MEMORIA E IDENTIDAD
Juan Pablo II
LA FUERZA QUE LIMITA EL MAL
1/ MYSTERIUM INIQUITATIS:
LA COEXISTENCIA DEL BIEN Y DEL MAL
2/ IDEOLOGÍAS DEL MAL
3/ EL LÍMITE IMPUESTO AL MAL
EN LA HISTORIA DE EUROPA
4/ LA REDENCIÓN COMO LÍMITE DIVINO
IMPUESTO AL MAL
5/ EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
6/ LA REDENCIÓN, VICTORIA CONCEDIDA
AL HOMBRE COMO TAREA
LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD
7/ SOBRE EL USO APROPIADO DE LA
LIBERTAD
8/ LA LIBERTAD ES PARA EL AMOR
9/ LAS ENSEÑANZAS DE LA HISTORIA
RECIENTE
10/ EL MISTERIO DE LA MISERICORDIA
11/ CONCEPTO DE PATRIA
12/ PATRIOTISMO
13/ CONCEPTO DE NACIÓN
14/ HISTORIA
15 / NACIÓN Y CULTURA
PENSANDO «EUROPA»
16/ PATRIA EUROPEA
LA EVANGELIZACIÓN DE EUROPA
CENTRO ORIENTAL
18/ FRUTOS DEL BIEN EN EL SUELO DE
LA ILUSTRACIÓN
19/ LA MISIÓN DE LA IGLESIA
20/ RELACIÓN DE LA IGLESIA CON EL
ESTADO
21/ EUROPA EN EL CONTEXTO DE OTROS
CONTINENTES
DEMOCRACIA: POSIBILIDADES
Y RIESGOS
22/ LA DEMOCRACIA CONTEMPORÁNEA
21/ EUROPA EN EL CONTEXTO DE OTROS
CONTINENTES
DEMOCRACIA: POSIBILIDADES
Y RIESGOS
22/ LA DEMOCRACIA CONTEMPORÁNEA
25/ LA DIMENSIÓN VERTICAL DE LA
HISTORIA DE EUROPA
EPÍLOGO
Conversaciones al filo de dos milenios
Traducción de Bogdan Piotrowski
Nota del editor
El siglo xx ha sido testigo de acontecimientos históricos que han marcado un
cambio decisivo en la situación política y social de muchas naciones, con gran
incidencia en la vida de los ciudadanos. Hace ahora sesenta años del final de
la guerra que, de 1939 a 1945, involucró al mundo en una tragedia de
destrucción y muerte. En los años sucesivos, la dictadura comunista se extendió
a diversas naciones de Europa centro oriental, mientras que la ideología
marxista se propagaba en otras naciones del continente, así como en África,
Latinoamérica y Asia. Además, el paso al siglo xxi se ha visto trágicamente
afectado por la plaga del terrorismo a escala mundial: la destrucción de las
Torres Gemelas en Nueva York ha sido su manifestación más impresionante. ¿Cómo
no ver en todos estos acontecimientos la presencia activa del mysterium iniquitatis?
Sin embargo, junto al mal, no ha faltado el bien. Las dictaduras
establecidas al otro lado del «telón de acero» no consiguieron sofocar el
anhelo de libertad de los pueblos subyugados. En Polonia, a pesar de la
obstrucción del régimen, nació y se consolidó el movimiento sindical conocido
como Solidarnos´c´. Fue una señal de reanimación que tuvo eco también en otras
partes. Y llegó 1989, que ha pasado a la historia como el año de la caída del
Muro de Berlín, comenzando rápidamente el desmoronamiento de la dictadura
comunista en las naciones europeas en las que había dominado por decenios. El
siglo xx ha sido también el siglo en que muchas naciones, desde hacía tiempo
bajo régimen colonial, han logrado su independencia. Han nacido así nuevos
Estados que, aun entre condicionamientos y presiones, tienen ahora la facultad
de decidir su propio destino. Hay que recordar, además, la institución de
varios organismos internacionales que, tras la Segunda Guerra Mundial, han
asumido la tarea de salvaguardar la paz y seguridad de los pueblos,
comprometiéndose a una distribución ecuánime de los recursos disponibles, a
proteger los derechos de cada persona y a reconocer las legítimas aspiraciones
de los diversos grupos sociales. Finalmente, no se puede omitir el nacimiento y
sucesiva ampliación de la Unión Europea.
Tampoco en la vida de la Iglesia faltaron acontecimientos que han dejado una
huella profunda, dando el impulso necesario para efectuar cambios de
considerable importancia para el presente y, se espera, también para el futuro
del Pueblo de Dios. Entre ellos descuella sin duda el Concilio Vaticano II
(1962-1965), con las iniciativas que puso en marcha: la reforma litúrgica, la
constitución de nuevos organismos pastorales, el gran impulso misionero, el
compromiso en el campo ecuménico y el diálogo interreligioso, por citar sólo
las más destacadas. Además, ¿cómo no valorar todo el bien espiritual y eclesial
surgido de la celebración del Gran Jubileo del año 2000?
****
Testigo de excepción de todos estos acontecimientos es el Papa Juan Pablo
II. Ha vivido en primera persona las dramáticas y heroicas vicisitudes de su
país, Polonia, al cual se ha sentido siempre muy allegado. En las últimas
décadas ha sido también protagonista —primero como sacerdote, después como obispo,
y finalmente como Papa— de muchos episodios de la historia de Europa y del
mundo entero. Este libro presenta algunas de sus experiencias y reflexiones,
que ha madurado bajo la presión de muchas formas de mal, pero sin perder de
vista la perspectiva del bien, convencido de que éste, al final, saldrá
victorioso. Al revisar diversos aspectos de la realidad actual, con una serie
de «conversaciones al filo de dos milenios», el Santo Padre se ha detenido a
reflexionar sobre fenómenos del presente a la luz de las vicisitudes del
pasado, en las que ha intentado descubrir las raíces de lo que ocurre en el
mundo de hoy, para ofrecer a sus contemporáneos, como individuos y como
pueblos, la posibilidad de llegar, mediante un retorno a la «memoria», a una
conciencia más viva de la propia «identidad».
Al escribir este libro, Juan Pablo II ha retomado los temas principales de
unas conversaciones mantenidas en 1993 en Castel Gandolfo. Dos filósofos
polacos, los profesores Józef Tischner y Krzysztof Michalski, fundadores del
Instituto de Ciencias Humanas (Institut für die Wissenschaften von Menschen)
con sede en Viena, le propusieron desarrollar un análisis crítico, tanto desde
el punto de vista histórico como filosófico, de las dos dictaduras que han
marcado el siglo xx: el nazismo y el comunismo. Dichas conversaciones fueron
grabadas entonces y después transcritas. Pero el Santo Padre, aunque se remite
a las cuestiones planteadas en aquellos coloquios, ha considerado oportuno
ampliar la perspectiva de sus reflexiones. Ha querido ir más allá del contenido
de aquellas conversaciones: así ha nacido este libro, en el que se tratan
algunos temas cruciales para el destino de la humanidad, tras los primeros
pasos del tercer milenio.
El texto mantiene la forma literaria de la conversación, para que el lector
perciba más claramente que no se trata de un discurso académico, sino de un
diálogo familiar en el que, si bien se afrontan con rigor los problemas
planteados y se buscan las respuestas apropiadas, no se pretende hacer un desarrollo
exhaustivo. Las preguntas, en su forma actual, son obra de la Redacción, y
tienen el objetivo de estimular la atención del lector y facilitar la correcta
comprensión del pensamiento papal. Es de desear que quienquiera que lea este
libro encuentre en él respuesta, al menos, a algunos interrogantes que
seguramente inquietan su corazón.
Tras la caída de los dos poderosos sistemas totalitarios, el nazismo en
Alemania y el «socialismo real» en la Unión Soviética, que han pesado sobre
todo el siglo xx y han sido responsables de innumerables crímenes, parece
llegado el momento de una reflexión sobre su génesis y sus consecuencias,
particularmente sobre las ideologías que los han hecho germinar en la historia
de la humanidad. Santo Padre, ¿cuál es el sentido de esta gran «erupción» del
mal?
El siglo xx ha sido, en cierto sentido, el «teatro» en el que han entrado en
escena determinados procesos históricos e ideológicos que han llevado hacia la
gran «erupción» del mal, pero también ha sido espectador de su declive. En
consecuencia, ¿sería justa una visión de Europa basada únicamente en la
perspectiva del mal surgido en su historia reciente? ¿No habría más bien en
este enfoque una cierta unilateralidad? La historia moderna de Europa, marcada
—sobre todo en Occidente— por la influencia de la
Ilustración, ha dado también muchos frutos buenos. En esto refleja la
naturaleza del mal, tal como la entiende santo Tomás, siguiendo las huellas de
san Agustín. El mal es siempre la ausencia de un bien que un determinado ser
debería tener, es una carencia. Pero nunca es ausencia absoluta del bien. Cómo
nazca y se desarrolle el mal en el terreno sano del bien, es un misterio.
También es una incógnita esa parte de bien que el mal no ha conseguido destruir
y que se difunde a pesar del mal, creciendo incluso en el mismo suelo. Surge de
inmediato la referencia a la parábola evangélica del trigo y la cizaña (cf. Mt 13, 24-30). Cuando los siervos
preguntan al dueño: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?», él contesta de manera
muy significativa: «No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer
juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad
primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en
mi granero» (Mt 13, 29-30). En este
caso, la mención de la cosecha alude a la fase final de la historia, la
escatológica.
Se puede tomar esta parábola como clave para comprender toda la historia del
hombre. En las diversas épocas y en distintos sentidos, el «trigo» crece junto
a la «cizaña» y la «cizaña» junto al «trigo». La historia de la humanidad es
una «trama» de la coexistencia entre el bien y el mal. Esto significa que si el
mal existe al lado del bien, el bien, no obstante, persiste al lado del mal y,
por decirlo así, crece en el mismo terreno, que es la naturaleza humana. En
efecto, ésta no quedó destruida, no se volvió totalmente mala a pesar del
pecado original. Ha conservado una capacidad para el bien, como lo demuestran
las vicisitudes que se han producido en los diversos períodos de la historia.
¿Cómo nacieron, pues, las ideologías del mal? ¿Cuáles son las raíces del
nazismo y del comunismo? ¿Cómo se llegó a su caída?
Las cuestiones propuestas tienen un profundo significado filosófico y
teológico. Hay que reconstruir la «filosofía del mal» en su vertiente europea,
aunque no sólo europea. Esto nos lleva más allá de las ideologías. Nos impulsa
a adentrarnos en el mundo de la fe. Hay que afrontar el misterio de Dios y de
la creación y, especialmente, el del hombre. Son los misterios que he querido
expresar en los primeros años de mi servicio como Sucesor de Pedro mediante las
Encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem.
Este tríptico se corresponde en realidad con el misterio trinitario de Dios. El
contenido de la Encíclica Redemptor hominis lo traje conmigo desde Polonia.
También las reflexiones de la Dives in misericordia fueron fruto de mis
experiencias pastorales en Polonia y especialmente en Cracovia. Porque en
Cracovia está la tumba de santa Faustina Kowalska, a quien Cristo concedió ser
una portavoz particularmente inspirada de la verdad sobre la Divina
Misericordia. Esta verdad suscitó en sor Faustina una vida mística sumamente
rica. Era una persona sencilla, no muy instruida y, no obstante, quien lee el
Diario de sus revelaciones se sorprende ante la profundidad de la experiencia
mística que relata.
Digo esto porque las revelaciones de sor Faustina, centradas en el misterio
de la Divina Misericordia, se refieren al período precedente a la Segunda
Guerra Mundial. Precisamente el tiempo en que surgieron y se desarrollaron esas
ideologías del mal como el nazismo y el comunismo. Sor Faustina se convirtió en
pregonera del mensaje, según el cual la única verdad capaz de contrarrestar el mal
de estas ideologías es que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo
misericordioso. Por eso, al ser llamado a la Sede de Pedro, sentí la necesidad
imperiosa de transmitir las experiencias vividas en mi país natal, pero que son
ya acervo de la Iglesia universal.
La Encíclica Dominum et vivificantem, sobre el Espíritu
Santo, se gestó ya en Roma. Maduró, pues, algo más tarde. Surgió de las
meditaciones sobre el evangelio de san Juan, sobre lo que Cristo dijo durante
la Última Cena. Precisamente en estas últimas horas de la vida terrena de
Cristo tuvo lugar probablemente la revelación más completa del Espíritu Santo.
En las palabras pronunciadas entonces por Jesús hay también una afirmación muy
significativa sobre la cuestión que nos interesa. Dice que el Espíritu Santo
«convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). Traté de ahondar en estas
palabras y esto me llevó a las primeras páginas del libro del Génesis, al
episodio conocido con el nombre de «pecado original». San Agustín, con su
extraordinaria perspicacia, describió la naturaleza de este pecado en la
siguiente fórmula: Amor sui usque ad contemptum Dei, amor de sí mismo hasta el
desprecio de Dios.1 Precisamente el amor sui fue lo que llevó a los primeros
padres a la rebelión inicial y determinó la propagación en lo sucesivo del
pecado a toda la historia del hombre. A eso se refieren las palabras del libro
del Génesis: «seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (Gn 3, 5), es decir, decidiréis por
vosotros mismos lo que está bien y lo que está mal.
Y esta dimensión original del pecado no podía tener un contrapeso adecuado
más que en la actitud opuesta: Amor Dei usque ad contemptum sui, amor de Dios
hasta el desprecio de sí mismo. De este modo nos adentramos en el misterio de
la Redención del hombre y, en este paso, nos guía el Espíritu Santo. Es Él
quien nos permite llegar a las profundidades del mysterium Crucis. Y también asomarnos
sobre el profundo abismo del mal, cuyo causante y víctima a la vez resulta ser
el hombre en el comienzo de su historia. A esto precisamente se refiere la
expresión «convencerá al mundo en lo referente al pecado». El objetivo de este
«convencer» no es la condena del mundo. Cuando la Iglesia, con la fuerza del
Espíritu Santo, llama al mal por su nombre, lo hace únicamente con el fin de
indicar al hombre la posibilidad de vencerlo, abriéndose a la dimensión del
amor Dei usque ad contemptum sui. Éste es el fruto de la Misericordia Divina.
En Jesucristo, Dios se inclina sobre el hombre para tenderle la mano, para
volver a levantarlo y ayudarle a reemprender el camino con renovado vigor. El
hombre no es capaz de levantarse por sus propias fuerzas; necesita la ayuda del
Espíritu Santo. Si rechaza esta ayuda, incurre en lo que Cristo llamó
«blasfemia contra el Espíritu Santo», declarando al mismo tiempo que es
imperdonable (cf.
Mt 12, 31).
¿Por qué es imperdonable? Porque excluye en el hombre el deseo mismo del
perdón. El hombre rechaza el amor y la misericordia de Dios porque él mismo se
considera Dios. Presume de valerse por sí mismo.
Me he referido brevemente a tres Encíclicas que me parecen un comentario
oportuno a todo el magisterio del Concilio Vaticano II, y también a las
circunstancias complejas del momento histórico en que nos toca vivir.
En el transcurso de los años me he ido convenciendo de que las ideologías del
mal están profundamente enraizadas en la historia del pensamiento filosófico
europeo. A este respecto, debo aludir a ciertos hechos relacionados con la
historia de Europa y, sobre todo, con la cultura dominante en ella. Cuando se
publicó la Encíclica sobre el Espíritu Santo, algunos sectores en Occidente
reaccionaron negativamente e incluso de modo vivaz. ¿De dónde provenía esta
reacción? Surgía de las mismas fuentes de las que, hace más de doscientos años,
nació la llamada Ilustración europea, especialmente la francesa, pero sin
excluir la inglesa, la alemana, la española o la italiana. En Polonia tuvo un
sesgo peculiar y Rusia, por su parte, probablemente no sintió tanto la sacudida
de la Ilustración. Allí, la crisis de la tradición cristiana llegó por otros
derroteros, hasta estallar a comienzos del siglo xx con mayor virulencia aún,
como sucedió con la revolución marxista, radicalmente atea.
Para esclarecer mejor este problema, hay que remontarse al período anterior
a la Ilustración y, específicamente, a la revolución que supuso el pensamiento
de Descartes en la filosofía. El cogito, ergo sum —pienso, luego existo—
comportaba una inversión en el modo de hacer filosofía. En la época
precartesiana, la filosofía, y por tanto el cogito, o más bien cognosco, estaba
subordinado al esse, que era considerado primordial. A Descartes, en cambio, el
esse le pareció secundario, mientras estimó que lo principal era el cogito. De
este modo, no solamente se producía un cambio de rumbo en el modo de filosofar,
sino también un abandono decisivo de lo que había sido la filosofía hasta
entonces y, particularmente, para santo Tomás de Aquino: la filosofía del esse.
Antes todo se interpretaba desde el prisma del esse y desde esta perspectiva se
buscaba una explicación a todo. Dios, como el Ser plenamente autosuficiente
(Ens subsistens), era considerado el fundamento indispensable de todo ens non
subsistens, ens participatum, de todos los seres creados y, por tanto, también
del hombre. El cogito, ergo sum supuso la ruptura con este modo de pensar. Lo
primordial era ahora el ens cogitans. Así pues, a partir de Descartes, la
filosofía se convierte en la ciencia del puro pensamiento: todo lo que es esse
—tanto el mundo creado como el Creador— permanece en el campo del cogito, como
contenido de la conciencia humana. La filosofía se ocupa de los seres en la
medida en que son contenidos de la conciencia y no en cuanto existentes fuera
de ella.
Llegados a este punto, conviene detenerse un poco en la tradición de la
filosofía polaca, particularmente en lo que sucedió tras la llegada al poder
del Partido Comunista. En las universidades se puso todo tipo de obstáculos a
cualquier forma de pensamiento filosófico que no respondiera al modelo
marxista. Y se hizo de un modo simple y radical, actuando contra los que
seguían otras corrientes de pensamiento filosófico. Es muy significativo que
entre los destituidos de sus cátedras estuvieran sobre todo los representantes
de la filosofía realista, incluidos los seguidores de la fenomenología realista,
como Roman Ingarden e Izydora Dàmbska, esta última de la escuela de
Lvov-Varsovia. La operación era más difícil con los representantes del tomismo,
porque enseñaban en la Universidad Católica de Lublín, en las facultades de
Teología de Varsovia y Cracovia, así como en los seminarios mayores. No
obstante, en un segundo momento, el sistema tampoco fue condescendiente con
ellos, aunque fuera con otros medios. Se recelaba también de otros prestigiosos
profesores universitarios que mantenían posturas críticas respecto al
materialismo dialéctico. Recuerdo en particular a Tadeusz Kotarbin´ski, Maria
Ossowska y Tadeusz Cze.zowski. Naturalmente, no se podían quitar del Ordo
académico cursos como los dedicados a la lógica y la metodología de las
ciencias; pero se podía obstaculizar de muchas formas a los profesores
«disidentes», limitando con cualquier medio su influjo en la formación de los
estudiantes.
Lo ocurrido en Polonia tras la subida al poder de los marxistas tuvo
consecuencias similares a las provocadas anteriormente en Europa occidental por
los procesos desarrollados a partir de la Ilustración. Se hablaba, entre otras
cosas, del «ocaso del realismo tomista», entendiendo con ello también el
abandono del cristianismo como fuente de un pensamiento filosófico. En
definitiva, se cuestionaba la posibilidad misma de llegar a Dios. En la lógica
del cogito, ergo sum, Dios se reducía sólo a un contenido de la conciencia
humana; no se le podía considerar como Quien es la razón última del sum humano.
Por ende, no se podía mantener como el Ens subsistens, el «Ser autosuficiente»,
como el Creador, Quien da la existencia, más aún, como Quien se entrega a sí
mismo en el misterio de la Encarnación, de la Redención y de la Gracia. El Dios
de la revelación dejaba de existir como el «Dios de los filósofos». Quedaba
únicamente la idea de Dios, como tema de una libre elaboración del pensamiento
humano.
De esta manera se desmoronaban también los fundamentos de la «filosofía del
mal». Porque el mal, en su sentido realista, sólo puede existir en relación al
bien y, en particular, a Dios, sumo Bien. De este mal habla precisamente el
libro del Génesis. Sólo desde esta perspectiva se puede entender el pecado
original y también cada pecado personal del hombre. Pero este mal fue redimido
por Cristo mediante la cruz. Más propiamente hablando, fue redimido el hombre,
quien, por medio de Cristo, ha sido hecho partícipe de la vida de Dios. Todo
esto, el gran drama de la historia de la Salvación, desapareció de la
mentalidad ilustrada. El hombre se había quedado solo; solo como creador de su
propia historia y de su propia civilización; solo como quien decide por sí
mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien existiría y continuaría
actuando etsi Deus non daretur, aunque Dios no existiera.
Pero si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo
que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos
sea aniquilado. Determinaciones de este tipo se tomaron, por ejemplo, en el
Tercer Reich por personas que, habiendo llegado al poder por medios
democráticos, se sirvieron de él para poner en práctica los perversos programas
de la ideología nacionalsocialista, que se inspiraba en presupuestos racistas.
Medidas análogas tomó también el Partido Comunista en la Unión Soviética y en
los países sometidos a la ideología marxista. En este contexto se perpetró el
exterminio de los judíos y también de otros grupos como los gitanos, los
campesinos en Ucrania y el clero ortodoxo y católico en Rusia, en Bielorrusia y
más allá de los Urales. De un modo parecido se persiguió a todas las personas
incómodas para el sistema, como, por ejemplo, a los ex combatientes de
septiembre de 1939, a los soldados del Ejército nacional en Polonia al terminar
la Segunda Guerra Mundial o a los intelectuales que no compartían la ideología
marxista o nazi. Generalmente se trataba del exterminio físico, pero a veces
también de una destrucción moral: se impedía más o menos drásticamente a la
persona el ejercicio de sus derechos.
A este propósito, no se puede omitir la referencia a una cuestión más actual
que nunca, y dolorosa. Después de la caída de los sistemas construidos sobre
las ideologías del mal, cesaron de hecho en esos países las formas de
exterminio apenas citadas. No obstante, se mantiene aún la destrucción legal de
vidas humanas concebidas, antes de su nacimiento. Y en este caso se trata de un
exterminio decidido incluso por parlamentos elegidos democráticamente, en los
cuales se invoca el progreso civil de la sociedad y de la humanidad entera.
Tampoco faltan otras formas graves de infringir la ley de Dios. Pienso, por
ejemplo, en las fuertes presiones del Parlamento Europeo para que se reconozcan
las uniones homosexuales como si fueran otra forma de familia, que tendría
también derecho a la adopción. Se puede, más aún, se debe, plantear la cuestión
sobre la presencia en este caso de otra ideología del mal, tal vez más
insidiosa y celada, que intenta instrumentalizar incluso los derechos del
hombre contra el hombre y contra la familia.
¿Por qué ocurre todo esto? ¿Cuál es la raíz de estas ideologías
postilustradas? La respuesta, en realidad, es sencilla: simplemente porque se
rechazó a Dios como Creador y, por ende, como fundamento para determinar lo que
es bueno y lo que es malo. Se rehusó la noción de lo que, de la manera más
profunda, nos constituye en seres humanos, es decir, el concepto de naturaleza
humana como «dato real», poniendo en su lugar un «producto del pensamiento»,
libremente formado y que cambia libremente según las circunstancias. Considero
que una reflexión atenta sobre esto podría conducirnos más allá de la fisura
cartesiana. Si queremos hablar sensatamente del mal y del bien, hemos de volver
a santo Tomás de Aquino, es decir, a la filosofía del ser. Con el método fenomenológico,
por ejemplo, se pueden analizar ciertas experiencias, como la moral, la
religiosa e incluso la de ser hombre, enriqueciendo así de modo significativo
nuestro conocimiento. Pero no se puede olvidar que todos estos análisis admiten
en cierto modo, de manera implícita, la realidad de la existencia humana como
un ser creado, y también
la realidad del Ser absoluto. Si no se parte de tales presupuestos
«realistas», se acaba moviéndose en el vacío.
El hombre tiene a veces la impresión de que el mal es omnipotente y domina
este mundo de manera absoluta. Según Su Santidad, ¿existe un límite
infranqueable para el mal?
He tenido la oportunidad de experimentar personalmente las «ideologías del
mal». Es algo que nunca se borra de la memoria. Primero fue el nazismo. Lo que
se podía ver en aquellos años era ya terrible. Pero muchos aspectos del nazismo
no se veían en aquel período. No todos se daban cuenta de la verdadera magnitud
del mal que se cernía sobre Europa, ni siquiera muchos de entre nosotros que
estaban en el centro mismo de aquel torbellino. Vivíamos sumidos en una gran
erupción del mal, y sólo gradualmente comenzamos a darnos cuenta de sus
dimensiones reales. Porque los responsables trataban a toda costa de ocultar
sus propios crímenes a los ojos del mundo. Tanto los nazis durante la guerra
como los comunistas después, en Europa Oriental, intentaban encubrir ante la
opinión pública lo que estaban haciendo. Durante mucho tiempo Occidente no
quiso creer en el exterminio de los judíos. Sólo después, todo esto salió a la
luz sin tapujos. Ni siquiera en Polonia se sabía todo lo que los nazis habían
hecho y hacían a los polacos ni lo que los soviéticos hicieron a los oficiales
polacos en Katyn´, e incluso la trágica historia de las deportaciones se
conocía sólo en parte.
Más tarde, una vez terminada la guerra, pensé para mí: Dios concedió al
hitlerismo doce años de existencia y, cumplido este plazo, el sistema sucumbió.
Por lo visto, éste fue el límite que la Divina Providencia impuso a semejante
locura. A decir verdad, no fue solamente una locura: fue una «bestialidad»,
como escribió Konstanty Michalski.2 El hecho es que la Divina Providencia
concedió sólo aquellos doce años al desenfreno de aquel furor bestial. Si el
comunismo ha sobrevivido más tiempo y tiene alguna perspectiva de un desarrollo
mayor, pensaba para mis adentros, debe ser por algún motivo.
En 1945, al terminar la guerra, el comunismo aparecía muy
fuerte y peligroso, mucho más que en 1920. Ya en aquel momento se tenía la
impresión de que los comunistas conquistarían Polonia e irían más allá, a
Europa Occidental, aspirando a la conquista del mundo. En realidad, no se llegó
a tanto. El «milagro del Vístula» realizado con la victoria de Pil-sudski en la
batalla contra el Ejército Rojo, aminoró las pretensiones soviéticas. Pero
después de la victoria sobre el nazismo en la Segunda Guerra Mundial, los
comunistas se sintieron envalentonados y se aprestaron con todo descaro a
conquistar el mundo o, al menos, Europa. Esto llevó inicialmente a la división
del continente en zonas de influencia, según el acuerdo logrado en la
Conferencia de Yalta en febrero de 1945. Un acuerdo respetado sólo en
apariencia por los comunistas, que lo violaron de hecho de muy diversas
maneras, ante todo con la invasión ideológica y la propaganda política, no sólo
en Europa, sino también en el resto del mundo. Me quedó entonces muy claro que
su dominio duraría mucho más tiempo que el del nazismo. ¿Cuánto? Era difícil de
prever. Lo que se podía pensar es que también este mal era en cierto sentido
necesario para el mundo y para el hombre. En efecto, en determinadas
circunstancias de la existencia humana parece que el mal sea en cierta medida
útil, en cuanto propicia ocasiones para el bien. ¿Acaso no fue Johann Wolfgang
von Goethe quien calificó al diablo como: «ein Teil von jener Kraft, die stets
das Böse will und stets das Gute schafft», una parte de esa fuerza que desea
siempre el mal y que termina siempre haciendo el bien?3 Por su parte, san Pablo
exhorta a este respecto: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al
mal con el bien» (Rm 12, 21). En
definitiva, tras la experiencia punzante del mal, se llega a practicar un bien
más grande.
Me he detenido en destacar el límite impuesto al mal en la historia de
Europa precisamente para mostrar que dicho límite es el bien; el bien divino y
humano que se ha manifestado en la misma historia, en el curso del siglo pasado
y también de muchos milenios. En todo caso, no se olvida fácilmente el mal que
se ha experimentado directamente. Sólo se puede perdonar. Y, ¿qué significa
perdonar, sino recurrir al bien, que es mayor que cualquier mal? Un bien que,
en definitiva, tiene su fuente únicamente en Dios. Sólo Dios es el Bien. El
límite impuesto al mal por el bien divino se ha incorporado a la historia del
hombre, a la historia de Europa en particular, por medio de Cristo. Así pues,
no se puede separar a Cristo de la historia del hombre. Lo dije durante mi
primera visita a Polonia, en Varsovia, en la Plaza de la Victoria. Dije
entonces que no se podía apartar a Cristo de la historia de mi nación. ¿Se le
puede apartar de la historia de cualquier nación? ¿Se le puede apartar de la
historia de Europa? De hecho, ¡sólo en Él todas las naciones y la humanidad
entera pueden «cruzar el umbral de la esperanza»!
¿Cómo hay que entender más concretamente este límite al mal del que estamos
hablando? ¿En qué consiste la esencia de este límite?
Cuando hablo del límite impuesto al mal, pienso ante todo en el límite
histórico que, por obra de la Providencia, ha circunscrito el mal de los
totalitarismos que se han afianzado en el siglo xx, el nacionalsocialismo y el
comunismo marxista. En esta perspectiva, me resulta difícil renunciar a otros
razonamientos de carácter teológico. No me refiero a ese tipo de reflexiones
que suelen llamarse a veces «teología de la historia». Se trata más bien de una
disquisición que intenta ir más a fondo, mediante una reflexión teológica,
hasta llegar a las raíces del mal, para descubrir la posibilidad de vencerlo
gracias a la obra de Cristo.
Quien puede poner un límite definitivo al mal es Dios
mismo. Él es la Justicia misma. Es Él quien premia el bien y castiga el mal en
perfecta correlación con la situación objetiva. Me refiero a todo mal moral, a
todo pecado. Ya en el paraíso terrenal aparece en el horizonte de la historia
humana el Dios que juzga y castiga. El libro del Génesis describe
detalladamente el castigo que recibieron los primeros padres después de haber
pecado (cf. Gn 3, 14-19). Y la pena
impuesta se extendió a toda la historia del hombre. En efecto, el pecado original
es hereditario. Como tal, indica una cierta pecaminosidad innata del hombre, su
arraigada inclinación hacia el mal en vez de hacia el bien. Hay en el hombre
una cierta debilidad congénita de naturaleza moral, que se une a la fragilidad
de su existencia y a su flaqueza psicofísica. Con ella se relacionan las
diversas desdichas que la Biblia, ya desde las primeras páginas, indica como
consecuencia del pecado.
Por tanto, puede decirse que la historia del hombre está
marcada desde el principio por el límite que Dios Creador pone al mal. El
Concilio Vaticano II ha enseñado mucho sobre este punto en la Constitución
pastoral Gaudium et spes. Valdría la pena citar aquí la exposición preliminar
que el Concilio dedica a la situación del hombre en el mundo de hoy, y no sólo
de hoy. Me limitaré a ciertos pasajes sobre el tema del pecado y de la
pecaminosidad del hombre: «Pues el hombre, al examinar su corazón, se descubre
también inclinado al mal e inmerso en muchos males que no pueden proceder de su
Creador, que es bueno. Negándose con frecuencia a reconocer a Dios como su
principio, rompió además el orden debido con respecto a su fin último y, al
mismo tiempo, toda su ordenación en relación consigo mismo, con todos los otros
hombres y con todas las cosas creadas. De ahí que el hombre esté dividido en su
interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una
lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las
tinieblas. Además, el hombre se encuentra hasta tal punto incapaz de vencer
eficazmente por sí mismo los ataques del mal, que cada uno se siente como atado
con cadenas. Pero el mismo Señor vino para liberar y fortalecer al hombre,
renovándolo interiormente y arrojando fuera al príncipe de este mundo (cf. Jn 12, 31), que lo retenía en la
esclavitud del pecado. Pues el pecado disminuye al hombre mismo impidiéndole la
consecución de su propia plenitud. A la luz de esta Revelación, tanto la
sublime vocación como la profunda miseria que los hombres experimentan
encuentran su razón última» (n. 13).
Así pues, no se puede hablar del «límite impuesto al mal» sin tener en
cuenta el alcance de las palabras citadas. Dios mismo ha venido para salvarnos,
para salvar al hombre del mal, y esta venida de Dios, este «Adviento» que
celebramos con tanto regocijo en las semanas previas a la Navidad, tiene un
carácter redentor. No se puede pensar en el límite puesto por Dios mismo al mal
en sus diferentes formas sin referirse al misterio de la Redención.
¿Acaso el misterio de la Redención es la respuesta a ese mal histórico que,
en sus diversas formas, reaparece una y otra vez en las vicisitudes del hombre?
¿Es también la respuesta al mal de nuestros tiempos? Se podría pensar que el
mal de los campos de concentración, de las cámaras de gas, de la crueldad de
ciertas actuaciones de los servicios policiales y, en fin, de la guerra total y
de los sistemas basados en la prepotencia —y que, dicho sea de paso, suprimían
sistemáticamente la presencia de la cruz—, es más fuerte que cualquier otro
bien. No obstante, examinando más atentamente la historia de los pueblos y
naciones que vivieron la desgracia de los sistemas totalitarios y de la
persecución por la fe, descubrimos que precisamente en ella se revela
claramente la presencia victoriosa de la cruz de Cristo. Y, sobre ese trasfondo
dramático, dicha presencia aparece quizás aún más impresionante. A los que
están sometidos a una actuación sistemática del mal, no les queda nada más que
Cristo y su cruz como fuente de autodefensa espiritual y como promesa de
victoria. ¿Acaso no se convirtió san Maximiliano Kolbe, con su sacrificio, en
un signo de victoria sobre el mal en el campo de exterminio en Auschwitz? ¿No
es ésta la historia
de santa Edith Stein —gran pensadora de la escuela de Husserl—, incinerada
en el crematorio en Birkenau, que compartió así el destino de muchos hijos e
hijas de Israel? Además de estas dos figuras que suelen citarse juntas, hay
muchos otros que, en aquella dolorosa historia, destacaron entre sus compañeros
de prisión por la grandeza del testimonio que dieron
de Cristo crucificado y resucitado.
El misterio de la Redención de Cristo está arraigado muy profundamente en
nuestra existencia. La vida contemporánea está dominada por la civilización
técnica; pero también ella es iluminada por este misterio, como nos lo ha
recordado el Concilio Vaticano II: «Por consiguiente, si alguien pregunta cómo
se puede superar aquella miseria, los cristianos proclamarán que todas las
actividades del hombre, que la soberbia y el amor desordenado de sí mismo ponen
cada día en peligro, deben ser purificadas y llevadas a la perfección por la
cruz y la Resurrección de Cristo. Pues, redimido por Cristo y hecho criatura
nueva en el Espíritu Santo, el hombre puede y debe amar las cosas mismas
creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como
provenientes de la mano de Dios. Dando gracias por ellas a su Bienhechor, y
usando y gozando de las criaturas con pobreza y libertad de espíritu, entra en
la verdadera posesión del mundo como quien no tiene nada y lo posee todo.»4
Se puede decir que, a lo largo de toda la Constitución Gaudium et spes, el
Concilio desarrolla la visión del mundo descrita al inicio del documento: el
Concilio «tiene, pues, ante sus ojos el mundo de los hombres, es decir, toda la
familia humana con la universalidad de las realidades entre las que ésta vive;
el mundo, teatro de la historia del género humano, marcado por su destreza, sus
derrotas y sus victorias; el mundo que los fieles cristianos creen creado y
conservado por el amor del Creador, colocado ciertamente bajo la esclavitud del
pecado, pero liberado por Cristo crucificado y resucitado, una vez que fue
quebrantado el poder del maligno, para que se transforme, según el designio de
Dios, y llegue a su consumación» (n. 2).
Se puede notar, hojeando las páginas de la Gaudium et spes, que insiste
siempre en las «palabras clave»: cruz, Resurrección, misterio pascual. Todas
ellas en conjunto dicen: Redención. El mundo ha sido redimido por Dios. A este
propósito, los escolásticos usaban la expresión de status naturae redemptae,
estado de naturaleza redimida. Aunque el Concilio casi no usa la palabra
«Redención», se refiere no obstante a ella en numerosos pasajes. En el lenguaje
conciliar, la Redención es concebida como el momento del misterio pascual que
culmina en la Resurrección. ¿Hubo alguna razón para una opción de este tipo?
Cuando he conocido más de cerca la teología oriental, he comprendido mejor que
en esta formulación conciliar subyacía una dimensión ecuménica importante. La
acentuación en la Resurrección destacaba la espiritualidad de los grandes
Padres del Cristianismo de Oriente. La Redención es el límite divino impuesto
al mal por la simple razón de que en ella el mal es vencido radicalmente por el
bien, el odio por el amor, la muerte por la Resurrección.
A la luz de estas consideraciones surge la exigencia de una respuesta más completa
a la cuestión sobre la naturaleza de la Redención. ¿Qué es la Redención en el
contexto de la contienda entre el bien y el mal en que vive el hombre?
Esta contienda se ilustra a veces con la figura de la balanza. Usando este
símbolo, se puede decir que Dios, ofreciendo el sacrificio de su propio Hijo en
la cruz, ha puesto esta expiación de valor infinito en el platillo del bien,
para que, en definitiva, éste pueda prevalecer siempre. La palabra «Redentor»,
que en polaco se dice Odkupiciel, hace referencia al verbo odkupic´, que
significa «readquirir». Es lo que ocurre también con el término latino
Redemptor, cuya etimología se relaciona con el verbo redimere (readquirir).
Justamente este análisis lingüístico nos puede acercar a la comprensión de la realidad
de la Redención.
Con ella se relacionan estrechamente los conceptos de
remisión y justificación. Ambos términos pertenecen al lenguaje del Evangelio.
Cristo perdonaba los pecados, haciendo hincapié en que el Hijo del hombre tiene
poder para hacerlo. Cuando le trajeron a un hombre paralítico, lo primero que
dijo fue: «Hijo, tus pecados quedan perdonados» (Mc 2, 5); después añadió: «Levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc
2, 11). Así, aunque de modo indirecto, puso de relieve que el pecado es un
mal mayor que la parálisis del cuerpo. También después de la Resurrección,
cuando entró por primera vez en el cenáculo donde estaban reunidos los
Apóstoles, les mostró las manos y el costado, exhaló su aliento sobre ellos y a
continuación les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a los que se los retengáis, les quedan
retenidos» (Jn 20, 22-23). De esta
manera, Cristo reveló que el poder de perdonar los pecados, que pertenece sólo
a Dios, se lo ha concedido a la Iglesia. Confirmó al mismo tiempo, una vez más,
que el pecado es el mal más grande del que el hombre necesita ser liberado,
manifestando asimismo que se ha confiado a la Iglesia la facultad de llevar a
cabo dicha liberación, en virtud de la muerte y Resurrección de Cristo.
San Pablo expresa la misma verdad de manera aún más
profunda con el concepto de justificación. En las Cartas del Apóstol —sobre
todo en las dirigidas a los Romanos y a los Gálatas— la doctrina sobre la
justificación tiene incluso una connotación polémica. Pablo, educado en las
escuelas de los fariseos, especialistas en el estudio de la antigua alianza,
critica la idea de que la fuente de la justificación es la Ley. Sostiene que,
en realidad, el hombre no tiene acceso a la justificación por los actos que
prescribe la Ley ni, en particular, por la observancia de las numerosas
prescripciones de carácter ritual, a las que ellos daban tanta importancia. La
justificación tiene su fuente en la fe en Cristo (cf. Ga 2, 15-21). Cristo crucificado es
quien justifica al hombre pecador cada vez que éste, apoyándose en la fe en su
Redención, se arrepiente de sus pecados, se convierte y regresa a Dios como a
su propio Padre. Así pues, el concepto de justificación, desde un cierto punto
de vista, manifiesta aún más profundamente el contenido del misterio de la
Redención. Para ser justificados ante Dios no bastan los esfuerzos humanos. Es
necesario que actúe la gracia que proviene del sacrificio de Cristo. Porque
sólo el sacrificio de Cristo en la cruz tiene el poder de conceder al hombre la
justicia ante Dios.
La Resurrección de Cristo pone de relieve que sólo la
medida del bien instaurado por Dios en la historia del hombre mediante el
misterio de la Redención es capaz de satisfacer plenamente la verdad del ser
humano. El misterio pascual se convierte así en la medida definitiva de la
existencia del hombre en el mundo creado por Dios. En este misterio, no sólo se
nos revela la verdad escatológica, la plenitud del Evangelio, la Buena Nueva.
En él resplandece también una luz que se difunde sobre toda la existencia
humana en su dimensión temporal y que, en consecuencia, se refleja en todo el
mundo creado. Por su Resurrección, Cristo «justificó», por así decir, la obra
de la creación y, especialmente, la creación del hombre, en el sentido de que
reveló la «medida apropiada» del bien que Dios concibió en el inicio de la
historia humana. Una medida que no es sólo la prevista por Él en la creación y
empañada después por el hombre con el pecado. Es una medida superabundante, en
que el designio original se realiza de una manera aún más plena (cf. Gn 3, 14-15). En Cristo, el hombre
está llamado a una vida nueva, la vida del hijo en el Hijo, expresión perfecta
de la gloria de Dios: gloria Dei vivens homo, la gloria de Dios es el hombre
viviente.5
La Redención, la remisión, la justificación son, pues, la expresión del amor
de Dios y de su misericordia para con el hombre. ¿Qué relación hay entre el
misterio de la Redención y la libertad humana? ¿Cómo se presenta, a la luz de
la Redención, el camino que ha de tomar el hombre para realizar de lleno su
propia libertad?
En el misterio de la Redención se concede al hombre la
victoria de Cristo sobre el mal, no sólo como un beneficio personal, sino
también como tarea. El hombre la asume emprendiendo el camino de la vida
interior, que consiste en un trabajo consciente sobre sí mismo, ese trabajo del
cual Cristo es el Maestro. El Evangelio llama al hombre para que tome
precisamente este camino. El «sígueme» de Cristo aparece en muchas páginas del
Evangelio y se refiere a distintas personas, no solamente a aquellos pescadores
de Galilea que Cristo llama para hacerlos sus Apóstoles (cf. Mt 4, 19; Mc 1, 17; Jn 1, 43), sino también, por ejemplo,
al joven rico que mencionan los Sinópticos (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10, 17-22; Lc 18, 18-23). La conversación de
Jesús con este joven es uno de esos textos clave a los que hay que volver de
continuo desde diversos puntos de vista, como hice, por ejemplo, en la
Encíclica Veritatis splendor (cf. nn. 6-27).
El «sígueme» es una invitación a recorrer el camino por el que nos lleva la
dinámica interior del misterio de la Redención. Es el camino al que se refiere
la doctrina, tan difundida por los tratados sobre la vida espiritual y las
experiencias místicas, acerca de las tres etapas que ha de recorrer quien
quiere «imitar a Cristo». A estas etapas se las llama a veces «vías». Y, en
este caso, se habla de vía purificativa, iluminativa y unitiva. Pero no son
tres caminos diferentes, sino tres etapas del mismo y único camino, al cual
Cristo llama a cada hombre, como antaño llamó al joven del Evangelio.
Cuando el joven pregunta: «Maestro, ¿qué tengo que hacer
de bueno para obtener la vida eterna?», Jesús contesta: «Si quieres entrar en
la vida, guarda los mandamientos» (Mt
19, 16-17 y par.). Y cuando el joven insiste y pregunta, «¿cuáles?», Jesús
se limita a recordar los principales mandamientos de la Ley, sobre todo los de
la llamada «segunda tabla», es decir, los que se refieren al trato con el
prójimo. Por otro lado, es sabido que en la enseñanza de Jesús todos los
mandamientos se resumen en el mandamiento del amor a Dios sobre todas las cosas
y al prójimo como a sí mismo. Lo dijo expresamente a un doctor de la ley que le
preguntó sobre esto (cf. Mt 22, 34-40;
Mc 12, 28-31). La observancia de
los mandamientos, entendiéndola bien, equivale a la vía purificativa. En
efecto, significa vencer el pecado, el mal moral en sus distintas formas. Y
esto comporta una progresiva purificación interior.
A su vez, esto lleva a descubrir los valores. Por tanto, se puede afirmar
que la vía purificativa desemboca de manera orgánica en la iluminativa. Porque
los valores son las luces que iluminan la existencia y, a medida que el hombre
se trabaja a sí mismo, brillan cada vez más intensamente en el horizonte de su
vida. Paralelamente, pues, a la observancia de los mandamientos —que tiene un
carácter predominantemente purificador— se desarrollan en el hombre las
virtudes. Así, por ejemplo, observan-do el mandamiento de «no matar», el hombre
descubre el valor de la vida en sus diferentes aspectos y aprende a respetarla
cada vez más profundamente. Con la observancia del mandamiento «no cometerás adulterio»,
practica la virtud de la pureza, lo que significa conocer cada vez mejor la
belleza desinteresada del cuerpo humano, de la masculinidad y la feminidad.
Precisamente esta belleza gratuita se convierte en luz para sus actos. Al
observar el mandamiento de «no dar falso testimonio», descubre la virtud de la
veracidad. No sólo excluye de su vida todo tipo de mentira e hipocresía, sino
que desarrolla en sí una especie de «instinto de verdad» que orienta todo su
comportamiento. Y, al vivir en la verdad, adquiere en su propia humanidad una
«veracidad» connatural.
De esta manera, la etapa iluminativa del camino de la vida interior surge
gradualmente de la etapa de purificación. Con el pasar del tiempo, el hombre
que sigue con perseverancia al Maestro, que es Cristo, siente cada vez menos en
sí la fatiga de luchar contra el pecado y experimenta más el gozo de la luz de
Dios que impregna toda la Creación. Esto es de suma importancia, porque permite
al hombre salir de una situación interior más sometida al riesgo de pecar
—que, no obstante, sigue siempre al acecho, en mayor o menor grado, en la
vida terrena— y moverse más libremente por todo el mundo creado. Conserva esta
libertad y sencillez ciertamente en el trato con los seres humanos, también con
los de sexo diverso al propio. La luz interior ilumina sus actos y abre sus
ojos al bien del mundo creado, que proviene de la mano de Dios. De esta manera,
el camino purificador primero, e iluminador después, lleva de manera progresiva
a lo que se llama la vía unitiva. Es la última etapa del camino interior, en la
que el alma experimenta una particular unión con Dios. Dicha unión se produce
en la contemplación del Ser divino y en la experiencia de amor que surge en
ella con creciente intensidad. Se anticipa así, en cierta medida, la condición
del hombre en la eternidad, más allá del confín de la muerte y del sepulcro. En
efecto, Cristo, como supremo Maestro de la vida espiritual del hombre, y
también cuantos se han formado en su escuela, enseñan que ya en esta vida se puede
emprender el camino de unión con Dios.
La Constitución dogmática Lumen gentium (n. 36) dice:
«Cristo, se hizo obediente hasta la muerte y por esto el Padre lo exaltó (cf. Flp 2, 8-9), y entró en la gloria de
su reino. A Él le están sometidas todas las cosas hasta que Él se someta al
Padre junto con todo lo creado para que Dios sea todo en todo (cf. 1Co 15, 27-28).» Como se ve, el
Concilio se mueve en un contexto muy amplio, explicando en qué consiste la
participación en la misión de Cristo como Rey del Universo. Y, al mismo tiempo,
estas palabras conciliares nos ayudan a entender cómo se puede realizar la
unión con Dios en la vida terrenal. Si el camino indicado por Cristo conduce en
definitiva a que «Dios sea todo en todo», la unión con Dios se realiza en esta
vida precisamente siguiendo este mismo principio. El hombre encuentra a Dios
creador en todo, y está en contacto con Él en todo y a través de todo. Los
seres creados dejan de ser para él una amenaza, como ocurría en la etapa del
camino de purificación. Los seres, y especialmente las personas, no solamente
recuperan la propia luz, puesta en ellas por Dios, sino que, si puede decirse
así, «facilitan el acceso» a Dios mismo, tal como Él mismo ha querido revelarse
al hombre: como Padre, como Redentor y como Esposo.
Después de la caída de los sistemas totalitarios, en los que el sometimiento
de los hombres a la esclavitud llegó al cenit, se abrió para los ciudadanos
oprimidos la perspectiva de la libertad, es decir, la posibilidad de decidir de
sí y por sí mismos. Hay muchas opiniones a este propósito. La cuestión de fondo
es cómo aprovechar esta posibilidad de decidir libremente, evitando en el
futuro un retorno del mal inherente a estos sistemas e ideologías.
Después de la caída de los sistemas totalitarios, las sociedades se
sintieron libres, pero casi simultáneamente surgió un problema de fondo: el del
uso de la libertad. Es un problema que no sólo tiene una dimensión individual
sino también colectiva. Por eso requiere una solución en cierto modo
sistemática. Si soy libre, significa que puedo usar bien o mal mi propia libertad.
Si la uso bien, yo mismo me hago bueno, y el bien que realizo influye
positivamente en quien me rodea. Si, por el contrario, la uso mal, la
consecuencia será el arraigo y la propagación del mal en mí y en mi entorno. El
peligro de la situación actual consiste en que, en el uso de la libertad, se
pretende prescindir de la dimensión ética, de la consideración del bien y el
mal moral. Ciertos modos de entender la libertad, que hoy tienen gran eco en la
opinión pública, distraen la atención del hombre sobre la responsabilidad
ética. Hoy se hace hincapié únicamente en la libertad. Se dice que lo
importante es ser libre; serlo del todo, sin frenos ni ataduras, obrando según
los propios juicios que, en realidad, son frecuentemente simples caprichos.
Ciertamente, una tal forma de liberalismo merece el calificativo de simplista.
Pero, en cualquier caso, su influjo es potencialmente devastador.
No obstante, se ha de añadir inmediatamente que las tradiciones europeas, en
particular las del período iluminista, reconocen la necesidad de un criterio
regulador en el uso de la libertad. Pero dicho criterio no se fijó en el bien
honesto (bonum honestum), sino más bien en la utilidad o el placer. Esto es un
elemento de gran importancia en la tradición del pensamiento europeo, al que se
debe prestar un poco más de atención.
En el obrar humano, las diversas facultades espirituales tienden a la
síntesis. En esta síntesis, la voluntad hace de guía. El sujeto imprime así en
su comportamiento la propia racionalidad. Los actos humanos son libres y, como
tales, comportan la responsabilidad del sujeto. El hombre quiere un determinado
bien y se decide por él; por tanto, es responsable de su opción.
En el trasfondo de esta concepción del bien, metafísica y antropológica al
mismo tiempo, se impone una distinción de carácter específicamente ético. Es la
distinción entre el bien honesto (bonum honestum), el bien útil (bonum utile) y
el bien deleitable (bonum detectabile). Estas tres especies de bien definen de
manera orgánica el obrar del hombre. En su comportamiento, escoge un cierto
bien, que se convierte en el fin de su acción. Si el sujeto opta por un bonum
honestum, su fin se identifica con la esencia misma del objeto de su acción y,
por ende, es un fin honesto. Cuando, por el contrario, el objeto de su decisión
es un bonum utile, el fin es el provecho que comporta para sí mismo. La
cuestión de la moralidad de la acción sigue aún abierta: sólo cuando la acción
que comporta un provecho es honesta, y son honestos también los medios utilizados,
el fin pretendido por el sujeto puede considerarse honesto. Justamente en este
punto comienza la separación entre la tradición ética aristotélico-tomista y el
utilitarismo moderno.
El utilitarismo ha descartado la primera y fundamental dimensión del bien,
la del bonum honestum. La antropología utilitarista y la ética que se deriva,
parten de la convicción de que el hombre tiende básicamente al interés propio o
del grupo al que pertenece. En suma, el fin de su acción es el beneficio
personal o corporativo. Naturalmente, también el bonum delectabile fue
examinado por la tradición aristotélico-tomista. En su reflexión ética, los
grandes pensadores de esta corriente se daban cuenta perfectamente de que la
puesta en práctica de un bien honesto comporta siempre un gozo interior, la
dicha del bien. En el pensamiento utilitarista, la dimensión del
bien y la dicha que comporta ha pasado a segundo plano en favor de la
búsqueda de la utilidad y del placer. El bonum delectabile del pensamiento
tomista se ha emancipado en cierto modo en los nuevos planteamientos,
convirtiéndose en un bien por sí solo. Según la visión utilitarista, el hombre
busca con sus acciones ante todo el provecho, no lo digno (honestum). Es cierto
que utilitaristas como Jeremy Bentham o John Stuart Mill subrayan que no se
trata únicamente de los placeres de los sentidos. Hay también placeres
espirituales. Y sostienen que deben tenerse en cuenta, a la hora de hacer el
llamado «cálculo de los placeres». Precisamente este cálculo, según su modo de
pensar, es la expresión «normativa» de la ética utilitarista: el máximo placer
para el mayor número de personas. A esta perspectiva se debe adecuar el
proceder del hombre y la cooperación entre los hombres.
Una respuesta a la ética utilitarista se encuentra en la filosofía de
Immanuel Kant. El filósofo de Königsberg se percató con acierto de que poner el
placer en primer plano en el análisis del obrar humano es peligroso e hipoteca
la esencia misma de la moralidad. En su visión apriorística de la realidad, Kant
cuestionó simultáneamente dos cosas, a saber, el placer y la utilidad. Pero no
retomó la tradición del bonum honestum. Basó más bien toda la moralidad humana
en las formas a priori de la razón práctica, que tienen carácter imperativo.
Para la moral, es esencial el imperativo categórico que, según él, se expresa
con la fórmula: «Actúa únicamente según la norma que deseas y que al mismo
tiempo desees que se convierta en una ley universal.»1
Hay también una segunda forma del imperativo categórico, que pone a la
persona en el lugar que le corresponde en el orden moral. Su formulación es la
siguiente: «Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto la tuya como la
de las otras personas, siempre y simultáneamente como fin y nunca como medio.»2
En esta forma, el fin y el medio se reincorporan al pensamiento ético de Kant,
pero no como categorías de orden primario, sino secundario. La categoría de
orden primario es la persona. En cierto modo, Kant ha puesto las bases del
personalismo ético moderno. Desde el punto de vista del desarrollo de la
reflexión ética es una etapa muy importante. También los neotomistas han
asumido el principio del personalismo, apoyándose en la concepción de santo
Tomás del bonum honestum, bonum utile y bonum delectabile.
En esta exposición sintética se ve claro cómo la cuestión del uso apropiado
de la libertad se entrelaza estrechamente con la reflexión sobre el tema del
bien y del mal. Es una cuestión apasionante no sólo desde el punto de vista
práctico, sino también teórico. Puesto que la ética es la ciencia filosófica
que trata del bien y del mal moral, debe basar su criterio fundamental de
valoración en esa propiedad esencial de la voluntad humana que es la libertad.
El hombre puede hacer el bien o el mal, porque su voluntad es libre, pero
también falible. Cuando decide, lo hace siempre a la luz de algún criterio, que
puede ser la bondad objetiva o bien el provecho en sentido utilitarista. Con la
ética del imperativo categórico, Kant puso de relieve con buen juicio la
obligatoriedad en las decisiones morales del hombre; pero, al mismo tiempo, se
apartó de lo que es el criterio verdaderamente objetivo de tales decisiones:
destacó la obligatoriedad subjetiva, pero descuidó lo que es el fundamento de
la moral, es decir, el bonum honestum. Por lo que se refiere al bonum
delectabile, tal como lo entendieron los utilitaristas anglosajones, Kant lo
excluyó esencialmente del ámbito de la moral.
Todo el razonamiento hecho hasta ahora sobre la teoría del bien y el mal
pertenece a la filosofía moral. Dediqué varios años de trabajo en la
Universidad Católica de Lublín a estas cuestiones. He expuesto mis reflexiones
a este respecto en el libro Amor y responsabilidad, y después en el estudio
Persona y acción, así como, en una etapa posterior, en las catequesis de los
miércoles, publicadas con el título Varón y mujer. Lecturas posteriores e
investigaciones llevadas a cabo durante el seminario de ética en Lublín me han
llevado a ver más claro aún lo mucho que representa esta problemática en
diferentes pensadores contemporáneos: en Max Scheler y en otros fenomenólogos,
en Jean-Paul Sartre, en Emmanuel Levinas y Paul Ricoeur, pero también en
Vladimir Solovëv, por no hablar de Fëdor Michajlovic? Dostoëvskij. A través de
esos análisis de la realidad antropológica, se transparenta de diversos modos
la aspiración humana a la Redención y se confirma la necesidad del Redentor
para la salvación del hombre.
La historia reciente nos ha aportado amplia, y trágicamente elocuente, documentación
sobre el mal uso de la libertad. No obstante, queda por aclarar, en positivo,
en qué consiste y para qué sirve la libertad.
Nos adentramos en un problema que, si ya era importante en el pasado, lo es
mucho más aún en el presente, tras los acontecimientos del año 1989. ¿Qué es la
libertad humana? La respuesta se puede entrever ya en Aristóteles. Para él, la
libertad es una propiedad de la voluntad que se realiza por medio de la verdad.
Al hombre se le da como tarea que cumplir. No existe libertad sin la verdad. La
libertad es una categoría ética. Aristóteles lo enseña ante todo en su Ética a
Nicómaco, construida sobre la base de la verdad racional. Esta ética natural
fue adoptada básicamente por santo Tomás en su Summa Theologiae. De este modo, la
Ética a Nicómaco ha permanecido viva en la historia de la moral, pero ya con
los rasgos de una ética cristiana tomista.
Santo Tomás utilizó la estructura del sistema aristotélico de las virtudes.
El bien que tiene ante sí la libertad humana para cumplirlo es precisamente el
bien de la virtud. Se trata sobre todo de las llamadas cuatro virtudes
cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La prudencia tiene una
función de guía. La justicia regula el orden social. La fortaleza y la
templanza, por su parte, armonizan el orden interior en el hombre,
estableciendo el bien en relación con la impetuosidad y con la concupiscencia
humanas: vis irascibilis-vis concupiscibilis. Así pues, en el fondo de la Ética
a Nicómaco se encuentra claramente una auténtica antropología.
En el sistema de las virtudes cardinales se insertan las otras virtudes,
subordinadas a ellas de diversas maneras. Se puede decir que dicho sistema, del
cual depende la autorrealización de la libertad humana en la verdad, es
exhaustivo. No es un sistema abstracto y apriorístico. Aristóteles toma pie en
la experiencia del sujeto moral. También santo Tomás se basa en la experiencia
moral, pero, al mismo tiempo, busca para ella las luces provenientes de la
Sagrada Escritura. La mayor de todas ellas es el mandamiento del amor a Dios y
al prójimo. En él, la libertad humana encuentra su más plena realización. La
libertad es para el amor: su realización mediante el amor puede alcanzar
incluso un grado heroico. Cristo, en efecto, habla de «dar la vida» por el
hermano, por otro ser humano. En la historia del cristianismo no faltan
quienes, de diversas maneras, «entregaron su vida» por el prójimo, y lo
hicieron para imitar el ejemplo de Cristo. Es lo que han hecho especialmente
los mártires, cuyo testimonio acompaña al cristianismo desde los tiempos
apostólicos hasta nuestros días. El siglo xx ha sido el gran siglo de los
mártires cristianos, tanto en la Iglesia católica como en otras Iglesias y
Comunidades eclesiales.
Volviendo de nuevo a Aristóteles, se debe añadir que, además de la Ética a
Nicómaco, dejó también otra obra sobre la ética social titulada Política. No
plantea en ella cuestiones sobre las estrategias concretas de la vida política,
sino que se limita a definir los principios éticos que deberían regir todo
sistema político justo. A la Política de Aristóteles se remite de manera
particular la doctrina social católica, que ha adquirido un notable relieve en
los tiempos modernos por el impacto de la cuestión obrera. Desde la gran
Encíclica de León XIII Rerum novarum, de 1891, el siglo xx se ha caracterizado
por una serie
de documentos del Magisterio de una importancia esencial para las numerosas
cuestiones que progresivamente han ido surgiendo en el campo social. La
Encíclica Quadragesimo anno, de Pío XI, publicada con ocasión del cuarenta
aniversario de la Rerum novarum, afronta directamente la cuestión obrera. Por
su parte, Juan XXIII, en la Mater et magistra, aborda con profundidad la
cuestión de la justicia social con referencia al gran sector de los
trabajadores del campo; después, en la Encíclica Pacem in terris, traza los
grandes principios para una paz justa y un nuevo orden internacional, retomando
y desarrollando los principios formulados ya en algunas alocuciones importantes
de Pío XII. Pablo VI, en la Carta apostólica Octogesima adveniens, vuelve sobre
la cuestión del trabajo industrial, mientras que en la Encíclica Populorum
progressio se centra especialmente en el análisis de las características del
desarrollo justo. Toda esta problemática sería también objeto de reflexión para
los Padres del Concilio Vaticano II, y se afrontó sobre todo en la Constitución
Gaudium et spes. El documento conciliar, tomando como punto de partida la
cuestión fundamental de la vocación de la persona humana, analiza una tras otra
sus múltiples dimensiones. En particular, trata detenidamente sobre el
matrimonio y la familia, se cuestiona sobre la cultura, afronta las complejas
cuestiones de la vida económica, política y social, tanto en el ámbito nacional
como internacional. Yo mismo he vuelto a tratar sobre esto último en dos
Encíclicas: la Sollicitudo rei socialis y la Centesimus annus. Pero ya antes
había dedicado otra Encíclica específica al trabajo humano, la Laborem
exercens. Estaba prevista para el noventa aniversario de la Rerum novarum,
aunque se publicó con cierto retraso a causa del atentado contra la vida del
Papa.
Se puede decir que en la raíz de todos estos documentos del Magisterio se
encuentra el tema de la libertad del hombre. El Creador ha dado al hombre la
libertad como don y tarea a la vez. Porque el hombre, mediante la libertad,
está llamado a acoger y realizar el verdadero bien. Ejerce su libertad en la
verdad eligiendo y cumpliendo el bien verdadero en la vida personal y familiar,
en la realidad económica y política, en el ámbito nacional e internacional.
Esto le permite evitar o superar las posibles desviaciones que se han dado en
la historia. Una de ellas fue, seguramente, el maquiavelismo renacentista; pero
también lo han sido distintas formas de utilitarismo social, como el basado en
las clases (marxismo) o en la nación (nacionalsocialismo, fascismo). Una vez
desaparecidos estos dos sistemas en Europa, se ha planteado en las sociedades,
especialmente en las del antiguo bloque soviético, el problema del liberalismo.
Éste fue muy discutido con ocasión de la Encíclica Centesimus annus y, desde
otro aspecto, con motivo de la Encíclica Veritatis splendor. En estas
discusiones vuelven a plantearse las eternas cuestiones que ya a finales del siglo
xix había tratado León XIII, el cual dedicó varias Encíclicas a la problemática
de la libertad.
Tras este rápido análisis y en líneas generales de la historia de las ideas
sobre este tema, se ve cuán fundamental es la cuestión de la libertad humana.
La libertad es auténtica en la medida que realiza el verdadero bien. Sólo
entonces ella misma es un bien. Si deja de estar vinculada con la verdad y
comienza a considerar ésta como dependiente de la libertad, pone las premisas
de unas consecuencias morales dañosas, de dimensiones a veces incalculables. En
este caso, el abuso de la libertad provoca una reacción que toma la forma de
uno u otro sistema totalitario. También ésta es una forma de corrupción de la
libertad, de la que en el siglo xx, y no sólo en él, hemos experimentado las
consecuencias.
Santo Padre, Usted ha sido testigo directo de un largo y difícil período
histórico de Polonia y de los países del antiguo bloque oriental (1939-1989).
¿Qué enseñanzas estima que pueden desprenderse de las experiencias vividas en
su país natal y en particular de lo que la Iglesia ha experimentado en Polonia
durante este
período?
Los cincuenta años de lucha contra el totalitarismo son un período no exento
de significado providencial: en él se puso de manifiesto la necesidad social de
autodefensa ante el sometimiento de todo un pueblo. Se trató de una autodefensa
que no actuaba únicamente desde una postura negativa. La sociedad no solamente
rechazaba el hitlerismo como el sistema que pretendía destruir a Polonia, como
tampoco después se opuso al comunismo como el sistema impuesto desde el Este,
sino que, con su resistencia, aspiraba a mantener ideales de gran contenido
positivo. Quiero decir que no se trataba simplemente de rechazar dichos
sistemas hostiles. En aquellos años se recuperaron y confirmaron también
valores fundamentales que daban vida al pueblo y a los cuales quería mantenerse
fiel. Me refiero tanto al período relativamente breve de la ocupación alemana
como a los cuarenta años de dominación comunista durante la República Popular
de Polonia.
Este proceso, ¿fue del todo consciente? ¿Fue un proceso en cierta medida
instintivo? Es posible que en muchos casos mostrase un carácter más bien
instintivo. Con su oposición, los polacos expresaban, más que una opción
fundada en motivos teóricos, simplemente el hecho de que se sentían obligados a
oponerse. Era una cuestión de instinto o de intuición, si bien todo ello haya
favorecido también una toma de conciencia más profunda de los valores
religiosos y civiles que subyacían en su rechazo, en una medida jamás conocida
antes en la historia de Polonia.
Deseo citar aquí la conversación que tuve durante mis estudios en Roma con
uno de mis colegas del Colegio, un flamenco de Bélgica. Este joven sacerdote
estaba vinculado a la obra de Don Joseph Cardijn, nombrado después cardenal. Se
conoce dicha obra con la sigla JOC, o sea, la Jeunesse Ouvrière Chrétienne.
Hablábamos de la situación creada en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Mi
colega me dijo más o menos estas palabras: «Dios ha permitido que la
experiencia de un mal como el comunismo les haya tocado a ustedes... Y, ¿por
qué lo ha permitido?» Él mismo respondió a la pregunta de un modo que considero
sintomático: «Se nos libró en Occidente, tal vez porque no hubiéramos sido
capaces de soportar una prueba semejante, mientras que ustedes la aguantarán.»
Esta frase del joven flamenco se me grabó en la memoria. En cierta medida tenía
un significado profético. A menudo vuelvo a pensar en ello y veo cada vez más
claramente en estas palabras un diagnóstico certero.
Naturalmente, no se puede simplificar demasiado el problema, enfatizando una
visión dicotómica de una Europa dividida entre Este y Oeste. Los países de
Europa occidental tienen una tradición cristiana más antigua. En ellos, la
cultura cristiana ha alcanzado las cotas más altas. Son naciones que han
enriquecido a la Iglesia con un gran número de santos. En Europa occidental han
florecido obras de arte estupendas: las majestuosas catedrales románicas y
góticas, las basílicas barrocas, la pintura de Giotto, del Beato Angélico y de
los innumerables artistas de los siglos xv y xvi, las esculturas de Miguel
Ángel, la Cúpula de San Pedro y la Capilla Sixtina. En ella nacieron las Sumas
teológicas, entre las que descuella la de santo Tomás de Aquino; se han forjado
las más valiosas tradiciones de la espiritualidad cristiana, las obras de los
místicos y de las místicas de los países germanos, los escritos de santa
Catalina de Siena en Italia, de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz
en España. En ella surgieron las grandes Órdenes monásticas, desde la de San
Benito, que con razón es llamado padre y educador de toda Europa, las
beneméritas Órdenes mendicantes, como los Franciscanos y Dominicos, entre
otros, y las Congregaciones de la Reforma católica y de los siglos sucesivos,
que han aportado, y siguen aportando, tanto bien a la Iglesia. La gran epopeya
misionera ha tomado sus recursos sobre todo del Occidente europeo, y hoy surgen
en él movimientos apostólicos magníficos y dinámicos, cuyo testimonio da buenos
frutos también en el orden temporal. En este sentido, se puede decir que Cristo
es siempre la «piedra angular» de la construcción y de la reconstrucción de las
sociedades del Occidente cristiano.
Pero no se puede ignorar, al mismo tiempo, el insistente resurgir del
rechazo a Cristo. Se ven de continuo los signos de una civilización distinta de
aquella cuya «piedra angular» es Cristo, una civilización que, aunque no sea
atea por sistema, es ciertamente positivista y agnóstica, puesto que se inspira
en el principio de que se debe pensar y actuar como si Dios no existiera. Este
planteamiento se aprecia fácilmente en la llamada mentalidad científica, o más
bien cientificista, pero también en la literatura contemporánea y, sobre todo,
en los medios de comunicación de masas. Y vivir como si Dios no existiera,
significa colocarse fuera de las coordenadas del bien y del mal, es decir,
fuera del contexto de los valores, de los cuales Él mismo, Dios, es la fuente.
Se pretende que sea el hombre mismo quien decida sobre lo que es bueno o malo.
Y este programa se sugiere y divulga de muchos modos y desde diversos sectores.
Si por un lado Occidente sigue dando testimonio de la acción del fermento
evangélico, por otro, no son menos turbulentas las corrientes contrarias a la
evangelización. Éstas socavan los fundamentos mismos de la moral humana,
implicando a la familia y propagando la permisividad moral: los divorcios, el
amor libre, el aborto, la anticoncepción, los atentados a la vida en su fase
inicial y terminal, así como su manipulación. Estas corrientes disponen de
enormes medios financieros, no solamente en cada nación sino también a escala
mundial. En efecto, pueden contar con grandes centros de poder económico, a
través de los cuales tratan de imponer sus condiciones a los países en vías de
desarrollo. Por eso, es legítimo preguntarse si no estamos ante otra forma de
totalitarismo, falazmente encubierto bajo las apariencias de la democracia.
Así pues, puede ser que aquel colega flamenco pensara en todo esto cuando
decía: «Tal vez porque no hubiéramos sido capaces de soportar una prueba
semejante [...]; ustedes la aguantarán.» Es significativo que, siendo ya Papa,
haya escuchado la misma opinión en labios de uno de los políticos europeos más
eminentes. Me dijo: «Si el comunismo soviético llegara al Occidente, no
seríamos capaces de defendernos... No hay una fuerza que nos movilice para este
tipo de defensa...» Sabemos que el comunismo cayó al fin a causa de la
insuficiencia socioeconómica de su sistema. Pero esto no significa que haya
sido desechado realmente como ideología y como filosofía. En ciertos círculos
de Occidente se continúa considerando su ocaso como un perjuicio y se lamenta
su pérdida.
¿Qué podemos aprender, por tanto, de estos años dominados
por las «ideologías del mal» y de la lucha contra ellas? Pienso que, ante todo,
debemos aprender a ir a la raíz. Solamente así el mal causado por el fascismo y
el comunismo puede, en cierto sentido, enriquecernos, puede conducirnos al
bien, y esto es indudablemente el programa cristiano. «No te dejes vencer por
el mal; antes bien, vence al mal con el bien», escribe san Pablo (Rm 12, 21). Desde este punto de vista,
nosotros podemos obtener en Polonia unos resultados muy valiosos. Pero a
condición de no quedarnos en lo superficial, de no ceder a la propaganda de
aquella Ilustración a la cual ya resistieron en cierta medida los polacos del
siglo xviii, recabando así el vigor necesario para poder realizar los grandes
esfuerzos en el siglo xix y que, después de la Primera y Segunda Guerra
Mundial, condujeron a la recuperación de la independencia. El temple de la
población se ha manifestado después en la lucha contra el comunismo, al que
Polonia ha sabido resistir hasta la victoria en el año 1989. Ahora se trata de
no desperdiciar estos sacrificios.
En el Congreso de teólogos de Europa central y oriental en
Lublín, en el año 1991, se trató de hacer un balance de las experiencias
vividas en las Iglesias en la época de la lucha contra el totalitarismo
comunista y dar un testimonio de ellas. La teología desarrollada en esta parte
de Europa no es la teología en el sentido occidental. Es algo más que teología
en sentido estricto. Es testimonio de vida, de lo que significa sentirse en
manos de Dios, lo que quiere decir «aprender a Cristo», que se puso en manos
del Padre hasta aquel «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46) pronunciado en la Cruz.
Esto es precisamente lo que significa «aprender a Cristo»: ahondar en las
profundidades del misterio de Dios, que realiza de este modo la Redención del
mundo. Encontré a los participantes de este congreso en Jasna Góra con motivo
de la Jornada Mundial de la Juventud, y he conocido después el contenido de
muchas de sus intervenciones. Son documentos que a menudo conmueven por su
sencillez y, al mismo tiempo, por su profundidad.
Hablando de estos problemas, nos topamos sin embargo con
una seria dificultad. En sus múltiples y complejos aspectos, pasan con
frecuencia al ámbito de lo inefable. En cualquier caso, en todo ello se
vislumbra la acción de Dios, que se manifiesta a través de la mediación humana:
en las buenas obras de los hombres, como es obvio, pero también en sus errores,
de los cuales Dios es capaz de sacar un bien mayor. Todo el siglo xx ha estado
marcado por una intervención particular de Dios, que es Padre «rico en
misericordia», dives in misericordia... (Ef
2, 4).
Santo Padre, ¿podría detenerse sobre el misterio del amor y de la
Misericordia? Porque parece importante ahondar más en el análisis de la esencia
de estos dos atributos divinos tan significativos para nosotros.
El salmo Miserere es probablemente una de las más
espléndidas oraciones que la Iglesia heredó del Antiguo Testamento. Las
circunstancias de su origen son conocidas. Nació como el clamor de un pecador,
el rey David, que se apropió de la esposa del soldado Urías, cometió adulterio
con ella y, para borrar las huellas de su culpa, procuró que el legítimo esposo
muriera en batalla. Resulta impresionante el pasaje del libro segundo de
Samuel, en el que el profeta Natán apunta con dedo acusador a David,
señalándolo como el culpable de un gran crimen ante Dios: «¡Eres tú!» (2S 12, 7). En aquel momento, el rey
experimenta una especie de iluminación, de la cual brota una emoción profunda,
desahogándose con las palabras del Miserere. Es el salmo que probablemente más
se usa en la liturgia:
Miserere mei, Deus,
secundum misericordiam
tuam;
et secundum multitudinem
miserationum tuarum
dele iniquitatem meam.
Amplius lava me ab iniquitate mea,
et a peccato meo munda me.
Quoniam iniquitatem meam
ego cognosco,
et peccatum meum contra me est
semper.
Tibi, tibi soli peccavi
et malum coram te feci,
ut iustus inveniaris in sententia tua
et aequus in iudicio tuo…
Hay una singular belleza en la pausada cadencia de las palabras latinas,
junto con el desgranarse de las ideas, los sentimientos y las mociones del
corazón. Naturalmente, la lengua original del salmo Miserere no es el latín,
pero nuestros oídos están habituados a esta versión, más aún quizás que a las
traducciones en las lenguas contemporáneas, que también son conmovedoras a su
manera, sobre todo en melodía.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio serás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas la sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.
Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza...
(Sal 50, 3-17)
Estas palabras no necesitan comentarios. Hablan por sí solas y revelan la
verdad de la fragilidad moral del hombre. Se declara culpable ante Dios porque
sabe que el pecado es contrario a la santidad de su Creador. Pero el hombre
pecador sabe también que Dios es misericordia y que su misericordia es
infinita: Dios está dispuesto a perdonar y justificar una y otra vez al
pecador.
¿De dónde proviene la infinita misericordia del Padre?
David es hombre del Antiguo Testamento. Conoce al Dios único. Nosotros, hombres
de la nueva alianza, podemos reconocer en el Miserere davídico la presencia de
Cristo, el Hijo de Dios, a quien Dios trató como pecador por nosotros (cf. 2Co 5, 21). Él ha cargado consigo
todos nuestros pecados (cf. Is 53, 12)
para satisfacer la justicia quebrantada por la culpa y mantener así el
equilibrio entre la justicia y la misericordia del Padre. Es significativo que
santa Faustina viera a este Hijo como Dios misericordioso, pero contemplándolo
no tanto en la cruz cuanto en su condición sucesiva de resucitado y glorioso.
Por eso relaciona su mística de la misericordia con el misterio de la Pascua,
cuando Cristo aparece victorioso del pecado y de la muerte (cf. Jn 20, 19-23).
Recuerdo sobre este punto a sor Faustina y el culto de Cristo misericordioso
que promovió, porque también ella pertenece a nuestros tiempos. Vivió en las
primeras décadas del siglo xx y murió antes de la Segunda Guerra Mundial.
Precisamente en este
período le fue revelado el misterio de Divina Misericordia
y anotó en su Diario lo que experimentó. Para los supervivientes de esta gran
guerra, las palabras del Diario de santa Faustina son como una especie de
Evangelio de la Divina Misericordia escrito desde la perspectiva del siglo xx.
Los contemporáneos han entendido este mensaje. Lo han entendido a través del
dramático cúmulo de mal que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial y de las
crueldades de los sistemas totalitarios. Es como si Cristo hubiera querido
revelar que el límite impuesto al mal, cuyo causante y víctima resulta ser el
hombre, es en definitiva la Divina Misericordia. Ciertamente, en ella se
incluye también la Justicia, pero ésta, por sí sola, no es la última palabra en
la economía divina de la historia del mundo y en la historia del hombre. Dios
sabe obtener siempre del mal algo bueno. Quiere que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (cf. 1Tm 2, 4): Dios es Amor (cf. 1Jn 4, 8). Cristo crucificado y
resucitado, como se apareció a sor Faustina, es la revelación suprema de esta
verdad.
Ahora deseo enlazar de nuevo con lo que dije sobre el tema de las
experiencias de la Iglesia en Polonia durante la resistencia contra el
comunismo. Me parece que tienen un alcance universal. Pienso que también sor
Faustina y su testimonio del misterio de la Divina Misericordia tengan cabida
de algún modo en esta perspectiva. El patrimonio de su espiritualidad tuvo —lo
sabemos por propia experiencia— una gran importancia para la resistencia contra
el mal practicado en aquellos sistemas inhumanos de entonces. Todo esto
conserva un significado preciso, no sólo para los polacos sino también para
todo el ámbito de la Iglesia en el mundo. Lo ha puesto de relieve, entre otras
cosas, la beatificación y la canonización de sor Faustina. Es como si Cristo
hubiera querido decir a través de ella: «¡El mal nunca consigue la victoria
definitiva!» El misterio pascual confirma que, a la postre, vence el bien; que
la vida prevalece sobre la muerte y el amor triunfa sobre el odio.
pensando «PATRIA»
(Patria – Nación – Estado)
Después de la erupción del mal y las dos grandes guerras del siglo xx, el
mundo se está convirtiendo cada vez más en un conjunto de continentes, estados
y sociedades interdependientes, y Europa —al menos una buena parte de ella—
tiende a ser una unidad, no sólo económica sino también política. Más aún, el
ámbito de las cuestiones en las cuales intervienen los respectivos organismos
de la Comunidad Europea es mucho más amplio que el de la simple economía y la
política ordinaria. La caída de los sistemas totalitarios confinantes ha
permitido a Polonia recuperar la independencia y abrirse al Occidente.
Actualmente estamos ante la necesidad de definir la relación de Polonia con
Europa y con el mundo. Hasta hace poco se discutía sobre las consecuencias
—beneficios y costes— de su ingreso en la Unión Europea. Se discutía en
particular sobre el riesgo de que la nación perdiera su propia cultura y el
Estado la soberanía. La entrada de Polonia en una comunidad más grande obliga a
recapacitar sobre las consecuencias que esto podría tener en una actitud
interior tan apreciada en la historia polaca como es el patriotismo. Guiados
por este sentimiento, muchos polacos a lo largo de los siglos estuvieron
dispuestos a entregar sus vidas luchando por la libertad de la patria y muchos
la sacrificaron de hecho.
Según Usted, Santo Padre, ¿qué significado tienen los conceptos de «patria»,
«nación», «cultura»? ¿Cómo se relacionan entre sí tales conceptos?
La expresión «patria» se relaciona con el concepto y la realidad de «padre»
(pater). La patria es en cierto modo lo mismo que el patrimonio, es decir, el
conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados. Es
significativo que, en este contexto, se use con frecuencia la expresión «madre
patria». En efecto, todos sabemos por experiencia propia hasta qué punto la
herencia espiritual se transmite a través de las madres. La patria, pues, es la
herencia y a la vez el acervo patrimonial que se deriva; esto se refiere
ciertamente a la tierra, al territorio. Pero el concepto de patria incluye
también valores y elementos espirituales que integran la cultura de una nación.
He hablado precisamente de esto en la UNESCO, el 2 de junio de 1980, subrayando
que, incluso cuando los polacos fueron despojados de su territorio y la nación
fue desmembrada, no decayó en ellos el sentido de su patrimonio espiritual y de
la cultura heredada de sus antepasados. Más aún, éstos se desarrollaron con
extraordinario dinamismo.
Es notorio que el siglo xix representa en cierta medida la cima de la
cultura polaca. En ninguna otra época la nación ha producido escritores tan
geniales como Adam Mickiewicz, Juliusz Sl-owacki, Zygmunt Krasin´ski o Cyprian
Norwid. La música polaca no había alcanzado antes el nivel de las obras de
Frédérik Chopin, Stanisl-aw Moniuszko y otros muchos compositores, que
enriquecieron el patrimonio artístico del siglo xix para la posteridad. Otro
tanto puede decirse de las artes plásticas, la pintura y
la escultura. Es el siglo de Jan Matejko, de Artur
Grottger y, entre el xix y el xx, aparecen Stanisl-aw Wyspian´ski,
extraordinario genio en diversos campos, y después Jacek Malczewski y otros
más. Y, ¿qué decir, en fin, del teatro polaco? El siglo xix ha sido el siglo de
los pioneros en este campo. Al comienzo encontramos al gran Wojciech
Bogusl-awski, cuyo magisterio artístico lo han seguido y desarrollado otros
muchos, sobre todo en el sur de Polonia, en Cracovia y en Lvov, ciudad en aquel
tiempo en territorio polaco. Los teatros vivieron entonces su edad de oro; se
desarrolló tanto el teatro burgués como el popular. No se puede dejar de
constatar que este período extraordinario de madurez cultural durante el siglo
xix preparó a los polacos para el gran esfuerzo que les llevó a recuperar la
independencia de su nación. Polonia, desaparecida de los mapas de Europa y del
mundo, volvió a reaparecer a partir del año 1918 y, desde entonces, continúa en
ellos. No logró borrarla ni siquiera la frenética borrasca de odio
desencadenada de oeste a este entre 1939
y 1945.
Como se puede ver, en el concepto mismo de patria hay un engarce profundo
entre el aspecto espiritual y el material, entre la cultura y la tierra. La tierra
arrebatada por la fuerza a una nación se convierte en cierto sentido en una
invocación, más aún, en un clamor al «espíritu» de la nación. Entonces, el
espíritu de la nación se despierta, se reaviva y lucha para que se restituyan a
la tierra sus derechos. Norwid lo ha expresado de una forma concisa, hablando
del trabajo: «[...] La belleza existe para fascinar el trabajo, el trabajo
existe para renacer.»1
Una vez adentrados en el análisis del concepto mismo de
patria, conviene hacer referencia ahora al Evangelio. En efecto, en el
Evangelio aparece el término «Padre» en labios de Cristo como palabra
fundamental. De hecho, es el apelativo que usa con más frecuencia. «Todo me lo
ha entregado mi Padre» (Mt 11, 27;
cf. Lc 10, 22); «El Padre ama al
Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta» (Jn 5, 20; cf. 5, 21 etc.). Las
enseñanzas de Cristo contienen en sí los elementos más profundos de una visión
teológica, tanto de la patria como de la cultura. Cristo, como el Hijo que
viene a nosotros enviado por el Padre, entra en la humanidad con un patrimonio
especial. San Pablo habla de esto en la Carta a los Gálatas: «Cuando se cumplió
el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer [...], para que
recibiéramos el ser hijos por adopción [...]. Así que ya no eres esclavo, sino
hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Ga 4, 4-7).
Cristo dice: «Salí del Padre y he venido al mundo» (Jn 16, 28). Esta venida tuvo lugar por
medio de una Mujer, la Madre. La herencia del eterno Padre ha pasado en un
sentido muy real a través del corazón de María, y se ha enriquecido así con
todo lo que el extraordinario genio femenino de la Madre podía aportar al
patrimonio de Cristo. Este patrimonio es el cristianismo en su dimensión
universal y, en él, la contribución de la Madre es muy significativa. Por eso
se llama madre a la Iglesia: mater Ecclesia. Cuando hablamos así, nos referimos
implícitamente al patrimonio divino, del cual participamos gracias a la venida
de Cristo.
El Evangelio, pues, ha dado un significado nuevo al
concepto de patria. En su acepción original, la patria significa lo que hemos
heredado de nuestros padres y madres en la tierra. Lo que nos viene de Cristo
orienta todo lo que forma parte del patrimonio de las patrias y culturas
humanas hacia la patria eterna. Cristo dice: «Salí del Padre y he venido al
mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre» (Jn 16, 28). Este retorno al Padre inaugura
una nueva Patria en la historia de todas las patrias y de todos los hombres. A
veces se habla de «Patria celestial», la «Patria eterna». Son expresiones que
indican precisamente lo ocurrido en la historia del hombre y de las naciones
tras la venida de Cristo al mundo y su retorno de este mundo al Padre.
La partida de Cristo ha abierto el concepto de patria a la dimensión de la
escatología y la eternidad, pero nada ha quitado a su contenido temporal.
Sabemos por experiencia, basándonos en la historia polaca, cuánto ha favorecido
la idea de la patria eterna a la disponibilidad para servir a la patria
temporal, preparando a los ciudadanos para afrontar todo tipo de sacrificios
por ella, y sacrificios muchas veces heroicos. Lo demuestran elocuentemente los
Santos que la Iglesia, a lo largo de la historia, y especialmente en los
últimos siglos, ha elevado al honor de los altares.
La patria, como herencia del padre, proviene de Dios, pero
en cierta medida procede también del mundo. Cristo vino al mundo para confirmar
las leyes eternas de Dios, del Creador. Pero ha iniciado al mismo tiempo una
cultura totalmente nueva. Cultura significa cultivo. Cristo, con sus
enseñanzas, con su vida, muerte y resurrección, ha vuelto a «cultivar» en
cierto sentido este mundo creado por el Padre. Los hombres mismos se han
convertido en el «campo de Dios», como escribe san Pablo (1Co 3, 9). De este modo, el
«patrimonio» divino ha tomado la forma de la «cultura cristiana». Ésta no
existe solamente en las sociedades y naciones cristianas, sino que se ha hecho
presente de alguna manera en toda cultura de la humanidad. En cierta medida, ha
transformado toda la cultura.
Lo dicho hasta ahora sobre la patria explica algo más profundamente el
significado de las llamadas raíces cristianas de la cultura polaca y, en
general, de la europea. Cuando se usa esta expresión se piensa normalmente en
las raíces históricas de la cultura, y esto tiene ciertamente un sentido,
puesto que la cultura tiene carácter histórico. La búsqueda de dichas raíces,
por tanto, va acompañada por el estudio de nuestra historia, incluida la
política. El esfuerzo de los primeros Piast2, orientado a reforzar el espíritu
polaco mediante la constitución de un Estado emplazado en un territorio
concreto de Europa, estaba alentado por una inspiración espiritual bien
precisa. Su manifestación fue el bautizo de Mieszko I y de su pueblo (966),
gracias a la influencia de su esposa, la princesa bohemia Dobrava. Es notoria la
gran incidencia que esto tuvo en la trayectoria de la cultura de esta nación
eslava establecida a orillas del Vístula. Diverso rumbo tomó la cultura de
otros pueblos eslavos, a los cuales el mensaje cristiano llegó a través de la
Rus’3, que recibió el bautismo de las manos de los misioneros de
Constantinopla. Hasta hoy permanece en la familia de las naciones eslavas esta
diferenciación, marcando las fronteras espirituales de las patrias y de las
culturas.
De la reflexión sobre el concepto de patria nace una pregunta más. A la luz
de esta profundización, ¿cómo se ha de entender el patriotismo?
El razonamiento que acabamos de hacer sobre el concepto de patria y su
relación con la paternidad y la generación explica con hondura el valor moral
del patriotismo. Si se pregunta por el lugar del patriotismo en el decálogo, la
respuesta es inequívoca: es parte del cuarto mandamiento, que nos exige honrar
al padre y a la madre. Es uno de esos sentimientos que el latín incluye en el
término pietas, resaltando la dimensión religiosa subyacente en el respeto y
veneración que se debe a los padres, porque representan para nosotros a Dios
Creador. Al darnos la vida, participan en el misterio de la creación y merecen
por tanto una devoción que evoca la que rendimos a Dios Creador. El patriotismo
conlleva precisamente este tipo de actitud interior, desde el momento que
también la patria es verdaderamente una madre para cada uno. El patrimonio
espiritual que nos transmite nos llega a través del padre y la madre, y funda
en nosotros el deber de la pietas.
Patriotismo significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus
tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. Un amor que abarca
también las obras de los compatriotas y los frutos de su genio. Cualquier
amenaza al gran bien de la patria se convierte en una ocasión para verificar
este amor. Nuestra historia enseña que los polacos han sido siempre capaces de
grandes sacrificios para salvaguardar este bien o para reconquistarlo. Lo
demuestran las numerosas tumbas de los soldados que lucharon por Polonia en
diversos frentes del mundo. Están diseminadas tanto en la tierra patria como
fuera de sus confines. Pero creo que una experiencia parecida la ha tenido cada
país, cada nación, en Europa y en el mundo.
La patria es un bien común de todos los ciudadanos y, como tal, también un
gran deber. El análisis de la historia antigua y reciente demuestra
sobradamente el valor, el heroísmo incluso, con el cual los polacos han sabido
cumplir con este deber cuando se trataba de defender el bien superior de la
patria. Lo cual no excluye que, en determinadas épocas, se haya producido una
mengua de esta disponibilidad al sacrificio para promover los valores e ideales
relacionados con la noción de patria. Ha habido momentos en que el interés
privado y el tradicional individualismo polaco han hecho sentir sus efectos
perturbadores.
La patria, pues, tiene una gran entidad. Se puede decir que es una realidad
para cuyo servicio se desarrollaron y desarrollan con el pasar del tiempo las
estructuras sociales, ya desde las primeras tradiciones tribales. No obstante,
cabe preguntarse si no haya llegado el fin de este desarrollo de la vida social
de la humanidad. El siglo xx, ¿no manifiesta acaso una tendencia generalizada
al incremento de estructuras supranacionales e incluso al cosmopolitismo? Esta
tendencia, ¿no comporta también que las naciones pequeñas deberían dejarse
absorber por estructuras políticas más grandes para poder sobrevivir? Se trata
de cuestiones legítimas. Sin embargo, parece que, como sucede con la familia,
también la nación y la patria siguen siendo realidades insustituibles. La
doctrina social católica habla en este caso de sociedades «naturales», para
indicar un vínculo particular, tanto de la familia como de la nación, con la
naturaleza del hombre, la cual tiene carácter social. Las vías principales de
la formación de cualquier sociedad pasan por la familia, y sobre esto no caben
dudas. Y podría hacerse una observación análoga también sobre la nación. La
identidad cultural e histórica de las sociedades se protege y anima por lo que
integra el concepto de nación. Naturalmente, se debe evitar absolutamente un
peligro: que la función insustituible de la nación degenere en el nacionalismo.
En este aspecto, el siglo xx nos ha proporcionado experiencias sumamente
instructivas, haciéndonos ver también sus dramáticas consecuencias. ¿Cómo se
puede evitar este riesgo? Pienso que un modo apropiado es el patriotismo. En
efecto, el nacionalismo se caracteriza porque reconoce y pretende únicamente el
bien de su propia nación, sin contar con los derechos de las demás. Por el
contrario, el patriotismo, en cuanto amor por la patria, reconoce a todas las
otras naciones los mismos derechos que reclama para la propia y, por tanto, es
una forma de amor social ordenado.
El patriotismo, como sentimiento de apego a la propia nación y a la patria,
debe evitar transformarse en nacionalismo. Su interpretación correcta depende
de lo que queremos expresar con el concepto de nación. Así pues, ¿cómo se ha de
entender la nación, esta entidad ideal a la cual se refiere el hombre en su
sentimiento patriótico?
Un detenido examen de ambos términos muestra una estrecha relación entre el
significado de patria y de nación. En polaco —pero no sólo en esta lengua— el
término na-ród (nación) deriva de ród (linaje); patria (ojczy-zna), a su vez,
tiene sus raíces en el término padre (ojciec). Es padre quien, junto con la
madre, da la vida a un nuevo ser humano. Con esta generación a través del padre
y de la madre enlaza el término de patrimonio, concepto que subyace en la
palabra «patria». El patrimonio y consecuentemente la patria están relacionados
estrechamente, desde el punto de vista conceptual, con la generación; pero
también el término «nación», desde el punto de vista etimológico, está
relacionado con el nacimiento.
Con el término nación se quiere designar una comunidad que reside en un
territorio determinado y que se distingue de las otras por su propia cultura.
La doctrina social católica considera tanto la familia como la nación
sociedades naturales y, por tanto, no como fruto de una simple convención. Por
eso, en la historia de la humanidad nada las puede reemplazar. No se puede, por
ejemplo, sustituir la nación con el Estado, si bien la nación tiende por su
naturaleza a constituirse en Estado, como lo demuestra la historia de cada una
de las naciones europeas y la propia historia polaca. Stanisl-aw Wyspian´ski
escribió en su obra Wyzwolenie (La liberación): «La nación debe existir como
Estado...»4 Menos aún se puede identificar la nación con la llamada sociedad
democrática, porque se trata de dos órdenes diferentes aunque relacionados
entre sí. Una sociedad democrática es más cercana al Estado que a la nación. No
obstante, la nación es el suelo sobre el que nace el Estado. La cuestión del
sistema democrático, en cierto sentido, es una cuestión sucesiva, que pertenece
al campo de la política interna.
Después de estas observaciones introductorias sobre el tema de la nación,
también en este caso conviene volver a la Sagrada Escritura, porque en ella
están los elementos de una auténtica teología de la nación. Esto vale ante todo
para Israel. El Antiguo Testamento muestra la genealogía de esta nación,
elegida por el Señor para ser su pueblo. Con el término genealogía se suele
indicar a los antepasados en sentido biológico. Pero se puede hablar de
genealogía —y quizás de un modo aún más apropiado— en sentido espiritual.
Pensemos en Abraham. A él se remiten no solamente los israelitas, sino también
—precisamente en sentido espiritual— los cristianos
(cf. Rm 4, 16)
e incluso los musulmanes. La historia de Abraham y de la llamada que recibió de
Dios, de su insólita paternidad, del nacimiento de Isaac, muestra cómo el
proceso hacia la nación pasa, mediante la generación, a través de la familia y
la estirpe.
Se comienza, pues, por el hecho de una generación. La esposa de Abraham,
Sara, ya entrada en años, da a luz a su hijo. Abraham tiene un descendiente
según la carne y, poco a poco, de esta familia de Abraham se forma un linaje.
El libro del Génesis explicita las fases sucesivas de su desarrollo: de Abraham
a Isaac hasta llegar a Jacob. El patriarca Jacob tiene doce hijos y éstos, a su
vez, dan origen a las doce tribus que habrían de constituir la nación de
Israel.
Dios escogió esta nación, confirmando la elección con sus intervenciones en
la historia, como en la liberación de Egipto bajo la guía de Moisés. Ya desde
los tiempos del gran Legislador se puede hablar de una nación israelita, aunque
al principio estuviera formada sólo por familias y clanes. Pero la historia de
Israel no se reduce a eso. Tiene también una dimensión espiritual. Dios eligió
esta nación para revelarse al mundo en ella y por ella. Una revelación que
comienza en Abraham y llega a su culmen en la misión de Moisés. Dios habló
«cara a cara» con Moisés, guiando por mediación suya la vida espiritual de
Israel. Lo decisivo en la vida espiritual de Israel era la fe en un único Dios,
creador del cielo y de la tierra, junto con el decálogo, la ley moral escrita
en las tablas de piedra que Moisés recibió en el monte Sinaí.
Hay que definir «mesiánica» la misión de Israel, precisamente porque de esa
nación debía surgir el Mesías, el Ungido del Señor. «Cuando se cumplió
el tiempo, envió Dios a su Hijo» (Ga 4, 4), que se hizo hombre por obra
del Espíritu Santo en el seno de una hija de Israel, María de Nazaret. El
misterio de la Encarnación, fundamento de la Iglesia, forma parte de la
teología de la nación. El Hijo consustancial, el Verbo eterno del Padre, al
encarnarse, es decir, haciéndose hombre, dio comienzo a un «generar» de otro
orden: el generar «por el Espíritu Santo». Su fruto es nuestra filiación
sobrenatural, la filiación adoptiva. No se trata de un «nacer de la carne», por
usar las palabras del evangelista Juan. Es un nacer «no de la sangre, ni de
amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios» (Jn 1, 13). Los nacidos «de Dios» se
convierten en miembros de la «nación divina», según la atinada fórmula que
tanto le gustaba a Don Ignazy Rózycki. Como es sabido, con el Concilio Vaticano
II se ha hecho común la expresión «Pueblo de Dios». Ciertamente, el Concilio
habla en la Constitución Lumen Gentium del Pueblo de Dios para designar a los
que «nacieron de Dios» mediante la gracia del Redentor, el Hijo de Dios
encarnado, que murió y resucitó para la salvación de la humanidad.
Israel es la única nación cuya historia está en gran parte escrita en la
Sagrada Escritura. Es una historia que pertenece a la Revelación divina: en
ella Dios se revela a la humanidad. En la «plenitud de los tiempos», después de
haber hablado a los hombres de muchas maneras, Él mismo se hizo hombre. El
misterio de la Encarnación pertenece también a la historia de Israel, aunque
nos introduce al mismo tiempo ya en la historia del nuevo Israel, del pueblo de
la Nueva Alianza. «Todos los hombres están invitados al nuevo Pueblo de Dios
[...]. Por tanto, el Pueblo de Dios lo forman personas de toda las naciones.»5
En otras palabras, esto significa que la historia de todas las naciones está
llamada a entrar en la historia de la salvación. En efecto, Cristo vino al mundo
para traer la salvación a todos los hombres. La Iglesia, el Pueblo de Dios
fundado en la Nueva Alianza, es el nuevo Israel y se presenta con un carácter
de universalidad: cada nación tiene en ella el mismo derecho de ciudadanía.
«La historia de todas las naciones está llamada a entrar en la historia de
la salvación.» En esta afirmación descubrimos una nueva dimensión de los
conceptos de «nación» y de «patria»: la dimensión histórico-salvífica.
Santidad, ¿cómo caracterizaría más exactamente esta dimensión de la nación, sin
duda esencial?
En sentido amplio se puede decir que todo el universo creado está sometido
al tiempo y, por tanto, tiene una historia. También los seres vivos tienen su
historia. No obstante, a ninguno de ellos, a ninguna especie animal, podemos
atribuir la dimensión histórica en el mismo sentido en que lo hacemos en el
caso del hombre, la nación y toda la familia humana. La historicidad del hombre
se manifiesta en la capacidad que tiene de objetivar la historia. El hombre no es
un simple sujeto sometido al curso de los acontecimientos, no se limita a obrar
y comportarse como individuo y como perteneciente a un grupo, sino que tiene la
capacidad de reflexionar sobre la propia historia, de objetivarla
describiéndola y enlazando entre sí los acontecimientos. Una capacidad análoga
tiene cada familia humana, así como las sociedades y, en particular, las
naciones.
Estas últimas, de manera similar a los individuos, están dotadas de memoria
histórica. Por eso es comprensible que las naciones traten de conservar también
por escrito lo que recuerdan. De esta manera, la historia se convierte en
historiografía. Los hombres escriben las vicisitudes del grupo al que
pertenecen. A veces también las suyas personales, pero en general es más relevante
lo que escriben de sus respectivas naciones. Y la historia de las naciones,
objetivada y puesta por escrito, es uno de los elementos esenciales de la
cultura: el elemento decisivo para la identidad de la nación en su dimensión
temporal. «¿Puede ir la historia contra la corriente de las conciencias?» Hace
años me hice esta pregunta en una poesía titulada «Pensando la patria».6 Quizás
valga la pena citar a este propósito algún fragmento:
¡La libertad hay que conquistarla permanentemente,
no basta con poseerla!
Llega como un don,
se conserva con ardua lucha.
El don y la lucha están escritos en páginas ocultas
y, sin embargo, evidentes.
Pagas por la libertad con todo tu ser,
llama entonces libertad a eso,
a lo que, pagando, puedes poseer siempre de nuevo.
Con este pago entramos en la historia,
recorremos todas sus épocas.
¿Por dónde pasa la división de las generaciones
entre los que no han pagado bastante
y los que tuvieron que pagar más de la cuenta?
Y nosotros, ¿de qué lado estamos?
[...]
La historia cubre las batallas de la conciencia
con un manto de acontecimientos;
un manto tejido de victorias y derrotas;
no las encubre, las destaca.
[...]
Débil es el pueblo si acepta su derrota,
olvidando que fue llamado a velar,
hasta que llegue su hora.
Y las horas vuelven siempre en la órbita de la historia.
He aquí la liturgia de los hechos.
Velar es la palabra del Señor y la del Pueblo,
que hemos de aceptar siempre de nuevo.
Las horas son salmodia de conversiones incesantes.
Vamos a participar en la Eucaristía de los mundos.
Y concluía:
¡Tierra que siempre serás parte de nuestro tiempo!
Alentados por una nueva esperanza,
iremos a través del tiempo hacia una tierra nueva.
Y a ti, tierra antigua, te llevaremos como fruto
del amor de las generaciones que superó el odio.7
La historia de cada hombre y, a través de él, la de todos los pueblos, tiene
una peculiar connotación escatológica. El Concilio Vaticano II trató mucho este
tema en todo su magisterio, particularmente en las Constituciones Lumen gentium
y Gaudium et spes. Es una lectura de la historia a la luz del Evangelio que sin
duda tiene un significado relevante. En efecto, la referencia escatológica
indica que la vida humana tiene sentido, como lo tiene también la historia de
las naciones. Naturalmente, serán los hombres y no las naciones quienes se
presentarán ante el juicio de Dios, pero en el juicio sobre los hombres de
alguna manera serán juzgadas también las naciones.
¿Existe una escatología de la nación? La nación tiene una dimensión
exclusivamente histórica. Solamente la vocación del hombre es escatológica.
Ésta, sin embargo, repercute de alguna manera en la historia de las naciones.
Esto quería expresar también en la obra antes citada, que tal vez es un reflejo
de la doctrina del Concilio Vaticano II.
Los pueblos plasman sus vicisitudes en narraciones que transmiten en
diversos tipos de documentos, gracias a los cuales se construye la cultura
nacional. El instrumento fundamental de este desarrollo progresivo es la
lengua. Con su ayuda, el hombre expresa la verdad del mundo y de sí mismo, y
comparte con otros los frutos de su búsqueda en los diversos campos del saber.
Se instaura así una comunicación entre sujetos que sirve para conocer más a
fondo la verdad y, con ello, a profundizar y consolidar la respectiva
identidad.
A la luz de estas consideraciones se puede examinar con mayor precisión el
concepto de patria. En mi discurso a la UNESCO me he referido a la experiencia
de mi patria, y lo entendieron muy bien especialmente los representantes de las
sociedades que vivían la fase de la formación de sus patrias y de creación de
sus identidades nacionales. Los polacos pasamos por esta fase entre los siglos
x y xi. Nos lo han recordado las celebraciones con ocasión del Milenio del
Bautismo de Polonia. En efecto, al hablar de Bautismo, no se piensa solamente
en el sacramento de la iniciación cristiana recibido por el primer soberano
histórico de Polonia, sino también en el acontecimiento decisivo para el
nacimiento de la nación y la formación de su identidad cristiana. En este
sentido, la fecha del Bautismo de Polonia comporta un cambio crucial. Polonia,
como nación, salió entonces de su prehistoria para comenzar a existir
históricamente. La prehistoria habla de diferentes tribus eslavas.
Desde el punto de vista étnico, el hecho más importante para la creación de
la nación fue probablemente la unión de dos grandes tribus: la de los polanos
del norte con los vistulanos del sur. Aunque no fueron las únicas. También
entraron a formar parte de la nación polaca las tribus de los silesianos, los
pomeranios y los mazovianos. Desde el momento del Bautismo, las diversas tribus
comienzan a existir como nación polaca.
El argumento emprendido por Usted, Santidad, sobre la identidad cultural e
histórica de la nación, afronta un tema complejo. Surgen espontáneamente
algunas preguntas: ¿Cómo se ha de entender la cultura? ¿Cuál es su sentido y su
génesis? ¿Cómo definir más detalladamente el papel de la cultura en la vida de
la nación?
Todo creyente sabe que el comienzo de la historia del
hombre ha de buscarse en el libro del Génesis. También se ha de acudir a sus
páginas para indagar sobre el origen de la cultura humana. Todo se resume en
estas sencillas palabras: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla
del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en
ser vivo» (Gn 2, 7). Esta decisión
del Creador tiene una dimensión particular. Porque, mientras para crear otros
seres dice simplemente «hágase», sólo en este caso parece como si entrara
dentro de sí para hacer una especie de consulta trinitaria y después decidir:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1, 26). El autor bíblico prosigue:
«Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios los creó; hombre y mujer
los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: "creced, multiplicaos, llenad la
tierra y sometedla"» (Gn 1, 27-28).
Leemos también en el relato del sexto día de la creación: «Y vio Dios todo lo
que había hecho: y era muy bueno» (Gn
1, 31). Estas últimas palabras, comúnmente atribuidas a la llamada
«tradición sacerdotal», se encuentran en el primer capítulo del libro del
Génesis.
En el capítulo segundo, fruto de la obra del redactor
yahvista, se trata de la creación del hombre de manera más amplia, más
descriptiva y psicológica. Comienza constatando la soledad del hombre llamado a
la existencia en medio del universo visible. Da nombres apropiados a los seres
que lo rodean. Y, al pasar revista de todos los seres vivientes, constata que
no hay entre ellos ninguno que se le parezca. Por eso se siente solo en el
mundo. Dios provee a esta soledad decidiendo crear a la mujer. Según el texto
bíblico, el Creador dejó caer un letargo sobre el hombre, durante el cual forma
de una costilla suya a Eva. Al despertar, el hombre mira atónito al nuevo ser
semejante a él y se muestra entusiasmado: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne!» (Gn 2, 23).
Así, al lado del ser humano varón puso en el mundo creado el ser humano mujer.
Siguen a continuación las conocidas palabras que abren la perspectiva
particularmente exigente de una vida entre dos: «Por eso abandonará el hombre a
su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 24). Esta unión en la carne
introduce a la experiencia misteriosa del ser progenitores.
El libro del Génesis continúa diciendo que los dos seres
humanos, creados por Dios como hombre y mujer, estaban desnudos y no sentían
vergüenza. Esta condición duró hasta el momento en que se dejaron seducir por
la serpiente, símbolo del espíritu maligno. Fue precisamente la serpiente quien
les persuadió a tomar el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal,
los instigó a transgredir la prohibición terminante de Dios, y lo hizo con
palabras insinuantes: «No es verdad que tengáis que morir. Bien sabe Dios que
cuando comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el
conocimiento del bien y el mal» (Gn 3,
5). Cuando ambos, la mujer y el hombre, hicieron lo que el espíritu maligno
había sugerido, se dieron cuenta de que estaban desnudos y sintieron vergüenza
de su propio cuerpo. Habían perdido la inocencia original. El tercer capítulo
del libro del Génesis describe de modo muy elocuente las consecuencias del
pecado original, tanto para la mujer como para el hombre, así como para su
recíproca relación. No obstante, Dios preanuncia una mujer futura, cuyo descendiente
aplastará la cabeza de la serpiente, es decir, preanuncia la venida del
Redentor y su obra de salvación (cf. Gn
3, 15).
Sigamos teniendo presente este esbozo del estado original del hombre, porque
volveremos de nuevo al primer capítulo del libro del Génesis, donde se dice que
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y les dijo: «Creced y
multiplicaos, llenad la tierra
y sometedla» (Gn
1, 28). Estas palabras son la primera y más completa definición de la
cultura humana. Someter la tierra significa descubrir y confirmar la verdad del
propio ser humano, de esa humanidad que comparten en igual medida el varón y la
mujer. Dios ha confiado a este hombre, a su humanidad, todo el mundo visible
como don y tarea a la vez; le ha asignado una misión concreta: realizar la
verdad de sí mismo y del mundo. El hombre debe dejarse guiar por esta verdad de
sí mismo para poder modelar según la verdad el mundo visible, usándolo
correctamente para sus fines, sin abusar de él. En otras palabras, esta verdad
del mundo y de sí mismo es el fundamento de toda intervención del hombre sobre
la creación.
Esta misión del hombre respecto al mundo visible, tal como la describe el
libro del Génesis, tiene en la historia su propia evolución, que en los tiempos
modernos se ha acelerado extraordinariamente. Todo comenzó con la invención de
las máquinas: desde ese momento el hombre ya no se limita a transformar las
materias primas suministradas por la naturaleza, sino también los productos de
su propio trabajo. En este sentido, el trabajo humano ha ido adquiriendo las
características de la producción industrial, cuya norma esencial, no obstante,
sigue siendo la misma: el hombre debe ser fiel a la verdad de sí mismo y a la
del objeto de su trabajo, tanto si se ocupa de materias primas naturales como
de productos artificiales.
Con lo dicho en las primeras páginas del libro del Génesis
entramos en el meollo mismo de lo que se llama cultura, penetrando en su
significado originario y fundamental, desde el que podemos llegar
escalonadamente a lo que es la verdad de nuestra civilización industrial. Se ve
que, tanto en la etapa original como hoy, la civilización está y sigue estando
relacionada con el desarrollo del conocimiento de la verdad del mundo, es
decir, con el desarrollo de la ciencia. Ésta es su dimensión cognoscitiva.
Sería necesario detenernos en analizar profundamente los tres primeros
capítulos del libro del Génesis, que son la fuente originaria a la que se ha de
acudir. Porque, para la cultura humana, no sólo es esencial el conocimiento que
el hombre tiene del mundo externo, sino también el que tiene de sí mismo. Y
este conocimiento de la verdad concierne también a la duplicidad del ser
humano: «Hombre y mujer los creó» (Gn
1, 27). El primer capítulo del libro del Génesis completa esta afirmación
citando la recomendación de Dios sobre la generación humana: «Creced,
multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). El segundo y tercer
capítulos proporcionan otros elementos que ayudan a entender mejor el designio
de Dios: lo dicho sobre la soledad del hombre, la creación del ser semejante a
él, del asombro ante la primera mujer creada de él, de la vocación al
matrimonio y, en fin, de toda la historia de la inocencia inicial, perdida
lamentablemente con el pecado original; todo esto brinda ya un cuadro completo
de lo que significa para la cultura el amor que nace del conocimiento. Este
amor es fuente de una nueva vida. Y, antes aún, es fuente del asombro creativo
que requiere una expresión en el arte.
En la cultura del hombre está profundamente grabada desde
el principio la dimensión de la belleza. Es como si la belleza del universo
estuviera reflejada en los ojos de Dios, como se dice en las Escrituras: «Y vio
Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno» (Gn 1, 31). Se dice «muy bueno», en
concreto, de la primera pareja creada a imagen y semejanza de Dios, con toda su
inocencia originaria y en aquella desnudez que la caracterizaba antes del
pecado original. Todo esto subyace en el fondo mismo de la cultura que se manifiesta
en las obras de arte, sean pinturas, esculturas, obras de arquitectura,
composiciones musicales o frutos de la imaginación creativa y del pensamiento.
Cada nación vive de las obras de su propia cultura. Nosotros, los polacos,
por ejemplo, vivimos de todo aquello cuyo origen conocemos, tanto en el canto
Bogurodzica (Madre de Dios), la más antigua poesía polaca escrita, como también
en la melodía multisecular que la acompaña. Cuando estuve en Gniezno en 1979,
durante mi primera peregrinación a Polonia, hablé de esto a la juventud reunida
en la colina de Letch. Precisamente, el canto Bogurodzica forma parte de la
tradición de Gniezno en la cultura polaca. Es la tradición de su santo patrón
Adalberto, al que se atribuye efectivamente la composición del canto. Es una
tradición con muchos siglos de historia. El canto Bogurodzica se convirtió en
el himno nacional, que todavía en Grunwald acompañó las huestes polacas y
lituanas en la batalla contra la Orden Teutónica.8 Pero ya existía entonces
otra tradición relacionada con el culto de san Estanislao, proveniente de
Cracovia. Se expresaba en el himno latino Gaude, Mater Polonia, cantado aún hoy
en latín, así como Bogurodzica se sigue cantando en polaco antiguo. Ambas
tradiciones se compenetran. Es bien sabido que, durante mucho tiempo, el latín
fue, junto al polaco, la lengua de la cultura polaca. En latín fueron escritas
poesías como, por ejemplo, las de Janicius, o bien tratados político-morales
como los de Andrzej Frycz Modrzewski y los de Orzechowski, e incluso la obra de
Nicolás Copérnico De revolutionibus orbium caelestium. Paralelamente, se
desarrolló la literatura polaca, desde Micol-áj Rey hasta Jan Kochanowski, con
quien alcanza un nivel europeo de primer plano. El Salterio de David (Psal-zer
Dawidów) de Kochanowski se canta aún hoy en día. Sus Lamentos (Treny) por la
muerte de su hija son una cumbre de la lírica. A su vez, La despedida de los
enviados griegos (Odprawa posl-ów greckich) es un drama exquisito que recuerda
los modelos antiguos.
Todo lo que acabo de decir me hace recordar
el discurso que pronuncié en la UNESCO sobre el papel de la cultura en la
vida de las naciones. La fuerza de aquella intervención residía, más que en una
teoría de la cultura, en el testimonio que daba de ella: el simple testimonio
de un hombre que, apoyándose en su propia experiencia, exponía lo que era la
cultura en la historia de su nación y lo que la cultura representa en la
historia de cada nación. ¿Cuál es, por ejemplo, el papel de la cultura en la
vida de las jóvenes naciones del continente africano? Hay que preguntarse cómo
esta riqueza común del género humano, la riqueza de todas las culturas, pueda
crecer en el tiempo y cómo sea necesario respetar una relación adecuada entre
la economía y la cultura, para no destruir este bien —el más grande, el más
humano— en favor de la civilización del dinero, de la prepotencia de un
economicismo unilateral. Porque, en este caso, ya no importa tanto que una tal
prepotencia se imponga bajo la forma marxista-totalitaria o bien de la occidental-liberal.
En aquel discurso, dije entre otras cosas: «El hombre vive una vida
verdaderamente humana gracias a la cultura [...]. La cultura es un modo
específico del existir y del ser del hombre [...]. La cultura es aquello a
través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre,
"es" más [...]. La nación es, en efecto, la gran comunidad de los
hombres que están unidos por diversos vínculos pero, sobre todo, precisamente
por la cultura. La nación existe "por" y "para" la cultura.
Y así es ella la gran educadora de los hombres para que puedan "ser
más" en la comunidad. La nación es esta comunidad que posee una historia
que supera la historia del individuo y de la familia [...]. Soy hijo de una
nación que ha vivido las mayores experiencias de la historia, que ha sido
condenada a muerte por sus vecinos en varias ocasiones, pero que ha sobrevivido
y que ha seguido siendo ella misma. Ha conservado su identidad y, a pesar de
haber sido dividida y ocupada por extranjeros, ha conservado su soberanía
nacional, no porque se apoyara en los recursos de la fuerza física, sino
apoyándose exclusivamente en su cultura. Esta cultura resultó tener un poder
mayor que todas las otras fuerzas. Lo que digo aquí respecto al derecho de la
nación a fundamentar su cultura y su porvenir, no es el eco de ningún
"nacionalismo", sino que se trata de un elemento estable de la
experiencia humana de las perspectivas humanistas del desarrollo del hombre.
Existe una soberanía fundamental de la sociedad que se manifiesta en la cultura
de la nación. Se trata de la soberanía por la que, al mismo tiempo, el hombre
es supremamente soberano.»9
Lo dicho en aquella ocasión sobre el papel de la cultura en la vida de la
nación era el testimonio que pude dar del genio polaco. Por entonces, mis
convicciones al respecto ya eran conocidas universalmente. En aquel 2 de junio
de 1980 estaba viviendo el segundo año de pontificado. Había realizado algunos
viajes apostólicos: a Latinoamérica, África y Asia. En ellos me convencí de
que, con la experiencia de la historia de mi patria, con las convicciones que
había madurado sobre el valor de la nación, no era ningún extraño para las
personas que encontraba. Al contrario, la experiencia de mi patria me
facilitaba mucho el encuentro con los hombres y las naciones de todos los
continentes.
Las palabras pronunciadas en la UNESCO sobre el tema de la identidad de la
nación afirmada mediante la cultura fueron acogidas con aprobación,
particularmente por parte de los representantes de los países del Tercer Mundo.
Algunos delegados
de Europa occidental —así me ha parecido— se mostraron más reservados.
Podría preguntarse por qué. Uno de mis primeros viajes apostólicos fue el de
Zaire, en África ecuatorial. Un país enorme, donde se hablan 250 lenguas,
cuatro de ellas principales, y vive un gran número de clanes y tribus. ¿Cómo
formar una sola nación de tal diversidad y pluralidad? En una situación similar
están casi todos los países de África. Tal vez, desde el punto de vista de la
formación de la conciencia nacional, están en la etapa que en la historia de
Polonia corresponde a los tiempos de Mieszko I o los de Boleslao el Valiente.
Nuestros primeros reyes se encontraron ante una tarea semejante. La tesis que
expuse en la UNESCO sobre la formación de la identidad de la nación mediante la
cultura, era como una mano tendida a las necesidades más vitales de todas las
naciones jóvenes en busca de fórmulas para consolidar la propia soberanía.
Los países de Europa occidental están hoy en un período que se podría
definir como de «post-identidad». Pienso que uno de los resultados de la
Segunda Guerra Mundial fue precisamente la formación de este tipo de mentalidad
en los ciudadanos, en el contexto de una Europa que se estaba encaminando hacia
la unificación. Naturalmente, hay también otros muchos motivos que explican el
impulso hacia la unificación del Viejo Continente. Pero uno de ellos es sin
duda la gradual superación de las categorías exclusivamente nacionales en la
definición de su propia identidad. Sí, por lo general, las naciones de Europa
occidental piensan que no corren peligro
de perder su identidad nacional. Los franceses no temen que, por el hecho de
entrar en la Unión Europea, vayan a dejar de ser franceses, y así también los
italianos, los españoles, etc. Tampoco los polacos lo temen, aunque la historia
de su identidad nacional es bastante más compleja.
Históricamente, el espíritu polaco ha tenido una evolución muy interesante.
Probablemente, ninguna otra nacionalidad en Europa ha pasado por un proceso similar.
Al principio, en el período en que se fusionaban las tribus de los polanos,
vistulanos y demás, el elemento unificador fue el espíritu polaco de los Piast;
podría decirse que era el espíritu polaco «puro». Después, durante cinco
siglos, reinó el espíritu polaco de la época jagellona10, que permitió la
creación de una república integrada por varias naciones, varias culturas y
religiones. Todos los polacos son conscientes de esta diversidad religiosa y
nacional. Yo mismo provengo de Mal-opolska, el territorio de los antiguos
vistulanos, estrechamente vinculado a Cracovia. Pero también en Mal-opolska
—posiblemente también en Cracovia, más que en cualquier otra parte— se sentía
la vecindad de Vilna, de Lvov y del Oriente.
Un elemento étnico de gran importancia en Polonia ha sido también la
presencia de los judíos. Recuerdo que al menos la tercera parte de mis
compañeros de escuela en Wadowice eran judíos. En el instituto había menos.
Tenía amistad con varios de ellos, y lo que me sorprendía en algunos era su
patriotismo polaco. Así pues, el espíritu polaco, en el fondo, es la diversidad
y el pluralismo, no la estrechez de miras ni el aislamiento. Sin embargo,
parece que esta dimensión «jagellona» del espíritu polaco a la que me he
referido antes, ha dejado de ser lamentablemente algo obvio en nuestro tiempo.
(Polonia – Europa – Iglesia)
Después de haber reflexionado sobre conceptos fundamentales como patria,
nación, libertad o cultura, parece conveniente, Santo Padre, volver al tema de
Europa, de su relación con la Iglesia y del lugar de Polonia en este amplio
contexto. ¿Cuál es, Santidad, su visión de Europa? ¿Cómo valora las vicisitudes
del pasado, la situación actual del continente y sus perspectivas para el
tercer milenio? ¿Cuáles son las responsabilidades de Europa respecto al futuro
del mundo?
Un polaco no puede desarrollar una reflexión a fondo sobre la patria sin
llegar a tratar de Europa y sin plantearse a la postre la incidencia que ha
tenido la Iglesia en una u otra de estas realidades. Éstas, claro está, son
diferentes, pero también es indudable su influencia recíproca y profunda.
Resulta inevitable, pues, que en los razonamientos surjan referencias a una u
otra de estas realidades: patria, Europa, Iglesia, mundo.
Polonia es parte integrante de Europa. Está en el
continente europeo, en un territorio bien delimitado; ha entrado en contacto
con el cristianismo de tradición latina a través de la antigua Bohemia. Cuando
hablamos del comienzo del cristianismo en Polonia, conviene remontarse a los
primeros pasos del cristianismo en Europa. Leemos en los Hechos de los
Apóstoles que san Pablo, mientras estaba todavía evangelizando en Asia Menor,
fue llamado de una manera misteriosa a cruzar el confín entre los dos continentes
(cf. Hch 16, 9). La evangelización
de Europa arrancó en ese momento. Los Apóstoles mismos, en particular Pablo y
Pedro, llevaron el Evangelio a Grecia y a Roma, y estos inicios apostólicos,
con el transcurso de los siglos, dieron sus frutos. El Evangelio entró en el
continente europeo siguiendo diversas rutas: la península Itálica, los
territorios actuales de Francia y Alemania, la península Ibérica, las islas
Británicas y Escandinavia. Es significativo que el centro de donde salían los
misioneros, además de Roma, fuera Irlanda. En Oriente, el núcleo de donde
irradiaba el cristianismo, en su versión bizantina y luego eslava, fue
Constantinopla. Para el mundo eslavo fue de suma importancia la misión de los
santos hermanos Cirilo y Metodio, quienes emprendieron su obra evangelizadora
partiendo de Constantinopla, pero conservando el contacto con Roma. Porque en
aquel tiempo no había división entre los cristianos de Oriente y de Occidente.
¿Por qué, hablando de Europa, comenzamos con la evangelización? Simplemente
porque, tal vez, la evangelización estaba creando a Europa, dio inicio a la
civilización y a la cultura de sus pueblos. La propagación de la fe en el
continente ha propiciado la creación de las diversas naciones europeas,
sembrando en ellas los gérmenes de culturas con rasgos diferentes, pero unidas
entre sí por un patrimonio común de valores arraigados en el Evangelio. De esta
manera, se desarrolló el pluralismo de las culturas nacionales sobre una
plataforma de valores compartidos en todo el continente. Así ocurrió en el
primer milenio y, en cierta medida, no obstante las divisiones que se han ido
produciendo, también en el segundo milenio: Europa ha estado viviendo la unidad
de los valores que la fundaron en la pluralidad de las culturas nacionales.
Al decir que la evangelización aportó una contribución fundamental en la
formación de Europa, no se pretende minusvalorar la influencia del mundo
clásico. La Iglesia misma, en su actividad evangelizadora, asimiló el
patrimonio cultural precedente a ella, articulándolo en nuevas formas. Ante
todo el de Atenas y Roma, pero sucesivamente también el de los pueblos que iba
encontrando durante su expansión por el continente. En la evangelización de
Europa, que proporcionaba una cierta unidad cultural del mundo latino en
Occidente y del bizantino en Oriente, la Iglesia puso en práctica los criterios
de lo que hoy se llama inculturación. Contribuyó, en efecto, al desarrollo de
las culturas nativas y nacionales. Es bueno por tanto que la Iglesia haya
proclamado a san Benito primero y después también a los santos Cirilo y Metodio
como patronos de Europa. Con ello indica a todos los pueblos el gran proceso de
inculturación llevado a cabo a lo largo de los siglos y recuerda a la vez que
la Iglesia en este continente debe respirar «con dos pulmones». Naturalmente,
es una metáfora, pero una metáfora muy elocuente. Así como un organismo sano
necesita dos pulmones para respirar normalmente, también la Iglesia, como un organismo
espiritual, necesita estas dos tradiciones para poder llegar más plenamente a
la riqueza de la Revelación.
El largo proceso de formación de la Europa cristiana se extiende a todo el
primer milenio y, en parte, también al segundo. Se puede decir que, con él, no
sólo se ha consolidado el carácter cristiano de Europa, sino que se ha moldeado
también el espíritu europeo mismo. Los frutos de este proceso son visibles en
nuestro tiempo, más aún quizás que en la antigüedad o en el medioevo. Porque en
aquellos tiempos se conocía mucho menos el mundo. Al oriente de Europa se
extendía el misterioso continente asiático con sus antiquísimas culturas y
también con religiones más antiguas que el cristianismo. El enorme continente
americano permanecía totalmente desconocido hasta finales del siglo xv.
Naturalmente, lo mismo puede decirse de Australia, descubierta más tarde aún.
De África, en la antigüedad y el medioevo, se conocía únicamente su parte
septentrional, la mediterránea. Así pues, el pensar conscientemente con
categorías «europeas» se produjo sólo más tarde, cuando el globo terrestre
comenzó a ser suficientemente explorado. En los siglos anteriores se pensaba
con categorías vinculadas a cada uno de los imperios: primero a Egipto, luego a
imperios en el Medio Oriente en continua transformación, después al imperio de
Alejandro Magno y, finalmente, al imperio romano.
Al leer los Hechos de los Apóstoles, hay que considerar
con detenimiento un episodio muy significativo para la evangelización de
Europa, y también para la futura historia del espíritu europeo. Me refiero a lo
ocurrido en el Areópago de Atenas, cuando llegó Pablo y pronunció allí un
discurso memorable: «Atenienses —dijo—, veo que sois casi nimios en lo que toca
a la religión. Porque paseándome por ahí y fijándome en vuestros monumentos
sagrados, me encontré un altar con esta inscripción: "Al Dios
desconocido." Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: el
Dios que hizo el mundo y lo que contiene. Es el Señor de cielo y tierra y no
habita en templos construidos por hombres ni lo sirven manos humanas; como si
necesitara de alguien él, que a todos da la vida y el aliento, y todo. De un
solo hombre sacó todo el género humano para que habitara la tierra entera,
determinando las épocas de su historia y las fronteras de sus territorios.
Quería que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban;
aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y
existimos; así lo dicen incluso algunos de vuestros poetas: "Somos estirpe
suya." Por tanto, si somos estirpe de Dios, no podemos pensar que la
divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por
la destreza y la fantasía de un hombre. Dios pasa por alto aquellos tiempos de
ignorancia, pero ahora manda a todos los hombres en todas partes que se
conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con
justicia, por medio del hombre designado por él; y ha dado a todos prueba de
esto resucitándolo de entre los muertos» (Hch 17, 22-31).
Leyendo estas palabras se nota que Pablo se presentó en el Areópago bien
preparado: conocía la filosofía y la poesía griegas. Se dirigió a los
atenienses tomando pie en la idea del «Dios desconocido», a quien ellos habían
dedicado un altar. Ilustró los atributos eternos de este Dios: inmaterialidad,
sabiduría, omnipotencia, omnipresencia y justicia. De esta manera, mediante una
especie de teodicea en la que se recurre únicamente a la razón, Pablo
predispuso el auditorio para escuchar el anuncio del misterio de la
Encarnación. Así pudo hablar de la revelación
de Dios en el Hombre, en Cristo crucificado y resucitado.
Pero, precisamente al llegar a este punto, los oyentes atenienses, que hasta
ese momento parecían dispuesto a acoger favorablemente su propuesta, se
volvieron atrás. Leemos: «Al oír "Resurrección de los muertos", unos
lo tomaban a broma, otros dijeron: "De esto te oiremos hablar en otra
ocasión"» (Hch 17, 32). Así
pues, la misión de Pablo en el Areópago terminó en fracaso, aunque algunos de
los que habían escuchado sus palabras las acogieron y creyeron. Entre ellos,
según la tradición, estaba Dionisio el Areopagita.
¿Por qué he citado por entero el discurso de Pablo en el Areópago? Porque es
una especie de introducción a lo que el cristianismo haría después en Europa.
Tras el período del magnífico desarrollo de la evangelización, que durante el
primer milenio llegó a casi todos los países europeos, vino el medioevo con su
universalismo cristiano: el medioevo de una fe sencilla, fuerte y profunda; el
medioevo de las catedrales románicas y góticas, y de las estupendas Sumas
Teológicas. La evangelización de Europa parecía no solamente terminada sino
también madura en todos los aspectos: madura no únicamente en el campo del
pensamiento filosófico y teológico, sino también en el campo del arte y de la
arquitectura sacra, además de todo lo referente a la solidaridad social (gremios
de artes y oficios, hermandades, hospitales...). No obstante, a partir de 1054
esta Europa tan madura se encontró con una profunda mella causada por la gran
herida del «cisma oriental». Los dos pulmones dejaron de funcionar en el único
organismo de la Iglesia; más aún, cada uno de ellos había comenzado a crear
casi un organismo aparte. Esta división ha caracterizado la vida espiritual de
Europa desde los inicios del segundo milenio.
El comienzo de los tiempos modernos trajo ulteriores fisuras y divisiones,
esta vez en Occidente. La postura de Martín Lutero dio origen a la Reforma.
Siguieron sus pasos otros reformadores, como Calvino y Zuinglio. En esta misma
línea se produce también la separación de la Iglesia de las islas Británicas de
la Sede de Pedro. Europa occidental, que durante el medioevo fue un continente
unido desde el punto de vista religioso, en el umbral de los tiempos modernos
vivió graves divisiones que se consolidaron en los siglos posteriores. De ello
se derivaron también consecuencias de carácter político, según el principio
cuius regio eius religio, se ha de profesar la fe de aquel a quien pertenece la
región. Una de las consecuencias que no se pueden omitir es la triste realidad
de las guerras de religión.
Todo esto pertenece a la historia de Europa y ha gravado sobre el espíritu
europeo, influyendo en su visión del futuro, preanunciando de cierta manera las
divisiones posteriores y los nuevos sufrimientos que brotarían con el tiempo.
Sin embargo, hay que subrayar que la fe en Cristo crucificado y resucitado ha
permanecido como denominador común para los cristianos de los tiempos de la
Reforma. Estaban divididos en lo que se refiere a su relación con la Iglesia y
con Roma, pero no rechazaban la verdad de la Resurrección, como lo hicieron los
oyentes de san Pablo en el Areópago ateniense. Así fue, por lo menos, al
principio. No obstante, con el pasar del tiempo y gradualmente, se llegaría
lamentablemente también a esto.
El rechazo de Cristo y, particularmente, de su misterio
pascual —de la Cruz y de la Resurrección— apareció en el horizonte del
pensamiento europeo a caballo de los siglos xvii y xviii, especialmente en el
período de la Ilustración. Primero la francesa, luego la inglesa y la alemana.
En sus diversas manifestaciones, la Ilustración se oponía a lo que Europa había
llegado a ser por obra de la evangelización. Se puede comparar a sus
representantes con los oyentes de Pablo en el Areópago. En su mayoría no
rechazaban la existencia del «Dios desconocido» como un ser espiritual y trascendente
en que «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Pero los ilustrados
radicales, más de quince siglos después del discurso en el Areópago, rechazaban
la verdad de Cristo, Hijo de Dios, que se ha dado a conocer haciéndose hombre,
naciendo de la Virgen en Belén, anunciando la Buena Nueva y, al final,
entregando la vida por los pecados de todos los hombres. El pensamiento
ilustrado europeo quiso desembarazarse de este Dios-Hombre, muerto y
resucitado, e hizo todo lo posible por excluirlo de la historia del continente.
Bastantes pensadores y políticos actuales permanecen obstinadamente fieles a
esta aspiración.
Los representantes del postmodernismo contemporáneo critican tanto el
patrimonio válido como las quimeras de la Ilustración. Pero su crítica es a
veces desmedida, porque llega a no reconocer siquiera el valor de las posturas
ilustradas referentes al humanismo, la confianza en la razón y en el progreso.
Es cierto que no se puede ignorar la postura polémica de numerosos pensadores
ilustrados respecto al cristianismo. Pero el verdadero «drama cultural», que
dura hasta hoy, consiste precisamente en que contraponen al cristianismo ideas
como las apenas mencionadas que, sin embargo, están profundamente arraigadas en
la tradición cristiana.
Antes de continuar este análisis del espíritu europeo,
deseo referirme a otro texto del Nuevo Testamento, a la parábola de Jesús sobre
la vid y los sarmientos. Cristo dice: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos»
(Jn 15, 5). Y más adelante
desarrolla esta gran metáfora diseñando una especie de teología de la
Encarnación y de la Redención. Él es la vid, el Padre el viñador y los
sarmientos cada uno de los hombres. Jesús habló a los Apóstoles usando esta
imagen el día antes de la Pasión. El hombre es como el sarmiento. Blaise Pascal
se acerca a esta metáfora cuando describe al hombre como «caña pensante».1Pro
el aspecto más profundo y esencial de la parábola es lo que Cristo dice sobre
el cultivo de la vid. Dios, que creó al hombre, cuida de esta criatura suya.
Como viñador, la cultiva. Y lo hace en el modo que le es propio. Injerta la
humanidad en la «vid» de la divinidad de su Hijo unigénito. El Hijo eterno y
consustancial al Padre se hace hombre precisamente para esto.
¿Por qué este «cultivo de Dios»? ¿Es posible injertar un
sarmiento humano en esa Vid que es Dios hecho hombre? La respuesta de la
Revelación es clara: el hombre desde el inicio fue llamado a la existencia como
imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,
27) y, por tanto, su humanidad encierra siempre en sí algo divino. La
humanidad del hombre puede ser «cultivada» también de esta manera sobrenatural.
Aún más, en la actual economía de la salvación, sólo mediante su inserción en
la divinidad de Cristo el hombre puede realizarse en plenitud. Si rechaza esta
inserción, se condena en cierto sentido a una humanidad incompleta.
¿Por qué en este lugar de nuestras consideraciones sobre Europa nos
referimos a la parábola de Cristo sobre la vid y los sarmientos? Quizás porque
precisamente esta parábola nos permite explicar de la mejor manera el drama de
la ilustración europea. Rechazando a Cristo, o por lo menos poniendo entre
paréntesis su actuación en la historia del hombre y de la cultura, ciertas
corrientes del pensamiento europeo han cambiado de rumbo. Se ha privado al
hombre de «la vid», del injerto en esa vid que permite lograr la plenitud de la
humanidad. Se puede decir que se abrió el camino a las demoledoras experiencias
del mal que vendrían más tarde de una forma cualitativamente nueva, jamás
conocida antes o, al menos, no con tal magnitud, .
Según la definición de santo Tomás, el mal es la ausencia de un bien que un
determinado ser debería tener. Así pues, en el hombre, como un ser creado a
imagen y semejanza de Dios, redimido del pecado por Cristo, debería encontrarse
el bien de la participación en la naturaleza y en la vida de Dios mismo, un privilegio
inaudito que Cristo le ha concedido por el misterio de la Encarnación y de la
Redención. Privar al hombre de este bien equivale —según el lenguaje
evangélico— a cortar el sarmiento de la vid. En consecuencia, el sarmiento no
puede desarrollar esa plenitud que el viñador, que es el Creador, había
proyectado para él.
La evangelización de la parte centro oriental del continente europeo, como
Vuestra Santidad ha mencionado, ha tenido una historia particular. Esto ha
influido seguramente en la fisonomía cultural de dichos pueblos.
En efecto, una consideración aparte merece la evangelización que tiene su
fuente en Bizancio. Se puede decir que su símbolo son los santos Cirilo y
Metodio, los apóstoles de los eslavos. Fueron griegos provenientes de
Tesalónica. Emprendieron la evangelización de los eslavos, comenzando en los
territorios de la actual Bulgaria. Su primera preocupación fue aprender la
lengua local, creando ciertos signos gráficos para transcribir la fonética de
su propio modo de hablar, dando origen así al primer alfabeto eslavo, llamado
después cirílico. Este alfabeto, con algunas modificaciones, se conserva hasta
hoy en los países del Oriente eslavo, mientras que el Occidente eslavo adoptó
la escritura latina, usando al principio el latín como lengua de las capas
cultas y formando después progresivamente su propia literatura.
Cirilo y Metodio actuaron, por invitación del príncipe de la gran Moravia,
en los territorios de su país en el siglo ix. Es probable que llegaran también
al territorio de los vistulanos, detrás de los Cárpatos. Pero estuvieron
ciertamente en los territorios de Panonia, en la actual Hungría, y también en
las tierras de Croacia, Bosnia y Herzegovina, así como en la región de Ocrida,
en la zona de la Macedonia eslava. Dejaron discípulos que continuaron su
actividad misionera. Estos dos santos hermanos influyeron también en la
evangelización de los eslavos de los territorios que se encuentran al norte del
mar Negro. Porque la evangelización de los eslavos a partir del bautismo de san
Vladimiro en 988 se extendió sobre toda la Rus’ de Kiev y, luego, abarcó las
tierras del norte de la actual Rusia, llegando hasta los Urales. En el siglo
xiii, a raíz de la invasión de los mongoles que destruyeron el país de Kiev,
esta evangelización atravesó una grave prueba de notable alcance histórico. Sin
embargo, los nuevos centros religiosos y políticos en el norte, especialmente
Moscú, no sólo supieron defender la tradición cristiana en su forma eslavo-bizantina,
sino también propagarla dentro de los límites de Europa hasta los Urales, e
incluso más allá de los Urales, en los territorios de Siberia y del norte de
Asia.
Todo esto forma parte de la historia de Europa y muestra
de alguna manera la naturaleza del espíritu europeo. En el período sucesivo a
la Reforma, como consecuencia del principio cuius regio eius religio, llegaron
las guerras de religión. Muchos cristianos de diferentes Iglesias se dieron
cuenta de que tales guerras estaban en contraste con el Evangelio y,
paulatinamente, llegó a prevalecer el principio de libertad religiosa, con el
cual se afirmaba la posibilidad de elegir personalmente la confesión religiosa
y la consecuente pertenencia eclesial. Además, con el transcurso del tiempo,
las diversas confesiones cristianas, sobre todo de proveniencia evangélica y
protestante, comenzaron a encaminarse en busca de concordia y acuerdos. Eran
los primeros pasos por el camino que se convertiría en el movimiento ecuménico.
Por lo que se refiere a la Iglesia católica, un acontecimiento crucial en este
sentido fue el Concilio Vaticano II. En él, la Iglesia católica definió su
posición respecto a todas las Iglesias y Comunidades eclesiales que están fuera
de la unidad católica, y se comprometió con total determinación en la actividad
ecuménica. Este acontecimiento es importante para la futura unidad plena de
todos los cristianos. Sobre todo en el siglo xx, se han dado cuenta de que no
podían dejar de buscar esa unidad, por la cual Cristo oró la víspera de su
Pasión: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos lo
sean también en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Puesto que los
Patriarcados del Oriente ortodoxo también están comprometiéndose activamente en
el diálogo ecuménico, se puede abrigar la esperanza de una unidad plena en un
futuro no lejano. La Sede Apostólica, por su parte, está decidida a hacer todo
lo posible en este sentido a través del diálogo, tanto con la Iglesia ortodoxa
como con cada una de las Iglesias y Comunidades eclesiales en el Occidente.
Como se dice en los Hechos de los Apóstoles, a Europa
llegó el cristianismo desde Jerusalén, a través de Asia Menor. Inicialmente, de
Jerusalén salían las rutas misioneras que conducirían a los Apóstoles de Cristo
hasta los «confines del mundo» (Hch 1,
8). Sin embargo, ya en los tiempos apostólicos, el centro de la difusión
misionera se trasladó a Europa. Sobre todo a Roma, donde daban testimonio de
Cristo los santos Apóstoles Pedro y Pablo y, más tarde, también a
Constantinopla, es decir, Bizancio. Así pues, la evangelización tuvo sus dos
centros principales en Roma y Bizancio. De estas ciudades salían los misioneros
para cumplir el mandato de Cristo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos,
bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19). Los efectos de esta
actividad misionera pueden verse aún hoy en Europa: se reflejan en la
orientación cultural de los pueblos. Los misioneros provenientes de Roma
iniciaron un proceso de inculturación que ha dado lugar a la versión latina del
cristianismo, mientras que los misioneros provenientes de Bizancio han
promovido su versión bizantina: primero la griega y luego la eslava,
cirílico-metodiana. La evangelización de toda Europa se ha realizado
principalmente a partir de estos dos núcleos.
Gradualmente, con el transcurso de los siglos, la evangelización ha rebasado
los confines de Europa. Fue una epopeya gloriosa sobre la cual, no obstante,
proyecta su sombra la cuestión de la colonización. En el sentido moderno de la
palabra se puede hablar de colonización desde el tiempo del descubrimiento de
América. La primera gran «colonia» europea fue precisamente el continente
americano: el centro y el sur colonizado por los españoles y portugueses, y el
norte por los franceses y los anglosajones. Fue un fenómeno transitorio. Unos
siglos después del descubrimiento de América, se formaron en el sur y en el
norte nuevas sociedades y nuevos estados postcoloniales, que se han convertido
cada vez en mayor medida en verdaderos consocios de Europa.
La celebración del quinto centenario del descubrimiento de América ha dado
ocasión para plantear la gran cuestión sobre la relación entre el desarrollo de
las sociedades americanas del norte y del sur, por un lado, y los derechos de
las poblaciones indígenas por otro. En el fondo, es una cuestión inherente a
toda colonización. También la del continente africano. Nace del hecho de que la
colonización implica siempre llevar e injertar «algo nuevo» en el tronco
precedente. En cierto sentido, esto favorece el progreso de las poblaciones autóctonas,
pero simultáneamente trae consigo una especie de expropiación, no solamente de
sus tierras sino también de su patrimonio espiritual. ¿Cómo se planteó dicho
problema en América del norte y del sur? ¿Cuál debería ser el juicio moral a la
luz de las diversas situaciones que se produjeron en la historia? Éstas son
preguntas planteadas con razón, y a las que se deben buscar respuestas
adecuadas. Hay que saber reconocer también los fallos de los colonizadores, así
como asumir el compromiso de reparar sus culpas en lo que sea posible.
En cualquier caso, la colonización es parte de la historia de Europa y del
espíritu europeo. Europa es relativamente pequeña. Pero, al mismo tiempo, es un
continente muy desarrollado, al que se puede decir que la Providencia ha
confiado la tarea de comenzar un múltiple intercambio de bienes entre las
diferentes partes del mundo, entre los distintos países, pueblos y naciones de
todo el orbe. Tampoco se puede olvidar que la obra misionera de la Iglesia se
propagó al mundo desde Europa. Tras haber recibido la Buena Nueva de Jerusalén,
Europa, tanto la romana como la bizantina, se convirtió en el gran centro de la
evangelización del mundo y, a pesar de todas las crisis, no ha dejado de serlo
hasta hoy. Tal vez esta situación cambie. Puede ser que, en un futuro más o
menos lejano, la Iglesia en los países europeos necesite la ayuda de las
Iglesias de otros continentes. Si llegara a ocurrir, la nueva situación podría
interpretarse como una cierta forma de saldar las «deudas» que los otros
continentes contrajeron con Europa por haberles llevado el anuncio del
Evangelio.
Al pensar en Europa, en fin, es preciso observar que no se puede entender su
historia moderna sin tener en cuenta las dos grandes revoluciones: la francesa,
a finales del siglo xviii, y la rusa a comienzos del xx. Ambas fueron una
reacción al sistema feudal, que en Francia había tomado la forma del
«absolutismo ilustrado» y, en Rusia, de la «autocracia» (samodierz.avie)
zarista. La revolución francesa, que causó tantas víctimas inocentes, al final
abrió las puertas a Napoleón, que se proclamó emperador de los franceses,
dominando Europa con su genio militar durante la primera década del siglo xix.
Después de Napoleón, el Congreso de Viena restableció en Europa el sistema del
absolutismo ilustrado, sobre todo en los países responsables de la repartición
de Polonia. Entre finales del xix y comienzos del xx se consolidó esta
distribución de fuerzas, apareciendo al mismo tiempo nuevas naciones en Europa,
como la italiana.
En la segunda década del siglo xx, la situación en Europa degeneró hasta el
punto de llegar a la Primera Guerra Mundial. Fue una contienda cruenta entre
las «grandes alianzas» —Francia, Inglaterra y Rusia, a la que se añadió Italia,
por un lado, y Alemania y Austria por otro—, pero también el conflicto del cual
nació la libertad de algunos pueblos. En 1918, al terminar la Primera Guerra
Mundial, aparecen de nuevo en el mapa de Europa los estados hasta entonces
sometidos por las potencias ocupantes. Así, el año 1918 trae consigo la
recuperación de la independencia de Polonia, Lituania, Letonia y Estonia. De
modo similar, nace en el sur la libre República Checoslovaca, y algunas
naciones de Europa central entran a formar parte de la Federación Yugoslava.
Ucrania y Bielorrusia no consiguieron todavía la independencia, a pesar de las
bien conocidas aspiraciones y expectativas de sus pueblos. Este nuevo sistema
de fuerzas en Europa, en el sentido político, apenas duraría veinte años.
A la erupción del mal que tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial
siguió otra aún más terrorífica en la segunda y en los crímenes de los que
hemos hablado al comienzo de nuestro coloquio. Usted, Santo Padre, dijo que la
visión de la Europa actual no puede limitarse al mal, a la herencia destructiva
de la Ilustración y de la Revolución francesa, porque ésta sería una visión
unilateral. ¿Cómo se debe, pues, ampliar la perspectiva para poder ver también
los aspectos positivos de la historia moderna de esta Europa nuestra?
La Ilustración europea no sólo dio lugar a las crueldades
de la Revolución francesa; tuvo también frutos buenos, como la idea de
libertad, igualdad y fraternidad, que son después de todo valores enraizados en
el Evangelio. Aunque se proclamen de espaldas a él, estas ideas hablan por sí
solas de su origen. De este modo, la Ilustración francesa preparó el terreno
para comprender mejor los derechos del hombre. En realidad la revolución misma
violó, de hecho y de varios modos, muchos de estos derechos. Pero el
reconocimiento efectivo de los derechos del hombre comenzó desde ese momento a
ponerse en práctica con mayor fuerza, superando las tradiciones feudales. Hay
que subrayar, además, que estos derechos ya eran conocidos, en cuanto radicados
en la naturaleza del hombre, creada por Dios según su imagen y, como tales,
proclamados en la Sagrada Escritura desde las primeras páginas del libro del
Génesis. Cristo mismo se refiere a ellos reiteradamente, cuando, por ejemplo,
se dice en el Evangelio que «el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre
para el sábado» (Mc 2, 27). En
estas palabras, afirma con su autoridad la primacía de la dignidad del hombre,
indicando que, en última instancia, su fundamento es divino.
También la idea del derecho de la nación se relaciona con la tradición
ilustrada, e incluso con la Revolución francesa. El derecho de la nación a la
existencia, a su propia cultura y a su soberanía política, era en aquel momento
de la historia, en el siglo xviii, de gran importancia para muchas naciones en
Europa y en otras partes. Lo era para Polonia que, precisamente en esos años, a
pesar de la Constitución del 3 de mayo2, estaba por perder la independencia. Al
otro lado del Atlántico, lo era de modo particular para los Estados Unidos de
América del norte que se estaban formando. Es significativo que estos tres
acontecimientos —la Revolución francesa (14 de julio de 1789), la proclamación
de la Constitución del 3 de mayo en Polonia (1791) y la Declaración de
Independencia de los Estados Unidos de América (4 de julio de 1776)— se
produjeran en fechas tan próximas unas de otras. Pero algo parecido podría
decirse de los diferentes países de Latinoamérica que, después de un largo
período feudal, estaban tomando una nueva conciencia nacional y, en
consecuencia, se fortalecían sus aspiraciones independistas frente a la Corona
española o portuguesa.
Así pues, las ideas de libertad, igualdad y fraternidad se iban
fortaleciendo —desgraciadamente a costa de la sangre de muchas víctimas en la
guillotina— e iluminaban la historia de los pueblos y de las naciones, al menos
en los continentes europeo y americano, dando origen a una nueva época de la
historia. Por lo que se refiere a la fraternidad, idea evangélica por
excelencia, el período de la Revolución francesa comportó su renovada
consolidación en la historia de Europa y del mundo. La fraternidad es un lazo
que no sólo une a los individuos, sino también a las naciones. La historia del
mundo debería estar regida por el principio de la fraternidad de los pueblos y
no solamente por las intrigas entre las fuerzas políticas o por la hegemonía de
los monarcas, sin una suficiente consideración por los derechos del hombre y de
las naciones.
Los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad fueron providenciales
también al principio del siglo xix, porque en aquellos años se produjo la gran
convulsión de la llamada cuestión social. El capitalismo de los inicios de la
revolución industrial menospreciaba de muchas maneras la libertad, la igualdad
y la fraternidad, permitiendo la explotación del hombre por el hombre en aras
de las leyes del mercado. El pensamiento ilustrado, sobre todo su concepto de
libertad, favoreció seguramente el surgir del Manifiesto Comunista de Carlos
Marx, pero propició también —a veces independientemente de esta declaración— la
formación de los postulados de la justicia social, que tenían a su vez su raíz
última en el Evangelio. Es significativo constatar cómo estos procesos de
talante ilustrado han llevado frecuentemente a redescubrir las verdades del
Evangelio. Lo muestran las Encíclicas sociales mismas, desde la Rerum novarum,
de León XIII, y las del siglo xx hasta la Centesimus annus.
En los documentos del Concilio Vaticano II se puede hallar una síntesis
estimulante de la relación del cristianismo con la Ilustración. Aunque los
textos no hablan de ella expresamente, sin embargo, cuando se los analiza más a
fondo en el contexto cultural de nuestra época, ofrecen valiosas indicaciones
sobre este punto. El Concilio, en la exposición de su doctrina, ha evitado
intencionalmente cualquier polémica. Ha preferido presentarse como una nueva
expresión de esa inculturación que ha acompañado al cristianismo desde los
tiempos apostólicos. Siguiendo sus orientaciones, los cristianos pueden
convivir con el mundo contemporáneo y entablar un diálogo constructivo con él.
Como el buen samaritano del Evangelio, pueden acercarse también al hombre
maltrecho, tratando de curar sus heridas en este comienzo del siglo xxi. La
solicitud por ayudar al hombre es incomparablemente más importante que las
polémicas y las acusaciones, por ejemplo, a las raíces ilustradas de las
grandes catástrofes históricas del siglo xx. Porque el espíritu del Evangelio
se manifiesta sobre todo en la disponibilidad para ofrecer al prójimo una ayuda
fraterna.
«Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo encarnado.»3 Con estas palabras el Concilio Vaticano II
expresa la antropología que constituye el fundamento de todo el magisterio
conciliar. Cristo no sólo indica a los hombres el camino de la vida interior,
sino que Él mismo se presenta como «el camino» para ello. Es «camino» porque es
el Verbo encarnado, es el Hombre. Leemos más adelante en el texto conciliar:
«Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de
Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio
del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le
descubre la grandeza de su vocación.»4 Sólo Cristo con su humanidad revela
hasta el fondo el misterio del hombre. En efecto, únicamente se puede ahondar
hasta el fondo en el sentido del misterio del hombre si se toma como punto de
partida su creación a imagen y semejanza de Dios. El ser humano no puede
comprenderse del todo a sí mismo teniendo como única referencia las otras
criaturas del mundo visible. El hombre encuentra la clave para entenderse a sí
mismo contemplando el divino Prototipo, el Verbo encarnado, Hijo eterno del
Padre. Así pues, la fuente primaria y decisiva para entender la íntima
naturaleza del ser humano es la Santísima Trinidad. A todo esto se refiere la
fórmula bíblica «imagen y semejanza», citada en las primeras páginas del libro
del Génesis (Gn 1, 26-27). Por
tanto, para explicar a fondo la esencia del hombre hay que acudir a esta
fuente.
La Constitución Gaudium et spes continúa desarrollando esta idea
fundamental. Cristo, «que es "imagen de Dios invisible" (Co 1, 15) es
el hombre perfecto que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina,
deformada desde el primer pecado. En él la naturaleza humana ha sido asumida,
no absorbida; por eso mismo, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad
sublime» (n. 22). Esta categoría de la dignidad es muy importante, más aún,
esencial para el pensamiento cristiano sobre el hombre. Se aplica
abundantemente en toda la antropología, no sólo teórica sino también práctica,
en la enseñanza de la moral, así como en los documentos de carácter político.
Según la doctrina del Concilio, la dignidad propia del hombre no se basa
únicamente en el hecho mismo de ser hombre, sino, sobre todo, en que Dios se
hizo verdadero hombre en Jesucristo. En efecto, acto seguido leemos: «Pues él
mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con
todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre,
obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen
María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros
excepto en el pecado» (n. 22). Tras estas formulaciones está el gran esfuerzo
doctrinal de la Iglesia del primer milenio para presentar correctamente el
misterio de Dios-Hombre. Se nota en casi todos los concilios, que tornan
reiteradamente sobre este misterio de la fe, esencial para el cristianismo,
desde diversos puntos de vista. El Concilio Vaticano II apoya su doctrina en la
riqueza teológica elaborada anteriormente sobre la humanidad divina de Cristo,
con el fin de formular una conclusión esencial para la antropología cristiana.
En esto consiste precisamente su carácter innovador.
El misterio del Verbo encarnado nos ayuda a comprender el
misterio del hombre también en su dimensión histórica. Porque Cristo es el
«último Adán», como dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios (1Co 15, 45). Este último Adán es el
Redentor del hombre, el Redentor del primer Adán, es decir, del hombre
histórico, cargado con la herencia de la caída original. Leemos en la Gaudium
et spes: «Cordero inocente, por su sangre libremente derramada, mereció para
nosotros la vida, y en él Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros y nos
arrancó de la esclavitud del diablo y del pecado, de modo que cualquiera de
nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios "me amó y se entregó
a sí mismo por mí" (Ga 2, 20).
Padeciendo por nosotros, no sólo nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas,
sino que también instauró el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se
santifican y adquieren un sentido nuevo [...]. Ciertamente urgen al cristiano
la necesidad y el deber de luchar contra el mal con muchas tribulaciones y
también de padecer la muerte; pero asociado al misterio pascual, configurado
con la muerte de Cristo, fortalecido por la esperanza, llegará a la
Resurrección» (n. 22).
Se dice que el Concilio Vaticano II trajo consigo lo que Karl Rahner ha
llamado un «viraje antropológico». La intuición es válida, pero en modo alguno
debe hacer olvidar que este viraje tiene un carácter profundamente
cristológico. La antropología del Vaticano II está enraizada en la cristología
y, por tanto, en la teología. Leídas con atención, las frases citadas de la
Constitución Gaudium et spes son el núcleo mismo del nuevo sesgo que la Iglesia
ha tomado en la forma de presentar su antropología. Basándome en esta doctrina,
he podido decir en la Encíclica Redemptor hominis que «el hombre es el camino
de la Iglesia» (n. 14).
La Gaudium et spes subraya con mucha firmeza que la explicación del misterio
del hombre, enraizada en el misterio del Verbo encarnado, «vale no sólo para
los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo
corazón actúa la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos y la vocación
última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina. En
consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la
posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este
misterio pascual» (n. 22).
La antropología del Concilio tiene carácter netamente dinámico, habla del
hombre a la luz de su vocación y lo hace de manera existencial. Una vez más se
propone la visión del misterio del hombre que se ha manifestado a los creyentes
por la Revelación cristiana. «Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del
dolor y de la muerte, que fuera de su Evangelio nos abruma. Cristo resucitó,
destruyendo la muerte con su muerte, y nos dio la vida, para que, hijos en el
Hijo, clamemos en el Espíritu: ¡Abba! ¡Padre!»
(n. 22). Este enfoque del misterio central del cristianismo responde de modo
más directo a los retos del pensamiento contemporáneo, que acentúa más lo
existencial. En él campea la cuestión sobre el sentido de la existencia humana
y, especialmente, del dolor y de la muerte. Precisamente en esta perspectiva el
Evangelio se muestra como la mayor de las profecías. La profecía sobre el
hombre. Al margen del Evangelio, el hombre se queda en un dramático
interrogante sin respuesta. Porque la respuesta apropiada a la pregunta sobre
el hombre es Cristo, el Redemptor hominis.
En octubre de 1978, Usted, Santidad, salió de Polonia, probada por la guerra
y el comunismo, para venir a Roma y asumir la tarea de Sucesor de Pedro. Las
experiencias polacas le han acercado a una nueva forma postconciliar de la
Iglesia: a una Iglesia más abierta que en el pasado a los problemas de los
laicos y del mundo. Santo Padre, ¿qué tareas considera más importantes de la
Iglesia en el mundo actual? ¿Cuál debería ser la actitud de los hombres de
Iglesia?
Hoy se necesita un enorme trabajo en la Iglesia. En particular, se necesita
el apostolado de los laicos, del que habla el Concilio Vaticano II. Es del todo
indispensable una profunda conciencia misionera. La Iglesia en Europa y en
todos los continentes debe darse cuenta de que siempre y en todas partes es
Iglesia misionera (in statu missionis). La misión pertenece de tal modo a su
naturaleza, que nunca y en ninguna parte, ni siquiera en los países de sólida
tradición cristiana, puede dejar de ser misionera. Durante los quince años de
su pontificado y con la ayuda del Sínodo de los Obispos, Pablo VI ha promovido
ulteriormente esta conciencia, renovada por el Concilio Vaticano II. De su
corazón surgió, por ejemplo, la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Yo
mismo he tratado de seguir por este camino desde las primeras semanas de mi
ministerio. La muestra está en el primer documento del pontificado, la
Encíclica Redemptor hominis.
La Iglesia debe ser incansable en esta misión recibida de
Cristo. Debe ser humilde y valiente, como Cristo mismo y como sus Apóstoles. No
puede desanimarse ni siquiera ante disidencias, protestas o cualquier tipo de
acusación, como, por ejemplo, la de hacer proselitismo o la de supuestos
intentos de clericalizar la vida social. Sobre todo, no puede dejar de
proclamar el Evangelio. Ya san Pablo fue consciente de esto cuando escribió a
su discípulo: «Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, rebate,
reprende, reprocha, exhorta con toda paciencia y deseo de instruir» (2Tm 4, 2). Este deber tan íntimo,
confirmado por aquellas otras palabras de Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el
Evangelio!» (1Co 9, 16), ¿de dónde
proviene? ¡Está muy claro! Surge del saber muy bien que, bajo el cielo, ningún
otro nombre nos puede salvar, sino uno solo: el de Cristo (cf. Hch 4, 12).
«¡Cristo, sí, Iglesia, no!», objetan algunos
contemporáneos. Aparte la protesta que implica, en este lema podría apreciarse
una cierta apertura a Cristo, que la Ilustración excluía. Pero es una apertura
aparente. Cristo, en efecto, cuando es aceptado realmente, lleva siempre
consigo la Iglesia, que es su Cuerpo místico. Cristo no existe sin la
Encarnación, Cristo no existe sin la Iglesia. La Encarnación del Hijo de Dios
en la naturaleza humana se prolonga, por voluntad suya, en la comunidad de los
seres humanos que Él mismo constituyó, garantizándoles su presencia constante:
«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Naturalmente, la Iglesia,
como institución humana, necesita purificarse y renovarse siempre. Así lo ha
reconocido el Concilio Vaticano II con toda franqueza.5 Sin embargo, como
Cuerpo de Cristo, la Iglesia es la condición de su presencia y actuación en el
mundo.
Se puede decir que todas las reflexiones hasta ahora expuestas reflejan,
directa o indirectamente, los criterios que han inspirado las iniciativas
tomadas para celebrar el final del segundo milenio del nacimiento de Cristo y
el inicio del tercero. He hablado de esto en las dos Cartas apostólicas
dirigidas a la Iglesia y también, en cierto sentido, a todos los hombres de
buena voluntad, con motivo de este acontecimiento. Tanto en la Tertio millennio
adveniente como en la Novo millennio ineunte, he subrayado cómo el Gran Jubileo
concernía a todo el género humano en mayor medida que cualquier otro
acontecimiento hasta ahora. Cristo pertenece a la historia universal de toda la
humanidad y le da forma. La vivifica en el modo que le es propio, a semejanza
de la levadura evangélica. Desde la eternidad hay un proyecto de elevar en
Cristo al hombre y al mundo a una dimensión divina. Es una transformación que
se realiza permanentemente, también en nuestro tiempo.
La visión de la Iglesia esbozada en la Constitución Lumen
gentium exigía en cierto modo ser completada. Ya lo intuyó con perspicacia Juan
XXIII, que en las últimas semanas antes de su muerte decidió que el Concilio
elaborara un documento específico sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Aquel trabajo resultó sumamente fecundo. La Constitución Gaudium et spes abrió
la Iglesia a todo lo que se compendia en el concepto «mundo». Es sabido que
este término tiene un doble significado en la Sagrada Escritura. Por ejemplo,
el «espíritu de este mundo» (1Co 2, 12)
indica todo aquello que aleja al hombre de Dios. Hoy se podría corresponder al
concepto de secularización laicista. Sin embargo, la Sagrada Escritura contrarresta
este significado negativo del mundo con otro positivo: el mundo como la obra de
Dios, como el conjunto de los bienes que el Creador dio al hombre y encomendó a
su iniciativa y clarividencia. El mundo, que es como el teatro de la historia
del género humano, lleva las marcas de su habilidad, de sus derrotas y
victorias. Aunque mancillado por el pecado del hombre, ha sido liberado por
Cristo crucificado y resucitado, y espera llegar, contando también con el
compromiso humano, a su pleno cumplimiento.6 Se podría decir, parafraseando a
san Ireneo: Gloria Dei, mundus secundum amorem Dei ab homine excultus, la
gloria de Dios es el mundo perfeccionado por el hombre según el amor de Dios.
La Iglesia lleva a cabo su cometido misionero en una determinada sociedad y
en el territorio de un país concreto. Usted, Santidad, ¿cómo ve la relación de
la Iglesia con el Estado en la situación actual?
En la Constitución Gaudium et spes, leemos: «La comunidad política y la Iglesia
son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas,
aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social
de los mismos hombres. Este servicio lo realizarán tanto más eficazmente en
bien de todos cuanto procuren mejor una sana cooperación entre ambas, teniendo
en cuenta también las circunstancias de lugar y tiempo. Pues el hombre no está
limitado al mero orden temporal, sino que, viviendo en la historia humana,
conserva íntegra su vocación eterna» (n. 76). Así pues, el significado que
tiene para el Concilio el término «separación» entre la Iglesia y el Estado, es
muy distinto del que querían darle los sistemas totalitarios. Sin duda fue una
sorpresa y, en cierto modo, un de-safío para muchos países, sobre todo para
aquellos gobernados por regímenes comunistas. Éstos, naturalmente, no podían
impugnar la posición del Concilio, pero se daban cuenta al mismo tiempo del
contraste con su concepto de «separación» entre la Iglesia y el Estado. En su
visión, en efecto, el mundo pertenece exclusivamente al Estado; la Iglesia
tiene su propio campo de acción, que en cierto sentido es «ultramundano». La
visión conciliar de la Iglesia «en» el mundo rechaza este punto de vista. Para
la Iglesia, el mundo es una tarea y un reto. Lo es para todos los cristianos y,
de modo especial, para los católicos laicos. El Concilio planteó con énfasis la
cuestión del apostolado de los laicos, especialmente de la presencia activa de
los cristianos en la vida social. Pero precisamente este ámbito, según la
ideología marxista, debía ser dominio exclusivo del Estado y del partido.
Vale la pena recordarlo, porque hoy existen partidos que, si bien son de
talante democrático, demuestran una creciente propensión a interpretar el
principio de la separación entre la Iglesia y el Estado según el criterio que
era propio de los gobiernos comunistas. Naturalmente, ahora las sociedades
disponen de medios adecuados de autodefensa. Pero hace falta ponerlos en
práctica. Precisamente en este punto, preocupa una cierta pasividad que se nota
en la postura de los ciudadanos creyentes. Se tiene la impresión de que en
otras épocas había una sensibilidad más viva respecto a sus propios derechos en
el campo religioso y, por tanto, era más ágil su reacción para defenderlos con
los medios democráticos disponibles. Hoy todo esto parece en cierto modo
atenuado, e incluso paralizado, tal vez por una insuficiente preparación de las
élites políticas.
En el siglo xx hubo muchas tentativas para que el mundo dejara de creer y
rechazara a Cristo. A finales de siglo, y también del milenio, estas
actividades destructivas se han debilitado, pero dejando tras de sí una gran
devastación. Han provocado un deterioro de las conciencias, con consecuencias
ruinosas en el campo de la moral, tanto por lo que se refiere a la persona y a
la familia como a la ética social. Lo saben mejor que nadie los sacerdotes que
están diariamente en contacto con la vida espiritual de las personas. Cuando
tengo ocasión de conversar con ellos, me cuentan a menudo relatos
estremecedores. Europa, al filo de dos milenios, podría definirse,
lamentablemente, como un continente asolado. Los programas políticos,
encaminados sobre todo hacia el desarrollo económico, no bastarán por sí solos
para sanar estas heridas. Pueden incluso empeorarlas. Se abre así un enorme
campo de trabajo para la Iglesia. En el mundo contemporáneo, la mies evangélica
es verdaderamente inmensa. Sólo queda rogar al Señor —y hacerlo con
insistencia— que mande obreros a esta mies, en espera de la cosecha.
Tal vez, Santo Padre, podría ser instructivo considerar a Europa desde el
punto de vista de su relación con los otros continentes. Usted, Santidad,
participó en los trabajos del Concilio y ha tenido muchos encuentros con
personalidades de todo el mundo, especialmente durante sus numerosas
peregrinaciones apostólicas. ¿Qué impresiones ha tenido de dichos encuentros?
Me refiero sobre todo a las experiencias que tuve como obispo, tanto durante
el Concilio como, después, en la colaboración con diversos Dicasterios de la
Curia Romana. Significó mucho para mí la participación en las asambleas del
Sínodo de los Obispos. Todos estos encuentros me permitieron hacerme una idea
bastante precisa de las relaciones entre Europa y los países no europeos y,
sobre todo, con las Iglesias fuera de Europa. A la luz de la doctrina
conciliar, dichas relaciones debían regirse por el criterio de la communio
ecclesiarum, una comunión que se traduce en un intercambio de bienes y
servicios, con el resultado de un enriquecimiento mutuo. La Iglesia católica en
Europa, sobre todo en Europa occidental, convive desde hace siglos con los
cristianos de la Reforma; en el Oriente predominan los ortodoxos. Fuera de
Europa, el continente más católico es el latinoamericano. En Norteamérica los
católicos son mayoría relativa. Algo parecida es la situación en Australia y
Oceanía. En Filipinas, la Iglesia representa la mayoría de la población. En el
continente asiático, los católicos son minoría. África es un continente
misionero, donde la Iglesia continúa haciendo notables progresos. La mayoría de
las Iglesias no europeas se han formado gracias a la actividad misionera, que
ha tenido su punto de partida en Europa. Hoy son Iglesias con su propia
identidad y una clara especificidad. Si bien históricamente las Iglesias de
América del Sur o del Norte, las africanas o las asiáticas, pueden considerarse
una «emanación» de Europa, hoy son de hecho una especie de contrapeso
espiritual para el Viejo Continente, tanto más importante cuanto más avanza en
éste el proceso de descristianización.
Durante el siglo xx se creó una situación de concurrencia entre tres mundos.
La expresión es conocida: durante la dominación comunista en el Este de Europa,
se comenzó a llamar Segundo Mundo al que quedó tras el telón de acero, el mundo
colectivista, contrapuesto al Primer Mundo, el capitalista, en el Occidente.
Todo lo que se encontraba fuera de este ámbito se llamaba Tercer Mundo,
refiriéndose sobre todo a los países en vías de desarrollo.
Con el mundo así dividido, la Iglesia se percató muy pronto de que era
necesario articular el modo de llevar a cabo su propia tarea, que es la
evangelización. Así, al tratar de la justicia social, un aspecto de primera
importancia para la la evangelización, la Iglesia ha seguido apoyando el
desarrollo justo en su actividad pastoral entre los habitantes del mundo
capitalista, pero sin ceder a los procesos de descristianización radicados en
las viejas tradiciones ilustradas. A su vez, con relación al Segundo Mundo, el
comunista, la Iglesia sintió la necesidad de luchar sobre todo por los derechos
del hombre y los derechos de las naciones. Así ocurrió tanto en Polonia como en
los países vecinos. Respecto a los países del Tercer Mundo, además de
cristianizar las comunidades locales, la Iglesia ha asumido la tarea de
subrayar la injusta distribución de los bienes, ya no sólo entre los diversos
grupos sociales, sino entre distintas zonas de la tierra. En efecto, resultaba
cada vez más clara la desigualdad entre el norte rico, y cada día más rico, y
el sur pobre, que incluso después de la colonización seguía siendo explotado y
penalizado de muchas maneras. La pobreza del sur, en vez de disminuir,
aumentaba constantemente. Resultaba obligado reconocer en esto una consecuencia
del capitalismo incontrolado que, si por un lado servía para enriquecer aún más
a los ricos, por otro ponía a los pobres en condiciones de un empobrecimiento
cada vez más dramático.
Ésta es la imagen de Europa y del mundo que saqué de los contactos con los
obispos de otros continentes durante las sesiones conciliares y en otras
ocasiones después. Tras la elección a la Sede de Pedro, el 16 de octubre de
1978, tanto estando en Roma como durante mis visitas pastorales a las diversas
Iglesias diseminadas por todo el mundo, he podido confirmar y profundizar esta
visión, y en esta perspectiva he desempeñado mi ministerio al servicio de la
evangelización del mundo, en gran medida impregnado ya del Evangelio. En estos
años he prestado siempre mucha atención a las tareas que nacen en las fronteras
entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. La Constitución Gaudium et spes
habla del «mundo», pero es sabido que con dicho término se designan varios
mundos diferentes. Hice notar precisamente esto, ya durante el Concilio,
tomando la palabra como Metropolitano de Cracovia.
La Revolución francesa difundió en el mundo el lema «libertad, igualdad,
fraternidad» como programa de la democracia moderna. ¿Cómo valora, Santo Padre,
el sistema democrático en su versión occidental?
Las reflexiones hilvanadas hasta ahora nos han acercado a una cuestión que
parece tener especial relieve en la civilización europea: la democracia,
entendida no solamente como un sistema político, sino también como mentalidad y
comportamiento. La democracia hunde sus raíces en la tradición griega, aunque
en la antigua Hélade no tenía el mismo significado que ha adquirido en los
tiempos modernos. Es bien conocida la distinción clásica entre las tres formas
posibles de régimen político: monarquía, aristocracia y democracia. Cada uno de
estos sistemas da su propia respuesta a la pregunta sobre quién es el sujeto
original del poder. Según la concepción monárquica, es un individuo: rey,
emperador o príncipe soberano. En el sistema aristocrático es un grupo social
que ejerce el poder en virtud de méritos particulares, como, por ejemplo, el
valor en el campo de batalla, el origen social o el nivel económico. En el sistema
democrático, el sujeto del poder es toda la sociedad, todo el «pueblo», en
griego demos. Obviamente, dado que la gestión del poder no puede ser ejercida
por todos al mismo tiempo, la forma de gobierno democrática se sirve de los
representantes del pueblo, designados mediante elecciones libres.
Estas tres formas de gobierno se han dado en la historia de las diversas
sociedades y todavía siguen existiendo, si bien la tendencia contemporánea sea
decididamente favorable a la democracia, como la fórmula que responde mejor a
la naturaleza racional y social del hombre y, en definitiva, a las exigencias
de la justicia social. Porque no resulta difícil aceptar que, si la sociedad se
compone de hombres, y el hombre es un ser social, se debe otorgar a cada uno una
participación en el poder, aunque sea indirecta.
En la historia polaca se puede observar el paso gradual de uno a otro de
estos sistemas políticos, y también su progresiva compenetración. El Estado de
los Piast tuvo carácter sobre todo monárquico, con
los Jagellones la monarquía se hizo cada vez más constitucional y, cuando se
extinguió la dinastía, aun permaneciendo monárquico, el gobierno se apoyó en la
oligarquía creada por la nobleza. Pero, al ser ésta bastante numerosa, se debió
recurrir a una elección democrática de quienes ostentaban la representación de
los nobles. Surgió una especie de democracia nobiliaria. De este modo, pues, la
monarquía constitucional y la democracia nobiliaria convivieron durante varios
siglos en el mismo Estado. En las fases iniciales esto constituyó la fuerza del
Estado polaco-lituano-ruteno, pero con el transcurso del tiempo y el cambio de
circunstancias se puso al descubierto cada vez más la debilidad y los
desequilibrios de dicho sistema, que terminaron por llevar a la pérdida de la
independencia.
Cuando volvió a ser libre, la República polaca se constituyó como un país
democrático, con un presidente y un Parlamento compuesto de dos cámaras. Tras
la caída de la llamada República Popular de Polonia en 1989, la Tercera República
adoptó un sistema análogo al vigente antes de la Segunda Guerra Mundial. Por lo
que se refiere al período de la Polonia Popular, se debe decir que, aunque se
autodenominaba «democracia popular», el poder estaba de hecho en manos del
partido comunista (oligarquía de partido) y su secretario general era a la vez
el primer cargo político del país.
Esta visión retrospectiva de la historia de las diferentes formas de
gobierno nos permite entender mejor el valor, también ético y social, de los
presupuestos democráticos de un sistema. Así, mientras en los sistemas
monárquicos y oligárquicos (en la democracia nobiliaria polaca, por ejemplo)
una parte de la sociedad (a menudo la inmensa mayoría) está condenada a un
papel pasivo o subordinado, porque el poder está en manos de minorías, en los
regímenes democráticos esto no debería ocurrir. Pero, ¿es cierto que no ocurre?
Esta pregunta se justifica por algunas situaciones que se producen en la
democracia. En todo caso, la ética social católica apoya en principio la solución
democrática, porque responde mejor a la naturaleza racional y social del
hombre, como ya he dicho. Pero está lejos —conviene precisarlo— de «canonizar»
este sistema. En efecto, sigue siendo verdad que las tres soluciones teorizadas
—monarquía, aristocracia y democracia— pueden servir, en determinadas
condiciones, para realizar el objetivo esencial del poder, es decir, el bien
común. En todo caso, el presupuesto indispensable de cualquier solución es el
respeto de las normas éticas fundamentales. Ya para Aristóteles, la política no
es otra cosa sino ética social. Lo cual significa que si un cierto sistema de
gobierno no se corrompe es porque en él se practican las virtudes cívicas. La
tradición griega supo también calificar diferentes formas de corrupción en los
diversos sistemas. Y así, la monarquía puede degenerar en tiranía y, para las
formas patológicas de la democracia, Polibio acuñó el nombre de «oclocracia», o
sea, el gobierno de la plebe.
Tras el ocaso de las ideologías del siglo xx, y especialmente la caída del
comunismo, muchas naciones han puesto sus esperanzas en la democracia. Pero
precisamente a este respecto cabe preguntarse: ¿cómo debería ser una
democracia? Frecuentemente se oye decir que con la democracia se realiza el
verdadero Estado de derecho. Porque en este sistema la vida social se regula
por las leyes que establecen los parlamentos, que ejercen el poder legislativo.
En ellos se elaboran las normas que regulan el comportamiento de los ciudadanos
en las diversas esferas de la vida social. Naturalmente, cada sector de la vida
social requiere una legislación específica para desarrollarse ordenadamente.
Con el procedimiento descrito, un Estado de Derecho pone en práctica el
postulado de toda democracia: formar una sociedad de ciudadanos libres que
trabajan conjuntamente para el bien común.
Dicho esto, puede ser útil referirse una vez más a la
historia de Israel. He hablado ya de Abraham como el hombre que tuvo fe en la
promesa de Dios, aceptó su palabra y se convirtió así en padre de muchas
naciones. Desde este punto de vista, es significativo que se remitan a Abraham
tanto los hijos e hijas de Israel como los cristianos. También lo hacen los
musulmanes. Sin embargo, hay que precisar de inmediato que el fundamento del
Estado de Israel como sociedad organizada no es Abraham, sino Moisés. Fue
Moisés quien condujo a sus compatriotas fuera de la tierra egipcia y, durante
la travesía del desierto, se convirtió en el verdadero artífice de un Estado de
derecho en el sentido bíblico de la palabra. Es una cuestión que merece
destacarse: Israel, como pueblo escogido de Dios, era una sociedad teocrática,
en la cual Moisés no solamente era un líder carismático, sino también el
profeta. Su cometido era poner, en nombre de Dios, las bases jurídicas y religiosas
del pueblo. En esta actividad de Moisés, el momento clave fue lo acontecido al
pie del monte de Sinaí. Allí se estipuló el pacto de alianza entre Dios y el
pueblo de Israel, basada en la ley que Moisés recibió de Dios en la montaña.
Esencialmente, esta ley era el Decálogo: diez palabras, diez principios de
conducta, sin los cuales ninguna comunidad humana, ninguna nación ni tampoco la
sociedad internacional puede lograr su plena realización. Los mandamientos
esculpidos en las dos tablas que recibió Moisés en el Sinaí están grabados al
mismo tiempo en el corazón del hombre. Lo enseña Pablo en la Carta a los
Romanos: «Muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón,
atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que les acusan» (Rm 2, 15). La ley divina del Decálogo
tiene valor vinculante como ley natural también para los que no aceptan la
Revelación: no matar, no fornicar, no robar, no dar falso testimonio, honra a
tu padre y a tu madre… Cada una de estas palabras del código del Sinaí defiende
un bien fundamental de la vida y de la convivencia humana. Si se cuestiona esta
ley, la concordia humana se hace imposible y la existencia moral misma se pone
en entredicho. Moisés, que baja de la montaña con las tablas de los
Mandamientos, no es su autor. Es más bien el servidor y el portavoz de la Ley
que Dios le dio en el Sinaí. Sobre esta base formularía después un código de
conducta muy detallado, que dejaría a los hijos e hijas de Israel en el
Pentateuco.
Cristo confirmó los mandamientos del Decálogo como núcleo normativo de la
moral cristiana, destacando que todos ellos se sintetizan en el más grande
mandamiento, el del amor a Dios y al prójimo. Por lo demás, es notorio que Él,
en el Evangelio, da una acepción universal al término «prójimo». El cristiano
está obligado a un amor que abarca a todos los hombres, incluidos los enemigos.
Cuando estaba escribiendo el estudio Amor y responsabilidad, el más grande de
los mandamientos me pareció una norma personalista. Precisamente porque el
hombre es un ser personal, no se pueden cumplir las obligaciones para con él si
no es amándolo. Del mismo modo que el amor es el mandamiento más grande en
relación con un Dios Persona, también el amor es el deber fundamental respecto
a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.
Este mismo código moral que proviene de Dios, sancionado en la Antigua y en
la Nueva Alianza, es también fundamento inamovible de toda legislación humana,
en cualquier sistema y, en particular, en el sistema democrático. La ley
establecida por el hombre, por los parlamentos o por cualquier otra entidad
legislativa, no puede contradecir la ley natural, es decir, en definitiva, la
ley eterna de Dios. Santo Tomás formuló la conocida definición de ley: Lex est
quaedam rationis ordinatio ad bonum commune, ab eo qui curam communitatis habet
promulgata, la ley es una ordenación de la razón al bien común, promulgada por
quien tiene a su cargo la comunidad.1 En cuanto «ordenamiento de la razón», la
ley se funda en la verdad del ser: la verdad de Dios, la verdad del hombre, la
verdad de la realidad creada en su conjunto. Dicha verdad es la base de la ley
natural. El legislador le añade el acto de la promulgación. Es lo que sucedió en
el Sinaí con la Ley de Dios, y lo que sucede en los parlamentos en sus
actividades legislativas.
Llegados a este punto, surge una cuestión de capital importancia para la
historia europea del siglo xx. En los años treinta, un parlamento legalmente
elegido permitió el acceso de Hitler al poder en Alemania, y el mismo
Reichstag, al darle plenos poderes (Ermächtigungsgesetz), le abrió el paso al
proyecto
de invadir Europa, a la organización de los campos de concentración y a la
puesta en marcha de la llamada «solución final» de la cuestión judía, como
llamaban al exterminio de millones de hijos e hijas de Israel. Basta recordar
estos hechos de tiempos recientes para darse cuenta con claridad de cómo la ley
establecida por el hombre tiene sus propios límites que no puede violar. Son
los límites marcados por la ley natural, mediante la cual Dios mismo protege
los bienes fundamentales del hombre. Los crímenes nazis tuvieron su Nuremberg,
donde los responsables fueron juzgados y castigados por la justicia humana. No
obstante, hay muchos otros casos en que no ha sido así, aunque queda siempre el
supremo tribunal del Legislador divino. El modo en que la Justicia y la
Misericordia están en Dios a la hora de juzgar a los hombres y la historia de
la humanidad permanece envuelto en un profundo misterio.
Ésta es la perspectiva, como ya he dicho, desde la cual se pueden
cuestionar, al comienzo de un nuevo siglo y milenio, algunas decisiones
legislativas tomadas en los parlamentos de los actuales regímenes democráticos.
Lo primero que salta a la vista son las leyes abortistas. Cuando un parlamento
legaliza la interrupción del embarazo, aceptando la supresión de un niño en el
seno de la madre, comete una grave injuria para con un ser humano inocente y,
además, sin capacidad alguna de autodefensa. Los parlamentos que aprueban y
promulgan semejantes leyes han de ser conscientes de que se extralimitan en sus
competencias y se ponen en patente contradicción con la ley de Dios y con la
ley natural.
Tal vez, Santo Padre, podría ser instructivo considerar a Europa desde el
punto de vista de su relación con los otros continentes. Usted, Santidad,
participó en los trabajos del Concilio y ha tenido muchos encuentros con
personalidades de todo el mundo, especialmente durante sus numerosas
peregrinaciones apostólicas. ¿Qué impresiones ha tenido de dichos encuentros?
Me refiero sobre todo a las experiencias que tuve como obispo, tanto durante
el Concilio como, después, en la colaboración con diversos Dicasterios de la
Curia Romana. Significó mucho para mí la participación en las asambleas del
Sínodo de los Obispos. Todos estos encuentros me permitieron hacerme una idea
bastante precisa de las relaciones entre Europa y los países no europeos y, sobre
todo, con las Iglesias fuera de Europa. A la luz de la doctrina conciliar,
dichas relaciones debían regirse por el criterio de la communio ecclesiarum,
una comunión que se traduce en un intercambio de bienes y servicios, con el
resultado de un enriquecimiento mutuo. La Iglesia católica en Europa, sobre
todo en Europa occidental, convive desde hace siglos con los cristianos de la
Reforma; en el Oriente predominan los ortodoxos. Fuera de Europa, el continente
más católico es el latinoamericano. En Norteamérica los católicos son mayoría
relativa. Algo parecida es la situación en Australia y Oceanía. En Filipinas,
la Iglesia representa la mayoría de la población. En el continente asiático,
los católicos son minoría. África es un continente misionero, donde la Iglesia
continúa haciendo notables progresos. La mayoría de las Iglesias no europeas se
han formado gracias a la actividad misionera, que ha tenido su punto de partida
en Europa. Hoy son Iglesias con su propia identidad y una clara especificidad.
Si bien históricamente las Iglesias de América del Sur o del Norte, las
africanas o las asiáticas, pueden considerarse una «emanación» de Europa, hoy
son de hecho una especie de contrapeso espiritual para el Viejo Continente,
tanto más importante cuanto más avanza en éste el proceso de
descristianización.
Durante el siglo xx se creó una situación de concurrencia entre tres mundos.
La expresión es conocida: durante la dominación comunista en el Este de Europa,
se comenzó a llamar Segundo Mundo al que quedó tras el telón de acero, el mundo
colectivista, contrapuesto al Primer Mundo, el capitalista, en el Occidente.
Todo lo que se encontraba fuera de este ámbito se llamaba Tercer Mundo,
refiriéndose sobre todo a los países en vías de desarrollo.
Con el mundo así dividido, la Iglesia se percató muy pronto de que era
necesario articular el modo de llevar a cabo su propia tarea, que es la
evangelización. Así, al tratar de la justicia social, un aspecto de primera
importancia para la la evangelización, la Iglesia ha seguido apoyando el
desarrollo justo en su actividad pastoral entre los habitantes del mundo
capitalista, pero sin ceder a los procesos de descristianización radicados en
las viejas tradiciones ilustradas. A su vez, con relación al Segundo Mundo, el
comunista, la Iglesia sintió la necesidad de luchar sobre todo por los derechos
del hombre y los derechos de las naciones. Así ocurrió tanto en Polonia como en
los países vecinos. Respecto a los países del Tercer Mundo, además de
cristianizar las comunidades locales, la Iglesia ha asumido la tarea de
subrayar la injusta distribución de los bienes, ya no sólo entre los diversos
grupos sociales, sino entre distintas zonas de la tierra. En efecto, resultaba
cada vez más clara la desigualdad entre el norte rico, y cada día más rico, y
el sur pobre, que incluso después de la colonización seguía siendo explotado y
penalizado de muchas maneras. La pobreza del sur, en vez de disminuir,
aumentaba constantemente. Resultaba obligado reconocer en esto una consecuencia
del capitalismo incontrolado que, si por un lado servía para enriquecer aún más
a los ricos, por otro ponía a los pobres en condiciones de un empobrecimiento
cada vez más dramático.
Ésta es la imagen de Europa y del mundo que saqué de los contactos con los
obispos de otros continentes durante las sesiones conciliares y en otras
ocasiones después. Tras la elección a la Sede de Pedro, el 16 de octubre de
1978, tanto estando en Roma como durante mis visitas pastorales a las diversas
Iglesias diseminadas por todo el mundo, he podido confirmar y profundizar esta
visión, y en esta perspectiva he desempeñado mi ministerio al servicio de la
evangelización del mundo, en gran medida impregnado ya del Evangelio. En estos
años he prestado siempre mucha atención a las tareas que nacen en las fronteras
entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. La Constitución Gaudium et spes
habla del «mundo», pero es sabido que con dicho término se designan varios
mundos diferentes. Hice notar precisamente esto, ya durante el Concilio,
tomando la palabra como Metropolitano de Cracovia.
La Revolución francesa difundió en el mundo el lema «libertad, igualdad,
fraternidad» como programa de la democracia moderna. ¿Cómo valora, Santo Padre,
el sistema democrático en su versión occidental?
Las reflexiones hilvanadas hasta ahora nos han acercado a una cuestión que
parece tener especial relieve en la civilización europea: la democracia, entendida
no solamente como un sistema político, sino también como mentalidad y
comportamiento. La democracia hunde sus raíces en la tradición griega, aunque
en la antigua Hélade no tenía el mismo significado que ha adquirido en los
tiempos modernos. Es bien conocida la distinción clásica entre las tres formas
posibles de régimen político: monarquía, aristocracia y democracia. Cada uno de
estos sistemas da su propia respuesta a la pregunta sobre quién es el sujeto
original del poder. Según la concepción monárquica, es un individuo: rey,
emperador o príncipe soberano. En el sistema aristocrático es un grupo social
que ejerce el poder en virtud de méritos particulares, como, por ejemplo, el
valor en el campo de batalla, el origen social o el nivel económico. En el
sistema democrático, el sujeto del poder es toda la sociedad, todo el «pueblo»,
en griego demos. Obviamente, dado que la gestión del poder no puede ser
ejercida por todos al mismo tiempo, la forma de gobierno democrática se sirve
de los representantes del pueblo, designados mediante elecciones libres.
Estas tres formas de gobierno se han dado en la historia de las diversas
sociedades y todavía siguen existiendo, si bien la tendencia contemporánea sea
decididamente favorable a la democracia, como la fórmula que responde mejor a
la naturaleza racional y social del hombre y, en definitiva, a las exigencias
de la justicia social. Porque no resulta difícil aceptar que, si la sociedad se
compone de hombres, y el hombre es un ser social, se debe otorgar a cada uno
una participación en el poder, aunque sea indirecta.
En la historia polaca se puede observar el paso gradual de uno a otro de
estos sistemas políticos, y también su progresiva compenetración. El Estado de
los Piast tuvo carácter sobre todo monárquico, con
los Jagellones la monarquía se hizo cada vez más constitucional y, cuando se
extinguió la dinastía, aun permaneciendo monárquico, el gobierno se apoyó en la
oligarquía creada por la nobleza. Pero, al ser ésta bastante numerosa, se debió
recurrir a una elección democrática de quienes ostentaban la representación de
los nobles. Surgió una especie de democracia nobiliaria. De este modo, pues, la
monarquía constitucional y la democracia nobiliaria convivieron durante varios
siglos en el mismo Estado. En las fases iniciales esto constituyó la fuerza del
Estado polaco-lituano-ruteno, pero con el transcurso del tiempo y el cambio de
circunstancias se puso al descubierto cada vez más la debilidad y los
desequilibrios de dicho sistema, que terminaron por llevar a la pérdida de la
independencia.
Cuando volvió a ser libre, la República polaca se constituyó como un país
democrático, con un presidente y un Parlamento compuesto de dos cámaras. Tras
la caída de la llamada República Popular de Polonia en 1989, la Tercera República
adoptó un sistema análogo al vigente antes de la Segunda Guerra Mundial. Por lo
que se refiere al período de la Polonia Popular, se debe decir que, aunque se
autodenominaba «democracia popular», el poder estaba de hecho en manos del
partido comunista (oligarquía de partido) y su secretario general era a la vez
el primer cargo político del país.
Esta visión retrospectiva de la historia de las diferentes formas de
gobierno nos permite entender mejor el valor, también ético y social, de los
presupuestos democráticos de un sistema. Así, mientras en los sistemas
monárquicos y oligárquicos (en la democracia nobiliaria polaca, por ejemplo)
una parte de la sociedad (a menudo la inmensa mayoría) está condenada a un
papel pasivo o subordinado, porque el poder está en manos de minorías, en los
regímenes democráticos esto no debería ocurrir. Pero, ¿es cierto que no ocurre?
Esta pregunta se justifica por algunas situaciones que se producen en la
democracia. En todo caso, la ética social católica apoya en principio la
solución democrática, porque responde mejor a la naturaleza racional y social
del hombre, como ya he dicho. Pero está lejos —conviene precisarlo— de
«canonizar» este sistema. En efecto, sigue siendo verdad que las tres
soluciones teorizadas —monarquía, aristocracia y democracia— pueden servir, en
determinadas condiciones, para realizar el objetivo esencial del poder, es
decir, el bien común. En todo caso, el presupuesto indispensable de cualquier
solución es el respeto de las normas éticas fundamentales. Ya para Aristóteles,
la política no es otra cosa sino ética social. Lo cual significa que si un
cierto sistema de gobierno no se corrompe es porque en él se practican las
virtudes cívicas. La tradición griega supo también calificar diferentes formas de
corrupción en los diversos sistemas. Y así, la monarquía puede degenerar en
tiranía y, para las formas patológicas de la democracia, Polibio acuñó el
nombre de «oclocracia», o sea, el gobierno de la plebe.
Tras el ocaso de las ideologías del siglo xx, y especialmente la caída del
comunismo, muchas naciones han puesto sus esperanzas en la democracia. Pero
precisamente a este respecto cabe preguntarse: ¿cómo debería ser una
democracia? Frecuentemente se oye decir que con la democracia se realiza el
verdadero Estado de derecho. Porque en este sistema la vida social se regula
por las leyes que establecen los parlamentos, que ejercen el poder legislativo.
En ellos se elaboran las normas que regulan el comportamiento de los ciudadanos
en las diversas esferas de la vida social. Naturalmente, cada sector de la vida
social requiere una legislación específica para desarrollarse ordenadamente.
Con el procedimiento descrito, un Estado de Derecho pone en práctica el
postulado de toda democracia: formar una sociedad de ciudadanos libres que
trabajan conjuntamente para el bien común.
Dicho esto, puede ser útil referirse una vez más a la
historia de Israel. He hablado ya de Abraham como el hombre que tuvo fe en la
promesa de Dios, aceptó su palabra y se convirtió así en padre de muchas
naciones. Desde este punto de vista, es significativo que se remitan a Abraham
tanto los hijos e hijas de Israel como los cristianos. También lo hacen los
musulmanes. Sin embargo, hay que precisar de inmediato que el fundamento del
Estado de Israel como sociedad organizada no es Abraham, sino Moisés. Fue
Moisés quien condujo a sus compatriotas fuera de la tierra egipcia y, durante
la travesía del desierto, se convirtió en el verdadero artífice de un Estado de
derecho en el sentido bíblico de la palabra. Es una cuestión que merece
destacarse: Israel, como pueblo escogido de Dios, era una sociedad teocrática,
en la cual Moisés no solamente era un líder carismático, sino también el
profeta. Su cometido era poner, en nombre de Dios, las bases jurídicas y
religiosas del pueblo. En esta actividad de Moisés, el momento clave fue lo
acontecido al pie del monte de Sinaí. Allí se estipuló el pacto de alianza
entre Dios y el pueblo de Israel, basada en la ley que Moisés recibió de Dios
en la montaña. Esencialmente, esta ley era el Decálogo: diez palabras, diez
principios de conducta, sin los cuales ninguna comunidad humana, ninguna nación
ni tampoco la sociedad internacional puede lograr su plena realización. Los
mandamientos esculpidos en las dos tablas que recibió Moisés en el Sinaí están
grabados al mismo tiempo en el corazón del hombre. Lo enseña Pablo en la Carta
a los Romanos: «Muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón,
atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que les acusan» (Rm 2, 15). La ley divina del Decálogo
tiene valor vinculante como ley natural también para los que no aceptan la
Revelación: no matar, no fornicar, no robar, no dar falso testimonio, honra a
tu padre y a tu madre… Cada una de estas palabras del código del Sinaí defiende
un bien fundamental de la vida y de la convivencia humana. Si se cuestiona esta
ley, la concordia humana se hace imposible y la existencia moral misma se pone
en entredicho. Moisés, que baja de la montaña con las tablas de los
Mandamientos, no es su autor. Es más bien el servidor y el portavoz de la Ley
que Dios le dio en el Sinaí. Sobre esta base formularía después un código de
conducta muy detallado, que dejaría a los hijos e hijas de Israel en el
Pentateuco.
Cristo confirmó los mandamientos del Decálogo como núcleo normativo de la
moral cristiana, destacando que todos ellos se sintetizan en el más grande
mandamiento, el del amor a Dios y al prójimo. Por lo demás, es notorio que Él,
en el Evangelio, da una acepción universal al término «prójimo». El cristiano
está obligado a un amor que abarca a todos los hombres, incluidos los enemigos.
Cuando estaba escribiendo el estudio Amor y responsabilidad, el más grande de
los mandamientos me pareció una norma personalista. Precisamente porque el
hombre es un ser personal, no se pueden cumplir las obligaciones para con él si
no es amándolo. Del mismo modo que el amor es el mandamiento más grande en
relación con un Dios Persona, también el amor es el deber fundamental respecto
a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.
Este mismo código moral que proviene de Dios, sancionado en la Antigua y en
la Nueva Alianza, es también fundamento inamovible de toda legislación humana,
en cualquier sistema y, en particular, en el sistema democrático. La ley
establecida por el hombre, por los parlamentos o por cualquier otra entidad
legislativa, no puede contradecir la ley natural, es decir, en definitiva, la
ley eterna de Dios. Santo Tomás formuló la conocida definición de ley: Lex est
quaedam rationis ordinatio ad bonum commune, ab eo qui curam communitatis habet
promulgata, la ley es una ordenación de la razón al bien común, promulgada por
quien tiene a su cargo la comunidad.1 En cuanto «ordenamiento de la razón», la
ley se funda en la verdad del ser: la verdad de Dios, la verdad del hombre, la
verdad de la realidad creada en su conjunto. Dicha verdad es la base de la ley
natural. El legislador le añade el acto de la promulgación. Es lo que sucedió
en el Sinaí con la Ley de Dios, y lo que sucede en los parlamentos en sus
actividades legislativas.
Llegados a este punto, surge una cuestión de capital importancia para la
historia europea del siglo xx. En los años treinta, un parlamento legalmente elegido
permitió el acceso de Hitler al poder en Alemania, y el mismo Reichstag, al
darle plenos poderes (Ermächtigungsgesetz), le abrió el paso al proyecto
de invadir Europa, a la organización de los campos de concentración y a la
puesta en marcha de la llamada «solución final» de la cuestión judía, como
llamaban al exterminio de millones de hijos e hijas de Israel. Basta recordar
estos hechos de tiempos recientes para darse cuenta con claridad de cómo la ley
establecida por el hombre tiene sus propios límites que no puede violar. Son
los límites marcados por la ley natural, mediante la cual Dios mismo protege
los bienes fundamentales del hombre. Los crímenes nazis tuvieron su Nuremberg,
donde los responsables fueron juzgados y castigados por la justicia humana. No
obstante, hay muchos otros casos en que no ha sido así, aunque queda siempre el
supremo tribunal del Legislador divino. El modo en que la Justicia y la
Misericordia están en Dios a la hora de juzgar a los hombres y la historia de
la humanidad permanece envuelto en un profundo misterio.
Ésta es la perspectiva, como ya he dicho, desde la cual se pueden
cuestionar, al comienzo de un nuevo siglo y milenio, algunas decisiones
legislativas tomadas en los parlamentos de los actuales regímenes democráticos.
Lo primero que salta a la vista son las leyes abortistas. Cuando un parlamento
legaliza la interrupción del embarazo, aceptando la supresión de un niño en el
seno de la madre, comete una grave injuria para con un ser humano inocente y,
además, sin capacidad alguna de autodefensa. Los parlamentos que aprueban y
promulgan semejantes leyes han de ser conscientes de que se extralimitan en sus
competencias y se ponen en patente contradicción con la ley de Dios y con la
ley natural.
24/ la MEMORIA MATERNAL DE LA IGLESIA
En los últimos decenios se han producido enormes cambios en diferentes
partes del mundo y se habla mucho de la necesidad de que la Iglesia se adapte a
la nueva realidad cultural. Surge, pues, inexorable, la cuestión sobre la
identidad de la Iglesia. Usted, Santo Padre, ¿cómo definiría los componentes de
dicha identidad?
Para contestar a esta pregunta hay que referirse, una vez
más, a otro aspecto de la misma cuestión. Al relatar los acontecimientos de la
infancia de Jesús, san Lucas afirma: «Su madre conservaba todo esto en su
corazón» (Lc 2, 51). Se trata del
recuerdo de las palabras y, aún más, de los acontecimientos relacionados con la
encarnación del Hijo de Dios. María conservaba en su corazón el misterio de la
Anunciación, porque éste fue el momento en que concibió en su seno al Verbo
encarnado (cf. Jn 1, 14).
Conservaba el recuerdo de los meses que este Verbo estuvo oculto en su vientre.
Después llegó el momento del nacimiento del Señor, con todo lo que acompañó
este acontecimiento. María guardaba en su corazón que Jesús nació en Belén;
que, por falta de lugar en la posada, nació en un establo (cf. Lc 2, 7). Pero su nacimiento se
produjo en una atmósfera prodigiosa: los pastores de los campos cercanos
vinieron para saludar al Niño (cf. Lc
2, 15-17); luego vinieron a Belén los tres Magos de Oriente (cf. Mt 2, 1-12); después, María y José
tuvieron que huir a Egipto para salvar al Hijo de la crueldad de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Todo esto iba siendo
fielmente guardado en la memoria de María y ella, como razonablemente se
deduce, se lo comunicó a Lucas, a quien debía tener cercano. También se lo
transmitió a Juan, al que Jesús, en la hora de su muerte, había confiado a su
Madre.
Es cierto que Juan resume todo el Evangelio de la infancia
de Jesús en una sola frase: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre
nosotros» (Jn 1, 14), enmarcando esta
única afirmación en el magnífico Prólogo de su Evangelio. Pero también es
cierto que sólo en Juan encontramos la descripción del primer milagro de Jesús,
realizado por insinuación de su Madre (cf. Jn 2, 1-11). Es el único que nos ha
dejado las palabras con que Jesús, a la hora de su muerte, le confió a su Madre
(cf. Jn 19, 26-27). Obviamente,
María tenía grabados todos estos acontecimientos en su memoria de manera
indeleble. «Su madre conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2, 51).
La memoria de María es una fuente de singular importancia
para conocer a Jesús, una fuente incomparable. Ella no es sólo testigo del
misterio de la Encarnación, al que ha prestado conscientemente su colaboración,
sino que ha seguido paso a paso la manifestación progresiva del Hijo que crecía
a su lado. Los acontecimientos son conocidos por los Evangelios. A los doce años,
Jesús deja entrever a María la misión especial que él ha recibido del Padre
(cf. Lc 2, 49). Más tarde, cuando
dejó Nazaret, su Madre siguió en cierta medida unida a Él: eso hace pensar el
milagro en Caná de Galilea (cf. Jn 2, 1-11)
y otros episodios (cf. Mc, 2 31-35; Mt
12, 46-50;
Lc 8, 19-21).
Sobre todo, María fue testigo del misterio de la pasión y de su culminación en
el Calvario
(cf. Jn 19, 25-27).
Aunque no se dice en los textos bíblicos, se puede pensar que fuera la primera
a quien se le apareció el Resucitado. En todo caso, María estaba presente en su
Ascensión al cielo, junto con los Apóstoles en el Cenáculo en espera de la
venida del Espíritu Santo y fue testigo del nacimiento de la Iglesia el día de
Pentecostés.
Pues bien, esta memoria maternal de María es de suma importancia para la
identidad humana-divina de la Iglesia. Se puede decir que la memoria del nuevo
Pueblo de Dios la ha tomado de la memoria de María, reviviendo en la
celebración eucarística los acontecimientos y las enseñanzas de Cristo, oídos
también de labios de su Madre. Por lo demás, la Iglesia tiene igualmente una
memoria materna, porque la Iglesia es madre que recuerda. En gran medida,
la Iglesia custodia lo que vivía en los recuerdos de María.
La memoria de la Iglesia aumenta a medida que ella misma
crece, como ocurre sobre todo a través del testimonio de los Apóstoles y el
sufrimiento de los mártires. Es algo que se manifiesta progresivamente en la
historia, ya desde los Hechos de los Apóstoles, pero que no se identifica
incondicionalmente con la historia. Se denomina técnicamente con el término
Tradición. Es una palabra que hace referencia a la función activa de recordar
transmitiendo. Porque, ¿qué es la Tradición sino el compromiso asumido por la
Iglesia de transmitir (tradere en latín) el misterio de Cristo y la integridad
de su doctrina que ella guarda en la memoria? Es una tarea para la cual la
Iglesia cuenta con la asistencia constante del Espíritu Santo. En el momento de
su despedida, Cristo habla a los Apóstoles del Espíritu Santo: Él «será quien
os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26). Así pues, cuando la
Iglesia celebra la Eucaristía, que es el «memorial» del Señor, lo hace con la
ayuda del Espíritu Santo, que, día a día, despierta y orienta su memoria. La
Iglesia debe su identidad esencial a esta obra del Espíritu, tan magnífica como
misteriosa, transmitida de generación en generación. Y esto dura ya desde hace
dos mil años.
La memoria de esta identidad esencial que Cristo ha dado a su Iglesia es más
fuerte que todas las divisiones introducidas por los hombres. Aunque en los
comienzos del tercer milenio los cristianos estén divididos entre sí, son conscientes
al mismo tiempo de que, en la esencia más genuina de la Iglesia, lo propio no
es la división, sino la unidad. Y lo son sobre todo porque no olvidan las
palabras de la institución de la Eucaristía: «Haced esto en recuerdo mío»
(Lc 22, 19).
Estas palabras son unívocas; palabras que no admiten divisiones ni escisiones.
La memoria de María expresa de modo particular esta unidad de la memoria que
acompaña a la Iglesia de generación en generación a lo largo de la historia.
Entre otras razones, porque María es una mujer. En cierto sentido, la memoria
pertenece más al misterio de la mujer que al del varón. Así sucede en la
historia de las familias, de los linajes y de las naciones, y también en la historia
de la Iglesia. Hay muchos motivos para explicar el culto mariano en la Iglesia,
la existencia de tantos santuarios dedicados a María en las diversas regiones
de la tierra. A este respecto, el Concilio Vaticano II se expresó del modo
siguiente: María «es figura de la Iglesia [...] en el orden de la fe, del amor
y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia,
que también es llamada con razón madre y virgen, la Santísima Virgen María fue
por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de virgen y
madre».7 María fue delante porque es la memoria más fiel o, mejor, porque su
memoria es el más fiel reflejo del misterio de Dios, transmitido en Ella a la
Iglesia y, por la Iglesia, a la humanidad.
No se trata sólo del misterio de Cristo. En Él se revela
el misterio del hombre desde su origen. Probablemente no hay otro texto sobre
el origen del hombre tan sencillo y, al mismo tiempo, tan completo como el que
se lee en los tres primeros capítulos del libro del Génesis. En él no sólo se
describe la creación del hombre como varón y mujer (cf. Gn 1, 27), sino que se expone con toda
claridad su singular vocación en el cosmos. Se deja entrever además, de modo
conciso pero suficientemente claro, tanto la verdad del estado originario del
hombre, estado de inocencia y felicidad, como el panorama muy distinto abierto
por el pecado y sus consecuencias —lo que la teología escolástica llama status
naturae lapsae (estado de la naturaleza caída)—, así como la inmediata
iniciativa divina en vista de la Redención
(cf. Gn 3, 15).
La Iglesia conserva la memoria de la historia del hombre desde sus
comienzos: de su creación, de su vocación, de su elevación y de su caída. En
este marco esencial discurre toda la historia del hombre, que es la historia de
la Redención. La Iglesia es la madre que, a semejanza de María, guarda en su
corazón la historia de sus hijos, haciendo propios todos los problemas que les
atañen.
Esta verdad ha tenido gran eco en el Gran Jubileo del año
2000. La Iglesia lo vivió como el jubileo del nacimiento de Jesucristo, pero a
la vez como jubileo del origen del hombre, de la aparición del hombre en el
cosmos, de su elevación y de su vocación. La Constitución Gaudium et spes dijo
certeramente que el misterio del hombre se revela plenamente sólo en Cristo:
«Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es
decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (n. 22). A este respecto, san
Pablo se expresa de este modo: «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser
vivo. El último Adán, en espíritu que da vida. El espíritu no fue lo primero:
primero vino la vida y después el espíritu. El primer hombre, hecho de tierra,
era terreno; el segundo hombre es del cielo. Pues igual que el terreno son los
hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. Nosotros,
que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre
celestial» (1Co 15, 45-49).
En esto consistió el significado esencial del Gran Jubileo. La recurrencia
del año 2000 fue un acontecimiento importante no sólo para el cristianismo,
sino también para toda la familia humana. La cuestión sobre el hombre, que la
humanidad no cesa de plantearse, encuentra su plena respuesta en Jesucristo. Se
puede decir que el Gran Jubileo del año 2000 fue a la vez el jubileo del
nacimiento de Cristo y de la respuesta a la pregunta sobre el significado y el
sentido del ser humano. Y esto tiene que ver con la memoria. La memoria de
María y la de la Iglesia sirven, una vez más, para hacer que el hombre
encuentre su identidad al filo de los dos milenios.
Hemos llegado así a la pregunta crucial sobre el hombre y su destino: ¿Cómo
se ha de concebir el sentido más profundo de la historia? ¿Es suficiente una
interpretación que, al plantearse esta cuestión, quede restringida por los
límites del tiempo y del espacio?
Como es obvio, la historia del hombre se desarrolla en la dimensión
horizontal del espacio y del tiempo. Pero, al mismo tiempo, está como
traspasada por una dimensión vertical. En efecto, la historia no está escrita
únicamente por los hombres. Junto con ellos la escribe también Dios. La
Ilustración se alejó decididamente de esta dimensión de la historia que
podríamos llamar trascendente. En cambio, la Iglesia se Se refiere
constantemente a ella. Un ejemplo elocuente en este sentido fue el Concilio
Vaticano II.
¿Cómo escribe Dios la historia humana? La respuesta la
ofrece la Biblia desde los primeros capítulos del libro del Génesis hasta las
últimas páginas del libro del Apocalipsis. Dios se revela desde el principio de
la historia del hombre como el Dios de la promesa. Es el Dios de Abraham, el
gran patriarca, que, como dice san Pablo «creyó contra toda esperanza» (Rm 4, 18); aceptó sin vacilar la
promesa de Dios, según la cual sería padre de una gran nación. Aparentemente,
se trataba de una promesa inviable, porque era un hombre anciano y su mujer,
Sara, también estaba entrada en años. En términos humanos, no parecía haber
esperanza alguna de que tuvieran descendencia (cf. Gn 18, 11-14). Y, no obstante,
trajeron al mundo un hijo. Se cumplió la promesa de Dios a Abraham (cf. Gn 21, 1-7). El niño nacido en la
senectud recibe el nombre de Isaac y con él da comienzo la estirpe de Abraham,
que crecería progresivamente hasta convertirse en una nación. Ésta es Israel,
la nación escogida por Dios, y a la que Él confía las promesas mesiánicas. Toda
la historia de Israel se desarrolla como el tiempo de la espera del cumplimento
de esta promesa de Dios.
La promesa tiene un objetivo concreto: la «bendición» de
Dios para Abraham y su descendencia. La conversación de Dios con él comienza
con las palabras: «Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu
nombre, y será una bendición [...]. Con tu nombre se bendecirán todas las
familias del mundo» (Gn 12, 2-3).
Para comprender el alcance salvador de esta promesa hay que remontarse a los
primeros capítulos del libro del Génesis y, en particular, al tercero, donde se
narra el coloquio de Yahvé con los que fueron dramatis personae de la caída
original. Dios pide cuentas de lo que han hecho, primero al varón y luego a la
mujer. Y cuando el varón culpa a la esposa, a la mujer, ella señala a su vez al
tentador
(cf. Gn 3, 11-13).
En efecto, de éste nació la instigación a transgredir la orden de Dios (cf. Gn 3, 1-5). Es interesante notar, no
obstante, que la maldición misma que Dios dirigió a la serpiente contenía ya la
promesa de un plan de salvación en el futuro. Dios maldice al espíritu maligno,
que incita al pecado original de los primeros seres humanos, pero pronuncia al
mismo tiempo palabras que contienen una primera promesa mesiánica: «Establezco
hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en
la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gn 3, 15). Es un breve bosquejo en el
que todo queda dicho. Está la promesa de salvación y se puede vislumbrar ya
toda la historia de la humanidad, hasta el Apocalipsis: la mujer anunciada en
el Protoevangelio aparece en las páginas del Apocalipsis vestida de sol y
coronada con doce estrellas, mientras sobre ella se arrojaba el antiguo dragón
queriendo devorar su descendencia
(cf. Ap 12, 1-6).
Así pues, durará hasta el fin de los tiempos la lucha entre el bien y el
mal, entre el pecado que la humanidad ha heredado de los primeros padres y la
gracia salvadora traída por Cristo, el Hijo de María. En Él se cumplió la
promesa hecha a Abraham y heredada por Israel. Con su venida comienzan los
últimos tiempos, los tiempos del final escatológico. Dios, quien cumplió su
promesa hecha a Abraham estableciendo la Alianza con Israel por medio de
Moisés, en Cristo, su Hijo, abrió para toda la humanidad la perspectiva de la
vida eterna más allá de los límites de esta historia sobre la tierra. Éste es
el extraordinario destino del hombre: llamado a la dignidad de hijo adoptivo de
Dios, acoge esta vocación en la fe y se compromete en la construcción del Reino
en el que culminará finalmente la historia del género humano en la tierra.
A este respecto, me vienen a la mente algunos versos que escribí hace años,
hablando sobre el hombre con el Hombre, el Verbo de Dios encarnado, el único en
que la historia adquiere pleno sentido. Decía:
A Ti clamo, Hombre, te busco;
Hombre en quien la historia humana
puede encontrar su cuerpo.
Camino hacia Ti, y no digo «ven»,
sino simplemente «sé»;
sé allá donde no queda huella alguna,
pero donde el hombre estuvo,
fue alma, corazón, deseo, sufrimiento y voluntad,
consumido de sentimientos e inflamado
de la mayor vergüenza;
sé como el eterno Sismógrafo de lo invisible pero real.
¡Oh Hombre en quien se encuentran
el origen y el fin de cada hombre,
en cuya intimidad no hay pesadumbre,
ni penumbra, sino sólo corazón!
Hombre en el que cada hombre
puede encontrar el más profundo designio
y la raíz de sus propios hechos:
espejo de la vida y de la muerte contemplando
la corriente humana;
a Ti —Hombre— llego constantemente
vadeando el exiguo río de la historia,
caminando hacia cada corazón, cada pensamiento
(la historia, hacinamiento de los pensamientos
y las muertes de los corazones).
Busco tu Cuerpo para toda la historia,
busco tu profundidad.8
He aquí la respuesta a la pregunta esencial: el sentido más hondo de la
historia rebasa la historia y encuentra la plena explicación en Cristo,
Dios-Hombre. La esperanza cristiana supera los límites del tiempo. El Reino de
Dios se inserta y se desarrolla en la historia humana, pero su meta es la vida
futura. La humanidad está llamada a traspasar el confín de
la muerte, e incluso de la sucesión misma de los siglos,
para encontrar el refugio definitivo en la eternidad, al lado de Cristo
glorioso y en la comunión trinitaria. «Esperaban seguros la inmortalidad» (Sb 3, 4).
La última conversación tuvo lugar en el pequeño comedor del palacio
pontificio de Castel Gandolfo. Participó también el secretario del Santo Padre,
Monseñor Stanisl-aw Dziwisz.
26/ «ALGUIEN desvió ESTA BALA»
¿Cómo se desarrollaron verdaderamente los hechos de aquel 13 de mayo de
1981? El atentado y todo lo que comportó, ¿no revelaron alguna verdad sobre el
papado, tal vez olvidada? ¿No se podría leer en ellos un mensaje peculiar de su
misión personal, Santo Padre? Usted visitó en la cárcel al autor del atentado y
se encontró con él cara a cara. ¿Cómo ve hoy aquellos sucesos, después de
tantos años? ¿Qué significado han tenido en su vida el atentado y los demás
acontecimientos relacionados con él?
Juan Pablo II: Todo esto ha sido una muestra de la gracia divina. Veo en
ello una cierta analogía con la prueba a la que fue sometido el cardenal
Wyszyn´ski durante su prisión. Sólo que la experiencia del primado de Polonia
duró más de tres años, mientras que la mía fue más bien breve, apenas unos
meses. Agca sabía cómo disparar y disparó ciertamente a dar. Pero fue como si
alguien hubiera guiado y desviado esa bala...
Stanisl-aw Dziwisz: Agca tiró a matar. Aquel disparo debería haber sido
mortal. La bala atravesó el cuerpo del Santo Padre, hiriéndolo en el vientre,
en el codo derecho y en el dedo índice izquierdo. El proyectil cayó después
entre el Papa y yo. Oí dos disparos más, y dos personas que estaban a nuestro
lado cayeron heridas.
Pregunté al Santo Padre: «¿Dónde?» Contestó: «En el vientre.» «¿Le duele?»
«Duele.»
No había ningún médico cerca. No había tiempo para pensar. Trasladamos
inmediatamente al Santo Padre a la ambulancia y a toda velocidad fuimos al
Policlínico Gemelli. El Santo Padre iba rezando a media voz. Después, ya
durante el trayecto, perdió el conocimiento.
Varios factores fueron decisivos para salvar su vida. Uno de ellos fue el
tiempo, el tiempo empleado para llegar a la clínica: unos minutos más, un
pequeño obstáculo en el camino, y hubiera llegado demasiado tarde. En todo esto
se ve la mano de Dios. Todos los detalles lo indican.
Juan Pablo II: Sí, me acuerdo de aquel traslado al hospital. Estuve
consciente poco tiempo. Tenía la sensación de que podría superar aquello.
Estaba sufriendo, y esto me daba motivos para tener miedo, pero mantenía una
extraña confianza.
Dije a don Stanisl-aw que perdonaba al agresor. Lo que pasó en el hospital,
ya no lo recuerdo.
Stanisl-aw Dziwisz: Casi inmediatamente después de la llegada al policlínico
llevaron al Santo Padre al quirófano. La situación era muy grave. Su organismo
había perdido mucha sangre. La tensión arterial bajaba dramáticamente, el
latido del corazón apenas era perceptible. Los médicos me sugirieron que
administrara la Unción de los Enfermos al Santo Padre. Lo hice de inmediato.
Juan Pablo II: Prácticamente estaba ya del otro lado.
Stanisl-aw Dziwisz: Después hicieron al Santo Padre una transfusión de
sangre.
Juan Pablo II: Las complicaciones posteriores y el retardo en todo el
proceso de restablecimiento fueron, después de todo, consecuencias de aquella
transfusión.
Stanisl-aw Dziwisz: El organismo rechazó la primera sangre. Pero se
encontraron médicos del mismo hospital que donaron su propia sangre para el
Santo Padre. Esta segunda transfusión tuvo éxito. Los médicos hicieron la
operación sin muchas esperanzas de que el paciente sobreviviría. Como es
comprensible, no se preocuparon para nada del dedo índice traspasado por la
bala. Me dijeron: «Si sobrevive, ya se hará algo después para resolver este
problema.» En realidad, la herida del dedo cicatrizó sola, sin ninguna
intervención particular.
Después de la operación, llevaron al Santo Padre a la sala de reanimación.
Los médicos temían una infección que, en aquella situación, podía ser fatal.
Algunos órganos internos del Santo Padre estaban gravemente afectados. La
operación fue muy difícil. Pero, finalmente, todo cicatrizó perfectamente y sin
complicaciones, aunque todos saben que éstas son frecuentes tras una
intervención tan compleja.
Juan Pablo II: En Roma el Papa moribundo, en Polonia el luto... En mi
Cracovia, los estudiantes organizaron una manifestación: la «marcha blanca.»1
Cuando fui a Polonia, dije: He venido para agradeceros «marcha blanca». Estuve
también en Fátima para dar gracias a la Virgen.
¡Dios mío! Esto fue una dura experiencia. Me desperté sólo al día siguiente,
hacia el mediodía. Y dije a don Stanisl-aw: «Anoche no recé Completas.»
Stanisl-aw Dziwisz: Para ser más exactos, Usted, Santo Padre, me preguntó:
«¿He rezado ya Completas?» Porque pensaba que todavía era el día anterior.
Juan Pablo II: No me daba cuenta alguna de todo lo que sabía don Stanisl-aw.
No me decían que la situación era tan grave. Además, había estado inconsciente
durante bastante tiempo.
Al despertar, me hallaba incluso de bastante buen ánimo. Por lo menos al
principio.
Stanisl-aw Dziwisz: Los tres días siguientes fueron terribles. El Santo
Padre sufría muchísimo. Porque tenía drenajes y cortes por todos los lados. No
obstante, la convalecencia seguía un proceso muy rápido. A comienzos de junio,
el Santo Padre volvió a casa. Ni siquiera tuvo que seguir una dieta especial.
Juan Pablo II: Como se ve, mi organismo es bastante fuerte.
Stanisl-aw Dziwisz: Algo más tarde, el organismo fue atacado por un virus
peligroso, como consecuencia de la primera transfusión o tal vez del
agotamiento general. Se había suministrado al Santo Padre una enorme cantidad
de antibióticos para protegerlo de la infección. Pero eso redujo notablemente
sus defensas inmunológicas. Comenzó a desarrollarse así otra enfermedad. El
Santo Padre fue llevado de nuevo al hospital.
Gracias a una terapia intensiva, su estado de salud mejoró de tal manera que
los médicos estimaron que se podía acometer una nueva operación para completar
las intervenciones quirúrgicas realizadas el día del atentado. El Santo Padre
escogió el 5 de agosto, el día de Nuestra Señora de las Nieves, que en el
calendario litúrgico figura como el día de la Dedicación de la Basílica de
Santa María la Mayor.
También aquella segunda fase fue superada. El 13 de septiembre, tres meses
después del atentado, los médicos emitieron un comunicado en el que informaban
de la conclusión de los cuidados clínicos. El paciente pudo regresar
definitivamente a casa.
Cinco meses después del atentado, el Papa volvió a asomarse a la plaza de
San Pedro para recibir de nuevo a los fieles. No demostraba sombra alguna de
temor ni de estrés, por más que los médicos hubieran advertido de esta
posibilidad. Dijo entonces: «Y de nuevo me he hecho deudor de la Santísima
Virgen y de todos los santos Patronos. ¿Podría olvidar que el evento en la
plaza de San Pedro tuvo lugar el día y a la hora en que, hace más de sesenta
años, se recuerda en Fátima, Portugal, la primera aparición de la Madre de
Cristo a los pobres niños campesinos? Porque, en todo lo que me ha sucedido
precisamente ese día, he notado la extraordinaria materna protección y
solicitud, que se ha manifestado más fuerte que el proyectil mortífero.»
Juan Pablo II: Durante el tiempo de Navidad de 1983 visité al autor del
atentado en la cárcel. Conversamos largamente. Alí Agca, como dicen todos, es
un asesino profesional. Esto significa que el atentado no fue iniciativa suya,
sino que algún otro lo proyectó, algún otro se lo encargó. Durante toda la
conversación se vio claramente que Alí Agca continuaba preguntándose cómo era
posible que no le saliera bien el atentado. Porque había hecho todo lo que
tenía que hacer, cuidando hasta el último detalle. Y, sin embargo, la víctima
designada escapó de la muerte. ¿Cómo podía ser?
Lo interesante es que esta inquietud lo había llevado al ámbito religioso.
Se preguntaba qué ocurría con aquel misterio de Fátima y en qué consistía dicho
secreto. Lo que más le interesaba era esto; lo que, por encima de todo, quería
saber.
Mediante aquellas preguntas insistentes, tal vez manifestaba haber percibido
lo que era verdaderamente importante. Alí Agca había intuido probablemente que,
por encima de su poder, el poder de disparar y de matar, había una fuerza
superior. Y, entonces, había comenzado a buscarla. Espero que la haya
encontrado.
Stanisl-aw Dziwisz: Considero un don del cielo el milagroso retorno del
Santo Padre a la vida y a la salud. El atentado, en su aspecto humano, sigue
siendo un misterio. No lo ha aclarado ni el proceso, ni la larga reclusión en
cárcel del agresor. Fui testigo de la visita del Santo Padre a Alí Agca en la
cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente ya en su primera alocución
después del atentado. Por parte del prisionero nunca le he oído pronunciar las
palabras: «Pido perdón.» Le interesaba únicamente el secreto de Fátima. El
Santo Padre recibió varias veces a la madre y los familiares del ejecutor, y
con frecuencia preguntaba por él a los capellanes del instituto penitenciario.
En el aspecto divino, el misterio consiste en todo el desarrollo de este
acontecimiento dramático, que debilitó la salud y las fuerzas del Santo Padre,
pero que en modo alguno aminoró la eficacia y fecundidad de su ministerio
apostólico en la Iglesia y en el mundo.
Pienso que no es ninguna exageración aplicar en este caso el dicho: Sanguis
martyrum semen christianorum.2 Tal vez había necesidad de esta sangre en la
plaza de San Pedro, en el lugar del martirio de muchos de los primeros
cristianos.
El primer fruto de esta sangre fue sin duda la unión de
toda la Iglesia en la gran oración por la salud del Papa. Durante toda la noche
después del atentado, los peregrinos venidos para la audiencia general y una
creciente multitud de romanos rezaban en la plaza de San Pedro. Los días
sucesivos, en las catedrales, iglesias y capillas de todo el mundo, se
celebraron misas y se elevaron plegarias por la recuperación del Papa. El mismo
Santo Padre decía a este respecto: «Me resulta difícil pensar en esto sin
emoción. Sin una profunda gratitud para todos. Hacia todos los que el día 13 de
mayo se reunieron en oración. Y hacia todos los que han perseverado en ella
durante este tiempo [...]. Estoy agradecido a Cristo Señor y al Espíritu Santo,
el cual, mediante este evento, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el día
13 de mayo a las 17.17, ha inspirado a tantos corazones para la oración común.
Y, al pensar en esta gran oración, no puedo olvidar las palabras de los Hechos
de los Apóstoles que se refieren a Pedro: "La Iglesia oraba
insistentemente a Dios por él" (Hch
12, 5)».3
Juan Pablo II: Vivo constantemente convencido de que en todo lo que digo y
hago en cumplimiento de mi vocación y misión, de mi ministerio, hay algo que no
sólo es iniciativa mía. Sé que no soy el único en lo que hago como Sucesor de
Pedro.
Pensemos, por ejemplo, en el sistema comunista. Ya he dicho precedentemente
que su caída se debió principalmente a los defectos de su doctrina económica.
Pero quedarse únicamente en los factores económicos sería una simplificación
más bien ingenua. Por otro lado, también sé que sería ridícu-lo considerar al
Papa como el que derribó con sus manos el comunismo.
Pienso que la explicación se halla en el Evangelio. Cuando
los primeros discípulos enviados en misión vuelven a Cristo, dicen: «Hasta los
demonios se nos someten en tu nombre» (Lc
10, 17). Cristo les contesta: «No estéis alegres porque se os someten los
espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10, 20). Y en otra ocasión añade:
«Decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que
hacer"» (Lc 17, 10).
Siervos inútiles... La conciencia del «siervo inútil» crece en mí en medio
de todo lo que ocurre a mi alrededor, y pienso que me va bien así.
Volvamos al atentado: creo que haya sido una de las últimas convulsiones de
las ideologías de las prepotencias surgidas en el siglo xx. El fascismo y el
hitlerismo propugnaban la imposición por la fuerza, al igual que el comunismo. Una
imposición similar se ha desarrollado en Italia con las Brigadas Rojas,
asesinando a personas inocentes y honestas.
Al leer de nuevo hoy, después de algunos años, la transcripción de las
conversaciones grabadas entonces, noto que las manifestaciones de los «años de
plomo» se han atenuado notablemente. No obstante, en este último período se han
extendido en el mundo las llamadas «redes del terror», que son una amenaza
constante para millones de inocentes. Se ha tenido una impresionante
confirmación en la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York (11
septiembre 2001), en el atentado en la Estación de Atocha en Madrid (11 marzo
2004) y en la masacre de Beslan en Osetia (1-3 septiembre 2004). ¿Dónde nos
llevarán estas nuevas erupciones de violencia?
La caída del nazismo, primero, y después de la Unión Soviética, es la
confirmación de una derrota. Ha mostrado toda la insensatez de la violencia a
gran escala, que había sido teorizada y puesta en práctica por dichos sistemas.
¿Querrán los hombres tomar nota de las dramáticas lecciones que la historia les
ha dado? O, por el contrario, ¿cederán ante las pasiones que anidan en el alma,
dejándose llevar una vez más por las insidias nefastas de la violencia?
El creyente sabe que la presencia del mal está siempre
acompañada por la presencia del bien, de la gracia. San Pablo escribió: «No hay
proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos,
mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de
Dios desbordaron sobre todos» (Rm 5, 15).
Estas palabras siguen siendo actuales en nuestros días. La Redención continúa.
Donde crece el mal, crece también la esperanza del bien. En nuestros tiempos,
el mal ha crecido desmesuradamente, sirviéndose de los sistemas perversos que
han practicado a gran escala la violencia y la prepotencia. No me refiero ahora
al mal cometido individualmente por los hombres movidos por objetivos o motivos
personales. El del siglo xx no fue un mal en edición reducida, «artesanal», por
llamarlo así. Fue el mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las
estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido, un mal
erigido en sistema.
Pero, al mismo tiempo, la gracia de Dios se ha manifestado
con riqueza sobreabundante. No existe mal del que Dios no pueda obtener un bien
más grande. No hay sufrimiento que no sepa convertir en camino que conduce a
Él. Al ofrecerse libremente a la pasión y a la muerte en la Cruz, el Hijo de
Dios asumió todo el mal del pecado. El sufrimiento de Dios crucificado no es
sólo una forma de dolor entre otros, un dolor más o menos grande, sino un
sufrimiento incomparable. Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al
sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva dimensión, en otro
orden: en el orden del amor. Es verdad que el sufrimiento entra en la historia
del hombre con el pecado original. El pecado es ese «aguijón» (cf. 1Co 15, 55-56) que causa dolor e
hiere a muerte la existencia humana. Pero la pasión de Cristo en la cruz ha
dado un sentido totalmente nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde
dentro. Ha introducido en la historia humana, que es una historia de pecado, el
sufrimiento sin culpa, el sufrimiento afrontado exclusivamente por amor. Es el
sufrimiento que abre la puerta a la esperanza de la liberación, de la
eliminación definitiva del «aguijón» que desgarra la humanidad. Es el
sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor, y aprovecha
incluso el pecado para múltiples brotes de bien.
Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad, encierra en sí una
promesa de liberación, una promesa de la alegría: «Me alegro de sufrir por
vosotros», escribe san Pablo (Co 1, 24). Esto se refiere a todo sufrimiento
causado por el mal, y es válido también para el enorme mal social y político
que estremece el mundo y lo divide: el mal de las guerras, de la opresión de
las personas y los pueblos; el mal de la injusticia social, del desprecio de la
dignidad humana, de la discriminación racial y religiosa; el mal de la
violencia, del terrorismo y de la carrera de armamentos. Todo este sufrimiento
existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es la entrega
de sí mismo al servicio generoso y desinteresado de los que se ven afectados
por el sufrimiento.
En el amor, que tiene su fuente en el Corazón de Jesús,
está la esperanza del futuro del mundo. Cristo es el Redentor del mundo:
«Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53, 5).