Papa Juan Pablo II
a los Obispos alemanes
sobre la función de los consultorios católicos
(3 de Junio de 1999)
"Es preciso dar un
testimonio unánime
de la intangibilidad de la vida humana"
A los venerables hermanos en el episcopado de Alemania salud y bendición
apostólica
1. En la carta del 11 de enero de 1998, cumpliendo mi responsabilidad de
supremo Pastor de la Iglesia, os di algunas orientaciones para vuestro camino
futuro en la difícil cuestión de la correcta inserción de los consultorios
católicos en la asesoría prevista por los reglamentos del Estado, a tenor de la
ley del 21 de agosto de 1995 sobre el embarazo y la familia. No sólo os invitéa
continuar sin vacilaciones, sino también a reforzar ulteriormente, en la medida
de lo posible, la asesoría y la ayuda a las mujeres embarazadas que atraviesan
dificultades. Al mismo tiempo, con vistas a la claridad de nuestro testimonio
sobre la intangibilidad de toda vida humana, os invité a tomar medidas para que
en los consultorios eclesiásticos o dependientes de la Iglesia ya no se
entregara el certificado que, según la ley, constituye el requisito necesario
para la realización despenalizada del aborto. Monseñor Karl Lehmann,
presidentede vuestra Conferencia episcopal, el 6 de febrero de 1998 me
comunicó, en vuestro nombre, que teníais el firme propósito de cumplir esta
insistente petición mía. Como hice entonces, también hoy quisiera agradeceros
una vez más esta decisión, que es expresión de vuestra profunda unidad con el
Sucesor de Pedro, y de vuestro compromiso incondicional en defensa de la vida
por nacer.
Para armonizar de modo correcto los dos aspectos de mi petición, habéis
instituido un grupo de trabajo, cuyos resultados se presentaron los días 22 y
23 de febrero de 1999 a la asamblea plenaria de los obispos. Monseñor Lehmann,
con carta del 12 de marzo de este año, me comunicó los resultados del grupo de
trabajo y me informó de las conclusiones de la asamblea plenaria. De buen
grado, os manifiesto migratitud por el gran empeño con que vosotros, en
colaboración con muchos expertos, habéis buscado soluciones. Os doy las gracias
por el hecho de que muchas veces os habéis referido claramente a la importancia
de la unidad entre vosotros y con la Santa Sede, para encontrar una solución
aceptable y superar la polarización que se ha creado entre los fieles. Durante
las semanas pasadas, mediante el estudio y la oración en presencia del Señor,
he sopesado los puntos de vista contenidos en vuestra respuesta, y quisiera
presentaros ahora mi decisión.
2. La propuesta de solución preferida por la mayoría de vuestra Conferencia
episcopal une un amplio «plan de asesoría y ayuda» a una nueva formulación del
certificado de consulta, para la que el grupo de trabajo propone tres variantes
a elección. El plan ofrece una serie de elementos ordenados claramente al bien
de las mujeres embarazadas y a la defensa de los hijos por nacer. La
integración de asesoría y ofrecimiento de ayuda, así como sobre todo las
obligaciones contraídas con respecto al apoyo, ayuda y mediación, hacen que la
finalidad de la actividad de asesoría eclesial —apoyo a las mujeres en situación
de conflicto y defensa del derecho a la vida de los hijos por nacer— sea aún
más clara que hasta ahora en la sociedad de vuestro país. Los múltiples
ofrecimientos de asesoría y ayuda deben contribuir a que un número cada vez
mayor de mujeres que atraviesan dificultades se dirijan a los consultorios
eclesiales o dependientes de la Iglesia, y que la Iglesia siga estando presente
de manera eficaz en la asesoría a las mujeres embarazadas.
3. Sin embargo, la inserción del «plan de asesoría y ayuda» en el
asesoramiento de los casos conflictivos prevista por la ley plantea serias
cuestiones. El certificado que se entrega a las mujeres al final de la consulta
ha adquirido ciertamente una función ulterior: documenta que la asesoría
eclesiástica está orientada a la vida y constituye una garantía para la
asignación de las ayudas prometidas. Para la valoración de la propuesta es
decisiva la cuestión de si el texto conclusivo permite aún la utilización del
certificado como acceso al aborto. Si fuera así, estaría en contraste con mi
carta antes mencionada y con la declaración común del 26 de enero de 1998 del
Consejo permanente de vuestra Conferencia episcopal, que se propone cumplir mi
petición de que en adelante ya no se entregue un«certificado de esa naturaleza».
El hecho de que el texto, sobre todo en las variantes 2 y 3, siga siendo por
lo menos poco claro desde este punto de vista, es ciertamente también el motivo
por el que no ha obtenido aún el consenso unánime de los obispos. La variante 1
de la propuesta se acerca más que todas las demás a vuestra voluntad y a la mía
de dar «otro certificado». Para que la índole jurídica y moral de este
documento quede libre de cualquier forma de ambigüedad, os pido que aclaréis en
el texto mismo que el certificado, que atestigua la asesoría eclesiástica y da
derecho a las ayudas prometidas, no puede utilizarse para la realización
despenalizada del aborto en conformidad con el código penal, § 218 a, 1. Por
consiguiente, en el certificado escrito que se entrega a las mujeres en el
marco del «plan de asesoría y ayuda», de acuerdo con la variante 1, debe
mencionarse exclusivamente la finalidad de la consulta y de las ayudas, y al
final de la frase se debe añadir: «Este certificado no puede utilizarse para la
realización despenalizado del aborto».
Con este añadido necesario, las consultoras católicas y la Iglesia, por cuyo
mandato trabajan las consultoras, se ven libres de una situación que está en
conflicto con su visión de fondo en la cuestión de la defensa de la vida y con
la finalidad de su asesoría. El compromiso incondicional en favor de toda vida
por nacer, que la Iglesia asume ya desde el comienzo, no permite ninguna
ambigüedad o componenda. Acerca de este punto, la Iglesia debe hablar, siempre
y en todo lugar, con palabras y obras, con un lenguaje único e idéntico. Espero
que esta solución contribuya también a restablecer, por lo que respecta a este
importante problema, la unidad en vuestra Conferencia episcopal y a superar las
tensiones que han surgido en la opinión pública católica.
4. Queridos hermanos en e episcopado, sé que todos vosotros defendéis desde
hace años el derecho a la vida de los hijos por nacer, y con el espíritu del
Evangelio no escatimáis ningún esfuerzo para poder ayudar, con el consejo y con
las obras, a las mujeres que atraviesan situaciones difíciles. Os agradezco
esta profesión del evangelio de la vida. Quisiera subrayar una vez más que
conozco y aprecio vuestra buena voluntad, y espero que sigáis presentando
públicamente y sin temor los valores en que se funda esta actitud de la
Iglesia. Al mismo tiempo, por la dignidad de la vida y la claridad del
testimonio eclesial, os ruego que aceptéis unánimemente mi decisión sobre el
problema y que la pongáis en práctica durante este año. Además, encontraréis el
modo de ofrecer el «plan de asesoría y ayuda» no sólo a las mujeres que, a
causa de su situación, difícilmente o de ningún modo pueden imaginar su vida
con un hijo, sino también a las demás mujeres embarazadas que atraviesan
dificultades y necesitan ayuda.
En esta ocasión, deseo dar las gracias a las numerosas personas que en
vuestro amado país contribuyen de diversas maneras a hacer valer el derecho a
la vida, garantizado por vuestra Constitución. Un servicio particularmente
valioso prestan las consultoras, que asisten a las mujeres embarazadas que
atraviesan dificultades y defienden la vida de los hijos por nacer. A ellas, y
a todos los que en público o en privado están al servicio de la vida, les
expreso mi sincera gratitud. Confío en que los fieles católicos, junto con
muchos otros cristianos y hombres de buena voluntad, en unión con los obispos y
conmigo como supremo Pastor de la Iglesia, prosigan valientemente la lucha por
la vida de todos los hombres, nacidos y por nacer, ancianos y jóvenes, enfermos
y sanos, y no escatimen ningún esfuerzo «para que se instaure finalmente en
nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la
vida, fruto de la cultura de la verdad y del amor» (Evangelium Vitae, 77).
A vosotros, y a todos los fieles confiados a vuestra solicitud pastoral, os
encomiendo a María, la Madre del Señor, y os imparto de corazón mi bendición
apostólica.
Vaticano, 3 de junio de 1999, solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.