Fragmento de la entrevista al Santo Padre, incluida en un capítulo del recientemente editado libro del vaticanista Andrea Tornielli

Se ha publicado en Italia el libro In viaggio, la narración de los viajes internacionales de Francisco, escrito por Andrea Tornielli. Un capítulo del volumen contiene una entrevista con el Papa sobre sus viajes. Publicamos un fragmento:

Santidad, ¿a usted le gusta viajar?

Sinceramente no. Nunca me gustó mucho viajar. Cuando era obispo en la otra diócesis, en Buenos Aires, venía a Roma solo si era necesario, y, si podía no venir, no venía. Siempre me ha pesado estar lejos de mi diócesis, que para nosotros, los obispos, es nuestra “esposa”. Y después, yo soy bastante “habitudinario”, para mí tener vacaciones es tener un poco de tiempo más para rezar y para leer, pero para descansar nunca he necesitado cambiar de aire o cambiar de ambiente. Aunque esto sea a veces necesario: por ejemplo, cuando hacemos los ejercicios de la curia romana, en la Cuaresma, y vamos todos durante una semana a Ariccia.

Cuando comenzó el Pontificado, ¿se esperaba que habría viajado todo lo que ha viajado?

¡No, no, de verdad! Como he dicho, no me gusta mucho viajar. Y nunca me habría imaginado que habría hecho tantos viajes….

¿Cómo comenzó? ¿Qué fue lo que le llevó a cambiar de opinión?

El primer viaje fue el de Lampedusa. Un viaje italiano. No estaba en programa, no había invitaciones oficiales. Sentí que tenía que ir, me habían tocado y conmovido las noticias sobre los migrantes muertos en el mar, ahogados. Niños, mujeres, hombres jóvenes… Una tragedia angustiosa. Vi las imágenes del rescate de los sobrevivientes, recibí testimonios sobre la generosidad y la acogida de los habitantes de Lampedusa. Era importante ir allá. Y después fue el viaje a Río de Janeiro, para la Jornada Mundial de la Juventud. Se trataba de una cita ya programada, ya establecida. El Papa siempre ha ido a las JMJ […] El viaje nunca estuvo en discusión, había que ir, y para mí fue la primera vuelta al continente latinoamericano.

La JMJ era una cita a la que el Papa no podía faltar. ¿Pero los demás viajes?

Después de Río llegó otra invitación y luego otra. Simplemente respondí que sí, dejándome, de alguna manera, “llevar”. Y ahora siento que debo viajar, ir a visitar a las Iglesias, animar las semillas de esperanza que hay.

¿Qué tanto le pesan los viajes internacionales, desde el punto de vista físico?

Son pesados, pero digamos que por el momento ahí la llevo. Tal vez me pesan desde el punto de vista psicológico más que desde el punto de vista físico. Me serviría más tiempo para leer, para prepararme. Un viaje no solo te ocupa durante los días en los que estás fuera, en el país o en los países que visitas. También está la preparación, que normalmente se da en los periodos en los que también está todo el trabajo ordinario que hay que hacer. Cuando vuelvo a la casa, al Vaticano, normalmente el primer día del viaje es bastante cansado y necesito reponerme. Pero siempre me llevo conmigo rostros, testimonios, imágenes, experiencias… Una riqueza inimaginable, que siempre me lleva a decir: “Valió la pena”.

¿Ha cambiado algo en la agenda ya establecida de los viajes papales?

No mucho. He tratado, por ejemplo, de eliminar completamente los almuerzos con los representantes. Es natural que tanto las autoridades institucionales del país visitado como los obispos deseen festejar al huésped que llega. No tengo nada contra estar acompañado en la mesa. Acordémonos de que el Evangelio está lleno de narraciones y testimonios que describen justamente circunstancias como esta: el primer milagro de Jesús se da durante un banquete de bodas […] Pero, si la agenda del viaje, como sucede casi siempre, ya está llenísima de citas, prefiero comer de manera simple y en poco tiempo.

Me basta poco, un poco de arroz y un poco de verduras. Normalmente almuerzo con la compañía más restringida, más íntima: están el nuncio apostólico del país visitado y el encargado de la organización de los viajes, antes era el doctor Alberto Gasbarri, ahora es monseñor Mauricio Rueda Beltz. Está el comandante Domenico Gianni con otros dos gendarmes, dos guardias suizos y, al final, mis dos ayudantes de cámara, que son muy buenos: son padres de familia, saben hacer bien las cosas.

¿Qué es lo que siente frente al entusiasmo de la gente que lo espera durante horas para verlo pasar por las calles?

El primer sentimiento es el de quien sabe que están los “¡Hosanna!”, pero como leemos en el Evangelio, pueden llegar también los “¡Crucifíquenlo!”. Un segundo sentimiento lo saco de un episodio que leí en alguna parte. Se trata de una frase que dijo el entonces cardenal Albino Luciani a propósito de los aplausos que un grupo de monaguillos le dedicó al recibirlo. Dijo más o menos así: “Pero, ¿ustedes se imaginan que el burrito en el que iba sentado Jesús en el ingreso triunfal a Jerusalén podía pensar que esos aplausos eran para él?”.

El Papa, pues, debe ser consciente de que él “lleva” a Jesús, testimonia a Jesús y su cercanía, proximidad y ternura para todas las criaturas, especialmente para las que sufren. Por esto, alguna vez, a los que gritan “¡Viva el Papa!”, les he pedido que griten “¡Viva Jesús!”. Hay expresiones bellísimas sobre la paternidad en uno de los diálogos del beato Pablo VI con Jean Guitton. Papa Montini reveló al filósofo francés: “Creo que de todas las dignidades de un Papa, la más envidiable es la de la paternidad.

La paternidad es un sentimiento que invade el espíritu y el corazón, que nos acompaña cada hora del día, que no puede disminuir, sino que aumenta, porque aumenta el número de los hijos. Es un sentimiento que no fatiga, que no cansa, que descansa de cualquier cansancio. Nunca, ni siquiera un momento, me he sentido cansado, cuando he levantado la mano para bendecir. No, yo nunca me cansaré de bendecir ni de perdonar”. Pablo VI dijo esto inmediatamente después de haber vuelto de la India. Creo que son palabras que explican por qué los Papas en la época contemporánea han decidido viajar.

¿Recuerdos de los viajes que se le hayan quedado impresos en la memoria?

El entusiasmo de los jóvenes en Río de Janeiro, que me arrojaban de todo al papamóvil. Y luego, también en Río, ese niño que, logrando escabullirse, subió las escaleras corriendo y me abrazó. Recuerdo a la gente que acudió al santuario de Madhu, en el norte de Sri Lanka, en donde me acogieron además de los cristianos también los musulmanes e hindúes, un lugar al que los peregrinos llegan como miembros de una única familia.

O la acogida en Filipinas. Todavía tengo delante de los ojos el gesto de esos papás que levantaban a sus niños, para que los bendijera, y me parecía que querían decir: “Este es mi tesoro, mi futuro, mi amor, por él vale la pena trabajar y hacer sacrificios”. Y también había muchos niños discapacitados, y sus padres no ocultaban a sus hijos, “Es así, pero es mi hijo”. Gestos que nacen del corazón. Todavía me acuerdo de todas las personas que me acogieron en Tacloban, siempre en Filipinas.

Llovía mucho ese día. Tenía que celebrar la misa para recordar las miles de muertes provocadas por el tifón Haiyan, y el mal tiempo casi hizo que se cancelara el viaje. Pero no podía no ir: me afectaron mucho las noticias sobre ese tifón que devastó aquella zona en noviembre de 2013. Llovía y yo llevaba un impermeable amarillo sobre los paramentos para la misa que celebramos ahí, como se pudo, en un pequeño palco sacudido por el viento.

Después de la misa, un ceremoniero me dijo que había quedado sorprendido y edificado porque los acólitos, a pesar de la lluvia, nunca perdieron la sonrisa. También estaba la sonrisa en el rostro de los jóvenes, de los papás y de las mamás. Una alegría verdadera, a pesar de los dolores y del sufrimiento de quien ha perdido la casa o a alguno de sus seres queridos.

¿Qué es lo que sucede después de un viaje: cómo recuerda a las personas que conoció?

Las llevo en mi corazón, rezo por ellas, rezo por las situaciones dolorosas y difíciles con las que entré en contacto. Rezo para que se reduzcan las desigualdades que he visto.

Muchos viajes en el mundo, casi ninguno a los países de la Unión Europea. ¿Por qué?

El único país de la Unión Europea que he visitado ha sido Grecia, con el viaje de apenas cinco horas a Lesbos para encontrar y consolar a los prófugos, junto con mis hermanos Bartolomé de Constantinopla e Hyeronimos de Atenas […]. Después fui al Parlamento Europeo y al Consejo de Europa en Estrasburgo, pero esa fue más bien una visita a una institución, no a un país. Pero, como sea, he visitado otros países que son europeos, a pesar de que no forman parte de la Unión: Albania y Bosnia-Herzegovina.

He preferido privilegiar los países en los que puedo dar una pequeña ayuda, animar a los que a pesar de las dificultades y conflictos trabajan por la paz y por la unidad. Países que están, o que han estado, en graves dificultades. Esto no significa no tener atención por Europa, a la que animo como puedo para que vuelva a descubrir y a poner en práctica sus raíces más auténticas, sus valores. Estoy convencido de que no serán las burocracias o los instrumentos de las altas finanzas los que nos salvarán de la crisis actual y resolverán el problema de la inmigración, que para Europa es la mayor emergencia después del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Entre las novedades de los viajes papales hay, me imagino, un protocolo diferente en relación con la seguridad. ¿Es así?

Yo agradezco a los gendarmes y a los guardias suizos porque se han adaptado a mi estilo. No logro moverme en coches blindados o en el papamóvil con vidrios anti-proyectiles cerrados. Comprendo muy bien las exigencias de seguridad y agradezco a todos los que, con dedicación y mucha, de verdad, mucha fatiga durante los viajes están cerca de mí y me vigilan. Pero un obispo es un pastor, un padre, no pueden existir demasiadas barreras entre él y la gente. Por este motivo, desde el principio dije que habría viajado solo si hubiera podido tener siempre el contacto con las personas.

Había mucha aprehensión durante el primer viaje a Río de Janeiro, pero recorrí tantas veces el malecón de Copacabana con el papamóvil abierto, saludando a los jóvenes, deteniéndome con ellos, abrazándolos. No hubo ningún incidente en todo Río de Janeiro, en esos días. Hay que confiar y encomendarse. Estoy consciente de que se pueden correr riesgos. Pero debo decir que, tal vez seré inconsciente, no temo por mi persona. Sino que siempre estoy preocupado por la incolumidad de los que viajan conmigo y, sobre todo, de la gente con la que me encuentro en los diferentes países. Lo que me preocupa son los riesgos concretos, las amenazas para los que van y participan en una celebración o en un encuentro. Siempre existe el peligro de un gesto inconsulto por parte de algún loco. Pero siempre está el Señor.

Entrevista de Andrea Tornielli

Fuente: lastampa.it/vaticaninsider.