Exhortación Apostólica postsinodal
de Juan Pablo II
«Ecclesia
in Asia»
a los obispos, a
los presbíteros y a los diáconos,
a las personas consagradas
y a todos los fieles laicos
sobre Jesucristo el Salvador
y su misión de amor y de servicio en Asia:
"para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10)
INTRODUCCIÓN
Las maravillas del plan de Dios en Asia
1 La
Iglesia en Asia canta las alabanzas del «Dios de la salvación» (Sal 68, 20) por haber elegido iniciar
su plan salvífico en la tierra de Asia, mediante hombres y mujeres de ese
continente. En efecto, fue en Asia donde Dios, desde el principio, reveló y
realizó su proyecto de salvación. Guió a los patriarcas (cf. Gn 12) y llamó a
Moisés para que condujera a su pueblo hacia la libertad (cf. Ex 3, 10). Al pueblo que había elegido
para sí le habló a través de muchos profetas, jueces, reyes e intrépidas
mujeres de fe. En la "plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), envió a su Hijo unigénito,
Jesucristo, el Salvador, que se encarnó como asiático. La Iglesia en Asia,
exultando por la bondad de los pueblos del continente, por las culturas y la
vitalidad religiosa, y, al mismo tiempo, consciente de la unicidad del don de
la fe recibida para el bien de todos, no puede dejar de proclamar: «Dad gracias
al Señor, porque es bueno; porque es eterna su misericordia» (Sal 118, 1).
Dado que Jesús nació, vivió, murió y resucitó en Tierra
Santa, esa pequeña porción de Asia occidental se ha convertido en tierra de
promesa y de esperanza para todo el género humano. Jesús conoció y amó esa
tierra, haciendo suyos la historia, los sufrimientos y las esperanzas de ese
pueblo; amó a su gente, abrazando las tradiciones y la herencia judías. En
efecto, Dios, ya desde la antigüedad, eligió a ese pueblo y a él se reveló como
preparación para la venida del Salvador. Desde esa tierra, mediante la
predicación del Evangelio, con la fuerza del Espíritu Santo, la Iglesia fue por
doquier a «hacer discípulos a todas las gentes» (cf. Mt 28, 19). Juntamente con la
comunidad eclesial, extendida por el mundo, la Iglesia en Asia atravesará el
umbral del tercer milenio cristiano contemplando con estupor lo que Dios ha
realizado desde el principio hasta hoy, y fortalecido por la convicción de que
«como en el primer milenio la cruz fue plantada en Europa y en el segundo
milenio en América y Africa, así en el tercer milenio se pueda recoger una gran
cosecha de fe en este continente tan vasto y con tanta vitalidad» (1).
La preparación para la Asamblea especial
2. En la carta apostólica Tertio
Millennio Adveniente, tracé a la Iglesia, con vistas al tercer
milenio del cristianismo, un programa centrado en los desafíos de la nueva
evangelización. Un elemento importante de ese plan era la celebración de
Sínodos continentales, a fin de que los obispos pudieran afrontar la tarea de
la evangelización según las situaciones locales y las necesidades de cada
continente. Esta serie de sínodos, vinculados por el tema común de la nueva
evangelización, ha constituido una importante contribución a la preparación de
la Iglesia para el gran jubileo del año 2000.
En esa misma carta, refiriéndome a la Asamblea especial para Asia del Sínodo
de los Obispos, afirmé que en esa parte del mundo «está más acentuado el tema
del encuentro del cristianismo con las antiguas culturas y religiones locales.
Este es un gran desafío para la evangelización, dado que sistemas religiosos
como el budismo o el hinduismo se presentan con un claro carácter
soteriológico» (2). Es realmente un misterio el hecho de que el Salvador del
mundo, nacido en Asia, haya permanecido hasta ahora tan desconocido de los
pueblos del continente asiático. El Sínodo ha brindado a la Iglesia que está en
Asia una oportunidad providencial para reflexionar en ese misterio y para
renovar su compromiso en el cumplimiento de la misión de dar a conocer mejor a
todos a Jesucristo. Dos meses después de la publicación de la Carta apostólica Tertio
millenio adveniente, dirigiéndome a la sexta Asamblea plenaria de la
Federación de las Conferencias Episcopales de Asia, en Manila (Filipinas),
durante las inolvidables celebraciones de la X Jornada mundial de la Juventud,
recordé a los obispos: «Si la Iglesia en Asia debe cumplir su destino
providencial, la evangelización, como predicación alegre, paciente y progresiva
de la muerte y resurrección salvífica de Jesucristo, debe ser vuestra prioridad
absoluta» (3).
A lo largo de la fase preparatoria se puso de manifiesto
la respuesta positiva de los obispos y de las Iglesias particulares a la
propuesta de una Asamblea especial para Asia del Sínodo de los Obispos. En las
diversas etapas, comunicaron sus deseos y opiniones con franqueza y profundo
conocimiento del continente, plenamente conscientes del vínculo de comunión que
los une a la Iglesia universal. En línea con la idea original de la Carta Tertio
Millennio Adveniente y siguiendo las propuestas del Consejo
Presinodal que había evaluado las opiniones de los obispos y de las Iglesias
particulares en el continente asiático, elegí como tema del Sínodo:
«Jesucristo, el Salvador, y su misión de amor y servicio en Asia: "para
que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10)». Mediante esta particular
formulación del tema, era mí deseo que el Sínodo «ilustrara y profundizara la
verdad sobre Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres y único
Redentor del mundo, distinguiéndolo claramente de los fundadores de otras
grandes religiones» (4). Mientras nos acercamos al gran jubileo, la Iglesia en
Asia necesita ser capaz de proclamar con renovado vigor: Ecce natus est nobis
Salvator mundi, «Nos ha nacido el Salvador del mundo».. ¡ha nacido en
Asia!
La celebración de la Asamblea especial
3. Por gracia de Dios, la Asamblea especial para
Asia del Sínodo de los Obispos se desarrolló del 18 de abril al 14 de mayo de
1998 en el Vaticano, después de las Asambleas para Africa (1994) y para América
(1997), y antes de la Asamblea especial para Oceanía, que tuvo lugar a fines
del año 1998. Durante casi un mes, los padres sinodales y los demás
participantes, reunidos en torno al Sucesor de Pedro y compartiendo el don de
la comunión jerárquica, dieron voz y rostro a la Iglesia en Asia. Sin lugar a
dudas, se trató de un momento especial de gracia (5). Anteriores reuniones de
obispos de Asía habían contribuido a la preparación del Sínodo, haciendo
posible un clima de intensa comunión eclesial y fraterna. A este respecto,
fueron de especial importancia las precedentes asambleas plenarias y los seminarios
organizados por la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia y por sus
oficinas, que congregaron periódicamente a gran número de obispos de Asia,
promoviendo entre ellos vínculos y lazos ministeriales. En algunos de esos
encuentros tuve la dicha de participar, presidiendo a veces las solemnes
celebraciones eucarísticas de apertura o clausura. En esas circunstancias, pude
observar directamente el encuentro en el diálogo entre las Iglesias
particulares, incluidas las Iglesias orientales, en las personas de sus
pastores. Esas y otras asambleas regionales de los obispos de Asia sirvieron
providencialmente para la preparación remota de la Asamblea sinodal.
La celebración efectiva del Sínodo mismo confirmó la importancia del diálogo
como estilo característico de la vida de la Iglesia en Asía. Una
intercomunicación sincera y honrada de experiencias, de ideas y de propuestas
se manifestó como el camino para un genuino encuentro de almas, una comunión de
mentes y corazones que, en el amor, respeta y trasciende las diferencias. Fue
especialmente conmovedor el encuentro de las Iglesias nuevas con las antiguas,
que se remontan hasta los Apóstoles. Experimentamos la alegría incomparable de
ver a los pastores de las Iglesias particulares que están en Myanmar, Vietnam,
Laos, Camboya, Mongolia, Siberia, y en las nuevas repúblicas de Asia central,
sentados al lado de sus hermanos, que desde hacia mucho tiempo deseaban
encontrarse y dialogar con ellos. Sin embargo, se sintió tristeza por el hecho
de que los obispos de China continental no pudieron estar presentes. Su
ausencia se transformó en un recuerdo constante de los sacrificios heroicos y
de los sufrimientos que la Iglesia sigue afrontando en muchas partes de Asia.
El encuentro en el diálogo de los obispos con el Sucesor
de Pedro, al que se le ha encomendado la misión de confirmar a los hermanos
(cf. Lc 22, 32), sirvió para
fortalecerlos en la fe y en la misión. Día tras día, el aula sinodal y las
salas de reunión se llenaron de testimonios de fe profunda, de amor dispuesto
al sacrificio, de esperanza inquebrantable, de compromiso que supera largas
pruebas, de valentía perseverante y de perdón misericordioso. En las diversas
exposiciones se manifestó de forma elocuente la verdad de las palabras de
Jesús: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28, 20). El Sínodo fue un momento
de gracia, un encuentro con el Salvador que sigue estando presente en su Iglesia
mediante la fuerza del Espíritu Santo, experimentada en el diálogo fraterno de
vida, de comunión y de misión.
Compartir los frutos de la Asamblea especial
4.
Mediante esta Exhortación postsinodal, deseo compartir con la Iglesia que
está en Asia y en el mundo entero los frutos de la Asamblea especial. Este
documento trata de ofrecer la riqueza del Sínodo, gran acontecimiento
espiritual de comunión y colegialidad episcopal, que fue ante todo una memoria
celebrativa de las raíces asiáticas del cristianismo. Los padres sinodales
rememoraron la primera comunidad cristiana, la Iglesia primitiva, el pequeño
rebaño de Jesús en ese inmenso continente (cf. Lc 12, 32). Asimismo, recordaron lo
que la Iglesia recibió y escuchó desde los inicios (cf. Ap 3, 3) y, después de hacer memoria,
celebraron «la inmensa bondad» de Dios (cf. Sal 145, 7), que nunca falla. El
Sínodo fue también una ocasión para reconocer las antiguas tradiciones
religiosas y civilizaciones, las profundas filosofías y la sabiduría que
plasmaron la Asia actual. Por encima de todo, se puso de relieve que los
pueblos mismos de Asía constituyen la verdadera riqueza del continente y la
esperanza para el futuro. Durante el Sínodo, todos los que estábamos presentes
fuimos testigos de un encuentro extraordinariamente rico en frutos entre las
antiguas y las nuevas culturas y civilizaciones de Asia, admirables en sus
diferencias y coincidencias, especialmente cuando símbolos, cantos, danzas y
colores se reunieron con gran armonía en torno a la única Mesa del Señor en las
liturgias eucarísticas de apertura y clausura.
El Sínodo no fue una celebración motivada por el orgullo
por los resultados humanos conseguidos, sino un acontecimiento consciente de lo
que el Altísimo ha hecho por la Iglesia que está en Asia (cf. Lc 1, 49). Recordando la humilde condición
de la comunidad católica, así como la debilidad de sus miembros, el Sínodo fue
también una llamada a la conversión, para que la Iglesia en Asia sea cada vez
más digna de las gracias que Dios le ofrece continuamente.
Además de memoria y celebración, el Sínodo fue una
ardiente afirmación de fe en Jesucristo Salvador. Dando gracias por el don de
la fe, los padres sinodales no encontraron mejor modo de celebrarla que
afirmaría en su integridad, reflexionando sobre ella en relación con los
contextos en medio de los cuales debe ser proclamada y profesada actualmente en
Asia. Frecuentemente subrayaron que la fe ya es proclamada con confianza y
valentía en el continente, incluso en medio de grandes dificultades. En nombre
de tantos millones de hombres y mujeres de Asía que no depositan su confianza
en nadie fuera del Señor, los padres sinodales confesaron: «Nosotros hemos
creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 69). Frente a las múltiples cuestiones
dolorosas relacionadas con el sufrimiento, la violencia, la discriminación y la
pobreza, que afectan a la mayoría de los pueblos de Asía, oraron así: «Creo;
ayuda a mi incredulidad» (Mc 9, 24).
En 1995 invité a los obispos de Asia, reunidos en Manila, a «abrir de par en
par en Asia las puertas a Cristo» (6). Los padres sinodales, confiando en el
misterio de comunión con los innumerables y a menudo desconocidos mártires de
la fe en Asia, y confirmados en la esperanza por la constante presencia del
Espíritu Santo, llamaron valientemente a los discípulos de Cristo en Asia a un
nuevo compromiso en la misión. Durante la Asamblea sinodal, los obispos y demás
participantes dieron testimonio del carácter, del fuego espiritual y del celo
que ciertamente convierten a Asía en tierra de una abundante cosecha en el
próximo milenio.
CAPÍTULO I
EL CONTEXTO DE ASIA
Asia, lugar de nacimiento de Jesús y de la
Iglesia
5.
La encarnación del Hijo de Dios, que la Iglesia entera conmemorará en el
gran jubileo del año 2000 tuvo lugar en un contexto histórico y geográfico muy
concreto, que ejerció un importante influjo en la vida y en la misión del
Redentor en cuanto hombre. «Dios asumió en Jesús de Nazaret las características
propias de la naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del hombre
a un pueblo concreto y a una tierra determinada (...).La concreción física de
la tierra y de su emplazamiento geográfico está unida a la verdad de la carne
humana asumida por el Verbo» (7) Por consiguiente, conocer el mundo en el que
el Salvador «vino a habitar entre nosotros» (cf. Jn 1, 14) es una clave importante para
comprender de forma más precisa el plan del Padre eterno y la inmensidad de su
amor a toda criatura: «Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo
único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).
Del mismo modo, la Iglesia vive y cumple su misión en circunstancias
concretas de tiempo y espacio. Si el pueblo de Dios en Asia quiere responder,
mediante la nueva evangelización, a la voluntad de Dios sobre él, debe tomar
profunda conciencia de las complejas realidades de ese continente. Los padres
sinodales subrayaron que la misión de amor y servicio de la Iglesia en Asia se
halla condicionada por dos factores: en primer lugar, por la comprensión de sí
misma como comunidad de los discípulos de Jesucristo, reunida en torno a sus
pastores; y en segundo lugar, por las realidades sociales, políticas,
religiosas, culturales y económicas muy diversas en el inmenso continente
asiático (8), examinadas detalladamente durante el Sínodo por cuantos viven
diariamente en contacto con ellas. Lo que sigue es, en síntesis, el resultado
de las reflexiones de los padres sinodales.
Realidades religiosas y culturales
6. Asia es el continente más vasto tierra y
está habitado por cerca de dos tercios de la población mundial, mientras China
e India juntas constituyen casi la mitad de la población total del globo. Lo
que más impresiona del continente es la variedad de sus poblaciones, «herederas
de antiguas culturas, religiones y tradiciones» (9). No podemos por menos de
quedar asombrados por la enorme cantidad de la población asiática y por el
variado mosaico de sus numerosas culturas, lenguas, creencias y tradiciones,
que abarcan una parte realmente notable de la historia y del patrimonio de la
familia humana.
Asia es también la cuna de las mayores religiones del mundo, como el
judaísmo, el cristianismo, el islamismo y el hinduismo. Es el lugar de
nacimiento de muchas otras tradiciones espirituales, como el budismo el
taoísmo, el confucianismo, el zoroastrismo, el jainísmo, el sijismo y el
sintoísmo. Además, millones de personas siguen otras religiones tradicionales o
tribales, con varios grados de ritos, estructuras y enseñanzas religiosas
formales. La Iglesia siente un respeto muy profundo hacía estas tradiciones, y
trata de entablar un diálogo sincero con sus seguidores. Los valores religiosos
que esas tradiciones enseñan esperan su cumplimiento en Jesucristo.
Los pueblos de Asía se sienten orgullosos de sus valores religiosos y culturales
típicos, como por ejemplo: el amor al silencio y a la contemplación, la
sencillez, la armonía, el desapego, la no violencia, el espíritu de duro
trabajo, de disciplina y de vida frugal, y la sed de conocimiento e
investigación filosófica (10). Aprecian mucho los valores del respeto a la
vida, la compasión por todo ser vivo, la cercanía a la naturaleza, el respeto
filial a los padres, a los ancianos y a los antepasados, y tienen un sentido de
comunidad muy desarrollado (11). De modo muy particular, consideran la familia
como una fuente vital de fuerza, como una comunidad muy integrada, que posee un
fuerte sentido de la solidaridad (12). Los pueblos de Asia son conocidos por su
espíritu de tolerancia religiosa y coexistencia pacífica. Sin negar la presencia
de fuertes tensiones y violentos conflictos, se puede decir que Asia ha
mostrado a menudo una notable capacidad de adaptación y una apertura natural al
enriquecimiento recíproco de los pueblos, en la pluralidad de religiones y
culturas. Además, a pesar del influjo de la modernización y la secularización,
las religiones de Asia dan signos de gran vitalidad y capacidad de renovación,
como se puede ver en los movimientos de reforma en el seno de los diversos
grupos religiosos. Muchos, especialmente entre los jóvenes, sienten una
profunda sed de valores espirituales, como lo demuestra el nacimiento de nuevos
movimientos religiosos.
Todo esto indica una intuición espiritual innata y una sabiduría moral
típica del alma asiática, que constituye el núcleo en torno al cual se edifica
una creciente conciencia de «ser habitante de Asia». Esa conciencia se puede
descubrir y afirmar en la complementariedad y en la armonía más bien que en la
contraposición o en la oposición. En ese marco de complementariedad y armonía,
la Iglesia puede comunicar el Evangelio de un modo que sea fiel tanto a su
propia tradición como al alma asiática.
Realidades económicas y sociales
7. En el ámbito del desarrollo económico, las
situaciones en el continente asiático son muy diversas y no pueden reducirse a
clasificaciones simplificadoras. Algunos países están muy desarrollados; otros
se están desarrollando mediante políticas económicas eficaces; y otros se
encuentran aún en una gran pobreza, y ciertamente entre las naciones más pobres
de la tierra. En el proceso de desarrollo, se están infiltrando el materialismo
y el secularismo especialmente en las áreas urbanas. Estas ideologías, que
minan los valores tradicionales, sociales y religiosos, pueden producir
incalculables daños a las culturas de Asía.
Los padres sinodales han hablado de los rápidos cambios que se están
produciendo en el interior de las sociedades asiáticas y de los aspectos
positivos y negativos de dichos cambios. Entre estos últimos se pueden citar el
fenómeno del urbanismo y la formación de enormes ciudades, a menudo con grandes
áreas de miseria, donde prosperan el crimen organizado, el terrorismo, la
prostitución y la explotación de los sectores más débiles de la sociedad. Otro
de los fenómenos sociales más notables es la emigración, que expone a millones
de personas a situaciones económica, cultural y moralmente difíciles. Las
personas emigran dentro de Asía y desde Asía a otros continentes por muchas
razones, entre las que se hallan la pobreza, la guerra y los conflictos
étnicos, así como la negación de los derechos humanos y de las libertades
fundamentales. La construcción de gigantescos complejos industriales es otra
causa de la emigración interna o hacía el extranjero, con efectos destructores
sobre la vida familiar y sobre los valores que la componen. También se mencionó
la instalación de centrales nucleares, prestando mucha atención a los costes y
a la eficiencia, pero muy poca a la seguridad de las personas y a la integridad
del medio ambiente.
La realidad del turismo exige una atención particular. Aun tratándose de una
industria legítima, con sus propios valores culturales y educativos, el turismo
tiene en algunos casos un influjo devastador sobre la fisonomía moral y física
de numerosos países asiáticos, que se manifiesta bajo forma de degradación de
mujeres jóvenes y también de niños mediante la prostitución (13). La atención
pastoral a los emigrantes y a los turistas es difícil y compleja especialmente
en Asia, donde faltan estructuras adecuadas para ese fin. La planificación
pastoral en todos los niveles debe tener en cuenta estas realidades. Tampoco se
debe descuidar a los emigrantes de las Iglesias católicas orientales, que
necesitan atención pastoral según sus propias tradiciones (14).
Varios países de Asía afrontan actualmente dificultades vinculadas con el
crecimiento de la población, que «no es un simple problema demográfico o
económico, sino sobre todo un problema moral» (15). Es evidente que la cuestión
de la población está íntimamente vinculada a la de la promoción humana, pero
abundan falsas soluciones, que amenazan la dignidad y la inviolabilidad de la
vida y constituyen un desafío especial para la Iglesia en Asía. En este punto
tal vez conviene recordar la contribución de la Iglesia a la defensa y la promoción
de la vida a través de su compromiso en el campo de la salud, en el ámbito del
desarrollo social y en la educación, con especial atención a los pobres. Fue
muy oportuno el homenaje que se rindió a la madre Teresa de Calcuta, «conocida
en el mundo entero por su amor y su solicitud desinteresada por los más pobres
de entre los pobres« (16). La madre Teresa es un icono del servicio a la vida
que la Iglesia presta en Asía, en valiente contraste con las múltiples fuerzas
oscuras que actúan en la sociedad.
Muchos padres sinodales subrayaron los influjos que desde el exterior se
ejercen sobre las culturas asiáticas. Están apareciendo nuevas formas de
conducta, que son resultado de una excesiva exposición a los medios de
comunicación social y al estilo de literatura, música y películas que prolifera
en el continente. Sin negar que los medios de comunicación social pueden ser un
gran recurso para el bien (17), no podemos por menos de considerar el Impacto
negativo que a menudo producen. A veces, los efectos benéficos pueden quedar
anulados por el modo como controlan y usan dichos medios personas que actúan
movidas por intereses políticos, económicos e ideológicos discutibles. Eso
tiene como consecuencia que los aspectos negativos de las industrias de los medios
de comunicación y de entretenimiento ponen en peligro los valores
tradicionales, y en especial la sacralidad del matrimonio y la estabilidad de
la familia. El efecto de imágenes de violencia, hedonismo, individualismo
desenfrenado y materialismo «hiere, en su mismo corazón, las culturas asiáticas
y el carácter religioso de las personas, de las familias y de sociedades
enteras« (18). Se trata de una situación que plantea un gran desafío a la
Iglesia y al anuncio de su mensaje.
La persistente realidad de la pobreza y de la explotación de las personas es
un dato urgente y preocupante. En Asía hay millones de personas oprimidas, que
durante siglos han sido mantenidas económica, cultural y políticamente
marginadas de la sociedad (19). Reflexionando sobre la situación de la mujer en
las sociedades asiáticas, los padres sinodales han notado que «aunque el
despertar de la toma de conciencia de la mujer con respecto a su dignidad y
derechos es uno de los signos más significativos de nuestro tiempo; su pobreza
y su explotación siguen siendo un problema serio en toda Asia» (20). El
analfabetismo femenino es muy superior al masculino; y las niñas corren mayor
peligro de ser abortadas o incluso de ser matadas inmediatamente después del
nacimiento. Además, existen en toda Asía millones de personas indígenas o
pertenecientes a tribus que viven en aislamiento social, cultural y político
con respecto a la población dominante (21). Fue motivo de consuelo escuchar de
labios de los obispos presentes en el Sínodo que, en algunos casos se presta
cada vez mayor atención a estos problemas a nivel nacional, regional e
internacional, y que la Iglesia se esfuerza activamente por afrontar esta seria
situación.
Los padres sinodales afirmaron que la reflexión, necesariamente breve, sobre
los aspectos de las realidades económicas y sociales de Asía no sería completa
sí no se reconociera también el enorme crecimiento económico de muchas
sociedades asiáticas en los últimos decenios: está creciendo día a día una
nueva generación de trabajadores especializados, de científicos y técnicos, y
su elevado número hace presagiar un gran futuro para el desarrollo de Asia. Sin
embargo, no todo es estable y sólido en este proceso: se ha demostrado con
claridad en las recientes y amplías crisis financieras, que han afectado a
muchos países del continente. El futuro de Asía sigue radicando en la
cooperación, tanto en su interior como en relación con las naciones de otros
continentes, pero siempre construyendo sobre lo que los mismos pueblos de Asía
hacen en favor de su propio desarrollo.
Realidades políticas
8. La Iglesia necesita siempre comprender de
modo exacto la situación política en los diversos países donde cumple su
misión. Hoy en Asía, el panorama político es sumamente complejo, con un vasto
conjunto de ideologías que inspiran formas de gobierno que van desde la
democracia hasta la teocracia. Por desgracia, existen aún dictaduras militares
e ideologías ateas. Algunos países reconocen una religión oficial de Estado,
que permite poca libertad de religión a las minorías y a los seguidores de
otras religiones, y a veces ni siquiera la permite.
Otros Estados, aunque no sean explícitamente teocráticos, tienen a las
minorías como ciudadanos de segunda clase, con muy poco respeto a los derechos
humanos fundamentales. En algunos lugares los cristianos son considerados
traidores con respecto a su país (22); son perseguidos y se les niega su
legítimo lugar en la sociedad. Los padres sinodales recordaron de modo especial
al pueblo de China, y expresaron su ferviente deseo de que todos los católicos
chinos puedan un día practicar su religión libremente y profesar abiertamente
su plena comunión con la Sede de Pedro (23).
Aun apreciando los progresos que muchos países asiáticos
están logrando bajo diversas formas de gobierno, los padres sinodales llamaron
la atención también sobre la difundida corrupción que existe, en varios
niveles, tanto en el Gobierno como en la sociedad (24). Con demasiada
frecuencia las personas se sienten incapaces de defenderse a sí mismas frente a
los políticos corruptos, a las autoridades judiciales, a los administradores y
burócratas. Pero en Asía cada vez se toma mayor conciencia de la capacidad del
pueblo para cambiar estructuras injustas. Cada vez se reivindica más una mayor
justicia social, mayor participación en el gobierno y en la vida económica,
iguales oportunidades en el campo de la educación y una justa distribución de
los recursos de la nación. Los ciudadanos están tomando cada vez mayor
conciencia de su propia dignidad y de sus derechos humanos, y cada vez están
más dispuestos a protegerlos. Grupos étnicos, sociales y culturales
minoritarios, que desde hacia mucho tiempo no daban señales de vida, buscan
caminos para convertirse en protagonistas de su propio desarrollo social. El Espíritu
de Dios ayuda y sostiene los esfuerzos que realizan las personas para
transformar la sociedad, a fin de que la búsqueda humana de una vida más
abundante pueda realizarse de la manera querida por Dios (cf. Jn 10, 10).
La Iglesia en Asia: pasado y presente
9 La
historia de la Iglesia en Asia es tan antigua como la Iglesia misma, dado que
precisamente en Asia Jesús insufló en sus discípulos el Espíritu Santo y los
envió hasta los confines de la tierra, para que proclamaran la buena nueva y
congregaran la comunidad de creyentes. «Como el Padre me envió, así también os
envío yo a vosotros« (Jn 20, 21;
cf. Mt 28, 18-20 Mc 16, 15-18; Lc 24, 47, Hch 1, 8). Cumpliendo ese mandato del
Señor, los Apóstoles predicaron la palabra y fundaron Iglesias. Conviene
recordar algunos elementos de esta historia fascinante y compleja, que se
desarrolló en Asia.
Desde Jerusalén, la Iglesia se difundió a Antioquía, a Roma y, más lejos
aún, se extendió hasta Etiopía por el sur, hasta la Escisia por el norte y
hasta la India por el este, adonde, según la tradición, Santo Tomás apóstol
llegó en el año 52 y fundó Iglesias en el sur del país. Durante los siglos III
y IV fue extraordinario el espíritu misionero de la comunidad siria del este,
que tenía su centro en Edesa. Las comunidades ascéticas de Siria representaron
una fuerza fundamental de la evangelización en Asia desde el siglo III en
adelante, y suministraron la energía espiritual de la Iglesia, especialmente
durante los tiempos de persecución. Armenia fue la primera nación que abrazó el
cristianismo al final del siglo III: ahora se está preparando para celebrar el
XVII centenario de su bautismo. Al final del siglo y, el mensaje cristiano
llegó a los reinos árabes, pero, por muchas razones, incluidas las divisiones
entre los cristianos, el mensaje no arraigó en esos pueblos.
Mercaderes persas llevaron la buena nueva a China en el siglo y, y la
primera iglesia cristiana se construyó al inicio del siglo VII. Durante la
dinastía T’ang (618— 907 después de Cristo), la Iglesia floreció a lo largo de
casi dos siglos. La decadencia de la Iglesia china, que tenía gran vitalidad,
al final del primer milenio, es uno de los capítulos más tristes de la historia
del pueblo de Dios en el continente asiático.
En el siglo XIII, la buena nueva fue anunciada a los mongoles y a los
turcos, y, una vez más, a los chinos, pero el cristianismo casi desapareció en
esas regiones por una serie de causas, entre las que se pueden citar el
nacimiento del Islam, el aislamiento geográfico, la ausencia de una adecuada
adaptación a las culturas locales, y, tal vez, sobre todo, la falta de
preparación para encontrarse con las grandes religiones de Asía. Al final del
siglo XIV se verificó una dramática disminución de la Iglesia en Asia, excepto
en la comunidad aislada del sur de la India. La Iglesia en Asía debía esperar
una nueva era de esfuerzos misioneros.
Los trabajos apostólicos de San Francisco Javier, la fundación de la
Congregación de Propaganda Fide por obra del Papa Gregorio )<V y las
directrices impartidas a los misioneros para respetar y apreciar las culturas
locales ayudaron, a lo largo de los siglos XVI y XVII, a lograr resultados más
positivos. En el siglo XIX se produjo un despertar de la actividad misionera, y
varías congregaciones religiosas se dedicaron totalmente a esta tarea. Se
reorganizó Propaganda Fide; se puso mayor énfasis en la edificación de las
Iglesias locales; actividades educativas y caritativas acompañaron a la
predicación del Evangelio. Así, la buena nueva siguió llegando a un número de
personas cada vez mayor, especialmente entre los pobres y los desvalidos, pero
también, en algunos lugares, entre la élite social e intelectual. Se realizaron
nuevos intentos de inculturación de la buena nueva, aunque no resultaron
suficientes. A pesar de su plurisecular presencia y de sus esfuerzos
apostólicos, la Iglesia en muchas partes se la consideraba aún extraña en Asía
y, de hecho, a menudo en la mentalidad popular se la asociaba con las potencias
coloniales.
Esa era la situación en vísperas del Concilio Vaticano II. Sin embargo,
gracias al impulso que dio el Concilio, la Iglesia comprendió mejor su misión
y, de esa manera, se encendió una gran esperanza. La universalidad del plan
salvífico de Dios, la naturaleza misionera de la Iglesia, y, en su interior, la
responsabilidad de cada uno con respecto a las tareas tan fuertemente afirmadas
en el decreto conciliar Ad gentes sobre
la actividad misionera, constituyeron el marco de referencia de un nuevo
compromiso. Durante la Asamblea especial, los padres testimoniaron el reciente
crecimiento de la comunidad eclesial entre muchos y diversos pueblos en varias
partes del continente, y al mismo tiempo lanzaron un llamamiento a nuevos
esfuerzos misioneros en los próximos años, especialmente teniendo en cuenta que
se están presentando nuevas posibilidades de anuncio del Evangelio en las
regiones del Asía central, como por ejemplo en Siberia, o en los países que han
logrado recientemente su independencia, como Kazakstán, Uzbekístán, Kírguístán,
Tayikístán y Turkmenístán (25).
Un repaso de las comunidades católicas en Asia muestra una espléndida
variedad por origen y desarrollo histórico, así como por las diversas
tradiciones espirituales y litúrgicas de los diferentes ritos. Sin embargo,
todas están unidas para proclamar la buena nueva de Jesucristo mediante el
testimonio cristiano y las obras de caridad y solidaridad humana. Mientras
algunas Iglesias particulares cumplen su misión en condiciones de paz y
libertad, otras se encuentran en situaciones de violencia y conflicto, o se
sienten amenazadas por varios grupos a causa de motivos religiosos u otras
razones. En el variado mundo cultural de Asia, la Iglesia afronta retos
filosóficos, teológicos y pastorales específicos, y su tarea resulta aún más
difícil por el hecho de que constituye una minoría, con la única excepción de
Filipinas, donde los católicos son mayoría.
En cualesquiera circunstancias, la Iglesia en Asía se encuentra insertada
entre pueblos que muestran un intenso anhelo de Dios y sabe que ese anhelo
puede ser plenamente satisfecho por Jesucristo, buena nueva de Dios para todas
las naciones. Los padres sinodales expresaron su ardiente deseo de que esta
exhortación apostólica postsinodal centrara su atención en ese anhelo e
impulsara a la Iglesia en Asía a proclamar vigorosamente, con palabras y obras,
que Jesucristo es e/ Salvador.
El Espíritu de Dios, que actúa siempre en la historia de
la Iglesia en Asia, sigue guiándola, y los múltiples elementos positivos que se
encuentran en las Iglesias locales, frecuentemente recordados en el Sínodo,
fortalecen la esperanza de una «nueva primavera de vida cristiana« (26). Una
sólida razón de esperanza es el incremento de laicos más formados, entusiastas
y llenos de Espíritu, cada vez más conscientes de su vocación específica dentro
de la comunidad eclesial. Entre éstos en especial son dignos de encomio los
catequistas (27). Además, los movimientos apostólicos y carismáticos son un don
del Espíritu, dado que aportan nueva vida y vigor a la formación de los laicos,
de las familias y de la juventud (28). Por último, las asociaciones y los
movimientos eclesiales que se dedican a la promoción de la dignidad humana y de
la justicia hacen accesible y tangible la universalidad del mensaje evangélico
de nuestra adopción como hijos de Dios (cf. Rm 8, 15-16).
Al mismo tiempo, hay Iglesias que viven en circunstancias dificilísimas y
«están sufriendo intensas pruebas en la práctica de la fe» (29). Los padres
sinodales se conmovieron por los relatos de testimonio heroico, perseverancia
inquebrantable y crecimiento continuo de la Iglesia católica en China; por los
esfuerzos de la Iglesia en Corea del sur para prestar asistencia al pueblo de
Corea del norte; por la humilde firmeza de la comunidad católica en Vietnam;
por el aislamiento de los cristianos en lugares como Laos y Myanmar, y por la
difícil coexistencia con la mayoría en algunos Estados donde predominan los
musulmanes (30). El Sínodo prestó también atención especial a la situación de
la Iglesia en Tierra Santa y en la ciudad Santa de Jerusalén, »corazón del
cristianismo» (31) ciudad querida para todos los hijos de Abraham. Los padres
sinodales expresaron la opinión de que la paz en la región, e incluso en el
mundo, depende en gran medida de la reconciliación y de la paz por largo tiempo
ausente en Jerusalén (32).
No puedo concluir esta breve visión panorámica de la
situación de la Iglesia en Asia, necesariamente incompleta, sin mencionar a los
santos y mártires de Asia, no sólo los declarados tales, sino también los que
sólo Dios conoce. Su ejemplo es fuente de »riqueza espiritual y un gran medio
de evangelización» (33). Con su silencio hablan de una forma aún más fuerte de
la importancia de la santidad de vida y de que es preciso estar dispuestos a
dar la vida por el Evangelio. Son los maestros y los protectores, la gloria de
la Iglesia en Asia en su obra de evangelización. Juntamente con toda la
Iglesia, pido al Señor que envíe aún más obreros a recoger la cosecha de almas,
ya madura y abundante (cf. Mt 9, 37-38).
A este respecto, deseo recordar lo que escribí en la encíclica Redemptoris
Missio: "Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad
más preparada para la siembra evangélica» (34). Veo que se abre un horizonte
nuevo y prometedor en Asia, donde Jesús nació y donde comenzó el cristianismo.
CAPITULO II
JESUS SALVADOR: UN DON PARA ASIA
El don de la fe
10.
Mientras se desarrollaba la discusión sinodal sobre las complejas
realidades de Asia, resultaba cada vez más evidente a todos que la contribución
especifica de la Iglesia a los pueblos del continente es la proclamación de
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el único Salvador de todos los
pueblos (35). Lo que distingue a la Iglesia de las demás comunidades religiosas
es la fe en Jesucristo; y no puede guardar para si esa preciosa luz de la fe
bajo el celemín (cf. Mt 5, 15),
dado que tiene como misión compartirla con todos. »La Iglesia quiere ofrecer la
vida nueva que ha encontrado en Jesucristo a todos los pueblos de Asia, que
buscan la plenitud de vida, para que puedan instaurar la misma comunión con el
Padre y con su Hijo Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo» (36). Esta es
la fe en Jesucristo que inspira la actividad evangelizadora de la Iglesia en
Asia, a menudo realizada en circunstancias difíciles, e incluso peligrosas. Los
padres sinodales han observado que proclamar a Jesucristo como único Salvador
puede presentar dificultades particulares en sus culturas, dado que muchas religiones
de Asía enseñan que ellas mismas son automanifestaciones divinas que
proporcionan la salvación. Lejos de desalentar a los padres sinodales, los
desafíos que se plantean a sus esfuerzos evangelizadores fueron un ulterior
incentivo al compromiso de transmitir »la fe que la Iglesia en Asia ha heredado
de los Apóstoles y mantiene juntamente con la Iglesia de todas las generaciones
y lugares» (37), convencidos de que »el corazón de la Iglesia en Asía
permanecerá inquieto hasta que toda Asia encuentre descanso en la paz de
Cristo, el Señor resucitado» (38).
La fe de la Iglesia en Jesucristo es un don recibido y un don que ha de
compartirse; es el don mayor que la Iglesia puede ofrecer a Asia. Compartir la
verdad de Jesucristo con los demás es el gran deber de todos los que han
recibido el don de la fe. En la Carta encíclica Redemptoris
Missio escribí que "la Iglesia, y en ella todo cristiano,
no puede esconder ni conservar para si esta novedad y riqueza, recibidas de la
divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres» (39), y proseguí:
"Quienes han sido incorporados a la Iglesia católica han de considerarse
privilegiados y, por ello, más comprometidos a testimoniar la fe y la vida
cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios» (40).
Profundamente convencidos de eso, los padres sinodales se mostraron
igualmente conscientes de su responsabilidad personal de hacer propia la verdad
eterna de Jesús mediante el estudio, la oración y la reflexión, a fin de llevar
su fuerza y vitalidad a los desafíos presentes y futuros de la evangelización
en Asia.
Jesucristo, el hombre - Dios que salva
11.
Escrituras atestiguan que Jesús vivió una vida auténticamente humana. Ese
Jesús que proclamamos como único Salvador caminó por la tierra como
hombre–Dios, con una perfecta naturaleza humana. Nacido de Madre virgen en los
humildes aledaños de Belén, precisó de cuidados como los demás niños, sufriendo
también la situación de los refugiados, para huir de la ira de un gobernante
cruel (cf. Mt 2, 13-15). Estuvo
sujeto a padres humanos, que no siempre comprendieron su manera de actuar, pero
en los cuales tuvo plena confianza y a los que obedeció con amor (cf. Le 2,
41-52). Constantemente en oración, vivió en íntima relación con Dios, al que se
dirigía llamándolo Abbá "Padre", desconcertando a cuantos lo
escuchaban (cf. Jn 8, 34-59).
Estuvo cerca de los pobres, de los olvidados y de los humildes,
definiéndolos realmente bienaventurados, porque Dios estaba con ellos. Se sentó
a la mesa con los pecadores, asegurando que en la mesa del Padre había también
un lugar reservado para ellos, si se alejaban de su camino de pecado para volver
a él. Tocando a los impuros y dejándose tocar por ellos, les ayudó a comprender
la cercanía de Dios. Lloró por una amigo muerto, devolvió vivo un hijo muerto a
su madre viuda, acogió con benevolencia a los niños y lavó los pies de sus
discípulos. La misericordia divina nunca fue tan inmediatamente accesible.
Enfermos, lisiados, ciegos, sordos y mudos recibieron de él la curación y el
perdón. Eligió como sus compañeros y colaboradores más íntimos a un insólito
grupo, en el que había pescadores y recaudadores de impuestos, zelotas y
personas inexpertas en la Ley; había incluso algunas mujeres. Así se creó una
nueva familia, bajo el acogedor y sorprendente amor del Padre. Jesús predicaba
con sencillez, usando ejemplos tomados de la vida ordinaria para hablar del
amor de Dios y de su reino; y las multitudes reconocían que hablaba con
autoridad.
A pesar de todo, fue acusado de blasfemia, de violar la
Ley sagrada. Le consideraron un agitador público, que debía ser eliminado.
Después de un proceso basado en falsos testimonios (cf. Mc 14, 56), fue condenado a morir en
la cruz como un criminal; abandonado y humillado, pareció un fracasado. Fue
apresuradamente sepultado en una tumba prestada. Pero, al tercer día después de
su muerte, a pesar de la vigilancia de los guardias, ¡la tumba fue encontrada
vacía! Jesús, resucitado de entre los muertos, se apareció seguidamente a los
discípulos, antes de volver al Padre, del que había salido.
Con todos los cristianos, creemos que esta singular existencia, por una
parte tan ordinaria y sencilla y por otra tan admirable y envuelta en el
misterio, introdujo en la historia humana el reino de Dios e "infundió su
fuerza en todos los aspectos de la vida humana y de la sociedad, afligida por
el pecado y la muerte» (41). Mediante sus palabras y acciones, especialmente
mediante su pasión, muerte y resurrección, Jesús cumplió la voluntad del Padre
de reconciliar consigo a la humanidad, después de que el pecado original había
introducido una ruptura en la relación entre el Creador y la creación. En la
cruz tomó sobre sí el pecado del mundo: pasado, presente y futuro. San Pablo
recuerda que estábamos muertos por nuestros pecados, y la muerte de Cristo nos
devolvió la vida: "Dios nos vivificó juntamente con él y nos perdonó todos
nuestros delitos. Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las
prescripciones con sus cláusulas desfavorables» (Co 2, 13-14). De este modo, la
salvación ha sido realizada de una vez para siempre. Jesús es nuestro Salvador,
en el sentido pleno del término, porque sus palabras y obras, especialmente su
resurrección de entre los muertos, lo han revelado como el Hijo de Dios, el
Verbo preexistente, que reina para siempre como Señor y Mesías.
La personay la misión del Hijo de Dios
12.
El "escándalo" del cristianismo radica en creer que el Dios
santísimo, omnipotente y omnisciente asumió nuestra naturaleza humana y soportó
el sufrimiento y la muerte con el fin de ganar la salvación para todos los pueblos
(cf. 1 Co 1, 23). La fe que hemos
recibido afirma que Jesucristo reveló y realizó el plan del Padre de salvar al
mundo y a la humanidad entera en virtud de »lo que él es» y de »lo que hace en
razón de lo que él es». »Lo que él es» y »lo que hace» sólo cobran su pleno
significado cuando se sitúan dentro del misterio de Dios uno y trino. Ha sido
preocupación constante de mí pontificado recordar a los fieles la comunión de
vida de la Santísima Trinidad y la unidad de las tres Personas en el plan de la
creación y de la redención. Las Cartas encíclicas Redemptor
Hominis, Dives
in Misericordia y Dominum
et Vivificantem reflexionan respectivamente sobre el Hijo, sobre
el Padre y sobre el Espíritu Santo, así como sobre sus papeles respectivos en
el plan divino de la salvación. Sin embargo, no se puede aislar o separar a una
Persona de las otras, dado que cada una se revela solamente dentro de la
comunión de vida y acción de la Trinidad. La obra salvífica de Jesús tiene su
origen en la comunión de la naturaleza divina, y a cuantos creen en él les abre
el camino para entrar en íntima comunión con la Trinidad y entre ellos mismos
en la Trinidad.
"Quien me ha visto a mí ha visto al Padre», afirma
Jesús (Jn 14, 9). Sólo en
Jesucristo reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Co 2, 9)
y eso hace que sea la única y absoluta Palabra salvífica de Dios (cf. Hb 1, 1-4). Como Palabra definitiva
del Padre, Jesús da a conocer a Dios y su voluntad salvífica del modo más
perfecto posible. "Nadie va al Padre sino por mí», dice Jesús (Jn 14, 6). El es "el camino, la
verdad y la vida" (Jn 14, 6),
dado que, como él mismo explica, »el Padre, que permanece en mí, es el que
realiza las obras» (Jn 14, 10).
Sólo en la persona de Jesús la palabra de salvación de Dios aparece en su
plenitud, introduciendo los últimos tiempos (cf. Hb 1, 1-2). Por eso, en los albores de
la Iglesia Pedro podía proclamar que »en ningún otro hay salvación; no hay bajo
el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos»
(Hch 4, 12).
La misión del Salvador alcanzó su culmen en el misterio
pascual. En la cruz, cuando extendió los brazos entre el cielo y la tierra como
signo de alianza eterna (42), Jesús se dirigió al Padre pidiéndole que
perdonara los pecados de la humanidad: »Padre, perdónalos, porque no saben lo
que hacen» (Lc 23, 34). Destruyó el
pecado con la fuerza de su amor al Padre y a la humanidad. Tomó sobre si las
heridas infligidas por el pecado a la humanidad y ofreció la liberación de
ellas mediante la conversión, cuyos primeros frutos se manifestaron claramente
en el ladrón arrepentido, colgado en una cruz al lado de la suya (cf. Lc 23, 43). Sus últimas palabras
fueron la declaración del hijo fiel: "Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu» (Lc 23, 46). Con este
supremo acto de amor, puso toda su vida y su misión en las manos del Padre, que
lo había enviado. Así restituyó al Padre toda la creación y la humanidad
entera, para que la acogiera nuevamente con amor misericordioso.
Todo lo que el Hijo es y realizó fue acogido por el Padre, que así pudo
ofrecerlo como don al mundo en el momento en que resucitó a Jesús de entre los
muertos y lo hizo sentarse a su derecha, donde el pecado y la muerte ya no
tienen ningún poder. En el sacrificio pascual de Jesús, el Padre ofrece de
forma irrevocable al mundo la reconciliación y la plenitud de vida. Este don
extraordinario sólo pudo ser ofrecido a través del Hijo amado, el único capaz
de responder plenamente al amor del Padre, amor rechazado por el pecado. En
Jesucristo, mediante la fuerza del Espíritu Santo, nosotros llegamos a conocer
que Dios no está lejos, por encima o fuera del hombre, sino que, por el
contrarío, está muy cerca, más aún, está unido a cada persona y a toda la
humanidad en cualquier circunstancia de la vida. Este es el mensaje que el
cristianismo ofrece al mundo, mensaje de incomparable consuelo y esperanza para
todos los creyentes.
Jesucristo, verdad del hombre
13.
¿Como puede la humanidad de Jesús y el inefable misterio de la encarnación
del Hijo del Padre iluminar la condición humana? El Hijo de Dios encarnado no
sólo revela completamente al Padre y su plan de salvación, sino también »revela
plenamente el hombre al propio hombre» (43). Sus palabras y obras, y sobre todo
su muerte y resurrección, revelan en profundidad lo que significa ser hombre.
En Jesús el hombre puede por fin conocer la verdad sobre si mismo. La vida
perfectamente humana de Jesús, dedicada enteramente al amor y al servicio del
Padre y de la humanidad, revela que la vocación de todo ser humano consiste en
recibir y dar amor. En Jesús quedamos asombrados por la inagotable capacidad
del corazón humano de amar a Dios y al hombre, incluso cuando eso puede
implicar gran sufrimiento. Sobre todo en la cruz, Jesús anula el poder de la
autodestructora resistencia al amor que nos infligió el pecado. Por su parte,
el Padre responde haciendo de Jesús el primogénito de los que ha predestinado a
reproducir la imagen de su Hijo (cf. Rm
8, 29). En ese momento, Jesús se convirtió, de una vez para siempre, en la
revelación y la realización de una humanidad regenerada y renovada según el
plan de Dios. Así pues, en Jesús descubrimos la grandeza y la dignidad de toda
persona ante Dios, que creó el hombre a su imagen (cf. Gn 1, 26) y encontramos el origen de
la nueva creación, de la que hemos llegado a formar parte mediante su gracia.
El Concilio Ecuménico Vaticano II enseñó que »el Hijo de Dios, con su
encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (44). Los padres
sinodales han visto en esta profunda intuición la fuente última de esperanza y
fuerza para los habitantes de Asia en sus dificultades y en sus incertidumbres.
Cuando hombres y mujeres responden con fe viva al ofrecimiento de amor de Dios,
su presencia lleva amor y paz a todo corazón humano, transformándolo desde
dentro. En la encíclica Redemptor Hominis escribí
que »la redención del mundo —ese misterio tremendo del amor, en el que la creación
es renovada— es, en su raíz más profunda, la plenitud de la justicia en un
corazón humano: en el corazón del Hijo primogénito, para que pueda hacerse
justicia de los corazones de muchos hombres, los cuales, precisamente en el
Hijo primogénito, han sido predestinados desde la eternidad a ser hijos de Dios
y llamados a la gracia, llamados al amor» (45).
La misión de Jesús no sólo restableció la comunión entre
Dios y la humanidad, sino que también instauró una nueva comunión entre los
seres humanos, separados unos de otros a causa del pecado. Más allá de toda
división, Jesús hace posible para todos vivir como hermanos y hermanas
reconociendo a un único Padre, que está en los cielos (cf. Mt 23, 9). En él se ha realizado una
nueva armonía, en la que »ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni
hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). "EI es nuestra paz: el
que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la
enemistad» (Ef 2, 14). En todo lo
que dijo e hizo, Jesús fue la voz, las manos y los brazos del Padre, reuniendo
a todos los hijos de Dios en una sola familia de amor; oró para que sus
discípulos vivieran en comunión, de la misma manera que él vive en comunión con
el Padre (cf. Jn 17, 11) y, entre
sus últimas palabras, hemos escuchado que decía: »Como el Padre me amó, yo
también os he amado a vosotros; permaneced en mí amor (...)Este es mí
mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 9.12). Enviado por el Dios de
la comunión, Jesús estableció la comunión entre el cielo y la tierra en su
persona, dado que es verdadero Dios y verdadero hombre. Nosotros creemos que
»Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar por él y
para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay
en la tierra y en los cielos» (Co 1, 19-20). La salvación puede encontrarse en
la persona del Hijo de Dios hecho hombre y en la misión encomendada sólo a él
como Hijo, una misión de servicio y amor para la vida de todos. Juntamente con
la Iglesia en todo el mundo, la Iglesia en Asia proclama la verdad de la fe.
»Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo
Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2, 5-6).
La unicidad y la universalidad de la
salvación en Jesús
14.
Los padres sinodales recordaron que la Palabra preexistente, el Hijo unigénito
y eterno de Dios, »ya estaba presente en la creación, en la historia y en todo
ser humano que anhela el bien» (46). Mediante la Palabra, presente en el cosmos
incluso antes de la Encarnación, el mundo recibió la existencia (cf. Jn 1, 1-4. 10; Co 1, 15—20). Pero como
Palabra encarnada que vivió, murió y resucitó de entre los muertos, Jesucristo
es proclamado ahora coronación de toda la creación, de toda la historia y de
toda aspiración humana a la plenitud de la vida (47). Resucitado de entre los
muertos, »está presente en todos y en la creación entera de un modo nuevo y
misterioso» (48). En él »los valores auténticos de toda tradición religiosa y
cultural, como la misericordia y la sumisión a la voluntad de Dios, la compasión
y la rectitud, la no violencia y la justicia, la piedad filial y la armonía con
la creación, encuentran su coronación y su realización» (49). Desde el primer
instante del tiempo hasta el último, Jesús es el único Mediador universal.
También para cuantos no profesan explícitamente la fe en él como Salvador, la
salvación llega a través de él como gracia, mediante la comunicación del
Espíritu Santo.
Nosotros creemos que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el
único Salvador, dado que sólo él, el Hijo, ha realizado el plan universal de la
salvación. En efecto, como manifestación definitiva del misterio del amor del
Padre hacía todos, Jesús es único y »es precisamente esta singularidad única de
Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual,
mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma» (50).
Ninguna persona, ninguna nación, ninguna cultura es impermeable a la llamada
de Jesús, que habla desde el corazón mismo de la condición humana.» Es su misma
vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a
todos. Habla, además, su muerte en la cruz, esto es, la insondable profundidad
de su sufrimiento y de su abandono» (sí). Al contemplar su naturaleza humana,
los pueblos de Asía encuentran la respuesta a sus interrogantes más profundos y
la realización de sus esperanzas; encuentran su dignidad elevada y su
desesperación vencida. Jesús es la buena nueva para los hombres y mujeres de
todos los tiempos y lugares que buscan el sentido de su vida y la verdad de su
misma humanidad.
CAPITULO III
EL ESPÍRITU SANTO
SEÑOR Y DADOR DE VIDA
El Espíritu de Dios en la creación y en la
historia
15 Si es verdad que el significado salvífico de
Jesús sólo se puede comprender en el marco de su revelación del plan de
salvación de la Trinidad, de ahí se sigue que el Espíritu Santo pertenece
intrínsecamente al misterio de Jesús y de la salvación que él nos ha traído.
Los padres sinodales a menudo se refirieron al papel del Espíritu Santo en la
historia de la salvación, advirtiendo de que una falsa separación entre el
Redentor y el Espíritu Santo podría poner en peligro la misma verdad según la
cual Cristo es el único Salvador de todos.
En la tradición cristiana, el Espíritu Santo siempre fue
asociado a la vida y a su comunicación. El Credo niceno-constantinopolitano
llama al Espíritu Santo «Señor y dador de vida». Por ello, no sorprende que
muchas interpretaciones del relato de la creación en el libro del Génesis hayan
reconocido al Espíritu Santo en el viento impetuoso que aleteaba sobre las
aguas (cf. Gn 1, 2). Está presente
desde el primer instante de la creación; desde la primera manifestación del
amor de Dios Trinidad, y siempre está presente en el mundo como su fuerza que
da vida (52). Dado que la creación es el inicio de la historia, el Espíritu es,
en cierto sentido, una fuerza escondida que actúa en la historia, que la guía
por los caminos de la verdad y del bien.
La revelación de la persona del Espíritu Santo, que es el
amor recíproco del Padre y del Hijo, es propia del Nuevo Testamento. En el
pensamiento cristiano, es considerado la fuente de vida de todas las criaturas.
La creación es la libre comunicación de amor de Dios, que, de la nada, llama a
cada cosa a la existencia. Todo lo creado está lleno del incesante intercambio
de amor que caracteriza la vida íntima de la Trinidad, es decir, está lleno de
Espíritu Santo: «EI Espíritu del Señor llena la tierra» (Sb 1, 7). La presencia del Espíritu en
la creación engendra orden, armonía e interdependencia en todo lo que existe.
Los seres humanos, creados a imagen de Dios, se
transforman de un modo nuevo en morada del Espíritu cuando son elevados a la
dignidad de la adopción divina (cf. Ga
4, 5). Renacidos en el bautismo, experimentan la presencia y la fuerza del
Espíritu no sólo como Autor de la vida, sino también como Aquel que purífica y
salva, produciendo frutos de «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad,
bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de si» (Ga 5, 22-23). Estos frutos son el signo
de que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
Cuando es acogido libremente, este amor convierte a los hombres y las mujeres
en instrumentos visibles de la incesante actividad del Espíritu invisible en la
creación y en la historia. Es ante todo esta nueva capacidad de dar y recibir
amor la que testimonia la presencia interior y la fuerza del Espíritu Santo.
Como consecuencia de la transformación y la renovación que produce en el
corazón y en la mente de las personas, el Espíritu influye en las sociedades y
en las culturas humanas (53). «En efecto, el Espíritu se halla en el origen de
los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino; ‘con
admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la faz de la
tierra"» (54).
Siguiendo el itinerario del Concilio Vaticano II, los padres del Sínodo
prestaron atención a la acción múltiple y variada del Espíritu Santo, que
siembra constantemente semillas de verdad entre todos los pueblos y en sus
religiones, culturas y filosofías (55). Eso significa que éstas son capaces de
ayudar a las personas, de forma individual y colectiva, a actuar contra el mal
y a servir a la vida y a todo lo que es bueno. Las fuerzas de la muerte aíslan
entre sí a los pueblos, a las sociedades y a las comunidades religiosas, y
engendran sospechas y rivalidades que llevan a conflictos. Al contrarío, el
Espíritu Santo sostiene a las personas en la mutua comprensión y aceptación.
Así pues, con razón, el Sínodo vio en el Espíritu de Dios el agente primario
del diálogo de la Iglesia con todos los pueblos, culturas y religiones.
El Espíritu Santo y la encarnación del Verbo
16 Bajo la guía del Espíritu Santo la historia de la
salvación se va desarrollando en el escenario del mundo, e incluso del cosmos,
de acuerdo con el plan eterno del Padre. Este plan, iniciado por el Espíritu
desde el origen de la creación, es revelado en el Antiguo Testamento, es
realizado por la gracia de Jesucristo y es actuado en la nueva creación por
este mismo Espíritu hasta que el Señor vuelva en la gloría al final de los
tiempos (56). La encarnación del Hijo de Dios es la obra suprema del Espíritu
Santo: «La concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande
realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la
salvación: la suprema gracia —«la gracia de la unión«— fuente de todas las
demás gracias« (57). La Encarnación es el acontecimiento en el que Dios lleva a
una nueva y definitiva unión consigo no sólo al hombre, sino también a la
creación entera y toda la historia (58).
Jesús de Nazaret, Mesías y único Salvador, concebido en el
seno de la Virgen María por el poder del Espíritu (cf. Lc 1, 35; Mt 1, 20), estuvo lleno de Espíritu
Santo, que bajó sobre él en el momento del bautismo (cf. Mc 1, 10) y lo guió al desierto para
fortalecerlo antes de su ministerio público (cf. Mc 1, 12; Lc 4, 1; Mt 4, 1). En la sinagoga de Nazaret,
Jesús inició su ministerio profético aplicándose a sí mismo el oráculo de
Isaías sobre la unción del Espíritu que lleva a la predicación de la buena
nueva a los pobres, la libertad a los cautivos y un año de gracia del Señor
(cf. Lc 4, 18-19). Por la fuerza
del Espíritu, Jesús curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios, como
signo de que el reino de Dios había llegado (cf. Mt 12, 28). Después de resucitar de
entre los muertos, donó el Espíritu Santo a los discípulos, a los que había
prometido derramarlo en la Iglesia cuando volviera al Padre (cf. Jn 20, 22-23).
Todo esto muestra que la misión salvífica de Jesús lleva el sello
inconfundible de la presencia del Espíritu: vida, vida nueva. Entre el envió
del Hijo por parte del Padre y el envío del Espíritu por parte del Padre y del
Hijo, existe un vínculo intimo y vital (59). La acción del Espíritu en la
creación y en la historia humana recibe un significado completamente nuevo en
su acción en la vida y en la misión de Jesús. Las «semillas del Verbo«
sembradas por el Espíritu preparan a la creación entera, a la historia y al
hombre para la plena madurez en Cristo (60).
Los padres sinodales expresaron su preocupación con respecto a la tendencia
a separar la actividad del Espíritu Santo de la de Jesús Salvador, y,
respondiendo a su inquietud, repito lo que escribí en la Encíclica Redemptoris
Missio: «(El Espíritu) no es, por consiguiente, algo alternativo
a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por
hipótesis que exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en
los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y
religiones, tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de
referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, "para que, hombre
perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas"» (61).
Así pues, la presencia universal del Espíritu no puede servir de excusa para
dejar de proclamar a Jesucristo explícitamente como el único Salvador. Al
contrario, la presencia universal del Espíritu Santo es inseparable de la
salvación universal en Jesús. La presencia del Espíritu en la creación y en la
historia orienta hacia Jesucristo, en el que ambas son redimidas y llevadas a
plenitud. La presencia y la acción del Espíritu, tanto en la Encarnación como
en el momento culminante de Pentecostés, siempre tienden a Jesús y a la
salvación que él nos trajo. Por este motivo, la presencia universal del
Espíritu no puede separarse nunca de su acción dentro del Cuerpo de Cristo, que
es la Iglesia (62).
El Espíritu Santo y el Cuerpo de Cristo
17El Espíritu Santo conserva firme el vinculo de comunión entre Jesús y su
Iglesia. Habitando en ella como en un templo (cf. 1 Co 3, 16), el Espíritu la guía,
ante todo, a la plenitud de la verdad sobre Jesús. También es él quien hace
posible que la Iglesia continúe la misión de Jesús, dando en primer lugar
testimonio de Jesús y realizando así lo que él mismo había prometido antes de
su muerte y resurrección, es decir, que enviaría al Espíritu a los discípulos
para que dieran testimonio de él (cf. Jn
15, 26-27). Así pues, la obra del Espíritu en la Iglesia consiste en
atestiguar que los creyentes son hijos adoptivos de Dios, destinados a heredar
la salvación, la prometida plena comunión con el Padre (cf. Rm 8, 15-17). El Espíritu, adornando a
la Iglesia con diferentes dones y carismas, la hace crecer en la comunión como
un solo cuerpo, compuesto por muchas partes diversas (cf. 1 Co 12, 4; Ef 4, 11-16). El Espíritu congrega en
la unidad a todo tipo de personas, con sus respectivas costumbres, recursos y
talentos, haciendo que la Iglesia sea signo de comunión de toda la humanidad
bajo una sola cabeza, Cristo (63). El Espíritu confiere a la Iglesia la forma
de comunidad de testigos, que, con su fuerza, dan testimonio de Jesús Salvador
(cf. Hch 1, 8) y, en este sentido,
es el agente primario de la evangelización. De todo ello los padres sinodales
pudieron concluir que, de la misma forma que el ministerio terreno de Jesús se
desarrolló con la fuerza del Espíritu Santo, así también «este mismo Espíritu
fue dado a la Iglesia en Pentecostés por el Padre y por el Hijo para cumplir la
misión de amor y servicio de Jesús en Asía» (64).
El plan del Padre para la salvación del hombre no termina con la muerte y la
resurrección de Cristo. Con el don del Espíritu de Cristo, los frutos de la
misión salvífica se ofrecen a través de la Iglesia a todos los pueblos de todos
los tiempos mediante el anuncio del Evangelio y el servicio y la promoción de
la familia humana. Como enseña el Concilio Vaticano II, la Iglesia «se siente
impulsada (...) por el Espíritu Santo a colaborar a que se lleve a cabo
el plan de Dios, que constituyó a Cristo principio de salvación para todo el
mundo» (65). Habiendo recibido del Espíritu la fuerza para realizar la
salvación de Cristo en la tierra, la Iglesia es el germen del reino de Dios, y
espera con impaciencia su venida final. Su identidad y misión son inseparables
del reino de Dios que Jesús anunció e inauguró mediante todo lo que hizo y
dijo, principalmente mediante su muerte y resurrección. El Espíritu recuerda a
la Iglesia que no existe para si misma, sino para servir a Cristo y a la
salvación del mundo en todo lo que es y hace. En la actual economía de la
salvación, la actividad del Espíritu Santo en la creación, en la historia y en
la Iglesia forma parte del plan eterno de la Trinidad con respecto a todo lo
que existe.
El Espíritu Santo y la misión de la Iglesia
en Asia
18El Espíritu que actuaba en Asía en tiempos de los patriarcas y los
profetas, y, de modo más poderoso, en la época de Jesús y de la Iglesia
primitiva, ahora actúa sobre los cristianos de Asía, fortaleciendo su
testimonio de fe entre los pueblos, las culturas y las religiones del
continente. De la misma forma que el gran diálogo de amor entre Dios y el
hombre fue preparado por el Espíritu Santo y se realizó en la tierra de Asia en
el misterio de Cristo, así el diálogo entre el Salvador y los pueblos del
continente prosigue hoy con la fuerza del mismo Espíritu, que sigue actuando en
la Iglesia. En ese proceso, los obispos, los sacerdotes, los consagrados y los
laicos, hombres y mujeres, desempeñan un papel esencial, recordando las
palabras de Jesús, que son al mismo tiempo una promesa y un mandato:
«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la
tierra« (Hch 1, 8).
La Iglesia está convencida de que en lo más profundo del
corazón de los hombres, de las culturas y de las religiones de Asía existe sed
de «agua viva» (cf. Jn 4, 10-1 5), sed
que el Espíritu mismo suscita y que sólo Jesús Salvador podrá saciar
plenamente. Pide al Espíritu Santo que siga preparando a los pueblos de Asia
para el diálogo salvífico con el Redentor de todos. Guiada por el Espíritu en
la misión de servicio y amor, la Iglesia puede ofrecer un encuentro entre
Jesucristo y los pueblos de Asia, en busca de la plenitud de la vida. Sólo en
ese encuentro se puede encontrar el agua viva que salta para la vida eterna, es
decir, el conocimiento del único verdadero Dios y de su enviado, Jesucristo
(cf. Jn 17, 3).
La Iglesia sabe bien que únicamente podrá cumplir su
misión si obedece a los impulsos del Espíritu Santo; comprometida a ser signo e
instrumento genuino de la acción del Espíritu en las complejas realidades de
Asia, debe saber discernir, en las diversas circunstancias del continente, la
llamada del Espíritu a dar testimonio de Jesús Salvador de modos nuevos y
eficaces. La plena verdad de Jesús y de la salvación que él nos ha conquistado
es siempre un don y nunca el resultado de un esfuerzo humano. «El Espíritu
mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios.
Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 16-17). Por eso, la Iglesia
implora incesantemente: «i Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus
fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor». Este es el fuego que Jesús ha
traído a la tierra, y la Iglesia en Asia comparte su ardiente deseo de que ese
fuego se encienda ahora (cf. Lc 12, 49).
Con este intenso sentimiento, los padres sinodales trataron de discernir las
principales áreas de misión que la Iglesia debe afrontar en Asia, mientras se
prepara para cruzar el umbral del tercer milenio.
CAPÍTULO IV
Jesús Salvador: Proclamar el Don
El primado del anuncio
19En vísperas del tercer milenio, la voz de Cristo resucitado resuena de
nuevo en el corazón de todo cristiano: «Me ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra. íd, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizando—
las en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo» (Mt
28, 18-20). Con la certeza del infalible apoyo de Jesucristo y de la
poderosa presencia del Espíritu, inmediatamente después de Pentecostés los
Apóstoles se apresuraron a cumplir ese mandato: «Salieron a predicar por todas
partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales
que la acompañaban» (Mc 16, 20), y
lo que anunciaban se podía resumir con las palabras de San Pablo: «No nos
predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como
siervos vuestros por amor de Jesús» (2
Co 4, 5). La Iglesia, bendecida con el don de la fe, después de dos mil
años sigue yendo a todas partes para encontrarse con los pueblos del mundo, a
fin de compartir con ellos la buena nueva de Cristo, como comunidad inflamada
de celo misionero por hacer que Jesús sea conocido, amado y seguido.
No puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que
Jesús es el Señor. El Concilio Vaticano II, y desde entonces el Magisterio,
respondiendo a cierta confusión sobre la verdadera índole de la misión de la
Iglesia, han subrayado repetidamente el primado de la proclamación de
Jesucristo en cualquier actividad de evangelización. Al respecto, el Papa Pablo
VI escribió explícitamente que «no hay evangelización verdadera mientras no se
anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino y el misterio
de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» (66). Es lo que han hecho generaciones de
cristianos a lo largo de los siglos. Los padres sinodales recordaron, con
comprensible orgullo, que «numerosas comunidades cristianas de Asia han
conservado la fe en el decurso de los siglos, a pesar de grandes tribulaciones,
y han permanecido fieles a esta herencia espiritual con perseverancia heroica.
Este inmenso tesoro es para ellos fuente de gran alegría e impulso apostólico»
(67).
Al mismo tiempo, los participantes en la Asamblea especial
destacaron en numerosas ocasiones la necesidad de un nuevo empeño en el anuncio
de Jesucristo precisamente en el continente donde comenzó esa proclamación hace
dos mil años. El hecho de que tanta gente en ese continente no se haya
encontrado nunca con la persona de Cristo de manera clara y consciente pone de
relieve la urgencia de las palabras del apóstol San Pablo: «Todo el que invoque
el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han
creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les
predique?» (Rm 10, 13-14). El gran
desafío que la Iglesia tiene planteado ahora en Asía consiste en hallar la
manera de compartir con nuestros hermanos y hermanas asiáticos lo que nosotros
conservamos celosamente como don que contiene todos los demás dones, es decir,
la buena nueva de Jesucristo.
Anunciar a Jesucristo en Asia
20 La Iglesia en Asia está muy bien dispuesta a
cumplir el deber del anuncio, convencida de que «existe ya en las personas y en
los pueblos, por la acción del Espíritu, una espera, aunque sea inconsciente,
por conocer la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre el camino que lleva a
la liberación del pecado y de la muerte» (68). Esta insistencia en la
proclamación no deriva de impulso sectario ni de afán de proselitismo ni de
complejo de superioridad. La Iglesia evangeliza por obediencia al mandato de
Cristo, consciente de que toda persona tiene el derecho de escuchar la buena
nueva de Dios, que se revela y se da en Cristo» (69). Dar testimonio de
Jesucristo es el servicio supremo que la Iglesia puede prestar a los pueblos de
Asía, puesto que responde a su profunda búsqueda de Absoluto y revela las
verdades y los valores que les garantizan el desarrollo humano integral.
La Iglesia, profundamente consciente de la complejidad de
situaciones tan diferentes en Asia, y «actuando según la verdad en la caridad»
(cf. Ef 4, 15), proclama la
buena nueva con respeto y estima amorosa hacia los que la escuchan. Una
proclamación que respeta los derechos de las conciencias no viola la libertad,
dado que la fe exige siempre una respuesta libre por parte de la persona (70).
Pero el respeto no elimina la necesidad de la proclamación explícita del
Evangelio en su integridad. Especialmente en el contexto de la gran variedad de
culturas y religiones que hay en Asia, es preciso destacar que «ni el respeto
ni la estima hacía esas religiones ni la complejidad de las cuestiones
planteadas implican para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no
cristianos el anuncio de Jesucristo» (71). Durante mi visita a la India,
en 1986, dije claramente que «el acercamiento de la Iglesia a otras religiones
es de auténtico respeto (...). Este respeto es doble: respeto por el
hombre en su búsqueda de respuestas a las preguntas más profundas de su vida, y
respeto por la acción del Espíritu en el hombre» (72). Los padres sinodales
reconocieron de buen grado la acción del Espíritu en las sociedades, en las
culturas y en las religiones asiáticas, a través de la cual el Padre prepara el
corazón de los pueblos de Asia con vistas a la plenitud de vida en Cristo (73).
A pesar de esto, incluso antes de las consultas que se realizaron en la
preparación del Sínodo, muchos obispos de Asia advirtieron que existen
dificultades para proclamar a Jesús como único Salvador. Durante la Asamblea,
la situación fue descrita con los siguientes términos: «Algunos seguidores de
las grandes religiones asiáticas no tienen dificultad en aceptar a Jesucristo
como una manifestación de la divinidad y del Absoluto, o como un iluminado,
pero no lo acogen como única manifestación de la divinidad« (74).
Efectivamente, el esfuerzo por compartir el don de la fe en Jesucristo como
único Salvador entraña dificultades filosóficas, culturales y teológicas,
especialmente a la luz de las creencias de las grandes religiones de Asia,
estrechamente entrelazadas con valores culturales y visiones específicas del
mundo.
Según la opinión de los padres sinodales, la dificultad se agrava por el
hecho de que Jesús a menudo es considerado extraño en Asia. No deja de constituir
una paradoja el hecho de que muchos habitantes de ese continente tiendan a ver
a Jesús, que nació en tierra de Asia, como un occidental más bien que como un
asiático. En el fondo, era inevitable que el anuncio del Evangelio por obra de
misioneros occidentales sufriera el influjo de las culturas de donde provenían.
Los padres sinodales consideraron que es preciso tener presente eso en la
historia de la evangelización. Al mismo tiempo, aprovecharon la ocasión para
«expresar su agradecimiento especialmente a todos los misioneros hombres y
mujeres, religiosos y laicos, extranjeros o autóctonos, que han llevado el
mensaje de Jesucristo y el don de la fe. Particular gratitud merecen también
todas las Iglesias hermanas que han enviado y siguen enviando misioneros a
Asia» (75).
Los evangelizadores pueden tomar como punto de partida la
experiencia de San Pablo, que entabló un diálogo con los valores filosóficos,
culturales y religiosos de sus oyentes (cf. Hch 14, 13—17; 17, 22-31). También
los concilios ecuménicos, al formular doctrinas vinculantes para la Iglesia, se
vieron obligados a utilizar los recursos lingüísticos, filosóficos y culturales
que tenían a su disposición; pero esos recursos han llegado a ser parte de la
herencia de la Iglesia universal, pues han sido capaces de expresar la doctrina
cristologica de un modo adecuado y universal. Forman parte de la herencia de la
fe, que debe ser asimilada y compartida constantemente en el encuentro con las
diversas culturas (76). Por tanto, la tarea de proclamar a Jesucristo de un
modo que permita a los pueblos de Asía identificarse con él, permaneciendo
fieles tanto a la doctrina teológica de la Iglesia como a sus propias raíces
asiáticas, constituye un enorme desafío.
La presentación de Jesucristo como único Salvador exige usar una pedagogía
que lleve a las personas, paso a paso, a la plena asimilación del misterio. Es
evidente que la primera evangelización de los no cristianos y la posterior
proclamación a creyentes deberán tener enfoques diversos. Por ejemplo, en la
proclamación inicial, «la presentación de Jesucristo debería hacerse como la
respuesta plena al anhelo expresado en las mitologías y en el folclore de los
pueblos de Asía» (77). En general, se han de preferir los métodos narrativos
típicos de las culturas asiáticas. De hecho, la proclamación de Jesucristo se
puede realizar de modo muy eficaz mediante la narración de su vida terrena,
como hacen los evangelios. Las nociones ontológicas, que siempre deben
presuponerse y expresarse al presentar a Jesús, pueden quedar enriquecidas por
perspectivas más relacionales, históricas e incluso cósmicas. La Iglesia, como
subrayaron los padres sinodales, debe estar abierta a los nuevos y
sorprendentes modos de presentar hoy en Asia el rostro de Jesús (78).
El Sínodo recomendó que la catequesis sucesiva siga «una pedagogía evocativa
que use la historia, las parábolas y los símbolos tan característicos de la
metodología asiática en la enseñanza» (79). El ministerio mismo de Jesús
muestra claramente el valor del contacto personal, el cual exige que el
evangelizador se interese por la situación del oyente, haciendo una
proclamación adaptada a su grado de madurez, mediante formas y lenguajes
adecuados. Desde esa perspectiva, los padres sinodales subrayaron muchas veces
la necesidad de evangelizar de un modo que tenga en cuenta la sensibilidad de
los pueblos asiáticos, sugiriendo imágenes de Jesús inteligibles a la
mentalidad y a las culturas asiáticas, y, al mismo tiempo fieles a la Sagrada
Escritura y a la Tradición. Entre ellas propusieron las siguientes:
«Jesucristo, Maestro de sabiduría, el Médico, el Liberador, el Guía espiritual,
el Iluminado, el Amigo compasivo de los pobres, el Buen Samaritano, el Buen
Pastor, el Obediente» (80). Se podría presentar a Jesús como la Sabiduría
encarnada de Dios, cuya gracia hace madurar las «semillas» de la Sabiduría
divina ya presentes en la vida, en las religiones y en los pueblos de Asia
(81). Entre los muchos sufrimientos que afligen a los pueblos de Asía se podría
anunciar muy bien a Jesucristo como Salvador «que da sentido a los que soportan
dolor y sufrimiento indecible» (82).
La fe que la Iglesia ofrece como don a sus hijos e hijas de Asía no puede
encerrarse dentro de los confines de la comprensión y de la expresión de
criatura humana alguna, dado que los trasciende y realmente obliga a toda
cultura a elevarse a nuevas alturas de comprensión y expresión. Pero, al mismo
tiempo, los padres sinodales eran plenamente conscientes de la apremiante
necesidad que tienen las Iglesias locales en Asia de presentar el misterio de
Cristo a sus pueblos según los criterios culturales y los modos de pensar de
ellos. También subrayaron que esa inculturación de la fe en el continente implica
un redescubrímiento del rostro asiático de Jesús, y que es preciso hallar modos
mediante los cuales las culturas asiáticas puedan captar el significado
salvífico universal del misterio de Cristo y de su Iglesia (83). Es necesario
emular en nuestros días la penetrante comprensión de los pueblos y de las
culturas que tuvieron hombres como Juan de Montecorvino, Mateo Ricci y Roberto
de Nobili, por citar sólo algunos ejemplos.
El desafío de la inculturación
21 L a cultura es el espacio vital dentro del cual se
realiza el encuentro de la persona humana con el Evangelio. De la misma manera
que una cultura es el resultado de la vida y la actividad de un grupo humano,
las personas que pertenecen a ese grupo están formadas, en gran medida, por la
cultura en la que viven. Al cambiar las personas y las sociedades, también
cambia con ellas la cultura. Cuando ésta se transforma, transforma asimismo a
las personas y las sociedades. Desde este punto de vista, resulta más claro que
entre la evangelización y la inculturación existe una relación natural e
íntima. Ciertamente, el Evangelio y la evangelización no se identifican con la
cultura; más aún, son independientes de ella. Y, sin embargo, el reino de Dios
llega a personas profundamente vinculadas a una cultura, y la construcción de
ese reino no puede por menos de tomar prestados elementos de culturas humanas.
Por eso, Pablo VI afirmó que la ruptura entre Evangelio y cultura es el drama
de nuestro tiempo, con graves consecuencias tanto para la evangelización como
para las culturas (84).
En el proceso de encuentro con las diversas culturas del mundo, la Iglesia
no sólo transmite sus verdades y valores, renovando las culturas desde dentro,
sino que también saca de ellas los elementos positivos ya presentes. Este es el
camino que deben seguir los evangelizadores al presentar la fe cristiana y al
hacer que llegue a formar parte del bagaje cultural de un pueblo y, por otra
parte, las diversas culturas, cuando son purificadas y renovadas a la luz del
Evangelio, pueden llegar a ser expresiones verdaderas de la única fe cristiana.
«Con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e
instrumento más apto para la misión» (85). Esta interrelación con las culturas
siempre ha formado parte de la peregrinación de la Iglesia en la historia, pero
tiene una urgencia especial hoy, en la situación multiétnica, multirreligiosa y
multicultural de Asia, donde el cristianismo muy a menudo es visto como
extranjero.
Aquí conviene recordar lo que se dijo con mucha frecuencia en el Sínodo, o
sea, que el Espíritu Santo es el agente principal de la inculturación de la fe
cristiana en Asía (86). El mismo Espíritu que guía a la verdad completa hace
posible un diálogo fecundo con los valores culturales y religiosos de
diferentes pueblos, entre los cuales, en cierta medida, está presente,
ofreciendo a los hombres y mujeres de corazón sincero la fuerza para superar el
mal y el engaño del Maligno, y brindando a cada uno la posibilidad de formar
parte del misterio pascual de un modo que sólo Dios conoce (87). La presencia
del Espíntu Santo hace que ese diálogo se realice en la verdad, con honradez,
humildad y respeto (88). «Al ofrecer a otros la buena nueva de la redención, la
Iglesia intenta comprender sus culturas. Intenta conocer la mente y el corazón
de quienes la escuchan, sus valores y costumbres, sus problemas y dificultades,
sus ilusiones y esperanzas. Cuando conoce y comprende estos diversos aspectos
de la cultura puede empezar el diálogo de la salvación; puede ofrecer, respetuosamente
pero con claridad y convicción, la buena nueva de la redención a todos aquellos
que libremente quieran escucharla y responder» (89). Por tanto, los pueblos de
Asia que desean asimilar la fe cristiana pueden estar seguros de que sus
esperanzas, expectativas, ansiedades y sufrimientos no sólo son abrazados por
Jesús, sino que, además, se convierten en el verdadero punto en el que el don
de la fe y la fuerza del Espíritu entran en lo más profundo de su vida.
Los pastores, en virtud de su carisma propio, tienen la misión de dirigir
ese diálogo con discernimiento. Del mismo modo, los expertos en disciplinas
sagradas o seculares desempeñan un papel importante en el proceso de
inculturación. Pero el proceso debe implicar a todo el pueblo de Dios, dado que
la vida de la Iglesia como tal debe hacer visible la fe anunciada y hecha
propia. Para tener la seguridad de que eso se realice de la forma adecuada, los
padres sinodales señalaron algunas áreas que requieren particular atención: la
reflexión teológica, la liturgia, la formación de los sacerdotes y de los
religiosos, la catequesis y la espiritualidad (90).
Areas clave de inculturación
22 El Sínodo expresó su apoyo a los teólogos en la
delicada tarea de desarrollar una teología inculturada, especialmente en el campo
de la cristología (91). Los padres sinodales subrayaron que «esta manera de
hacer teología debe promoverse con valentía, permaneciendo fieles a la
Escritura y a la Tradición de la Iglesia, con sincera adhesión al Magisterio y
con conocimiento de las situaciones pastorales» (92). También yo deseo invitar
a los teólogos a actuar en comunión con los pastores y con los miembros del
pueblo de Dios, que, en unidad y nunca separados los unos de los otros,
«reflexionan sobre el genuino sentido de la fe que nunca conviene perder de
vista» (93). El trabajo teológico siempre debe estar guiado por el respeto a la
sensibilidad de los cristianos, de modo que mediante un proceso gradual hacía
formas inculturadas de la expresión de la fe, las personas no sean inducidas a
confusión ni escandalizadas. En cualquier caso, la inculturación debe guiarse
por la compatibilidad con el Evangelio y por la comunión con la fe de la
Iglesia universal (94), y debe promoverse en plena armonía con la Tradición de
la Iglesia, teniendo como fin el fortalecimiento de la fe del pueblo. La prueba
de que ha habido una verdadera inculturación es cuando los creyentes se
comprometen más en la fe cristiana porque la perciben más claramente con los
ojos de su propia cultura.
La liturgia es la fuente y la cumbre de toda la vida y la misión cristiana
(95), y un medio fundamental de evangelización, especialmente en Asia, donde
los seguidores de diversas religiones se sienten tan atraídos por el culto, las
festividades religiosas y las devociones populares (96). La liturgia de las
Iglesias orientales, en su mayor parte, ha sido inculturada con éxito a lo
largo de siglos de interacción con la cultura de su entorno, mientras las
Iglesias fundadas más recientemente necesitan lograr que se convierta en fuente
aún mayor de alimento para sus fieles mediante un uso acertado y eficaz de
elementos tomados de las culturas locales. A pesar de ello, la inculturación
litúrgica exige mucho más que concentrarse en valores culturales, tradiciones,
símbolos y ritos. Es preciso tener presentes los cambios en la conciencia y en
las actitudes causados por la aparición de culturas secularistas y consumistas
que influyen en el sentido asiático del culto y de la oración; y, para una
genuina inculturación litúrgica en Asía, tampoco se pueden olvidar las
necesidades específicas de los pobres, los emigrantes, los refugiados, los
jóvenes y las mujeres.
Las Conferencias Episcopales nacionales o regionales deben trabajar en más
estrecho contacto con la Congregación para el culto divino y la disciplina de
los sacramentos, a fin de buscar modos eficaces de promover formas adecuadas de
culto en el contexto de Asia (97). Esa colaboración es esencial, porque la
sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que
constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las
Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal.
Los padres sinodales insistieron particularmente en la importancia de la
palabra bíblica al comunicar el mensaje de la salvación a los pueblos del
continente, donde la transmisión oral es tan importante para preservar y
comunicar la experiencia religiosa (98). Por tanto, es necesario desarrollar un
apostolado bíblico eficaz a fin de asegurar que el texto sagrado se difunda más
ampliamente y se use más intensamente con espíritu de oración entre los
miembros de la Iglesia en Asia. Los padres sinodales destacaron la urgencia de
tomarlo como base de cualquier anuncio misionero, catequesis, predicación y
estilo de espiritualidad (99). Asimismo, deben apoyarse y sostenerse los
esfuerzos realizados para traducir a las lenguas locales la Biblia, mientras la
formación bíblica debería considerarse un medio importante para educar en la fe
a las personas y disponerlas a la tarea de la proclamación. Deberán incluirse
cursos sobre la Sagrada Escritura orientados a la pastoral, poniendo el acento
en la aplicación de sus enseñanzas a las complejas realidades de Asia en los
programas de formación para el clero, para los consagrados y para los laicos (100).
Es necesario dar a conocer la Sagrada Escritura también a los seguidores de
otras religiones, dado que la Palabra de Dios tiene una fuerza intrínseca para
tocar el corazón del hombre, pues a través de ella el Espíritu de Dios revela
el plan divino de la salvación para el mundo. Además, los estilos narrativos
que se pueden apreciar en muchos libros de la Biblia son muy afines a los
textos religiosos típicos de Asia (101).
Otro aspecto clave de la inculturación es la formación de los
evangelizadores, de los que depende en gran medida su futuro. En el pasado, la
formación ha seguido a menudo el estilo, los métodos y los programas mediados
por Occidente. Aun apreciando el servicio que ha prestado ese tipo de
formación, los padres sinodales consideraron como desarrollo positivo los
esfuerzos realizados recientemente para adaptar la formación de los
evangelizadores a los contextos culturales de Asia. Además de una sólida
instrucción bíblica y patrística, los seminaristas deben adquirir un
conocimiento articulado y seguro del patrimonio teológico y filosófico de la
Iglesia, como subrayé en la encíclica Fides
et Ratio (102). Con esa preparación podrán afrontar con acierto
las tradiciones filosóficas y religiosas de Asia (103). Asimismo, los padres
sinodales impulsaron a los profesores de seminarios y a sus colaboradores a
tratar de comprender los elementos de espiritualidad y oración afines al alma
asiática y a dejarse implicar más profundamente en la búsqueda de una vida más
plena que realizan los pueblos de Asia (104). Para este fin, se puso énfasis
particular en la necesidad de garantizar que el claustro de profesores de los
seminarios tenga una formación adecuada (105). El Sínodo expresó también su
solicitud por la formación de los hombres y mujeres consagrados, especificando
claramente que su espiritualidad y su estilo de vida deben demostrar
sensibilidad ante el patrimonio religioso y cultural de las personas entre las
cuales viven y a las que sirven, siempre suponiendo el necesario discernimiento
sobre lo que es acorde con el Evangelio y lo que no lo es (106). Además, dado
que en la inculturación del Evangelio se ha de implicar todo el Pueblo de Dios,
es de suma importancia el papel de los laicos, pues a ellos corresponde en primer
lugar la transformación de la sociedad, en colaboración con los obispos, los
sacerdotes y los religiosos, infundiendo el «pensamiento de Cristo» en la
mentalidad, en las costumbres, en las leyes y en las estructuras del mundo
secular en el que viven (107). Una inculturación más amplia del Evangelio, en
todos los niveles de la sociedad en Asia, dependerá en gran medida de la
formación adecuada que las Iglesias locales sepan impartir a los laicos.
Vida cristiana como anuncio
23 Cuanto más fundada esté la comunidad cristiana en
la experiencia de Dios que brota de una fe vivida, tanto más capaz será de
anunciar de modo creíble a los demás la realización del reino de Dios en
Jesucristo. Esto depende de la escucha fiel de la palabra de Dios, de la
oración y la contemplación, de la celebración del misterio de Jesús en los
sacramentos, ante todo en la Eucaristía, y del ejemplo de verdadera comunión de
vida e integridad del amor. El centro de la Iglesia particular debe radicar en
la contemplación de Jesucristo, Dios hecho hombre: la Iglesia debe tender
constantemente a una unión más íntima con él, cuya misión continúa. La misión
es acción contemplativa y contemplación activa. Por tanto, un misionero que no
tenga una experiencia profunda de Dios en la oración y en la contemplación,
tendrá poco influjo espiritual o poco éxito en el ministerio. Se trata de una
reflexión que es fruto de mi propia experiencia sacerdotal y, como escribí en
otro lugar, el contacto con representantes de las tradiciones espirituales no
cristianas, especialmente de las asiáticas, me ha confirmado en la convicción
de que el futuro de la misión depende en gran medida de la contemplación (108).
En Asia, en la que coexisten grandes religiones, donde personas y pueblos enteros
tienen sed de lo divino, la Iglesia está llamada a ser una Iglesia de oración,
profundamente espiritual, aunque esté implicada en preocupaciones humanas y
sociales inmediatas: cada cristiano necesita una auténtica espiritualidad
misionera, hecha de oración y contemplación.
Una persona religiosa auténtica normalmente es respetada y seguida en Asia.
La oración, el ayuno y las diversas formas de ascetismo son muy apreciados. Los
seguidores de todas las religiones consideran la renuncia, el desapego, la humildad,
la sencillez y el silencio como grandes valores. Para que la oración no quede
separada de la promoción humana, los padres sinodales subrayaron que «la obra
de justicia, de caridad y de compasión está íntimamente vinculada a una vida de
auténtica oración y contemplación y, además, esa misma espiritualidad será la
fuente de toda nuestra labor de evangelización» (109). Los padres sinodales,
plenamente convencidos de la importancia de un testimonio auténtico en la
evangelización de Asia, afirmaron: «Sólo podrán anunciar la buena nueva de
Jesucristo los que se encuentren imbuidos e inspirados por el amor del Padre a
sus hijos, manifestado en la persona de Jesucristo. Ese anuncio es una misión
que necesita hombres y mujeres santos, que den a conocer y amar al Salvador
mediante su vida. Sólo se puede encender un fuego con algo que esté ya
encendido. De la misma manera, un anuncio eficaz de la buena nueva de la
salvación en Asia únicamente se puede realizar si los obispos, los sacerdotes,
los religiosos y los laicos están ellos mismos encendidos de amor a Cristo y
arden de celo por darlo a conocer en un radio más amplío, por hacer que los
demás lo amen más intensamente y lo sigan más de cerca» (110). Los cristianos
que hablan de Cristo deben encarnar en su vida el mensaje que proclaman.
Sin embargo, a este respecto, es preciso prestar atención
a una circunstancia particular en el contexto asiático. La Iglesia sabe que el
testimonio silencioso de vida sigue siendo hoy el único modo de proclamar el
reino de Dios en muchos lugares de Asia, donde la proclamación explícita está
prohibida, y no existe, o es muy reducida, la libertad religiosa. La Iglesia
vive este tipo de testimonio de modo consciente, considerándolo su manera de
«llevar su cruz» (cf. Lc 9, 23),
aunque no se cansa de reclamar ante los gobiernos e impulsarlos a reconocer la
libertad religiosa como derecho humano fundamental. Es significativo repetir,
al respecto, las palabras del Concilio Vaticano II: «La persona humana tiene
derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los
hombres deben estar libres de coacción, tanto por parte de personas
particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano, de modo
que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia,
ni se le impida que actúe conforme a ella, pública o privadamente, solo o
asociado con otros, dentro de los debidos limites» (111). En algunos países
asiáticos este principio aún debe ser reconocido y aplicado.
Por tanto, es evidente que el anuncio de Jesucristo en
Asia presenta muchos aspectos complejos, tanto de contenido como de método. Los
padres sinodales tenían profunda conciencia de que existe una legítima variedad
de enfoques en la proclamación de Jesús, pero a condición de que se respete la
fe en su integridad en el proceso de apropiación y participación de la misma.
El Sínodo subrayó que «la evangelización es hoy una realidad rica y dinámica,
con varios aspectos, como el testimonio, el diálogo, el anuncio, la catequesis,
la conversión, el bautismo, la incorporación en la comunidad eclesial, la
implantación de la Iglesia, la inculturación y el desarrollo integral del
hombre. Algunos de estos elementos van juntos, mientras que otros son etapas o
fases sucesivas del proceso total de evangelización» (112). Sin embargo, en
toda la obra de evangelización, lo que se debe anunciar es la verdad completa
de Jesucristo. Es legitimo y necesario subrayar algunos aspectos del inagotable
misterio de Jesús al proponer gradualmente a Cristo a una persona, pero no se
puede permitir ninguna componenda con respecto a la integridad de la fe. En
definitiva, la aceptación de la fe por parte de una persona debe basarse en una
comprensión cierta de la persona de Jesucristo, el Señor de todos, que «es el
mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8),
como enseña la Iglesia en todo tiempo y lugar.
CAPITULO V
Comunión y misión van juntas
24 Por obediencia al eterno designio del Padre, la
Iglesia, prevista desde los orígenes del mundo, preparada en el Antiguo
Testamento, instituida por Jesucristo y hecha presente en el mundo por el
Espíritu Santo el día de Pentecostés, «continúa su peregrinación en medio de
las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios» (113), mientras avanza
hacía la perfección en la gloría del cielo. Dado que Dios desea «que todo el
género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único cuerpo de
Cristo, se codifique en un único templo del Espíritu Santo» (114), la Iglesia
es en el mundo «el designio visible del amor de Dios por la humanidad, el
sacramento de la salvación» (115). Así pues, no se la puede considerar
simplemente como una organización social o una agencia de asistencia
humanitaria. A pesar de que cuenta entre sus miembros con hombres y mujeres
pecadores, debe ser considerada como el lugar privilegiado del encuentro entre
Dios y el hombre, en el que Dios elige revelar el misterio de su vida íntima y
realizar su plan de salvación del mundo.
El misterio del designio de amor de Dios se hace presente
y activo en la comunidad de los hombres y mujeres que han sido sepultados con
Cristo mediante el bautismo en la muerte, de forma que, como Cristo fue resucitado
de entre los muertos por la gloria del Padre, también ellos caminen en una vida
nueva (cf. Rm 6, 4). En el centro
del misterio de la Iglesia se halla el vínculo de comunión que une a
Cristo-Esposo con todos los bautizados. A través de esta comunión viva y
vivificante, «los cristianos ya no se pertenecen a si mismos, sino que son
propiedad de Cristo» (116); unidos al Hijo con el vínculo del amor del
Espíritu, están unidos al Padre, y de esta comunión fluye la comunión que
comparten unos con otros mediante Cristo en el Espíritu Santo (117). Así pues,
el primer fin de la Iglesia consiste en ser el sacramento de la unión íntima de
la persona humana con Dios y, como la comunión de los hombres radica en esta
unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género
humano (118), ya comenzada en ella; al mismo tiempo, es «signo e instrumento»
de la plena realización de esta unidad, que aún está por venir (119.)
La vida en Cristo tiene como requisito esencial que quien
entra en comunión con el Señor dé fruto: «EI que permanece en mi y yo en él,
ése da mucho fruto» (Jn 15, 5). De
tal manera es esto verdad, que la persona que no da fruto no permanece en la
comunión: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, (el Padre) lo corta» (Jn 15, 2). La comunión con Jesús,
fuente de la comunión de los cristianos entre sí, es condición indispensable para
dar fruto; y la comunión con los demás, don de Cristo y de su Espíritu, es el
fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar. En este sentido, comunión y
misión están inseparablemente unidas, se hallan entrelazadas y se implican
mutuamente, de tal forma que «la comunión representa a la vez la fuente y el
fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión»
(120).
El Concilio Vaticano II, utilizando la teología de la comunión, pudo
describir la Iglesia como el pueblo de Dios en peregrinación, al que, en cierto
modo, todos los pueblos están vinculados (121). Sobre esta base, los padres
sinodales subrayaron el vínculo misterioso que existe entre la Iglesia y los
seguidores de otras religiones asiáticas, advirtiendo que «están relacionados
con la Iglesia de modos y en grados diferentes» (122). Entre pueblos, culturas
y religiones tan diversos, «la vida de la Iglesia como comunión es de suma
importancia» (123). En efecto, el servicio de unidad de la Iglesia tiene una
relevancia específica en Asía, donde hay muchas tensiones, divisiones y
conflictos, causados por diferencias étnicas, sociales, culturales,
lingüísticas, económicas y religiosas. En ese marco las Iglesias locales que
están en Asía, en comunión con el Sucesor de Pedro, necesitan promover entre si
una comunión más profunda de mente y corazón, mediante una colaboración más
estrecha. Asimismo, son vitales para la misión evangelizadora las relaciones
con las demás Iglesias y comunidades eclesiales y con los seguidores de otras religiones
(124). Por consiguiente, el Sínodo renovó el compromiso de la Iglesia en Asía
con vistas a la tarea de promover tanto las relaciones ecuménicas como el
diálogo interreligioso, consciente de que construir la unidad, trabajar por la
reconciliación, entablar vínculos de solidaridad, promover el diálogo entre
religiones y culturas, erradicar prejuicios y suscitar confianza entre los
pueblos es esencial para la misión evangelizadora de la Iglesia en el
continente. Todo ello exige de la comunidad católica un sincero examen de
conciencia, valentía para la reconciliación y un renovado compromiso en favor
del diálogo. En el umbral del tercer milenio, es evidente que la capacidad de
la Iglesia de evangelizar requiere que se esfuerce a fondo por servir a la causa
de la unidad en todas las dimensiones, dado que comunión y misión van unidas.
Comunión dentro de la Iglesia
25 Los obispos de la Asamblea especial para Asía,
reunidos en torno al Sucesor de Pedro, orando y trabajando juntos, dieron una
imagen concreta de lo que debe ser la comunión de la Iglesia en toda la rica
diversidad de las Iglesias particulares que presiden en la caridad. También mí
presencia en las Congregaciones generales del Sínodo fue una gran oportunidad
para compartir las dificultades, las alegrías y las esperanzas de los obispos,
y a la vez un ejercicio intenso y profundamente sentido de mí ministerio.
Precisamente dentro de la perspectiva de la comunión eclesial la autoridad
universal del Sucesor de Pedro resplandece con mayor claridad más que como
poder jurídico sobre las Iglesias locales, como primado pastoral al servicio de
la unidad de la fe y de la vida dentro de todo el pueblo de Dios. Profundamente
conscientes de que «el ministerio del Sucesor de Pedro tiene la función
específica de garantizar y promover la unidad de la Iglesia» (125), los padres
sinodales reconocieron con aprecio el servicio que los dicasterios de la Curia
romana y el servicio diplomático de la Santa Sede prestan a las Iglesias
locales, con espíritu de comunión y colegialidad (126). Dimensión esencial de
este servicio es el respeto y la sensibilidad que estos íntimos colaboradores
del Sucesor de Pedro muestran hacía la legítima diversidad de las Iglesias
locales y la variedad de culturas y pueblos con los que entran en contacto.
Cada Iglesia particular debe fundarse en el testimonio de la comunión
eclesial, que constituye la naturaleza misma de la Iglesia. Los padres
sinodales prefirieron describir la diócesis como una comunión de comunidades
reunidas en torno al pastor, donde el clero, los consagrados y los laicos están
comprometidos en un «diálogo de vida y de corazón» (127) sostenido por la
gracia del Espíritu Santo. Y es en primer lugar en la diócesis donde la visión
de una comunión de comunidades puede realizarse en medio de las complejas
realidades sociales, políticas, religiosas, culturales y económicas de Asía. La
comunión eclesial implica que cada Iglesia local se convierta en lo que los
padres sinodales llamaron una «Iglesia participativa», es decir, una Iglesia en
la que cada uno viva su vocación propia y cumplía su función. Con el fin de
edificar la «comunión para la misión» y la «misión de comunión», debe
reconocerse, desarrollarse y utilizarse de forma eficaz el carisma singular de
cada miembro (128). En particular, es necesario promover una mayor implicación
de los laicos y de las personas consagradas en la programación pastoral y en el
proceso de toma de decisiones mediante estructuras de participación, como los
consejos pastorales y las asambleas parroquiales (129).
En cada diócesis la parroquia sigue siendo el lugar ordinario donde los
fieles se reúnen para crecer en la fe, para vivir el misterio de la comunión
eclesial y para participar en la misión de la Iglesia. Por eso, los padres
sinodales invitaron apremiantemente a los párrocos a idear modos nuevos y
eficaces de guiar pastoralmente a los fieles, de forma que todos, especialmente
los pobres, se sientan realmente parte de la parroquia y de todo el pueblo de
Dios. La programación pastoral juntamente con los laicos debería ser habitual
en todas las parroquias (130). Asimismo, el Sínodo destacó que «la parroquia
debería ofrecer a los jóvenes más oportunidades de amistad y comunión mediante
actividades de apostolado juvenil organizado y asociaciones de jóvenes» (131).
Nadie debería quedar excluido a priori, por razón de su condición social,
económica, política, cultural o educativa, de participar plenamente en la vida
y en la misión de la parroquia; y, de la misma forma que todo seguidor de
Cristo tiene un don que ofrecer a la comunidad, la comunidad debería estar
dispuesta a recibir el don de cada uno y a beneficiarse de él.
En ese contexto y refiriéndose a su propia experiencia
pastoral, los padres sinodales subrayaron el valor de las comunidades
eclesiales de base como un modo eficaz de promover la comunión y la
participación en las parroquias y en las diócesis, y también una auténtica
fuerza para la evangelización (132). Estos pequeños grupos ayudan a los fieles
a vivir como comunidades que creen, oran y se aman como los primeros cristianos
(cf. Hch 2, 44-47; 4, 32-35).
Tienden a ayudar a sus miembros a vivir el Evangelio con espíritu de amor
fraterno y de servicio, y por eso son un sólido punto de partida para construir
una nueva sociedad, que sea expresión de la civilización del amor. Junto con el
Sínodo, exhorto a la Iglesia en Asía, donde sea posible, a considerar a esas
comunidades de base como un instrumento útil para la actividad evangelizadora de
la Iglesia. Al mismo tiempo, serán eficaces sí, como escribió Pablo VI, viven
en unión con la Iglesia particular y universal, en sincera comunión con los
pastores y el Magisterio, con un compromiso en favor de la obra misionera y sin
caer en aislamientos o en explotación ideológica (133). La presencia de esas
pequeñas comunidades no hace inútiles las instituciones y las estructuras
establecidas, que la Iglesia sigue necesitando para cumplir su misión.
El Sínodo reconoció también el papel de los movimientos de
renovación en la edificación de la comunión, cuando ofrecen la oportunidad de
una experiencia de Dios más profunda a través de la fe y los sacramentos, e
impulsan a la conversión de vida (134). A los pastores corresponde la
responsabilidad de guiar, acompañar y apoyar a esos grupos, de forma que se
integren en la vida y en la misión de la parroquia y de la diócesis. Quienes
formen parte de asociaciones o movimientos deberían apoyar a la Iglesia local,
y no presentarse como alternativas a las estructuras diocesanas y a la vida
parroquial. La comunión crece mucho más firmemente cuando los responsables
locales de esos movimientos actúan juntamente con los pastores con espíritu de
caridad para el bien de todos (cf. 1
Co 1, 13).
Solidaridad entre las Iglesias
26 Esta comunión «ad intra» contribuye a la
solidaridad entre las Iglesias particulares. La atención a las necesidades
locales es legítima e indispensable, pero la comunión exige que las Iglesias
particulares permanezcan abiertas unas con respecto a las otras y colaboren
entre sí, para que en su diversidad conserven y manifiesten claramente el
vinculo de comunión con la Iglesia universal. La comunión requiere mutua
comprensión y coordinación de esfuerzos con vistas a la misión, sin perjuicio
de la autonomía y los derechos de las Iglesias según las respectivas
tradiciones teológicas, litúrgicas y espirituales. Sin embargo, la historia
demuestra que a menudo las divisiones han herido la comunión de las Iglesias en
Asía. A lo largo de los siglos, a veces las relaciones entre las Iglesias
particulares de jurisdicciones eclesiásticas, tradiciones litúrgicas y métodos
misioneros diferentes han sido tensas o difíciles. Los obispos presentes en el
Sínodo reconocieron que, por desgracia, también hoy, en Asía, tanto en el
interior de las Iglesias particulares, como entre si, existen a veces
divisiones vinculadas a menudo a diferencias rituales, lingüísticas, étnicas,
ideológicas o de casta. Algunas heridas han cicatrizado, al menos en parte,
pero todavía no están totalmente curadas.
Reconociendo que donde la comunión está debilitada suele sufrir el
testimonio de la Iglesia y el trabajo misionero, los padres propusieron
iniciativas concretas para fortalecer las relaciones entre las Iglesias
particulares en Asía. Además de las necesarias expresiones espirituales de
apoyo y aliento, sugirieron una distribución más equitativa de los sacerdotes,
una solidaridad económica más eficaz, intercambios culturales y teológicos, y mayores
oportunidades de hermanamiento entre diócesis (135).
Asociaciones regionales y continentales de obispos, en particular el Consejo
de los Patriarcas Católicos de Oriente Medio y la Federación de las
Conferencias Episcopales de Asía, han contribuido a promover la unidad entre
las Iglesias particulares y han proporcionado un lugar de encuentro para la
colaboración con el fin de resolver problemas pastorales. Del mismo modo,
existen muchos centros de teología, de espiritualidad y de actividad pastoral en
Asía que promueven la comunión y la colaboración práctica (136). Todos tienen
la responsabilidad de hacer que estas prometedoras iniciativas se desarrollen
aún más para el bien de la Iglesia y de la sociedad en Asía.
Las Iglesias orientales católicas
27 La situación de las Iglesias orientales
católicas, principalmente de Oriente Medio y de la India, merece una atención
especial. Desde los tiempos apostólicos han conservado una valiosa herencia
espiritual, litúrgica y teológica. Sus ritos y sus tradiciones, nacidos como
fruto de una profunda inculturación de la fe en muchos países de Asía, merecen
el mayor respeto. Junto con los padres sinodales, pido a todos que reconozcan
las legitimas tradiciones y la libertad de esas Iglesias en materias de
disciplina y litúrgicas, a tenor del Código de Cánones de las Iglesias
Orientales (137). A la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, existe
urgente necesidad de superar los temores y las incomprensiones que parecen
surgir de vez en cuando entre las Iglesias orientales católicas y la Iglesia
latina, así como entre esas mismas Iglesias, especialmente por lo que atañe a
la atención pastoral de los fieles, incluso fuera de sus territorios propios
(138). Los creyentes, como hijos de la única Iglesia, renacidos a una nueva
vida en Cristo, están llamados a afrontar cualquier dificultad con espíritu de
comunión de mente, confianza e inquebrantable caridad. No hay que permitir que
los conflictos engendren divisiones; es preciso afrontarlos con espíritu de
verdad y respeto, dado que no puede haber ningún bien si no procede del amor
(139).
Estas venerables Iglesias están implicadas directamente en el diálogo
ecuménico con las Iglesias ortodoxas hermanas, y los padres sinodales las han
invitado a proseguir por ese camino (140). También han tenido valiosas
experiencias de diálogo interreligioso, especialmente con el islam, y eso puede
ayudar a las demás Iglesias en Asia y en otros lugares. Es evidente que las
Iglesias orientales católicas tienen una gran riqueza de tradiciones y
experiencias que pueden ser fuente de grandes beneficios para toda la Iglesia.
Compartir las esperanzas y los sufrimientos
28 Los padres sinodales también eran conscientes de
la necesidad de una comunión y colaboración efectivas con las Iglesias particulares
presentes en los territorios asiáticos de la ex Unión Soviética, que se están
reconstituyendo en medio de las difíciles circunstancias que han heredado de un
tormentoso periodo de la historia. La Iglesia las acompaña con la oración,
compartiendo sus sufrimientos y sus nuevas esperanzas. Exhorto a toda la
Iglesia a prestarles apoyo moral, espiritual y material, poniendo a su
disposición también personas ordenadas y no ordenadas, pues son realmente
necesarias para ayudar a esas comunidades en la tarea de compartir el amor de
Dios revelado en Cristo con los pueblos de esas tierras (141).
En muchas partes de Asia, nuestros hermanos y hermanas siguen viviendo la fe
entre restricciones o con una total privación de libertad. Con respecto a estos
miembros sufrientes de la Iglesia, los padres sinodales expresaron especial
preocupación y solicitud. Juntamente con los obispos de Asia, exhorto a los
hermanos y hermanas de esas Iglesias que viven en circunstancias difíciles a
unir sus sufrimientos a los del Señor crucificado, dado que tanto nosotros como
ellos sabemos que sólo la cruz, cuando se lleva con fe y amor, es camino hacia
la resurrección y la vida nueva para la humanidad. Aliento a las diferentes
Conferencias Episcopales nacionales en Asia a establecer una oficina para
ayudar a esas Iglesias; por mi parte, aseguro la continua cercanía y solicitud
de la Santa Sede a cuantos sufren persecución por la fe en Cristo (142). Invito
a los Gobiernos y a los responsables de las naciones a adoptar y poner en
práctica políticas que garanticen la libertad religiosa para todos los
ciudadanos.
En diversas ocasiones los padres sinodales dirigieron su mirada hacia la
Iglesia católica que está en la China continental y oraron para que pronto
llegue el día en que nuestros amadísimos hermanos y hermanas chinos gocen de
libertad para practicar su fe en plena comunión con la Sede de Pedro y la
Iglesia universal. A vosotros, queridos hermanos y hermanas chinos, os dirijo
esta ferviente exhortación: no permitáis nunca que las dificultades y las
lágrimas disminuyan vuestra adhesión a Cristo y vuestro compromiso en favor de
vuestra gran nación (143). El Sínodo expresó también una cordial solidaridad
con la Iglesia católica que está en Corea y manifestó su apoyo a «los esfuerzos
(de los católicos) por ofrecer asistencia al pueblo de Corea del Norte, privado
de los medios indispensables de supervivencia, y por contribuir a la
reconciliación entre esos dos países, formados por un único pueblo, con una
única lengua y una única herencia cultural» (144).
Del mismo modo, el pensamiento del Sínodo se dirigió a
menudo a la Iglesia de Jerusalén, que ocupa un lugar especial en el corazón de
todos los cristianos. Las palabras del profeta Isaías sin duda encuentran eco
en el corazón de millones de creyentes de todo el mundo, para los que Jerusalén
ocupa un lugar único y muy amado: «Alegraos con Jerusalén y regocijaos con ella
todos los que la amáis. Llenaos de alegria con ella todos los que con ella
hacíais duelo; de modo que os alimentéis hasta hartaros del seno de sus
consuelos» (Is 66, 10-11).
Jerusalén, ciudad de la reconciliación de los hombres con Dios y entre si, ha
sido con demasiada frecuencia escenario de conflictos y división. Los padres sinodales
exhortaron a las Iglesias particulares a mostrar solidaridad con la Iglesia que
está en Jerusalén, compartiendo sus sufrimientos, orando por ella y colaborando
con ella para servir a la paz, a la justicia y a la reconciliación entre los
dos pueblos y las tres religiones presentes en la ciudad Santa (145). Renuevo
el llamamiento que he hecho en repetidas ocasiones a los líderes políticos y
religiosos, así como a todas las personas de buena voluntad, a buscar caminos
para asegurar la paz y la integridad de Jerusalén. Como escribí en otra
ocasión, tengo el ardiente deseo de ir en peregrinación religiosa, como mi
predecesor Pablo VI, para orar en la ciudad Santa donde Jesucristo vivió, murió
y resucitó, y a visitar el lugar desde el cual, con la fuerza del Espíritu
Santo, los Apóstoles partieron para proclamar el Evangelio de Jesucristo al
mundo (146).
Una misión de diálogo
29 El tema común de varios Sínodos continentales»,
que han contribuido a la preparación de la Iglesia para el gran jubileo del año
2000, es el de la nueva evangelización. Una nueva época de anuncio del
Evangelio es esencial no sólo porque, después de dos mil años, gran parte de la
familia humana aún no reconoce a Cristo, sino también porque la situación en
que la Iglesia y el mundo se encuentran, en el umbral del nuevo milenio,
plantea particulares desafios a la fe religiosa y a las verdades morales que
derivan de ella. Existe una tendencia casi generalizada a construir el progreso
y la prosperidad sin referencias a Dios y a reducir la dimensión religiosa de
la persona a la esfera privada. La sociedad, separada de las verdades más
fundamentales que atañen al hombre, y específicamente su relación con el
Creador y con la redención realizada por Cristo en el Espíritu Santo, sólo
puede perder cada vez más las verdaderas fuentes de la vida, el amor y la
felicidad. Este siglo violento, que está a punto de llegar a su fin, da un
terrible testimonio de lo que puede suceder cuando se abandonan la verdad y la
bondad por el afán de poder y por la afirmación de si mismos en perjuicio de
los demás. La nueva evangelización como invitación a la conversión, a la gracia
y a la sabiduría, es la única esperanza auténtica para un mundo mejor y para un
futuro más luminoso. La cuestión no consiste en sí la Iglesia tiene algo
esencial que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sino más bien sí
lo puede decir con claridad y de modo convincente.
Durante el Concilio Vaticano II, mi predecesor el Papa Pablo VI declaró, en
la Carta encíclica Ecclesiam suam, que la cuestión de la relación entre
la Iglesia y el mundo moderno era una de las preocupaciones más importantes de
nuestro tiempo, y escribió que «su presencia y su urgencia son tales, que
constituyen un peso en nuestro espíritu, un estimulo, casi una vocación» (147).
Desde el Concilio hasta hoy, la Iglesia ha demostrado con coherencia que quiere
entablar esa relación con espíritu de diálogo. Sin embargo, el deseo de diálogo
no es simplemente una estrategia para una coexistencia pacífica entre los pueblos;
más bien, es parte esencial de la misión de la Iglesia, ya que hunde sus raíces
en el diálogo amoroso de salvación que el Padre mantiene con la humanidad, en
el Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo. La Iglesia sólo puede cumplir su
misión de un modo que corresponda a la manera en que Dios actuó en Jesucristo,
que se hizo hombre, compartió la vida humana y habló un lenguaje humano para
comunicar su mensaje salvifíco. Este diálogo que la Iglesia propone se funda en
la lógica de la Encarnación. Por tanto, solamente una auténtica y desinteresada
solidaridad impulsa a la Iglesia al diálogo con los hombres y mujeres de Asia
que buscan la verdad en el amor.
La Iglesia, sacramento de la unidad del género humano, no
puede por menos de entrar en diálogo con todos los pueblos, en todos los
tiempos y lugares. Por la misión que ha recibido, sale al encuentro de los
pueblos del mundo, convencida de que es «un pequeño rebaño» dentro de la
inmensa multitud de la humanidad (cf. Lc
12, 32), pero también de que es levadura en la masa del mundo (cf. Mt 13, 33). Los esfuerzos por
comprometerse en el diálogo se dirigen ante todo hacia quienes comparten la fe
en Jesucristo, Señor y Salvador, y luego se extienden, más allá del mundo
cristiano, hasta los seguidores de las demás tradiciones religiosas, sobre la
base del anhelo religioso presente en todo corazón humano. Así pues, el diálogo
ecuménico y el interreligioso constituyen para la Iglesia una auténtica
vocación.
El diálogo ecuménico
30 El diálogo ecuménico es un desafío y una llamada
a la conversión para toda la Iglesia, especialmente para la Iglesia en Asia,
donde los habitantes esperan que los cristianos den un signo más claro de
unidad. Es preciso restablecer la comunión entre los que con fe han aceptado a
Jesucristo como Señor, para que todos los pueblos puedan reunirse por la gracia
de Dios. Jesús mismo oró por la unidad visible de sus discípulos y no deja de
estimularlos a ella, para que el mundo crea que el Padre lo envió (cf. Jn. 17,
21) (148). Pero la voluntad del Señor de que su Iglesia sea una exige una
respuesta completa y valiente de sus discípulos.
En Asia, precisamente donde el número de los cristianos es proporcionalmente
escaso, la división hace que la actividad misionera resulte aún más difícil.
Los padres sinodales constataron que «el escándalo de una cristiandad dividida
es un gran obstáculo para la evangelización en Asía» (149). En efecto, los que
en Asia buscan la armonía y la unidad a través de sus religiones y culturas
consideran la división entre los cristianos como un antitestimonio de
Jesucristo. Por eso, la Iglesia católica en Asia se siente particularmente
impulsada a promover la unidad con los demás cristianos, consciente de que la
búsqueda de la comunión plena requiere de cada uno caridad, discernimiento,
valentía y esperanza. «EI ecumenismo, para ser auténtico y fecundo, exige,
además, por parte de los fieles católicos, algunas disposiciones fundamentales.
Ante todo, la caridad, con una mirada llena de simpatía y un vivo deseo de
cooperar, donde sea posible, con los hermanos de las demás Iglesias o
comunidades eclesiales. En segundo lugar, la fidelidad a la Iglesia católica,
sin desconocer ni negar las faltas manifestadas por el comportamiento de
algunos de sus miembros. En tercer lugar, el espíritu de discernimiento, para
apreciar lo que es bueno y digno de elogio. Por último, se requiere una sincera
voluntad de purificación y renovación» (150).
Los padres sinodales, aunque reconocieron las dificultades que todavía
existen en las relaciones entre los cristianos, que implican no sólo prejuicios
heredados del pasado sino también creencias arraigadas en profundas
convicciones que afectan a la conciencia (151), pusieron de relieve los signos
de la mejoría de las relaciones entre algunas Iglesias y comunidades cristianas
en Asia. Por ejemplo, católicos y ortodoxos reconocen a menudo una unidad cultural
entre ellos, un sentido de participación de elementos importantes de una
tradición eclesial común. Esto constituye una sólida base para un diálogo
ecuménico fructuoso que pueda proseguir también en el próximo milenio, y que
—como esperamos y pedimos a Dios— al final ponga fin a las divisiones del
milenio que está a punto de concluir.
En el ámbito práctico, el Sínodo propuso que las Conferencias Episcopales de
Asía inviten a las demás Iglesias cristianas a unirse en un camino de oración y
consultas para crear nuevos organismos y asociaciones ecuménicos con vistas a
la promoción de la unidad de los cristianos. Ayudará también la sugerencia del
Sínodo de que la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebre
con más provecho. Es conveniente que los obispos instituyan y presidan centros
ecuménicos de oración y diálogo; asimismo, es necesario incluir en el currículo
de los seminarios, de las casas de formación y de las instituciones educativas,
una formación adecuada con vistas al diálogo ecuménico.
El diálogo interreligioso
31 En
la Carta apostólica Tertio
Millennio Adveniente indiqué que la cercanía de un nuevo milenio
brinda una gran oportunidad para el diálogo interreligioso y para encuentros
con los líderes de las grandes religiones del mundo (152). Concilio Vaticano II
encomendó a toda la Iglesia, como un deber y un desafío, la tarea de llevar a
cabo los contactos, el diálogo y la cooperación con los seguidores de las demás
religiones. Los principios para la búsqueda de una relación positiva con las
demás tradiciones religiosas se hallan enunciados en la Declaración conciliar Nostra aetate, promulgada el 28 de octubre de
1965. Es la Carta magna del diálogo interreligioso para nuestros tiempos. Desde
el punto de vista cristiano, el diálogo interreligioso es mucho más que un modo
de promover el conocimiento y el enriquecimiento recíprocos; es parte de la
misión evangelizadora de la Iglesia, una expresión de la mi-sión Ad gentes (153). Los cristianos aportan a
este diálogo la firme convicción de que la plenitud de la salvación proviene
sólo de Cristo y que la comunidad de la Iglesia a la que pertenecen es el medio
ordinario de salvación (154). Repito aquí lo que escribí a la V Asamblea
plenaria de la Federación de las Conferencias Episcopales de Asía: «Aunque la
Iglesia reconoce con gusto cuanto hay de verdadero y Santo en las tradiciones
religiosas del budismo, el hinduismo y el Islam, reflejos de la verdad que
ilumina a todos los hombres, sigue en pie su deber y su determinación de
proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es "el camino, la verdad y la
vida" (Jn 14, 6; cf. Nostra
aetate, 2). (...) El hecho de que
los seguidores de otras religiones puedan recibir la gracia de Dios y ser
salvados por Cristo independientemente de los medios ordinarios que él ha
establecido, no anula la llamada a la fe y al bautismo, que Dios quiere para
todos los pueblos» (155).
Con respecto al proceso del diálogo, en la Carta encíclica Redemptoris
Missio escribí: «No debe darse ningún tipo de abdicación ni de
irenismo, sino el testimonio recíproco para un progreso común en el camino de
búsqueda y experiencia religiosa y, al mismo tiempo, para superar prejuicios,
intolerancias y malentendidos» (156). Sólo quienes poseen una fe cristiana
madura y convencida están preparados para participar en un auténtico diálogo
interreligioso. «Unicamente los cristianos profundamente inmersos en el
misterio de Cristo y felices en su comunidad de fe pueden, sin riesgo inútil y
con esperanza de frutos positivos, participar en el diálogo interreligioso»
(157). Por eso, es importante que la Iglesia en Asía proporcione modelos
correctos de diálogo interreligioso (evangelización en el diálogo y diálogo
para la evangelización) y una preparación adecuada para los que están
implicados en él.
Después de subrayar la necesidad de una sólida fe en
Cristo con vistas al diálogo interreligioso. los padres sinodales hablaron de
la necesidad de un diálogo de vida y de corazón. Los seguidores de Cristo deben
tener un corazón humilde y cordial como el del Maestro, nunca soberbio ni
condescendiente, cuando participan en el diálogo con los demás (cf. Mt 11, 29). »Las relaciones
interreligiosas se desarrollan mucho mejor en un marco de apertura a otros
creyentes, voluntad de escucha y deseo de respetar y comprender a los demás en
sus diferencias. Por eso, es indispensable el amor a los demás. Eso debería
llevar a la colaboración, a la armonía y al enriquecimiento mutuo» (158).
Para orientar a los que están comprometidos en ese proceso, el Sínodo
sugirió que se elabore un directorio para el diálogo interreligioso (159).
Mientras la Iglesia busca nuevos caminos de encuentro con otras religiones,
deseo recordar algunas formas de diálogo que ya están dando buenos resultados:
los intercambios académicos entre expertos en las diversas tradiciones
religiosas o representantes de éstas, la acción común en favor del desarrollo
humano integral y la defensa de los valores humanos y religiosos (160). Deseo
reafirmar la importancia que tiene, en el proceso del diálogo, revitalizar la
oración y la contemplación. Las personas de vida consagrada pueden contribuir
de modo significativo al diálogo interreligioso, testimoniando la vitalidad de
las grandes tradiciones cristianas de ascetismo y misticismo (161).
El memorable encuentro de Asís, ciudad de San Francisco, el 27 de octubre de
1986, entre la Iglesia católica y los representantes de las demás religiones
mundiales demuestra que los hombres y mujeres de religión, sin abandonar sus
respectivas tradiciones, pueden comprometerse en la oración y trabajar por la
paz y el bien de la humanidad (162). La Iglesia debe seguir esforzándose por
presentar y promover en todos los niveles este espíritu de encuentro y
colaboración con las demás religiones.
La comunión y el diálogo son dos aspectos esenciales de la misión de la
Iglesia: tienen su modelo infinitamente trascendente en el misterio de la
Trinidad, de la que procede toda misión y a la que debe volver. Uno de los
grandes dones «de cumpleaños» que los miembros de la Iglesia, especialmente los
pastores, pueden ofrecer al Señor de la historia en el 2000 aniversario de la
Encarnación es el fortalecimiento del espíritu de unidad y comunión en todos
los niveles de la vida eclesial, un «Santo orgullo» en la fidelidad constante
de la Iglesia a lo que ha recibido, una nueva confianza en la gracia y en la
misión perennes que la envían entre los pueblos del mundo como testigo del amor
y de la misericordia salvíficos de Dios. Sólo si el pueblo de Dios reconoce el
don que ha recibido en Cristo, será capaz de comunicarlo a los demás mediante
el anuncio y el diálogo.
CAPÍTULO VI
El servicio social de la promoción
humana
La doctrina social de la Iglesia
32 En el servicio a la familia humana, la Iglesia se
dirige a todos los hombres y mujeres sin distinción, esforzándose por construir
juntamente con ellos la civilización del amor, fundada en los valores
universales de la paz, la justicia, la solidaridad y la libertad, que
encuentran su plenitud en Cristo. Como afirmó con palabras memorables el
Concilio Vaticano II: «EI gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los
hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos,
son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y
no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón» (163).
Por tanto, la Iglesia en Asía con su multitud de pobres y oprimidos, está
llamada a vivir una comunión de vida que se manifiesta de modo particular en el
amoroso servicio a los pobres e indefensos.
Sí en los tiempos recientes el Magisterio de la Iglesia ha insistido mucho
más en la necesidad de promover el desarrollo auténtico e integral de la
persona humana (164), lo ha hecho para responder a la situación real de los
pueblos del mundo y a una mayor conciencia de que no sólo las acciones de las
personas, sino también las estructuras de la vida social, política y económica
son frecuentemente enemigas del bienestar humano. Los desequilibrios vinculados
a la creciente brecha entre los que se benefician de la mayor capacidad del
mundo de producir riqueza y los que quedan al margen del progreso exigen un
cambio radical tanto de mentalidad como de estructuras en favor de la persona
humana. El gran desafío moral que afrontan las naciones y la comunidad
internacional con respecto al desarrollo consiste en tener la valentía de una
nueva solidaridad, capaz de tomar medidas creativas y eficaces a fin de superar
tanto el subdesarrollo deshumanizante como el «superdesarrollo» que tiende a
reducir a la persona a una partícula económica en una tela de araña de consumo
cada vez más opresora. La Iglesia, mientras trata de promover este cambio, «no
tiene soluciones técnicas que ofrecer», pero «da su primera contribución a la
solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre
Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta»
(165). El desarrollo humano nunca es simplemente una cuestión técnica o
económica. Es, ante todo, una cuestión humana y moral.
La doctrina social de la Iglesia, que propone un conjunto de principios de
reflexión, criterios de juicio y directrices de acción (166), está destinada en
primer lugar a los miembros de la Iglesia. Es esencial que los fieles
comprometidos en la promoción humana tengan una sólida comprensión de este
valioso cuerpode enseñanzas y lo conviertan en parte integrante de su misión
evangelizadora. Por eso, los padres sinodales subrayaron la importancia de
brindar a los fieles —en toda actividad educativa, y especialmente en los
seminarios y en las casas de formación— una sólida preparación en lo que atañe
a la doctrina social de la Iglesia (167). Es preciso formar bien en esa
doctrina a los líderes cristianos en la Iglesia y en la sociedad, especialmente
a los laicos con responsabilidades en la vida pública, de forma que puedan
inspirar y vivificar la sociedad civil y sus estructuras con la levadura del
Evangelio (168). La doctrina social de la Iglesia no sólo recordará a esos
líderes cristianos sus deberes, también les ofrecerá líneas de acción en favor
del desarrollo humano, y los librará de falsas nociones sobre la persona y la
actividad humana.
La dignidad de la persona humana
33 Los seres humanos, y no la riqueza o la
tecnología, son los agentes principales y los destinatarios del desarrollo. Por
consiguiente, el tipo de desarrollo que la Iglesia promueve va mucho más allá
de las cuestiones económicas o tecnológicas: comienza y termina con la
integridad de la persona humana creada a imagen de Dios y dotada de la dignidad
y los derechos humanos inalienables que Dios le dio. Las diversas declaraciones
internacionales sobre los derechos humanos y las numerosas iniciativas
inspiradas por ellas son signo de la creciente atención que se presta a escala
mundial a la dignidad de la persona humana. Por desgracia, esas declaraciones a
menudo no se cumplen en la práctica. Cincuenta años después de la solemne
proclamación de la Declaración Universal de derechos humanos, muchas personas
aún se hallan sometidas a las más degradantes formas de explotación y
manipulación, que hacen de ellas verdaderas esclavas de los más poderosos, de
ideologías, del poder económico, de sistemas políticos opresores, de la tecnocracia
científica o de la invasión de los medios de comunicación social (169).
Los padres sinodales eran plenamente conscientes de la persistente violación
de los derechos humanos en muchas partes del mundo, y particularmente en Asia,
donde «millones de personas sufren discriminación, explotación, pobreza y
marginación» (170). Asimismo, destacaron la necesidad de que todo el pueblo de
Dios en Asia llegue a tomar clara conciencia del desafío inevitable e
irrenunciable vinculado con la defensa de los derechos humanos y con la
promoción de la justicia y la paz.
Amor preferencial por los pobres
34En la búsqueda de la promoción de la dignidad humana, la Iglesia
demuestra un amor preferencial por los pobres y los que carecen de voz, porque
el Señor se identificó con ellos de modo especial (cf. Mt 25, 40). Este amor no excluye a
nadie; simplemente encarna una prioridad de servicio atestiguada por toda la
tradición cristiana. «Este amor preferencial, con las decisiones que nos
inspira no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos
mendigos sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un
futuro mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarla
significaría parecernos al "rico epulón", que fingió no conocer al
mendigo Lázaro, postrado a su puerta (cf. Lc 16, 19—31)» (171). Eso es verdad
especialmente por lo que atañe a Asia, continente con abundantes recursos y
grandes civilizaciones, pero donde se hallan algunas de las naciones más pobres
de la tierra y donde más de la mitad de la población sufre privaciones, pobreza
y explotación (172). Los pobres de Asía y del mundo encontrarán siempre las
mejores razones de esperanza en el mandamiento evangélico de amarse los unos a
los otros como Cristo nos ha amado (cf. Jn. 13, 34) y la Iglesia en Asía no
puede por menos de esforzarse con gran celo por cumplir, con palabras y obras,
ese mandamiento referido a los pobres.
La solidaridad con los pobres resulta más creíble si los cristianos viven
con sencillez, siguiendo el ejemplo de Jesús. La sencillez de vida, la fe
profunda y el amor sincero a todos, especialmente a los pobres y abandonados,
son ejemplos luminosos del Evangelio en acción. Los padres sinodales invitaron
a los católicos de Asía a adoptar un estilo de vida acorde con la enseñanza del
Evangelio para poder servir mejor a la misión de la Iglesia y para que la
Iglesia misma se convierta en una Iglesia de los pobres y para los pobres
(173).
En su amor a los pobres de Asia, la Iglesia se dirige de modo especial a los
emigrantes, a las poblaciones indígenas y a las que viven en tribus, a las
mujeres y a los niños, dado que a menudo son víctimas de las peores formas de
explotación. Además, innumerables personas sufren discriminación a causa de su
cultura, color, raza, casta, situación económica o forma de pensar. Entre ellos
se encuentran los que son oprimidos a causa de su conversión al cristianismo
(174). Juntamente con los padres sinodales, hago un llamamiento a todas las
naciones para que reconozcan el derecho a la libertad de conciencia y de
religión, así como los demás derechos humanos fundamentales (175).
En las actuales circunstancias, Asia está experimentando un flujo, sin
precedentes, de refugiados, de personas que buscan asilo, de emigrantes y
trabajadores de ultramar. En los países a donde llegan, estas personas se
encuentran a menudo sin amigos y desarraigados culturalmente, no conocen la
lengua y carecen de recursos económicos. Necesitan ayuda y atención para poder
conservar su dignidad humana y su herencia cultural y religiosa (176). A pesar
de su escasez de recursos, la Iglesia en Asia trata generosamente de ser una
casa acogedora para cuantos están fatigados y cansados, consciente de que en el
Corazón de Jesús, donde nadie es extranjero, encontrarán consuelo (cf. Mt11,
28-29).
En casi todas las naciones de Asia hay numerosas poblaciones aborígenes,
algunas de las cuales en el nivel más bajo de la economía. El Sínodo destacó en
varias ocasiones que los indígenas o los miembros de las tribus a menudo se
sienten atraídos por la persona de Jesucristo y por la Iglesia, comunidad de
amor y servicio (177). Aquí se abre un campo inmenso de acción en la educación
y la salud, así como en el ámbito de la promoción de la participación social.
La comunidad católica debe intensificar el trabajo pastoral entre esas
personas, prestando atención a sus preocupaciones y a las cuestiones de
justicia que afectan a su vida. Eso supone una actitud de gran respeto por su
religión tradicional y sus valores; supone, asimismo, la necesidad de ayudarles
a ayudarse a sí mismos, de forma que puedan trabajar para mejorar su situación
y convertirse en evangelizadores de su propia cultura y sociedad (178).
Nadie puede permanecer indiferente frente a los sufrimientos de innumerables
niños en Asia, víctimas de explotación y violencia intolerables, no solamente
como resultado del daño perpetrado por personas, sino también, a menudo, como consecuencia
directa de estructuras sociales corruptas. Los padres sinodales señalaron el
trabajo infantil la pederastia y el fenómeno de la droga como los males
sociales que afectan directamente a los niños, y advirtieron claramente que se
combinan con otros males como la pobreza y programas de desarrollo nacional mal
concebidos (179). La Iglesia debe hacer todo lo que esté a su alcance para
vencer la fuerza de esos males, actuando en favor de los más explotados y
tratando de llevar a esos pequeños el amor de Jesús, dado que a ellos pertenece
el reino de Dios (cf. Lc18, 16) (180).
El Sínodo manifestó especial preocupación por la mujer, cuya situación sigue
siendo un serio problema en Asia, donde la discriminación y la violencia contra
ella frecuentemente se lleva a cabo dentro del hogar, en los lugares de trabajo
o incluso en el sistema legal. El analfabetismo se halla especialmente
difundido entre las mujeres, y muchas son tratadas simplemente como objetos en
el ámbito de la prostitución, del turismo y de la industria de la diversión
(181). En la lucha contra toda forma de injusticia y discriminación, la mujer
debería tener como aliada a la comunidad cristiana y, por esa razón, el Sínodo
propuso que las Iglesias locales en Asia promuevan donde sea posible, iniciativas
en defensa de los derechos humanos de la mujer. El objetivo debe ser introducir
un cambio de actitudes mediante una adecuada comprensión del papel del hombre y
la mujer en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, a través de una mayor
conciencia de la complementariedad originaria entre hombre y mujer, y un mayor
aprecio de la dimensión femenina en toda actividad humana. La contribución de
la mujer ha sido con demasiada frecuencia subestimada o ignorada, y eso ha
tenido como resultado un empobrecimiento espiritual de la humanidad. La Iglesia
en Asía podría defender de forma más visible y eficaz la dignidad y la libertad
de la mujer, impulsando su papel en la vida de la Iglesia, incluida la vida
intelectual, y abriéndole mayores oportunidades para que esté activamente
presente en la misión de amor y servicio que le es propia (182).
El Evangelio de la vida
35 El servicio en favor del desarrollo humano
comienza con e servicio a la vida, que es un gran don que Dios nos ha regalado:
nos lo encomienda como proyecto y como responsabilidad. Por tanto, somos los
custodios de la vida, no sus propietarios. Hemos recibido libremente el don y,
con actitud de agradecimiento, no podemos nunca dejar de respetarlo y
defenderlo, desde su inicio hasta su fin natural. Desde su concepción, la vida
humana implica la acción creadora de Dios y mantiene siempre un vínculo
especial con el Creador fuente de la vida y su único fin. No hay verdadero
progreso ni verdadera sociedad civil ni tampoco auténtica promoción humana sin
el respeto a la vida humana, especialmente a la de todos los que carecen de voz
para defenderse. La vida de cada persona tanto la del niño en el seno materno
como la del enfermo, la del discapacitado o la del anciano es un don para
todos.
Acerca de la santidad de la vida humana, los padres sinodales reafirmaron de
manera incondicional la enseñanza del Concilio Vaticano II y del Magisterio
posterior, como la de mi carta encíclica Evongelium vitoe. Juntamente
con ellos, exhorto a los fieles de sus países, donde la cuestión demográfica se
usa a menudo como argumento para la necesidad de introducir el aborto y
programas de control artificial de población, a resistir frente a la «cultura
de la muerte» (183). Podrán demostrar su fidelidad a Dios y su compromiso en
favor de la auténtica promoción humana sosteniendo y participando en programas
que defienden la vida de los que no pueden defenderse a si mismos.
La salud
36 Siguiendo
el ejemplo de Jesucristo que tuvo compasión de todos y curo toda enfermedad y
toda dolencia» (Mt 9, 35), la
Iglesia en Asia se está esforzando por contribuir aún más a la curación de los
enfermos, dado que esta labor forma parte vital de su misión, orientada a
ofrecer la gracia sanante de Cristo a toda la persona. Como el buen samaritano
de la parábola (cf. Lc 10, 29-37),
la Iglesia quiere cuidar de los enfermos y discapacitados de forma concreta
(184), especialmente en los lugares donde las personas carecen de cuidados
médicos elementales a causa de la pobreza y de la marginación.
En varias ocasiones, durante mis visitas a la Iglesia en las diferentes
partes del mundo, me ha conmovido profundamente el extraordinario testimonio
cristiano que dan los religiosos y los consagrados, los médicos, los enfermeros
y los demás profesionales de la salud, especialmente los que trabajan con los
discapacitados, con los enfermos terminales, o en la lucha contra la difusión
de nuevas enfermedades, como el sida. Los profesionales cristianos de la salud
están llamados a ser cada vez más generosos y desinteresados en su dedicación a
las víctimas de la droga y del sida, a menudo despreciados y abandonados por la
sociedad (185). Muchas instituciones médicas católicas en Asía deben afrontar
políticas de sanidad pública que no se basan en principios cristianos y varias
de ellas sufren dificultades económicas cada vez mayores. A pesar de esos
problemas, el amor desinteresado y la solícita profesionalidad de esos agentes
hacen que esas instituciones presten un servicio admirable y apreciado a la
comunidad, y que constituyan un signo particularmente visible y eficaz del amor
inagotable de Dios. Es preciso apoyar y sostener a esos profesionales de la
salud por el bien que realizan. Su entrega perseverante y su eficiencia son el
mejor modo de hacer que los valores cristianos y éticos impregnen profundamente
los sistemas de la sanidad en Asia, transformándolos desde dentro (186).
La educación
37 En toda Asia el compromiso de la Iglesia en el
campo de la educación es vasto y ampliamente visible; por consiguiente, es un
elemento clave de su presencia entre los pueblos del continente. En muchos
países, las escuelas católicas desempeñan un papel importante en la
evangelización, inculturando la fe, enseñando un estilo de apertura y respeto,
y promoviendo la comprensión interreligiosa. Las escuelas de la Iglesia con
frecuencia proporcionan las únicas oportunidades educativas para niñas, para
las minorías que viven en tribus, para los pobres de zonas rurales y para los
niños menos privilegiados. Los padres sinodales se mostraron convencidos de la
necesidad de ampliar y desarrollar el apostolado de la educación en Asia, con
una atención particular hacia los más abandonados, a fin de ayudarles a ocupar
el puesto al que tienen derecho como ciudadanos de pleno titulo en la sociedad
(187). Como señalaron los padres sinodales, esto implica que el sistema de la
educación católica debe orientarse aún más claramente a la promoción humana,
proporcionando un ambiente donde los estudiantes no sólo reciban los elementos
formales de la enseñanza, sino, más en general, una formación humana integral,
basada en la doctrina de Cristo (188). Las escuelas católicas deberían seguir
siendo lugares donde la fe pueda proponerse y recibirse libremente. Del mismo
modo, las universidades católicas, además de buscar la excelencia académica por
la que tienen prestigio, deben mantener una clara identidad cristiana, con el
fin de ser levadura cristiana en las sociedades de Asia (189).
La edificación de la paz
38 Alfinal del siglo XX, el mundo que amenazado por
fuerzas que engendran conflictos y guerras, y Asia ciertamente no está exenta
de ellas. Entre esas fuerzas se pueden citar la intolerancia y la marginación
de todo tipo: social, cultural, política e incluso religiosa. Día tras día, se
ejerce nueva violencia sobre personas y sobre pueblos enteros, y la cultura de
la muerte se apoya en el injustificable recurso a la violencia para resolver
las tensiones. Frente a la trágica situación de conflicto existente en
demasiadas partes del mundo, la Iglesia está llamada a participar a fondo en
los esfuerzos internacionales e interreligiosos para hacer que triunfen la paz,
la justicia y la reconciliación. Sigue insistiendo en la negociación y en la
solución no militar de los conflictos, y espera que llegue el día en que las
naciones abandonen la guerra como instrumento para responder a las
reivindicaciones o como medio para resolver las controversias. Está convencida
de que la guerra crea problemas mayores que los que resuelve; de que el diálogo
es el único camino justo y noble para alcanzar el acuerdo y la reconciliación;
y de que el arte paciente y sabio de la edificación de la paz es bendecido de manera
especial por Dios.
Particularmente preocupante en el ámbito de Asía es el
incremento de arsenales de armas de destrucción de masas: constituye un gasto
inmoral y ruinoso en los presupuestos nacionales, que en algunos casos no
pueden cubrir ni siquiera las necesidades fundamentales del pueblo. Los padres
sinodales hablaron también del enorme número de minas antipersonales existentes
en Asia, que han mutilado o matado a centenares de miles de personas inocentes
haciendo al mismo tiempo inutilizables terrenos fértiles, que hubieran podido
usarse para la producción de alimentos (190). Todos, y especialmente quienes
gobiernan las naciones, tienen el deber de esforzarse con mayor empeño en favor
del desarme. El Sínodo pidió el fin de la construcción, de la venta y del uso
de armas nucleares, químicas y biológicas, y exhortó a cuantos han esparcido
minas en los terrenos a que ayuden en la labor de bonificación y reconstrucción
(191). Por encima de todo, los padres sinodales invocaron a Dios, que conoce
las profundidades de cada conciencia humana, para que infunda sentimientos de
paz en el corazón de los que sientan la tentación de seguir los caminos de la
violencia, para que pueda hacerse realidad la visión de la Biblia: «Forjarán de
sus espadas arados, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada pueblo
contra pueblo, ni se ejercitarán más en la guerra» (Is 2, 4).
Durante el Sínodo se presentaron numerosos testimonios sobre los
sufrimientos del pueblo de Irak, y se explicó cómo muchos iraquíes,
especialmente niños, han muerto a causa de la falta de medicinas y de otros
bienes de primera necesidad, como consecuencia del persistente embargo.
Juntamente con los padres sinodales, expreso una vez más mi solidaridad con el
pueblo de Irak y me siento particularmente cercano, en la oración y en la
esperanza, a los hijos e hijas de la Iglesia de ese país. El Sínodo suplicó a
Dios que ilumine la conciencia de quienes tienen la responsabilidad de dar una
justa solución a la crisis, para que a ese pueblo, ya duramente probado se le
ahorren ulteriores sufrimientos y lágrimas (192).
La globalización
39 Los padres sinodales reconocieron la importancia
del proceso de globalización económica al considerar la cuestión de la promoción
humana en Asia. Aun reconociendo los múltiples aspectos positivos de la
globalízación, subrayaron también que se ha realizado en detrimento de los
pobres (193), por la tendencia intrínseca a dejar a las naciones más pobres al
margen de las relaciones internacionales de carácter económico y político.
Muchos países asiáticos no pueden entrar en una economía global de mercado. Tal
vez es aún más significativo el aspecto de una globalización cultural, que
resulta posible por los medios modernos de comunicación: está rápidamente
llevando a las sociedades asiáticas a una cultura consumista global,
secularizada y materialista. Tiene como consecuencia la erosión de la familia
tradicional y de los valores sociales que hasta ahora han sostenido a los
pueblos y sociedades. Todo ello pone de relieve la urgencia de que los
responsables de las naciones y las organizaciones implicadas en la promoción
humana afronten los aspectos éticos y morales de la globalización.
La Iglesia insiste en la necesidad de una «globalización sin dejar a nadie
al margen» (194). Juntamente con los padres del Sínodo, invito a las Iglesias
particulares de todo el mundo, especialmente a las que se hallan en las
regiones de Occidente, a esforzarse para que la doctrina social de la Iglesia tenga
el debido influjo en la formulación de las normas éticas y jurídicas que
regulan el mercado libre mundial y los medios de comunicación social. Los
líderes y los profesionales católicos deben impulsar a las instituciones
gubernamentales e internacionales de las finanzas y del comercio a reconocer y
respetar esas normas (195).
La deuda externa
40 Además, en la promoción de la justicia en un
mundo marcado por desigualdades sociales y económicas, la Iglesia no puede
ignorar la pesada carga de la deuda, en la que han incurrido muchas naciones
asiáticas en vías de desarrollo, con las consecuencias que derivan de ella
tanto para su presente como para su futuro. En muchos casos, esos países se ven
obligados a recortar los gastos para necesidades vitales, como alimento, salud,
casa y educación, a fin de pagar las deudas contraidas con organismos
monetarios internacionales y bancos. Eso significa que muchas personas se ven
abocadas a condiciones de vida que constituyen una afrenta a la dignidad
humana. Aun consciente de la complejidad de la materia, el Sínodo afirmó que
esa problemática pone a prueba la capacidad de pueblos, sociedades y gobiernos
para apreciar la persona humana y la vida de millones de seres humanos por
encima y más allá de la consideración de los beneficios económicos y materiales
(196).
La cercanía del gran jubileo del año 2000 es un tiempo favorable para que
las Conferencias episcopales del mundo, especialmente las de las naciones más
ricas, impulsen a los organismos monetarios internacionales y a los bancos a
buscar modos de aliviar la situación de la deuda externa. Entre los más obvios
están la renegociación de la deuda, con una sustancial reducción o incluso su
total condonación, así como iniciativas de negocios e inversiones para ayudar a
las economías de los piases más pobres (197). Al mismo tiempo, los padres
sinodales dirigieron su palabra también a las naciones deudoras, subrayando la
necesidad de desarrollar el sentido de la responsabilidad nacional,
recordándoles la importancia de una sabia planificación económica, de la
transparencia y del buen gobierno, e invitándolas a comprometerse en una
decidida lucha contra la corrupción (198). Hicieron un llamamiento a los
cristianos de Asia para que condenen toda forma de corrupción y apropiación indebida
de fondos públicos por parte de quienes tienen el poder político (199). Los
ciudadanos de los países deudores con demasiada frecuencia han sido víctimas de
despilfarros e ineficiencia en su interior, antes de caer víctimas de la crisis
de la deuda externa.
El medio ambiente
41 Cuando la preocupación por el progreso económico
y tecnológico no va acompañada de una preocupación igual por el equilibrio del
ecosistema, nuestra tierra se ve inevitablemente expuesta a serios daños
ecológicos, con grave detrimento del bien de los seres humanos. El desprecio
por el ambiente natural, que resulta evidente para todos, seguirá existiendo
mientras la tierra y su potencial se consideren simplemente como objeto de uso
y consumo inmediato, como algo que se puede manipular con un afán desenfrenado
de lucro (200). Corresponde a los cristianos y a quienes creen en Dios Creador
la tarea de proteger el medio ambiente, restableciendo el sentido de respeto
por todas las criaturas de Dios. Es voluntad del Creador que el hombre actúe
sobre la naturaleza no como explotador irresponsable, sino como administrador
sabio y responsable (201). Los padres sinodales pidieron de modo especial una
mayor responsabilidad por parte de los jefes de las naciones, de los
legisladores, del mundo de los negocios y de los que están directamente
implicados en la administración de los recursos de la tierra (202). Asimismo,
subrayaron la necesidad de educar a las personas especialmente a los jóvenes,
con vistas a la responsabilidad ambiental, enseñándoles el arte, encomendado
por Dios a la humanidad, de gestionar la creación. La protección del medio
ambiente no es sólo una cuestión técnica, sino también y sobre todo una
cuestión ética. Todos tienen el deber moral de cuidar del medio ambiente, no
sólo por su propio bien sino también por el de las generaciones futuras.
Al concluir estas reflexiones, vale la pena recordar que,
invitando a los cristianos a trabajar y sacrificarse al servicio del desarrollo
humano, los padres sinodales hicieron referencia a los valores fundamentales de
la tradición bíblica y eclesial. El antiguo Israel puso mucho énfasis en el
vínculo indestructible entre la adoración a Dios y la solicitud por el débil,
representado de modo típico en las Escrituras como «la viuda, el extranjero y
el huérfano» (cf. Ex 22, 21-22, Dt 10, 18; 27, 19), los cuales en las
sociedades de aquel tiempo eran los más expuestos a la amenaza de la injusticia.
Muchas veces, los profetas reclaman justicia, un orden justo de la sociedad
humana sin los cuales no puede haber auténtico culto a Dios (cf. Is 1, 10-17; Am 5, 21-24). En las advertencias de
los padres sinodales, por tanto, escuchamos un eco de los profetas, que estaban
llenos del Espíritu de Dios, el cual quiere «amor y no sacrificio» (Os 6, 6). Jesús hizo suyas estas
palabras (cf. Mt 9, 13); y lo mismo
vale para los santos de todos los tiempos y lugares. San Juan Crisóstomo
escribe: «¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo ignores cuando está
desnudo. No le des honores de seda en el templo, para luego olvidarlo cuando
fuera lo ves tiritando de frío y desnudo. El que dijo: "¿Este es mí
cuerpo" es el mismo que dijo también: "me viste hambriento y no me
diste de comer" (...). ¿Qué bien hay sí la mesa eucarística cruje
bajo el peso de los cálices de oro, mientras Cristo está muriendo de hambre?
Comienza a saciar su hambre, y luego, con lo que te sobre, podrás adornar
también el altar» (203). En el llamamiento del Sínodo en favor del desarrollo
humano y de la justicia en las relaciones humanas, escuchamos una voz que es
simultáneamente antigua y nueva. Es antigua porque surge de las profundidades
de nuestra tradición cristiana, que se orienta a la profunda armonía que el
Creador quiere; y es nueva porque habla precisamente de la situación concreta
de muchísimas personas de Asía hoy.
CAPITULO VII
UNA IGLESIA QUE TESTIMONIA
Una Iglesia que testimonia
42 El Concilio Vaticano II enseñó claramente que
toda la Iglesia es misionera y que la labor de evangelización corresponde a
todo el pueblo de Dios (204). Dado que el pueblo de Dios, como tal, ha sido
enviado a predicar el Evangelio, la evangelización nunca será obra de una
persona aislada; más bien, es una tarea eclesial, que debe cumplirse en comunión
con toda la comunidad de fe. La misión es única e indivisa, pues tiene un solo
origen y un único fin. Sin embargo, en su interior, existen diversas
responsabilidades y diversos tipos de actividades (205). En cualquier caso, es
evidente que no puede haber auténtico anuncio del Evangelio si los cristianos
no dan al mismo tiempo testimonio de una vida acorde con el mensaje que
predican: «La primera forma de testimonio es la vida misma del misionero, la de
la familia cristiana y de la comunidad eclesial, que hace visible un nuevo modo
de comportarse. (...) Todos en la Iglesia, esforzándose por imitar al
divino Maestro, pueden y deben dar este testimonio, que en muchos casos es el
único modo posible de ser misioneros» (206). Hoy hay especial necesidad de un
auténtico testimonio cristiano, pues «el hombre contemporáneo cree más a los
testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en
la vida y los hechos que en las teorías» (207). Eso es verdad especialmente en
el contexto de Asia, donde a las personas se las convence más con santidad de
vida que con argumentos intelectuales. Por eso, la experiencia de la fe y de
los dones del Espíritu Santo resultan el punto de partida de cualquier
actividad misionera en las aldeas, en las ciudades, en las escuelas o en los
hospitales entre los discapacitados, los emigrantes o las poblaciones que viven
en tribus, así como en la promoción de la justicia y en la defensa de los
derechos humanos. Cada situación constituye para los cristianos una ocasión
para demostrar la fuerza que ha adquirido en su vida la verdad de Cristo. Por
consiguiente, la Iglesia en Asia, inspirada en el ejemplo de los numerosos
misioneros que en el pasado dieron testimonio heroico del amor de Dios entre
los pueblos del continente, se esfuerza hoy por testimoniar con igual celo a
Jesucristo y su Evangelio. Lo exige la misión cristiana.
Los padres sinodales, conscientes del carácter esencialmente misionero de la
Iglesia y con la mirada puesta en una nueva efusión del dinamismo del Espíritu
Santo al inicio del nuevo milenio, pidieron que esta exhortación apostólica
postsinodal ofrezca algunas directrices e indicaciones a los que trabajan en el
vasto campo de la evangelización en Asia.
Los pastores
43 Es
el Espíritu Santo quien impulsa a la Iglesia a cumplir la misión que Cristo le
encomendó. Antes de enviar a los discípulos como sus testigos, Jesús les dio el
Espíritu Santo (cf. Jn 20, 22), que
actuaría a través de ellos, disponiendo el corazón de los oyentes (cf. Hch 2, 37). Lo mismo acontece con los
que envía ahora. Por una parte, todos los bautizados, en virtud de la gracia
misma del sacramento, están llamados a participar en la continuación de la
misión salvifica de Cristo y pueden realizar esta tarea precisamente porque el
amor de Dios ha sido derramado en su corazón mediante el Espíritu Santo, que
les ha sido dado (cf. Rm 5, 5). Por
otra, esta misión común se lleva a cabo mediante una gran variedad de funciones
y carismas específicos. Cristo encomendó la responsabilidad principal de la
misión de la Iglesia a los Apóstoles y a sus sucesores. En virtud de la
ordenación episcopal y de la comunión jerárquica con la cabeza del Colegio
episcopal, los obispos reciben el mandato y la autoridad de enseñar, gobernar y
Santificar al pueblo de Dios. Por voluntad de Cristo mismo, dentro del Colegio
de los obispos, el Sucesor de Pedro —roca sobre la cual está construida la
Iglesia (cf. Mt 16, 18)— desempeña
un ministerio especial de unidad. Por consiguiente, los obispos deben ejercer
su ministerio en unión con el Sucesor de Pedro, que es el garante de la verdad
de su enseñanza y de su plena comunión en la Iglesia.
Los sacerdotes, asociados a los obispos en la obra del
anuncio del Evangelio, mediante la ordenación están llamados a ser pastores del
rebaño, heraldos de la buena nueva de la salvación y ministros de los
sacramentos. Para servir a la Iglesia como Cristo quiere, los obispos y los
sacerdotes necesitan una formación sólida y permanente, que les permita una renovación
humana, espiritual y pastoral. Por consiguiente, tienen necesidad de cursos de
teología, espiritualidad y ciencias humanas (208). Los habitantes de Asia deben
poder ver a los miembros del clero no sólo como agentes de la caridad o
administradores de la institución, sino como hombres que tengan su mente y su
corazón sintonizados con las profundidades del Espíritu (cf. Rm 8, 5). Al respeto que los asiáticos
tienen por las personas revestidas de autoridad debe corresponder, por parte de
quienes tienen responsabilidades ministeriales en la Iglesia, una clara
rectitud moral. Los miembros del clero, con su vida de oración, con su servicio
celoso y con su estilo ejemplar de vida, dan un gran testimonio del Evangelio
en las comunidades que apacientan en nombre de Cristo. Pido fervientemente a
Dios que los ministros ordenados de la Iglesia en Asia vivan y actúen con
espíritu de comunión y colaboración con los obispos y con todos los miembros de
la Iglesia, dando testimonio del amor que Jesús definió como auténtico
distintivo de sus discípulos (cf. Jn
13, 35).
Deseo subrayar en particular la preocupación del Sínodo por la preparación de
los formadores y profesores de los seminarios y de las facultades teológicas
(209). Además de una esmerada preparación en las ciencias sagradas y en las
materias relacionadas con ellas, deberían recibir una formación específica
orientada a la espiritualidad sacerdotal, al arte de la dirección espiritual y
a los demás aspectos de la difícil y delicada tarea que les espera en la
formación de los futuros sacerdotes. Se trata de un apostolado prioritario para
el bien y la vitalidad de la Iglesia.
La vida consagrada y las sociedades
misioneras
44 En la exhortación apostólica postsinodal Vita
Consecrata subraye el intimo vinculo que existe entre la vida
consagrada y la misión. En los tres aspectos de confessio Trinitatis, signum
froternitatis y servitium caritatis, la vida consagrada hace visible
el amor de Dios en el mundo, testimoniando de manera específica la misión
salvifica realizada por Jesús mediante su consagración total al Padre. La
Iglesia en Asia, reconociendo que toda acción realizada en la Iglesia se apoya
en la oración y en la comunión con Dios, considera con profundo respeto y
aprecio a las comunidades religiosas contemplativas como una fuente especial de
fuerza e inspiración. Acogiendo las recomendaciones de los padres sinodales,
aliento encarecidamente la fundación de comunidades monásticas y
contemplativas, donde sea posible. De esa forma, como recuerda el Concilio
Vaticano II, la obra de edificación de la ciudad terrena puede cimentarse en el
Señor y tender a él, para que los constructores no trabajen en vano (210).
La búsqueda de Dios, una vida de comunión y el servicio a los demás son las
tres características principales de la vida consagrada, que pueden dar un
testimonio cristiano atractivo a los pueblos de Asia hoy. La Asamblea especial
para Asia insistió en que los consagrados sean testigos, ante los cristianos y
ante los no cristianos, de la llamada universal a la santidad, y sean un
ejemplo que impulse tanto a unos como a otros al amor generoso hacia todos,
especialmente hacia los más pequeños entre sus hermanos y hermanas. En un mundo
donde el sentido de la presencia de Dios se halla con frecuencia ofuscado, las
personas consagradas deben dar un testimonio convincente y profético del primado
de Dios y de la vida eterna. Viviendo en comunidad, atestiguan los valores de
la fraternidad cristiana y de la fuerza transformadora de la buena nueva (211).
Quienes han abrazado la vida consagrada están llamados a convertirse en lideres
en la búsqueda de Dios, una búsqueda que siempre ha apasionado al corazón
humano y es particularmente visible en las diversas formas de espiritualidad y
ascetismo de Asia (212). En las numerosas tradiciones religiosas de ese
continente, los hombres y mujeres que se han dedicado a la vida contemplativa y
ascética gozan de mucho respeto y su testimonio tiene una gran fuerza de
persuasión. Viviendo en comunidad, mediante un testimonio pacifico y
silencioso, con su vida pueden estimular a las personas a trabajar por una
mayor armonía en la sociedad. Eso es lo que se espera también de las mujeres y
hombres consagrados en la tradición cristiana. El ejemplo de pobreza y
abnegación, de pureza y sinceridad, de capacidad de sacrificio en la obediencia
puede convertirse en testimonio elocuente, capaz de conmover a las personas de
buena voluntad y llevar a un diálogo fructuoso con las culturas y las
religiones del entorno y con los pobres y los indefensos. Eso hace que la vida
consagrada sea un medio privilegiado para una evangelización eficaz (213).
Los padres sinodales reconocieron el papel vital que, durante los siglos
pasados, han desempeñado en la evangelización de Asia las órdenes y las
congregaciones religiosas, así como los institutos misioneros y las sociedades
de vida apostólica. Por esta magnífica contribución, el Sínodo les expresó la
gratitud de la Iglesia y los exhortó a no cejar en su compromiso misionero
(214). Juntamente con los padres sinodales, invito a los consagrados a renovar
su celo por proclamar la verdad salvifica de Cristo. A todos se les debe
asegurar una formación y unas prácticas adecuadas, que están centradas en
Cristo y sean fieles al propio carisma de fundación, poniendo el acento en la
santidad personal y en el testimonio. Su espiritualidad y su estilo de vida
deben corresponder a la herencia religiosa de las personas entre las que viven
y a las que sirven (21 5). Respetando su carisma específico, se les pide que se
integren en los planes pastorales de la diócesis en la que se encuentran, y las
Iglesias locales, por su parte, deben reavivar la conciencia del ideal de la
vida religiosa y consagrada, promoviendo dichas vocaciones. Eso exige que cada
diócesis elabore un programa pastoral para promover las vocaciones, asignando
también sacerdotes o religiosos que trabajen a tiempo completo entre los
jóvenes, para ayudarles a escuchar y discernir la llamada de Dios (216).
En el marco de la comunión de la Iglesia universal, no puedo por menos de
invitar a la Iglesia en Asia a enviar misioneros, aunque ella misma tenga
necesidad de obreros para la viña. Me alegra constatar que se han fundado
recientemente institutos misioneros de vida apostólica en varios países de
Asia, como reconocimiento del carácter misionero de la Iglesia y de la
responsabilidad de las Iglesias particulares en Asia de anunciar el Evangelio
en todo el mundo (21 7). Los padres sinodales recomendaron que, «donde no
existan, se instituyan, dentro de cada Iglesia local de Asía, sociedades
misioneras de vida apostólica, caracterizadas por un compromiso específico en
favor de la misión Ad gentes, ad exteros y
ad vitam» (218). Esa iniciativa dará seguramente frutos abundantes no
sólo en las Iglesias que reciben a los misioneros, sino también en las que los
envían.
Los laicos
45 Como índica claramente el Concilio Vaticano II,
la vocación laical inserta sólidamente a los laicos en el mundo, para que
cumplan las tareas más diversas estando llamados a difundir en él el Evangelio
de Jesucristo (219). En virtud de la gracia y de la llamada del bautismo y de
la confirmación, todos los laicos son misioneros; y el campo de su trabajo
misionero es el mundo vasto y complejo de la política, de la economía, de la
industria, de la educación, de los medios de comunicación, de la ciencia, de la
tecnología, de las artes y del deporte. En muchos piases del continente, los
laicos ya están actuando como auténticos misioneros, llegando a sus paisanos
que de otra manera nunca habrían tenido contacto con el clero o con los
religiosos (220). Les expreso la gratitud de toda la Iglesia y aliento a todos
los laicos a que asuman el papel que les corresponde en la vida y en la misión
del pueblo de Dios, como testigos de Cristo dondequiera que se encuentren.
A los pastores compete la tarea de asegurar que los laicos se formen como
evangelizadores capaces de afrontar los desafíos del mundo contemporáneo, no
sólo con la sabiduría y la eficiencia del mundo, sino también con un corazón
renovado y fortalecido por la verdad de Cristo (221). Testimoniando el
Evangelio en todos los ámbitos de la vida social, los fieles laicos pueden
desempeñar un papel único para erradicar la injusticia y la opresión, y también
con vistas a esa tarea deben recibir una formación adecuada. Para este fin,
apoyo la propuesta de los padres sinodales de crear a nivel diocesano o
nacional centros para la formación de los laicos, que los preparen para la
actividad misionera como testigos de Cristo en Asía hoy (222).
Los padres sinodales manifestaron en particular su deseo de que haya más
participación en la Iglesia, de forma que en ella nadie se sienta excluido, y
afirmaron que una mayor participación de la mujer en la vida y en la misión de
la Iglesia es una necesidad realmente urgente. «La mujer tiene una aptitud
particular para transmitir la fe y, por eso, Jesús recurrió a ella para la
evangelización. Así sucedió con la samaritana, a la que Jesús encontró en el
pozo de Jacob y eligió para la primera difusión de la nueva fe en territorio no
judío (223). Para valorar su servicio en la Iglesia, es preciso ofrecer a la
mujer mayores oportunidades de frecuentar cursos de teología y otras materias
de estudio; y es preciso educar a los hombres en los seminarios y en las casas
de formación para considerar a la mujer como colaboradora en el apostolado
(224). Hay que implicar de manera más eficaz a la mujer en los programas
pastorales, en los consejos pastorales diocesanos y parroquiales, y en los
sínodos diocesanos. Su capacidad de servicio debería ser plenamente apreciada
en el ámbito de la sanidad, en la educación, en la preparación de los fieles
para los sacramentos, en la edificación de la comunidad y en la labor en favor
de la paz. Como advirtieron los padres sinodales, la presencia de la mujer en
la misión de amor y servicio de la Iglesia contribuye en gran medida a llevar a
los habitantes de Asia, especialmente a los pobres y marginados, a Jesús, rico
en misericordia, capaz de curar y reconciliar (225).
La familia
46 La familia es el lugar normal donde las
generaciones jóvenes alcanzan la madurez personal y social. La familia encierra
la herencia de la humanidad misma, dado que la vida pasa por ella de generación
en generación. La familia ocupa un lugar muy importante en las culturas de Asía
y, como subrayaron los padres sinodales, los valores familiares como el respeto
filial, el amor y el cuidado de los ancianos y los enfermos, el amor a los
pequeños y la armonía, son tenidos en gran estima en todas las culturas y
tradiciones religiosas de ese continente.
La familia, a la luz de la fe cristiana, es «la iglesia doméstica» (226). La
familia cristiana, como la Iglesia entera, debe ser el lugar donde la verdad
del Evangelio es regla de vida y don que los miembros de la familia dan a la
comunidad más amplia. No es simplemente objeto del cuidado pastoral de la
Iglesia, sino también uno de los agentes más eficaces de evangelización. Hoy
las familias cristianas están llamadas a testimoniar el Evangelio en tiempos y
circunstancias difíciles, cuando la familia misma se halla amenazada por un
conjunto de fuerzas (227). Para ser agente de evangelización en esas
circunstancias, la familia cristiana necesita ser auténticamente «la iglesia
doméstica», viviendo con amor humilde la vocación cristiana.
Como indicaron los padres sinodales, eso significa que la familia debe
desempeñar un papel activo en la vida de la parroquia, tomando parte en los
sacramentos, especialmente en los de la Eucaristía y la penitencia, y
comprometiéndose en el servicio a los demás. Eso implica también que los padres
deben esforzarse por hacer que los momentos en que la familia se reúne
habitualmente constituyan una oportunidad de oración, de lectura y de reflexión
sobre la Biblia, de adecuadas celebraciones presididas por ellos y de sana
expansión. Eso ayudará a la familia cristiana a transformarse en foco de
evangelización, donde cada miembro experimente el amor de Dios y lo comunique a
los demás (228). Los padres sinodales también reconocieron que los hijos
desempeñan un papel en la evangelización tanto de su propia familia como de la
comunidad más amplía (229). Convencido de que «el futuro del mundo y de la
Iglesia pasa a través de la familia» (230), una vez más propongo estudiar y
aplicar lo que indiqué sobre el tema de la familia en la exhortación apostólica
Familiaris
Consortio, fruto de la V Asamblea general ordinaria del Sínodo
de los Obispos de 1980.
Los jóvenes
47 Los padres sinodales se mostraron particularmente
sensibles con respecto al tema de la juventud en la Iglesia. Los numerosos y
complejos problemas que los jóvenes afrontan hoy en el mundo asiático, en
proceso de cambio, impulsan a la Iglesia a invitarlos a cumplir sus
responsabilidades con relación al futuro de la sociedad y de la Iglesia,
animándolos y sosteniéndolos en todo momento para estar segura de que sean
capaces de asumir esa responsabilidad. La Iglesia les ofrece la verdad del
Evangelio como un misterio gozoso y liberador, que es preciso conocer, vivir y
compartir con los demás con convicción y valentía.
Para que los jóvenes puedan ser agentes eficaces de misión, es necesario que
la Iglesia les ofrezca una atención pastoral adecuada (231). En sintonía con
los padres sinodales, recomiendo que, en la medida de las posibilidades, cada
diócesis de Asia designe capellanes o directores de la juventud para promover
su formación espiritual y el apostolado entre los jóvenes. Las escuelas
católicas y las parroquias tienen el papel vital de ofrecer una formación
integral a los jóvenes, tratando de llevarlos por el camino del seguimiento
auténtico de Cristo y desarrollando en ellos las cualidades humanas que la
misión requiere. Obras apostólicas organizadas para la juventud o centros
específicos para ellos pueden brindar la experiencia de la amistad cristiana,
tan importante para los jóvenes. La parroquia, las asociaciones y los
movimientos pueden ayudarles a afrontar mejor las presiones sociales,
ofreciéndoles no sólo un crecimiento más maduro en la vida cristiana, sino
también un apoyo bajo forma de asesoramiento para la orientación profesional,
la búsqueda vocacional y la problemática juvenil.
La formación cristiana de los jóvenes en Asia debe partir del reconocimiento
de que no sólo son objeto de la atención pastoral de la Iglesia, sino también
«agentes y cooperadores en la misión de la Iglesia en las diferentes tareas
apostólicas de amor y servicio» (232). Por tanto, en las parroquias y en las
diócesis, es preciso invitar a los jóvenes a tomar parte en la organización de
actividades que les afectan y los implican. Su vitalidad y entusiasmo,
su espíritu de solidaridad y de esperanza los pueden convertir en constructores
de paz en un mundo dividido. A este respecto, es alentador ver a jóvenes que
participan en programas de intercambio entre Iglesias particulares de países
asiáticos y de otros continentes, con miras a la promoción del diálogo
interreligioso e intercultural.
Las comunicaciones sociales
48 En una época de globalización, «los medios de
comunicación social han alcanzado tal importancia, que, para muchos son el
principal instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración
para los comportamientos individuales, familiares y sociales. Sobre todo las
nuevas generaciones crecen en un mundo condicionado por estos medios» (233). En
el mundo está surgiendo una nueva cultura que «nace, aun antes que de los
contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos
lenguajes, nuevas técnicas y nuevos comportamientos sicológicos» (234). El
papel excepcional que desempeñan los medios de comunicación social para forjar
el mundo, las culturas y los modos de pensar, ha llevado a las sociedades
asiáticas a grandes y rápidos cambios.
De forma inevitable, también la misión evangelizadora de la Iglesia está
profundamente marcada por el impacto de esos medios, los cuales, dado su
creciente influjo hasta en las zonas más remotas de Asía, pueden prestar gran
ayuda al anuncio del Evangelio en todo el continente. Sin embargo, «no basta
usarlos para difundir el mensaje cristiano y el magisterio de la Iglesia, sino
que conviene integrar el mensaje mismo en esta nueva cultura creada por la
comunicación moderna» (235). Con ese fin, la Iglesia necesita encontrar modos
nuevos de integrar plenamente los medios de comunicación en la planificación y
en las actividades pastorales, de forma que, mediante su uso eficaz, la fuerza
del Evangelio llegue a un número mayor de personas y a poblaciones enteras, e
infunda en las culturas de Asia los valores del Reino.
Juntamente con los padres sinodales, felicito a Radio Veritas de Asia, la
única estación de radio que tiene la Iglesia en el continente, por sus casi
treinta años de evangelización mediante la radiodifusión. Será necesario
trabajar para fortalecer este excelente instrumento misionero mediante una
adecuada programación lingüística, así como mediante la aportación de
colaboradores y el apoyo económico por parte de las Conferencias episcopales y
las diócesis de Asia (236). Además de la radio, las publicaciones católicas y
las agencias de prensa pueden ayudar a difundir información y ofrecer educación
y formación religiosa continua en todo el continente. En los lugares donde los
cristianos constituyen una minoría, estos instrumentos pueden ser importantes
para sostener y alimentar el sentido de la identidad católica y difundir el
conocimiento de los principios morales católicos (237).
Hago mías las recomendaciones de los padres sinodales sobre la
evangelización mediante las comunicaciones sociales, el «areópago de los
tiempos modernos», con la esperanza de que ello sirva para la promoción humana
y la difusión de la verdad de Cristo y de la enseñanza de la Iglesia (238).
Ayudaría que cada diócesis instituya, donde sea posible, una oficina para las
comunicaciones sociales y para los medios de comunicación. La educación con
vistas a los medios, que abarca la valoración crítica de sus productos, debe
formar parte cada vez más de la formación de los sacerdotes, de los
seminaristas, de los religiosos, de los catequistas, de los profesionales
laicos, de los estudiantes de las escuelas católicas y de las comunidades
parroquiales. Dada la amplia influencia e impacto extraordinario de los medios
de comunicación los católicos deben colaborar con los miembros de otras Iglesias
y comunidades eclesiales, y con los seguidores de otras religiones, para
asegurar a los valores espirituales y morales un lugar en dichos medios. Con
los padres sinodales, aliento el desarrollo de los planes pastorales para las
comunicaciones tanto a nivel nacional como diocesano, siguiendo las
indicaciones de la instrucción pastoral Aetatis navae, prestando la
debida atención a las circunstancias especiales de Asia.
Los mártires
49Por más importantes que sean los programas de formación y las estrategias,
al final es el martirio el que revela la esencia más auténtica del mensaje
cristiano. La palabra misma «mártir» significa testigo, y los que han derramado
su sangre por Cristo han dado el testimonio supremo del auténtico valor del
Evangelio. En la bula de convocación del gran jubileo del año 2000, Incarnationis
mysterium, subrayé la importancia vital de recordar a los mártires.
Escribí: «Desde el punto de vista psicológico, el martirio es la demostración
más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la
muerte más violenta y que manifiesta su belleza incluso en medio de las
persecuciones más atroces» (239). A lo largo de los siglos, Asía ha dado a la
Iglesia y al mundo un gran número de estos héroes de la fe, y desde el corazón
de Asía se eleva el gran canto de alabanza: «Te martyrum candidatus laudat
exercitus». Este es el himno de los que han muerto por Cristo en tierra de
Asia en los primeros siglos de la Iglesia, y es también el grito gozoso de
hombres y mujeres de tiempos más recientes, como San Pablo Miki y compañeros,
San Lorenzo Ruiz y compañeros, San Andrés Dung Lac y compañeros, San Andrés Kim
Taegon y compañeros. Que el gran ejército de mártires de Asia, antiguos y
nuevos, enseñe constantemente a la Iglesia que está en ese continente lo que
significa dar testímanía del Cordero, en cuya sangre han lavado sus vestidos
resplandecientes (cf. Ap 7, 14).
Que sean testigos indómitos de que los cristianos están llamados a proclamar
siempre y por doquier sólo la fuerza de la cruz del Señor. Y la sangre de los
mártires de Asía sea ahora, como siempre, semilla de vida nueva para la Iglesia
en todo el continente.
CONCLUSION
Gratitud y aliento
50Al final de esta exhortación apostólica postsinodal que con el fin de
discernir lo que el Espíritu dice a las Iglesias en Asia tcf. Ap 1, 11), ha tratado de recoger los
frutos de la Asamblea especial para Asía del Sínodo de los obispos, deseo
expresar la gratitud de la Iglesia a todos vosotros, queridos hermanos y
hermanas de Asia, que de muchas maneras habéis contribuido al éxito de este
importante acontecimiento eclesial. En primer lugar, damos gracias a Dios por
la riqueza de culturas, lenguas tradiciones y sensibilidades religiosas de ese
gran continente. Dios sea bendito por los pueblos de Asia, tan ricos en su
variedad y tan unidos en la búsqueda de la paz y de la plenitud de vida. Ahora
en especial, en la inmediata cercanía del 2000 aniversario del nacimiento de
Jesucristo, damos gracias a Dios por haber elegido a Asia como morada terrena
de su Hijo encarnada, Salvador del mundo.
No puedo por menos de expresar mi aprecio a los obispos de
Asía por su profundo amor a Jesucristo, a la Iglesia y a los pueblos de Asia, y
por su testimonio de comunión y su entrega generosa a la tarea de la
evangelización. Doy gracias a los que forman la gran familia de la Iglesia en
ese continente: a los sacerdotes, a los consagrados y consagradas, a los
misioneros, a los laicos, a los jóvenes, a los pueblos indígenas, a los
trabajadores, a los pobres y a los afligidos. En lo más profundo de mi corazón
hay un lugar especial para los que en Asía son perseguidos por causa de la fe
en Cristo: son las columnas ocultas de la Iglesia, a los que Jesús mismo dirige
palabras de consuelo: «Vosotros seréis bienaventurados en el reino de los
cielos» (cf. Mt 5, 10).
Las palabras de Jesús tranquilizan a la Iglesia en Asia:
«No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a
vosotros su reino» (Lc 12, 32). Los
creyentes en Cristo son aún una pequeña minoría en ese vasto y populoso
continente. A pesar de ello, lejos de ser una tímida minoría, son vivos en su
fe, llenos de la esperanza y la vitalidad que sólo la fe puede dar. A su manera
humilde, pero valiente, han influido en las culturas y las sociedades de Asia,
especialmente en la vida de los pobres e indefensos, muchos de los cuales
comparten la fe católica. Así dan ejemplo a los cristianos de todo el mundo,
para que estén dispuestos a compartir el tesoro de la buena nueva «a tiempo y a
destiempo» (2 Tm 4, 2). Encuentran
fuerza en el admirable poder del Espíritu Santo, el cual hace que la presencia
de la Iglesia en Asia, a pesar de su limitada difusión por lo general, sea como
levadura que hace fermentar toda la masa de modo silencioso y oculto (cf. Mt 13, 33).
Los pueblos de Asia necesitan a Jesucristo y su Evangelio,
dado que ese continente tiene sed del agua viva que sólo él puede dar (cf. Jn 4
10-15). Así pues, los discípulos de Cristo en Asía deben ser generosos en su
esfuerzo por cumplir la misión recibida del Señor, el cual prometió que estaría
con ellos hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 28, 20). Confiada en el Señor que
no abandonará a cuantos ha llamado, la Iglesia en Asia realiza con gozo su
peregrinación hacia el tercer milenio. Su único gozo es el que brota de
compartir con la multitud de los pueblos de Asia el inmenso don que también
ella ha recibido, el amor de Jesús Salvador. Su único anhelo es continuar la
misión de servicio y amor para que todos los habitantes del continente «tengan
vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,
10).
Oración a la Madre de Cristo
51 Ante esta formidable misión nos dirigimos a
María, Madre del Redentor, a la que, como afirmaron los padres sinodales, los
cristianos de Asia profesan gran amor y devoción, venerándola como su Madre y
Madre de Cristo (240). En todo el continente hay centenares de templos y
santuarios marianos, en los que no sólo se reúnen los fieles católicos, sino
también muchos creyentes de otras religiones.
A María, modelo de todos los discípulos y Estrella luminosa de la
evangelización, encomiendo la Iglesia en Asía en el umbral del tercer milenio
de la era cristiana, confiando plenamente en su oído que siempre escucha, en su
corazón que siempre acoge y en su oración que nunca falla:
Oh Madre Santa, Hija del Altísimo, Virgen Madre del Salvador y Madre
nuestra, dirige tu mirada, llena de ternura, hacia lo Iglesia que tu Hijo ha
plantado en tierra de Asia.
Sé tu su guía y modelo, mientras prosigue la misión de amar y servicio de
tu Hija en Asia.
Tú aceptaste plena y libremente la invitación del Padre a ser Madre de
Dios; enséñanos a vaciar nuestro corazón de todo lo que no es Dios, para que
también nosotros nos llenemos del Espíritu Santo.
Tú contemplaste los misterios de la voluntad de Dios en el silencio de tu
corazón; ayúdanos a discernir los signos de la poderoso mano de Dios.
Tú te apresuraste a visitar a Isabel paro ayudarle en los días de su
espera; obtén para nosotros ese mismo celo y espíritu de servicio en la tarea
de la evangelización.
Tú elevaste tu voz para cantar las alabanzas del Señor, guíanos en el
gozoso anuncio de la fe en Cristo Salvador
Tu tuviste compasión de los necesitados e imploraste en su nombre a tu
Hijo enséñanos a no tener miedo de hablar del mundo a Jesús y de Jesús al mundo.
Tú estuviste al pie de lo cruz cuando tu Hijo exhaló su último suspiro;
acompáñanos mientras tratamos de estor unidos, en el espíritu y en el servicio,
a los que sufren.
Tú oraste con los discípulos en el cenáculo; ayúdanos a esperar el don
del Espíritu, para ir a donde quiera que él nos lleve. Protege a la Iglesia de
todos las fuerzas que lo amenazan. Ayúdala a ser imagen verdadera de la
Santísima Trinidad. Intercede paro que, mediante el servicio prestado con amor
por la Iglesia, todos los pueblos de Asia puedan llegara conocer a tu Hijo
Jesucristo, único Salvador del mundo, y a saborear así el gozo de la vida en su
plenitud. Oh María, Madre de la nueva creación y Madre de Asia ruego por
nosotros, tus hijos, ahora y siempre.
Nueva Delhi, India, 6 de noviembre de 1999, vigésimo segundo año de mi
pontificado.
_____________
NOTAS
(1) JUAN PABLO II, Discurso durante la VI Asamblea plenaria de la
Federación de las Conferencias episcopales de Asia, Manija, 15 de enero
de 1995, n. 11: ECCLESIA, núm. 2.722 (1995).
(2) JUAN PABLO II, carta ap. Tertio
Millennio Adveniente (10 de noviembre de 1994), 38:
AAS87 (1995) 30.
(3) N. 11: Discurso durante la VI Asamblea plenaria de la Federación de
las Conferencias episcopales de Asia, Manila, 15 de enero de 1995, n. 11:
ECCLESIA, núm. 2.722 (1995).
(4) JUAN PABLO II, carta ap. Tertio Millennio Adveniente, 38: AAS 87 (1995) 30.
(5) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Mensaje
final, 12 de mayo de 1998, n. 2: ECCLESIA, núm.2.894 (1998).
(6) JUAN PABLO II, Discurso durante la VI Asamblea plenaria de la
Federación de las Conferencias episcopales de Asia, Manila (15 de enero de
1995), n. 10: ECCLESIA, núm. 2.722 (1995).
(7) JUAN PABLO II, Carta sobre la peregrinación a las lugares vinculadas
a la historia de la salvación (29 de junio de 1999), 3: ECCLESIA, núm.
2.953 (1999).
(8) Cf. Propositio 3.
(9) Propositio 1.
(10) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL, PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Lineamenta,
3.
(11) Cf. ib.
(12) Cf. Propositio 32.
(13) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL, PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, lnstrumentum
laboris, 9.
(14) Cf. Propositiones 36 y 50.
(15) Propositio 44.
(16) Propositio 27.
(17) Cf. Propositio 45.
(18) ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS. Instrumentum
laboris, 9.
(19) Cf. Propositio 39.
(20) Propositio 35
(21) Cf. Propositio 38.
(22) Cf. Propositio 22.
(23) Cf. Propasitio 52.
(24) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Lineamenta,
6.
(25) Cf. Propositio 56.
(26) JUAN PABLO II, carta ap. Tertio Millennio Adveniente, 18: AAS 87 (1995) 16.
(27) Cf. Propositio 29.
(28) Propositiones 29 y 31.
(29) Propositio 51.
(30) Cf. Propositiones 51, 52 y 53.
(31) Propositio 57.
(32) Cf. ib.
(33) Propositio 54.
(34) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris
Missio (7 de diciembre de 1990), 3: MS 83 (1991) 252.
(35) Cf. Propositio 5.
(36) ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio ante
disceptatianem.
(37) ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio post
disceptationem, 3.
(38) Propositio 8.
(39) N. 11: AASB3 (1991) 260.
(40) lb.
(41) ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio post
disceptationem, 3.
(42) Cf. Misal romano, Plegaria eucarística de la reconciliación I.
(43) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptor
Hominis (4 de marzo de 1979), 10: AAS 71 (1979) 274.
(44) Const. past. Gaudium et spes, 22.
(45) N. 9: AAS 71(1979) 272-273.
(46) ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio post
disceptotionem, 3.
(47) Cf. ib.
(48) lb.
(49) Propositio 5.
(50) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 6:
AAS 83 (1991) 255.
(51) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptor Hominis, 7: AAS 71(1979) 269.
(52) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Dominum
et Vivificantem (18 de mayo de 1986), 54: AAS 78 (1986)
875.
(53) Cf. ib 59: l.c 885.
(54) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 28: AAS 83 (1991) 274; cf. CONC.
ECIJM. VAT. II, const. past. Gaudium et spes, 26.
(55) Cf. Propositio 11; decr. Adgentes, sobre la actividad
misionera de la Iglesia, 4 y 15; const. dogm. Lumen gentium, 17; const. past. Gaudium et spes, 11, 22 y 38; JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris
Missio, 28: AAS 83 (1991) 273-274.
(56) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio
ante disceptationem.
(57) JUAN PABLO II, carta enc. Dominum et Vivificantem, 50: AAS 78 (1986) 870; cf. SANTO TOMAS DE
AQUINO, Summa Theol III, 2, 10-12; 6, 6; 7, 13.
(58) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Dominum et Vivificantem, 50: AAS 78 (1986) 870.
(59) Cf. ib 24: lc 832.
(60) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 28: AAS 83 (1991) 274.
(61) N. 29: AAS 83
(1991) 275; cf. CONC. ECUM. VAT. II, const. past. Gaudium et spes,
45.
(62) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 29: AAS 83 (1991) 275.
(63) Cf. CONC. ECUM. VAT. II, const. dogm. Lumen gentium, 13.
(64) Propositio 12.
(65) Const. dogm. Lumen gentium, 17.
(66) PABLO VI, exhort. ap. Evangelii
nuntiondi (8 de diciembre de 1975), 22: AAS E (1976) 20.
(67) Propositio 8.
(68) ]UAN PABLO II, carta enc. Redemptori missio, 45: AAS 83
(1991) 292.
(69) Cf. ib 46: /.c 292-293.
(70) Cf. CONC. ECUM. VAT. II, decr. Dignitatis humanae, 3-4; JUAN PABLO II, carta enc. Redemptons
missio, 39: AAS 83 (1991) 387; Propositio 40.
(71) PABLO VI, exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 53: AAS 68
(1976) 41-42.
(72) Discurso a los representantes de la religiones no cristianas,
en Madrás (India), 5 de febrero de 1986, n. 2: ECCLESIA, núm. 2.257 (1986).
(73) Cf. Propositiones 11 y 12; JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris
Missio, 28: AAS 83 (1991) 373-274.
(74) Relatio ante disceptationem.
(75) Propositio 58.
(76) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Fides
et Ratio (14
de septiembre de 1998), 72: AAS 91(1999) 61.
(77) ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio post
disceptationem, 15.
(78) Cf. ib.
(79) lb.
(80) Propositio 6.
(81) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio
post disceptotionem, 6.
(82) lb.
(83) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio
ante disceptationem.
(84) Cf. PABLO VI, exhort.
ap. Evangelii nuntiandi, 20:AAS 68 (1976) 18-19.
(85) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 52: AAS 83 (1991) 300.
(86) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SíNODO DE LOS OBISPOS, Relatia post
discepfationem, 9.
(87) Cf. CON. ECUM. VAT. II
const past. Gaudium et spes, 22;
JUAN PABLO II carta enc. Redemptoris Missio, 28:
AAS 83 (1991) 273-274.
(88) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 56: AAS 83 (1991) 304.
(89) JUAN PABLO II, Homilia durante la misa con los católicos de Bengala
occidental, India, 4 de febrero de 1986, n. 3: ECCLESIA, núm.
2.557 (1986).
(90) Cf. Propositio 43.
(91) Cf. Propositio 7.
(92) lb.
(93) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris missia, 54. AAS 83 (1991) 302.
(94) Cf. ib.: 1. c 301.
(95) Cf. CONC. ECUM. VAT. II, const. Sacrosanctum concilium, 2; ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS
OBISPOS, Relatio post disceptatianem, 14.
(96) ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio post
disceptationem, 14; Propositio 43.
(97) Cf. Propositio 43.
(98) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SíNODO DE LOS OBISPOS, Relatio
post disceptationem, 13.
(99) Cf. ib.
(100) Cf. Propositio 18.
(101) Cf. Propositio 17.
(102) Cf. n. 60, 62 y 105: AAS 91(1999) 52-53, 54, 85-86.
(103) Cf. Propositio 24
(104) Cf. Propositio 25.
(105) Cf. ib.
(106) Cf. Prapositio 27.
(107) Propositio 29.
(108) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 91: AAS 83 (1991) 338.
(109) Propositio 19.
(110) Propositio 8.
(111) Decr. Dignifatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2.
(112) Propositio 6.
(113) SAN AGUSTIN, De civitate Dei, XVIII, 51, 2: PL 41, 614; cf.
CONC. ECUM. VAT. II, const. dogm. Lumen gentium, 8.
(114) CONC. ECUM. VAT. II,
decr. Adgentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 7; cf.
const. dogm. Lumen gentium, 17.
(115) PABLO VI, Discurso a los cardenales con ocasión de su onomásfica (22
de junio de1973): ECCLESIA, núm. 1.649 (1973).
(116) JUAN PABLO II, exhort. ap. postsinadal Christifideles laici (30 de
diciembre de1988), 18: AAS 81(1989) 421.
(117) Cf. ib.; const. dogm. Lumen gentium, 4.
(118) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 775.
(119) Cf.ib.
(120) JUAN PABLO II, exhort. ap. postsinodal Christifideles laici, 32: AAS 81 (1989) 451 -452.
(121) Cf. CONC. ECUM. VAT.
II, const. dogm. Lumen gentium, 16.
(122) Propositia 13.
(123) lb.
(124) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio
ante disceptationem.
(125) Propositio 13; cf. CONC. ECUM. VATICANO II, const. dogm. Lumen
gentium, 22.
(126) Cf. ib.
(127) Cf. Propositio 15; CONOREGAClON PARA LA DOCTRINA DE LA FE,
carta Comunionis notio, a los obispos de la Iglesia católica sobre
algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28 de mayo de 1992),
3-10: ECCLESIA, núm. 2.587 (1992).
(128) Cf. Propositio 15.
(129) Cf. ib.
(130) Cf. Prapositio 16.
(131) Propositio 34.
(132) Cf. Propositio 30; JUAN PABLO II, carta enc. Redempforis missio, 51: AAS 83 (1991) 298.
(133) Cf. PABLO VI, exhort. op. Evangelii
nuntiandi, 58: AAS 68 (1976) 46-49; JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris
Missio, 51: AAS 83 (1991) 299.
(134) Cf. Propositio 31.
(135) Cf. Propositio 14.
(136) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Re/atia
ante discepfationem.
(137) Cf.Propositio 50.
(138) Cf. Propositianes 36 y 50.
(139) Cf. JUAN PABLO II, Discurso al Sínodo
de los obispos de la Iglesia siro-malabar, 8 de enero de 1996, n. 6:
ECCLESIA, núm. 2.774 (1996).
(140) Cf. Propositio 50.
(141) Cf. Propositio 56.
(142) Cf. Propositio 51.
(143) Cf. Propositio 52.
(144) Propositio 53.
(145) Cf. Propositio 57
(146) Cf. JUAN PABLO II, Carta sobre la peregrinación a los lugares
vinculados a la historia de la salvación (29 de junio de 1999), 7:ECCLESIA,
núm. 2.953 (1999).
(147) AAS 56 (1964) 613.
(148) Cf. Propositio 42.
(149) Ib.
(150) JUAN PABLO II, Categuesis durante la audiencia, general, 26 de julio
de 1995, n. 4: ECCLESIA, núms. 2750-51 (1995).
(151) Cf. JUAN PABLO II, Categuesis durante la audiencia general, 20
de enero cle 1982, n. 2: ECCLESIA, núm. 2.063 (1982).
(152) Cf. n. 53: AAS 87 (1995) 37.
(153) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 55: AAS 83 (1991) 302.
(154) Cf. ib.: l.c 304.
(155) JUAN PABLO II, Carta a la Federación de las Conferencias
episcopales de Asia, 23 de junio de 1990, n. 4: ECCLESIA, núm. 2.492
(1990).
(156) N. 56: AAS 83 (1991) 304.
(157) Propositio 41.
(158) lb.
(159) Cf. ib.
(160) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris missia, 57: AAS 83 (1991) 305.
(161) Cf. JUAN PABLO II, exhort. ap. post-sinodal Vita
Consecrata (25 de marzo de1996), 8: AAS 88 (1996) 383.
(162) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Sollicitudo
Rei Socialis (30 de diciembre de 1987), 47: AAS 80 (1988)
582.
(163) Const. past. Gaudium et spes, 1.
(164) Por muchos motivos, el punto de partida fue la carta encíclica Rerum
novarum, del Papa León XIII (15 de mayo de 1891), que introdujo una serie
de declaraciones solemnes de la Iglesia sobre varios aspectos de la cuestión
social. Entre ellas se encuentra la carta encíclica Populorum progressio (26
de marzo de 1967), que publicó el Papa Pablo VI como respuesta a las enseñanzas
del Concilio Vaticano II y a la nueva situación del mundo. Para conmemorar el
20 aniversario de este documento escribí la carta encíclica Sollicitudo
Rei Socialis (30 de diciembre de 1987), en la que, siguiendo el
Magisterio anterior, invité a todos los fieles a que se consideraran llamados a
una misión de servicio que necesariamente incluye la promoción del desarrollo
humano integral.
(165) JUAN PABLO II, carta enc. Sollicitudo Rei Socialis, 41: AAS 80 (1988) 570-57.
(166) Cf. CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, instr. Libertatis
conscientia, sobre libertad cristiana y liberación (22 de marzo de 1986),
72: ECCLESIA, núm. 2.262 (1986).
(167) Cf. Prapositio 22.
(168) Cf. Propositio 21.
(169) Cf. JUAN PABLO II, exhort. ap. post-sinodal Christifideles laici, 5: AAS 81 (1989) 400-402;
carta enc. Evangelium
Vitae (25 de marzo de 1995), 18: AASB7 (1995) 419.
(170) Propositio 22; cf. Propositio 39.
(171) JUAN PABLO II, carta enc. Sollicitudo Rei Socialis, 42: AAS 80 (1988) 573; CONGREGACION PARA LA
DOCTRINA DE LA FE, instr. Libertotis conscientia, sobre libertad
cristiana y liberación, 68:ECCLESIA, núm. 2.262 (1986).
(172) Cf. Propositio 44.
(173) Cf. ib.
(174) Propositio 39
(175) Propositio 2
(176) Cf. Propositio 36.
(177) Cf. Propositio 38.
(178) Cf. ib.
(179) Cf. Propositio 33.
(180) Cf. ib.
(181) Cf. Propositio 35.
(182) Cf. ib.
(183) Cf. Propositio 32.
(184) Cf. JUAN PABLO II, carta ap. Salvifici Doloris (11 de febrero de 1984), 28-29: AAS 76 (1984) 242-244.
(185) Cf. Propositio 20.
(186) Cf. ib.
(187) Cf. Prapositio 21.
(188) Cf. ib.
(189) Cf. ib.
(190) Cf. Propositio 23.
(191) Cf. ib.
(192) Cf. Propositio 55.
(193) Cf. Proposifio 49.
(194) JUAN PABLO II, Mensaje poro la Jornada mundial de lo paz de 1998, 3:
ECCLESIA, núm. 2.873 (1997).
(195) Cf. Propositio 49.
(196) Cf. Propositio 48.
(197) Cf. ib JUAN PABLO II, carta ap. Tertio Millennio
Adveniente, 51: AAS 87 (1995) 36.
(198) Cf. Propositio 48.
(199) Cf. Propositio 22; JUAN PABLO II, carta enc. Sollicitudo Rei
Socialis, 44: AAS (1988) 576.
(200) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. Remptoris hominis, 15:
AAS 71 (1979) 287.
(201) Cf. ib.
(202) Cf. Propositio 47.
(203) Hom. in
Matth 50, 3-4: PG 58, 508-509.
(204) Cf. decr. Ad gentes, sobre la
activ dad misionera de la Iglesia, 2 y 35.
(205) Cf. JUAN PABLO II, carta enc. 8 demptoris missio, 31: AAS 83
(1991) 277.
(206) lb 42: /.c
289.
(207) lb.
(208) Cf. Pro positio 25.
(209) Cf. ib.
(210) Cf. const. dogm. Lumen
gentium, 46.
(211) Cf. Propositio 27.
(212) Cf. JUAN PABLO II, exhort. ap. post sinodal Vita Consecrata, 103: AAS 88 (1996) 479.
(213) Cf. PABLO VI, exhort.
ap. Evangelii nuntiandi, 69: AAS 68 (1976) 59.
(214) Cf. Propositio 27.
(215) Cf. ib.
(216) Cf. ib.
(217) Cf. Propositio 28.
(218) Ib.
(219) Cf. const. dogm. Lumen gentiurn, sobre la Iglesia, 31.
(220) Cf. Propositio 29.
(221) Cf. ib.
(222) Cf. ib.
(223) JUAN PABLO II, Catequesis durante la audiencia general, 13 de
julio de 1994, n. 4: ECCLESIA, núm. 2.699 (1994).
(224) Cf. Propositio 35.
(225) Cf. ib.
(226) CONC. ECUM. VAT. II, const. dogm. Lumen gentium, 11.
(227) Cf. ASAMBLEA ESPECIAL PARA ASIA DEL SINODO DE LOS OBISPOS, Relatio
ante disceptationem.
(228) Cf. Propositio 32.
(229) Cf. Propositio 33.
(230) JUAN PABLO II, Discurso a la Confederación de los
consultorios familiares de inspiración cristiana, 29 de noviembre de 1980,
n. 4.
(231) Cf. Propositio 34.
(232) lb.
(233) JUAN PABLO II, carta enc. Redemptoris Missio, 37: AAS 83 (1991) 285.
(234) lb.
(235) Ib.
(236) Cf. Propositio 45.
(237) Cf. ib.
(238) Cf. ib.
(239) JUAN PABLO II, bula Incarnationis mysterium (29 de noviembre de
1998), 13: AAS 91 (1999) 142.
(240) Cf. Propositio 59.