EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
POSTSINODAL
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
«Ecclesia in Africa»
AL EPISCOPADO
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA IGLESIA EN ÁFRICA
Y SU MISIÓN EVANGELIZADORA
HACIA EL AÑO 2000
INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia que está en África celebró con alegría y
esperanza, durante cuatro semanas, su fe en Cristo resucitado, en el curso de la
Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos. Su recuerdo permanece
aún vivo en toda la Comunidad eclesial.
Fieles a la tradición de los primeros siglos del Cristianismo en África, los
Pastores de este continente, en comunión con el Sucesor del apóstol Pedro y los
miembros del Colegio episcopal procedentes de otras regiones del mundo,
celebraron un Sínodo que se presentó como acontecimiento de esperanza y de
resurrección, en el momento mismo en que las vicisitudes humanas parecían más
bien empujar a África hacia el desánimo y la desesperación.
Los Padres Sinodales, asistidos por cualificados representantes del clero,
de los religiosos y del laicado, examinaron detenidamente y con realismo las
luces y las sombras, los desafíos y las perspectivas de la evangelización en
África, al aproximarse el tercer milenio de la fe cristiana.
Los miembros de la Asamblea sinodal me han pedido que dé a conocer a toda la
Iglesia los frutos de sus reflexiones y de sus oraciones, de sus discusiones y
de sus intercambios.1Con alegría y gratitud al Señor he acogido esta petición,
y hoy, en el momento mismo en que, en comunión con los Pastores y los fieles de
la Iglesia católica en África, abro la fase celebrativa de la Asamblea especial
para África, hago público el texto de esta Exhortación apostólica postsinodal,
que es fruto de un trabajo colegial intenso y prolongado.
Pero antes de entrar en la exposición de cuanto se maduró durante el Sínodo,
considero oportuno mencionar, aunque sea velozmente, las distintas fases de un
acontecimiento tan decisivo para la Iglesia en África.
El Concilio
2. El Concilio Ecuménico Vaticano II
puede considerarse ciertamente, desde el punto de vista de la historia de la
salvación, como la piedra angular de este siglo, próximo ya a desembocar en el
tercer milenio. En el marco de ese gran acontecimiento, la Iglesia de Dios que
está en África vivió, por su parte, auténticos momentos de gracia. En efecto,
la idea de un encuentro, bajo una forma u otra, de los Obispos de África para
dialogar sobre la evangelización del continente, se remonta al período del
Concilio. Aquel acontecimiento histórico fue verdaderamente el crisol de la
colegialidad y una expresión peculiar de la comunión afectiva y efectiva
del episcopado mundial. Los Obispos, en esa ocasión, trataron de señalar
los instrumentos adecuados para compartir mejor y hacer más eficaz su solicitud
por todas las Iglesias (cf. 2Co 11, 28)
y comenzaron a proponer, con ese fin, las estructuras oportunas a nivel
nacional, regional y continental.
El Simposio de Conferencias Episcopales de
África y Madagascar
3. En este clima, los Obispos de África y Madagascar
presentes en el Concilio decidieron crear un Secretariado General propio para
coordinar sus intervenciones, de modo que se ofreciera en el aula, en cuanto
fuera posible, un punto de vista común. Esta cooperación inicial entre los
Obispos de África se institucionalizó después con la creación en Kampala del Simposio
de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (S.C.E.A.M.). Esto
sucedió con ocasión de la visita del Papa Pablo VI a Uganda en julio y agosto
de 1969, primera visita a África de un Pontífice de los tiempos modernos.
La convocatoria de la Asamblea especial
para África del Sínodo de los Obispos
4. Las Asambleas generales del Sínodo de los Obispos, que
se sucedieron periódicamente a partir de 1967, ofrecieron a la Iglesia que está
en África preciosas oportunidades de hacer sentir su propia voz en el ámbito
universal de la Iglesia. Así, en la II Asamblea general ordinaria (1971), los
Padres Sinodales de África acogieron con alegría la oportunidad que se les
presentaba de pedir una mayor justicia en el mundo. La III Asamblea general
ordinaria sobre la evangelización en el mundo contemporáneo (1974) permitió
examinar particularmente los problemas de la evangelización en África. En esa
circunstancia los Obispos del continente presentes en el Sínodo publicaron un
importante mensaje titulado « Promoción de la evangelización en la corresponsabilidad
».2 Poco después, durante el Año Santo de 1975, el S.C.E.A.M. convocó su propia
Asamblea plenaria en Roma, para profundizar el tema de la evangelización.
5. Posteriormente, de 1977 a 1983, varios Obispos,
sacerdotes, personas consagradas, teólogos y laicos manifestaron el deseo de un
Concilio o de un Sínodo africano, con el objetivo de evaluar la
evangelización en África en vista de las grandes opciones que se deben adoptar
para el futuro del continente. Acogí favorablemente y alenté la idea de una «
coordinación bajo diferentes formas » de todo el episcopado africano, « a fin
de examinar los problemas religiosos que se presentan al conjunto del
continente ».3 Por ello, el S.C.E.A.M. se preocupó de buscar vías y medios para
llevar a buen fin el proyecto de este encuentro continental. Se consultó a las
Conferencias Episcopales y a cada Obispo de África y Madagascar, después de lo
cual pude convocar una Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos.
El 6 de enero de 1989, en el contexto de la solemnidad de la Epifanía
—celebración litúrgica en que la Iglesia se siente más consciente de la
universalidad de su misión y del consiguiente deber de llevar la luz de Cristo
a todos los pueblos—, anuncié que había asumido esta « iniciativa de gran
importancia para la difusión del Evangelio ». Y precisé que lo había hecho
acogiendo la petición, manifestada muchas veces y en momentos distintos por los
Obispos de África, por sacerdotes, teólogos y exponentes del laicado, de que «
se promueva una orgánica solidaridad pastoral en todo el territorio
africano e islas adyacentes ».4
Un acontecimiento de gracia
6. La Asamblea especial para África del
Sínodo de los Obispos ha sido un momento histórico de gracia: el Señor ha
visitado a su pueblo que está en África. En efecto, este continente vive
hoy lo que puede definirse un signo de los tiempos, un momento
propicio, un día de salvación para África. Parece llegada la « hora
de África », una hora favorable que invita con insistencia a los mensajeros de
Cristo a bogar mar adentro y a echar las redes para la pesca (cf. Lc 5, 4). Como al inicio del
cristianismo, el alto funcionario de Candace, Reina de Etiopía, feliz de haber
recibido la fe mediante el bautismo, prosiguió su camino llegando a ser testigo
de Cristo (cf. Hch 8, 27-39), del
mismo modo hoy la Iglesia en África, llena de alegría y gratitud por la fe
recibida, debe proseguir su misión evangelizadora, para atraer los pueblos del
continente al Señor, enseñándoles a observar cuanto Él ha mandado (cf. Mt 28, 20).
A partir de la solemne liturgia eucarística inaugural que,
el 10 de abril de 1994, celebré en la Basílica Vaticana junto con treinta y
cinco Cardenales, un Patriarca, treinta y nueve Arzobispos, ciento cuarenta y
seis Obispos y noventa Sacerdotes, la Iglesia, Familia de Dios, 5 pueblo de los
creyentes, se congregó en torno a la Tumba de Pedro. Estaba presente África con
la variedad de sus ritos, junto con todo el pueblo de Dios: danzaba
manifestando su alegría, expresando su fe en la vida, al sonido de los tam-tam
y de otros instrumentos musicales africanos. En esta ocasión, África sintió que
era, según la expresión de Pablo VI, « una nueva patria de Cristo », 6 tierra
amada por el Padre eterno.7 Por esto yo mismo saludé ese momento de gracia con
las palabras del Salmista. « ¡Este es el día que el Señor ha hecho, exultemos y
gocemos en él! » (Sal 118, 24).
Destinatarios de la Exhortación
7. Con esta Exhortación apostólica postsinodal, en comunión
con la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, deseo dirigirme
en primer lugar a los Pastores y a los fieles laicos, y también a los hermanos
de las demás Confesiones cristianas, así como a cuantos profesan las grandes
religiones monoteístas, en particular los seguidores de la religión tradicional
africana, y a todos los hombres de buena voluntad que, de un modo u otro, se
interesan por el desarrollo espiritual y material de África o tienen en sus
manos los destinos de este gran continente.
Ante todo mi pensamiento se dirige naturalmente a los
africanos mismos y a todos los que viven en el continente; pienso, en
particular, en los hijos y las hijas de la Iglesia católica: Obispos,
sacerdotes, diáconos, seminaristas, miembros de los Institutos de vida
consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, catequistas y todos los que
hacen del servicio a sus hermanos el ideal de su existencia. Deseo confirmarlos
en la fe (cf. Lc 22, 32) y
exhortarles a perseverar en la esperanza que viene de Cristo resucitado,
venciendo toda tentación de desánimo.
Plan de la Exhortación
8. La Asamblea especial para África del
Sínodo de los Obispos examinó en profundidad el tema que le había sido
propuesto: « La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000:
Seréis mis testigos (cf. Hch 1, 8)
». Esta Exhortación tratará de seguir de cerca este mismo itinerario. Arrancará
del momento histórico, verdadero kairós, en que se celebró el Sínodo,
examinando sus objetivos, preparación y desarrollo. Se detendrá sobre la
situación actual de la Iglesia en África, recordando las distintas fases
del compromiso misionero. Además, afrontará los diferentes aspectos de la misión
evangelizadora con los que la Iglesia debe contar en el momento presente: la
evangelización, la inculturación, el diálogo, la justicia y la paz, los medios
de comunicación social. La alusión a las urgencias y los desafíos que
interpelan a la Iglesia en África a las puertas del año 2000, permitirá
delinear las tareas del testigo de Cristo en África, de cara a una aportación
más eficaz para la edificación del Reino de Dios. Así será posible individuar,
al final, los compromisos de la Iglesia en África como Iglesia misionera: una
Iglesia de misión que llega a ser ella misma misionera: « Seréis mis
testigos... hasta los confines de la tierra » (Hch 1, 8).
CAPÍTULO I
UN MOMENTO ECLESIAL HISTÓRICO
9. « Esta Asamblea especial para África del Sínodo de los
Obispos es un acontecimiento providencial, por el que debemos dar
gracias al Padre omnipotente y misericordioso mediante su Hijo en el Espíritu
Santo, y glorificarlo ».8 Con estas palabras los Padres sinodales, durante la
primera Congregación general, abrieron solemnemente el debate relativo al tema
del Sínodo. En una ocasión precedente, yo mismo había ya expresado una
convicción semejante, reconociendo que « la Asamblea especial es un
acontecimiento eclesial de suma importancia para África, un kairós, un
momento de gracia, en el que Dios manifiesta su salvación. Toda la Iglesia
está invitada a aceptar plenamente este tiempo de gracia, a recibir y difundir
la Buena Nueva. El esfuerzo de preparación para el Sínodo no sólo servirá para
el buen desarrollo de la celebración sinodal, sino que ya desde ahora redundará
en beneficio de las Iglesias locales que peregrinan en África, cuya fe y
testimonio se refuerzan, haciéndolas cada vez más maduras ».9
Profesión de fe
10. Este momento de gracia se concretó
ante todo en una solemne profesión de fe. Congregados alrededor de la Tumba de
Pedro para la inauguración de la Asamblea especial, los Padres del Sínodo
proclamaron su fe, la fe de Pedro que, respondiendo a la pregunta de Cristo: «
También vosotros queréis marcharos? », dice: « Señor, donde quién vamos a ir?
Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el
Santo de Dios » (Jn 6, 67-69). Los
Obispos de África, en quienes la Iglesia católica hallaba aquellos días una
particular expresión junto a la Tumba del Apóstol, reafirmaron que creían
firmemente que la omnipotencia y la misericordia del único Dios se han
manifestado sobre todo en la Encarnación redentora del Hijo de Dios, Hijo que
es consustancial al Padre en la unidad del Espíritu Santo y que, en esta unidad
trinitaria, recibe en plenitud gloria y honor. Ésta es nuestra fe —afirmaron
los Padres— ésta es la fe de la Iglesia, ésta es la fe de todas las Iglesias
locales que, diseminadas por el continente africano, caminan hacia la casa de
Dios.
Esta fe en Jesucristo se manifestó de modo constante, con fuerza y
unanimidad, en las intervenciones de los Padres del Sínodo a lo largo de la
Asamblea especial. Firmes en esta fe, los Obispos de África confiaron su
continente a Cristo Señor, convencidos de que sólo Él, con su Evangelio y su
Iglesia, puede salvar a África de las dificultades actuales y curarla de sus
numerosos males.10
11. Al mismo tiempo, con ocasión de la apertura solemne de
la Asamblea especial, los Obispos de África proclamaron públicamente su fe en «
la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa,
católica y apostólica ».11 Estos atributos indican rasgos esenciales de la
Iglesia y de su misión. La Iglesia « no los tiene por ella misma; es Cristo,
quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y
apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas
cualidades ».12
Todos aquellos que tuvieron el privilegio de asistir a la celebración de la
Asamblea especial para África se alegraron de ver que los católicos africanos
van asumiendo cada vez más responsabilidades en sus Iglesias locales y se
esfuerzan por comprender mejor lo que significa ser simultáneamente católico y
africano. La celebración de la Asamblea especial manifestó al mundo entero que
las Iglesias locales de África tienen un puesto legítimo en la comunión de la
Iglesia, tienen derecho a conservar y desarrollar « sus propias tradiciones,
sin quitar nada al primado de la Sede de Pedro, que preside toda la comunidad
de amor, defiende las diferencias legítimas y al mismo tiempo se preocupa de
que las particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino que más bien
la favorezcan ».13
Sínodo de resurrección, Sínodo de
esperanza
12. Por un singular designio de la
Providencia, la solemne inauguración de la Asamblea especial para África del
Sínodo de los Obispos tuvo lugar el segundo domingo de Pascua, es decir, al
concluir su octava. Los Padres Sinodales, reunidos aquel día en la Basílica
Vaticana, eran conscientes del hecho de que la alegría de su Iglesia brotaba
del mismo acontecimiento que colmó de alegría los corazones de los Apóstoles el
día de Pascua: la resurrección del Señor Jesús (cf. Lc 24, 40-41). Eran profundamente
conscientes de la presencia en medio de ellos del Señor resucitado, que les
decía como a los Apóstoles: « ¡Paz a vosotros! » (Jn 20, 21.26). Eran conscientes de su
promesa de que permanecería con su Iglesia para siempre (cf. Mt 28, 20) y, por tanto, también
durante todo el desarrollo de la Asamblea sinodal. El clima pascual en el que la
Asamblea especial inició su trabajo, con sus participantes unidos en la
celebración de su fe en Cristo resucitado, evocaba espontáneamente en mi
espíritu las palabras dirigidas por Jesús al apóstol Tomás: « Dichosos los que
no han visto y han creído » (Jn 20, 29).
13. En efecto, ha sido el Sínodo de la
resurrección y de la esperanza, como declararon con alegría y entusiasmo los
Padres sinodales en las primeras frases de su Mensaje dirigido al Pueblo
de Dios. Son palabras que gustosamente hago mías: « Como María Magdalena, la
mañana de la Resurrección, y los discípulos de Emaús, con corazón ardiente e
inteligencia iluminada, la Asamblea especial para África del Sínodo de los
Obispos proclama: ¡Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado! Se ha
encontrado con nosotros, ha caminado con nosotros. Nos ha explicado las
Escrituras y nos ha dicho: "Yo soy el primero y el último, el que vive;
estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las
llaves de la muerte y del infierno" (Ap 1, 17-18) (...). Y, como san Juan
en Patmos, en tiempos especialmente difíciles, recibió profecías de esperanza
para el pueblo de Dios, también nosotros anunciamos un mensaje de esperanza. En
este momento en que tantos odios fratricidas, provocados por intereses
políticos, desgarran a nuestros pueblos; en este momento en que el peso de la
deuda externa o de la devaluación los agobia, nosotros, los Obispos de África,
junto con todos los que participan en este santo Sínodo, unidos al Santo Padre
y a todos nuestros hermanos en el episcopado que nos han elegido, queremos
pronunciar una palabra de esperanza y de consuelo con respecto a ti, Familia de
Dios que estás en África; con respecto a ti, Familia de Dios esparcida por el
mundo: ¡Cristo, nuestra esperanza, vive y nosotros también viviremos! ».14
14. Exhorto a todo el Pueblo de Dios en África a acoger con
espíritu abierto el mensaje de esperanza que le dirigió la Asamblea sinodal.
Los Padres del Sínodo, plenamente conscientes de ser portadores de las
expectativas no sólo de los católicos africanos, sino también de todos los
hombres y mujeres de aquel continente, durante sus discusiones afrontaron con
claridad los múltiples males que oprimen el África de hoy. Analizaron toda la
complejidad y extensión de lo que la Iglesia está llamada a realizar para
favorecer el deseado cambio, pero lo hicieron con una actitud libre de
pesimismo o desesperación. A pesar del panorama prevalentemente negativo que
hoy presentan numerosas regiones de África y de las tristes experiencias que no
pocos países atraviesan, la Iglesia tiene el deber de afirmar con fuerza que es
posible superar estas dificultades. Ella debe fortalecer en todos los africanos
la esperanza en una verdadera liberación. Su confianza se fundamenta, en última
instancia, en la conciencia de la promesa divina, que nos asegura que nuestra
historia no está cerrada en sí misma, sino que está abierta al Reino de Dios.
Por esto ni la desesperación ni el pesimismo pueden justificarse cuando se
piensa en el futuro tanto de África como de las demás partes del mundo.
Colegialidad afectiva y efectiva
15. Antes de comenzar a tratar los diversos argumentos,
quisiera poner de relieve que el Sínodo de los Obispos es un instrumento muy
propicio para favorecer la comunión eclesial. Cuando, hacia el final del
Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI instituyó el Sínodo, indicó claramente
que una de sus finalidades esenciales sería la de expresar y promover, bajo la
guía del Sucesor de Pedro, la comunión recíproca de los Obispos de todo el
mundo.15 El principio subyacente a la institución del Sínodo de los Obispos es
simple: cuanto más fuerte es la comunión de los Obispos entre sí, más enriquecida
resulta la comunión de la Iglesia en su conjunto. La Iglesia en África es
testigo de la verdad de estas palabras, porque ha hecho la experiencia del
entusiasmo y de los resultados concretos que han acompañado los preparativos de
la Asam blea del Sínodo de los Obispos dedicada a ella.
16. Con ocasión de mi primer encuentro con el Consejo de la
Secretaría General del Sínodo de los Obispos reunido con vistas a la Asamblea
especial para África, indiqué la razón por la cual había parecido oportuno
convocar esta Asamblea: la promoción de « una solidaridad pastoral orgánica en
todo el territorio africano y en las islas adyacentes ».16 Con esta expresión
pretendía englobar los fines y objetivos principales hacia los que debería
orientarse la Asamblea especial. Para expresar mejor mis expectativas, añadí
que las reflexiones preparatorias de la Asamblea deberían referirse a « todos
los aspectos importantes de la vida de la Iglesia en África y, en particular,
incluir la evangelización, la inculturación, el diálogo, la solicitud pastoral
en lo social y los medios de comunicación social ».17
17. Durante mis visitas pastorales a África, me he referido
con frecuencia a la Asamblea especial para África y a los objetivos principales
para los cuales había sido convocada. Cuando participé por primera vez, en
suelo africano, en una reunión del Consejo del Sínodo, no dejé de subrayar mi
convicción de que una Asamblea sinodal no puede reducirse a una consulta sobre
cuestiones prácticas. Su verdadera razón de ser está en el hecho de que
la Iglesia no puede crecer si no es fortaleciendo la comunión entre sus
miembros, comenzando por sus Pastores.18
Cada Asamblea sinodal manifiesta y desarrolla la solidaridad entre quienes
presiden las Iglesias particulares en el cumplimiento de su misión más allá de
los límites de las respectivas diócesis. Como enseña el Concilio Vaticano II, «
los Obispos, como legítimos sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio
episcopal, han de ser siempre conscientes de que están unidos entre sí y mostrar
su solicitud por todas las Iglesias. En efecto, por institución divina y por
imperativo de la función apostólica, cada uno junto con los otros Obispos es
responsable de la Iglesia ».19
18. El tema que he asignado a la Asamblea
especial —« La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000.
"Seréis mis testigos" (Hch
1, 8) »— manifiesta mi deseo de que esta Iglesia viva el período de tiempo
hasta el Gran Jubileo como un « nuevo Adviento », tiempo de espera y
preparación. En efecto, considero la preparación para el año 2000 como una de
las claves de interpretación de mi pontificado.20
Las Asambleas sinodales celebradas en estos casi treinta años —las Asambleas
Generales y las especiales continentales, regionales o nacionales— se sitúan
todas en esta perspectiva de preparación del Gran Jubileo. El hecho de que la
evangelización sea el tema de todas estas Asambleas sinodales muestra cómo hoy
está viva en la Iglesia la conciencia de la misión salvífica que ha recibido de
Cristo. Esta toma de conciencia se manifiesta con particular evidencia en las
Exhortaciones apostólicas postsinodales dedicadas a la evangelización, a la
catequesis, a la familia, a la penitencia y reconciliación en la vida de la
Iglesia y de toda la humanidad, a la vocación y misión de los laicos, a la
formación de los presbíteros.
En plena comunión con la Iglesia universal
19. Desde el inicio de la preparación de la Asamblea
especial ha sido mi vivo deseo, plenamente compartido por el Consejo de la
Secretaría General, procurar que este Sínodo fuera auténticamente africano, sin
equívocos. Al mismo tiempo, era de fundamental importancia que la Asamblea
especial se celebrara en plena comunión con la Iglesia universal. Efectivamente,
la Asamblea ha tenido siempre en cuenta a la Iglesia universal. Recíprocamente,
cuando llegó el momento de publicar los Lineamenta, invité a mis
Hermanos en el Episcopado y a todo el Pueblo de Dios disperso por el mundo a
recordar en la oración a la Asamblea especial para África y a sentirse
comprometidos en las actividades promovidas para este evento.
Esta Asamblea, como he afirmado frecuentemente, tiene notable importancia
para la Iglesia universal, no solamente por el interés que su convocatoria ha suscitado
por todas partes, sino también por la naturaleza misma de la comunión eclesial
que transciende toda frontera de tiempo y lugar. De hecho, la Asamblea especial
ha inspirado muchas oraciones y buenas obras con las que los fieles y las
comunidades eclesiales de los otros continentes han acompañado el desarrollo
del Sínodo. No hay duda de que, en el misterio de la comunión de los santos,
éstos lo hayan sostenido también con su intercesión desde el cielo.
Cuando dispuse que la primera fase de los trabajos de la Asamblea especial
se tuviera en Roma, lo hice para subrayar aún más claramente la comunión entre
la Iglesia que está en África y la Iglesia universal, para evidenciar el
compromiso de todos los fieles en favor de África.
20. La solemne concelebración eucarística de apertura del
Sínodo, que presidí en la Basílica de san Pedro, puso de relieve la
universalidad de la Iglesia de modo maravilloso y conmovedor. Esta
universalidad, « que no es uniformidad sino comunión de diferencias compatibles
con el Evangelio », 21 ha sido vivida por todos los Obispos. Como miembros del
cuerpo episcopal que sucede al Colegio de los Apóstoles, todos eran conscientes
de haber sido consagrados no solamente para una diócesis, sino para la
salvación de todo el mundo.22
Doy gracias a Dios Omnipotente por la ocasión que nos ha dado de
experimentar, gracias a la Asamblea especial, lo que significa una auténtica
catolicidad. « Por la fuerza de esta catolicidad, cada grupo aporta sus dones a
los demás y a toda la Iglesia ».23
Un mensaje oportuno y creíble
21. Según los Padres sinodales, la cuestión principal que
la Iglesia en África debe afrontar consiste en describir con toda la claridad
posible lo que ella es y lo que debe realizar en plenitud, para que su mensaje
sea oportuno y creíble.24 Todas las discusiones de la Asamblea se han referido
a esta exigencia verdaderamente esencial y fundamental, un auténtico desafío
para la Iglesia en África.
Es verdad que « el Espíritu Santo es el agente principal de la
evangelización: Él es quien impulsa a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo
de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación ».25 Pero,
reafirmada esta verdad, la Asamblea especial ha querido añadir justamente que
la evangelización es también una misión que el Señor Jesús ha confiado a su
Iglesia, bajo la guía y potencia del Espíritu. Es necesaria nuestra cooperación
mediante la oración ferviente, una gran reflexión, proyectos adecuados y la
disponibilidad de los recursos.26
El debate sinodal sobre el tema de la oportunidad y credibilidad del
mensaje de la Iglesia en África implicaba una reflexión sobre la credibilidad
misma de los anunciadores de dicho mensaje. Los Padres han afrontado la
cuestión de modo directo, con profunda sinceridad, sin ninguna concesión. De
esto ya se había ocupado el Papa Pablo VI que, con palabras memorables, había
recordado: « Se ha repetido frecuentemente en nuestros días que este siglo
siente sed de autenticidad. Sobre todo con relación a los jóvenes, se afirma
que éstos sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad, y que además son
decididamente partidarios de la verdad y la transparencia. A estos signos de
los tiempos debería corresponder en nosotros una actitud vigilante.
Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta:
Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? Vivís lo que creéis? Predicáis
verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha
convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la
predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos
hacemos responsables del Evangelio que proclamamos ».27
Por esto, con referencia a la misión evangelizadora de la Iglesia en el
campo de la justicia y de la paz, yo mismo señalé: « Hoy más que nunca, la
Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio
de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna ».28
22. Cómo no considerar aquí que la octava Asamblea plenaria
del S.C.E.A.M celebrada en Lagos (Nigeria), en 1987, ya había tomado en
consideración con notable claridad la cuestión de la credibilidad y oportunidad
del mensaje de la Iglesia en África? Dicha Asamblea había declarado que la
credibilidad de la Iglesia en África dependía de Obispos y sacerdotes capaces
de dar un testimonio ejemplar, siguiendo las huellas de Cristo; de religiosos
realmente fieles, auténticos testigos por su modo de vivir los consejos
evangélicos; de un laicado dinámico con padres profundamente creyentes,
educadores conscientes de su responsabilidad, dirigentes políticos animados por
un profundo sentido moral.29
Familia de Dios en camino sinodal
23. Dirigiéndome el 23 de junio de 1989 a los miembros del
Consejo de la Secretaría General, insistí mucho en la participación del Pueblo
de Dios, a todos los niveles, especialmente en África, en la preparación de la
Asamblea especial. « Si se prepara bien, dije, la sesión del Sínodo permitirá
implicar a todos los sectores de la comunidad cristiana: individuos, pequeñas
comunidades, parroquias, diócesis e instituciones locales, nacionales e
internacionales ».30
Entre el inicio de mi Pontificado y la inauguración de la Asamblea especial
para África del Sínodo de los Obispos, he podido realizar diez viajes
pastorales a África y Madagascar, visitando treinta y seis Naciones. Con
ocasión de los viajes apostólicos sucesivos a la convocatoria de la Asamblea
especial, el tema del Sínodo y el de la necesidad para todos los fieles de
prepararse a la Asamblea sinodal han estado siempre presentes de manera
preeminente en mis encuentros con el Pueblo de Dios en África. También he
aprovechado las visitas ad limina de los Obispos de aquel continente
para solicitar la colaboración de todos en la preparación de la Asamblea
especial para África. Además, en tres ocasiones diversas he tenido sesiones de
trabajo, junto con el Consejo de la Secretaría General, en suelo africano: en
Yamoussoukro (Costa de Marfil) en 1990, en Luanda (Angola) en 1992 y en Kampala
(Uganda) en 1993, siempre para invitar a los africanos a participar de manera
activa y conjunta en la preparación de la Asamblea sinodal.
24. La presentación de los Lineamenta en Lomé (Togo)
el 25 de julio de 1990, con ocasión de la novena Asamblea General del S.C.E.A.M
significó sin duda una etapa nueva e importante del iter preparatorio de
la Asamblea especial. Se puede decir que la publicación de los Lineamenta puso
en marcha decididamente los preparativos para el Sínodo en todas las Iglesias
particulares de África. La Asamblea del S.C.E.A.M. en Lomé compuso una Plegaria
por la Asamblea especial y pidió que se recitara, tanto en público como en
privado, en todas las parroquias africanas hasta la celebración del Sínodo.
Esta iniciativa del S.C.E.A.M. ha sido verdaderamente feliz y no ha pasado
inadvertida en la Iglesia universal.
Para favorecer también la difusión de los Lineamenta, varias
Conferencias Episcopales y diócesis los han traducido en su lengua como, por
ejemplo, en suahili, árabe, malgache y otros idiomas. « Publicaciones,
conferencias y simposios sobre los temas del Sínodo han sido organizados por
diversas Conferencias Episcopales, Institutos de Teología y Seminarios,
Asociaciones de Institutos de vida consagrada, algún periódico, importantes
revistas, Obispos y teólogos ».31
25. Doy gracias a Dios Omnipotente por la solicitud con la
que han sido redactados los Lineamenta y el Instrumentum laboris
32 del Sínodo. Ha sido una tarea afrontada y desarrollada por africanos, Obispos
y expertos, comenzando por la Comisión antepreparatoria del Sínodo, en enero y
marzo de 1989. La Comisión fue relevada después por el Consejo de la Secretaría
General de la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos,
instituido por mí el 20 de junio de 1989.
Además, estoy profundamente agradecido al grupo de trabajo que ha preparado
tan bien las liturgias eucarísticas para la apertura y la clausura del Sínodo.
El grupo, compuesto por teólogos, liturgistas y expertos en cantos e instrumentos
africanos de expresión litúrgica, hizo posible, según mi deseo, que dichas
celebraciones tuvieran un evidente carácter africano.
26. Ahora debo añadir que la respuesta de los africanos a
mi llamada para participar en la preparación del Sínodo fue verdaderamente
admirable. La acogida dispensada a los Lineamenta, sea dentro como fuera
de las comunidades eclesiales africanas, superó ampliamente toda previsión.
Muchas Iglesias locales se han servido de los Lineamenta para movilizar
a los fieles y, desde ahora, podemos decir sin duda que los frutos del Sínodo
comienzan a manifestarse en un nuevo compromiso y en una renovada toma de
conciencia de los cristianos de África.33
Durante las diversas fases de preparación de la Asamblea especial, numerosos
miembros de la Iglesia en África —clero, religiosos, religiosas, laicos— han
participado de manera ejemplar en el itinerario sinodal, « caminando juntos »,
poniendo cada uno los propios talentos al servicio de la Iglesia y orando
juntos con fervor por el éxito del Sínodo. Más de una vez los mismos Padres del
Sínodo señalaron, durante la Asamblea sinodal, que su trabajo se facilitaba
gracias precisamente a la « preparación esmerada y meticulosa de este Sínodo,
desarrollada con la colaboración activa de toda la Iglesia en África, en todos
los niveles ».34
Dios quiere salvar a África
27. El Apóstol de los Gentiles nos dice
que Dios « quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre
Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo
como rescate por todos » (1Tm 2, 4-6).
Puesto que Dios llama a todos los hombres a un único y mismo destino, que es
divino, « debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual
».35 El amor redentor de Dios abraza a la humanidad entera, a toda raza, tribu
o nación: por tanto, abraza también a las poblaciones del continente africano.
La Providencia divina quiso que África estuviera presente durante la Pasión de
Cristo en la persona de Simón de Cirene, obligado por los soldados romanos a
ayudar al Señor llevando la Cruz (cf. Mc
15, 21).
28. La liturgia del domingo VI de Pascua de 1994, durante
la solemne celebración eucarística para la conclusión de la sesión de trabajo
de la Asamblea especial, me ofreció la ocasión de reflexionar sobre el designio
salvífico de Dios respecto a África. Una de las lecturas bíblicas, tomada de
los Hechos de los Apóstoles, evocaba un acontecimiento que puede ser
considerado como el primer paso en la misión de la Iglesia hacia los
paganos: la narración de la visita de Pedro, bajo el impulso del Espíritu
Santo, a la casa de un pagano, el centurión Cornelio. Hasta ese momento el
Evangelio había sido proclamado sobre todo entre los hebreos. Después de haber
dudado no poco, Pedro, iluminado por el Espíritu, decidió ir a la casa de un
pagano. Cuando llegó, tuvo la grata sorpresa de ver que el centurión esperaba a
Cristo y el Bautismo. El libro de los Hechos de los Apóstoles refiere: « Los
fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el
don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues
les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios » (10, 45-46).
En casa de Cornelio, en cierto sentido, se reprodujo el
milagro de Pentecostés. Pedro dijo entonces: « Verdaderamente comprendo que
Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme
y practica la justicia le es grato... Acaso puede alguno negar el agua del
bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros? » (Hch 10, 34-35.47).
Así comenzó la misión de la Iglesia Ad
gentes, cuyo principal heraldo sería Pablo de Tarso. Los primeros
misioneros que llegaron al corazón de África se maravillaron, del mismo modo
que los cristianos de los tiempos apostólicos, ante la efusión del Espíritu
Santo.
29. El designio de Dios para la salvación de África está en
los orígenes de la difusión de la Iglesia en el continente africano. Sin
embargo, al ser la Iglesia, por voluntad de Cristo, misionera por su
naturaleza, la Iglesia misma en África está llamada a asumir un papel activo al
servicio del plan salvífico de Dios. Por esto he dicho frecuentemente que « la
Iglesia en África es la Iglesia misionera y de misión ».36
La Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos
ha examinado los medios mediante los cuales los africanos podrán realizar mejor
el mandato que el Señor resucitado dio a sus discípulos: « Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes » (Mt 28,
19).
CAPÍTULO II
LA IGLESIA EN ÁFRICA
I. Breve historia de la evangelización en el
continente
30. El día de la apertura de la Asamblea especial para
África del Sínodo de los Obispos, primera reunión de ese tipo en la historia,
los Padres sinodales recordaron algunas de las maravillas realizadas por Dios
en la historia de la evangelización en África. Es una historia que se remonta a
la época del nacimiento mismo de la Iglesia. La difusión del Evangelio tuvo
fases diversas. Los primeros siglos del cristianismo vieron la evangelización
de Egipto y de África del Norte. Una segunda fase, relativa a las regiones del
continente situadas al sur del Sahara, tuvo lugar en los siglos XV y XVI. Una
tercera fase, caracterizada por un esfuerzo misio nero extraordinario, se
inició en el siglo XIX.
Primera fase
31. En un mensaje a los Obispos y a todos los pueblos de
África sobre la promoción del bienestar material y espiritual del continente,
mi venerado predecesor Pablo VI evocó con memorables palabras el glorioso
esplendor del pasado cristiano de África: « Pensamos en las Iglesias cristianas
de África, cuyo origen se remonta a los tiempos apostólicos y está ligado,
según la tradición, al nombre y predicación del evangelista Marcos. Pensamos en
la pléyade innumerable de santos, mártires, confesores y vírgenes que
pertenecen a ellas. En realidad, desde el siglo II al siglo IV la vida
cristiana en las regiones septentrionales de África fue intensísima e iba en
vanguardia tanto en el estudio teológico como en la expresión literaria. Nos
vienen a la memoria los nombres de los grandes doctores y escritores, como
Orígenes, san Atanasio, san Cirilo, lumbreras de la escuela alejandrina, y en
la otra parte de la costa mediterránea africana, Tertuliano, san Cipriano, y
sobre todo san Agustín, una de las luces más brillantes de la cristiandad.
Recordemos a los grandes santos del desierto, Pablo, Antonio, Pacomio, primeros
fundadores del monaquismo, difundido después, siguiendo su ejemplo, en Oriente y
Occidente. Y, entre tantos otros, no queremos dejar de nombrar a san Frumencio,
llamado Abba Salama, que, consagrado obispo por san Atanasio, fue apóstol de
Etiopía ».37 Durante estos primeros siglos de la Iglesia en África, algunas
mujeres dieron también testimonio de Cristo. Entre ellas se debe mencionar
particularmente a las santas Felicidad y Perpetua, a santa Mónica y a santa
Tecla.
« Estos luminosos ejemplos, como también las figuras de los santos Papas de
origen africano Víctor I, Melquíades y Gelasio I, pertenecen al patrimonio
común de la Iglesia; y los escritos de los autores cristianos de África son
todavía hoy fundamentales para profundizar, a la luz de la Palabra de Dios, en
la historia de la salvación. En el recuerdo de las antiguas glorias del África
cristiana, queremos expresar nuestro profundo respeto por las Iglesias con las
que no estamos en plena comunión: la Iglesia griega del Patriarcado de
Alejandría, la Iglesia copta de Egipto y la Iglesia etiópica, que tienen de
común con la Iglesia católica el origen y la herencia doctrinal y espiritual de
los grandes Padres y Santos no sólo de su tierra, sino de toda la antigua
Iglesia. Ellas han trabajado y sufrido mucho por mantener vivo el nombre
cristiano en África a través de las vicisitudes de los tiempos ».38 Estas
Iglesias dan todavía hoy testimonio de la vitalidad cristiana que reciben de
sus raíces apostólicas, particularmente en Egipto y en Etiopía y, hasta el
siglo XVII, en Nubia. En el resto del continente comenzaba entonces otra etapa de
la evangelización.
Segunda fase
32. En los siglos XV y XVI, la exploración de la costa
africana por parte de los portugueses fue acompañada pronto por la
evangelización de las regiones de África situadas al sur del Sahara. Este
esfuerzo afectaba, entre otras zonas, a las regiones del actual Benín, Santo
Tomé, Angola, Mozambique y Madagascar.
El 7 de junio de 1992, domingo de Pentecostés, al
conmemorar los 500 años de la evangelización de Angola, en Luanda dije entre
otras cosas: « Los Hechos de los Apóstoles describen por su nombre a los
habitantes de los sitios que tomaron parte directamente en el nacimiento de la
Iglesia por el soplo del Espíritu Santo: "todos los oímos hablar en
nuestra lengua las maravillas de Dios" (Hch 2, 11). Hace quinientos años a
ese coro de lenguas se añadieron los pueblos de Angola. En aquel momento, en
vuestra patria africana, se renovó el Pentecostés de Jerusalén. Vuestros
antepasados oyeron el mensaje de la Buena Nueva, que es la lengua del Espíritu.
Sus corazones acogieron por primera vez esta palabra e inclinaron su cabeza en
la fuente del agua bautismal, en la que el hombre, por obra del Espíritu Santo,
muere con Cristo crucificado y renace a una vida nueva en su resurrección
(...). Ese mismo Espíritu fue el que impulsó a aquellos hombres de fe, los
primeros misioneros, que en 1491, llegaron hasta la desembocadura del río
Zaire, en Pinda, iniciando una auténtica epopeya misionera. Fue el Espíritu
Santo, que obra a su modo en el corazón de los hombres, quien movió al gran rey
del Congo Nzinga- a-Nkuwu a pedir misioneros para anunciar el Evangelio. Fue el
Espíritu Santo quien animó la vida de aquellos primeros cuatro cristianos
angoleños que, al regresar de Europa, dieron testimonio del valor de la fe
cristiana. Después de los primeros misioneros, vinieron muchos más de Portugal
y de otros países de Europa, para continuar, ampliar y consolidar la obra
comenzada ».39
Durante este período se erigieron un cierto número de sedes episcopales y
una de las primicias de esta acción misionera fue la consagración en Roma, en
1518, por parte de León X, de Don Enrique, hijo de Don Alfonso I, rey del
Congo, como obispo titular de Útica. Don Enrique llegó a ser así el primer
obispo autóctono del África negra.
En aquella época, exactamente en el año 1622, el Papa Gregorio XV erigió con
carácter estable la Congregación De Propaganda Fide con el fin de
organizar y desarrollar mejor las misiones.
Por diversas dificultades, la segunda fase de la evangelización de África se
concluyó en el siglo XVIII con la extinción de casi todas las misiones en las
regiones al sur del Sahara.
Tercera fase
33. La tercera fase de evangelización sistemática de África
comenzó en el siglo XIX, período caracterizado por un esfuerzo extraordinario,
llevado a cabo por los grandes apóstoles y animadores de las misiones
africanas. Fue un período de rápido crecimiento, como muestran claramente las
estadísticas presentadas a la Asamblea sinodal por la Congregación para la
Evangelización de los Pueblos.40 África respondió muy generosamente a la
llamada de Cristo. En estos últimos decenios numerosos países africanos han
celebrado el primer centenario del comienzo de su evangelización.
Verdaderamente el crecimiento de la Iglesia en África, de cien años a esta
parte, es una maravilla de la gracia de Dios.
La gloria y esplendor del período contemporáneo de la evangelización en
África quedan ilustrados de modo admirable por los santos que el África moderna
ha dado a la Iglesia. El Papa Pablo VI tuvo oportunidad de manifestar con
elocuencia esta realidad al canonizar a los mártires de Uganda en la Basílica
de san Pedro, con ocasión de la Jornada Misionera Mundial de 1964: « Estos
mártires africanos vienen a añadir a ese catálogo de vencedores, que es el
martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a
aquellas maravillosas de la antigua África (...). El África, bañada por la
sangre de estos mártires, primicias de la nueva era —y Dios quiera que sean los
últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto—, resurge libre y
redimida ».41
34. La serie de santos que África da a la Iglesia, serie
que es su mayor título de honor, continúa creciendo. Cómo no mencionar, entre
los más recientes, a Clementina Anwarite, virgen y mártir de Zaire, que
beatifiqué en tierra africana en 1985, a Victoria Rasoamanarivo, de Madagascar,
y a Josefina Bakhita, de Sudán, beatificadas también durante mi pontificado. Y
cómo no recordar al beato Isidoro Bakanja, mártir de Zaire, que tuve el
privilegio de elevar al honor de los altares durante la Asamblea especial para
África?
« Otras causas están en curso. La Iglesia en África debe encargarse de
redactar su propio martirologio, añadiendo a las magníficas figuras de los
primeros siglos (...) los mártires y los santos de los últimos tiempos ».42
Ante el formidable crecimiento de la Iglesia en África durante los últimos
cien años, ante los frutos de santidad alcanzados, hay una sola explicación
posible: todo eso es don de Dios, ya que ningún esfuerzo humano habría podido
realizar una obra semejante en un período tan breve relativamente. Sin embargo,
no hay lugar para un triunfalismo humano. Recordando el esplendor glorioso de
la Iglesia en África, los Padres sinodales quisieron celebrar sólo las
maravillas obradas por Dios para la liberación y la salvación de África.
« Ésta ha sido la obra del Señor,
una maravilla a nuestros ojos » (Sal
118, 23).
« Ha hecho en mi favor maravillas el Pode- roso,
Santo es su nombre » (Lc 1, 49).
Homenaje a los misioneros
35. El espléndido crecimiento y las realizaciones de la
Iglesia en África se deben en gran parte a la heroica y desinteresada
dedicación de los misioneros. Esto es reconocido por todos. En efecto, la
tierra bendita de África está sembrada de tumbas de valientes heraldos del
Evangelio.
Cuando los Obispos de África se encontraron en Roma para la Asamblea
especial eran muy conscientes de la deuda de gratitud que su continente tiene
con sus antepasados en la fe.
En el discurso dirigido a la primera Asamblea del
S.C.E.A.M. en Kampala, el 31 de julio de 1969, el Papa Pablo VI hizo referencia
a esta deuda de gratitud: « Vosotros, los africanos, sois ya los misioneros de
vosotros mismos. La Iglesia de Cristo está, en verdad, plantada en esta tierra
bendita (cf. Decr. Ad gentes, 6). Pero
tenemos que cumplir un deber: el de recordar a cuantos en África, antes que
vosotros, y hoy todavía con vosotros, predicaron y predican el Evangelio, como
nos amonesta la Sagrada Escritura: "Recordaos de vuestros antecesores que
os han anunciado la palabra de Dios y, considerando el fin de su vida, imitad
su fe" (Hb 13, 7). Se trata de
una historia que no debemos olvidar y que confiere a la Iglesia local la nota
de su autenticidad y de su nobleza, la nota "apostólica"; ella es un
drama de caridad, de heroísmo, de sacrificio, que hace grande y santa, desde su
origen, a la Iglesia africana ».43
36. La Asamblea especial saldó dignamente esta deuda de
gratitud cuando, con ocasión de su primera Congregación general, declaró: «
Aquí conviene rendir un sentido homenaje a los misioneros, hombres y
mujeres de todos los Institutos religiosos y seculares, y a todos los países
que, a lo largo de los casi dos mil años de evangelización del continente
africano (...) se han dedicado intensamente a transmitir la antorcha de la fe
cristiana (...). Precisamente por eso, nosotros, los felices herederos de esta
maravillosa aventura, queremos dar gracias a Dios en esta solemne circunstancia
».44
En el Mensaje al Pueblo de Dios los Padres sinodales renovaron con
vigor el homenaje a los misioneros, pero no olvidaron rendir homenaje a los
hijos e hijas de África, especialmente a los catequistas y a los intérpretes,
que colaboraron con ellos.45
37. Gracias a la gran epopeya misionera, de la que el
continente africano ha sido escenario sobre todo durante los últimos dos
siglos, hemos podido encontrarnos en Roma para celebrar la Asamblea especial
para África. La semilla esparcida a su tiempo ha producido frutos abundantes.
Mis Hermanos en el episcopado, hijos de los pueblos de África, son un
testimonio elocuente de esto. Junto con sus sacerdotes, llevan ya sobre sus
espaldas gran parte del trabajo de la evangelización. Lo atestiguan también los
numerosos hijos e hijas de África que ingresan en las antiguas Congregaciones
misioneras o en los nuevos Institutos nacidos en tierra africana, llevando en
sus manos la antorcha de la consagración total al servicio de Dios y del
Evangelio.
Arraigo y crecimiento de la Iglesia
38. El hecho de que en casi dos siglos el número de
católicos en África haya crecido rápidamente constituye por sí mismo un
resultado notable desde cualquier punto de vista. Elementos como el sensible y
rápido aumento del número de las circunscripciones eclesiásticas, el
crecimiento del clero autóctono, de los seminaristas y de los candidatos en los
Institutos de vida consagrada y la progresiva extensión de la red de
catequistas, cuya contribución a la difusión del Evangelio entre las
poblaciones africanas es bien conocida confirman, en particular, la
consolidación de la Iglesia en el continente. De fundamental importancia es el
alto porcentaje de Obispos nativos, que constituyen ya la Jerarquía en el
continente.
Los Padres sinodales pusieron de relieve los numerosos y muy significativos
pasos dados por la Iglesia de África a nivel de inculturación y de diálogo
ecuménico.46 Las notables y meritorias realizaciones en el campo de la
educación son reconocidas universalmente.
Aunque los católicos sean sólo el catorce por ciento de la población
africana, las instituciones católicas en el campo de la sanidad representan el
diecisiete por ciento del total de las estructuras sanitarias de todo el
continente.
Las iniciativas emprendidas con valentía por las jóvenes
Iglesias de África para llevar el Evangelio « hasta los confines de la tierra »
(Hch 1, 8) son sin duda dignas de
mención. Los Institutos misioneros surgidos en África han crecido numéricamente
y han comenzado a ofrecer misioneros no sólo a los países del continente, sino
también a otras regiones de la tierra. Sacerdotes diocesanos de África, cuyo
número está creciendo lentamente, comienzan a estar disponibles, durante
períodos limitados, como sacerdotes fidei donum, en otras diócesis,
pobres de personal, en su nación o en otras. En las provincias africanas de los
Institutos religiosos de derecho pontificio, tanto masculinos como femeninos,
ha aumentado también el número de sus miembros. De este modo la Iglesia se pone
al servicio de los pueblos africanos; acepta además participar en el «
intercambio de dones » con otras Iglesias particulares en el ámbito de todo el
Pueblo de Dios. Todo esto manifiesta, de manera evidente, la madurez alcanzada
por la Iglesia en África: esto es lo que ha hecho posible la celebración de la Asamblea
especial del Sínodo de los Obispos.
Qué ha llegado a ser África?
39. Hace menos de treinta años, no pocos países africanos
se independizaban de las potencias coloniales. Esto suscitó grandes esperanzas
en lo relativo al desarrollo político, económico, social y cultural de los
pueblos africanos. Aunque « en algunas naciones no se haya aún consolidado,
desgraciadamente, la situación interna, y la violencia haya reinado o reine
alguna vez, esto no puede dar lugar a una condena general que se extienda a
todo un pueblo o toda una nación, o peor todavía, a todo un continente ».47
40. Cuál es, sin embargo, la situación real del conjunto
del continente africano hoy, especialmente desde el punto de vista de la misión
evangelizadora de la Iglesia? Los Padres sinodales, a este propósito, se
preguntaron en primer lugar: « En un continente saturado de malas noticias, de
qué modo el mensaje cristiano constituye una Buena Nueva para nuestro pueblo?
En medio de una desesperación que lo invade todo, dónde están la esperanza y el
optimismo que transmite el Evangelio? La evangelización promueve muchos de los
valores esenciales que tanta falta hacen al continente: esperanza, paz,
alegría, armonía, amor y unidad ».48
Después de haber señalado, justamente, que África es un inmenso continente
con situaciones muy diversas y que por tanto es necesario evitar las
generalizaciones tanto al evaluar los problemas como al sugerir las soluciones,
la Asamblea sinodal constató con dolor: « Una situación común es, sin duda, el
hecho de que en África abundan los problemas: en casi todas nuestras naciones
hay una miseria espantosa, una mala administración de los escasos recursos de
que se dispone, una inestabilidad política y una desorientación social. El
resultado está ante nuestros ojos: miseria, guerras, desesperación. En un mundo
controlado por las naciones ricas y poderosas, África se ha convertido
prácticamente en un apéndice sin importancia, a menudo olvidado y descuidado
por todos ».49
41. Para muchos Padres sinodales el
África de hoy se puede parangonar con aquel hombre que bajaba de Jerusalén a
Jericó; cayó en manos de salteadores que lo despojaron, lo golpearon y se
marcharon dejándolo medio muerto (cf. Lc
10, 30-37). África es un continente en el que innumerables seres humanos
—hombres y mujeres, niños y jóvenes— están tendidos, de algún modo, al borde
del camino, enfermos, heridos, indefensos, marginados y abandonados. Ellos
tienen necesidad imperiosa de buenos Samaritanos que vengan en su ayuda.
Por mi parte, deseo que la Iglesia continúe paciente e incansablemente su
obra de buen Samaritano. En efecto, durante un largo período, regímenes hoy
desaparecidos pusieron a dura prueba a los africanos y debilitaron su capacidad
de reacción: el hombre herido debe reencontrar todas las fuerzas de su propia
humanidad. Los hijos e hijas de África tienen necesidad de presencia
comprensiva y de solicitud pastoral. Hay que ayudarles a recobrar sus energías,
para ponerlas al servicio del bien común.
Valores positivos de la cultura africana
42. África, no obstante sus grandes riquezas naturales, se
encuentra en una situación económica de pobreza. Sin embargo posee una múltiple
variedad de valores culturales y de inestimables cualidades humanas, que puede
ofrecer a las Iglesias y a toda la humanidad. Los Padres sinodales han puesto
de relieve algunos de estos valores culturales, que son ciertamente una
preparación providencial para la transmisión del Evangelio; son valores que
pueden favorecer una evolución positiva de la dramática situación del
continente, y facilitar la recuperación global de que depende el auspiciado
desarrollo de cada una de las Na- ciones.
Los africanos tienen un profundo sentido religioso, sentido de lo sacro,
sentido de la existencia de Dios creador y de un mundo espiritual. La realidad
del pecado en sus formas individuales y sociales está bastante presente en la
conciencia de aquellos pueblos, y se siente también la necesidad de ritos de
purificación y expiación.
43. En la cultura y tradición africanas, el papel de la
familia está considerado generalmente como fundamental. El africano, abierto a
este sentido de la familia, del amor y del respeto a la vida, ama a los hijos,
que son acogidos con alegría como un don de Dios. « Todos los hijos e hijas
de África aman la vida. Precisamente es el amor por la vida el que les
manda atribuir una importancia tan grande a la veneración por los antepasados.
Creen instintivamente que los muertos continúan viviendo y desean permanecer en
comunión con ellos. De algún modo, no es ésta una preparación para la fe en
la comunión de los Santos? Los pueblos de África respetan la vida que es
concebida y nace. Se alegran de esta vida. Rechazan la idea de que pueda ser
aniquilada, incluso cuando las llamadas "civilizaciones
desarrolladas" quieren inducirlos a esto. Y las prácticas hostiles a la
vida se les imponen por medio de sistemas económicos al servicio del egoísmo de
los ricos ».50 Los africanos manifiestan respeto por la vida hasta su término
natural y reservan dentro de la familia un puesto a los ancianos y a los
parientes.
Las culturas africanas tienen un agudo sentido de la solidaridad y de la
vida comunitaria. No se concibe en África una fiesta que no sea compartida con
todo el poblado. De hecho, la vida comunitaria en las sociedades africanas es
expresión de la gran familia. Con ardiente deseo oro y pido que se ore para que
África conserve siempre esta preciosa herencia cultural y nunca sucumba a la
tentación del individualismo, tan extraño a sus mejores tradiciones.
Algunas opciones de los pueblos africanos
44. Aunque no hay que minimizar en absoluto los aspectos
trágicos de la situación africana antes citados, vale la pena recordar aquí
algunas realidades positivas de los pueblos del continente que merecen ser
alabadas y alentadas. Por ejemplo, los Padres sinodales en su Mensaje al
Pueblo de Dios han recordado con alegría el inicio del proceso democrático en
tantos países africanos y han auspiciado que se consolide y desaparezcan pronto
los obstáculos y resistencias al Estado de derecho, mediante la colaboración de
todos los protagonistas y gracias a su sentido del bien común.51
Los « vientos de cambio » soplan con fuerza en muchos lugares del continente
y el pueblo pide cada vez con más insistencia el reconocimiento y la promoción
de los derechos y libertades del ser humano. Al respecto, señalo con
satisfacción que la Iglesia en África, fiel a su vocación, está decididamente al
lado de los oprimidos, de los pueblos sin voz y de los marginados. La animo
firmemente a continuar dando este testimonio. La opción preferencial por los
pobres es « una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad
cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia... Esta
preocupación acuciante por los pobres —que, según la significativa fórmula, son
"los pobres del Señor"— debe traducirse, a todos los niveles, en
acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas reformas necesarias
».52
45. A pesar de la pobreza y de los pocos medios
disponibles, la Iglesia en África tiene un papel de primer orden en lo
referente al desarrollo humano integral; sus notables realizaciones en este
campo son reconocidas frecuentemente por los gobiernos y por los expertos
internacionales.
La Asamblea especial para África expresó su profundo agradecimiento « a
todos los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan en el
campo de la asistencia y de la promoción humana con Caritas y otras
organizaciones para el desarrollo ».53 La asistencia que ellos, como buenos
Samaritanos, dan a las víctimas africanas de las guerras y catástrofes, a los
refugiados y prófugos, merece admiración, reconocimiento y apoyo por parte de
todos.
Siento el deber de expresar viva gratitud a la Iglesia en África por el
papel que ha desarrollado, a lo largo de los años, en favor de la paz y la
reconciliación en no pocas situaciones de conflicto, desorden político o guerra
civil.
II. Problemas actuales de la Iglesia en
África
46. Los Obispos de África se encuentran frente a dos
interrogantes fundamentales: La Iglesia, cómo debe desarrollar su misión
evangelizadora al aproximarse el año 2000? Los cristianos africanos, cómo
podrán ser testigos cada vez más fieles del Señor Jesús? Para ofrecer adecuadas
respuestas a estos interrogantes los Obispos, antes y durante la Asamblea
especial, han examinado los principales desafíos que debe afrontar hoy la
comunidad eclesial africana.
Evangelización en profundidad
47. El primer y fundamental dato puesto de relieve por los
Padres sinodales es la sed de Dios de los pueblos africanos. Para no defraudar
esta expectativa, los miembros de la Iglesia deben ante todo profundizar su
fe.54 En efecto, la Iglesia, precisamente porque es evangelizadora, debe
comenzar « por evangelizarse a sí misma ».55 Es necesario que afronte el
desafío derivado de « este tema de la Iglesia que se evangeliza, a través de
una conversión y una renovación constantes, para evangelizar el mundo de manera
creíble ».56
El Sínodo ha visto la urgencia de proclamar en África la
Buena Nueva a millones de personas todavía no evangelizadas. La Iglesia respeta
y estima ciertamente las religiones no-cristianas profesadas por numerosísimas
personas en el continente africano, porque constituyen la expresión viva del
espíritu de amplios sectores de la población, aunque « ni el respeto ni la
estima hacia estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas
implican para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el
anuncio de Jesucristo. Al contrario, la Iglesia piensa que estas multitudes
tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo (cf. Ef 3, 8) dentro del cual creemos que toda
la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a
tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte,
de la verdad ».57
48. Los Padres sinodales afirman con razón que « un
profundo interés por una inculturación verdadera y equilibrada de este mismo
Evangelio resulta necesario para evitar la confusión y la alienación en nuestra
sociedad, que está sufriendo una rápida evolución ».58 Al visitar Malawi, en
1989, tuve ocasión de decir: « Pongo hoy ante vosotros un desafío, un
desafío a que rechacéis un camino de vida que no corresponda con lo mejor de
vuestras tradiciones locales y de vuestra fe cristiana. Mucha gente en África
mira más allá de África, hacia la llamada "libertad del estilo moderno de
vida". Hoy os urjo a que miréis dentro de vosotros mismos. Mirad a las
riquezas de vuestras tradiciones, mirad a la fe que estamos celebrando en
esta asamblea. Aquí encontraréis la libertad genuina, encontraréis aquí a
Cristo que os guiará hacia la verdad ».59
Superación de las divisiones
49. Otro desafío señalado por los Padres sinodales se
refiere a las diversas formas de división que es necesario superar gracias a
una sincera práctica del diálogo.60 Con razón se ha puesto de relieve que,
dentro de las fronteras heredadas de las potencias coloniales, la coexistencia
de grupos étnicos, tradiciones, lenguas e incluso religiones diversas, a menudo
encuentra obstáculos debido a graves hostilidades recíprocas. « Las
oposiciones tribales ponen a veces en peligro, si no la paz, al menos la
búsqueda del bien común para el conjunto de la sociedad, creando así
dificultades a la vida de las Iglesias y a la acogida de pastores de otro
origen étnico ».61 Por esto la Iglesia en África se siente interpelada por el
deber preciso de superar dichas divisiones. También desde este punto de vista,
la Asamblea especial ha subrayado la importancia del diálogo ecuménico con las
otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como del diálogo con la religión
tradicional africana y con el Islam. Además, los Padres se han preguntado con
qué medios se puede alcanzar dicha meta.
Matrimonio y vocaciones
50. Un desafío importante, subrayado casi unánimemente por
las Conferencias Episcopales de África en las respuestas a los Lineamenta, es
el matrimonio cristiano y la vida familiar.62 Lo que está en juego es mucho: en
efecto, « el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia ».63
Otro tema fundamental que la Asamblea especial ha puesto de relieve es la
atención de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada: es necesario
discernirlas con sabiduría, acompañarlas con formadores capaces y controlar la
calidad de la formación que se les ofrece. De la solicitud puesta en la
solución de este problema depende que se realice la esperanza de un
florecimiento de vocaciones misioneras africanas, como requiere el anuncio del
Evangelio en cualquier parte del continente e incluso más allá de sus confines.
Dificultades sociopolíticas
51. « En África se siente muy vivamente esta exigencia de aplicación
del Evangelio a la vida concreta. Cómo se podría anunciar a Cristo en ese
inmenso continente, olvidando que coincide con una de las zonas más pobres del
mundo? Cómo se podría no tener en cuenta la historia, tejida de sufrimientos,
de una tierra donde muchas naciones luchan aún contra el hambre, la guerra, las
rivalidades raciales y tribales, la inestabilidad política y la violación de
los derechos humanos? Todo ello constituye un desafío a la evangelización ».64
Todos los documentos preparatorios, así como las discusiones durante la
Asamblea, han puesto ampliamente de relieve el hecho de que cuestiones como la
pobreza creciente en África, la urbanización, la deuda internacional, el
comercio de armas, el problema de los refugiados y los prófugos, los problemas
demográficos y las amenazas que pesan sobre la familia, la emancipación de las
mujeres, la propagación del SIDA, la supervivencia en algunos lugares de la
práctica de la esclavitud, el etnocentrismo y la oposición tribal, son parte de
los desafíos fundamentales examinados por el Sínodo.
Invasión de los medios de comunicación
social
52. Finalmente, la Asamblea especial se ha preocupado de
los medios de comunicación social, cuestión de enorme importancia porque se
trata, al mismo tiempo, de instrumentos de evangelización y medios de difusión
de una nueva cultura que necesita ser evangelizada.65 Los Padres sinodales han
constatado así el triste hecho de que « los países subdesarrollados, en vez de
transformarse en naciones autónomas, preocupadas de su propia marcha hacia la
justa participación en los bienes y servicios destinados a todos, se convierten
en piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en
el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos
mayormente por centros de la parte Norte del mundo, no siempre tienen en la
debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos países,
ni respetan su fisonomía cultural; a menudo, imponen una visión desviada de la
vida y del hombre y así no responden a las exigencias del verdadero desarrollo
».66
III. Formación de los agentes de la
evangelización
53. Con qué recursos la Iglesia en África logrará superar
los desafíos apenas mencionados? « El más importante, después de la gracia de
Cristo, es el pueblo. El Pueblo de Dios —entendido en el sentido teológico de
la Lumen gentium, un pueblo que abarca
a los miembros del Cuerpo de Cristo en su totalidad— ha recibido el mandato,
que es al mismo tiempo un honor y un deber, de proclamar el mensaje evangélico
(...). Es preciso preparar, motivar y fortalecer a toda la comunidad para la
evangelización, a cada uno según su función específica dentro de la Iglesia
».67 Por esto, el Sínodo ha puesto fuertemente el acento en la formación de los
agentes de la evangelización en África. Ya he recordado la necesidad de la
formación apropiada de los candidatos al sacerdocio y de quienes son llamados a
la vida consagrada. La Asamblea ha prestado igualmente debida atención a la
formación de los fieles laicos, reconociendo su papel insustituible en la
evangelización de África. En particular, se ha puesto justamente el acento en
la formación de los catequistas laicos.
54. Se impone una última pregunta: la Iglesia en África ha
formado suficientemente a los laicos para que asuman con competencia sus
responsabilidades civiles y consideren los problemas de orden sociopolítico a
la luz del Evangelio y de la fe en Dios? Esto es seguramente un cometido que
interpela a los cristianos: ejercer en el tejido social un influjo dirigido a
transformar no solamente las mentalidades, sino las mismas estructuras de la
sociedad, de modo que se reflejen mejor los designios de Dios sobre la familia
humana. Precisamente por esto he propuesto para los laicos una formación
completa que les ayude a llevar una vida plenamente coherente. La fe, la
esperanza y la caridad no pueden dejar de orientar el comportamiento del
auténtico discípulo de Cristo en cualquier actividad, situación y
responsabilidad. Puesto que « evangelizar significa para la Iglesia llevar la
Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo,
transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad », 68 los cristianos
deben ser formados para que vivan las exigencias sociales del Evangelio, de
modo que su testimonio se convierta en un desafío profético ante todo lo que
perjudica el verdadero bien de los hombres y de las mujeres de África, como de
cualquier otro continente.
CAPÌTULO III
EVANGELIZACIÓN E INCULTURACIÓN
Misión de la Iglesia
55. « Id por todo el mundo y proclamad la
Buena Nueva a toda la creación » (Mc
16, 15). Éste es el mandato que, antes de subir al Padre, Cristo resucitado
dejó a los Apóstoles: « Ellos salieron a predicar por todas partes... » (Mc 16, 20).
« La tarea de la evangelización de todos los hombres,
constituye la misión esencial de la Iglesia (...). Evangelizar constituye, en
efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más
profunda. Ella existe para evangelizar ».69 La Iglesia, nacida de la
acción evangelizadora de Jesús y de los Doce, es a su vez enviada, «
depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada (...). La Iglesia comienza
por evangelizarse a sí misma ». En lo sucesivo, « la Iglesia misma envía a los
evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva ».70 Como el Apóstol
de los gentiles, la Iglesia puede decir: « Predicar el Evangelio (...) es un
deber que me incumbe. Y !ay de mí si no predicara el Evangelio! » (1Co 9, 16).
La Iglesia anuncia la Buena Nueva no sólo a través de la proclamación de
la palabra que ha recibido del Señor, sino también mediante el testimonio
de la vida, gracias al cual los discípulos de Cristo dan razón de la fe, de
la esperanza y del amor que hay en ellos (cf. 1 P 3, 15).
Este testimonio que el cristiano da de Cristo y del
Evangelio puede llegar hasta el sacrificio supremo: el martirio (cf. Mc 8, 35). En efecto, la Iglesia y el
cristiano anuncian a Aquel que es « señal de contradicción » (Lc 2, 34). Proclaman a « un Cristo
crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles » (1Co 1, 23). Como he dicho antes,
además de los ilustres mártires de los primeros siglos, África puede gloriarse
de sus mártires y santos de la época moderna.
La evangelización tiene por objeto « transformar desde dentro, renovar a la
misma humanidad ».71 En el Hijo único, y por medio de Él, se renovarán las
relaciones de los hombres con Dios, con los demás hombres, con la creación
entera. Por eso el anuncio del Evangelio puede contribuir a la transformación
interior de todas las personas de buena voluntad que tienen el corazón abierto
a la acción del Espíritu Santo.
56. Testimoniar el Evangelio con la
palabra y con las obras: ésta es la consigna que la Asamblea Éspecial para
África del Sínodo de los Obispos ha recibido y transmite ahora a la Iglesia del
continente. « Seréis mis testigos » (Hch
1, 8): esto es lo importante, éstos deberán ser en África los frutos del
Sínodo en cada ámbito de la vida humana.
La Iglesia en África, tierra que ha llegado a ser « nueva Patria de Cristo
», 72 nacida de la predicación de valientes Obispos y sacerdotes misioneros,
ayudada eficazmente por los catequistas —« esa multitud tan benemérita de la
obra de las misiones entre los gentiles »—, 73 es ya responsable de la misión
en el continente y en el mundo: « Áfricanos, sois ya misioneros de vosotros
mismos », decía en Kampala mi predecesor Pablo VI.74 Ya que la gran mayoría de
los habitantes del continente africano no han recibido aún el anuncio de la
Buena Nueva de la salvación, el Sínodo recomienda que se favorezcan las
vocaciones misioneras y pide que se fomenten y se apoye activamente el
ofrecimiento de oraciones, sacrificios y ayudas concretas en favor del trabajo
misionero de la Iglesia.75
Anuncio
57. « El Sínodo recuerda que evangelizar es anunciar por
medio de la palabra y la vida la Buena Nueva de Jesucristo, crucificado, muerto
y resucitado, camino, verdad y vida ».76 A África, apremiada en todas partes
por gérmenes de odio y violencia, por conflictos y guerras, los evangelizadores
deben proclamar la esperanza de la vida fundamentada en el misterio pascual.
Justo cuando, humanamente hablando, su vida parecía destinada al fracaso,
Jesús instituyó la Eucaristía, « prenda de la gloria eterna », 77 para
perpetuar en el tiempo y en el espacio su victoria sobre la muerte. Por esto la
Asamblea Éspecial para África, en este período en que el continente africano
bajo algunos aspectos está en situaciones críticas, ha querido presentarse como
« Sínodo de la resurrección, Sínodo de la esperanza (...). ¡Cristo,
nuestra esperanza, vive y nosotros también viviremos! ».78 ¡África no está
orientada a la muerte, sino a la vida!
Es necesario, pues, « que la nueva evangelización esté centrada en el
encuentro con la persona viva de Cristo ».79 « El primer anuncio debe
tender, por tanto, a hacer que todos vivan esa experiencia transformadora y
entusiasmante de Jesucristo, que llama a seguirlo en una aventura de fe ».80
Tarea, ésta, singularmente facilitada por el hecho de que « el africano cree en
Dios creador a partir de su vida y de su religión tradicional. Está, pues,
abierto también a la plena y definitiva revelación de Dios en Jesucristo, Dios
con nosotros, Verbo hecho carne. Jesús, Buena Nueva, es Dios que salva al
africano (...) de la opresión y de la esclavitud ».81
La evangelización debe abarcar « al hombre y a la sociedad en todos los
niveles de su existencia. Se manifiesta en diversas actividades, en particular
en aquéllas tomadas específicamente en consideración por el Sínodo: anuncio,
inculturación, diálogo, justicia y paz, medios de comunicación social ».82
Para que esta misión se logre plenamente es necesario
actuar de modo que « en la evangelización el recurso al Espíritu Santo sea
insistente, para que se realice un continuo Pentecostés, en el que María, como
en el primero, tenga su lugar ».83 En efecto, el Espíritu Santo guía a la
Iglesia hacia la verdad completa (cf. Jn
16, 13) y le permite ir al encuentro del mundo para testimoniar a Cristo
con segura confianza.
58. La palabra que sale de la boca de
Dios es viva y eficaz, no vuelve nunca a Él de vacío (cf. Is 55, 11; Hb 4, 12-13). Es necesario, pues,
proclamarla sin descanso, insistir « a tiempo y a destiempo... con toda
paciencia y doctrina » (2Tm 4, 2).
La Palabra de Dios escrita, confiada en primer lugar a la Iglesia, « no puede
interpretarse por cuenta propia » (2 P 1, 20); corresponde a la Iglesia
ofrecer su interpretación auténtica.84
Para hacer que la Palabra de Dios sea conocida, amada,
meditada y conservada en el corazón de los fieles (cf. Lc 2, 19.51), es necesario
intensificar los esfuerzos para facilitar el acceso a la Sagrada Escritura,
especialmente mediante traducciones completas o parciales de la Biblia,
realizadas en lo posible en colaboración con las demás Iglesias y Comunidades
eclesiales y acompañadas con guías de lectura para la oración, el estudio en
familia o en comunidad. Se debe promover además la formación bíblica del clero,
religiosos, catequistas y laicos en general; preparar adecuadas celebraciones
de la Palabra; favorecer el apostolado bíblico con la ayuda del Centro Bíblico
para África y Madagascar y de otras estructuras semejantes, que se han de
fomentar a todos los niveles. En resumen, se procurará poner la Sagrada
Escritura en las manos de todos los fieles desde la infancia.85
Urgencia y necesidad de la inculturación
59. Los Padres sinodales han señalado en varias ocasiones
la importancia particular que para la evangelización tiene la inculturación, es
decir, el proceso mediante el cual « la catequesis "se encarna"
en las diferentes culturas ».86 La inculturación comprende una doble dimensión:
por una parte, « una íntima transformación de los auténticos valores culturales
mediante su integración en el cristianismo » y, por otra, « la radicación del
cristianismo en las diversas culturas humanas ».87 El Sínodo considera la
inculturación como una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias
particulares para que el Evangelio arraigue realmente en África;88 « una
exigencia de la evangelización »;89 « un camino hacia una plena evangelización
»;90 uno de los desafíos mayores para la Iglesia en el continente a las puertas
del tercer milenio.91
Fundamentos teológicos
60. « Pero, al llegar la plenitud de los
tiempos » (Ga 4, 4), el Verbo,
segunda Persona de la Santísima Trinidad, Hijo único de Dios, « se encarnó por
obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre ».92 Es
el misterio sublime de la Encarnación del Verbo, misterio que tuvo lugar en
la historia: en circunstancias de tiempo y espacio bien definidas, en medio
de un pueblo con una cultura propia, que Dios había elegido y acompañado a lo
largo de toda la historia de salvación con el fin de mostrar, mediante cuanto
obraba en él, lo que quería hacer por todo el género humano.
Demostración evidente del amor de Dios hacia los hombres
(cf. Rm 5, 8), Jesucristo, con su
vida, con la Buena Nueva anunciada a los pobres, con su pasión, muerte y
gloriosa resurrección, llevó a cabo la remisión de nuestros pecados y nuestra
reconciliación con Dios, su Padre y, gracias a Él, nuestro Padre. La Palabra
que la Iglesia anuncia es precisamente el Verbo de Dios hecho hombre, Él mismo
sujeto y objeto de esta Palabra. La Buena Nueva es Jesucristo.
Como « la Palabra se hizo carne y puso su morada
entre nosotros » (Jn 1, 14), así la
Buena Nueva, la palabra de Jesucristo anunciada a las naciones, debe
penetrar en el ambiente de vida de sus oyentes. La inculturación es precisamente
esta penetración del mensaje evangélico en las culturas.93 En efecto, la
Encarnación del Hijo de Dios, por ser total y concreta, fue también encarnación
en una cultura específica.94
61. Teniendo presente la relación
estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la
inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la « lógica » propia del misterio
de la Redención. En efecto, la Encarnación del Verbo no constituye un
momento aislado sino que tiende hacia « la Hora » de Jesús y el misterio
pascual: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero
si muere, da mucho fruto » (Jn 12, 24).
« Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí » (Jn 12, 32). Este anonadamiento de sí
mismo, esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de Jesús y
de cada uno de sus discípulos (cf. Flp
2, 6-9), es iluminador para el encuentro de las culturas con Cristo y su
Evangelio. « Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los
valores del Evangelio a la luz del misterio pascual ».95
Es mirando al misterio de la Encarnación y de la Redención como se debe
hacer el discernimiento de los valores y de los antivalores de las culturas.
Como el Verbo de Dios se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el
pecado, así la inculturación de la Buena Nueva asume todos los valores humanos
auténticos purificándolos del pecado y restituyéndolos a su pleno significado.
La inculturación tiene también profundos vínculos con el misterio
de Pentecostés; gracias a la efusión y acción del Espíritu, que unifica
dones y talentos, todos los pueblos de la tierra, al entrar en la Iglesia,
viven un nuevo Pentecostés, profesan en su propia lengua la única fe en
Jesucristo y proclaman las maravillas que el Señor ha realizado en ellos. El
Espíritu, que en el plano natural es la fuente originaria de la sabiduría de
los pueblos, guía con una luz sobrenatural a la Iglesia hacia el conocimiento
de toda la Verdad. A su vez la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas
culturas, se hace « sponsa ornata monilibus suis », « la novia que se adorna
con sus aderezos » (cf. Is 61, 10).
Criterios y ámbitos de la inculturación
62. Es una tarea difícil y delicada, ya que pone a prueba la
fidelidad de la Iglesia al Evangelio y a la Tradición apostólica en la
evolución constante de las culturas. Por ello los Padres sinodales observaron:
« Ante los rápidos cambios culturales, sociales, económicos y políticos,
nuestras Iglesias locales deben trabajar en un proceso de inculturación siempre
renovado, respetando los dos criterios siguientes: la compatibilidad con el
mensaje cristiano y la comunión con la Iglesia universal (...). En todo caso se
tratará de evitar cualquier sincretismo ».96
« Como camino hacia una plena evangelización, la inculturación trata de
preparar al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su propio ser
personal, cultural, económico y político, para la plena adhesión a Dios Padre y
para llevar una vida santa mediante la acción del Espíritu Santo ».97
Al dar gracias a Dios por los frutos que los esfuerzos de la inculturación
han dado ya en la vida de las Iglesias del continente, particularmente en las
antiguas Iglesias orientales de África, el Sínodo ha recomendado « a los
Obispos y a las Conferencias Episcopales que tengan en cuenta que la
inculturación engloba todos los ámbitos de la vida de la Iglesia y de la
evangelización: teología, liturgia, vida y estructura de la Iglesia. Todo esto
muestra la necesidad de una búsqueda en el ámbito de las culturas africanas en
toda su complejidad ». Precisamente por eso el Sínodo ha invitado a los
Pastores « a aprovechar al máximo las múltiples posibilidades que la disciplina
actual de la Iglesia establece ya al respecto ».98
Iglesia como Familia de Dios
63. El Sínodo no sólo ha hablado de la inculturación, sino
que también la ha aplicado concretamente, asumiendo como idea-guía para la
evangelización de África la de Iglesia como Familia de Dios.99 En
ella los Padres sinodales han reconocido una expresión de la naturaleza de la
Iglesia particularmente apropiada para África. En efecto, la imagen pone el
acento en la solicitud por el otro, la solidaridad, el calor de las relaciones,
la acogida, el diálogo y la confianza.100 La nueva evangelización tenderá pues
a edificar la Iglesia como Familia, excluyendo todo etnocentrismo y todo
particularismo excesivo, tratando de promover por el contrario la
reconciliación y la verdadera comunión entre las diversas etnias, favoreciendo
la solidaridad y el compartir tanto el personal como los recursos de las
Iglesias particulares, sin consideraciones indebidas de orden étnico.101 « Es
de desear que los teólogos elaboren la teología de la Iglesia-Familia con toda
la riqueza contenida en este concepto, desarrollando su complementariedad
mediante otras imágenes de la Iglesia ».102
Esto supone una profunda reflexión sobre el patrimonio bíblico y tradicional
que el Concilio Vaticano II ha recogido en la Constitución dogmática Lumen gentium. El admirable texto expone la
doctrina sobre la Iglesia recurriendo a imágenes, sacadas de la Sagrada
Escritura, como Cuerpo místico, Pueblo de Dios, templo del Espíritu, rebaño y
redil, casa en la que Dios mora con los hombres. Según el Concilio, la Iglesia
es esposa de Cristo y madre nuestra, ciudad santa y primicia del Reino futuro.
Es necesario tener en cuenta estas sugestivas imágenes al desarrollar, según la
indicación del Sínodo, una eclesiología centrada en el concepto de
Iglesia-Familia de Dios.103 Se podrá entonces apreciar en toda su riqueza y
densidad la afirmación de la que parte la Constitución conciliar: « La Iglesia
es en Cristo como el sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima
con Dios y de la unidad de todo el género humano ».104
Campos de aplicación
64. En la práctica, sin prejuicio alguno por las
tradiciones propias de cada Iglesia, latina u oriental, « se debe tender a la
inculturación de la liturgia, teniendo cuidado de no cambiar nada de los
elementos esenciales, de modo que el pueblo fiel pueda comprender y vivir mejor
las celebraciones litúrgicas ».105
El Sínodo ha afirmado además que, incluso cuando la doctrina es difícilmente
asimilable a pesar de un largo período de evangelización, o bien, cuando su
práctica supone serios problemas pastorales, sobre todo en la vida sacramental,
es necesario permanecer fieles a la enseñanza de la Iglesia y, al mismo tiempo,
respetar a las personas en la justicia y con verdadera caridad pastoral.
Partiendo de este principio, el Sínodo ha expresado el deseo de que las
Conferencias Episcopales, en colaboración con las Universidades y los
Institutos católicos, creen comisiones de estudio, especialmente sobre el
matrimonio, la veneración de los antepasados y el mundo de los espíritus, con
objeto de examinar a fondo todos los aspectos culturales de estos problemas
desde el punto de vista teológico, sacramental, ritual y canónico.106
Diálogo
65. « La actitud de diálogo es el modo de ser del cristiano
tanto dentro de su comunidad, como en relación con los demás creyentes y con
los hombres y mujeres de buena voluntad ».107 El diálogo se ha de practicar
ante todo dentro de la Iglesia- Familia, a todos los niveles: entre
Obispos, Conferencias Episcopales o Asambleas de la Jerarquía y Sede
Apostólica, entre las Conferencias o Asambleas Episcopales de las diferentes
naciones del mismo continente y las de los demás continentes y, en cada Iglesia
particular, entre el Obispo, presbiterio, personas consagradas, agentes
pastorales y fieles laicos; así como entre los diversos ritos dentro de la
misma Iglesia. El S.C.E.A.M. procurará tener « estructuras y medios que
garanticen el ejercicio de este diálogo », 108 en particular para favorecer una
solidaridad pastoral orgánica.
« Los católicos, unidos a Cristo mediante su testimonio en África, están
invitados a desarrollar un diálogo ecuménico con todos los hermanos
bautizados de las demás Confesiones cristianas, a fin de lograr la unidad por
la que Cristo oró, y de este modo su servicio a las poblaciones del continente
haga el Evangelio más creíble a los ojos de cuantos y cuantas buscan a Dios
».109 Este diálogo podrá concretarse en iniciativas como la traducción
ecuménica de la Biblia, la profundización teológica de uno u otro aspecto de la
fe cristiana, o incluso ofreciendo juntos un testimonio evangélico a favor de
la justicia, la paz y el respeto de la dignidad humana. Para esto se procurará
crear comisiones nacionales y diocesanas de ecumenismo.110 Juntos, los
cristianos son responsables de dar testimonio del Evangelio en el continente.
Los progresos del ecumenismo tienen también como objetivo hacer que este
testimonio sea más eficaz.
66. « El compromiso del diálogo debe abarcar también a los
musulmanes de buena voluntad. Los cristianos no pueden olvidar que muchos
musulmanes tratan de imitar la fe de Abraham y vivir las exigencias del
Decálogo ».111 A este respecto, el Mensaje del Sínodo destaca que el
Dios vivo, Creador del cielo y de la tierra y Señor de la historia, es el Padre
de la gran familia humana que formamos. Como tal, quiere que demos testimonio
de Él respetando los valores y las tradiciones religiosas propias de cada uno,
trabajando juntos para la promoción humana y el desarrollo en todos los
niveles. Lejos de querer ser aquél en cuyo nombre unos eliminan a otras
personas, Él compromete a los creyentes a trabajar juntos al servicio de la
justicia y la paz.112Se pondrá, pues, particular atención en que el diálogo
islamo-cristiano respete por ambas partes el ejercicio de la libertad
religiosa, con todo lo que esto comporta, incluidas también las manifestaciones
exteriores y públicas de la fe.113 Cristianos y musulmanes están llamados a
comprometerse en la promoción de un diálogo inmune de los riesgos derivados de
un irenismo de mala ley o de un fundamentalismo militante, y levantando su voz
contra políticas y prácticas desleales, así como contra toda falta de
reciprocidad en relación con la libertad religiosa.114
67. En cuanto a la religión tradicional africana, un
diálogo sereno y prudente podrá, por una parte, proteger de influjos negativos
que condicionan la misma forma de vida de muchos católicos y, por otra,
asegurar la asimilación de los valores positivos como la creencia en el Ser
Supremo, Eterno, Creador, Providente y justo Juez que se armonizan bien con el contenido
de la fe. Éstos pueden ser vistos como una preparación al Evangelio, porque
contienen preciosas semina Verbi capaces de llevar, como ya ha ocurrido
en el pasado, a muchas personas a « abrirse a la plenitud de la Revelación en
Jesucristo por medio de la proclamación del Evangelio ».115
Por tanto, es necesario tratar con mucho respeto y estima a quienes se
adhieren a la religión tradicional, evitando todo lenguaje inadecuado e
irrespetuoso. A este fin, en los centros de formación sacerdotal y religiosa se
deben impartir oportunos conocimientos sobre la religión tradicional.116
Desarrollo humano integral
68. El desarrollo humano integral —desarrollo de todo
hombre y de todo el hombre, especialmente de quien es más pobre y marginado en
la comunidad— constituye el centro mismo de la evangelización. « Entre
evangelización y promoción humana —desarrollo, liberación— existen
efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el
hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los
problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede
disociar el plan de la creación del plan de la Redención que llega hasta
situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de
justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como
es el de la caridad: en efecto, cómo proclamar el mandamiento nuevo sin
promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento
del hombre? ».117
De ese modo, el Señor Jesús, cuando inauguró su ministerio
público en la sinagoga de Nazaret, eligió para ilustrar su misión el texto
mesiánico del Libro de Isaías: « El Espíritu del Señor está sobre mí, por
cuanto que me ha ungido el Señor. A anunciar la Buena Nueva a los pobres me ha
enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación,
y a los reclusos la libertad; a pregonar un año de gracia del Señor » (Lc 4, 18-19; cf. Is, 61 1-2).
El Señor se considera, pues, como enviado para aliviar la
miseria de los hombres y combatir toda forma de marginación. Ha venido a liberar
al hombre; ha venido a tomar nuestras flaquezas y a cargar con nuestras
enfermedades: « De hecho todo el ministerio de Jesús está orientado a atender a
cuantos, entorno a Él, estaban marcados por el sufrimiento: personas que
sufrían, paralíticos, leprosos, ciegos, sordos, mudos (cf. Mt 8, 17) ».118 « No es posible
aceptar que la obra de evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones
extremadamente graves, tan debatidas hoy día, que atañen a la justicia, a la
liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo »:119 la liberación que la
evangelización anuncia « no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión
económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero,
en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios ».120
Afirma justamente el Concilio Vaticano II: « La Iglesia, al buscar su propio
fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida divina, sino que también
derrama su luz reflejada en cierto modo sobre todo el mundo, especialmente en
cuanto que sana y eleva la dignidad de la persona humana, e impregna de un
sentido y una significación más profunda la actividad cotidiana de los hombres.
La Iglesia cree que de esta manera, por medio de cada uno de sus miembros y de
toda su comunidad, puede contribuir mucho a humanizar más la familia de los
hombres y la historia ».121 La Iglesia anuncia y comienza a realizar el Reino
de Dios siguiendo las huellas de Jesús, porque « la naturaleza del Reino es la
comunión de todos los seres humanos entre sí y con Dios ».122 Así « el Reino es
fuente de plena liberación y de salvación total para los hombres: con éstos,
pues, la Iglesia camina y vive, realmente y enteramente solidaria con su
historia ».123
69. La historia de los hombres asume su auténtico sentido
en la Encarnación del Verbo de Dios, que es el fundamento de la dignidad
humana restaurada. El hombre ha sido redimido por medio de Cristo, « Imagen
de Dios invisible, generado antes de toda criatura » (Co 1, 15); más
aún, « el Hijo de Dios, con su Encarnación, se ha unido, en cierto modo, con
todo hombre ».124 Cómo no exclamar con san León Magno: « ¡Cristiano, toma
conciencia de tu dignidad! ».125
Anunciar a Cristo es, pues, revelar al hombre su dignidad inalienable, que
Dios ha rescatado mediante la Encarnación de su Hijo único. El Concilio
Vaticano II prosigue así: « Al haberse confiado a la Iglesia la manifestación
del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, ella misma descubre al
hombre el sentido de su propia existencia, es decir, la verdad íntima sobre el
hombre ».126
Dotado de esta incomparable dignidad, el hombre no puede vivir en
condiciones de vida social, económica, cultural y política infrahumanas. Éste
es el fundamento teológico de la lucha por la defensa de la dignidad personal,
por la justicia y la paz social, por la promoción humana, la liberación y el
desarrollo integral del hombre y de todos los hombres. Por ello, considerando
esta dignidad, el desarrollo de los pueblos —dentro de cada nación y en las
relaciones internacionales— debe realizarse de manera solidaria, como
afirmaba del modo más apropiado mi predecesor Pablo VI.127 Precisamente en esta
perspectiva podía decir: « El desarrollo es el nuevo nombre de la paz ».128 Se
puede, pues, afirmar con razón que « el desarrollo integral supone el respeto
de la dignidad humana, la cual sólo puede realizarse en la justicia y la paz
».129
Ser la voz de quienes no tienen voz
70. Animados por la fe y la esperanza en la fuerza
salvífica de Jesús, los Padres del Sínodo concluyeron sus trabajos renovando el
compromiso de aceptar el desafío de ser instrumentos de salvación en los
distintos ámbitos de la vida de los pueblos africanos. « La Iglesia
—declararon— debe continuar ejerciendo su papel profético y ser la voz de
quienes no tienen voz », 130 para que en todas partes se reconozca la dignidad
humana a cada persona y el hombre sea siempre el centro de todos los programas
de gobierno. « El Sínodo (...) interpela la conciencia de los jefes de Estado y
de los responsables del bien público, para que garanticen cada vez más la
liberación y el desarrollo armónico de sus poblaciones ».131Sólo con estas
condiciones se construye la paz entre las naciones.
La evangelización debe promover iniciativas que contribuyan a desarrollar y ennoblecer
al hombre en su existencia espiritual y material. Se trata del desarrollo
de todo hombre y de todo el hombre, considerado no sólo de modo aislado, sino
también y especialmente en el marco de un desarrollo solidario y armonioso de
todos los miembros de una nación y de todos los pueblos de la tierra.132
En suma, la evangelización debe denunciar y combatir todo lo que envilece y
destruye al hombre. « Al ejercicio de este ministerio de evangelización en
el campo social, que es un aspecto de la función profética de la
Iglesia, corresponde también la denuncia de los males y de las injusticias.
Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre más importante que la denuncia,
y que ésta no puede prescindir de aquél, que le brinda su verdadera consis
tencia y la fuerza de su motivación más alta ».133
Medios de comunicación social
71. « Desde siempre Dios se caracteriza
por su voluntad de comunicación. Lo realiza de modos diversos. Da el ser a
todas las criaturas animadas o inanimadas. Establece particularmente con el
hombre relaciones privilegiadas. "Muchas veces y de muchos modos habló
Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos
tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" (Hb 1, 1-2) ».134 El Verbo de Dios es,
por su naturaleza, palabra, diálogo y comunicación. Ha venido a restaurar, de
una parte, la comunicación y las relaciones entre Dios y los hombres, y, de
otra, las de los hombres entre sí.
Los medios de comunicación social han llamado la atención del Sínodo bajo dos
aspectos importantes y complementarios: como un universo cultural nuevo y
naciente, y como un conjunto de instrumentos al servicio de la comunicación.
Constituyen desde el inicio una cultura nueva que tiene su lenguaje propio y
sobre todo sus valores y contravalores específicos. En este sentido tienen
necesidad, como todas las culturas, de ser evangelizados.135
En efecto, en nuestros días los medios de comunicación social constituyen no
sólo un mundo, sino una cultura y una civilización. Y la Iglesia es enviada
también a llevar la Buena Nueva de la salvación a este mundo. Los heraldos del
Evangelio deben, pues, penetrar en ellos para impregnarse de esta
nueva civilización y cultura, con el fin de servirse oportunamente de la
misma. « El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la
comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola —como
suele decirse— en una "aldea global". Los medios de comunicación
social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal
instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los
comportamientos individuales, familiares y sociales ».136
La formación para el uso de los medios de comunicación social es una
necesidad, no sólo para quien anuncia el Evangelio, que debe entre otras
cosas poseer el estilo de la comunicación, sino también para el lector,
el receptor y el telespectador que, formados para comprender
este tipo de comunicación, deben saber asumir sus aportaciones con
discernimiento y espíritu crítico.
En África, donde la tradición oral es una de las
características de la cultura, esta formación tiene una importancia capital.
Este tipo de comunicación debe recordar a los Pastores, especialmente a los
Obispos y sacerdotes, que la Iglesia es enviada a hablar, a predicar el
Evangelio mediante la palabra y los gestos. Ella no puede, pues, callar, bajo
el riesgo de incumplir su misión; a menos que, en ciertas circunstancias, el
silencio mismo sea un modo de hablar y de testimoniar. Debemos, pues, anunciar
siempre a tiempo y a destiempo (cf. 2Tm
4, 2), pero teniendo como objetivo edificar en la caridad y en la verdad.
CAPÍTULO IV
EN LA PERSPECTIVA DEL TERCER
MILENIO CRISTIANO
I. Los desafíos actuales
72. La Asamblea especial para África del Sínodo de los
Obispos ha sido convocada para que la Iglesia de Dios, extendida por el
continente, reflexione sobre su misión evangelizadora con vistas al tercer
milenio, y prepare « una orgánica solidaridad pastoral en todo el territorio
africano e islas adyacentes ».137 Esta misión implica, como se ha subrayado
anteriormente, urgencias y desafíos, debidos a profundos y rápidos cambios
de las sociedades africanas y a los efectos derivados de la expansión de
una civilización planetaria.
Necesidad del Bautismo
73. La primera urgencia es naturalmente
la evangelización misma. Por un lado, la Iglesia debe asimilar y vivir cada vez
mejor el mensaje que el Señor le ha confiado. Por otro, debe testimoniar y
anunciar este mensaje a cuantos todavía no conocen a Jesucristo. En efecto, es
para ellos que el Señor dijo a los Apóstoles: « Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes » (Mt 28, 19).
Como en Pentecostés, la predicación del kerigma tiene
como finalidad natural llevar a quien escucha a la metanoia y a recibir
el Bautismo: « El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión
cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su
Evangelio mediante la fe ».138 La conversión a Cristo, además, « está
relacionada con el bautismo, no sólo por la praxis de la Iglesia, sino por
voluntad del mismo Cristo, que envió a hacer discípulos a todas las gentes y a
bautizarlas (cf. Mt 28, 19); está
relacionada también por la exigencia intrínseca de recibir la plenitud de la
nueva vida en él: « En verdad, en verdad te digo: —enseña Jesús a
Nicodemo— el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el
Reino de Dios » (Jn 3, 5). En
efecto, el bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios, nos une a
Jesucristo y nos unge en el Espíritu Santo: no es un mero sello de la
conversión, como un signo exterior que la demuestra y la certifica, sino
que es un sacramento que significa y lleva a cabo este nuevo nacimiento
por el Espíritu; instaura vínculos reales e inseparables con la Trinidad; hace
miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia ».139 Por lo tanto, un itinerario
de conversión que no llegase al bautismo se quedaría a mitad de camino.
En verdad, los hombres de buena voluntad que, sin ninguna
culpa por su parte, no reciben el anuncio evangélico, pero viven en armonía con
su conciencia según la ley de Dios, serán salvados por Cristo y en Cristo. De
hecho, para todo ser humano existe siempre en acto la llamada de Dios,
que espera ser reconocida y acogida (cf. 1Tm 2, 4). Precisamente para
facilitar este reconocimiento y esta acogida, a los discípulos de Cristo se les
pide que no descansen hasta que el gozoso mensaje de la salvación no sea
llevado a todos.
Urgencia de la evangelización
74. El Nombre de Jesucristo es el único
por el cual nosotros podemos salvarnos (cf. Hch 4, 12). Ya que en África
existen millones de personas aún no evangelizadas, la Iglesia se encuentra ante
la tarea, necesaria y urgente, de proclamar la Buena Nueva a todos, y
conducir a aquellos que escuchan al bautismo y a la vida cristiana. « La
urgencia de la actividad misionera brota de la radical novedad de vida, traída
por Cristo y vivida por sus discípulos. Esta nueva vida es un don de Dios, y al
hombre se le pide que lo acoja y desarrolle, si quiere realizarse según su
vocación integral, en conformidad con Cristo ».140 Esta nueva vida en la
originalidad radical del Evangelio implica también rupturas con las costumbres
y la cultura de cualquier pueblo de la tierra, porque el Evangelio nunca es un
producto interno de un determinado país, sino que siempre « viene de fuera »,
viene de lo Alto. Para los bautizados el gran desafío es siempre la coherencia
de una existencia cristiana conforme con los compromisos del Bautismo, que
significa muerte al pecado y resurrección cotidiana a una vida nueva (cf. Rm 6,
4-5). Sin esta coherencia, los discípulos de Cristo difícilmente podrán ser « sal
de la tierra » y « luz del mundo » (Mt 5, 13.14). Si la Iglesia en África
se compromete con valentía y sin titubeos en este camino, la Cruz podrá ser
plantada en todas las partes del continente para la salvación de los pueblos
que no tienen miedo de abrir las puertas al Redentor.
Importancia de la formación
75. En todos los sectores de la vida eclesial la formación
es de capital importancia. En efecto, nadie puede conocer realmente las
verdades de fe que nunca ha tenido ocasión de aprender, ni puede realizar obras
para las que jamás ha sido educado. Por eso « es preciso preparar, motivar y
fortalecer a toda la comunidad para la evangelización, a cada uno según su
función específica dentro de la Iglesia ».141 Esto vale también para los
Obispos, los presbíteros, los miembros de Institutos de vida consagrada y de
las Sociedades de vida apostólica, los de los Institutos seculares y para todos
los fieles laicos.
La formación misionera debe ocupar un lugar privilegiado. Es « obra de la
Iglesia local con la ayuda de los misioneros y de sus Institutos, así como de
los miembros de las Iglesias jóvenes. Esta labor ha de ser entendida no como
algo marginal, sino central en la vida cristiana ».142
El programa de formación incluirá, de modo particular, la preparación de los
laicos para desarrollar plenamente su papel de animación cristiana del orden
temporal (político, cultural, económico, social), que es compromiso
característico de la vocación secular del laicado. A este propósito, se debe
animar a laicos competentes y motivados a comprometerse en la acción política,
143 en la cual, mediante un ejercicio digno de los cargos públicos, puedan «
procurar el bien común y preparar al mismo tiempo el camino al Evangelio ».144
Profundización de la fe
76. La Iglesia en África, para ser evangelizadora, debe
comenzar « por evangelizarse a sí misma... Tiene necesidad de escuchar sin
cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del
amor. Pueblo de Dios inmerso en el mundo y, con frecuencia, tentado por los
ídolos, necesita saber proclamar las grandezas de Dios ».145
Hoy en África « la formación de la fe... ha quedado muy frecuentemente en el
estadio elemental, y las sectas obtienen fácilmente ventajas de esta ignorancia
».146 Por esto es urgente una seria profundización de la fe, porque la rápida
evolución de la sociedad ha hecho surgir nuevos desafíos, vinculados en
particular a los fenómenos de desarraigo familiar, urbanización, desocupación,
así como a las múltiples seducciones materialistas, a una cierta secularización
y a una especie de trauma intelectual que provoca la avalancha de ideas
insuficientemente cribadas, difundidas por los medios de comunicación
social.147
La fuerza del testimonio
77. La formación debe tratar de dar a los cristianos no
solamente una preparación técnica para transmitir mejor los contenidos de la
fe, sino también una convicción personal profunda para testimoniarlos
eficazmente en la vida. Por tanto, todos los que son llamados a proclamar el
Evangelio procurarán actuar con total docilidad al Espíritu, el cual « hoy
igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se
deja poseer y conducir por Él ».148 « Las técnicas de evangelización son
buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta
del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue
absolutamente nada sin Él. Sin Él, la dialéctica más convincente es impotente
sobre el espíritu de los hombres. Sin Él, los esquemas más elaborados sobre
bases sociológicas o psicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor
».149
Un verdadero testimonio por parte de los creyentes es hoy
esencial en África para proclamar de manera auténtica la fe. En particular, es
necesario que den testimonio de un sincero amor recíproco. « "Ésta es la
vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has
enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3).
Fin último de la misión es hacer partícipes de la comunión que existe entre el Padre
y el Hijo: los discípulos deben vivir la unidad entre sí, permaneciendo en el
Padre y en el Hijo, para que el mundo conozca y crea (cf. Jn 17, 21-23). Es éste un
significativo texto misionero que nos hace entender que se es misionero ante
todo por lo que se es, en cuanto Iglesia que vive profundamente la
unidad en el amor, antes de serlo por lo que se dice o se hace ».150
Inculturar la fe
78. Con la profunda convicción de que « la síntesis
entre cultura y fe no es solamente una exigencia de la cultura, sino también de
la fe », porque « una fe que no se hace cultura es una fe no acogida
plenamente, no enteramente pensada, no fielmente vivida », 151 la Asamblea
especial para África del Sínodo de los Obispos ha considerado la inculturación
una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares en África:
sólo así el Evangelio podrá tener sólidas raíces en las comunidades cristianas
del continente. Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, 152 los
Padres sinodales han interpretado la inculturación como un proceso que
comprende toda la vida cristiana —teología, liturgia, costumbres, estructuras—,
sin cercenar obviamente el derecho divino y la gran disciplina de la Iglesia,
enriquecida durante los siglos por extraordinarios frutos de virtud y de
heroísmo.153
El desafío de la inculturación en África es hacer que los
discípulos de Cristo puedan asimilar cada vez mejor el mensaje evangélico,
permaneciando fieles a todos los valores africanos auténticos. Inculturar la fe
en todos los sectores de la vida cristiana y humana se presenta, pues, como una
tarea ardua, que para su realización exige la asistencia del Espíritu del
Señor, que conduce a la Iglesia a la verdad plena (cf. Jn 16, 13).
Una comunidad reconciliada
79. El desafío del diálogo es, en el
fondo, el desafío de la transformación de las relaciones entre los hombres,
entre las naciones y entre los pueblos en la vida religiosa, política,
económica, social y cultural. Es el desafío del amor de Cristo por todos los
hombres, amor que el discípulo debe reflejar en su vida: « En esto conocerán
todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros » (Jn 13, 35).
« La evangelización continúa el diálogo de Dios con la
humanidad, un diálogo que alcanza su vértice en la persona de Jesucristo ».154
Por medio de la Cruz, Él ha destruido en sí mismo la enemistad (cf. Ef 2, 16) que divide y aleja a los
hombres unos de otros.
Ahora, no obstante la civilización contemporánea de la « aldea global », en
África como en otras partes del mundo el espíritu de diálogo, paz y
reconciliación está lejos de habitar en el corazón de todos los hombres. Las
guerras, conflictos, actitudes racistas y xenófobas aún dominan demasiado el
mundo de las relaciones humanas.
La Iglesia en África siente la exigencia de ser para
todos, gracias al testimonio ofrecido por sus hijos e hijas, lugar de auténtica
reconciliación. Así, perdonados y reconciliados mutuamente, podrán llevar al
mundo el perdón y la reconciliación que Cristo, nuestra Paz (cf. Ef 2, 14), ofrece a la humanidad
mediante su Iglesia. En caso contrario, el mundo parecería cada vez más un
campo de batalla, donde sólo cuentan los intereses egoístas y donde reina la ley
de la fuerza, que aleja inevitablemente a la humanidad de la deseada civilización
del amor.
II. La familia
Evangelización de la familia
80. « El futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de
la familia ».155 En efecto, la familia no solamente es la primera célula de la
comunidad eclesial viva sino que lo es también de la sociedad. En África,
particularmente, la familia representa el pilar sobre el cual está construido
el edificio de la sociedad. Por esto el Sínodo considera la evangelización de
la familia africana como una de las mayores prioridades, si se quiere que
asuma, a su vez, el papel de sujeto activo en la perspectiva de la
evangelización de las familias por medio de las familias.
Desde el punto de vista pastoral, esto es un verdadero desafío, dadas las
dificultades de orden político, económico, social y cultural que los núcleos
familiares en África deben afrontar en el contexto de los grandes cambios de la
sociedad contemporánea. Aun adoptando los valores positivos de la modernidad,
la familia africana debe, por tanto, salvaguardar sus propios valores
esenciales.
La Sagrada Familia como modelo
81. A este propósito, la Sagrada Familia
que, según el Evangelio (cf. Mt 2, 14-15),
vivió cierto tiempo en África, es « prototipo y ejemplo de todas las
familias cristianas », 156 modelo y fuente espiritual para cada
familia cristiana.157
Recordando las palabras del Papa Pablo VI, peregrino a Tierra Santa, «
Nazaret es la escuela donde se es iniciado para comprender la vida de Jesús: la
escuela del Evangelio (...). Aquí, en esta escuela, se comprende la
necesidad de tener una disciplina espiritual (...) si queremos convertirnos en
discípulos de Cristo ».158 En su profunda meditación sobre el misterio de
Nazaret, Pablo VI invita a aprender una triple lección: silencio, vida
familiar y trabajo. En la casa de Nazaret cada uno vive la propia
misión en perfecta armonía con los otros miembros de la Sagrada Familia.
Dignidad y papel del hombre y de la mujer
82. La dignidad del hombre y de la mujer
deriva del hecho de que, al crear Dios el ser humano, « a imagen de Dios le
creó, varón y mujer los creó » (Gn 1,
27). Tanto el hombre como la mujer han sido creados « a imagen de Dios »,
es decir, dotados de inteligencia y voluntad y, consecuentemente, de libertad.
Lo demuestra el relato del pecado de los primeros padres (cf. Gn 3). El
salmista canta así la dignidad incomparable del hombre: « Lo hiciste poco
inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando
sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies » (Sal 8, 6-7).
Creados el uno y el otro a imagen de Dios, el hombre y la
mujer, aunque diferentes, son esencialmente iguales desde el punto de
vista de su humanidad. « Ambos desde el comienzo son personas, a diferencia de
los demás seres vivientes del mundo que los circunda. La mujer es otro
"yo" en la humanidad común » 159 y cada uno es una ayuda para el otro
(cf. Gn 2, 18-25).
« Creando al hombre "varón y mujer", Dios da la dignidad personal
de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos
inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana
».160 El Sínodo ha deplorado las costumbres africanas y las prácticas « que
privan a las mujeres de sus derechos y del respeto que les es debido », 161 y
ha pedido que la Iglesia en el continente se esfuerce en promover la
salvaguardia de tales derechos.
Dignidad y papel del Matrimonio
83. Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
es Amor (cf. 1Jn 4, 8). « La comunión
entre Dios y los hombres halla su cumplimiento definitivo en Cristo Jesús, el
Esposo que ama y se da como Salvador de la humanidad, uniéndola a sí como su
cuerpo. Él revela la verdad original del matrimonio, la verdad del
"principio" y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace
capaz de realizarla plenamente. Esta revelación alcanza su plenitud definitiva
en el don de amor que el Verbo de Dios hace a la humanidad asumiendo la
naturaleza humana, y en el sacrificio que Jesucristo hace de sí mismo en la
cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela enteramente el
designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer desde su
creación (cf. Ef 5, 32-33); el matrimonio
de los bautizados se convierte así en el símbolo real de la nueva y eterna
Alianza, sancionada con la sangre de Cristo ».162
El amor recíproco entre los esposos bautizados manifiesta el Amor de Cristo
y de la Iglesia. Signo del Amor de Cristo, el Matrimonio es un sacramento de
la Nueva Alianza: « Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para
la Iglesia, de lo que acaeció en la cruz; son el uno para el otro y para los
hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace partícipes.
De este acontecimiento de salvación el Matrimonio, como todo sacramento, es
memorial, actualización y profecía ».163
Por tanto, el Matrimonio es un estado de vida, un camino
de santidad cristiana, una vocación que debe conducir a la resurrección gloriosa
y al Reino, donde « ni ellos tomarán mujer ni ellas marido » (Mt 22, 30). Por esto, el Matrimonio
exige un amor indisoluble; gracias a esta estabilidad, puede contribuir
eficazmente a realizar totalmente la vocación bautismal de los esposos.
Salvar la familia africana
84. Han sido muchas las intervenciones en el aula del
Sínodo que han puesto de relieve las amenazas que actualmente acechan a la
familia africana. Las preocupaciones de los Padres sinodales eran muy
justificadas, puesto que el documento preparatorio de la Conferencia de las
Naciones Unidas, que tuvo lugar en septiembre de 1994 en El Cairo, tierra
africana, parecía claramente que quería adoptar resoluciones en contraste con
no pocos valores familiares africanos. Haciendo propias las preocupaciones
manifestadas anteriormente por mí a la mencionada Conferencia y a los Jefes de
Estado de todo el mundo, 164 los Padres sinodales dirigieron una apremiante
llamada para que se salvaguarde la familia: « ¡No dejéis —clamaron— que engañen
a la familia africana precisamente en su tierra! ¡No dejéis que el Año
Internacional de la Familia se convierta en el año de la destrucción de la
familia! ».165
La familia abierta a la sociedad
85. El matrimonio, por su naturaleza, transciende la
pareja, ya que tiene la misión especial de perpetuar la humanidad. Del mismo
modo, la familia, por naturaleza, supera los límites del hogar doméstico: está
orientada hacia la sociedad. « La familia posee vínculos vitales y orgánicos
con la sociedad, porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante
su función de servicio a la vida. En efecto, de la familia nacen los
ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes
sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.
Así, la familia, en virtud de su naturaleza y vocación, lejos de encerrarse en
sí misma, se abre a las demás familias y a la sociedad, asumiendo su función
social ».166
En esta línea, la Asamblea especial para África afirma que el fin de la
evangelización es edificar la Iglesia como Familia de Dios, anticipación,
aunque imperfecta, de su Reino en la tierra. Las familias cristianas de África
llegarán a ser de este modo verdaderas « iglesias domésticas », contribuyendo
al progreso de la sociedad hacia una vida más fraterna. Se producirá así la
transformación de las sociedades africanas mediante el Evangelio.
CAPÍTULO V
« SERÉIS MIS TESTIGOS » EN ÁFRICA
Testimonio y santidad
86. Los desafíos señalados muestran lo
oportuna que ha sido la Asamblea especial para África del Sínodo de los
Obispos: la tarea de la Iglesia en el continente es inmensa; para afrontarla es
necesaria la colaboración de todos. El testimonio constituye su elemento
central. Cristo interpela a sus discípulos en África y les confía el mandato
que dio a los apóstoloes el día de la Ascensión: « Seréis mis testigos » (Hch 1, 8) en África.
87. El anuncio de la Buena Nueva con la
palabra y las obras abre el corazón de las personas al deseo de la santidad,
de la configuración con Cristo. San Pablo, en la primera Carta a los
Corintios, se dirige « a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser
santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor
nuestro » (1, 2). La predicación del Evangelio tiene también como objetivo la
construcción de la Iglesia de Dios, en la perspectiva de la llegada del Reino,
que Cristo entregará al Padre al final de los tiempos (cf. 1Co 15, 24).
« La entrada en el Reino de Dios pide un cambio de mentalidad (metanoia)
y de comportamiento, y un testimonio de vida en palabras y obras, alimentado
dentro de la Iglesia por la participación en los sacramentos, particularmente
en la Eucaristía, sacramento de salvación ».167
La inculturación es un camino para la santidad, pues mediante aquélla la fe
penetra en la vida de las personas y de sus comunidades originarias. Así como
en la Encarnación Cristo asumió la naturaleza humana, excepto en el pecado, así
de manera análoga mediante la inculturación el mensaje cristiano asimila los
valores de la sociedad a la que se anuncia, descartando lo que está marcado por
el pecado. En la medida en que una comunidad eclesial es capaz de integrar los
valores positivos de una determinada cultura, se hace instrumento de su
apertura a las dimensiones de la santidad cristiana. Una inculturación de la fe
realizada con sabiduría purifica y eleva las culturas de los diversos pueblos.
Un papel importante, desde este punto de vista, corresponde a la liturgia.
Como modo eficaz de proclamar y vivir los misterios de la salvación, puede
contribuir válidamente a elevar y enriquecer las manifestaciones específicas de
la cultura de un determinado pueblo. Será, pues, tarea de la autoridad
competente cuidar la inculturación, según modelos de reconocido carácter
artístico, de los elementos litúrgicos que, a la luz de las normas vigentes,
pueden ser modificados.168
I. Agentes de la evangelización
88. La evangelización tiene necesidad de
agentes. En efecto, « cómo invocarán a aquel (el Señor) en quien no han creído?
Cómo creerán en aquel a quien no han oído? Cómo oirán sin que se les predique?
Y cómo predicarán si no son enviados? » (Rm
10, 14-15). El anuncio del Evangelio sólo puede realizarse plenamente con
la aportación de todos los creyentes, a todos los niveles de la Iglesia, tanto
universal como local.
Corresponde en primer lugar a esta última, la Iglesia local bajo la
responsabilidad del Obispo, coordinar la obra de la evangelización, convocando
a los fieles, confirmándolos en la fe mediante la labor de los sacerdotes y
catequistas, y sosteniéndolos en la realización de sus respectivas misiones. A
este fin, la diócesis debe crear las estructuras necesarias de encuentro,
diálogo y programación. Sirviéndose de ellas el Obispo podrá orientar
oportunamente el trabajo de los sacerdotes, religiosos y laicos, acogiendo los
dones y carismas de cada uno para ponerlos al servicio de una pastoral
actualizada e incisiva. En este sentido, serán muy útiles los diversos Consejos
previstos por las normas vigentes del Derecho Canónico.
Comunidades eclesiales vivas
89. Los Padres sinodales reconocieron rápidamente que la
Iglesia como Familia sólo puede dar su medida de Iglesia ramificándose en
comunidades suficientemente pequeñas que permitan estrechas relaciones humanas.
Las características de dichas comunidades fueron sintetizadas así por la
Asamblea: deben ser lugares donde se atienda en primer lugar a la propia
evangelización para después llevar la Buena Nueva a los demás; por eso deben
ser lugares de oración y de escucha de la Palabra de Dios; de
responsabilización de sus propios miembros; de aprendizaje de vida eclesial; de
reflexión sobre los distintos problemas humanos, a la luz del Evangelio. En
ellas se deben comprometer sobre todo a vivir el amor universal de Cristo, que
transciende las barreras de las solidaridades naturales de los clanes, tribus u
otros grupos de interés.169
Laicado
90. Se debe ayudar a los laicos a tomar cada vez más
conciencia del papel que deben ocupar en la Iglesia, reconociendo así la misión
que les es propia como bautizados y confirmados, de acuerdo con la enseñanza de
la Exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici 170 y de la Encíclica Redemptoris
Missio.171 Deben, pues, ser preparados para esto
mediante adecuados centros o escuelas de formación bíblica y pastoral. Del
mismo modo, los cristianos que ocupan puestos de responsabilidad deben ser
preparados cuidadosamente para su actividad política, económica y social con
una sólida formación en la doctrina social de la Iglesia, para que sean
testigos fieles del Evangelio en su ámbito de acción.172
Catequistas
91. « El papel de los catequistas ha sido y continúa siendo
determinante en la fundación y extensión de la Iglesia en África. El Sínodo recomienda
que los catequistas no sólo se beneficien de una perfecta preparación inicial
(...), sino que continúen también recibiendo una formación doctrinal y un apoyo
moral y espiritual ».173 Tanto los Obispos como los sacerdotes deben tener una
consideración especial para sus catequistas, procurando que tengan condiciones
dignas de vida y trabajo, de modo que puedan cumplir bien su misión. Su labor
debe ser reconocida y estimada dentro de la comunidad cristiana.
La familia
92. El Sínodo ha hecho una llamada explícita para que cada
familia cristiana se convierta en « un lugar privilegiado de testimonio
evangélico », 174 una verdadera « iglesia doméstica », 175 una comunidad que
cree y evangeliza, 176 una comunidad en diálogo con Dios 177 y generosamente
abierta al servicio del hombre.178 « En el seno de la familia los padres han de
ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe ».179 « Aquí es donde se
ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de
familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia,
"en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de
gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se
traduce en obras". El hogar es así la primera escuela de la vida cristiana
y "escuela del más rico humanismo" ».180
Los padres deben preocuparse de la educación cristiana de sus hijos. Con la
ayuda concreta de familias cristianas estables, serenas y comprometidas, las
diócesis podrán planificar el apostolado familiar en el marco de la pastoral de
conjunto. Como « iglesia doméstica », construida sobre sólidas bases culturales
y sobre los ricos valores de la tradición familiar africana, la familia
cristiana está llamada a ser una célula válida de testimonio cristiano en la sociedad
marcada por rápidos y profundos cambios. El Sínodo ha sentido esta llamada con
particular urgencia en el contexto del Año de la Familia, que la Iglesia estaba
celebrando entonces junto con toda la comunidad internacional.
Jóvenes
93. La Iglesia en África sabe bien que la juventud no es
sólo el presente, sino sobre todo el futuro de la humanidad. Es necesario,
pues, ayudar a los jóvenes a superar los obstáculos que frenan su desarrollo:
el analfabetismo, la ociosidad, el hambre y la droga.181 Para hacer frente a
estos desafíos, se debe llamar a los jóvenes a ser evangelizadores de su
ambiente. Nadie puede serlo mejor que ellos. Es necesario que la pastoral de
la juventud esté presente de modo explícito en el conjunto de la pastoral
de las diócesis y de las parroquias, para ofrecer a los jóvenes la ocasión de
descubrir muy pronto el valor de la entrega de sí mismos, camino esencial para
el desarrollo de la persona.182 A este propósito, la celebración de la Jornada
Mundial de la Juventud se presenta como un medio privilegiado de pastoral de la
juventud, que favorece su formación mediante la oración, el estudio y la
reflexión.
Hombres y mujeres consagrados
94. « En una Iglesia Familia de Dios, la vida consagrada
tiene un papel particular, no sólo para mostrar a todos una llamada a la
santidad, sino también para testimoniar la vida fraterna en la comunidad. Por
consiguiente, se invita a los consagrados a responder a su vocación en espíritu
de
comunión y de colaboración con los respectivos Obispos, con el clero y los
laicos ».183
En las condiciones actuales de la misión en África, urge la promoción de
vocaciones religiosas a la vida contemplativa y activa, haciendo en primer
lugar selecciones prudentes y dando después una sólida formación humana,
espiritual y doctrinal, apostólica y misionera, bíblica y teológica. Esta
formación debe renovarse en el curso de los años, con constancia y regularidad.
Para la fundación de nuevos Institutos religiosos, se ha de proceder con gran
prudencia y claro discernimiento, teniendo en cuenta los criterios indicados
por el Concilio Vaticano II y las normas canónicas vigentes.184 Los Institutos,
una vez fundados, deben ser ayudados a adquirir la personalidad jurídica y a
alcanzar la autonomía en la gestión tanto de sus propias obras como de sus
respectivos ingresos financieros.
La Asamblea sinodal, después de hacer presente que « los Institutos
religiosos que no tienen casas en África » no deben sentirse autorizados a «
buscar nuevas vocaciones sin un diálogo previo con el Ordinario del lugar »,
185 exhortó a los responsables de las Iglesias locales, y también de los
Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, a
promover entre sí el diálogo para crear, en el espíritu de la Iglesia Familia,
grupos mixtos que trabajen de acuerdo como testimonio de fraternidad y signo de
unidad al servicio de la misión común.186 En esta perspectiva, he acogido la
invitación de los Padres sinodales a revisar también, si es necesario, algunos
puntos del documento Mutuae relationes 187 para una mejor definición del
papel de la vida religiosa en la Iglesia local.188
Futuros sacerdotes
95. « Hoy más que nunca —afirmaron los Padres sinodales—
hay que preocuparse de formar a los futuros sacerdotes en los verdaderos
valores culturales de sus respectivos países, en el sentido de la honestidad,
responsabilidad y fidelidad a la palabra dada. Deben ser formados para que
tengan las cualidades de representantes de Cristo, verdaderos servidores y
animadores de comunidades cristianas (...) de modo que sean sacerdotes
espiritualmente firmes y disponibles, entregados a la causa del Evangelio,
capaces de administrar con trasparencia los bienes de la Iglesia y llevar una
vida sencilla, de acuerdo con su ambiente ».189 Aun respetando las tradiciones
propias de las Iglesias orientales, se ha de formar a los seminaristas de modo
« que adquieran una verdadera madurez afectiva y tengan las ideas claras y una
íntima convicción sobre el vínculo que hay entre el celibato y la castidad del sacerdote
»;190 además, deben « recibir una formación adecuada sobre el sentido y el
lugar de la consagración a Cristo en el sacerdocio ».191
Diáconos
96. Allí donde las condiciones pastorales se presten a la estima
y comprensión de este antiguo ministerio en la Iglesia, las Conferencias y las
Asambleas episcopales estudiaran los modos más adecuados para promover y
estimular el diaconado permanente « como ministerio ordenado y también como
medio de evangelización ».192 Y donde ya existan los diáconos, se procurará
ofrecerles una formación permanente orgánica y completa.
Sacerdotes
97. La Asamblea sinodal, profundamente agradecida a todos
los sacerdotes, diocesanos y miembros de Institutos, por la obra apostólica
desarrollada por ellos, y consciente de las exigencias de la evangelización de
los pueblos de África y Madagascar, les exhortó a vivir la « fidelidad a su
vocación, en la entrega total de sí mismos a la misión y en comunión plena con
el propio Obispo ».193 Es un deber de los Obispos cuidar la formación
permanente de los sacerdotes, sobre todo en los primeros años de ministerio,
194 ayudándolos especialmente a profundizar en el significado del sagrado
celibado y perseverar en su fiel adhesión al mismo, reconociendo « el
extraordinario don que Dios les ha dado, y que el Señor alaba tan claramente, y
que tengan también presentes los grandes misterios que se expresan y se
realizan en él ».195 En este proceso formativo debe reservarse también atención
a los sanos valores del ambiente de vida de los sacerdotes. Es oportuno
recordar, además, que el Concilio Vaticano II ha animado a los presbíteros a
llevar « una cierta vida común », es decir una comunidad de vida manifestada de
diversos modos sugeridos por las necesidades personales y pastorales concretas.
Esto ayudará a fomentar la vida espiritual e intelectual, la acción apostólica
y pastoral, la caridad y la solicitud recíproca, especialmente en relación con
los sacerdotes ancianos, enfermos o en dificultad.196
Obispos
98. Los Obispos mismos deben tener gran
cuidado en apacentar la Iglesia que Dios se adquirió con la sangre de su propio
Hijo, cumpliendo así el encargo confiado a ellos por el Espíritu Santo (cf. Hch 20, 28). Dedicados, según la
recomendación conciliar, a « prestar atención a su misión apostólica como
testigos de Cristo ante los hombres », 197 deben ejercer personalmente,
colaborando confiadamente con el presbiterio y con los demás agentes pastorales,
el insustituible servicio de la unidad en la caridad, atendiendo con solicitud
los ministerios de la enseñanza, de la santificación y del gobierno pastoral.
Han de procurar atender además a la profundización de su cultura teológica y al
afianzamiento de su vida espiritual, participando, en cuanto sea posible, en
las jornadas de actualización y de formación organizadas por las Conferencias
episcopales o por la Sede Apostólica.198 Nunca han de olvidar, en particular,
la exhortación de san Gregorio Magno, según la cual el pastor es luz de sus
fieles sobre todo por una conducta moral ejemplar e impregnada de santidad.199
II. Estructuras para la evangelización
99. Es motivo de alegría y consuelo constatar que « los
fieles laicos están asociados cada vez más a la misión de la Iglesia en África
y Madagascar », gracias especialmente « al dinamismo de los movimientos de
acción católica, de las asociaciones de apostolado y de los nuevos movimientos
de espiritualidad ». Los Padres del Sínodo han propiciado ardientemente que «
este impulso continúe y se desarrolle en todos los niveles del laicado, con los
adultos, con los jóvenes y con los mismos niños ».200
Parroquias
100. La parroquia es por su naturaleza el
lugar habitual de vida y culto de los fieles. Éstos pueden expresar y realizar
allí las iniciativas que la fe y la caridad cristiana sugieren a la comunidad
de los creyentes. La parroquia es el lugar donde se manifiesta la comunión
de los diversos grupos y movimientos, que encuentran en ella apoyo
espiritual y material. Sacerdotes y laicos se deben comprometer para que la
vida de la parroquia sea armoniosa, en el contexto de una Iglesia como Familia,
donde todos son asiduos « a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la
fracción del pan y a las oraciones » (Hch
2, 42).
Movimientos y asociaciones
101. La unión fraterna para un testimonio
vivo del Evangelio debe ser también la finalidad de los movimientos apostólicos
y de las asociaciones de carácter religioso. En efecto, los fieles laicos
encuentran en ellos una ocasión privilegiada para ser levadura en la masa (cf. Mt 13, 33), especialmente cuando se
ocupan de las cosas temporales según Dios y en lo referente a la lucha por la
promoción de la dignidad humana, de la justicia y la paz.
Escuelas
102. « Las escuelas católicas son contemporáneamente
lugares de evangelización, educación integral, inculturación y aprendizaje del
diálogo entre jóvenes de religiones y ambientes sociales diferentes ».201 La
Iglesia en África y en Madagascar debe ofrecer, por lo tanto, la propia
contribución para la promoción de la « escuela para todos » 202 en el marco de
la escuela católica, sin descuidar « la educación cristiana de los alumnos de
las escuelas no católicas. Se procurará facilitar a los universitarios un
programa de formación religiosa correspondiente a su nivel de estudios ».203
Todo esto supone obviamente la preparación humana, cultural y religiosa de los
educadores mismos.
Universidades e Institutos Superiores
103. « Las Universidades e Institutos Superiores católicos
en África tienen un papel importante en la proclamación de la Palabra salvífica
de Dios. Son un signo del crecimiento de la Iglesia cuando incorporan en sus
investigaciones las verdades y las experiencias de la fe y ayudan a
interiorizarlas. Estos centros de estudio están así al servicio de la Iglesia,
ofreciéndole personal bien preparado; estudiando importantes cuestiones
teológicas y sociales; desarrollando la teología africana; promoviendo el
trabajo de inculturación especialmente en la celebración litúrgica; publicando
libros y difundiendo el pensamiento católico; emprendiendo las investigaciones
que les encargan los Obispos y contribuyendo a un estudio científico de las
culturas ».204
En estos tiempos de profundos cambios sociales generalizados en el
continente, la fe cristiana puede iluminar eficazmente la sociedad africana. «
Los centros culturales católicos ofrecen a la Iglesia singulares posibilidades
de presencia y acción en el campo de los cambios culturales. En efecto, éstos
son unos foros públicos que permiten la amplia difusión, mediante el
diálogo creativo, de convicciones cristianas sobre el hombre, la mujer, la
familia, el trabajo, la economía, la sociedad, la política, la vida
internacional y el ambiente ».205 Son así un lugar de escucha, de respeto y
tolerancia.
Medios materiales
104. Precisamente en esta perspectiva, los Padres sinodales
han puesto de relieve cómo es necesario que cada comunidad cristiana sea capaz
de satisfacer por sí misma, en cuanto sea posible, las propias necesidades.206
La evangelización requiere, además de personal cualificado, medios materiales y
financieros consistentes y las diócesis no siempre disponen de los mismos de
modo suficiente. Por tanto, es urgente que las Iglesias particulares de África
se propongan el objetivo de llegar cuanto antes a satisfacer ellas mismas sus
necesidades, asegurando así su autosuficiencia. Por lo cual, invito de modo
apremiante a las Conferencias episcopales, a las diócesis y a todas las
comunidades cristianas de las Iglesias del continente, en lo que es de su
competencia, a comprometerse para que esta autosuficiencia sea cada vez más
real. Al mismo tiempo, dirijo una llamada a las Iglesias hermanas del mundo
para que sostengan más generosamente las Obras Misionales Pontificias, de
manera que, mediante sus organismos de ayuda, puedan ofrecer a las diócesis
necesitadas subsidios económicos destinados a proyectos de inversión, capaces
de producir recursos que llevan a su progresiva autofinanciación.207 Además, no
se debe olvidar que una Iglesia puede llegar a la autosuficiencia material y
financiera sólo si su pueblo no sufre condiciones de extrema miseria.
CAPÍTULO VI
EDIFICAR EL REINO DE DIOS
Reino de justicia y de paz
105. El mandato de Jesús a sus discípulos
en el momento de ascender al cielo está dirigido a la Iglesia de Dios de todos
los tiempos y lugares. La Iglesia Familia de Dios en África debe testimoniar a
Cristo también mediante la promoción de la justicia y de la paz en el
continente y en el mundo entero. « Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por
causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos » (Mt 5, 9-10), dice el Señor. El
testimonio de la Iglesia debe estar acompañado por el compromiso consciente de
cada miembro del Pueblo de Dios por la justicia y la solidaridad. Esto es
particularmente importante para los laicos que desempeñan funciones públicas,
ya que este testimonio exige una actitud espiritual permanente y un estilo de
vida en armonía con la fe cristiana.
Dimensión eclesial del testimonio
106. Los Padres sinodales, subrayando la dimensión eclesial
de este testimonio, declararon solemnemente: « La Iglesia deber seguir
desarrollando su papel profético y ser la voz de los que no tienen voz ».208
Pero para realizar eficazmente esto, la Iglesia, como comunidad de fe, debe
ser un testigo firme de la justicia y la paz incluso en sus estructuras y en
las relaciones entre sus miembros. El Mensaje del Sínodo declara
valientemente: « Las Iglesias de África han reconocido que, incluso en su
interior, la justicia no siempre se respeta en relación con los que están a su
servicio. La Iglesia debe ser testigo de justicia y, por ello, reconoce que
quien se atreva a hablar a los hombres de justicia debe esforzarse por ser
justo a sus ojos. Por esto, es preciso examinar atentamente los actos, los
bienes y el estilo de vida de la Iglesia ».209
Su apostolado, respecto a la promoción de la justicia y, en particular, a la
defensa de los derechos humanos fundamentales, no puede dejarse a la
improvisación. Consciente del hecho de que en numerosos Países de África se
perpetran flagrantes violaciones de la dignidad y de los derechos del hombre,
pido a las Conferencias episcopales que instituyan, donde todavía no existan,
Comisiones « Justicia y Paz » en los diversos niveles. Éstas deben sensibilizar
a las comunidades cristianas en su responsabilidad evangélica sobre la defensa
de los derechos humanos.210
107. Si el anuncio de la justicia y la paz es parte
integrante de la tarea de evangelización, de aquí se deduce que la promoción de
estos valores debe también formar parte del programa pastoral de cada comunidad
cristiana. Por eso insisto en la necesidad de formar a todos los agentes
pastorales de un modo adecuado para dicho apostolado: « La formación del clero,
religiosos y laicos, impartida en los campos propios de su apostolado, debe
insistir en la doctrina social de la Iglesia. Cada uno, según su propio estado
de vida, debe tomar conciencia de sus derechos y deberes, aprender el sentido y
el servicio del bien común, así como los criterios de una honesta
administración de los bienes públicos y de una recta presencia en la vida
política, para poder intervenir así de forma creíble ante las injusticias
sociales ».211
La Iglesia, como cuerpo organizado dentro de la comunidad y de la nación, tiene
el derecho y el deber de participar plenamente en la edificación de una
sociedad justa y pacífica con todos los medios a su alcance. Es necesario
recordar aquí su apostolado en los campos de la educación, la atención
sanitaria, la sensibilización social y otros programas de asistencia. En la
medida en que contribuye con estas actividades a reducir la ignorancia, a
mejorar la salud pública y a favorecer una mayor participación de todos en los
problemas de la sociedad en espíritu de libertad y corresponsabilidad, la
Iglesia crea las condiciones para el progreso de la justicia y de la paz.
La sal de la tierra
108. En nuestros días, en el marco de una sociedad
pluralista, es sobre todo gracias al compromiso de los católicos en la vida pública
como la Iglesia puede ejercer un influjo eficaz. Se espera de los católicos,
sean profesionales o profesores, empresarios o funcionarios, agentes de
seguridad o políticos, que den testimonio de bondad, verdad, justicia y amor de
Dios en sus actividades cotidianas. « La tarea del laico (...) consiste en ser
la sal de la tierra y la luz del mundo y, sobre todo, en los lugares donde sólo
él puede hacer presente a la Iglesia ».212
Colaborar con los demás creyentes
109. La obligación de comprometerse en el desarrollo de los
pueblos no es un deber sólo individual, y mucho menos individualista,
como si fuera posible conseguirlo con los esfuerzos aislados de cada uno.
Es un imperativo para cada hombre y mujer, así como para las sociedades
y las naciones; en particular, es un imperativo para la Iglesia católica y
para las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, con las que los católicos
están dispuestos a colaborar en este campo.213 En este sentido, al igual que
los católicos invitan a los hermanos cristianos a participar en sus
iniciativas, del mismo modo, acogiendo las invitaciones que reciben, se
manifiestan disponibles a colaborar en las de ellos. Para favorecer el
desarrollo integral del hombre los católicos pueden hacer mucho incluso con los
creyentes de las otras religiones, como en realidad ya están haciendo en
diversos lugares.214
Una buena gestión de los asuntos públicos
110. Los Padres del Sínodo fueron unánimes al reconocer que
el mayor desafío para realizar la justicia y la paz en África consiste en
administrar bien los asuntos públicos en los campos de la política y la
economía, relacionados entre sí. Ciertos problemas tienen origen fuera del
continente y, por este motivo, no están completamente bajo el control de los
gobernantes y dirigentes nacionales. Pero la Asamblea sinodal reconoció que
muchas problemáticas del continente son consecuencia de un modo de gobernar
frecuentemente degenerado por la corrupción. Es necesario un fuerte despertar
de las conciencias, unido a una firme determinación de la voluntad para poner
en acto las soluciones que ya no es posible dejar de lado.
Construir la nación
111. En la vertiente política, el arduo proceso de
construcción de unidades nacionales encuentra en el continente africano
particulares obstáculos, ya que la mayor parte de los Estados son entidades
políticas relativamente recientes. Conciliar profundas diferencias, superar
antiguas enemistades de naturaleza étnica e integrarse en un orden mundial
requiere una gran habilidad en el arte de gobernar. Por este motivo, la
Asamblea sinodal elevó al Señor una ferviente oración para que en África surjan
políticos —hombres y mujeres— santos; para que se tengan santos
Jefes de Estado, que amen el propio pueblo hasta el fondo y que deseen servir
antes que servirse.215
La vía del derecho
112. Los fundamentos de un buen gobierno deben establecerse
sobre la sólida base de las leyes, que protejan los derechos y definan los
deberes de los ciudadanos.216 Con gran tristeza debo constatar que no pocas
naciones africanas están sufriendo todavía bajo regímenes autoritarios y
opresivos, que niegan a sus súbditos la libertad personal y los derechos
humanos fundamentales, de modo particular la libertad de asociación y de
expresión política, y el derecho de elegir a sus propios gobernantes mediante
elecciones libres y justas. Estas injusticias políticas provocan tensiones, que
a menudo degeneran en conflictos armados y en guerras internas, que llevan
consigo graves consecuencias, como carestías, epidemias y destrucciones, por no
hablar de los exterminios, del escándalo y de la tragedia de los refugiados.
Por este motivo, el Sínodo afirmó con razón que una auténtica democracia, en el
respeto del pluralismo, es « uno de los principales caminos por los que la
Iglesia avanza con el pueblo. (...) El laico cristiano, comprometido en las
luchas democráticas según el espíritu del Evangelio, es el signo de una Iglesia
que quiere estar presente en la construcción de un Estado de derecho, en toda
África ».217
Administrar el patrimonio común
113. El Sínodo hace además una llamada a los gobiernos
africanos para que adopten políticas apropiadas con objeto de promover el
crecimiento económico y las inversiones, en vista de la creación de nuevos
puestos de trabajo.218 Esto implica el compromiso de promover políticas
económicas sanas, estableciendo correctas prioridades para la explotación y
distribución de los recursos a veces exiguos, de modo que se provea a las
necesidades fundamentales de las personas y se asegure una justa y equitativa
distribución de beneficios y obligaciones. Los gobiernos tienen, en particular,
el inderogable deber de proteger el patrimonio común contra cualquier
forma de despilfarro y de apropiación indebida por parte de ciudadanos sin
sentido cívico o de extranjeros sin escrúpulos. A los gobiernos corresponde
también emprender adecuadas iniciativas para mejorar las condiciones del
comercio internacional.
Los problemas económicos de África se han agudizado por el comportamiento
deshonesto de algunos gobernantes corruptos que, en complicidad con intereses
privados locales o extranjeros, derrochan en su provecho los recursos nacionales,
transfiriendo dinero público a cuentas privadas en bancos extranjeros. Se trata
de verdaderos y auténticos robos, sea cual fuere la cobertura legal. Deseo
vivamente que los organismos internacionales y personas íntegras de los Países
africanos o de otros Países del mundo sepan disponer los medios jurídicos
adecuados para hacer volver los capitales indebidamente sustraídos. En la
concesión de créditos es importante también asegurarse sobre la responsabilidad
y la trasparencia de los destinatarios.219
La dimensión internacional
114. El Sínodo, como Asamblea de Obispos de la Iglesia
universal presidida por el Sucesor de Pedro, ha sido una ocasión providencial
para valorar de manera positiva el puesto y el papel de África en el contexto
de la Iglesia universal y de la comunidad mundial. Al ser cada vez más
interdependiente el mundo en que vivimos, los destinos y problemas de las
diversas regiones están relacionados entre sí. La Iglesia, como familia de Dios
en la tierra, debe ser signo vivo e instrumento eficaz de solidaridad
universal, para la edificación de una comunidad de justicia y de paz, de
dimensiones planetarias. Solamente surgirá un mundo mejor si se construye sobre
sólidos fundamentos de sanos principios éticos y espirituales.
En la actual situación mundial, las naciones africanas se encuentran entre
las más perjudicadas Es necesario que los Países ricos tomen clara conciencia
de su deber de apoyar los esfuerzos de los Países que luchan por salir de la
pobreza y la miseria. Por otra parte, interesa a las naciones ricas elegir la
vía de la solidaridad, porque sólo así se puede asegurar a la humanidad una paz
y una armonía duraderas. Además, la Iglesia que vive en los Países
desarrollados no puede ignorar la responsabilidad derivada del compromiso cristiano
por la justicia y la caridad: ya que todos, hombres y mujeres, llevan en sí
mismos la imagen de Dios y están llamados a formar parte de la misma familia
redimida por la sangre de Cristo, se debe garantizar a cada uno un justo acceso
a los recursos de la tierra que Dios ha puesto a disposición de todos.220
No es difícil entrever las numerosas implicaciones prácticas que una postura
semejante comporta. En primer lugar, se debe trabajar para que sean mejores las
relaciones sociopolíticas entre las naciones, asegurando condiciones de mayor
justicia y dignidad para las que, habiendo alcanzado la independencia, han
entrado más recientemente en el concierto internacional. Es necesario además
escuchar, haciendo propio, el grito angustiado de las naciones pobres, que
piden ayuda para ámbitos de particular importancia: la desnutrición, el
deterioro generalizado de la calidad de vida, la insuficiencia de los medios
para la formación de los jóvenes, la falta de los servicios sanitarios y
sociales elementales, con la consiguiente persistencia de enfermedades
endémicas, la difusión del terrible azote del SIDA, el peso gravoso y a veces
insoportable de la deuda internacional, el horror de las guerras fratricidas
alimentadas por un tráfico de armas sin escrúpulos, el espectáculo vergonzoso y
digno de compasión de los prófugos y refugiados. Éstos son algunos campos que
necesitan intervenciones inmediatas, que son oportunas aunque en el cuadro
global de los problemas parezcan insuficientes.
I. Factores preocupantes
Devolver la esperanza a los jóvenes
115. La situación económica de pobreza tiene un impacto
particularmente negativo en los jóvenes. Ellos entran en la vida de los adultos
con escaso entusiasmo por causa de un presente marcado por no pocas
frustraciones, y miran aún con menor esperanza hacia el futuro, que aparece a
sus ojos como triste y oscuro. Por esto tienden a escapar de las zonas rurales
descuidadas y se agrupan en las ciudades, que, en el fondo, no les ofrecen
cosas mejores. Muchos de ellos marchan al extranjero como al exilio, y allí
viven una existencia precaria de refugiados económicos. Siento el deber, junto
con los Padres del Sínodo, de defender su causa: es necesario y urgente
encontrar una solución a su deseo impaciente de participar en la vida de la Nación
y de la Iglesia.221
Al mismo tiempo, sin embargo, quiero dirigir también una llamada a los
jóvenes: queridos jóvenes, el Sínodo os pide que os hagáis cargo del desarrollo
de vuestras Naciones, que améis la cultura de vuestro pueblo y trabajéis por su
revitalización con fidelidad a vuestra herencia cultural, con el
perfeccionamiento del espíritu científico y técnico y, sobre todo, con el
testimonio de fe cristiana.222
El flagelo del SIDA
116. Ante la perspectiva de pobreza general y de servicios
sanitarios inadecuados, el Sínodo ha considerado el trágico flagelo del SIDA,
que siembra dolor y muerte en numerosas zonas de África. Ha constatado las
consecuencias de comportamientos sexuales irresponsables en la difusión de esta
enfermedad y ha formulado esta firme recomendación: « El afecto, la alegría, la
felicidad y la paz proporcionados por el matrimonio cristiano y por la
fidelidad, así como la seguridad dada por la castidad, deben ser continuamente
presentados a los fieles, sobre todo a los jóvenes ».223
La lucha contra el SIDA debe ser llevada a cabo por todos. Haciendo eco a la
voz de los Padres sinodales, pido también a los agentes pastorales que ofrezcan
a los hermanos y hermanas afectados por el SIDA todo el alivio moral y
espiritual. A los hombres de ciencia y a los responsables políticos de todo el
mundo suplico con viva insistencia que, movidos por el amor y el respeto que se
deben a toda persona humana, no escatimen medios capaces de poner fin a este
flagelo.
¡« Con las espadas forjad arados » (cf. Is 2, 4): nunca más guerras!
117. La tragedia de las guerras que destrozan África ha
sido descrita por los Padres sinodales con palabras incisivas: « África es,
desde hace varios decenios, teatro de guerras fratricidas que diezman las
poblaciones y destruyen sus riquezas naturales y culturales ».224 El
dolorosísimo fenómeno, además de las causas externas a África, las tiene
internas, como « el tribalismo, el nepotismo, el racismo, la intolerancia religiosa,
la sed de poder, llevada al extremo en los regímenes totalitarios que se burlan
impunemente de los derechos y de la dignidad del hombre. Las poblaciones
escarnecidas y reducidas al silencio sufren, como víctimas inocentes y
resignadas, todas estas situaciones de injusticia ».225
Uno mi voz a la de los miembros de la Asamblea sinodal para deplorar las
situaciones de indecible sufrimiento, provocadas por tantos conflictos
presentes o potenciales, y para pedir a quienes tienen la posibilidad de poner
fin a estas tragedias que se comprometan a fondo.
Además, exhorto, junto con los Padres sinodales, a un
compromiso efectivo que promueva en el continente condiciones de mayor justicia
social y de un ejercicio más equitativo del poder, para preparar así el terreno
a la paz. « Si quieres la paz, trabaja por la justicia ».226 Es preferible —y
también más fácil— prevenir las guerras que tratar de pararlas después que han
estallado. Es hora de que los pueblos rompan sus espadas para hacer con ellas
arados y sus lanzas para transformarlas en podaderas (cf. Is 2, 4).
118. La Iglesia en África
—particularmente por medio de algunos de sus responsables— ha estado en primera
línea en la búsqueda de soluciones negociadas para los conflictos armados que
han estallado en numerosas zonas del continente. Esta misión de pacificación
debe continuar, alentada por la promesa del Señor en las Bienaventuranzas: «
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos
de Dios » (Mt 5, 9).
Los que alimentan las guerras en África mediante el tráfico de armas son
cómplices de odiosos crímenes contra la humanidad. A este respecto hago mías
las recomendaciones del Sínodo que, después de haber declarado: « El comercio
de armas que siembra la muerte es un escándalo », ha dirigido una llamada a
todos los Países que venden armas a África para implorarles que « dejen este comercio
» y ha pedido a los gobiernos africanos que « renuncien a los excesivos gastos
militares para dedicar más recursos a la educación, la sanidad y el bienestar
de sus pueblos ».227
África debe continuar buscando medios pacíficos y eficaces a fin de que los
regímenes militares pasen el poder a los civiles. Sin embargo, es también
verdad que los militares están llamados a desarrollar su papel peculiar en el
País. Por esto el Sínodo, mientras elogia a « los hermanos soldados por el
servicio que desempeñan en nombre de nuestras naciones », 228 a continuación
les advierte con fuerza que « deberán responder directamente a Dios de
cualquier acto de violencia realizado contra vidas inocentes ».229
Refugiados y prófugos
119. Uno de los frutos más amargos de las guerras y de las
dificultades económicas es el triste fenómeno de los refugiados y los prófugos,
fenómeno que, como recuerda el Sínodo, ha alcanzado dimensiones trágicas. La
solución ideal está en el restablecimiento de una paz justa, en la
reconciliación y en el desarrollo económico. Por tanto, es urgente que las
organizaciones nacionales, regionales e internacionales resuelvan de modo
equitativo y duradero los problemas de los refugiados y de los prófugos.230
Entre tanto, puesto que el continente sigue sufriendo las migraciones masivas
de refugiados, dirijo una apremiante llamada para que se les preste ayuda
material y se les ofrezca apoyo pastoral allí donde se encuentran, en África o
en otros continentes.
El peso de la deuda internacional
120. La cuestión de la deuda de las naciones pobres con las
ricas es objeto de gran preocupación para la Iglesia, como resulta de numerosos
documentos oficiales y de no pocas intervenciones de la Santa Sede en diversas
ocasiones.231
Recordando ahora las palabras de los Padres sinodales, siento ante todo el
deber de exhortar a « los Jefes de Estado en África y a sus gobiernos a que no
opriman al pueblo con deudas internas y externas ».232 Dirijo además una fuerte
llamada « al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial, así como a todos
los acreedores, para que mitiguen las deudas que sofocan a las naciones
africanas ».233 Finalmente pido con insistencia « a las Conferencias
Episcopales de los Países industrializados que se hagan abogados de esta causa
ante sus gobiernos y otros organismos interesados ».234 La situación de
numerosos Países africanos es tan dramática que no consiente actitudes de
indiferencia y desinterés.
Dignidad de la mujer africana
121. Uno de los signos típicos de nuestra
época es la creciente toma de conciencia de la dignidad de la mujer y de su
papel específico en la Iglesia y en la sociedad en general. « Creó, pues, Dios
al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó »
(Gn 1, 27).
Yo mismo he afirmado repetidamente la fundamental igualdad y la
enriquecedora complementariedad existentes entre el hombre y la mujer.235 El
Sínodo ha aplicado estos principios a la condición de las mujeres en África.
Sus derechos y deberes de cara a la formación de la familia y la plena
participación en el desarrollo de la Iglesia y de la sociedad han sido puestos
de relieve de manera notable. Por lo que se refiere específicamente a la
Iglesia, es oportuno que las mujeres, adecuadamente formadas, participen, al
nivel apropiado, en las actividades apostólicas de la Iglesia.
La Iglesia deplora y condena, en la medida en que están presentes en
diversas sociedades africanas, todas « las costumbres y prácticas que privan a
las mujeres de sus derechos y del respeto que les es debido ».236 Es de desear
que las Conferencias Episcopales creen comisiones especiales para profundizar
el estudio de los problemas de la mujer en colaboración, donde sea posible, con
las instancias gubernamentales competentes.237
II. Comunicar la buena nueva
Seguir a Cristo, Comunicador por
excelencia
122. El Sínodo, teniendo muy presentes las actuales
circunstancias, ha tratado extensamente el tema de la comunicación social en el
ámbito de la evangelización de África. El punto de partida teológico es Cristo,
el Comunicador por excelencia, que transmite a quienes creen en Él la verdad,
la vida y el amor compartido con el Padre celestial y el Espíritu Santo. Por
esto, « la Iglesia es consciente del deber de promover la comunicación social ad
intra y ad extra. Ella pretende favorecer la comunicación en su
interior mejorando la difusión de la información entre sus miembros ».238 Esto
le facilitará el comunicar al mundo la Buena Nueva del amor de Dios revelado en
Jesucristo.
Formas tradicionales de comunicación
123. Las formas tradicionales de comunicación social no
deben despreciarse de ningún modo. Todavía son muy útiles y eficaces en
numerosas zonas africanas. Además, son « menos costosas y más accesibles ».239
Comprenden los cantos y la música, el mimo y el teatro, los proverbios y
cuentos. Como transmisores de la sabiduría y del espíritu popular, son una
fuente preciosa de contenidos e inspiración para los medios modernos.
Evangelización del mundo de los medios de
comunicación
124. Los modernos medios de comunicación social no son
solamente instrumentos de comunicación, sino también un mundo que hay que
evangelizar. Hay que asegurarse que, en los mensajes que transmiten, se
propongan el bien, la verdad y la belleza. Teniendo en cuenta la preocupación
de los Padres del Sínodo, manifiesto mi inquietud por lo que se refiere al
contenido moral de muchos programas que los medios de comunicación difunden en
el continente africano; en particular, prevengo contra los peligros de la pornografía
y la violencia, con las cuales se están invadiendo las naciones pobres. Por
otra parte, el Sínodo ha deplorado justamente « la imagen tan negativa que los
medios de comunicación social dan de lo africano y pide que esto cese
inmediatamente ».240
Cada cristiano debe preocuparse de que los medios de comunicación sean
vehículo de evangelización. Pero el cristiano que trabaja como profesional de
este sector ha de desempeñar un papel especial. En efecto, es su deber actuar
de modo que los principios cristianos iluminen la práctica de la profesión,
incluido el sector técnico y administrativo. Para que pueda desarrollar este
papel de modo adecuado, es necesario dotarle de una sana formación humana,
religiosa y espiritual.
Uso de los medios de comunicación social
125. La Iglesia de hoy puede disponer de una variedad de
medios de comunicación social, tanto tradicionales como modernos. Es su deber
hacer el mejor uso de ellos para difundir el mensaje de la salvación. Para la
Iglesia en África, el acceso a estos medios se ha hecho difícil por numerosos
obstáculos, y entre ellos su elevado coste. Además, en muchas localidades
existen normas gubernamentales que imponen, al respecto, un control indebido.
Es necesario hacer todos los esfuerzos para superar esos obstáculos: los medios
de comunicación, privados o públicos, deben estar al servicio de las personas,
sin excepción. Por tanto, invito a las Iglesias particulares de África a hacer
todo lo posible para conseguir este objetivo.241
Colaboración y coordinación de los medios
de comunicación social
126. Los medios de comunicación, sobre todo en sus formas
más modernas, ejercen un influjo que supera toda frontera; en este ámbito es
necesaria una estrecha coordinación, que permita una colaboración más eficaz a
todos los niveles: diocesano, nacional, continental y universal. En África, la
Iglesia necesita mucho de la solidaridad de las Iglesias hermanas de los Países
más ricos y avanzados desde el punto de vista tecnológico. Asimismo, deberían
ser impulsados y revitalizados algunos programas de colaboración continental ya
operantes, como el « Comité episcopal panafricano de comunicaciones sociales ».
Y como ha sugerido el Sínodo, es necesario establecer una colaboración más
estrecha en otros sectores, como la formación profesional, las estructuras
productivas de la radio y la televisión y las emisoras de alcance
continental.242
CAPÍTULO VII
« SERÉIS MIS TESTIGOS HASTA LOS
CONFINES DE LA TIERRA »
127. Durante la Asamblea especial, los
Padres sinodales examinaron a fondo la situación africana en su conjunto, con
objeto de alentar un testimonio de Cristo cada vez más concreto y creíble
dentro de cada Iglesia local, de cada nación, de cada región, y del continente
africano entero. En todas las reflexiones y recomendaciones hechas por la
Asamblea especial se percibe el deseo predominante de testimoniar a Cristo. He
visto en ello el espíritu de cuanto dije a un grupo de Obispos en África: «
Respetando, preservando y fortaleciendo los valores particulares y ricos de
herencia cultural de vuestro pueblo, estaréis en condición de conducirlo hacia
una mejor comprensión del misterio de Cristo, que ha de ser vivido en las
experiencias nobles, concretas y cotidianas de la vida africana. No se trata de
adulterar la Palabra de Dios, o de vaciar de su poder a la cruz (cf. 1Co 1, 17), sino más bien de llevar a
Cristo al centro mismo de la vida africana y de elevar toda la vida africana a
Cristo. De este modo no sólo el cristianismo será relevante para África, sino
que el mismo Cristo será africano en los miembros de su Cuerpo ».243
Abiertos a la misión
128. La Iglesia en África no está llamada
a dar testimonio de Cristo sólo en el continente; en efecto, a ella se dirige también
la palabra del Señor resucitado: « Seréis mis testigos hasta los confines de la
tierra » (Hch 1, 8). Precisamente
por esto, durante las discusiones sobre el tema del Sínodo, los Padres evitaron
cuidadosamente toda tendencia de aislamiento de la Iglesia en África. En todo
momento la Asamblea especial se mantuvo en la perspectiva del mandato misionero
que la Iglesia ha recibido de Cristo para testimoniarlo en el mundo entero.244
Los Padres sinodales reconocieron la llamada que Dios dirige a África para que
desarrolle con pleno derecho, a escala mundial, su misión en el plano de
salvación del género humano (cf. 1Tm
2, 4).
129. Precisamente en función de este
sentido de la catolicidad de la Iglesia, los Lineamenta de la Asamblea
especial para África declaraban: « Ninguna Iglesia particular, ni siquiera la
más pobre, puede ser dispensada de la obligación de compartir sus recursos
espirituales, temporales y humanos con las demás Iglesias particulares y con la
Iglesia universal (cf. Hch 2, 44-45)
».245 Por su parte, la Asamblea especial señaló la responsabilidad de África
para la misión « hasta los confines de la tierra » con los siguientes términos:
« La frase profética de Pablo VI —"Africanos, estáis llamados a ser
misioneros de vosotros mismos"— debe entenderse así: "sois misioneros
para el mundo entero" (...). Se ha lanzado una llamada a las Iglesias
particulares de África para la misión más allá de los límites de sus propias
diócesis ».246
130. Aprobando con gozo y reconocimiento esta declaración
de la Asamblea especial, deseo repetir a todos mis hermanos Obispos de África
lo que decía años atrás: « La obligación que tiene la Iglesia de África de ser
misionera en su propio seno y de evangelizar el continente exige la cooperación
entre las Iglesias particulares en el ámbito de cada país africano, entre las
diferentes naciones del continente y también de otros continentes. De este modo
África se integrará plenamente en la actividad misionera ».247 En una llamada
precedente, dirigida a todas las Iglesias particulares, de reciente o antigua
fundación, ya decía que « el mundo va unificándose cada vez más, el espíritu
evangélico debe llevar a la superación de las barreras culturales y
nacionalistas, evitando toda cerrazón ».248
La valiente determinación manifestada por la Asamblea especial, de
comprometer a las jóvenes Iglesias de África en la misión « hasta los confines
de la tierra », refleja el deseo de seguir, lo más generosamente posible, una
de las importantes directrices del Concilio Vaticano II: « Para que este celo
misionero florezca entre los naturales del país es muy conveniente que las Iglesias
jóvenes participen cuanto antes activamente en la misión universal de la
Iglesia, enviando también ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda
la tierra, aunque sufran escasez de clero. Pues la comunión con la Iglesia
universal se consumará en cierto modo cuando también ellas participen en la
actividad misionera para con otras naciones ».249
Solidaridad pastoral orgánica
131. Al comienzo de esta Exhortación he indicado que, al
anunciar la convocatoria de la Asamblea especial para África del Sínodo de los
Obispos, tenía en perspectiva la promoción de « una solidaridad pastoral
orgánica en todo el territorio africano e islas adyacentes ».250 Tengo el gusto
de constatar cómo la Asamblea especial persiguió valientemente este objetivo.
Los debates en el Sínodo manifestaron la premura y generosidad de los Obispos
para esta solidaridad pastoral y para compartir sus recursos con los demás,
incluso estando ellos mismos necesitados de misioneros.
132. Quiero dirigir a este respecto una
especial palabra a mis hermanos Obispos, que « son directamente responsables
conmigo de la evangelización del mundo, ya sea como miembros del Colegio
episcopal, ya sea como Pastores de las Iglesias particulares ».251 En la
dedicación cotidiana al rebaño a ellos confiado, no deben perder nunca de vista
las necesidades de la Iglesia en su conjunto. Como Obispos católicos han
de sentir la « preocupación por todas las Iglesias » que abrasaba el corazón
del Apóstol (cf. 2Co 11, 28).
Deben sentirla sobre todo cuando reflexionan y deciden juntos, como
miembros de las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales, mediante los
organismos de coordinación a nivel regional y continental, pueden percibir y
evaluar mejor las urgencias pastorales que surgen en otras partes del mundo.
Los Obispos realizan además una eminente expresión de solidaridad apostólica en
el Sínodo: éste, « entre los asuntos de importancia general, deberá tener en
cuenta especialmente la actividad misionera, deber supremo y santísimo de la
Iglesia ».252
133. La Asamblea especial, además, hizo
notar justamente que, para organizar una solidaridad pastoral de conjunto en
África, es necesario promover la renovación de la formación de los sacerdotes.
Nunca se meditarán bastante las palabras del Concilio Vaticano II al afirmar
que « el don espiritual que recibieron los presbíteros en la ordenación los
prepara no para una misión limitada y reducida, sino para una misión amplísima
y universal de salvación "hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8) ».253
Por este motivo yo mismo exhorté a los sacerdotes a « estar concretamente
disponibles al Espíritu Santo y al Obispo, para ser enviados a predicar el
Evangelio más allá de los confines del propio país. Esto exigirá en ellos no
sólo madurez en la vocación, sino también una capacidad no común de
desprendimiento de la propia patria, grupo étnico y familia, y una particular
idoneidad para insertarse en otras culturas, con inteligencia y respeto ».254
Estoy profundamente agradecido a Dios al constatar que, en número creciente,
sacerdotes africanos han respondido a la llamada para ser testigos « hasta los
confines de la tierra ». Espero ardientemente que este tipo de respuesta sea
promovido y consolidado en todas las Iglesias particulares de África.
134. Es también motivo de gran consuelo saber que los
Institutos misioneros, presentes en África desde hace mucho tiempo, « acogen
hoy de manera creciente candidatos provenientes de las jóvenes Iglesias que han
fundado », 255 permitiendo a estas mismas Iglesias que participen en la
actividad misionera de la Iglesia universal. Asimismo, manifiesto mi
reconocimiento a los nuevos Institutos misioneros que han surgido en el
continente y que hoy envían a sus miembros Ad
gentes. Se trata de un crecimiento providencial y maravilloso que
manifiesta la madurez, vitalidad y dinamismo de la Iglesia que está en África.
135. Quiero hacer mía de modo particular la explícita
recomendación de los Padres sinodales para que se establezcan las cuatro Obras
Misionales Pontificias en cada Iglesia particular y en cada País, como medio
para realizar una solidaridad pastoral orgánica en favor de la misión «
hasta los confines de la tierra ». Obras del Papa y del Colegio episcopal,
ocupan justamente « el primer lugar, pues son medios para infundir a los
católicos, ya desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y
misionero, y para estimular la recogida eficaz de ayudas en favor de todas las
misiones según las necesidades de cada una ».256 Un fruto significativo de su
actividad « es suscitar vocaciones Ad gentes
y de por vida, tanto en las Iglesias antiguas como en las jóvenes.
Recomiendo vivamente que se oriente cada vez más a este fin su servicio de
animación ».257
Santidad y misión
136. El Sínodo ha reafirmado que todos los hijos e hijas de
África están llamados a la santidad y a ser testigos de Cristo en todas las
partes del mundo. « La historia nos enseña que la evangelización se realiza,
bajo la acción del Espíritu Santo, sobre todo a través del testimonio de
caridad y del testimonio de santidad ».258 Por esto, deseo repetir a todos
los cristianos de África las palabras que escribí hace unos años: « Cada
misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad
(...). Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión (...). El renovado
impulso hacia la misión Ad gentes exige
misioneros santos. No basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y
coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los
fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo
"anhelo de santidad" entre los misioneros y en toda la comunidad
cristiana ».259
También ahora, como entonces, me dirijo a los cristianos de las Iglesias
jóvenes llamando la atención sobre su responsabilidad: « Hoy sois vosotros la
esperanza de la Iglesia, que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe,
debéis ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía, con
generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de
la santidad. Sólo de esta manera podréis ser signos de Dios en el mundo y
revivir en vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia primitiva. Y
seréis también fomento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas
».260
137. La Iglesia que está en África comparte con la Iglesia
universal « la sublime vocación de realizar, en primer lugar en sí misma, la
unidad del género humano más allá de las diferencias étnicas, culturales, nacionales,
sociales y de otro género, con objeto de mostrar precisamente la caducidad de
estas diferencias, abolidas por la cruz de Cristo ».261 La Iglesia,
respondiendo a su vocación de ser en el mundo el pueblo redimido y
reconciliado, contribuye a promover una coexistencia fraterna entre los
pueblos, superando las diferencias de raza y de nacionalidad.
Teniendo en cuenta la específica vocación confiada a la Iglesia por su
divino Fundador, pido con insistencia a la Comunidad católica que está en
África que ofrezca ante toda la humanidad un testimonio auténtico del
universalismo cristiano que brota de la paternidad de Dios. « Todos los hombres
creados en Dios tienen el mismo origen; sea cual fuere su dispersión
geográfica o el acento de sus diferencias a lo largo de la historia, están destinados
a formar una sola familia según el designio de Dios establecido "desde
el principio".262 La Iglesia en África está llamada a ir por amor al
encuentro de cada ser humano creyendo con fuerza que « el Hijo de Dios, con su
encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre ».263
De modo particular, África debe ofrecer su propia contribución al movimiento
ecuménico, cuya urgencia he vuelto a señalar recientemente en la Carta
encíclica Ut unum sint, en vista del tercer
milenio.264 En efecto, África puede desarrollar también un papel importante en
el diálogo entre las religiones, sobre todo cultivando relaciones intensas con
los musulmanes y favoreciendo un atento respeto hacia los valores de la
religión tradicional africana.
Practicar la solidaridad
138. Testimoniando a Cristo « hasta los confines de la
tierra », la Iglesia en África debe estar firmemente convencida del « valor
positivo y moral » que supone la « conciencia creciente de la interdependencia
entre los hombres y entre las naciones. El hecho de que los hombres y
mujeres, en muchas partes del mundo, sientan como propias las injusticias y las
violaciones de los derechos humanos cometidos en países lejanos, que
posiblemente nunca visitarán, es un signo más de que esta realidad es
transformada en conciencia, que adquiere así una connotación moral
».265
Confío en que los cristianos de África sean cada vez más conscientes de esta
interdependencia entre los individuos y entre las naciones, y que estén
preparados para responder a ello practicando la virtud de la solidaridad. El
fruto de la solidaridad es la paz, bien tan precioso para los pueblos y las
naciones de cualquier parte del mundo. En efecto, precisamente a través de
medios capaces de promover y reforzar la solidaridad, la Iglesia puede ofrecer
una contribución específica y determinante a una verdadera cultura de la paz.
139. Al entrar en relación sin discriminaciones con los
pueblos del mundo mediante el diálogo con las diversas culturas, la Iglesia
acerca los unos a los otros y les ayudas a asumir, en la fe, los auténticos
valores de los demás.
Dispuesta a cooperar con todo hombre de buena voluntad y con la comunidad
internacional, la Iglesia en África no busca ventajas para sí misma. La
solidaridad que manifiesta « tiende a superarse a sí misma, al revestirse de
las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y
reconciliación ».266 La Iglesia trata de contribuir a la conversión de la
humanidad, llevándola a abrirse al plan salvífico de Dios mediante el
testimonio evangélico, acompañado por la actividad caritativa al servicio de
los pobres y los últimos. Y cuando realiza esto, no pierde nunca de vista la
primacía de lo transcendente y de las realidades espirituales que constituyen
las primicias de la salvación eterna del hombre.
Durante los debates sobre la solidaridad de la Iglesia para con los pueblos
y las naciones, los Padres sinodales han sido plenamente conscientes, en todo
momento, de que « hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del
crecimiento del Reino de Cristo » y que, sin embargo, « el primero, en la
medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa
mucho al Reino de Dios ».267 Precisamente por esto, la Iglesia en África está
convencida —y el trabajo de la Asamblea especial lo ha mostrado claramente— que
la espera del retorno final de Cristo « no podrá ser nunca una excusa para
desentenderse de los hombres en su situación personal concreta y en su vida social,
nacional e internacional », 268 puesto que las condiciones terrenas influyen en
la peregrinación del hombre hacia la eternidad.
CONCLUSIÓN
Hacia el nuevo milenio cristiano
140. Reunidos en torno a la Virgen María como para un nuevo
Pentecostés, los miembros de la Asamblea especial examinaron a fondo la misión
evangelizadora de la Iglesia en África en el umbral del tercer milenio. Concluyendo
esta Exhortación apostólica postsinodal, en la cual presento los frutos de esta
Asamblea a la Iglesia que está en África, en Madagascar y en las islas
adyacentes, y a toda la Iglesia católica, doy gracias a Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo, que nos ha concedido el privilegio de vivir este auténtico «
momento de gracia » que ha sido el Sínodo. Manifiesto mi vivo agradecimiento al
Pueblo de Dios en África por cuanto ha hecho por la Asamblea especial. Este
Sínodo ha sido preparado con celo y entusiasmo, como demuestran las respuestas
al cuestionario, adjunto al documento preliminar (Lineamenta), y las
reflexiones recogidas en el documento de trabajo (Instrumentum laboris).
Las comunidades cristianas de África han rezado con fervor por el éxito de los
trabajos de la Asamblea especial. Y se puede decir que ésta ha sido bendecida
generosamente por el Señor.
141. Ya que el Sínodo ha sido convocado para permitir a la
Iglesia en África que asuma, de la manera más eficaz posible, su misión
evangelizadora con vistas al tercer milenio cristiano, invito con esta
Exhortación al Pueblo de Dios en África —Obispos, sacerdotes, personas
consagradas y laicos— a mirar decididamente hacia el Gran Jubileo, que se
celebrará dentro de pocos años. Para todos los pueblos de África la mejor
preparación al nuevo milenio consistirá en el firme compromiso de poner en
práctica con gran fidelidad las decisiones y orientaciones que, con la
autoridad apostólica de Sucesor de Pedro, presento en esta Exhortación. Son
decisiones y orientaciones que se inscriben en la genuina línea de las
enseñanzas y directrices de la Iglesia y, en particular, del Concilio Vaticano
II, que ha sido la principal fuente de inspiración de la Asamblea especial para
África.
142. Mi invitación al Pueblo de Dios que
está en África, para que se prepare al Gran Jubileo del año 2000, quiere ser
también una vibrante llamada a la alegría cristiana. « El gran gozo
anunciado por el Ángel, la noche de Navidad, lo será de verdad para todo el
pueblo (cf. Lc 2, 10) (...). Fue la
Virgen María la primera en recibir el anuncio del ángel Gabriel y su Magníficat
era ya el himno de exultación de todos los humildes. Los misterios gozosos
nos sitúan así, cada vez que recitamos el Rosario, ante el acontecimiento
inefable, centro y culmen de la historia: la venida a la tierra del Emmanuel,
Dios con nosotros ».269
Es el bimilenario de dicho acontecimiento, lleno de alegría, lo que nos
preparamos a celebrar con el próximo Gran Jubileo. África, que « es, en cierto
sentido, la "segunda patria" de Jesús de Nazaret, (el cual) como niño
pequeño encontró refugio precisamente en África contra la crueldad de Herodes
», 270 está llamada a la alegría. Al mismo tiempo, « todo deberá mirar al
objetivo prioritario del Jubileo, que es el fortalecimiento de la fe y del
testimonio de los cristianos ».271
143. A causa de las numerosas
dificultades, crisis y conflictos que conllevan tanta miseria y sufrimiento en
el continente, hay africanos tentados a veces de pensar que el Señor los ha
abandonado, que ¡los ha olvidado (cf. Is
49, 14)! « Y Dios responde con las palabras del gran Profeta: "Acaso
olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de
mis manos te tengo tatuada" (Is
49, 15-16). Sí, en las palmas de las manos de Cristo, ¡traspasadas por los
clavos de la crucifixión! El nombre de cada uno de vosotros (Africanos) está escrito
en esas manos. Por tanto, decimos con gran confianza: "El Señor mi fuerza,
escudo mío, en El confió mi corazón y he recibido ayuda: mi carne de nuevo ha
florecido, le doy gracias de todo corazón" (Sal 28 [27], 7) ».272
Oración a María, Madre de la Iglesia
144. Agradecido por el don de este Sínodo, me dirijo a
María, Estrella de la evangelización, y, mientras se acerca el tercer milenio,
a Ella confío África y su misión evangelizadora. A Ella me dirijo con los
pensamientos y sentimientos expresados en la oración que mis hermanos Obispos
compusieron al final de la sesión de trabajo del Sínodo en Roma:
¡Oh María!, Madre de Dios
y Madre de la Iglesia,
gracias a ti, en el día de la Anunciación,
al alba de los tiempos nuevos,
todo el género humano, con sus culturas,
se alegró de descubrir
que podía recibir el Evangelio.
En vísperas de un nuevo Pentecostés
para la Iglesia en África,
Madagascar e islas adyacentes,
el Pueblo de Dios con sus Pastores
se dirige a ti y contigo implora:
que la efusión del Espíritu Santo
haga de las culturas africanas
lugares de comunión en la diversidad,
transformando a los habitantes
de este gran continente
en generosos hijos de la Iglesia,
que es Familia del Padre,
Fraternidad del Hijo,
Imagen de la Trinidad,
germen e inicio en la tierra
de aquel Reino eterno
que tendrá su plenitud
en la Ciudad cuyo constructor es Dios:
Ciudad de justicia, de amor y de paz.
Dado en Yaundé, Camerún, el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de
la Santa Cruz, del año 1995, decimoséptimo de mi Pontificado.