como origen
adecuado a la dignidad personal del hijo: 70a; excluir uno de los dos
significados del acto de amor conyugal lo falsea: 70ab; esos significados
legitiman el recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad:
70c; fracaso, prevenir, gracia, perdón y reconciliación: 93a.
Ancianos: no como una carga, sino valorarlos: 82b; la
verdadera calidad de vida social requiere no dejarles solos: 119b; la eventual
legalización de la eutanasia crearía una intolerable presión social sobre
ellos: 124; cuidado de los a. como bien fundamental que aporta la familia:
140b; reconocer la función social de la familia que cuida a los a.: 154;
coordinación de la medicina hospitalaria y los cuidados familiares: 157b;
atención domiciliaria y en residencias asequibles: 159.
Anticoncepción: como "nuevo derecho" de una
"libertad sexual" sin límites: 33; diferencia antropológica y moral
con el recurso a los ritmos naturales: 70b, nota 49; doctrina católica sobre al
inmoralidad de la a., definitiva e irreformable: notas 48 y 49.
Antropología adecuada: contrapuesta a la a. nihilista: 21; es
la a. Revelada que afirma que el hombre solo se comprende en Dios: 49a; afirma
que la libertad brota y se orienta a la comunión: 49b; es la a. cristiana que
afirma el carácter esponsal del cuerpo: 53a; contrapuesta al dualismo
antropológico de graves consecuencias: 53b; contrapuesta al dualismo antropológico
en el que el cuerpo infrahumano carece de significados previos a la decisión
autónoma: 72; el nuevo modelo pluralístico de familia carece de una
antropología que considere al hombre en su totalidad: 80a; problemas
antropológicos del divorcio: 91; la a. adecuada conduce a acoger la verdad de
la comunión familiar: 96a; drama antropológico de la carencia de familia: 97;
la a. adecuada no permite rupturas en el reconocimiento de la persona humana:
109b; los Centros de regulación natural de la fertilidad deben presentar la
sexualidad conforme a la a. adecuada: 170.
Asociaciones y movimientos familiares: alentarlas: 6a;
agradecimiento por presentar un rostro más familiar de la comunidad eclesial:
96d; la sociedad ha de favorecer su aportación: 145; valiosa aportación a la
pastoral familiar: 175.
Bien común: reconocimiento de los desvelos de los gobernantes
y agentes sociales: 6c; en el matrimonio incluye la fecundidad: 68; valiosísima
aportación de la maternidad: 112a; la vida de cada ser humano es el criterio
supremo: 119b; impagable servicio del cuidado de los enfermos y mayores en la
familia: 125b; en ocasiones las leyes han de tolerar situaciones y conductas
desordenadas: 127b; defensa de cada vida, constitutivo básico: 135; grave
responsabilidad de cuantos intervienen en las comunicaciones sociales: 151a.
Calidad de vida: reduccionismo hedonista y cultura de muerte:
106ab; concepto confuso por las connotaciones materialistas y utilitaristas:
119a; condiciones para que sea verdadera: 119b; criterios de bienestar
subjetivo y vidas "sin sentido o valor": 120; legalización de la
eutanasia y presión sobre las vidas de "baja calidad": 124.
Castidad: virtud que integra las tendencias, cauce para el
amor verdaderamente humano: 55a; testimonio de las personas vírgenes ante una
sexualidad como objeto de consumo: 58; necesaria para vivir la paternidad
responsable en la madurez del amor conyugal: 170.
Catequesis: ha de presentar el matrimonio como vocación
cristiana: 88; rechazo del sacramento del matrimonio por parte de bautizados:
89; ha de incluir la formación en las exigencias éticas de la comunicación
social: 152e; c. familiar: 168a.
Celebración del matrimonio: gracia sacramental que perdura
toda la vida matrimonial: 87; requisitos para que la liturgia del "gran
sacramento" sea un acontecimiento de salvación: 172.
Centros: de regulación natural de la fertilidad: 170; de
orientación familiar y de acogida: 174ab; académicos de estudios sobre
matrimonio y familia y sobre bioética: 176.
Clonación humana: y cosificación del ser humano: 115;
terapéutica y reproductiva: 11b, 116b.
Comunión: con el Sucesor de Pedro: 3a; matrimonial, sus notas
esenciales: 4a, 66a, 72; de personas por el amor: 14a, 49b, 52; con Dios,
fundamento de la c. humana: 16b, 45, 49b; y libertad: 21, 49b; e
individualismo: 26b, 35; los cristianos, fermento de c.: 45; rechazada por el
pecado: 50; c. eclesial, rehace la c. humana: 51, 85; c. eclesial y familiar:
96c, 99; necesaria integración mediante la educación afectiva para
posibilitarla: 54b; c. familiar: 55a, 66b, 74, 78a, 85, 96a, 134, 148a; de los
padres: 55a; y amor conyugal: 60a, 61b, 62, 70a; incapacidad para la misma
donde domina el mero sentimiento o el impulso irracional: 60b; divina
trinitaria participada por los hombres: 84; restañada en el sacramento de la
reconciliación: 87b; restablecida en el perdón mutuo: 93b; los cristianos
divorciados y casados civilmente contradicen la plena c. eucarística y
eclesial: 94a.
Cuerpo humano: separado del espíritu en un planteamiento
dualista: 24a; significado esponsal como lenguaje del amor y expresión de la
persona, en contraposición al dualismo antropológico para el que la naturaleza
corpórea es mera biología infrapersonal: 53abc; integración personal para
descubrir la verdad del cuerpo y realizarla: 54a; mediante su dominio y
donación se expresa su plenitud personal: 55b; falsedad de una entrega de los
cuerpos previa a la entrega de la vida: 64b; a diferencia de la decisión de
producir un hombre mediante la técnica, la unión de los cuerpos en el acto de
amor conyugal confía a la corporeidad la posibilidad de procrear: 71b;
considerado como algo infrahumano, sin significados morales intrínsecos: 72; la
persona humana, totalidad unificada de cuerpo y alma: 73; al entregar su cuerpo
en la cruz Cristo hace a la Iglesia un solo cuerpo con Él: 86b; Cristo cura el
"c. de muerte" del hombre: 103b; constitutivo de la persona, realidad
personal básica que permite reconocerla desde el momento de la fecundación y
después en continuidad fundamental: 109b; glorificación de nuestro c. mortal en
el c. glorioso de Cristo resucitado: 121a.
Cultura: si no está impregnada por el amor la persona queda
relegada: 1b; agentes culturales: 6c; logros de nuestra c.: 10abc; respeto a
los que tienen otra c.: 10c; ambigüedades y distorsiones de la c. dominante:
11ab; factores culturales que no favorecen la personalización: 14a; relegar la
fe al ámbito privado: 14b; falso ideal de autonomía que engendra frustración:
27; pretensión fallida de una nueva c. con la "revolución sexual":
28, 29; el género sexual considerado ideológicamente como un mero producto
cultural: 34; c. "anti-vida": 41; la Iglesia manifiesta a cada c. la
verdad y viabilidad del designio divino: 45; la respuesta de Cristo, por encima
del ámbito social y cultural: 48; la simple espontaneidad, dominada por la c.
en boga: 55b; la familia, en el origen y renovación de la c. "de la
esperanza": 79b; modo cultural de presentar el divorcio ocultando su
drama: 91; entramado de la c. "de la muerte": 106b, 117; c.
"abortista": 110ab; aceptación de la eutanasia como vuelta a las c.
paganas precristianas: 120; colaboración a favor de una c. "de la
vida": 108, 131; c. "de la familia y de la vida": 133; la
familia no es un mero producto cultural: 139; medios de comunicación social y
valores culturales: 151b.
Derecho/s: igualdad de d. como logro de nuestra sociedad: 10b;
aberraciones inhumanas reivindicadas como d. de la libertad individual: 22; el
hijo como objeto de d.: 30b, 113b; cualquier actividad sexual como d.: 33;
pretendidos d. de los votantes por encima de la vida de los débiles: 41;
supuestos d. de adopción y de matrimonio de los "nuevos y alternativos
modelos de familia": 80a; supuestos d. de adopción y de matrimonio de las
uniones homosexuales: 81b; supuesto d. al divorcio: 90b; supuesto d. a eliminar
las vidas "sin calidad": 106b; restricciones al "todos" del
d. a la vida: 107; el aborto como supuesto d. de la mujer: 111a; d. de los
hijos a ser engendrados en el acto de donación de los padres: 113b; d. a la
vida, de todos y en todas las circunstancias: 118b; d. a la vida, fundamental,
base del Estado de Derecho: 126, 127ab; a la objeción de conciencia: 128; d.
fundamentales de la familia: 135, 138ab, 144a, 146; en la familia se gestan los
d. de la persona: 139; injusticia de conceder los d. de la familia a cualquier
tipo de convivencia: 141ab; primacía de los d. del niño en la adopción: 143; Carta
de los d. de la familia: 144a; d. constitucional de los padres a elegir
centro educativo: 149c; d. a subvencionar la escuela: 150a; d. humano y
constitucional a la enseñanza de la religión: 150b; d. de información: 152a; d.
a la protección de la intimidad: 152c; d. sociales de los emigrantes: 162c.
Divorcio: legalizado y aceptado como realidad normal, cuando
en realidad perturba gravemente la institución familiar: 11b; difusión hasta
hacer mentalidad social y ser concebido como derecho: 90a; drama humano y
social: 91; distinción radical de la declaración eclesiástica de nulidad: 92ab;
incompatibilidad del estado de divorciado y casado civilmente con la comunión
eucarística, aunque no están excluidos de la Iglesia: 94ab; los católicos
divorciados que no desean contraer nuevas nupcias: 94c.
Ecología humana: la familia natural es la verdadera e. h.:
79a; falsedad contaminante de formas contrarias a la familia natural: 80ab.
Educación: la familia educa a la persona: 4b; los padres no
dejen de educar a los hijos en el amor verdadero: 6a; un falso concepto de
autonomía engendra un vacío educativo: 27; verdadera e. sexual, madurez e
integración: 34b; en vez de los padres, los medios de comunicación se
convierten en el e.: 38b; reconocer el papel de los padres como educadores de
personas: 39b; cargas educativas: 40b; la Madre Iglesia educa a sus hijos: 45,
130, 132; necesidad natural de una e. de la afectividad: 54b; la verdad del
matrimonio y la familia exige una e. para el amor: 54b; la e. para el amor está
unida al despertar mismo de la conciencia: 55a; proceso educativo para la
integración sexual: 55c; cuando falta la e. para el amor los jóvenes envejecen
en experiencias superficiales: 55c; la e. afectivo-sexual, orientada a la
vocación al amor: 56; la e. para el amor dispone para su descubrimiento
completo: 61b; el amor procreativo de los padres se prolonga en la e. de los
hijos: 77a; sin la labor eductiva de los padres la e. escolar frecuentemente
fracasa: 77a; la e. afectivo-sexual de los hijos es tarea principalísima de los
padres, de la que no deben hacer dejación: 77c; la falta de e. bien orientada
aboca a una "civilización de muerte": 107; tener en cuenta a la
familia en la e: 140b; contribución a la sociedad de la familia educadora:
142a; para los niños que carecen de familia: 143; la tarea educativa, alma de
la familia: 149a; fragmentación actual del programa educativo: 149b; la religión,
dimensión imprescindible de la e.: 150b; campañas de información sexual
anti-educativas: 161a; e. sexual integral: 161c; ayudas a la e. para las
familias numerosas: 163b; e. para el amor como conformación de la subjetividad:
168b; educar para la paternidad responsable: 170; Centros de acogida para
ayudar a la madre soltera a educar a su hijo: 174b.
Embriones humanos: e. h. sobrantes, tratados como
"material" de deshecho en la Fivet: 41; el concepto de
"pre-embrión", contrario a ciencia y a la antropología adecuada:
109ab; miles de e. h. sobrantes y congelados en las técnicas de reproducción
asistida: 114b; los e. h. sobrantes, instrumentalización criminal de la vida
humana: 116b; desprotección legal y utilización de e. h.: 129.
Enfermos: su menor viabilidad no supone pérdida de la
condición humana: nota 79; "calidad de vida" de los e. finales: 106b;
cuidado de los e. y mayores: 125ab; enorme esfuerzo y escasa ayuda a las
familias en la atención a los e.: 154; valor de la atención familiar a los e.:
156b; coordinación entre la medicina hospitalaria y la familia para la atención
a los e. crónicos, minusválidos y ancianos: 157b.
Esposos: animarlos en su vocación: 6a; acompañamiento
eclesial: 6b; unión de los e. y transmisión de la vida, una sola realidad en el
amor: 66a; la unión de los significados unitivo y procreador del acto de amor
conyugal es algo que los e. descubren: 70a; al recurrir a la continencia
periódica se comportan como "ministros" del designio de Dios: 70b; el
amor que se prometen al contraer matrimonio: 75a; falsedad de que la
realización de los e. pueda darse fuera del matrimonio: 75b; valor sacramental
de la entrega de los e. cristianos: 86a; la Eucaristía configura interiormente
la entrega de los e.: 87a; la Confirmación fortalece a los e. con el don del
Espíritu para cumplir su misión: 87a; e. separados y reconciliación: 93a; la
Iglesia, morada para los e.: 95; la caridad mutua de los e. hace de la familia
iglesia doméstica: 96a; madurez del amor de los e. para poder vivir la continencia
periódica: 170; ayuda de las parroquias: 173b; María intercede ante su hijo a
favor de los e.: 180c.
Eutanasia: tragedia de una aceptación social de la e.: 11b;
legitimación de la e., fenómeno del paganismo precristiano e individualismo
antisocial: 120; definición e inmoralidad: 123; gravísimas consecuencias de su
eventual legalización: 124.
Fecundación artificial: producción de un ser humano: 71a;
trata a los hijos como si no fueran sujetos personales al violar su derecho a
ser engendrados en el acto de donación interpersonal de los padres: 113b.
Fidelidad: el sujeto débil, incapaz de f. a los vínculos
personales: 25; elemento del verdadero amor: 57; f. y creatividad en las
circunstancias adversas de la vida conyugal: 75a; testimonio de f. de los
esposos separados: 94c; clima relativista que excluye la f. del amor: 95; la
comunidad eclesial, lugar adecuado para vivir la f. conyugal: 95.
Homosexualidad: el pretendido matrimonio homosexual perturba
gravemente la institución familiar: 11b, 81b; falacia del pretendido derecho a
las uniones homosexuales: 33; grupos de presión homosexual a favor de la
ideología del género: 34; el respeto a las personas con tendencias homosexuales
incluye el reconocimiento de su dificultad de identidad sexual: 81a.
Hijo/s: el amor de los padres a los h. y la realización de la
persona: 2a; bendición de Dios: 4a; nace y crece como persona en familia: 4b;
recibidos más conscientemente: 10c; muchos no saben cómo ayudarlos: 12b; el
deseo de un h. no otorga un derecho a tenerlo: 30b, 113b; la desvalorización de
la maternidad lleva a la reducción de su número al mínimo: 37; importancia de
la madre en los primeros años del h.: 37; importancia de la relación personal
con los padres: 38a; el h. como problema, en vez de esperanza: 40b; la Iglesia,
Madre que engendra, alimenta y educa a sus h.: 45; no mero efecto de un proceso
biológico, sino persona aceptada por un acto de amor: 69; su dignidad personal
requiere que sea concebido mediante un acto de amor conyugal que contenga
implícitamente al h. como don: 70a; el h. como acto de decisión y de producción
en la reproducción artificial: 71a; acogido por el amor incondicional que
caracteriza la paternidad: 76; la educación del h. como prolongación de la
generación: 77a; h. único privado de posibles hermanos: 82a; filiación divina
en la Iglesia: 85; los sacramentos santifican la vida de los h.: 96b; la
Iglesia, familia de los h. de Dios: 96c, 99; responsabilidad ante el h.
concebido sin quererlo: 112a; mujeres presionadas para eliminar a su h.: 112b;
derecho de los h. a ser engendrados en el acto de donación interpersonal de los
padres: 113b; respetar la disposición del matrimonio a tener hijos mediante las
relaciones conyugales: 140a; los h. y su educación, bien fundamental que la
familia recibe de la sociedad: 143; la especulación inmobiliaria, causa del
miedo a tener h.: 148b; la eventual inhibición de los padres en la educación de
los h., falta grave de vitalidad familiar: 149a; educar a los h. en el uso
prudente de los medios de comunicación social: 152f; prevención excesiva
respecto al número de h.: 158.
Indisolubilidad conyugal: rechazada por los "modelos
alternativos de familia": 80a; incomprensible en la mentalidad divorcista:
90a; no es afectada por la declaración eclesiástica de nulidad matrimonial:
92b; es posible por la fuerza del don de Dios: 98a.
Individualismo: propiciado por la ética utilitarista: 22; el
sujeto débil acaba en el i.: 26a; impide el apoyo del compromiso personal
estable: 31a; influencia en la desvalorización de la vida: 40a; i. de una
sociedad que desprecia a los débiles: 107; i. antisocial de la eutanasia: 120.
Libertad: la enseñanza de Cristo es salvaguardia de progreso
social en justicia, solidaridad y l.: 6c; clima de l., defensa de las
libertades y mayor l. en las relaciones familiares en nuestra convivencia
democrática: 10abc; desarraigada del amor verdadero queda reducida a elección
de cosas: 20ab; concepto perverso de l. sin comunión: 21; el individualismo la
desvirtúa de modo aberrante hacia el dominio de los demás: 22; la antropología
dualista quita a la l. su orientación: 24a; confusión de los deseos y pulsiones
con la l.: 24b; confundida con la mera espontaneidad: 27; l. de elección sin
sentido: 28; falsedad de la "liberación sexual": 30a; falsedad de la l.
sexual sin límites: 33; confundida por un falso ideal de independencia: 35;
pretendidos derechos de la l. individual de los votantes por encima de la vida
de los débiles: 41; primera expresión de la imagen divina y relación originaria
con la l. de Dios: 49a; finalizada por la llamada originaria a la comunión de
amor, conforme a la verdad del hombre, su fuente y garante es Dios: 49b;
implicada en la comunión conyugal: 60a; no es un mero sentimiento ni un impulso
irracional: 60b; las características del amor conyugal son constitutivas del
acto de libertad que forma la comunión conyugal: 61b; la familia, espacio de
l.: 74; el amor esponsal es compromiso de l. en orden a construir su
matrimonio: 75a; la familia, lugar primigenio de la libertad por la verdad e
irrevocabilidad de las relaciones que implica: 80b; l. desfinalizada de la
"cultura de muerte": 107; aberración del aborto como conquista de la
l.: 111a; aberración de la l. como justificación del suicidio: 120; bien
indisponible de la persona: 121b; l. de educación y l. religiosa: 150b.
Maternidad: desvalorización y renuncia: 37; de María: 51, 69,
179; cercanía de la Iglesia a las madres que han abortado: 94b; m. eclesial:
96cd; apoyo social: 112a; trabajo compatible con la m.: 156a.
Medios de comunicación social: deseo sexual, poder al servicio
de intereses económicos: 29; muchas veces son el educador principal de los
hijos: 38a; respetuosos de la familia: 146; importancia, grave responsabilidad
moral: 151ab; abusos y protección: 152.
Novios: las catequesis prematrimoniales les ayudan a integrar
la verdad del matrimonio en su vida de fe: 89; educación para la paternidad
responsable: 170; claves de los cursos prematrimoniales: 171a; importancia del
diálogo previo a la boda con el sacerdote: 171b; sean verdaderamente
celebrantes del sacramento: 172.
Nulidad matrimonial: declaración eclesiástica de que no ha
existido el matrimonio: 92a; diferencia fundamental con el divorcio: 92b.
Padres:amor que ofrecen a los hijos: 1a, 2a; modelo para los
hijos: 4b; la confrontación de los sexos debilita la complementariedad y
provoca la inhibición: 34b; sustituidos muchas veces en su tarea educadora por
los medios de comunicación social: 38b; valor educativo del testimonio de la
comunión de los p.: 55a; dificultades en su tarea educadora: 77a; les compete
de modo principalísimo la educación afectivo-sexual de sus hijos: 77c; las
relaciones fraternas tienen la riqueza única de compartir el amor de los p.:
78a; una fraternidad sin amor de los p. es ficticia: 78b; anomalía de los p.
que privan al hijo único de hermanos: 82a; p. que deciden eliminar a los no
nacidos: 106a; la clonación puede producir seres humanos privados de p.: 115;
derecho a la educación de sus hijos: 146; misión educativa: 149-150; educar a
los hijos en el sentido crítico frente a los medios de comunicación:152ef;
generosidad de los p. con familias numerosas: 163a; y catequesis familiar:
168a.
Parejas de hecho: su aceptación perturba la institución
familiar: 11b; desconfianza y renuncia al amor verdadero: 63; injusticia de
equipararlas al verdadero matrimonio: 141ab; grave responsabilidad de los
legisladores: nota 98.
Pastoral familiar: procura aliviar la situación de los
divorciados que se han vuelto a casar: 94b; consiste en que la familia
cristiana tome conciencia de su ser y misión y obre en consecuencia: 166; las
familias cristianas, sujetos y protagonistas de la p.f.: 167; progresiva y en
etapas: 168a; comienza una vez que la familia se ha constituido: 173a; hoy
hacen falta agentes de p.f. especialmente formados: 175; valiosa aportación de
los movimientos y asociaciones familiares: 175; Directorio: 177.
Política familiar adecuada: la familia reconocida en su
identidad y aceptada como sujeto social: 137; la familia como sociedad
primordial y soberana, conforme al principio de subsidiariedad: 144b; no mera
ayuda económica, sino favorecer la iniciativa de las familias: 145; un
requisito para la misma es el reconocimiento efectivo de los derechos de la
familia: 146; vivienda: 148; trabajo: 155-156; familias numerosas: 163;
personas viudas y solas: 164.
Procreación: ruptura del vínculo con la sexualidad en un
planteamiento falsamente dualista: 30a; de la sexualidad sin p. a la p. sin
sexualidad, ambas sin verdadero amor sexual: 30b; el significado del acto de
amor conyugal y la responsabilidad en la p. legitima el recurso a los métodos
naturales de regulación de la fertilidad: 70c; la reproducción artificial, al
romper la unión carne-espíritu y no reconocer los significados del cuerpo, hace
imposible una comunión de personas fundada en la carne y abierta a la p.: 72;
la reproducción artificial o asistida sustituye la p., relación interpersonal,
por una relación técnica de producción: 113a.
Sacerdotes: acompañamiento esperanzado a las familias: 6b;
ayudar a reavivar la gracia sacramental ante el fracaso del matrimonio: 93a;
diálogo con los novios previo al matrimonio: 171b; acompañamiento a los
matrimonios: 173a; formación y actualización en la pastoral familiar: 173c; Vademécum
para confesores sobre algunos temas de moral conyugal: nota 49.
Sufrimiento/s: muchos de los s. de hoy tienen que ver con
expectativas frustradas en el ámbito matrimonial y familiar: 2b; cuando el
ideal humano es la independencia, las relaciones conyugales y familiares son
una pesada carga que engendra s.: 35; la concepción materialista genera la
pérdida de la esperanza y el miedo al menor s.: 42a; Cristo mira con
misericordia el s. humano: 43; Cristo da sentido al s.: 44a; en medio de los s.
de las familias se manifiesta la fuerza del don de Dios: 98a; en el misterio
pascual de Cristo el amor de Dios se revela más fuerte que el s.: 121a; el s.
no es capaz de privar de sentido a la vida humana y, para que humanice al que
lo padece, ha de acertar a integrarlo como acto de amor: 122; renuncia a terapias
desproporcionadas que retrasan forzadamente la muerte a costa del s. del
moribundo y sus familiares: 123.
Suicidio: aberración justificada como derecho en la concepción
utilitarista e individualista: 22; exaltado en una concepción materialista de
la "calidad de vida": 120.
Terrorismo: denuncia sin paliativos como adquisición de la
convivencia democrática: 10b; no es verdadera calidad de vida la de los
programas políticos tolerantes o promotores del t.: 119b.
Testimonio: de tantas familias que viven y hacen creíble el
proyecto de Dios: 8c; t. de la comunión de los padres, fundamental para la
educación al amor y a la castidad: 55a; t. de tantas personas vírgenes: 58; t.
eclesial de misericordia para acompañar tantos dramas humanos: 94b; t. de
fidelidad de los divorciados que no desean contraer nuevas nupcias: 94c; el t.
de tantos matrimonios y familias fieles al amor habla del amor de Dios más
grande que nuestra miseria y pecado: 98c.
Virtud/es: un falso concepto de autonomía engendra un vacío en
la educación en las v.: 27; integración de las tendencias somáticas y afectivas
en la v. de la castidad, que posibilita el autodominio en orden a la donación
de sí mismo: 55bc; una concepción de la libertad desorientada impide la
educación como robustecimiento de las v.: 107; la pastoral juvenil como
fortalecimiento en las v.: 168b.
Vocación: la vida humana como bien a desarrollar en vista de
la propia v. personal: 40a; el plan de Dios para el hombre es la v. al amor y a
la comunión: 52; maduración afectiva en la juventud para realizar en plenitud
la v. al amor: 55b; la v. al amor requiere la educación afectivo-sexual: 56;
marco vocacional de la sexualidad en el matrimonio o en la virginidad: 58; el
matrimonio es una v. de amor conyugal inscrita en la naturaleza misma del
hombre y la mujer por el Creador: 59; seleccionar unas u otras características
del amor conyugal distorsiona la realización de su v.: 61b; la comunión de vida
y amor esponsal que es el matrimonio como v. incluye la unión y la fecundidad:
66a; v. a formar una familia, bien que trasciende a los cónyuges y que se
realiza mediante el don de sí: 66b; al confiar a la unión corpórea la
procreación, los cónyuges reconocen la v. al amor y a la paternidad inscrita en
el dinamismo corporal del amor: 71b; la vida cristiana como v.: 85; v.
bautismal: 86a; la Eucaristía renueva la v. esponsal: 87a; la secularización
del matrimonio no lo comprende como v. divina: 88; proceso pedagógico dinámico
y gradual hacia la plenitud de la v. matrimonial: 98b; el evangelio del matrimonio
y la familia incluye la promesa y el don de Dios que constituyen la v. del
hombre: 99; los matrimonios que no pueden tener hijos pueden encauzar su v. a
la paternidad en otras formas de donación: 113c; el trabajo como v. de servicio
a la sociedad: 155a; la misión de la familia procede del germen de la v.
bautismal y se conforma con la v. matrimonial y familiar: 167; la pastoral
juvenil como ayuda a descubrir la v. humana y cristiana: 168b; la preparación
próxima al matrimonio orientada al descubrimiento de la v. al amor como tarea
para la vida, en el marco de una espiritualidad y en referencia a la comunidad
cristiana: 169.
NOTAS
1. RH, 10.
2. Cfr, GS, 22.
3. Cfr. LG, 25.
4. Cfr. NMI, 1.
5. Cfr, GS, 52.
6. Cfr. LG, 11;
FC, 21.
7. Cfr. FC, 49-64.
8. Han pasado ya más de veinte años desde el último documento
amplio de la Asamblea plenaria del episcopado español sobre el tema. Cfr.
Conferencia Episcopal Española, Documento pastoral Matrimonio y familia,
6.VII.1979.
9. Cfr. Conferencia Episcopal Española, Instrucción pastoral La
fidelidad del Señor dura siempre. Mirada de fe al siglo XX, 26.XI.1999.
10. Cfr. FR, 31.
11. Cfr. Conferencia Episcopal Española, Instrucción pastoralMoral
y sociedad democrática, 14.II.1996.
12. Cfr. Conferencia Episcopal Española, Nota de la Comisión
Permanente con ocasión de algunas iniciativas legales recientes, Matrimonio,
familia y "uniones homosexuales", 24.VI.1994.
13. La ley
9/1985 del 5 de julio.
14. Por la ley sobre "Técnicas de reproducción
asistida" 35/1988 del 22 de noviembre, continuada por los reales decretos
de marzo de 1996 sobre la regulación de ciertas FIV.
15. Nos referimos de modo especial a la sentencia del Tribunal
Constitucional 116/1999 del 17 de junio sobre "Técnicas de Reproducción
Asistida".
16. Cfr. Conferencia Episcopal Española, Instrucción
pastoral "La verdad os hará libres", 20.XI.1990, n. 4-33.
17. Ya en la primera encíclica de la era moderna dedicada a la
familia, se denuncia este proceso de secularización, que allí es llamado
"ausencia de religión en el matrimonio" (cfr. ADS, 15).
18. Cfr. FR, 5-6.
86-91.
19. Cfr. EV,
18-20.
20. Cfr. FR,
90.
21. Cfr. VS, 79-83.
22. Cfr. FR, 1.
23. Apología 38 a.
24. Cfr. VS, 49.
25. Cfr. GS, 47;
FC, 6-7.
26. Cfr. Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y
"uniones de hecho", 26.VII.2000, n. 7-8.
27. Cfr. CA, 8 y 35.
28. Cfr. LE, 19.
29. Por la ley sobre "Técnicas de reproducción
asistida" 35/88 del 22 de noviembre, continuada por los reales decretos
del marzo de 1996 sobre la regulación de ciertas FIV y aceptada casi en su
totalidad por la sentencias del Tribunal Constitucional 116/1999 de 17 de
junio.
30. Cfr. Conferencia Episcopal Española, Instrucción pastoral "Dios
es Amor", 27.XI.1998.
31. Cfr. LG, 1.
32. Cfr. FC, 11; GS, 12
33. Cfr. GS, 17.
34. Cfr. CA, 13 in fine.
35. Cfr. VS, 86; EV, 76.
36. RH, 10.
37. Cfr. Juan Pablo II, Audiencia general, 9.I.1980.
38. Cfr. CCE, 362-368.
39. Cfr. Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana:
verdad y significado. Orientaciones educativas en familia, 8.XII.1995.
40. Cfr. ibidem, n. 16 ss.
41. Cfr. GS, 24.
42. Cfr. FC 11.
43. CCE, 1603.
44. Cfr. GS, 49;
HV, 8-9.
45. Cfr. GS, 48.
46. Cfr. CCE, 1602-1617.
47. Cfr. GS, 50;
FC, 28.
48. HV, 10: "En la misión de transmitir la vida, los esposos no
quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen
determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino
que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en
la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por
la Iglesia". La misma encíclica declara ilícita "toda acción que, o en
previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus
consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la
procreación" (n. 14). Y agrega: "Tampoco se pueden invocar como razones
válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el
mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos
fecundos anteriores o que seguirán después, y que por tanto compartirían la
única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un
mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es
lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es
decir hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente
desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se
quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por
tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y
por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de
una vida conyugal fecunda" (n. 14).
49. FC, 32: "Cuando los esposos, mediante el recurso a la
contracepción, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en
el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se
comportan como 'árbitros' del designio divino y 'manipulan' y envilecen la
sexualidad humana, y, con ella, la propia persona del cónyuge, alterando su
valor de donación 'total'. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca
donación total de los esposos, la contracepción impone un lenguaje
objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro completamente;
se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una
falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en
plenitud personal". Cfr. HV, 13; VcS, 36-37; CC, 57. 60; Conferencia Episcopal
Española, Comisión para la Doctrina de la Fe, Una encíclica profética: la
"Humanae vitae", 20.IX.1992. La enseñanza sobre la malicia intrínseca de la
contracepción debe ser considerada como doctrina definitiva e irreformable:
cfr. Pontificio Consejo para la Familia, Vademécum para los confesores sobre
algunos temas de moral conyugal, 12.II. 1997, n. II.4.
50. EV, 97.
51. Cfr. GS, 24.
52. Cfr. CA, 39.
53. Cfr. CCE, 2357-2359.
54. Cfr. FC, 27.
55. Cfr. CF, 6.
56. Cfr. CCE, 1638-1654.
57. Cfr. FC, 57.
58. Cfr. FC, 51-54.
59. Cfr. FC, 58.
60. Cfr. FC, 82.
61. Cfr. FC, 58.
62.
Juan Pablo II, Discurso, 20.IX.1996.
63. Cfr. FC, 84.
64. Juan Pablo II, Discurso en el Jubileo de las familias, 14.X.2000.
Cfr. FC, 84; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos
sobre la recepción de la Comunión Eucarística por parte de los fieles
divorciados y casados de nuevo, 14.IX.1994; Pontificio Consejo para la
Interpretación Textos Legislativos, Declaración, 6.VII.2000.
65. Cfr. FC, 56-57.
66. Cfr. LG, 11.
67. Cfr. FC, 39.
68. Cfr. FC, 51. 60-62.
69. Cfr. FC, 64.
70. Cfr. CF, 18.
71. Cfr. FC, 85.
72. Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística II.
73. Homilía, 2.IX.1982.
74. Cfr. GS, 22.
75. EV 49.
76. SRS, 37.
77. Cfr. EV, 12.
78.
CF, 21.
79.
No se debe confundir individualidad con indivisibilidad. Aunque durante los
primeros catorce días de su existencia el embrión sea susceptible de divisiones
gemelares, eso no quiere decir que dicho embrión carezca de individualidad. Por
otro lado, el hecho de que durante el lapso de tiempo en cuestión, la
viabilidad del embrión sea menor que en las fases posteriores de su desarrollo
es una circunstancia natural del desarrollo mismo que no puede ser considerada
como algo determinante del estatuto ontológico del embrión en cuanto tal, de
modo semejante a como la menor "viabilidad" de un enfermo o de un anciano no
supone en modo alguno la pérdida de su condición humana.
80.
Cfr. EV, 44-45.
81.
Cfr. CIC, cánones 1398 y 1329, parágrafo 2.
82. Cfr. EV, 99.
83. Cfr. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum
vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la
procreación, 22.II.1987.
84.
La ley española sobre "Técnicas de reproducción asistida", 35/1988 de 22 de
noviembre, prevé en su cap. IV, art. 11, que esos embriones dejan de tener un
responsable legal a los cinco años de haber sido congelados.
85.
Cfr. la Ley citada en la nota anterior, cap. III, art. 6.
86. EV, 65.
87. Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española,
Declaración La eutanasia es inmoral y antisocial, 19.II.1998, n. 6.
88. Cfr. Comité Episcopal para la Defensa de la Vida,
Conferencia Episcopal Española, La Eutanasia. 100 cuestiones y respuestas
sobre la defensa de la vida humana y la actitud de los católicos, 14.II.1993.
89. Cfr. Juan Pablo II, Discurso en el V aniversario de
la EV, 14.II.2000.
90. Cfr. EV, 89.
91. Ley 8/1985, de 5 de junio.
92. Sentencia 53/1985, de 11 de abril.
93. Sentencia 116/1999, de 17 de junio, que se refiere a la ya
mencionada Ley 35/1988, de 22 de noviembre, sobre "Técnicas de reproducción
asistida".
94.
EV, 78-79.
95. Cfr. NMI, 47. 51.
96. CF, 17.
97. Cfr. CDF, introd., D: "La familia, sociedad natural,
existe antes que el Estado o cualquier otra comunidad y posee unos derechos
propios que son inalienables."
98. Pontificio Consejo para la Familia, Familia, matrimonio y
"uniones de hecho", 11.XI.2000, n. 16: "Respecto a los reciente intentos de
equiparar familia y uniones de hecho, incluso homosexuales (conviene tener
presente que su reconocimiento jurídico es el primer paso hacia la
equiparación), es preciso recordar a los parlamentarios su grave
responsabilidad de oponerse a ellos, puesto que los legisladores, y en
particular los parlamentarios católicos, no podrían cooperar con su voto a esa
clase de legislación, que, por ir contra el bien común y la verdad del hombre,
sería propiamente inicua. Estas iniciativas legales presentan todas las
características de disconformidad con la ley natural que las hacen
incompatibles con la dignidad de la ley". Cfr.CDF, art. 1, c.
99. Cfr. CDF, art. 9: "Las familias tienen el derecho de
poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades
públicas, en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin
discriminación alguna." En el resto del artículo se exponen
pormenorizadamente las claves de esta política.
100. Cfr. CF, 17.
101. Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales. Instrucción
Pastoral Aetatis Novae, 22.II.1992, n. 4.
102. Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social. Mensaje
para la XXXV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,
29.IV.2001, n. 6.
103. Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Ética en
las comunicaciones sociales, 4.VI.2000, n.
25.
104. Cfr. Conferencia Episcopal Española, Nota de la
Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida Sobre la "píldora del
día siguiente", 12.XII.2000; Conferencia Episcopal Española, Nota de
la Asamblea Plenaria, La "píldora del día siguiente": nueva amenaza contra
le vida, 27.IV.2001. A propósito de la RU-486, cfr.: Conferencia Episcopal
Española, Declaración de la Comisión Permanente, El aborto con
píldora es también un crimen, 17.VI.1998. Sobre el tema, véase también:
Conferencia Episcopal Española, Subcomisión para la Familia y la Defensa
de la Vida, El aborto. 100 cuestiones y respuestas sobre la defensa de la
vida y la actitud de los católicos, 25.III.1991, n. 3-14.
105. Cfr. RH, 14.
106. Cfr. CF, 2.
107. Cfr. FC, 17.
108. Cfr. ChL, 40.
109. Cfr. FC, 71.
110. Cfr. FC, 69.
111. Cfr.FC, 65-66; Pontificio Consejo para la Familia, Preparación
al sacramento del matrimonio, 13.V.1996; CIC, canon 1063.
112. Cfr. FC, 67-68; Ritual de la Celebración del Matrimonio.
113. Cfr. FC, 73-76.
114. Cfr. FC, 72.
115. Cfr. CF, 20.