San Justino
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Las actas que se conservan
acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes
que se conservan de la antigüedad. Justino es llevado ante el alcalde de
Roma, y empieza entre los dos un diálogo emocionante:
Alcalde.
¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?
Justino.
Durante mis primero treinta años me dediqué a
estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de
Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el
cristianismo es la mejor religión.
Alcalde.
Loco debe de estar para seguir semejante religión,
siendo Ud. tan sabio.
Justino.
Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión.
Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en
ninguna otra religión.
Alcalde.
¿Y qué es lo que enseña esa religión?
Justino.
La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios
y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que
existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por
salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes
observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya
sido su conducta.
Alcalde.
¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es
cristiano?
Justino. Sí declaro públicamente que soy un seguidor de
Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte.
Alcalde. Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la
cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?
Justino.
No solamente lo creo, sino que estoy totalmente
seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida
Eterna y gozaré para siempre en el cielo.
Alcalde.
Por última vez le mando: acérquese y ofrezca
incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré
que le corten la cabeza.
Justino.
Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el
tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos
dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más
deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que
sentimos por Nuestro Señor Jesucristo.
Los otros cristianos gritaron que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo
que Justino acababa de decir.
Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados
cruelmente, y luego les cortaron la cabeza. Y el antiquísimo documento
termina con estas palabras: "Algunos fieles recogieron en secreto
los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron
que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea
dada la gloria por los siglos de los siglos. Amen". |