del Santo Padre Juan Pablo II
para la
Jornada mundial de las Misiones 1992
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. La Jornada mundial de las misiones, instituida por Pío XI a propuesta de
la Obra de la propagación de la fe en 1926, nos llama cada año, en virtud del
espíritu de unidad y de universalidad de la Iglesia, a una renovada conciencia
de la responsabilidad de todos y cada uno en la difusión del mensaje
evangélico.
Se aproxima el tercer milenio de la Redención, y la misión universal nos
apremia cada vez más. No nos puede dejar indiferentes el saber que millones de
hombres redimidos, como nosotros, por la sangre de Cristo, viven todavía sin
conocer adecuadamente el amor de Dios. Ningún creyente en Cristo, ninguna
institución de la Iglesia puede eludir el deber supremo de anunciar a Cristo a
todos los pueblos. Dos terceras partes de la humanidad no conocen todavía a
Cristo, y tienen necesidad de él y de su mensaje de salvación.
La Iglesia es misionera por su naturaleza; por ello, la evangelización
constituye un deber y un derecho de cada uno de sus miembros (cf. Lumen
gentium, 17; Ad gentes, 28, 35-38). El Señor nos llama a salir de
nosotros mismos y a compartir con otros los bienes que poseemos, comenzando por
el tesoro de nuestra fe, que no podemos considerar un privilegio privado, sino
un don que hemos de compartir con los que no lo han recibido aún. De esto se
beneficiará también la fe misma, pues se fortalece dándola.
2. En la Jornada mundial de las misiones todas las Iglesias particulares,
desde las más jóvenes hasta las de más antigua tradición, desde las que gozan
de libertad hasta las que sufren persecución, desde las dotadas de suficientes
recursos hasta las que viven en condiciones de pobreza, sienten el deber de
mirar más allá de sí mismas para hacerse corresponsables de la misión Ad gentes.
Respondiendo, pues, a la llamada de la Jornada, participen
todos y cada uno en la misión universal de la Iglesia, ante todo con la
cooperación espiritual, acompañando y sosteniendo con la oración las
actividades de los misioneros. Jesús mismo habló de la "necesidad de orar
siempre" (Lc 18, 1) y dio
testimonio de ello con el sacrificio de su vida. Como discípulos de Cristo,
ofrezcamos también nosotros nuestra vida a Dios, por medio de Cristo, el primer
misionero.
A este respecto asumen un gran valor la oración y los sacrificios de los
enfermos, que, con sus sufrimientos, se asocian íntimamente a la pasión de
Cristo. Todos los que trabajan en la asistencia a estas personas procuren
instruirlas y alentarlas a ofrecer sus sufrimientos en unión con Cristo
crucificado por la salvación del mundo (cf. Redemptoris Missio, 78). Es necesario que nuestro espíritu de sacrificio se
manifieste de forma concreta y sensible. Para algunos, esto puede traducirse en
la generosa respuesta a la vocación misionera, "partiendo" para
anunciar el Evangelio a donde el Espíritu los conduzca.
Esta "partida" hace referencia principalmente al
envío misionero de los Apóstoles: "Recibiréis la fuerza del Espíritu
Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8).
3. En el contexto del V Centenario de la evangelización de América, evocamos
la memoria de los misioneros que, partiendo de Europa, anunciaron el Evangelio
a los pueblos de aquellas tierras. Celebramos este aniversario en espíritu de
humildad y verdad, dando gracias a Dios por los beneficios espirituales otorgados
a aquellas antiguas y nobles poblaciones.
Hoy nos alegra ver que los misioneros no provienen sólo de las Iglesias
evangelizadas de antiguo, sino también de las Iglesias de Africa, de Asia y de
América Latina, donde son ya muchos los que se consagran a la primera
evangelización. En los países de misión continúa la actividad preciosa e
indispensable de los catequistas locales, animados de gran espíritu misionero y
apóstoles incansables de fe y esperanza.
Aunque no todos están llamados con una vocación específica a la misión Ad gentes, todos, sin embargo, deben reavivar
el espíritu y el esfuerzo misioneros en sí mismos y en sus comunidades
eclesiales. En especial los obispos y los sacerdotes deben sentirse los
primeros responsables de la misión universal e infundir en los fieles el
entusiasmo y la cooperación con las misiones. Sobre todo en la vida familiar,
los laicos promueven el amor a la vocación misionera (Ad gentes, 41), porque la familia cristiana, como
"iglesia doméstica", es un espacio privilegiado de evangelización
misionera.
4. Para que el Domingo mundial de las misiones asuma un
significado y valor de plena solidaridad con las misiones, es necesario prepararlo
con esmero y vivirlo con fervor. La celebración de la eucaristía constituye el
momento central para dar a conocer el problema misionero y suscitar el
compromiso responsable de todo bautizado, de toda familia cristiana y de toda
institución eclesial, sin descuidar otras oportunidades de sensibilización
misionera. Exhorto a cuantos corresponde este cometido a suscitar y organizar
iniciativas para el mayor éxito de la Jornada. Junto con la información para
reavivar la conciencia misionera de todo bautizado, es necesario promover la
colecta de ayudas. Este objetivo es una parte importante del compromiso de la
Iglesia. Lo fue también para la misión y el ministerio de Jesús y de los Doce,
a los que ayudaban personas generosas (cf. Lc 8, 3).
Las necesidades materiales de las misiones son muchas y aumentan cada día.
Los sacrificios económicos de los fieles "son indispensables para
construir la Iglesia y testimoniar la caridad" (Redemptoris Missio, 81). La Obra de la propagación de la fe, por su parte,
provee a la misión universal y, con su fondo central de solidaridad, evita que
surjan discriminaciones en la distribución de la ayuda a las Iglesias,
especialmente a las más pobres. La Jornada de las misiones constituye, desde
hace 70 años, la movilización eclesial más importante para incrementar la
cooperación espiritual y material. Considero oportuno, al respecto, recordar
las sabias indicaciones de mis venerados predecesores, los Papas Pío XI y Juan
XXIII, en las que se dispone que todas las ofrendas recogidas en la Jornada
mundial de las misiones se destinen a las necesidades de la misión Ad gentes.
5. Queridos hermanos y hermanas, nuestra fidelidad a la
Iglesia se mide por el apoyo a su actividad misionera. San Pablo recomienda a
Timoteo "proclamar la Palabra, insistir a tiempo y a destiempo" (2Tm 4, 2). El mensaje de Pablo se
dirige hoy a nosotros. Todos pueden, más aún, deben esforzarse en edificar la
Iglesia y en hacer crecer y madurar a sus miembros en la profesión y testimonio
de su fe, porque "la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la
identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones" (Redemptoris
Missio, 2).
En la perspectiva del Jubileo de la Encarnación, en el año dos mil, entreveo
el alba de una nueva era misionera. Junto a factores negativos, no faltan en el
mundo de hoy signos de mayor orientación de la humanidad hacia los ideales del
Evangelio. Tales son, por ejemplo, el rechazo de la violencia y de la guerra,
el respeto a la persona humana y a sus derechos, y el deseo de libertad,
justicia y fraternidad.
"La esperanza cristiana nos sostiene en nuestro
compromiso a fondo para la nueva evangelización y para la misión universal, y
nos lleva a pedir como Jesús nos ha enseñado: 'Venga tu reino, hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo' (Mt
6, 10)" (Redemptoris Missio, 86).
Son motivos de gran esperanza el aumento de las vocaciones misioneras,
especialmente en las Iglesias jóvenes, y la ayuda fraterna que las Iglesias se dan
con el intercambio de sacerdotes, conforme al espíritu de la encíclica Fidei
donum.
6. Deseo concluir el mensaje con un saludo afectuoso a los obreros del
Evangelio, diseminados por todo el mundo. Basta observar el número de
misioneros y misioneras asesinados anualmente, para comprender el gran espíritu
de sacrificio que anima a estas mujeres y a estos hombres consagrados a la
causa del Evangelio. El Espíritu que animó e impulsó a Pablo, el Apóstol de las
gentes, guíe y proteja a todos los que dan testimonio de Jesús con la palabra y
con el ejemplo de su vida.
Expreso mi gratitud también a todos los que sostienen el esfuerzo misionero
de la Iglesia con la oración, el sacrificio y la solidaridad. Vean en María, la
mujer del "sí" incondicional a Dios, el modelo y la inspiradora de un
generoso compromiso apostólico.
Con este cordial deseo, como prenda de los favores divinos, imparto a todos
mi bendición.
Vaticano, 7 de junio de 1992, solemnidad de Pentecostés.