Almudi.org Mons. Sebastián habla del nacionalismo totalitarioEl vicepresidente del episcopado
español valora el documento sobre terrorismo
MADRID, 19 diciembre 2002
(ZENIT.org).- La Instrucción Pastoral sobre el Terrorismo publicada el pasado
22 de noviembre por la Conferencia Episcopal Española constituye una condena
firme del terrorismo y del nacionalismo totalitario que lo origina, aclara el
vicepresidente del episcopado.
En esta entrevista concedida a la
redacción de Zenit España, monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona y
obispo de Tudela, aclara algunos de los aspectos más destacados de la
««Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias»
que hacen los obispos.
--La Iglesia siempre ha condenado el
terrorismo. Pero hasta que no aparecieron el libro antología con un epílogo
suyo y la reciente «Instrucción Pastoral» ha habido frecuentes acusaciones de
tibieza contra la actuación de la Iglesia española en este punto. ¿Cree que
estas acusaciones tenían un fundamento verdadero o que provenían más bien de un
deseo de desprestigiar a la Iglesia en España?
--Monseñor Sebastián: Las causas
pueden ser diferentes. Ciertamente, desde el primer momento el terrorismo fue
condenado por los obispos, por la Conferencia Episcopal y diferentes organismos
de la Iglesia. En 1986 hubo ya una condena colectiva de parte de la Conferencia
Episcopal Española. Después ha habido multitud de comunicados condenatorios de
distintos organismos eclesiales y de muchos Obispos con ocasión de los
numerosos y crueles atentados de ETA. Ocurre que estos documentos no tienen una
buena divulgación, los golpes del terrorismo son muy duros y provocan
precipitaciones y nerviosismos. En algunos momentos daba la impresión de que
hubiera una cierta tendencia a acusar a la Iglesia de tibieza frente al
terrorismo, como si algunos quisieran empujarnos hacia sus mismas posiciones y
a favor de sus intereses del momento. En conjunto la postura oficial de la
Iglesia en España frente al terrorismo ha estado siempre clara y firme, en
completa continuidad con la doctrina común de la Iglesia y plena comunión con
la Sede Apostólica. Pero a la vez los obispos somos muy conscientes de la
necesidad de mantener la actuación y las posturas de la Iglesia, al margen de
los intereses de cualquier grupo o partido político. Esta postura no todos la
comprenden ni la aceptan.
--Algunos analistas consideran
anacrónica la definición de ETA que ustedes dan en el documento como «grupo de
ideología marxista-revolucionaria». ¿Cree usted que sigue vigente esta
definición?
--Monseñor Sebastián: Es cierto que
en ETA ha habido épocas diferentes y tendencias también distintas. Pero, en su
conjunto, yo creo que, en la Instrucción Pastoral de los obispos, ETA está bien
descrita y bien caracterizada como una asociación de naturaleza nacionalista e
independentista, partidaria de un nacionalismo radical, interpretado en clave
marxista revolucionaria y terrorista en sus métodos y objetivos inmediatos. Con
lo que es estrictamente ETA, cosa difícil de precisar, colaboran otros grupos y
asociaciones que coinciden más o menos con ellos en métodos y fines en una gama
muy variada y bastante amplia.
--Dicen en su Documento que
«reaccionar con odio indiscriminado frente a los crímenes de ETA es favorecer
los fines de los terroristas». Sin embargo no es fácil pedir a los familiares
de las víctimas del terrorismo que pongan la otra mejilla.
--Monseñor Sebastián: Es evidente
que ETA, con sus criminales actuaciones terroristas, entre otras cosas, pretende
provocar el odio y enfrentar a los ciudadanos en bloques irreconciliables.
Aunque las actuaciones de ETA sean terriblemente injustas y dolorosas, no es
justo ni resulta tampoco favorable el dejarse llevar de sentimientos
indiscriminados de odio y de rechazo. No debemos de ninguna manera favorecer
ese objetivo de enfrentamientos sociales. Con nuestra conducta tenemos que
demostrar que podemos vivir juntos unos y otros, sin agravios, sin injusticias,
sin violencias de ninguna clase. Esa madurez de una sociedad pacífica y bien
integrada es la mejor victoria contra las pretensiones de ETA. El perdón, como
ha dicho tantas veces el Papa Juan Pablo II, es un elemento indispensable de la
justicia y de la paz. Perdonar a quien nos ha hecho daño es la mejor forma de
denunciar su injusticia y de invitarle a salir de ella. En algunos momentos
puede resultar difícil perdonar. Pero la Iglesia, como no puede dejar de
proclamar el «no matarás» del Decálogo, tampoco puede callar el «perdonad y
seréis perdonados» o el «amad a vuestros enemigos» del Sermón de la Montaña. El
perdón es fruto del amor y el amor abierto y universal es el único fundamento
sólido de la paz. De hecho, hay muchas familias cristianas que han sufrido los
crímenes de ETA en su propia carne y nos están dando ejemplos conmovedores de
generosidad y de serenidad.
--Algunos han rechazado el quinto
capítulo del documento diciendo que las referencias al nacionalismo no expresan
la doctrina de la Iglesia. ¿Es esto cierto?
--Monseñor Sebastián: En lo que yo puedo
entender, esa apreciación no es cierta. El conjunto del apartado quinto de la
Instrucción Pastoral recoge bien la doctrina de la Iglesia y la aplica
prudentemente a la situación española. Naturalmente, las aplicaciones concretas
a una situación determinada, tan complicada y variada como son las diferentes
preferencias políticas en las diversas zonas de España, no tienen la misma
autoridad que tienen los principios. Por eso el documento de los obispos es una
«Instrucción Pastoral» y no un documento doctrinal en sentido propio. Aun así,
tiene el refrendo de una amplia mayoría de los obispos, lo cual le da una
cierta autoridad moral y expresa el sentir mayoritario de la Iglesia en España.
Posiblemente algunas expresiones se podrían haber matizado más, pero eso no
niega el valor y la plena autoridad de lo que se dice, en plena comunión con la
doctrina general de la Iglesia.
--También se ha dicho que el punto
más discutible es que «sacraliza la Constitución»…
--Monseñor Sebastián: Esa expresión
no es exacta y responde a un juicio más sentimental que razonable. El documento
episcopal reconoce las posibles imperfecciones de la Constitución, dice que es
un documento modificable, como todas las cosas humanas, pero dice también que
hoy es la única referencia jurídica que garantiza la convivencia entre los
españoles, y que si alguno la quiere cambiar tendrá que ajustarse a las reglas
y procedimientos previstos por la ley.
--Dicen en su documento que «negar
unilateralmente la soberanía de España no sería prudente ni moralmente
aceptable». ¿Esto sitúa a un nacionalista fuera de la Iglesia por sus ideas?
--Monseñor Sebastián: No estamos
hablando de admitir o negar a nadie la comunión con la Iglesia. En el documento
se reconoce expresamente la legitimidad moral de las posturas políticas de tipo
nacionalista. Los Obispos decimos que los diferentes nacionalismos, como
cualquier otra postura política, para ser justa y moralmente aceptable tiene
que cumplir ciertos principios y ajustarse a ciertas condiciones. Estas condiciones
se pueden reducir a someterse a las exigencias del bien común y a respetar los
derechos de todos los ciudadanos, también de los no nacionalistas. El hecho de
la convivencia secular ha creado unos derechos mutuos y comunes: un señor de
Cádiz puede instalarse en Bilbao sin ninguna restricción legal, como uno de
Bilbao puede instalarse en Cádiz. Esos derechos comunes, engendrados y
consolidados por la historia, no se pueden suprimir unilateralmente. Esto es
verdad sin necesidad de entrar en otras dimensiones más profundas de la vida,
como las relaciones familiares, profesionales, culturales, etc. Por eso lo que
los obispos decimos es que se puede ser nacionalista y hasta independentista,
pero que no se puede mantener estas posturas de cualquier forma. El nacionalismo,
o mejor dicho, los nacionalismos, porque los hay muy diferentes, tienen que
respetar la primacía del bien común y de los derechos personales como cualquier
otra postura política. Y viceversa. Todo esto lo dice el documento para poder
decir que el nacionalismo profesado, difundido y hasta impuesto por ETA es un
nacionalismo radical, autoritario, que no respeta los derechos de las personas
ni de los grupos que opinan de otra manera, y por eso mismo sale fuera de los
límites de la legitimidad moral. El nacionalismo de ETA es un nacionalismo
pervertido y perverso.
--¿Qué parte del documento cree que
ha provocado más rechazo por parte de los que votaron en contra?
--Monseñor Sebastián: Yo no puedo
responder por los demás. Tengo la impresión de que en los cuatro primeros
capítulos del documento, en los que se describe la naturaleza del terrorismo en
general y del terrorismo concreto de ETA y se expresa el firme juicio moral del
todo condenatorio, sin justificación posible, todos los obispos estábamos de acuerdo.
Como lo estábamos también en la condenación del nacionalismo autoritario de
ETA. Seguramente la dificultad estaba en algunas expresiones sobre el
nacionalismo en general o sobre las situaciones históricas concretas. Yo tengo
la impresión de que si hubiera habido más tiempo hubiéramos podido perfilar
mejor algunas expresiones o disipar ciertos temores. Pero las circunstancias
nos impusieron una cierta celeridad.
--Dicen que donde anida la semilla
terrorista se esteriliza la vida cristiana. ¿Se puede decir que el nacionalismo
arruina la fe?
--Monseñor Sebastián: Es peligroso
hablar del nacionalismo en general, porque los nacionalismos son muy diferentes
unos de otros, y evolucionan mucho con el tiempo. Desde luego, el nacionalismo
totalitario es intrínsecamente anticristiano y donde arraiga asfixia la vida de
cristiana de las personas y de las familias. Como en el resto de Europa, actúan
además otras causas de tipo histórico, cultural y social que nos envuelven a
todos.
--¿Cuál es el problema del nacionalismo
exacerbado? ¿Es que sustituye a Dios por el dios-nación? ¿Cree que algunos
cristianos o miembros del clero han caído en este error?
--Monseñor Sebastián: El
nacionalismo totalitario sí da un valor absoluto a sus proyectos o a sus
creaciones políticas, por eso viene a funcionar como una religión idólatra, que
tiene sus dioses, y pretende ser fundamento del bien y del mal. No creo que
ningún sacerdote ni ningún cristiano medianamente consciente hayan caído en
esta forma pervertida del nacionalismo. Esta absolutización de los objetivos
políticos es la esencia de todo totalitarismo y se puede dar en cualquier
extremo del arco político. Por eso cualquier forma de totalitarismo es
contrario a la fe cristiana. En estos asuntos, además de las ideas políticas,
funciona lo que podríamos llamar el sentimiento, o mejor la «sentimentalidad
nacionalista», de naturaleza pre o transpolítica, que fácilmente nos afecta a
todos, y que explica muchas cosas sin necesidad de recurrir a esas perversiones
ideológicas.
ZENITESPAÑA02121908