CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA
MENSAJE CON
OCASIÓN DEL
X ANIVERSARIO DE LA EVANGELIUM VITAE
«La vida humana don precioso de Dios»
«El evangelio de la vida está en el centro del
mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con
intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y
culturas» (Evangelium vitae 1).
LA PROCLAMACIÓN
DEL EVANGELIO DE LA VIDA
Hace diez años, el 25 de marzo de 1995, el Papa
Juan Pablo II publicaba su encíclica Evangelium
Vitae. La Iglesia, que desde los tiempos apostólicos proclama
constantemente el valor de la vida humana, se esfuerza cada día con más
intensidad para defenderla y atender a los más necesitados.1 En este
servicio a la vida, la encíclica Evangelium
Vitae ha supuesto un hito importante.
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1. A lo largo de la historia han surgido innumerables instituciones para la
atención de los huérfanos, ancianos abandonados, enfermos, disminuidos…, como
Cáritas, y obras como las de la beata Teresa de Calcuta o las recientemente
canonizadas Genoveva Torres y Ángela de la Cruz.
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En continuidad con las enseñanzas del Papa Juan
Pablo II, nosotros, Pastores del «Pueblo de la Vida», damos gracias a Dios
Padre por el don de la vida. En la plenitud de los tiempos nos envió a su Hijo
nacido de la Virgen María, para que los hombres tengamos vida en abundancia;
una «vida nueva y eterna, que consiste en la comunión con el Padre, a la que
todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador»
(EV 1).
Con ocasión de este aniversario, y siguiendo la
recomendación de la LXXXI Asamblea Plenaria,2 invitamos a que la
Solemnidad de la Encarnación —que este año 2005 se celebra el 4 de abril— se
celebre oportunamente con diversas iniciativas que sirvan para que el aprecio y
respeto de la vida, centro del mensaje de la Evangelium Vitae, sea conocido y
anunciado en nuestras Iglesias.
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2. «La Conferencia episcopal española insta a los fieles católicos a
promover, en el día 25 de marzo de cada año, acciones en defensa de la
dignidad, sacralidad y respeto de la vida humana, uniéndose a todas las
personas de buena voluntad en la promoción de la “cultura de la vida”. Se
encarga a la subcomisión episcopal para la familia y defensa de la vida de la
Conferencia episcopal española la animación, coordinación y seguimiento de esta
iniciativa» (LXXXI asamblea plenaria de la Conferencia episcopal española,
17-21 de noviembre de 2003).
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VALOR DE LA VIDA
HUMANA
Universalmente, todas las culturas han reconocido
el valor y la dignidad de la vida humana. El precepto de «no matarás», que
custodia el don de la vida humana, es una norma que toda cultura sana ha
reconocido como principio fundamental. El derecho a la vida y el respeto a la
dignidad de la persona son valores que la Declaración Universal de los Derechos
Humanos propone como fundamento para la convivencia.
Este reconocimiento universal encuentra su plena
confirmación en la revelación del Evangelio de la vida con el misterio de
Cristo. La vida humana, don precioso de Dios, es sagrada e inviolable. «La vida
humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y
permanece siempre en una especial relación con el creador, su único fin. Sólo
Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término. Nadie, en ninguna
circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser
humano inocente» (EV 53). Por ello todo atentado contra la vida del hombre es
también un atentado contra la razón, contra la justicia y constituye una grave
ofensa a Dios.
Continuidad fundamental
El proceso embrionario es un proceso continuo en el
que ya desde el principio estamos ante una vida humana. El embrión no es un
mero agregado de células vivas, sino el primer estadio de la existencia de un
ser humano. Todos hemos sido también embriones.
Desde el momento de la fecundación hay vida humana,
y por tanto dignidad personal. Es u na vida humana que se va desarrollando, va
experimentando cambios morfológicos importantes, pero es siempre el mismo
proceso continuo que va desde el principio de la vida con la fecundación hasta
la muerte. «El cuerpo, naturalmente, se desarrolla, pero dentro de una continuidad
fundamental que no permite calificar de pre-humana ni de post-humana ninguna de
las fases de su desarrollo. Donde hay cuerpo humano vivo, hay persona humana
y, por tanto, dignidad humana inviolable.»3
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3 LXXVI asamblea plenaria, Instrucción pastoral La Familia, santuario
de la vida y esperanza de la sociedad, n. 109.
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En consecuencia, «el ser humano debe ser
respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por
eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la
persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la
vida» (EV 60). Esta verdad del Evangelio de la vida es ampliamente compartida
por muchas personas e instituciones. Lo que el Consejo de Europa afirmó, hace muchos
años, ha sido ahora recogido por la ONU al recomendar la prohibición de la
investigación con embriones así como cualquier tipo de clonación humana:
reproductiva o terapéutica.4
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4 Cf. Declaración de la Asamblea general de la ONU (8 de marzo de 2005);
Consejo de Europa, Resolución 4.376 (4 de octubre de 1982): «La ciencia y el
sentido común prueban que la vida humana comienza en el acto de la concepción y
que en este mismo momento están, presentes en potencia todas las propiedades
biológicas y genéticas del ser humano.»
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AL SERVICIO DE LA
VIDA
En el reconocimiento y respeto de la vida humana y
en su promoción, la ciencia alcanza su más alto fin: el servicio a la vida y a
la dignidad de la persona. Estos diez años desde la publicación de la encíclica
Evangelium Vitae han sido de
grandes avances de la ciencia, los cuales han abierto nuevas y esperanzadoras
posibilidades de prevención y curación.
Gracias a estos avances hoy son posibles terapias e
incluso operaciones intrauterinas en beneficio del no nacido. Cada vez se
rebaja más el tiempo de gestación necesario para que un niño prematuro sea
viable fuera del seno materno. Por otra parte, la aplicación terapéutica de las
células madre procedentes de tejido de adulto consiguen resultados
esperanzadores. Estas son las auténticas terapias: las que curan sin dañar ni
eliminar la vida de nadie.
No podemos olvidar que estos avances son potentes
herramientas que deben ser usadas al servicio del hombre, teniendo en cuenta
los principios éticos. La ciencia y la técnica requieren la ética para no
degradar, sino promover la dignidad humana. Por ello pedimos a todos los
investigadores y centros de formación que procuren inculcar a todos el respeto
a la vida humana tanto como procuran avanzar en sus conocimientos para ponerlos
al servicio de las personas.
A todos exhortamos a que promuevan siempre la vida
frente a tantas amenazas por parte de una «cultura de la muerte» que se
manifiesta de muchas maneras: la anticoncepción, la extensión de las
esterilizaciones, la disminución preocupante de la natalidad, el aborto, la
píldora «del día después» —que además de anticonceptiva puede ser abortiva—, la
manipulación del lenguaje al hablar de «preembriones» como si no fueran ya
plenamente personas humanas, la selección y reducción embrionarias, la
manipulación y destrucción de embriones para obtener células madre para la
investigación, y la cada vez más amenazante práctica de la clonación. Estas
manifestaciones de la cultura antivida son una insidiosa ideología del mal que
Juan Pablo II ha denunciado recientemente: «Se puede, es más, se debe, plantear
la cuestión sobre la presencia en este caso de otra ideología del mal tal vez
más insidiosa y celada, que intenta instrumentalizar incluso los derechos del
hombre contra el hombre y contra la familia.»5
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5. JUAN PABLO II, Memoria e
identidad, ed. La esfera de los libros, Madrid 2005, p. 25.
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LA FAMILIA,
SANTUARIO DE LA VIDA
«Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza; a
imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó, y los bendijo diciendo: creced
y multiplicaos» (Gen 1, 27-28). El evangelio de la vida comienza con la
creación de Adán y Eva, llamados al amor conyugal, y a través de su amor, a ser
padres cooperando así de manera singular con la obra creadora de Dios.
El amor conyugal entre el hombre y la mujer,
fundamento de la familia, es el lugar santo donde la persona es concebida
dignamente. El hijo nace del amor de los padres y es invitado a participar en
su comunión de amor. La familia es también el santuario donde la vida es
acogida con alegría y celebrada en la vida cotidiana, enriquecida por las ricas
relaciones entre los padres, los hijos, los abuelos, etc.
Estas familias son una magnífica proclamación del
Evangelio de la vida y un motivo para dar gracias a Dios: familias que a pesar
de las crisis y momentos difíciles saben permanecer unidas en el amor, familias
que a pesar de las dificultades viven generosamente abiertas a la vida,
familias que sostienen a sus miembros más débiles o necesitados con su tiempo y
sus mejores energías, etc. Todas estas familias —tantas de ellas cristianas—
son un magnífico testimonio del valor de la vida y realizan un precioso
servicio a la sociedad.
Este testimonio generoso de tantas familias es la
mejor escuela para que los niños aprendan el valor sagrado de la vida humana y
aprendan a respetar y promover la vida de todos, especialmente la de los más
débiles. El gozo de la familia al acoger una nueva vida es la mejor
proclamación ante los niños del valor sagrado de la vida concebida y aún por
nacer de un nuevo hijo. Por ello la celebración del día de la vida puede ser
una preciosa ocasión para que la familia tome más profunda conciencia de su
misión de servicio a la vida.
EDUCACIÓN
AFECTIVO-SEXUAL
La familia es también el ámbito donde los hijos
aprenden el significado de la sexualidad al servicio del amor y la vida. Muchas
veces los Obispos hemos recordado la necesidad y urgencia de una educación
afectivo-sexual adecuada. Esta tiene un lugar privilegiado en la Pastoral
Familiar, porque «la vocación al amor, que es el hilo conductor de toda
pastoral matrimonial, requiere un cuidado esmerado de la educación al amor».6
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6. Directorio de la pastoral familiar de la lglesia en España, n. 89.
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En el Directorio de la Pastoral Familiar los
Obispos españoles hemos recordado que «los padres son los primeros
responsables para llevar a cabo esta educación de la sexualidad, ya en los
años de la niñez como luego en la adolescencia. Han de saber ofrecer a sus
hijos, en un marco de confianza, las explicaciones adecuadas a su edad para que
adquieran el conocimiento y respeto de la propia sexualidad en un camino de
personalización. Siempre se logra más persuadiendo que prohibiendo,
especialmente cuando de educar se trata» (DPF 81).
En el momento adecuado, la catequesis también
deberá afrontar el tema de la sexualidad y el discernimiento vocacional. «En el
proceso catequético, durante los distintos momentos que afectan a esta
etapa, estará presente una catequesis completa y profunda sobre la sexualidad
en sus distintas dimensiones: antropológica, moral, espiritual, social, psicológica,
etc.» (DPF 92).
También los colegios tienen un importante cometido
en esta labor: «Como complemento y ayuda a la tarea de los padres, es
absolutamente necesario que todos los colegios católicos preparen un programa
de educación afectivo-sexual, a partir de métodos suficientemente
comprobados y con la supervisión del Obispo. La Delegación Diocesana de
Pastoral Familiar debe preparar personas expertas en este campo» (DPF 93).
Todos somos conscientes de la urgente necesidad de
esta educación afectivo-sexual y de su relación con el Evangelio de la vida.
Por ello exhortamos a todos a poner en práctica estas indicaciones del Directorio
de Pastoral Familiar, cuidando especialmente la formación integral de
personas expertas para realizar esta tarea.
POR UNA CULTURA
DE LA FAMILIA Y DE LA VIDA
Educando a los jóvenes para el amor y la vida
estaremos poniendo los cimientos más sólidos para una cultura de la familia y
de la vida. Pero esta tarea requiere el compromiso de todos.
A los científicos se les ha confiado de modo
especial conservar el valor de la vida en la «conciencia» de los investigadores
y de la sociedad. Como personas expertas son escuchadas por la sociedad, los
medios de comunicación y los políticos. Por ello les pedimos que proclamen con
valentía el valor sagrado de la vida humana desde el momento de la concepción y
que nunca se dejen seducir por posibilidades contrarias a la ética.
Los profesionales de la salud tienen también
un importante cometido. A los profesionales de la salud corresponde apoyar
siempre la vida, y rechazar e incluso denunciar toda práctica que atente contra
la integridad o la vida de las personas, singularmente la de aquellas más
débiles como los embriones, los no nacidos, los disminuidos, los ancianos y los
enfermos terminales. A este respecto recordamos nuevamente la conveniencia de
promover los procesos de adopción y recomendar esta posibilidad a las personas
que consideran la posibilidad de abortar.
Hacemos también un llamamiento apremiante a los
profesionales católicos, especialmente de la información, a hacerse
presentes en los medios para que en ellos resuene también el hermoso mensaje
del Evangelio de la vida.
Todos los profesionales cristianos,
personalmente o asociados, han de influir responsablemente en la sociedad y en
las leyes. Es un signo de esperanza comprobar cómo las asociaciones familiares
se hacen presentes en el debate social promoviendo los valores de la familia y
de la vida. Estas asociaciones contribuyen eficazmente a la elaboración de una
política familiar adecuada, de tan urgente necesidad, que facilite el acceso a
la vivienda, unas condiciones laborales y económicas compatibles con la
paternidad y maternidad, así como disponibilidad del tiempo necesario para atender
a la familia y a la educación de los hijos.
Desde estas líneas queremos expresar nuestro apoyo
y bendición a todos los que desde estas plataformas y asociaciones, se
empeñan en tan importante y a veces difícil tarea. Al mismo tiempo invitamos a
todas las familias cristianas a implicarse activamente en estas acciones que
promueven una visión cristiana de la familia y de la vida como don de Dios.
En este sentido nos exhortaba Juan Pablo II en la Evangelium Vitae: «Para ser
verdaderamente un pueblo al servicio de la vida debemos, con constancia y
valentía, proponer estos contenidos desde el primer anuncio del Evangelio y,
posteriormente, en la catequesis y en las diversas formas de predicación, en
el diálogo personal y en cada actividad educativa. A los educadores,
profesores, catequistas y teólogos corresponde la tarea de poner de relieve las
razones antropológicas que fundamentan y sostienen el respeto de cada
vida humana. De este modo, haciendo resplandecer la novedad original del Evangelio
de la vida, podremos ayudar a todos a descubrir, también a la luz de la
razón y de la experiencia, cómo el mensaje cristiano ilumina plenamente el
hombre y el significado de su ser y de su existencia; hallaremos preciosos
puntos de encuentro y de diálogo incluso con los no creyentes, comprometidos
todos juntos en hacer surgir una nueva cultura de la vida» (EV 82).
ORACIÓN A MARÍA
INMACULADA POR LA VIDA
Queremos terminar este mensaje con ocasión de los
diez años de la encíclica Evangelium
vitae invocando a María, Madre del amor hermoso, en este año que la Iglesia
de España dedica al misterio de su Inmaculada Concepción. A ella encomendamos
la causa de la vida. Bajo su protección ponemos a las familias, a los enfermos,
a los más débiles y amenazados, a la vez que invitamos a todos los cristianos,
y singularmente a las familias, a elevar con frecuencia a María Inmaculada,
madre de la vida, la invocación con que Juan Pablo II cierra su encíclica Evangelium Vitae:
Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes
se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia,
para construir,
junto con todos los hombres
de buena voluntad,
la civilización de la verdad
y del amor,
para alabanza y gloria
de Dios Creador
y amante de la vida (EV 105).
Madrid, 4 de abril de 2005, Solemnidad de la
Encarnación.
JULIÁN BARRIO
BARRIO,
arzobispo de Santiago de Compostela,
Presidente de la CEAS
JUAN ANTONIO REIG PLA,
obispo de Segorbe-Castellón,
Presidente de la Subcomisión para la
Familia
y Defensa de la Vida
JAVIER MARTÍNEZ FERNÁNDEZ,
arzobispo de Granada
FRANCISCO GIL HELLÍN,
arzobispo de Burgos