PAPA JUAN
PABLO II
para el Jubileo en las
cárceles
«La prisión debe ser un lugar de
redención
y no de deseducación o vicio»
1. En este Año Santo de 2000, no podía faltar la Jornada del Jubileo en las
cárceles. En efecto, las puertas de los Institutos de reclusión no pueden
excluir de los beneficios de este acontecimiento a quienes deben transcurrir en
ellos parte de su vida.
Pensando en estos hermanos y hermanas, mi primera palabra es desearles que Cristo
resucitado, que entró en el Cenáculo estando las puertas cerradas, pueda entrar
en todas las prisiones del mundo y encontrar acogida en los corazones, llevando
a todos paz y serenidad.
Como es sabido, en el presente Jubileo la Iglesia celebra de modo especial
el misterio de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, han
pasado dos milenios desde el momento en que el Hijo de Dios se hizo hombre y
vino a habitar entre nosotros. Hoy, como entonces, la salvación traída por
Cristo se nos ofrece nuevamente, para que produzca abundantes frutos de bien
según el designio de Dios, que quiere salvar a todos sus hijos, especialmente a
aquellos que, habiéndose alejado de él, buscan el camino del retorno. El Buen
Pastor sigue continuamente las huellas de las ovejas descarriadas y, cuando las
encuentra, las carga sobre sus hombros y las lleva de nuevo al redil. ¡Cristo
busca el encuentro con cada ser humano, en cualquier situación en que se halle!
2. El objetivo del encuentro de Jesús con el hombre es su salvación. Una
salvación que, por otra parte, es propuesta, no impuesta. Cristo espera del
hombre una aceptación confiada, que abra la mente a decisiones generosas,
orientadas a remediar el mal causado y a promover el bien. Se trata de un
camino a veces largo, pero ciertamente estimulante, porque no se recorre en
solitario, sino en compañía y con el apoyo del mismo Cristo. Jesús es un
compañero de viaje paciente, que sabe respetar los tiempos y ritmos del corazón
humano, aunque no se cansa de animar a cada uno en el camino hacia la meta de
la salvación.
La misma experiencia jubilar está en estrecha relación con la condición
humana del paso del tiempo, a la cual quiere dar un sentido: por un lado, el
Jubileo quiere ayudarnos a vivir el recuerdo del pasado aprovechando las
experiencias vividas; por otro, nos abre al futuro en el cual el compromiso del
hombre y la gracia de Dios deben construir juntos lo que queda por vivir.
Quien se encuentra en prisión piensa con nostalgia o con remordimiento en
los tiempos en que era libre, y sufre con amargura el momento presente, que
parece no pasar nunca. La exigencia humana de alcanzar un equilibrio interior
también en esta difícil situación puede encontrar una ayuda decisiva en una
fuerte experiencia de fe. Éste es uno de los motivos del valor del Jubileo en
las cárceles: la experiencia jubilar vivida entre rejas puede conducir a
inesperados horizontes humanos y espirituales.
3. El Jubileo nos recuerda que el tiempo es de Dios. Tampoco escapa a este
señorío de Dios el tiempo de la reclusión. Los poderes públicos que, en
cumplimiento de las disposiciones legales, privan de la libertad personal a un
ser humano, poniendo como entre paréntesis un período más o menos largo de su
existencia, deben saber que ellos no son señores del tiempo del preso. Del
mismo modo, quien se encuentra encarcelado no debe vivir como si el tiempo de
la cárcel le hubiera sido substraído de forma irremediable: incluso el tiempo
transcurrido en la cárcel es tiempo de Dios y como tal ha de ser vivido; es un
tiempo que debe ser ofrecido a Dios como ocasión de verdad, de humildad, de
expiación y también de fe. El Jubileo es un modo para recordarnos que no sólo
el tiempo es de Dios, sino que los momentos en los que sabemos recapitular todo
en Cristo se convierten para nosotros en un « año de gracia del Señor ».
Durante el período del Jubileo, cada uno está llamado a sincronizar el
tiempo del propio corazón, único e irrepetible, con el tiempo del corazón
misericordioso de Dios, siempre dispuesto a acompañar a cada uno a su propio
ritmo hacia la salvación. Aunque la condición carcelaria tiene a veces el
riesgo de despersonalizar al individuo, privándolo de tantas posibilidades de
expresarse a sí mismo públicamente, todos han de recordar que delante de Dios
no es así: el Jubileo es el tiempo de la persona, el tiempo en el cual cada uno
es él mismo delante de Dios, a su imagen y semejanza. Y cada uno está llamado a
acelerar su paso hacia la salvación y progresar en el descubrimiento gradual de
la verdad sobre sí mismo.
4. El Jubileo no quiere dejar las cosas como están. El año jubilar del
Antiguo Testamento debía «devolver la igualdad entre todos los hijos de Israel,
abriendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades
e incluso la libertad personal» (Carta ap. Tertio Millennio Adveniente, 13). La perspectiva que el Jubileo abre a cada uno es,
pues, una ocasión que no se ha de desperdiciar. Es preciso aprovechar el Año
Santo para remediar eventuales injusticias, para subsanar cualquier exceso,
para recuperar lo que de otro modo se perdería. Y si esto vale para cualquier
experiencia humana, que se puede mejorar, con mayor razón se aplica a la
experiencia de la cárcel, donde las situaciones que se crean son particularmente
delicadas.
Pero el Jubileo no nos impulsa solamente a disponernos para medidas que
reparen las situaciones de injusticia. Su significado es también positivo. Al
igual que la misericordia de Dios, siempre nueva en sus formas, abre nuevas
posibilidades de crecimiento en el bien, celebrar el Jubileo significa también
esforzarse en crear nuevas ocasiones de recuperación para cada situación
personal y social, aunque aparentemente parezca irremediablemente comprometida.
Todo esto es aún más evidente para la realidad carcelaria: abstenerse de
acciones promocionales en favor del recluso significaría reducir la prisión a
mera venganza social, haciéndola solamente odiosa.
5. Si la celebración del Gran Jubileo es para los encarcelados una
oportunidad para reflexionar sobre su condición, lo mismo se puede decir para
toda sociedad civil que se enfrenta cada día a la delincuencia, para las
autoridades encargadas de mantener el orden público y favorecer el bien común,
y para los juristas llamados a reflexionar sobre el sentido de la pena y abrir
nuevos horizontes para la colectividad.
El tema ha sido afrontado otras veces a lo largo de la historia y se han
hecho muchos progresos, tratando de adecuar el sistema penal tanto a la
dignidad de la persona humana como a la garantía efectiva del mantenimiento del
orden público. Pero los inconvenientes y las dificultades vividas en el
complejo mundo de la justicia y, más aún, el sufrimiento que hay en las
cárceles, manifiestan que todavía queda mucho por hacer. Estamos lejos aún del
momento en que nuestra conciencia pueda permanecer tranquila de haber hecho
todo lo posible para prevenir la delincuencia y reprimirla eficazmente, de modo
que no siga perjudicando y, al mismo tiempo, ofrecer a quien delinque un camino
de rehabilitación y de reinserción positiva en la sociedad. Si todos los que,
por diversos títulos, están implicados en el problema quisieran aprovechar la
ocasión que ofrece el Jubileo para desarrollar esta reflexión, tal vez toda la
humanidad podría dar un gran paso adelante hacia una vida social más serena y
pacífica.
La prisión como castigo es tan antigua como la historia del hombre. En
muchos países las cárceles están superpobladas. Hay algunas que disponen de
ciertas comodidades, pero en otras las condiciones de vida son muy precarias,
por no decir indignas del ser humano. Los datos que están a la vista de todos
nos dicen que, en general, esta forma de castigo sólo en parte logra hacer
frente al fenómeno de la delincuencia. Más aún, en algunos casos, los problemas
que crea parecen ser mayores que los que intenta resolver. Esto exige un
replanteamiento de cara a una cierta revisión: también desde este punto de
vista el Jubileo es una ocasión que no se ha de desperdiciar.
Según el designio de Dios, todos deben asumir su propio papel para colaborar
a la construcción de una sociedad mejor. Evidentemente esto conlleva un gran
esfuerzo incluso en lo que se refiere a la prevención del delito. Cuando, a
pesar de todo, se comete el delito, la colaboración al bien común se traduce
para cada uno, dentro de los límites de su competencia, en el compromiso de
contribuir al establecimiento de procesos de redención y de crecimiento
personal y comunitario fundados en la responsabilidad. Todo esto no debe
considerarse como una utopía. Los que pueden deben esforzarse en dar forma
jurídica a estos fines.
6. En esta línea, por tanto, es de desear un cambio de mentalidad que ayude
a favorecer una conveniente adaptación de las instituciones jurídicas. Ello
supone, como es obvio, un amplio consenso social y especiales competencias
técnicas. En este sentido, llega un llamamiento enérgico desde innumerables
cárceles diseminadas por todo el mundo, donde están segregados millones de
hermanos y hermanas nuestros. Ellos reclaman sobre todo una adecuación de las
estructuras carcelarias y a veces también una revisión de la legislación penal.
Deberían abolirse finalmente de las legislaciones de los Estados aquellas
normas contrarias a la dignidad y a los derechos fundamentales del hombre, como
también las leyes que obstaculizan el ejercicio de la libertad religiosa para
los detenidos. Deben revisarse también los reglamentos penitenciarios que no
prestan suficiente atención a los enfermos graves o terminales; igualmente, se
deben potenciar las instituciones destinadas a la tutela legal de los más
pobres.
Pero, incluso en los casos en los que la legislación es satisfactoria,
muchos sufrimientos de los detenidos provienen de otros factores concretos.
Pienso, en particular, en las condiciones precarias de los lugares de reclusión
en los que los encarcelados se ven obligados a vivir, así como a las vejaciones
infligidas a veces a los presos por discriminaciones motivadas por razones
étnicas, sociales, económicas, sexuales, políticas y religiosas. En ocasiones,
la cárcel se convierte en un lugar de violencia comparable a los ambientes de
los que frecuentemente provienen los encarcelados. Esto hace inútil, como es
evidente, todo intento educativo de las medidas de reclusión.
Los encarcelados se enfrentan también con otras dificultades, como los
obstáculos para poder mantener contactos regulares con su familia y los seres
queridos, y carencias graves se encuentran a menudo en las estructuras que
deberían ayudar a quien sale de la prisión, acompañándolo en su nueva inserción
social.
7. El Gran Jubileo del Año 2000 sigue la tradición de los Años Jubilares que
lo han precedido. La celebración del Año Santo ha sido siempre para la Iglesia
y para el mundo una ocasión para hacer algo en favor de la justicia, a la luz
del Evangelio. Estos acontecimientos se han convertido así para la comunidad en
un estímulo para revisar la justicia humana según la justicia de Dios. Sólo una
valoración serena del funcionamiento de las instituciones penales, una sincera
reflexión sobre los fines que la sociedad se propone para afrontar la
criminalidad, una valoración seria de los medios usados para estos objetivos
han llevado, y podrán aún llevar, a concretar las enmiendas que sean
necesarias. No se trata de aplicar casi automáticamente o de modo puramente
decorativo medidas de clemencia meramente formales, de manera que, acabado el
Jubileo, todo vuelva a ser como antes. Se trata, por el contrario, de poner en
marcha iniciativas que sean un punto de partida válido para una renovación auténtica
tanto de la mentalidad como de las instituciones.
En este sentido, los Estados y los Gobiernos que estén revisando su sistema
carcelario o tengan el proyecto de hacerlo, para adecuarlo cada vez más a las
exigencias de la persona humana, merecen ser animados a continuar en una obra
tan importante, teniendo también en cuenta un recurso más frecuente a penas que
no priven de la libertad.
Para hacer mas humana la vida en la cárcel, es muy importante prever
iniciativas concretas que permitan a los detenidos desarrollar, en cuanto sea
posible, actividades laborales capaces de sacarlos del empobrecimiento del
ocio. Así se les podrá introducir en procesos formativos que faciliten su
reinserción en el mundo del trabajo al final de la pena. No hay que descuidar,
además, el acompañamiento psicológico que puede servir para resolver aspectos
problemáticos de la personalidad. La cárcel no debe ser un lugar de
deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención.
Para alcanzar este objetivo será seguramente útil ofrecer a los reclusos la
posibilidad de profundizar su relación con Dios, como también de involucrarlos
en proyectos de solidaridad y de caridad. Esto contribuirá a acelerar su
recuperación social, llevando al mismo tiempo el ambiente carcelario a condiciones
más vivibles.
En el marco de estas propuestas abiertas al futuro, y continuando una
tradición instaurada por mis Predecesores con ocasión de los Años Santos, me
dirijo con confianza a los Responsables de los Estados para implorar una señal
de clemencia en favor de todos los encarcelados: una reducción, aunque fuera
modesta, de la pena sería para ellos una clara expresión de sensibilidad hacia
su condición, que provocaría sin duda ecos favorables, animándolos en el
esfuerzo de arrepentimiento por el mal cometido y favoreciendo el cambio de su
conducta personal.
La acogida de esta propuesta por parte de las Autoridades competentes, a la
vez que animaría a los detenidos a mirar al futuro con renovada esperanza,
sería también un signo elocuente de la progresiva afirmación de una justicia
más verdadera en el mundo que se abre al Tercer Milenio cristiano, porque
estaría abierta a la fuerza liberadora del amor.
Invoco las bendiciones del Señor sobre todos los que tienen la
responsabilidad de administrar la justicia en la sociedad, así como sobre
quienes se encuentran bajo el rigor de la ley. Quiera Dios ser generoso en dar
su luz a cada uno y colmar a todos con sus dones celestiales. A los reclusos y
a las reclusas de todas las partes del mundo les aseguro mi cercanía
espiritual, saludando a todos con un abrazo espiritual como hermanos y hermanas
en humanidad.
Iniciol
Regresar