MENSAJE
DEL PAPA JUAN PABLO II
al Movimiento Mundial de
Trabajadores Cristianos
reunidos en asamblea plenaria en São Paulo
«Promover la globalización de la
solidaridad
sin marginar a personas o pueblos»
Al señor Laurent KATAME
presidente del Movimiento mundial
de trabajadores cristianos
1. En este momento, en que el Movimiento mundial de trabajadores cristianos
está reunido en São Paulo para su asamblea general, le envío a usted, señor
presidente, así como a todas las personas presentes, mis saludos cordiales,
asegurándoles mi oración ferviente. Quiero animar a los participantes en la
asamblea, y por medio de ellos a todos los miembros del Movimiento en sus
compromisos y responsabilidades de trabajadores cristianos. Estas reuniones
constituyen un momento importante para el conjunto del Movimiento, pues brindan
a sus militantes la ocasión de obtener un nuevo dinamismo humano y cristiano, a
fin de dar su contribución para afrontar los desafíos que se plan-tean hoy al
mundo del trabajo.
En la actividad de vuestro movimiento se atribuye gran importancia a la
revisión de vida, para dirigir una mirada evangélica a las personas y a las
situaciones, a fin de permitir un compromiso cada vez más auténtico al servicio
de la libertad y del respeto a todos los trabajadores, así como de su
participación solidaria en la vida profesional. Esta pedagogía debe contribuir
a estructurar la vida personal y colectiva. Su punto de partida es espiritual;
en efecto, supone una relación profunda con Cristo, que llama a sus discípulos
a defender al hombre y a enraizar toda acción en los principios morales y
evangélicos fundamentales. Por tanto, para consolidar mejor su misión al
servicio del Evangelio en la sociedad, es particularmente oportuno que en este
Año jubilar todo trabajador cristiano se acerque cada vez más a Cristo,
Redentor del hombre y Señor de la historia, recibiendo de él las gracias
necesarias para su obra humana. Con este espíritu, la participación en la
Eucaristía recuerda la misión específica del hombre en el seno de la creación
redimida; la acción del hombre, unida al sacrificio de Cristo, alcanza su
dimensión plena, puesto que todo cristiano está invitado a ofrecer a Dios, como
dice la plegaria del ofertorio, el «fruto de la tierra y del trabajo del
hombre», para recibir de su Salvador el pan de la vida eterna.
2. Con su trabajo, los hombres tienen la misión de construir un mundo justo
y fraterno donde se reconozcan a los trabajadores el lugar y la dignidad a los
que tienen derecho. Al preocuparse por la creación, conservan y desarrollan los
bienes de la tierra. Por eso, el trabajo los lleva a Dios, cuya obra creadora
prolongan (cf. Laborem Exercens, 25), y
contribuyen a la realización del plan divino en la historia (cf. Gaudium et
spes, 34). El trabajo también impulsa al
hombre hacia sus hermanos mediante la práctica del amor al prójimo y la
posibilidad, para el conjunto de la sociedad, de beneficiarse de los productos
del trabajo de cada uno.
Para permitir que los trabajadores participen cada vez en la vida
profesional, es importante que vuestro movimiento se preocupe, en los
diferentes niveles de sus estructuras, por la formación espiritual, moral e
intelectual de sus miembros, proporcionándoles así los medios para redescubrir
el sentido y el valor del trabajo para la persona y para la colectividad (cf. Centesimus
Annus, 6; Laborem Exercens, 8), y suministrándoles también instrumentos de reflexión
y análisis, y puntos de referencia para su acción personal y colectiva. Del
mismo modo, conviene que cada uno encuentre su lugar específico en las redes de
relaciones profesionales o extraprofesionales, para poder participar activamente
en la vida de la ciudad. En efecto, cada persona es un elemento indispensable
de la vida de la empresa y de la sociedad, y debe ser consciente de su papel al
servicio de la colectividad.
Aunque ocupe un lugar importante en su vida, el trabajo no es todo para el
hombre. Para un mejor equilibrio de las personas, conviene estar atentos al
tiempo libre, a la vida personal y familiar, y al descanso dominical, que
permite dedicarse a Dios para poder vivir más intensamente cada momento de la
exis-tencia. Esta atención evita situarse únicamente en el círculo de la
adquisición y el consumo desenfrenado de bienes, considerados con mucha
frecuencia como el motivo humano primordial del trabajo, y centrar diversamente
su existencia.
3. Sois plenamente conscientes de las enormes transformaciones que afectan
hoy a la economía y al mundo del trabajo, bajo el impacto del gran progreso
tecnológico y de las nuevas situaciones políticas y culturales. Nadie, ni los
dirigentes de empresas, ni los trabajadores, ni los responsables políticos o
los protagonistas sociales, debe resignarse a una globalización fundada
únicamente en criterios económicos ni puede aceptar la fatalidad de mecanismos
ciegos. Con todos los interlocutores de la vida social, mediante el diálogo y
la colaboración, los trabajadores están llamados a comprometerse para evitar
los daños de la globalización y de una tecnología que aplastan al hombre. La
nueva coyuntura económica implica poner a punto nuevos instrumentos de análisis
y acción; sobre todo en este campo, las organizaciones de laicos deben
contribuir a buscar respuestas inspiradas en los valores evangélicos.
4. Hay que dedicar atención particular a los jóvenes que buscan empleo, a
los desempleados, a los que tienen un salario insuficiente o carecen de medios
materiales; es esencial que todos se movilicen en favor de la inserción y de la
reinserción del conjunto de la población en edad de realizar una actividad
profesional, y que con una solidaridad cada vez más activa se superen las
situaciones de pobreza y miseria que ofenden la dignidad. Hoy, con razón, se
presta mayor atención a la protección de los trabajadores, que no deben estar
sometidos a presiones inhumanas, para que se res-peten la dignidad inalienable
de las personas y los derechos de cada uno, sobre todo el derecho a una vida
decorosa (cf. León XIII, Rerum novarum, 4 y 34) así como el justo
desarrollo de un plan de carrera. De igual modo, conviene afrontar con seriedad
la cuestión de la jubilación de todos los trabajadores. Después de una vida de
trabajo, tienen derecho a una jubilación digna (cf. Pío XI, Quadragesimo
an-no, 81), que les permita vivir y mantener a quienes aún están a su
cargo. Se trata de una expresión normal de la solidaridad, la equidad y la
justicia entre las generaciones, que la Iglesia desea recordar a todos nuestros
contemporáneos.
5. El Año jubilar es particularmente oportuno para reflexionar en nuevas
formas de solidaridad política, económica y social en todos los sectores de la
sociedad. La cultura de los trabajadores, a pesar de los obstáculos, debe
seguir siendo una cultura solidaria: en la vida laboral de cada día, en los
barrios y entre los jóvenes. Hoy más que nunca, gracias a vuestra caridad y a
vuestro sentido de la justicia, esa solidaridad podrá instaurarse, consolidarse
y dar frutos. El Año jubilar es también un tiempo favorable para analizar los
desequilibrios económicos y sociales existentes en el mundo, en el seno de cada
país y en las relaciones entre las naciones, restableciendo una justa jerarquía
de valores, y poniendo en primer lugar la dignidad del hombre y de la mujer que
trabajan, su libertad, su responsabilidad y su participación necesaria en la
vida de la empresa. El jubileo es también una ocasión particularmente
significativa para reflexionar en los medios de extender la solidaridad al
mundo entero, sobre todo a los países pobres y, en particular, a los que están
aplastados por el peso de su deuda. La globalización de la economía y el
desarrollo de las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades reales de progreso,
pero al mismo tiempo multiplican las situaciones de desempleo, de marginación y
de precariedad extrema en el trabajo, cuyas primeras y principales víctimas son
las mujeres, que, en algunos países donde reina la economía de la subsistencia,
constituyen uno de los fundamentos esenciales de dicha economía. La solidaridad
y la participación son las garantías morales para que las personas y los
pueblos no sean sólo instrumentos, sino que lleguen a ser protagonistas de su
propio futuro.
Por eso es necesario encaminarse hacia una «globalización de la solidaridad»
y una mundialización sin marginación de personas y pueblos. Un signo concreto
de esta solidaridad debe ser la anulación de la deuda de los países más pobres,
o, por lo menos, una reducción significativa, asegurando, mediante la
transparencia de la sociedad civil, que la reducción de las deudas, los
préstamos o las inversiones autorizadas se utilicen para el bien común, y
ofreciendo conjuntamente ayudas científicas y personal para acompañar los cambios
en la economía local. Este tipo de ayuda permitirá formar humana y técnicamente
al personal autóctono, con vistas a una verdadera promoción de los trabajadores
y de los países en vías de desarrollo, y para que los habitantes de los países
implicados gestionen su propia economía. En este campo, vuestro movimiento,
presente en todos los continentes, da una contribución particularmente valiosa.
Implorando a san José que os acompañe en vuestros trabajos, os imparto de
todo corazón la bendición apostólica, que extiendo a todos los participantes en
vuestra asamblea general, al conjun-to de los miembros del Movimiento
mundial de trabajadores cristianos y a sus familias.
Vaticano, 7 de mayo de 2000
(«O. R.», e. e 26-V-2000)
Iniciol
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