VISITA "AD LIMINA"
Discurso del Santo Padre
a los miembros de la Conferencia episcopal de Cuba,
viernes 6 de julio de 2001
Continuad promoviendo la justicia,
la libertad y la reconciliación
entre todos los cubanos
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Con sumo gusto les recibo hoy, pastores de la Iglesia de Dios peregrina
en Cuba, que en estos días realizan la visita ad Limina, con la cual
renuevan su comunión con el Sucesor de Pedro y veneran con devoción las tumbas
de los Príncipes de los Apóstoles, columnas de la Iglesia y fieles a Cristo
hasta derramar su sangre. Así mismo, han tenido importantes encuentros con los
dicasterios de la Curia romana y, en un clima de oración y reflexión, han
puesto de manifiesto los motivos de alegría y esperanza, de preocupación y
pena, que vive la porción de pueblo de Dios encomendada a su atención pastoral.
Agradezco de corazón las amables palabras que, en nombre de todos, me ha
dirigido mons. Adolfo Rodríguez Herrera, arzobispo de Camagüey y presidente de
la Conferencia episcopal, haciéndome patente la adhesión de ustedes y la de sus
comunidades eclesiales. En efecto, conozco bien su inquebrantable comunión con
la Sede de Pedro, y pueden estar seguros de mi afecto y cercanía en todos los
avatares de su labor pastoral.
Confianza en el
futuro
2. Su presencia aquí me recuerda la visita pastoral a Cuba en 1998. Fueron
unos días intensos en los que pude apreciar el calor y la acogida del pueblo cubano.
En aquella memorable ocasión dejé un mensaje pastoral, el cual sigue ayudando
para animar la vida de la Iglesia y alentar a todos en la esperanza. Me
complace saber que desde entonces han mejorado algunas cosas de particular
valor para ustedes como son, por ejemplo, la recuperación de la fiesta de la
Navidad, la posibilidad de realizar algunas procesiones -que forman parte de la
rica piedad popular-, una mayor participación de los católicos en la vida del
País, la presencia de algunos jóvenes cubanos en la XV Jornada mundial de la
juventud en Roma durante el pasado Año jubilar o un notable incremento de la
participación de los fieles en la recepción de los sacramentos. Hay, sin
embargo, otros aspectos que aún no han obtenido un resultado satisfactorio,
pero es de esperar que, con la buena voluntad de todos, se alcance la solución
conveniente y justa.
3. Al clausurar el gran jubileo de la Encarnación, he
invitado a toda la Iglesia a caminar desde Cristo, que "es el mismo ayer,
hoy y siempre" (Hb 13, 8),
acogiendo con renovado entusiasmo sus palabras: "Duc in altum" (Lc 5, 4) y abriéndose con confianza al
futuro. Secundando mis palabras, ustedes, queridos obispos de Cuba, han
aprobado el Plan global de pastoral 2001-2006 con un dinamismo misionero muy
acorde con la sed de Dios de vuestro pueblo que, como os dije en La Habana,
"tiene un alma cristiana" (Homilía, 25 de enero de 1998, n.
7). La fe y los valores que proclama el Evangelio son una riqueza que se debe
preservar celosamente, porque está en la raíz de la identidad cultural
nacional, amenazada hoy, como en otras partes, por una cultura masificada e
informe, amparada en algunos aspectos del proceso de globalización.
Gracias a la puesta en práctica de ese Plan, se han
abierto en muchos hogares centros de reunión de la comunidad católica,
especialmente en barrios y poblados donde durante años no ha sido posible
construir nuevos templos. Esto se ha revelado como un método evangelizador muy
en consonancia con dicho Plan pastoral, con familias que abren sus puertas y
quieren ser comunidades vivas y dinámicas. El nombre de "Casas de misión o
de oración" con que se designan está de acuerdo con el llamado a
evangelizar todos los ambientes, pues han de ser verdaderas escuelas donde se
transmita la fe e instruya en ella, a la vez que se la alimente con la
plegaria. Les aliento, pues, a continuar con creatividad anunciando el
Evangelio a todos los cubanos, y cuidando la debida formación de los animadores
de dichos centros.
En el Mensaje jubilar ustedes afirmaban que Cuba vive "una hora
histórica". Por eso, como pastores de todo el pueblo fiel deben seguir
iluminando las conciencias de los cubanos, orientándolos hacia un diálogo
perseverante y una reconciliación sincera. No hay que dejarse vencer por el
desánimo ante esa ardua tarea, aun cuando su voz sea la única o sean
"signo de contradicción" (cf. Lc
2, 34). Aunque no se desean enfrentamientos, la Iglesia es consciente de
que los proyectos del Señor no siempre coinciden con los criterios del mundo
sino que, a veces, incluso los contradicen.
Acogiendo con renovado vigor cada día las palabras del Señor "Duc in
altum", dirijan con audacia los destinos de esa Iglesia tan ferviente
y que tantas pruebas de fidelidad ha dado en el pasado. Animen a los
sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas y seglares a "remar
mar adentro" en su servicio a la Iglesia y al pueblo, siendo fieles a
Cristo y a su patria, que tanto les necesita. Que todos caminen sin
desfallecer, más aún, avanzando siempre con nuevos proyectos que den sentido y
esperanza a sus vidas.
La cruz forma parte del camino de
Cristo
4. Ustedes son bien conscientes de su responsabilidad de
transmitir el mensaje de Cristo como "verdaderos y auténticos maestros de
la fe, pontífices y pastores" (Christus dominus, 2). Este mensaje ha de ser proclamado en toda su
integridad y belleza, sin dejar de lado sus exigencias y teniendo presente que
la cruz forma parte del camino de Cristo y del que recorren sus discípulos.
Guiados por el único Maestro que tiene "palabras de vida eterna" (Lc 6, 68) los hombres y mujeres de
Cuba han de saber encontrar un sentido renovado y trascendente para sus vidas,
acogiendo el amor divino y viendo cómo se abren ante ellos tantas posibilidades
de realización personal y social.
La fe en Jesucristo, lo saben bien, actúa en el ser humano de modo
totalmente diferente a las ideologías, que son caducas y consumen las energías
de los hombres y los pueblos con metas intramundanas, muchas de ellas, además,
inalcanzables. Por eso, es cada vez más urgente presentar la riqueza insondable
de la espiritualidad cristiana en estos comienzos del nuevo milenio, ante un
mundo cansado de las viejas ideologías, las cuales, al perder su atractivo
inicial, han dejado en muchos un vacío profundo y una falta de sentido de la
vida.
5. En el ejercicio del "munus docendi", la Iglesia, por
medio de sus ministros, está llamada a iluminar también con la luz del
Evangelio los asuntos temporales y sociales (cf. Lumen gentium, 31), procurando que sus miembros sean
"testigos y operadores de paz y justicia" (Sollicitudo Rei
Socialis, 47). Para ello, promueve una educación
en los valores auténticos, que sea liberadora y participativa, como han
indicado ustedes en el Plan global. A este respecto, ya señalé en Camagüey cómo
"la Iglesia tiene el deber de dar una formación moral, cívica y
religiosa" realizando con ello "una siembra de virtud y
espiritualidad para la Iglesia y la nación" (Homilía, 23 de enero
de 1998, n. 3). Los laicos, por su parte, al beneficiarse de esa actividad de
la Iglesia, podrán perseverar en su noble empeño de proponer y fomentar nuevas
iniciativas para la sociedad civil, no buscando la confrontación sino la
justicia. Sus esfuerzos se verán alentados por el ejemplo del siervo de Dios el
p. Félix Varela, que se entregó sin medida a la formación de hombres de
conciencia con dos preocupaciones principales: que la vida social y política se
fundamentara en la ética y que la ética estuviera sustentada en la fe
cristiana.
La Iglesia promueve la justicia y
la libertad
6. Como expuse en mi viaje pastoral a Cuba, la Iglesia debe presentar a los
cristianos y a cuantos se interesan por el bien del pueblo cubano las
enseñanzas de su doctrina social. Su propuesta de una ética social,
enaltecedora de la dignidad del hombre, muestra las posibilidades y límites del
ser humano, y también de las instituciones públicas o privadas, dentro de un
proyecto de crecimiento y desarrollo orientado al bien común y al respeto de
los derechos del hombre.
A este respecto, deseo recordar que tales derechos deben ser considerados
integralmente, desde el derecho a la vida del niño aún no nacido, hasta la
muerte natural, sin que pueda excluirse ningún derecho individual o social, ya
sean los derechos a la alimentación, a la salud, a la educación, ya sean los
derechos a ejercer las libertades de movimiento, de expresión o de asociación.
En todo el mundo los derechos humanos son un proyecto aún
no perfectamente llevado a la práctica, pero no por eso se debe renunciar al
propósito decidido y serio de respetarlos, pues provienen de la especial
dignidad del hombre como ser creado por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26). Cuando la Iglesia se ocupa
de la dignidad de la persona y de sus derechos inalienables, no hace más que
velar para que el hombre no sea dañado o degradado en ninguno de sus derechos
por otros hombres, por sus autoridades o por autoridades ajenas. Así lo reclama
la justicia que la Iglesia promueve en las relaciones entre los hombres y los
pueblos. En nombre de esa justicia dije claramente en su país que las medidas
económicas restrictivas impuestas desde el exterior eran "injustas y éticamente
inaceptables" (Discurso de despedida, 25 de enero de 1998, n. 4). Y
lo siguen siendo aún. Pero con esa misma claridad quiero recordar que el hombre
ha sido creado libre y, al defender esa libertad, la Iglesia lo hace en nombre
de Jesús, que vino a liberar la persona de toda clase de opresión.
Cuando ustedes, como obispos católicos de Cuba, reclaman justicia, libertad
o mayor solidaridad, no pretenden desafiar a nadie, sino que cumplen su misión,
propiciando para el pueblo cubano una vida sólidamente basada en la verdad
sobre el hombre. Por ello, les animo a continuar en el trabajo paciente en
favor de la justicia, de la verdadera libertad de los hijos de Dios y de la
reconciliación entre todos los cubanos, los que viven en la Isla y los que se
hallan en otras partes, no ahorrando esfuerzos conciliadores que permitan
ampliar siempre el trabajo caritativo de la Iglesia en la promoción humana del
pueblo.
7. Con ustedes, y bajo su autoridad pastoral y guía,
trabajan sacerdotes, religiosos y religiosas, por desgracia aún insuficientes
para atender todas las necesidades. Pensando en ellos vienen espontáneas a la
mente las palabras del Señor: "La mies es mucha y los operarios
pocos" (Mt 9, 38). Pienso en
ellos con frecuencia y les manifiesto mi agradecimiento por todo lo que hacen
por el crecimiento de la Iglesia y las necesidades del pueblo cubano. El
espíritu misionero, tan vivo en muchos hijos de la Iglesia, hace desear que se
agilice cada vez más la entrada de nuevos sacerdotes y religiosos para
consagrarse a la misión en su hermosa isla, lo cual ciertamente redundará en
beneficio de todos.
Preocupados por el número de personal dedicado a la misión, ustedes se
esfuerzan en promover y seguir con atención una pastoral vocacional. Esta ha de
ir acompañada, en primer lugar, por una asidua oración, pues hay que pedir al
Señor que mande nuevos operarios a su mies (cf. ib.). Por otra parte,
los candidatos han de ser dirigidos con prudencia y competencia para que puedan
recorrer todas las etapas que requiere el seguimiento del Señor en la vida
sacerdotal o religiosa. Es motivo de esperanza el crecimiento sostenido de las
vocaciones. A este respecto, y para facilitar ese proceso, debería pensarse,
donde fuera posible, en la creación de seminarios menores que acojan a los
jóvenes antes de realizar los estudios filosófico-teológicos, de modo que se
les ofrezca una formación integral a partir de los principios morales
cristianos. La construcción, ya próxima, del nuevo seminario en la capital
-cuya primera piedra bendije- y los logros de los seminarios propedéuticos y
filosóficos existentes facilitarán una preparación espiritual e intelectual de
los futuros sacerdotes nativos en mejores condiciones, y que los seminaristas de
todo el país puedan prepararse adecuadamente para servir a su pueblo.
Un pueblo sediento de valores
religiosos
8. En Cuba no faltan los seglares entregados, que se esfuerzan en su propio ambiente
por llevar una vida coherente con la fe. Soy consciente de las dificultades de
muchos de ellos por su condición de creyentes, pues, como sucede en otras
partes, los condicionamientos externos no facilitan la práctica de las
enseñanzas de la Iglesia. Por eso, es un deber de ustedes animarlos y ayudarlos
a poner en práctica sus opciones cristianas.
Así pues, sigan proclamándoles con fuerza las enseñanzas
sobre el matrimonio y la familia, la acogida de los hijos como don de Dios y
primavera de la sociedad, animándolos a colaborar a todos, sin exclusión, para
el bien común y el progreso de la nación. Que tengan en mucha estima las
palabras del Señor: "Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz
del mundo" (Mt 5, 13. 14) y,
en consecuencia, que sigan siendo, según sus posibilidades, entusiastas
misioneros, anunciadores y testigos de Cristo, muerto y resucitado, sabiendo
que así contribuyen a la misión de la Iglesia y a la elevación moral de su
pueblo, cada vez más sediento de espiritualidad y de los altos valores
religiosos.
9. Queridos hermanos, he querido reflexionar con ustedes sobre algunos
aspectos de vuestra actividad pastoral. A mi regreso a Roma -después de mi
viaje apostólico a su tierra- les decía que lo hacía "con mucha esperanza
en el futuro, viendo la vitalidad de esta Iglesia local. Soy consciente de la
magnitud de los desafíos que tienen por delante, pero también del buen espíritu
que les anima y de su capacidad para afrontarlos" (Mensaje a los
obispos, 25 de enero de 1998, n. 7). Hoy les reafirmo estos sentimientos y
les ruego, además, que hagan llegar mi saludo muy afectuoso a todos los
sacerdotes, religiosos, religiosas, y fieles, así como a todo el pueblo cubano.
De modo especial, transmitan mi cercanía y mi solicitud pastoral por todos los
que sufren, por los ancianos y enfermos, por los presos, por las familias
divididas, por los que se sienten desanimados o faltos de esperanza. Cada uno
de ellos tiene un lugar en el corazón y en la oración del Papa.
Dirigiéndome espiritualmente al santuario del Cobre y postrado ante la
imagen de la Virgen de la Caridad, Madre y Reina de Cuba, que tuve el gozo de
coronar y cuyos "nombre e imagen están esculpidos en la mente y en el
corazón de todos los cubanos, dentro y fuera de la patria, como signo de
esperanza y centro de comunión fraterna" (Homilía en Santiago, 24
de enero de 1998, n. 6), les imparto de corazón, a ustedes y a sus diocesanos,
una especial bendición apostólica.
(L'Osservatore Romano - 13 de
julio de 2001)
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