DEL PAPA
JUAN PABLO II PARA LA
JORNADA DE LAS MISIONES
«Misión: pan partido para la vida
del mundo»
Queridos hermanos y hermanas:
1. En este año dedicado a la Eucaristía, la Jornada
Misionera Mundial, nos ayuda a comprender mejor el sentido «eucarístico» de
nuestra existencia, reviviendo el clima del Cenáculo, cuando Jesús, en la
víspera de su pasión, se ofreció a sí mismo al mundo: «El Señor Jesús, la
noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y
dijo: Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía»
(1Co 11, 23–24).
En la reciente Carta apostólica Mane nobiscum Domine
he invitado a contemplar a Jesús «pan partido» para toda la humanidad.
Siguiendo su ejemplo, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos,
especialmente los más necesitados. La Eucaristía conlleva «el signo de la
universalidad», y de manera sacramental prefigura lo que sucederá «cuando todos
los que participan de la naturaleza humana, regenerados en Cristo por el
Espíritu Santo, contemplando unánimes la gloria de Dios, puedan decir: «Padre
nuestro»» (Ad gentes, 7). De tal manera
la Eucaristía, mientras hace comprender plenamente el sentido de la misión,
anima a cada creyente, y especialmente a los misioneros, a ser «pan partido
para la vida del mundo».
LA HUMANIDAD TIENE NECESIDAD DE CRISTO «PAN PARTIDO»
2. En nuestra época, la sociedad humana parece que
está envuelta por espesas tinieblas, mientras es turbada por acontecimientos
dramáticos y trastornada por catastróficos desastres naturales. Pero, como
durante «la noche en que fue entregado» (1Co 11, 23), también hoy Jesús «parte
el pan» (Mt 26, 26) para
nosotros, y en las Celebraciones eucarísticas se ofrece a sí mismo bajo el
signo sacramental de su amor por todos. Por esto he querido recordar que «la
Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es
también proyecto de solidaridad para toda la humanidad» (Mane nobiscum
Domine, 27); es «pan del cielo» que, dando la
vida eterna (cf. Jn 6, 33), abre el
corazón de los hombres a una gran esperanza.
El mismo Redentor, que a la vista de la muchedumbre
necesitada sintió compasión «porque estaban vejados y abatidos como ovejas
que no tienen pastor» (Mt 9, 36),
presente en la Eucaristía, continúa a lo largo de los siglos manifestando
compasión hacia la humanidad que se encuentra en la pobreza y en el
sufrimiento.
En su nombre, los agentes pastorales y los misioneros
recorren caminos no explorados para llevar a todos el «pan» de la salvación.
Les anima la conciencia de que unidos a Cristo «no sólo centro de la historia
de la Iglesia, sino también de la historia de la humanidad (cf. Ef 1, 10; Co 1, 15-20)» (Mane
nobiscum Domine, 6), es posible satisfacer los
anhelos más íntimas del corazón humano. Jesús solo puede apagar el hambre de
amor y la sed de justicia de los hombres; sólo Él hace posible a cada persona
la participación en la vida eterna: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.
Si uno come de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6, 51).
LA IGLESIA, JUNTO CON CRISTO, SE HACE «PAN PARTIDO»
3. La Comunidad eclesial, cuando celebra la Eucaristía, de manera
especial el domingo, día del Señor, experimenta a la luz de la fe, el valor del
encuentro con Cristo resucitado, y adquiere cada vez más conciencia de que el
Sacrificio eucarístico es «para todos» (Mt
26, 28). Si uno se alimenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor crucificado
y resucitado, no puede tener sólo para sí mismo este «don». Al contrario, es
necesario difundirlo. El amor apasionado por Cristo conduce al anuncio valiente
de Cristo; anuncio que, con el martirio, se convierte en ofrenda suprema de
amor a Dios y a los hermanos. La Eucaristía apremia a una generosa acción
evangelizadora y a un compromiso activo en la edificación de una sociedad más
equitativa y fraterna.
De todo corazón, deseo que el Año de la Eucaristía motive
a todas las comunidades cristianas a caminar «con generosidad fraterna» al
encuentro de «alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo» (Mane
nobiscum Domine, 28). Esto, porque «por el amor
mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá
como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46). En base a este criterio
se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarís-ticas» (Mane
nobiscum Domine, 28).
LOS MISIONEROS, «PAN PARTIDO» PARA LA VIDA DEL MUNDO
4. También hoy Cristo manda a sus discípulos: «dadles vosotros de
comer» (Mt 14, 16). En su nombre,
los misioneros acuden a tantas partes del mundo para anunciar y ser testigos
del Evangelio. Los misioneros hacen resonar, con su acción, las palabras del
Redentor: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y
el que crea en mí, no tendrá nunca sed» (Jn 6, 35); ellos mismo se hacen «pan
partido» para los hermanos, llegando a veces hasta el sacrificio de la
vida.
¡Cuántos misioneros mártires en este tiempo nuestro! ¡Que su ejemplo
arrastre muchos jóvenes en el camino de la heroica fidelidad a Cristo! La
Iglesia tiene necesidad de hombres y de mujeres que estén dispuestos a
consagrarse totalmente a la gran causa del Evangelio.
La Jornada Misionera Mundial constituye una oportuna circunstancia
para tomar conciencia de la urgente necesidad de participar en la misión
evangelizadora en la que se encuentran comprometidas las Comunidades locales y
tantos Organismos eclesiales y, de modo particular, las Obras Misionales
Pontificias y los Institutos Misioneros. Es misión que, además de la
oración y del sacrificio, espera también un apoyo material concreto. Una vez
más aprovecho la ocasión para subrayar el precioso servicio que realizan las Obras
Misionales Pontificias, e invito a todos a apoyarlas con una generosa
cooperación espiritual y material.
Que la Virgen, Madre de Dios, nos ayude a revivir la experiencia del
Cenáculo, para que nuestras comunidades eclesiales sean auténticamente
«católicas»; es decir, Comunidades donde la «espiritualidad misionera», que es
«comunión íntima con Cristo» (Redemptoris Missio, 88),
se sitúa en íntima relación con la «espiritualidad eucarística», que tiene como
modelo a María, «Mujer eucarística» (Ecclesia de Eucharistia, 53); Comunidades que permanecen abiertas a la voz del
Espíritu y a las necesidades de la humanidad; Comunidades donde los creyentes,
y especialmente los misioneros, no dudan en hacerse «pan partido para la
vida del mundo».
¡A todos mi Bendición!
En el Vaticano, 22 de febrero de 2005, fiesta de la
Cátedra de San Pedro.
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