DEL SANTO PADRE PARA LA
XL JORNADA MUNDIAL DE
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
11 de mayo de 2003. IV Domingo de Pascua
La vocación al
servicio
¡Venerables Hermanos en el Episcopado,
queridos Hermanos y Hermanas de todo el Mundo!
1. He aquí a mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien mi alma se
complace (Mat. 12, 18, cfr. Is. 42, 1-4)
El tema del Mensaje de esta 40 Jornada Mundial de oración por las
Vocaciones, nos invita a volver a las raíces de la vocación cristiana, a la
historia del primer llamamiento del Padre, el Hijo Jesús. El es «el siervo» del
Padre, proféticamente anunciado como el que ha elegido y plasmado el Padre
desde el seno materno (cfr. Is. 49, 1-6), el predilecto que el Padre sostiene y
del que se complace (cfr. Is. 42, 1-9), en el que ha puesto su espíritu y al
que ha transmitido su fuerza (cfr. Is. 49, 5 y al que exaltará (cfr. Is. 52,
13;- 53, 12).
Parece evidente, de pronto, el radical sentido positivo, que el texto
inspirado da al término «siervo». Mientras, en la cultura actual, el que sirve
es considerado inferior, en la historia sagrada es el que es llamado por Dios
para cumplir una acción particular de salvación y redención, como quien sabe
haber recibido todo lo que tiene y por lo tanto se siente también llamado a
poner al servicio de los demás todo cuanto ha recibido.
El servicio en la Biblia, está siempre unido a una llamada específica que viene
de Dios y por tanto representa el máximo cumplimiento de la dignidad de la
criatura, o sea, que evoca toda la dimensión misteriosa y trascendente. Así ha
sido también en la vida de Jesús, el siervo fiel llamado a cumplir la obra
universal de la redención.
2.«Como cordero llevado al matadero…»(Is. 53, 7)
En la Sagrada Escritura se da una fuerte y evidente ligazón entre servicio y
redención, como de hecho se da entre servicio y sufrimiento, entre Siervo y
Cordero de Dios. El Mesías es el Siervo sufriente que padece, que se carga
sobre la espalda el peso del pecado humano, es el Cordero «conducido al
matadero» ( Is. 53, 7) para pagar el precio de la culpa cometida por la
humanidad y devolverle así el servicio del que más tiene necesidad. El Siervo y
el Cordero que «maltratado, se dejó humillar y no abrir la boca» (Is. 53, 7),
mostrando de esta manera una fuerza extraordinaria: la de no devolver el mal
con el mal, sino respondiendo al mal con el bien.
Es la humilde energía del siervo, que encuentra en Dios su fuerza y que, por
esto, Él le transforma en «luz de las naciones» y operador de salvación (cfr.
Is. 49, 5-6). La vocación al servicio es siempre, misteriosamente, vocación a
tomar parte de forma muy personal, aunque costosa y dolorosa, en el ministerio
de la salvación.
3.«…como el Hijo del hombre, que no ha venido para ser servido, sino a
servir»(Mat. 20, 28)
Jesús es en verdad el modelo perfecto del «siervo» del que habla la
Escritura. El es quien se ha despojado radicalmente de sí, para asumir «la
condición de siervo» (Fil. 2, 7), y dedicarse totalmente a las cosas del Padre
(cfr. Lc. 2, 49), como Hijo predilecto en quien el Padre se complace (cfr. Mat.
17, 5). Jesús no ha venido para ser servido, «sino para servir y dar su vida en
rescate de muchos» (Mat. 20, 28); ha lavado los pies de sus discípulos y ha
obedecido al proyecto del Padre hasta la muerte de cruz ( cfr. Fil. 2, 8). Por
esto, el Padre mismo, lo ha exaltado dándole un nombre nuevo y haciéndole Señor
del cielo y de la tierra (cfr. Fil. 2, 9-11).
¿Cómo no leer en el tema del «siervo Jesús» la historia de cada vocación, la
historia pensada por el Creador para cada ser humano, historia que
inevitablemente pasa a través de la llamada a servir y culmina en el
descubrimiento del nombre nuevo, pensado por Dios para cada uno? En tal
«nombre» cada uno puede proponer su propia identidad, orientándose hacia una
realización de sí mismo que lo hará libre y feliz.
¿Cómo no leer, en particular en la parábola del Hijo, Siervo y Señor, la historia
vocacional de quien es llamado por Él, para seguirlo de cerca y llegar así, a
ser siervo en el ministerio sacerdotal o en la consagración religiosa? En
efecto, la vocación sacerdotal o religiosa es siempre por su naturaleza,
vocación al servicio generoso a Dios y al prójimo.
El servicio, entonces se transforma en camino y mediación preciosa para
llegar a comprender mejor la propia vocación. La diakonía es en verdad
itinerario pastoral vocacional (cfr. Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 27 c).
4.«Donde estoy yo, allí también estará mi siervo» (Jn. 12, 26)
Jesús, el Siervo y el Señor, es también aquel que llama. Llama a ser como
Él, porque sólo en el servicio el ser humano descubre la dignidad propia y la
ajena. Él llama a servir como Él ha servido: cuando las relaciones
interpersonales son inspiradas en el servicio recíproco, se crea un mundo nuevo
y en ello se desarrolla una auténtica cultura vocacional.
Con este mensaje, quisiera casi prestar la voz a Jesús, para que proponga a
tantos jóvenes el ideal del servicio y ayudarles a superar las tentaciones del
individualismo y la ilusión de procurarse así la felicidad. No obstante cierto
impulso contrario también presente en la mentalidad actual, se da en el corazón
de muchos jóvenes una natural disposición a abrirse a otro, de forma especial
al más necesitado.
Todo ello les hace generosos, capaces de empatía, dispuestos a olvidarse de
sí mismos para anteponer al otro a sus propios intereses.
Servir, queridos jóvenes, es vocación del todo natural, porque el ser humano
es naturalmente siervo, no siendo dueño de la propia vida y estando en cambio
necesitado de tantos servicios al otro. Servir es manifestación de libertad por
irrumpir del propio yo y de responsabilidad hacia el otro; y servir es posible a
todos, con gestos aparentemente pequeños, pero grandes en realidad si son
animados del amor sincero.
El verdadero siervo es humilde, sabe ser «inútil» (cfr. Lc. 17, 10), no
busca provechos egoístas, pero se empeña por los otros experimentando en el don
de sí mismo el gozo de la gratuidad.
Os auguro, queridos jóvenes, sepáis escuchar la voz de Dios que os llama al
servicio. Es éste el camino que abre tantas formas de ministerios favorables a
la comunidad; desde el ministerio ordenado a los varios ministerios instituidos
y reconocidos: la catequesis, la animación litúrgica, la educación de los
jóvenes, las más variadas expresiones de la caridad (cfr. Novo Millennio
Ineunte 46). He recordado, en la conclusión del
Gran Jubileo, que esta es «la hora de una nueva ‘fantasía’ de la caridad» (ibidem,
50) Toca a vosotros, jóvenes, de forma particular, hacer que la caridad se
exprese en toda su riqueza espiritual y apostólica.
5. «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el
servidor de todos» (Mc. 9, 35)
Así dice Jesús a los Doce, sorprendidos al discutir entre ellos sobre «quien
fuese el más grande» (Mc. 9, 34). Es la tentación de siempre, que no perdona
siquiera a quien es llamado a presidir la Eucaristía, el sacramento del amor
supremo del «Siervo sufriente». Quien cumple este servicio, en realidad, es
todavía más radicalmente llamado a ser siervo. Es llamado, de hecho, a lograr
«in persona Christi» y por lo tanto a revivir la misma condición de Jesús en la
Última Cena, asumiendo por ello la misma disponibilidad para amar no sólo hasta
el fin sino a dar la vida. Presidir la Cena del Señor, es por lo tanto, una
invitación urgente para ofrecerse como don, para que permanezca y crezca en la
Iglesia la actitud del Siervo sufriente y Señor.
Queridos jóvenes, cultivad la atracción por los valores y por la elección
radical que hacen de la existencia un servicio a los demás tras las huellas de
Jesús, el Cordero de Dios. No os dejéis seducir por los reclamos del poder y de
la ambición personal. El ideal sacerdotal debe ser constantemente purificado
por éstos y otras peligrosas ambigüedades.
Resuena también hoy el llamamiento del Señor Jesús: «Si uno me sirve, que me
siga» ( Jn. 12, 26). No tengáis miedo de acogerlo. Encontraréis seguramente
dificultades y sacrificios, pero seréis felices de servir, seréis testimonios
de aquel gozo que el mundo no puede dar. Seréis llamas vivas de un amor
infinito y eterno; conoceréis la riqueza espiritual del sacerdocio, don y
misterio divino.
6. Como otras veces, también en esta circunstancia tendamos la mirada
hacia María, Madre de la Iglesia y Estrella de la nueva evangelización.
Invoquémosla con confianza para que no falten en la Iglesia personas dispuestas
a responder generosamente a la llamada del Señor, que llama a un más directo
servicio del Evangelio:
«María, humilde sierva del Altísimo,
el Hijo que has generado te ha hecho sierva de la
humanidad.
Tu vida ha sido un servicio humilde y generoso:
has sido sierva de la Palabra cuando el Angel
Te anunció el proyecto divino de la salvación.
Has sido sierva del Hijo, dándole la vida
y permaneciendo abierta al misterio.
Has sido sierva de la Redención,
“permaneciendo” valientemente al pie de la Cruz,
junto al Siervo y Cordero sufriente,
que se inmolaba por nuestro amor.
Has sido sierva de la Iglesia, el dia de Pentecostés
y con tu intercesión continúas generándola en cada
creyente,
también en estos tiempos nuestros, difíciles y
atormentados.
A Ti, joven Hija de Israel,
que has conocido la turbación del corazón joven
ante la propuesta del Eterno,
dirijan su mirada con confianza los jóvenes del tercer
milenio.
Hazlos capaces de aceptar la invitación de tu Hijo
a hacer de la vida un don total para la gloria de
Dios.
Hazles comprender que servir a Dios satisface el corazón,
y que sólo en el servicio de Dios y de su reino
nos realizamos según el divino proyecto
y la vida llega a ser himno de gloria a la Santísima Trinidad
Amén».
En el Vaticano, 16 de octubre del 2002.
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