« Anterior
Orar al Padre debe hacer crecer en nosotros la voluntad de
asemejarnos a él, así como debe fortalecer un corazón humilde y confiado.
Al decir Padre "Nuestro", invocamos la nueva Alianza en Jesucristo,
la comunión con la Santísima Trinidad y la caridad divina que se extiende por
medio de la Iglesia a lo largo del mundo.
"Que estás en el cielo" no designa un lugar sino la
majestad de Dios y su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa
del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya
pertenecemos.
2803
Artículo
3: LAS SIETE PETICIONES
Después de habernos puesto en presencia de Dios nuestro Padre para
adorarle, amarle y bendecirle, el Espíritu filial hace surgir de nuestros
corazones siete peticiones, siete bendiciones. Las tres primeras, más
teologales, nos atraen hacia la Gloria del Padre; las cuatro últimas, como
caminos hacia El, ofrecen nuestra miseria a su Gracia. "Abismo que llama al
abismo" (Sal 42, 8).
El primer grupo de peticiones nos lleva hacia El, para El: ¡tu
Nombre, tu Reino, tu Voluntad! Lo propio del amor es pensar primeramente en
Aquél que amamos. En cada una de estas tres peticiones, nosotros no
"nos" nombramos, sino que lo que nos mueve es "el deseo
ardiente", "el ansia" del Hijo amado, por la Gloria de su Padre,
(cf Lc 22,
14; 12, 50): "Santificado sea . . . venga . . . hágase . . .
": estas tres súplicas ya han sido escuchadas en el Sacrificio de Cristo
Salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su cumplimiento
final mientras Dios no sea todavía todo en todos (cf 1Co 15, 28).
El segundo grupo de peticiones se desenvuelve en el movimiento de
ciertas epíclesis eucarísticas: son la ofrenda de nuestra esperanza y atrae la
mirada del Padre de las misericordias. Brota de nosotros y nos afecta ya ahora,
en este mundo: "danos . . . perdónanos . . . no nos dejes . . .
líbranos". La cuarta y la quinta petición se refieren a nuestra vida como
tal, sea para alimentarla, sea para curarla del pecado; las dos últimas se
refieren a nuestro combate por la victoria de la Vida, el combate mismo de la
oración.
Mediante las tres primeras peticiones somos afirmados en la fe,
llenos de esperanza y abrasados por la caridad. Como criaturas y pecadores
todavía, debemos pedir para nosotros, un "nosotros" que abarca el
mundo y la historia, que ofrecemos al amor sin medida de nuestro Dios. Porque
nuestro Padre cumple su plan de salvación para nosotros y para el mundo entero
por medio del Nombre de Cristo y del Reino del Espíritu Santo.
2807
I.
SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
El término "santificar" debe entenderse aquí, en primer
lugar, no en su sentido causativo (solo Dios santifica, hace santo) sino sobre
todo en un sentido estimativo: reconocer como santo, tratar de una manera
santa. Así es como, en la adoración, esta invocación se entiende a veces como
una alabanza y una acción de gracias (cf Sal 111, 9; Lc 1, 49).
Pero esta petición es enseñada por Jesús como algo a desear profundamente y
como proyecto en que Dios y el hombre se comprometen. Desde la primera petición
a nuestro Padre, estamos sumergidos en el misterio íntimo de su Divinidad y en
el drama de la salvación de nuestra humanidad. Pedirle que su Nombre sea santificado
nos implica en "el benévolo designio que él se propuso de antemano"
para que nosotros seamos "santos e inmaculados en su presencia, en el
amor" (cf Ef 1, 9. 4).
En los momentos decisivos de su Economía, Dios revela su Nombre,
pero lo revela realizando su obra. Esta obra no se realiza para nosotros y en
nosotros más que si su Nombre es santificado por nosotros y en nosotros.
La santidad de Dios es el hogar inaccesible de su misterio eterno.
Lo que se manifiesta de él en la creación y en la historia, la Escritura lo
llama Gloria, la irradiación de su Majestad (cf Sal 8; Is 6, 3). Al crear al hombre
"a su imagen y semejanza" (Gn 1, 26), Dios "lo corona
de gloria" (Sal 8, 6), pero al pecar, el
hombre queda "privado de la Gloria de Dios" (Rm 3, 23). A partir de
entonces, Dios manifestará su Santidad revelando y dando su Nombre, para
restituir al hombre "a la imagen de su Creador" (Col 3, 10).
Siguiente »