SANTO PADRE
JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA DE LA
IX JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA
2 de febrero de 2005
En la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, día en que el
Hijo de Dios engendrado en la eternidad es proclamado por el Espíritu Santo
"gloria de Israel" y "luz de las naciones", nos encontramos
reunidos para renovar nuestra consagración al Señor. A todos vosotros, queridos
hermanos y hermanas, os transmito el saludo personal del Santo Padre, que os
agradece el afecto mostrado y la fervorosa oración. En este momento el Papa
está presente entre nosotros con su oración y nos envía su bendición.
Escuchemos con corazón agradecido su Mensaje a los consagrados y consagradas de
todo el mundo.
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Hoy se celebra la Jornada de la vida consagrada,
ocasión propicia para dar gracias al Señor juntamente con aquellos que,
llamados por él a la prácticade los consejos evangélicos, "los profesan
fielmente, se consagran de modo particular a Dios, siguiendo a Cristo, que,
virgen y pobre (cf. Mt 8, 20; Lc 9, 58), por su obediencia hasta la
muerte de cruz (cf. Flp 2, 8),
redimió y santificó a los hombres" (Perfectae caritatis, 1). Este año la celebración asume un significado
especial, porque se cumple el 40° aniversario de la promulgación del decreto Perfectae caritatis, con el que el concilio
ecuménico Vaticano II trazó las líneas fundamentales de la renovación de la
vida consagrada.
Durante estos cuarenta años, siguiendo las directrices del
magisterio de la Iglesia, los institutos de vida consagrada y las sociedades de
vida apostólica han recorrido un camino fecundo de renovación, marcado, por una
parte, por el deseo de fidelidad al don recibido del Espíritu mediante los
fundadores y las fundadoras, y, por otra, por el anhelo de adaptar el modo de
vivir, de orar y de actuar a "las condiciones actuales, físicas y
psíquicas, de los miembros y, en la medida en que lo exija el carácter de cada
instituto, a las necesidades del apostolado, a las exigencias de la cultura y a
las circunstancias sociales y económicas" (Perfectae caritatis, 3).
¿Cómo no dar gracias al Señor por esta oportuna
"actualización" de la vida consagrada? Estoy seguro de que, también
gracias a ella, se multiplicarán los frutos de santidad y actividad misionera,
a condición de que las personas consagradas conserven siempre un fervor
ascético y lo manifiesten en las obras apostólicas.
2. El secreto de este fervor espiritual es la Eucaristía. Durante
este año, dedicado de modo especial a ella, quisiera exhortar a todos los
religiosos y religiosas a instaurar con Cristo una comunión cada vez más íntima
mediante la participación diaria en el sacramento que lo hace presente, en el
sacrificio que actualiza su entrega de amor en el Gólgota, en el banquete que
alimenta y sostiene al pueblo de Dios peregrino. Como afirmé en la exhortación
apostólica Vita
Consecrata, "por su naturaleza, la Eucaristía ocupa el
centro de la vida consagrada, personal y comunitaria" (n. 95).
Jesús se entrega como Pan "partido" y Sangre
"derramada" para que todos "tengan vida y la tengan en
abundancia" (Jn 10, 10). Se
entrega a sí mismo por la salvación de toda la humanidad. Tomar parte en su
banquete sacrificial no sólo implica repetir el gesto realizado por él, sino
también beber su mismo cáliz y participar en su misma inmolación. Del mismo
modo que Cristo se hace "pan partido" y "sangre derramada",
todos los cristianos, y más aún todos los consagrados y las consagradas, están
llamados a dar la vida por los hermanos, en unión con la del Redentor.
3. La Eucaristía es el manantial inagotable de la fidelidad al
Evangelio, porque en este sacramento, corazón de la vida eclesial, se realizan
plenamente la íntima identificación y la total configuración con Cristo, a la
que los consagrados y las consagradas están llamados. "Aquí se concentran
todas las formas de oración, se proclama y acoge la palabra de Dios, se nos
interpela sobre la relación con Dios, con los hermanos y con todos los hombres:
es el sacramento de la filiación, de la fraternidad y de la misión. La
Eucaristía, sacramento de unidad con Cristo, es a la vez sacramento de la
unidad eclesial y de la unidad de la comunidad de los consagrados. En
definitiva, es fuente de la espiritualidad de cada uno y del instituto" (Caminar
desde Cristo, 26). En la Eucaristía las personas consagradas adquieren
"una mayor libertad en el ejercicio del apostolado, una irradiación más
consciente, una solidaridad que se expresa con el saber estar de parte de la
gente, asumiendo sus problemas para responder con una fuerte atención a los
signos de los tiempos y a sus exigencias" (ib 36).
Amadísimos hermanos y hermanas, entremos en el misterio de
la Eucaristía guiados por la santísima Virgen y siguiendo su ejemplo. Que
María, Mujer eucarística, ayude a cuantos están llamados a una intimidad
especial con Cristo a participar asiduamente en la santa misa y les obtenga el
don de una obediencia pronta, de una pobreza fiel y de una virginidad fecunda;
que los convierta en discípulos santos de Cristo eucarístico.
Con estos sentimientos, a la vez que les aseguro un recuerdo
en la oración, de buen grado bendigo a todas las personas consagradas y a las
comunidades cristianas en las cuales están llamadas a cumplir su misión.
Vaticano, 2 de febrero de 2005
Iniciol