DEL SANTO PADRE PARA LA
XXXV JORNADA MUNDIAL DE
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
3 de mayo de 1998. IV Domingo de Pascua
El Espíritu y la esposa dicen:
¡Ven!
(Ap. 22, 17)
¡Venerados Hermanos en el Episcopado!
¡Queridísimos Hermanos y Hermanas de todo el mundo!
El camino de preparación al Gran Jubileo del Dosmil pone este año la Jornada
Mundial de Oración por las Vocaciones bajo la "nube luminosa" del Espíritu
Santo, que actúa perennemente en la Iglesia enriqueciéndola de aquellos
ministerios y carismas que necesita para llevar a cumplimiento su misión.
1. "Jesús fue conducido por el Espíritu al
desierto..." (Mt 4, 1).
Toda la vida de Jesús se desarrolla bajo la acción del
Espíritu Santo; al comienzo es El quien cubre con su sombra a la Virgen María
en el misterio inefable de la Encarnación; en el río Jordán es también El quien
da testimonio del Hijo predilecto del Padre y quien lo conduce al desierto. En
la sinagoga de Nazareth Jesús en persona afirma: "El Espíritu del Señor
está sobre mí" (Lc 4, 18).
Este mismo Espíritu, El lo promete a los discípulos como garantía perenne de su
presencia en medio de ellos. Sobre la cruz lo devuelve al Padre (cfr Jn 19, 30), sellando de este modo, al
amanecer de la Pascua, la Nueva Alianza. El, el día de Pentecostés, por fin, lo
derrama sobre toda la comunidad primitiva para consolidarla en la fe y lanzarla
por los caminos del mundo.
Desde entonces la Iglesia, cuerpo místico de Cristo,
recorre los senderos del tiempo impelida por el soplo del mismo
Espíritu, iluminando la historia con el fuego ardiente de la palabra de
Dios, purificando el corazón y la vida de los hombres con los ríos de agua
viva que surgen de su seno (cfr Jn
7, 37-39).
De este modo, se realiza su vocación a ser "pueblo congregado por la
unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (S. Cipriano, De
Dominica Oratione, 23: CCL 3/A, 105), y "depositaria del
misterio del Espíritu Santo, que consagra para la misión a los que el Padre
llama mediante su Hijo Jesucristo" (Pastores dabo vobis, 35).
2. "Vosotros sois carta de Cristo... escrita
con el Espíritu de Dios vivo… en tablas de carne que son vuestros
corazones" (2Co 3, 3).
En la Iglesia cada cristiano comienza por el Bautismo a
vivir bajo "la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús" (Rm 8, 2) y, bajo la guía del Espíritu
Santo, entra en diálogo con Dios y con los hermanos, y conoce la extraordinaria
grandeza de la propia vocación.
La celebración de esta Jornada es una ocasión para anunciar que el Espíritu
Santo de Dios escribe en el corazón y en la vida de cada bautizado un proyecto
de amor y de gracia, que sólo puede dar sentido pleno a la existencia, abriendo
el camino a la libertad de los hijos de Dios y capacitando para el ofrecimiento
del propio, personal e insustituible concurso al progreso de la humanidad en el
camino de la justicia y de la verdad. El Espíritu no sólo ayuda a situarse con
sinceridad ante los grandes interrogantes del propio corazón -de dónde vengo, a
dónde voy, quién soy, cuál es el fin de la vida, en qué empeñar mi tiempo-,
sino que abre el camino a respuestas valientes. El descubrimiento de que cada
hombre y mujer tiene su lugar en el corazón de Dios y en la historia de la
humanidad, constituye el punto de partida para una nueva cultura vocacional.
3. "El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!"
(Ap 22, 17)
Estas palabras del Apocalipsis nos llevan a considerar la relación fecunda
entre el Espíritu Santo y la Iglesia de la que nacen las diversas vocaciones, y
a recordar aquel "Pentecostés" en el que cada comunidad cristiana fue
engendrada en la unidad, modelada por el fuego del Espíritu en la multiplicidad
de dones y enviada a llevar la Buena Nueva al corazón que la espera.
En efecto, si es verdad que la llamada tiene su origen en
Dios, es igualmente cierto que el diálogo vocacional se realiza en la Iglesia y
por medio de la Iglesia. La fuerza del Espíritu que impulsó a Pedro a ir a casa
del centurión Cornelio para llevarle la salvación (Hch 10, 19) y que dijo:
"Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los llamo" (Hch 13, 2), no se ha agotado. El
Evangelio continúa difundiéndose "no sólo con palabras, sino también con
poder y con el Espíritu Santo" (1Ts
1, 5).
El Espíritu Santo y la Iglesia, su mística Esposa, repiten también a los
hombres y a las mujeres de nuestro tiempo su "¡Ven!".
¡Ven a encontrar el Verbo encarnado, que quiere hacerte partícipe de su
misma vida!.
¡Ven a acoger la llamada de Dios, venciendo titubeos y rémoras! Ven y
descubre la historia de amor que Dios ha entretejido con la humanidad: El
quiere realizarla también contigo.
¡Ven y saborea el gozo del perdón recibido y otorgado! El muro de separación
que existía entre Dios y el hombre, y entre los mismos seres humanos ha sido
abatido. Se perdonan las culpas y el banquete de la vida está preparado para
todos.
Dichosos aquellos que, atraídos por la fuerza de la
Palabra y marcados por los Sacramentos, pronuncian su "¡Heme aquí!".
Estos se encaminan por el camino de la total y radical pertenencia a Dios,
fuertes en la esperanza que no defrauda, "porque el amor de Dios se ha
derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido
dado" (Rm 5, 5).
4. "Hay diversidad de dones, pero el Espíritu
es el mismo" (1Co 12, 4).
En la vida nueva, que brota del Bautismo y se desarrolla mediante la Palabra
y los Sacramentos, encuentran su sustento los dones, los ministerios y la
diversas formas de vida consagrada. Suscitar en el Espíritu nuevas vocaciones
es posible cuando la comunidad cristiana vive en actitud de total fidelidad a
su Señor. Esto supone un fuerte clima de fe y de oración, un generoso
testimonio de comunión y de estima en relación con los múltiples dones del
Espíritu, una pasión misionera que, venciendo los fáciles e ilusorios egoísmos,
impulse a la donación total de sí por el Reino de Dios.
Cada Iglesia particular está llamada al compromiso de promover el desarrollo
de los dones y de los carismas que el Señor suscita en el corazón de los
fieles. No obstante, nuestra atención en esta Jornada, se dirige, de modo
particular, a las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, por el rol
fundamental que éstas tienen en la vida de la Iglesia y en el cumplimiento de
su misión.
Jesús, ofreciéndose a sí mismo al Padre en la cruz, ha
hecho de todos sus discípulos "un reino de sacerdotes y una nación
santa" (Ex 19, 6) y los ha constituido como "un edificio
espiritual", "un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales aceptos a Dios" (1 Pt 2, 5). A ejercer este sacerdocio
universal de la Nueva Alianza, él llamó a los Doce, a fin de que
"permanecieran con El y también para enviarlos a predicar, con poder de
expulsar a los demonios" (Mc 3, 14-15).
Hoy, Cristo, continúa su acción salvadora por medio de los Obispos, de los
sacerdotes, que "son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación
sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra,
renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación" (Pastores
dabo vobis, 15).
"¿Cómo no recordar -a continuación- con gratitud al Espíritu Santo la
multitud de formas históricas de vida consagrada, suscitadas por El y
todavía presentes en el ámbito eclesial? Estas aparecen como una planta llena
de ramas que hunde sus raíces en el Evangelio y da frutos copiosos en cada
época de la Iglesia" (Exh. Apost. "Vita Consecrata" 5). La vida
consagrada se sitúa en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo
para su misión, ya que expresa la íntima naturaleza de la vocación cristiana y
la tensión de toda la Iglesia-Esposa hacia la unión con el único Esposo.
Estas vocaciones, necesarias en todo tiempo, lo son
todavía más hoy en un mundo marcado por grandes contradicciones y tentado de
marginar a Dios en las opciones fundamentales de la vida. Vienen a la mente las
palabras evangélicas: "¡La mies es mucha, pero los obreros pocos! ¡Rogad
al dueño de la mies que envíe obreros a su mies!" (Mt 9, 37-38; cfr Lc 10, 2). La Iglesia recoge cada día este
mandato del Señor y eleva con confiada esperanza sus oraciones al "dueño
de la mies", reconociendo que sólo El puede llamar y enviar sus obreros.
Mi deseo es que la celebración anual de la Jornada Mundial de Oración por
las Vocaciones suscite en el corazón de los fieles una oración más insistente
para obtener nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y reanime
la responsabilidad de todos, en especial de los padres y de los educadores en
la fe, en el servicio a las vocaciones.
5. Dad razón de la esperanza que hay en vosotros (cfr 1 Pt,
3-15).
En primer lugar os invito a vosotros, queridísimos Obispos, y con vosotros a
los sacerdotes, a los diáconos y a los miembros de los Institutos de vida
consagrada, a dar incansablemente testimonio de la plenitud espiritual y humana
que impulsa a cada uno de vosotros a hacerse "todo para todos", para
que el amor de Cristo pueda alcanzar al mayor número posible de personas.
Estableced relaciones apropiadas con todos los componentes de la sociedad;
valorad las vocaciones ministeriales y carismáticas que el Espíritu suscita en
vuestras comunidades, favoreciendo la complementaridad y la colaboración
recíprocas; dad vuestro aporte para que cada uno crezca hacia la plena madurez
cristiana. Que mirándoos a vosotros, gozosos servidores del Evangelio, puedan
los jóvenes sentir la fascinación de una existencia enteramente dedicada a
Cristo en el ministerio ordenado o en la opción radical de la vida consagrada.
Vosotros, esposos cristianos, estad prontos a dar testimonio de la realidad
profunda de vuestra vocación matrimonial: la armonía en el hogar, el espíritu
de fe y de oración, el ejercicio de las virtudes cristianas, la apertura a los
otros, sobre todo a los más pobres, la participación en la vida eclesial, la serena
fortaleza para afrontar las diarias dificultades, constituyen el terreno
favorable para la maduración vocacional de los hijos. Considerada como "iglesia
doméstica" la familia, sostenida por la gracia sacramental del
matrimonio, es la escuela permanente de la "civilización del amor",
donde es posible aprender, que sólo del don libre y sincero de sí mismo, brota
la plenitud de la vida.
Y vosotros, educadores, catequistas, animadores pastorales y cuantos
desempeñáis funciones educativas, sentíos, en el desempeño de vuestro
importante y laborioso servicio, cooperadores del Espíritu. Ayudad a la
juventud para que libere sus corazones y sus mentes de cuanto obstaculiza su
camino; espoleadlos a dar lo mejor de sí mismos en una tensión constante de
crecimiento humano y cristiano; moldead en ellos, con la luz y la fuerza de la
palabra evangélica, los sentimientos más profundos, para que así puedan, si son
llamados, realizar su vocación para el bien de la Iglesia y del mundo.
Este año, el camino de preparación al Jubileo del Año 2000, poniendo en el
centro al Espíritu Santo, nos invita a prestar una atención particular al
sacramento de la Confirmación. Por esto, en este momento, deseo dirigir unas
palabras más concretas a aquellos que en este tiempo reciben dicho sacramento.
Amadísimos, el Obispo, dirigiéndose a vosotros en el curso del rito de la
Confirmación, dice: "El Espíritu Santo que vais a recibir como don, como
sello espiritual, completará en vosotros la semejanza con Cristo y os unirá más
fuertemente, como miembros vivos, a la Iglesia". Comienza, por tanto, para
vosotros un tiempo privilegiado, durante el cual se os invita a cuestionaros y
a cuestionar a la comunidad cristiana, de la que habéis sido hechos miembros
vivos, sobre el sentido pleno que dar a vuestra existencia. Es un tiempo de
discernimiento y de opción vocacional. Escuchad la invitación de Jesús:
"Venid y veréis". Dad vuestro testimonio de Cristo en la comunidad
eclesial, según el designio del todo personal e irrepetible que Dios tiene
sobre vosotros. Dejad que el Espíritu Santo, derramado en vuestros corazones,
os conduzca a la verdad y os haga testigos de la libertad auténtica y del amor.
No os dejéis sojuzgar por los fáciles y falaces mitos del efímero éxito humano
y de la riqueza. Al contrario, no tengáis miedo en recorrer los caminos
exigentes y valientes de la caridad y del compromiso generoso. Preparaos para
"dar razón de la esperanza que hay en vosotros delante de todos" (1
Pt 3, 15).
6. "El Espíritu viene en ayuda de nuestra
flaqueza" (Rm 8, 26)
La Jornada Mundial por las Vocaciones se distingue, ante todo, por la
oración por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, manifestación
culminante de un habitual clima de oración, del que la comunidad cristiana no
puede prescindir. Queremos, también, este año dirigirnos con confianza al
Espíritu Santo, a fin de que obtenga para la Iglesia de hoy y de mañana el don
de numerosas y santas vocaciones:
Espíritu de Amor eterno,
que procedes del Padre y del Hijo,
te damos gracias por todas las vocaciones
de apóstoles y santos que han fecundado la Iglesia.
Continúa, todavía, te rogamos, esta tu obra.
Acuérdate de cuando, en Pentecostés,
descendiste sobre los Apóstoles reunidos en oración
con María, la madre de Jesús,
y mira a tu Iglesia que tiene hoy
una particular necesidad de sacerdotes santos,
de testigos fieles y autorizados de tu gracia;
tiene necesidad de consagrados y consagradas,
que manifiesten el gozo de quien vive sólo para el Padre,
de quien hace propia la misión y el ofrecimiento de Cristo,
de quien construye con la caridad el mundo nuevo.
Espíritu Santo, perenne Manantial de gozo y de paz,
eres tú quien abre el corazón y la mente a la divina
llamada;
eres tú quien hace eficaz cada impulso
al bien, a la verdad, a la caridad.
Tus 'gemidos inenarrables'
suben al Padre desde el corazón de la Iglesia,
que sufre y lucha por el Evangelio.
Abre los corazones y las mentes de los jóvenes,
para que una nueva floración de santas vocaciones
manifieste la constancia de tu amor,
y todos puedan conocer a Cristo,
luz verdadera del mundo,
para ofrecer a cada ser humano
la segura esperanza de la vida eterna. Amén.
A todos imparto con afecto una especial Bendición Apostólica.
En Castel Gandolfo, 24 de setiembre de 1997
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