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La Jornada Mundial del Enfermo, una ocasión más para que dediquemos algún instante, al menos, de la actividad de cada día y dirijamos la mirada a las personas enfermos que tenemos cerca y que, quizá, echan en falta un gesto de compañía, de cariño, de atención
También los enfermos tienen una jornada mundial. El próximo viernes, 11 de febrero, día de Nuestra Señora de Lourdes, se celebrará la XIX Jornada Mundial del Enfermo; otra iniciativa del próximo Beato Juan Pablo II.
Una ocasión más para que todos nosotros, dediquemos algún instante, al menos, de la actividad de cada día y dirijamos la mirada a las personas enfermos que tenemos cerca y que, quizá, echan en falta un gesto de compañía, de cariño, de atención. Lo más duro de la enfermedad es la soledad con que el enfermo ha de llevarla día a día.
«Una sociedad que no consigue aceptar a los que sufren y que no es capaz de contribuir mediante la compasión a hacer que el sufrimiento sea compartido y llevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana», recuerda Benedicto XVI en el Mensaje con ocasión de esta Jornada.
Los más hondos recovecos del alma de cualquier persona de bien se conmueven al contemplar escenas de grandes catástrofes, las víctimas de atentados terroristas, los campos de batalla llenos de cadáveres, el llanto de las familias que han perdido a sus seres queridos en una inundación, en un terremoto.
Quizá resulta más difícil parar la atención y compadecerse —hacer compañía al que padece, vivir el dolor y la pena con él— con un enfermo desconocido que vive sus últimos días comido por un cáncer en una cama de hospital sin recibir la visita de nadie, la sonrisa de nadie.
Esta Jornada Mundial del Enfermo, en palabras del Papa «se convierte en una ocasión propicia para reflexionar sobre el misterio del sufrimiento y, sobre todo, para hacer a nuestras comunidades y a la sociedad civil más sensibles hacia los hermanos y las hermanas enfermos. Si cada hombre es hermano nuestro, tanto más el débil, el que sufre y el necesitado de cuidados deben estar en el centro de nuestra atención, para que ninguno de ellos se sienta olvidado o marginado».
El sufrimiento propio o el de los demás, nos va acompañar hasta el final de nuestros días en la tierra. Muchos psiquiatras y psicólogos reconocen el valor tan grande que el sufrimiento puede jugar en el proceso de maduración de una persona, al ayudarle a arrancar del alma raíces de egoísmo y de contemplación narcisista del propio “ego”. Compartir el sufrimiento, el dolor, el luto de las personas que nos rodean, llena al alma del buen “aroma de Cristo”.
Benedicto XVI lo recuerda con mucha claridad a los jóvenes, al invitarles a buscar y a encontrar a Cristo: «Querido jóvenes, aprender a ‘ver’ y a ‘encontrar’ a Jesús en la Eucaristía, donde está presente de modo real por nosotros, hasta el punto de hacerse alimento para el camino, y sabedlo reconocer y servir en los pobres, en los enfermos, en los hermanos sufrientes y en dificultad, que necesitan vuestra ayuda».
Cinco madres, ya cinco abuelas, que van voluntarias un día a la semana a acompañar, limpiar, lavar, dar de comer, a enfermos solitarios en un gran hospital de Madrid, terminan su jornada hospitalaria dando un beso a cada enfermo, a cada enferma, y agradeciéndoles lo bien que lo han pasado compartiendo el tiempo con ellos. Los enfermos, las enfermas, no pueden ocultar una lágrima detrás de la sonrisa de agradecimiento, al despedirse.
Todavía laten en los horizontes de mi espíritu mis conversaciones con un tuberculoso, que vivía de la caridad cristiana en los suburbios de una gran ciudad, a quien invitaba a comer y a charlar de vez en cuando, en mis tiempos universitarios. Yo podía calmar un poco su hambre y la de su mujer y sus cuatro hijos.
Él abrió mi espíritu al hambre y a la sed de Dios; al hambre y a la sed de la Cruz de Cristo, de su Resurrección.
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