DEL SANTO PADRE
PARA LA
IV JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
11 Febrero 1996
1. «No te preocupes por esta enfermedad ni por ninguna otra desgracia. ¿No
estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi amparo? ¿No soy
yo tu salud?». El humilde indígena Juan Diego de Cuautitlán escuchó estas
palabras de los labios de la santísima Virgen, en diciembre de 1531, al pie de
la colina de Tepeyac, hoy llamada Guadalupe, después de haber implorado la
curación de un pariente.
Mientras la Iglesia en la amada nación mexicana recuerda el primer
centenario de la coronación de la venerada imagen de Nuestra Señora de
Guadalupe (1895-1995), es particularmente significativa la elección del famoso
santuario de la ciudad de México como lugar para el momento más solemne de la
celebración de la próxima Jornada mundial del enfermo, el 11 de febrero de
1996.
Esta jornada se halla en el centro de la fase
antepreparatoria (1994-1996) del tercer milenio cristiano que debe «servir para
reavivar en el pueblo cristiano la conciencia del valor y del significado que
el jubileo del año 2000 supone en la historia humana» (Tertio Millennio
Adveniente, 31). La Iglesia mira con confianza
los acontecimientos de nuestro tiempo y entre los «signos de esperanza
presentes en este último fin de siglo» reconoce el camino realizado «por la
ciencia, por la técnica y sobre todo por la medicina al servicio de la vida
humana» (ib 46). Bajo el signo de esta esperanza, iluminada por la
presencia de María, Salud de los enfermos, y como preparación de la IV
Jornada del enfermo, me dirijo a los que llevan en su cuerpo y en su espíritu
los signos del sufrimiento humano, así como a cuantos, en el servicio fraterno
que les brindan, desean realizar un perfecto seguimiento del Redentor. En
efecto, «como Cristo (...) fue enviado por el Padre "a anunciar la
buena noticia a los pobres, (...) a sanar a los de corazón destrozado" (Lc 4, 18), "a buscar y salvar lo
que estaba perdido" (Lc 19, 10),
también la Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo el peso
de la debilidad humana; más aún, descubre en los pobres y en los que sufren la imagen
de su Fundador pobre y sufriente» (Lumen gentium, 8).
2. Amadísimos hermanos y hermanas que experimentáis de modo particular el
sufrimiento, estáis llamados a una misión peculiar en el ámbito de la nueva evangelización,
inspirándoos en María, Madre del amor y del dolor humano. En este difícil
testimonio os sostienen los agentes sanitarios, vuestros familiares y los
voluntarios que os acompañan a lo largo del camino diario de la prueba. Como
recordé en mi reciente carta apostólica Tertio
Millennio Adveniente, «María santísima, que estará presente de un modo,
por así decir, "transversal" a lo largo de toda la fase preparatoria»
del gran jubileo del año 2000, «como ejemplo perfecto de amor, tanto a Dios
como al prójimo», para que escuchemos su voz materna que nos repite: «Haced lo
que Cristo os diga» (cf. n. 43 y 54).
Aceptando esta invitación del corazón de la Salus infirmorum, os será
posible imprimir a la nueva evangelización un singular carácter de anuncio del
evangelio de la vida, con la mediación misteriosa del testimonio del evangelio
del sufrimiento (cf. Evangelium Vitae, 1; Salvifici
doloris, 3). «Una pastoral sanitaria bien organizada forma parte igualmente
de la tarea evangelizadora» (Discurso a la IV asamblea plenaria de la
Comisión pontificia para América Latina, n. 8; 23 de junio de 1995: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 30 de junio de 1995, p. 10).
3. La Madre de Jesús es ejemplo y guía de este anuncio eficaz, puesto que
«María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones,
indigencias y sufrimientos. Se pone "en medio", o sea hace de
mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de madre, consciente de
que como tal puede más bien "tiene el derecho de" hacer presente al
Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un
carácter de intercesión: María "intercede" por los hombres. No sólo:
como Madre desea también que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es
decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar
al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida» (Redemptoris
Mater, 21).
Esta misión hace siempre presente en la vida de la Iglesia
a la Salus infirmorum que, como en los albores de la Iglesia (cf. Hch 1, 14), sigue siendo también hoy
«ejemplo de aquel amor de madre que debe animar a todos los que colaboran en la
misión apostólica de la Iglesia para engendrar a los hombres a una vida nueva»
(Lumen gentium, 65).
La celebración del momento más solemne de la Jornada mundial del enfermo en
el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe une idealmente la primera
evangelización del nuevo mundo con la nueva. En efecto, entre los pueblos de
América Latina «el Evangelio ha sido anunciado, presentando a la Virgen María
como su realización más alta (...). Esa identidad se simboliza muy
luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe que se yergue al
inicio de la evangelización» (Documento de Puebla, 1979, n. 282 y 446).
Por esta razón, en el nuevo mundo, desde hace cinco siglos se venera a la
santísima Virgen como «primera evangelizadora de América Latina», como
«estrella de la evangelización» (Carta a los religiosos y a las religiosas
de América Latina en el V Centenario de la evangelización del nuevo mundo,
31).
4. La Iglesia, en el cumplimiento de su tarea misionera, sostenida y
consolada por la intercesión de María santísima, ha escrito páginas
significativas de solicitud por los enfermos y los que sufren en América
Latina. También hoy la pastoral sanitaria sigue ocupando un lugar destacado en
la acción apostólica de la Iglesia, que tiene la responsabilidad de numerosos
lugares de asistencia y atención, y realiza su obra entre los más pobres con
apreciada dedicación en el campo sanitario, gracias al compromiso generoso de
tantos hermanos en el episcopado, sacerdotes, religiosos, religiosas y muchos
fieles laicos, que han desarrollado una notable sensibilidad ante los que
sufren.
Además, si desde América Latina se extiende la mirada a todo el mundo, nos
encontramos con innumerables confirmaciones de esta solicitud materna de la
Iglesia por los enfermos. También hoy, quizá sobre todo hoy, se eleva de la
humanidad el llanto de multitudes probadas por el sufrimiento. Enteras
poblaciones están atormentadas a causa de la crueldad de la guerra. Las
víctimas de los conflictos todavía en curso son, sobre todo, los más débiles:
las madres, los niños y los ancianos. ¡Cuántos seres humanos, debilitados por
el hambre y las enfermedades, no pueden contar ni siquiera con las formas más
elementales de asistencia! Y donde éstas afortunadamente existen, ¡cuántos son
los enfermos oprimidos por el temor y la desesperación, a causa de la
incapacidad de dar un sentido constructivo al propio sufrimiento a la luz de la
fe!
Los meritorios y también heroicos esfuerzos de tantos agentes sanitarios y
la creciente aportación de personal voluntario no bastan para cubrir las
necesidades concretas. Pido al Señor que suscite un número aún mayor de
personas generosas, que sepan dar a quien sufre el consuelo no sólo de la
asistencia física, sino también del apoyo espiritual, presentándoles las
perspectivas consoladoras de la fe.
5. Amadísimos enfermos y vosotros, familiares y agentes
sanitarios que compartís su difícil camino, sentíos protagonistas de la
renovación evangélica en el itinerario espiritual hacia el gran jubileo del año
2000. En el inquietante panorama de las antiguas y nuevas formas de agresión
contra la vida que caracterizan la historia de nuestros días, sois como la
multitud que trataba de tocar al Señor «porque salía de él una fuerza que
sanaba a todos» (Lc 6, 19).
Precisamente ante esa multitud de gente Jesús pronunció el sermón de la
montaña, proclamando bienaventurados a los que lloran (cf.Lc 6, 21). Sufrir
y estar cerca de quien sufre: quien vive en la fe estas dos situaciones
entra en contacto particular con los sufrimientos de Cristo y es admitido a
compartir «una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del
mundo» (Salvifici doloris, 27).
6. Amadísimos hermanos y hermanas que os encontráis en la prueba, ofreced
generosamente vuestro dolor en comunión con Cristo sufriente y con María, su
dulcísima Madre. Y vosotros, que trabajáis diariamente junto a quienes sufren,
haced de vuestro servicio una valiosa contribución a la evangelización. Sentíos
todos parte viva de la Iglesia, puesto que en vosotros la comunidad cristiana
está llamada a confrontarse con la cruz de Cristo, para dar al mundo razón de
la esperanza evangélica (cf. 1 P 3, 15). «Os pedimos a todos los que
sufrís, que nos ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que
seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible
batalla entre las fuerzas del bien y del mal que nos presenta el mundo
contemporáneo, venza vuestro sufrimiento en unión con la cruz de Cristo» (Salvifici
doloris, 31).
7. Mi llamamiento también se dirige a vosotros, pastores de las comunidades
eclesiales, y a vosotros, responsables de la pastoral sanitaria, para que con
una preparación adecuada os dispongáis a celebrar la próxima Jornada mundial
del enfermo mediante iniciativas encaminadas a sensibilizar al pueblo de Dios e
incluso a la sociedad civil, ante los vastos y complejos problemas de la
sanidad y de la salud.
Y vosotros, agentes sanitarios médicos, farmacéuticos, enfermeros,
capellanes, religiosos, religiosas, administradores y voluntarios, y en
especial vosotras, las mujeres, pioneras en el servicio sanitario y espiritual
a los enfermos, haceos todos promotores y promotoras de comunión entre los
enfermos, entre sus familiares y en la comunidad eclesial.
Estad al lado de los enfermos y sus familias haciendo que cuantos se
encuentran en la prueba no se sientan marginados. De este modo, la experiencia
del dolor se convertirá para cada uno en escuela de entrega generosa.
8. Extiendo complacido este llamamiento a los responsables civiles en todos
los niveles para que, en la atención y el compromiso de la Iglesia a favor del
mundo del sufrimiento, vean una ocasión de diálogo, encuentro y colaboración, a
fin de construir una civilización que, impulsada por la solicitud hacia el que
sufre, avance cada vez más por el camino de la justicia, la libertad, el amor y
la paz. Sin justicia el mundo no conocerá la paz; sin la paz el sufrimiento
crecerá de forma ilimitada.
Invoco la ayuda materna de María sobre cuantos sufren y sobre todos los que
se dedican a su servicio. Que la Madre de Jesús, venerada desde hace siglos en
el insigne santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, escuche el clamor de
tantos sufrimientos, enjugue las lágrimas de quien se halla inmerso en el
dolor, y esté al lado de todos los enfermos del mundo. Queridos enfermos, que
la santísima Virgen presente a su Hijo el ofrecimiento de vuestras penas, en
las que se refleja el rostro de Cristo en la cruz.
Acompaño este deseo con la seguridad de mi oración ferviente, mientras
imparto de corazón a todos mi bendición apostólica.
Vaticano, 11 de octubre de 1995, memoria de la bienaventurada Virgen María,
Madre de la Iglesia.