LXXIX ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA
EPISCOPAL
VALORACIÓN
MORAL DEL TERRORISMO EN ESPAÑA,
DE SUS CAUSAS Y DE SUS
CONSECUENCIAS
Instrucción
Pastoral
Madrid, noviembre
de 2002
Índice
Introducción
Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1)
I. El terrorismo, forma específica de violencia armada
II. El objeto del juicio moral: terror criminal ideológico
III. Juicio moral sobre el terrorismo
a) El terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca
justificable
b) El terrorismo es una estructura de pecado
c) La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos
IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como "terrorismo"
V. El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA
Conclusión
La esperanza no defrauda
(Rm 5, 5)
Introducción
Para vivir en libertad,
Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1)
1. Proclamar el Evangelio a todos los pueblos, sin
distinción de lengua, raza o nación (cf. Ap
5, 9), y llevar a todos los hombres y mujeres al encuentro con Cristo, Camino,
Verdad y Vida (Jn 14, 6), es la
misión de la Iglesia en el mundo. Los cristianos, que sabemos que en Cristo
está la vida y que la vida es la luz de los hombres (cf. Jn 1, 4), sentimos como propios los gozos
y los sufrimientos de toda persona humana. "Nada hay verdaderamente humano que
no encuentre eco en su corazón"[1][1]. Por eso, cuando la dignidad de la
persona queda ultrajada porque se atenta contra su vida, contra su libertad o
contra su capacidad para conocer la verdad, los cristianos no podemos callar.
Los obispos, como sucesores de los apóstoles, tenemos de modo singular la
responsabilidad de ofrecer a todos los hombres, creyentes o no, la luz del
Evangelio, anunciando que para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado
(Ga 5, 1). Liberados por Él del
pecado, que divide a los hombres, todos podemos encontrarnos en una convivencia
verdadera: Jesucristo es nuestra paz (Ef 2, 14). Desde Él discernimos y
enjuiciamos los caminos de la auténtica paz, a la vez que la violencia e
injusticia que la hacen imposible.
2. En España, el terrorismo de ETA se ha convertido desde hace años
en la más grave amenaza contra la paz porque atenta cruelmente contra la vida
humana, coarta la libertad de las personas y ciega el conocimiento de la
verdad, de los hechos y de nuestra historia. Sobre tan doloroso tema, esta
Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, en comunión con el
Santo Padre, Juan Pablo II [2], y en continuidad con las anteriores
intervenciones de la propia Conferencia y de diversos miembros del episcopado
español [3], ofrece la presente
Instrucción Pastoral a los católicos y a todos los que deseen prestarle
atención. Damos así cumplimiento a una de las acciones
previstas en el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española para el
cuatrienio 2002-2005 [4] y animamos a todos a trabajar sinceramente,
según las posibilidades de cada cual, para eliminar la lacra social del
terrorismo y consolidar la convivencia en la libertad y el respeto de los
derechos humanos [5].
3. El profeta Isaías advierte del peligro del
oscurecimiento de la conciencia en su capacidad de discernir el bien: ¡Ay de
los que al mal llaman bien, y al bien llaman mal; que de la luz hacen
tinieblas, y de las tinieblas luz! (Is
5, 20). El mismo Jesucristo avisa: si la única luz que tienes está
oscura, ¡cuánta será la oscuridad! (Mt
6, 23).
Ante un dilema moral, adoptar intencionadamente una actitud ambigua cierra
el camino a la determinación de la bondad o de la maldad de una realidad o de
una conducta. La Iglesia considera una de sus obligaciones básicas iluminar las
conciencias, como maestra y testigo del Evangelio, para que puedan alcanzar con
seguridad y sin error la verdad moral capaz de guiar la vida [6].
Al proceder ahora al análisis moral del terrorismo, en particular del de
ETA, deseamos prestar este servicio a la Iglesia primero y a la vez a la
sociedad. A pesar de las reiteradas condenas que la inmensa mayoría de personas
y grupos sociales hacen de la violencia terrorista, a veces se observan
ambigüedades que ocultan el coherente enjuiciamiento moral de la asociación
terrorista.
4. Presentamos una valoración moral del terrorismo de ETA que
va más allá de la condena de los actos terroristas, tratando de descubrir sus
causas profundas. Nos lo exige nuestro ministerio pastoral, una de cuyas
principales tareas es ayudar a la formación de la conciencia de los cristianos
y de todas las personas que buscan en la Iglesia una luz para la vida. Lo
esperan con razón quienes se sienten angustiados e indefensos ante el problema
más grave de nuestra sociedad.
Analizamos el terrorismo de ETA a la luz de la Revelación y de la Doctrina
de la Iglesia, y lo calificamos como una realidad intrínsecamente perversa,
nunca justificable, y como un hecho que, por la forma ya consolidada en que se
presenta a sí mismo, resulta una estructura de pecado. Emitimos un juicio moral
sobre el nacionalismo totalitario que se halla en el trasfondo del terrorismo
de ETA, porque no se puede entender el uno sin el otro.
I. El terrorismo, forma específica de violencia armada
5. Entendemos por terrorismo el propósito de matar y destruir
indistintamente hombres y bienes, mediante el uso sistemático del terror con
una intención ideológica totalitaria. Al hablar de terror nos referimos
a la violencia criminal indiscriminada que procura un efecto mucho mayor que el
mal directamente causado, mediante una amenaza dirigida a toda la sociedad. Las
acciones terroristas no se refieren sólo a un acto o a algunas acciones
aisladas, sino a toda una compleja estrategia puesta al servicio de un
fin ideológico. Juan Pablo II ha señalado que:
"No se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa plaga del mundo actual: el
fenómeno del terrorismo, entendido como propósito de matar y destruir
indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de terror y de
inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se aduce
comomotivación de esta acción inhumana cualquier ideología o la creación de una
sociedad mejor, los actos del terrorismo nunca son justificables"[2][7].
Esta aproximación nos permite captar que la maldad
del terrorismo es más profunda que la de sus actos criminales, ya de por sí
horrendos. Existe una intención inscrita en esos actos que busca un efecto
mayor con el fin de aterrorizar a una sociedad y hoy, incluso, al mundo entero.
El terrorismo busca una "utilidad" más allá de sus crímenes; intenta que un
grupo muy reducido de personas mantenga en tensión a toda la sociedad,
obteniendo una amplia repercusión política, potenciada por la publicidad que
obtienen sus nefandas acciones. Los terroristas cuentan con que su actividad
criminal es "rentable" en términos políticos y, por eso, la justifican como
"necesaria" en virtud de sus propios objetivos. No pueden ocultar la naturaleza
lamentable de sus acciones, pero tratan de darles un "sentido" político que las
haría, en su opinión, legítimas.
El recurso al terror, junto con el intento de su
justificación política ante la sociedad a la que se aterroriza, es lo que da un
carácter específico a la violencia terrorista que la distingue de otros tipos
de violencia.
6. La naturaleza del terrorismo es, por tanto, diversa de la
guerra o de la guerrilla. Esta diferencia ha sido reconocida por diversos
organismos internacionales que entienden que incluso en la guerra deben ser
perseguidos los actos terroristas [3][8]. Si las
acciones de guerra, nunca deseables, pueden ser reconocidas en algún caso como
respuesta legítima, cuando sean proporcionadas frente a la agresión injusta, el
terrorismo nunca podrá ser considerado como una forma de legítima defensa,
precisamente porque no es una respuesta proporcionada, sino el ejercicio
indiscriminado de la violencia contra toda clase de personas. Es, por
principio, una amenaza para todos, pues todos son, de hecho, considerados como
"culpables", y podrían ser sacrificados en aras de objetivos políticos
"superiores". De ahí que no se pueda aceptar de ningún modo la equiparación del
terrorismo a la acción de guerra. Tal equiparación no corresponde a la realidad
y no es justa.
7. El terrorismo es, también, diverso de la simple
delincuencia organizada. Las organizaciones terroristas suelen mantener
contactos con diversas agrupacionesdelictivas. Pero, mientras otros gruposde
delincuentes sólo tienen como fin el propio lucro, el terrorismo tiene
fundamentalmente una finalidad política que presenta como justificativa de sus
acciones, a las que trata de dar la mayor publicidad posible, a diferencia de
lo que hace la delincuencia ordinaria.
8. Dentro de la ideología marxista-revolucionaria, a la que se
adscriben muchos terrorismos, entre ellos el de ETA, es normal querer
justificar sus acciones violentas como la respuesta necesaria a una supuesta
violencia estructural anterior a la suya, ejercida por el Estado. A su juicio,
la violencia de Estado sería la violencia originaria, verdadera culpable de la
situación conflictiva, en la medida en que es anterior a todas las demás y
puede ser ejercida con más medios. Hay que denunciar sin ambages esta
concepción inicua, contraria a la moral cristiana, que pretende equiparar la
violencia terrorista con el ejercicio legítimo del poder coactivo que la
autoridad ejerce en el desempeño de sus funciones. A la vez se debe manifestar
también la inmoralidad de un posible uso de la fuerza por parte del Estado, al
margen de la ley moral y sin las garantías legales exigidas por los derechos de
las personas.
II. El objeto del juicio moral: terror criminal ideológico
9. Una vez definido el fenómeno del terrorismo, podemos constatar en
qué consiste su maldad específica y última, a saber: en atentar contra la vida,
la seguridad y la libertad de las personas, de forma alevosa e indiscriminada,
con el fin de llegar a imponer su proyecto político, presentando sus actos
criminales - el terror - como justificables por su interpretación ideológica
de la realidad. El terrorismo no niega que sus actividades sean violentas y
que están cargadas de consecuencias lamentables, pero las justifica como
necesarias en virtud de la supuesta grandeza del fin perseguido. Es una
explicación ideológica de la violencia criminal en el peor sentido de la
palabra "ideológica", es decir, encubridora de algo injustificable [4][9].
El terrorismo persigue la extensión del terror para producir una situación
de debilidad del orden político legítimo, que le permita imponer sus criterios
por la fuerza, a costa del atropello de los derechos humanos más elementales,
como son el derecho a la vida y a la libertad. Este fin no puede ser compartido
jamás.
10. Por todo ello, es muy importante calificar con precisión a una
organización como terrorista. A causa de la relevancia de la ideología
presente en toda asociación terrorista, estas agrupaciones se encaminana hacer
plausible una argumentación ideológica mediante la deformación del lenguaje,
usandoun discurso que, al ser difundido sistemáticamente, dificulta en gran
medida el análisis sereno de la realidad del terrorismo y el reconocimiento del
objeto moral en cuestión. Es necesario "dar a cada cosa su propio nombre"[5][10]
y hablar con claridad y precisión del terrorismo como de un problema específico
irreductible. Hay que tener una idea clara de lo que el terrorismo es para
poder hacerse un juicio adecuado sobre la moralidad del mismo.
III. Juicio moral sobre el terrorismo
11. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4, 9). Con esta frase Caín se niega a
aceptar la responsabilidad de la suerte de Abel y esconde la tragedia de un
asesinato que quiere ocultar. Si Adán buscó esconderse de Dios después de haber
pecado, Caín busca escapar de la responsabilidad ante su crimen. Un elemento
fundamental de la actividad terrorista es tratar de eludir el juicio moral de
sus acciones justificándolas ideológicamente. Esto se hace, en particular,
mediante el método que se denomina de la transferencia de la culpa, que
consiste en culpabilizar a quienes se oponen al terrorismo de ser los causantes
de la violencia que los terroristas mismos ejercen.
La Doctrina de la Iglesia nos da luz en este punto
y nos permite calificar netamente al terrorismo como una realidad perversa en
sí misma, que no admite justificación alguna apelando a otros males sociales,
reales o supuestos. Es más, hace posible que apreciemos hasta qué punto el
terrorismo es una estructura de pecado generadora ella misma de nuevos y graves
males.
a) El
terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable
12. El Magisterio de la Iglesia es unánime al declarar que el
terrorismo, tal como lo hemos definido anteriormente, es intrínsecamente
malo, y que, por tanto, no puede ser nunca justificado por ninguna
circunstancia ni por ningún resultado [6][11]. En este
sentido, volvemos a repetir la condena que hicimos en 1986, en la Instrucción
Pastoral Constructores de la paz:
"El terrorismo es intrínsecamente perverso, porque dispone arbitrariamente
de la vida de las personas, atropella los derechos de la población y tiende a
imponer violentamente el amedrentamiento, el sometimiento del adversario y, en
definitiva, la privación de la libertad social"[12].
El terrorismo merece la misma calificación moral
absolutamente negativa que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano
inocente, prohibida por la ley natural y por el quinto mandamiento del
Decálogo: no matarás (Ex 20, 13).
Los católicos saben que no pueden negar, o pasar por alto, este juicio sin
contradecir su conciencia cristiana y, en consecuencia, sin ir contra la lógica
de la comunión de la Iglesia [7][13].
Denunciar la inmoralidad del terrorismo forma parte de la misión de la
Iglesia como un modo de defender la dignidad de la persona en un asunto de la
máxima repercusión social. No se puede aceptar en el caso del terrorismo la
posibilidad reconocida por la Doctrina social de la Iglesia de la legitimidad
de una revolución violenta cuando se la considera el único medio de defensa
ante una injusta opresión sistemática y prolongada [8][14].
13. La calificación moral del terrorismo,
absolutamente negativa, se extiende, en la debida proporción, a las acciones u
omisiones de todos aquellos que, sin intervenir directamente en la comisión de
atentados, los hacen posibles, como a quienes forman parte de los comandos
informativos o de su organización, encubren a los terroristas o colaboran con
ellos; a quienes justifican teóricamente sus acciones o verbalmente las
aprueban. Debe quedar muy claro que todas estas acciones son objetivamente un
pecado gravísimo que clama al cielo(Gn
4, 10)[9][15].
El llamado "terrorismo de baja intensidad" o "kale borroka" merece
igualmente este juicio moral negativo. En primer lugar, porque sus agentes
actúan movidos por las mismas intenciones totalitarias del terrorismo
propiamente dicho. En segundo lugar, porque las actuaciones de este terrorismo
de baja intensidad están frecuentemente coordinadas con las del terrorismo de
ETA, ya que en la lucha callejera se preparan sus futuros agentes, como
demuestra la experiencia, y con ella se destruye abusivamente el patrimonio
común, se perturba la paz de los ciudadanos y se amenaza su seguridad y
libertad. Ninguna consideración puede justificar esta forma de violencia,
mantenida artificialmente, con el fin de sostener la influencia del terrorismo
y extender socialmente sus ideas.
14. La presencia de razones políticas en las raíces
y en la argumentación del terrorismo no puede hacer olvidar a nadie la dimensión
moral del problema. Es ésta la que debe guiar e iluminar a la razón
política al afrontar el problema del terrorismo. El olvido de la dimensión
moral es causa de un grave desorden que tiene consecuencias devastadoras para
la vida social. Siempre existirán pretendidas o reales razones políticas
que resulten capaces de seducir el juicio de algunos presentando como
comprensible e incluso plausible el recurso al terrorismo. Pero lo que es
necesario aclarar es que nunca puede existir razón moral alguna para el
terrorismo. Quien, rechazando la actuación terrorista, quisiera servirse del
fenómeno del terrorismo para sus intereses políticos cometería una gravísima
inmoralidad. Esto supondría aceptar una vez más el principio inmoral: "El fin
justifica cualquier medio"(cf. Rm 3, 8)
[10][16].
15. Tampoco es admisible el silencio sistemático ante el
terrorismo. Esto obliga a todos a expresar responsablemente el rechazo y la
condena del terrorismo y de cualquier forma de colaboración con quienes lo
ejercitan o lo justifican, particularmente a quienes tienen alguna
representación pública o ejercen alguna responsabilidad en la sociedad. No se
puede ser "neutral" ante el terrorismo. Querer serlo resulta un modo de
aceptación del mismo y un escándalo público. La necesidad moral de las condenas
no se mide por su efectividad a corto ni largo plazo, sino por la obligación
moral de conservar la propia dignidad personal y la de una sociedad agredida y
humillada.
b) El
terrorismo es una "estructura de pecado"
16. Al emitir el juicio de moralidad sobre el terrorismo, es
necesario precisar - como hemos hecho - que se trata de un acto intrínsecamente
perverso. Pero con esta afirmación no está aún suficientemente explicitada la
maldad moral del terrorismo.
La
multiplicación y continuidad de acciones criminales, el intento de
justificarlas mediante la propaganda política y la transferencia de la culpa,
que pretende presentar tales acciones como respuesta a una violencia
originaria, dan lugar a una estructura de violencia moralmente perversa. Esta
conjunción entre el terror y la ideología va más allá de las acciones
criminales concretas que los terroristas perpetran. Además, persigue y,
desgraciadamente, consigue con frecuencia, una perversión sistemática
de las conciencias. Por tanto, al hablar del terrorismo
debemos entenderlo como una estructura de pecado. "Las "estructuras
de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus
víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un pecado
social" [11][17]. Siguiendo la doctrina de Juan Pablo
II, una estructura de pecado es el resultado de una efectiva intención de
alcance social que se dirige no sólo a la comisión de actos intrínsecamente
malos, sino que busca la deformación generalizada de las conciencias para la
extensión de su maldad de modo estable. O, en palabras del propio Papa,
estructura de pecado es:
"la suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera
conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, y
parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar"
[12][18].
17. Más en concreto, se pueden aplicar al terrorismo las siguientes
afirmaciones de Juan Pablo II, referidas a la "cultura de la muerte",
reiteradamente denunciada por él. La maldad del terrorismo no se circunscribe
sólo a los actos que realiza,
"también se cuestiona, en cierto sentido, la ′conciencia moral′ de
la sociedad. Ésta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o
favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la
"cultura de la muerte", llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas
"estructuras de pecado" contra la vida. La conciencia moral, tanto individual
como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos
medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y mortal, el de la
confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho
fundamental a la vida" [13][19].
La presencia
del terrorismo difunde en su entorno una verdadera "cultura de la muerte" en la
medida en que desprecia la vida humana, rompe el respeto sagrado a la vida de
las personas, cuenta con la muerte injusta y violenta de personas inocentes
como un medio provechoso para conseguir unos fines determinados e impulsar de
este modo un falso desarrollo de la sociedad. La vida humana queda así
degradada a un mero objeto, cuyo valor se calcula en relación con otros bienes
supuestamente superiores [14][20].
En
definitiva, el terrorismo es un rostro cruel de la "cultura de la muerte" que
desprecia la vida humana por pretender el poder "a cualquier precio" [15][21],
y que coloniza las conciencias instalándose en ellas como si se tratara de un
modo normal y humano de ver las cosas.
c) La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos
18. El terrorismo busca dos efectos directos y negativos en la
sociedad: el miedo y el odio. El miedo debilita a las personas. Obliga a
muchos a abdicar de sus responsabilidades, al convertirse en objeto de posibles
acciones violentas. No nos referimos sólo a los asesinatos, sino también a las
amenazas, insultos y actos violentos que hacen imposible en la vida cotidiana
la convivencia en paz y libertad, hasta el extremo de comprometer la propia
legitimidad de los procedimientos democráticos. No pocos son víctimas de una
espiral de terror o de extorsión económica, soportadas dolorosamente. Ceder al
chantaje de la violencia, por temor, lleva a la sociedad (individuos, grupos,
instituciones, partidos políticos) a no enfrentarse con suficiente claridad al
terrorismo y a su entorno, de forma que los terroristas monopolizan, con
frecuencia, el dinamismo de la vida social y el significado político de algunos
acontecimientos. Además, se llega a aceptar como inevitables violencias menores
que extienden el clima de crispación y confrontación.
19. El miedo favorece el silencio. En una sociedad en la que
la violencia y su presencia cercana acumulan la tensión, determinados asuntos
no pueden abordarse en público por miedo a graves consecuencias. Esto se nota
sobre todo en el uso tergiversado del lenguaje. El peor de los silencios es el
que se guarda ante la mentira [16][22],
pues tiene un enorme poder de disolver la estructura social. Un cristiano
no puede callar ante manipulaciones manifiestas. La cesión permanente ante la
mentira comporta la deformación progresiva de las conciencias.
20. Junto con el miedo, el terrorismo busca intencionadamente
provocar y hacer crecer el odio para alimentar una espiral de violencia
que facilite sus propósitos [17][23]. En primer lugar, atiza el odio en
su propio entorno, presentando a los oponentes como enemigos peligrosos.
Fomenta con insistencia el recuerdo de los agravios sufridos y exagera las
posibles injusticias padecidas. Ya se sabe que presentar un enemigo a quien
odiar es un medio eficaz para unir fuerzas, por un sentido grupal de defensa en
común.
En este
contexto, la legítima represión de los actos de terrorismo por parte del Estado
es interpretada como una opresión insufrible de un poder violento o de una
potencia extranjera. Por el contrario, la verdad que debemos recordar es que la
autoridad legítima debe emplear todos los medios justos y adecuados para la
defensa de la convivencia pacífica frente al terrorismo.
21. Más allá de su propio entorno, los terroristas tratan también de
provocar el odio de quienes consideran sus enemigos, con el fin de desencadenar
en ellos una reacción inmoderada que les sirva de autojustificación y les
permita continuar con su estrategia de extensión del terror y de transferencia
de la culpa.
La
espiral del odio y del terror se manifiesta, en particular, en sensibilidades
exacerbadas a las que les es difícil hacer un análisis de la realidad. Genera
así un clima de crispación en el que cualquier detalle hace surgir una
respuesta violenta, también la violencia verbal. La implantación del odio y de
la tensión en la vida social es, evidentemente, un triunfo notable del
terrorismo. Reaccionar con odio indiscriminado frente a los crímenes de ETA, en
la medida en que divide a la sociedad en bandos enfrentados e irreconciliables,
es favorecer los fines de los terroristas, aceptar sus tesis del conflicto
irremediable, preparar y facilitar la aceptación y el reconocimiento de las
pretensiones rupturistas.
22. Otra consecuencia perniciosa de la espiral del odio y del miedo
que el terrorismo genera es la "politización" perversa de la vida social, es
decir, la consideración de la vida social únicamente en función de intereses de
poder. De este modo la tensión se extiende a los hechos más nimios de la vida
cotidiana: todo resulta relevante para la descalificación de aquellos cuya
opción política no coincida con los planteamientos auspiciados por los
terroristas. Esta presión del día a día juega un papel decisivo en la
deformación de las conciencias que conduce a relativizar el juicio moral que el
terrorismo merece.
Un
aspecto especialmente importante en el que se evidencia esta perversa
"politización" es el olvido que, con frecuencia, sufren las víctimas del
terrorismo y su drama humano. Atender a las personas golpeadas por la violencia
es un ejercicio de justicia y caridad social y un camino necesario para la paz.
Tampoco los presos por terrorismo dejan de ser objeto de una "politización"
ideológica que oscurece su problema humano. La Iglesia reconoce sin ambages la
legitimidad de las penas justas que se les imponen por sus crímenes, a la vez
que defiende, con no menos fuerza, el respeto debido a su dignidad personal
inamisible.
23. El terrorismo se muestra como una "estructura
de pecado", y es una cultura, un modo de pensar, de sentir y de actuar, aun en
los aspectos más corrientes del vivir diario, incapaz de valorar al hombre como
imagen de Dios (cf. Gn 1, 27; 2, 7). Y
cuando esa cultura arraiga en un pueblo, todo parece posible, aun lo más
abyecto, porque nada será sagrado para la conciencia.
Al pronunciar nuestro juicio moral queremos mostrar que es posible una
valoración neta y definitiva del terrorismo, por encima de las circunstancias
coyunturales de un momento histórico.
IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como "terrorismo"
24. Una primera aproximación a ETA muestra la complejidad del
fenómeno. El grupo denominado ETA es una asociación terrorista, de ideología
marxista revolucionaria, inserta en el ámbito político-cultural de un
determinado nacionalismo totalitario que persigue la independencia del País
Vasco por todos los medios. Si se desea acertar en la valoración moral de ETA,
será necesario tener en cuenta esta realidad en su totalidad.
25. ETA manifiesta una hiriente crueldad en toda su actividad. En la
memoria de todos están los casos de secuestros y de asesinatos a sangre fría y
a plazo marcado, así como agresiones y crímenes contra personas de toda índole
y condición. No se trata de "errores de cálculo" ni de casos que se les hayan
"ido de las manos". Tampoco podemos admitir que la diversificación de las
víctimas suponga que algunas de ellas fueran "justos objetivos militares",
mientras que otras serían tan sólo efectos colaterales indeseados.
La crueldad de ETA sirve siempre a la estrategia terrorista que hemos
descrito y calificado más arriba: la implantación del terror al servicio de una
ideología en toda la sociedad y la creación de una espiral de muerte, de odio y
de miedo reactivo y adormecedor de las conciencias.
Aplicando
a ETA y a otras organizaciones con similares características ideológicas el
calificativo moral de "terrorista", afirmamos que son intrínsecamente perversas
en cuanto organización, ya que su modo de juzgar la realidad, la dirección de
sus acciones y su estructura interna, están orientados a la provocación y
difusión del terror.
V. El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA
26. La presente Instrucción Pastoral no pretende ofrecer un juicio de
valor sobre el nacionalismo en general. Nos ceñimos al juicio moral del
nacionalismo totalitario en la medida en que constituye el trasfondo del
terrorismo de ETA. No es posible desenmascarar, en efecto, la malicia de ETA
sin ofrecer una clarificación moral sobre el trasfondo político-cultural del
terrorismo etarra y su incidencia en la convivencia entre los pueblos de
España.
27. "La nación - dice Juan Pablo II - es la gran comunidad de los
hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente,
por la cultura" [18][24]. Ahora bien, las culturas no son
nunca de por sí compartimentos estancos, y deben ser capaces de abrirse unas a
otras. Están constituidas ya de antemano a base del rico intercambio del
diálogo histórico entre ellas. Todas necesitan dejarse impregnar por el
Evangelio [19][25].
28. Las naciones, en cuanto ámbitos culturales del desarrollo de las
personas, están dotadas de una "soberanía" espiritual propia y, por tanto, no
se les puede impedir el ejercicio y cultivo de los valores que conforman su
identidad [20][26]. Esta "soberanía" espiritual de las
naciones puede expresarse también en la soberanía política, pero ésta no es una
implicación necesaria. Cuando determinadas naciones o realidades nacionales se
hallan legítimamente vinculadas por lazos históricos, familiares, religiosos,
culturales y políticos a otras naciones dentro de un mismo Estado no puede
decirse que dichas naciones gocen necesariamente de un derecho a la soberanía
política [21][27].
29. Las naciones, aisladamente consideradas, no gozan de un derecho
absoluto a decidir sobre su propio destino. Esta concepción significaría, en el
caso de las personas, un individualismo insolidario. De modo análogo, resulta
moralmente inaceptable que las naciones pretendan unilateralmente una
configuración política de la propia realidad y, en concreto, la reclamación de
la independencia en virtud de su sola voluntad. La "virtud" política de la
solidaridad, o, si se quiere, la caridad social, exige a los pueblos la
atención al bien común de la comunidad cultural y política de la que forman parte.
La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de
autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión
injusta, pero no en el de una secesión [22][28].
30. En consecuencia, no es moral cualquier modo de propugnar la
independencia de cualquier grupo y la creación de un nuevo Estado, y en esto la
Iglesia siente la obligación de pronunciarse ante los fieles cristianos y los
hombres de buena voluntad [23][29]. Cuando la voluntad de independencia
se convierte en principio absoluto de la acción política y es impuesta a toda
costa y por cualquier medio, es equiparable a una idolatría de la propia
nación que pervierte gravemente el orden moral y la vida social [24][30].
Tal forma inmoderada de "culto" a la nación es un riesgo especialmente grave
cuando se pierde el sentido cristiano de la vida y se alimenta una concepción
nihilista de la sociedad y de su articulación política. Dicha forma de "culto"
está en relación directa con el nacionalismo totalitario y se encuentra en el
trasfondo del terrorismo de ETA.
31. Por nacionalismo se entiende una determinada opción
política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación
el eje de sus actividades. La Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos [25][31],
acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma
moral y a las exigencias del bien común. Se trata de una opción que, en
ocasiones, puede mostrarse especialmente conveniente. El amor a la propia
nación o a la patria, que es necesario cultivar, puede manifestarse como una
opción política nacionalista.
La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción política, no
puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la
moral y de la justicia, y debe evitar un doble peligro: el primero,
considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la
nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y
menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales.
Los
nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas, deben estar ordenados
al bien común de todos los ciudadanos, apoyándose en argumentos verdaderos y
teniendo en cuenta los derechos de los demás y los valores nacidos de la
convivencia.
32. Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo
degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de
reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las
aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que
absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este
nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas ocasiones [26][32].
El nacionalismo en que se fundamenta la asociación terrorista ETA no cumple
las condiciones requeridas para su legitimidad moral, puesto que necesita
absolutizar sus objetivos para justificar sus acciones terroristas; pretende
imponer por la fuerza sus propias convicciones políticas atropellando la
libertad de los ciudadanos; y llega a eliminar a los que tienen otras legítimas
opciones políticas. Por todo ello, el nacionalismo de ETA es un nacionalismo
totalitario e idolátrico.
El nacionalismo totalitario de ETA considera un valor absoluto el "pueblo
independiente, socialista y lingüísticamente euskaldún", todo ello
además interpretado ideológicamente en clave marxista, ideología a la cual ETA
somete todos los demás valores humanos, individuales y colectivos,
menospreciando la voluntad reiteradamente manifestada por la inmensa mayoría de
la población.
33. La organización terrorista ETA enarbola la causa de la libertad y
de los derechos del País Vasco, al que presenta como una nación sojuzgada y
anexionada a la fuerza por poderes extranjeros de los que sería preciso
liberarla. Ésta es la causa que considera como supuestamente justificadora del
terror que practica. Sin embargo, el nacionalismo de ETA y de sus colaboradores
ignora que todo proyecto político, para merecer un juicio moral positivo, ha de
ponerse al servicio de las personas y no a la inversa. Es decir, que la justa
ordenación de las naciones y de los Estados nunca puede constreñir ni vulnerar
los derechos humanos fundamentales, sino que los tutela y los promueve. De modo
que no es moralmente aceptable ninguna concepción para la cual la nación, el
Estado o las relaciones entre ambos se pongan por encima del ejercicio integral
de los derechos básicos de las personas.
La
pretensión de que a toda nación, por el hecho de serlo, le corresponda el
derecho de constituirse en Estado, ignorando las múltiples relaciones
históricamente establecidas entre los pueblos y sometiendo los derechos de las
personas a proyectos nacionales o estatales impuestos de una u otra manera por
la fuerza, dan lugar a un nacionalismo totalitario, que es incompatible con la
doctrina católica.
34. Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el
Magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado [27][33].
A diferencia de la nación, el Estado es una realidad primariamente política;
pero puede coincidir con una sola nación o bien albergar en su seno varias
naciones o entidades nacionales. La configuración propia de cada Estado es
normalmente fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no
pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio
de intereses particulares.
35. España es fruto de uno de estos complejos procesos históricos.
Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la
soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación
podría acarrear, no sería prudente ni moralmente aceptable.
La
Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la
convivencia. Recientemente, los obispos españoles afirmábamos: "La Constitución
de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto
maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia
de un futuro de convivencia armónica entre todos" [28][34].
Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe
hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico.
Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de
una determinada voluntad de poder, local o de cualquier otro tipo, es
inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad
pluricentenaria.
Conclusión
La esperanza no defrauda
(Rm 5, 5)
36. Hemos de obedecer a Dios antes que a los
hombres (Hch 4, 19). Con esta
libertad hablaban los primeros cristianos ante los jueces que les imponían
silencio. Actuaban como personas realmente liberadas por Cristo del pecado, y
por eso no se sentían atemorizados por nadie ni por nada: ni por los poderosos,
ni siquiera por la muerte. Hemos querido escribir esta Instrucción con esa
misma libertad. Deseamos animar así a todos los cristianos a ejercer la
libertad para la que Cristo nos ha liberado (cf. Ga 5, 1).
37. En el mundo tendréis tribulaciones. Pero,
¡ánimo!, yo he vencido al mundo (Jn
16, 33). Las dificultades para acabar con el terrorismo y construir la paz
son grandes. Los poderes que se hallan implicados en este grave problema, así
como los sentimientos de rencor y confrontación que siguen provocando hacen de
la solución del mismo un asunto tan arduo como urgente. Ante los signos
persistentes de tensión social y de dificultad de convivencia, la Iglesia
propone una verdad moral insoslayable. No será fácilmente comprendida por
algunos. Pero sin la verdad no será posible la paz. Además, es necesario que
todos nos comprometamos en la construcción de la paz. Construir la paz es tarea
de todos y de cada uno [29][35]. Hacemos un llamamiento especial a
los educadores (padres, catequistas, profesores y maestros) para que pongan
todo su empeño en la noble tarea de formar a las generaciones más jóvenes,
advirtiéndoles de la maldad del terrorismo y animándoles a construir una
sociedad donde se vivan los principios morales que garanticen el respeto
sagrado a la persona.
38. La primera responsabilidad de la Iglesia es anunciar que sólo en
Jesucristo encuentra el hombre la salvación plena. Educar para la paz que nace
del encuentro con el Señor y con la Iglesia es una tarea urgente, especialmente
entre los más jóvenes. Así como donde anida la semilla de la ideología
terrorista se esteriliza la vida cristiana, donde, en cambio, crece y madura la
pertenencia a la Iglesia de Jesucristo prevalece el amor a los demás, el deseo
sincero de paz y de reconciliación. La pertenencia a la Iglesia y la educación
en la fe no son maduras mientras no se expresen en un discernimiento moral
acertado de situaciones tan graves como la del terrorismo. Este discernimiento
es una muestra del vigor y coherencia de la fe profesada.
39. Ante el terrorismo de ETA, la Iglesia proclama de nuevo la
necesidad de la conversión de los corazones como el único camino para la
verdadera paz [30][36]. La valoración moral que hemos
propuesto se ha de comprender dentro de esta llamada explícita a la conversión,
que es sólo posible una vez reconocida la maldad intrínseca del terrorismo y
una vez gestada la voluntad expresa de reparar los perniciosos efectos que
causa su actividad.
40. Ante cualquier problema entre personas o grupos humanos, la
Iglesia subraya el valor del diálogo respetuoso, leal y libre como la forma más
digna y recomendable, para superar las dificultades surgidas en la convivencia.
Al hablar del diálogo no nos referimos a ETA, que no puede ser considerada como
interlocutor político de un Estado legítimo, ni representa políticamente a
nadie, sino al necesario diálogo y colaboración entre las diferentes
instituciones sociales y políticas para eliminar la presencia del terrorismo,
garantizar firmemente los legítimos derechos de los ciudadanos y perfeccionar,
en lo que sea necesario, las formas de organizar la convivencia en libertad y
justicia.
41. La Iglesia en España, reconociendo y agradeciendo el esfuerzo de
todos los que trabajan por una mejor convivencia, ofrece su contribución a esta
tarea llevando a cabo las acciones específicas de su misión pastoral. En cuanto
depositaria y administradora de los bienes de la salvación, que ha recibido de
su Señor, corresponde a la Iglesia sanar las enfermedades morales que provoca
el fenómeno terrorista. En el sacramento de la Eucaristía, de modo especial,
los cristianos se encuentran con Cristo, quien los introduce en su comunión,
escuela de caridad sin fronteras, de paz inquebrantable y de reconciliación de
los hombres entre sí y con Dios. Las comunidades cristianas, encontrando su
fuerza en la Eucaristía, deben ofrecerse como centros de comunión de las
personas, donde se rechace sin equívocos el terrorismo, y donde se comparta la
fe capaz de abrir a quienes la profesan a la fraternidad entre los hombres y
entre los pueblos, con una cercanía, ayuda y solidaridad especial con las
víctimas del terrorismo.
42. Entre las primera obligaciones de los cristianos y de sus
comunidades se encuentra este acompañamiento y atención pastoral de las
víctimas del terrorismo. Es una exigencia de justicia y de caridad estar a
su lado y atender las necesidades y justas reclamaciones de las personas y de
las familias que han sufrido el zarpazo del terrorismo. Sentimos como propia la
preocupación de los que viven en un estado constante de amenaza o de presión
violenta, conscientes de que ignorar la realidad de las ofensas padecidas es
pretender un proceso ilusorio, incapaz de construir una convivencia en paz.
43. La Iglesia, además, guiada por el Espíritu de Jesucristo, se sabe
necesitada siempre de la gracia, y acude constantemente a la fuente de la
misericordia y del perdón, que es Dios. Al mismo tiempo, invita continuamente a
ofrecer y recibir el perdón, consciente de que "no hay paz sin justicia,
no hay justicia sin perdón" [31] [37]. El perdón no se contrapone a la
justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de
reparación del orden violado. Por el contrario, el perdón conduce a la plenitud
de una justicia que pretende la curación de la heridas abiertas [32]
[38]. El perdón que puede alcanzar la paz verdadera es un don de Dios, por eso
se ha de pedir en la oración:
"La oración por la paz no es un elemento que "viene después" del compromiso
por la paz. Al contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la
edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por
la paz significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de
Dios" [33] [39].
No puede
haber una pastoral de la paz sin momentos fuertes de oración, personales y
comunitarios.
44. La esperanza no defrauda (Rom 5, 5). Ésta es la convicción
que mueve a la Iglesia. Nuestra esperanza descansa en la misericordia de Dios,
único capaz de tocar el corazón de los hombres, infundiéndoles sentimientos de
paz. "La esperanza que sostiene a la Iglesia es que el mundo, donde el poder
del mal parece predominar, se transforme realmente, con la gracia de Dios en un
mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano;
un mundo en el que prevalezca la verdadera paz" [34]
[40].
Convocamos, una vez más, a los que han recibido el don de la fe a la oración
pública y privada por la paz; a la oración por las víctimas del terrorismo y
por sus familiares, y por los propios terroristas; a la oración para que Dios
otorgue sabiduría y fortaleza a los gobernantes en sus decisiones y acciones; a
la oración por la conversión de los corazones.
"Que se eleve desde el corazón de cada creyente, de manera más intensa,
la oración por todas las víctimas del terrorismo, por sus familias afectadas
trágicamente y por todos los pueblos a los que el terrorismo y la guerra
continúan agraviando e inquietando. Que no queden fuera de nuestra oración
aquellos mismos que ofenden gravemente a Dios y al hombre con estos actos sin
piedad: que se les conceda recapacitar sobre sus actos y darse cuenta del mal
que ocasionan, de modo que se sientan impulsados a abandonar todo propósito de
violencia y buscar el perdón. Que la humanidad, en estos tiempos azarosos,
pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz que sólo puede nacer del
encuentro de la justicia con la misericordia" [35]
[41].
En este
"Año del Rosario", ponemos nuestra oración, con filial devoción, en las manos
de la Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra, invocándola como Reina de
la paz, para que Ella nos conceda pródigamente los dones de su materna bondad y
nos ayude a ser una sola familia, en la solidaridad y en la paz.
NOTAS:
[36][1] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium
et spes, 1.
[37][2] Ya Pablo VI (Audiencia General,
27.9.1975) había condenado expresamente el terrorismo en España. Juan Pablo II
lo ha hecho repetida y enfáticamente: antes de su Visita pastoral de 1982, dos
veces durante aquel viaje - primero en Toledo (4.11.1982) y luego en Loyola
(6.11.1982) - y, entre otros muchos momentos, con ocasión del Encuentro de
Oración por la Paz de Vitoria-Gasteiz (13.1.2001).
[38][3] Recordamos sólo algunas de estas
intervenciones: de la Asamblea Plenaria, Ante el momento presente
(1974); "La Verdad os hará libres" (Jn
8, 32) (1990); Moral y sociedad democrática (1996); La
fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (1999). De la
Comisión Permanente, Reconciliación, repudio a la violencia e Iglesia
sociedad-civil (1975); Nota sobre algunas situaciones que vive el país
(1975); Nota ante la actual situación española (1977); La
responsabilidad moral del voto (1979); Comunicado por causa de los
"atentados terroristas que se repiten casi a diario entre nosotros" (1979);
Ante el terrorismo y la crisis del país (1981); Constructores de la
Paz (1986); Impulsar una nueva evangelización (1990). Son
importantes también las intervenciones de los Presidentes de la Conferencia
Episcopal en sus discursos inaugurales de diversas Asamblea Plenarias, como las
siguientes: XXX (1978); XXXII (1979); XXXIV (1981); LIII (1990); LXIII (1995);
LXXIV y LXXV (2000); LXXVI y LXXVII (2001); LXXVIII (2002). Se pueden encontrar
también otras intervenciones sobre este tema en: J.F. Serrano Oceja (Ed.), La
Iglesia frente al terrorismo de ETA, Presentación del Card. A. Mª. Rouco
Varela y Epílogo de Mons. F. Sebastián Aguilar, B.A.C., Madrid 2001, XXXIV +
823 pp.
[39][4] Cf. Conferencia Episcopal Española, Una
Iglesia esperanzada. ¡Mar adentro! (Lc 5,
4), Plan Pastoral 2002-2005, 58. 78, Edice, Madrid 2001, 39. 50-51.
[40][5] Cf. Nota de Prensa de la CLXXXIX
Reunión de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española
(19.6.2002).
[41][6]Juan Pablo II recuerda en su Carta
Encíclica Veritatis
splendor que la determinación de la moralidad de los actos por
su objeto es uno de los servicios específicos que la Iglesia presta al mundo.
No hay otro camino para evitar la gran confusión que lleva consigo la
mentalidad utilitarista o consecuencialista, cuando justifica fácilmente como mal
menor cualquier efecto que conduzca al fin deseado; cf. Juan Pablo II,
Carta Encíclica Veritatis
splendor, 83.
[42][7]Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis,
24; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2297.
[43][8]Ya el 16 de noviembre de 1937 por la
Convención de Ginebra y por la ONU con la Declaración del 18 de diciembre de
1972.
[44][9] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo
rei socialis, 24.
[45][10] Cf. San Jerónimo, Epístola,
82, 2 (Copus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum LV, 109, 6).
[46][11] Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, 2297; cf.
Juan Pablo II, Mensaje en el Aniversario del 11-S, (14.9.2002).
[47][12]Comisión Permanente de la Conferencia
Episcopal Española, Instrucción Pastoral Constructores de la paz, 96,
Edice, Madrid 1986, 55; cf. Juan Pablo II, Homilía en Drogheda (Irlanda)
(29.9.1979).
[48][13]Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica, Evangelium vitae, 57,
afirmación que goza de la calificación de doctrina de fe divina y católica; cf.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal aclaratoria de la
fórmula conclusiva de la profesión de fe (29.VI.1998), 5 y 11: Ecclesia
2.902 (18. VII. 1998) 1086-1089.
[49][14]Cf. Pablo VI, Carta Encíclica Populorum
progressio 31; cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis
conscientiae, 79.
[50][15] Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, 1867.
[51][16] Cf. Juan Pablo II, Carta
Encíclica Veritatis splendor, 80.
[52][17] Catecismo de la Iglesia Católica,
1869.
[53][18]Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo
rei socialis, 36; Id.,
Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia, 16.
[54][19]Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium
vitae, 24.
[55][20]El Papa Juan Pablo II ha recordado
cómo del olvido de Dios se sigue el desprecio de la vida humana; Carta
Encíclica Evangelium vitae, 22:"...
cuando se pierde el sentido de Dios, también el sentido del hombre queda
amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente el Concilio Vaticano II:
"La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la
propia criatura queda oscurecida" [Constitución Pastoral Gaudium et spes,
36]. El hombre no puede ya
entenderse como "misteriosamente otro" respecto a las demás criaturas terrenas;
se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo
sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado en el
restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a "una cosa",
y ya no percibe el carácter trascendente de su "existir como hombre". No
considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad "sagrada"
confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su
"veneración". La vida llega a ser simplemente "una cosa", que el hombre
reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable".
[56][21]Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo
rei socialis, 37.
[57][22] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis
splendor, 1.
[58][23] Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo
Diplomático (12.1.1979): "vencer el virus de la violencia manifestado en
formas de terrorismo y represalias invita a desterrar el odio".
[59][24] Juan Pablo II, Discurso en la
Sede de la UNESCO (2.6.1980), 14.
[60][25] Cf. Juan Pablo II, Carta EncíclicaRedemptoris
missio, 37.
[61][26]Cf. Juan Pablo II, Discurso a la
Asamblea General de las Naciones Unidas (5.10.1995), 8: "El derecho a la
propia lengua y cultura, mediante las cuales un pueblo expresa y promueve lo
que llamaría su originaria "soberanía" espiritual. ... Toda nación tiene también
consiguientemente derecho a modelar su vida según las propias tradiciones,
excluyendo, naturalmente, toda violación de los derechos humanos fundamentales,
y, en particular, la opresión de las minorías. Cada nación tiene el derecho de
construir el propio futuro proporcionando a las generaciones más jóvenes una
educación adecuada".
[62][27]Cf. Juan Pablo II, Discurso al
Cuerpo Diplomático (14.1.1984), 3-4: "En cambio, países soberanos que hace
mucho tiempo que son independientes, o que lo son desde hace poco, se ven
amenazados alguna vez en su integridad por la contestación interior de una
parte que hasta llega a considerar o bien a pedir una secesión. Los
casos son complejos y muy diversos y cada uno de ellos pediría un juicio
diferente, según una ética que tenga en cuenta a la vez los derechos de las
naciones, fundados en la cultura homogénea de los pueblos, y los derechos
de los Estados a su integridad y soberanía. Deseamos que más allá de las
pasiones -y de todas maneras evitando la violencia-, se llegue a formas
políticas bien articuladas y equilibradas que sepan respetar las
particularidades culturales, étnicas, religiosas y, en general los derechos de
las minorías". Cf. también Catecismo de la Iglesia Católica, 2239.
[63][28] Cf. Juan Pablo II, Ibidem.
[64][29] Basta recordar en este sentido la
intervención de Juan Pablo II y de la Conferencia Episcopal Italiana expresando
su estima por la unidad del Estado italiano y criticando las actitudes que
disgregan la unidad social; cf. Lettera ai vescovi italiani circa le
responsabilità dei cattolici di fronte alle sfide dell´attuale momento storico
(6.1.1994). Cf. Comunicato della Presidenza della CEI, 30-VI-1992.
Notiziario CEI 5/1992, pp. 183-186; cf. Juan Pablo II, Discurso ante el
Parlamento de Italia (14.11.2002).
[65][30]Pio XI, Carta Encíclica Mit
brennender Sorge, 12: "Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma
determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros
elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un
puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala
de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores
religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el
orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una
concepción de la vida conforme a ésta".
[66][31] Cf. Juan XXIII, Carta Encíclica Mater
et Magistra, 262.
[67][32]Empezando por Pío XI en el ambiente
prebélico: cf. Pío XI, Carta Encíclica Ubi arcano (23.12.1922), 12; Id.,
Discurso a la Curia Romana (24.12.1930); Id. Carta Encíclica Mit
brennender Sorge (14.3.1937); Id., A los alumnos de Propaganda fide
(21.8.1938).
[68][33]Cf. Pío XII, Radiomensaje al
Pueblo helvético (21.9.1949): "En nuestra época, en la que el concepto de
nacionalidad del Estado, exagerado a menudo hasta la confusión, hasta la
identificación de las dos nociones, tiende a imponerse como dogma"; cf.
también: Juan Pablo II, Discurso en la Sede de la UNESCO (2.6.1980), 14;
Id., Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (5.10.1995),
8: "teniendo en cuenta la dificultad de definir el concepto mismo de "nación",
que no se identifica a priori y necesariamente con el de Estado".
[69][34]Conferencia Episcopal Española, La
fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (26.11.1999), 7,
Edice, Madrid 1999; Comunicado de la Conferencia Episcopal Española
(28.2.1981), Amenaza a la normalidad constitucional. Llamada a la esperanza,
2: "Es de todo punto necesario recuperar la conciencia ciudadana y la confianza
en las instituciones, todo ello en el respeto de los cauces y principios que el
pueblo ha sancionado en la Constitución".
[70][35] Cf. Juan Pablo II, Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz de 1998, 7.
[71][36] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo
Rei Socialis, 38.
[72][37] Cf. Juan Pablo II, Mensaje
para la Jornada Mundial de la Paz de 2002.
[73][38] Cf. Juan Pablo II, Ibidem 3.
[74][39] Cf. Juan Pablo II, Ibidem 14.
[75][40] Juan Pablo II, Ibidem 1.
[76][41] Juan Pablo II, Ibidem 15;cf. también
las invitaciones del Papa en los Mensajes anuales con ocasión de la Jornada
mundial de la Paz.