Catequesis
del Papa Juan Pablo II
durante la Audiencia General
del Miércoles 4 de enero de 2002
DISCURSO
A los participantes
en la asamblea plenaria de la
Congregación para la doctrina de la fe,
el 18 de enero de 2002
Es preciso hacer que la Iglesia
entre con más fuerza en el corazón y en la mente
de todos los hombres
Venerados señores cardenales; queridos hermanos en el episcopado y el
sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:
1. Me alegra acogeros al término de la sesión plenaria de vuestro
dicasterio. Dirijo a cada uno de vosotros mi cordial saludo, y deseo agradecer
en particular al señor cardenal Joseph Ratzinger, vuestro prefecto, las nobles
palabras con que ha interpretado vuestros sentimientos.
He escuchado cuanto el cardenal prefecto me ha expuesto sobre los trabajos
que habéis realizado durante estos intensos días de reflexión. A este respecto,
permitidme ante todo proponeros algunas reflexiones y convicciones sobre el
significado más profundo de vuestra reunión. La Iglesia exige y vive de esta
continua confrontación fraterna, de este flujo y reflujo, de los que sólo puede
nacer una colaboración más efectiva y eficaz entre los dicasterios de la Curia
romana, con las Conferencias episcopales y, por consiguiente, también con los
superiores generales de los institutos de vida consagrada y de las sociedades
de vida apostólica. Sin esta colaboración, que brota de una consolidada unidad
de propósitos, la Iglesia no podría ser verdaderamente ella misma, comunidad de
los que se han reunido con el más estrecho de los vínculos, el que nace de la
comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Por tanto, buscar esta unidad y colaboración y ser después fieles a las
convicciones que deben guiar, en este tiempo histórico, nuestro común
testimonio de cristianos, es la exigencia primaria de nuestra fidelidad al
Señor, fidelidad que da sentido a nuestra existencia. Así pues, una
comunicación y una colaboración más intensa aún entre los dicasterios, las
Conferencias episcopales y los superiores generales es el primer fruto que
debemos invocar juntos para nuestro encuentro de hoy.
Recepción y
transmisión de los documentos
2. En cuanto a los temas que me ha expuesto el cardenal prefecto, considero
oportuno reflexionar, en primer lugar, sobre el problema de la recepción de los
documentos doctrinales que vuestra Congregación, como organismo valioso al
servicio de mi ministerio de Pastor universal, va publicando progresivamente.
Al respecto, existe ante todo un problema de asimilación de sus contenidos y de
colaboración en la difusión y en la aplicación de las consecuencias prácticas
que derivan de ellos; esto afecta a todos los dicasterios de la Curia romana,
unidos precisamente por la misma fe y por la misma voluntad de anuncio y
testimonio. En efecto, en la Iglesia todo está encaminado al anuncio de
Jesucristo Salvador.
Existe, además, un problema de transmisión de las verdades fundamentales,
que estos documentos recuerdan a todos los fieles, más aún, a todas las
personas y, en particular, a los teólogos y a los hombres de cultura. Aquí la
cuestión se hace más difícil y exige atención y ponderación. ¿Cuánto influye la
dinámica de los medios de comunicación de masa en estas dificultades de
recepción? ¿Cuánto depende de situaciones históricas particulares? O ¿cuánto
obedece simplemente a la dificultad de aceptar las estrictas exigencias del
lenguaje evangélico que, sin embargo, tiene una fuerza liberadora? Estos son
temas que ciertamente vuestra asamblea ya habrá examinado, pero que
evidentemente exigen tiempo y estudios adecuados.
Por mi parte, sólo deseo recordar la utilidad de esta escucha recíproca,
para que las diversas sugerencias, oportunamente ponderadas y meditadas,
permitan que el mensaje llegue íntegro al mayor número posible de personas. Es
evidente asimismo la necesidad de una implicación cada vez mayor de las
Conferencias episcopales, de cada uno de los obispos y, por medio de ellos, de
todos los anunciadores del Evangelio en la obra de sensibilización sobre los
temas más urgentes de la proclamación de la fe hoy. Por último, existe un
problema de estilo, de coherencia en la vida; estas reacciones son asimismo una
provocación y una invitación a testimoniar cada vez más, también con la vida,
la centralidad del amor de Cristo en nuestra existencia frente a perspectivas
efímeras, que ofuscan su fuerza persuasiva.
La Eucaristía
en la Iglesia y la ley natural
3. Por lo que respecta también al tema de la Eucaristía y la Iglesia, no es
necesario que me explaye sobre su centralidad para la vida del mundo, al que el
Señor nos ha enviado como semillas de renovación. Reconducir la Iglesia a su
fuente eucarística le dará ciertamente autenticidad y fuerza, aliviándola del
peso de discusiones menos urgentes de carácter organizativo, y ofreciéndole, en
cambio, las perspectivas de consagración a Dios y de comunión fraterna que, con
el tiempo, permitirán superar también fragmentaciones y divisiones. Por otra
parte, el dramatismo del sacrificio eucarístico de Cristo no permite su
reducción a un simple encuentro convival, sino que es siempre signo de
contradicción y, por tanto, también de verificación de nuestra conformidad con
el radicalismo de su mensaje, tanto con respecto a Dios como a los demás
hermanos.
En cuanto a la otra temática, o sea, el estudio sobre la pérdida de
relevancia de la ley natural, creo oportuno recordar, como he afirmado por lo
demás muchas veces en las cartas encíclicas Veritatis
Splendor, Evangelium
Vitae y Fides et Ratio, que
aquí nos hallamos en presencia de una doctrina perteneciente al gran patrimonio
de la sabiduría humana, purificado y llevado a su plenitud gracias a la luz de
la Revelación. La ley natural es la participación de la criatura racional en la
ley eterna de Dios. Su identificación crea, por una parte, un vínculo
fundamental con la ley nueva del Espíritu de vida en Cristo Jesús, y, por otra,
permite también una amplia base de diálogo con personas de otra orientación o formación,
con vistas a la búsqueda del bien común. En un momento de tanta preocupación
por el destino de numerosas naciones, comunidades y personas, sobre todo las
más débiles en todo el mundo, no puedo dejar de alegrarme por el estudio
emprendido con el fin de redescubrir el valor de esta doctrina, también con
vistas a los desafíos que aguardan a los legisladores cristianos en su deber de
defender la dignidad y los derechos del hombre.
Intervenciones
saludables
4. Por último, os agradezco el servicio que, como Congregación, habéis
decidido prestar con vuestra colaboración en el juicio de algunos graves
problemas morales, que exigen competencia y profundización particulares y para
los cuales, además de las necesarias intervenciones saludables, será cada vez más
necesario estudiar adecuados itinerarios educativos y de acompañamiento
formativo.
"Duc in altum, rema mar adentro": dijo Jesús a Pedro y a
sus compañeros a orillas del mar de Galilea. Con estos temas, que ha afrontado
en el alba del nuevo milenio, la Congregación para la doctrina de la fe
"rema mar adentro", es decir, se compromete en una reflexión de largo
alcance, que permitirá a toda la Iglesia entrar con más fuerza en el corazón y
en la mente de todos los miembros de la familia humana, para reconducir de este
modo a todos a su único origen: el Padre, que nos amó tanto, que nos dio a su
Hijo único, el Hijo predilecto, para la redención del mundo.
(L'Osservatore Romano - 25 de
enero de 2002)
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