MENSAJE
DEL PAPA JUAN PABLO II
a los participantes en el
XCIV Congreso de los católicos alemanes
«Es necesario mantener la unidad
de la Iglesia
sin permitir que ningún poder terreno la divida»
A mi venerable hermano
LUDWIG AVERKAMP
Arzobispo de Hamburgo
Venerado hermano; queridas hermanas y queridos hermanos:
1. «Suyo es el tiempo». Con este lema habéis llegado al 94 Katholikentag
alemán en Hamburgo. Saludo desde Roma a todos los que están reunidos con ocasión
de la celebración eucarística en el «Fischmarkt», en la antigua ciudad
hanseática, así como a los que participan en ella mediante la radio y la
televisión. ¡La paz del Resucitado esté con vosotros!
Lo saludo de modo particular a usted, querido arzobispo Averkamp. Usted ha
manifestado su disponibilidad a acoger este año el Katholikentag y a
participar personalmente en su organización. Saludo, asimismo, a los obispos de
Alemania y de otros países del mundo, en particular a los cardenales presentes
y al presidente de la Conferencia episcopal alemana, mons. Karl Lehman.
2. «Suyo es el tiempo». Me alegra que queráis tener como
marca el lema que he indicado para el Año jubilar: «Cristo es el mismo ayer,
hoy y siempre» (Hb 13, 8).
También el logotipo elegido es muy adecuado: habéis escogido el símbolo del
reloj de arena para dar al tema del Katholikentag un significado muy
preciso.
Nuestros antepasados medían el tiempo con el reloj de arena. Hoy se usan relojes
digitales y de cuarzo. Vuestra ventaja consiste en que podéis medir el tiempo
con extrema precisión. Sin embargo, los relojes modernos no logran transmitir
un mensaje que el reloj de arena, en cambio, lograba comunicar de una manera
muy acertada: la arena pasa de la ampolla superior a la inferior. El paso de la
arena se puede asemejar al destino del tiempo. El tiempo pasa, tiene fin.
Transcurre y termina. Es una cantidad limitada de años, que se nos concede.
3. Hace algunas semanas celebré mi 80 cumpleaños. Deseo aprovechar esta
ocasión para agradecer las palabras de felicitación, los gestos de aliento y
las muestras de estima que los católicos, los cristianos y los hambres de buena
voluntad me han enviado desde Alemania. Los días de fiesta que organizaron en
mi honor fueron, sobre todo una ocasión para dar gracias a Dios, el Creador,
porque me dio la vida. A la vez, habéis fortalecido mi convicción de que Dios
da con generosidad: al dar la vida, da también el tiempo. El tiempo de que
disponemos es un don que Dios nos ofrece.
De nosotros depende qué hacemos con este don. El hombre puede desperdiciar o
perder el tiempo; puede malgastar o matar el tiempo. Sin embargo, también
existen otras posibilidades. El tiempo se nos da para utilizarlo y colmarlo. El
tiempo bien empleado es tan valioso que nosotros, a nuestra vez, podemos darlo
haciendo un gran regalo. Al dicho que reza: «El tiempo es oro», Cristo replica:
«El tiempo no se puede comprar con dinero. El tiempo vale más que el oro».
Queridas hermanas y queridos hermanos, os exhorto a dar con acierto vuestro
tiempo. Daos recíprocamente el tiempo: los pastores a sus parroquias y las
parroquias a sus pastores, los esposos a sus esposas y viceversa, los hijos a
sus padres, los jóvenes a los ancianos, los sanos a los enfermos, los unos a
los otros. Quien da al otro el propio tiempo, le da la vida.
4. El devenir del tiempo está muy relacionado con la fe.
Dios tiene tiempo. Se ha reservado tiempo para nosotros los hombres. Al entrar
en el tiempo mediante la encarnación de su Hijo, ha llegado a ser un
contemporáneo nuestro. En Jesucristo el tiempo se ha cumplido, ha encontrado su
centro. En el curso del «kronos» llega la hora del gran «kairós»: «Al llegar la
plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la
ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos
la filiación adoptiva» (Ga 4, 45).
Dos mil años después de ese acontecimiento, tenemos motivo para regocijarnos.
En este Año santo se impone la convicción de que «Jesucristo es el mismo ayer,
hoy y siempre» (Hb 13, 8).
«En efecto, la Iglesia respeta las medidas del tiempo: horas, días, años,
siglos (), haciendo que todos comprendan cómo cada una de estas medidas está
impregnada de la presencia de Dios y de su acción salvífica» (Tertio
Millennio Adveniente, 16). Suyo es también el
tiempo que le permitimos colmar.
Precisamente por eso, a la Iglesia le corresponde prestar un servicio,
representando a los hombres de nuestro tiempo. La Iglesia tiene la tarea de ser
custodia. Debe recordar incansablemente la venida del Señor y despertar a
nuestros contemporáneos del sopor causado por la seguridad y la comodidad.
Estoy seguro de que los católicos de Alemania permanecerán fieles a este
servicio de vigilancia. Se les pide su opinión sobre diversos temas: la tutela
de la vida humana en todas sus fases, desde la concepción hasta la muerte
natural; la defensa de los valores inalienables del matrimonio y de la familia
en cuanto correspondientes al orden de la creación; la garantía de la cultura
del domingo en una sociedad marcada por intereses económicos; la disponibilidad
con respecto a los extranjeros presentes en vuestro país; y el compromiso en
favor de la imagen cristiana del hombre en vuestra patria reunificada. Estos
son algunos de los numerosos objetivos por cuya realización debemos velar.
A este propósito os dirijo una exhortación particular:
¡que la unidad sea para vosotros un sumo bien! No permitáis que ningún poder
terreno os divida en la realización de vuestras iniciativas. Si la Iglesia es
el pueblo peregrino de Dios, entonces todos los que pertenecen a este pueblo
tienen un único camino a través del tiempo, el camino de la reciprocidad.
Todos, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, somos Iglesia. Sólo unidos
somos fuertes. Jesucristo fundó una sola Iglesia, edificada sobre el fundamento
de los Apóstoles y reunida en torno a Pedro, la piedra (cf. Mt 16, 18). Oro para que experimentéis
lo que san Pablo escribió a los Romanos: «Y el Dios de la paciencia y del
consuelo os concede tener los unos para con los otros los mismos sentimientos,
según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre
de nuestro Señor Jesucristo» (Rm
15, 5-6).
5. El programa del Katholikentag es el espejo de la variedad y de la
vitalidad de la Iglesia en vuestro país. Observo con gratitud y estima la
imagen pluriforme que ese espejo refleja.
Además de las numerosas celebraciones eucarísticas y de las manifestaciones
de carácter espiritual, hay encuentros y mesas redondas; eso demuestra que la
Iglesia en Alemania está preparada para captar los signos de los tiempos e
interpretarlos a la luz de Dios. El Katholikentag quiere ser una especie
de areópago para el análisis y el intercambio, para el diálogo y la acción
conjunta. Para esta empresa espiritual, a la que queréis dar una particular
impronta ecuménica, invoco sobre vosotros al Espíritu Santo, que es también el
espíritu de la multiplicidad.
6. Queridas hermanas y queridos hermanos, de buen grado quiero volver a
referirme al reloj de arena, que encierra otro valioso mensaje. La arena, que
pasa de la ampolla superior a la inferior no sólo indica el paso del tiempo; es
también mensajera de la esperanza cristiana. En efecto, no cae en el vacío,
sino que se acumula en la ampolla inferior. Las ampollas del reloj de arena me
recuerdan las manos que Dios nos tiende. Podemos abandonarnos en ellas, recogen
nuestro tiempo. El tiempo está en las manos de Dios. Todas las noches decimos
en las Completas: «A tus manos Señor, encomiendo mi espíritu». Esta oración no
se refiere sólo a algunas personas. Es una oración de la noche que puede reunir
a todos los que, al final de la jornada, encomiendan los frutos de su actividad
y de sus esfuerzos diarios a Dios, el Señor del tiempo.
«A tus manos Señor, encomiendo mi espíritu».
Dios bendice el tiempo de quien ora de este modo. Invoco como guía a María,
quien mejor que nadie puso su vida en las manos de Dios. Que ella proteja y
guíe a la Iglesia en Alemania a lo largo de su camino a través del tiempo. A
todos vosotros, que estáis reunidos en Hamburgo, os imparto de corazón mi
bendición apostólica.
Vaticano, 23 de mayo de 2000
(«O. R.», e. e 9-VI-2000)
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