MENSAJE DE JUAN PABLO II PARA LA
JORNADA MUNDIAL DE LOS
EMIGRANTES Y REFUGIADOS 2000
En España se celebra el último
domingo de septiembre
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. En el umbral del nuevo milenio, la humanidad está marcada por
fenómenos de intensa movilidad, mientras las personas van tomando cada vez
mayor conciencia de que pertenecen a una sola familia. Las emigraciones,
voluntarias o forzadas, multiplican las ocasiones de intercambio entre personas
de culturas, religiones, razas y pueblos diversos. Los medios modernos de
transporte unen cada vez más rápidamente todos los puntos del planeta, y cada
día miles de emigrantes, refugiados, nómadas y turistas cruzan las fronteras.
La compleja realidad de las emigraciones humanas tiene motivos inmediatos
muy diversos; sin embargo, si se analiza a fondo, revela el germen de una
aspiración a un horizonte trascendente de justicia, libertad y paz. En
definitiva, testimonia una inquietud que remite, aunque sea de modo indirecto,
a Dios, en el cual únicamente puede el hombre encontrar la realización plena de
todas sus expectativas.
Es notable el esfuerzo que muchos países realizan para acoger a los
inmigrantes, muchos de los cuales, superadas las dificultades propias de la
fase de adaptación, se insertan bien en las comunidades a las que llegan. Con
todo, las incomprensiones que se producen a veces con respecto a los
extranjeros ponen de manifiesto la urgencia de una transformación delas
estructuras y de un cambio de mentalidad, a los que el gran jubileo del año
2000 invita a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad.
El jubileo,
tiempo de peregrinación y de encuentro
2. La Iglesia, con el gran jubileo, celebra el nacimiento de Cristo. Para
vivir a fondo este tiempo de gracia, numerosos fieles se dirigirán en
peregrinación a los santuarios de Tierra Santa, de Roma y del mundo entero,
donde aprenderán a abrir el corazón a todos y en particular a los que son
diferentes: los huéspedes, los extranjeros, los inmigrantes, los refugiados,
los que profesan una religión diversa y los no creyentes.
Aun revistiendo en las diversas épocas expresiones culturales diferentes, la
peregrinación siempre ha sido un momento significativo en la vida de los
creyentes, puesto que «evoca el camino personal del creyente siguiendo las
huellas del Redentor: es ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por
las debilidades humanas, de constante vigilancia de la propia fragilidad y de
preparación interior a la conversión del corazón» (Incarnationis mysterium, 7).
Para numerosos peregrinos esta experiencia de camino
interior va unida a la riqueza de múltiples encuentros con otros creyentes
diversos por origen, cultura e historia. La peregrinación se convierte entonces
en una ocasión privilegiada de encuentro con el otro. Quien ha hecho antes el
esfuerzo de dejar, como Abraham, su país, su patria y la casa de su padre (cf. Gn 12, 1), por eso mismo está más
dispuesto a abrirse a los que son diferentes.
Un proceso análogo se realiza en las emigraciones, que, obligando a «salir
de sí mismos», pueden llegar a ser un camino hacia el otro, hacia otros
contextos sociales, en los cuales insertarse gracias a la creación de las
condiciones necesarias para vivir pacíficamente juntos.
La Iglesia,
«sacramento de unidad»
3. La buena nueva es anuncio del amor infinito del Padre,
que se manifestó en Jesucristo, el cual vino al mundo «para reunir en uno a
todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52) y congregarlos en una sola
familia, en la que Dios ha puesto su morada entre los hombres (cf. Ap 21, 3). Por esto, el Papa Pablo VI,
hablando de la Iglesia, recordó que «nadie es extraño al corazón de la Iglesia.
Nadie es indiferente para su ministerio. Nadie le es enemigo, con tal que él
mismo no quiera serlo. No en vano se llama católica; no en vano está encargada
de promover en el mundo la unidad, el amor y la paz» (Ecclesiam suam, 88).
El concilio Vaticano II, haciéndose eco de esas palabras, afirmó que «este
pueblo mesiánico, aunque de hecho aún no abarque a todos los hombres y muchas
veces parezca un pequeño rebaño, sin embargo, es un germen muy seguro de
unidad, de esperanza y de salvación para todo el género humano» (Lumen gentium,
9). La Iglesia es consciente de que tiene esa
misión. Sabe que Cristo la quiso como signo de unidad en el corazón del mundo.
Desde esta perspectiva, contempla también el fenómeno de las emigraciones, que
hoy se sitúa dentro del marco de la globalización, con sus múltiples aspectos
positivos y negativos (cf. Eccle-sia in America, 20-22).
Por una parte, la globalización acelera los flujos de capitales y el
intercambio de mercancías y servicios entre los hombres, influyendo
inevitablemente también en los desplazamientos humanos. Todo gran
acontecimiento que se produce en un lugar determinado del mundo tiende a repercutir
en todo el planeta, mientras crece el sentimiento de una comunidad de destino
entre todas las naciones. Las nuevas generaciones se convencen cada vez más de
que el planeta es ya una «aldea global» y entablan relaciones de amistad que
superan las diferencias de lengua o cultura. Vivir juntos se convierte para
muchos en una realidad diaria.
Sin embargo, al mismo tiempo, la globalización produce nuevas fracturas. En
el marco de un liberalismo sin controles adecuados, se ahonda en el mundo la
brecha entre países «emergentes» y países «perdedores». Los primeros disponen
de capitales y tecnologías que les permiten gozar a su antojo de los recursos
del planeta, pero no siempre actúan con espíritu de solidaridad y
participación. Los segundos, en cambio, no tienen fácil acceso a los recusos
necesarios para un desarrollo humano adecuado; más aún, a veces incluso les
faltan los medios de subsistencia; agobiados por las deudas y desgarrados por
divisiones internas, a menudo acaban por dilapidar sus pocas riquezas en la
guerra (cf. Centesimus Annus, 33). Como recordé en el
Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1998, el desafío de nuestro tiempo
consiste en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin
marginar a nadie (cf. n. 3).
Las
emigraciones de la desesperación
4. En muchas regiones del mundo se viven hoy situaciones de dramática
inestabilidad e inseguridad. No es de extrañar que, en esos contextos, a los
pobres y abandonados se les ocurra la idea de huir en busca de una nueva tierra
que les pueda ofrecer pan, dignidad y paz. Es la emigración de los
desesperados: hombres y mujeres, a menudo jóvenes, a los que no queda más
remedio que dejar su país, aventurándose hacia lo desconocido. Cada día miles
de personas afrontan peligros incluso dramáticos con el intento de huir de una
vida sin futuro. Por desgracia, frecuentemente, la realidad que encuentran en
las naciones a donde llegan es fuente de ulteriores desilusiones.
Al mismo tiempo, los Estados que disponen de una relativa abundancia tienden
a proteger más rígidamente sus fronteras, bajo la presión de una opinión
pública molesta por los inconvenientes que conlleva el fenómeno de la
inmigración. La sociedad se ve forzada a afrontar la cuestión de los «clandestinos»,
hombres y mujeres en situación irregular, privados de derechos en un país que
se niega a acogerlos, y víctimas de la criminalidad organizada o de empresarios
sin escrúpulos.
En vísperas del gran jubileo del año 2000, mientras la Iglesia toma nueva
conciencia de su misión al servicio de la familia humana, esta situación le
plantea también a ella graves interrogantes. El proceso de globalización puede
constituir una oportunidad, si las diferencias culturales se acogen como
ocasión de encuentro y diálogo, y si la repartición desigual de los recursos
mundiales provoca una nueva conciencia de la necesaria solidaridad que debe
unir a la familia humana. Si, por el contrario, se agravan las desigualdades,
las poblaciones pobres se ven obligadas al destierro de la desesperación,
mientras los países ricos son presa del insaciable afán de concentrar en sus
manos los recursos disponibles.
«Con la mirada puesta en el
misterio de la Encarnación»
5. Consciente de los dramas, pero también de las
oportunidades que entraña el fenómeno de las emigraciones, «con la mirada
puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, la Iglesia se prepara
para cruzar el umbral del tercer milenio» (Incarnationis mysterium, 1). En el
acontecimiento de la Encarnación la Iglesia reconoce la iniciativa de Dios que
«nos dio a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había
proyectado realizar por Cristo, cuando llegara el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra» (Ef 1, 9-10). El compromiso de los
cristianos encuentra su fuerza en el amor de Cristo, que es la buena nueva para
todos los hombres.
A la luz de esta revelación, la Iglesia, Madre y Maestra,
trabaja para que se respete la dignidad de toda persona, para que el inmigrante
sea acogido como hermano y para que toda la humanidad forme una familia unida,
que sepa valorar con discernimiento las diversas culturas que la componen. En
Jesús, Dios vino a pedir hospitalidad a los hombres. Por esto, nos pone como
virtud característica del creyente la disposición a acoger al otro con amor.
Quiso nacer en una familia que no encontró alojamiento en Belén (cf. Lc, 2, 7)
y vivió la experiencia del destierro en Egipto (cf. Mt 2, 14). Jesús, que «no tenía dónde
reclinar la cabeza» (cf. Mt 8, 20),
pidió hospitalidad a aquellos con los que se encontraba. A Zaqueo le dijo: «Hoy
tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,
5). Llegó a identificarse con el extranjero que necesita amparo: «Era
forastero y me acogiste» (Mt 25, 35).
Al enviar a sus discípulos en misión, les asegura que la hospitalidad que
reciban le atañe personalmente: «El que os acoge a vosotros, a mí me acoge; y
el que me acoge a mí, acoge a Aquel que me envió» (Mt 10, 40).
En este año jubilar y en el marco de una movilidad humana
que ha aumentado por doquier, esta invitación a la hospitalidad resulta actual
y urgente. ¿Cómo podrán los bautizados pretender que acogen a Cristo, si
cierran su puerta al extranjero que se les presenta? «Si alguno que posee
bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón,
¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1Jn 3, 17).
El Hijo de Dios se hizo hombre para llegar a todos, y
mostró preferencia por los más pequeños, los marginados y los extranjeros. Al
iniciar su misión en Nazaret, se presenta como el Mesías que anuncia la buena
nueva a los pobres, trae la libertad a los cautivos y devuelve la vista a los
ciegos. Viene a proclamar «el año de gracia del Señor» (cf. Lc 4, 18), que es liberación e inicio
de un tiempo nuevo de fraternidad y solidaridad.
«El jubileo, "año de gracia del Señor", es una
característica de la actividad de Jesús y no sólo la definición cronológica de
un cierto aniversario» (Tertio Millennio Adveniente, 11).
Esta obra de Cristo, siempre actual en su Iglesia, tiende a hacer que los que
se sienten extranjeros entren en una nueva comunión fraterna; y los discípulos
están llamados a hacerse servidores de esta misericordia, para que nadie se
pierda (cf. Jn 6, 39).
Celebrar el jubileo
promoviendo la unidad de la familia humana
6. Al celebrar el gran jubileo del año 2000, la Iglesia no quiere olvidar
las tragedias que han marcado el siglo que está a punto de concluir: las
guerras sangrientas que han devastado el mundo, las deportaciones, los campos
de exterminio, las «limpiezas étnicas», el odio que ha destrozado y sigue
oscureciendo la historia humana.
La Iglesia escucha el grito de sufrimiento de los desarraigados de su propia
tierra, de las familias forzadamente divididas, de los que, en los rápidos
cambios actuales, no encuentran una morada estable en ningún lugar. Percibe la
angustia de quienes carecen de derechos y de toda seguridad, quedando a merced
de cualquier tipo de explotación, y se hace cargo de su infelicidad.
El hecho de que, en todas las sociedades del mundo, existan desterrados,
refugiados, deportados, clandestinos, emigrantes, que forman el «Pueblo de la
calle», confiere a la celebración del jubileo un significado muy concreto, que
para los creyentes se transforma en una llamada al cambio de mentalidad y de
vida, según la invitación de Cristo: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc
1, 15).
Ciertamente, en esta conversión se incluye, en su más alta y exigente
motivación, el reconocimiento efectivo de los derechos de los emigrantes: «Es
urgente que se sepa superar, con relación a ellos, una actitud estrictamente
nacionalista, con el fin de crear en su favor una legislación que reconozca el
derecho a la emigración, favorezca su integración (). Es deber de todos -y especialmente
de los cristianos- trabajar con energía para instaurar la fraternidad
universal, base indispensable de una justicia auténtica y condición de una paz
duradera» (Pablo VI, Octogesima adveniens, 17).
Trabajar por la unidad de la familia humana quiere decir esforzarse por
rechazar toda discriminación básica en la raza, la cultura o la religión como
contraria al plan de Dios. Significa testimoniar una vida fraterna fundada en
el Evangelio, respetuosa de las diversidades culturales y abierta al diálogo
sincero y confiado. Conlleva la promoción del derecho de cada uno a poder vivir
en su propio país en paz, así como la atenta vigilancia para que en cada Estado
la legislación relativa a la inmigración se base en el reconocimiento de los
derechos fundamentales de la persona humana.
La Virgen María, que se apresuró a ponerse en camino para
ayudar a su prima Isabel y que con la hospitalidad recibida se alegró en Dios
su Salvador (cf. Lc 1, 39-47),
sostenga a todos los que en este año jubilar se pongan en camino con corazón
abierto a los demás, y les ayude a ver en ellos a hermanos, hijos del mismo
Padre (cf. Mt 23, 9).
A todos envío de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 21 de noviembre de 1999
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