Almudi.org La dimensión espiritual del trabajo«Trabajamos para los demás», explica un
catedrático de economía
BARCELONA, 13 febrero 2003 (ZENIT.org).-
¿Es bueno trabajar mucho? La pregunta recibe tantas respuestas como personas
hay en el mundo. Pero, para un cristiano, ¿qué sentido tiene el trabajo?
«Trabajar mucho puede ser malo cuando se
hace por una simple razón de eficacia económica, o de egoísmo personal, pero
puede ser muy bueno cuando se hace con la conciencia de un servicio a una
sociedad», explica el economista Antonio Argandoña.
Argandoña es profesor de la cátedra de
Economía y Ética de la escuela de estudios económicos IESE Business School,
entidad de la Universidad de Navarra ubicada en Barcelona, una de las más
prestigiosas de Europa.
--¿Qué es la espiritualidad del trabajo?
--Antonio Argandoña: La espiritualidad del
trabajo consiste en fundamentar una vida religiosa cristiana intensamente
vivida, asumida con todas sus consecuencias, que penetra en toda la vida, sobre
la conciencia de que Dios llama al hombre a una vocación de comunión con él y
de servicio a los demás en y a través del trabajo, de las realidades
cotidianas.
--El exceso de trabajo es elogiado en
nuestra sociedad. ¿Le parece sano?
--Antonio Argandoña: Si es un exceso no
puede ser sano, por supuesto. Nuestra sociedad aprueba unas veces la cultura
del ocio, y otras la cultura del trabajo, pero no siempre ofrece una razón suficiente
para una y para otra.
Trabajar mucho puede ser malo cuando se
hace por una simple razón de eficacia económica, o de egoísmo personal, pero
puede ser muy bueno cuando se hace con la conciencia de un servicio a una
sociedad en la que hay muchas necesidades que merecen ser atendidas –y no sólo
a través del trabajo profesional remunerado por cuenta ajena, sino mediante otras
muchas acciones que suponen un servicio a los demás.
--Cual es el sentido del trabajo desde
las enseñanzas de san Josemaría Escrivá?
--Antonio Argandoña: San Josemaría Escrivá
predicaba una profunda espiritualidad del trabajo, tal como la he definido antes;
un ideal de santidad en el mundo, una plasmación concreta de la vocación que
Dios dispone para cada hombre y mujer, precisamente a través del trabajo, de la
vida ordinaria.
Su mensaje era que el trabajo --la vida
corriente-- es ocasión de encuentro con Dios, de desarrollo y maduración de la
propia vida, de construcción de la ciudad de los hombres y de servicio a los
demás.
Todo esto lo condensaba en un programa de
tres puntos, que proponía a todos los hombres y mujeres: santificar el trabajo,
santificarse con el trabajo y santificar a los demás con el trabajo.
Santificar el trabajo significa, en primer
lugar, hacerlo bien, con competencia profesional; si uno es creyente, como un
servicio a Dios y, sea creyente o no, también en servicio a los demás.
Santificarse con el trabajo significa
desarrollar las propias capacidades humanas y sobrenaturales precisamente en la
vida ordinaria, que se convierte en ocasión de encuentro con Dios y de práctica
de las virtudes.
Y santificar a los demás con el trabajo
implica dar a la actividad profesional un sentido de servicio a los demás, de
construcción de la sociedad en que vivimos y de preparación de un mundo mejor
para los que vendrán después.
--¿Hemos perdido el sentido del tiempo
libre?
--Antonio Argandoña: Parece que hemos
perdido el sentido de nuestra vida y, con ello, el de todas sus actividades.
Tenemos un derecho al tiempo libre, porque
es una necesidad, primero, para reponer nuestras fuerzas físicas y psíquicas;
segundo, para nuestro propio desarrollo como personas, y tercero, como lugar en
que se expresa nuestra sociabilidad más allá de lo que exige la misma
sociabilidad del trabajo.
Pero el tiempo libre no debe ser un tiempo
egoísta, para mí, para mi comodidad, mi placer o mi complacencia.
El tiempo libre tiene sentido en el
conjunto de la vida de la persona, en función del trabajo que ha de ser
santificado --y de este modo, el tiempo libre se puede santificar también--,
del servicio a los demás --empezando por la familia--, del desarrollo de la
propia cultura, etc.
--¿Cómo revalorizar el aspecto lúdico de
la persona como parte integral de ésta?
--Antonio Argandoña: Mediante la
recuperación de la unidad de vida, como proponía san Josemaría Escrivá.
No se trata de convertir la vida en juego,
para que sea más agradable, sino en dar un sentido de unidad a toda la vida, al
descanso y al trabajo, a las relaciones sociales y a la vida familiar,...
Cuando se tiene la meta clara --la llamada divina a la santidad--, todas las
actividades adquieren sentido, conservando cada una su función que le es
propia.
--¿Trabajar, desde un punto de vista
cristiano, tiene una dimensión comunitaria hoy olvidada?
--Antonio Argandoña: Trabajar ha tenido
siempre una dimensión comunitaria; siempre ha sido una tarea hecha con los
demás y para los demás.
En nuestra sociedad prima, quizás, su
dimensión individual, lo cual es una deformación.
Hoy lo importante parece ser la eficacia
económica del trabajo, su rendimiento en términos de ingresos o de estatus, su
contribución a la realización personal. Y eso es importante, pero sólo es una
parte del sentido del trabajo.
Aun en una sociedad individualista, los
trabajadores quieren que su trabajo tenga una utilidad para otros, una vocación
social.
El mismo hecho de que califiquemos de
«profesional» a nuestro trabajo muestra esa dimensión comunitaria: la profesión
u oficio no es un mero puesto de trabajo, sino una manera de entender la
participación de cada uno en las responsabilidades sociales, de acuerdo con las
reglas deontológicas y profesionales aceptadas.
Y, finalmente, la función social del
trabajo se proyecta como un servicio a la comunidad local, a la nación y aun a
toda la humanidad.
El trabajo es la forma principal --aunque
no única-- que la mayoría de personas tienen a su alcance para construir la
sociedad y para dejar su huella en el mundo.
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