EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
«Ecclesia in America»
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LOS CONSAGRADOS Y CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO, CAMINO PARA LA CONVERSIÓN,
LA COMUNIÓN Y LA SOLIDARIDAD EN AMÉRICA
INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia en América, llena de gozo
por la fe recibida y dando gracias a Cristo por este inmenso don, ha celebrado
hace poco el quinto centenario del comienzo de la predicación del Evangelio en
sus tierras. Esta conmemoración ayudó a los católicos americanos a ser más
conscientes del deseo de Cristo de encontrarse con los habitantes del llamado
Nuevo Mundo para incorporarlos a su Iglesia y hacerse presente de este modo en
la historia del Continente. La evangelización de América no es sólo un don del
Señor, sino también fuente de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción de
los evangelizadores a lo largo y ancho de todo el Continente han nacido de la
Iglesia y del Espíritu innumerables hijos.1 En sus corazones, tanto
en el pasado como en el presente, continúan resonando las palabras del Apóstol:
« Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un
deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! » (1Co 9, 16). Este deber se funda en el
mandato del Señor resucitado a los Apóstoles antes de su Ascensión al cielo: «
Proclamad la Buena Nueva a toda la creación » (Mc 16, 15).
Este mandato se dirige a la Iglesia entera, y la Iglesia
en América, en este preciso momento de su historia, está llamada a acogerlo y
responder con amorosa generosidad a su misión fundamental evangelizadora. Lo
subrayaba en Bogotá mi predecesor Pablo VI, el primer Papa que visitó América:
« Corresponderá a nosotros, en cuanto representantes tuyos, [Señor Jesús] y
administradores de tus divinos misterios (cf. 1Co 4, 1; 1 P 4, 10), difundir
los tesoros de tu palabra, de tu gracia, de tus ejemplos entre los hombres ».2
El deber de la evangelización es una urgencia de caridad para el discípulo de
Cristo: « El amor de Cristo nos apremia » (2Co 5, 14), afirma el apóstol Pablo,
recordando lo que el Hijo de Dios hizo por nosotros con su sacrificio redentor:
« Uno murió por todos [...], para que ya no vivan para sí los que viven, sino
para aquel que murió y resucitó por ellos » (2Co 5, 14-15).
La conmemoración de ciertas fechas especialmente evocadoras del amor de
Cristo por nosotros suscita en el ánimo, junto con el agradecimiento, la
necesidad de « anunciar las maravillas de Dios », es decir, la necesidad de
evangelizar. Así, el recuerdo de la reciente celebración de los quinientos años
de la llegada del mensaje evangélico a América, esto es, del momento en que
Cristo llamó a América a la fe, y el cercano Jubileo con que la Iglesia
celebrará los 2000 años de la Encarnación del Hijo de Dios, son ocasiones
privilegiadas en las que, de manera espontánea, brota del corazón con más
fuerza nuestra gratitud hacia el Señor. Consciente de la grandeza de estos
dones recibidos, la Iglesia peregrina en América desea hacer partícipe de las
riquezas de la fe y de la comunión en Cristo a toda la sociedad y a cada uno de
los hombres y mujeres que habitan en el suelo americano.
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal
2. Precisamente el mismo día en que se cumplían los
quinientos años del comienzo de la evangelización de América, el 12 de octubre
de 1992, con el deseo de abrir nuevos horizontes y dar renovado impulso a la
evangelización, en la alocución con la que inauguré los trabajos de la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, hice la
propuesta de un encuentro sinodal « en orden a incrementar la cooperación entre
las diversas Iglesias particulares » para afrontar juntas, dentro del marco de
la nueva evangelización y como expresión de comunión episcopal, « los problemas
relativos a la justicia y la solidaridad entre todas las Naciones de América ».3
La acogida positiva que los Episcopados de América dieron a esta propuesta, me
permitió anunciar en la Carta apostólica Tertio
Millennio Adveniente el propósito de convocar una asamblea sinodal «
sobre la problemática de la nueva evangelización en las dos partes del mismo
Continente, tan diversas entre sí por su origen y su historia, y sobre la
cuestión de la justicia y de las relaciones económicas internacionales,
considerando la enorme desigualdad entre el Norte y el Sur ».4
Entonces se iniciaron los trabajos preparatorios propiamente dichos, hasta
llegar a la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América, celebrada
en el Vaticano del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997.
El tema de la Asamblea
3. En coherencia con la idea inicial, y oídas las
sugerencias del Consejo presinodal, viva expresión del sentir de muchos
Pastores del pueblo de Dios en el Continente americano, enuncié el tema de la
Asamblea Especial del Sínodo para América en los siguientes términos: «
Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la
solidaridad en América ». El tema así formulado expresa claramente la
centralidad de la persona de Jesucristo resucitado, presente en la vida de la
Iglesia, que invita a la conversión, a la comunión y a la solidaridad. El punto
de partida de este programa evangelizador es ciertamente el encuentro con el
Señor. El Espíritu Santo, don de Cristo en el misterio pascual, nos guía hacia las
metas pastorales que la Iglesia en América ha de alcanzar en el tercer milenio
cristiano.
La celebración de la Asamblea como
experiencia de encuentro
4. La experiencia vivida durante la Asamblea tuvo, sin
duda, el carácter de un encuentro con el Señor. Recuerdo gustoso, de modo
especial, las dos concelebraciones solemnes que presidí en la Basílica de San
Pedro para la inauguración y para la clausura de los trabajos de la Asamblea.
El encuentro con el Señor resucitado, verdadera, real y substancialmente presente
en la Eucaristía, constituyó el clima espiritual que permitió que todos los
Obispos de la Asamblea sinodal se reconocieran, no sólo como hermanos en el
Señor, sino también como miembros del Colegio episcopal, deseosos de seguir,
presididos por el Sucesor de Pedro, las huellas del Buen Pastor, sirviendo a la
Iglesia que peregrina en todas las regiones del Continente. Fue evidente para
todos la alegría de cuantos participaron en la Asamblea, al descubrir en ella
una ocasión excepcional de encuentro con el Señor, con el Vicario de Cristo,
con tantos Obispos, sacerdotes, consagrados y laicos venidos de todas las
partes del Continente.
Sin duda, ciertos factores previos contribuyeron, de modo mediato pero
eficaz, a asegurar este clima de encuentro fraterno en la Asamblea sinodal. En
primer lugar, deben señalarse las experiencias de comunión vividas
anteriormente en las Asambleas Generales del Episcopado Latinoamericano en Río
de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). En
ellas los Pastores de la Iglesia en América Latina reflexionaron juntos como
hermanos sobre las cuestiones pastorales más apremiantes en esa región del
Continente. A estas Asambleas deben añadirse las reuniones periódicas
interamericanas de Obispos, en las cuales los participantes tienen la
posibilidad de abrirse al horizonte de todo el Continente, dialogando sobre los
problemas y desafíos comunes que afectan a la Iglesia en los países americanos.
Contribuir a la unidad del Continente
5. En la primera propuesta que hice en Santo Domingo, sobre
la posibilidad de celebrar una Asamblea Especial del Sínodo, señalé que « la
Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que
han caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como un deber
ineludible unir espiritualmente aún más a todos los pueblos que forman este
gran Continente y, a la vez, desde la misión religiosa que le es propia,
impulsar un espíritu solidario entre todos ellos ».5 Los elementos
comunes a todos los pueblos de América, entre los que sobresale una misma
identidad cristiana así como también una auténtica búsqueda del fortalecimiento
de los lazos de solidaridad y comunión entre las diversas expresiones del rico
patrimonio cultural del Continente, son el motivo decisivo por el que quise que
la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos dedicara sus reflexiones a
América como una realidad única. La opción de usar la palabra en singular
quería expresar no sólo la unidad ya existente bajo ciertos aspectos, sino
también aquel vínculo más estrecho al que aspiran los pueblos del Continente y
que la Iglesia desea favorecer, dentro del campo de su propia misión dirigida a
promover la comunión de todos en el Señor.
En el contexto de la nueva evangelización
6. En la perspectiva del Gran Jubileo del año 2000 he
querido que tuviera lugar una Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para
cada uno de los cinco Continentes: tras las dedicadas a África (1994), América
(1997), Asia (1998) y, muy recientemente, Oceanía (1998), en este año de 1999
con la ayuda del Señor se celebrará una nueva Asamblea Especial para Europa. De
este modo, durante el año jubilar, será posible una Asamblea General Ordinaria
que sintetice y saque las conclusiones de los ricos materiales que las diversas
Asambleas continentales han ido aportando. Esto será posible por el hecho de
que en todos estos Sínodos ha habido preocupaciones semejantes y centros
comunes de interés. En este sentido, refiriéndome a esta serie de Asambleas
sinodales, he señalado cómo en todas « el tema de fondo es el de la
evangelización, mejor todavía, el de la nueva evangelización, cuyas bases
fueron fijadas por la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI ».6
Por ello, tanto en mi primera indicación sobre la celebración de esta Asamblea
Especial del Sínodo como más tarde en su anuncio explícito, una vez que todos
los Episcopados de América hicieron suya la idea, indiqué que sus
deliberaciones habrían de discurrir « dentro del marco de la nueva
evangelización », 7 afrontando los problemas sobresalientes de la
misma.8
Esta preocupación era más obvia ya que yo mismo había formulado el primer
programa de una nueva evangelización en suelo americano. En efecto, cuando la
Iglesia en toda América se preparaba para recordar los quinientos años del
comienzo de la primera evangelización del Continente, hablando al Consejo
Episcopal Latinoamericano (CELAM) en Puerto Príncipe (Haití) afirmé: « La
conmemoración del medio milenio de evangelización tendrá su significación plena
si es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio y
fieles; compromiso, no de reevangelización, pero sí de una evangelización
nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión ».9 Más
tarde invité a toda la Iglesia a llevar a cabo esta exhortación, aunque el
programa evangelizador, al extenderse a la gran diversidad que presenta hoy el
mundo entero, debe diversificarse según dos situaciones claramente diferentes:
la de los países muy afectados por el secularismo y la de aquellos otros donde
« todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad
popular cristiana ».10 Se trata, sin duda, de dos situaciones
presentes, en grado diverso, en diferentes países o, quizás mejor, en diversos
ambientes concretos dentro de los países del Continente americano.
Con la presencia y la ayuda del Señor
7. El mandato de evangelizar, que el
Señor resucitado dejó a su Iglesia, va acompañado por la seguridad, basada en
su promesa, de que Él sigue viviendo y actuando entre nosotros: « He aquí que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20). Esta presencia misteriosa
de Cristo en su Iglesia es la garantía de su éxito en la realización de la
misión que le ha sido confiada. Al mismo tiempo, esa presencia hace también
posible nuestro encuentro con Él, como Hijo enviado por el Padre, como Señor de
la Vida que nos comunica su Espíritu. Un encuentro renovado con Jesucristo hará
conscientes a todos los miembros de la Iglesia en América de que están llamados
a continuar la misión del Redentor en esas tierras.
El encuentro personal con el Señor, si es auténtico, llevará también consigo
la renovación eclesial: las Iglesias particulares del Continente, como Iglesias
hermanas y cercanas entre sí, acrecentarán los vínculos de cooperación y
solidaridad para prolongar y hacer más viva la obra salvadora de Cristo en la
historia de América. En una actitud de apertura a la unidad, fruto de una
verdadera comunión con el Señor resucitado, las Iglesias particulares, y en
ellas cada uno de sus miembros, descubrirán, a través de la propia experiencia
espiritual que el « encuentro con Jesucristo vivo » es « camino para la
conversión, la comunión y la solidaridad ». Y, en la medida en que estas metas
vayan siendo alcanzadas, será posible una dedicación cada vez mayor a la nueva
evangelización de América.
CAPÍTULO
I
EL ENCUENTRO
CON JESUCRISTO VIVO
« Hemos
encontrado al Mesías » (Jn 1, 41)
Los encuentros con el Señor en el Nuevo
Testamento
8. Los Evangelios relatan numerosos
encuentros de Jesús con hombres y mujeres de su tiempo. Una característica
común a todos estos episodios es la fuerza transformadora que tienen y
manifiestan los encuentros con Jesús, ya que « abren un auténtico proceso de
conversión, comunión y solidaridad ».11 Entre los más significativos
está el de la mujer samaritana (cf. Jn
4, 5-42). Jesús la llama para saciar su sed, que no era sólo material,
pues, en realidad, « el que pedía beber, tenía sed de la fe de la misma mujer
».12 Al decirle, « dame de beber » (Jn 4, 7), y al hablarle del agua viva,
el Señor suscita en la samaritana una pregunta, casi una oración, cuyo alcance
real supera lo que ella podía comprender en aquel momento: « Señor, dame de esa
agua, para que no tenga más sed » (Jn
4, 15). La samaritana, aunque « todavía no entendía », 13 en
realidad estaba pidiendo el agua viva de que le hablaba su divino interlocutor.
Al revelarle Jesús su mesianidad (cf. Jn
4, 26), la samaritana se siente impulsada a anunciar a sus conciudadanos
que ha descubierto el Mesías (cf. Jn 4,
28-30). Así mismo, cuando Jesús encuentra a Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10) el fruto más preciado es
su conversión: éste, consciente de las injusticias que ha cometido, decide
devolver con creces —« el cuádruple »— a quienes había defraudado. Además,
asume una actitud de desprendimiento de las cosas materiales y de caridad hacia
los necesitados, que lo lleva a dar a los pobres la mitad de sus bienes.
Una mención especial merecen los encuentros con Cristo
resucitado narrados en el Nuevo Testamento. Gracias a su encuentro con el
Resucitado, María Magdalena supera el desaliento y la tristeza causados por la
muerte del Maestro (cf. Jn 20, 11-18).
En su nueva dimensión pascual, Jesús la envía a anunciar a los discípulos que
Él ha resucitado (cf. Jn 20, 17).
Por este hecho se ha llamado a María Magdalena « la apóstol de los apóstoles ».14
Por su parte, los discípulos de Emaús, después de encontrar y reconocer al
Señor resucitado, vuelven a Jerusalén para contar a los apóstoles y a los demás
discípulos lo que les había sucedido (cf. Lc 24, 13-35). Jesús, « empezando por
Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él
en todas las Escrituras » (Lc 24, 27).
Los dos discípulos reconocerían más tarde que su corazón ardía mientras el
Señor les hablaba en el camino explicándoles las Escrituras (cf. Lc 24, 32). No hay duda de que san
Lucas al narrar este episodio, especialmente el momento decisivo en que los dos
discípulos reconocen a Jesús, hace una alusión explícita a los relatos de la
institución de la Eucaristía, es decir, al modo como Jesús actuó en la Última
Cena (cf. Lc 24, 30). El
evangelista, para relatar lo que los discípulos de Emaús cuentan a los Once,
utiliza una expresión que en la Iglesia naciente tenía un significado
eucarístico preciso: « Le habían conocido en la fracción del pan » (Lc 24, 35).
Entre los encuentros con el Señor resucitado, uno de los
que han tenido un influjo decisivo en la historia del cristianismo es, sin duda,
la conversión de Saulo, el futuro Pablo y apóstol de los gentiles, en el camino
de Damasco. Allí tuvo lugar el cambio radical de su existencia, de perseguidor
a apóstol (cf. Hch 9, 3-30; 22,
6-11; 26, 12-18). El mismo Pablo habla de esta extraordinaria experiencia como
de una revelación del Hijo de Dios « para que le anunciase entre los gentiles »
(Ga 1, 16).
La invitación del Señor respeta siempre la libertad de los
que llama. Hay casos en que el hombre, al encontrarse con Jesús, se cierra al
cambio de vida al que Él lo invita. Fueron numerosos los casos de
contemporáneos de Jesús que lo vieron y oyeron, y, sin embargo, no se abrieron
a su palabra. El Evangelio de san Juan señala el pecado como la causa que
impide al ser humano abrirse a la luz que es Cristo: « Vino la luz al mundo y
los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas »
(Jn 3, 19). Los textos evangélicos
enseñan que el apego a las riquezas es un obstáculo para acoger el llamado a un
seguimiento generoso y pleno de Jesús. Típico es, a este respecto, el caso del
joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-23).
Encuentros personales y encuentros
comunitarios
9. Algunos encuentros con Jesús, narrados
en los Evangelios, son claramente personales como, por ejemplo, las llamadas
vocacionales (cf. Mt 4, 19; 9, 9; Mc 10, 21; Lc 9, 59). En ellos Jesús trata con
intimidad a sus interlocutores: « Rabbí —que quiere decir "Maestro"—
¿dónde vives? » [...] « Venid y lo veréis » (Jn 1, 38-39). Otras veces, en cambio,
los encuentros tienen un carácter comunitario. Así son, en concreto, los
encuentros con los Apóstoles, que tienen una importancia fundamental para la
constitución de la Iglesia. En efecto, los Apóstoles, elegidos por Jesús de
entre un grupo más amplio de discípulos (cf. Mc 3, 13-19; Lc 6, 12-16), son objeto de una
formación especial y de una comunicación más íntima. A la multitud Jesús le
habla en parábolas que sólo explica a los Doce: « Es que a vosotros se os ha
dado a conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no » (Mt 13, 11). Los Apóstoles están
llamados a ser los anunciadores de la Buena Nueva y a desarrollar una misión
especial para edificar la Iglesia con la gracia de los Sacramentos. Para este
fin, reciben la potestad necesaria: les da el poder de perdonar los pecados
apelando a la plenitud de ese mismo poder en el cielo y en la tierra que el
Padre le ha dado (cf. Mt 28, 18).
Ellos serán los primeros en recibir el don del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 1-4), don que recibirán más
tarde quienes se incorporen a la Iglesia por los sacramentos de la iniciación
cristiana (cf. Hch 2, 38).
El encuentro con Cristo en el tiempo de la
Iglesia
10. La Iglesia es el lugar donde los
hombres, encontrando a Jesús, pueden descubrir el amor del Padre: en efecto, el
que ha visto a Jesús ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús, después de su ascensión
al cielo, actúa mediante la acción poderosa del Paráclito (cf. Jn 16, 7), que transforma a los
creyentes dándoles la nueva vida. De este modo ellos llegan a ser capaces de
amar con el mismo amor de Dios, « que ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que se nos ha dado » (Rm 5, 5). La gracia divina prepara,
además, a los cristianos a ser agentes de la transformación del mundo,
instaurando en él una nueva civilización, que mi predecesor Pablo VI llamó
justamente « civilización del amor ».15
En efecto, « el Verbo de Dios, asumiendo en todo la
naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4, 11), manifiesta el plan del
Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la plenitud de su
propia vocación [...] Así, Jesús no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino
que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza ».16
Con estas palabras los Padres sinodales, en la línea del Concilio Vaticano II,
han reafirmado que Jesús es el camino a seguir para llegar a la plena
realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios.
« Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí » (Jn 14, 6). Dios nos « predestinó a
reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos
hermanos » (Rm 8, 29). Jesucristo
es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a
los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y
mujeres del continente americano.
Por medio de María encontramos a Jesús
11. Cuando nació Jesús, los magos de
Oriente acudieron a Belén y « vieron al Niño con María su Madre » (Mt 2, 11). Al inicio de la vida
pública, en las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios realizó el primero de sus
signos, suscitando la fe de los discípulos (Jn 2, 11), es María la que interviene y
orienta a los servidores hacia su Hijo con estas palabras: « Haced lo que él os
diga » (Jn 2, 5). A este respecto,
he escrito en otra ocasión: « La Madre de Cristo se presenta ante los hombres
como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que
deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías ».17
Por eso, María es un camino seguro para encontrar a Cristo. La piedad hacia la
Madre del Señor, cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida
según el espíritu y los valores del Evangelio.
¿Cómo no poner de relieve el papel que la Virgen tiene respecto a la Iglesia
peregrina en América, en camino al encuentro con el Señor? En efecto, la
Santísima Virgen, « de manera especial, está ligada al nacimiento de la Iglesia
en la historia de [...] los pueblos de América, que por María llegaron al
encuentro con el Señor ».18
En todas las partes del Continente la presencia de la Madre de Dios ha sido
muy intensa desde los días de la primera evangelización, gracias a la labor de
los misioneros. En su predicación, « el Evangelio ha sido anunciado presentando
a la Virgen María como su realización más alta. Desde los orígenes —en su
advocación de Guadalupe— María constituyó el gran signo, de rostro maternal y
misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos
invita a entrar en comunión ».19
La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año
1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización.20 Este
influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el
Continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha
reconocido « en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa
María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente
inculturada ».21 Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino
también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como
Reina de toda América.22
A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada vez más en los Pastores y fieles
la conciencia del papel desarrollado por la Virgen en la evangelización del
Continente. En la oración compuesta
para la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para
América, María Santísima de Guadalupe es invocada como « Patrona de toda
América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización ». En este
sentido, acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales de que el día 12 de
diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta de Nuestra Señora de
Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América.23 Abrigo en mi corazón
la firme esperanza de que ella, a cuya intercesión se debe el fortalecimiento
de la fe de los primeros discípulos (cf. Jn
2, 11), guíe con su intercesión maternal a la Iglesia en este Continente,
alcanzándole la efusión del Espíritu Santo como en la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 14), para que la nueva
evangelización produzca un espléndido florecimiento de vida cristiana.
Lugares de encuentro con Cristo
12. Contando con el auxilio de María, la Iglesia en América
desea conducir a los hombres y mujeres de este Continente al encuentro con
Cristo, punto de partida para una auténtica conversión y para una renovada
comunión y solidaridad. Este encuentro contribuirá eficazmente a consolidar la
fe de muchos católicos, haciendo que madure en fe convencida, viva y operante.
Para que la búsqueda de Cristo presente en su Iglesia no se reduzca a algo
meramente abstracto, es necesario mostrar los lugares y momentos concretos en
los que, dentro de la Iglesia, es posible encontrarlo. La reflexión de los
Padres sinodales a este respecto ha sido rica en sugerencias y observaciones.
Ellos han señalado, en primer lugar, « la Sagrada Escritura leída a la luz
de la Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada en la meditación
y la oración ».24 Se ha recomendado fomentar el conocimiento de los Evangelios,
en los que se proclama, con palabras fácilmente accesibles a todos, el modo
como Jesús vivió entre los hombres. La lectura de estos textos sagrados, cuando
se escucha con la misma atención con que las multitudes escuchaban a Jesús en
la ladera del monte de las Bienaventuranzas o en la orilla del lago de
Tiberíades mientras predicaba desde la barca, produce verdaderos frutos de
conversión del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es la sagrada
Liturgia.25 Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima exposición
de las múltiples presencias de Cristo en la Liturgia, cuya importancia debe
llevar a hacer de ello objeto de una constante predicación: Cristo está
presente en el celebrante que renueva en el altar el mismo y único sacrificio
de la Cruz; está presente en los Sacramentos en los que actúa su fuerza eficaz.
Cuando se proclama su palabra, es Él mismo quien nos habla. Está presente
además en la comunidad, en virtud de su promesa: « Donde están dos o tres
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20). Está presente « sobre todo
bajo las especies eucarísticas ».26 Mi predecesor Pablo VI creyó
necesario explicar la singularidad de la presencia real de Cristo en la
Eucaristía, que « se llama "real" no por exclusión, como si las otras
presencias no fueran "reales", sino por antonomasia, porque es
substancial ».27 Bajo las especies de pan y vino, « Cristo todo
entero está presente en su "realidad física" aún corporalmente ».28
La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro
con Cristo, están sugeridas en el relato de la aparición del Resucitado a los
dos discípulos de Emaús. Además, el texto del Evangelio sobre el juicio final
(cf. Mt 25, 31-46), en el que se
afirma que seremos juzgados sobre el amor a los necesitados, en quienes
misteriosamente está presente el Señor Jesús, indica que no se debe descuidar
un tercer lugar de encuentro con Cristo: « Las personas, especialmente los
pobres, con los que Cristo se identifica ».29 Como recordaba el Papa
Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II, « en el rostro de cada hombre,
especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores,
podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del hombre ».30
CAPÍTULO
II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO
EN EL HOY DE AMERICA
« A quien se le
dio mucho, se le reclamará mucho » (Lc
12, 48)
Situación de los hombres y mujeres de
América y su encuentro con el Señor
13. En los Evangelios se narran
encuentros con Cristo de personas en situaciones muy diferentes. A veces se
trata de situaciones de pecado, que dejan entrever la necesidad de la
conversión y del perdón del Señor. En otras circunstancias se dan actitudes
positivas de búsqueda de la verdad, de auténtica confianza en Jesús, que llevan
a establecer una relación de amistad con Él, y que estimulan el deseo de
imitarlo. No pueden olvidarse tampoco los dones con los que el Señor prepara a
algunos para un encuentro posterior. Así Dios, haciendo a María « llena de
gracia » (Lc 1, 28) desde el primer
momento, la preparó para que en ella tuviera lugar el más importante encuentro
divino con la naturaleza humana: el misterio inefable de la Encarnación.
Como los pecados y las virtudes sociales no existen en abstracto, sino que
son el resultado de actos personales, 31 es necesario tener presente
que América es hoy una realidad compleja, fruto de las tendencias y modos de
proceder de los hombres y mujeres que lo habitan. En esta situación real y
concreta es donde ellos han de encontrarse con Jesús.
Identidad cristiana de América
14. El mayor don que América ha recibido del Señor es la
fe, que ha ido forjando su identidad cristiana. Hace ya más de quinientos años
que el nombre de Cristo comenzó a ser anunciado en el Continente. Fruto de la
evangelización, que ha acompañado los movimientos migratorios desde Europa, es
la fisonomía religiosa americana, impregnada de los valores morales que, si
bien no siempre se han vivido coherentemente y en ocasiones se han puesto en
discusión, pueden considerarse en cierto modo patrimonio de todos los
habitantes de América, incluso de quienes no se identifican con ellos. Es claro
que la identidad cristiana de América no puede considerarse como sinónimo de
identidad católica. La presencia de otras confesiones cristianas en grado mayor
o menor en diferentes partes de América, hace especialmente urgente el
compromiso ecuménico, para buscar la unidad entre todos los creyentes en
Cristo.32
Frutos de santidad
15. La expresión y los mejores frutos de la identidad cristiana
de América son sus santos. En ellos, el encuentro con Cristo vivo « es tan
profundo y comprometido [...] que se convierte en fuego que lo consume todo, e
impulsa a construir su Reino, a hacer que Él y la nueva alianza sean el sentido
y el alma de [...] la vida personal y comunitaria ».33 América ha
visto florecer los frutos de la santidad desde los comienzos de su
evangelización. Este es el caso de santa Rosa de Lima (1586-1617), « la primera
flor de santidad en el Nuevo Mundo », proclamada patrona principal de América
en 1670 por el Papa Clemente X.34 Después de ella, el santoral
americano se ha ido incrementando hasta alcanzar su amplitud actual.35
Las beatificaciones y canonizaciones, con las que no pocos hijos e hijas del
Continente han sido elevados al honor de los altares, ofrecen modelos heroicos
de vida cristiana en la diversidad de estados de vida y de ambientes sociales.
La Iglesia, al beatificarlos o canonizarlos, ve en ellos a poderosos
intercesores unidos a Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, mediador entre Dios
y los hombres. Los Beatos y Santos de América acompañan con solicitud fraterna
a los hombres y mujeres de su tierra que, entre gozos y sufrimientos, caminan
hacia el encuentro definitivo con el Señor.36 Para fomentar cada vez
más su imitación y para que los fieles recurran de una manera más frecuente y
fructuosa a su intercesión, considero muy oportuna la propuesta de los Padres
sinodales de preparar « una colección de breves biografías de los Santos y
Beatos americanos. Esto puede iluminar y estimular en América la respuesta a la
vocación universal a la santidad ».37
Entre sus Santos, « la historia de la evangelización de
América reconoce numerosos mártires, varones y mujeres, tanto Obispos, como
presbíteros, religiosos y laicos, que con su sangre regaron [...] [estas]
naciones. Ellos, como nube de testigos (cf. Hb 12, 1), nos estimulan para que
asumamos hoy, sin temor y ardorosamente, la nueva evangelización ».38
Es necesario que sus ejemplos de entrega sin límites a la causa del Evangelio
sean no sólo preservados del olvido, sino más conocidos y difundidos entre los
fieles del Continente. Al respecto, escribía en la Tertio
Millennio Adveniente: « Las Iglesias locales hagan todo lo posible por
no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio, recogiendo para ello
la documentación necesaria ».39
La piedad popular
16. Una característica peculiar de
América es la existencia de una piedad popular profundamente enraizada en sus
diversas naciones. Está presente en todos los niveles y sectores sociales,
revistiendo una especial importancia como lugar de encuentro con Cristo para
todos aquellos que con espíritu de pobreza y humildad de corazón buscan
sinceramente a Dios (cf. Mt 11, 25).
Las expresiones de esta piedad son numerosas: « Las peregrinaciones a los
santuarios de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos, la oración por
las almas del purgatorio, el uso de sacramentales (agua, aceite, cirios...).
Éstas y tantas otras expresiones de la piedad popular ofrecen oportunidad para
que los fieles encuentren a Cristo viviente ».40 Los Padres
sinodales han subrayado la urgencia de descubrir, en las manifestaciones de la
religiosidad popular, los verdaderos valores espirituales, para enriquecerlos
con los elementos de la genuina doctrina católica, a fin de que esta
religiosidad lleve a un compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta
de caridad.41 La piedad popular, si está orientada convenientemente,
contribuye también a acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer a la
Iglesia, alimentando su fervor y ofreciendo así una respuesta válida a los
actuales desafíos de la secularización.42
Ya que en América la piedad popular es expresión de la inculturación de la
fe católica y muchas de sus manifestaciones han asumido formas religiosas
autóctonas, es oportuno destacar la posibilidad de sacar de ellas, con
clarividente prudencia, indicaciones válidas para una mayor inculturación del
Evangelio.43 Ello es especialmente importante entre las poblaciones
indígenas, para que « las semillas del Verbo » presentes en sus culturas
lleguen a su plenitud en Cristo.44 Lo mismo debe decirse de los
americanos de origen africano. La Iglesia « reconoce que tiene la obligación de
acercarse a estos americanos a partir de su cultura, considerando seriamente
las riquezas espirituales y humanas de esta cultura que marca su modo de
celebrar el culto, su sentido de alegría y de solidaridad, su lengua y sus
tradiciones ».45
Presencia católico-oriental en América
17. La inmigración a América es casi una constante de su
historia desde los comienzos de la evangelización hasta nuestros días. Dentro
de este complejo fenómeno debe señalarse que, en los últimos tiempos, diversas
regiones de América han acogido a numerosos miembros de las Iglesias católicas
orientales que, por diversas causas, han abandonado sus territorios de origen.
Un primer movimiento migratorio procedía, sobre todo, de Ucrania occidental;
posteriormente se ha extendido a las naciones del Medio Oriente. De este modo,
ha sido necesaria pastoralmente la creación de una jerarquía católica oriental
para estos fieles inmigrantes y para sus descendientes. Las normas emanadas por
el Concilio Vaticano II, que los Padres sinodales han recordado, reconocen que
las Iglesias orientales « tienen derecho y obligación de regirse según sus
respectivas disciplinas peculiares », ya que tienen la misión de dar testimonio
de una antiquísima tradición doctrinal, litúrgica y monástica. Por otra parte,
dichas Iglesias deben conservar sus propias disciplinas, ya que éstas « son más
adaptadas a las costumbres de sus fieles y resultan más adecuadas para procurar
el bien de las almas ».46 Si la Comunidad eclesial universal
necesita la sinergia entre las Iglesias particulares de Oriente y de
Occidente para poder respirar con sus dos pulmones, en la esperanza de lograr
hacerlo plenamente a través de la perfecta comunión entre la Iglesia católica y
las orientales separadas, 47 hay que alegrarse por la reciente
implantación de Iglesias orientales junto a las latinas, establecidas allí
desde el principio, porque de este modo puede manifestarse mejor la catolicidad
de la Iglesia del Señor.48
La Iglesia en el campo de la educación y
de la acción social
18. Entre los factores que favorecen la influencia de la
Iglesia en la formación cristiana de los americanos, debe señalarse su amplia
presencia en el campo de la educación y, de modo especial, en el mundo
universitario. Las numerosas Universidades católicas diseminadas por el
Continente son un rasgo característico de la vida eclesial en América. Así
mismo, en la enseñanza primaria y secundaria el alto número de escuelas
católicas ofrece la posibilidad de una acción evangelizadora de alcance muy
amplio, siempre que vaya acompañada por una decidida voluntad de impartir una
educación verdaderamente cristiana.49
Otro campo importante en el que la Iglesia está presente
en toda América es el de la asistencia caritativa y social. Las múltiples
iniciativas para la atención de los ancianos, los enfermos y de cuantos están
necesitados de auxilio en asilos, hospitales, dispensarios, comedores gratuitos
y otros centros sociales, son testimonio palpable del amor preferencial por los
pobres que la Iglesia en América lleva adelante movida por el amor a su Señor y
consciente de que « Jesús se ha identificado con ellos (cf. Mt 25, 31-46) ».50 En esta
tarea, que no conoce fronteras, la Iglesia ha sabido crear una conciencia de
solidaridad concreta entre las diversas comunidades del Continente y del mundo
entero, manifestando así la fraternidad que debe caracterizar a los cristianos
de todo tiempo y lugar.
El servicio a los pobres, para que sea evangélico y
evangelizador, ha de ser fiel reflejo de la actitud de Jesús, que vino « para
anunciar a los pobres la Buena Nueva » (Lc
4, 18). Realizado con este espíritu, llega a ser manifestación del amor
infinito de Dios por todos los hombres y un modo elocuente de transmitir la
esperanza de salvación que Cristo ha traído al mundo, y que resplandece de
manera particular cuando es comunicada a los abandonados y desechados de la
sociedad.
Esta constante dedicación a los pobres y desheredados se refleja en el
Magisterio social de la Iglesia, que no se cansa de invitar a la comunidad
cristiana a comprometerse en la superación de toda forma de explotación y
opresión. En efecto, se trata no sólo de aliviar las necesidades más graves y
urgentes mediante acciones individuales y esporádicas, sino de poner de relieve
las raíces del mal, proponiendo intervenciones que den a las estructuras
sociales, políticas y económicas una configuración más justa y solidaria.
Creciente respeto de los derechos humanos
19. En el ámbito civil, pero con implicaciones morales
inmediatas, debe señalarse entre los aspectos positivos de la América actual la
creciente implantación en todo el Continente de sistemas políticos democráticos
y la progresiva reducción de regímenes dictatoriales. La Iglesia ve con agrado
esta evolución, en la medida en que esto favorezca cada vez más un evidente
respeto de los derechos de cada uno, incluidos los del procesado y del reo,
respecto a los cuales no es legítimo el recurso a métodos de detención y de
interrogatorio —pienso concretamente en la tortura— lesivos de la dignidad
humana. En efecto, « el Estado de Derecho es la condición necesaria para
establecer una verdadera democracia ».51
Por otra parte, la existencia de un Estado de Derecho implica en los
ciudadanos y, más aún, en la clase dirigente el convencimiento de que la
libertad no puede estar desvinculada de la verdad.52 En efecto, «
los graves problemas que amenazan la dignidad de la persona humana, la familia,
el matrimonio, la educación, la economía y las condiciones de trabajo, la
calidad de la vida y la vida misma, proponen la cuestión del Derecho ».53
Los Padres sinodales han subrayado con razón que « los derechos fundamentales
de la persona humana están inscritos en su misma naturaleza, son queridos por
Dios y, por tanto, exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna
autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o a los consensos
políticos, con el pretexto de que así se respetan el pluralismo y la
democracia. Por ello, la Iglesia debe comprometerse en formar y acompañar a los
laicos que están presentes en los órganos legislativos, en el gobierno y en la
administración de la justicia, para que las leyes expresen siempre los
principios y los valores morales que sean conformes con una sana antropología y
que tengan presente el bien común ».54
El fenómeno de la globalización
20. Una característica del mundo actual es la tendencia a la
globalización, fenómeno que, aun no siendo exclusivamente americano, es más
perceptible y tiene mayores repercusiones en América. Se trata de un proceso
que se impone debido a la mayor comunicación entre las diversas partes del
mundo, llevando prácticamente a la superación de las distancias, con efectos
evidentes en campos muy diversos.
Desde el punto de vista ético, puede tener una valoración positiva o
negativa. En realidad, hay una globalización económica que trae consigo ciertas
consecuencias positivas, como el fomento de la eficiencia y el incremento de la
producción, y que, con el desarrollo de las relaciones entre los diversos
países en lo económico, puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y
realizar mejor el servicio a la familia humana. Sin embargo, si la
globalización se rige por las meras leyes del mercado aplicadas según las
conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas. Tales son, por
ejemplo, la atribución de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución
y el deterioro de ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de
la naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la
competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de
inferioridad cada vez más acentuada.55 La Iglesia, aunque reconoce
los valores positivos que la globalización comporta, mira con inquietud los
aspectos negativos derivados de ella.
¿Y qué decir de la globalización cultural producida por la fuerza de los
medios de comunicación social? Éstos imponen nuevas escalas de valores por
doquier, a menudo arbitrarios y en el fondo materialistas, frente a los cuales
es muy difícil mantener viva la adhesión a los valores del Evangelio.
La urbanización creciente
21. El fenómeno de la urbanización continúa creciendo
también en América. Desde hace algunos lustros el Continente está viviendo un
éxodo constante del campo a la ciudad. Se trata de un fenómeno complejo, ya
descrito por mi predecesor Pablo VI.56 Las causas de este fenómeno son
varias, pero entre ellas sobresale principalmente la pobreza y el subdesarrollo
de las zonas rurales, donde con frecuencia faltan los servicios, las
comunicaciones, las estructuras educativas y sanitarias. La ciudad, además, con
las características de diversión y bienestar con que no pocas veces la
presentan los medios de comunicación social, ejerce un atractivo especial para
las gentes sencillas del campo.
La frecuente falta de planificación en este proceso acarrea muchos males.
Como han señalado los Padres sinodales, « en ciertos casos, algunas partes de
las ciudades son como islas en las que se acumula la violencia, la delincuencia
juvenil y la atmósfera de desesperación ».57 El fenómeno de la
urbanización presenta asimismo grandes desafíos a la acción pastoral de la
Iglesia, que ha de hacer frente al desarraigo cultural, la pérdida de
costumbres familiares y al alejamiento de las propias tradiciones religiosas,
que no pocas veces lleva al naufragio de la fe, privada de aquellas
manifestaciones que contribuían a sostenerla.
Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la Iglesia,
que así como supo evangelizar la cultura rural durante siglos, está hoy llamada
a llevar a cabo una evangelización urbana metódica y capilar mediante la catequesis,
la liturgia y las propias estructuras pastorales.58
El peso de la deuda externa
22. Los Padres sinodales han manifestado su preocupación
por la deuda externa que afecta a muchas naciones americanas, expresando de
este modo su solidaridad con las mismas. Ellos llaman justamente la atención de
la opinión pública sobre la complejidad del tema, reconociendo « que la deuda
es frecuentemente fruto de la corrupción y de la mala administración ».59
En el espíritu de la reflexión sinodal, este reconocimiento no pretende
concentrar en un sólo polo las responsabilidades de un fenómeno que es
sumamente complejo en su origen y en sus soluciones.60
En efecto, entre las múltiples causas que han llevado a una deuda externa
abrumadora deben señalarse no sólo los elevados intereses, fruto de políticas
financieras especulativas, sino también la irresponsabilidad de algunos
gobernantes que, al contraer la deuda, no reflexionaron suficientemente sobre
las posibilidades reales de pago, con el agravante de que sumas ingentes
obtenidas mediante préstamos internacionales se han destinado a veces al
enriquecimiento de personas concretas, en vez de ser dedicadas a sostener los
cambios necesarios para el desarrollo del país. Por otra parte, sería injusto
que las consecuencias de estas decisiones irresponsables pesaran sobre quienes
no las tomaron. La gravedad de la situación es aún más comprensible, si se
tiene en cuenta que « ya el mero pago de los intereses es un peso sobre la
economía de las naciones pobres, que quita a las autoridades la disponibilidad
del dinero necesario para el desarrollo social, la educación, la sanidad y la
institución de un depósito para crear trabajo ».61
La corrupción
23. La corrupción, frecuentemente presente entre las causas
de la agobiante deuda externa, es un problema grave que debe ser considerado
atentamente. La corrupción « sin guardar límites, afecta a las personas, a las
estructuras públicas y privadas de poder y a las clases dirigentes ». Se trata
de una situación que « favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito, la
falta de confianza con respecto a las instituciones políticas, sobre todo en la
administración de la justicia y en la inversión pública, no siempre clara,
igual y eficaz para todos ».62
A este propósito, deseo recordar cuanto escribí en el Mensaje para la
Jornada mundial de la Paz de 1998, que la lacra de la corrupción ha de ser
denunciada y combatida con valentía por quienes detentan la autoridad y con la
« colaboración generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte
conciencia moral ».63 Los adecuados organismos de control y la
transparencia de las transacciones económicas y financieras previenen
ulteriormente y evitan en muchos casos que se extienda la corrupción, cuyas
consecuencias nefastas recaen principalmente sobre los más pobres y desvalidos.
Son además los pobres los primeros en sufrir los retrasos, la ineficiencia, la
ausencia de una defensa adecuada y las carencias estructurales, cuando la
administración de la justicia es corrupta.
Comercio y consumo de drogas
24. El comercio y el consumo de drogas son una seria
amenaza para las estructuras sociales de las naciones en América. Esto «
contribuye a los crímenes y a la violencia, a la destrucción de la vida
familiar, a la destrucción física y emocional de muchos individuos y
comunidades, sobre todo entre los jóvenes. Corroe la dimensión ética del
trabajo y contribuye a aumentar el número de personas en las cárceles, en una
palabra, a la degradación de la persona en cuanto creada a imagen de Dios ».64
Este nefasto comercio lleva también « a destruir gobiernos, corroyendo la
seguridad económica y la estabilidad de las naciones ».65 Estamos
ante uno de los desafíos más apremiantes a los que deben enfrentarse muchas
naciones del mundo. En efecto, es un desafío que hipoteca gran parte de los
logros obtenidos en los últimos tiempos para el progreso de la humanidad. Para
algunas naciones de América, la producción, el tráfico y el consumo de drogas
son factores que comprometen su prestigio internacional, porque limitan su
credibilidad y dificultan la deseada colaboración con otros países, tan
necesaria en nuestros días para el desarrollo armónico de cada pueblo.
Preocupación por la ecología
25. « Y vio Dios que estaba bien » (Gn 1, 25). Estas palabras que leemos
en el primer capítulo del Libro del Génesis, muestran el sentido de la obra
realizada por Él. El Creador confía al hombre, coronación de toda la obra de la
creación, el cuidado de la tierra (cf. Gn
2, 15). De aquí surgen obligaciones muy concretas para cada persona
relativas a la ecología. Su cumplimiento supone la apertura a una perspectiva
espiritual y ética, que supere las actitudes y « los estilos de vida conducidos
por el egoísmo que llevan al agotamiento de los recursos naturales ».66
Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante la intervención de
los creyentes. Es necesaria la colaboración de todos los hombres de buena
voluntad con las instancias legislativas y de gobierno para conseguir una
protección eficaz del medio ambiente, considerado como don de Dios. ¡Cuántos
abusos y daños ecológicos se dan también en muchas regiones americanas! Baste
pensar en la emisión incontrolada de gases nocivos o en el dramático fenómeno
de los incendios forestales, provocados a veces intencionadamente por personas
movidas por intereses egoístas. Estas devastaciones pueden conducir a una
verdadera desertización de no pocas zonas de América, con las inevitables
secuelas de hambre y miseria. El problema se plantea, con especial intensidad,
en la selva amazónica, inmenso territorio que abarca varias naciones: del
Brasil a la Guayana, a Surinam, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.67
Es uno de los espacios naturales más apreciados en el mundo por su diversidad
biológica, siendo vital para el equilibrio ambiental de todo el planeta.
CAPÍTULO
III
CAMINO DE CONVERSION
«Arrepentíos,
pues, y convertíos» (Hch 3, 19)
Urgencia del llamado a la conversión
26. « El tiempo se ha cumplido y el Reino
de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc 1, 15). Estas palabras de Jesús,
con las que comenzó su ministerio en Galilea, deben seguir resonando en los
oídos de los Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles
laicos de toda América. Tanto la reciente celebración del V Centenario del
comienzo de la evangelización de América, como la conmemoración de los 2000
años del Nacimiento de Jesús, el gran Jubileo que nos disponemos a celebrar,
son una llamada a profundizar en la propia vocación cristiana. La grandeza del
acontecimiento de la Encarnación y la gratitud por el don del primer anuncio
del Evangelio en América invitan a responder con prontitud a Cristo con una
conversión personal más decidida y, al mismo tiempo, estimulan a una fidelidad
evangélica cada vez más generosa. La exhortación de Cristo a convertirse
resuena también en la del Apóstol: « Es ya hora de levantaros del sueño, que la
salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe » (Rm 13, 11). El encuentro con Jesús
vivo, mueve a la conversión.
Para hablar de conversión, el Nuevo Testamento utiliza la
palabra metanoia, que quiere decir cambio de mentalidad. No se trata
sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del
propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos. A este respecto,
san Pablo habla de « la fe que actúa por la caridad » (Ga 5, 6). Por ello, la auténtica
conversión debe prepararse y cultivarse con la lectura orante de la Sagrada
Escritura y la recepción de los sacramentos de la Reconciliación y la
Eucaristía. La conversión conduce a la comunión fraterna, porque ayuda a
comprender que Cristo es la cabeza de la Iglesia, su Cuerpo místico; mueve a la
solidaridad, porque nos hace conscientes de que lo que hacemos a los demás,
especialmente a los más necesitados, se lo hacemos a Cristo. La conversión
favorece, por tanto, una vida nueva, en la que no haya separación entre la fe y
las obras en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad. Superar
la división entre fe y vida es indispensable para que se pueda hablar
seriamente de conversión. En efecto, cuando existe esta división, el
cristianismo es sólo nominal. Para ser verdadero discípulo del Señor, el
creyente ha de ser testigo de la propia fe, pues « el testigo no da sólo
testimonio con las palabras, sino con su vida ».68 Hemos de tener
presentes las palabras de Jesús: « No todo el que me diga: "Señor,
Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de
mi Padre celestial » (Mt 7, 21). La
apertura a la voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que no
excluye ni siquiera la entrega de la propia vida: « El máximo testimonio es el
martirio ».69
Dimensión social de la conversión
27. La conversión no es completa si falta
la conciencia de las exigencias de la vida cristiana y no se pone esfuerzo en
llevarlas a cabo. A este respecto, los Padres sinodales han señalado que, por desgracia,
« existen grandes carencias de orden personal y comunitario con respecto a una
conversión más profunda y con respecto a las relaciones entre los ambientes,
las instituciones y los grupos en la Iglesia ».70 « Quien no ama a
su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve » (1Jn 4, 20).
La caridad fraterna implica una preocupación por todas las
necesidades del prójimo. « Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su
hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él
el amor de Dios? » (1Jn 3, 17).
Por ello, convertirse al Evangelio para el Pueblo cristiano que vive en
América, significa revisar « todos los ambientes y dimensiones de su vida,
especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien
común ».71 De modo particular convendrá « atender a la creciente
conciencia social de la dignidad de cada persona y, por ello, hay que fomentar
en la comunidad la solicitud por la obligación de participar en la acción
política según el Evangelio ».72 No obstante, será necesario tener
presente que la actividad en el ámbito político forma parte de la vocación y
acción de los fieles laicos.73
A este propósito, sin embargo, es de suma importancia, sobre todo en una
sociedad pluralista, tener un recto concepto de las relaciones entre la
comunidad política y la Iglesia, y distinguir claramente entre las acciones que
los fieles, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como
ciudadanos, de acuerdo con su conciencia cristiana, y las acciones que realizan
en nombre de la Iglesia, en comunión con sus Pastores. « La Iglesia, que por
razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la
comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo
y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana ».74
Conversión permanente
28. La conversión en esta tierra nunca es
una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a
recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida.
Por otro lado, mientras estamos en este mundo, nuestro propósito de conversión
se ve constantemente amenazado por las tentaciones. Desde el momento en que «
nadie puede servir a dos señores » (Mt
6, 24), el cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo
de asimilar los valores evangélicos que contrasta con las tendencias dominantes
en el mundo. Es necesario, pues, renovar constantemente « el encuentro con
Jesucristo vivo », camino que, como han señalado los Padres sinodales, « nos
conduce a la conversión permanente ».75
El llamado universal a la conversión adquiere matices
particulares para la Iglesia en América, comprometida también en la renovación
de la propia fe. Los Padres sinodales han formulado así esta tarea concreta y
exigente: « Esta conversión exige especialmente de nosotros Obispos una
auténtica identificación con el estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a
la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que,
como Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la
fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio,
permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están sumamente lejanos y
excluidos ».76 Para ser Pastores según el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15), es indispensable asumir un
modo de vivir que nos asemeje a Aquél que dijo de sí mismo: « Yo soy el buen
pastor » (Jn 10, 11), y que san
Pablo evoca al escribir: « Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo » (1Co 11, 1).
Guiados por el Espíritu Santo hacia nuevo
estilo de vida
29. La propuesta de un nuevo estilo de vida no es sólo para
los Pastores, sino más bien para todos los cristianos que viven en América. A
todos se les pide que profundicen y asuman la auténtica espiritualidad
cristiana. « En efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las
exigencias cristianas, la cual es "la vida en Cristo" y "en el
Espíritu", que se acepta por la fe, se expresa por el amor y, en
esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad eclesial ».77
En este sentido, por espiritualidad, que es la meta a la que conduce la
conversión, se entiende no « una parte de la vida, sino la vida toda guiada por
el Espíritu Santo ».78 Entre los elementos de espiritualidad que
todo cristiano tiene que hacer suyos sobresale la oración. Ésta lo « conducirá
poco a poco a adquirir una mirada contemplativa de la realidad, que le
permitirá reconocer a Dios siempre y en todas las cosas; contemplarlo en todas
las personas; buscar su voluntad en los acontecimientos ».79
La oración tanto personal como litúrgica es un deber de
todo cristiano. « Jesucristo, evangelio del Padre, nos advierte que sin Él no
podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5).
Él mismo en los momentos decisivos de su vida, antes de actuar, se retiraba a
un lugar solitario para entregarse a la oración y la contemplación, y pidió a
los Apóstoles que hicieran lo mismo ».80 A sus discípulos, sin
excepción, el Señor recuerda: « Entra en tu aposento y, después de cerrar la
puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto » (Mt 6, 6). Esta vida intensa de oración
debe adaptarse a la capacidad y condición de cada cristiano, de modo que en las
diversas situaciones de su vida pueda volver siempre « a la fuente de su
encuentro con Jesucristo para beber el único Espíritu (1Co 12, 13) ».81 En este
sentido, la dimensión contemplativa no es un privilegio de unos cuantos en la
Iglesia; al contrario, en las parroquias, en las comunidades y en los
movimientos se ha de promover una espiritualidad abierta y orientada a la
contemplación de las verdades fundamentales de la fe: los misterios de la
Trinidad, de la Encarnación del Verbo, de la Redención de los hombres, y las
otras grandes obras salvíficas de Dios.82
Los hombres y mujeres dedicados exclusivamente a la contemplación tienen una
misión fundamental en la Iglesia que está en América. Ellos son, según
expresión del Concilio Vaticano II, « honor de la Iglesia y hontanar de gracias
celestes ».83 Por ello, los monasterios, diseminados a lo largo y
ancho del Continente, han de ser « objeto de peculiar amor por parte de los
Pastores, los cuales estén plenamente persuadidos de que las almas entregadas a
la vida contemplativa obtienen gracia abundante por la oración, la penitencia y
la contemplación, a las que consagran su vida. Los contemplativos deben ser
conscientes de que están integrados en la misión de la Iglesia en el tiempo
presente y que, con el testimonio de la propia vida, cooperan al bien
espiritual de los fieles, ayudando así para que busquen el rostro de Dios en la
vida diaria ».84
La espiritualidad cristiana se alimenta ante todo de una vida sacramental
asidua, por ser los Sacramentos raíz y fuente inagotable de la gracia de Dios,
necesaria para sostener al creyente en su peregrinación terrena. Esta vida ha
de estar integrada con los valores de su piedad popular, los cuales a su vez se
verán enriquecidos por la práctica sacramental y libres del peligro de
degenerar en mera rutina. Por otra parte, la espiritualidad no se contrapone a
la dimensión social del compromiso cristiano. Al contrario, el creyente, a
través de un camino de oración, se hace más consciente de las exigencias del
Evangelio y de sus obligaciones con los hermanos, alcanzando la fuerza de la
gracia indispensable para perseverar en el bien. Para madurar espiritualmente,
el cristiano debe recurrir al consejo de los ministros sagrados o de otras
personas expertas en este campo mediante la dirección espiritual, práctica
tradicionalmente presente en la Iglesia. Los Padres sinodales han creído
necesario recomendar a los sacerdotes este ministerio de tanta importancia.85
Vocación universal a la santidad
30. « Sed santos, porque yo, el Señor,
vuestro Dios, soy santo » (Lv 19, 2).
La Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América ha querido recordar
con vigor a todos los cristianos la importancia de la doctrina de la vocación
universal a la santidad en la Iglesia.86 Se trata de uno de los
puntos centrales de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio
Vaticano II.87 La santidad es la meta del camino de conversión, pues
ésta « no es fin en sí misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser santos
es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en nuestra
vida (cf. Mt 5, 16) ».88
En el camino de la santidad Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a
imitar: Él es « el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf. Mc 1, 24). Él mismo nos enseña que el
corazón de la santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los
otros (cf. Jn 15, 13). Por ello,
imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su
Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con
respecto a los pobres, enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss) ».89
Jesús, el único camino para la santidad
31. « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida
» (Jn 14, 6). Con estas palabras
Jesús se presenta como el único camino que conduce a la santidad. Pero el
conocimiento concreto de este itinerario se obtiene principalmente mediante la
Palabra de Dios que la Iglesia anuncia con su predicación. Por ello, la Iglesia
en América « debe conceder una gran prioridad a la reflexión orante sobre la
Sagrada Escritura, realizada por todos los fieles ».90 Esta lectura
de la Biblia, acompañada de la oración, se conoce en la tradición de la Iglesia
con el nombre de Lectio divina, práctica que se ha de fomentar entre
todos los cristianos. Para los presbíteros, debe constituir un elemento
fundamental en la preparación de sus homilías, especialmente las dominicales.91
Penitencia y reconciliación
32. La conversión (metanoia), a la que cada ser humano está
llamado, lleva a aceptar y hacer propia la nueva mentalidad propuesta por el
Evangelio. Esto supone el abandono de la forma de pensar y actuar del mundo,
que tantas veces condiciona fuertemente la existencia. Como recuerda la Sagrada
Escritura, es necesario que muera el hombre viejo y nazca el hombre nuevo, es
decir, que todo el ser humano se renueve « hasta alcanzar un conocimiento
perfecto según la imagen de su creador » (Co 3, 10). En ese camino de
conversión y búsqueda de la santidad « deben fomentarse los medios ascéticos
que existieron siempre en la práctica de la Iglesia, y que alcanzan la cima en
el sacramento del perdón, recibido y celebrado con las debidas disposiciones ».92Sólo
quien se reconcilia con Dios es protagonista de una auténtica reconciliación
con y entre los hermanos.
La crisis actual del sacramento de la Penitencia, de la cual no está exenta
la Iglesia en América, y sobre la que he expresado mi preocupación desde los
comienzos mismos de mi pontificado, 93 podrá superarse por la acción
pastoral continuada y paciente.
A este respecto, los Padres sinodales piden justamente « que los sacerdotes
dediquen el tiempo debido a la celebración del sacramento de la Penitencia, y
que inviten insistente y vigorosamente a los fieles para que lo reciban, sin
que los pastores descuiden su propia confesión frecuente ».94 Los
Obispos y los sacerdotes experimentan personalmente el misterioso encuentro con
Cristo que perdona en el sacramento de la Penitencia, y son testigos
privilegiados de su amor misericordioso.
La Iglesia católica, que abarca a hombres y mujeres « de
toda nación, razas, pueblos y lenguas » (Ap
7, 9), está llamada a ser, « en un mundo señalado por las divisiones
ideológicas, étnicas, económicas y culturales », el « signo vivo de la unidad
de la familia humana ».95 América, tanto en la compleja realidad de
cada nación y la variedad de sus grupos étnicos, como en los rasgos que
caracterizan todo el Continente, presenta muchas diversidades que no se han de
ignorar y a las que se debe prestar atención. Gracias a un eficaz trabajo de
integración entre todos los miembros del pueblo de Dios en cada país y entre
los miembros de las Iglesias particulares de las diversas naciones, las
diferencias de hoy podrán ser fuente de mutuo enriquecimiento. Como afirman
justamente los Padres sinodales, « es de gran importancia que la Iglesia en
toda América sea signo vivo de una comunión reconciliada y un llamado
permanente a la solidaridad, un testimonio siempre presente en nuestros
diversos sistemas políticos, económicos y sociales ».96 Ésta es una
aportación significativa que los creyentes pueden ofrecer a la unidad del Continente
americano.
CAPÍTULO
IV
CAMINO PARA LA COMUNION
«Como tú, Padre,
en mí y yo en tí,
que ellos también sean uno en nosotros» (Jn
17, 21)
La Iglesia, sacramento de comunión
33. « Ante un mundo roto y deseoso de
unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los
hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario
proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios [Padre]; que
Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y
que el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la comunión y
restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es
signo e instrumento de la comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y
dirigida a su perfección en la plenitud del Reino ».97 La Iglesia es
signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma
vida de Cristo, la verdadera vid (cf. Jn
15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico,
entramos en comunión viva con todos los creyentes.
Esta comunión, existente en la Iglesia y esencial a su
naturaleza, 98 debe manifestarse a través de signos concretos, «
como podrían ser: la oración en común de unos por otros, el impulso a las
relaciones entre las Conferencias Episcopales, los vínculos entre Obispo y
Obispo, las relaciones de hermandad entre las diócesis y las parroquias, y la
mutua comunicación de agentes pastorales para acciones misionales específicas
».99 La comunión eclesial implica conservar el depósito de la fe en
su pureza e integridad, así como también la unidad de todo el Colegio de los
Obispos bajo la autoridad del Sucesor de Pedro. En este contexto, los Padres
sinodales han señalado que « el fortalecimiento del oficio petrino es
fundamental para la preservación de la unidad de la Iglesia », y que « el
ejercicio pleno del primado de Pedro es fundamental para la identidad y la
vitalidad de la Iglesia en América ». 100 Por encargo del Señor, a
Pedro y a sus Sucesores corresponde el oficio de confirmar en la fe a sus
hermanos (cf. Lc 22, 32) y de
pastorear toda la grey de Cristo (cf. Jn
21, 15-17). Asimismo, el Sucesor del príncipe de los Apóstoles está llamado
a ser la piedra sobre la que la Iglesia está edificada, y a ejercer el
ministerio derivado de ser el depositario de las llaves del Reino (cf. Mt 16, 18-19). El Vicario de Cristo
es, pues, « el perpetuo principio de [...] unidad y el fundamento visible » de
la Iglesia. 101
Iniciación cristiana y comunión
34. La comunión de vida en la Iglesia se obtiene por los
sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. El
Bautismo es « la puerta de la vida espiritual: pues por él nos hacemos miembros
de Cristo, y del cuerpo de la Iglesia ». 102 Los bautizados, al
recibir la Confirmación « se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se
enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan
obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos
testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras ». 103
El proceso de la iniciación cristiana se perfecciona y culmina con la recepción
de la Eucaristía, por la cual el bautizado se inserta plenamente en el Cuerpo
de Cristo. 104
« Estos sacramentos son una excelente oportunidad para una buena
evangelización y catequesis, cuando su preparación se hace por agentes dotados
de fe y competencia ». 105 Aunque en las diversas diócesis de
América se ha avanzado mucho en la preparación para los sacramentos de la
iniciación cristiana, los Padres sinodales se lamentaban de que todavía « son
muchos los que los reciben sin la suficiente formación ». 106 En el
caso del bautismo de niños no debe omitirse un esfuerzo catequizador de cara a
los padres y padrinos.
La Eucaristía, centro de comunión con Dios
y con los hermanos
35. La realidad de la Eucaristía no se agota en el hecho de
ser el sacramento con el que se culmina la iniciación cristiana. Mientras el
Bautismo y la Confirmación tienen la función de iniciar e introducir en la vida
propia de la Iglesia, no siendo repetibles, 107 la Eucaristía
continúa siendo el centro vivo permanente en torno al cual se congrega toda la
comunidad eclesial. 108 Los diversos aspectos de este sacramento
muestran su inagotable riqueza: es, al mismo tiempo, sacramento-sacrificio,
sacramento-comunión, sacramento-presencia. 109
La Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro
con Cristo vivo. Por ello los Pastores del pueblo de Dios en América, a través
de la predicación y la catequesis, deben esforzarse en « dar a la celebración
eucarística dominical una nueva fuerza, como fuente y culminación de la vida de
la Iglesia, prenda de su comunión en el Cuerpo de Cristo e invitación a la
solidaridad como expresión del mandato del Señor: « que os améis los unos a los
otros, como yo os he amado » (Jn 13, 34)
». 110 Como sugieren los Padres sinodales, dicho esfuerzo debe tener
en cuenta varias dimensiones fundamentales. Ante todo, es necesario que los
fieles sean conscientes de que la Eucaristía es un inmenso don, a fin de que
hagan todo lo posible para participar activa y dignamente en ella, al menos los
domingos y días festivos. Al mismo tiempo, se han de promover « todos los
esfuerzos de los sacerdotes para hacer más fácil esa participación y
posibilitarla en las comunidades lejanas ». 111 Habrá que recordar a
los fieles que « la participación plena en ella, consciente y activa, aunque es
esencialmente distinta del oficio del sacerdote ordenado, es una actuación del
sacerdocio común recibido en el Bautismo ». 112
La necesidad de que los fieles participen en la Eucaristía y las dificultades
que surgen por la escasez de sacerdotes, hacen patente la urgencia de fomentar
las vocaciones sacerdotales. 113 Es también necesario recordar a
toda la Iglesia en América « el lazo existente entre la Eucaristía y la caridad
», 114 lazo que la Iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape
con la Cena eucarística. 115 La participación en la Eucaristía debe
llevar a una acción caritativa más intensa como fruto de la gracia recibida en
este sacramento.
Los Obispos, promotores de comunión
36. La comunión en la Iglesia, precisamente porque es un
signo de vida, debe crecer continuamente. En consecuencia, los Obispos,
recordando que « son, individualmente, el principio y fundamento visible de
unidad en sus Iglesias particulares », 116 deben sentirse llamados a
promover la comunión en su propia diócesis para que sea más eficaz el esfuerzo
por la nueva evangelización de América. El esfuerzo comunitario se ve
facilitado por los organismos previstos por el Concilio Vaticano II como apoyo
de la actividad del Obispo diocesano, los cuales han sido definidos más
detalladamente por la legislación postconciliar. 117 « Corresponde
al Obispo, con la cooperación de los sacerdotes, los diáconos, los consagrados
y los laicos [...] realizar un plan de acción pastoral de conjunto, que sea
orgánico y participativo, que llegue a todos los miembros de la Iglesia y
suscite su conciencia misionera ». 118
Cada Ordinario debe promover en los sacerdotes y fieles la conciencia de que
la diócesis es la expresión visible de la comunión eclesial, que se forma en la
mesa de la Palabra y de la Eucaristía en torno al Obispo, unido con el Colegio
episcopal y bajo su Cabeza, el Romano Pontífice. Ella en cuanto Iglesia
particular tiene la misión de empezar y fomentar el encuentro de todos los miembros
del pueblo de Dios con Jesucristo, 119 en el respeto y promoción de
la pluralidad y de la diversidad que no obstaculizan la unidad, sino que le
confieren el carácter de comunión. 120 Un conocimiento más profundo
de lo que es la Iglesia particular favorecerá ciertamente el espíritu de
participación y corresponsabilidad en la vida de los organismos diocesanos.
121
Una comunión más intensa entre las
Iglesias particulares
37. La Asamblea especial para América del
Sínodo de los Obispos, la primera en la historia que ha reunido a Obispos de
todo el Continente, ha sido percibida por todos como una gracia especial del
Señor a la Iglesia que peregrina en América. Esta Asamblea ha reforzado la
comunión que debe existir entre las Comunidades eclesiales del Continente,
haciendo ver a todos la necesidad de incrementarla ulteriormente. Las
experiencias de comunión episcopal, frecuentes sobre todo después del Concilio
Vaticano II por la consolidación y difusión de las Conferencias Episcopales,
deben entenderse como encuentros con Cristo vivo, presente en los hermanos que
están reunidos en su nombre (cf. Mt 18,
20).
La experiencia sinodal ha enseñado también las riquezas de una comunión que
se extiende más allá de los límites de cada Conferencia Episcopal. Aunque ya
existen formas de diálogo que superan tales confines, los Padres sinodales
sugieren la conveniencia de fortalecer las reuniones interamericanas,
promovidas ya por las Conferencias Episcopales de las diversas Naciones
americanas, como expresión de solidaridad efectiva y lugar de encuentro y de
estudio de los desafíos comunes para la evangelización de América. 122Será
igualmente oportuno definir con exactitud el carácter de tales encuentros, de
modo que lleguen a ser, cada vez más, expresión de comunión entre todos los
Pastores. Aparte de estas reuniones más amplias, puede ser útil, cuando las
circunstancias lo requieran, crear comisiones específicas para profundizar los
temas comunes que afectan a toda América. Campos en los que parece
especialmente necesario « que se dé un impulso a la cooperación, son las
comunicaciones pastorales mutuas, la cooperación misional, la educación, las
migraciones, el ecumenismo ». 123
Los Obispos, que tienen el deber de impulsar la comunión entre las Iglesias
particulares, alentarán a los fieles a vivir más intensamente la dimensión
comunitaria, asumiendo « la responsabilidad de desarrollar los lazos de
comunión con las Iglesias locales en otras partes de América por la educación,
la mutua comunicación, la unión fraterna entre parroquias y diócesis, planes de
cooperación, y defensas unidas en temas de mayor importancia, sobre todo los
que afectan a los pobres ». 124
Comunión fraterna con las Iglesias
católicas orientales
38. El fenómeno reciente de la implantación y desarrollo en
América de Iglesias particulares católicas orientales, dotadas de jerarquía
propia, ha merecido una especial atención por parte de algunos Padres
sinodales. Un sincero deseo de abrazar cordial y eficazmente a estos hermanos
en la fe y en la comunión jerárquica bajo el Sucesor de Pedro, ha llevado a la
Asamblea sinodal a proponer sugerencias concretas de ayuda fraterna por parte
de las Iglesias particulares latinas a las Iglesias católicas orientales existentes
en el Continente. Así, por ejemplo, se propone que sacerdotes de rito latino,
sobre todo de origen oriental, puedan ofrecer su colaboración litúrgica a las
comunidades orientales carentes de un número suficiente de presbíteros.
Igualmente, respecto a los edificios religiosos, los fieles orientales podrán
usar, en los casos que sea conveniente, las iglesias de rito latino.
En este espíritu de comunión son dignas de consideración varias propuestas
de los Padres sinodales: que allí donde sea necesario exista, en las
Conferencias Episcopales nacionales y en los organismos internacionales de
cooperación episcopal, una comisión mixta encargada de estudiar los problemas
pastorales comunes; que la catequesis y la formación teológica para los laicos
y seminaristas de la Iglesia latina, incluyan el conocimiento de la tradición
viva del Oriente cristiano; que los Obispos de las Iglesias católicas
orientales participen en las Conferencias Episcopales latinas de las
respectivas Naciones. 125 No puede dudarse de que esta cooperación
fraterna, a la vez que prestará una ayuda preciosa a las Iglesias orientales,
de reciente implantación en América, permitirá a las Iglesias particulares
latinas enriquecerse con el patrimonio espiritual de la tradición del Oriente
cristiano.
El presbítero, signo de unidad
39. « Como miembro de una Iglesia particular, todo
sacerdote debe ser signo de comunión con el Obispo en cuanto que es su
inmediato colaborador, unido a sus hermanos en el presbiterio. Ejerce su
ministerio con caridad pastoral, principalmente en la comunidad que le ha sido
confiada, y la conduce al encuentro con Jesucristo Buen Pastor. Su vocación
exige que sea signo de unidad. Por ello debe evitar cualquier participación en
política partidista que dividiría a la comunidad ». 126 Es deseo de
los Padres sinodales que se « desarrolle una acción pastoral a favor del clero
diocesano que haga más sólida su espiritualidad, su misión y su identidad, la
cual tiene su centro en el seguimiento de Cristo que, sumo y eterno Sacerdote,
buscó siempre cumplir la voluntad del Padre. Él es el ejemplo de la entrega
generosa, de la vida austera y del servicio hasta la muerte. El sacerdote sea
consciente de que, por la recepción del sacramento del Orden, es portador de
gracia que distribuye a sus hermanos en los sacramentos. Él mismo se santifica
en el ejercicio del ministerio ». 127
El campo en que se desarrolla la actividad de los sacerdotes es inmenso.
Conviene, por ello, « que coloquen como centro de su actividad lo que es
esencial en su ministerio: dejarse configurar a Cristo Cabeza y Pastor, fuente
de la caridad pastoral, ofreciéndose a sí mismos cada día con Cristo en la
Eucaristía, para ayudar a los fieles a que tengan un encuentro personal y
comunitario con Jesucristo vivo ». 128 Como testigos y discípulos de
Cristo misericordioso, los sacerdotes están llamados a ser instrumentos de
perdón y de reconciliación, comprometiéndose generosamente al servicio de los
fieles según el espíritu del Evangelio.
Los presbíteros, en cuanto pastores del pueblo de Dios en América, deben
además estar atentos a los desafíos del mundo actual y ser sensibles a las
angustias y esperanzas de sus gentes, compartiendo sus vicisitudes y, sobre
todo, asumiendo una actitud de solidaridad con los pobres. Procurarán discernir
los carismas y las cualidades de los fieles que puedan contribuir a la
animación de la comunidad, escuchándolos y dialogando con ellos, para impulsar
así su participación y corresponsabilidad. Ello favorecerá una mejor
distribución de las tareas que les permita « consagrarse a lo que está más
estrechamente conexo con el encuentro y el anuncio de Jesucristo, de modo que
signifiquen mejor, en el seno de la comunidad, la presencia de Jesús que
congrega a su pueblo ». 129
El trabajo de discernimiento de los carismas particulares debe llevar
también a valorizar aquellos sacerdotes que se consideren adecuados para
realizar ministerios particulares. A todos los sacerdotes, además, se les pide
que presten su ayuda fraterna en el presbiterio y que recurran al mismo con
confianza en caso de necesidad.
Ante la espléndida realidad de tantos sacerdotes en América que, con la
gracia de Dios, se esfuerzan por hacer frente a un quehacer tan grande, hago
mío el deseo de los Padres sinodales de reconocer y alabar « la inagotable
entrega de los sacerdotes, como pastores, evangelizadores y animadores de la
comunión eclesial, expresando gratitud y dando ánimos a los sacerdotes de toda
América que dan su vida al servicio del Evangelio ». 130
Fomentar la pastoral vocacional
40. El papel indispensable del sacerdote en la comunidad ha
de hacer conscientes a todos los hijos de la Iglesia en América de la
importancia de la pastoral vocacional. El Continente americano cuenta con una
juventud numerosa, rica en valores humanos y religiosos. Por ello, se han de
cultivar los ambientes en que nacen las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada e invitar a las familias cristianas para que ayuden a sus hijos
cuando se sientan llamados a seguir este camino. 131 En efecto, las
vocaciones « son un don de Dios » y « surgen en las comunidades de fe, ante
todo, en la familia, en la parroquia, en las escuelas católicas y en otras
organizaciones de la Iglesia. Los Obispos y presbíteros tienen la especial
responsabilidad de estimular tales vocaciones mediante la invitación personal,
y principalmente por el testimonio de una vida de fidelidad, alegría,
entusiasmo y santidad. La responsabilidad para reunir vocaciones al sacerdocio
pertenece a todo el pueblo de Dios y encuentra su mayor cumplimiento en la
oración continua y humilde por las vocaciones ». 132
Los seminarios, como lugares de acogida y formación de los llamados al
sacerdocio, han de preparar a los futuros ministros de la Iglesia para que «
vivan en una sólida espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y de docilidad
a la acción del Espíritu, que los hará especialmente capaces de discernir las
expectativas del pueblo de Dios y los diversos carismas, y de trabajar en común
». 133 Por ello, en los seminarios « se ha de insistir especialmente
en la formación específicamente espiritual, de modo que por la conversión
continua, la actitud de oración, la recepción de los sacramentos de la
Eucaristía y la penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el Señor
y se preocupen de fortificarse para la generosa entrega pastoral ». 134
Los formadores han de preocuparse de acompañar y guiar a los seminaristas hacia
una madurez afectiva que los haga aptos para abrazar el celibato sacerdotal y
capaces de vivir en comunión con sus hermanos en la vocación sacerdotal. Han de
promover también en ellos la capacidad de observación crítica de la realidad
circundante que les permita discernir sus valores y contravalores, pues esto es
un requisito indispensable para entablar un diálogo constructivo con el mundo
de hoy.
Una atención particular se debe dar a las vocaciones nacidas entre los
indígenas; conviene proporcionar una formación inculturada en sus ambientes.
Estos candidatos al sacerdocio, mientras reciben la adecuada formación
teológica y espiritual para su futuro ministerio, no deben perder las raíces de
su propia cultura. 135
Los Padres sinodales han querido agradecer y bendecir a todos los que
consagran su vida a la formación de los futuros presbíteros en los seminarios.
Así mismo, han invitado a los Obispos a destinar para dicha tarea a sus
sacerdotes más aptos, después de haberlos preparado mediante una formación
específica que los capacite para una misión tan delicada. 136
Renovar la institución parroquial
41. La parroquia es un lugar privilegiado en que los fieles
pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia. 137 Hoy en
América, como en otras partes del mundo, la parroquia encuentra a veces
dificultades en el cumplimiento de su misión. La parroquia debe renovarse
continuamente, partiendo del principio fundamental de que « la parroquia tiene
que seguir siendo primariamente comunidad eucarística ». 138 Este
principio implica que « las parroquias están llamadas a ser receptivas y
solidarias, lugar de la iniciación cristiana, de la educación y la celebración
de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios,
organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de los movimientos
de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus
habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y a las
realidades circunstantes ». 139
Una atención especial merecen, por sus problemáticas específicas, las
parroquias en los grandes núcleos urbanos, donde las dificultades son tan
grandes que las estructuras pastorales normales resultan inadecuadas y las
posibilidades de acción apostólica notablemente reducidas. No obstante, la
institución parroquial conserva su importancia y se ha de mantener. Para lograr
este objetivo hay que « continuar la búsqueda de medios con los que la
parroquia y sus estructuras pastorales lleguen a ser más eficaces en los
espacios urbanos ». 140 Una clave de renovación parroquial,
especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades, puede
encontrarse quizás considerando la parroquia como comunidad de comunidades y de
movimientos. 141 Parece por tanto oportuno la formación de
comunidades y grupos eclesiales de tales dimensiones que favorezcan verdaderas
relaciones humanas. Esto permitirá vivir más intensamente la comunión,
procurando cultivarla no sólo « ad intra », sino también con la comunidad
parroquial a la que pertenecen estos grupos y con toda la Iglesia diocesana y
universal. En este contexto humano será también más fácil escuchar la Palabra
de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos problemas humanos y
madurar opciones responsables inspiradas en el amor universal de Cristo.
142 La institución parroquial así renovada « puede suscitar una gran
esperanza. Puede formar a la gente en comunidades, ofrecer auxilio a la vida de
familia, superar el estado de anonimato, acoger y ayudar a que las personas se
inserten en la vida de sus vecinos y en la sociedad ». 143 De este
modo, cada parroquia hoy, y particularmente las de ámbito urbano, podrá
fomentar una evangelización más personal, y al mismo tiempo acrecentar las
relaciones positivas con los otros agentes sociales, educativos y comunitarios.
144
Además, « este tipo de parroquia renovada supone la figura de un pastor que,
en primer lugar, tenga una profunda experiencia de Cristo vivo, espíritu
misional, corazón paterno, que sea animador de la vida espiritual y
evangelizador capaz de promover la participación. La parroquia renovada
requiere la cooperación de los laicos, un animador de la acción pastoral y la
capacidad del pastor para trabajar con otros. Las parroquias en América deben
señalarse por su impulso misional que haga que extiendan su acción a los
alejados ». 145
Los diáconos permanentes
42. Por motivos pastorales y teológicos serios, el Concilio
Vaticano II determinó restablecer el diaconado como grado permanente de la
jerarquía en la Iglesia latina, dejando a las Conferencias Episcopales, con la
aprobación del Sumo Pontífice, valorar la oportunidad de instituir los diáconos
permanentes y en qué sitios. 146 Se trata de una experiencia muy
diferente no sólo en las distintas partes de América, sino incluso entre las
diócesis de una misma región. « Algunas diócesis han formado y ordenado no
pocos diáconos, y están plenamente contentas de su incorporación y ministerio
». 147 Aquí se ve con gozo cómo los diáconos, « confortados con la
gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al
pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad
». 148 Otras diócesis no han emprendido este camino, mientras en
otras partes existen dificultades en la integración de los diáconos permanentes
en la estructura jerárquica.
Quedando a salvo la libertad de las Iglesias particulares para restablecer o
no, consintiéndolo el Sumo Pontífice, el diaconado como grado permanente, está
claro que el acierto de esta restauración implica un diligente proceso de
selección, una formación seria y una atención cuidadosa a los candidatos, así
como también un acompañamiento solícito no sólo de estos ministros sagrados,
sino también, en el caso de los diáconos casados, de su familia, esposa e
hijos. 149
La vida consagrada
43. La historia de la evangelización de América es un
elocuente testimonio del ingente esfuerzo misional realizado por tantas
personas consagradas, las cuales, desde el comienzo, anunciaron el Evangelio,
defendieron los derechos de los indígenas y, con amor heroico a Cristo, se
entregaron al servicio del pueblo de Dios en el Continente. 150 La
aportación de las personas consagradas al anuncio del Evangelio en América
sigue siendo de suma importancia; se trata de una aportación diversa según los
carismas propios de cada grupo: « los Institutos de vida contemplativa que
testifican lo absoluto de Dios, los Institutos apostólicos y misionales que
hacen a Cristo presente en los muy diversos campos de la vida humana, los
Institutos seculares que ayudan a resolver la tensión entre apertura real a los
valores del mundo moderno y profunda entrega de corazón a Dios. Nacen también
nuevos Institutos y nuevas formas de vida consagrada que requieren discreción
evangélica ». 151
Ya que « el futuro de la nueva evangelización [...] es impensable sin una
renovada aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres consagradas »,
152 urge favorecer su participación en diversos sectores de la vida
eclesial, incluidos los procesos en que se elaboran las decisiones,
especialmente en los asuntos que les conciernen directamente. 153
« También hoy el testimonio de la vida plenamente consagrada a Dios es una
elocuente proclamación de que Él basta para llenar la vida de cualquier persona
». 154 Esta consagración al Señor ha de prolongarse en una generosa
entrega a la difusión del Reino de Dios. Por ello, a las puertas del tercer milenio
se ha de procurar « que la vida consagrada sea más estimada y promovida por los
Obispos, sacerdotes y comunidades cristianas. Y que los consagrados,
conscientes del gozo y de la responsabilidad de su vocación, se integren
plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y fomenten la comunión
y la mutua colaboración ». 155
Los fieles laicos y la renovación de la
Iglesia
44. « La doctrina del Concilio Vaticano II sobre la unidad
de la Iglesia, como pueblo de Dios congregado en la unidad del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo, subraya que son comunes a la dignidad de todos los
bautizados la imitación y el seguimiento de Cristo, la comunión mutua y el
mandato misional ». 156 Es necesario, por tanto, que los fieles
laicos sean conscientes de su dignidad de bautizados. Por su parte, los
Pastores han de estimar profundamente « el testimonio y la acción
evangelizadora de los laicos que integrados en el pueblo de Dios con
espiritualidad de comunión conducen a sus hermanos al encuentro con Jesucristo
vivo. La renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia
activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad
del futuro de la Iglesia ». 157
Los ámbitos en los que se realiza la vocación de los fieles laicos son dos.
El primero, y más propio de su condición laical, es el de las realidades
temporales, que están llamados a ordenar según la voluntad de Dios. 158
En efecto, « con su peculiar modo de obrar, el Evangelio es llevado dentro de
las estructuras del mundo y obrando en todas partes santamente consagran el
mismo mundo a Dios ». 159 Gracias a los fieles laicos, « la
presencia y la misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial,
en la diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La secularidad
es la nota característica y propia del laico y de su espiritualidad que lo
lleva a actuar en la vida familiar, social, laboral, cultural y política, a
cuya evangelización es llamado. En un Continente en el que aparecen la
emulación y la propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y la
corrupción, los laicos están llamados a encarnar valores profundamente
evangélicos como la misericordia, el perdón, la honradez, la transparencia de
corazón y la paciencia en las condiciones difíciles. Se espera de los laicos
una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una vida coherente con
el Evangelio ». 160
América necesita laicos cristianos que puedan asumir responsabilidades
directivas en la sociedad. Es urgente formar hombres y mujeres capaces de
actuar, según su propia vocación, en la vida pública, orientándola al bien
común. En el ejercicio de la política, vista en su sentido más noble y
auténtico como administración del bien común, ellos pueden encontrar también el
camino de la propia santificación. Para ello es necesario que sean formados
tanto en los principios y valores de la Doctrina social de la Iglesia, como en
nociones fundamentales de la teología del laicado. El conocimiento profundo de
los principios éticos y de los valores morales cristianos les permitirá hacerse
promotores en su ambiente, proclamándolos también ante la llamada « neutralidad
del Estado ». 161
Hay un segundo ámbito en el que muchos fieles laicos están llamados a
trabajar, y que puede llamarse « intraeclesial ». Muchos laicos en América
sienten el legítimo deseo de aportar sus talentos y carismas a « la
construcción de la comunidad eclesial como delegados de la Palabra,
catequistas, visitadores de enfermos o de encarcelados, animadores de grupos
etc. ». 162 Los Padres sinodales han manifestado el deseo de que la
Iglesia reconozca algunas de estas tareas como ministerios laicales, fundados
en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, dejando a salvo el carácter
específico de los ministerios propios del sacramento del Orden. Se trata de un
tema vasto y complejo para cuyo estudio constituí, hace ya algún tiempo, una
Comisión especial 163 y sobre el que los organismos de la Santa Sede
han ido señalando paulatinamente algunas pautas directivas. 164 Se
ha de fomentar la provechosa cooperación de fieles laicos bien preparados,
hombres y mujeres, en diversas actividades dentro de la Iglesia, evitando, sin
embargo, una posible confusión con los ministerios ordenados y con las
actividades propias del sacramento del Orden, a fin de distinguir bien el
sacerdocio común de los fieles del sacerdocio ministerial.
A este respecto, los Padres sinodales han sugerido que las tareas confiadas
a los laicos sean bien « distintas de aquellas que son etapas para el
ministerio ordenado » 165 y que los candidatos al sacerdocio reciben
antes del presbiterado. Igualmente se ha observado que estas tareas laicales «
no deben conferirse sino a personas, varones y mujeres, que hayan adquirido la
formación exigida, según criterios determinados: una cierta permanencia, una
real disponibilidad con respecto a un determinado grupo de personas, la
obligación de dar cuenta a su propio Pastor ». 166 De todos modos,
aunque el apostolado intraeclesial de los laicos tiene que ser estimulado, hay
que procurar que este apostolado coexista con la actividad propia de los
laicos, en la que no pueden ser suplidos por los sacerdotes: el ámbito de la
realidades temporales.
Dignidad de la mujer
45. Merece una especial atención la vocación de la mujer.
Ya en otras ocasiones he querido expresar mi aprecio por la aportación
específica de la mujer al progreso de la humanidad y reconocer sus legítimas
aspiraciones a participar plenamente en la vida eclesial, cultural, social y
económica. 167 Sin esta aportación se perderían algunas riquezas que
sólo el « genio de la mujer » 168 puede aportar a la vida de la
Iglesia y de la sociedad misma. No reconocerlo sería una injusticia histórica
especialmente en América, si se tiene en cuenta la contribución de las mujeres
al desarrollo material y cultural del Continente, como también a la transmisión
y conservación de la fe. En efecto, « su papel fue decisivo sobre todo en la
vida consagrada, en la educación, en el cuidado de la salud ». 169
En varias regiones del Continente americano, lamentablemente, la mujer es
todavía objeto de discriminaciones. Por eso se puede decir que el rostro de los
pobres en América es también el rostro de muchas mujeres. En este sentido, los
Padres sinodales han hablado de un « aspecto femenino de la pobreza ». 170
La Iglesia se siente obligada a insistir sobre la dignidad humana, común a
todas las personas. Ella « denuncia la discriminación, el abuso sexual y la
prepotencia masculina como acciones contrarias al plan de Dios ». 171
En particular, deplora como abominable la esterilización, a veces programada,
de las mujeres, sobre todo de las más pobres y marginadas, que es practicada a
menudo de manera engañosa, sin saberlo las interesadas; esto es mucho más grave
cuando se hacer para conseguir ayudas económicas a nivel internacional.
La Iglesia en el Continente se siente comprometida a intensificar su
preocupación por la mujeres y a defenderlas « de modo que la sociedad en
América ayude más a la vida familiar fundada en el matrimonio, proteja más la
maternidad y respete más la dignidad de todas las mujeres ». 172Se
debe ayudar a las mujeres americanas a tomar parte activa y responsable en la
vida y misión de la Iglesia, 173 como también se ha de reconocer la
necesidad de la sabiduría y cooperación de las mujeres en las tareas directivas
de la sociedad americana.
Los desafíos para la familia cristiana
46. Dios Creador, formando al primer
varón y a la primera mujer, y mandando « sed fecundos y multiplicaos » (Gn 1, 28), estableció definitivamente
la familia. De este santuario nace la vida y es aceptada como don de Dios. La
Palabra, leída asiduamente en la familia, la construye poco a poco como iglesia
doméstica y la hace fecunda en humanismo y virtudes cristianas; allí se
constituye la fuente de las vocaciones. La vida de oración de la familia en
torno a alguna imagen de la Virgen hará que permanezca siempre unida en torno a
la Madre, como los discípulos de Jesús (cf. Hch 1, 14) ». 174 Son
muchas las insidias que amenazan la solidez de la institución familiar en la
mayor parte de los países de América, siendo, a la vez, desafíos para los
cristianos. Se deben mencionar, entre otros, el aumento de los divorcios, la
difusión del aborto, del infanticidio y de la mentalidad contraceptiva. Ante
esta situación hay que subrayar « que el fundamento de la vida humana es la
relación nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es
sacramental ». 175
Es urgente, pues, una amplia catequización sobre el ideal cristiano de la
comunión conyugal y de la vida familiar, que incluya una espiritualidad de la
paternidad y la maternidad. Es necesario prestar mayor atención pastoral al papel
de los hombres como maridos y padres, así como a la responsabilidad que
comparten con sus esposas respecto al matrimonio, la familia y la educación de
los hijos. No debe omitirse una seria preparación de los jóvenes antes del
matrimonio, en la que se presente con claridad la doctrina católica, a nivel
teológico, espiritual y antropológico sobre este sacramento. En un Continente
caracterizado por un considerable desarrollo demográfico, como es América,
deben incrementarse continuamente las iniciativas pastorales dirigidas a las
familias.
Para que la familia cristiana sea verdaderamente « iglesia doméstica », 176
está llamada a ser el ámbito en que los padres transmiten la fe, pues ellos «
deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la
palabra y el ejemplo ». 177 En la familia tampoco puede faltar la
práctica de la oración en la que se encuentren unidos tanto los cónyuges entre
sí, como con sus hijos. A este respecto, se han de fomentar momentos de vida
espiritual en común: la participación en la Eucaristía los días festivos, la
práctica del sacramento de la Reconciliación, la oración cotidiana en familia y
obras concretas de caridad. Así se consolidará la fidelidad en el matrimonio y
la unidad de la familia. En un ambiente familiar con estas características no
será difícil que los hijos sepan descubrir su vocación al servicio de la
comunidad y de la Iglesia y que aprendan, especialmente con el ejemplo de sus
padres, que la vida familiar es un camino para realizar la vocación universal a
la santidad. 178
Los jóvenes, esperanza del futuro
47. Los jóvenes son una gran fuerza social y
evangelizadora. « Constituyen una parte numerosísima de la población en muchas
naciones de América. En el encuentro de ellos con Cristo vivo se fundan la esperanza
y la expectativas de un futuro de mayor comunión y solidaridad para la Iglesia
y las sociedades de América ». 179 Son evidentes los esfuerzos que
las Iglesias particulares realizan en el Continente para acompañar a los
adolescentes en el proceso catequético antes de la Confirmación y de otras
formas de acompañamiento que les ofrecen para que crezcan en su encuentro con
Cristo y en el conocimiento del Evangelio. El proceso de formación de los
jóvenes debe ser constante y dinámico, adecuado para ayudarles a encontrar su
lugar en la Iglesia y en el mundo. Por tanto, la pastoral juvenil ha de ocupar
un puesto privilegiado entre las preocupaciones de los Pastores y de las
comunidades.
En realidad, son muchos los jóvenes americanos que buscan el sentido verdadero
de su vida y que tienen sed de Dios, pero muchas veces faltan las condiciones
idóneas para realizar sus capacidades y lograr sus aspiraciones.
Lamentablemente, la falta de trabajo y de esperanzas de futuro los lleva en
algunas ocasiones a la marginación y a la violencia. La sensación de
frustración que experimentan por todo ello, los hace abandonar frecuentemente
la búsqueda de Dios. Ante esta situación tan compleja, « la Iglesia se
compromete a mantener su opción pastoral y misionera por los jóvenes para que
puedan hoy encontrar a Cristo vivo ». 180
La acción pastoral de la Iglesia llega a muchos de estos adolescentes y
jóvenes mediante la animación cristiana de la familia, la catequesis, las
instituciones educativas católicas y la vida comunitaria de la parroquia. Pero
hay otros muchos, especialmente entre los que sufren diversas formas de
pobreza, que quedan fuera del campo de la actividad eclesial. Deben ser los
jóvenes cristianos, formados con una conciencia misionera madura, los apóstoles
de sus coetáneos. Es necesaria una acción pastoral que llegue a los jóvenes en
sus propios ambientes, como el colegio, la universidad, el mundo del trabajo o
el ambiente rural, con una atención apropiada a su sensibilidad. En el ámbito
parroquial y diocesano será oportuno desarrollar también una acción pastoral de
la juventud que tenga en cuenta la evolución del mundo de los jóvenes, que
busque el diálogo con ellos, que no deje pasar las ocasiones propicias para
encuentros más amplios, que aliente las iniciativas locales y aproveche también
lo que ya se realiza en el ámbito interdiocesano e internacional.
Y, ¿qué hacer ante los jóvenes que manifiestan comportamientos adolescentes
de una cierta inconstancia y dificultad para asumir compromisos serios para
siempre? Ante esta carencia de madurez es necesario invitar a los jóvenes a ser
valientes, ayudándoles a apreciar el valor del compromiso para toda la vida,
como es el caso del sacerdocio, de la vida consagrada y del matrimonio
cristiano. 181
Acompañar al niño en su encuentro con
Cristo
48. Los niños son don y signo de la
presencia de Dios. « Hay que acompañar al niño en su encuentro con Cristo,
desde su bautismo hasta su primera comunión, ya que forma parte de la comunidad
viviente de fe, esperanza y caridad ». 182 La Iglesia agradece la
labor de los padres, maestros, agentes pastorales, sociales y sanitarios, y de
todos aquellos que sirven a la familia y a los niños con la misma actitud de
Jesucristo que dijo: « Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis
porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos » (Mt 19, 14).
Con razón los Padres sinodales lamentan y condenan la condición dolorosa de
muchos niños en toda América, privados de la dignidad y la inocencia e incluso
de la vida. « Esta condición incluye la violencia, la pobreza, la carencia de
casa, la falta de un adecuado cuidado de sanidad y educación, los daños de las
drogas y del alcohol, y otros estados de abandono y de abuso ». 183
A este respecto, en el Sínodo se hizo mención especial de la problemática del
abuso sexual de los niños y de la prostitución infantil, y los Padres lanzaron
un urgente llamado « a todos los que están en posiciones de autoridad en la
sociedad, para que realicen, como cosa prioritaria, todo lo que está en su
poder, para aliviar el dolor de los niños en América ». 184
Elementos de comunión con las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales
49. Entre la Iglesia católica y las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales existe un esfuerzo de comunión que tiene su raíz en el Bautismo
administrado en cada una de ellas. 185 Este esfuerzo se alimenta
mediante la oración, el diálogo y la acción común. Los Padres sinodales han
querido expresar una voluntad especial de « cooperación al diálogo ya comenzado
con la Iglesia ortodoxa, con la que tenemos en común muchos elementos de fe, de
vida sacramental y de piedad ». 186 Las propuestas concretas de la
Asamblea sinodal sobre el conjunto de las Iglesias y Comunidades eclesiales
cristianas no católicas son múltiples. Se propone, en primer lugar, « que los
cristianos católicos, Pastores y fieles, fomenten el encuentro de los
cristianos de las diversas confesiones, en la cooperación, en nombre del
Evangelio, para responder al clamor de los pobres, con la promoción de la
justicia, la oración común por la unidad y la participación en la Palabra de
Dios y la experiencia de la fe en Cristo vivo ». 187 Deben también
alentarse, cuando sea oportuno y conveniente, las reuniones de expertos de las
diversas Iglesias y Comunidades eclesiales para facilitar el diálogo ecuménico.
El ecumenismo ha de ser objeto de reflexión y de comunicación de experiencias
entre las diversas Conferencias Episcopales católicas del Continente.
Si bien el Concilio Vaticano II se refiere a todos los bautizados y
creyentes en Cristo « como hermanos en el Señor », 188 es necesario
distinguir con claridad las comunidades cristianas, con las cuales es posible
establecer relaciones inspiradas en el espíritu del ecumenismo, de las sectas,
cultos y otros movimientos pseudoreligiosos.
Relación de la Iglesia con las comunidades
judías
50. En la sociedad americana existen también comunidades
judías con las que la Iglesia ha llevado a cabo en estos últimos años una
colaboración creciente. 189 En la historia de la salvación es
evidente nuestra especial relación con el pueblo judío. De ese pueblo nació
Jesús, quien dio comienzo a su Iglesia dentro de la Nación judía. Gran parte de
la Sagrada Escritura que los cristianos leemos como palabra de Dios, constituye
un patrimonio espiritual común con los judíos. 190 Se ha de evitar,
pues, toda actitud negativa hacia ellos, ya que « para bendecir al mundo es
necesario que los judíos y los cristianos sean previamente bendición los unos
para los otros. 191
Religiones no cristianas
51. Respecto a las religiones no cristianas, la Iglesia
católica no rechaza nada de lo que en ellas hay de verdadero y santo. 192
Por ello, con respecto a las otras religiones, los católicos quieren subrayar
los elementos de verdad dondequiera que puedan encontrarse, pero a la vez
testifican fuertemente la novedad de la revelación de Cristo, custodiada en su
integridad por la Iglesia. 193 En coherencia con esta actitud, los
católicos rechazan como extraña al espíritu de Cristo toda discriminación o
persecución contra las personas por motivos de raza, color, condición de vida o
religión. La diferencia de religión nunca debe ser causa de violencia o de
guerra. Al contrario, las personas de creencias diversas deben sentirse
movidas, precisamente por su adhesión a las mismas, a trabajar juntas por la
paz y la justicia.
« Los musulmanes, como los cristianos y los judíos, llaman a Abraham, padre
suyo. Este hecho debe asegurar que en toda América estas tres comunidades vivan
armónicamente y trabajen juntas por el bien común. Igualmente, la Iglesia en
América debe esforzarse por aumentar el mutuo respeto y las buenas relaciones
con las religiones nativas americanas ». 194 La misma actitud debe
tenerse con los grupos hinduistas y budistas o de otras religiones que las
recientes inmigraciones, procedentes de países orientales, han llevado al suelo
americano.
CAPÍTULO
V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
« En esto
conocerán todos que sois discípulos míos:
si os tenéis amor los unos a los otros » (Jn 13, 35)
La solidaridad, fruto de la comunión
52. « En verdad os digo que cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis » (Mt 25, 40; cf. 25, 45). La conciencia
de la comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a su vez, fruto de la
conversión, lleva a servir al prójimo en todas sus necesidades, tanto
materiales como espirituales, para que en cada hombre resplandezca el rostro de
Cristo. Por eso, « la solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el
misterio de Dios uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto por
todos. Se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de los otros,
especialmente de los más necesitados ». 195
De aquí deriva para las Iglesias particulares del Continente americano el
deber de la recíproca solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los
bienes materiales con que Dios las ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad
de las personas para trabajar donde sea necesario. Partiendo del Evangelio se
ha de promover una cultura de la solidaridad que incentive oportunas
iniciativas de ayuda a los pobres y a los marginados, de modo especial a los
refugiados, los cuales se ven forzados a dejar sus pueblos y tierras para huir
de la violencia. La Iglesia en América ha de alentar también a los organismos
internacionales del Continente con el fin de establecer un orden económico en
el que no domine sólo el criterio del lucro, sino también el de la búsqueda del
bien común nacional e internacional, la distribución equitativa de los bienes y
la promoción integral de los pueblos. 196
La doctrina de la Iglesia, expresión de
las exigencias de la conversión
53. Mientras el relativismo y el
subjetivismo se difunden de modo preocupante en el campo de la doctrina moral,
la Iglesia en América está llamada a anunciar con renovada fuerza que la
conversión consiste en la adhesión a la persona de Jesucristo, con todas las
implicaciones teológicas y morales ilustradas por el Magisterio eclesial. Hay
que reconocer, « el papel que realizan, en esta línea, los teólogos, los
catequistas y los profesores de religión que, exponiendo la doctrina de la Iglesia
con fidelidad al Magisterio, cooperan directamente en la recta formación de la
conciencia de los fieles ». 197 Si creemos que Jesús es la Verdad
(cf. Jn 14, 6) desearemos
ardientemente ser sus testigos para acercar a nuestros hermanos a la verdad
plena que está en el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por la
salvación del género humano. « De este modo podremos ser, en este mundo,
lámparas vivas de fe, esperanza y caridad ». 198
Doctrina social de la Iglesia
54. Ante los graves problemas de orden social que, con
características diversas, existen en toda América, el católico sabe que puede
encontrar en la doctrina social de la Iglesia la respuesta de la que partir
para buscar soluciones concretas. Difundir esta doctrina constituye, pues, una
verdadera prioridad pastoral. Para ello es importante « que en América los
agentes de evangelización (Obispos, sacerdotes, profesores, animadores
pastorales, etc.) asimilen este tesoro que es la doctrina social de la Iglesia,
e, iluminados por ella, se hagan capaces de leer la realidad actual y de buscar
vías para la acción ». 199 A este respecto, hay que fomentar la
formación de fieles laicos capaces de trabajar, en nombre de la fe en Cristo,
para la transformación de las realidades terrenas. Además, será oportuno
promover y apoyar el estudio de esta doctrina en todos los ámbitos de las
Iglesias particulares de América y, sobre todo, en el universitario, para que
sea conocida con mayor profundidad y aplicada en la sociedad americana.
Para alcanzar este objetivo sería muy útil un compendio o síntesis
autorizada de la doctrina social católica, incluso un « catecismo », que
muestre la relación existente entre ella y la nueva evangelización. La parte
que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a esta materia, a
propósito del séptimo mandamiento del Decálogo, podría ser el punto de partida
de este « Catecismo de doctrina social católica ». Naturalmente, como ha
sucedido con el Catecismo de la Iglesia Católica, se limitaría a
formular los principios generales, dejando a aplicaciones posteriores el tratar
sobre los problemas relacionados con las diversas situaciones locales. 200
En la doctrina social de la Iglesia ocupa un lugar importante el derecho a
un trabajo digno. Por esto, ante las altas tasas de desempleo que afectan a
muchos países americanos y ante las duras condiciones en que se encuentran no
pocos trabajadores en la industria y en el campo, « es necesario valorar el
trabajo como dimensión de realización y de dignidad de la persona humana. Es
una responsabilidad ética de una sociedad organizada promover y apoyar una
cultura del trabajo ». 201
Globalización de la solidaridad
55. El complejo fenómeno de la globalización, como he
recordado más arriba, es una de las características del mundo actual,
perceptible especialmente en América. Dentro de esta realidad polifacética,
tiene gran importancia el aspecto económico. Con su doctrina social, la Iglesia
ofrece una valiosa contribución a la problemática que presenta la actual
economía globalizada. Su visión moral en esta materia « se apoya en las tres
piedras angulares fundamentales de la dignidad humana, la solidaridad y la
subsidiariedad ». 202 La economía globalizada debe ser analizada a
la luz de los principios de la justicia social, respetando la opción
preferencial por los pobres, que han de ser capacitados para protegerse en una
economía globalizada, y ante las exigencias del bien común internacional. En
realidad, « la doctrina social de la Iglesia es la visión moral que intenta
asistir a los gobiernos, a las instituciones y las organizaciones privadas para
que configuren un futuro congruente con la dignidad de cada persona. A través
de este prisma se pueden valorar las cuestiones que se refieren a la deuda
externa de las naciones, a la corrupción política interna y a la discriminación
dentro [de la propia nación] y entre las naciones ». 203
La Iglesia en América está llamada no sólo a promover una mayor integración
entre las naciones, contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultura
globalizada de la solidaridad, 204 sino también a colaborar con los
medios legítimos en la reducción de los efectos negativos de la globalización,
como son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles, especialmente en
el campo económico, y la pérdida de los valores de las culturas locales en
favor de una mal entendida homogeneización.
Pecados sociales que claman al cielo
56. A la luz de la doctrina social de la Iglesia se aprecia
también, más claramente, la gravedad de « los pecados sociales que claman al
cielo, porque generan violencia, rompen la paz y la armonía entre las
comunidades de una misma nación, entre las naciones y entre las diversas partes
del Continente ». 205 Entre estos pecados se deben recordar, « el
comercio de drogas, el lavado de las ganancias ilícitas, la corrupción en
cualquier ambiente, el terror de la violencia, el armamentismo, la
discriminación racial, las desigualdades entre los grupos sociales, la irrazonable
destrucción de la naturaleza ». 206 Estos pecados manifiestan una
profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los
principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia
moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión
evangélica de la realidad social.
No pocas veces, esto provoca que algunas instancias públicas se despreocupen
de la situación social. Cada vez más, en muchos países americanos impera un
sistema conocido como « neoliberalismo »; sistema que haciendo referencia a una
concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del
mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de
las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha convertido, a veces, en una
justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo
social y político, que causan la marginación de los más débiles. De hecho, los
pobres son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y de
estructuras frecuentemente injustas. 207
La mejor respuesta, desde el Evangelio, a esta dramática situación es la
promoción de la solidaridad y de la paz, que hagan efectivamente realidad la
justicia. Para esto se ha de alentar y ayudar a aquellos que son ejemplo de
honradez en la administración del erario público y de la justicia. Igualmente
se ha de apoyar el proceso de democratización que está en marcha en América, 208
ya que en un sistema democrático son mayores las posibilidades de control que
permiten evitar los abusos.
« El Estado de Derecho es la condición necesaria para establecer una
verdadera democracia ». 209 Para que ésta se pueda desarrollar, se
precisa la educación cívica así como la promoción del orden público y de la paz
en la convivencia civil. En efecto, « no hay una democracia verdadera y estable
sin justicia social. Para esto es necesario que la Iglesia preste mayor
atención a la formación de la conciencia, prepare dirigentes sociales para la
vida publica en todos los niveles, promueva la educación ética, la observancia
de la ley y de los derechos humanos y emplee un mayor esfuerzo en la formación
ética de la clase política ». 210
El fundamento último de los derechos
humanos
57. Conviene recordar que el fundamento
sobre el que se basan todos los derechos humanos es la dignidad de la persona.
En efecto, « la mayor obra divina, el hombre, es imagen y semejanza de Dios.
Jesús asumió nuestra naturaleza menos el pecado; promovió y defendió la
dignidad de toda persona humana sin excepción alguna; murió por la libertad de
todos. El Evangelio nos muestra cómo Jesucristo subrayó la centralidad de la
persona humana en el orden natural (cf. Lc
12, 22-29), en el orden social y en el orden religioso, incluso respecto a
la Ley (cf. Mc 2, 27); defendiendo
el hombre y también la mujer (cf. Jn 8,
11) y los niños (cf. Mt 19, 13-15),
que en su tiempo y en su cultura ocupaban un lugar secundario en la sociedad.
De la dignidad del hombre en cuanto hijo de Dios nacen los derechos humanos y
las obligaciones ». 211 Por esta razón, « todo atropello a la
dignidad del hombre es atropello al mismo Dios, de quien es imagen ». 212
Esta dignidad es común a todos los hombres sin excepción, ya que todos han sido
creados a imagen de Dios (cf. Gn 1, 26).
La respuesta de Jesús a la pregunta « ¿Quién es mi prójimo? » (Lc 10, 29) exige de cada uno una
actitud de respeto por la dignidad del otro y de cuidado solícito hacia él,
aunque se trate de un extranjero o un enemigo (cf. Lc 10, 30-37). En toda América la
conciencia de la necesidad de respetar los derechos humanos ha ido creciendo en
estos últimos tiempos, sin embargo todavía queda mucho por hacer, si se
consideran las violaciones de los derechos de personas y de grupos sociales que
aún se dan en el Continente.
Amor preferencial por los pobres y
marginados
58. « La Iglesia en América debe encarnar en sus
iniciativas pastorales la solidaridad de la Iglesia universal hacia los pobres
y marginados de todo género. Su actitud debe incluir la asistencia, promoción,
liberación y aceptación fraterna. La Iglesia pretende que no haya en absoluto marginados
». 213 El recuerdo de los capítulos oscuros de la historia de
América relativos a la existencia de la esclavitud y de otras situaciones de
discriminación social, ha de suscitar un sincero deseo de conversión que lleve
a la reconciliación y a la comunión.
La atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera
preferencial a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede
ser pues interpretado como signo de particularismo o de sectarismo; 214
amando a los pobres el cristiano imita las actitudes del Señor, que en su vida
terrena se dedicó con sentimientos de compasión a las necesidades de las
personas espiritual y materialmente indigentes.
La actividad de la Iglesia en favor de los pobres en todas
las partes del Continente es importante; no obstante hay que seguir trabajando
para que esta línea de acción pastoral sea cada vez más un camino para el
encuentro con Cristo, el cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de
enriquecernos con su pobreza (cf. 2Co
8, 9). Se debe intensificar y ampliar cuanto se hace ya en este campo,
intentando llegar al mayor número posible de pobres. La Sagrada Escritura nos
recuerda que Dios escucha el clamor de los pobres (cf. Sal 34 [33], 7) y
la Iglesia ha de estar atenta al clamor de los más necesitados. Escuchando su
voz, « la Iglesia debe vivir con los pobres y participar de sus dolores. [...]
Debe finalmente testificar por su estilo de vida que sus prioridades, sus
palabras y sus acciones, y ella misma está en comunión y solidaridad con ellos
». 215
La deuda externa
59. La existencia de una deuda externa que asfixia a muchos
pueblos del Continente americano es un problema complejo. Aun sin entrar en sus
numerosos aspectos, la Iglesia en su solicitud pastoral no puede ignorar este
problema, ya que afecta a la vida de tantas personas. Por eso, diversas
Conferencias Episcopales de América, conscientes de su gravedad, han organizado
estudios sobre el mismo y publicado documentos para buscar soluciones eficaces.
216 Yo he expresado también varias veces mi preocupación por esta
situación, que en algunos casos se ha hecho insostenible. En la perspectiva del
ya próximo Gran Jubileo del año 2000 y recordando el sentido social que los
Jubileos tenían en el Antiguo Testamento, escribí: « Así, en el espíritu del
Libro del Levítico (25, 8-12), los cristianos deberán hacerse voz de todos los
pobres del mundo, proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar
entre otras cosas en una notable reducción, si no en una total condonación, de
la deuda internacional que grava sobre el destino de muchas naciones ».
217
Reitero mi deseo, hecho propio por los Padres sinodales, de que el
Pontificio Consejo « Justicia y Paz », junto con otros organismos competentes,
como es la sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de
Estado, « busque, en el estudio y el diálogo con representantes del Primer
Mundo y con responsables del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional,
vías de solución para el problema de la deuda externa y normas que impidan la
repetición de tales situaciones con ocasión de futuros préstamos ». 218
Al nivel más amplio posible, sería oportuno que « expertos en economía y
cuestiones monetarias, de fama internacional, procedieran a un análisis crítico
del orden económico mundial, en sus aspectos positivos y negativos, de modo que
se corrija el orden actual, y propongan un sistema y mecanismos capaces de
promover el desarrollo integral y solidario de las personas y los pueblos ».
219
Lucha contra la corrupción
60. En América el fenómeno de la corrupción está también
ampliamente extendido. La Iglesia puede contribuir eficazmente a erradicar este
mal de la sociedad civil con « una mayor presencia de cristianos laicos cualificados
que, por su origen familiar, escolar y parroquial, promuevan la práctica de
valores como la verdad, la honradez, la laboriosidad y el servicio del bien
común ». 220 Para lograr este objetivo y también para iluminar a
todos los hombres de buena voluntad, deseosos de poner fin a los males
derivados de la corrupción, hay que enseñar y difundir lo más posible la parte
que corresponde a este tema en el Catecismo de la Iglesia Católica,
promoviendo al mismo tiempo entre los católicos de cada Nación el conocimiento
de los documentos publicados al respecto por las Conferencias Episcopales de
las otras Naciones. 221 Los cristianos así formados contribuirán
significativamente a la solución de este problema, esforzándose en llevar a la
práctica la doctrina social de la Iglesia en todos los aspectos que afecten a
sus vidas y en aquellos otros a los que pueda llegar su influjo.
El problema de las drogas
61. En relación con el grave problema del comercio de
drogas, la Iglesia en América puede colaborar eficazmente con los responsables
de las Naciones, los directivos de empresas privadas, las organizaciones no
gubernamentales y las instancias internacionales para desarrollar proyectos que
eliminen este comercio que amenaza la integridad de los pueblos en América.
222 Esta colaboración debe extenderse a los órganos legislativos,
apoyando las iniciativas que impidan el « blanqueo de dinero », favorezcan el
control de los bienes de quienes están implicados en este tráfico y vigilen que
la producción y comercio de las sustancias químicas para la elaboración de
drogas se realicen según las normas legales. La urgencia y gravedad del
problema hacen apremiante un llamado a los diversos ambientes y grupos de la
sociedad civil para luchar unidos contra el comercio de la droga. 223
Por lo que respecta específicamente a los Obispos, es necesario —según una
sugerencia de los Padres sinodales— que ellos mismos, como Pastores del pueblo
de Dios, denuncien con valentía y con fuerza el hedonismo, el materialismo y
los estilos de vida que llevan fácilmente a la droga. 224
Hay que tener también presente que se debe ayudar a los agricultores pobres
para que no caigan en la tentación del dinero fácil obtenible con el cultivo de
las plantas de las que se extraen las drogas. A este respecto, las
Organizaciones internacionales pueden prestar una colaboración preciosa a los
Gobiernos nacionales favoreciendo, con incentivos diversos, las producciones
agrícolas alternativas. Se ha de alentar también la acción de quienes se
esfuerzan en sacar de la droga a los que la usan, dedicando una atención
pastoral a las víctimas de la tóxicodependencia. Tiene una importancia
fundamental ofrecer el verdadero « sentido de la vida » a las nuevas
generaciones, que por carencia del mismo acaban por caer frecuentemente en la
espiral perversa de los estupefacientes. Este trabajo de recuperación y
rehabilitación social puede ser también una verdadera y propia tarea de
evangelización. 225
La carrera de armamentos
62. Un factor que paraliza gravemente el progreso de no
pocas naciones de América es la carrera de armamentos. Desde las Iglesias
particulares de América debe alzarse una voz profética que denuncie tanto el
armamentismo como el escandaloso comercio de armas de guerra, el cual emplea
sumas ingentes de dinero que deberían, en cambio, destinarse a combatir la
miseria y a promover el desarrollo. 226 Por otra parte, la
acumulación de armamentos es un factor de inestabilidad y una amenaza para la
paz. 227 Por esto, la Iglesia está vigilante ante el riesgo de
conflictos armados, incluso, entre naciones hermanas. Ella, como signo e
instrumento de reconciliación y paz, ha de procurar « por todos los medios
posibles, también por el camino de la mediación y del arbitraje, actuar en
favor de la paz y de la fraternidad entre los pueblos ». 228
Cultura de la muerte y sociedad dominada
por los poderosos
63. Hoy en América, como en otras partes del mundo, parece
perfilarse un modelo de sociedad en la que dominan los poderosos, marginando e
incluso eliminando a los débiles. Pienso ahora en los niños no nacidos,
víctimas indefensas del aborto; en los ancianos y enfermos incurables, objeto a
veces de la eutanasia; y en tantos otros seres humanos marginados por el
consumismo y el materialismo. No puedo ignorar el recurso no necesario a la
pena de muerte cuando otros « medios incruentos bastan para defender y proteger
la seguridad de las personas contra el agresor [...] En efecto, hoy, teniendo
en cuenta las posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente
el crimen dejando inofensivo a quien lo ha cometido, sin quitarle
definitivamente la posibilidad de arrepentirse, los casos de absoluta necesidad
de eliminar al reo "son ya muy raros, por no decir prácticamente
inexistentes" ». 229 Semejante modelo de sociedad se caracteriza
por la cultura de la muerte y, por tanto, en contraste con el mensaje
evangélico. Ante esta desoladora realidad, la Comunidad eclesial trata de
comprometerse cada vez más en defender la cultura de la vida.
Por ello, los Padres sinodales, haciéndose eco de los recientes documentos
del Magisterio de la Iglesia, han subrayado con vigor la incondicionada
reverencia y la total entrega a favor de la vida humana desde el momento de la
concepción hasta el momento de la muerte natural, y expresan la condena de
males como el aborto y la eutanasia. Para mantener estas doctrinas de la ley
divina y natural, es esencial promover el conocimiento de la doctrina social de
la Iglesia, y comprometerse para que los valores de la vida y de la familia
sean reconocidos y defendidos en el ámbito social y en la legislación del
Estado. 230 Además de la defensa de la vida, se ha de intensificar,
a través de múltiples instituciones pastorales, una activa promoción de las
adopciones y una constante asistencia a las mujeres con problemas por su
embarazo, tanto antes como después del nacimiento del hijo. Se ha de dedicar
además una especial atención pastoral a las mujeres que han padecido o
procurado activamente el aborto. 231
Doy gracias a Dios y manifiesto mi vivo aprecio a los hermanos y hermanas en
la fe que en América, unidos a otros cristianos y a innumerables personas de
buena voluntad, están comprometidos a defender con los medios legales la vida y
a proteger al no nacido, al enfermo incurable y a los discapacitados. Su acción
es aún más laudable si se consideran la indiferencia de muchos, las insidias
eugenésicas y los atentados contra la vida y la dignidad humana, que
diariamente se cometen por todas partes. 232
Esta misma solicitud se ha de tener con los ancianos, a veces descuidados y
abandonados. Ellos deben ser respetados como personas. Es importante poner en
práctica para ellos iniciativas de acogida y asistencia que promuevan sus
derechos y aseguren, en la medida de lo posible, su bienestar físico y
espiritual. Los ancianos deben ser protegidos de las situaciones y presiones
que podrían empujarlos al suicidio; en particular han de ser sostenidos contra
la tentación del suicidio asistido y de la eutanasia.
Junto con los Pastores del pueblo de Dios en América, dirijo un llamado a «
los católicos que trabajan en el campo médico-sanitario y a quienes ejercen
cargos públicos, así como a los que se dedican a la enseñanza, para que hagan
todo lo posible por defender las vidas que corren más peligro, actuando con una
conciencia rectamente formada según la doctrina católica. Los Obispos y los
presbíteros tienen, en este sentido, la especial responsabilidad de dar
testimonio incansable en favor del Evangelio de la vida y de exhortar a los
fieles para que actúen en consecuencia ». 233 Al mismo tiempo, es
preciso que la Iglesia en América ilumine con oportunas intervenciones la toma
de decisiones de los cuerpos legislativos, animando a los ciudadanos, tanto a
los católicos como a los demás hombres de buena voluntad, a crear organizaciones
para promover buenos proyectos de ley y así se impidan aquellos otros que
amenazan a la familia y la vida, que son dos realidades inseparables. En
nuestros días hay que tener especialmente presente todo lo que se refiere a la
investigación embrionaria, para que de ningún modo se vulnere la dignidad
humana.
Los pueblos indígenas y los americanos de
origen africano
64. Si la Iglesia en América, fiel al Evangelio de Cristo,
desea recorre el camino de la solidaridad, debe dedicar una especial atención a
aquellas etnias que todavía hoy son objeto de discriminaciones injustas. En
efecto, hay que erradicar todo intento de marginación contra las poblaciones
indígenas. Ello implica, en primer lugar, que se deben respetar sus tierras y
los pactos contraídos con ellos; igualmente, hay que atender a sus legítimas
necesidades sociales, sanitarias y culturales. Habrá que recordar la necesidad
de reconciliación entre los pueblos indígenas y las sociedades en las que
viven.
Quiero recordar ahora que los americanos de origen africano siguen sufriendo
también, en algunas partes, prejuicios étnicos, que son un obstáculo importante
para su encuentro con Cristo. Ya que todas las personas, de cualquier raza y
condición, han sido creadas por Dios a su imagen, conviene promover programas
concretos, en los que no debe faltar la oración en común, los cuales favorezcan
la comprensión y reconciliación entre pueblos diversos, tendiendo puentes de
amor cristiano, de paz y de justicia entre todos los hombres. 234
Para lograr estos objetivos es indispensable formar agentes pastorales
competentes, capaces de usar métodos ya « inculturados » legítimamente en la
catequesis y en la liturgia. Así también, se conseguirá mejor un número
adecuado de pastores que desarrollen sus actividades entre los indígenas, si se
promueven las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada entre dichos
pueblos. 235
La problemática de los inmigrados
65. El Continente americano ha conocido en su historia
muchos movimientos de inmigración, que llevaron multitud de hombres y mujeres a
las diversas regiones con la esperanza de un futuro mejor. El fenómeno continúa
también hoy y afecta concretamente a numerosas personas y familias procedentes
de Naciones latinoamericanas del Continente, que se han instalado en las
regiones del Norte, constituyendo en algunos casos una parte considerable de la
población. A menudo llevan consigo un patrimonio cultural y religioso, rico de
significativos elementos cristianos. La Iglesia es consciente de los problemas
provocados por esta situación y se esfuerza en desarrollar una verdadera
atención pastoral entre dichos inmigrados, para favorecer su asentamiento en el
territorio y para suscitar, al mismo tiempo, una actitud de acogida por parte
de las poblaciones locales, convencida de que la mutua apertura será un
enriquecimiento para todos.
Las comunidades eclesiales procurarán ver en este fenómeno un llamado
específico a vivir el valor evangélico de la fraternidad y a la vez una
invitación a dar un renovado impulso a la propia religiosidad para una acción
evangelizadora más incisiva. En este sentido, los Padres sinodales consideran
que « la Iglesia en América debe ser abogada vigilante que proteja, contra
todas las restricciones injustas, el derecho natural de cada persona a moverse
libremente dentro de su propia nación y de una nación a otra. Hay que estar
atentos a los derechos de los emigrantes y de sus familias, y al respeto de su
dignidad humana, también en los casos de inmigraciones no legales ». 236
Con respecto a los inmigrantes, es necesaria una actitud hospitalaria y
acogedora, que los aliente a integrarse en la vida eclesial, salvaguardando
siempre su libertad y su peculiar identidad cultural. A este fin es muy
importante la colaboración entre las diócesis de las que proceden y aquellas en
las que son acogidos, también mediante las específicas estructuras pastorales
previstas en la legislación y en la praxis de la Iglesia. 237 Se
puede asegurar así la atención pastoral más adecuada posible e integral. La
Iglesia en América debe estar impulsada por la constante solicitud de que no
falte una eficaz evangelización a los que han llegado recientemente y no
conocen todavía a Cristo. 238
CAPÍTULO
VI
LA MISION DE LA IGLESIA HOY EN
AMERICA:
LA NUEVA EVANGELIZACION
« Como el Padre
me envió, también yo os envío » (Jn 20,
21)
Enviados por Cristo
66. Cristo resucitado, antes de su ascensión
al cielo, envió a los Apóstoles a anunciar el Evangelio al mundo entero (cf. Mc 16, 15), confiriéndoles los poderes
necesarios para realizar esta misión. Es significativo que, antes de darles el
último mandato misionero, Jesús se refiriera al poder universal recibido del
Padre (cf. Mt 28, 18). En efecto,
Cristo transmitió a los Apóstoles la misión recibida del Padre (cf. Jn 20, 21), haciéndolos así partícipes
de sus poderes. Pero también « los fieles laicos, precisamente por ser miembros
de la Iglesia, tienen la vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio:
son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la
iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo ». 239 En
efecto, ellos han sido « hechos partícipes, a su modo, de la función
sacerdotal, profética y real de Cristo ». 240 Por consiguiente, «
los fieles laicos —por su participación en el oficio profético de Cristo— están
plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia », 241 y por ello
deben sentirse llamados y enviados a proclamar la Buena Nueva del Reino. Las
palabras de Jesús: « Id también vosotros a mi viña » (Mt 20, 4), 242 deben
considerarse dirigidas no sólo a los Apóstoles, sino a todos los que desean ser
verdaderos discípulos del Señor.
La tarea fundamental a la que Jesús envía a sus discípulos
es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la evangelización (cf. Mc 16, 15-18). De ahí que, «
evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su
identidad más profunda ». 243 Como he manifestado en otras
ocasiones, la singularidad y novedad de la situación en la que el mundo y la
Iglesia se encuentran, a las puertas del Tercer milenio, y las exigencias que
de ello se derivan, hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa
también nuevo que puede definirse en su conjunto como « nueva evangelización ».
244 Como Pastor supremo de la Iglesia deseo fervientemente invitar a
todos los miembros del pueblo de Dios, y particularmente a los que viven en el
Continente americano —donde por vez primera hice un llamado a un compromiso
nuevo « en su ardor, en sus métodos, en su expresión » 245— a asumir
este proyecto y a colaborar en él. Al aceptar esta misión, todos deben recordar
que el núcleo vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e
inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de
su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado
a través de su misterio pascual. 246
Jesucristo, « buena nueva » y primer
evangelizador
67. Jesucristo es la « buena nueva » de la salvación
comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo tiempo es
también el primer y supremo evangelizador. 247 La Iglesia debe
centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo
crucificado y resucitado. « Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de
partir de Cristo y de su Evangelio ». 248 Por lo cual, « la Iglesia
en América debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro
divino del hombre. Este anuncio es el que realmente sacude a los hombres,
despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo ha de ser
anunciado con gozo y con fuerza, pero principalmente con el testimonio de la
propia vida ». 249
Cada cristiano podrá llevar a cabo eficazmente su misión
en la medida en que asuma la vida del Hijo de Dios hecho hombre como el modelo
perfecto de su acción evangelizadora. La sencillez de su estilo y sus opciones
han de ser normativas para todos en la tarea de la evangelización. En esta
perspectiva, los pobres han de ser considerados ciertamente entre los primeros
destinatarios de la evangelización, a semejanza de Jesús, que decía de sí
mismo: « El Espíritu del Señor [...] me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a
los pobres la Buena Nueva » (Lc 4, 18).
250
Como ya he indicado antes, el amor por los pobres ha de ser preferencial,
pero no excluyente. El haber descuidado —como señalaron los Padres sinodales—
la atención pastoral de los ambientes dirigentes de la sociedad, con el
consiguiente alejamiento de la Iglesia de no pocos de ellos, 251 se
debe, en parte, a un planteamiento del cuidado pastoral de los pobres con un
cierto exclusivismo. Los daños derivados de la difusión del secularismo en
dichos ambientes, tanto políticos, como económicos, sindicales, militares,
sociales o culturales, muestran la urgencia de una evangelización de los
mismos, la cual debe ser alentada y guiada por los Pastores, llamados por Dios
para atender a todos. Es necesario evangelizar a los dirigentes, hombres y
mujeres, con renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo principalmente en la
formación de sus conciencias mediante la doctrina social de la Iglesia. Esta
formación será el mejor antídoto frente a tantos casos de incoherencia y, a
veces, de corrupción que afectan a las estructuras sociopolíticas. Por el
contrario, si se descuida esta evangelización de los dirigentes, no debe
sorprender que muchos de ellos sigan criterios ajenos al Evangelio y, a veces,
abiertamente contrarios a él. A pesar de todo, y en claro contraste con quienes
carecen de una mentalidad cristiana, hay que reconocer « los intentos de no
pocos [...] dirigentes por construir una sociedad justa y solidaria ». 252
El encuentro con Cristo lleva a
evangelizar
68. El encuentro con el Señor produce una
profunda transformación de quienes no se cierran a Él. El primer impulso que
surge de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza adquirida en
la experiencia de este encuentro. No se trata sólo de enseñar lo que hemos
conocido, sino también, como la mujer samaritana, de hacer que los demás
encuentren personalmente a Jesús: « Venid a ver » (Jn 4, 29). El resultado será el mismo
que se verificó en el corazón de los samaritanos, que decían a la mujer: « Ya
no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste
es verdaderamente el Salvador del mundo » (Jn 4, 42). La Iglesia, que vive de la
presencia permanente y misteriosa de su Señor resucitado, tiene como centro de
su misión « llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo ». 253
Ella está llamada a anunciar que Cristo vive realmente, es decir, que el
Hijo de Dios, que se hizo hombre, murió y resucitó, es el único Salvador de
todos los hombres y de todo el hombre, y que como Señor de la historia continúa
operante en la Iglesia y en el mundo por medio de su Espíritu hasta la
consumación de los siglos. La presencia del Resucitado en la Iglesia hace
posible nuestro encuentro con Él, gracias a la acción invisible de su Espíritu
vivificante. Este encuentro se realiza en la fe recibida y vivida en la
Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Este encuentro, pues, tiene esencialmente
una dimensión eclesial y lleva a un compromiso de vida. En efecto, « encontrar
a Cristo vivo es aceptar su amor primero, optar por Él, adherir libremente a su
persona y proyecto, que es el anuncio y la realización del Reino de Dios ».
254
El llamado suscita la búsqueda de Jesús: « Rabbí —que
quiere decir, "Maestro"— ¿dónde vives? Les respondió: "Venid y
lo veréis". Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel
día » (Jn 1, 38-39). « Ese quedarse
no se reduce al día de la vocación, sino que se extiende a toda la vida.
Seguirle es vivir como Él vivió, aceptar su mensaje, asumir sus criterios,
abrazar su suerte, participar su propósito que es el plan del Padre: invitar a
todos a la comunión trinitaria y a la comunión con los hermanos en una sociedad
justa y solidaria ». 255 El ardiente deseo de invitar a los demás a
encontrar a Aquél a quien nosotros hemos encontrado, está en la raíz de la
misión evangelizadora que incumbe a toda la Iglesia, pero que se hace
especialmente urgente hoy en América, después de haber celebrado los 500 años
de la primera evangelización y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos
los 2000 años de la venida del Hijo unigénito de Dios al mundo.
Importancia de la catequesis
69. La nueva evangelización, en la que todo el Continente
está comprometido, indica que la fe no puede darse por supuesta, sino que debe
ser presentada explícitamente en toda su amplitud y riqueza. Este es el
objetivo principal de la catequesis, la cual, por su misma naturaleza, es una
dimensión esencial de la nueva evangelización. « La catequesis es un proceso de
formación en la fe, la esperanza y la caridad que informa la mente y toca el
corazón, llevando a la persona a abrazar a Cristo de modo pleno y completo.
Introduce más plenamente al creyente en la experiencia de la vida cristiana que
incluye la celebración litúrgica del misterio de la redención y el servicio
cristiano a los otros ». 256
Conociendo bien la necesidad de una catequización completa, hice mía la
propuesta de los Padres de la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos
de 1985, de elaborar « un catecismo o compendio de toda la doctrina católica,
tanto sobre fe como sobre moral », el cual pudiera ser « punto de referencia
para los catecismos y compendios que se redacten en las diversas regiones ».
257 Esta propuesta se ha visto realizada con la publicación de la edición
típica del Catechismus Catholicae Ecclesiae. 258 Además del
texto oficial del Catecismo, y para un mejor aprovechamiento de sus contenidos,
he querido que se elaborara y publicara también un Directorio general para la Catequesis.
259 Recomiendo vivamente el uso de estos dos instrumentos de valor
universal a cuantos en América se dedican a la catequesis. Es deseable que
ambos documentos se utilicen « en la preparación y revisión de todos los
programas parroquiales y diocesanos para la catequesis, teniendo ante los ojos
que la situación religiosa de los jóvenes y de los adultos requiere una
catequesis más kerigmática y más orgánica en su presentación de los contenidos
de la fe ». 260
Es necesario reconocer y alentar la valiosa misión que desarrollan tantos
catequistas en todo el Continente americano, como verdaderos mensajeros del
Reino: « Su fe y su testimonio de vida son partes integrantes de la catequesis
». 261 Deseo alentar cada vez más a los fieles para que asuman con
valentía y amor al Señor este servicio a la Iglesia, dedicando generosamente su
tiempo y sus talentos. Por su parte, los Obispos procuren ofrecer a los
catequistas una adecuada formación para que puedan desarrollar esta tarea tan
indispensable en la vida de la Iglesia.
En la catequesis será conveniente tener presente, sobre todo en un
Continente como América, donde la cuestión social constituye un aspecto
relevante, que « el crecimiento en la comprensión de la fe y su manifestación
práctica en la vida social están en íntima correlación. Conviene que las
fuerzas que se gastan en nutrir el encuentro con Cristo, redunden en promover
el bien común en una sociedad justa ». 262
Evangelización de la cultura
70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia inspiración,
consideraba que « la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el
drama de nuestro tiempo ». 263 Por ello, los Padres sinodales han considerado
justamente que « la nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y
ordenado para evangelizar la cultura ». 264 El Hijo de Dios, al
asumir la naturaleza humana, se encarnó en un determinado pueblo, aunque su
muerte redentora trajo la salvación a todos los hombres, de cualquier cultura,
raza y condición. El don de su Espíritu y su amor van dirigidos a todos y cada
uno de los pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la perfecta
unidad que hay en Dios uno y trino. Para que esto sea posible es necesario
inculturar la predicación, de modo que el Evangelio sea anunciado en el
lenguaje y la cultura de aquellos que lo oyen. 265 Sin embargo, al
mismo tiempo no debe olvidarse que sólo el misterio pascual de Cristo, suprema
manifestación del Dios infinito en la finitud de la historia, puede ser el
punto de referencia válido para toda la humanidad peregrina en busca de unidad
y paz verdaderas.
El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe fue ya desde el inicio en el
Continente un símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha
sido la estrella y guía. Con su intercesión poderosa la evangelización podrá
penetrar el corazón de los hombres y mujeres de América, e impregnar sus
culturas transformándolas desde dentro. 266
Evangelizar los centros educativos
71. El mundo de la educación es un campo privilegiado para
promover la inculturación del Evangelio. Sin embargo, los centros educativos
católicos y aquéllos que, aun no siendo confesionales, tienen una clara
inspiración católica, sólo podrán desarrollar una acción de verdadera
evangelización si en todos sus niveles, incluido el universitario, se mantiene
con nitidez su orientación católica. Los contenidos del proyecto educativo
deben hacer referencia constante a Jesucristo y a su mensaje, tal como lo
presenta la Iglesia en su enseñanza dogmática y moral. Sólo así se podrán
formar dirigentes auténticamente cristianos en los diversos campos de la
actividad humana y de la sociedad, especialmente en la política, la economía,
la ciencia, el arte y la reflexión filosófica. 267 En este sentido,
« es esencial que la Universidad Católica sea, a la vez, verdadera y realmente
ambas cosas: Universidad y Católica. [...] La índole católica es un elemento
constitutivo de la Universidad en cuanto institución y no una mera decisión de
los individuos que dirigen la Universidad en un tiempo concreto ». 268
Por eso, la labor pastoral en las Universidades Católicas ha de ser objeto de
particular atención en orden a fomentar el compromiso apostólico de los
estudiantes para que ellos mismos lleguen a ser los evangelizadores del mundo
universitario. 269 Además, « debe estimularse la cooperación entre
las Universidades Católicas de toda América para que se enriquezcan mutuamente
», 270 contribuyendo de este modo a que el principio de solidaridad
e intercambio entre los pueblos de todo el Continente se realice también a
nivel universitario.
Algo semejante se ha de decir también a propósito de las escuelas católicas,
en particular de la enseñanza secundaria: « Debe hacerse un esfuerzo especial
para fortificar la identidad católica de las escuelas, las cuales fundan su
naturaleza específica en un proyecto educativo que tiene su origen en la
persona de Cristo y su raíz en la doctrina del Evangelio. Las escuelas católicas
deben buscar no sólo impartir una educación que sea competente desde el punto
de vista técnico y profesional, sino especialmente proveer una formación
integral de la persona humana ». 271 Dada la importancia de la tarea
que los educadores católicos desarrollan, me uno a los Padres sinodales en su
deseo de alentar, con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a la
enseñanza en las escuelas católicas: sacerdotes, hombres y mujeres consagrados,
y laicos comprometidos, « para que perseveren en su misión de tanta importancia
». 272 Ha de procurarse que el influjo de estos centros de enseñanza
llegue a todos los sectores de la sociedad sin distinciones ni exclusivismos.
Es indispensable que se realicen todos los esfuerzos posibles para que las
escuelas católicas, a pesar de las dificultades económicas, continúen «
impartiendo la educación católica a los pobres y a los marginados en la
sociedad ». 273 Nunca será posible liberar a los indigentes de su
pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la carencia de una
educación digna.
En el proyecto global de la nueva evangelización, el campo de la educación
ocupa un lugar privilegiado. Por ello, ha de alentarse la actividad de todos
los docentes católicos, incluso de los que enseñan en escuelas no
confesionales. Así mismo, dirijo un llamado urgente a los consagrados y
consagradas para que no abandonen un campo tan importante para la nueva
evangelización. 274
Como fruto y expresión de la comunión entre todas las Iglesias particulares
de América, reforzada ciertamente por la experiencia espiritual de la Asamblea
sinodal, se procurará promover congresos para los educadores católicos en
ámbito nacional y continental, tratando de ordenar e incrementar la acción
pastoral educativa en todos los ambientes. 275
La Iglesia en América, para cumplir todos estos objetivos, necesita un
espacio de libertad en el campo de la enseñanza, lo cual no debe entenderse
como un privilegio, sino como un derecho, en virtud de la misión evangelizadora
confiada por el Señor. Además, los padres tienen el derecho fundamental y
primario de decidir sobre la educación de sus hijos y, por este motivo, los
padres católicos han de tener la posibilidad de elegir una educación de acuerdo
con sus convicciones religiosas. La función del Estado en este campo es
subsidiaria. El Estado tiene la obligación de « garantizar a todos la educación
y la obligación de respetar y defender la libertad de enseñanza. Debe
denunciarse el monopolio del Estado como una forma de totalitarismo que vulnera
los derechos fundamentales que debe defender, especialmente el derecho de los
padres de familia a la educación religiosa de sus hijos. La familia es el
primer espacio educativo de la persona ». 276
Evangelizar con los medios de comunicación
social
72. Es fundamental para la eficacia de la nueva
evangelización un profundo conocimiento de la cultura actual, en la cual los
medios de comunicación social tienen gran influencia. Es por tanto
indispensable conocer y usar estos medios, tanto en sus formas tradicionales como
en las más recientes introducidas por el progreso tecnológico. Esta realidad
requiere que se domine el lenguaje, naturaleza y características de dichos
medios. Con el uso correcto y competente de los mismos se puede llevar a cabo
una verdadera inculturación del Evangelio. Por otra parte, los mismos medios
contribuyen a modelar la cultura y mentalidad de los hombres y mujeres de
nuestro tiempo, razón por la cual quienes trabajan en el campo de los medios de
comunicación social han de ser destinatarios de una especial acción pastoral.
277
A este respecto, los Padres sinodales indicaron numerosas iniciativas
concretas para una presencia eficaz del Evangelio en el mundo de los medios de
comunicación social: la formación de agentes pastorales para este campo; el
fomento de centros de producción cualificada; el uso prudente y acertado de
satélites y de nuevas tecnologías; la formación de los fieles para que sean
destinatarios críticos; la unión de esfuerzos en la adquisición y consiguiente
gestión en común de nuevas emisoras y redes de radio y televisión, y la
coordinación de las que ya existen. Por otra parte, las publicaciones católicas
merecen ser sostenidas y necesitan alcanzar un deseado desarrollo cualitativo.
Hay que alentar a los empresarios para que respalden económicamente
producciones de calidad que promueven los valores humanos y cristianos.
278 Sin embargo, un programa tan amplio supera con creces las
posibilidades de cada Iglesia particular del Continente americano. Por ello,
los mismos Padres sinodales propusieron la coordinación de las actividades en
materia de medios de comunicación social a nivel interamericano, para fomentar
el conocimiento recíproco y la cooperación en las realizaciones que ya existen
en este campo. 279
El desafío de las sectas
73. La acción proselitista, que las sectas y nuevos grupos
religiosos desarrollan en no pocas partes de América, es un grave obstáculo
para el esfuerzo evangelizador. La palabra « proselitismo » tiene un sentido
negativo cuando refleja un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad
de aquellos a quienes se dirige una determinada propaganda religiosa. 280
La Iglesia católica en América censura el proselitismo de las sectas y, por
esta misma razón, en su acción evangelizadora excluye el recurso a semejantes
métodos. Al proponer el Evangelio de Cristo en toda su integridad, la actividad
evangelizadora ha de respetar el santuario de la conciencia de cada individuo,
en el que se desarrolla el diálogo decisivo, absolutamente personal, entre la
gracia y la libertad del hombre.
Ello ha de tenerse en cuenta especialmente respecto a los hermanos
cristianos de Iglesias y Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia
católica, establecidas desde hace mucho tiempo en determinadas regiones. Los
lazos de verdadera comunión, aunque imperfecta, que, según la doctrina del
Concilio Vaticano II, 281 tienen esas comunidades con la Iglesia
católica, deben iluminar las actitudes de ésta y de todos sus miembros respecto
a aquéllas. 282Sin embargo, estas actitudes no han de poner en duda
la firme convicción de que sólo en la Iglesia católica se encuentra la plenitud
de los medios de salvación establecidos por Jesucristo. 283
Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos religiosos en
América no pueden contemplarse con indiferencia. Exigen de la Iglesia en este
Continente un profundo estudio, que se ha de realizar en cada nación y también
a nivel internacional, para descubrir los motivos por los que no pocos
católicos abandonan la Iglesia. A la luz de sus conclusiones será oportuno
hacer una revisión de los métodos pastorales empleados, de modo que cada
Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa más
personalizada, consolide las estructuras de comunión y misión, y use las
posibilidades evangelizadoras que ofrece una religiosidad popular purificada, a
fin de hacer más viva la fe de todos los católicos en Jesucristo, por la
oración y la meditación de la palabra de Dios. 284
Por otra parte, como señalaron algunos Padres sinodales, hay que preguntarse
si una pastoral orientada de modo casi exclusivo a las necesidades materiales
de los destinatarios no haya terminado por defraudar el hambre de Dios que
tienen esos pueblos, dejándolos así en una situación vulnerable ante cualquier
oferta supuestamente espiritual. Por eso, « es indispensable que todos tengan
contacto con Cristo mediante el anuncio kerigmático gozoso y transformante,
especialmente mediante la predicación en la liturgia ». 285 Una Iglesia
que viva intensamente la dimensión espiritual y contemplativa, y que se
entregue generosamente al servicio de la caridad, será de manera cada vez más
elocuente testigo creíble de Dios para los hombres y mujeres en su búsqueda de
un sentido para la propia vida. 286 Para ello es necesario que los
fieles pasen de una fe rutinaria, quizás mantenida sólo por el ambiente, a una
fe consciente vivida personalmente. La renovación en la fe será siempre el
mejor camino para conducir a todos a la Verdad que es Cristo.
Para que la respuesta al desafío de las sectas sea eficaz, se requiere una
adecuada coordinación de las iniciativas a nivel supradiocesano, con el objeto
de realizar una cooperación mediante proyectos comunes que puedan dar mayores
frutos. 287
La misión « Ad gentes »
74. Jesucristo confió a su Iglesia la
misión de evangelizar a todas las naciones: « Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado » (Mt 28, 19-20). La conciencia de la
universalidad de la misión evangelizadora que la Iglesia ha recibido debe
permanecer viva, como lo ha demostrado siempre la historia del pueblo de Dios
que peregrina en América. La evangelización se hace más urgente respecto a
aquéllos que viviendo en este Continente aún no conocen el nombre de Jesús, el
único nombre dado a los hombres para su salvación (cf. Hch 4, 12). Lamentablemente, este
nombre es desconocido todavía en gran parte de la humanidad y en muchos
ambientes de la sociedad americana. Baste pensar en las etnias indígenas aún no
cristianizadas o en la presencia de religiones no cristianas, como el Islam, el
Budismo o el Hinduismo, sobre todo en los inmigrantes provenientes de Asia.
Ello obliga a la Iglesia universal, y en particular a la Iglesia en América,
a permanecer abierta a la misión Ad gentes.
288 El programa de una nueva evangelización en el Continente, objetivo de
muchos proyectos pastorales, no puede limitarse a revitalizar la fe de los
creyentes rutinarios, sino que ha de buscar también anunciar a Cristo en los
ambientes donde es desconocido.
Además, las Iglesias particulares de América están llamadas a extender su
impulso evangelizador más allá de sus fronteras continentales. No pueden
guardar para sí las inmensas riquezas de su patrimonio cristiano. Han de
llevarlo al mundo entero y comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen. Se
trata de muchos millones de hombres y mujeres que, sin la fe, padecen la más
grave de las pobrezas. Ante esta pobreza sería erróneo no favorecer una
actividad evangelizadora fuera del Continente con el pretexto de que todavía
queda mucho por hacer en América o en la espera de llegar antes a una
situación, en el fondo utópica, de plena realización de la Iglesia en América.
Con el deseo de que el Continente americano participe, de acuerdo con su
vitalidad cristiana, en la gran tarea de la misión Ad gentes, hago mías las propuestas concretas
que los Padres sinodales presentaron en orden a « fomentar una mayor
cooperación entre las Iglesias hermanas; enviar misioneros (sacerdotes,
consagrados y fieles laicos) dentro y fuera del Continente; fortalecer o crear
Institutos misionales; favorecer la dimensión misionera de la vida consagrada y
contemplativa; dar un mayor impulso a la animación, formación y organización
misional ». 289 Estoy seguro de que el celo pastoral de los Obispos
y de los demás hijos de la Iglesia en toda América sabrá encontrar iniciativas
concretas, incluso a nivel internacional, que lleven a la práctica, con gran
dinamismo y creatividad, estos propósitos misionales.
CONCLUSIÓN
Con esperanza y gratitud
75. « He aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo » (Mt
28, 20). Confiando en esta promesa del Señor, la Iglesia que peregrina en
el Continente americano se dispone con entusiasmo a afrontar los desafíos del mundo
actual y los que el futuro pueda deparar. En el Evangelio la buena noticia de
la resurrección del Señor va acompañada de la invitación a no temer (cf. Mt 28, 5.10). La Iglesia en América
quiere caminar en la esperanza, como expresaron los Padres sinodales: « Con una
confianza serena en el Señor de la historia, la Iglesia se dispone a traspasar
el umbral del Tercer milenio sin prejuicios ni pusilanimidad, sin egoísmo, sin
temor ni dudas, persuadida del servicio primordial que debe prestar en
testimonio de fidelidad a Dios y a los hombres y mujeres del Continente ».
290
Además, la Iglesia en América se siente particularmente
impulsada a caminar en la fe respondiendo con gratitud al amor de Jesús, « manifestación
encarnada del amor misericordioso de Dios (cf. Jn 3, 16) ». 291 La
celebración del inicio del Tercer milenio cristiano puede ser una ocasión
oportuna para que el pueblo de Dios en América renueve « su gratitud por el
gran don de la fe », 292 que comenzó a recibir hace cinco siglos. El
año 1492, más allá de los aspectos históricos y políticos, fue el gran año de
gracia por la fe recibida en América, una fe que anuncia el supremo beneficio
de la Encarnación del Hijo de Dios, que tuvo lugar hace 2000 años, como
recordaremos solemnemente en el Gran Jubileo tan cercano.
Este doble sentimiento de esperanza y gratitud ha de acompañar toda la
acción pastoral de la Iglesia en el Continente, impregnando de espíritu jubilar
las diversas iniciativas de las diócesis, parroquias, comunidades de vida
consagrada, movimientos eclesiales, así como las actividades que puedan
organizarse a nivel regional y continental. 293
Oración a Jesucristo por las familias de América
76. Por tanto, invito a todos los católicos de América a
tomar parte activa en las iniciativas evangelizadoras que el Espíritu Santo
vaya suscitando a lo largo y ancho de este inmenso Continente, tan lleno de
posibilidades y de esperanzas para el futuro. De modo especial invito a las
familias católicas a ser « iglesias domésticas », 294 donde se vive
y se transmite a las nuevas generaciones la fe cristiana como un tesoro, y
donde se ora en común. Si las familias católicas realizan en sí mismas el ideal
al que están llamadas por voluntad de Dios, se convertirán en verdaderos focos
de evangelización.
Al concluir esta Exhortación Apostólica, con la que he recogido las
propuestas de los Padres sinodales, acojo gustoso su sugerencia de redactar una
oración por las familias en América. 295 Invito a cada uno, a las
comunidades y grupos eclesiales, donde dos o más se reúnen en nombre del Señor,
para que a través de la oración se refuerce el lazo espiritual de unión entre
todos los católicos americanos. Que todos se unan a la súplica del Sucesor de
Pedro, invocando a Jesucristo, « camino para la conversión, la comunión y la
solidaridad en América »:
Señor Jesucristo, te agradecemos
que el Evangelio del Amor del Padre,
con el que Tú viniste a salvar al mundo,
haya sido proclamado ampliamente en América
como don del Espíritu Santo
que hace florecer nuestra alegría.
Te damos gracias por la ofrenda de tu vida,
que nos entregaste amándonos hasta el extremo,
y nos hace hijos de Dios
y hermanos entre nosotros.
Aumenta, Señor, nuestra fe y amor a ti,
que estás presente
en tantos sagrarios del Continente.
Concédenos ser fieles testigos de tu Resurrección
ante las nuevas generaciones de América,
para que conociéndote te sigan
y encuentren en ti su paz y su alegría.
Sólo así podrán sentirse hermanos
de todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.
Tú, que al hacerte hombre
quisiste ser miembro de una familia humana,
enseña a las familias
las virtudes que resplandecieron
en la casa de Nazaret.
Haz que permanezcan unidas,
como Tú y el Padre sois Uno,
y sean vivo testimonio de amor,
de justicia y solidaridad;
que sean escuela de respeto,
de perdón y mutua ayuda,
para que el mundo crea;
que sean fuente de vocaciones
al sacerdocio,
a la vida consagrada
y a las demás formas
de intenso compromiso cristiano.
Protege a tu Iglesia y al Sucesor de Pedro,
a quien Tú, Buen Pastor, has confiado
la misión de apacentar todo tu rebaño.
Haz que tu Iglesia florezca en América
y multiplique sus frutos de santidad.
Enséñanos a amar a tu Madre, María,
como la amaste Tú.
Danos fuerza para anunciar con valentía tu Palabra
en la tarea de la nueva evangelización,
para corroborar la esperanza en el mundo.
¡Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de América,
ruega por nosotros!
Dado en Ciudad de México, el 22
de enero del año 1999,
vigésimo primero de mi Pontificado.
_____________
NOTAS FINALES
(1) Al respecto, es elocuente la antigua inscripción en el baptisterio de
San Juan de Letrán: « Virgineo foetu Genitrix Ecclesia natos quos spirante Deo
concipit amne parit » (E. Diehl, Inscriptiones latinae christianae veteres,
n. 1513, I. I: Berolini 1925, p. 289).
(2) Homilía en la Ordenación de diáconos y presbíteros en Bogotá (22 de
agosto de 1968): AAS 60 (1968), 614-615.
(3) N. 17: AAS 85 (1993), 820.
(4) N. 38: AAS 87 (1995), 30.
(5) Discurso de apertura de la IV Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano (12 de octubre de 1992), 17: AAS 85 (1993), 820-821.
(6) Carta ap. Tertio Millennio Adveniente
(10 de noviembre de 1994), 21: AAS 87 (1995), 17.
(7) Discurso de apertura de la IV Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano (12 de octubre de 1992), 17: AAS 85 (1993), 820.
(8) Cf. Carta ap. Tertio Millennio Adveniente
(10 de noviembre de 1994), 38: AAS 87 (1995), 30.
(9) 2 Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III: AAS
75 (1983), 778.
(10) Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 454.
(11) Propositio 3.
(12) S. Agustín, Tract. in Joh 15, 11: CCL 36, 154.
(13) Ibíd 15, 17: l.c 156.
(14) « Salvator... ascensionis suae eam (Mariam Magdalenam) ad apostolos
instituit apostolam ». Rábano Mauro, De vita beatae Mariae Magdalenae,
27: PL 112, 1574. Cf. S. Pedro Damián, Sermo 56: PL 144,
820; Hugo de Cluny, Commonitorium: PL 159, 952; S. Tomás de
Aquino, In Joh. Evang. expositio, 20, 3.
(15) Discurso en la clausura del Año Santo (25 de diciembre de 1975):
AAS 68 (1976), 145.
(16) Propositio 9; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium
et spes, 22.
(17) Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de
1987), 21: AAS 79 (1987), 369.
(18) Propositio 5.
(19) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje a
los pueblos de América Latina, Puebla, febrero de 1997, 282. Para los
Estados Unidos de América, cf. National Conference of Catholic Bishops, Behold
Your Mother Woman of Faith, Washington 1973, 53-55.
(20) Cf. Propositio 6.
(21) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo (12 de octubre de 1992), 24: AAS
85 (1993), 826.
(22) Cf. National Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother
Woman of Faith, Washington 1973, 37.
(23) Cf. Propositio 6.
(24) Propositio 4.
(25) Cf. ibíd.
(26) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum concilium, 7.
(27) Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre de 1965): AAS 57
(1965), 764.
(28) Ibíd l.c 766.
(29) Propositio 4.
(30) Discurso en la última sesión pública del Concilio Vaticano II (7
de diciembre de 1965): AAS 58 (1966), 58.
(31) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. Reconciliatio et Paenitentia
(2 de diciembre de 1984), 16: AAS 77 (1985), 214-217.
(32) Cf. Propositio 61.
(33) Propositio 29.
(34) Cf. Bula Sacrosancti apostolatus cura (11 de agosto de 1670), §
3: Bullarium Romanum, 26VII, 42.
(35) Entre otros pueden citarse: los mártires Juan de Brebeuf y sus siete
compañeros, Roque González y sus dos compañeros; los santos Elizabeth Ann
Seton, Margarita Bourgeoys, Pedro Claver, Juan del Castillo, Rosa Philippine
Duchesne, Margarita d'Youville, Francisco Febres Cordero, Teresa Fernández
Solar de los Andes, Juan Macías, Toribio de Mogrovejo, Ezequiel Moreno Díaz,
Juan Nepomuceno Neumann, María Ana de Jesús Paredes Flores, Martín de Porres,
Alfonso Rodríguez, Francisco Solano, Francisca Xavier Cabrini; los beatos José
de Anchieta, Pedro de San José Betancurt, Juan Diego, Katherine Drexel, María
Encarnación Rosal, Rafael Guízar Valencia, Dina Bélanger, Alberto Hurtado
Cruchaga, Elías del Socorro Nieves, María Francisca de Jesús Rubatto, Mercedes
de Jesús Molina, Narcisa de Jesús Martillo Morán, Miguel Agustín Pro, María de
San José Alvarado Cardozo, Junípero Serra, Kateri Tekawitha, Laura Vicuña,
Antônio de Sant'Anna Galvâo y tantos otros beatos que son invocados con fe y
devoción por los pueblos de América (cf. Instrumentum laboris, 17).
(36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 50.
(37) Propositio 31.
(38) Propositio 30.
(39) N. 37: AAS 87 (1995), 29; cf. Propositio 31.
(40) Propositio 21.
(41) Cf. ibíd.
(42) Cf. ibíd.
(43) Cf. ibíd.
(44) Cf. Propositio 18.
(45) Propositio 19.
(46) Decr. Orientalium ecclesiarum
católicas, 5; cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can.
28; Propositio 60.
(47) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater
(25 de marzo de 1987), 34: AAS 79 (1987), 406; Sínodo de los Obispos,
Asamblea Especial para Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos
liberavit (13 de diciembre de 1991), III, 7: Ench. Vat. 13, 647-652.
(48) Cf. Propositio 60.
(49) Cf. Propositiones 23 y 24.
(50) Propositio 73.
(51) Propositio 72; cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus
Annus (1 de mayo de 1991), 46: AAS 83 (1991), 850.
(52) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para Europa, Decl. Ut
testes simus Christi qui nos liberavit (13 de diciembre de 1991), I, 1; II,
4; IV, 10: Ench. Vat. 13, n. 613-615; 627-633; 660-669.
(53) Propositio 72.
(54) Ibíd.
(55) Cf. Propositio 74.
(56) Carta ap. Octogesima adveniens (14 de mayo de 1971), 8-9: AAS 63
(1971), 406-408.
(57) Propositio 35.
(58) Cf. ibíd.
(59) Propositio 75.
(60) Cf. Pontificia Comisión « Iustitia et Pax », Al servicio de la
comunidad humana: una consideración ética de la deuda internacional (27 de
diciembre de 1986): Ench. Vat. 10, 1045-1128.
(61) Propositio 75.
(62) Propositio 37.
(63) N. 5: AAS 90 (1998), 152.
(64) Propositio 38.
(65) Ibíd.
(66) Propositio 36.
(67) Cf. ibíd.
(68) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria,
Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute
mundi (7 de diciembre de 1985), II, B, a, 2: Ench. Vat. 9, 1795.
(69) Propositio 30.
(70) Propositio 34.
(71) Ibíd.
(72) Ibíd.
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 31.
(74) Cf. id Const. past. Gaudium et spes, 76;
Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 42: AAS 81 (1989), 472-474.
(75) Propositio 26.
(76) Ibíd.
(77) Propositio 28.
(78) Ibíd.
(79) Ibíd.
(80) Propositio 27.
(81) Ibíd.
(82) Cf. ibíd.
(83) Decr. Perfectae caritatis, 7;
cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita Consecrata (25 de marzo de
1996), 8: AAS 88 (1996), 382.
(84) Propositio 27.
(85) Cf. Propositio 28.
(86) Cf. Propositio 29.
(87) Cf. Lumen gentium, V; cf.
Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación final Ecclesia
sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre
de 1985), II, A, 4-5: Ench. Vat. 9, 1791-1793.
(88) Propositio 29.
(89) Ibíd.
(90) Propositio 32.
(91) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini
(31 de mayo de 1998), 40: AAS 90 (1998), 738.
(92) Propositio 33.
(93) Cf. Enc. Redemptor Hominis (4 de marzo
de 1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316.
(94) Propositio 33.
(95) Ibíd.
(96) Ibíd.
(97) Propositio 40; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
2.
(98) 2 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis
notio, a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia
considerada como comunión (28 de mayo de 1992), 3-6: AAS 85 (1993),
839-841.
(99) 2 Propositio 40.
(100) Ibíd.
(101) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus, sobre la
Iglesia de Cristo, Prólogo: DS 3051.
(102) Conc. Ecum. de Florencia, Bula de unión Exultate Deo (22 de
noviembre de 1439): DS 1314.
(103) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 11.
(104) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum ordinis, 5.
(105) Propositio 41.
(106) Ibíd.
(107) Cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VII, Decreto sobre los sacramentos
en general, can. 9: DS
1609.
(108) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 26.
(109) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptor Hominis
(4 de marzo de 1979), 20: AAS 71 (1979), 309-316.
(110) Propositio 42; cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies Domini (31 de mayo de 1998), 69: AAS 90
(1998), 755-756.
(111) Propositio 41.
(112) Propositio 42; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum
concilium, 14; Const. dogm. Lumen
gentium, 10.
(113) Cf. Propositio 42.
(114) Propositio 41.
(115) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam actuositatem, 8.
(116) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 23.
(117) Cf. Decreto Christus dominus, 27;
Decreto Presbyterorum ordinis, 7; Pablo
VI, Motu proprio Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966) I, 15-17: AAS
58 (1966), 766-767; Código de Derecho Canónico, cc. 495, 502 y 511; Código
de los Cánones de las Iglesias Orientales, cc. 264, 271 y 272.
(118) Propositio 43.
(119) Cf. Propositio 45.
(120) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio,
a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia
considerada como comunión (28 de mayo de 1992), 15-16: AAS 85 (1993),
847-848.
(121) Cf. ibíd.
(122) Cf. Propositio 44.
(123) Ibíd.
(124) Ibíd.
(125) Cf. Propositio 60.
(126) Propositio 49.
(127) Ibíd.
(128) Ibíd.; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Presbyterorum
ordinis, 14.
(129) Propositio 49.
(130) Ibíd.
(131) Cf. Propositio 51.
(132) Propositio 48.
(133) Propositio 51.
(134) Propositio 52.
(135) Cf. ibíd.
(136) Cf. ibíd.
(137) Cf. Propositio 46.
(138) Ibíd.
(139) Ibíd.
(140) Propositio 35.
(141) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo
Domingo, octubre de 1992, Nueva evangelización, promoción humana y cultura
cristiana, 58.
(142) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Missio
(7 de diciembre de 1990), 51: AAS 83 (1991), 298-299.
(143) Propositio 35.
(144) Cf. Propositio 46.
(145) Ibíd.
(146) Cf. Const. dogm. Lumen gentium, 29;
Pablo VI, Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem (18 de junio de 1967),
I, 1: AAS 59 (1967), 599.
(147) Propositio 50.
(148) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 29.
(149) Cf. Propositio 50; Congr. para la Educación Católica y Congr.
para el Clero, Instr. Ratio fundamentalis institutionis diaconorum
permanentium y Directorium pro ministerio et vita diaconorum
permanentium (22 de febrero de 1998): AAS 90 (1998), 843-926.
(150) Cf. Propositio 53.
(151) Ibíd.; cf. III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de América Latina, Puebla 1979,
n. 775.
(152) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Vita Consecrata (25 de marzo de
1996), 57: AAS 88 (1996), 429-430.
(153) Cf. ibíd 58: l.c 430.
(154) Propositio 53.
(155) Ibíd.
(156) Propositio 54.
(157) Ibíd.
(158) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 31.
(159) Propositio 55; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium, 34.
(160) Propositio 55.
(161) Cf. ibíd.
(162) Propositio 56.
(163) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 23: AAS 81 (1989), 429-433.
(164) Cf. Congregación para el Clero y otras, Instruc. Ecclesiae de
mysterio (15 de agosto de 1997): AAS 89 (1997), 852-877.
(165) Propositio 56.
(166) Ibíd.
(167) Cf. Carta ap. Mulieris Dignitatem (15
de agosto de 1988): AAS 80 (1988), 1653-1729 y Carta a las mujeres
(29 de junio de 1995): AAS 87 (1995), 803-812; Propositio 11.
(168) Cf. Carta ap. Mulieris Dignitatem
(15 de agosto de 1988), 31: AAS 80 (1988), 1728.
(169) Propositio 11.
(170) Ibíd.
(171) Ibíd..
(172) Ibíd.
(173) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 49: AAS 81 (1989), 486-489.
(174) Propositio 12.
(175) Ibíd.
(176) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 11.
(177) Ibíd.
(178) Cf. Propositio 12.
(179) Propositio 14.
(180) Ibíd.
(181) Ibíd.
(182) Propositio 15.
(183) Ibíd.
(184) Ibíd.
(185) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 3.
(186) Propositio 61.
(187) Ibíd.
(188) Decr. Unitatis redintegratio, 3.
(189) Cf. Propositio 62.
(190) Cf. Sínodo de los Obispos, Asamblea Especial para Europa, Decl. Ut
testes simus Christi qui nos liberavit (13 de diciembre de 1991), III, 8: Ench.
Vat. 13, 653-655.
(191) Propositio 62.
(192) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra
aetate con las religiones no cristianas, 2.
(193) Cf. Propositio 63.
(194) Ibíd.
(195) Propositio 67.
(196) Cf. ibíd.
(197) Propositio 68.
(198) Ibíd.
(199) Propositio 69.
(200) Cf. Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria,
Relación final Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute
mundi (7 de diciembre de 1985), II, B, a, 4: Ench. Vat. 9, 1797;
Juan Pablo II, Const. ap. Fidei
Depositum (11 de octubre de 1992): AAS 86 (1994), 117; Catecismo
de la Iglesia Católica, 24.
(201) Propositio 69.
(202) Propositio 74.
(203) Ibíd.
(204) Cf. Propositio 67.
(205) Propositio 70.
(206) Ibíd.
(207) Cf. Propositio 73.
(208) Cf. Propositio 70.
(209) Propositio 72.
(210) Ibíd.
(211) Ibíd.
(212) III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje a
los pueblos de América Latina, Puebla 1979, n. 306.
(213) Propositio 73.
(214) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis
conscientia (22 de marzo de 1986), 68: AAS 79 (1987), 583-584.
(215) Propositio 73.
(216) Cf. Propositio 75.
(217) Carta ap. Tertio Millennio Adveniente
(10 de noviembre de 1994), 51: AAS 87 (1995), 36.
(218) Propositio 75.
(219) Ibíd.
(220) Propositio 37.
(221) Cf. ibíd. Sobre la publicación de estos documentos, cf. Juan
Pablo II, Motu proprio Apostolos suos (21
de mayo de 1998), IV: AAS 90 (1998), 657.
(222) Cf. Propositio 38.
(223) Cf. ibíd.
(224) Cf. ibíd.
(225) Cf. ibíd.
(226) Cf. Pontificio Consejo « Justicia y Paz », El Comercio
Internacional de Armas. Una reflexión ética (1 de mayo de 1994): Ench.
Vat. 14, 1071-1154.
(227) Cf. Propositio 76.
(228) Ibíd.
(229) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2267, que cita a Juan Pablo II,
Enc. Evangelium Vitae (25 de marzo de 1995),
56: AAS 87 (1995), 463-464.
(230) Cf. Propositio 13.
(231) Cf. ibíd.
(232) Cf. ibíd.
(233) Ibíd.
(234) Cf. Propositio 19.
(235) Cf. Propositio 18.
(236) Propositio 20.
(237) Cf. Congregación para los Obispos, Instr. Nemo est (22 de
agosto de 1969), 16: AAS 61 (1969), 621-622; Código de Derecho
Canónico, cc. 294 y 518; Código de los Cánones de las Iglesias
Orientales, c. 280 § 1.
(238) Cf. ibíd.
(239) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 33: AAS 81 (1989), 453.
(240) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 31.
(241) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(242) Cf. ibíd 2, l.c 394-397.
(243) Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de
1975), 14: AAS 68 (1976), 13.
(244) Cf. Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 de
diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989), 455.
(245) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), III: AAS
75 (1983), 778.
(246) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre
de 1975), 22: AAS 68 (1976), 20.
(247) Cf. ibíd 7, l.c 9-10.
(248) Juan Pablo II, Mensaje al CELAM (14 de septiembre de 1997), 6: L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 3 de octubre de 1997, p. 20.
(249) Propositio 8.
(250) Cf. Propositio 57.
(251) Cf. Propositio 16.
(252) Ibíd.
(253) Propositio 2.
(254) Ibíd.
(255) Ibíd.
(256) Propositio 10.
(257) Sínodo de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria,
Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute
mundi (7 de diciembre de 1985), II, B, a, 4: Ench. Vat. 9, 1797.
(258) Cf. Carta ap. Laetamur magnopere (15 de agosto de 1997): AAS
89 (1997), 819-821.
(259) Congr. para el Clero, Directorio
general para la catequesis (15 de agosto de 1997), Libreria Editrice
Vaticana, 1997.
(260) Propositio 10.
(261) Ibíd.
(262) Ibíd.
(263) Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 20: AAS 68
(1976), 19.
(264) Propositio 17.
(265) Cf. ibíd.
(266) Cf. ibíd.
(267) Cf. Propositio 22.
(268) Propositio 23.
(269) Cf. ibíd.
(270) Ibíd.
(271) Propositio 24.
(272) Ibíd.
(273) Ibíd.
(274) Cf. Propositio 22.
(275) Cf. ibíd.
(276) Ibíd.
(277) Cf. Propositio 25.
(278) Cf. ibíd.
(279) Cf. ibíd.
(280) Cf. Instrumentum laboris, 45.
(281) Cf. Decreto Unitatis redintegratio, 3.
(282) Cf. Propositio 64.
(283) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.
(284) Cf. Propositio 65.
(285) Ibíd.
(286) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo,
octubre de 1992, Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana,
58.
(287) Cf. Propositio 65.
(288) Cf. Propositio 66.
(289) Ibíd.
(290) Propositio 58.
(291) Ibíd.
(292) Ibíd.
(293) Cf. ibíd.
(294) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 11.
(295) Cf. Propositio 12.
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