EXHORTACIÓN
APOSTÓLICA POSTSINODAL
Pastores gregis
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
SOBRE EL OBISPO
SERVIDOR DEL EVANGELIO DE JESUCRISTO
PARA LA ESPERANZA DEL MUNDO
Í N D I C E
CAPÍTULO I. MISTERIO Y MINISTERIO DEL OBISPO
CAPÍTULO II. LA VIDA ESPIRITUAL DEL OBISPO
CAPÍTULO III. MAESTRO DE LA FE Y HERALDO DE LA PALABRA
CAPÍTULO IV. MINISTRO DE LA GRACIA DEL SUPREMO SACERDOCIO
CAPÍTULO V. GOBIERNO PASTORAL DEL OBISPO
CAPÍTULO VI. EN LA COMUNIÓN DE LAS IGLESIAS
CAPÍTULO VII. EL OBISPO ANTE LOS RETOS ACTUALES
CONCLUSIÓN
NOTAS
INTRODUCCIÓN
1. Los Pastores de la grey son
conscientes de que, en el cumplimiento de su ministerio de Obispos, cuentan con
una gracia divina especial. En el Pontifical Romano, durante la solemne oración
de ordenación, el Obispo ordenante principal, después de invocar la efusión del
Espíritu que gobierna y guía, repite las palabras del antiguo texto de la
Tradición Apostólica: « Padre Santo, tú que conoces los corazones, concede
a este servidor tuyo, a quien elegiste para el episcopado, que sea un buen
pastor de tu santa grey ».1Sigue cumpliéndose así la voluntad del Señor
Jesús, el Pastor eterno, que envió a los Apóstoles como Él fue enviado por el
Padre (cf.Jn 20, 21), y ha querido
que sus sucesores, es decir los Obispos, fueran los pastores de su Iglesia
hasta el fin de los siglos.2
La imagen del Buen Pastor, tan apreciada ya por la
iconografía cristiana primitiva, estuvo muy presente en los Obispos venidos de
todo el mundo, los cuales se reunieron del 30 de septiembre al 27 de octubre de
2001 para la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Cerca de
la tumba del apóstol Pedro, reflexionaron conmigo sobre la figura del
Obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo.
Todos estuvieron de acuerdo en que la figura de Jesús, el Buen Pastor, es una
imagen privilegiada en la cual hay que inspirarse continuamente. En efecto,
nadie puede considerarse un pastor digno de este nombre « nisi per caritatem
efficiatur unum cum Christo ».3 Ésta es la razón fundamental por la
que « la figura ideal del obispo con la que la Iglesia sigue contando es la del
pastor que, configurado con Cristo en la santidad de vida, se entrega
generosamente por la Iglesia que se le ha encomendado, llevando al mismo tiempo
en el corazón la solicitud por todas las Iglesias del mundo (cf.2Co 11, 28) ».4
X Asamblea del Sínodo de los Obispos
2. Agradecemos, pues, al Señor que nos haya concedido la
gracia de celebrar una vez más una Asamblea del Sínodo de los Obispos y tener
en ella una profunda experiencia de ser Iglesia. A la X Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar cuando estaba aún vivo el
clima del Gran Jubileo del año dos mil, al comienzo del tercer milenio
cristiano, se llegó después de una larga serie de asambleas; unas especiales,
con la perspectiva común de la evangelización en los diferentes continentes:
África, América, Asia, Oceanía y Europa; y otras ordinarias, las más recientes,
dedicadas a reflexionar sobre la gran riqueza que suponen para la Iglesia las
diversas vocaciones suscitadas por el Espíritu en el Pueblo de Dios. En esta
perspectiva, la atención prestada al ministerio propio de los Obispos ha
completado el cuadro de esa eclesiología de comunión y misión que es necesario
tener siempre presente.
A este respeto, los trabajos sinodales hicieron constantemente referencia a
la doctrina del Concilio Vaticano II sobre el episcopado y el ministerio de los
Obispos, especialmente en el capítulo tercero de la Constitución dogmática
sobre la Iglesia Lumen gentium y en el
Decreto sobre el ministerio pastoral de los Obispos Christus dominus. De esta preclara doctrina,
que resume y desarrolla los elementos teológicos y jurídicos tradicionales, mi
predecesor de venerada memoria Pablo VI pudo afirmar justamente: « Nos parece
que la autoridad episcopal sale del Concilio reafirmada en su institución
divina, confirmada en su función insustituible, revalorizada en su potestad pastoral
de magisterio, santificación y gobierno, dignificada en su prolongación a la
Iglesia universal mediante la comunión colegial, precisada en su propio lugar
jerárquico, reconfortada por la corresponsabilidad fraterna con los otros
Obispos respecto a las necesidades universales y particulares de la Iglesia, y
más asociada, en espíritu de unión subordinada y colaboración solidaria, a la
cabeza de la Iglesia, centro constitutivo del Colegio episcopal ».5
Al mismo tiempo, según lo establecido por el tema señalado, los Padres
sinodales examinaron de nuevo el propio ministerio a la luz de la esperanza
teologal. Este cometido se consideró en seguida especialmente apropiado para la
misión del pastor, que en la Iglesia es ante todo portador del testimonio pascual
y escatológico.
Una esperanza fundada en Cristo
3. En efecto, cada Obispo tiene el
cometido de anunciar al mundo la esperanza, partiendo de la predicación del
Evangelio de Jesucristo: la esperanza « no solamente en lo que se refiere a las
realidades penúltimas sino también, y sobre todo, la esperanza escatológica, la
que espera la riqueza de la gloria de Dios (cf. Ef 1, 18) que supera todo lo que jamás
ha entrado en el corazón del hombre (cf. 1Co 2, 9) y en modo alguno es
comparable a los sufrimientos del tiempo presente (cf.Rm 8, 18) ».6 La perspectiva de
la esperanza teologal, junto con la de la fe y la caridad, ha de moldear por
completo el ministerio pastoral del Obispo.
A él corresponde, en particular, la tarea de ser profeta, testigo y servidor
de la esperanza.
Tiene el deber de infundir confianza y proclamar ante
todos las razones de la esperanza cristiana (cf. 1 P 3, 15). El Obispo
es profeta, testigo y servidor de dicha esperanza sobre todo donde más fuerte
es la presión de una cultura inmanentista, que margina toda apertura a la
trascendencia. Donde falta la esperanza, la fe misma es cuestionada. Incluso el
amor se debilita cuando la esperanza se apaga. Ésta, en efecto, es un valioso
sustento para la fe y un incentivo eficaz para la caridad, especialmente en
tiempos de creciente incredulidad e indiferencia. La esperanza toma su fuerza de
la certeza de la voluntad salvadora universal de Dios (cf.1Tm 2, 3) y de la presencia constante
del Señor Jesús, el Emmanuel, siempre con nosotros hasta al final del
mundo (cf. Mt 28, 20).
Sólo con la luz y el consuelo que provienen del Evangelio
consigue un Obispo mantener viva la propia esperanza (cf.Rm 15, 4) y alimentarla en quienes han
sido confiados a sus cuidados de pastor. Por tanto, ha de imitar a la Virgen
María, Mater spei, la cual creyó que las palabras del Señor se
cumplirían (cf.Lc 1, 45). Basándose
en la Palabra de Dios y aferrándose con fuerza a la esperanza, que es como
ancla segura y firme que penetra en el cielo (cf. Hb 6, 18-20), el Obispo es en su
Iglesia como centinela atento, profeta audaz, testigo creíble y fiel servidor
de Cristo, « esperanza de la gloria » (cf. Co 1, 27), gracias al cual «
no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas » (Ap 21, 4).
La Esperanza, cuando fracasan las esperanzas
4. Todos recordarán que las sesiones del Sínodo de los
Obispos se desarrollaron durante días muy dramáticos. En los Padres sinodales
estaba aún muy vivo el eco de los terribles acontecimientos del 11 de
septiembre de 2001, que causaron innumerables víctimas inocentes e hicieron
surgir en el mundo graves e inusitadas situaciones de incertidumbre y de temor
por la civilización humana misma y la pacífica convivencia entre las naciones.
Se perfilaban nuevos horizontes de guerra y muerte que, sumándose a las situaciones
de conflicto ya existentes, manifestaban en toda su urgencia la necesidad de
invocar al Príncipe de la Paz para que los corazones de los hombres volvieran a
estar disponibles para la reconciliación, la solidaridad y la paz.7
Junto con la plegaria, la Asamblea sinodal hizo oír su voz para condenar
toda forma de violencia e indicar en el pecado del hombre sus últimas raíces.
Ante el fracaso de las esperanzas humanas que, basándose en ideologías
materialistas, inmanentistas y economicistas, pretenden medir todo en términos
de eficiencia y relaciones de fuerza o de mercado, los Padres sinodales
reafirmaron la convicción de que sólo la luz del Resucitado y el impulso del
Espíritu Santo ayudan al hombre a poner sus propias expectativas en la
esperanza que no defrauda. Por eso proclamaron: « no podemos dejarnos intimidar
por las diversas formas de negación del Dios vivo que, con mayor o menor
autosuficiencia, buscan minar la esperanza cristiana, parodiarla o
ridiculizarla. Lo confesamos en el gozo del Espíritu: Cristo ha resucitado
verdaderamente. En su humanidad glorificada ha abierto el horizonte de la
vida eterna para todos los hombres que aceptan convertirse ».8
La certeza de esta profesión de fe ha de ser capaz de hacer cada día más
firme la esperanza de un Obispo, llevándole a confiar en que la bondad
misericordiosa de Dios nunca dejará de abrir caminos de salvación y de
ofrecerlos a la libertad de cada hombre. La esperanza le anima a discernir, en
el contexto donde ejerce su ministerio, los signos de vida capaces de derrotar
los gérmenes nocivos y mortales. La esperanza le anima también a transformar
incluso los conflictos en ocasiones de crecimiento, proponiendo la perspectiva
de la reconciliación. En fin, la esperanza en Jesús, el Buen Pastor, es la que
llena su corazón de compasión impulsándolo a acercarse al dolor de cada hombre
y mujer que sufre, para aliviar sus llagas, confiando siempre en que podrá
encontrar la oveja extraviada. De este modo el Obispo será cada vez más
claramente signo de Cristo, Pastor y Esposo de la Iglesia. Actuando como padre,
hermano y amigo de todos, estará al lado de cada uno como imagen viva de
Cristo, nuestra esperanza, en el que se realizan todas las promesas de Dios y
se cumplen todas las esperanzas de la creación.9
Servidor del Evangelio para la esperanza del mundo
5. Así pues, al entregar esta Exhortación apostólica, en la
cual tomo en consideración el acervo de reflexión madurado con ocasión de la X
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, desde los primeros Lineamenta
al Instrumentum Laboris; desde las intervenciones de los Padres
sinodales en el Aula a las dos Relaciones que las han introducido y
compendiado; desde el enriquecimiento de ideas y de experiencia pastoral,
puesto de manifiesto en los circuli minores, a las Propositiones que
me han presentado al final de los trabajos sinodales para que ofreciera a toda
la Iglesia un documento sobre el tema sinodal: El Obispo, servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, 10 dirijo un
saludo fraterno y envío un beso de paz a todos los Obispos que están en
comunión con esta Cátedra, confiada primero a Pedro para que fuera garante de
la unidad y, como es reconocidos por todos, presidiera en el amor.11
Venerados y queridos Hermanos, os repito la invitación que
he dirigido a toda la Iglesia al principio del nuevo milenio: Duc in altum!
Más aún, es Cristo mismo quien la repite a los Sucesores de aquellos Apóstoles
que la escucharon de sus propios labios y, confiando en Él, emprendieron la
misión por los caminos del mundo: Duc in altum (Lc 5, 4). A la luz de esta insistente
invitación del Señor « podemos releer el triple munus que se nos ha
confiado en la Iglesia: munus docendi, sanctificandi et regendi.Duc
in docendo. 'Proclama la palabra -diremos con el Apóstol-, insiste a tiempo
y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina' (2Tm 4, 2).Duc in sanctificando.
Las redes que estamos llamados a echar entre los hombres son ante todo
los sacramentos, de los cuales somos los principales dispensadores,
reguladores, custodios y promotores. Forman una especie de red salvífica
que libera del mal y conduce a la plenitud de la vida.Duc in regendo.
Como pastores y verdaderos padres, con la ayuda de los sacerdotes y de otros
colaboradores, tenemos el deber de reunir la familia de los fieles y fomentar
en ella la caridad y la comunión fraterna... Aunque se trate de una misión
ardua y difícil, nadie debe desalentarse. Con san Pedro y con los primeros
discípulos, también nosotros renovemos confiados nuestra sincera profesión de
fe: 'Señor, ¡en tu nombre, echaré las redes!' (Lc 5, 5). ¡En tu nombre, oh Cristo,
queremos servir a tu Evangelio para la esperanza del mundo! ».12
De este modo, viviendo como hombres de esperanza y
reflejando en el propio ministerio la eclesiología de comunión y misión, los
Obispos deben ser verdaderamente motivo de esperanza para su grey. Sabemos que
el mundo necesita de la « esperanza que no defrauda » (Rm 5, 5). Sabemos que esta esperanza
es Cristo. Lo sabemos, y por eso predicamos la esperanza que brota de la Cruz.
Ave Crux spes unica! Que este saludo pronunciado en el Aula sinodal
en el momento central de los trabajos de la X Asamblea General del Sínodo de
los Obispos, resuene siempre en nuestros labios, porque la Cruz es misterio de
muerte y de vida. La Cruz se ha convertido para la Iglesia en « árbol de la
vida ». Por eso anunciamos que la vida ha vencido la muerte.
En este anuncio pascual nos ha precedido una muchedumbre de santos Pastores
que in medio Ecclesiae han sido signos elocuentes del Buen Pastor. Por
ello, nosotros alabamos y damos gracias sin cesar a Dios omnipotente y eterno
porque, como cantamos en la liturgia, nos fortalecen con su ejemplo, nos
instruyen con su palabra y nos protegen con su intercesión.13 El rostro
de cada uno de estos santos Obispos, desde los comienzos de la vida de la
Iglesia hasta nuestros días, como dije al final de los trabajos sinodales, es
como una tesela que, colocada en una especie de mosaico místico, compone el
rostro de Cristo Buen Pastor. En Él, pues, ponemos nuestra mirada, siendo
también modelos de santidad para la grey que el Pastor de los Pastores nos ha
confiado, para ser cada vez con mayor empeño ministros del Evangelio para la
esperanza del mundo.
Contemplando el rostro de nuestro Maestro y Señor en el momento
en que « amó a los suyos hasta el extremo », todos nosotros, como el apóstol
Pedro, nos dejamos lavar los pies para tener parte con Él (cf. Jn 13, 1-9). Y, con la fuerza que en
la Santa Iglesia proviene de Él, repetimos en voz alta ante nuestros
presbíteros y diáconos, las personas consagradas y todos los queridos fieles
laicos: « vuestra esperanza no esté en nosotros, no esté en los hombres. Si
somos buenos, somos siervos; si somos malos, somos siervos; pero si somos
buenos, somos servidores fieles, servidores de verdad ».14 Ministros
del Evangelio para la esperanza del mundo.
Arriba
CAPÍTULO I
MISTERIO Y MINISTERIO DEL OBISPO
« ... y eligió
doce de entre ellos » (Lc 6, 13)
6. El Señor Jesús, durante su
peregrinación terrena, anunció el Evangelio del Reino y lo inauguró en sí
mismo, revelando su misterio a todos los hombres.15 Llamó a hombres y
mujeres para que lo siguieran y eligió entre sus discípulos a doce para que «
estuvieran con Él » (Mc 3, 14). El
Evangelio según san Lucas precisa que Jesús hizo esta elección tras una noche
de oración en el monte (cf.Lc 6, 12).
El Evangelio según san Marcos, por su parte, parece calificar dicha acción de
Jesús como una decisión soberana, un acto constitutivo que otorga identidad a los
elegidos: « Instituyó Doce » (Mc
3, 14). Se desvela así el misterio de la elección de los Doce: es un acto
de amor, querido libremente por Jesús en unión profunda con el Padre y con el
Espíritu Santo.
La misión confiada por Jesús a los Apóstoles debe durar
hasta el fin del mundo (cf.Mt 28, 20),
ya que el Evangelio que se les encargó transmitir es la vida para la Iglesia de
todos los tiempos. Precisamente por esto los Apóstoles se preocuparon de
instituir sucesores, de modo que, como dice san Ireneo, se manifestara y
conservara la tradición apostólica a través de los siglos.16
La especial efusión del Espíritu Santo que recibieron los
Apóstoles por obra de Jesús resucitado (cf. Hch 1, 5.8; 2, 4;Jn 20, 22-23), ellos la transmitieron
a sus colaboradores con el gesto de la imposición de las manos (cf. 1Tm 4, 14; 2Tm 1, 6-7). Éstos, a su vez, con el
mismo gesto, la transmitieron a otros y éstos últimos a otros más. De este
modo, el don espiritual de los comienzos ha llegado hasta nosotros mediante la
imposición de las manos, es decir, la consagración episcopal, que otorga la
plenitud del sacramento del orden, el sumo sacerdocio, la totalidad del sagrado
ministerio. Así, a través de los Obispos y de los presbíteros que los ayudan,
el Señor Jesucristo, aunque está sentado a la derecha de Dios Padre, continúa
estando presente entre los creyentes. En todo tiempo y lugar Él predica la
palabra de Dios a todas las gentes, administra los sacramentos de la fe a los
creyentes y dirige al mismo tiempo el pueblo del Nuevo Testamento en su
peregrinación hacia la bienaventuranza eterna. El Buen Pastor no abandona su
rebaño, sino que lo custodia y lo protege siempre mediante aquéllos que, en
virtud de su participación ontológica en su vida y su misión, desarrollando de
manera eminente y visible el papel de maestro, pastor y sacerdote, actúan en su
nombre en el ejercicio de las funciones que comporta el ministerio pastoral y
son constituidos como vicarios y embajadores suyos.17
Fundamento trinitario del ministerio episcopal
7. Considerada en profundidad, la dimensión cristológica
del ministerio pastoral lleva a comprender el fundamento trinitario del
ministerio mismo. La vida de Cristo es trinitaria. Él es el Hijo eterno y
unigénito del Padre y el ungido por el Espíritu Santo, enviado al mundo; es
Aquél que, junto con el Padre, envía el Espíritu a la Iglesia. Esta dimensión
trinitaria, que se manifiesta en todo el modo de ser y de obrar de Cristo,
configura también el ser y el obrar del Obispo. Con razón, pues, los Padres
sinodales quisieron ilustrar explícitamente la vida y el ministerio del Obispo
a la luz de la eclesiología trinitaria de la doctrina del Concilio Vaticano II.
Es muy antigua la tradición que presenta al Obispo como imagen del Padre, el
cual, como escribió san Ignacio de Antioquía, es como el Obispo invisible, el
Obispo de todos. Por consiguiente, cada Obispo ocupa el lugar del Padre de
Jesucristo, de tal modo que, precisamente por esta representación, debe ser
respetado por todos.18 Por esta estructura simbólica, la cátedra
episcopal, que especialmente en la tradición de la Iglesia de Oriente recuerda
la autoridad paterna de Dios, sólo puede ser ocupada por el Obispo. De esta
misma estructura se deriva para cada Obispo el deber de cuidar con amor
paternal al pueblo santo de Dios y conducirlo, junto con los presbíteros,
colaboradores del Obispo en su ministerio, y con los diáconos, por la vía de la
salvación.19 Viceversa, como exhorta un texto antiguo, los fieles deben
amar a los Obispos, que son, después de Dios, padres y madres.20 Por
eso, según una costumbre común en algunas culturas, se besa la mano al Obispo,
como si fuera la del Padre amoroso, dador de vida.
Cristo es el icono original del Padre y la manifestación de su presencia
misericordiosa entre los hombres. El Obispo, actuando en persona y en nombre de
Cristo mismo, se convierte, para la Iglesia a él confiada, en signo vivo del
Señor Jesús, Pastor y Esposo, Maestro y Pontífice de la Iglesia.21 En
eso está la fuente del ministerio pastoral, por lo cual, como sugiere el
esquema de homilía propuesto por el Pontifical Romano, ha de ejercer la tres
funciones de enseñar, santificar y gobernar al Pueblo de Dios con los rasgos
propios del Buen Pastor: caridad, conocimiento de la grey, solicitud por todos,
misericordia para con los pobres, peregrinos e indigentes, ir en busca de las
ovejas extraviadas y devolverlas al único redil.
La unción del Espíritu Santo, en fin, al configurar al Obispo con Cristo, lo
capacita para continuar su misterio vivo en favor de la Iglesia. Por el
carácter trinitario de su ser, cada Obispo se compromete en su ministerio a
velar con amor sobre toda la grey en medio de la cual lo ha puesto el Espíritu
Santo para regir a la Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen hace
presente; en el nombre de Jesucristo, su Hijo, por el cual ha sido constituido
maestro, sacerdote y pastor; en el nombre del Espíritu Santo, que vivifica la
Iglesia y con su fuerza sustenta la debilidad humana.22
Carácter colegial del ministerio episcopal
8. « Instituyó Doce » (Mc 3, 14). La Constitución dogmática
Lumen gentium introduce con esta cita evangélica
la doctrina sobre el carácter colegial del grupo de los Doce, constituidos « a
modo de Colegio, es decir, de grupo estable, al frente del cual puso a Pedro,
elegido de entre ellos mismos ».23 De manera análoga, al suceder el
Obispo de Roma a san Pedro y los demás Obispos en su conjunto a los Apóstoles,
el Romano Pontífice y los otros Obispos están unidos entre sí como Colegio.24
La unión colegial entre los Obispos está basada, a la vez, en la Ordenación
episcopal y en la comunión jerárquica; atañe por tanto a la profundidad del ser
de cada Obispo y pertenece a la estructura de la Iglesia como Cristo la ha
querido. En efecto, la plenitud del ministerio episcopal se alcanza por la
Ordenación episcopal y la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio y con
sus miembros, es decir, con el Colegio que está siempre en sintonía con su
Cabeza. Así se forma parte del Colegio episcopal, 25 por lo cual las
tres funciones recibidas en la Ordenación episcopal -santificar, enseñar y
gobernar- deben ejercerse en la comunión jerárquica, aunque, por su diferente
finalidad inmediata, de manera distinta.26
Esto es lo que se llama « afecto colegial », o colegialidad afectiva, de la
cual se deriva la solicitud de los Obispos por las otras Iglesias particulares
y por la Iglesia universal.27 Así pues, si debe decirse que un Obispo
nunca está solo, puesto que está siempre unido al Padre por el Hijo en el
Espíritu Santo, se debe añadir también que nunca se encuentra solo porque está
unido siempre y continuamente a sus hermanos en el episcopado y a quien el
Señor ha elegido como Sucesor de Pedro.
Dicho afecto colegial se realiza y se expresa en diferentes grados y de
diversas maneras, incluso institucionalizadas, como son, por ejemplo, el Sínodo
de los Obispos, los Concilios particulares, las Conferencias Episcopales, la
Curia Romana, las Visitas ad limina, la colaboración misionera, etc. No
obstante, el afecto colegial se realiza y manifiesta de manera plena sólo en la
actuación colegial en sentido estricto, es decir, en la actuación de todos los
Obispos junto con su Cabeza, con la cual ejercen la plena y suprema potestad
sobre toda la Iglesia.28
Esta índole colegial del ministerio apostólico ha sido querida por Cristo mismo.
El afecto colegial, por tanto, o colegialidad afectiva (collegialitas
affectiva) está siempre vigente entre los Obispos como communio
episcoporum; pero sólo en algunos actos se manifiesta como colegialidad
efectiva (collegialitas effectiva). Las diversas maneras de actuación de
la colegialidad afectiva en colegialidad efectiva son de orden humano, pero
concretan en grado diverso la exigencia divina de que el episcopado se exprese
de modo colegial.29 Además, la suprema potestad del Colegio sobre toda la
Iglesia se ejerce de manera solemne en los Concilios ecuménicos.30
La dimensión colegial da al episcopado el carácter de universalidad. Así
pues, se puede establecer un paralelismo entre la Iglesia una y universal, y
por tanto indivisa, y el episcopado uno e indiviso, y por ende universal.
Principio y fundamento de esta unidad, tanto de la Iglesia como del Colegio de
los Obispos, es el Romano Pontífice. En efecto, como enseña el Concilio
Vaticano II, el Colegio, « en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad
y la universalidad del Pueblo de Dios; en cuanto reunido bajo una única Cabeza,
expresa la unidad del rebaño de Cristo ».31 Por eso, « la unidad del
Episcopado es uno de los elementos constitutivos de la unidad de la Iglesia ».32
La Iglesia universal no es la suma de las Iglesias particulares ni una
federación de las mismas, como tampoco el resultado de su comunión, por cuanto,
según las expresiones de los antiguos Padres y de la Liturgia, en su misterio
esencial precede a la creación misma.33 A la luz de esta doctrina se
puede añadir que la relación de mutua interioridad que hay entre la Iglesia
universal y la Iglesia particular, se reproduce en la relación entre el Colegio
episcopal en su totalidad y cada uno de los Obispos. En efecto, las Iglesias
particulares están « formadas a imagen de la Iglesia universal. En ellas y a
partir de ellas existe la Iglesia católica, una y única ».34 Por eso, «
el Colegio episcopal no se ha de entender como la suma de los Obispos puestos
al frente de las Iglesias particulares, ni como el resultado de su comunión,
sino que, en cuanto elemento esencial de la Iglesia universal, es una realidad
previa al oficio de presidir las Iglesias particulares ».35
Podemos comprender mejor este paralelismo entre la Iglesia universal y el
Colegio de los Obispos a la luz de lo que afirma el Concilio: « Los Apóstoles
fueron la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía
sagrada ».36 En los Apóstoles, como Colegio y no individualmente
considerados, estaba contenida tanto la estructura de la Iglesia que, en ellos,
fue constituida en su universalidad y unidad, como del Colegio de los Obispos
sucesores suyos, signo de dicha universalidad y unidad.37
Por eso, « la potestad del Colegio episcopal sobre toda la Iglesia no
proviene de la suma de las potestades de los Obispos sobre sus Iglesias
particulares, sino que es una realidad anterior en la que participa cada uno de
los Obispos, los cuales no pueden actuar sobre toda la Iglesia si no es
colegialmente ».38 Los Obispos participan solidariamente en dicha
potestad de enseñar y gobernar de manera inmediata, por el hecho mismo de que
son miembros del Colegio episcopal, en el cual perdura realmente el Colegio
apostólico.39
Así como la Iglesia universal es una e indivisible, el Colegio episcopal es
asimismo un « sujeto teológico indivisible » y, por tanto, también la potestad
suprema, plena y universal a la que está sometido el Colegio, como es el Romano
Pontífice personalmente, es una e indivisible. Precisamente porque el Colegio
episcopal es una realidad previa al oficio de ser Cabeza de una Iglesia
particular, hay muchos Obispos que, aunque ejercen tareas específicamente
episcopales, no están al frente de una Iglesia particular.40 Cada
Obispo, siempre en unión con todos los Hermanos en el episcopado y con el
Romano Pontífice, representa a Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia: no sólo de
manera propia y específica cuando recibe el encargo de pastor de una Iglesia
particular, sino también cuando colabora con el Obispo diocesano en el gobierno
de su Iglesia, 41 o bien participa en el ministerio de pastor universal
del Romano Pontífice en el gobierno de la Iglesia universal. Puesto que a lo
largo de su historia la Iglesia, además de la forma propia de la presidencia de
una Iglesia particular, ha admitido también otras formas de ejercicio del
ministerio episcopal, como la de Obispo auxiliar o bien la de representante del
Romano Pontífice en los Dicasterios del Santa Sede o en las Representaciones
pontificias, hoy, según las normas del derecho, admite también dichas formas
cuando son necesarias.42
Carácter misionero y unitario del ministerio episcopal
9. El Evangelio según san Lucas narra que
Jesús dio a los Doce el nombre de Apóstoles, que literalmente significa
enviados, mandados (cf. 6, 13). En el Evangelio según san Marcos leemos también
que Jesús instituyó a los Doce « para enviar los a predicar » (3, 14). Eso
significa que la elección y la institución de los Doce como Apóstoles tiene
como fin la misión. Este primer envío (cf.Mt 10, 5;Mc 6, 7; Lc 9, 1-2), alcanza su plenitud en la
misión que Jesús les confía, después de la Resurrección, en el momento de la
Ascensión al Cielo. Son palabras que conservan toda su actualidad: « Id, pues,
y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo » (Mt 28, 18-20). Esta misión
apostólica fue confirmada solemnemente el día de Pentecostés con la efusión del
Espíritu Santo.
En el texto del Evangelio de san Mateo, se puede ver cómo todo el ministerio
pastoral se articula según la triple función de enseñar, santificar y regir. Es
un reflejo de la triple dimensión del servicio y de la misión de Cristo. En efecto,
nosotros, como cristianos y, de manera cualitativamente nueva, como sacerdotes,
participamos en la misión de nuestro Maestro, que es Profeta, Sacerdote y Rey,
y estamos llamados a dar un testimonio peculiar de Él en la Iglesia y ante el
mundo.
Estas tres funciones (triplex munus), y las
potestades subsiguientes, expresan el ministerio pastoral en su ejercicio (munus
pastorale), que cada Obispo recibe con la Consagración episcopal. Por esta
consagración se comunica el mismo amor de Cristo, que se concretiza en el
anuncio del Evangelio de la esperanza a todas las gentes (cf. Lc 4, 16-19), en la administración de
los Sacramentos a quien acoge la salvación y en la guía del Pueblo santo hacia
la vida eterna. En efecto, se trata de funciones relacionadas íntimamente entre
sí, que se explican recíprocamente, se condicionan y se esclarecen.43
Precisamente por eso el Obispo, cuando enseña, al mismo tiempo santifica y
gobierna el Pueblo de Dios; mientras santifica, también enseña y gobierna;
cuando gobierna, enseña y santifica. San Agustín define la totalidad de este
ministerio episcopal como amoris officium.44 Esto da la seguridad
de que en la Iglesia nunca faltará la caridad pastoral de Jesucristo.
« ...llamó a los que él quiso » (Mc 3, 13)
10. La muchedumbre seguía a Jesús cuando
Él decidió subir al monte y llamar hacia sí a los Apóstoles. Los discípulos
eran muchos, pero Él eligió solamente a Doce para el cometido específico de
Apóstoles (cf.Mc 3, 13-19). En el
Aula Sinodal se escuchó frecuentemente el dicho de san Agustín: « Soy Obispo
para vosotros, soy cristiano con vosotros ».45
Como don que el Espíritu da a la Iglesia, el Obispo es ante todo, como
cualquier otro cristiano, hijo y miembro de la Iglesia. De esta Santa Madre ha
recibido el don de la vida divina en el sacramento del Bautismo y la primera
enseñanza de la fe. Comparte con todos los demás fieles la insuperable dignidad
de hijo de Dios, que ha de vivir en comunión y espíritu de gozosa hermandad.
Por otro lado, por la plenitud del sacramento del Orden, el Obispo es también
quien, ante los fieles, es maestro, santificador y pastor, encargado de actuar
en nombre y en la persona de Cristo.
Evidentemente, no se trata de dos relaciones simplemente superpuestas entre
sí, sino en recíproca e íntima conexión, al estar ordenadas una a otra, dado
que ambas se alimentan de Cristo, único y sumo sacerdote. No obstante, el
Obispo se convierte en « padre » precisamente porque es plenamente « hijo » de
la Iglesia. Se plantea así la relación entre el sacerdocio común de los fieles
y el sacerdocio ministerial: dos modos de participación en el único sacerdocio
de Cristo, en el que hay dos dimensiones que se unen en el acto supremo del
sacrificio de la cruz.
Esto se refleja en la relación que, en la Iglesia, hay entre el sacerdocio
común y el sacerdocio ministerial. El hecho de que, aunque difieran
esencialmente entre sí, estén ordenados uno al otro, 46 crea una
reciprocidad que estructura armónicamente la vida de la Iglesia como lugar de
actualización histórica de la salvación realizada por Cristo. Dicha
reciprocidad se da precisamente en la persona misma del Obispo, que es y sigue
siendo un bautizado, pero constituido en la plenitud del sacerdocio. Esta
realidad profunda del Obispo es el fundamento de su « ser entre » los otros
fieles y de su « ser ante » ellos.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II en un texto muy bello: « Aunque en la
Iglesia no todos vayan por el mismo camino, sin embargo todos están llamados a
la santidad y les ha tocado en suerte la misma fe por la justicia de Dios (cf. 2
P 1, 1). Aunque algunos por voluntad de Cristo sean maestros,
administradores de los misterios y pastores de los demás, sin embargo existe
entre todos una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y la actividad común
para todos los fieles en la construcción del Cuerpo de Cristo. En efecto, la
diferencia que estableció el Señor entre los ministros sagrados y el resto del
Pueblo de Dios lleva consigo la unión, pues los Pastores y demás fieles están
unidos entre sí porque se necesitan mutuamente. Los Pastores de la Iglesia, a
ejemplo de su Señor, deben estar al servicio los unos de los otros y al
servicio de los demás fieles. Éstos, por su parte, han de colaborar con
entusiasmo con los maestros y los pastores ».47
El ministerio pastoral recibido en la consagración, que pone al Obispo «
ante » los demás fieles, se expresa en un « ser para » los otros fieles, lo
cual no lo separa de « ser con » ellos. Eso vale tanto para su santificación
personal, que ha de buscar en el ejercicio de su ministerio, como para el
estilo con que lleva a cabo el ministerio mismo en todas sus funciones.
La reciprocidad que existe entre sacerdocio común de los fieles y sacerdocio
ministerial, y que se encuentra en el mismo ministerio episcopal, muestra una
especie de « circularidad » entre las dos formas de sacerdocio: circularidad
entre el testimonio de fe de todos los fieles y el testimonio de fe auténtica
del Obispo en sus actuaciones magisteriales; circularidad entre la vida santa
de los fieles y los medios de santificación que el Obispo les ofrece;
circularidad, por fin, entre la responsabilidad personal del Obispo respecto al
bien de la Iglesia que se le ha confiado y la corresponsabilidad de todos los
fieles respecto al bien de la misma.
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CAPÍTULO II
LA VIDA ESPIRITUAL DEL OBISPO
« Instituyó Doce,
para que estuvieran con él » (Mc 3,
14)
11. Con el mismo acto de amor con el que libremente los
instituye Apóstoles, Jesús llama a los Doce a compartir su misma vida. Esta
participación, que es comunión de sentimientos y deseos con Él, es también una
exigencia inherente a la participación en su misma misión. Las funciones del
Obispo no se deben reducir a una tarea meramente organizativa. Precisamente
para evitar este riesgo, tanto los documentos preparatorios del Sínodo como
numerosas intervenciones en el Aula de los Padres sinodales insistieron sobre
lo que comporta, para la vida personal del Obispo y el ejercicio del ministerio
a él confiado, la realidad del episcopado como plenitud del sacramento del
Orden, en sus fundamentos teológicos, cristológicos y pneumatólogicos.
La santificación objetiva, que por medio de Cristo se recibe en el
Sacramento con la efusión del Espíritu, se ha de corresponder con la santidad
subjetiva, en la que, con la ayuda de la gracia, el Obispo debe progresar cada
día más con el ejercicio de su ministerio. La transformación ontológica
realizada por la consagración, como configuración con Cristo, requiere un
estilo de vida que manifieste el « estar con él ». En consecuencia, en el Aula
del Sínodo se insistió varias veces en la caridad pastoral, tanto como fruto
del carácter impreso por el sacramento como de la gracia que le es propia. La
caridad, se dijo, es como el alma del ministerio del Obispo, el cual se ve
implicado en un proceso de pro-existentia pastoral, que le impulsa a
vivir en el don cotidiano de sí para el Padre y para los hermanos
como Cristo, el Buen Pastor.
El Obispo está llamado a santificarse y a santificar sobre todo en el
ejercicio de su ministerio, visto como la imitación de la caridad del Buen
Pastor, teniendo como principio unificador la contemplación del rostro de
Cristo y el anuncio del Evangelio de la salvación.48 Su espiritualidad,
pues, además del sacramento del Bautismo y de la Confirmación, toma orientación
e impulso de la Ordenación episcopal misma, que lo compromete a vivir en fe,
esperanza y caridad el propio ministerio de evangelizador, sacerdote y guía en
la comunidad. Por tanto, la espiritualidad del Obispo es una espiritualidad
eclesial, porque todo en su vida se orienta a la edificación amorosa de la
Santa Iglesia.
Esto exige en el Obispo una actitud de servicio caracterizada por la fuerza
de ánimo, el espíritu apostólico y un confiado abandono a la acción interior
del Espíritu. Por tanto, se esforzará en adoptar un estilo de vida que imite la
kénosis de Cristo siervo, pobre y humilde, de manera que el ejercicio de su
ministerio pastoral sea un reflejo coherente de Jesús, Siervo de Dios, y lo
lleve a ser, como Él, cercano a todos, desde el más grande al más pequeño. En
definitiva, una vez más con una especie de reciprocidad, el ejercicio fiel y
afable del ministerio santifica al Obispo y lo transforma en el plano subjetivo
cada vez más conforme a la riqueza ontológica de santidad que el Sacramento le
ha infundido.
No obstante, la santidad personal del Obispo nunca se limita al mero ámbito
subjetivo, puesto que su frutos redundan siempre en beneficio de los fieles
confiados a su cura pastoral. Al practicar la caridad propia del ministerio
pastoral recibido, el Obispo se convierte en signo de Cristo y adquiere la
autoridad moral necesaria para que, en el ejercicio de la autoridad jurídica,
incida eficazmente en su entorno. En efecto, si el oficio episcopal no se apoya
en el testimonio de santidad manifestado en la caridad pastoral, en la humildad
y en la sencillez de vida, acaba por reducirse a un papel casi exclusivamente
funcional y pierde fatalmente credibilidad ante el clero y los fieles.
Vocación a la santidad en la Iglesia de nuestro tiempo
12. Hay una figura bíblica que parece
particularmente idónea para ilustrar la semblanza del Obispo como amigo de
Dios, pastor y guía del pueblo. Se trata de Moisés. Fijándose en él, el Obispo
puede encontrar inspiración para su ser y actuar como pastor, elegido y enviado
por el Señor, valiente al conducir su pueblo hacia la tierra prometida,
intérprete fiel de la palabra y de la ley del Dios vivo, mediador de la
alianza, ferviente y confiado en la oración en favor de su gente. Como Moisés,
que tras el coloquio con Dios en la montaña santa volvió a su pueblo con el
rostro radiante (cf.Ex 34, 29-30),
el Obispo podrá también llevar a sus hermanos los signos de su ser padre,
hermano y amigo sólo si ha entrado en la nube oscura y luminosa del misterio
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Iluminado por la luz de la Trinidad,
será signo de la bondad misericordiosa del Padre, imagen viva de la caridad del
Hijo, transparente hombre del Espíritu, consagrado y enviado para conducir al
Pueblo de Dios por las sendas del tiempo en la peregrinación hacia la
eternidad.
Los Padres sinodales destacaron la importancia del compromiso espiritual en
la vida, el ministerio y el itinerario del Obispo. Yo mismo he indicado esta prioridad,
en sintonía con las exigencias de la vida de la Iglesia y la llamada del
Espíritu Santo, que en estos años ha recordado a todos la primacía de la
gracia, la gran exigencia de espiritualidad y la urgencia de testimoniar la
santidad.
La llamada a la espiritualidad surge de la consideración de la acción del
Espíritu Santo en la historia de la salvación. Su presencia es activa y
dinámica, profética y misionera. El don de la plenitud del Espíritu Santo, que
el Obispo recibe en la Ordenación episcopal, es una llamada valiosa y urgente a
cooperar con su acción en la comunión eclesial y en la misión universal.
La Asamblea sinodal, celebrada tras el Gran Jubileo del 2000, asumió desde
el principio el proyecto de una vida santa que yo mismo he indicado a toda la
Iglesia: « La perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de
la santidad [...]. Terminado el Jubileo empieza de nuevo el camino ordinario,
pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral ».49
La acogida entusiasta y generosa de mi exhortación a poner en primer lugar la
vocación a la santidad fue el clima en que se desarrollaron los trabajos
sinodales y el contexto que, en cierto modo, unificó las intervenciones y las
reflexiones de los Padres. Parecían vibrar en sus corazones aquellas palabras
de san Gregorio Nacianzeno: « Antes purificarse, después purificar; antes
dejarse instruir por la sabiduría, después instruir; convertirse primero en luz
y después iluminar; primero acercarse a Dios y después conducir los otros a Él;
primero ser santos y después santificar ».50
Por esta razón surgió repetidamente en la Asamblea sinodal el deseo de
definir claramente la especificidad « episcopal » del camino de santidad de un
Obispo. Será siempre una santidad vivida con el pueblo y por el pueblo, en una
comunión que se convierte en estímulo y edificación recíproca en la caridad. No
se trata de aspectos secundarios o marginales. En efecto, la vida espiritual
del Obispo favorece precisamente la fecundidad de su obra pastoral. El
fundamento de toda acción pastoral eficaz, ¿no reside acaso en la meditación
asidua del misterio de Cristo, en la contemplación apasionada de su rostro, en
la imitación generosa de la vida del Buen Pastor? Si bien es cierto que nuestra
época está en continuo movimiento y frecuentemente agitada con el riesgo fácil
del « hacer por hacer », el Obispo debe ser el primero en mostrar, con el
ejemplo de su vida, que es preciso restablecer la primacía del « ser » sobre el
« hacer » y, más aún, la primacía de la gracia, que en la visión
cristiana de la vida es también principio esencial para una « programación »
del ministerio pastoral.51
El camino espiritual del Obispo
13. Sólo cuando camina en la presencia del Señor, el Obispo
puede considerarse verdaderamente ministro de la comunión y de la esperanza
para el pueblo santo de Dios. En efecto, no es posible estar al servicio de los
hombres sin ser antes « siervo de Dios ». Y no se puede ser siervo de Dios si
antes no se es « hombre de Dios ». Por eso dije en la homilía de apertura del
Sínodo: « El pastor debe ser hombre de Dios; su existencia y su ministerio
están completamente bajo el señorío divino, y en el excelso misterio de Dios
encuentran luz y fuerza ».52
Para el Obispo, la llamada a la santidad proviene del mismo hecho
sacramental que da origen a su ministerio, o sea, la Ordenación episcopal. El
antiguo Eucologio de Serapión formula la invocación ritual de la
consagración en estos términos: « Dios de la verdad, haz de tu siervo un Obispo
vital, un Obispo santo en la sucesión de los santos apóstoles ».53 No
obstante, dado que la Ordenación episcopal no infunde la perfección de las
virtudes, « el Obispo está llamado a proseguir su camino de santificación con
mayor intensidad, para alcanzar la estatura de Cristo, hombre perfecto ».54
La misma índole cristológica y trinitaria de su misterio y ministerio exige
del Obispo un camino de santidad, que consiste en avanzar progresivamente hacia
a una madurez espiritual y apostólica cada vez más profunda, caracterizada por
la primacía de la caridad pastoral. Un camino vivido, evidentemente, en unión
con su pueblo, en un itinerario que es al mismo tiempo personal y comunitario,
como la vida misma de la Iglesia. En este recorrido, el Obispo se convierte
además, en íntima comunión con Cristo y solícita docilidad al Espíritu, en
testigo, modelo, promotor y animador. Así se expresa también la ley canónica: «
El Obispo diocesano, consciente de que está obligado a dar ejemplo de santidad
con su caridad, humildad y sencillez de vida, debe procurar con todas sus
fuerzas promover la santidad de los fieles, según la vocación propia de cada
uno; y, por ser el dispensador principal de los misterios de Dios, ha de cuidar
incesantemente de que los fieles que le están encomendados crezcan en la gracia
por la celebración de los sacramentos, y conozcan y vivan el misterio pascual
».55
El proceso espiritual del Obispo, como el de cada fiel cristiano, tiene
ciertamente su raíz en la gracia sacramental del Bautismo y de la Confirmación.
Esta gracia lo acomuna a todos los fieles, ya que, como hace notar el Concilio
Vaticano II, « todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están
llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor ».56
Puede aplicarse a este propósito la notoria afirmación de san Agustín, llena de
realismo y sabiduría sobrenatural: « Mas, si por un lado me aterroriza lo que
soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo
para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una
obligación, la del cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda
una salvación ».57 Aun así, merced a la caridad pastoral, la obligación
se transforma en servicio y el peligro en oportunidad de progreso y maduración.
El ministerio episcopal no sólo es fuente de santidad para los otros, sino
también motivo de santificación para quien deja pasar por su propio corazón y
su propia vida la caridad de Dios.
Los Padres sinodales sintetizaron algunas exigencias de este proceso. Ante
todo resaltaron el carácter bautismal y crismal que, ya desde el inicio de la
existencia cristiana, mediante las virtudes teologales, capacita para creer en
Dios, esperar en Él y amarlo. El Espíritu Santo, por su parte, infunde sus
dones favoreciendo que se crezca en el bien a través del ejercicio de las
virtudes morales, que dan a la vida espiritual una concreción también humana.58
Gracias al Bautismo que ha recibido, el Obispo participa, como todo cristiano,
de la espiritualidad que se arraiga en la incorporación a Cristo y se
manifiesta en su seguimiento según el Evangelio. Por eso comparte la vocación
de todos los fieles a la santidad. Debe, por tanto, cultivar una vida de oración
y de fe profunda, y poner toda su confianza en Dios, dando testimonio del
Evangelio, obedeciendo dócilmente a las sugerencias del Espíritu Santo y
manifestando una especial preferencia y filial devoción a la Virgen María, que
es maestra perfecta de vida espiritual.59
La espiritualidad del Obispo debe ser, pues, una espiritualidad de comunión,
vivida en sintonía con los demás bautizados, hijos, igual que él, del único
Padre del cielo y de la única Madre sobre la tierra, la Santa Iglesia. Como
todos los creyentes en Cristo, necesita alimentar su vida espiritual con la
palabra viva y eficaz del Evangelio y el pan de vida de la santa Eucaristía,
alimento de vida eterna. Por su fragilidad humana, el Obispo también ha de
recurrir frecuente y regularmente al sacramento de la Penitencia para obtener
el don de esa misericordia, de la cual él mismo ha sido instituido también
ministro. Consciente, pues, de la propia debilidad humana y de los propios
pecados, el Obispo, al igual que sus sacerdotes, vive el sacramento de la
Reconciliación ante todo para sí mismo, como una exigencia profunda y una
gracia siempre esperada, para dar un renovado impulso al propio deber de
santificación en el ejercicio del ministerio. De este modo, expresa además
visiblemente el misterio de una Iglesia santa en sí misma, pero compuesta
también de pecadores que necesitan ser perdonados.
Como todos los sacerdotes y, obviamente, en especial comunión con los del
presbiterio diocesano, el Obispo se ha de esforzar en seguir un camino
específico de espiritualidad. En efecto, él está llamado a la santidad por el
nuevo título que deriva del Orden sagrado. Por tanto, vive de fe, esperanza y
caridad en cuanto es ministro de la palabra del Señor, de la santificación y
del progreso espiritual del Pueblo de Dios. Debe ser santo porque tiene que
servir a la Iglesia como maestro, santificador y guía. Y, en cuanto tal, debe
amar también profunda e intensamente a la Iglesia. El Obispo es configurado con
Cristo para amar a la Iglesia con el amor de Cristo esposo y para ser en la
Iglesia ministro de su unidad, esto es, para hacer de ella « un pueblo
convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ».60
Los Padres sinodales subrayaron repetidamente que la espiritualidad
específica del Obispo se enriquece ulteriormente con la gracia inherente a la
plenitud del Sacerdocio y que se le otorga en el momento de su Ordenación. En
cuanto pastor de la grey y siervo del Evangelio de Jesucristo en la esperanza,
el Obispo debe reflejar y en cierto modo hacer transparente en sí mismo la
persona de Cristo, Pastor supremo. En el Pontifical Romano se recuerda
explícitamente esta exigencia: « Recibe la mitra, brille en ti el resplandor de
la santidad, para que, cuando aparezca el Príncipe de los pastores, merezcas
recibir la corona de gloria que no se marchita ».61
Para ello el Obispo necesita constantemente la gracia de
Dios, que refuerce y perfeccione su naturaleza humana. Puede afirmar con el
apóstol Pablo: « Nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser
ministros de una nueva Alianza » (2Co
3, 5-6). Por esto, se debe subrayar que el ministerio apostólico es una
fuente de espiritualidad para el Obispo, el cual debe encontrar en él los
recursos espirituales que lo hagan crecer en la santidad y le permitan
descubrir la acción del Espíritu Santo en el Pueblo de Dios confiado a sus
cuidados pastorales.62
En esta perspectiva, el camino espiritual del Obispo coincide con la misma
caridad pastoral, que debe considerarse fundadamente como el alma de su
apostolado, como lo es también para el presbítero y el diácono. No se trata
solamente de una existentia, sino también de una pro-existentia,
esto es, de un vivir inspirado en el modelo supremo que es Cristo Señor, y que,
por tanto, se entrega totalmente a la adoración del Padre y al servicio de los
hermanos. A este respecto, el Concilio Vaticano II afirma precisamente que los
Pastores, a imagen de Cristo, deben realizar con santidad y valentía, con
humildad y fortaleza, el propio ministerio, el cual será así para ellos « un
excelente medio de santificación ».63 Ningún Obispo puede ignorar que la
meta de la santidad siempre es Cristo crucificado, en su entrega total al Padre
y a los hermanos en el Espíritu Santo. Por eso la configuración con Cristo y la
participación en sus sufrimientos (cf. 1 P 4, 13), es el camino real de
la santidad del Obispo en medio de su pueblo.
María, Madre de la esperanza y maestra de vida espiritual
14. La presencia maternal de la Virgen María,
Mater spei et spes nostra, como la invoca la Iglesia, debe ser también
un apoyo para la vida espiritual del Obispo. Ha de sentir, pues, por ella una
devoción auténtica y filial, considerándose llamado a hacer suyo el fiat
de María, a revivir y actualizar cada día la entrega que hizo Jesús de María al
discípulo, al pie de la Cruz, así como la del discípulo amado a María (cf.Jn 19, 26-27). Igualmente, ha de
sentirse reflejado en la oración unánime y perseverante de los discípulos y
apóstoles del Hijo, con su Madre, cuando esperaban Pentecostés. En este icono
de la Iglesia naciente se expresa la unión indisoluble entre María y los
sucesores de los apóstoles (cf.Hch 1,
14).
La santa Madre de Dios debe ser, pues, para el Obispo maestra en escuchar y
cumplir prontamente la Palabra de Dios, en ser discípulo fiel al único Maestro,
en la estabilidad de la fe, en la confiada esperanza y en la ardiente caridad.
Como María, « memoria » de la encarnación del Verbo en la primera comunidad
cristiana, el Obispo ha de ser custodio y transmisor de la Tradición viva de la
Iglesia, en comunión con los demás Obispos, unidos bajo la autoridad del
Sucesor de Pedro.
La sólida devoción mariana del Obispo debe estar siempre orientada por la
Liturgia, en la cual la Virgen María está particularmente presente en la
celebración de los misterios de la salvación y es para toda la Iglesia modelo
ejemplar de escucha y de oración, de entrega y de maternidad espiritual. Más
aún, el Obispo debe procurar que « con respecto a la piedad mariana del pueblo
de Dios, la Liturgia aparezca como 'forma ejemplar', fuente de inspiración,
punto de referencia constante y meta última ».64 Respetando este
principio, el Obispo ha de alimentar su piedad mariana personal y comunitaria
con los ejercicios piadosos aprobados y recomendados por la Iglesia,
especialmente con el rezo de ese compendio del Evangelio que es el Santo
Rosario. Además de experto de esta oración, basada en la contemplación de los
acontecimientos salvadores de la vida de Cristo, a los que su santa Madre
estuvo íntimamente asociada, cada Obispo está invitado también a promoverla
diligentemente.65
Encomendarse a la Palabra
15. La Asamblea del Sínodo de los Obispos
indicó algunos medios necesarios para alimentar y hacer progresar la propia
vida espiritual.66 Entre ellos está, en primer lugar, la lectura y
meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo debe encomendarse siempre y sentirse
encomendado « a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para
construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados » (Hch 20, 32). Por tanto, antes de ser
transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles,
e incluso como la Iglesia misma, 67 tiene que ser oyente de la Palabra.
Ha de estar como « dentro de » la Palabra, para dejarse proteger y alimentar
como en un regazo materno. Con san Ignacio de Antioquía, el Obispo exclama
también: « me he refugiado en el Evangelio, como si en él estuviera
corporalmente presente el mismo Cristo ».68 Así pues, tendrá siempre
presente aquella conocida exhortación de san Jerónimo, citada por el Concilio
Vaticano II: « Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo ».69 En
efecto, no hay primacía de la santidad sin escucha de la Palabra de Dios, que
es guía y alimento de la santidad.
Encomendarse a la Palabra de Dios y custodiarla, como la
Virgen María que fue Virgo audiens, 70 comporta algunas prácticas
útiles que la tradición y la experiencia espiritual de la Iglesia han sugerido
siempre. Se trata, ante todo, de la lectura personal frecuente y del estudio
atento y asiduo de la Sagrada Escritura. El Obispo sería un predicador vano de
la Palabra hacia fuera, si antes no la escuchara en su interior.71Sería
incluso un ministro poco creíble de la esperanza sin el contacto frecuente con
la Sagrada Escritura, pues, como exhorta san Pablo, « con la paciencia y el
consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza » (Rm 15, 4). Así pues, sigue siendo
válido lo que escribió Orígenes: « Estas son las dos actividades del Pontífice:
o aprender de Dios, leyendo las Escrituras divinas y meditándolas
repetidamente, o enseñar al pueblo. En todo caso, que enseñe lo que él mismo ha
aprendido de Dios ».72
El Sínodo recordó la importancia de la lectio y de la meditatio
de la Palabra de Dios en la vida de los Pastores y en su ministerio al servicio
de la comunidad. Como he escrito en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, « es necesario, en
particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en
la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite
encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela
la existencia ».73 En los momentos de la meditación y de la lectio,
el corazón que ya ha acogido la Palabra se abre a la contemplación de la obra
de Dios y, por consiguiente, a la conversión a Él tanto de pensamiento como de
obra, acompañada por la petición suplicante de su perdón y su gracia.
Alimentarse de la Eucaristía
16. Así como el misterio pascual es el centro de la vida y
misión del Buen Pastor, la Eucaristía es también el centro de la vida y misión
del Obispo, como la de todo sacerdote.
Con la celebración cotidiana de la Santa Misa, el Obispo se ofrece a sí
mismo junto con Cristo. Cuando esta celebración se hace en la catedral, o en
otras iglesias, especialmente parroquiales, con asistencia y participación
activa de los fieles, el Obispo aparece además ante todos tal cual es, es
decir, como Sacerdos et Pontifex, ya que actúa en la persona de Cristo y
con la fuerza de su Espíritu, y como el hiereus, el sacerdote santo,
dedicado a realizar los sagrados misterios del altar, que anuncia y explica con
la predicación.74
El Obispo muestra también su amor a la Eucaristía cuando, durante el día,
dedica largos ratos de su tiempo a la adoración ante el Sagrario. Entonces abre
su alma al Señor para impregnarse totalmente y configurarse por la caridad
derramada en la Cruz por el gran Pastor de las ovejas, que dio su sangre por
ellas al entregar la propia vida. A Él eleva también su oración, intercediendo
por las ovejas que le han sido confiadas.
Oración y Liturgia de las Horas
17. Un segundo medio indicado por los Padres sinodales es
la oración, especialmente la que se dirige al Señor con el rezo de la Liturgia
de las Horas, que es siempre y específicamente oración de la comunidad
cristiana en nombre de Cristo y bajo la guía del Espíritu.
La oración es en sí misma un deber particular para el
Obispo, como lo es para cuantos « han recibido el don de la vocación a una vida
de especial consagración [...]: por su naturaleza, la consagración les hace más
disponibles para la experiencia contemplativa ».75 El Obispo no puede
olvidar que es sucesor de aquellos Apóstoles que fueron instituidos por Cristo
ante todo « para que estuvieran con él » (Mc 3, 14) y que, al comienzo de su
misión, hicieron una declaración solemne, que es todo un programa de vida: «
nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra » (Hch 6, 4). Así pues, el Obispo sólo
llegará a ser maestro de oración para los fieles si tiene experiencia propia de
diálogo personal con Dios. Debe poder dirigirse a Dios en cada momento con las
palabras del Salmista: « Yo espero en tu palabra » (Sal 119, 114). Precisamente en la
oración podrá obtener la esperanza con la cual debe contagiar en cierto modo a
los fieles. En efecto, en la oración se manifiesta y se alimenta de manera
privilegiada la esperanza, pues, según una expresión de santo Tomás de Aquino,
es la « intérprete de la esperanza ».76
La oración personal del Obispo ha de ser especialmente una plegaria
típicamente « apostólica », es decir, elevada al Padre como intercesión por
todas las necesidades del pueblo que le ha sido confiado. En el Pontifical
Romano, éste es el último compromiso que asume el elegido al episcopado antes
de la imposición de la manos: « ¿Perseverarás en la oración a Dios Padre
Todopoderoso y ejercerás el sumo sacerdocio con toda fidelidad? ».77 El
Obispo ora muy en particular por la santidad de sus sacerdotes, por las
vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada y para que en la
Iglesia sea cada vez más ardiente la entrega misionera y apostólica.
Por lo que se refiere a la Liturgia de las Horas, destinada a
consagrar y orientar toda la jornada mediante la alabanza de Dios, ¿cómo no
recordar las magníficas palabras del Concilio?: « Cuando los sacerdotes y los
que han sido destinados a esta tarea por la Iglesia, o los fieles juntamente
con el sacerdote, oran en la forma establecida, entonces realmente es la voz de
la misma Esposa la que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con
su mismo cuerpo, al Padre. Por eso, todos los que ejercen esta función no sólo
cumplen el oficio de la Iglesia, sino que también participan del sumo honor de
la Esposa de Cristo, porque, al alabar a Dios, están ante su trono en nombre de
la Madre Iglesia ».78 Escribiendo sobre el rezo del Oficio Divino, mi
predecesor Pablo VI decía que es « oración de la Iglesia local », en la cual se
manifiesta « la verdadera naturaleza de la Iglesia orante ».79 En la
consecratio temporis, que hace la Liturgia de las Horas, se realiza
esa laus perennis que anticipa y prefigura la Liturgia celeste, vínculo
de unión con los ángeles y los santos que glorifican por siempre el nombre de
Dios. Así pues, el Obispo, cuanto más se imbuye del dinamismo escatológico de
la oración del salterio, tanto más se manifiesta y realiza como hombre de
esperanza. En los Salmos resuena la Vox sponsae que invoca al Esposo.
Cada Obispo, pues, ora con su pueblo y por su pueblo. A su
vez, es edificado y ayudado por la oración de sus fieles, sacerdotes, diáconos,
personas de vida consagrada y laicos de toda edad. Para ellos es educador y
promotor de la oración. No solamente transmite lo que ha contemplado, sino que
abre a los cristianos el camino mismo de la contemplación. De este modo, el
conocido lema contemplata aliis tradere se convierte así en
contemplationem aliis tradere.
La vía de los consejos evangélicos y de las bienaventuranzas
18. El Señor propone a todos sus
discípulos, pero de modo particular a quienes ya durante esta vida quieren
seguirlo más de cerca, como los Apóstoles, la vía de los consejos evangélicos.
Éstos, además de ser un don de la Trinidad a la Iglesia, son un reflejo de la
vida trinitaria en el creyente.80 Lo son de manera especial en el Obispo
que, como sucesor de los Apóstoles, está llamado a seguir a Cristo por la vía
de la perfección de la caridad. Por esto él es consagrado como es consagrado
Jesús. Su vida es dependencia radical de Él y total transparencia suya ante la
Iglesia y el mundo. En la vida del Obispo debe resplandecer la vida de Jesús y,
por tanto, su obediencia al Padre hasta la muerte y muerte de cruz (cf.Flp 2, 8), su amor casto y virginal,
su pobreza que es libertad absoluta ante los bienes terrenos.
De este modo, los Obispos pueden guiar con su ejemplo no sólo a los que en
la Iglesia han sido llamados a seguir a Cristo en la vida consagrada, sino
también a los presbíteros, a los cuales se les propone también el radicalismo
de la santidad según el espíritu de los consejos evangélicos. Dicho
radicalismo, por lo demás, concierne a todos los fieles, incluso a los laicos,
puesto que « es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la
llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima comunión de vida
con Él, realizada por el Espíritu ».81
En definitiva, en el rostro del Obispo los fieles han de contemplar las
cualidades que son don de la gracia y que, en las Bienaventuranzas, son como un
autorretrato de Cristo: el rostro de la pobreza, de la mansedumbre y de la
pasión por la justicia; el rostro misericordioso del Padre y del hombre
pacífico y pacificador; el rostro de la pureza de quien pone su atención
constante y únicamente en Dios. Los fieles han de poder ver también en su
Obispo el rostro de quien vive la compasión de Jesús con los afligidos y, a
veces, como ha ocurrido en la historia y ocurre también hoy, el rostro lleno de
fortaleza y gozo interior de quien es perseguido a causa de la verdad del
Evangelio.
La virtud de la obediencia
19. Reflejando en sí mismo estos rasgos
tan humanos de Jesús, el Obispo se convierte además en modelo y promotor de una
espiritualidad de comunión, orientada con solícita atención a construir la
Iglesia, de modo que todo, palabras y obras, se realice bajo el signo de la
sumisión filial en Cristo y en el Espíritu al amoroso designio del Padre. Como
maestro de santidad y ministro de la santificación de su pueblo, el Obispo está
llamado a cumplir fielmente la voluntad del Padre. La obediencia del Obispo ha
de ser vivida teniendo como modelo -y no podría ser de otro modo- la obediencia
misma de Cristo, el cual dijo varias veces que había bajado del cielo no para
hacer su voluntad, sino la de Quien la había enviado (cf. Jn 6, 38; 8, 29; Flp 2, 7-8).
Siguiendo las huellas de Cristo, el Obispo es obediente al Evangelio y a la
Tradición de la Iglesia; sabe interpretar los signos de los tiempos y reconocer
la voz del Espíritu Santo en el ministerio petrino y en la colegialidad
episcopal. En la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis puse de
relieve el carácter apostólico, comunitario y pastoral de la obediencia
presbiteral.82Como es obvio, estas características se encuentran de
manera más intensa en la obediencia del Obispo. En efecto, la plenitud del
sacramento del Orden que él ha recibido lo sitúa en una relación especial con
el Sucesor de Pedro, con los miembros del Colegio episcopal y con su misma
Iglesia particular. Debe sentirse comprometido a vivir intensamente estas
relaciones con el Papa y con sus hermanos Obispos en un estrecho vínculo de
unidad y colaboración, respondiendo de este modo al designio divino que ha
querido unir inseparablemente a los Apóstoles en torno a Pedro. Esta comunión
jerárquica del Obispo con el Sumo Pontífice refuerza, gracias al Orden
recibido, su capacidad de hacer presente a Jesucristo, Cabeza invisible de toda
la Iglesia.
Al aspecto apostólico de la obediencia ha de añadirse también el
comunitario, ya que el episcopado es por su naturaleza « uno e indiviso ».83
Gracias a este carácter comunitario, el Obispo está llamado a vivir su
obediencia venciendo toda tentación de individualismo y haciéndose cargo, en el
conjunto de la misión del Colegio episcopal, de la solicitud por el bien de
toda la Iglesia.
Como modelo de escucha, el Obispo ha de estar también atento a comprender,
por medio de la oración y el discernimiento, la voluntad de Dios a través de lo
que el Espíritu dice a la Iglesia. Ejerciendo evangélicamente su autoridad,
debe saber dialogar con sus colaboradores y con los fieles para hacer crecer
eficazmente el entendimiento recíproco.84 Esto le permitirá valorar
pastoralmente la dignidad y responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios,
favoreciendo con equilibrio y serenidad el espíritu de iniciativa de cada uno.
En efecto, se ha de ayudar a los fieles a progresar en una obediencia
responsable que los haga activos a nivel pastoral.85 A este respecto, es
siempre actual la exhortación que san Ignacio de Antioquía dirigía a Policarpo:
« Que no se haga nada sin tu consentimiento, pero tú no debes hacer nada sin el
consentimiento de Dios ».86
Espíritu y práctica de la pobreza en el Obispo
20. Los Padres sinodales, como signo de sintonía colegial,
acogieron la invitación que hice en la Liturgia de apertura del Sínodo, para
que la biena- venturanza evangélica de la pobreza fuese considerada como una de
las condiciones necesarias, en la situación actual, para llevar a cabo un
fecundo ministerio episcopal. También en esta ocasión, en la asamblea de los
Obispos quedó como impresa la figura de Cristo el Señor, que « realizó la obra
de la redención en la pobreza y en la persecución » e invita a la Iglesia, con
sus pastores al frente, « a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres
los frutos de la salvación ».87
Por tanto, el Obispo, que quiere ser auténtico testigo y ministro del
evangelio de la esperanza, ha de ser vir pauper. Lo exige el testimonio
que debe dar de Cristo pobre; lo exige también la solicitud de la Iglesia para
con los pobres, por los cuales se debe hacer una opción preferencial. La opción
del Obispo de vivir el propio ministerio en la pobreza contribuye decididamente
a hacer de la Iglesia la « casa de los pobres ».
Además, dicha opción da al Obispo una gran libertad interior en el ejercicio
del ministerio, favoreciendo una comunicación eficaz de los frutos de la
salvación. La autoridad episcopal se ha de ejercer con una incansable
generosidad y una inagotable gratuidad. Eso requiere por parte del Obispo una
confianza plena en la providencia del Padre celestial, una comunión magnánima
de bienes, un estilo de vida austero y una conversión personal permanente. Sólo
de este modo podrá participar en las angustias y los sufrimientos del Pueblo de
Dios, al que no sólo debe guiar y alentar, sino con el cual debe ser solidario,
compartiendo sus problemas y alentando su esperanza.
Llevará a cabo este servicio con eficacia si su vida es
sencilla, sobria y, a la vez, activa y generosa, y si pone en el centro de la
comunidad cristiana, y no al margen, a quienes son considerados como los
últimos de nuestra sociedad.88 Debe favorecer casi de modo natural la «
fantasía de la caridad », que pondrá de relieve, más que la eficacia de las
ayudas prestadas, la capacidad de compartir de manera fraterna. En efecto, en
la Iglesia apostólica, como atestiguan abundantemente los Hechos, la pobreza de
algunos provocaba la solidaridad de los otros con el resultado sorprendente de
que « no había entre ellos ningún necesitado » (Hch 4, 34). La Iglesia es deudora de
esta profecía a un mundo angustiado por los problemas del hambre y de la desigualdad
entre los pueblos. En esta perspectiva de compartir y de sencillez, el Obispo
administra los bienes de la Iglesia como el « buen padre de familia » y vigila
que sean empleados según los fines propios de la Iglesia: el culto de Dios, la
manutención de sus ministros, las obras de apostolado y las iniciativas de
caridad con los pobres.
Procurator pauperum ha sido siempre un título de los pastores de la
Iglesia y debe serlo también hoy de manera concreta, para hacer presente y
elocuente el mensaje del Evangelio de Jesucristo como fundamento de la
esperanza de todos, pero especialmente de los que sólo pueden esperar de Dios
una vida más digna y un futuro mejor. Atraídas por el ejemplo de los Pastores,
la Iglesia y las Iglesias han de poner en práctica la « opción preferencial por
los pobres », que he indicado como programa para el tercer milenio.89
Con la castidad al servicio de una Iglesia que refleja la pureza de
Cristo
21. « Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece
fiel a la Iglesia, Esposa santa de Dios ». Con estas palabras del Pontifical
Romano de la Ordenación, 90 se invita al Obispo a tomar conciencia de
que asume el compromiso de reflejar en sí mismo el amor virginal de Cristo por
todos sus fieles. Está llamado ante todo a suscitar entre ellos relaciones
recíprocas inspiradas en el respeto y la estima propias de una familia donde
florece el amor en el sentido de la exhortación del apóstol Pedro: « Amaos unos
a otros de corazón e intensamente. Mirad que habéis vuelto a nacer, y no de un
padre mortal, sino de uno inmortal, por medio de la Palabra de Dios viva y
duradera » (1 P 1, 22).
Mientras con su ejemplo y su palabra exhorta a los
cristianos a ofrecer sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios
(cf.Rm 12, 1), recuerda a todos que
« la apariencia de este mundo pasa » (1Co
7, 31), y por esto se debe vivir « aguardando la feliz esperanza » del
retorno glorioso de Cristo (cf. Tt 2,
13). En particular, en su solicitud pastoral está cercano con su afecto
paterno a cuantos han abrazado la vida religiosa con la profesión de los
consejos evangélicos y ofrecen su precioso servicio a la Iglesia. Además,
sostiene y anima a los sacerdotes que, llamados por la divina gracia, han
asumido libremente el compromiso del celibato por el Reino de los cielos,
recordándoles a ellos y a sí mismo las motivaciones evangélicas y espirituales
de dicha opción, tan importante para el servicio del Pueblo de Dios. En la
Iglesia actual y en el mundo, el testimonio del amor casto es, por un lado, una
especie de terapia espiritual para la humanidad y, por otro, una denuncia de la
idolatría del instinto sexual.
En el contexto social actual, el Obispo debe estar particularmente cercano a
su grey, y ante todo a sus sacerdotes, atento paternalmente a sus dificultades
ascéticas y espirituales, dándoles el apoyo oportuno para favorecer su
fidelidad a la vocación y a las exigencias de una ejemplar santidad de vida en
el ejercicio del ministerio. Además, en los casos de faltas graves y sobre todo
de delitos que perjudican el testimonio mismo del Evangelio, especialmente por
parte de los ministros de la Iglesia, el Obispo ha de ser firme y decidido,
justo y sereno. Debe intervenir en seguida, según establecen las normas
canónicas, tanto para la corrección y el bien espiritual del ministro sagrado,
como para la reparación del escándalo y el restablecimiento de la justicia, así
como por lo que concierne a la protección y ayuda de las víctimas.
Con su palabra y su actuación atenta y paternal, el Obispo cumple el
compromiso de ofrecer al mundo la verdad de una Iglesia santa y casta en sus
ministros y en sus fieles. Actuando de este modo, el pastor va delante de su
grey como hizo Cristo, el Esposo, que entregó su vida por nosotros y dejó a
todos el ejemplo de un amor puro y virginal y, por eso mismo, también fecundo y
universal.
Animador de una espiritualidad de comunión y de misión
22. En la Carta apostólica Novo
Millennio Ineunte he subrayado la necesidad de « hacer de la Iglesia la
casa y la escuela de la comunión ».91 Esta observación ha tenido amplio
eco y ha sido recogida en la Asamblea sinodal. Obviamente, el Obispo es el
primero que, en su camino espiritual, tiene el cometido de ser promotor y
animador de una espiritualidad de comunión, esforzándose incansablemente para
que ésta sea uno de los principios educativos de fondo en todos los ámbitos en
que se modela al hombre y al cristiano: en la parroquia, asociaciones
católicas, movimientos eclesiales, escuelas católicas o los oratorios. De modo
particular el Obispo ha de cuidar que la espiritualidad de comunión se
favorezca y desarrolle donde se educan los futuros presbíteros, es decir, en
los seminarios, así como en los noviciados y casas religiosas, en los
Institutos y en las Facultades teológicas.
Los puntos más importantes de esta promoción de la
espiritualidad de comunión los he indicado sintéticamente en la misma Carta
apostólica. Ahora es suficiente añadir que el Obispo ha de alentarla de manera
especial en su presbiterio, como también entre los diáconos, los consagrados y
las consagradas. Lo ha de hacer en el diálogo y encuentro personal, pero
también en encuentros comunitarios, por lo que debe favorecer en la propia
Iglesia particular momentos especiales para disponerse mejor a la escucha de «
lo que el Espíritu dice a las Iglesias » (Ap 2, 7.11, etc.). Así ocurre en los
retiros, ejercicios espirituales y jornadas de espiritualidad, como también con
el uso prudente de los nuevos instrumentos de comunicación social, si eso fuere
oportuno para una mayor eficacia.
Para un Obispo, cultivar una espiritualidad de comunión quiere decir también
alimentar la comunión con el Romano Pontífice y con los demás hermanos Obispos,
especialmente dentro de la misma Conferencia Episcopal y Provincia
eclesiástica. Además, para superar el riesgo de la soledad y el desaliento ante
la magnitud y la desproporción de los problemas, el Obispo necesita recurrir de
buen grado, no sólo a la oración, sino también a la amistad y comunión fraterna
con sus Hermanos en el episcopado.
Tanto en su fuente como en su modelo trinitario, la comunión se manifiesta
siempre en la misión, que es su fruto y consecuencia lógica. Se favorece el
dinamismo de comunión cuando se abre al horizonte y a las urgencias de la
misión, garantizando siempre el testimonio de la unidad para que el mundo crea
y ampliando la perspectiva del amor para que todos alcancen la comunión
trinitaria, de la cual proceden y a la cual están destinados. Cuanto más
intensa es la comunión, tanto más se favorece la misión, especialmente cuando
se vive en la pobreza del amor, que es la capacidad de ir al encuentro de cada
persona, grupo y cultura sólo con la fuerza de la Cruz, spes unica y
testimonio supremo del amor de Dios, que se manifiesta también como amor de
fraternidad universal.
Caminar en lo cotidiano
23. El realismo espiritual lleva a reconocer que el Obispo
ha de vivir la propia vocación a la santidad en el contexto de dificultades
externas e internas, de debilidades propias y ajenas, de imprevistos cotidianos,
de problemas personales e institucionales. Ésta es una situación constante en
la vida de los pastores, de la que san Gregorio Magno da testimonio cuando
constata con dolor: « Desde que he cargado sobre mis hombros la
responsabilidad, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría,
solicitado como estoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir
las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar
con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular [...].
Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones,
¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y
al ministerio de la palabra? [...] ¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalaya
soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña? ».92
Para contrarrestar las tendencias dispersivas que intentan fragmentar la
unidad interior, el Obispo necesita cultivar un ritmo de vida sereno, que
favorezca el equilibrio mental, psicológico y afectivo, y lo haga capaz de
estar abierto para acoger a las personas y sus interrogantes, en un contexto de
auténtica participación en las situaciones más diversas, alegres o tristes. El
cuidado de la propia salud en todas sus dimensiones es también para el Obispo
un acto de amor a los fieles y una garantía de mayor apertura y disponibilidad
a las mociones del Espíritu. A este respecto, son conocidas las recomendaciones
de san Carlos Borromeo, brillante figura de pastor, en el discurso que pronunció
en su último Sínodo: « ¿Ejerces la cura de almas? No por ello olvides la cura
de ti mismo, ni te entregues tan pródigamente a los demás que no quede para ti
nada de ti mismo; porque es necesario, ciertamente, que te acuerdes de las
almas a cuyo frente estás, pero no de manera que te olvides de ti ».93
El Obispo debe afrontar, pues, con equilibrio los múltiples compromisos
armonizándolos entre sí: la celebración de los misterios divinos y la oración
privada, el estudio personal y la programación pastoral, el recogimiento y el
descanso necesario. Con la ayuda de estos medios para su vida espiritual,
encontrará la paz del corazón experimentando la profundidad de la comunión con
la Trinidad, que lo ha elegido y consagrado. Con la gracia que Dios le concede,
debe desempeñar cada día su ministerio, atento a las necesidades de la Iglesia
y del mundo, como testigo de la esperanza.
Formación permanente del Obispo
24. En estrecha relación con el deber del Obispo de seguir
incansablemente la vía de la santidad viviendo una espiritualidad
cristocéntrica y eclesial, la Asamblea sinodal planteó también la cuestión de
su formación permanente. Ésta, necesaria para todos los fieles, como se subrayó
en los Sínodos anteriores y recordaron las sucesivas Exhortaciones apostólicas
Christifideles laici, Pastores dabo vobis y Vita Consecrata, debe considerarse
necesaria especialmente para el Obispo, que tiene la responsabilidad del
progreso común y concorde de la Iglesia.
Como en el caso de los sacerdotes y las personas de vida
consagrada, la formación permanente es también para el Obispo una exigencia
intrínseca de su vocación y misión. En efecto, le permite discernir mejor las
nuevas indicaciones con las que Dios precisa y actualiza la llamada inicial. El
apóstol Pedro, después del « sígueme » del primer encuentro con Cristo (cf. Mt 4, 19), volvió a oír que el
Resucitado, antes de dejar la tierra, le repetía la misma invitación,
anunciándole las fatigas y tribulaciones del futuro ministerio, añadiendo: «
Tú, sígueme » (Jn 21, 22). « Por
tanto, hay un 'sígueme' que acompaña toda la vida y la misión del apóstol. Es
un 'sígueme' que atestigua la llamada y la exigencia de fidelidad hasta a la
muerte (cf. ibíd.), un 'sígueme' que puede significar una sequela
Christi con el don total de sí en el martirio ».94 Evidentemente, no
se trata sólo de una adecuada puesta al día, como exige un conocimiento
realista de la situación de la Iglesia y del mundo, que capacite al Pastor a
vivir el presente con mente abierta y corazón compasivo. A esta buena razón
para una formación permanente actualizada, se añaden otros motivos tanto de
índole antropológica, derivados del hecho de que la vida misma es un incesante
camino hacia la madurez, como de índole teológica, vinculados profundamente a la
naturaleza sacramental. En efecto, el Obispo debe « custodiar con amor
vigilante el 'misterio' del que es portador para el bien de la Iglesia y de la
humanidad ».95
Para una puesta al día periódica, especialmente sobre algunos temas de gran
importancia, se requieren tiempos sosegados de escucha atenta, comunión y
diálogo con personas expertas -Obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos,
laicos-, en un intercambio de experiencias pastorales, conocimientos
doctrinales y recursos espirituales que proporcionarán un auténtico
enriquecimiento personal. Para ello, los Padres sinodales subrayaron la
utilidad de cursos especiales de formación para los Obispos, como los
encuentros anuales promovidos por la Congregación para los Obispos o por la de
la Evangelización de los Pueblos, para los Obispos ordenados recientemente. Al
mismo tiempo, se estimó conveniente que los Sínodos patriarcales, las
Conferencias nacionales y regionales, e incluso las Asambleas continentales de
Obispos organicen breves cursos de formación o jornadas de estudio, o de
actualización, así como también de ejercicios espirituales para los Obispos.
Convendrá que la misma Presidencia de la Conferencia episcopal asuma la
tarea de preparar y realizar dichos programas de formación permanente, animando
a los Obispos a participar en estos cursos, a fin de alcanzar también de este
modo una más estrecha comunión entre los Pastores, con vistas a una mayor
eficacia pastoral en cada diócesis.96
En cualquier caso, es evidente que, como la vida de la Iglesia, el estilo de
actuar, las iniciativas pastorales y las formas del ministerio del Obispo
evolucionan con el tiempo. Desde este punto de vista se necesitaría también una
actualización, en conformidad con las disposiciones del Código de Derecho
Canónico y en relación con los nuevos desafíos y compromisos de la Iglesia en
la sociedad. En este contexto, la Asamblea sinodal propuso que se revisara el
Directorio Ecclesiae imago, publicado ya por la Congregación para los
Obispos el 22 de febrero de 1973, adaptándolo a las nuevas exigencias de los
tiempos y a los cambios producidos en la Iglesia y en la vida pastoral.97
El ejemplo de los Obispos santos
25. Los Obispos encuentran siempre aliento en el ejemplo de
Pastores santos, tanto para su vida y su ministerio como para la propia
espiritualidad y su esfuerzo por adaptar la acción apostólica. En la homilía de
la Celebración eucarística de clausura del Sínodo, yo mismo propuse la figura
de santos Pastores, canonizados durante el último siglo, como testimonio de una
gracia del Espíritu que nunca ha faltado y jamás faltará a la Iglesia.98
La historia de la Iglesia, ya desde los Apóstoles, está plagada de Pastores
cuya doctrina y santidad, pueden iluminar y orientar el camino espiritual de
los Obispos del tercer milenio. Los testimonios gloriosos de los grandes
Pastores de los primeros siglos de la Iglesia, los Fundadores de Iglesias
particulares, los confesores de la fe y los mártires que han dado la vida por Cristo
en tiempos de persecución, siguen siendo punto de referencia luminoso para los
Obispos de nuestro tiempo y en los que pueden encontrar indicaciones y
estímulos en su servicio al Evangelio.
En particular, muchos de ellos han sido ejemplares en la virtud de la
esperanza, cuando han alentado a su pueblo en tiempos difíciles, han
reconstruido las iglesias tras épocas de persecución y calamidad, edificado
hospicios para acoger a peregrinos y menesterosos, abierto hospitales donde
atender a enfermos y ancianos. Muchos Obispos han sido guías clarividentes, que
han abierto nuevos derroteros para su pueblo; con la mirada fija en Cristo
crucificado y resucitado, esperanza nuestra, han dado respuestas positivas y
creativas a los desafíos del momento durante tiempos difíciles. Al principio
del tercer milenio hay también Pastores como éstos, que tienen una historia que
contar, hecha de fe anclada firmemente en la Cruz. Pastores que saben percibir
las aspiraciones humanas, asumirlas, purificarlas e interpretarlas a la luz del
Evangelio y que, por tanto, tienen también una historia que construir junto con
todo el pueblo confiado a ellos.
Por eso, cada Iglesia particular procurará celebrar a sus propios santos
Obispos y recordar también a los Pastores que han dejado en el pueblo una
huella especial de admiración y cariño por su vida santa y su preclara
doctrina. Ellos son los vigías espirituales que desde el cielo orientan el
camino de la Iglesia peregrina en el tiempo. Por eso la Asamblea sinodal, para
que se conserve siempre viva la memoria de la fidelidad de los Obispos
eminentes en el ejercicio de su ministerio, recomendó que las Iglesias
particulares o, según el caso, las Conferencias episcopales, se preocupasen de
dar a conocer su figura a los fieles con biografías actualizadas y, en los
casos oportunos, tomen en consideración la conveniencia de introducir sus
causas de canonización.99
El testimonio de una vida espiritual y apostólica plenamente realizada sigue
siendo hoy la gran prueba de la fuerza del Evangelio para transformar a las
personas y comunidades, dando entrada en el mundo y en la historia a la
santidad misma de Dios. Esto es también un motivo de esperanza, especialmente
para las nuevas generaciones, que esperan de la Iglesia propuestas estimulantes
en las cuales inspirarse para el compromiso de renovar en Cristo a la sociedad
de nuestro tiempo.
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CAPÍTULO III
MAESTRO DE LA FE
Y HERALDO DE LA PALABRA
« Id por todo el
mundo y proclamad la Buena Nueva » (Mc
16, 15)
26. Jesús resucitado confió a sus
apóstoles la misión de « hacer discípulos » a todas las gentes, enseñándoles a
guardar todo lo que Él mismo había mandado. Así pues, se ha encomendado
solemnemente a la Iglesia, comunidad de los discípulos del Señor crucificado y
resucitado, la tarea de predicar el Evangelio a todas las criaturas. Es un
cometido que durará hasta al final de los tiempos. Desde aquel primer momento,
ya no es posible pensar en la Iglesia sin esta misión evangelizadora. Es una
convicción que el apóstol Pablo expresó con las conocidas palabras: « Predicar
el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me
incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! » (1Co 9, 16).
Aunque el deber de anunciar el Evangelio es propio de toda la Iglesia y de
cada uno de sus hijos, lo es por un título especial de los Obispos que, en el
día de la sagrada Ordenación, la cual los introduce en la sucesión apostólica,
asumen como compromiso principal predicar el Evangelio a los hombres y hacerlo
« invitándoles a creer por la fuerza del Espíritu o confirmándolos en la fe
viva ».100
La actividad evangelizadora del Obispo, orientada a
conducir a los hombres a la fe o robustecerlos en ella, es una manifestación
preeminente de su paternidad. Por tanto, puede repetir con Pablo: « Pues aunque
hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He
sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús » (1Co 4, 15). Precisamente por este
dinamismo generador de vida nueva según el Espíritu, el ministerio episcopal se
manifiesta en el mundo como un signo de esperanza para los pueblos y para cada
persona.
Por eso, los Padres sinodales recordaron muy oportunamente que el anuncio de
Cristo ocupa siempre el primer lugar y que el Obispo es el primer predicador
del Evangelio con la palabra y con el testimonio de vida. Debe ser consciente
de los desafíos que el momento actual lleva consigo y tener la valentía de
afrontarlos. Todos los Obispos, como ministros de la verdad, han de cumplir
este cometido con vigor y confianza.101
Cristo, en el corazón del Evangelio y del hombre
27. El tema del anuncio del Evangelio predominó en las
intervenciones de los Padres sinodales, que en repetidas ocasiones y de varios
modos afirmaron cómo el centro vivo del anuncio del Evangelio es Cristo
crucificado y resucitado para la salvación de todos los hombres.102
En efecto, Cristo es el corazón de la evangelización, cuyo programa « se
centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar,
para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su
perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al
variar los tiempos y las culturas, aunque tiene en cuenta el tiempo y la
cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de
siempre es el nuestro para el tercer milenio ».103
De Cristo, corazón del Evangelio, arrancan todas las demás verdades de la fe
y se irradia también la esperanza para todos los seres humanos. En efecto, es
la luz que ilumina a todo hombre y quien es regenerado en Él recibe las
primicias del Espíritu, que le hace capaz de cumplir la ley nueva del amor.104
Por eso el Obispo, en virtud de su misión apostólica, está capacitado para
introducir a su pueblo en el corazón del misterio de la fe, donde podrá
encontrar a la persona viva de Jesucristo. Los fieles comprenderán así que toda
la experiencia cristiana tiene su fuente y su punto de referencia ineludible en
la Pascua de Jesús, vencedor del pecado y de la muerte.105
El anuncio de la muerte y resurrección del Señor « no puede por menos de
incluir el anuncio profético de un más allá, vocación profunda y definitiva del
hombre, en continuidad y discontinuidad a la vez con la situación presente: más
allá del tiempo y de la historia, más allá de la realidad de este mundo, cuya
imagen pasa [...]. La evangelización comprende además la predicación de la
esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva alianza en
Jesucristo ».106
El Obispo, oyente y custodio de la Palabra
28. El Concilio Vaticano II, siguiendo la línea indicada
por la tradición de la Iglesia, afirma que la misión de enseñar propia de los
Obispos consiste en conservar santamente y anunciar con audacia la fe.107
Desde este punto de vista se manifiesta toda la riqueza
del gesto previsto en el Rito Romano de Ordenación episcopal, cuando se pone el
Evangeliario abierto sobre la cabeza del electo. Con ello se quiere expresar,
de una parte, que la Palabra arropa y protege el ministerio del Obispo y, de
otra, que ha de vivir completamente sumiso a la Palabra de Dios mediante la
dedicación cotidiana a la predicación del Evangelio con toda paciencia y
doctrina (cf. 2Tm 4, 2). Los
Padres sinodales recordaron también varias veces que el Obispo es quien
conserva con amor la Palabra de Dios y la defiende con valor, testimoniando su
mensaje de salvación. Efectivamente, el sentido del munus docendi episcopal
surge de la naturaleza misma de lo que se debe custodiar, esto es, el depósito
de la fe.
En la Sagrada Escritura de ambos Testamentos y en la Tradición, nuestro
Señor Jesucristo confió a su Iglesia el único depósito de la Revelación divina,
que es como « el espejo en que la Iglesia peregrina contempla a Dios, de quien
todo lo recibe, hasta el día en que llegue a verlo cara a cara, como Él es ».108
Esto es lo que ha ocurrido a lo largo de los siglos hasta hoy: las diversas
comunidades, acogiendo la Palabra siempre nueva y eficaz a través de los
tiempos, han escuchado dócilmente la voz del Espíritu Santo, comprometiéndose a
hacerla viva y activa en cada uno de los períodos de la historia. Así, la
Palabra transmitida, la Tradición, se ha hecho cada vez más conscientemente
Palabra de vida y, entre tanto, la tarea de anunciarla y custodiarla se ha
realizado progresivamente, bajo la guía y la asistencia del Espíritu de Verdad,
como una transmisión incesante de todo lo que la Iglesia es y de todo lo que
ella cree.109
Esta Tradición, que tiene su origen en los Apóstoles,
progresa en la vida de la Iglesia, como ha enseñado el Concilio Vaticano II. De
modo similar crece y se desarrolla la comprensión de las cosas y las palabras
transmitidas, de manera que al creer, practicar y profesar la fe transmitida,
se establece una maravillosa concordia entre Obispos y fieles.110 Así
pues, en la búsqueda de la fidelidad al Espíritu, que habla en la Iglesia,
fieles y pastores se encuentran y establecen los vínculos profundos de fe que
son el primer momento del sensus fidei. A este respecto, es útil oír de
nuevo las palabras del Concilio: « La totalidad de los fieles que tienen la
unción del Santo (cf. 1Jn 2, 20 y
27) no puede equivocarse en la fe. Se manifiesta esta propiedad suya, tan
peculiar, en el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo: cuando 'desde
los obispos hasta el último de los laicos cristianos' muestran estar totalmente
de acuerdo en cuestiones de fe y de moral ».111
Por eso, para el Obispo, la vida de la Iglesia y la vida en la Iglesia
es una condición para el ejercicio de su misión de enseñar. El Obispo tiene su identidad
y su puesto dentro de la comunidad de los discípulos del Señor, donde ha
recibido el don de la vida divina y la primera enseñanza de la fe. Todo Obispo,
especialmente cuando desde su Cátedra episcopal ejerce ante la asamblea de los
fieles su función de maestro en la Iglesia, debe poder decir como san Agustín:
« considerando el puesto que ocupamos, somos vuestros maestros, pero respecto
al único maestro, somos con vosotros condiscípulos en la misma escuela ».112
En la Iglesia, escuela del Dios vivo, Obispos y fieles son todos condiscípulos
y todos necesitan ser instruidos por el Espíritu.
El Espíritu imparte su enseñanza interior de muchas maneras. En el corazón
de cada uno, ante todo, en la vida de las Iglesias particulares, donde surgen y
se hacen oír las diversas necesidades de las personas y de las varias
comunidades eclesiales, mediante lenguajes conocidos, pero también diversos y
nuevos.
También se escucha al Espíritu cuando suscita en la Iglesia diferentes
formas de carismas y servicios. Por este motivo, en el Aula sinodal se
pronunciaron reiteradamente palabras que exhortaban al Obispo al encuentro
directo y al contacto personal con los fieles de las comunidades confiadas a su
cuidado pastoral, siguiendo el modelo del Buen Pastor que conoce a sus ovejas y
las llama a cada una por su nombre. En efecto, el encuentro frecuente del
Obispo con sus presbíteros, en primer lugar, con los diáconos, los consagrados
y sus comunidades, con los fieles laicos, tanto personalmente como en las
diversas asociaciones, tiene gran importancia para el ejercicio de un
ministerio eficaz entre el Pueblo de Dios.
El servicio auténtico y autorizado de la Palabra
29. Con la Ordenación episcopal cada Obispo ha recibido la
misión fundamental de anunciar autorizadamente la Palabra. El Obispo, en virtud
de la sagrada Ordenación, es maestro auténtico que predica al pueblo a él
confiado la fe que se ha de creer y aplicar a la vida moral. Eso quiere decir
que los Obispos están revestidos de la autoridad misma de Cristo y que, por
esta razón fundamental, « cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice,
merecen el respeto de todos, pues son los testigos de la verdad divina y
católica. Los fieles, por su parte, deben adherirse a la decisión que sobre
materia de fe y costumbres ha tomado su Obispo en nombre de Cristo y aceptarla
con espíritu de obediencia religiosa ».113 En este servicio a la Verdad,
el Obispo se sitúa ante la comunidad y es para ella, a la cual
orienta su solicitud pastoral y por la cual eleva insistentemente sus plegarias
a Dios.
Así pues, el Obispo transmite a sus hermanos, a los que
cuida como el Buen Pastor, lo que escucha y recibe del corazón de la Iglesia.
En él se completa el sensus fidei. En efecto, el Concilio Vaticano II
enseña: « El Espíritu de la verdad suscita y sostiene ese sentido de la fe. Con
él, el Pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio al que obedece con
fidelidad, recibe, no ya una simple palabra humana, sino la palabra de Dios
(cf. 1Ts 2, 13). Así se adhiere
indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre (Judas
3), la profundiza con un juicio recto y la aplica cada día más plenamente a
la vida ».114 Es, pues, una palabra que, en el seno de la comunidad y
ante ella, ya no es simplemente palabra del Obispo como persona privada, sino
del Pastor que confirma en la fe, reúne en torno al misterio de Dios y engendra
vida.
Los fieles necesitan la palabra de su Obispo; necesitan confirmar y
purificar su fe. La Asamblea sinodal subrayó esto, indicando algunos ámbitos
específicos en los que más se advierte esta necesidad. Uno de ellos es el
primer anuncio o kerygma, siempre necesario para suscitar la obediencia
de la fe, pero que es más urgente aún en la situación actual, caracterizada por
la indiferencia y la ignorancia religiosa de muchos cristianos.115
También es evidente que, en el ámbito de la catequesis, el Obispo es el
catequista por excelencia. La gran influencia que han tenido grandes y santos
Obispos, cuyos textos catequéticos se consultan aún hoy con admiración, es un
motivo más para subrayar que la tarea del Obispo de asumir la alta dirección de
la catequesis es siempre actual. En este cometido, debe referirse al
Catecismo de la Iglesia Católica.
Por esto sigue siendo válido lo que escribí en la Exhortación apostólica Catechesi Tradendae: « En el
campo de la catequesis tenéis vosotros, queridísimos Hermanos [Obispos], una
misión particular en vuestras Iglesias: en ellas sois los primeros responsables
de la catequesis ».116 Por eso el Obispo debe ocuparse de que la propia
Iglesia particular dé prioridad efectiva a una catequesis activa y eficaz. Más
aún, él mismo ha de ejercer su solicitud mediante intervenciones directas que
susciten y conserven también una auténtica pasión por la catequesis.117
Consciente de su responsabilidad en la transmisión y educación de la fe, el
Obispo se ha de esforzar para que tengan una disposición similar cuantos, por
su vocación y misión, están llamados a transmitir la fe. Se trata de los
sacerdotes y diáconos, personas consagradas, padres y madres de familia,
agentes pastorales y, especialmente los catequistas, así como los profesores de
teología y de ciencias eclesiásticas, o los que imparten clases de religión
católica.118 Por eso, el Obispo cuidará la formación inicial y
permanente de todos ellos.
Para este cometido resulta especialmente útil el diálogo abierto y la
colaboración con los teólogos, a los que corresponde profundizar con métodos
apropiados la insondable riqueza del misterio de Cristo. El Obispo ha de
ofrecerles aliento y apoyo, tanto a ellos como a las instituciones escolares y
académicas en que trabajan, para que desempeñen su tarea al servicio del Pueblo
de Dios con fidelidad a la Tradición y teniendo en cuenta las cuestiones
actuales.119 Cuando se vea oportuno, los Obispos deben defender con
firmeza la unidad y la integridad de la fe, juzgando con autoridad lo que está
o no conforme con la Palabra de Dios.120
Los Padres sinodales llamaron también la atención de los Obispos sobre su
responsabilidad magisterial en materia de moral. Las normas que propone la
Iglesia reflejan los mandamientos divinos, que se sintetizan y culminan en el
mandamiento evangélico de la caridad. Toda norma divina tiende al mayor bien
del ser humano, y hoy vale también la recomendación del Deuteronomio: « Seguid
en todo el camino que el Señor vuestro Dios os ha trazado: así viviréis, seréis
felices » (5, 33). Por otro lado, no se ha de olvidar que los mandamientos del
Decálogo tienen un firme arraigo en la naturaleza humana misma y que, por
tanto, los valores que defienden tienen validez universal. Esto vale
especialmente por lo que se refiere a la vida humana, que se ha de proteger
desde la concepción hasta a su término con la muerte natural, la libertad de
las personas y de las naciones, la justicia social y las estructuras para
ponerla en práctica.121
Ministerio episcopal e inculturación del Evangelio
30. La evangelización de la cultura y la inculturación del
Evangelio forman parte de la nueva evangelización y, por tanto, son un cometido
propio de la función episcopal. A este respecto, tomando algunas de mis
expresiones anteriores, el Sínodo repitió: « Una fe que no se convierte en cultura,
es una fe no acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida ».122
En realidad, éste es un cometido antiguo y siempre nuevo, que tiene su
origen en el misterio mismo de la Encarnación y su razón de ser en la capacidad
intrínseca del Evangelio para arraigar, impregnar y promover toda cultura,
purificándola y abriéndola a la plenitud de la verdad y la vida que se ha
realizado en Cristo Jesús. A este tema se ha prestado mucha atención durante
los Sínodos continentales, que han dado valiosas indicaciones. Yo mismo me he
referido a él en varias ocasiones.
Por tanto, considerando los valores culturales del territorio en que vive su
Iglesia particular, el Obispo ha de esforzarse para que se anuncie el Evangelio
en su integridad, de modo que llegue a modelar el corazón de los hombres y las
costumbres de los pueblos. En esta empresa evangelizadora puede ser preciosa la
contribución de los teólogos, así como la de los expertos en el patrimonio
cultural, artístico e histórico de la diócesis, que tanto en la antigua como en
la nueva evangelización, es un instrumento pastoral eficaz.123
Los medios de comunicación social tienen también gran importancia para
transmitir la fe y anunciar el Evangelio en los « nuevos areópagos »; los
Padres sinodales pusieron su atención en ello y alentaron a los Obispos para
que haya una mayor colaboración entre las Conferencias episcopales, tanto en el
ámbito nacional como internacional, con el fin de que se llegue a una actividad
de mayor cualidad en este delicado y precioso ámbito de la vida social.124
En realidad, cuando se trata del anuncio del Evangelio, es importante
preocuparse de que la propuesta, además de ortodoxa, sea incisiva y promueva su
escucha y acogida. Evidentemente, esto comporta el compromiso de dedicar,
especialmente en los Seminarios, un espacio adecuado para la formación de los
candidatos al sacerdocio sobre el empleo de los medios de comunicación social,
de manera que los evangelizadores sean buenos predicadores y buenos
comunicadores.
Predicar con la palabra y el ejemplo
31. El ministerio del Obispo, como pregonero del Evangelio
y custodio de la fe en el Pueblo de Dios, no quedaría completamente descrito si
faltara una referencia al deber de la coherencia personal: su enseñanza ha de
proseguir con el testimonio y con el ejemplo de una auténtica vida de fe. Si el
Obispo, que enseña a la comunidad la Palabra escuchada con una autoridad
ejercida en el nombre de Jesucristo, 125 no vive lo que enseña,
transmite a la comunidad misma un mensaje contradictorio.
Así resulta claro que todas las actividades del Obispo
deben orientarse a proclamar el Evangelio, « que es una fuerza de Dios para la
salvación de todo el que cree » (Rm 1,
16). Su cometido esencial es ayudar al Pueblo de Dios a que corresponda a
la Revelación con la obediencia de la fe (cf. Rm 1, 5) y abrace íntegramente la
enseñanza de Cristo. Podría decirse que, en el Obispo, misión y vida se unen de
tal de manera que no se puede pensar en ellas como si fueran dos cosas
distintas: Nosotros, Obispos, somos nuestra propia misión. Si no la
realizáramos, no seríamos nosotros mismos. Con el testimonio de la propia fe
nuestra vida se convierte en signo visible de la presencia de Cristo en
nuestras comunidades.
El testimonio de vida es para el Obispo como un nuevo título de autoridad,
que se añade al título objetivo recibido en la consagración. A la autoridad se
une el prestigio. Ambos son necesarios. En efecto, de una se deriva la
exigencia objetiva de la adhesión de los fieles a la enseñanza auténtica del
Obispo; por el otro se facilita la confianza en su mensaje. A este respecto,
parece oportuno recordar las palabras escritas por un gran Obispo de la Iglesia
antigua, san Hilario de Poitiers: « El bienaventurado apóstol Pablo, queriendo
definir el tipo ideal de Obispo y formar con su enseñanza un hombre de Iglesia
completamente nuevo, explicó lo que, por decirlo así, debía ser su máxima
perfección. Dijo que debía profesar una doctrina segura, acorde con la
enseñanza, de tal modo que pudiera exhortar a la sana doctrina y refutar a
quienes la contradijeran [...]. Por un lado, un ministro de vida irreprochable,
si no es culto, conseguirá sólo ayudarse a sí mismo; por otro, un ministro
culto pierde la autoridad que proviene de su cultura si su vida no es
irreprensible ».126
El apóstol Pablo nos indica una vez más la conducta a
seguir con estas palabras: « Muéstrate dechado de buenas obras: pureza de
doctrina, dignidad, palabra sana, intachable, para que el adversario se
avergüence, no teniendo nada malo que decir de nosotros » (Tt 2, 7-8).
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CAPÍTULO IV
MINISTRO DE LA GRACIA
DEL SUPREMO SACERDOCIO
« Santificados
en Cristo Jesús, llamados a ser santos » (1Co 1, 2)
32. Al tratar sobre una de las funciones
primeras y fundamentales del Obispo, el ministerio de la santificación, pienso
en las palabras que el apóstol Pablo dirigió a los fieles de Corinto, como
poniendo ante sus ojos el misterio de su vocación: « Santificados en Cristo
Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre
de Jesucristo, Señor nuestro » (1Co 1,
2). La santificación del cristiano se realiza en el baño bautismal, se
corrobora en el sacramento de la Confirmación y de la Reconciliación, y se alimenta
con la Eucaristía, el bien más precioso de la Iglesia, el sacramento que la
edifica constantemente como Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del
Espíritu Santo.127
El Obispo es ministro de esta santificación, que se difunde en la vida de la
Iglesia, sobre todo a través de la santa liturgia. De ésta, y especialmente de
la celebración eucarística, se dice que es « cumbre y fuente de la vida de la
Iglesia ».128 Es una afirmación que se corresponde en cierto modo con el
ministerio litúrgico del Obispo, que es el centro de su actividad dirigida a la
santificación del Pueblo de Dios.
De esto se desprende claramente la importancia de la vida litúrgica en la
Iglesia particular, en la que el Obispo ejerce su ministerio de santificación
proclamando y predicando la Palabra de Dios, dirigiendo la oración por su
pueblo y con su pueblo, presidiendo la celebración de los Sacramentos.
Por esta razón, la Constitución dogmática Lumen
gentium aplica al Obispo un bello título, tomado de la oración de
consagración episcopal en el ritual bizantino, es decir, el de « administrador
de la gracia del sumo sacerdocio, sobre todo en la Eucaristía que él mismo
celebra o manda celebrar y por la que la Iglesia crece y se desarrolla sin cesar
».129
Hay una íntima correspondencia entre el ministerio de la santificación y los
otros dos, el de la palabra y de gobierno. En efecto, la predicación se ordena
a la participación de la vida divina en la mesa de la Palabra y de la
Eucaristía. Esta vida se desarrolla y manifiesta en la existencia cotidiana de
los fieles, puesto que todos están llamados a plasmar en el comportamiento lo
que han recibido en la fe.130 A su vez, el ministerio de gobierno se
expresa en funciones y actos que, como las de Jesús, Buen Pastor, tienden a
suscitar en la comunidad de los fieles la plenitud de vida en la caridad, para
gloria de la Santa Trinidad y testimonio de su amorosa presencia en el mundo.
Todo Obispo, pues, cuando ejerce el ministerio de la santificación (munus
sanctificandi), pone en práctica lo que se propone el ministerio de enseñar
(munus docendi) y, al mismo tiempo, obtiene la gracia para el ministerio
de gobernar (munus regendi), modelando sus actitudes a imagen de Cristo
Sumo Sacerdote, de manera que todo se ordene a la edificación de la Iglesia y a
la gloria de la Trinidad Santa.
Fuente y cumbre de la Iglesia particular
33. El Obispo ejerce el ministerio de la
santificación a través de la celebración de la Eucaristía y de los demás
Sacramentos, la alabanza divina de la Liturgia de las Horas, la presidencia de
los otros ritos sagrados y también mediante la promoción de la vida litúrgica y
de la auténtica piedad popular. Entre las celebraciones presididas por el
Obispo destacan especialmente aquellas en las que se manifiesta la peculiaridad
del ministerio episcopal como plenitud del sacerdocio. Así sucede en la
administración del sacramento de la Confirmación, de las Órdenes sagradas, en
la celebración solemne de la Eucaristía en que el Obispo está rodeado de su
presbiterio y de los otros ministros -como en la liturgia de la Misa crismal-,
en la dedicación de las iglesias y de los altares, en la consagración de las
vírgenes, así como en otros ritos importantes para la vida de la Iglesia
particular. Se presenta visiblemente en estas celebraciones como el padre y
pastor de los fieles, el « Sumo Sacerdote » de su pueblo (cf. Hb 10, 21), que ora y enseña a orar,
intercede por sus hermanos y, junto con el pueblo, implora y da gracias a Dios,
resaltando la primacía de Dios y de su gloria.
En estas ocasiones brota, como de una fuente, la gracia divina que inunda
toda la vida de los hijos de Dios durante su peregrinación terrena,
encaminándola hacia su culminación y plenitud en la patria celestial. Por eso,
el ministerio de la santificación es fundamental para la promoción de la
esperanza cristiana. El Obispo no sólo anuncia con la predicación de la palabra
las promesas de Dios y abre caminos hacia al futuro, sino que anima al Pueblo
de Dios en su camino terreno y, mediante la celebración de los sacramentos,
prenda de la gloria futura, le hace pregustar su destino final, en comunión con
la Virgen María y los Santos, en la certeza inquebrantable de la victoria definitiva
de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, así como de su venida gloriosa.
Importancia de la iglesia catedral
34. Aunque el Obispo ejerce su ministerio de santificación
en toda la diócesis, éste tiene su centro en la iglesia catedral, que es como
la iglesia madre y el punto de convergencia de la Iglesia particular.
En efecto, la catedral es el lugar donde el Obispo tiene su Cátedra, desde
la cual educa y hace crecer a su pueblo por la predicación, y donde preside las
principales celebraciones del año litúrgico y de los sacramentos. Precisamente
cuando está sentado en su Cátedra, el Obispo se muestra ante la asamblea de los
fieles como quien preside in loco Dei Patris; por eso, como ya he recordado,
según una antiquísima tradición, tanto de oriente como de occidente, solamente
el Obispo puede sentarse en la Cátedra episcopal. Precisamente la presencia de
ésta hace de la iglesia catedral el centro material y espiritual de unidad y
comunión para el presbiterio diocesano y para todo el Pueblo santo de Dios.
No se ha de olvidar a este propósito la enseñanza del Concilio Vaticano II
sobre la gran importancia que todos deben dar « a la vida litúrgica de la
diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de
que la principal manifestación de la Iglesia tiene lugar en la participación
plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones
litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto a
un único altar, que el obispo preside rodeado por su presbiterio y sus
ministros ».131 En la catedral, pues, donde se realiza lo más alto de la
vida de la Iglesia, se ejerce también el acto más excelso y sagrado del munus
sanctificandi del Obispo, que comporta a la vez, como la liturgia misma que
él preside, la santificación de las personas y el culto y la gloria de Dios.
Algunas celebraciones particulares manifiestan de manera especial este
misterio de la Iglesia. Entre ellas, recuerdo la liturgia anual de la Misa
crismal, que « ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de
la plenitud sacerdotal del Obispo y un signo de la unión estrecha de los
presbíteros con él ».132 Durante esta celebración, junto con el Óleo de
los enfermos y el de los catecúmenos, se bendice el santo Crisma, signo
sacramental de salvación y vida perfecta para todos los renacidos por el agua y
el Espíritu Santo. También se han de citar entre las liturgias más solemnes
aquéllas en que se confieren las sagradas Órdenes, cuyos ritos tienen en la
iglesia catedral su lugar propio y normal.133 A estos casos se han de
añadir algunas otras circunstancias, como la celebración del aniversario de su
dedicación y las fiestas de los santos Patronos de la diócesis.
Éstas y otras ocasiones, según el calendario litúrgico de cada diócesis, son
circunstancias preciosas para consolidar los vínculos de comunión con los
presbíteros, las personas consagradas y los fieles laicos, así como para dar
nuevo impulso a la misión de todos los miembros de la Iglesia particular. Por
eso el Caeremoniale Episcoporum destaca la importancia de la iglesia
catedral y de las celebraciones que se desarrollan en ella para el bien y el
ejemplo de toda la Iglesia particular.134
Moderador de la liturgia como pedagogía de la fe
35. En las actuales circunstancias, los Padres sinodales
han querido llamar la atención sobre la importancia del ministerio de la
santificación que se ejerce en la Liturgia, la cual debe celebrarse de tal modo
que haga efectiva su fuerza didáctica y educativa.135 Esto requiere que
las celebraciones litúrgicas sean verdaderamente epifanía del misterio.
Deberán expresar con claridad, pues, la naturaleza del culto divino, reflejando
el sentido genuino de la Iglesia que ora y celebra los misterios divinos.
Además, si todos participan convenientemente en la liturgia, según los diversos
ministerios, ésta resplandecerá por su dignidad y belleza.
En el ejercicio de mi ministerio, yo mismo he querido dar una prioridad a
las celebraciones litúrgicas, tanto en Roma como durante mis viajes apostólicos
en los diferentes continentes y naciones. Haciendo brillar la belleza y la
dignidad de la liturgia cristiana en todas sus expresiones he tratado promover
el auténtico sentido de la santificación del nombre de Dios, con el fin de
educar el sentimiento religioso de los fieles y abrirlo a la trascendencia.
Exhorto, pues, a mis hermanos Obispos, a que, como maestros de la fe y
partícipes del supremo sacerdocio de Cristo, procuren con todas sus fuerzas
promover auténticamente la liturgia. Ésta exige que por la manera en que se
celebra anuncie con claridad la verdad revelada, transmita fielmente la vida
divina y exprese sin ambigüedad la auténtica naturaleza de la Iglesia. Todos
han de ser conscientes de la importancia de las sagradas celebraciones de los
misterios de la fe católica. La verdad de la fe y de la vida cristiana no se
transmite sólo con palabras, sino también con signos sacramentales y el
conjunto de ritos litúrgicos. Es bien conocido, a este propósito, el antiguo
axioma que vincula estrechamente la lex credendi a la lex orandi.136
Por tanto, todo Obispo ha de ser ejemplar en el arte del presidir,
consciente de tractare mysteria. Debe tener también una vida teologal
profunda que inspire su comportamiento en cada contacto con el Pueblo santo de
Dios. Debe ser capaz de transmitir el sentido sobrenatural de las palabras,
oraciones y ritos, de modo que implique a todos en la participación en los
santos misterios. Además, por medio de una adecuada y concreta promoción de la
pastoral litúrgica en la diócesis, ha de procurar que los ministros y el pueblo
adquieran una auténtica comprensión y experiencia de la liturgia, de modo los
fieles lleguen a la plena, consciente, activa y fructuosa participación en los
santos misterios, como propuso el Vaticano II.137
De este modo, las celebraciones litúrgicas, especialmente
las que son presididas por el Obispo en su catedral, serán proclamaciones
diáfanas de la fe de la Iglesia, momentos privilegiados en que el Pastor
presenta el misterio de Cristo a los fieles y los ayuda a entrar
progresivamente en él, para que se convierta en una gozosa experiencia, que han
de testimoniar después con las obras de caridad (cf. Ga 5, 6).
Dada la importancia que tiene la correcta transmisión de la fe en la santa
liturgia de la Iglesia, el Obispo deberá vigilar atentamente, por el bien de
los fieles, que se observen siempre, por todos y en todas partes, las normas
litúrgicas vigentes. Esto comporta también corregir firme y tempestivamente los
abusos, así como excluir cualquier arbitrariedad en el campo litúrgico. Además,
el Obispo mismo debe estar atento, en lo que de él depende o en colaboración
con las Conferencias episcopales y las Comisiones litúrgicas pertinentes, a que
se observe esa misma dignidad y autenticidad de los actos litúrgicos en los
programas radiofónicos y televisivos.
Carácter central del Día del Señor y del año litúrgico
36. La vida y el ministerio del Obispo han de estar
impregnados de la presencia del Señor y de su misterio. En efecto, la promoción
en toda la diócesis de la convicción de que la liturgia es el centro
espiritual, catequético y pastoral depende en buena medida del ejemplo del
Obispo.
La celebración del misterio pascual de Cristo en el Día del Señor o domingo
ocupa el centro de este ministerio. Como he repetido varias veces, algunas
recientemente, para remarcar la identidad cristiana en nuestro tiempo hace
falta dar renovada centralidad a la celebración del Día del Señor y, en él, a
la celebración de la Eucaristía. Debe sentirse el domingo como « día especial
de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de
la semana ».138
La presencia del Obispo que el domingo, día también de la Iglesia, preside
la Eucaristía en su catedral o en las parroquias de la diócesis, puede ser un
signo ejemplar de fidelidad al misterio de la Resurrección y un motivo de
esperanza para el Pueblo de Dios en su peregrinación, de domingo en domingo,
hasta el octavo día, día que no conoce ocaso, de la Pascua eterna.139
Durante el año litúrgico la Iglesia revive todo el misterio de Cristo, desde
la Encarnación y el Nacimiento del Señor hasta la Ascensión y el día de
Pentecostés, a la espera de su venida gloriosa.140 Naturalmente, el
Obispo dará especial importancia a la preparación y celebración del Triduo
Pascual, corazón de todo el año litúrgico, con la solemne Vigilia pascual y su
prolongación durante los cincuenta días del tiempo pascual.
El año litúrgico, con su cadencia cíclica, puede ser valorizado con una
programación pastoral de la vida de la diócesis en torno al misterio de Cristo.
En cuanto itinerario de fe, la Iglesia es alentada por la memoria de la Virgen
María que, « glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma [...], brilla ante
el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo ».141
Es una espera sustentada también con la memoria de los mártires y demás santos
que, « llevados a la perfección por medio de la multiforme gracia de Dios y
habiendo alcanzado ya la salvación eterna, entonan la perfecta alabanza a Dios
en los cielos e interceden por nosotros ».142
Ministro de la celebración eucarística
37. En el centro del munus sanctificandi del Obispo está
la Eucaristía, que él mismo ofrece o encarga ofrecer, y en la que se manifiesta
especialmente su función de « ecónomo » o ministro de la gracia del supremo
sacerdocio.143
El Obispo contribuye a la edificación de la Iglesia, misterio de comunión y
misión, sobre
todo presidiendo la asamblea eucarística. En efecto, la Eucaristía no sólo
es el principio esencial de la vida cada fiel, sino también de la comunidad
misma en Cristo. Reunidos por la predicación del Evangelio, los fieles forman
comunidades en las que está realmente presente la Iglesia de Cristo, y eso se
pone de manifiesto particularmente en la celebración misma del Sacrificio
eucarístico.144 Es conocido a este respecto lo que enseña el Concilio: «
En toda comunidad en torno al altar, presidida por el ministerio sagrado del
Obispo, se manifiesta el símbolo de aquel gran amor y de 'la unidad del cuerpo
místico sin la que no puede uno salvarse'. En estas comunidades, aunque muchas
veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo, quien con
su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. En efecto,
'la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo hace precisamente que nos
convirtamos en aquello que recibimos' ».145
Además, de la celebración eucarística, que es « la fuente y la cumbre de
toda evangelización », 146 brota todo compromiso misionero de la
Iglesia, que tiende a manifestar a otros, con el testimonio de vida, el
misterio vivido en la fe.
El deber de celebrar la Eucaristía es el cometido principal y más apremiante
del ministerio pastoral del Obispo. A él corresponde también, como una de sus
principales tareas, procurar que los fieles tengan la posibilidad de acceder a
la mesa del Señor, sobre todo el domingo que, como acabamos de recordar, es el
día en que la Iglesia, comunidad y familia de los hijos de Dios, expresa su
específica identidad cristiana en torno a sus propios presbíteros.147
No obstante, bien por falta de sacerdotes, bien por otras razones graves y
persistentes, puede ser que en ciertas regiones no sea posible celebrar la
Eucaristía con la debida regularidad. Esta eventualidad agudiza el deber del
Obispo, como padre de familia y ministro de la gracia, de estar siempre atento
para discernir las necesidades efectivas y la gravedad de las situaciones. Así,
será preciso recurrir a una mejor distribución de los miembros del presbiterio,
de modo que, incluso en casos semejantes, las comunidades no se vean privadas
de la celebración eucarística durante demasiado tiempo.
A falta de la Santa Misa, el Obispo ha de procurar que la comunidad, aun
estando siempre en espera de la plenitud del encuentro con Cristo en la
celebración del Misterio pascual, pueda tener una celebración especial al menos
los domingos y días festivos. En estos casos los fieles, presididos por
ministros responsables, pueden beneficiarse del don de la Palabra proclamada y
de la comunión eucarística mediante celebraciones de asambleas dominicales,
previstas y adecuadas, en ausencia de un presbítero.148
Responsable de la iniciación cristiana
38. En las circunstancias actuales de la Iglesia y del
mundo, tanto en las Iglesias jóvenes como en los Países donde el cristianismo
se ha establecido desde siglos, resulta providencial la recuperación, sobre
todo para los adultos, de la gran tradición de la disciplina sobre la
iniciación cristiana. Ésta ha sido una disposición oportuna del Concilio
Vaticano II, 149 que de este modo quiso ofrecer un camino de encuentro
con Cristo y con la Iglesia a muchos hombres y mujeres tocados por la gracia del
Espíritu y deseosos de entrar en comunión con el misterio de la salvación en
Cristo, muerto y resucitado por nosotros.
Mediante el itinerario de la iniciación cristiana se introduce
progresivamente a los catecúmenos en el conocimiento del misterio de Cristo y
de la Iglesia, análogamente a lo que ocurre en el origen, desarrollo y
maduración de la vida natural. En efecto, por el Bautismo los fieles renacen y
participan del sacerdocio real. Por la Confirmación, cuyo ministro originario
es el Obispo, se corrobora su fe y reciben una especial efusión de los dones
del Espíritu. Al participar de la Eucaristía, se alimentan con el manjar de
vida eterna y se insertan plenamente en la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
De este modo, « por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana,
están en disposición de gustar cada vez más y mejor los tesoros de la vida
divina y progresar hasta la consecución de la perfección de la caridad ».150
Así pues, los Obispos, teniendo en cuenta las circunstancias actuales han de
poner en práctica las prescripciones del Rito de la iniciación cristiana de
adultos. Por tanto, han de procurar que en cada diócesis existan las
estructuras y agentes de pastoral necesarios para asegurar de la manera más
digna y eficaz la observancia de las disposiciones y disciplina litúrgica,
catequética y pastoral de la iniciación cristiana, adaptada a las necesidades
de nuestros tiempos.
Por su propia naturaleza de inserción progresiva en el misterio de Cristo y
de la Iglesia, misterio que vive y actúa en cada Iglesia particular, el
itinerario de la iniciación cristiana requiere la presencia y el ministerio del
Obispo diocesano, especialmente en su fase final, es decir, en la
administración de los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía,
como tiene lugar normalmente en la Vigilia pascual.
El Obispo debe regular también, según las leyes de la Iglesia, lo que se
refiere a la iniciación cristiana de los niños y jóvenes, dando disposiciones
sobre su apropiada preparación catequética y su compromiso gradual en la vida
de la comunidad. Además, ha de estar atento a que eventuales itinerarios de
catecumenado, de recuperación y fortalecimiento del camino de la iniciación
cristiana o de acercamiento a los fieles que se han alejado de la vida normal
de fe comunitaria, se desarrollen según las normas de la Iglesia y en plena
sintonía con la vida de las comunidades parroquiales en la diócesis.
Finalmente, el Obispo, ministro originario del Sacramento de la
Confirmación, ha de ser quien lo administre normalmente. Su presencia en la
comunidad parroquial que, por la pila bautismal y la Mesa eucarística, es el
ambiente natural y ordinario del camino de la iniciación cristiana, evoca
eficazmente el misterio de Pentecostés y se demuestra sumamente útil para
consolidar los vínculos de comunión eclesial entre el pastor y los fieles.
Responsabilidad del Obispo en la disciplina penitencial
39. En sus intervenciones, los Padres sinodales pusieron
especial atención en la disciplina penitencial, subrayando su importancia y el
cuidado especial que los Obispos, como sucesores de los Apóstoles, deben
prestar a la pastoral y a la disciplina del sacramento de la Penitencia. Me
complace haber oído de ellos lo que es una profunda convicción mía, esto es,
que se ha de poner sumo interés en la pastoral de este sacramento de la
Iglesia, fuente de reconciliación, de paz y alegría para todos nosotros,
necesitados de la misericordia del Señor y de la curación de las heridas del
pecado.
Como primer responsable de la disciplina penitencial en su Iglesia
particular, corresponde ante todo al Obispo dirigir una invitación kerygmatica
a la conversión y a la penitencia. Tiene el deber de proclamar con libertad
evangélica la presencia triste y dañosa del pecado en la vida de los hombres y
en la historia de las comunidades. Al mismo tiempo, ha de anunciar el misterio
insondable de la misericordia que Dios nos ha prodigado en la Cruz y en la
Resurrección de su Hijo, Jesucristo, y en la efusión del Espíritu, para la
remisión de los pecados. Este anuncio, invitación a la reconciliación y llamada
a la esperanza, está en el corazón del Evangelio. Es el primer anuncio de los
Apóstoles el día del Pentecostés, anuncio en que se revela el sentido mismo de
la gracia y de la salvación comunicada por los Sacramentos.
El Obispo ha de ser un ministro ejemplar del sacramento de la Penitencia y
debe recurrir asidua y fielmente al mismo. No se cansará de exhortar a sus
sacerdotes a que tengan en gran estima el ministerio de la reconciliación
recibido en la Ordenación sacerdotal, animándolos a ejercerlo con generosidad y
sentido sobrenatural, imitando al Padre que acoge a los que vuelven a la casa
paterna y a Cristo, Buen Pastor, que lleva sobre sus hombros a la oveja
extraviada.151
La responsabilidad del Obispo incluye también el deber de velar para que la
absolución general no se imparta más allá de las normas del derecho. A este
respecto, en el Motu proprio Misericordia Dei he
subrayado que los Obispos han de insistir en la disciplina vigente, según la
cual la confesión, individual e íntegra, y la absolución son el único modo
ordinario por el que el fiel consciente de pecado grave se reconcilia con Dios
y con la Iglesia. Sólo una imposibilidad física o moral dispensa de este modo
ordinario, en cuyo caso la reconciliación se puede obtener de otras maneras.
Además, el Obispo ha de recordar a todos los que por oficio tienen cura de
almas el deber de brindar a los fieles la oportunidad de acudir a la confesión
individual.152 Y se cuidará de verificar que se den a los fieles las
máximas facilidades para poder confesarse.
Considerada a la luz de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia la
íntima unión entre el sacramento de la Reconciliación y la participación en la
Eucaristía, es cada vez más necesario formar la conciencia de los fieles para
que participen digna y fructuosamente en el Banquete eucarístico en estado de
gracia.153
Es útil recordar también que corresponde al Obispo el cometido de
reglamentar, convenientemente y con una cuidadosa elección de los ministros
adecuados, la disciplina sobre el ejercicio de los exorcismos y de las
celebraciones de oración para obtener curaciones, respetando los recientes
documentos de la Santa Sede.154
Cuidado de la piedad popular
40. Los Padres sinodales confirmaron la importancia de la
piedad popular en la transmisión y el desarrollo de la fe. En efecto, como dijo
mi predecesor Pablo VI, ésta piedad comporta grandes valores, tanto respecto a
Dios como a los hermanos, 155 llegando a constituir así un verdadero
tesoro de espiritualidad en la vida de las comunidades cristianas.
En nuestro tiempo, en que se nota una gran sed de espiritualidad, que a
veces induce a muchos a hacerse adeptos de sectas religiosas o de otras formas
vagas de espiritualismo, los Obispos han de discernir y favorecer también los
valores y las formas de la auténtica piedad popular.
Sigue siendo actual lo que se dice en la Exhortación apostólica Evangelii
nuntiandi: « La caridad pastoral debe dictar, a cuantos el Señor ha
colocado como jefes de las comunidades eclesiales, las normas de conducta con
respecto a esta realidad, a la vez tan rica y tan amenazada. Ante todo hay que
ser sensibles a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores
innegables, estar dispuestos a ayudarla a superar sus riesgos de desviación.
Bien orientada, esta religiosidad popular puede ser cada vez más, para nuestras
masas populares, un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo ».156
Es preciso, pues, orientar esta religiosidad, purificando eventualmente sus
formas expresivas según los principios de la fe y de la vida cristiana. Por
medio de la piedad popular, se ha de conducir a los fieles al encuentro
personal con Cristo, a la comunión con la Santísima Virgen María y los Santos,
mediante la escucha de la palabra de Dios, la vida de oración, la participación
en los sacramentos, el testimonio de la caridad y de las obras de misericordia.157
Para una reflexión más amplia a este respecto, me complace indicar los
documentos emanados por esta Sede Apostólica, en los que, además de contener
valiosas sugerencias teológicas, pastorales y espirituales, se recuerda que
todas las manifestaciones de piedad popular están bajo la responsabilidad del
Obispo, en su propia diócesis. A él compete regularlas, animarlas en su función
de ayuda a los fieles para la vida cristiana, purificarlas en lo que fuere
necesario y evangelizarlas.158
Promover la santidad de todos los fieles
41. La santidad del pueblo de Dios, a la cual se ordena el
ministerio de santificación del Obispo, es don de la gracia divina y
manifestación de la primacía de Dios en la vida de la Iglesia. Por eso, en su
ministerio debe promover incansablemente una auténtica pastoral y pedagogía de
la santidad, para realizar así el programa propuesto en el capítulo quinto de
la Constitución Lumen gentium sobre la
vocación universal a la santidad.
Yo mismo he propuesto este programa a toda la Iglesia al principio del tercer
milenio como prioridad pastoral y fruto del gran Jubileo de la Encarnación.159
En efecto, también hoy la santidad es un signo de los tiempos, una prueba de la
verdad del cristianismo que brilla en sus mejores fieles, tanto en los muchos
que han sido elevados al honor de los altares como en aquellos, más numerosos
aún, que calladamente han vivificado y vivifican la historia humana con la
humilde y gozosa santidad cotidiana. De hecho, en nuestro tiempo hay también
testimonios preciosos de santidad personal y comunitaria que son para todos,
incluidas las nuevas generaciones, un signo de esperanza.
Así pues, para resaltar el testimonio de la santidad, exhorto a mis Hermanos
Obispos a buscar y destacar los signos de santidad y virtudes heroicas que
también hoy se dan, sobre todo cuando se refieren a fieles laicos de sus
diócesis y, especialmente, a esposos cristianos. En los casos en que se
considere verdaderamente oportuno, les animo a promover los correspondientes
procesos de canonización.160 Eso sería para todos un signo de esperanza
y un impulso en el camino del Pueblo de Dios, un motivo que estimula su
testimonio de la perenne presencia de la gracia en las vicisitudes humanas,
ante al mundo.
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CAPÍTULO V
GOBIERNO PASTORAL DEL OBISPO
« Os he dado
ejemplo... » (Jn 13, 15)
42. El Concilio Vaticano II, al tratar
del deber de gobernar la familia de Dios y de cuidar habitual y cotidianamente
la grey del Señor Jesús, explica que los Obispos, en el ejercicio de su
ministerio de padres y pastores de sus fieles, han de comportarse como « quien
sirve », inspirándose siempre en el ejemplo del Buen Pastor, que vino no para
ser servido sino para servir y dar su vida por las ovejas (cf. Mt 20, 28; Mc 10, 45;Lc 22, 26-27;Jn 10, 11).161
Esta imagen de Jesús, modelo supremo para el Obispo, tiene
una elocuente expresión en el gesto del lavatorio de los pies, narrado en el
Evangelio según san Juan: « Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que
había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los
suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando... se
levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego
echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos
con la toalla que se había ceñido... Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el
manto, se lo puso otra vez y les dijo... os he dado ejemplo para que lo que yo
he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis » (Jn 13, 1-15).
Contemplemos, pues, a Jesús en este gesto que parece
darnos la clave para comprender su propio ser y su misión, su vida y su muerte.
Contemplemos además el amor de Jesús, que se traduce en acción, en gestos
concretos. Contemplemos a Jesús que asume totalmente, con radicalidad absoluta,
la forma de siervo (cf. Flp 2, 7).
Él, el Maestro y Señor, que ha recibido todo del Padre, nos ha amado hasta al
final, hasta ponerse enteramente en manos de los hombres, aceptando todo lo que
después harían con Él. El gesto de Jesús indica un amor completo, en el
contexto de la institución de la Eucaristía y en la clara perspectiva de su
pasión y muerte. Un gesto que revela el sentido de la Encarnación y, más aún,
de la esencia misma de Dios. Dios es amor y por eso ha asumido la condición de
siervo: Dios se pone al servicio del hombre para llevar al hombre a la plena
comunión con Él.
Por tanto, si éste es el Maestro y Señor, el sentido del
ministerio y del ser mismo de quien, como los Doce, ha sido llamado a tener
mayor intimidad con Jesús, debe consistir en la disponibilidad entera e
incondicional para con los demás, tanto para con los que ya son parte de la
grey como los que todavía no lo son (cf.Jn
10, 16).
Autoridad del servicio pastoral del Obispo
43. El Obispo es enviado como pastor, en
nombre de Cristo, para cuidar de una porción del Pueblo de Dios. Por medio del
Evangelio y la Eucaristía debe hacerla crecer como una realidad de comunión en
el Espíritu Santo.162 De esto se deriva que el Obispo representa y
gobierna la Iglesia confiada a él, con la potestad necesaria para ejercer el
ministerio pastoral sacramentalmente recibido (« munus pastorale »), que
es participación en la misma consagración y misión de Cristo.163 Por
eso, los Obispos « como vicarios y legados de Cristo gobiernan las Iglesias
particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus
consejos y con sus ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada,
que ejercen, sin embargo, únicamente para construir su rebaño en la verdad y
santidad, recordando que el mayor debe hacerse como el menor y el superior como
el servidor (cf. Lc 22, 26-27) ».164
Este texto conciliar sintetiza admirablemente la doctrina
católica sobre el gobierno pastoral del Obispo, que se encuentra también en el
rito de la Ordenación episcopal: « El episcopado es un servicio, no un honor
[...]. El que es mayor, según el mandato del Señor, debe aparecer como el más
pequeño, y el que preside, como quien sirve ».165 Se aplica, pues, el
principio fundamental según el cual, como afirma san Pablo, la autoridad en la
Iglesia tiene como objeto la edificación del Pueblo de Dios, no su ruina (cf.2Co 10, 8). Como se repitió varias
veces en el Aula sinodal, la edificación de la grey de Cristo en la verdad y la
santidad exige ciertas cualidades del Obispo, como una vida ejemplar, capacidad
de relación auténtica y constructiva con las personas, aptitud para impulsar y
desarrollar la colaboración, bondad de ánimo y paciencia, comprensión y
compasión ante las miserias del alma y del cuerpo, indulgencia y perdón. En
efecto, se trata de expresar del mejor modo posible el modelo supremo, que es
Jesús, Buen Pastor.
El Obispo tiene una verdadera potestad, pero una potestad iluminada por la
luz del Buen Pastor y forjada según este modelo. Se ejerce en nombre de Cristo
y « es propia, ordinaria e inmediata. Su ejercicio, sin embargo, está regulado
en último término por la suprema autoridad de la Iglesia, que puede ponerle
ciertos límites con vistas al bien común de la Iglesia o de los fieles. En
virtud de esta potestad, los obispos tienen el sagrado derecho y el deber ante
Dios de dar leyes a sus súbditos, de juzgarlos y de regular todo lo referente
al culto y al apostolado ».166 El Obispo, pues, en virtud del oficio
recibido, tiene una potestad jurídica objetiva que tiende a manifestarse en los
actos potestativos mediante los cuales ejerce el ministerio de gobierno («
munus pastorale ») recibido en el Sacramento.
No obstante, el gobierno del Obispo será pastoralmente eficaz -conviene
recordarlo también en este caso- si se apoya en la autoridad moral que le da su
santidad de vida. Ésta dispondrá los ánimos para acoger el Evangelio que
proclama en su Iglesia, así como las normas que establezca para el bien del
Pueblo de Dios. Por eso advertía san Ambrosio: « No se busca en los sacerdotes
nada de vulgar, nada propio de las aspiraciones, las costumbres o los modales
de la gente grosera. La dignidad sacerdotal requiere una compostura que se
aleja de los alborotos, una vida austera y una especial autoridad moral ».167
El ejercicio de la autoridad en la Iglesia no se puede entender como algo
impersonal y burocrático, precisamente porque se trata de una autoridad que
nace del testimonio. Todo lo que dice y hace el Obispo ha de revelar la
autoridad de la palabra y los gestos de Cristo. Si faltara la ascendencia de la
santidad de vida del Obispo, es decir, su testimonio de fe, esperanza y
caridad, el Pueblo de Dios acogería difícilmente su gobierno como manifestación
de la presencia activa de Cristo en su Iglesia.
Al ser ministros de la apostolicidad de la Iglesia por voluntad del Señor y
revestidos del poder del Espíritu del Padre, que rige y guía (Spiritus
principalis), los Obispos son sucesores de los Apóstoles no sólo en la
autoridad y en la potestad sagrada, sino también en la forma de vida
apostólica, en saber sufrir por anunciar y difundir el Evangelio, en cuidar con
ternura y misericordia de los fieles a él confiados, en la defensa de los
débiles y en la constante dedicación al Pueblo de Dios.
En el Aula sinodal se recordó que, después del Concilio Vaticano II, con
frecuencia resulta difícil ejercer la autoridad en la Iglesia. Es una situación
que aún perdura, aunque algunas de las mayores dificultades parecen haberse
superado. Así pues, se plantea la cuestión de cómo conseguir que el servicio
necesario de la autoridad se comprenda mejor, se acepte y se cumpla. A este
respecto, una primera respuesta proviene de la naturaleza misma de la autoridad
eclesial: es -y así ha de manifestarse lo más claramente posible- participación
en la misión de Cristo, que se ha de vivir y ejercer con humildad, dedicación y
servicio.
El valor de la autoridad del Obispo no se manifiesta en
las apariencias, sino profundizando el sentido teológico, espiritual y moral de
su ministerio, fundado en el carisma de la apostolicidad. Lo que se dijo en el
aula sinodal sobre el gesto del lavatorio de los pies y la conexión que se
estableció en dicho contexto entre la figura del siervo y la del pastor, da a
entender que el episcopado es realmente un honor cuando es servicio. Por tanto,
todo Obispo debe aplicarse a sí mismo las palabras de Jesús: « Sabéis que los
que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos
y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros,
sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro
servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos,
que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar
su vida como rescate por muchos » (Mc
10, 42- 45). Recordando estas palabras del Señor, el Obispo gobierna con el
corazón propio del siervo humilde y del pastor afectuoso que guía su rebaño
buscando la gloria de Dios y la salvación de las almas (cf.Lc 22, 26-27). Vivida así, la forma de
gobierno del Obispo es verdaderamente única en el mundo.
Se ha recordado ya el texto de la Lumen
gentium donde se afirma que los Obispos rigen las Iglesias particulares
confiadas a ellos como vicarios y legados de Cristo, « con sus proyectos, con
sus consejos y con sus ejemplos ».168 Eso no contradice las palabras que
siguen, cuando el Concilio añade que los Obispos gobiernan ciertamente « con
sus proyectos, con sus consejos y con sus ejemplos », pero « también con
autoridad y potestad sagrada ».169 En efecto, se trata de una “potestad
sagrada” que hunde sus raíces en la autoridad moral que le da al Obispo su
santidad de vida. Precisamente ésta facilita la recepción de toda su acción de
gobierno y hace que sea eficaz.
Estilo pastoral de gobierno y comunión diocesana
44. La comunión eclesial vivida llevará al Obispo a un
estilo pastoral cada vez más abierto a la colaboración de todos. Hay una cierta
interrelación entre lo que el Obispo debe decidir bajo su responsabilidad
personal para el bien de la Iglesia confiada a sus cuidados y la aportación que
los fieles pueden ofrecerle a través de los órganos consultivos, como el sínodo
diocesano, el consejo presbiteral, el consejo episcopal y el consejo pastoral.170
Los Padres sinodales se refirieron a esta modalidad de ejercer el gobierno
episcopal mediante la cual se organiza la actividad pastoral en la diócesis.171
En efecto, la Iglesia particular hace referencia no sólo al triple oficio
episcopal (munus episcopale), sino también a la triple función
profética, sacerdotal y real de todo el Pueblo de Dios.
En virtud del Bautismo todos los fieles participan, del modo que les es
propio, del triple munus de Cristo. Por su igualdad real en la dignidad
y en el actuar están llamados a cooperar en la edificación del Cuerpo de Cristo
y, por tanto, a realizar la misión que Dios ha confiado a la Iglesia en el
mundo, cada uno según su propia condición y sus propios cometidos.172
Cualquier forma de diferenciación entre los fieles, basada en los diversos
carismas, funciones o ministerios, está ordenada al servicio de los otros
miembros del Pueblo de Dios. La diferenciación ontológica y funcional que sitúa
al Obispo « ante » los demás fieles, sobre la base de la plenitud del
sacramento del Orden que ha recibido, consiste en ser para los otros
fieles, que no lo desarraiga de su ser con ellos.
La Iglesia es una comunión orgánica que se realiza coordinando los diversos
carismas, ministerios y servicios para la consecución del fin común que es la
salvación. El Obispo es responsable de lograr esta unidad en la diversidad,
favoreciendo, como se dijo en la Asamblea sinodal, la sinergia de los
diferentes agentes, de tal modo que sea posible recorrer juntos el camino común
de fe y misión.173
Una vez dicho esto, es necesario añadir que el ministerio del Obispo en modo
alguno se puede reducir al de un simple moderador. Por su naturaleza, el
munus episcopale implica un claro e inequívoco derecho y deber de gobierno,
que incluye también el aspecto jurisdiccional. Los Pastores son testigos
públicos y su potestas testandi fidem alcanza su plenitud en la
potestas iudicandi: el Obispo no sólo está llamado a testimoniar la fe,
sino también a examinarla y disciplinar sus manifestaciones en los creyentes
confiados a su cuidado pastoral. Al cumplir este cometido, hará todo lo posible
para suscitar el consenso de sus fieles, pero al final debe saber asumir la
responsabilidad de las decisiones que, en su conciencia de pastor, vea
necesarias, preocupado sobre todo del juicio futuro de Dios.
La comunión eclesial en su organicidad requiere la responsabilidad personal
del Obispo, pero supone también la participación de todas las categorías de
fieles, en cuanto corresponsables del bien de la Iglesia particular, de la cual
ellos mismos forman parte. Lo que garantiza la autenticidad de esta comunión
orgánica es la acción del Espíritu, que actúa tanto en la responsabilidad
personal del Obispo como en la participación de los fieles en ella. En efecto,
es el Espíritu quien, dando origen tanto a la igualdad bautismal de todos los
fieles como a la diversidad carismática y ministerial de cada uno, es capaz de
realizar eficazmente la comunión. En base a estos principios se regulan los
Sínodos diocesanos, cuyos aspectos canónicos, establecidos por los cc. 460-468
del Código de Derecho Canónico, han sido precisados por la instrucción
interdicasterial del 19 de marzo de 1997.174 Al sentido de estas normas
han de atenerse también las demás asambleas diocesanas, que ha de presidir el
Obispo sin abdicar nunca de su responsabilidad específica.
Si en el Bautismo todo cristiano recibe el amor de Dios por la efusión del
Espíritu Santo, el Obispo -recordó oportunamente la Asamblea sinodal- recibe en
su corazón la caridad pastoral de Cristo por el sacramento del Orden. Esta
caridad pastoral tiene como finalidad crear comunión.175 Antes de
concretar este amor-comunión en líneas de acción, el Obispo ha de hacerlo
presente en su propio corazón y en el corazón de la Iglesia mediante una vida
auténticamente espiritual.
Puesto que la comunión expresa la esencia de la Iglesia, es normal que la
espiritualidad de comunión tienda a manifestarse tanto en el ámbito personal
como comunitario, suscitando siempre nuevas formas de participación y
corresponsabilidad en las diversas categorías de fieles. Por tanto, el Obispo
debe esforzarse en suscitar en su Iglesia particular estructuras de comunión y
participación que permitan escuchar al Espíritu que habla y vive en los fieles,
para impulsarlos a poner en práctica lo que el mismo Espíritu sugiere para el
auténtico bien de la Iglesia.
Estructuras de la Iglesia particular
45. Muchas intervenciones de los Padres sinodales se
refirieron a varios aspectos y momentos de la vida de la diócesis. Así, se
prestó la debida atención a la Curia diocesana como estructura de la cual se
sirve el Obispo para expresar la propia caridad pastoral en sus diversos
aspectos.176 Se volvió a subrayar la conveniencia de que la
administración económica de la diócesis se confíe a personas que, además de
honestas, sean competentes, de manera que sea ejemplo de trasparencia para las
demás instituciones eclesiásticas análogas. Si en la diócesis se vive una
espiritualidad de comunión se prestará una atención privilegiada a las
parroquias y comunidades más pobres, haciendo además lo posible para destinar
parte de las disponibilidades económicas para las Iglesias más indigentes,
especialmente en tierras de misión y migración.177
No obstante, lo que más centró la atención de los Padres sinodales fue la
parroquia, recordando que el Obispo es responsable de esta comunidad, eminente
entre todas las demás en la diócesis. Por tanto, debe cuidarse sobre todo de
ella.178 En efecto -como muchos dijeron-, la parroquia sigue siendo el
núcleo fundamental en la vida cotidiana de la diócesis.
La visita pastoral
46. Precisamente en esta perspectiva resalta la importancia
de la visita pastoral, auténtico tiempo de gracia y momento especial, más aún,
único, para el encuentro y diálogo del Obispo con los fieles.179 El
Obispo Bartolomeu dos Mártires, que yo mismo beatifiqué a los pocos días de
concluir el Sínodo, en su obra clásica Stimulus Pastorum, muy estimada
también por san Carlos Borromeo, define la visita pastoral quasi anima
episcopalis regiminis y la describe elocuentemente como una expansión de la
presencia espiritual del Obispo entre sus fieles.180
En su visita pastoral a la parroquia, dejando a otros delegados el examen de
las cuestiones de tipo administrativo, el Obispo ha de dar prioridad al
encuentro con las personas, empezando por el párroco y los demás sacerdotes. Es
el momento en que ejerce más cerca de su pueblo el ministerio de la palabra, la
santificación y la guía pastoral, en contacto más directo con las angustias y
las preocupaciones, las alegrías y las expectativas de la gente, con la
posibilidad de exhortar a todos a la esperanza. En esta ocasión, el Obispo
tiene sobre todo un contacto directo con las personas más pobres, los ancianos
y los enfermos. Realizada así, la visita pastoral muestra lo que es, un signo
de la presencia del Señor que visita a su pueblo en la paz.
El Obispo con su presbiterio
47. Al describir la Iglesia particular, el decreto
conciliar Christus dominus la define
con razón como comunidad de fieles confiada a la cura pastoral del Obispo « cum
cooperatione presbyterii ».181 En efecto, entre el Obispo y los
presbíteros hay una communio sacramentalis en virtud del sacerdocio
ministerial o jerárquico, que es participación en el único sacerdocio de Cristo
y, por tanto, aunque en grado diferente, en virtud del único ministerio
eclesial ordenado y de la única misión apostólica.
Los presbíteros, y especialmente los párrocos, son pues los más estrechos
colaboradores del ministerio del Obispo. Los Padres sinodales renovaron las
recomendaciones y exhortaciones sobre la relación especial entre el Obispo y
sus presbíteros, que ya habían hecho los documentos conciliares y reiterado más
recientemente la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis.182 El Obispo ha de tratar de
comportarse siempre con sus sacerdotes como padre y hermano que los quiere,
escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible
por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico.183
El afecto especial del Obispo por sus sacerdotes se manifiesta como
acompañamiento paternal y fraterno en las etapas fundamentales de su vida
ministerial, comenzando ya en los primeros pasos de su ministerio pastoral. Es
fundamental la formación permanente de los presbíteros, que para todos ellos es
una « vocación en la vocación », puesto que, con la variedad y
complementariedad de los aspectos que abarca, tiende a ayudarles a ser y actuar
como sacerdotes al estilo de Jesús.
Uno de los primeros deberes del Obispo diocesano es la atención espiritual a
su presbiterio: « El gesto del sacerdote que, el día de la ordenación
presbiteral, pone sus manos en las manos del obispo prometiéndole 'respeto y
obediencia filial', puede parecer a primera vista un gesto con sentido único.
En realidad, el gesto compromete a ambos: al sacerdote y al obispo. El joven
presbítero decide encomendarse al obispo y, por su parte, el obispo se
compromete a custodiar esas manos ».184
En otros dos momentos, quisiera añadir, el presbítero puede esperar
razonablemente una muestra de especial cercanía de su Obispo. El primero, al
confiarle una misión pastoral, tanto si es la primera, como en el caso del
sacerdote recién ordenado, como si se trata de un cambio o la encomienda de un
nuevo encargo pastoral. La asignación de una misión pastoral es para el Obispo
mismo una muestra significativa de responsabilidad paterna para con uno de sus
presbíteros. Bien se pueden aplicar a esto aquellas palabras de san Jerónimo: «
Sabemos que la misma relación que había entre Aarón y sus hijos se da también
entre el Obispo y sus sacerdotes. Hay un sólo Señor, un único templo: haya pues
unidad en el ministerio [...]. ¿Acaso no es orgullo de padre tener un hijo
sabio? Felicítese el Obispo por haber tenido acierto al elegir sacerdotes así
para Cristo ».185
El otro momento es aquel en que un sacerdote deja por motivos de edad la
dirección pastoral efectiva de una comunidad o los cargos con responsabilidad
directa. En ésta, como en otras circunstancias análogas, el Obispo debe hacer
presente al sacerdote tanto la gratitud de la Iglesia particular por los
trabajos apostólicos realizados hasta entonces como la dimensión específica de
su nueva condición en el presbiterio diocesano. En efecto, en esta nueva
situación no sólo se mantienen sino que aumentan sus posibilidades de
contribuir a la edificación de la Iglesia mediante el testimonio ejemplar de
una oración más asidua y una disponibilidad generosa para ayudar a los hermanos
más jóvenes con la experiencia adquirida. El Obispo ha de mostrar también su
cercanía fraterna a los que se encuentran en la misma situación por enfermedad
grave u otras formas persistentes de debilidad, ayudándolos a « mantener vivo
el convencimiento que ellos mismos han inculcado en los fieles, a saber, la
convicción de seguir siendo miembros activos en la edificación de la Iglesia,
especialmente en virtud de su unión con Jesucristo doliente y con tantos
hermanos y hermanas que en la Iglesia participan de la Pasión del Señor ».186
Asimismo, el Obispo debe seguir de cerca, con la oración y una caridad
efectiva, a los sacerdotes que por cualquier motivo dudan en su vocación y su
fidelidad a la llamada del Señor, y de algún modo han faltado a sus deberes.187
Finalmente, no debe dejar de examinar los signos de virtudes heroicas que
eventualmente se hubieren dado entre los sacerdotes diocesanos y, cuando lo
crea oportuno, proceder a su reconocimiento público, dando los pasos necesarios
para introducir la causa de canonización.188
Formación de los candidatos al presbiterado
48. Al profundizar el tema del ministerio de los
presbíteros, los Padres sinodales centraron su atención en la formación de los
candidatos al sacerdocio, que se desarrolla en el Seminario.189 Esta
formación, con todo lo que conlleva de oración, dedicación y esfuerzo, es una
preocupación de importancia capital para el Obispo. Los Padres sinodales, a
este respecto, sabiendo bien que el Seminario es uno de los bienes más
preciosos para la diócesis, trataron con detenimiento del mismo, reafirmando la
necesidad indiscutible del Seminario Mayor, sin descuidar la relevancia que
tiene también el Menor para la transmisión de los valores cristianos con vistas
al seguimiento de Cristo.190
Por tanto, el Obispo debe manifestar su solicitud, ante todo, eligiendo con
el máximo cuidado a los educadores de los futuros presbíteros y determinando el
modo más oportuno y apropiado para que reciban la preparación que necesitan
para desempeñar este ministerio en un ámbito tan fundamental para la vida de la
comunidad cristiana. Asimismo, ha de visitar con frecuencia el Seminario, aun
cuando las circunstancias concretas le hubieran hecho optar junto con otros
Obispos por un Seminario interdiocesano, en muchos casos necesario e incluso preferible.191
El conocimiento personal y profundo de los candidatos al presbiterado en la
propia Iglesia particular es un elemento del cual el Obispo no puede
prescindir. En base a dichos contactos directos se ha de esforzar para que en
los Seminarios se forme una personalidad madura y equilibrada, capaz de
establecer relaciones humanas y pastorales sólidas, teológicamente competente,
con honda vida espiritual y amante de la Iglesia. También ha de ocuparse de
promover y alentar iniciativas de carácter económico para el sustentamiento y
la ayuda a los jóvenes candidatos al presbiterado.
Es evidente, sin embargo, que la fuerza para suscitar y formar vocaciones
está ante todo en la oración. Las vocaciones necesitan una amplia red de
intercesores ante el « Dueño de la mies ». Cuanto más se afronte el problema de
la vocación en el contexto de la oración, tanto más la oración ayudará al
elegido a escuchar la voz de Aquél que lo llama.
Llegado el momento de conferir las Órdenes sagradas, el Obispo hará el
escrutinio prescrito.192 A este respecto, consciente de su grave
responsabilidad al conferir el Orden presbiteral, sólo acogerá en su propia
diócesis candidatos procedentes de otra o de un Instituto religioso después de
una cuidadosa investigación y una amplia consulta, según las normas del
derecho.193
El Obispo y los diáconos permanentes
49. Como dispensadores de las sagradas Órdenes, los Obispos
tienen también una responsabilidad directa respecto a los Diáconos permanentes,
que la Asamblea sinodal reconoce como auténticos dones de Dios para anunciar el
Evangelio, instruir a las comunidades cristianas y promover el servicio de la
caridad en la familia de Dios.194
Por tanto, el Obispo debe cuidar de estas vocaciones, de cuyo discernimiento
y formación es el último responsable. Aunque normalmente tenga que ejercer esta
responsabilidad a través de colaboradores de su total confianza, comprometidos
en actuar conforme a las disposiciones de la Santa Sede, 195 el Obispo
ha de tratar en lo posible de conocer personalmente a cuantos se preparan para
el Diaconado. Después de haberlos ordenado, seguirá siendo para ellos un
verdadero padre, animándolos al amor del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de los
que son ministros, y a la Santa Iglesia que han aceptado servir; a los que
estén casados, les exhortará a una vida familiar ejemplar.
Solicitud para con las personas de vida consagrada
50. La Exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata ya subrayó la
importancia que tiene la vida consagrada en el ministerio del Obispo.
Apoyándose en aquel testo, los Padres recordaron en este último Sínodo que, en
la Iglesia como comunión, el Obispo ha de estimar y promover la vocación y
misión específicas de la vida consagrada, que pertenece estable y firmemente a
la vida y a la santidad de la Iglesia.196
También en la Iglesia particular ha de ser presencia ejemplar y ejercer una
misión carismática. Por tanto, el Obispo ha de comprobar cuidadosamente si hay personas
consagradas que hayan vivido en la diócesis y dado muestras de un ejercicio
heroico de las virtudes y, si lo cree oportuno, proceder a iniciar el proceso
de canonización.
En su atenta solicitud por todas las formas de vida consagrada, que se expresa
tanto en la animación como en la vigilancia, el Obispo ha de tener una
consideración especial con la vida contemplativa. A su vez, los consagrados,
deben acoger cordialmente las indicaciones pastorales del Obispo, con vistas a
una comunión plena con la vida y la misión de la Iglesia particular en la que
se encuentran. En efecto, el Obispo es el responsable de la actividad pastoral
en la diócesis: con él han de colaborar los consagrados y consagradas para
enriquecer, con su presencia y su ministerio, la comunión eclesial. A este
propósito, se ha de tener presente el documento Mutuae relationes y todo
lo que concierne al derecho vigente.
También se recomendó un cuidado particular con los Institutos de derecho
diocesano, sobre todo con los que se encuentran en serias dificultades: el
Obispo ha de tener con ellos una especial atención paterna. En fin, en el
iter para aprobar nuevos Institutos nacidos en su diócesis, el Obispo ha de
esmerarse en proceder según lo indicado y prescrito en la Exhortación Vita Consecrata y en las otras
instrucciones de los Dicasterios competentes de la Santa Sede.197
Los fieles laicos en el cuidado pastoral del Obispo
51. En los fieles laicos, que son la mayoría del Pueblo de
Dios, debe sobresalir la fuerza misionera del Bautismo. Para ello necesitan el
apoyo, aliento y ayuda de sus Obispos, que los lleven a desarrollar el
apostolado según su propia índole secular, basándose en la gracia de los
sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Por eso es necesario promover
programas específicos de formación que los capaciten para asumir
responsabilidades en la Iglesia dentro de las estructuras de participación
diocesana y parroquial, así como en los diversos servicios de animación litúrgica,
catequesis, enseñanza de la religión católica en las escuelas, etc.
Corresponde sobre todo a los laicos -y se les debe alentar en este sentido-
la evangelización de las culturas, la inserción de la fuerza del Evangelio en
la familia, el trabajo, los medios de comunicación social, el deporte y el
tiempo libre, así como la animación cristiana del orden social y de la vida
pública nacional e internacional. En efecto, al estar en el mundo, los fieles
laicos pueden ejercer una gran influencia en los ambientes de su entorno,
ampliando las perspectivas del horizonte de la esperanza a muchos hombres y
mujeres. Por otra parte, ocupados por su opción de vida en las realidades
temporales, los fieles laicos están llamados, como corresponde a su condición
secular específica, a dar cuenta de la esperanza (cf. 1 P 3, 15) en sus
respectivos campos de trabajo, cultivando en el corazón la « espera de una
tierra nueva ».198 Los Obispos, por su parte, han de estar cerca de los
fieles laicos que, insertos directamente en el torbellino de los complejos
problemas del mundo, están particularmente expuestos a la desorientación y al
sufrimiento, y los deben de apoyar para que sean cristianos de firme esperanza,
anclados sólidamente en la seguridad de que Dios está siempre con sus hijos.
Se debe tener en cuenta también la importancia del apostolado laical, tanto
el de antigua tradición como el de los nuevos movimientos eclesiales. Todas
estas realidades asociativas enriquecen a la Iglesia, pero necesitan siempre de
una labor de discernimiento que es propia del Obispo, a cuya misión pastoral
corresponde favorecer la complementariedad entre movimientos de diversa
inspiración, velando por su desarrollo, la formación teológica y espiritual de
sus animadores, su inserción en la comunidad diocesana y en las parroquias, de
las cuales no deben separarse.199 El Obispo ha de procurar también que
las asociaciones laicales apoyen la pastoral vocacional en la diócesis,
favoreciendo la acogida de todas las vocaciones, especialmente al ministerio ordenado,
la vida consagrada y el compromiso misionero.200
Solicitud por la familia
52. Los Padres sinodales hablaron muchas veces en favor de
la familia, llamada justamente « iglesia doméstica », espacio abierto a la
presencia del Señor Jesús, santuario de la vida. Fundada en el sacramento del
Matrimonio, es una comunidad de primordial importancia, pues en ella tanto los
esposos como sus hijos viven su propia vocación y se perfeccionan en la
caridad. La familia cristiana -se subrayó en el Sínodo- es comunidad
apostólica, abierta a la misión.201
Es cometido del Obispo preocuparse de que en la sociedad civil se defiendan
y apoyen los valores del matrimonio mediante opciones políticas y económicas
apropiadas. En el seno de la comunidad cristiana ha de impulsar la preparación
de los novios al matrimonio, el acompañamiento de los jóvenes esposos, así como
la formación de grupos de familias que apoyen la pastoral familiar y estén
dispuestas a ayudar a las familias en dificultad. La cercanía del Obispo a los
esposos y a sus hijos, incluso mediante iniciativas diocesanas de diverso tipo,
será un gran apoyo para ellos.
Refiriéndose a las tareas educativas de la familia, los Padres sinodales
reconocieron unánimemente el valor de las escuelas católicas para la formación integral
de las nuevas generaciones, la inculturación de la fe y el diálogo entre las
diversas culturas. Por tanto, es necesario que el Obispo apoye y ponga de
relieve la obra de las escuelas católicas, promoviendo su constitución donde no
existan y urgiendo, en lo que de él dependa, a las instituciones civiles para
que favorezcan una efectiva libertad de enseñanza en el País.202
Los jóvenes, una prioridad pastoral de cara al futuro
53. El Obispo, pastor y padre de la comunidad cristiana, ha
de prestar una atención particular a la evangelización y acompañamiento
espiritual de los jóvenes. Un ministerio de esperanza no puede dejar de
construir el futuro junto con aquellos a quienes está confiado el porvenir, es
decir, los jóvenes. Como « centinelas de la mañana », esperan la aurora de un
mundo nuevo. La experiencia de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que los
Obispos apoyan con entusiasmo, nos enseña cuántos jóvenes están dispuestos a
comprometerse en la Iglesia y en el mundo si se les propone una auténtica
responsabilidad y se les ofrece una formación cristiana integral.
En esta perspectiva, haciéndome intérprete del pensamiento de los Padres
sinodales, hago un llamamiento especial a las personas consagradas de los
numerosos Institutos empeñados en la formación y educación de los niños y
jóvenes para que no se desanimen ante las dificultades del momento y no cejen
en su benemérita obra, sino que la intensifiquen dando cada vez mayor calidad a
sus esfuerzos.203
Mediante una relación personal con sus pastores y formadores, se ha de
impulsar a los jóvenes a crecer en la caridad, educándolos para una vida
generosa, disponible al servicio de los otros, sobre todo de los necesitados y
enfermos. Así es más fácil hablarles también de las otras virtudes cristianas, especialmente
de la castidad. De este modo llegarán a entender que una vida es « bella »
cuando se entrega, a ejemplo de Jesús. Y estarán en condiciones de hacer
opciones responsables y definitivas, tanto respecto al matrimonio como al
ministerio sagrado o la vida consagrada.
Pastoral vocacional
54. Es preciso promover una cultura vocacional en su más
amplio sentido, es decir, hay que educar a los jóvenes a descubrir la vida
misma como vocación. Por tanto, conviene que el Obispo inste a las familias,
comunidades parroquiales e institutos educativos para que ayuden a los jóvenes
a descubrir el proyecto de Dios sobre su vida, acogiendo la llamada a la
santidad que Dios dirige a cada uno de manera original.204
A este propósito, es muy importante fortalecer la dimensión vocacional de
toda la acción pastoral. Por eso, el Obispo ha de procurar que se confíe la
pastoral juvenil y vocacional a sacerdotes y personas capaces de transmitir,
con entusiasmo y con el ejemplo de su vida, el amor a Jesús. Su cometido es
acompañar a los jóvenes mediante una relación personal de amistad y, si es
posible, de dirección espiritual, para ayudarlos a percibir los signos de la
llamada de Dios y buscar la fuerza necesaria para corresponder a ella con la
gracia de los Sacramentos y la vida de oración, que es ante todo escuchar a
Dios que habla.
Estos son algunos de los ámbitos en los que el Obispo
ejerce su ministerio de gobierno y manifiesta a la porción del Pueblo de Dios
que le ha sido confiada la caridad pastoral que lo anima. Una de las formas
características de dicha caridad es la compasión, a imitación de Cristo,
Sumo Sacerdote, el cual supo compadecerse de las flaquezas, puesto que él mismo
fue probado en todo igual que nosotros, aunque, a diferencia nuestra, no en el
pecado (cf. Hb 4, 15). Dicha
compasión está siempre unida a la responsabilidad que el Obispo ha asumido ante
Dios y la Iglesia. De este modo realiza las promesas y los deberes asumidos el
día de su Ordenación episcopal, cuando ha dado su libre consentimiento a la
llamada de la Iglesia para que cuide, con amor de padre, del Pueblo santo de
Dios y lo guíe por la vía de la salvación; para que sea siempre acogedor y misericordioso,
en nombre de Dios, para con los pobres, los enfermos y todos los que necesitan
consuelo y ayuda, y esté dispuesto también, como buen pastor, a ir en busca de
las ovejas extraviadas para devolverlas al redil del Señor.205
Arriba
CAPÍTULO VI
EN LA COMUNIÓN DE LAS IGLESIAS
« La
preocupación por todas las Iglesias » (2Co 11, 28)
55. Escribiendo a los cristianos de
Corinto, el apóstol Pablo recuerda cuánto ha sufrido por el Evangelio: « Viajes
frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi
raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado;
peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin
dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y
aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las
Iglesias » (2Co 11, 26-28). De
esto saca una conclusión apasionada: « ¿Quién desfallece sin que desfallezca
yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase? » (2Co 11, 29). Este mismo interrogante
interpela la conciencia de cada Obispo en cuanto miembro del Colegio episcopal.
Lo recuerda expresamente el Concilio Vaticano II cuando
afirma que todos los Obispos, en cuanto miembros del Colegio episcopal y
legítimos sucesores de los Apóstoles por institución y mandato de Cristo, han
de extender su preocupación a toda la Iglesia. « Todos los Obispos, en efecto,
deben impulsar y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la
Iglesia y enseñar a todos los fieles a amar a todo el Cuerpo místico de Cristo,
sobre todo a los pobres, a los que sufren y a los perseguidos a causa de la
justicia (cf. Mt 5, 10). Finalmente
han de promover todas las actividades comunes a toda la Iglesia, sobre todo
para que la fe se extienda y brille para todos la luz de la verdad plena. Por
lo demás, queda como principio sagrado que, dirigiendo bien su propia Iglesia,
como porción de la Iglesia universal, contribuyen eficazmente al bien de todo
el Cuerpo místico, que también es el cuerpo de las Iglesias ».206
Así, cada Obispo está simultáneamente en relación con su Iglesia particular
y con la Iglesia universal. En efecto, el mismo Obispo que es principio visible
y fundamento de la unidad en la propia Iglesia particular, es también el
vínculo visible de la comunión eclesial entre su Iglesia particular y la
Iglesia universal. Por tanto, todos los Obispos, residiendo en sus Iglesias
particulares repartidas por el mundo, pero manteniendo siempre la comunión
jerárquica con la Cabeza del Colegio episcopal y con el mismo Colegio, dan
consistencia y expresan la catolicidad de la Iglesia, al mismo tiempo que dan a
su Iglesia particular este carácter de catolicidad. De este modo, cada Obispo
es como el punto de engarce de su Iglesia particular con la Iglesia universal y
testimonio visible de la presencia de la única Iglesia de Cristo en su Iglesia
particular. Por tanto, en la comunión de las Iglesias el Obispo representa a su
Iglesia particular y, en ésta, representa la comunión de las Iglesias. En
efecto, mediante el ministerio episcopal, las portiones Ecclesiae
participan en la totalidad de la Una y Santa, mientras que ésta, siempre
mediante dicho ministerio, se hace presente en cada Ecclesiae portio.207
La dimensión universal del ministerio episcopal se manifiesta y realiza plenamente
cuando todos los Obispos, en comunión jerárquica con el Romano Pontífice,
actúan como Colegio. Reunidos solemnemente en un Concilio Ecuménico o
esparcidos por el mundo, pero siempre en comunión jerárquica con el Romano
Pontífice, constituyen la continuidad del Colegio apostólico.208 No
obstante, todos los Obispos colaboran entre sí y con el Romano Pontífice in
bonum totius Ecclesiae también de otras maneras, y esto se hace, sobre
todo, para que el Evangelio se anuncie en toda la tierra, así como para
afrontar los diversos problemas que pesan sobre muchas Iglesias particulares.
Al mismo tiempo, tanto el ejercicio del ministerio del Sucesor de Pedro para el
bien de toda la Iglesia y de cada Iglesia particular, como la acción del
Colegio en cuanto tal, son una valiosa ayuda para que se salvaguarden la unidad
de la fe y la disciplina común a toda la Iglesia en las Iglesias particulares
confiadas a la atención de cada uno de los Obispos diocesanos. Los Obispos, sea
individualmente que unidos entre sí como Colegio, tienen en la Cátedra de Pedro
el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la
comunión.209
El Obispo diocesano en relación con la Autoridad suprema
56. El Concilio Vaticano II enseña que « los Obispos, como
sucesores de los Apóstoles, tienen de por sí, en las diócesis que les han sido
encomendadas, toda la potestad ordinaria, propia e inmediata que se requiere
para el ejercicio de su función pastoral sin perjuicio de la potestad que tiene
el Romano Pontífice, en virtud de su función, de reservar algunas causas para
sí o para otra autoridad ».210
En el Aula sinodal alguno planteó la cuestión sobre la posibilidad de tratar
la relación entre el Obispo y la Autoridad suprema a la luz del principio de
subsidiaridad, especialmente en lo que se refiere a las relaciones entre el
Obispo y la Curia romana, expresando el deseo de que dichas relaciones, en
línea con una eclesiología de comunión, se desarrollen en el respeto de las
competencias de cada uno y, por lo tanto, llevando a cabo una mayor
descentralización. Se pidió también que se estudie la posibilidad de aplicar
dicho principio a la vida de la Iglesia, quedando firme en todo caso que el
principio constitutivo para el ejercicio de la autoridad episcopal es la
comunión jerárquica de cada Obispo con el Romano Pontífice y con el Colegio
episcopal.
Como es sabido, el principio de subsidiaridad fue formulado por mi
predecesor de venerada memoria Pío XI para la sociedad civil.211 El
Concilio Vaticano II, que nunca usó el término « subsidiaridad », impulsó no
obstante la participación entre los organismos de la Iglesia, desarrollando una
nueva reflexión sobre la teología del episcopado que está dando sus frutos en
la aplicación concreta del principio de colegialidad en la comunión eclesial.
Los Padres sinodales estimaron que, por lo que concierne al ejercicio de la
autoridad episcopal, el concepto de subsidiaridad resulta ambiguo, e
insistieron en profundizar teológicamente la naturaleza de la autoridad epis-
copal a la luz del principio de comunión.212
En la Asamblea sinodal se habló varias veces del principio
de comunión.213 Se trata de una comunión orgánica, que se inspira en la
imagen del Cuerpo de Cristo de la que habla el apóstol Pablo cuando subraya las
funciones de complementariedad y ayuda mutua entre los diversos miembros del
único cuerpo (cf. 1Co 12, 12-31).
Por tanto, para recurrir correcta y eficazmente al principio de comunión,
son indispensables algunos puntos de referencia. Ante todo, se ha de tener en
cuenta que el Obispo diocesano, en su Iglesia particular, posee toda la
potestad ordinaria, propia e inmediata necesaria para cumplir su ministerio
pastoral. Le compete, por tanto, un ámbito propio, reconocido y tutelado por la
legislación universal, en que ejerce autónomamente dicha autoridad.214
Por otro lado, la potestad del Obispo coexiste con la potestad suprema del
Romano Pontífice, también episcopal, ordinaria e inmediata sobre todas y cada
una de Iglesias, las agrupaciones de las mismas y sobre todos los pastores y
fieles.215
Se ha de tener presente otro punto firme: la unidad de la Iglesia radica en
la unidad del episcopado, el cual, para ser uno, necesita una Cabeza del
Colegio. Análogamente, la Iglesia, para ser una, exige tener una Iglesia como
Cabeza de las Iglesias, que es la de Roma, cuyo Obispo, Sucesor de Pedro, es la
Cabeza del Colegio.216 Por tanto, « para que cada Iglesia particular sea
plenamente Iglesia, es decir, presencia particular de la Iglesia universal con
todos sus elementos esenciales, y por lo tanto constituida a imagen de la
Iglesia universal, debe hallarse presente en ella, como elemento propio, la
suprema autoridad de la Iglesia [...]. El Primado del Obispo de Roma y el
Colegio episcopal son elementos propios de la Iglesia universal 'no derivados
de la particularidad de las Iglesias', pero interiores a cada Iglesia
particular [...]. Que el ministerio del Sucesor de Pedro sea interior a cada
Iglesia particular es expresión necesaria de aquella fundamental mutua
interioridad entre Iglesia universal e Iglesia particular ».217
La Iglesia de Cristo, por su catolicidad, se realiza plenamente en cada
Iglesia particular, la cual recibe todos los medios naturales y sobrenaturales
para llevar a término la misión que Dios le ha encomendado a la Iglesia llevar
a cabo en el mundo. Uno de ellos es la potestad ordinaria, propia e inmediata
del Obispo, requerida para cumplir su ministerio pastoral (munus pastorale),
pero cuyo ejercicio está sometido a las leyes universales y a lo que el derecho
o un decreto del Sumo Pontífice reserve a la suprema autoridad o a otra
autoridad eclesiástica.218
La capacidad del propio gobierno, que incluye también el ejercicio del
magisterio auténtico, 219 que pertenece intrínsecamente al Obispo en su
diócesis, se encuentra dentro de esa realidad mistérica de la Iglesia, por la
cual en la Iglesia particular está inmanente la Iglesia universal, que hace
presente la suprema autoridad, es decir, el Romano Pontífice y el Colegio de
los Obispos con su potestad suprema, plena, ordinaria e inmediata sobre todos
los fieles y pastores.220
En conformidad con la doctrina del Concilio Vaticano II, se debe afirmar que
la función de enseñar (munus docendi) y la de gobernar (munus regendi)
-y por tanto la respectiva potestad de magisterio y gobierno- son ejercidas en
la Iglesia particular por cada Obispo diocesano, por su naturaleza en comunión
jerárquica con la Cabeza del Colegio y con el Colegio mismo.221 Esto no
debilita la autoridad episcopal sino que más bien la refuerza, en cuanto los
lazos de comunión jerárquica que unen a los Obispos con la Sede Apostólica
requieren una necesaria coordinación, exigida por la naturaleza misma de la
Iglesia, entre la responsabilidad del Obispo diocesano y la de la suprema
autoridad. El derecho divino mismo es quien pone los límites al ejercicio de
una y de otra. Por eso, la potestad de los Obispos « no queda suprimida por el
poder supremo y universal, sino, al contrario, afirmada, consolidada y protegida,
ya que el Espíritu Santo, en efecto, conserva indefectiblemente la forma de
gobierno establecida por Cristo en su Iglesia ».222
A este respecto, se expresó bien el Papa Pablo VI cuando en la apertura del
tercer período del Concilio Vaticano II, afirmó: « Viviendo en diversas partes
del mundo, para realizar y mostrar la verdadera catolicidad de la Iglesia,
necesitáis absolutamente de un centro y un principio de fe y de comunión que
tenéis en esta Cátedra de Pedro. De la misma manera, Nos siempre buscamos, a
través de vuestra actividad, que el rostro de la Sede Apostólica resplandezca y
no carezca de su fuerza e importancia humana histórica, más aún, para que su fe
se conserve en armonía, para que sus deberes se realicen de manera ejemplar,
para encontrar consuelo en las penas ».223
La realidad de la comunión, que es la base de todas las relaciones
intraeclesiales 224 y que se destacó también en la discusión sinodal, es
una relación de reciprocidad entre el Romano Pontífice y los Obispos. En efecto,
si por un lado el Obispo, para expresar en plenitud su propio oficio y fundar
la catolicidad de su Iglesia, tiene que ejercer la potestad de gobierno que le
es propia (munus regendi) en comunión jerárquica con el Romano Pontífice
y con el Colegio episcopal, de otro lado, el Romano Pontífice, Cabeza del
Colegio, en el ejercicio de su ministerio de pastor supremo de la Iglesia (munus
supremi Ecclesiae pastoris), actúa siempre en comunión con todos los demás
Obispos, más aún, con toda la Iglesia.225 En la comunión eclesial, pues,
así como el Obispo no está solo, sino en continua relación con el Colegio y su
Cabeza, y sostenido por ellos, tampoco el Romano Pontífice está solo, sino
siempre en relación con los Obispos y sostenido por ellos. Ésta es otra de las
razones por las que el ejercicio de la potestad suprema del Romano Pontífice no
anula, sino que afirma, corrobora y protege la potestad ordinaria misma, propia
e inmediata del Obispo en su Iglesia particular.
Visitas « ad limina Apostolorum »
57. Las visitas ad limina Apostolorum son a la vez
una manifestación y un medio de comunión entre los Obispos y la Cátedra de
Pedro.226 En efecto, constan de tres momentos principales, cada uno con
su significado propio.227 Ante todo la peregrinación a la tumba de los
príncipes de los Apóstoles Pedro y Pablo, que indica la referencia a la única
fe, de la cual ambos dieron testimonio en Roma con su martirio.
El encuentro con el Sucesor de Pedro está en relación con
este momento. Efectivamente, con ocasión de la visita ad limina los
Obispos se reúnen en torno a él y, según el principio de catolicidad, realizan
una comunicación de dones entre todos los bienes que, por obra del Espíritu,
hay en la Iglesia, tanto en ámbito particular y local como universal.228
Lo que entonces se produce no es una simple información recíproca, sino, sobre
todo, la afirmación y consolidación de la colegialidad (collegialis
confirmatio) del cuerpo de la Iglesia, por la que se obtiene la unidad en
la diversidad, dando lugar a una especie de « perichoresis » entre la
Iglesia universal y las Iglesias particulares, que se puede comparar al flujo
de la sangre, que parte del corazón hacia las extremidades del cuerpo y de
ellas vuelve al corazón.229 La savia vital que viene de Cristo une todas
las partes como la savia de la vid que llega a los sarmientos (cf. Jn 15, 5). Esto se pone de
manifiesto particularmente en la Celebración eucarística de los Obispos con el
Papa. En efecto, cada Eucaristía se celebra en comunión con el propio Obispo,
con el Romano Pontífice y con el Colegio Episcopal y, a través de ellos, con
los fieles de cada Iglesia particular y de toda la Iglesia, de modo que la
Iglesia universal está presente en la particular y ésta se inserta, junto con
las demás Iglesias particulares, en la comunión de la Iglesia universal.
Ya desde los primeros siglos la referencia última de la comunión está en la
Iglesia de Roma, donde Pedro y Pablo dieron su testimonio de fe. En efecto, por
su posición preeminente, es necesario que cada una de las Iglesias concuerde
con ella, porque es la garantía última de la integridad de la tradición
transmitida por los Apóstoles.230 La Iglesia de Roma preside la comunión
universal en la caridad, 231 tutela las legítimas diversidades y, al
mismo tiempo, vigila para que la particularidad no sólo no dañe a la unidad,
sino que la sirva.232 Todo eso comporta la necesidad de la comunión de
las diversas Iglesias con la Iglesia de Roma, para que todas se puedan
encontrar en la integridad de la Tradición apostólica y en la unidad de la
disciplina canónica para la salvaguardia de la fe, de los Sacramentos y del
camino concreto hacia la santidad. Dicha comunión de las Iglesias se expresa
por la comunión jerárquica entre cada Obispo y el Romano Pontífice.233
De la comunión de todos los Obispos cum Petro et sub Petro, realizada en
la caridad, surge el deber de que todos ellos colaboren con el Sucesor de Pedro
para el bien de la Iglesia entera y, por tanto, de cada Iglesia particular. La
visita ad limina tiene precisamente esta finalidad.
El tercer aspecto de las visitas ad limina es el encuentro con los
responsables de los Dicasterios de la Curia romana. Tratando con ellos, los
Obispos tienen un contacto directo con los problemas que competen a cada
Dicasterio, siendo de este modo introducidos en los diversos aspectos de la
común solicitud pastoral. A este respecto, los Padres sinodales pidieron que,
en el contexto del conocimiento y confianza mutua, fueran más frecuentes las relaciones
entre Obispos, individualmente o unidos en las Conferencias episcopales, y los
Dicasterios de la Curia romana, 234 de manera que éstos, informados
directamente de los problemas concretos de las Iglesias, puedan desempeñar
mejor su servicio universal.
Sin duda, las visitas ad limina, junto con las relaciones
quinquenales sobre la situación de las diócesis, 235 son medios eficaces
para cumplir con la exigencia de conocimiento recíproco que surge de la
comunión entre los Obispos y el Romano Pontífice. Además, la presencia de los
Obispos en Roma para la visita puede ser una ocasión oportuna, de una parte,
para acelerar la respuesta a las cuestiones que han presentado a los
Dicasterios y, de otra, para favorecer, de acuerdo con los deseos manifestados,
una consulta individual o colectiva con vistas a la preparación de documentos
de cierta importancia general; puede ser también una ocasión para ilustrar
oportunamente a los Obispos sobre eventuales documentos que la Santa Sede
tuviera intención de dirigir a la Iglesia en su conjunto, o específicamente a
sus Iglesias particulares, antes de su publicación.
El Sínodo de los Obispos
58. Según una experiencia ya consolidada, cada Asamblea
General del Sínodo de los Obispos, que de algún modo es expresión del episcopado,
muestra de manera peculiar el espíritu de comunión que une a los Obispos con el
Romano Pontífice y a los Obispos entre sí, dando la oportunidad de expresar un
juicio eclesial profundo, bajo la acción del Espíritu, sobre los diversos
problemas que afectan a la vida de la Iglesia.236
Como es sabido, durante el Concilio Vaticano II se manifestó la exigencia de
que los Obispos pudieran ayudar mejor al Romano Pontífice en el ejercicio de su
función. Precisamente en consideración de esto, mi predecesor de venerada
memoria Pablo VI instituyó el Sínodo de los Obispos, 237 aún teniendo en
cuenta la aportación que el Colegio de los Cardenales ya proporcionaba al
Romano Pontífice. Así, mediante el nuevo organismo se podía expresar más
eficazmente el afecto colegial y la solicitud de los Obispos por el bien de
toda la Iglesia.
Los años transcurridos han mostrado cómo los Obispos, en unión de fe y
caridad, pueden prestar con sus consejos una valiosa ayuda al Romano Pontífice
en el ejercicio de su ministerio apostólico, tanto para la salvaguardia de la
fe y de las costumbres, como para la observancia de la disciplina eclesiástica.
En efecto, el intercambio de información sobre las Iglesias particulares, al
facilitar la concordancia de juicio incluso sobre cuestiones doctrinales, es un
modo eficaz para reforzar la comunión.238
Cada Asamblea General del Sínodo de los Obispos es una experiencia eclesial
intensa, aunque sigue siendo perfectible en lo que se refiere a las modalidades
de sus procedimientos.239 Los Obispos reunidos en el Sínodo representan,
ante todo, a sus propias Iglesias, pero tienen presente también la aportación
de las Conferencias episcopales que los han designado y son portadores de su
parecer sobre las cuestiones a tratar. Expresan así el voto del Cuerpo
jerárquico de la Iglesia y, en cierto modo, el del pueblo cristiano, del cual
son sus pastores.
El Sínodo es un acontecimiento en el que resulta evidente de manera especial
que el Sucesor de Pedro, en el cumplimiento de su misión, está siempre unido en
comunión con los demás Obispos y con toda la Iglesia.240 « Corresponde
al Sínodo de los Obispos -establece el Código de Derecho Canónico- debatir las
cuestiones que han de ser tratadas, y manifestar su parecer pero no dirimir
esas cuestiones ni dar decretos acerca de ellas, a no ser que en casos
determinados le haya sido otorgada potestad deliberativa por el Romano
Pontífice, a quien compete en este caso ratificar las decisiones del Sínodo ».241
El hecho de que el Sínodo tenga normalmente sólo una función consultiva no
disminuye su importancia. En efecto, en la Iglesia, el objetivo de cualquier
órgano colegial, sea consultivo o deliberativo, es siempre la búsqueda de la
verdad o del bien de la Iglesia. Además, cuando se trata de verificar la fe
misma, el consensus Ecclesiae no se da por el cómputo de los votos, sino
que es el resultado de la acción del Espíritu, alma de la única Iglesia de
Cristo.
Precisamente porque el Sínodo está al servicio de la verdad y de la Iglesia,
como expresión de la verdadera corresponsabilidad en el bien de la Iglesia por
parte de todo el episcopado en unión con su Cabeza, los Obispos, al emitir el
voto consultivo o deliberativo, expresan en todo caso, junto con los demás
miembros del Sínodo, la participación en el gobierno de la Iglesia universal.
Como mi predecesor de venerada memoria Pablo VI, también yo he recibido siempre
las propuestas y opiniones expresadas por los Padres sinodales, incluyéndolas
en el proceso de elaboración del documento que recoge los resultados del Sínodo
y que, precisamente por ello, me complace denominar « postsinodal ».
Comunión entre los Obispos y entre las Iglesias en el ámbito local
59. Además del ámbito universal, hay muchas y variadas
formas en que se puede expresar, y de hecho se expresa, la comunión episcopal
y, por tanto, la solicitud por todas las Iglesias hermanas. Asimismo, las
relaciones recíprocas entre los Obispos van mucho más allá de sus encuentros
institucionales. El ser bien conscientes de la dimensión colegial del
ministerio que les ha sido conferido ha de impulsarlos a practicar entre ellos,
sobre todo en el seno de la propia Conferencia episcopal, de su Provincia y
Región eclesiástica, las diversas formas de hermandad sacramental, que van
desde la acogida y consideración recíprocas hasta las atenciones de caridad y
la colaboración concreta.
Como he escrito anteriormente, « se ha hecho mucho, desde el Concilio
Vaticano II, en lo que se refiere a la reforma de la Curia romana, la
organización de los Sínodos y el funcionamiento de las Conferencias
Episcopales. Pero queda ciertamente aún mucho por hacer para expresar de la
mejor manera las potencialidades de estos instrumentos de la comunión,
particularmente necesarios hoy ante la exigencia de responder con prontitud y
eficacia a los problemas que la Iglesia tiene que afrontar en los cambios
rápidos de nuestro tiempo ».242 En el nuevo siglo, pues, todos hemos de
comprometernos más que nunca en valorar y desarrollar los ámbitos y los
instrumentos que sirven para asegurar y garantizar la comunión entre los
Obispos y entre las Iglesias.
Toda acción del Obispo realizada en el ejercicio del propio ministerio
pastoral es siempre una acción realizada en el Colegio. Sea que se trate
del ministerio de la Palabra o del gobierno de la propia Iglesia particular, o
bien de una decisión tomada con los demás Hermanos en el episcopado sobre las
otras Iglesias particulares de la misma Conferencia episcopal, en el ámbito
provincial o regional, siempre será una acción en el Colegio, porque,
además de empeñar la propia responsabilidad pastoral, se lleva a cabo
manteniendo la comunión con los demás Obispos y con la Cabeza del Colegio. Todo
esto obedece no tanto a una conveniencia humana de coordinación, sino a una
preocupación por las demás Iglesias, que se deriva de que cada Obispo está
integrado y forma parte de un Cuerpo o Colegio. En efecto, cada Obispo es
simultáneamente
responsable, aunque de modos diversos, de la Iglesia particular, de las Iglesias
hermanas más cercanas y de la Iglesia universal.
Los Padres sinodales reiteraron oportunamente que « viviendo la comunión
episcopal, cada Obispo ha de sentir como propias las dificultades y los
sufrimientos de sus Hermanos en el episcopado. Para reforzar esta comunión
episcopal y hacerla cada vez más consistente, cada uno de los Obispos y las
Conferencias episcopales han de examinar cuidadosamente las posibilidades que
tienen sus Iglesias de ayudar a las más pobres ».243 Sabemos que dicha
pobreza puede consistir tanto en una seria escasez de sacerdotes u otros
agentes pastorales como en una grave carencia de medios materiales. En uno u
otro caso, lo que se resiente es el anuncio del Evangelio. Por eso, siguiendo
la exhortación que ya hiciera el Concilio Vaticano II, 244 asumo la
consideración de los Padres sinodales en su deseo de que se favorezcan las
relaciones de solidaridad fraterna entre las Iglesias de antigua evangelización
y las llamadas « Iglesias jóvenes », estableciendo incluso « hermanamientos »
que se concreticen en la comunicación de experiencias y de agentes pastorales,
además de ayudas económicas. En efecto, eso confirma la imagen de la Iglesia
como « familia de Dios », en la que los más fuertes sustentan a los más débiles
para el bien de todos.245
De este modo, la comunión de los Obispos se traduce en comunión de las
Iglesias, que se manifiesta también en atenciones cordiales respecto a aquellos
Pastores que, más que otros Hermanos, han sufrido o, lamentablemente, sufren
aún, la mayor parte de las veces al compartir las dificultades de sus fieles.
Un grupo de Pastores que merece una particular atención, por su creciente
número, es la de los Obispos eméritos. Los he recordado yo mismo, junto con los
Padres sinodales, en la Liturgia conclusiva de la X Asamblea General Ordinaria.
Toda la Iglesia tiene en gran consideración a estos queridos Hermanos, que
siguen siendo miembros importantes del Colegio episcopal, y les queda
reconocida por el servicio pastoral que han desarrollado y todavía realizan,
poniendo su sabiduría y experiencia a disposición de la comunidad. La autoridad
competente ha de valorar este patrimonio espiritual personal, en el que se ha
depositado una parte preciosa de la memoria de las Iglesias que han presidido
durante años. Resulta obligado poner todo cuidado para asegurarles condiciones
de serenidad espiritual y económica, en el contexto humano que razonablemente
deseen. Además, se ha de estudiar la posibilidad de que sus competencias sean
aprovechadas aún en el ámbito de los diversos organismos de las Conferencias
episcopales.246
Las Iglesias católicas orientales
60. En la misma perspectiva de la comunión entre los
Obispos y entre las Iglesias, los Padres sinodales prestaron una atención del
todo particular a las Iglesias católicas orientales, volviendo a considerar las
venerables y antiguas riquezas de sus tradiciones, que son un tesoro vivo que
coexiste con expresiones análogas de la Iglesia latina. Desde ambas se ilumina
mejor la unidad católica del Pueblo santo de Dios.247
Además, no cabe duda de que las Iglesias católicas de Oriente, por su
afinidad espiritual, histórica, teológica, litúrgica y disciplinar con las
Iglesias ortodoxas y las otras Iglesias orientales que aún no están en plena
comunión con la Iglesia católica, tienen un papel muy especial en la promoción
de la unidad de los cristianos, sobre todo en Oriente. Deben desempeñarlo, como
todas las Iglesias, con la oración y con una vida cristiana ejemplar; asimismo,
como una contribución específicamente suya, están llamadas a aportar su
religiosa fidelidad a las antiguas tradiciones orientales.248
Las Iglesias patriarcales y su Sínodo
61. Entre las instituciones propias de las Iglesias
católicas orientales destacan las Iglesias patriarcales. Pertenecen a esas agrupaciones
de Iglesias que, como afirma el Concilio Vaticano II, 249 por divina
Providencia, a lo largo del tiempo se han constituido orgánicamente y gozan
tanto de una disciplina y costumbres litúrgicas propias como de un patrimonio
teológico y espiritual común, conservando siempre la unidad de la fe y la única
constitución divina de la Iglesia universal. Su dignidad particular proviene de
que, como matrices de fe, han dado origen a otras Iglesias, las cuales son como
hijas suyas y, por tanto, vinculadas a ellas hasta nuestros tiempos por lazos
más estrechos de caridad en la vida sacramental y en el mutuo respeto de
derechos y deberes.
La institución patriarcal es muy antigua en la Iglesia. De ella da
testimonio ya el primer Concilio ecuménico de Nicea, fue reconocida por los
primeros Concilios ecuménicos y aún hoy es la forma tradicional de gobierno en
las Iglesias orientales.250 Por tanto, en su origen y estructura
particular, es de institución eclesiástica. Precisamente por eso el Concilio
ecuménico Vaticano II ha manifestado el deseo de que « donde sea necesario, se
erijan nuevos patriarcados, cuya constitución se reserva al Sínodo ecuménico o
al Romano Pontífice ».251 Todo aquel que ejerce una potestad
supraepiscopal y supralocal en las Iglesias Orientales -como los Patriarcas y
los Sínodos de los Obispos de las Iglesias patriarcales- participa de la
autoridad suprema que el Sucesor de Pedro tiene sobre toda la Iglesia y ejerce
dicha potestad respetando, además del Primado del Romano Pontífice, 252
la función de cada Obispo, sin invadir el campo de su competencia ni limitar el
libre ejercicio de sus propias funciones.
En efecto, las relaciones entre los Obispos de una Iglesia patriarcal y el
Patriarca, que a su vez es el Obispo de la eparquía patriarcal, se desarrollan
sobre la base establecida ya antigüamente en los Cánones de los Apóstoles: « Es
necesario que los Obispos de cada nación sepan quién es el primero entre ellos
y lo consideren como jefe suyo, y no hagan nada importante sin su consentimiento;
cada uno se ocupará de lo que concierne a su demarcación y al territorio que
depende de ella; pero tampoco él haga nada sin el consentimiento de todos; así
reinará la concordia y Dios será glorificado, por Cristo en el Espíritu Santo
».253 Este canon expresa la antigua praxis de la sinodalidad en las
Iglesias de Oriente, ofreciendo al mismo tiempo su fundamento teológico y el
significado doxológico, pues se afirma claramente que la acción sinodal de los
Obispos en la concordia ofrece culto y gloria a Dios Uno y Trino.
Se debe reconocer, pues, en la vida sinodal de las Iglesias patriarcales,
una realización efectiva de la dimensión colegial del ministerio episcopal.
Todos los Obispos legítimamente consagrados participan en el Sínodo de su
Iglesia patriarcal como pastores de una porción del Pueblo de Dios. Sin
embargo, se reconoce el papel del primero, esto es, el Patriarca, como un
elemento a su manera constitutivo de la acción colegial. En efecto, no se da
acción colegial alguna sin un « primero » reconocido como tal. Por otro lado,
la sinodalidad no anula ni disminuye la autonomía legítima de cada Obispo en el
gobierno de su propia Iglesia; afirma, sin embargo, el afecto colegial de los
Obispos, corresponsables de todas las Iglesias particulares que abarca el
Patriarcado.
Al Sínodo patriarcal se le reconoce una verdadera potestad de gobierno. En
efecto, elige al Patriarca y a los Obispos para las funciones dentro del
territorio de la Iglesia patriarcal, así como a los candidatos al episcopado
para las funciones fuera de los confines de la Iglesia patriarcal, que han de
ser propuestos al Santo Padre para su nombramiento.254 Además del
consentimiento o parecer necesarios para la validez de ciertos actos de
competencia del Patriarca, corresponde al Sínodo emanar leyes que tienen vigor
dentro de los confines de la Iglesia patriarcal y, en el caso de leyes
litúrgicas, también fuera de ellos.255 Asimismo, el Sínodo, respetando
la competencia de la Sede Apostólica, es el tribunal superior dentro de los
confines de la propia Iglesia patriarcal.256 Por lo demás, el Patriarca
y también el Sínodo patriarcal se sirven de la colaboración consultiva de la
asamblea patriarcal, que el Patriarca convoca al menos cada cinco años, para la
gestión de los asuntos más importantes, especialmente los que conciernen la
actualización de las formas y de los modos de apostolado y de la disciplina
eclesiástica.257
La organización metropolitana y de las Provincias eclesiásticas
62. Un modo concreto de favorecer la comunión entre los
Obispos y la solidaridad entre las Iglesias es dar nueva vitalidad a la
antiquísima institución de las Provincias eclesiásticas, donde los Arzobispos
son instrumento y signo tanto de la hermandad entre los Obispos de la Provincia
como de su comunión con el Romano Pontífice.258 En efecto, dada la
similitud de los problemas que debe afrontar cada Obispo, así como el hecho de
que un número limitado facilita un consenso mayor y más efectivo, se puede
ciertamente programar un trabajo pastoral común en las asambleas de los Obispos
de la misma Provincia y, sobre todo, en los Concilios provinciales.
Donde, por el bien común, se crea conveniente la erección de Regiones
eclesiásticas, una función semejante puede ser desarrollada por las asambleas
de los Obispos de la misma Región o, en todo caso, por los Concilios plenarios.
A este respecto, se ha de recordar lo que ya dijo el Concilio Vaticano II: «
Las venerables instituciones de los Sínodos y de los Concilios florezcan con
nuevo vigor. Así se procurará más adecuada y eficazmente el crecimiento de la
fe y la conservación de la disciplina en las diversas Iglesias, según las
circunstancias de la época ».259 En ellos, los Obispos podrán actuar no
sólo manifestando la comunión entre sí, sino también con todos los miembros de
la porción de Pueblo de Dios que se les ha confiado; dichos miembros serán
representados en los Concilios según las normas del derecho.
En efecto, en los Concilios particulares, precisamente porque en ellos
participan también, presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos,
aunque sea sólo con voto consultivo, se manifiesta de modo inmediato no sólo la
comunión entre los Obispos, sino también entre las Iglesias. Además, como
momento eclesial solemne, los Concilios particulares requieren una cuidadosa
reflexión en su preparación, que implica a todas las categorías de fieles,
haciendo que dichos Concilios sean momento adecuado para las decisiones más
importantes, especialmente las que se refieren a la fe. Por eso, las
Conferencias Episcopales no pueden ocupar el puesto de los Concilios
particulares, como puntualiza el mismo Concilio Vaticano II cuando desea que
éstos adquieran nuevo vigor. Las Conferencias episcopales, sin embargo, pueden
ser un instrumento valioso para la preparación de los Concilios plenarios.260
Las Conferencias episcopales
63. En modo alguno se pretende con esto disminuir la
importancia y la utilidad de las Conferencias de los Obispos, cuya
configuración institucional fue trazada ya en el último Concilio y precisada
ulteriormente en el Código de Derecho Canónico y en el reciente Motu proprio Apostolos
suos.261 En las Iglesias católicas
orientales existen Instituciones análogas, como las Asambleas de los Jerarcas
de diversas Iglesias sui iuris, previstas por el Código de los Cánones
de las Iglesias Orientales « a fin de que, comunicándose las luces de prudencia
y experiencia e intercambiando pareceres, se obtenga una santa cooperación de
fuerzas para el bien común de las Iglesias, mediante la cual se fomente la
unidad de acción, se apoyen obras comunes, se promueva mejor el bien de la
religión y se observe más eficazmente la disciplina eclesiástica ».262
Estas asambleas de Obispos son hoy, como decían también los Padres
sinodales, un instrumento válido para expresar y poner en práctica el espíritu
colegial de los Obispos. Por eso se han de revalorizar aún más las Conferencias
episcopales en todas sus potencialidades.263 En efecto, éstas « se han
desarrollado notablemente y han asumido el papel de órgano preferido por los
Obispos de una nación o de un determinado territorio para el intercambio de
puntos de vista, la consulta recíproca y la colaboración en favor del bien
común de la Iglesia: 'se han constituido en estos años en una realidad
concreta, viva y eficiente en todas las partes del mundo'. Su importancia
obedece al hecho de que contribuye eficazmente a la unidad entre los Obispos y,
por tanto, a la unidad de la Iglesia, al ser un instrumento muy válido para
afianzar la comunión eclesial ».264
Dado que las Conferencias episcopales están formadas sólo por los Obispos y
los que por derecho son equiparados a ellos, aunque no tengan carácter
episcopal, 265 su fundamento teológico, a diferencia de los Concilios
particulares, reside directamente en la dimensión colegial de la
responsabilidad del gobierno episcopal. Sólo indirectamente lo es la comunión
entre las Iglesias.
En todo caso, siendo las Conferencias episcopales un órgano permanente que
se reúne periódicamente, su función será eficaz si se la considera una ayuda
auxiliar a la función que cada Obispo desarrolla por derecho divino en su
propia Iglesia. En efecto, en cada Iglesia el Obispo diocesano apacienta en
nombre del Señor la grey que se le ha confiado, como pastor propio, ordinario e
inmediato, y su actuación es estrictamente personal, no colegial, aunque esté
animado por el espíritu de comunión. Por tanto, por lo que se refiere a las
agrupaciones de Iglesias particulares por zonas geográficas (nación, región,
etc.), los Obispos que presiden las Iglesias no ejercen conjuntamente su
solicitud pastoral con actos colegiales iguales a los del Colegio episcopal, el
cual, como sujeto teológico, es indivisible.266 Por eso, los Obispos de
cada Conferencia episcopal, reunidos en Asamblea, ejercen conjuntamente para el
bien de sus fieles y en los límites de las competencias que les otorgan el
derecho o un mandato de la Sede Apostólica, sólo algunas de las funciones que
se desprenden de su ministerio pastoral (munus pastorale).267
Es verdad que las Conferencias episcopales más numerosas requieren una
organización compleja, precisamente para ofrecer su servicio a cada uno de los
Obispos que forman parte de ella, y por tanto a cada Iglesia. No obstante, se
ha de evitar « la burocratización de los oficios y de las comisiones que actúan
entre las reuniones plenarias ».268 En efecto, las Conferencias
episcopales « con sus comisiones y oficios existen para ayudar a los Obispos y
no para sustituirlos ».269 Y, menos aún, para constituir una estructura
intermedia entre la Sede Apostólica y cada uno de los Obispos. Las Conferencias
episcopales pueden ofrecer una ayuda válida a la Sede Apostólica expresando su
parecer sobre problemas específicos de carácter más general.270
Las Conferencias episcopales expresan y ponen en práctica el espíritu
colegial que une a los Obispos y, por consiguiente, la comunión entre las
diversas Iglesias, estableciendo entre ellas, especialmente entre las más
cercanas, estrechas relaciones para buscar un bien mayor.271 Esto puede
hacerse de varias formas, mediante consejos, simposios o federaciones. Las
reuniones continentales de los Obispos tienen una importancia notable, aunque
nunca asumen las competencias que se reconocen a las Conferencias episcopales.
Dichas reuniones ayudan mucho a fomentar entre las Conferencias episcopales de
las diversas naciones esa colaboración que, en este tiempo de « globalización
», resulta tan necesaria para afrontar sus desafíos y poner en marcha una
verdadera « globalización de la solidaridad ».272
Unidad de la Iglesia y diálogo ecuménico
64. La oración del Señor Jesús por la
unidad entre todos sus discípulos (Ut unum sint:Jn 17, 21) es una llamada apremiante a
cada Obispo para un deber apostólico específico. No puede esperarse que dicha
unidad sea fruto de nuestros esfuerzos; es sobre todo un don de la Trinidad
Santa a la Iglesia. No obstante, eso no exime a los cristianos de hacer todo
esfuerzo para ello, comenzando por la oración, para acelerar el camino hacia la
unidad plena. Como respuesta a las oraciones e intenciones del Señor, y a su
oblación en la Cruz para reunir a los hijos extraviados (cf.Jn 11, 52), la Iglesia católica se
siente comprometida irreversiblemente en el diálogo ecuménico, cuya eficacia
depende de su testimonio en el mundo. Hace falta, pues, perseverar en la vía
del diálogo de la verdad y del amor.
Muchos Padres sinodales se refirieron a la vocación específica
que tiene todo Obispo de promover en la propia diócesis este diálogo y llevarlo
adelante in veritate et caritate (cf. Ef 4, 15). En efecto, el escándalo de la
división entre los cristianos es percibido por todos como un signo contrario a
la esperanza cristiana. Como formas concretas para promover el diálogo
ecuménico se indicaron un mejor conocimiento recíproco entre la Iglesia
católica y las otras Iglesias y Comunidades eclesiales que no están en plena
comunión con ella; encuentros e iniciativas apropiadas y, sobre todo, el
testimonio de la caridad. Efectivamente, existe un ecumenismo de la vida
cotidiana, hecho de acogida recíproca, escucha y colaboración, que tiene una
poderosa eficacia.
Por otro lado, los Padres sinodales advirtieron sobre el riesgo de gestos
poco ponderados, signos de un « ecumenismo impaciente », que pueden dañar el
proceso actual hacia la plena unidad. Por eso, es muy importante que todos
acepten y pongan en práctica los rectos principios del diálogo ecuménico, y que
se insista sobre ellos en los seminarios con los candidatos al ministerio
sagrado, en las parroquias y en las otras estructuras eclesiales. Por lo demás,
la misma vida interior de la Iglesia ha de dar testimonio de unidad, respetando
y ampliando cada vez más los ámbitos en que se acojan y desarrollen las grandes
riquezas de las diversas tradiciones teológicas, espirituales, litúrgicas y
disciplinares.273
Índole misionera del ministerio episcopal
65. Los Obispos, como miembros del Colegio episcopal, no
sólo son consagrados para una diócesis, sino para la salvación de todos los
hombres.274 Los Padres sinodales volvieron a recordar esta doctrina expuesta
en el Concilio Vaticano II para destacar que cada Obispo ha de ser consciente
de la índole misionera del propio ministerio pastoral. Toda su acción pastoral,
pues, debe estar caracterizada por un espíritu misionero, para suscitar y
conservar en el ánimo de los fieles el ardor por la difusión del Evangelio. Por
eso es tarea del Obispo suscitar, promover y dirigir en la propia diócesis
actividades e iniciativas misioneras, incluso bajo el aspecto económico.275
Además, como se ha afirmado en el Sínodo, es sumamente importante animar la
dimensión misionera en la propia Iglesia particular promoviendo, según las
diversas situaciones, valores fundamentales tales como el reconocimiento del
prójimo, el respeto de la diversidad cultural y una sana interacción entre
culturas diferentes. Por otro lado, el carácter cada vez más multicultural de
las ciudades y grupos sociales, sobre todo como resultado de la emigración
internacional, crea situaciones nuevas en las que surge un desafío misionero
peculiar.
En el Aula sinodal hubo también intervenciones que pusieron de relieve
algunas cuestiones sobre la relación entre los Obispos diocesanos y las
Congregaciones religiosas misioneras, subrayando la necesidad de un reflexión
más profunda al respecto. Al mismo tiempo, se reconoció la gran aportación de
experiencia que puede recibir una Iglesia particular de las Congregaciones de
vida consagradas para mantener viva entre los fieles la dimensión misionera.
El Obispo ha de mostrarse en este aspecto como siervo y testigo de la
esperanza. En efecto, la misión es sin duda el indicador exacto de la fe en
Cristo y en su amor por nosotros: 276 ella mueve al hombre de todos los
tiempos hacia una vida nueva, animada por la esperanza. Al anunciar a Cristo
resucitado, los cristianos presentan a Aquél que inaugura un nueva era de la
historia y proclaman al mundo la buena noticia de una salvación integral y
universal, que contiene en sí la prenda de un mundo nuevo, donde el dolor y la
injusticia darán paso a la alegría y a la belleza. Al principio de un nuevo
milenio, cuando la conciencia de la universalidad de la salvación se ha
acentuado y se comprueba que se debe renovar cada día el anuncio del Evangelio,
la Asamblea sinodal lanza una invitación a no disminuir el compromiso misionero,
sino más bien a ampliarlo en una cooperación misionera cada vez más profunda.
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CAPÍTULO VII
EL OBISPO
ANTE LOS RETOS ACTUALES
« ¡Ánimo!: yo he
vencido al mundo » (Jn 16, 33)
66. En la Sagrada Escritura la Iglesia se
compara a un rebaño, « cuyo pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció.
Aunque son pastores humanos quienes gobiernan las ovejas, sin embargo es Cristo
mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los
pastores ».277 ¿Acaso no es Jesús mismo quien llama a sus discípulos pusillus
grex y les exhorta a no tener miedo, sino a cultivar la esperanza? (cf.Lc 12, 32).
Jesús repitió varias veces esta exhortación a sus
discípulos: « En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al
mundo » (Jn 16, 33). Cuando estaba
para volver al Padre, después de lavar los pies a los Apóstoles, les dijo: « No
se turbe vuestro corazón », y añadió, « yo soy el Camino [...]. Nadie va al
Padre sino por mí » (Jn 14, 1-6).
El pequeño rebaño, la Iglesia, ha emprendido este Camino, que es Cristo, y
guiada por Él, el Buen Pastor que « cuando ha sacado todas las suyas, va
delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz » (Jn 10, 4).
A imagen de Jesucristo y siguiendo sus huellas, el Obispo
sale también a anunciarlo al mundo como Salvador del hombre, de todos los
hombres. Como misionero del Evangelio, actúa en nombre de la Iglesia, experta
en humanidad y cercana a los hombres de nuestro tiempo. Por eso, afianzado en
el radicalismo evangélico, tiene además el deber de desenmascarar las falsas
antropologías, rescatar los valores despreciados por los procesos ideológicos y
discernir la verdad. Sabe que puede repetir con el Apóstol: « Si nos fatigamos
y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el
Salvador de todos los hombres, principalmente de los creyentes » (1Tm 4, 10).
La labor del Obispo se ha de caracterizar, pues, por la
parresía, que es fruto de la acción del Espíritu (cf. Hch 4, 31). De este modo, saliendo de
sí mismo para anunciar a Jesucristo, el Obispo asume con confianza y valentía
su misión, factus pontifex, convertido realmente en « puente » tendido a
todo ser humano. Con pasión de pastor, sale a buscar las ovejas, siguiendo a
Jesús, que dice: « También tengo otras ovejas, que no son de este redil;
también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo
rebaño, un solo pastor » (Jn 10, 16).
Artífice de justicia y de paz
67. En este ámbito de espíritu misionero, los Padres
sinodales se refirieron al Obispo como profeta de justicia. Hoy más que ayer,
la guerra de los poderosos contra los débiles ha abierto profundas divisiones
entre ricos y pobres. ¡Los pobres son legión! En el seno de un sistema
económico injusto, con disonancias estructurales muy fuertes, la situación de
los marginados se agrava de día en día. En la actualidad hay hambre en muchas
partes de la tierra, mientras en otras hay opulencia. Las víctimas de estas
dramáticas desigualdades son sobre todo los pobres, los jóvenes, los
refugiados. En muchos lugares, también la mujer es envilecida en su dignidad de
persona, víctima de una cultura hedonista y materialista.
Ante estas situaciones de injusticia, y muchas veces sumidos en ellas, que
abren inevitablemente la puerta a conflictos y a la muerte, el Obispo es
defensor de los derechos del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.
Predica la doctrina moral de la Iglesia, defiende el derecho a la vida desde la
concepción hasta su término natural; predica la doctrina social de la Iglesia,
fundada en el Evangelio, y asume la defensa de los débiles, haciéndose la voz
de quien no tiene voz para hacer valer sus derechos. No cabe duda de que la
doctrina social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza incluso en las
situaciones más difíciles, porque, si no hay esperanza para los pobres, no la
habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos.
Los Obispos condenaron enérgicamente el terrorismo y el genocidio, y
levantaron su voz por los que lloran a causa de injusticias, sufren
persecución, están sin trabajo; por los niños ultrajados de innumerables y
gravísimas maneras. Como la santa Iglesia, que en el mundo es sacramento de la
íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, 278 el
Obispo es también defensor y padre de los pobres, se preocupa por la justicia y
los derechos humanos, es portador de esperanza.279
La palabra de los Padres sinodales, junto con la mía, fue
explícita y fuerte. « No hemos podido cerrar nuestros oídos al eco de tantos
otros dramas colectivos [...]. Se impone un cambio de orden moral [...].
Algunos males endémicos, sub- estimados durante mucho tiempo, pueden conducir a
la desesperación de poblaciones enteras. ¿Cómo callarse frente al drama
persistente del hambre y la pobreza extrema en una época en la cual la
humanidad posee como nunca los medios para un reparto equitativo? No podemos
dejar de expresar nuestra solidaridad con la masa de refugiados e inmigrantes
que, como consecuencia de la guerra, de la opresión política o de la
discriminación económica, se ven forzados a abandonar su tierra, en busca de un
trabajo y con la esperanza de paz. Los estragos del paludismo, la expansión del
sida, el analfabetismo, la falta de porvenir para tantos niños y jóvenes
abandonados en la calle, la explotación de mujeres, la pornografía, la
intolerancia, la instrumentalización inaceptable de la religión para fines
violentos, el tráfico de droga y el comercio de las armas, ... ¡La lista no es
exhaustiva! Sin embargo, en medio de todas estas calamidades, los humildes
levantan la cabeza. El Señor los mira y los apoya: “Por la opresión del humilde
y el gemido del pobre me levantaré, dice el Señor” (Sal 12, 6) ».280
Es obvio que, ante este cuadro dramático, resulta urgente un llamamiento a
la paz y un compromiso en favor suyo. En efecto, siguen aún activos los focos
de conflicto heredados del siglo anterior y de todo el milenio. Tampoco faltan
conflictos locales que crean heridas profundas entre culturas y nacionalidades.
Y, ¿cómo callar sobre los fundamentalismos religiosos, siempre enemigos del
diálogo y de la paz? En muchas regiones del mundo la tierra se parece a un
polvorín a punto de explotar y diseminar sobre la familia humana enormes
sufrimientos.
En esta situación la Iglesia sigue anunciando la paz de
Cristo, que en el sermón de la montaña ha proclamado bienaventurados a « los
que trabajan por la paz » (Mt 5, 9).
La paz es una responsabilidad universal que pasa por los mil pequeños actos de
la vida cotidiana. Espera en sus profetas y artífices, que no han de faltar,
sobre todo en las comunidades eclesiales, de las que el Obispo es pastor. A
ejemplo de Jesús, que ha venido para anunciar la libertad a los oprimidos y
proclamar el año de gracia del Señor (cf. Lc 4, 16-21), estará siempre dispuesto
para enseñar que la esperanza cristiana está íntimamente unida al celo por la
promoción integral del hombre y la sociedad, como enseña la doctrina social de
la Iglesia.
Por lo demás, el Obispo, cuando se encuentra en una eventual situación de
conflicto armado, que lamentablemente no faltan, aun cuando exhorte al pueblo a
defender sus derechos, debe advertir siempre que todo cristiano tiene la
obligación de excluir la venganza y estar dispuesto al perdón y al amor de los
enemigos.281 En efecto, no hay justicia sin perdón. Por más que sea
difícil de aceptar, ésta es una afirmación que cualquier persona sensata da por
descontada: una verdadera paz sólo es posible por el perdón.282
El diálogo interreligioso, sobre todo en favor de la paz en el mundo
68. Como he repetido en otras circunstancias, el diálogo
entre las religiones debe estar al servicio de la paz entre los pueblos. En
efecto, las tradiciones religiosas tienen recursos necesarios para superar
rupturas y favorecer la amistad recíproca y el respeto entre los pueblos. El
Sínodo hizo un llamamiento para que los Obispos fueran promotores de encuentros
con los representantes de los pueblos para reflexionar atentamente sobre las discordias
y las guerras que laceran el mundo, con el fin de encontrar los caminos
posibles para un compromiso común de justicia, concordia y paz.
Los Padres sinodales resaltaron la importancia del diálogo interreligioso
para la paz y pidieron a los Obispos que se comprometieran en este sentido en
las respetivas diócesis. Pueden abrirse nuevas perspectivas de paz con la
afirmación de la libertad religiosa, de la que habló el Concilio Vaticano II en
el Decreto Dignitatis humanae, como
también mediante la labor educativa de las nuevas generaciones y el empleo
correcto de los medios de comunicación social.283
No obstante, la perspectiva del diálogo interreligioso es indudablemente más
amplia y, por eso, los Padres sinodales reiteraron que éste forma parte de la
nueva evangelización, sobre todo en estos tiempos en que, más que en el pasado,
conviven en una misma región, ciudad, puesto de trabajo y ambiente cotidiano
personas pertenecientes a religiones diversas. Por tanto, el diálogo
interreligioso es necesario en la vida cotidiana de muchas familias cristianas
y, por eso mismo, también para los Obispos que, como maestros de la fe y
pastores del Pueblo de Dios, deben prestar una adecuada atención a este
aspecto.
De este contexto de convivencia con personas de otras religiones surge para
el cristiano un deber especial de dar testimonio de la unidad y universalidad
del misterio salvífico de Jesucristo y, consecuentemente, de la necesidad de la
Iglesia como instrumento de salvación para toda la humanidad. « Esta verdad de
fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo
con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista
marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que 'una religión
es tan buena como otra' ».284 Resulta claro, pues, que el diálogo inter-
religioso nunca puede sustituir el anuncio y la propagación de la fe, que son
la finalidad prioritaria de la predicación, de la catequesis y de la misión de
la Iglesia.
Afirmar con franqueza y sin ambigüedad que la salvación del hombre depende
de la redención de Cristo no impide el diálogo con las otras religiones.
Además, en la perspectiva de la profesión de la esperanza cristiana no se puede
olvidar que precisamente ésta es la que funda el diálogo interreligioso. En
efecto, como dice la Declaración conciliar Nostra
aetate, « todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un
mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo género humano sobre la entera
faz de la tierra;
tienen también un único fin último, Dios, cuya providencia, testimonio de
bondad y designios de salvación se extienden a todos hasta que los elegidos se unan
en la Ciudad Santa, que el resplandor de Dios iluminará y en la que los pueblos
caminarán a su luz ».285
La vida civil, social y económica
69. En la acción pastoral del Obispo no ha de faltar una
atención especial a las exigencias de amor y justicia que se derivan de las
condiciones sociales y económicas de las personas más pobres, abandonadas,
maltratadas, en las que el creyente percibe particulares imágenes de Jesús. Su
presencia en las comunidades eclesiales y civiles pone a prueba la autenticidad
de nuestra fe cristiana.
Deseo referirme brevemente también al complejo fenómeno de la llamada
globalización, una de las características del mundo actual. En efecto, existe
una « globalización » de la economía, las finanzas y también de la cultura, que
se impone progresivamente por efecto de los rápidos progresos vinculados a las
tecnologías informáticas. Como he tenido ocasión de decir en otras
circunstancias, la globalización requiere un discernimiento atento para
identificar sus aspectos positivos y negativos, así como las consecuencias que
pueden derivarse para la Iglesia y para todo el género humano. En dicha tarea
es importante la aportación de los Obispos, los cuales han de insistir siempre
en la necesidad urgente de que se logre una globalización en la caridad y sin
marginaciones. También los Padres sinodales volvieron a indicar el deber de
promover una « globalización de la caridad », examinando en este contexto las
cuestiones relativas a la remisión de la deuda externa, que compromete la
economía de poblaciones enteras, frenando su progreso social y político.286
Sin afrontar de nuevo una problemática tan grave, reitero sólo algunos
puntos fundamentales expuestos ya en otros lugares: la visión de la Iglesia en
esta materia tiene tres puntos de referencia esenciales y concomitantes, que
son la dignidad de la persona humana, la solidaridad y la subsidiaridad. Por
tanto, « la economía globalizada debe ser analizada a la luz de los principios
de la justicia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que
han de ser capacitados para protegerse en una economía globalizada, y ante las
exigencias del bien común internacional ».287 Inserta en el dinamismo de
la solidaridad, la globalización ya no es causa de marginación. La
globalización de la solidaridad, en efecto, es consecuencia directa de esa
caridad universal que es el alma del Evangelio.
Respeto del ambiente y salvaguardia de la creación
70. Los Padres sinodales recordaron
además los aspectos éticos de la cuestión ecológica.288 Efectivamente,
el sentido profundo del llamamiento a globalizar la solidaridad incluye
también, y con urgencia, la cuestión de la creación y de los recursos de la
tierra. El « gemido de la creación » al que alude el apóstol (cf.Rm 8, 22) parece presentarse hoy en
una perspectiva inversa, pues no se trata ya de una tensión escatológica en
espera de la revelación de los hijo de Dios (cf. Rm 8, 19), sino más bien de un espasmo
de muerte que tiende a atrapar al hombre mismo para destruirlo.
Efectivamente, en esto se manifiesta en su forma más insidiosa y perversa la
cuestión ecológica. Pues « el signo más profundo y grave de las implicaciones
morales, inherentes a la cuestión ecológica, es la falta de respeto a la vida,
como se ve en muchos comportamientos contaminantes. Las razones de producción
prevalecen a menudo sobre la dignidad del trabajador, y los intereses
económicos se anteponen al bien de cada persona, o incluso al de poblaciones
enteras. En estos casos, la contaminación o la destrucción del ambiente son
fruto de una visión reductiva y antinatural, que configura a veces un verdadero
y propio desprecio del hombre ».289
Evidentemente, no sólo está en juego una ecología física, es decir,
preocupada por la tutela del hábitat de los diversos seres vivientes,
sino también una ecología humana, que proteja el bien radical de la vida
en todas sus manifestaciones y prepare a las generaciones futuras un entorno
que se acerque lo más posible al proyecto del Creador. Se necesita, pues, una
conversión ecológica, a la cual los Obispos darán su propia contribución
enseñando la relación correcta del hombre con la naturaleza. Esta relación, a
la luz de la doctrina sobre Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, es de
tipo « ministerial ». En efecto, el hombre ha sido puesto en el centro de la
creación como ministro del Creador.
Ministerio del Obispo respecto a la salud
71. La preocupación por el hombre impulsa al Obispo a imitar
a Jesús, el auténtico « buen Samaritano », lleno de compasión y misericordia,
que cuida del hombre sin discriminación alguna. El cuidado de la salud ocupa un
lugar relevante entre los desafíos actuales. Por desgracia hay todavía muchas
formas de enfermedad en las diversas partes del mundo y, aunque la ciencia
humana progrese de manera exponencial en la investigación de nuevas soluciones
o ayudas para afrontarlas mejor, siempre aparecen nuevas situaciones que
socavan la salud física y psíquica.
En el ámbito de su diócesis, el Obispo, con ayuda de
personas cualificadas, ha de esforzarse por anunciar integralmente el «
Evangelio de la vida ». El compromiso por humanizar la medicina y la asistencia
a los enfermos por parte de cristianos que dan testimonio de la propia cercanía
a los que sufren, despierta en el ánimo de cada uno la figura de Jesús, médico
de los cuerpos y de las almas. Entre las instrucciones a sus apóstoles, no dejó
de incluir la exhortación de curar a los enfermos (cf.Mt 10, 8).290 Por tanto, la
organización y promoción de un adecuada pastoral para los agentes sanitarios
merecen ser una auténtica prioridad en el corazón del Obispo.
Los Padres sinodales sintieron la necesidad de resaltar especialmente su
preocupación por promover una auténtica « cultura de la vida » en la sociedad
contemporánea: « Quizá lo que más lastima nuestro corazón de pastores es el
desprecio de la vida, desde su concepción hasta su término, y la disgregación
de la familia. El no de la Iglesia al aborto y a la eutanasia es un
sí a la vida, un sí a la bondad radical de la creación, un sí
que puede alcanzar a todo ser humano en el santuario de su conciencia, un sí
a la familia, primera célula de esperanza, en la que Dios se complace hasta
llamarla a convertirse en “iglesia doméstica” ».291
Atención pastoral del Obispo a los emigrantes
72. Los movimientos de población han adquirido hoy
proporciones inéditas y se presentan como movimientos de masa que afectan a un
gran número de personas. Muchas de ellas han sido desalojadas o huyen del
propio país a causa de conflictos armados, precarias condiciones económicas,
catástrofes naturales o enfrentamientos políticos, étnicos y sociales. Aunque
las situaciones sean diversas, todas estas migraciones plantean serios
interrogativos a nuestras comunidades por lo que se refiere a problemas
pastorales, como la evangelización y el diálogo interreligioso.
Por tanto, es oportuno que se procure instituir estructuras pastorales
adecuadas para la acogida y la atención pastoral apropiada de estas personas en
las diócesis, según las diversas condiciones en que se encuentran. Hace falta
favorecer también la colaboración entre diócesis limítrofes, para garantizar un
servicio más eficaz y competente, preocupándose incluso de formar sacerdotes y
agentes laicos particularmente generosos y disponibles para este laborioso
servicio, sobre todo en lo que refiere a los problemas de naturaleza legal que
pueden surgir en la inserción de estas personas en el nuevo ambiente social.292
En este contexto, los Padres sinodales procedentes de las Iglesias católicas
orientales replantearon el problema de la emigración de los fieles de sus
Comunidades, nuevo en algunos aspectos y con graves consecuencias para la vida
concreta. En efecto, un relevante número de fieles procedentes de las Iglesias
católicas orientales residen habitual y establemente fuera de las tierras de
origen y de las sedes de las Jerarquías orientales. Como es comprensible, se
trata de una situación que interpela cotidianamente la responsabilidad de los
Pastores.
Por eso, el Sínodo de los Obispos creyó necesario también estudiar más
profundamente la manera en que las Iglesias católicas, tanto Orientales como
Occidentales, puedan establecer estructuras pastorales adecuadas y oportunas
capaces de dar cauce a las exigencias de estos fieles en condición de «
diáspora ».293 En todo caso, es siempre un deber para los Obispos del
lugar, aunque de rito diverso, ser verdaderos padres para estos fieles de rito
oriental, garantizando en su atención pastoral la salvaguardia de los valores
religiosos y culturales específicos en que han nacido y recibido su formación
cristiana inicial.
Estos son algunos campos en que el testimonio cristiano y el ministerio
episcopal están implicados con especial urgencia. Asumir responsabilidades ante
el mundo, sus problemas, sus desafíos y sus esperanzas, forma parte del
compromiso de anunciar el Evangelio de la esperanza. En efecto, siempre está en
juego el futuro del hombre en cuanto « ser de esperanza ».
Es comprensible que, ante la acumulación de retos a los que la esperanza
está expuesta, surja la tentación del escepticismo y la desconfianza. Pero el
cristiano sabe que puede afrontar incluso las situaciones más difíciles, porque
el fundamento de su esperanza es el misterio de la cruz y la resurrección del
Señor. Solamente en Él puede encontrar fuerzas para ponerse y permanecer al
servicio de Dios, que quiere la salvación y la liberación integral del hombre.
Arriba
CONCLUSIÓN
73. Ante un panorama tan complejo
humanamente para el anuncio del Evangelio, viene a la memoria, casi
espontáneamente, el episodio de la multiplicación de los panes narrado en los
Evangelios. Los discípulos exponen a Jesús su perplejidad ante la muchedumbre que,
hambrienta de su palabra, lo ha seguido hasta el desierto, y le proponen: « Dimitte
turbas... Despide a la gente » (Lc
9, 12). Quizás tienen miedo y verdaderamente no saben cómo saciar a un
número tan grande de personas.
Una actitud análoga podría surgir en nuestro ánimo, como desalentado ante la
magnitud de los problemas que interpelan a las Iglesias y a nosotros, los
Obispos, personalmente. En este caso, hay que recurrir a esa nueva fantasía
de la caridad que ha de promover no tanto y no sólo la eficacia de la ayuda
prestada sino la capacidad de hacerse cercano a quien está necesitado, de modo
que los pobres se sientan en cada comunidad cristiana como en su propia casa.294
No obstante, Jesús tiene su propia manera de solucionar
los problemas. Como provocando a los Apóstoles, les dice: « Dadles vosotros de
comer » (Lc 9, 13). Conocemos bien la
conclusión del episodio: « Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los
trozos que les habían sobrado: doce canastos » (Lc 9, 17). ¡Quedan todavía muchas de
aquellas sobras en la vida de la Iglesia!
Se pide a los Obispos del tercer milenio que hagan lo que muchos Obispos
santos supieron hacer a lo largo de la historia hasta a hoy. Como san Basilio,
por ejemplo, que quiso incluso construir a las puertas de Cesarea una vasta
estructura de acogida para los pobres, una verdadera ciudadela de la caridad,
que en su nombre se llamó Basiliade. En eso se ve claramente que « la caridad
de las obras corrobora la caridad de las palabras ».295 También nosotros
hemos de seguir este camino: el Buen Pastor ha confiado su grey a cada Obispo
para que la alimente con la palabra y la forme con el ejemplo.
Así pues, nosotros, los Obispos, ¿de dónde sacaremos el
pan necesario para responder a tantas cuestiones dentro y fuera de las Iglesias
y de la Iglesia? Podríamos lamentarnos, como los Apóstoles con Jesús: « ¿Cómo
hacernos en un desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan
grande? » (Mt 15, 33). ¿En qué «
sitios » encontraremos los recursos? Podemos insinuar al menos algunas
respuestas fundamentales.
Nuestro primer y trascendental recurso es la caridad de
Dios infundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado
(cf.Rm 5, 5). El amor con que Dios
nos ha amado es tan grande que siempre nos puede ayudar a encontrar el modo
apropiado para llegar al corazón del hombre y la mujer de hoy. En cada instante
el Señor, con la fuerza de su Espíritu, nos da la capacidad de amar y de
inventar formas más justas y hermosas de amar. Llamados a ser servidores del
Evangelio para la esperanza del mundo, sabemos que esta esperanza no proviene
de nosotros sino del Espíritu Santo, que « no deja de ser el custodio de la esperanza
en el corazón del hombre: la esperanza de todas las criaturas humanas y,
especialmente, de aquellas que 'poseen las primicias del Espíritu' y 'esperan
la redención de su cuerpo' ».296
Otro recurso que tenemos es la Iglesia, en la que estamos insertados por el
Bautismo junto con tantos otros hermanos y hermanas nuestros, con los cuales
confesamos al único Padre celeste y nos alimentamos del único Espíritu de
santidad.297 La situación presente nos invita, si queremos responder a
las esperanzas del mundo, a comprometernos a hacer de la Iglesia « la casa y la
escuela de la comunión ».298
También nuestra comunión en el cuerpo episcopal, del que formamos parte por
la consagración, es una formidable riqueza, puesto que es una ayuda
inapreciable para leer con atención los signos de los tiempos y discernir con
claridad lo que el Espíritu dice a las Iglesias. En el corazón del Colegio de
los Obispos está el apoyo y la solidaridad del Sucesor del apóstol Pedro, cuya
potestad suprema y universal no anula, sino que afirma, refuerza y protege la
potestad de los Obispos, sucesores de los Apóstoles. En esta perspectiva, es
importante potenciar los instrumentos de comunión, siguiendo las directrices
del Concilio Vaticano II. En efecto, no cabe duda de que hay circunstancias -y
hoy abundan- en que una Iglesia particular por sí sola, o incluso varias
Iglesias colindantes, se ven incapaces o prácticamente imposibilitadas para
intervenir adecuadamente sobre problemas de la mayor importancia. Sobre todo en
dichas circunstancias es cuando puede ser una auténtica ayuda recurrir a los
instrumentos de la comunión episcopal.
Por último, un recurso inmediato para un Obispo que busca el « pan » para
saciar el hambre de sus hermanos es la propia Iglesia particular, en la medida
en que la espiritualidad de la comunión se consolide en ella como « principio
educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde
se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes
pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades ».299 En
este punto se manifiesta nuevamente la conexión entre la X Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos y las otras tres Asambleas generales que la
han precedido. Pues un Obispo nunca está solo: no lo está en el Iglesia
universal y tampoco en su Iglesia particular.
74. Queda delineado así el compromiso del Obispo al
principio de un nuevo milenio. Es el de siempre: anunciar el Evangelio de
Cristo, salvación para mundo. Pero es un compromiso caracterizado por novedades
que urgen, que exigen la dedicación concorde de todos los miembros del Pueblo
de Dios. El Obispo debe poder contar con miembros del presbiterio diocesano y
con los diáconos, ministros de la sangre de Cristo y de la caridad; con las
hermanas y hermanos consagrados, llamados a ser en la Iglesia y en el mundo
testigos elocuentes de la primacía de Dios en la vida cristiana y del poder de
su amor en la fragilidad de la condición humana; en fin, con los fieles laicos,
que son para los Pastores una fuente particular de apoyo y un motivo especial
de aliento.
Al término de las reflexiones expuestas en estas páginas
nos damos cuenta de cómo el tema de la X Asamblea General Ordinaria del Sínodo
nos conduce a nosotros, Obispos, hacia todos nuestros hermanos y hermanas en la
Iglesia y hacia todos los hombres y mujeres del mundo. A ellos nos envía
Cristo, como un día envió a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20). Nuestro cometido es ser
para cada persona, de manera eminente y visible, un signo vivo de Jesucristo,
Maestro, Sacerdote y Pastor.300
Cristo Jesús, pues, es el icono al que, venerados Hermanos en el episcopado,
dirigimos la mirada para realizar nuestro ministerio de heraldos de esperanza.
Como Él, también nosotros hemos de saber ofrecer nuestra existencia por la
salvación de los que nos han sido confiados, anunciando y celebrando la
victoria del amor misericordioso de Dios sobre el pecado y la muerte.
Invocamos sobre esta nuestra tarea la intercesión de la Virgen María, Madre
de la Iglesia y Reina de los Apóstoles. Que Ella, que mantuvo la oración del
Colegio apostólico en el Cenáculo, nos alcance la gracia de no frustrar jamás
la entrega de amor que Cristo nos ha confiado. Como testigo de la verdadera
vida, María, « hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios
en marcha -y especialmente ante nosotros, sus Pastores- como señal de esperanza
cierta y de consuelo ».301
Roma, junto a San Pedro, 16 de octubre del año 2003, vigésimo quinto
aniversario de mi elección al Pontificado.
JOANNES PAULUS PP. II