EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
«Familiaris Consortio»
AL EPISCOPADO,
AL CLERO Y A LOS FIELES
DE TODA LA IGLESIA
SOBRE LA MISIÓN
DE LA FAMILIA CRISTIANA
EN EL MUNDO ACTUAL
INTRODUCCIÓN
La Iglesia al servicio de la familia
1. LA FAMILIA, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá
como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas
y rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación
permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la
institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su
cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado
último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de
diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus
derechos fundamentales.
La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de
los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer
su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la
familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la
incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve
injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar.
Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás,
la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del
matrimonio y de la familia.(1)
De manera especial se dirige a los jóvenes que están para emprender su
camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin de abrirles nuevos
horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al
amor y al servicio de la vida.
El Sínodo de 1980 continuación de los
Sínodos anteriores
2. Una señal de este profundo interés de la Iglesia por la
familia ha sido el último Sínodo de los Obispos, celebrado en Roma del 26 de
septiembre al 25 de octubre de 1980. Fue continuación natural de los
anteriores.(2) En efecto, la familia cristiana es la primera comunidad llamada
a anunciar el Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la plena
madurez humana y cristiana, mediante una progresiva educación y catequesis.
Es más, el reciente Sínodo conecta idealmente, en cierto sentido, con el que
abordó el tema del sacerdocio ministerial y de la justicia en el mundo
contemporáneo. Efectivamente, en cuanto comunidad educativa, la familia debe
ayudar al hombre a discernir la propia vocación y a poner todo el empeño
necesario en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio para
unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor.
Los Padres Sinodales, al concluir su Asamblea, me presentaron una larga
lista de propuestas, en las que recogían los frutos de las reflexiones hechas
durante las intensas jornadas de trabajo, a la vez que me pedían, con voto
unánime, que me hiciera intérprete ante la humanidad de la viva solicitud de la
Iglesia en favor de la familia, dando oportunas indicaciones para un renovado
empeño pastoral en este sector fundamental de la vida humana y eclesial.
Al recoger tal deseo mediante la presente Exhortación, como una actuación
peculiar del ministerio apostólico que se me ha encomendado, quiero expresar mi
gratitud a todos los miembros del Sínodo por la preciosa contribución en
doctrina y experiencia que han ofrecido, sobre todo con sus «propositiones»,
cuyo texto he confiado al Pontificio Consejo para la Familia, disponiendo que
haga un estudio profundo de las mismas, a fin de valorizar todos los aspectos
de las riquezas allí contenidas.
El bien precioso del matrimonio y de la
familia
3. La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer
toda la verdad acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia y acerca
de sus significados más profundos, siente una vez más el deber de anunciar el
Evangelio, esto es, la «buena nueva», a todos indistintamente, en particular a
aquellos que son llamados al matrimonio y se preparan para él, a todos los
esposos y padres del mundo.
Está íntimamente convencida de que sólo con la aceptación del Evangelio se
realiza de manera plena toda esperanza puesta legítimamente en el matrimonio y
en la familia.
Queridos por Dios con la misma creación, (3) matrimonio y familia están
internamente ordenados a realizarse en Cristo(4) y tienen necesidad de su
gracia para ser curados de las heridas del pecado(5) y ser devueltos «a su
principio», (6) es decir, al conocimiento pleno y a la realización integral del
designio de Dios.
En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que
tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la
sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, (7)
siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el
designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena
vitalidad, así como su promoción humana y cristiana, contribuyendo de este modo
a la renovación de la sociedad y del mismo Pueblo de Dios.
PRIMERA PARTE
LUCES Y SOMBRAS DE LA FAMILIA
EN LA ACTUALIDAD
Necesidad de conocer la situación
4. Dado que los designios de Dios sobre el matrimonio y la
familia afectan al hombre y a la mujer en su concreta existencia cotidiana, en
determinadas situaciones sociales y culturales, la Iglesia, para cumplir su
servicio, debe esforzarse por conocer el contexto dentro del cual matrimonio y
familia se realizan hoy.(8)
Este conocimiento constituye consiguientemente una exigencia imprescindible
de la tarea evangelizadora. En efecto, es a las familias de nuestro tiempo a
las que la Iglesia debe llevar el inmutable y siempre nuevo Evangelio de
Jesucristo; y son a su vez las familias, implicadas en las presentes
condiciones del mundo, las que están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de
Dios sobre ellas. Es más, las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan
también en los acontecimientos mismos de la historia, y por tanto la Iglesia
puede ser guiada a una comprensión más profunda del inagotable misterio del
matrimonio y de la familia, incluso por las situaciones, interrogantes, ansias
y esperanzas de los jóvenes, de los esposos y de los padres de hoy.(9)
A esto hay que añadir una ulterior reflexión de especial importancia en los
tiempos actuales. No raras veces al hombre y a la mujer de hoy día, que están
en búsqueda sincera y profunda de una respuesta a los problemas cotidianos y
graves de su vida matrimonial y familiar, se les ofrecen perspectivas y
propuestas seductoras, pero que en diversa medida comprometen la verdad y la
dignidad de la persona humana. Se trata de un ofrecimiento sostenido con
frecuencia por una potente y capilar organización de los medios de comunicación
social que ponen sutilmente en peligro la libertad y la capacidad de juzgar con
objetividad.
Muchos son conscientes de este peligro que corre la persona humana y
trabajan en favor de la verdad. La Iglesia, con su discernimiento evangélico,
se une a ellos, poniendo a disposición su propio servicio a la verdad, libertad
y dignidad de todo hombre y mujer.
Discernimiento evangélico
5. El discernimiento hecho por la Iglesia se convierte en
el ofrecimiento de una orientación, a fin de que se salve y realice la verdad y
la dignidad plena del matrimonio y de la familia.
Tal discernimiento se lleva a cabo con el sentido de la
fe(10) que es un don participado por el Espíritu Santo a todos los fieles.(11)
Es por tanto obra de toda la Iglesia, según la diversidad de los diferentes
dones y carismas que junto y según la responsabilidad propia de cada uno,
cooperan para un más hondo conocimiento y actuación de la Palabra de Dios. La
Iglesia, consiguientemente, no lleva a cabo el propio discernimiento evangélico
únicamente por medio de los Pastores, quienes enseñan en nombre y con el poder
de Cristo, sino también por medio de los seglares: Cristo «los constituye sus
testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cfr. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la virtud del
evangelio brille en la vida diaria familiar y social».(12) Más aún, los
seglares por razón de su vocación particular tienen el cometido específico de
interpretar a la luz de Cristo la historia de este mundo, en cuanto que están
llamados a iluminar y ordenar todas las realidades temporales según el designio
de Dios Creador y Redentor.
El «sentido sobrenatural de la fe»(13) no consiste sin embargo única o
necesariamente en el consentimiento de los fieles. La Iglesia, siguiendo a
Cristo, busca la verdad que no siempre coincide con la opinión de la mayoría.
Escucha a la conciencia y no al poder, en lo cual defiende a los pobres y despreciados.
La Iglesia puede recurrir también a la investigación sociológica y estadística,
cuando se revele útil para captar el contexto histórico dentro del cual la
acción pastoral debe desarrollarse y para conocer mejor la verdad; no obstante
tal investigación por sí sola no debe considerarse, sin más, expresión del
sentido de la fe.
Dado que es cometido del ministerio apostólico asegurar la permanencia de la
Iglesia en la verdad de Cristo e introducirla en ella cada vez más
profundamente, los Pastores deben promover el sentido de la fe en todos los
fieles, valorar y juzgar con autoridad la genuidad de sus expresiones, educar a
los creyentes para un discernimiento evangélico cada vez más maduro.(14)
Para hacer un auténtico discernimiento evangélico en las diversas
situaciones y culturas en que el hombre y la mujer viven su matrimonio y su
vida familiar, los esposos y padres cristianos pueden y deben ofrecer su propia
e insustituible contribución. A este cometido les habilita su carisma y don
propio, el don del sacramento del matrimonio.(15)
Situación de la familia en el mundo de hoy
6. La situación en que se halla la familia presenta
aspectos positivos y aspectos negativos: signo, los unos, de la salvación de
Cristo operante en el mundo; signo, los otros, del rechazo que el hombre opone
al amor de Dios.
En efecto, por una parte existe una conciencia más viva de la libertad
personal y una mayor atención a la calidad de las relaciones interpersonales en
el matrimonio, a la promoción de la dignidad de la mujer, a la procreación
responsable, a la educación de los hijos; se tiene además conciencia de la
necesidad de desarrollar relaciones entre las familias, en orden a una ayuda
recíproca espiritual y material, al conocimiento de la misión eclesial propia
de la familia, a su responsabilidad en la construcción de una sociedad más
justa. Por otra parte no faltan, sin embargo, signos de preocupante degradación
de algunos valores fundamentales: una equivocada concepción teórica y práctica
de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de
la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que
con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el
número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez
más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia
mentalidad anticoncepcional.
En la base de estos fenómenos negativos está muchas veces una corrupción de
la idea y de la experiencia de la libertad, concebida no como la capacidad de
realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino
como una fuerza autónoma de autoafirmación, no raramente contra los demás, en
orden al propio bienestar egoísta.
Merece también nuestra atención el hecho de que en los países del llamado
Tercer Mundo a las familias les faltan muchas veces bien sea los medios
fundamentales para la supervivencia como son el alimento, el trabajo, la
vivienda, las medicinas, bien sea las libertades más elementales. En cambio, en
los países más ricos, el excesivo bienestar y la mentalidad consumística,
paradójicamente unida a una cierta angustia e incertidumbre ante el futuro,
quitan a los esposos la generosidad y la valentía para suscitar nuevas vidas
humanas; y así la vida en muchas ocasiones no se ve ya como una bendición, sino
como un peligro del que hay que defenderse.
La situación histórica en que vive la familia se presenta pues como un
conjunto de luces y sombras.
Esto revela que la historia no es simplemente un progreso necesario hacia lo
mejor, sino más bien un acontecimiento de libertad, más aún, un combate entre
libertades que se oponen entre sí, es decir, según la conocida expresión de san
Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor de Dios llevado hasta el
desprecio de sí, y el amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios.(16)
Se sigue de ahí que solamente la educación en el amor enraizado en la fe
puede conducir a adquirir la capacidad de interpretar los «signos de los
tiempos», que son la expresión histórica de este doble amor.
Influjo de la situación en la conciencia
de los fieles
7. Viviendo en un mundo así, bajo las presiones derivadas
sobre todo de los medios de comunicación social, los fieles no siempre han
sabido ni saben mantenerse inmunes del oscurecerse de los valores fundamentales
y colocarse como conciencia crítica de esta cultura familiar y como sujetos
activos de la construcción de un auténtico humanismo familiar.
Entre los signos más preocupantes de este fenómeno, los Padres Sinodales han
señalado en particular la facilidad del divorcio y del recurso a una nueva
unión por parte de los mismos fieles; la aceptación del matrimonio puramente
civil, en contradicción con la vocación de los bautizados a «desposarse en el
Señor»; la celebración del matrimonio sacramento no movidos por una fe viva,
sino por otros motivos; el rechazo de las normas morales que guían y promueven
el ejercicio humano y cristiano de la sexualidad dentro del matrimonio.
Nuestra época tiene necesidad de sabiduría
8. Se plantea así a toda la Iglesia el deber de una
reflexión y de un compromiso profundos, para que la nueva cultura que está
emergiendo sea íntimamente evangelizada, se reconozcan los verdaderos valores,
se defiendan los derechos del hombre y de la mujer y se promueva la justicia en
las estructuras mismas de la sociedad. De este modo el «nuevo humanismo» no
apartará a los hombres de su relación con Dios, sino que los conducirá a ella
de manera más plena.
En la construcción de tal humanismo, la ciencia y sus aplicaciones técnicas
ofrecen nuevas e inmensas posibilidades. Sin embargo, la ciencia, como
consecuencia de las opciones políticas que deciden su dirección de
investigación y sus aplicaciones, se usa a menudo contra su significado
original, la promoción de la persona humana. Se hace pues necesario recuperar
por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son
los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender el sentido
último de la vida y de sus valores fundamentales es el gran e importante
cometido que se impone hoy día para la renovación de la sociedad. Sólo la
conciencia de la primacía de éstos permite un uso de las inmensas
posibilidades, puestas en manos del hombre por la ciencia; un uso
verdaderamente orientado como fin a la promoción de la persona humana en toda
su verdad, en su libertad y dignidad. La ciencia está llamada a ser aliada de
la sabiduría.
Por tanto se pueden aplicar también a los problemas de la familia las
palabras del Concilio Vaticano II: «Nuestra época, más que ninguna otra, tiene
necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de
la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres
más instruidos en esta sabiduría».(17)
La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y
de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se
convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable.
Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente
reconstituida en la cultura actual. De tal Sabiduría todo hombre ha sido hecho
partícipe por el mismo gesto creador de Dios. Y es únicamente en la fidelidad a
esta alianza como las familias de hoy estarán en condiciones de influir
positivamente en la construcción de un mundo más justo y fraterno.
Gradualidad y conversión
9. A la injusticia originada por el pecado —que ha
penetrado profundamente también en las estructuras del mundo de hoy— y que con
frecuencia pone obstáculos a la familia en la plena realización de sí misma y
de sus derechos fundamentales, debemos oponernos todos con una conversión de la
mente y del corazón, siguiendo a Cristo Crucificado en la renuncia al propio
egoísmo: semejante conversión no podrá dejar de ejercer una influencia
beneficiosa y renovadora incluso en las estructuras de la sociedad.
Se pide una conversión continua, permanente, que, aunque exija el
alejamiento interior de todo mal y la adhesión al bien en su plenitud, se actúa
sin embargo concretamente con pasos que conducen cada vez más lejos. Se
desarrolla así un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva
integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y
absoluto en toda la vida personal y social del hombre. Por esto es necesario un
camino pedagógico de crecimiento con el fin de que los fieles, las familias y
los pueblos, es más, la misma civilización, partiendo de lo que han recibido ya
del misterio de Cristo, sean conducidos pacientemente más allá hasta llegar a
un conocimiento más rico y a una integración más plena de este misterio en su
vida.
Inculturación
10. Está en conformidad con la tradición constante de la
Iglesia el aceptar de las culturas de los pueblos, todo aquello que está en
condiciones de expresar mejor las inagotables riquezas de Cristo.(18) Sólo con
el concurso de todas las culturas, tales riquezas podrán manifestarse cada vez
más claramente y la Iglesia podrá caminar hacia un conocimiento cada día más completo
y profundo de la verdad, que le ha sido dada ya enteramente por su Señor.
Teniendo presente el doble principio de la compatibilidad con el Evangelio
de las varias culturas a asumir y de la comunión con la Iglesia Universal se
deberá proseguir en el estudio, en especial por parte de las Conferencias
Episcopales y de los Dicasterios competentes de la Curia Romana, y en el empeño
pastoral para que esta «inculturación» de la fe cristiana se lleve a cabo cada
vez más ampliamente, también en el ámbito del matrimonio y de la familia.
Es mediante la «inculturación» como se camina hacia la reconstitución plena
de la alianza con la Sabiduría de Dios que es Cristo mismo. La Iglesia entera
quedará enriquecida también por aquellas culturas que, aun privadas de tecnología,
abundan en sabiduría humana y están vivificadas por profundos valores morales.
Para que sea clara la meta y, consiguientemente, quede indicado con
seguridad el camino, el Sínodo justamente ha considerado a fondo en primer
lugar el proyecto original de Dios acerca del matrimonio y de la familia: ha
querido «volver al principio», siguiendo las enseñanzas de Cristo.(19)
SEGUNDA PARTE
EL DESIGNIO DE DIOS
SOBRE EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
El hombre imagen de Dios Amor
11. Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza:(20)
llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al
amor.
Dios es amor(21) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de
amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios
inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y
consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la
comunión.(22) El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser
humano.
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo
informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su
totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se
hace partícipe del amor espiritual.
La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar
integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la
Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una
concretización de la verdad más profunda del hombre, de su «ser imagen de
Dios».
En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan
uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo
puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en
cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es
parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen
totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño
si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la
persona, incluso en su dimensión temporal; si la persona se reservase algo o la
posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría
totalmente.
Esta totalidad, exigida por el amor conyugal, corresponde también con las
exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una
persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca
una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria
la contribución perdurable y concorde de los padres.
El único «lugar» que hace posible esta donación total es el matrimonio, es
decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el
hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios
mismo, (23) que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La
institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la sociedad o de la
autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del
pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo,
para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta
fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el
subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora.
Matrimonio y comunión entre Dios y los
hombres
12. La comunión de amor entre Dios y los hombres, contenido
fundamental de la Revelación y de la experiencia de fe de Israel, encuentra una
significativa expresión en la alianza esponsal que se establece entre el hombre
y la mujer.
Por esta razón, la palabra central de la Revelación, «Dios ama a su pueblo»,
es pronunciada a través de las palabras vivas y concretas con que el hombre y
la mujer se declaran su amor conyugal.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a
Dios con su pueblo.(24) El mismo pecado que puede atentar contra el pacto
conyugal se convierte en imagen de la infidelidad del pueblo a su Dios: la
idolatría es prostitución, (25) la infidelidad es adulterio, la desobediencia a
la ley es abandono del amor esponsal del Señor. Pero la infidelidad de Israel
no destruye la fidelidad eterna del Señor y por tanto el amor siempre fiel de
Dios se pone como ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben existir
entre los esposos.(26)
Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el
sacramento del matrimonio
13. La comunión entre Dios y los hombres halla su
cumplimiento definitivo en Cristo Jesús, el Esposo que ama y se da como Salvador
de la humanidad, uniéndola a sí como su cuerpo.
Él revela la verdad original del matrimonio, la verdad del «principio»(27)
y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla
plenamente.
Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el
Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el
sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la cruz por su Esposa, la
Iglesia. En este sacrificio se desvela enteramente el designio que Dios ha impreso
en la humanidad del hombre y de la mujer desde su creación;(28) el matrimonio
de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna
Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El Espíritu que infunde el Señor
renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo
nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está
ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico
con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de
Cristo que se dona sobre la cruz.
En una página justamente famosa, Tertuliano ha expresado acertadamente la
grandeza y belleza de esta vida conyugal en Cristo: «¿Cómo lograré exponer la
felicidad de ese matrimonio que la Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística
refuerza, que la bendición sella, que los ángeles anuncian y que el Padre
ratifica? ... ¡Qué yugo el de los dos fieles unidos en una sola esperanza, en
un solo propósito, en una sola observancia, en una sola servidumbre! Ambos son
hermanos y los dos sirven juntos; no hay división ni en la carne ni en el
espíritu. Al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne y donde la
carne es única, único es el espíritu».(29)
La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado
solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizados es uno de los siete
sacramentos de la Nueva Alianza.(30)
En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer son inseridos
definitivamente en la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de Cristo
con la Iglesia. Y debido a esta inserción indestructible, la comunidad íntima
de vida y de amor conyugal, fundada por el Creador, (31) es elevada y asumida
en la caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza
redentora.
En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan
vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca
pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma
relación de Cristo con la Iglesia.
Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo que
acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la
salvación, de la que el sacramento les hace partícipes. De este acontecimiento
de salvación el matrimonio, como todo sacramento, es memorial, actualización y
profecía; «en cuanto memorial, el sacramento les da la gracia y el deber de
recordar las obras grandes de Dios, así como de dar testimonio de ellas ante
los hijos; en cuanto actualización les da la gracia y el deber de poner por
obra en el presente, el uno hacia el otro y hacia los hijos, las exigencias de
un amor que perdona y que redime; en cuanto profecía les da la gracia y el
deber de vivir y de testimoniar la esperanza del futuro encuentro con
Cristo».(32)
Al igual que cada uno de los siete sacramentos, el matrimonio es también un
símbolo real del acontecimiento de la salvación, pero de modo propio. «Los
esposos participan en cuanto esposos, los dos, como pareja, hasta tal punto que
el efecto primario e inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es
la gracia sobrenatural misma, sino el vínculo conyugal cristiano, una comunión
en dos típicamente cristiana, porque representa el misterio de la Encarnación
de Cristo y su misterio de Alianza. El contenido de la participación en la vida
de Cristo es también específico: el amor conyugal comporta una totalidad en la
que entran todos los elementos de la persona —reclamo del cuerpo y del
instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y
de la voluntad—; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la
unión en una sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola
alma; exige la indisolubilidad y fidelidad de la donación reciproca definitiva
y se abre a la fecundidad (cfr. Humanae vitae, 9). En una palabra, se
trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un
significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino que las eleva
hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente
cristianos».(33)
Los hijos, don preciosísimo del matrimonio
14. Según el designio de Dios, el matrimonio es el
fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución
misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y
educación de la prole, en la que encuentran su coronación.(34)
En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el amor
conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco «conocimiento» que
les hace «una sola carne», (35) no se agota dentro de la pareja, ya que los
hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en
cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este
modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la
realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad
conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre.
Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva
responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo
visible del mismo amor de Dios, «del que proviene toda paternidad en el cielo y
en la tierra».(36)
Sin embargo, no se debe olvidar que incluso cuando la procreación no es
posible, no por esto pierde su valor la vida conyugal. La esterilidad física,
en efecto, puede dar ocasión a los esposos para otros servicios importantes a
la vida de la persona humana, como por ejemplo la adopción, la diversas formas
de obras educativas, la ayuda a otras familias, a los niños pobres o
minusválidos.
La familia, comunión de personas
15. En el matrimonio y en la familia se constituye un
conjunto de relaciones interpersonales —relación conyugal,
paternidad-maternidad, filiación, fraternidad— mediante las cuales toda persona
humana queda introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que
es la Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en efecto, dentro
de la familia la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente
introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante
la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también
en la familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida en su
unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo.(37) El
matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este acontecimiento,
constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la
persona humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre y a la
mujer, alcanza de este modo su verdad y realización plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento, su cuna y el
lugar donde puede actuar la propia inserción en las generaciones humanas, y
éstas, a su vez, en la Iglesia.
Matrimonio y virginidad
16. La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no
sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la
confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y de vivir
el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el
matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la
sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde
significado la renuncia por el Reino de los cielos.
En efecto, dice acertadamente San Juan Crisóstomo: «Quien condena el
matrimonio, priva también la virginidad de su gloria; en cambio, quien lo
alaba, hace la virginidad más admirable y luminosa. Lo que aparece un bien
solamente en comparación con un mal, no es un gran bien; pero lo que es mejor
aún que bienes por todos considerados tales, es ciertamente un bien en grado
superlativo».(38)
En la virginidad el hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las
bodas escatológicas de Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia
con la esperanza de que Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida
eterna. La persona virgen anticipa así en su carne el mundo nuevo de la
resurrección futura.(39)
En virtud de este testimonio, la virginidad mantiene viva en la Iglesia la
conciencia del misterio del matrimonio y lo defiende de toda reducción y
empobrecimiento.
Haciendo libre de modo especial el corazón del hombre, (40) «hasta
encenderlo mayormente de caridad hacia Dios y hacia todos los hombres», (41) la
virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa
que se debe preferir a cualquier otro valor aunque sea grande, es más, que hay
que buscarlo como el único valor definitivo. Por esto, la Iglesia, durante toda
su historia, ha defendido siempre la superioridad de este carisma frente al del
matrimonio, por razón del vínculo singular que tiene con el Reino de Dios.(42)
Aun habiendo renunciado a la fecundidad física, la persona virgen se hace
espiritualmente fecunda, padre y madre de muchos, cooperando a la realización
de la familia según el designio de Dios.
Los esposos cristianos tienen pues el derecho de esperar de las personas
vírgenes el buen ejemplo y el testimonio de la fidelidad a su vocación hasta la
muerte. Así como para los esposos la fidelidad se hace a veces difícil y exige sacrificio,
mortificación y renuncia de sí, así también puede ocurrir a las personas
vírgenes. La fidelidad de éstas incluso ante eventuales pruebas, debe edificar
la fidelidad de aquéllos.(43)
Estas reflexiones sobre la virginidad pueden iluminar y ayudar a aquellos
que por motivos independientes de su voluntad no han podido casarse y han
aceptado posteriormente su situación en espíritu de servicio.
TERCERA PARTE
MISIÓN DE LA FAMILIA CRISTIANA
¡Familia, sé lo que eres!
17. En el designio de Dios Creador y Redentor la familia
descubre no sólo su «identidad», lo que «es», sino también su «misión», lo que
puede y debe «hacer». El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a
desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo
dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la
llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad:
familia, ¡«sé» lo que «eres»!
Remontarse al «principio» del gesto creador de Dios es una necesidad para la
familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de
su ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el designio
divino, está constituida como «íntima comunidad de vida y de amor», (44) la
familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de
vida y amor, en una tensión que, al igual que para toda realidad creada y
redimida, hallará su cumplimiento en el Reino de Dios. En una perspectiva que
además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y
el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por
esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor,
como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del
amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa.
Todo cometido particular de la familia es la expresión y la actuación
concreta de tal misión fundamental. Es necesario por tanto penetrar más a fondo
en la singular riqueza de la misión de la familia y sondear sus múltiples y
unitarios contenidos.
En este sentido, partiendo del amor y en constante referencia a él, el
reciente Sínodo ha puesto de relieve cuatro cometidos generales de la familia:
1) formación de una comunidad de personas;
2) servicio a la vida;
3) participación en el desarrollo de la sociedad;
4) participación en la vida y misión de la Iglesia.
I - FORMACIÓN DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad
de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de
los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la
comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de
personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido
es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas,
así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse
como comunidad de personas. Cuanto he escrito en la encíclica Redemptor Hominis encuentra su originalidad y
aplicación privilegiada precisamente en la familia en cuanto tal: «El hombre no
puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida
está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con
el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él
vivamente».(45)
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y
más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e
hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e
impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión
cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad
conyugal y familiar.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se
desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre
y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne»(46) y están llamados a crecer
continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa
matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe
entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los
esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por
esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana.
Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la
purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del
matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a
los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva
y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo
místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos
y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia
una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del
carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma(47)—, revelando
así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de
Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en
efecto, niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los
orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la
mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y
exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad matrimonial
confirmada por el Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad
personal del hombre y de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno
amor».(48)
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su
unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto
donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la
plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad».(49)
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los
Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos,
en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una
persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que
rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del
compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio
de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su
fuerza.(50)
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el
bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en
el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la
indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor
absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su
Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el
corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del
matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden
superar la «dureza de corazón», (51) sino que también y principalmente pueden
compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha
carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel», (52) es el «sí» de las
promesas de Dios(53) y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad
incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges
cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad
irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el
fin.(54)
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los
esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de
toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor:
«lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».(55)
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad
matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas
cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el
Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a
las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y
desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y
valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo
pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la
incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a
cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de
aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con
la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión:
también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo
tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los
pastores y por los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el
cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de
los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás
familiares.
Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre y
se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el
instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu:
el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la
familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la
comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva
y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana. En
realidad la gracia de Cristo, «el Primogénito entre los hermanos», (56) es por
su naturaleza y dinamismo interior una «gracia fraterna como la llama santo
Tomás de Aquino.(57) El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los
sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión
sobrenatural que acumuna y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la
unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y actuación específica de la
comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por
esto puede y debe decirse «Iglesia doméstica».(58)
Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la
gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las
personas, haciendo de la familia una «escuela de humanidad más completa y más
rica»:(59) es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los
enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días,
compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal comunión está constituido por el
intercambio educativo entre padres e hijos, (60) en que cada uno da y recibe.
Mediante el amor, el respeto, la obediencia a los padres, los hijos aportan su
específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente
humana y cristiana.(61) En esto se verán facilitados si los padres ejercen su
autoridad irrenunciable como un verdadero y propio «ministerio», esto es, como
un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en
particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable, y
también si los padres mantienen viva la conciencia del «don» que continuamente
reciben de los hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran
espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad
de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la
reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las
tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la
propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida
familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz
a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliación», esto es, de
la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la
participación en el sacramento de la reconciliación y en el banquete del único
Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad
de superar toda división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida
por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que todos «sean una
sola cosa».(62)
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad
de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para
acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad
de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado
justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las
relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y
vocación de cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante el
don sincero de sí mismas.(63)
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención privilegiada
a la mujer, a sus derechos y deberes en la familia y en la sociedad. En la
misma perspectiva deben considerarse también el hombre como esposo y padre, el
niño y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad
respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización en
la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación propia del
matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es
revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la historia de la
salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer.
Creando al hombre «varón y mujer», (64) Dios da la dignidad personal de
igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos
inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana.
Dios manifiesta también de la forma más elevada posible la dignidad de la mujer
asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra como
Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como modelo de la mujer
redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su
seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a
los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva
de la Resurrección a los apóstoles, son signos que confirman la estima especial
del Señor Jesús hacia la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: «Todos, pues, sois hijos
de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo o
libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús».(65)
Mujer y sociedad
23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del
amplio y complejo tema de las relaciones mujer-sociedad, sino limitándonos a
algunos puntos esenciales, no se puede dejar de observar cómo en el campo más
específicamente familiar una amplia y difundida tradición social y cultural ha
querido reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin abrirla
adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en general al hombre.
No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la
mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas. Por
otra parte, la verdadera promoción de la mujer exige también que sea claramente
reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás
funciones públicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales funciones y
profesiones deben integrarse entre sí, si se quiere que la evolución social y
cultural sea verdadera y plenamente humana.
Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una renovada
«teología del trabajo» ilumina y profundiza el significado del mismo en la vida
cristiana y determina el vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la
familia, y por consiguiente el significado original e insustituible del trabajo
de la casa y la educación de los hijos.(66) Por ello la Iglesia puede y debe
ayudar a la sociedad actual, pidiendo incansablemente que el trabajo de la
mujer en casa sea reconocido por todos y estimado por su valor insustituible.
Esto tiene una importancia especial en la acción educativa; en efecto, se
elimina la raíz misma de la posible discriminación entre los diversos trabajos
y profesiones cuando resulta claramente que todos y en todos los sectores se
empeñan con idéntico derecho e idéntica responsabilidad. Aparecerá así más
espléndida la imagen de Dios en el hombre y en la mujer.
Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho
de acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo
estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho
obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir y
prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia.
Se debe superar además la mentalidad según la cual el honor de la mujer
deriva más del trabajo exterior que de la actividad familiar. Pero esto exige
que los hombres estimen y amen verdaderamente a la mujer con todo el respeto de
su dignidad personal, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones
adecuadas para el trabajo doméstico.
La Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación del hombre y de la
mujer, debe promover en la medida de lo posible en su misma vida su igualdad de
derechos y de dignidad; y esto por el bien de todos, de la familia, de la
sociedad y de la Iglesia.
Es evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer la renuncia
a su feminidad ni la imitación del carácter masculino, sino la plenitud de la
verdadera humanidad femenina tal como debe expresarse en su comportamiento,
tanto en familia como fuera de ella, sin descuidar por otra parte en este campo
la variedad de costumbres y culturas.
Ofensas a la dignidad de la mujer
24. Desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad
de la mujer halla oposición en la persistente mentalidad que considera al ser
humano no como persona, sino como cosa, como objeto de compraventa, al servicio
del interés egoísta y del solo placer; la primera víctima de tal mentalidad es
la mujer.
Esta mentalidad produce frutos muy amargos, como el desprecio del hombre y
de la mujer, la esclavitud, la opresión de los débiles, la pornografía, la
prostitución —tanto más cuando es organizada— y todas las diferentes
discriminaciones que se encuentran en el ámbito de la educación, de la
profesión, de la retribución del trabajo, etc.
Además, todavía hoy, en gran parte de nuestra sociedad permanecen muchas
formas de discriminación humillante que afectan y ofenden gravemente algunos
grupos particulares de mujeres como, por ejemplo, las esposas que no tienen
hijos, las viudas, las separadas, las divorciadas, las madres solteras.
Estas y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la fuerza
posible por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que por parte de todos se
desarrolle una acción pastoral específica más enérgica e incisiva, a fin de que
estas situaciones sean vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la
plena estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres humanos sin
excepción alguna.
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el
hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.
Él ve en la esposa la realización del designio de Dios: «No es bueno que el
hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada», (67) y hace suya la
exclamación de Adán, el primer esposo: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne».(68)
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo
respeto por la igual dignidad de la mujer: «No eres su amo —escribe san
Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer...
Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su
amor».(69) El hombre debe vivir con la esposa «un tipo muy especial de amistad
personal».(70) El cristiano además está llamado a desarrollar una actitud de
amor nuevo, manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que
Cristo tiene a la Iglesia.(71)
El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino
natural para la comprensión y la realización de su paternidad. Sobre todo,
donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un
cierto desinterés respecto de la familia o bien a una presencia menor en la
acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la
convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de
una importancia única e insustituible.(72) Como la experiencia enseña, la
ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de
dificultades notables en las relaciones familiares, como también, en circunstancias
opuestas, la presencia opresiva del padre, especialmente donde todavía vige el
fenómeno del «machismo», o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas
masculinas que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones
familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios, (73) el
hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros
de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por
la vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más
solícito y compartido con la propia esposa, (74) un trabajo que no disgregue
nunca la familia, sino que la promueva en su cohesión y estabilidad, un
testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca más eficazmente a los hijos
en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse
una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su
dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus
derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular
cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es
minusválido.
Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño que viene
a este mundo, la Iglesia cumple una misión fundamental. En efecto, está llamada
a revelar y a proponer en la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha
querido poner al niño en el centro del Reino de Dios: «Dejad que los niños
vengan a mí, ... que de ellos es el reino de los cielos».(75)
Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las Naciones Unidas,
el 2 de octubre de 1979: «Deseo ... expresar el gozo que para cada uno de
nosotros constituyen los niños, primavera de la vida, anticipo de la historia
futura de cada una de las patrias terrestres actuales. Ningún país del mundo,
ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, si no es a través de
la imagen de estas nuevas generaciones que tomarán de sus padres el múltiple
patrimonio de los valores, de los deberes y de las aspiraciones de la nación a
la que pertenecen, junto con el de toda la familia humana. La solicitud por el
niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer momento de su concepción
y, a continuación, en los años de la infancia y de la juventud es la
verificación primaria y fundamental de la relación del hombre con el hombre. Y
por eso, ¿qué más se podría desear a cada nación y a toda la humanidad, a todos
los niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el respeto de los Derechos
del Hombre llegue a ser una realidad plena en las dimensiones del 2000 que se
acerca?».(76)
La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario —material,
afectivo, educativo, espiritual— a cada niño que viene a este mundo, deberá
constituir siempre una nota distintiva e irrenunciable de los cristianos,
especialmente de las familias cristianas; así los niños, a la vez que crecen
«en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres», (77)
serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la
misma santificación de los padres.(78)
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular veneración y
un gran amor por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o de ser
soportado como un peso inútil, el anciano permanece inserido en la vida
familiar, sigue tomando parte activa y responsable —aun debiendo respetar la
autonomía de la nueva familia— y sobre todo desarrolla la preciosa misión de
testigo del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un desordenado
desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a los
ancianos a formas inaceptables de marginación, que son fuente a la vez de
agudos sufrimientos para ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para
tantas familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule
a todos a descubrir y a valorar los cometidos de los ancianos en la comunidad
civil y eclesial, y en particular en la familia. En realidad, «la vida de los
ancianos ayuda a clarificar la escala de valores humanos; hace ver la
continuidad de las generaciones y demuestra maravillosamente la
interdependencia del Pueblo de Dios. Los ancianos tienen además el carisma de
romper las barreras entre las generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos
niños han hallado comprensión y amor en los ojos, palabras y caricias de los
ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha subscrito con agrado las palabras
inspiradas "la corona de los ancianos son los hijos de sus hijos" (Pr 17, 6)!».(79)
II - SERVICIO A LA VIDA
1) La transmisión de la vida.
Cooperadores del amor de Dios Creador
28. Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su
imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama
a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de
Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión
del don de la vida humana: «Y bendíjolos Dios y les dijo: " Sed fecundos y
multiplicaos y henchid la tierra y sometedla"».(80)
Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el
realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador,
transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre.(81)
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo
de la entrega plena y recíproca de los esposos: «El cultivo auténtico del amor
conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar
de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para
cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador,
quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente su propia
familia».(82)
La fecundidad del amor conyugal no se reduce sin embargo a la sola
procreación de los hijos, aunque sea entendida en su dimensión específicamente
humana: se amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual
y sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por
medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.
La doctrina y la norma siempre antigua y
siempre nueva de la Iglesia
29. Precisamente porque el amor de los esposos es una
participación singular en el misterio de la vida y del amor de Dios mismo, la
Iglesia sabe que ha recibido la misión especial de custodiar y proteger la
altísima dignidad del matrimonio y la gravísima responsabilidad de la
transmisión de la vida humana.
De este modo, siguiendo la tradición viva de la comunidad eclesial a través
de la historia, el reciente Concilio Vaticano II y el magisterio de mi
predecesor Pablo VI, expresado sobre todo en la encíclica Humanae vitae,
han transmitido a nuestro tiempo un anuncio verdaderamente profético, que
reafirma y propone de nuevo con claridad la doctrina y la norma siempre antigua
y siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y sobre la transmisión de la
vida humana.
Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea declararon
textualmente: «Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el
sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha sido propuesto en el Concilio
Vaticano II (cfr. Gaudium et spes, 50)
y después en la encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el amor
conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida (Humanae
vitae, n. 11 y cfr. 9 y 12)».(83)
La Iglesia en favor de la vida
30. La doctrina de la Iglesia se encuentra hoy en una
situación social y cultural que la hace a la vez más difícil de comprender y
más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la
mujer.
En efecto, el progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo
acrecienta continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla
solamente la esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino también una
angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es un
bien vivir o si sería mejor no haber nacido; dudan de si es lícito llamar a
otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel,
cuyos terrores no son ni siquiera previsibles. Otros piensan que son los únicos
destinatarios de las ventajas de la técnica y excluyen a los demás, a los
cuales imponen medios anticonceptivos o métodos aún peores. Otros todavía,
cautivos como son de la mentalidad consumista y con la única preocupación de un
continuo aumento de bienes materiales, acaban por no comprender, y por
consiguiente rechazar la riqueza espiritual de una nueva vida humana. La razón
última de estas mentalidades es la ausencia, en el corazón de los hombres, de
Dios cuyo amor sólo es más fuerte que todos los posibles miedos del mundo y los
puede vencer.
Ha nacido así una mentalidad contra la vida (anti-life mentality),
como se ve en muchas cuestiones actuales: piénsese, por ejemplo, en un cierto
pánico derivado de los estudios de los ecólogos y futurólogos sobre la
demografía, que a veces exageran el peligro que representa el incremento
demográfico para la calidad de la vida.
Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma,
es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el
egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada
vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel «Sí», de aquel «Amén» que es
Cristo mismo.(84) Al «no» que invade y aflige al mundo, contrapone este «Sí»
viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y
rebajan la vida.
La Iglesia está llamada a manifestar nuevamente a todos, con un
convencimiento más claro y firme, su voluntad de promover con todo medio y
defender contra toda insidia la vida humana, en cualquier condición o fase de
desarrollo en que se encuentre.
Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la
justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades
públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en
la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y
rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en
favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto
procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho
de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la
promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo,
esterilización y aborto procurado.(85)
Para que el plan divino sea realizado cada
vez más plenamente
31. La Iglesia es ciertamente consciente también de los
múltiples y complejos problemas que hoy, en muchos países, afectan a los
esposos en su cometido de transmitir responsablemente la vida. Conoce también
el grave problema del incremento demográfico como se plantea en diversas partes
de mundo, con las implicaciones morales que comporta.
Ella cree, sin embargo, que una consideración profunda de todos los aspectos
de tales problemas ofrece una nueva y más fuerte confirmación de la importancia
de la doctrina auténtica acerca de la regulación de la natalidad, propuesta de
nuevo en el Concilio Vaticano II y en la encíclica Humanae vitae.
Por esto, junto con los Padres del Sínodo, siento el deber de dirigir una
acuciante invitación a los teólogos a fin de que, uniendo sus fuerzas para
colaborar con el magisterio jerárquico, se comprometan a iluminar cada vez
mejor los fundamentos bíblicos, las motivaciones éticas y las razones
personalistas de esta doctrina. Así será posible, en el contexto de una
exposición orgánica, hacer que la doctrina de la Iglesia en este importante
capítulo sea verdaderamente accesible a todos los hombres de buena voluntad,
facilitando su comprensión cada vez más luminosa y profunda; de este modo el
plan divino podrá ser realizado cada vez más plenamente, para la salvación del
hombre y gloria del Creador.
A este respecto, el empeño concorde de los teólogos, inspirado por la
adhesión convencida al Magisterio, que es la única guía auténtica del Pueblo de
Dios, presenta una urgencia especial también a causa de la relación íntima que
existe entre la doctrina católica sobre este punto y la visión del hombre que
propone la Iglesia. Dudas o errores en el ámbito matrimonial o familiar llevan
a una ofuscación grave de la verdad integral sobre el hombre, en una situación
cultural que muy a menudo es confusa y contradictoria. La aportación de
iluminación y profundización, que los teólogos están llamados a ofrecer en el
cumplimiento de su cometido específico, tiene un valor incomparable y
representa un servicio singular, altamente meritorio, a la familia y a la
humanidad.
En la visión integral del hombre y de su
vocación
32. En el contexto de una cultura que deforma gravemente o
incluso pierde el verdadero significado de la sexualidad humana, porque la
desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia siente más urgente e
insustituible su misión de presentar la sexualidad como valor y función de toda
la persona creada, varón y mujer, a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente que «cuando se
trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida,
la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y
apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios
objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios
que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana
procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar
sinceramente la virtud de la castidad conyugal».(86)
Es precisamente partiendo de la «visión integral del hombre y de su
vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna», (87)
por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia «está fundada sobre
la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por
propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado
unitivo y el significado procreador».(88) Y concluyó recalcando que hay que
excluir, como intrínsecamente deshonesta, «toda acción que, o en previsión del
acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias
naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación».(89)
Cuando los esposos, mediante el recurso al anticoncepcionismo, separan estos
dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la
mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como «árbitros» del
designio divino y «manipulan» y envilecen la sexualidad humana, y con ella la
propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación «total». Así, al
lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el
anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir,
el de no darse al otro totalmente: se produce, no sólo el rechazo positivo de
la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del
amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.
En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a períodos de
infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y
procreador de la sexualidad humana, se comportan como «ministros» del designio
de Dios y «se sirven» de la sexualidad según el dinamismo original de la
donación «total», sin manipulaciones ni alteraciones.(90)
A la luz de la misma experiencia de tantas parejas de esposos y de los datos
de las diversas ciencias humanas, la reflexión teológica puede captar y está
llamada a profundizar la diferencia antropológica y al mismo tiempo moral,
que existe entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales. Se
trata de una diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente
se cree, y que implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de
la sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos
naturales comporta la aceptación del tiempo de la persona, es decir de la
mujer, y con esto la aceptación también del diálogo, del respeto recíproco, de
la responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el
diálogo significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal de la
comunión conyugal, como también vivir el amor personal en su exigencia de
fidelidad. En este contexto la pareja experimenta que la comunión conyugal es
enriquecida por aquellos valores de ternura y afectividad, que constituyen el
alma profunda de la sexualidad humana, incluso en su dimensión física. De este
modo la sexualidad es respetada y promovida en su dimensión verdadera y
plenamente humana, no «usada» en cambio como un «objeto» que, rompiendo la
unidad personal de alma y cuerpo, contradice la misma creación de Dios en la
trama más profunda entre naturaleza y persona.
La Iglesia Maestra y Madre para los
esposos en dificultad
33. También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es
y actúa como Maestra y Madre.
Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la
transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente
ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya
imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la
Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena
voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección.
Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se
encuentran en dificultad sobre este importante punto de la vida moral; conoce
bien su situación, a menudo muy ardua y a veces verdaderamente atormentada por
dificultades de todo tipo, no sólo individuales sino también sociales; sabe que
muchos esposos encuentran dificultades no sólo para la realización concreta,
sino también para la misma comprensión de los valores inherentes a la norma
moral.
Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por esto, la
Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales
dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamas la
verdad. En efecto, está convencida de que no puede haber verdadera
contradicción entre la ley divina de la transmisión de la vida y la de
favorecer el auténtico amor conyugal.(91) Por esto, la pedagogía concreta de la
Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina. Repito, por
tanto, con la misma persuasión de mi predecesor: «No menoscabar en nada la
saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las
almas».(92)
Por otra parte, la auténtica pedagogía eclesial revela su realismo y su
sabiduría solamente desarrollando un compromiso tenaz y valiente en crear y
sostener todas aquellas condiciones humanas —psicológicas, morales y
espirituales— que son indispensables para comprender y vivir el valor y la
norma moral.
No hay duda de que entre estas condiciones se deben incluir la constancia y
la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la confianza filial en Dios
y en su gracia, el recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la
Eucaristía y de la reconciliación.(93) Confortados así, los esposos cristianos
podrán mantener viva la conciencia de la influencia singular que la gracia del
sacramento del matrimonio ejerce sobre todas las realidades de la vida
conyugal, y por consiguiente también sobre su sexualidad: el don del Espíritu,
acogido y correspondido por los esposos, les ayuda a vivir la sexualidad humana
según el plan de Dios y como signo del amor unitivo y fecundo de Cristo por su
Iglesia.
Pero entre las condiciones necesarias está también el conocimiento de la
corporeidad y de sus ritmos de fertilidad. En tal sentido conviene hacer lo
posible para que semejante conocimiento se haga accesible a todos los esposos,
y ante todo a las personas jóvenes, mediante una información y una educación
clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de expertos. El
conocimiento debe desembocar además en la educación al autocontrol; de ahí la
absoluta necesidad de la virtud de la castidad y de la educación permanente en
ella. Según la visión cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo
ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual
que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y
sabe promoverlo hacia su realización plena.
Pablo VI, con intuición profunda de sabiduría y amor, no hizo más que
escuchar la experiencia de tantas parejas de esposos cuando en su encíclica
escribió: «El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre,
impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones
afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y
particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia
de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un
valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su
influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan integralmente su personalidad,
enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de
serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo
la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del
verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres
adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a
los hijos».(94)
Itinerario moral de los esposos
34. Es siempre muy importante poseer una recta concepción
del orden moral, de sus valores y normas; la importancia aumenta, cuanto más
numerosas y graves se hacen las dificultades para respetarlos.
El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio de Dios
Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni algo impersonal; al
contrario, respondiendo a las exigencias más profundas del hombre creado por
Dios, se pone al servicio de su humanidad plena, con el amor delicado y
vinculante con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su
felicidad.
Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso
de Dios, es un ser histórico, que se construye día a día con sus opciones
numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según
diversas etapas de crecimiento.
También los esposos, en el ámbito de su vida moral, están llamados a un
continuo camino, sostenidos por el deseo sincero y activo de conocer cada vez
mejor los valores que la ley divina tutela y promueve, y por la voluntad recta
y generosa de encarnarlos en sus opciones concretas.
Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede
alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo
Señor a superar con valentía las dificultades. «Por ello la llamada "ley
de gradualidad" o camino gradual no puede identificarse con la
"gradualidad de la ley", como si hubiera varios grados o formas de
precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los
esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio,
y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se
encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno,
confiando en la gracia divina y en la propia voluntad».(95) En la misma línea,
es propio de la pedagogía de la Iglesia que los esposos reconozcan ante todo
claramente la doctrina de la Humanae vitae como normativa para el
ejercicio de su sexualidad y se comprometan sinceramente a poner las
condiciones necesarias para observar tal norma.
Esta pedagogía, como ha puesto de relieve el Sínodo, abarca toda la vida
conyugal. Por esto la función de transmitir la vida debe estar integrada en la
misión global de toda la vida cristiana, la cual sin la cruz no puede llegar a
la resurrección. En semejante contexto se comprende cómo no se puede quitar de
la vida familiar el sacrificio, es más, se debe aceptar de corazón, a fin de
que el amor conyugal se haga más profundo y sea fuente de gozo íntimo.
Este camino exige reflexión, información, educación idónea de los
sacerdotes, religiosos y laicos que están dedicados a la pastoral familiar;
todos ellos podrán ayudar a los esposos en su itinerario humano y espiritual,
que comporta la conciencia del pecado, el compromiso sincero a observar la ley
moral y el ministerio de la reconciliación. Conviene también tener presente que
en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de dos personas,
llamadas sin embargo a una armonía de mentalidad y de comportamiento. Esto
exige no poca paciencia, simpatía y tiempo. Singular importancia tiene en este
campo la unidad de juicios morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad
debe ser buscada y asegurada cuidadosamente, para que los fieles no tengan que
sufrir ansiedades de conciencia.(96)
El camino de los esposos será pues más fácil si, con estima de la doctrina
de la Iglesia y con confianza en la gracia de Cristo, ayudados y acompañados
por los pastores de almas y por la comunidad eclesial entera, saben descubrir y
experimentar el valor de liberación y promoción del amor auténtico, que el
Evangelio ofrece y el mandamiento del Señor propone.
Suscitar convicciones y ofrecer ayudas
concretas
35. Ante el problema de una honesta regulación de la
natalidad, la comunidad eclesial, en el tiempo presente, debe preocuparse por
suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas a quienes desean vivir la
paternidad y la maternidad de modo verdaderamente responsable.
En este campo, mientras la Iglesia se alegra de los resultados alcanzados
por las investigaciones científicas para un conocimiento más preciso de los
ritmos de fertilidad femenina y alienta a una más decisiva y amplia extensión
de tales estudios, no puede menos de apelar, con renovado vigor, a la
responsabilidad de cuantos —médicos, expertos, consejeros matrimoniales,
educadores, parejas— pueden ayudar efectivamente a los esposos a vivir su amor,
respetando la estructura y finalidades del acto conyugal que lo expresa. Esto
significa un compromiso más amplio, decisivo y sistemático en hacer conocer,
estimar y aplicar los métodos naturales de regulación de la fertilidad.(97)
Un testimonio precioso puede y debe ser dado por aquellos esposos que,
mediante el compromiso común de la continencia periódica, han llegado a una
responsabilidad personal más madura ante el amor y la vida. Como escribía Pablo
VI, «a ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres
la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su
cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana».(98)
2) La educación.
El derecho-deber educativo de los padres
36. La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación
primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos,
engendrando en el amor y por amor una nueva persona, que tiene en sí la
vocación al crecimiento y al desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de
ayudarla eficazmente a vivir una vida plenamente humana. Como ha recordado el
Concilio Vaticano II: «Puesto que los padres han dado la vida a los hijos,
tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay que
reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este
deber de la educación familiar es de tanta transcendencia que, cuando falta,
difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de
familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que
favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es,
por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las
sociedades necesitan».(99)
El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial,
relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y
primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la
relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e
inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o
usurpado por otros.
Por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento más
radical, que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno
y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer
pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente
en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la
acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura,
constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el
fruto más precioso del amor.
Educar en los valores esenciales de la
vida humana
37. Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo
agravadas, de la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con
confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos
deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un
estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que «el hombre vale más por
lo que es que por lo que tiene».(100)
En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa del
choque entre los diversos individualismos y egoísmos, los hijos deben
enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto
de la dignidad personal de cada uno, sino también y más aún del sentido del
verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los
demás, especialmente a los más pobres y necesitados. La familia es la primera y
fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don
de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor
mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber
en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones
que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida
cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad,
representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable
y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.
La educación para el amor como don de sí mismo constituye también la premisa
indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación
sexual clara y delicada. Ante una cultura que «banaliza» en gran parte la
sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y
empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el
servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea
verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de
toda la persona —cuerpo, sentimiento y espíritu— y manifiesta su significado
íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe
realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los
centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la Iglesia
reafirma la ley de la subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando
coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los
padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la castidad,
como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz
de respetar y promover el «significado esponsal» del cuerpo. Más aún, los
padres cristianos reserven una atención y cuidado especial —discerniendo los
signos de la llamada de Dios— a la educación para la virginidad, como forma
suprema del don de uno mismo que constituye el sentido mismo de la sexualidad
humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de la persona y
sus valores éticos, esta educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar
las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento
personal y responsable en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de información sexual
separado de los principios morales y tan frecuentemente difundido, el cual no
sería más que una introducción a la experiencia del placer y un estímulo que
lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los años de la
inocencia.
Misión educativa y sacramento del matrimonio
38. Para los padres cristianos la misión educativa, basada
como se ha dicho en su participación en la obra creadora de Dios, tiene una
fuente nueva y específica en el sacramento del matrimonio, que los consagra a
la educación propiamente cristiana de los hijos, es decir, los llama a
participar de la misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo
Pastor, así como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece en sabiduría,
consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a los
hijos en su crecimiento humano y cristiano.
El deber educativo recibe del sacramento del matrimonio la dignidad y la
llamada a ser un verdadero y propio «ministerio» de la Iglesia al servicio de
la edificación de sus miembros. Tal es la grandeza y el esplendor del
ministerio educativo de los padres cristianos, que santo Tomás no duda en
compararlo con el ministerio de los sacerdotes: «Algunos propagan y conservan
la vida espiritual con un ministerio únicamente espiritual: es la tarea del sacramento
del orden; otros hacen esto respecto de la vida a la vez corporal y espiritual,
y esto se realiza con el sacramento del matrimonio, en el que el hombre
y la mujer se unen para engendrar la prole y educarla en el culto a Dios».(101)
La conciencia viva y vigilante de la misión recibida con el sacramento del
matrimonio ayudará a los padres cristianos a ponerse con gran serenidad y
confianza al servizio educativo de los hijos y, al mismo tiempo, a sentirse
responsables ante Dios que los llama y los envía a edificar la Iglesia en los
hijos. Así la familia de los bautizados, convocada como iglesia doméstica por
la Palabra y por el Sacramento, llega a ser a la vez, como la gran Iglesia,
maestra y madre.
La primera experiencia de Iglesia
39. La misión de la educación exige que los padres
cristianos propongan a los hijos todos los contenidos que son necesarios para
la maduración gradual de su personalidad desde un punto de vista cristiano y
eclesial. Seguirán pues las líneas educativas recordadas anteriormente, procurando
mostrar a los hijos a cuán profundos significados conducen la fe y la caridad
de Jesucristo. Además, la conciencia de que el Señor confía a ellos el
crecimiento de un hijo de Dios, de un hermano de Cristo, de un templo del
Espíritu Santo, de un miembro de la Iglesia, alentará a los padres cristianos
en su tarea de afianzar en el alma de los hijos el don de la gracia divina.
El Concilio Vaticano II precisa así el contenido de la
educación cristiana: «La cual no persigue solamente la madurez propia de la
persona humana... sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más
conscientes cada día del don recibido de la fe, mientras se inician
gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar
a Dios Padre en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 23), ante todo en la acción
litúrgica, formándose para vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad
de verdad (Ef 4, 22-24), y así
lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4, 13), y contribuyan al
crecimiento del Cuerpo místico. Conscientes, además, de su vocación,
acostúmbrense a dar testimonio de la esperanza que hay en ellos (cf. 1 P
3, 15) y a ayudar a la configuración cristiana del mundo».(102)
También el Sínodo, siguiendo y desarrollando la línea conciliar ha
presentado la misión educativa de la familia cristiana como un verdadero ministerio,
por medio del cual se transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de que
la misma vida de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación
cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En la familia consciente de
tal don, como escribió Pablo VI, «todos los miembros evangelizan y son
evangelizados».(103)
En virtud del ministerio de la educación los padres, mediante el testimonio
de su vida, son los primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos. Es más,
rezando con los hijos, dedicándose con ellos a la lectura de la Palabra de Dios
e introduciéndolos en la intimidad del Cuerpo —eucarístico y eclesial— de
Cristo mediante la iniciación cristiana, llegan a ser plenamente padres, es
decir engendradores no sólo de la vida corporal, sino también de aquella que,
mediante la renovación del Espíritu, brota de la Cruz y Resurrección de Cristo.
A fin de que los padres cristianos puedan cumplir dignamente su ministerio
educativo, los Padres Sinodales han manifestado el deseo de que se prepare un
texto adecuado de catecismo para las familias claro, breve y que pueda
ser fácilmente asimilado por todos. Las conferencias episcopales han sido
invitadas encarecidamente a comprometerse en la realización de este catecismo.
Relaciones con otras fuerzas educativas
40. La familia es la primera, pero no la única y exclusiva,
comunidad educadora; la misma dimensión comunitaria, civil y eclesial del
hombre exige y conduce a una acción más amplia y articulada, fruto de la
colaboración ordenada de las diversas fuerzas educativas. Estas son necesarias,
aunque cada una puede y debe intervenir con su competencia y con su
contribución propias.(104)
La tarea educativa de la familia cristiana tiene por esto un puesto muy
importante en la pastoral orgánica; esto implica una nueva forma de
colaboración entre los padres y las comunidades cristianas, entre los diversos
grupos educativos y los pastores. En este sentido, la renovación de la escuela
católica debe prestar una atención especial tanto a los padres de los alumnos
como a la formación de una perfecta comunidad educadora.
Debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la elección de una
educación conforme con su fe religiosa.
El Estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las familias todas las ayudas
posibles, a fin de que puedan ejercer adecuadamente sus funciones educativas.
Por esto tanto la Iglesia como el Estado deben crear y promover las
instituciones y actividades que las familias piden justamente, y la ayuda
deberá ser proporcionada a las insuficiencias de las familias. Por tanto, todos
aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvidar nunca que
los padres han sido constituidos por Dios mismo como los primeros y principales
educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable.
Pero como complementario al derecho, se pone el grave deber de los padres de
comprometerse a fondo en una relación cordial y efectiva con los profesores y
directores de las escuelas.
Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe cristiana, la
familia junto con otras familias, si es posible mediante formas de asociación
familiar, debe con todas las fuerzas y con sabiduria ayudar a los jóvenes a no
alejarse de la fe. En este caso la familia tiene necesidad de ayudas especiales
por parte de los pastores de almas, los cuales no deben olvidar que los padres
tienen el derecho inviolable de confiar sus hijos a la comunidad eclesial.
Un servicio múltiple a la vida
41. El amor conyugal fecundo se expresa en un servicio a la
vida que tiene muchas formas, de las cuales la generación y la educación son
las más inmediatas, propias e insustituibles. En realidad, cada acto de
verdadero amor al hombre testimonia y perfecciona la fecundidad espiritual de
la familia, porque es obediencia al dinamismo interior y profundo del amor,
como donación de sí mismo a los demás.
En particular los esposos que viven la experiencia de la esterilidad física,
deberán orientarse hacia esta perspectiva, rica para todos en valor y
exigencias.
Las familias cristianas, que en la fe reconocen a todos los hombres como
hijos del Padre común de los cielos, irán generosamente al encuentro de los
hijos de otras familias, sosteniéndoles y amándoles no como extraños, sino como
miembros de la única familia de los hijos de Dios. Los padres cristianos podrán
así ensanchar su amor más allá de los vínculos de la carne y de la sangre,
estrechando esos lazos que se basan en el espíritu y que se desarrollan en el
servicio concreto a los hijos de otras familias, a menudo necesitados incluso
de lo más necesario.
Las familias cristianas se abran con mayor disponibilidad a la adopción y
acogida de aquellos hijos que están privados de sus padres o abandonados por
éstos. Mientras esos niños, encontrando el calor afectivo de una familia, pueden
experimentar la cariñosa y solícita paternidad de Dios, atestiguada por los
padres cristianos, y así crecer con serenidad y confianza en la vida, la
familia entera se enriquecerá con los valores espirituales de una fraternidad
más amplia.
La fecundidad de las familias debe llevar a su incesante «creatividad»,
fruto maravilloso del Espíritu de Dios, que abre el corazón para descubrir las
nuevas necesidades y sufrimientos de nuestra sociedad, y que infunde ánimo para
asumirlas y darles respuesta. En este marco se presenta a las familias un vasto
campo de acción; en efecto, todavía más preocupante que el abandono de los
niños es hoy el fenómeno de la marginación social y cultural, que afecta
duramente a los ancianos, a los enfermos, a los minusválidos, a los
drogadictos, a los excarcelados, etc.
De este modo se ensancha enormemente el horizonte de la paternidad y
maternidad de las familias cristianas; un reto para su amor espiritualmente fecundo
viene de estas y tantas otras urgencias de nuestro tiempo. Con las familias y
por medio de ellas, el Señor Jesús sigue teniendo «compasión» de las
multitudes.
III - PARTICIPACIÓN EN EL DESARROLLO DE LA
SOCIEDAD
La familia, célula primera y vital de la
sociedad
42. «El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal
como origen y fundamento de la sociedad humana»; la familia es por ello la
«célula primera y vital de la sociedad».(105)
La familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque
constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a
la vida. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en
ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y
del desarrollo de la sociedad misma.
Así la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de encerrarse
en sí misma, se abre a las demás familias y a la sociedad, asumiendo su función
social.
La vida familiar como experiencia de
comunión y participación
43. La misma experiencia de comunión y participación, que
debe caracterizar la vida diaria de la familia, representa su primera y
fundamental aportación a la sociedad.
Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están inspiradas
y guiadas por la ley de la «gratuidad» que, respetando y favoreciendo en todos
y cada uno la dignidad personal como único título de valor, se hace acogida
cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y
solidaridad profunda.
Así la promoción de una auténtica y madura comunión de personas en la
familia se convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad,
ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de
respeto, justicia, diálogo y amor.
De este modo, como han recordado los Padres Sinodales, la familia constituye
el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de
personalización de la sociedad: colabora de manera original y profunda en la
construcción del mundo, haciendo posible una vida propiamente humana, en
particular custodiando y transmitiendo las virtudes y los «valores». Como dice
el Concilio Vaticano II, en la familia «las distintas generaciones coinciden y
se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de
las personas con las demás exigencias de la vida social».(106)
Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro de ser cada
vez más despersonalizada y masificada, y por tanto inhumana y deshumanizadora,
con los resultados negativos de tantas formas de «evasión» —como son, por
ejemplo, el alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo—, la familia posee y
comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al hombre del
anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo
con profunda humanidad y de inserirlo activamente con su unicidad e
irrepetibilidad en el tejido de la sociedad.
Función social y política
44. La función social de la familia no puede ciertamente
reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque encuentra en ella su
primera e insustituible forma de expresión.
Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse
a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de
todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la
organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas.
La aportación social de la familia tiene su originalidad, que exige se la
conozca mejor y se la apoye más decididamente, sobre todo a medida que los
hijos crecen, implicando de hecho lo más posible a todos sus miembros.(107)
En especial hay que destacar la importancia cada vez mayor que en nuestra
sociedad asume la hospitalidad, en todas sus formas, desde el abrir la puerta
de la propia casa, y más aún la del propio corazón, a las peticiones de los
hermanos, al compromiso concreto de asegurar a cada familia su casa, como
ambiente natural que la conserva y la hace crecer. Sobre todo, la familia
cristiana está llamada a escuchar el consejo del Apóstol: «Sed solícitos en la
hospitalidad», (108) y por consiguiente en praticar la acogida del hermano
necesitado, imitando el ejemplo y compartiendo la caridad de Cristo: «El que
diere de beber a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca porque es mi
discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».(109)
La función social de las familias está llamada a manifestarse también en la
forma de intervención política, es decir, las familias deben ser las primeras
en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan,
sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la
familia. En este sentido las familias deben crecer en la conciencia de ser
«protagonistas» de la llamada «política familiar», y asumirse la responsabilidad
de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras
víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia. La
llamada del Concilio Vaticano II a superar la ética individualista vale también
para la familia como tal.(110)
La sociedad al servicio de la familia
45. La conexión íntima entre la familia y la sociedad, de
la misma manera que exige la apertura y la participación de la familia en la
sociedad y en su desarrollo, impone también que la sociedad no deje de cumplir
su deber fundamental de respetar y promover la familia misma.
Ciertamente la familia y la sociedad tienen una función complementaria en la
defensa y en la promoción del bien de todos los hombres y de cada hombre. Pero
la sociedad, y más específicamente el Estado, deben reconocer que la familia es
una «sociedad que goza de un derecho propio y primordial»(111) y por tanto, en
sus relaciones con la familia, están gravemente obligados a atenerse al
principio de subsidiaridad.
En virtud de este principio, el Estado no puede ni debe substraer a las
familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar bien, por sí solas o
asociadas libremente, sino favorecer positivamente y estimular lo más posible
la iniciativa responsable de las familias. Las autoridades públicas,
convencidas de que el bien de la familia constituye un valor indispensable e
irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer cuanto puedan para asegurar a
las familias todas aquellas ayudas —económicas, sociales, educativas, políticas,
culturales— que necesitan para afrontar de modo humano todas sus
responsabilidades.
Carta de los derechos de la familia
46.
El ideal de una recíproca acción de apoyo y desarrollo entre la familia y la
sociedad choca a menudo, y en medida bastante grave, con la realidad de su
separación e incluso de su contraposición.
En efecto, como el Sínodo ha denunciado continuamente, la situación que
muchas familias encuentran en diversos países es muy problemática, si no
incluso claramente negativa: instituciones y leyes desconocen injustamente los
derechos inviolables de la familia y de la misma persona humana, y la sociedad,
en vez de ponerse al servicio de la familia, la ataca con violencia en sus
valores y en sus exigencias fundamentales. De este modo la familia, que, según
los planes de Dios, es célula básica de la sociedad, sujeto de derechos y
deberes antes que el Estado y cualquier otra comunidad, es víctima de la
sociedad, de los retrasos y lentitudes de sus intervenciones y más aún de sus
injusticias notorias.
Por esto la Iglesia defiende abierta y vigorosamente los derechos de la
familia contra las usurpaciones intolerables de la sociedad y del Estado. En
concreto, los Padres Sinodales han recordado, entre otros, los siguientes
derechos de la familia:
- a existir y progresar como
familia, es decir, el derecho de todo hombre, especialmente aun siendo
pobre, a fundar una familia, y a tener los recursos apropiados para
mantenerla;
- a ejercer su
responsabilidad en el campo de la transmisión de la vida y a educar a los
hijos;
- a la intimidad de la vida
conyugal y familiar;
- a la estabilidad del
vínculo y de la institución matrimonial;
- a creer y profesar su
propia fe, y a difundirla;
- a educar a sus hijos de
acuerdo con las propias tradiciones y valores religiosos y culturales, con
los instrumentos, medios e instituciones necesarias;
- a obtener la seguridad
física, social, política y económica, especialmente de los pobres y
enfermos;
- el derecho a una vivienda
adecuada, para una vida familiar digna;
- el derecho de expresión y
de representación ante las autoridades públicas, económicas, sociales,
culturales y ante las inferiores, tanto por sí misma como por medio de
asociaciones;
- a crear asociaciones con
otras familias e instituciones, para cumplir adecuada y esmeradamente su
misión;
- a proteger a los menores,
mediante instituciones y leyes apropiadas, contra los medicamentos
perjudiciales, la pornografía, el alcoholismo, etc.;
- el derecho a un justo
tiempo libre que favorezca, a la vez, los valores de la familia;
- el derecho de los ancianos
a una vida y a una muerte dignas;
- el derecho a emigrar como
familia, para buscar mejores condiciones de vida.(112)
La Santa Sede, acogiendo la petición explícita del Sínodo, se encargará de
estudiar detenidamente estas sugerencias, elaborando una «Carta de los derechos de la familia»,
para presentarla a los ambientes y autoridades interesadas.
Gracia y responsabilidad de la familia
cristiana
47. La función social propia de cada familia compete, por
un título nuevo y original, a la familia cristiana, fundada sobre el sacramento
del matrimonio. Este sacramento, asumiendo la realidad humana del amor conyugal
en todas sus implicaciones, capacita y compromete a los esposos y a los padres
cristianos a vivir su vocación de laicos, y por consiguiente a «buscar el reino
de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios».(113)
El cometido social y político forma parte de la misión real o de servicio,
en la que participan los esposos cristianos en virtud del sacramento del
matrimonio, recibiendo a la vez un mandato al que no pueden sustraerse y una
gracia que los sostiene y los anima.
De este modo la familia cristiana está llamada a ofrecer a todos el
testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los problemas sociales,
mediante la «opción preferencial» por los pobres y los marginados. Por eso la
familia, avanzando en el seguimiento del Señor mediante un amor especial hacia
todos los pobres, debe preocuparse especialmente de los que padecen hambre, de
los indigentes, de los ancianos, los enfermos, los drogadictos o los que están
sin familia.
Hacia un nuevo orden internacional
48. Ante la dimensión mundial que hoy caracteriza a los
diversos problemas sociales, la familia ve que se dilata de una manera
totalmente nueva su cometido ante el desarrollo de la sociedad; se trata de
cooperar también a establecer un nuevo orden internacional, porque sólo con la
solidaridad mundial se pueden afrontar y resolver los enormes y dramáticos
problemas de la justicia en el mundo, de la libertad de los pueblos y de la paz
de la humanidad.
La comunión espiritual de las familias cristianas, enraizadas en la fe y
esperanza común y vivificadas por la caridad, constituye una energía interior
que origina, difunde y desarrolla justicia, reconciliación, fraternidad y paz
entre los hombres. La familia cristiana, como «pequeña Iglesia», está llamada,
a semejanza de la «gran Iglesia», a ser signo de unidad para el mundo y a
ejercer de ese modo su función profética, dando testimonio del Reino y de la
paz de Cristo, hacia el cual el mundo entero está en camino.
Las familias cristianas podrán realizar esto tanto por medio de su acción
educadora, es decir, ofreciendo a los hijos un modelo de vida fundado sobre los
valores de la verdad, libertad, justicia y amor, bien sea con un compromiso
activo y responsable para el crecimiento auténticamente humano de la sociedad y
de sus instituciones, bien con el apoyo, de diferentes modos, a las
asociaciones dedicadas específicamente a los problemas del orden internacional.
IV - PARTICIPACIÓN EN LA VIDA Y MISIÓN DE LA
IGLESIA
La familia en el misterio de la Iglesia
49. Entre los cometidos fundamentales de la familia
cristiana se halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de
la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la participación en
la vida y misión de la Iglesia.
Para comprender mejor los fundamentos, contenidos y características de tal
participación, hay que examinar a fondo los múltiples y profundos vínculos que
unen entre sí a la Iglesia y a la familia cristiana, y que hacen de esta última
como una «Iglesia en miniatura» (Ecclesia domestica)(114) de modo que
sea, a su manera, una imagen viva y una representación histórica del misterio
mismo de la Iglesia.
Es ante todo la Iglesia Madre la que engendra, educa, edifica la familia
cristiana, poniendo en práctica para con la misma la misión de salvación que ha
recibido de su Señor. Con el anuncio de la Palabra de Dios, la Iglesia revela a
la familia cristiana su verdadera identidad, lo que es y debe ser según el plan
del Señor; con la celebración de los sacramentos, la Iglesia enriquece y
corrobora a la familia cristiana con la gracia de Cristo, en orden a su
santificación para la gloria del Padre; con la renovada proclamación del
mandamiento nuevo de la caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana
al servicio del amor, para que imite y reviva el mismo amor de donación y
sacrificio que el Señor Jesús nutre hacia toda la humanidad.
Por su parte la familia cristiana está insertada de tal forma en el misterio
de la Iglesia que participa, a su manera, en la misión de salvación que es
propia de la Iglesia. Los cónyuges y padres cristianos, en virtud del
sacramento, «poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y
forma de vida».(115) Por eso no sólo «reciben» el amor de Cristo,
convirtiéndose en comunidad «salvada», sino que están también llamados a
«transmitir» a los hermanos el mismo amor de Cristo, haciéndose así comunidad
«salvadora». De esta manera, a la vez que es fruto y signo de la fecundidad
sobrenatural de la Iglesia, la familia cristiana se hace símbolo, testimonio y
participación de la maternidad de la Iglesia.(116)
Un cometido eclesial propio y original
50. La familia cristiana está llamada a tomar parte viva y
responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir,
poniendo a servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en
cuanto comunidad íntima de vida y de amor.
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos son renovados por Cristo
mediante la fe y los sacramentos, su participación en la misión de la Iglesia
debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los
cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos en cuanto familia,
han de vivir su servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe «un
corazón y un alma sola», (117) mediante el común espíritu apostólico que los
anima y la colaboración que los empeña en las obras de servicio a la comunidad eclesial
y civil.
La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia mediante
esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su condición de vida.
Es por ello en el amor conyugal y familiar —vivido en su extraordinaria
riqueza de valores y exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y
fecundidad(118)— donde se expresa y realiza la participación de la familia
cristiana en la misión profética, sacerdotal y real de Jesucristo y de su
Iglesia. El amor y la vida constituyen por lo tanto el núcleo de la misión
salvífica de la familia cristiana en la Iglesia y para la Iglesia.
Lo recuerda el Concilio Vaticano II cuando dice: «La familia hará partícipes
a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la
familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y
participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a
todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de
la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de
los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros».(119)
Puesto así el fundamento de la participación de la familia cristiana
en la misión eclesial, hay que poner de manifiesto ahora su contenido en la
triple unitaria referencia a Jesucristo Profeta, Sacerdote y Rey,
presentando por ello la familia cristiana como 1) comunidad creyente y
evangelizadora, 2) comunidad en diálogo con Dios, 3) comunidad al servicio del
hombre.
1) La familia cristiana, comunidad creyente y evangelizadora
La fe, descubrimiento y admiración del
plan de Dios sobre la familia
51. Dado que participa de la vida y misión de la Iglesia,
la cual escucha religiosamente la Palabra de Dios y la proclama con firme
confianza, (120) la familia cristiana vive su cometido profético acogiendo y
anunciando la Palabra de Dios. Se hace así, cada día más, una comunidad
creyente y evangelizadora.
También a los esposos y padres cristianos se exige la obediencia a la fe,
(121) ya que son llamados a acoger la Palabra del Señor que les revela la
estupenda novedad —la Buena Nueva— de su vida conyugal y familiar, que Cristo
ha hecho santa y santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos
pueden descubrir y admirar con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado Dios
el matrimonio y la familia, constituyéndolos en signo y lugar de la alianza de
amor entre Dios y los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia esposa suya. La
misma preparación al matrimonio cristiano se califica ya como un itinerario de
fe. Es, en efecto, una ocasión privilegiada para que los novios vuelvan a
descubrir y profundicen la fe recibida en el Bautismo y alimentada con la
educación cristiana. De esta manera reconocen y acogen libremente la vocación a
vivir el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado
matrimonial.
El momento fundamental de la fe de los esposos está en la celebración del
sacramento del matrimonio, que en el fondo de su naturaleza es la proclamación,
dentro de la Iglesia, de la Buena Nueva sobre el amor conyugal. Es la Palabra
de Dios que «revela» y «culmina» el proyecto sabio y amoroso que Dios tiene
sobre los esposos, llamados a la misteriosa y real participación en el amor
mismo de Dios hacia la humanidad. Si la celebración sacramental del matrimonio
es en sí misma una proclamación de la Palabra de Dios en cuanto son por título
diverso protagonistas y celebrantes, debe ser una «profesión de fe» hecha
dentro y con la Iglesia, comunidad de creyentes.
Esta profesión de fe ha de ser continuada en la vida de los esposos y de la
familia. En efecto, Dios que ha llamado a los esposos «al» matrimonio, continúa
a llamarlos «en el» matrimonio.(122) Dentro y a través de los hechos, los
problemas, las dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día,
Dios viene a ellos, revelando y proponiendo las «exigencias» concretas de su
participación en el amor de Cristo por su Iglesia, de acuerdo con la particular
situación —familiar, social y eclesial— en la que se encuentran. El
descubrimiento y la obediencia al plan de Dios deben hacerse «en conjunto» por
parte de la comunidad conyugal y familiar, a través de la misma experiencia
humana del amor vivido en el Espíritu de Cristo entre los esposos, entre los
padres y los hijos.
Para esto, también la pequeña Iglesia doméstica, como la gran Iglesia, tiene
necesidad de ser evangelizada continua e intensamente. De ahí deriva su deber
de educación permanente en la fe.
Ministerio de evangelización de la familia
cristiana
52. En la medida en que la familia cristiana acoge el
Evangelio y madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora. Escuchemos de
nuevo a Pablo VI: «La familia, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio
donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia.
Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de
la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo comunican a los
hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo
Evangelio profundamente vivido... Una familia así se hace evangelizadora de
otras muchas familias y del ambiente en que ella vive».(123)
Como ha repetido el Sínodo, recogiendo mi llamada lanzada en Puebla, la
futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica.(124) Esta
misión apostólica de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe con la
gracia sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe, para
santificar y transformar la sociedad actual según el plan de Dios.
La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser
testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de
la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón:
«La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del
reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada».(125)
La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge con singular fuerza en
determinadas situaciones, que la Iglesia constata por desgracia en diversos
lugares: «En los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende incluso
impedir la educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha
penetrado el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una
verdadera creencia religiosa, la Iglesia doméstica es el único ámbito donde los
niños y los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis».(126)
Un servicio eclesial
53. El ministerio de evangelización de los padres
cristianos es original e insustituible y asume las características típicas de
la vida familiar, hecha, como debería estar, de amor, sencillez, concreción y
testimonio cotidiano.(127)
La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno
cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios.
Efectivamente, la familia que está abierta a los valores transcendentes, que
sirve a los hermanos en la alegría, que cumple con generosa fidelidad sus
obligaciones y es consciente de su cotidiana participación en el misterio de la
cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor seminario de
vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios.
El ministerio de evangelización y catequesis de los padres debe acompañar la
vida de los hijos también durante su adolescencia y juventud, cuando ellos,
como sucede con frecuencia, contestan o incluso rechazan la fe cristiana
recibida en los primeros años de su vida. Y así como en la Iglesia no se puede
separar la obra de evangelización del sufrimiento del apóstol, así también en
la familia cristiana los padres deben afrontar con valentía y gran serenidad de
espíritu las dificultades que halla a veces en los mismos hijos su ministerio
de evangelización.
No hay que olvidar que el servicio llevado a cabo por los cónyuges y padres
cristianos en favor del Evangelio es esencialmente un servicio eclesial, es
decir, que se realiza en el contexto de la Iglesia entera en cuanto comunidad
evangelizada y evangelizadora. En cuanto enraizado y derivado de la única
misión de la Iglesia y en cuanto ordenado a la edificación del único Cuerpo de
Cristo, (128) el ministerio de evangelización y de catequesis de la Iglesia
doméstica ha de quedar en íntima comunión y ha de armonizarse responsablemente
con los otros servicios de evangelización y de catequesis presentes y operantes
en la comunidad eclesial, tanto diocesana como parroquial.
Predicar el Evangelio a toda criatura
54. La universalidad sin fronteras es el horizonte propio
de la evangelización, animada interiormente por el afán misionero, ya que es de
hecho la respuesta a la explícita e inequívoca consigna de Cristo: «Id por el
mundo y predicad el Evangelio a toda criatura».(129)
También la fe y la misión evangelizadora de la familia cristiana poseen esta
dimensión misionera católica. El sacramento del matrimonio que plantea con nueva
fuerza el deber arraigado en el bautismo y en la confirmación de defender y
difundir la fe, (130) constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos
de Cristo «hasta los últimos confines de la tierra», (131) como verdaderos y
propios misioneros» del amor y de la vida.
Una cierta forma de actividad misionera puede ser desplegada ya en el
interior de la familia. Esto sucede cuando alguno de los componentes de la
misma no tiene fe o no la practica con coherencia. En este caso, los parientes
deben ofrecerles tal testimonio de vida que los estimule y sostenga en el
camino hacia la plena adhesión a Cristo Salvador.(132)
Animada por el espíritu misionero en su propio interior, la Iglesia doméstica
está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor
incluso para los «alejados», para las familias que no creen todavía y para las
familias cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está llamada
«con su ejemplo y testimonio» a iluminar «a los que buscan la verdad».(133)
Así como ya al principio del cristianismo Aquila y Priscila se presentaban
como una pareja misionera, (134) así también la Iglesia testimonia hoy su
incesante novedad y vigor con la presencia de cónyuges y familias cristianas
que, al menos durante un cierto período de tiempo, van a tierras de misión a
anunciar el Evangelio, sirviendo al hombre por amor de Jesucristo.
Las familias cristianas dan una contribución particular a la causa misionera
de la Iglesia, cultivando la vocación misionera en sus propios hijos e
hijas(135) y, de manera más general, con una obra educadora que prepare a sus
hijos, desde la juventud «para conocer el amor de Dios hacia todos los
hombres».(136)
2) La familia cristiana, comunidad en diálogo con Dios
El santuario doméstico de la Iglesia
55. El anuncio del Evangelio y su acogida mediante la fe
encuentran su plenitud en la celebración sacramental. La Iglesia, comunidad
creyente y evangelizadora, es también pueblo sacerdotal, es decir, revestido de
la dignidad y partícipe de la potestad de Cristo, Sumo Sacerdote de la nueva y
eterna Alianza.(137)
También la familia cristiana está inserta en la Iglesia, pueblo sacerdotal,
mediante el sacramento del matrimonio, en el cual está enraizada y de la que se
alimenta, es vivificada continuamente por el Señor y es llamada e invitada al
diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de la propia
vida y oración.
Este es el cometido sacerdotal que la familia cristiana puede y debe
ejercer en íntima comunión con toda la Iglesia, a través de las realidades
cotidianas de la vida conyugal y familiar. De esta manera la familia cristiana
es llamada a santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo.
El matrimonio, sacramento de mutua
santificación y acto de culto
56. Fuente y medio original de santificación propia para
los cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que
presupone y especifica la gracia santificadora del bautismo. En virtud del
misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en el que el matrimonio
cristiano se sitúa de nuevo, el amor conyugal es purificado y santificado: «El
Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don
especial de la gracia y la caridad».(138)
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del
matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia.
Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo
«permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con
perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Por
ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado,
están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya
virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de
Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más
a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente,
a la glorificación de Dios».(139)
La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y
padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y
traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y
familiar.(140) De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y
profunda espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los
motivos de la creación, de la alianza, de la cruz, de la resurrección y del
signo, de los que se ha ocupado en más de una ocasión el Sínodo.
El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que «están ordenados a
la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en
definitiva, a dar culto a Dios», (141) es en sí mismo un acto litúrgico de
glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges
cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien sublime que se les da de
poder revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios por
los hombres y del Señor Jesús por la Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir
cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también
la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo
sacrificio espiritual.(142) También a los esposos y padres cristianos, de modo
especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se
aplican las palabras del Concilio: «También los laicos, como adoradores que en
todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios».(143)
Matrimonio y Eucaristía
57. El deber de santificación de la familia cristiana tiene
su primera raíz en el bautismo y su expresión máxima en la Eucaristía, a la que
está íntimamente unido el matrimonio cristiano. El Concilio Vaticano II ha
querido poner de relieve la especial relación existente entre la Eucaristía y
el matrimonio, pidiendo que habitualmente éste se celebre «dentro de la
Misa».(144) Volver a encontrar y profundizar tal relación es del todo
necesario, si se quiere comprender y vivir con mayor intensidad la gracia y las
responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana.
La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el
sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia,
en cuanto sellada con la sangre de la cruz.(145) Y en este sacrificio de la
Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que
brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza
conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de Cristo por su
Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la
caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su «comunión» y
de su «misión», ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la
comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia
unidad de la Iglesia; además, la participación en el Cuerpo «entregado» y en la
Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo misionero
y apostólico de la familia cristiana.
El sacramento de la conversión y
reconciliación
58. Parte esencial y permanente del cometido de
santificación de la familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica a
la conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles
a la «novedad» del bautismo que los ha hecho «santos». Tampoco la familia es
siempre coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada
nuevamente en el sacramento del matrimonio.
El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta
parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en
la Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía
Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: «Y si el pecado les sorprendiese
todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la
misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia».(146)
La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la
vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado
contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges
y la comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son
alentados al encuentro con Dios «rico en misericordia», (147) el cual,
infundiendo su amor más fuerte que el pecado, (148) reconstruye y perfecciona
la alianza conyugal y la comunión familiar.
La plegaria familiar
59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para
que viva en generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal recibidos
de Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles,
vivido en el matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la
familia el fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la
cual su misma existencia cotidiana se transforma en «sacrificio espiritual
aceptable a Dios por Jesucristo».(149) Esto sucede no sólo con la celebración
de la Eucaristía y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para
gloria de Dios, sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante
dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.
La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha en
común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La comunión en la plegaria
es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del
bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia cristiana pueden
aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el Señor Jesús promete
su presencia: «Os digo en verdad que si dos de vosotros conviniéreis sobre la
tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos.
Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos».(150)
Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de familia
que en las diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada
como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas,
nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas,
alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas
queridas, etc señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la
familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias,
de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en
los cielos. Además, la dignidad y responsabilidades de la familia cristiana en
cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas con la ayuda incesante de
Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza
en la oración.
Maestros de oración
60. En virtud de su dignidad y misión, los padres
cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, de
introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de Dios y del
coloquio personal con Él: «Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con
la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos
aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al
prójimo según la fe recibida en el bautismo».(151)
Elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el
ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus
hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan
profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores
acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de nuevo la llamada
que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los padres: «Madres, ¿enseñáis a
vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los
sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad:
confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a
pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos?
¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros, padres, ¿sabéis rezar con vuestros
hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo,
en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común
vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito singular; lleváis
de este modo la paz al interior de los muros domésticos: "Pax huic
domui". Recordad: así edificáis la Iglesia».(152)
Plegaria litúrgica y privada
61. Hay una relación profunda y vital entre la oración de la
Iglesia y la de cada uno de los fieles, como ha confirmado claramente el
Concilio Vaticano II.(153) Una finalidad importante de la plegaria de la
Iglesia doméstica es la de constituir para los hijos la introducción natural a
la oración litúrgica propia de toda la Iglesia, en el sentido de preparar a
ella y de extenderla al ámbito de la vida personal, familiar y social. De aquí
deriva la necesidad de una progresiva participación de todos los miembros de la
familia cristiana en la Eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos, y
en los otros sacramentos, de modo particular en los de la iniciación cristiana
de los hijos. Las directrices conciliares han abierto una nueva posibilidad a
la familia cristiana, que ha sido colocada entre los grupos a los que se
recomienda la celebración comunitaria del Oficio divino.(154) Pondrán asimismo
cuidado las familias cristianas en celebrar, incluso en casa y de manera
adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades del año litúrgico.
Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la iglesia, la
familia cristiana recurre a la oración privada, que presenta gran variedad de
formas. Esta variedad, mientras testimonia la riqueza extraordinaria con la que
el Espíritu anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas exigencias y
situaciones de vida de quien recurre al Señor. Además de las oraciones de la
mañana y de la noche, hay que recomendar explícitamente —siguiendo también las
indicaciones de los Padres Sinodales— la lectura y meditación de la Palabra de
Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón
de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la
mesa, las expresiones de la religiosidad popular.
Dentro del respeto debido a la libertad de los hijos de Dios, la Iglesia ha
propuesto y continúa proponiendo a los fieles algunas prácticas de piedad en
las que pone una particular solicitud e insistencia. Entre éstas es de recordar
el rezo del rosario: «Y ahora, en continuidad de intención con nuestros
Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del santo Rosario en
familia .... no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser
considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la
familia cristiana está invitada a rezar. Nos queremos pensar y deseamos
vivamente que cuando un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración,
el Rosario sea su expresión frecuente y preferida».(155) Así la auténtica
devoción mariana, que se expresa en la unión sincera y en el generoso
seguimiento de las actitudes espirituales de la Virgen Santísima, constituye un
medio privilegiado para alimentar la comunión de amor de la familia y para
desarrollar la espiritualidad conyugal y familiar. Ella, la Madre de Cristo y
de la Iglesia, es en efecto y de manera especial la Madre de las familias
cristianas, de las Iglesias domésticas.
Plegaria y vida
62. No hay que olvidar nunca que la oración es parte
constitutiva y esencial de la vida cristiana considerada en su integridad y
profundidad. Más aún, pertenece a nuestra misma «humanidad» y es «la primera
expresión de la verdad interior del hombre, la primera condición de la
auténtica libertad del espíritu».(156)
Por ello la plegaria no es una evasión que desvía del compromiso cotidiano,
sino que constituye el empuje más fuerte para que la familia cristiana asuma y
ponga en práctica plenamente sus responsabilidades como célula primera y
fundamental de la sociedad humana. En ese sentido, la efectiva participación en
la vida y misión de la Iglesia en el mundo es proporcional a la fidelidad e
intensidad de la oración con la que la familia cristiana se una a la Vid
fecunda, que es Cristo.(157)
De la unión vital con Cristo, alimentada por la liturgia, de la ofrenda de
sí mismo y de la oración deriva también la fecundidad de la familia cristiana
en su servicio específico de promoción humana, que no puede menos de llevar a
la transformación del mundo.(158)
3 ) La familia cristiana, comunidad al servicio del hombre
El nuevo mandamiento del amor
63. La Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y real, tiene
la misión de llevar a todos los hombres a acoger con fe la Palabra de Dios, a
celebrarla y profesarla en los sacramentos y en la plegaria, y finalmente a
manifestarla en la vida concreta según el don y el nuevo mandamiento del amor.
La vida cristiana encuentra su ley no en un código escrito, sino en la
acción personal del Espíritu Santo que anima y guía al cristiano, es decir, en
«la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús»:(159) «el amor de Dios se ha derramado
en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido
dado».(160)
Esto vale también para la pareja y para la familia cristiana: su guía y
norma es el Espíritu de Jesús, difundido en los corazones con la celebración
del sacramento del matrimonio. En continuidad con el bautismo de agua y del
Espíritu, el matrimonio propone de nuevo la ley evangélica del amor, y con el
don del Espíritu la graba más profundamente en el corazón de los cónyuges
cristianos. Su amor, purificado y salvado, es fruto del Espíritu que actúa en
el corazón de los creyentes y se pone a la vez como el mandamiento fundamental
de la vida moral que es una exigencia de su libertad responsable.
La familia cristiana es así animada y guiada por la ley
nueva del Espíritu y en íntima comunión con la Iglesia, pueblo real, es llamada
a vivir su «servicio» de amor a Dios y a los hermanos. Como Cristo ejerce su
potestad real poniéndose al servicio de los hombres, (161) así también el
cristiano encuentra el auténtico sentido de su participación en la realeza de
su Señor, compartiendo su espíritu y su actitud de servicio al hombre: «Este
poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos
en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el
reino del pecado (cf. Rm 6, 12).
Más aún, para que sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan con
humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar.
También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino
de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor
y de paz. Un reino en el cual la misma creación será liberada de la
servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los
hijos de Dios (cf. Rm 8, 21)».(162)
Descubrir en cada hermano la imagen de
Dios
64. Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor,
la familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre,
considerado siempre en su dignidad de persona y de hijo de Dios.
Esto debe realizarse ante todo en el interior y en beneficio de la pareja y
la familia, mediante el cotidiano empeño en promover una auténtica comunidad de
personas, fundada y alimentada por la comunión interior de amor. Ello debe
desarrollarse luego dentro del círculo más amplio de la comunidad eclesial en
el que la familia cristiana vive. Gracias a la caridad de la familia, la
Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es decir, más
familiar, adoptando un estilo de relaciones más humano y fraterno.
La caridad va más allá de los propios hermanos en la fe, ya que «cada hombre
es mi hermano»; en cada uno, sobre todo si es pobre, débil, si sufre o es
tratado injustamente, la caridad sabe descubrir el rostro de Cristo y un
hermano a amar y servir.
Para que el servicio al hombre sea vivido en la familia de acuerdo con el
estilo evangélico, hay que poner en práctica con todo cuidado lo que enseña el
Concilio Vaticano II: «Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente
irreprochable y aparezca como tal, es necesario ver en el prójimo la imagen de
Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en realidad se ofrece
lo que al necesitado se da».(163)
La familia cristiana, mientras con la caridad edifica la Iglesia, se pone al
servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad aquella «promoción humana»,
cuyo contenido ha sido sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las familias:
«Otro cometido de la familia es el de formar los hombres al amor y practicar el
amor en toda relación humana con los demás, de tal modo que ella no se encierre
en sí misma, sino que permanezca abierta a la comunidad, inspirándose en un
sentido de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia
responsabilidad hacia toda la sociedad».(164)
CUARTA PARTE
PASTORAL FAMILIAR:
TIEMPOS, ESTRUCTURAS, AGENTES
Y SITUACIONES
I - TIEMPOS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La Iglesia acompaña a la familia cristiana
en su camino
65. Al igual que toda realidad viviente, también la familia
está llamada a desarrollarse y crecer. Después de la preparación durante el
noviazgo y la celebración sacramental del matrimonio la pareja comienza el
camino cotidiano hacia la progresiva actuación de los valores y deberes del
mismo matrimonio.
A la luz de la fe y en virtud de la esperanza, la familia cristiana
participa, en comunión con la Iglesia, en la experiencia de la peregrinación
terrena hacia la plena revelación y realización del Reino de Dios.
Por ello hay que subrayar una vez más la urgencia de la intervención
pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda clase
de esfuerzos para que la pastoral de la familia adquiera consistencia y se
desarrolle, dedicándose a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza
de que la evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia
doméstica.(165)
La solicitud pastoral de la Iglesia no se limitará solamente a las familias cristianas
más cercanas, sino que, ampliando los propios horizontes en la medida del
Corazón de Cristo, se mostrará más viva aún hacia el conjunto de las familias
en general y en particular hacia aquellas que se hallan en situaciones
difíciles o irregulares. Para todas ellas la Iglesia tendrá palabras de verdad,
de bondad, de comprensión, de esperanza, de viva participación en sus
dificultades a veces dramáticas; ofrecerá a todos su ayuda desinteresada, a fin
de que puedan acercarse al modelo de familia, que ha querido el Creador «desde
el principio» y que Cristo ha renovado con su gracia redentora.
La acción pastoral de la Iglesia debe ser progresiva, incluso en el sentido
de que debe seguir a la familia, acompañándola paso a paso en las diversas
etapas de su formación y de su desarrollo.
Preparación
66. En nuestros días es más necesaria que nunca la
preparación de los jóvenes al matrimonio y a la vida familiar. En algunos
países siguen siendo las familias mismas las que, según antiguas usanzas,
transmiten a los jóvenes los valores relativos a la vida matrimonial y familiar
mediante una progresiva obra de educación o iniciación. Pero los cambios que
han sobrevenido en casi todas las sociedades modernas exigen que no sólo la
familia, sino también la sociedad y la Iglesia se comprometan en el esfuerzo de
preparar convenientemente a los jóvenes para las reponsabilidades de su futuro.
Muchos fenómenos negativos que se lamentan hoy en la vida familiar derivan del
hecho de que, en las nuevas situaciones, los jóvenes no sólo pierden de vista
la justa jerarquía de valores, sino que, al no poseer ya criterios seguros de
comportamiento, no saben cómo afrontar y resolver las nuevas dificultades. La
experiencia enseña en cambio que los jóvenes bien preparados para la vida familiar,
en general van mejor que los demás.
Esto vale más aún para el matrimonio cristiano, cuyo influjo se extiende
sobre la santidad de tantos hombres y mujeres. Por esto, la Iglesia debe
promover programas mejores y más intensos de preparación al matrimonio, para
eliminar lo más posible las dificultades en que se debaten tantos matrimonios,
y más aún para favorecer positivamente el nacimiento y maduración de
matrimonios logrados.
La preparación al matrimonio ha de ser vista y actuada como un proceso gradual
y continuo. En efecto, comporta tres momentos principales: una preparación
remota, una próxima y otra inmediata.
La preparación remota comienza desde la infancia, en la juiciosa
pedagogía familiar, orientada a conducir a los niños a descubrirse a sí mismos
como seres dotados de una rica y compleja psicología y de una personalidad
particular con sus fuerzas y debilidades. Es el período en que se imbuye la
estima por todo auténtico valor humano, tanto en las relaciones interpersonales
como en las sociales, con todo lo que significa para la formación del carácter,
para el dominio y recto uso de las propias inclinaciones, para el modo de
considerar y encontrar a las personas del otro sexo, etc. Se exige, además,
especialmente para los cristianos, una sólida formación espiritual y
catequística, que sepa mostrar en el matrimonio una verdadera vocación y
misión, sin excluir la posibilidad del don total de sí mismo a Dios en la
vocación a la vida sacerdotal o religiosa.
Sobre esta base se programará después, en plan amplio, la preparación
próxima, la cual comporta —desde la edad oportuna y con una adecuada
catequesis, como en un camino catecumenal— una preparación más específica para
los sacramentos, como un nuevo descubrimiento. Esta nueva catequesis de cuantos
se preparan al matrimonio cristiano es absolutamente necesaria, a fin de que el
sacramento sea celebrado y vivido con las debidas disposiciones morales y
espirituales. La formación religiosa de los jóvenes deberá ser integrada, en el
momento oportuno y según las diversas exigencias concretas, por una preparación
a la vida en pareja que, presentando el matrimonio como una relación
interpersonal del hombre y de la mujer a desarrollarse continuamente, estimule
a profundizar en los problemas de la sexualidad conyugal y de la paternidad
responsable, con los conocimientos médico-biológicos esenciales que están en
conexión con ella y los encamine a la familiaridad con rectos métodos de
educación de los hijos, favoreciendo la adquisición de los elementos de base para
una ordenada conducción de la familia (trabajo estable, suficiente
disponibilidad financiera, sabia administración, nociones de economía
doméstica, etc.).
Finalmente, no se deberá descuidar la preparación al apostolado familiar, a
la fraternidad y colaboración con las demás familias, a la inserción activa en
grupos, asociaciones, movimientos e iniciativas que tienen como finalidad el
bien humano y cristiano de la familia.
La preparación inmediata a la celebración del sacramento del
matrimonio debe tener lugar en los últimos meses y semanas que preceden a las
nupcias, como para dar un nuevo significado, nuevo contenido y forma nueva al
llamado examen prematrimonial exigido por el derecho canónico. De todos modos,
siendo como es siempre necesaria, tal preparación se impone con mayor urgencia
para aquellos prometidos que presenten aún carencias y dificultades en la
doctrina y en la práctica cristiana.
Entre los elementos a comunicar en este camino de fe, análogo al
catecumenado, debe haber también un conocimiento serio del misterio de Cristo y
de la Iglesia, de los significados de gracia y responsabilidad del matrimonio
cristiano, así como la preparación para tomar parte activa y consciente en los
ritos de la liturgia nupcial.
A las distintas fases de la preparación matrimonial —descritas anteriormente
sólo a grandes rasgos indicativos— deben sentirse comprometidas la familia
cristiana y toda la comunidad eclesial. Es deseable que las Conferencias
Episcopales, al igual que están interesadas en oportunas iniciativas para
ayudar a los futuros esposos a que sean más conscientes de la seriedad de su
elección y los pastores de almas a que acepten las convenientes disposiciones,
así también procuren que se publique un directorio para la pastoral de la
familia. En él se deberán establecer ante todo los elementos minimos de
contenido, de duración y de método de los «cursos de preparación», equilibrando
entre ellos los diversos aspectos —doctrinales, pedagógicos, legales y médicos—
que interesan al matrimonio, y estructurándolos de manera que cuantos se
preparen al mismo, además de una profundización intelectual, se sientan
animados a inserirse vitalmente en la comunidad eclesial.
Por más que no sea de menospreciar la necesidad y obligatoriedad de la
preparación inmediata al matrimonio —lo cual sucedería si se dispensase
fácilmente de ella— , sin embargo tal preparación debe ser propuesta y actuada
de manera que su eventual omisión no sea un impedimento para la celebración del
matrimonio.
Celebración
67. El matrimonio cristiano exige por norma una celebración
litúrgica, que exprese de manera social y comunitaria la naturaleza
esencialmente eclesial y sacramental del pacto conyugal entre los bautizados.
En cuanto gesto sacramental de santificación, la celebración del
matrimonio —inserida en la liturgia, culmen de toda la acción de la Iglesia y
fuente de su fuerza santificadora—(166) debe ser de por sí válida, digna y
fructuosa. Se abre aquí un campo amplio para la solicitud pastoral, al objeto
de santisfacer ampliamente las exigencias derivadas de la naturaleza del pacto
conyugal elevado a sacramento y observar además fielmente la disciplina de la
Iglesia en lo referente al libre consentimiento, los impedimentos, la forma
canónica y el rito mismo de la celebración. Este último debe ser sencillo y
digno, según las normas de las competentes autoridades de la Iglesia, a las que
corresponde a su vez —según las circunstancias concretas de tiempo y de lugar y
en conformidad con las normas impartidas por la Sede Apostólica(167)— asumir
eventualmente en la celebración litúrgica aquellos elementos propios de cada
cultura que mejor se prestan a expresar el profundo significado humano y
religioso del pacto conyugal, con tal de que no contengan algo menos
conveniente a la fe y a la moral cristiana.
En cuanto signo, la celebración litúrgica debe llevarse a cabo de
manera que constituya, incluso en su desarrollo exterior, una proclamación de
la Palabra de Dios y una profesión de fe de la comunidad de los creyentes. El
empeño pastoral se expresará aquí con la preparación inteligente y cuidadosa de
la «liturgia de la Palabra» y con la educación a la fe de los que participan en
la celebración, en primer lugar de los que se casan.
En cuanto gesto sacramental de la Iglesia, la celebración litúrgica del
matrimonio debe comprometer a la comunidad cristiana, con la participación
plena, activa y responsable de todos los presentes, según el puesto e
incumbencia de cada uno: los esposos, el sacerdote, los testigos, los padres,
los amigos, los demás fieles, todos los miembros de una asamblea que manifiesta
y vive el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Para la celebración del matrimonio cristiano en el ámbito de las culturas o
tradiciones ancestrales, se sigan los principios anteriormente enunciados.
Celebración del matrimonio y
evangelización de los bautizados no creyentes
68. Precisamente porque en la celebración del sacramento se
reserva una atención especial a las disposiciones morales y espirituales de los
contrayentes, en concreto a su fe, hay que afrontar aquí una dificultad
bastante frecuente, que pueden encontrar los pastores de la Iglesia en el
contexto de nuestra sociedad secularizada.
En efecto, la fe de quien pide desposarse ante la Iglesia puede tener grados
diversos y es deber primario de los pastores hacerla descubrir, nutrirla y
hacerla madurar. Pero ellos deben comprender también las razones que aconsejan
a la Iglesia admitir a la celebración a quien está imperfectamente dispuesto.
El sacramento del matrimonio tiene esta peculiaridad respecto a los otros:
ser el sacramento de una realidad que existe ya en la economía de la creación;
ser el mismo pacto conyugal instituido por el Creador «al principio». La
decisión pues del hombre y de la mujer de casarse según este proyecto divino,
esto es, la decisión de comprometer en su respectivo consentimiento conyugal
toda su vida en un amor indisoluble y en una fidelidad incondicional, implica
realmente, aunque no sea de manera plenamente consciente, una actitud de
obediencia profunda a la voluntad de Dios, que no puede darse sin su gracia.
Ellos quedan ya por tanto inseridos en un verdadero camino de salvación, que la
celebración del sacramento y la inmediata preparación a la misma pueden
completar y llevar a cabo, dada la rectitud de su intención.
Es verdad, por otra parte, que en algunos territorios, motivos de carácter
más bien social que auténticamente religioso impulsan a los novios a pedir
casarse en la iglesia. Esto no es de extrañar. En efecto, el matrimonio no es
un acontecimiento que afecte solamente a quien se casa. Es por su misma
naturaleza un hecho también social que compromete a los esposos ante la
sociedad. Desde siempre su celebración ha sido una fiesta que une a familias y
amigos. De ahí pues que haya también motivos sociales, además de los personales,
en la petición de casarse en la iglesia.
Sin embargo, no se debe olvidar que estos novios, por razón de su bautismo,
están ya realmente inseridos en la Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia y
que, dada su recta intención, han aceptado el proyecto de Dios sobre el
matrimonio y consiguientemente —al menos de manera implicita— acatan lo que la
Iglesia tiene intención de hacer cuando celebra el matrimonio. Por tanto, el
solo hecho de que en esta petición haya motivos también de carácter social, no
justifica un eventual rechazo por parte de los pastores. Por lo demás, como ha
enseñado el Concilio Vaticano II, los sacramentos, con las palabras y los
elementos rituales nutren y robustecen la fe;(168) la fe hacia la cual están ya
orientados en virtud de su rectitud de intención que la gracia de Cristo no
deja de favorecer y sostener.
Querer establecer ulteriores criterios de admisión a la celebración eclesial
del matrimonio, que debieran tener en cuenta el grado de fe de los que están
próximos a contraer matrimonio, comporta además muchos riesgos. En primer lugar
el de pronunciar juicios infundados y discriminatorios; el riesgo además de
suscitar dudas sobre la validez del matrimonio ya celebrado, con grave daño
para la comunidad cristiana y de nuevas inquietudes injustificadas para la
conciencia de los esposos; se caería en el peligro de contestar o de poner en
duda la sacramentalidad de muchos matrimonios de hermanos separados de la plena
comunión con la Iglesia católica, contradiciendo así la tradición eclesial.
Cuando por el contrario, a pesar de los esfuerzos hechos, los contrayentes
dan muestras de rechazar de manera explícita y formal lo que la Iglesia realiza
cuando celebra el matrimonio de bautizados, el pastor de almas no puede
admitirlos a la celebración. Y, aunque no sea de buena gana, tiene obligación
de tomar nota de la situación y de hacer comprender a los interesados que, en
tales circunstancias, no es la Iglesia sino ellos mismos quienes impiden la
celebración que a pesar de todo piden.
Una vez más se presenta en toda su urgencia la necesidad de una
evangelización y catequesis prematrimonial y postmatrimonial puestas en
práctica por toda la comunidad cristiana, para que todo hombre y toda mujer que
se casan, celebren el sacramento del matrimonio no sólo válida sino también
fructuosamente.
Pastoral postmatrimonial
69. El cuidado pastoral de la familia normalmente
constituida significa concretamente el compromiso de todos los elementos que componen
la comunidad eclesial local en ayudar a la pareja a descubrir y a vivir su
nueva vocación y misión. Para que la familia sea cada vez más una verdadera
comunidad de amor, es necesario que sus miembros sean ayudados y formados en su
responsabilidad frente a los nuevos problemas que se presentan, en el servicio
recíproco, en la comparticipación activa a la vida de familia.
Esto vale sobre todo para las familias jóvenes, las cuales, encontrándose en
un contexto de nuevos valores y de nuevas responsabilidades, están más
expuestas, especialmente en los primeros años de matrimonio, a eventuales
dificultades, como las creadas por la adaptación a la vida en común o por el
nacimiento de hijos. Los cónyuges jóvenes sepan acoger cordialmente y valorar
inteligentemente la ayuda discreta, delicada y valiente de otras parejas que
desde hace tiempo tienen ya experiencia del matrimonio y de la familia. De este
modo, en seno a la comunidad eclesial —gran familia formada por familias
cristianas— se actuará un mutuo intercambio de presencia y de ayuda entre todas
las familias, poniendo cada una al servicio de las demás la propia experiencia
humana, así como también los dones de fe y de gracia. Animada por verdadero
espíritu apostólico esta ayuda de familia a familia constituirá una de las
maneras más sencillas, más eficaces y más al alcance de todos para transfundir
capilarmente aquellos valores cristianos, que son el punto de partida y de
llegada de toda cura pastoral. De este modo las jóvenes familias no se
limitarán sólo a recibir, sino que a su vez, ayudadas así, serán fuente de
enriquecimiento para las otras familias, ya desde hace tiempo constituidas, con
su testimonio de vida y su contribución activa.
En la acción pastoral hacia las familias jóvenes, la Iglesia deberá reservar
una atención específica con el fin de educarlas a vivir responsablemente el
amor conyugal en relación con sus exigencias de comunión y de servicio a la
vida, así como a conciliar la intimidad de la vida de casa con la acción común
y generosa para edificación de la Iglesia y la sociedad humana. Cuando, por el
advenimiento de los hijos, la pareja se convierte en familia, en sentido pleno
y específico, la Iglesia estará aún más cercana a los padres para que acojan a
sus hijos y los amen como don recibido del Señor de la vida, asumiendo con
alegría la fatiga de servirlos en su crecimiento humano y cristiano.
II - ESTRUCTURAS DE LA PASTORAL FAMILIAR
La acción pastoral es siempre expresión dinámica de la realidad de la
Iglesia, comprometida en su misión de salvación. También la pastoral familiar
—forma particular y específica de la pastoral— tiene como principio operativo
suyo y como protagonista responsable a la misma Iglesia, a través de sus
estructuras y agentes.
La comunidad eclesial y la parroquia en
particular
70. La Iglesia, comunidad al mismo tiempo salvada y
salvadora, debe ser considerada aquí en su doble dimensión universal y
particular. Esta se expresa y se realiza en la comunidad diocesana, dividida
pastoralmente en comunidades menores entre las que se distingue, por su
peculiar importancia, la parroquia.
La comunión con la Iglesia universal no rebaja, sino que garantiza y
promueve la consistencia y la originalidad de las diversas Iglesias
particulares; éstas permanecen como el sujeto activo más inmediato y eficaz
para la actuación de la pastoral familiar. En este sentido cada Iglesia local
y, en concreto, cada comunidad parroquial debe tomar una conciencia más viva de
la gracia y de la responsabilidad que recibe del Señor, en orden a la promoción
de la pastoral familiar. Los planes de pastoral orgánica, a cualquier nivel, no
deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia.
A la luz de esta responsabilidad hay que entender la importancia de una
adecuada preparación por parte de cuantos se comprometan específicamente en
este tipo de apostolado. Los sacerdotes, religiosos y religiosas, desde la
época de su formación, sean orientados y formados de manera progresiva y
adecuada para sus respectivas tareas. Entre otras iniciativas, me es grato
subrayar la reciente creación en Roma, en la Pontificia Universidad
Lateranense, de un Instituto Superior dedicado al estudio de los problemas de
la Familia. También en algunas diócesis se han fundado Institutos de este tipo;
los Obispos procuren que el mayor número posible de sacerdotes, antes de asumir
responsabilidades parroquiales, frecuenten cursos especializados; en otros
lugares se tienen periódicamente cursos de formación en Institutos Superiores
de estudios teológicos y pastorales. Estas iniciativas sean alentadas,
sostenidas, multiplicadas y estén abiertas, naturalmente, también a los
seglares, que con su labor profesional (médica, legal, psicológica, social y
educativa) prestan su labor en ayuda a la familia.
La familia
71. Pero sobre todo hay que reconocer el puesto singular
que, en este campo, corresponde a lo esposos y a las familias cristianas, en
virtud de la gracia recibida en el sacramento. Su misión debe ponerse al
servicio de la edificación de la Iglesia y de la construcción del Reino de Dios
en la historia. Esto es una exigencia de obediencia dócil a Cristo Señor. Él,
en efecto, en virtud del matrimonio de los bautizados elevado a sacramento
confiere a los esposos cristianos una peculiar misión de apóstoles, enviándolos
como obreros a su viña, y, de manera especial, a este campo de la familia.
En esta actividad ellos actúan en comunión y colaboración con los restantes
miembros de la Iglesia, que también trabajan en favor de la familia, poniendo a
disposición sus dones y ministerios.
Este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia, con
el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos sus aspectos,
con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada para su maduración
en la fe, con la educación en la castidad, con la preparación a la vida, con la
vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y morales por los que
a menudo se ven amenazados, con su gradual y responsable inserción en la
comunidad eclesial y civil, con la asistencia y el consejo en la elección de la
vocación, con la mutua ayuda entre los miembros de la familia para el común
crecimiento humano y cristiano, etc. El apostolado de la familia, por otra
parte, se irradiará con obras de caridad espiritual y material hacia las demás
familias, especialmente a las más necesitadas de ayuda y apoyo, a los pobres,
los enfermos, los ancianos, los minusválidos, los huérfanos, las viudas, los
cónyuges abandonados, las madres solteras y aquellas que en situaciones difíciles
sienten la tentación de deshacerse del fruto de su seno, etc.
Asociaciones de familias para las familias
72. Sin salir del ámbito de la Iglesia, sujeto responsable
de la pastoral familiar, hay que recordar las diversas agrupaciones de fieles,
en las que se manifiesta y se vive de algún modo el misterio de la Iglesia de
Cristo. Por consiguiente, se han de reconocer y valorar —cada una según las
características, finalidades, incidencias y métodos propios— las varias
comunidades eclesiales, grupos y movimientos comprometidos de distintas
maneras, por títulos y a niveles diversos, en la pastoral familiar.
Por este motivo el Sínodo ha reconocido expresamente la aportación de tales
asociaciones de espiritualidad, de formación y de apostolado. Su cometido será
el de suscitar en los fieles un vivo sentido de solidaridad, favorecer una
conducta de vida inspirada en el Evangelio y en la fe de la Iglesia, formar las
conciencias según los valores cristianos y no según los criterios de la opinión
pública, estimular a obras de caridad recíproca y hacia los demás con un
espíritu de apertura, que hace de las familias cristianas una verdadera fuente
de luz y un sano fermento para las demás.
Igualmente es deseable que, con un vivo sentido del bien común, las familias
cristianas se empeñen activamente, a todos los niveles, incluso en asociaciones
no eclesiales. Algunas de estas asociaciones se proponen la preservación, la
transmisión y tutela de los sanos valores éticos y culturales del respectivo
pueblo, el desarrollo de la persona humana, la protección médica, jurídica y
social de la maternidad y de la infancia, la justa promoción de la mujer y la
lucha frente a todo lo que va contra su dignidad, el incremento de la mutua
solidaridad, el conocimiento de los problemas que tienen conexión con la
regulación responsable de la fecundidad, según los métodos naturales conformes
con la dignidad humana y la doctrina de la Iglesia. Otras miran a la
construcción de un mundo más justo y más humano, a la promoción de leyes justas
que favorezcan el recto orden social en el pleno respeto de la dignidad y de la
legítima libertad del individuo y de la familia, a nivel nacional e
internacional, y a la colaboración con la escuela y con las otras instituciones
que completan la educación de los hijos, etc.
III - AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Además de la familia —objeto y sobre todo sujeto de la pastoral familiar—
hay que recordar también los otros agentes principales en este campo concreto.
Obispos y presbíteros
73. El primer responsable de la pastoral familiar en la
diócesis es el obispo. Como Padre y Pastor debe prestar particular solicitud a
este sector, sin duda prioritario, de la pastoral. A él debe dedicar interés,
atención, tiempo, personas, recursos; y sobre todo apoyo personal a las familias
y a cuantos, en las diversas estructuras diocesanas, le ayudan en la pastoral
de la familia. Procurará particularmente que la propia diócesis sea cada vez
más una verdadera «familia diocesana», modelo y fuente de esperanza para tantas
familias que a ella pertenecen. La creación del Pontificio Consejo para la
Familia se ha de ver en este contexto; es un signo de la importancia que yo
atribuyo a la pastoral de la familia en el mundo, para que al mismo tiempo sea
un instrumento eficaz a fin de ayudar a promoverla a todos los niveles.
Los obispos se valen de modo particular de los presbíteros, cuya tarea —como
ha subrayado expresamente el Sínodo— constituye una parte esencial del
ministerio de la Iglesia hacia el matrimonio y la familia. Lo mismo se diga de
aquellos diáconos a los que eventualmente se confíe el cuidado de este sector
pastoral.
Su responsabilidad se extiende no sólo a los problemas morales y litúrgicos,
sino también a los de carácter personal y social. Ellos deben sostener a la
familia en sus dificultades y sufrimientos, acercándose a sus miembros,
ayudándoles a ver su vida a la luz del Evangelio. No es superfluo anotar que de
esta misión, si se ejerce con el debido discernimiento y verdadero espíritu
apostólico, el ministro de la Iglesia saca nuevos estímulos y energías
espirituales aun para la propia vocación y para el ejercicio mismo de su
ministerio.
El sacerdote o el diácono preparados adecuada y seriamente para este
apostolado, deben comportarse constantemente, con respecto a las familias, como
padre, hermano, pastor y maestro, ayudándolas con los recursos de la gracia e
iluminándolas con la luz de la verdad. Por lo tanto, su enseñanza y sus
consejos deben estar siempre en plena consonancia con el Magisterio auténtico
de la Iglesia de modo que ayude al pueblo de Dios a formarse un recto sentido
de la fe, que ha de aplicarse luego en la vida concreta. Esta fidelidad al
Magisterio permitirá también a los sacerdotes lograr una perfecta unidad de
criterios con el fin de evitar ansiedades de conciencia en los fieles.
Pastores y laicado participan dentro de la Iglesia en la misión profética de
Cristo: los laicos, testimoniando la fe con las palabras y con la vida
cristiana; los pastores, discerniendo en tal testimonio lo que es expresión de
fe genuina y lo que no concuerda con ella; la familia, como comunidad
cristiana, con su peculiar participación y testimonio de fe. Se abre así un
diálogo entre los pastores y las familias. Los teólogos y los expertos en
problemas familiares pueden ser de gran ayuda en este diálogo, explicando
exactamente el contenido del Magisterio de la Iglesia y el de la experiencia de
la vida de familia. De esta manera se comprenden mejor las enseñanzas del
Magisterio y se facilita el camino para su progresivo desarrollo. No obstante,
es bueno recordar que la norma próxima y obligatoria en doctrina de fe —incluso
en los problemas de la familia— es competencia del Magisterio jerárquico.
Relaciones claras entre los teólogos, los expertos en problemas familiares y el
Magisterio ayudan no poco a la recta comprensión de la fe y a promover —dentro
de los límites de la misma— el legítimo pluralismo.
Religiosos y religiosas
74. La ayuda que los religiosos, religiosas y almas
consagradas en general, pueden dar al apostolado de la familia encuentra su
primera, fundamental y original expresión precisamente en su consagración a
Dios: «De este modo evocan ellos ante todos los fieles aquel maravilloso
connubio, fundado por Dios y que ha de revelarse plenamente en el siglo futuro,
por el que la Iglesia tiene por esposo único a Cristo».(169) Esa consagración
los convierte en testigos de aquella caridad universal que, por medio de la
castidad abrazada por el Reino de los cielos, les hace cada vez más disponibles
para dedicarse generosamente al servicio divino y a las obras de apostolado.
De ahí deriva la posibilidad de que religiosos y religiosas, miembros de
Institutos seculares y de otros Institutos de perfección, individualmente o
asociados, desarrollen su servicio a las familias, con especial dedicación a
los niños, especialmente a los abandonados, no deseados, huérfanos, pobres o
minusválidos; visitando a las familias y preocupándose de los enfermos;
cultivando relaciones de respeto y de caridad con familias incompletas, en
dificultad o separadas; ofreciendo su propia colaboración en la enseñanza y
asesoramiento para la preparación de los jóvenes al matrimonio, y en la ayuda
que hay que dar a las parejas para una procreación verdaderamente responsable;
abriendo la propia casa a una hospitalidad sencilla y cordial, para que las
familias puedan encontrar el sentido de Dios, el gusto por la oración y el
recogimiento, el ejemplo concreto de una vida vivida en caridad y alegría
fraterna, como miembros de la gran familia de Dios.
Quisiera añadir una exhortación apremiante a los responsables de los
Institutos de vida consagrada, para que consideren —dentro del respeto
sustancial al propio carisma original— el apostolado dirigido a las familias
como una de las tareas prioritarias, requeridas más urgentemente por la
situación actual.
Laicos especializados
75. No poca ayuda pueden prestar a las familias los laicos
especializados (médicos, juristas, psicólogos, asistentes sociales, consejeros,
etc.) que, tanto individualmente como por medio de diversas asociaciones e
iniciativas, ofrecen su obra de iluminación, de consejo, de orientación y
apoyo. A ellos pueden aplicarse las exhortaciones que dirigí a la Confederación
de los Consultores familiares de inspiración cristiana: «El vuestro es un
compromiso que bien merece la calificación de misión, por lo noble que son las
finalidades que persigue, y determinantes para el bien de la sociedad y de la
misma comunidad cristiana los resultados que derivan de ellas... Todo lo que
consigáis hacer en apoyo de la familia está destinado a tener una eficacia que,
sobrepasando su ámbito, alcanza también otras personas e incide sobre la
sociedad. El futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia».(170)
Destinatarios y agentes de la comunicación
social
76. Una palabra aparte se ha de reservar a esta categoría
tan importante en la vida moderna. Es sabido que los instrumentos de
comunicación social «inciden a menudo profundamente, tanto bajo el aspecto afectivo
e intelectual como bajo el aspecto moral y religioso, en el ánimo de cuantos
los usan», especialmente si son jóvenes.(171) Tales medios pueden ejercer un
influjo benéfico en la vida y las costumbres de la familia y en la educación de
los hijos, pero al mismo tiempo esconden también «insidias y peligros no
insignificantes», (172) y podrían convertirse en vehículo —a veces hábil y
sistemáticamente manipulado, como desgraciadamente acontece en diversos países
del mundo— de ideologías disgregadoras y de visiones deformadas de la vida, de
la familia, de la religión, de la moralidad y que no respetan la verdadera
dignidad y el destino del hombre.
Peligro tanto más real, cuanto «el modo de vivir, especialmente en las
naciones más industrializadas, lleva muy a menudo a que las familias se
descarguen de sus responsabilidades educativas, encontrando en la facilidad de
evasión (representada en casa especialmente por la televisión y ciertas
publicaciones) el modo de tener ocupados tiempo y actividad de los niños y
muchachos».(173) De ahí «el deber ... de proteger especialmente a los niños y
muchachos de las "agresiones" que sufren también por parte de los mass-media»,
procurando que el uso de éstos en familia sea regulado cuidadosamente. Con la
misma diligencia la familia debería buscar para sus propios hijos también otras
diversiones más sanas, más útiles y formativas física, moral y espiritualmente
«para potenciar y valorizar el tiempo libre de los adolescentes y orientar sus
energías».(174)
Puesto que además los instrumentos de comunicación social —así como la
escuela y el ambiente— inciden a menudo de manera notable en la formación de
los hijos, los padres, en cuanto receptores, deben hacerse parte activa en el
uso moderado, crítico, vigilante y prudente de tales medios, calculando el
influjo que ejercen sobre los hijos; y deben dar una orientación que permita
«educar la conciencia de los hijos para emitir juicios serenos y objetivos, que
después la guíen en la elección y en el rechazo de los programas propuestos».(175)
Con idéntico empeño los padres tratarán de influir en la elección y
preparación de los mismos programas, manteniéndose —con oportunas iniciativas—
en contacto con los responsables de las diversas fases de la producción y de la
transmisión, para asegurarse que no sean abusivamente olvidados o expresamente
conculcados aquellos valores humanos fundamentales que forman parte del
verdadero bien común de la sociedad, sino que, por el contrario, se difundan
programas aptos para presentar en su justa luz los problemas de la familia y su
adecuada solución. A este respecto, mi predecesor Pablo VI escribía: «Los
productores deben conocer y respetar las exigencias de la familia, y esto
requiere a veces, por parte de ellos, una verdadera valentía, y siempre un alto
sentido de responsabilidad. Ellos, en efecto, están obligados a evitar todo lo
que pueda dañar a la familia en su existencia, en su estabilidad, en su
equilibrio y en su felicidad. Toda ofensa a los valores fundamentales de la
familia —se trate de erotismo o de violencia, de apología del divorcio o de
actitudes antisociales por parte de los jóvenes— es una ofensa al verdadero
bien del hombre».(176)
Yo mismo, en ocasión semejante, ponía de relieve que las familias «deben
poder contar en no pequeña medida con la buena voluntad, rectitud y sentido de
responsabilidad de los profesionales de los mass-media: editores,
escritores, productores, directores, dramaturgos, informadores, comentaristas y
actores».(177) Por consiguiente, es justo que también por parte de la Iglesia
se siga dedicando toda atención a estas categorías de personas, animando y
sosteniendo al mismo tiempo a aquellos católicos que se sienten llamados y
tienen cualidades para trabajar en estos delicados sectores.
IV. - LA PASTORAL FAMILIAR EN LOS CASOS
DIFÍCILES
Circunstancias particulares
77. Es necesario un empeño pastoral todavía más generoso,
inteligente y prudente, a ejemplo del Buen Pastor, hacia aquellas familias que
—a menudo e independientemente de la propia voluntad, o apremiados por otras
exigencias de distinta naturaleza— tienen que afrontar situaciones
objetivamente difíciles.
A este respecto hay que llamar especialmente la atención sobre algunas
categorías particulares de personas, que tienen mayor necesidad no sólo de
asistencia, sino de una acción más incisiva ante la opinión pública y sobre
todo ante las estructuras culturales, profundas de sus dificultades.
Estas son, por ejemplo, las familias de los emigrantes por motivos
laborales; las familias de cuantos están obligados a largas ausencias, como los
militares, los navegantes, los viajeros de cualquier tipo; las familias de los
presos, de los prófugos y de los exiliados; las familias que en las grandes
ciudades viven prácticamente marginadas; las que no tienen casa; las incompletas
o con uno solo de los padres; las familias con hijos minusválidos o drogados;
las familias de alcoholizados; las desarraigadas de su ambiente culturaI y
social o en peligro de perderlo; las discriminadas por motivos políticos o por
otras razones; las familias ideológicamente divididas; las que no consiguen
tener fácilmente un contacto con la parroquia; las que sufren violencia o
tratos injustos a causa de la propia fe; las formadas por esposos menores de
edad; los ancianos, obligados no raramente a vivir en soledad o sin adecuados
medios de subsistencia.
Las familias de emigrantes, especialmente tratándose de obreros y
campesinos, deben tener la posibilidad de encontrar siempre en la Iglesia su
patria. Esta es una tarea connatural a la Iglesia, dado que es signo de unidad
en la diversidad. En cuanto sea posible estén asistidos por sacerdotes de su
mismo rito, cultura e idioma. Corresponde igualmente a la Iglesia hacer una
llamada a la conciencia pública y a cuantos tienen autoridad en la vida social,
económica y política, para que los obreros encuentren trabajo en su propia
región y patria, sean retribuidos con un justo salario, las familias vuelvan a
reunirse lo antes posible, sea tenida en consideración su identidad cultural,
sean tratadas igual que las otras, y a sus hijos se les dé la oportunidad de la
formación profesional y del ejercicio de la profesión, así como de la posesión
de la tierra necesaria para trabajar y vivir.
Un problema difícil es el de las familias ideológicamente divididas. En
estos casos se requiere una particular atención pastoral. Sobre todo hay que
mantener con discreción un contacto personal con estas familias. Los creyentes
deben ser fortalecidos en la fe y sostenidos en la vida cristiana. Aunque la
parte fiel al catolicismo no puede ceder, no obstante, hay que mantener siempre
vivo el diálogo con la otra parte. Deben multiplicarse las manifestaciones de
amor y respeto, con la viva esperanza de mantener firme la unidad. Mucho
depende también de las relaciones entre padres e hijos. Las ideologías extrañas
a la fe pueden estimular a los miembros creyentes de la familia a crecer en la
fe y en el testimonio de amor.
Otros momentos difíciles en los que la familia tiene necesidad de la ayuda
de la comunidad eclesial y de sus pastores pueden ser: la adolescencia
inquieta, contestadora y a veces problematizada de los hijos; su matrimonio que
les separa de la familia de origen; la incomprensión o la falta de amor por
parte de las personas más queridas; el abandono por parte del cónyuge o su pérdida,
que abre la dolorosa experiencia de la viudez, de la muerte de un familiar, que
mutila y transforma en profundidad el núcleo original de la familia.
Igualmente no puede ser descuidado por la Iglesia el período de la
ancianidad, con todos sus contenidos positivos y negativos: la posible
profundización del amor conyugal cada vez más purificado y ennoblecido por una
larga e ininterrumpida fidelidad; la disponibilidad a poner en favor de los
demás, de forma nueva, la bondad y la cordura acumulada y las energías que
quedan; la dura soledad, a menudo más psicológica y afectiva que física, por el
eventual abandono o por una insuficiente atención por parte de los hijos y de
los parientes; el sufrimiento a causa de enfermedad, por el progresivo
decaimiento de las fuerzas, por la humillación de tener que depender de otros,
por la amargura de sentirse como un peso para los suyos, por el acercarse de
los últimos momentos de la vida. Son éstas las ocasiones en las que —como han
sugerido los Padres Sinodales— más fácilmente se pueden hacer comprender y
vivir los aspectos elevados de la espiritualidad matrimonial y familiar, que se
inspiran en el valor de la cruz y resurrección de Cristo, fuente de
santificación y de profunda alegría en la vida diaria, en la perspectiva de las
grandes realidades escatológicas de la vida eterna.
En estas diversas situaciones no se descuide jamás la oración, fuente de luz
y de fuerza, y alimento de la esperanza cristiana.
Matrimonios mixtos
78. El número creciente de matrimonios entre católicos y
otros bautizados requiere también una peculiar atención pastoral a la luz de
las orientaciones y normas contenidas en los recientes documentos de la Santa
Sede y en los elaborados por las Conferencias Episcopales, para facilitar su
aplicación concreta en las diversas situaciones.
Las parejas que viven en matrimonio mixto presentan peculiares exigencias
que pueden reducirse a tres apartados principales.
Hay que considerar ante todo las obligaciones de la parte católica que
derivan de la fe, en lo concerniente al libre ejercicio de la misma y a la
consecuente obligación de procurar, según las propias posibilidades, bautizar y
educar los hijos en la fe católica.(178)
Hay que tener presentes las particulares dificultades inherentes a las
relaciones entre marido y mujer, en lo referente al respeto de la libertad
religiosa; ésta puede ser violada tanto por presiones indebidas para lograr el
cambio de las convicciones religiosas de la otra parte, como por impedimentos
puestos a la manifestación libre de las mismas en la práctica religiosa.
En lo referente a la forma litúrgica y canónica del matrimonio, los
Ordinarios pueden hacer uso ampliamente de sus facultades por varios motivos.
Al tratar de estas exigencias especiales hay que poner atención en estos puntos:
- en la preparación concreta
a este tipo de matrimonio, debe realizarse todo esfuerzo razonable para
hacer comprender la doctrina católica sobre las cualidades y exigencias
del matrimonio, así como para asegurarse de que en el futuro no se
verifiquen las presiones y los obstáculos, de los que antes se ha hablado.
- es de suma importancia que,
con el apoyo de la comunidad, la parte católica sea fortalecida en su fe y
ayudada positivamente a madurar en la comprensión y en la práctica de la
misma, de manera que llegue a ser verdadero testigo creíble dentro de la
familia, a través de la vida misma y de la calidad del amor demostrado al
otro cónyuge y a los hijos.
Los matrimonios entre católicos y otros bautizados presentan aun en su particular
fisonomía numerosos elementos que es necesario valorar y desarrollar, tanto por
su valor intrínseco, como por la aportación que pueden dar al movimiento
ecuménico. Esto es verdad sobre todo cuando los dos cónyuges son fieles a sus
deberes religiosos. El bautismo común y el dinamismo de la gracia procuran a
los esposos, en estos matrimonios, la base y las motivaciones para compartir su
unidad en la esfera de los valores morales y espirituales.
A tal fin, aun para poner en evidencia la importancia ecuménica de este
matrimonio mixto, vivido plenamente en la fe por los dos cónyuges cristianos,
se debe buscar —aunque esto no sea siempre fácil— una colaboración cordial
entre el ministro católico y el no católico, desde el tiempo de la preparación
al matrimonio y a la boda.
Respecto a la participación del cónyuge no católico en la comunión
eucarística, obsérvense las normas impartidas por el Secretariado para la Unión
de los Cristianos.(179)
En varias partes del mundo se asiste hoy al aumento del número de
matrimonios entre católicos y no bautizados. En muchos de ellos, el cónyuge no
bautizado profesa otra religión, y sus convicciones deben ser tratadas con
respeto, de acuerdo con los principios de la Declaración Nostra aetate del Concilio Ecuménico Vaticano
II sobre las relaciones con las religiones no cristianas; en no pocos otros
casos, especialmente en las sociedades secularizadas, la persona no bautizada
no profesa religión alguna. Para estos matrimonios es necesario que las
Conferencias Episcopales y cada uno de los obispos tomen adecuadas medidas
pastorales, encaminadas a garantizar la defensa de la fe del cónyuge católico y
la tutela del libre ejercicio de la misma, sobre todo en lo que se refiere al
deber de hacer todo lo posible para que los hijos sean bautizados y educados
católicamente. El cónyuge católico debe además ser ayudado con todos los medios
en su obligación de dar, dentro de la familia, un testimonio genuino de fe y
vida católica.
Acción pastoral frente a algunas
situaciones irregulares
79. En su solicitud por tutelar la familia en toda su
dimensión, no sólo la religiosa, el Sínodo no ha dejado de considerar
atentamente algunas situaciones irregulares, desde el punto de vista religioso
y con frecuencia también civil, que —con las actuales y rápidas
transformaciones culturales— se van difundiendo por desgracia también entre los
católicos con no leve daño de la misma institución familiar y de la sociedad,
de la que ella es la célula fundamental.
a) Matrimonio a prueba
80. Una primera situación irregular es la del llamado
«matrimonio a prueba» o experimental, que muchos quieren hoy justificar,
atribuyéndole un cierto valor. La misma razón humana insinúa ya su no
aceptabilidad, indicando que es poco convincente que se haga un «experimento»
tratándose de personas humanas, cuya dignidad exige que sean siempre y
únicamente término de un amor de donación, sin límite alguno ni de tiempo ni de
otras circunstancias.
La Iglesia por su parte no puede admitir tal tipo de unión por motivos
ulteriores y originales derivados de la fe. En efecto, por una parte el don del
cuerpo en la relación sexual es el símbolo real de la donación de toda la
persona; por lo demás, en la situación actual tal donación no puede realizarse
con plena verdad sin el concurso del amor de caridad dado por Cristo. Por otra
parte, el matrimonio entre dos bautizados es el símbolo real de la unión de
Cristo con la Iglesia, una unión no temporal o «ad experimentum», sino fiel
eternamente; por tanto, entre dos bautizados no puede haber más que un
matrimonio indisoluble.
Esta situación no puede ser superada de ordinario, si la persona humana no
ha sido educada —ya desde la infancia, con la ayuda de la gracia de Cristo y no
por temor— a dominar la concupiscencia naciente e instaurar con los demás
relaciones de amor genuino. Esto no se consigue sin una verdadera educación en
el amor auténtico y en el recto uso de la sexualidad, de tal manera que
introduzca a la persona humana —en todas sus dimensiones, y por consiguiente
también en lo que se refiere al propio cuerpo— en la plenitud del misterio de
Cristo.
Será muy útil preguntarse acerca de las causas de este fenómeno, incluidos
los aspectos psicológicos, para encontrar una adecuada solución.
b) Uniones libres de hecho
81. Se trata de uniones sin algún vínculo institucional
públicamente reconocido, ni civil ni religioso. Este fenómeno, cada vez más
frecuente, ha de llamar la atención de los pastores de almas, ya que en el
mismo puede haber elementos varios, actuando sobre los cuales será quizá posible
limitar sus consecuencias.
En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles situaciones
—económicas, culturales y religiosas— en cuanto que, contrayendo matrimonio
regular, quedarían expuestos a daños, a la pérdida de ventajas económicas, a
discriminaciones, etc. En otros, por el contrario, se encuentra una actitud de
desprecio, contestación o rechazo de la sociedad, de la institución familiar,
de la organización socio-política o de la mera búsqueda del placer. Otros,
finalmente, son empujados por la extrema ignorancia y pobreza, a veces por
condicionamientos debidos a situaciones de verdadera injusticia, o también por
una cierta inmadurez psicológica que les hace sentir la incertidumbre o el
temor de atarse con un vínculo estable y definitivo. En algunos países las
costumbres tradicionales prevén el matrimonio verdadero y propio solamente
después de un período de cohabitación y después del nacimiento del primer hijo.
Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia serios problemas pastorales,
por las graves consecuencias religiosas y morales que de ellos derivan (pérdida
del sentido religioso del matrimonio visto a la luz de la Alianza de Dios con
su pueblo, privación de la gracia del sacramento, grave escándalo), así como
también por las consecuencias sociales (destrucción del concepto de familia,
atenuación del sentido de fidelidad incluso hacia la sociedad, posibles traumas
psicológicos en los hijos y afirmación del egoísmo).
Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por conocer tales
situaciones y sus causas concretas, caso por caso; se acercarán a los que
conviven, con discreción y respeto; se empeñarán en una acción de iluminación
paciente, de corrección caritativa y de testimonio familiar cristiano que pueda
allanarles el camino hacia la regularización de su situación. Pero, sobre todo,
adelántense enseñándoles a cultivar el sentido de la fidelidad en la educación
moral y religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y
estructuras que favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera
libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles comprender la
rica realidad humana y sobrenatural del matrimonio-sacramento.
El pueblo de Dios se esfuerce también ante las autoridades públicas para que
—resistiendo a las tendencias disgregadoras de la misma sociedad y nocivas para
la dignidad, seguridad y bienestar de los ciudadanos— procuren que la opinión
pública no sea llevada a menospreciar la importancia institucional del
matrimonio y de la familia. Y dado que en muchas regiones, a causa de la
extrema pobreza derivada de unas estructuras socio-económicas injustas o
inadecuadas, los jóvenes no están en condiciones de casarse como conviene, la
sociedad y las autoridades públicas favorezcan el matrimonio legítimo a través
de una serie de intervenciones sociales y políticas, garantizando el salario
familiar, emanando disposiciones para una vivienda apta a la vida familiar y
creando posibilidades adecuadas de trabajo y de vida.
c) Católicos unidos con mero matrimonio civil
82. Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por
motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil,
rechazando o, por lo menos, diferiendo el religioso. Su situación no puede
equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en
ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá
estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un
eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del vínculo por parte del
Estado, tales parejas demuestran una disposición a asumir, junto con las
ventajas, también las obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es
aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la
necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e
intentará hacer lo posible para convencer a estas personas a regular su propia
situación a la luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran
caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los
pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos.
d) Separados y divorciados no casados de nuevo
83. Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas,
incapacidad de abrirse a las relaciones interpersonales, etc pueden conducir
dolorosamente el matrimonio válido a una ruptura con frecuencia irreparable.
Obviamente la separación debe considerarse como un remedio extremo, después de
que cualquier intento razonable haya sido inútil.
La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del cónyuge separado,
especialmente si es inocente. En este caso la comunidad eclesial debe
particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda
concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la
difícil situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del
perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente
la vida conyugal anterior.
Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero
que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se
deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento
prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana.
En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un
particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía
más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin
que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos.
e) Divorciados casados de nuevo
84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien
ha recurrido al divorcio tiene normalmente la intención de pasar a una nueva
unión, obviamente sin el rito religioso católico. Tratándose de una plaga que,
como otras, invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos, el
problema debe afrontarse con atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo
han estudiado expresamente. La Iglesia, en efecto, instituida para conducir a
la salvación a todos los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede
abandonar a sí mismos a quienes —unidos ya con el vínculo matrimonial
sacramental— han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto procurará
infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación.
Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las
situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han
esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo
injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio
canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión
en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en
conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no
había sido nunca válido.
En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la
comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con
solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun
debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a
escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a
perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas
de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe
cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de
este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime,
se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la
esperanza.
La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su
práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra
vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación
de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia,
significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si
se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a
error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad
del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el
camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que,
arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a
Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la
indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el
hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los
hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso
de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los
esposos».(180)
Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos
esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo
pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias
de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales
ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias
sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la
indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.
Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a
su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos
suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados
por su cónyuge legítimo.
La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado
del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios la gracia
de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la
penitencia y en la caridad.
Los privados de familia
85. Deseo añadir una palabra en favor de una categoría de
personas que, por la situación concreta en la que viven —a menudo no por
voluntad deliberada— considero especialmente cercanas al Corazón de Cristo,
dignas del afecto y solicitud activa de la Iglesia, así como de los pastores.
Hay en el mundo muchas personas que desgraciadamente no tienen en absoluto
lo que con propiedad se llama una familia. Grandes sectores de la humanidad
viven en condiciones de enorme pobreza, donde la promiscuidad, la falta de
vivienda, la irregularidad de relaciones y la grave carencia de cultura no
permiten poder hablar de verdadera familia. Hay otras personas que por motivos
diversos se han quedado solas en el mundo. Sin embargo para todas ellas existe
una «buena nueva de la familia».
Teniendo presentes a los que viven en extrema pobreza, he hablado ya de la
necesidad urgente de trabajar con valentía para encontrar soluciones, también a
nivel político, que permitan ayudarles a superar esta condición inhumana de
postración. Es un deber que incumbe solidariamente a toda la sociedad, pero de
manera especial a las autoridades, por razón de sus cargos y consecuentes
responsabilidades, así como a las familias que deben demostrar gran comprensión
y voluntad de ayuda.
A los que no tienen una familia natural, hay que abrirles todavía más las
puertas de la gran familia que es la Iglesia, la cual se concreta a su vez en
la familia diocesana y parroquial, en las comunidades eclesiales de base o en
los movimientos apostólicos. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la
Iglesia es casa y familia para todos, especialmente para cuantos están
fatigados y cargados.(181)
CONCLUSIÓN
86. A vosotros esposos, a vosotros padres y madres de
familia.
A vosotros, jóvenes, que sois el futuro y la esperanza de la Iglesia y del
mundo, y seréis los responsables de la familia en el tercer milenio que se
acerca.
A vosotros, venerables y queridos hermanos en el Episcopado y en el
sacerdocio, queridos hijos religiosos y religiosas, almas consagradas al Señor,
que testimoniáis a los esposos la realidad última del amor de Dios.
A vosotros, hombres de sentimientos rectos, que por diversas motivaciones os
preocupáis por el futuro de la familia, se dirige con anhelante solicitud mi
pensamiento al final de esta Exhortación Apostólica.
¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!
Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena
voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la
familia.
A este respecto, siento el deber de pedir un empeño particular a los hijos
de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen plenamente el designio
maravilloso de Dios, tienen una razón de más para tomar con todo interés la
realidad de la familia en este tiempo de prueba y de gracia.
Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una consigna
concreta y exigente.
Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades,
promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y
males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa
esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una
forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia
tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones
de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la
misión que Dios le ha confiado: «Es necesario que las familias de nuestro
tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo».(182)
Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar con alegría y
convicción la «buena nueva» sobre la familia, que tiene absoluta necesidad
de escuchar siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las palabras auténticas
que le revelan su identidad, sus recursos interiores, la importancia de su
misión en la Ciudad de los hombres y en la de Dios.
La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al fondo de
su más íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido en la escuela de
Cristo y en el de la historia, —interpretada a la luz del Espíritu— no lo
impone, sino que siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin
temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que la «buena
nueva» conoce el lenguaje de la Cruz. Porque es a través de ella como la
familia puede llegar a la plenitud de su ser y a la perfección del amor.
Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y
valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su
responsabilidad al servicio de la familia. Cuantos se consagran a su bien
dentro de la Iglesia, en su nombre o inspirados por ella, ya sean individuos o
grupos, movimientos o asociaciones, encuentran frecuentemente a su lado
personas e instituciones diversas que trabajan por el mismo ideal. Con
fidelidad a los valores del Evangelio y del hombre, y con respeto a un legítimo
pluralismo de iniciativas, esta colaboración podrá favorecer una promoción más
rápida e integral de la familia.
Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que quiere llamar la atención de
todos sobre el cometido pesado pero atractivo de la familia cristiana, deseo
invocar la protección de la Sagrada Familia de Nazaret.
Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo
de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas.
Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y
silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza,
la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente
alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas
las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que
sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente
a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios
sobre ellas.
Que San José, «hombre justo», trabajador incansable, custodio integérrimo de
los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre.
Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la
«Iglesia doméstica», y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana
pueda llegar a ser verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se refleje y
reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor,
ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre
Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las
lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.
Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente como
en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza. A
Él, en el día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia sepa dar
generosamente su aportación original para la venida de su Reino al mundo,
«Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia,
de amor y de paz»(183) hacia el cual está caminando la historia.
A Cristo, a María y a José encomiendo cada familia. En sus manos y en su
corazón pongo esta Exhortación: que ellos os la ofrezcan a vosotros, venerables
Hermanos y amadísimos hijos, y abran vuestros corazones a la luz que el
Evangelio irradia sobre cada familia.
Asegurándoos mi constante recuerdo en la plegaria, imparto de corazón a
todos y cada uno, la Bendición Apostólica, en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de noviembre, solemnidad de
Jesucristo, Rey del Universo, del año 1981, cuarto de mi Pontificado.
______________
NOTAS
1. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 52.
2. Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo de los
Obispos, 2 (26 de septiembre de 1980): AAS 72 (1980), 1008.
3. Cfr. Gén 1-2.
4. Cfr. Ef 5.
5. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 47; Juan Pablo
II, Carta Appropinquat iam, 1 (15 de agosto de 1980): AAS 72
(1980), 791.
6. Cfr. Mt 19, 4.
7. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 47.
8. Cfr. Juan Pablo II, Discurso al Consejo de la Secretaría General del
Sínodo de los Obispos (23 de febrero de 1980): Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, III, 1 (1980), 472-476.
9. Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 4.
10. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 12.
11. Cfr. 1Jn 2,
20.
12. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
35.
13. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 12; Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, 2: AAS 65
(1973), 398-400.
14. Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 12; Const. dogmática sobre la
divina revelación Dei verbum, 10.
15. Cfr. Juan Pablo II, Homilía para la apertura del VI Sínodo de los
Obispos 3 (26 de septiembre del 1980): AAS 72 (1980), 1008.
16. Cfr. S. Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CSEL 40 II, 56
s.
17. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
15.
18. Cfr. Ef 3, 8,
Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 44; Decr. sobre la actividad
misionera de la Iglesia Ad gentes, 15 y
22.
19. Cfr. Mt 19, 4 ss.
20. Cfr. Gn 1, 26 s.
21. 1Jn 4, 8.
22. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 12.
23. Ibid 48.
24. Cfr. por ej. Os, 2, 21; Jr 3, 6-13; Is 54.
25. Cfr Ez 16, 25.
26. Cfr. Os 3.
27. Cfr. Gn 2, 24;
Mt 19, 5.
28. Cfr. Ef 5, 32 s.
29. Tertuliano, Ad uxorem, II, VIII, 6-8: CCL, I, 393.
30. Cfr. Conc. Ecum. Trident Sessio XXIV, can. 1: I. D. Mansi, Sacrorum
Conciliorum Nova et Amplissima Collectio, 33, 149 s.
31. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 48.
32. Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de Liaison des
Equipes de Recherche», 3 (3 de noviembre de 1979): Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, II, 2 (1979), 1032.
33. Ibid 4: 1. c p. 1032.
34. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 50.
35. Cfr. Gn 2, 24.
36. Ef 3, 15.
37. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 78.
38. S. Juan Crisóstomo, La Virginidad, X: PG 48, 540.
39. Cfr. Mt 22, 30.
40. Cfr 1Co 7, 32
s.
41. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de la vida
religiosa Perfectae caritatis, 12.
42. Cfr. Pío XII, Cart. Enc. Sacra virginitas, II: AAS 46
(1954), 174 ss.
43. Cfr. Juan Pablo II, Carta Novo incipiente, 9 (8 de abril de
1979): AAS 71 (1979), 410 s.
44. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 48.
45. Juan Pablo II, Cart. Enc. Redemptor Hominis, 10:
AAS 71 (1979) 274.
46. Mt 19, 6;
cfr. Gn 2, 24.
47. Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los esposos, 4 (Kinshasa, 3 de mayo de
1980): AAS 72 (1980), 426 s.
48. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,
49; cfr. Juan Pablo II, Discurso a los
esposos, 4 (Kinshasa, 3 de mayo de 1980): l.c.
49. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 48.
50. Cfr. Ef 5, 25.
51. Cfr. Mt 19, 8.
52. Ap 3, 14.
53. Cfr. 2Co 1,
20.
54. Cfr. Jn 13, 1.
55. Mt 19, 6.
56. Rm 8, 29.
57. Summa Theologiae, IIa-IIae, 14, 2, ad 4.
58. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
11, cfr. Decr. sobre el apostolado de los
seglares Apostolicam actuositatem, 11.
59. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 52.
60. Cfr. Ef 6, 1-4;
Co 3, 20 s.
61. Cfr. Conc. Ecum. Vat, II, Const. pastoral sobre la-Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 48.
62. Jn 17, 21.
63. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 24.
64. Gn 1, 27.
65. Gál 3, 26.28.
66. Cfr. Juan Pablo II, Cart. Enc. Laborem Exercens, 19 AAS 73 (1981), 625.
67. Gn 2, 18.
68. Ibid 2, 23.
69. S. Ambrosio, Exameron, V, 7, 19: CSEL 32, I, 154.
70. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60 (1968), 486.
71. Cfr. Ef 5, 25.
72. Cfr. Juan Pablo II, Homilía a los fieles de Terni, 3-5 (19 de marzo de
1981): AAS 73 (1981), 268-271.
73. Cfr. Ef 3, 15.
74. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 52.
75. Lc 18, 16;
cfr. Mt 19, 14; Mc 10, 14.
76. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 21
(2 de octubre del 1979): AAS 71(1979), 1159.
77. Lc 2, 52.
78. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 48.
79. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el «International Forum
on Active Aging», 5 (5 de septiembre de 1980) Insegnamenti di Giovanni Paolo
II, III, 2 (1980), 539.
80. Gn 1, 28.
81. Cfr. Ibid. 5, 1-3.
82. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 50.
83. Propositio 22. La conclusión del n. 11 de la Encíclica Humanae
vitae afirma: «La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de
la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier
acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» («ut quilibet
matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus permaneat »): AAS
60 (1968), 488.
84. Cfr. 2Co 1,
19; Ap 3, 14.
85. Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las Familias cristianas en
el mundo contemporáneo, 5 (24 de octubre del 1980): L'Osservatore Romano
en lengua española (2 de noviembre del 1980).
86. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 51.
87. Cart. Enc. Humanae vitae, 7: AAS 60 (1968), 485.
88. Ibid 12: l.c 488 s.
89. Ibid 14: l.c 489.
90. Ibid 13: l.c 489.
91. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 51.
92. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 29: AAS 60 (1968),
501.
93. Cfr. Ibid 25: l.c 498 s.
94. Ibid 21: l.c 496.
95. Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8
(25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1083.
96. Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 28: AAS 60
(1968), 501.
97. Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del «Centre de Liaison des
Equipes de Recherche», 9 (3 de noviembre de 1979): Insegnamenti di Giovanni
Paolo II, II, 2 (1979), 1035, cfr. también Discurso a los Participantes en
el Congreso Internacional de la Familia de Africa y de Europa, 1 s. (15 de
enero de 1981): L'Osservatore Romano en lengua española, 1 de febrero de
1981.
98. Cart Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60 (1968), 499.
99. Decl. sobre la educación cristiana de la juventud Gravissimum
educationis, 3.
100. Conc Ecum. Vat II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium
et spes, 35.
101. Santo Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, IV, 58.
102.Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la
juventud Gravissimum educationis, 2.
103. Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 71: AAS 68 (1976), 60 s.
104. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la
juventud Gravissimum educationis, 3.
105. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 11.
106. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 52.
107. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 11.
108. Rm 12, 13.
109. Mt 10, 42.
110. Cfr. Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 30.
111. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la libertad religiosa Dignitatis
humanae, 5.
112. Cfr. Propositio 42.
113. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
31.
114. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
11; Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 11; Juan Pablo II, Homilía
para la apertura del VI Sínodo de los Obispos, 3 (26 de septiembre de 1980): AAS
72 (1980), 1008.
115. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
11.
116. Cfr. Ibid 41.
117. Hch 4, 32
118. Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 9: AAS 60
(1968), 486 s.
119. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 48.
120. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la divina revelación Dei
verbum, 1.
121. Cfr. Rm 16,
26.
122. Cfr. Pablo VI, Cart. Enc. Humanae vitae, 25: AAS 60
(1968), 498.
123. Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 71: AAS 68 (1976), 60 s.
124. Cfr. Discurso a la III Asamblea General de los Obispos de América
Latina, IV, a (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), 204.
125. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
35.
126. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Catechesi Tradendae, 68: AAS 71 (1979), 1334.
127. Cfr. Ibid 36: l.c 1308.
128. Cfr. 1Co 12,
4-6; Ef 4, 12 s.
129. Mc 16, 15.
130. Cfr. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 11.
131. Hch 1, 8.
132. Cfr. 1 P 3, 1 s.
133. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 35; Decr. sobre el apostolado de
los seglares Apostolicam actuositatem, 11.
134. Cfr. Act 18; Rm 16, 3 s.
135. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la actividad misionera de la
Iglesia Ad gentes, 39.
136. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 30.
137. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 10.
138. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 49.
139. Ibid 48.
140. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen
gentium, 41.
141. Conc. Ecum. Vat. lI, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
concilium, 59.
142. Cfr. 1 P 2, 5; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la
Iglesia Lumen gentium, 34.
143. Conc Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
34.
144. Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 78.
145. Cfr. Jn 19,
34.
146. N. 25: AAS 60 (1968), 499.
147. Ef 2, 4.
148. Cfr. Juan Pablo II, Cart. Encíclica Dives in Misericordia, 13: AAS 72 (1980), 1218 s.
149. 1 P 2, 5.
150. Mt 18,
19 s.
151. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana de la juventud Gravissimum
educationis, 3; cfr. Juan Pablo II,
Exhort. Ap. Catechesi Tradendae, 36: AAS 71 (1979), 1308.
152. Discurso en la Audiencia general (11 de agosto de 1976): Insegnamenti
di Paolo VI, XIV (1976), 640.
153. Cfr. Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum concilium, 12.
154. Cfr. Institutio Generalis de Liturgia Horarum, 27.
155. Pablo VI, Exhort. Ap. Marialis cultus, 52-54: AAS 66
(1974), 160 s.
156. Juan Pablo II, Discurso en el Santuario de la Mentorella (29 de octubre
de 1978): Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978), 78 s.
157. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam
actuositatem, 4.
158. Cfr. Juan Pablo I, Discurso a los Obispos de la XII Región Pastoral de
los Estados Unidos de América (21 de septiembre de 1978): AAS 70 (1978),
767.
159. Rm 8, 2.
160. Ibid 5, 5.
161. Cfr. Mc 10,
45.
162. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium,
36.
163. Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem,
8.
164. Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las familias cristianas en el
mundo contemporáneo, 12: L'Osservatore Romano en lengua española (26 de
octubre de 1980).
165. Cfr. Juan Pablo II, Discurso a la III Asamblea General de los Obispos
de América Latina, IV a (28 de enero de 1979): AAS 71 (1979), 204.
166. Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
concilium, 10.
167. Cfr. Ordo celebrandi matrimonium, 17.
168. Cfr. Conc. Ecum Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
concilium, 59.
169. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre la adecuada renovación de la vida
religiosa Perfectae caritatis, 12.
170. N. 3-4 (29 de noviembre del 1980): Insegnamenti di Giovanni Paolo II,
III, 2 (1980), 1453 s.
171. Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones Sociales (7
de abril de 1969): AAS 61 (1969), 455.
172. Juan Pablo II, Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales (1 de mayo del 1980): Insegnamenti di Giovanni Paolo
II, III, I (1980), 1042.
173. Juan Pablo II, Mensaje para la XV Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales, 5: L'Osservatore Romano en lengua española, 31 de mayo de
1981.
174. Ibid.
175. Pablo VI, Mensaje para la III Jornada de las Comunicaciones Sociales: AAS
61 (1969), 456.
176. Ibid.
177. Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: Insegnamenti
di Giovanni Paolo II, III, 1 (1980), 1044.
178. Cfr. Pablo VI, Motu Proprio Matrimonia mixta, 4-5: AAS 62
(1970), 257 ss. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la reunión plenaria
del Secretariado para la Unión de los Cristianos (13 noviembre de 1981): L'Osservatore
Romano (14 de noviembre de 1981).
179. Instr. In quibus rerum circumstantiis (15 de junio de 1972): AAS
64 (1972), 518-525; Nota del 17 de octubre de 1973: AAS 65 (1973),
616-619.
180. Juan Pablo II, Homilía para la clausura dd VI Sínodo de los Obispos, 7
(25 de octubre de 1980): AAS 72 (1980), 1082.
181. Cfr. Mt 11,
28.
182. Juan Pablo II, Carta Appropinquat iam, 1 (15 de agosto de 1980):
AAS 72 (1980), 791.
183. Prefacio de la Misa de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del
Universo.