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El Señor resucitado, presente en el
altar, se ofrece a Dios Padre, con toda la Iglesia, bajo las apariencias
del pan y del vino, es decir, bajo los signos de un alimento y de una
bebida.
El Cuerpo eucarístico de Cristo y su Sangre están realmente destinados a
ser recibidos por los cristianos como comida y bebida espirituales.

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