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SEMANA CUARTA DEL TIEMPO ORDINARIO-C

Domingo (31.I)
Lunes (1.II)
Martes Presentación del Señor (2.II)
Miércoles (3.II)
Jueves (4.II)
Viernes (5.II)
Sábado (6.II)

Tomado de Almudi.org 

DOMINGO CUARTO DEL TIEMPO ORDINARIO-C

Himno a la caridad: 1ª Corintios 12, 31- 13,13:

1º. No exagero al decir que ésta es una de las páginas más bellas de la Sagrada Escritura, y una de las más hermosas que se han escrito sobre el amor o, no sólo por su contenido, sino incluso por su forma literaria, escrita en estilo rápido y lleno de vida: un verdadero himno al amor.

Cada cualidad es un capítulo, todo un reto a nuestra capacidad de amar.

Para entender mejor este himno al amor, habría que tener en cuenta estos tres principios importantes:

1º: El amor significa entrega, donación, olvido de sí mismo: el que ama vive para la persona amada. Busca sólo el bien de la persona amada. No busca su egoísmo.

2º: El amor del que habla aquí San Pablo no tiene sólo como objetivo al prójimo, sino también a Dios, puesto que el amor se fundamenta y tiene su raíz en Dios: en ese amor que antes ha tenido y tiene por nosotros.

3º: El amor del que habla San Pablo, nada tiene que ver con el deseo egoísta de posesión sensible o pasional, ni tampoco se limita a la mera filantropía, que nace de razones humanas. Se trata de un amor tal y como lo entendió Cristo: como Cristo nos amó: hasta morir por nosotros en la Cruz.

2º. Tres partes podemos distinguir, bajo el aspecto doctrinal, en este elogio que San Pablo hace del amor:

1ª: Primeramente alude el Apóstol a la necesidad que tenemos del amor y a su absoluta superioridad sobre todos los demás dones que Dios nos pueda conceder. Es decir: el amor es un don tan excelente y necesario, que sin él los demás dones que Dios nos pueda conceder pierden su razón de ser. San Pablo nos habla del don de lenguas, de profecía, de sabiduría y ciencia, de fe que hace milagros, de obras de beneficencia con todo su heroísmo... Todos esos dones pueden ser concedidos por Dios, pero no aprovechan para nada si no tenemos amor, si están separados del amor. De nada nos servirán a nosotros en orden a conseguir la vida eterna... Son como una campana que suena unos instantes y después se apaga su sonido.

2ª: La segunda parte del himno, va descubriendo las propiedades o características del amor que constituye su belleza moral.

El Apóstol indica quince propiedades. La mayoría de los términos con que se designan esas propiedades son ya, de por sí, suficientemente claros. Con todo, veamos una pequeña explicación de cada una de estas características:

"El amor es comprensivo": Para comprender a los demás hay que ponernos en su lugar. Muchas veces juzgamos a las personas desde nuestra perspectiva, y por eso solemos equivocarnos. O a veces juzgamos por lo que hemos oído decir...

"El amor es servicial": La persona que ama está siempre al servicio de la persona amada. No olvidemos que el amor es entrega, donación, olvido de sí mismo: el que ama vive para la persona amada. No supone nunca egoísmo.

"El amor no tiene envidia": Ante el bien, el triunfo, la prosperidad de los demás, debemos alegrarnos. Pero... ¿qué nos pasa a nosotros?... La envidia. Y de la envidia nacen multitud de pecados contra el amor: la murmuración, y llegar al extremo de gozarse en lo adverso que les ocurre a los demás...

"El amor no presume ni se engríe": Nos impide pensar y decir que todo lo hacemos bien, que los demás lo hacen mal, y que los demás nos han de tomar como modelo. En muchas faltas de caridad han existido previamente otras de vanidad y orgullo, de egoísmo, de deseos de sobresalir. El orgulloso no logra mirar más allá de su propia persona, de sus cualidades, de sus virtudes, de su talento. Y en este panorama tan mezquino ni siquiera aparecen los demás: no hay sitio para ellos.

"El amor no es mal educado ni egoísta": Evita que insultemos y maltratemos a los demás. No pide nada para uno mismo. Da sin calcular recompensa alguna. Sabe que ama a Jesús en los demás, y esto le basta. Busca el interés y el bien de los demás. Busca el bien de la persona amada.

"El amor no se irrita ni lleva cuentas del mal": Hace que dominemos nuestro genio, que no nos enfademos. Que callemos en muchas ocasiones. Que no tengamos deseos de venganza. Ni guardemos una lista de agravios personales. No se molesta si no es correspondido.

"El amor no se alegra de la injusticia sino que goza con la verdad": Trabaja con diligencia para que impere la justicia en el mundo. Alimenta hacia todo afecto y amor. No disfruta de la ruina de los adversarios.

"El amor disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites": Sabe perdonar siempre y olvidar. Con serenidad, con buena cara. Es mucho lo que podemos dar: fe, alegría, cariño… No nos molestemos si no somos correspondidos: el amor no busca lo suyo. No busquemos nada y habremos encontrado a Jesús.

En verdad, puede muy bien decirse que el amor resume en sí todas las demás virtudes, que a su vez son modalidades diversas de un mismo amor.

3ª: La tercera parte del himno es la más solemne y emotiva. En ella canta el Apóstol la duración de por sí del amor: Todo pasará: el don de profecía, el de lengua, de ciencia..., incluso la fe y la esperanza. La fe y la esperanza no permanecen en el Cielo: la fe será sustituida por la visión de Dios. La esperanza será sustituida por la posesión de Dios. Sólo el amor permanecerá eternamente, gozándose de la unión con su objeto amado que es Dios.

Y en el último versículo se recalca la idea del principio, esto es, la superioridad del amor sobre las demás virtudes.

El amor será el distintivo por el que conocerán que somos discípulos de Cristo.

Es una virtud que, para bien o para mal, estamos poniendo a prueba en todo momento. Porque a todas horas: podemos socorrer una necesidad, tener una palabra amable, evitar una murmuración, dar una palabra de aliento, ceder el paso, interceder ante el Señor por alguien necesitado, dar un buen consejo, sonreír, ayudar a crear un clima amable en nuestra familia o en el lugar de trabajo, disculpar, formular un juicio más benévolo, etc.

Cuarta Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

«Y llegaron a la orilla del mar; a la región de los gerasenos. Al salir de la barca, en seguida le salió al encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu inmundo, que vivía en los sepulcros y nadie podía tenerlo sujeto ni si quiera con cadenas;(...) se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Al ver a Jesús desde lejos, corrió y se postró ante él; y gritando con gran voz, dijo: ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios, que no me atormentes. Porque le decía: Sal, espíritu inmundo, de este hombre. Y le preguntaba: ¿Cuál es tu nombre? Le contestó: Mi nombre es legión, porque somos muchos. Y le suplicaba con insistencia que no lo expulsara fuera de la región.

Había allí junto al monte una gran piara de cerdos que estaba paciendo. Y le suplicaron diciendo: Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. Y se lo permitió. Y saliendo los espíritus inmundos, entraron en los cerdos; y con gran ímpetu la piara, alrededor de dos mil, corrió por la pendiente hacia el mar; donde se iban ahogando. Los porqueros echaron a correr; y contaron por la ciudad y los campos lo sucedido. Y acudieron a ver qué había ocurrido. Y llegaron junto a Jesús, y vieron al que había estado endemoniado sentado, vestido y en su sano juicio, y se quedaron asustados: los que lo habían presenciado les contaron lo que le había estado poseído por el demonio y a los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región». (Marcos 5, 1-20) 

1º. Jesús, hoy expulsas a la multitud de espíritus inmundos que destrozaba a aquel hombre de Gerasa hasta el punto de que se hería a sí mismo y vivía entre los muertos de los sepulcros.

Este hombre me lleva a pensar en esos espíritus impuros que a veces me dominan y que no puedo atar ni con grilletes ni con cadenas.

Sé que me destrozan, que hieren mi vida cristiana y hasta pueden hacer que la pierda y que viva en los sepulcros, entre los muertos que no tienen vida espiritual.

Son esos espíritus impuros los que a veces gritan en mi interior:

¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo?

¿Para qué complicarme la vida si ya estoy bien así, medio herido, muerto?

¿Para qué he de luchar por vencer esas tentaciones que me alejan de Ti?

Jesús, sé que para amarte de veras necesito también luchar de veras.

«¿Quieres ver a Dios? Escúchalo: «bienaventurados los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios». En primer lugar piensa en la pureza de tu corazón; lo que veas en él que desagrada a Dios, quítalo» (San Agustín).

2º. «La santa pureza la da Dios cuando se pide con humildad» (Camino.-118).

Jesús, vivir la pureza no consiste en hacer cosas raras: no se trata de poner cadenas ni grilletes.

Es cuestión de pedirte ayuda con humildad, que significa también poner los medios humanos necesarios: cuidar la vista, evitar los lugares y las situaciones en las que me vienen las tentaciones, etc.

Si me comporto así, Tú enviarás esos espíritus impuros de nuevo a los cerdos, y encima éstos se ahogarán, para que no sigan molestando.

El problema, Jesús, es que no es tan sencillo evitar las costumbres y diversiones mundanas si quiero vivir una vida normal, porque ese modo de actuar chocará con el ambiente y me puede pasar lo que te pasó a Ti: «Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región».

Es decir, si trato de vivir una vida limpia, no seré bien recibido en algunos ambientes.

Prefiero cortar con algunas amistades que perder tu amistad.

Pero, en general, Tú me quieres ahí precisamente, en medio de mi ambiente, para elevar con picardía y buen humor el nivel de las conversaciones, de las diversiones, etc., de modo que sean dignas de un hijo de Dios.

Para ello, tengo que ser prudente y dejarme aconsejar en la dirección espiritual.

Y, sobre todo, tengo que vivir unido a Ti por la oración y los sacramentos.

Jesús, ayúdame a vivir una vida limpia que sea ejemplo cristiano para los que me rodean.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Cuarta Semana del Tiempo Ordinario. Martes

«Y una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido por parte de muchos médicos, y gastado todos sus bienes sin aprovecharle nada, sino que iba de mal en peor; cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la muchedumbre y tocó su vestido; porque decía: Si pudiera tocar, aun que sólo fuera su manto, quedaré sana. En el mismo instante se secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que estaba curada de la enfermedad. Y al momento Jesús, conociendo en sí mismo la virtud salida de él, vuelto hacia la muchedumbre, decía: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Y le decían sus discípulos: Ves que la muchedumbre te oprime y dices ¿quién me ha tocado? Y miraba a su alrededor para ver a la que había hecho esto. La mujer; asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había ocurrido, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad. Entonces le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu dolencia.» (Marcos 5, 25-34)

1º. Jesús, esta mujer me da una buena lección: «Si pudiera tocar, aunque sólo fuera su manto, quedaré sana».

Te tocó el manto con su mano; pero, sobre todo, te tocó el corazón con su fe.

Fe grande, que te la pido para mí y para los que me rodean.

Fe que demostró con obras, a pesar de las dificultades; y por eso le concediste lo que pedía.

Yo también tengo mis enfermedades: desánimo, egoísmo, pereza, enfados ante cosas de poca importancia, etc.

Necesito tu fuerza, tu gracia.

Pero sé que Tú no me dejas solo; ni siquiera tengo que hacer grandes colas o abrirme paso entre la muchedumbre para llegar hasta Ti.

Te has acercado a mí hasta tal punto que no sólo puedo tocar tu manto, sino recibirte en mi corazón.

Jesús, no puedo pedir un contacto más real que el de la comunión.

Ni tampoco puedo pensar en un remedio mejor para mis flaquezas que la Eucaristía: mientras que al comer cualquier alimento, éste se convierte en mí, en la comunión soy yo el que me divinizo.

Ayúdame a acercarme a la comunión con la fe de esta mujer del Evangelio, y entonces yo también notaré «tu virtud»que me sana.

Que no perdamos tan buena razón y que líos lleguemos a Él; pues si cuando andaba en el mundo de sólo tocar su ropa sanaban los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando dentro de mí -si tenemos fe- y nos dará lo que le pidiéramos, pues esta en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen biten hospedaje» Santa Teresa.- Camino de perfección.-34). 

2º. «Ser santos es vivir tal y como nuestro Padre del cielo ha dispuesto que vivamos. Me diréis que es difícil. Sí, el ideal es muy alto. Pero a la vez es fácil: está al alcance de la mano. Cuando una persona se pone enferma, ocurre en ocasiones que no se logra encontrar la medicina. En lo sobrenatural, no sucede así. La medicina está siempre cerca: es Cristo Jesús, presente en la Sagrada Eucaristía, que nos da además su gracia en los otros Sacramentos que instituyó»(Es Cristo que pasa.-160)

Jesús, ¿con qué frecuencia te recibo en la Sagrada Eucaristía?

¿No será que te recibo poco?

Y, cuando te recibo, ¿cómo te recibo?

A veces estoy como seco en la comunión.

No es mala intención: es que me he acostumbrado a recibirte.

Que no me acostumbre, Jesús; que la comunión no se convierta en una rutina, pues la rutina es la muerte de la piedad, del amor.

Jesús, ¿qué puedo hacer para encender mi fe en la Eucaristía?

Tal vez puedo prepararme a recibirte recitando una comunión espiritual, como, por ejemplo: «Yo quisiera, Señor; recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los Santos».

Y, después de recibirte, he de aprovechar bien esos minutos en los que permaneces realmente en mi para decirte que te quiero, que me perdones si algo me ha salido mal, que necesito tu ayuda.

Te puedo pedir también por la Iglesia y por el Papa; por mi familia y mis amigos; por los que sufren y por la paz en el mundo.

Y te puedo dar gracias por tantas cosas que me das y que no merezco.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

2-Febrero. Purificación de Nuestra Señora y Presentación de Jesús en el Templo

«Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: -Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación; la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él. Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre: -Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada 37y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él». (Lucas 2, 22-40) 

1º. José y María suben a Jerusalén para cumplir dos preceptos de la ley: la purificación y el rescate del hijo primogénito.

La purificación era el rito que hacía pura a la mujer que había concebido un varón, cuarenta días después del nacimiento.

El rescate del primer hijo consistía en ofrecer en sacrificio, un par de tórtolas o dos pichones, si la familia, como en el caso de la Sagrada Familia, era pobre.

Maria no había quedado impura, pues su concepción fue obra milagrosa del Espíritu Santo y no de un hombre.

Pero la Virgen quiere cumplir la ley y se purifica.

Jesús, cuántas veces no he sabido cumplir tu ley, tus mandamientos.

Yo si necesito purificarme. Primero con una confesión bien hecha.

Y luego, me puedo purificar más con más oración, con pequeños sacrificios, o ganando indulgencias.

2º. Jesús, como cuando te encontró Simeón, hoy también estás en el Templo: en el sagrario de cada iglesia.

Que no me acostumbre a pasar por delante de una iglesia sin decirte nada.

Que me admire siempre de que te hayas quedado tan cerca para que pueda adorarte.

Madre, cuando Jesús murió en la cruz, comprendiste hasta qué punto era cierta la profecía de Simeón: «y a tu misma alma la traspasará una espada».

Maria, ante semejante plan divino tu respuesta fue heroica: fuiste fiel a Dios, y aceptaste aquel dolor intensísimo a los pies de tu Hijo agonizante.

De tal manera te uniste al sacrificio de Jesús, ofreciendo tu dolor por la salvación de todos los hombres, que la Iglesia te llama, con razón, Corredentora: redentora junto con Cristo.

Madre, has aceptado la muerte de tu Hijo, para que yo tenga vida divina.

¡Cómo será el amor que me tienes! Qué poco me entero... ¡perdóname!

Quiero, desde ahora, apoyarme más en ti, pedirte todo lo que necesite. ¿Cómo me vas a fallar, si te he costado tanto?

3º. Jesús, Ana servía a Dios «con ayunos y oraciones».

La oración y la mortificación son dos pilares importantes de mi vida interior, y los mejores medios de apostolado: por eso Ana podía hablar de Ti «a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.»

¿Cómo es mi oración: la hago cada día; pongo la cabeza y el corazón en esos minutos para enamorarme más de Ti; hago al menos un propósito cada día para mejorar en mi trabajo, en mi vida interior o en mi apostolado?

¿Cómo es mi mortificación? ¿Tengo concretado hacer algún pequeño sacrificio en las comidas, en la puntualidad, en el orden, en detalles de servicio?

Y si ya lo tengo concretado, ¿lo ofrezco por alguna intención particular?

¿Puedo ser más generoso en mi mortificación?

Tal vez debería hacer una lista con cuatro o cinco pequeños sacrificios para ofrecértelos durante el día.

Sé que si soy un alma fuerte, sacrificada, también te podré querer más.

Y, sobretodo, mediante esos pequeños sacrificios me estoy uniendo a Ti en la cruz, estoy ayudándote a hacer la redención.

Ana vivía «sin apartarse del Templo noche y día».

Yo, Jesús, no puedo estar todo el día en la iglesia.

Tampoco es lo que me pides.

Lo que me pides es que -esté donde esté y haga lo que haga- te tenga presente: que te ofrezca el trabajo haciéndolo lo mejor posible, que me preocupe de las necesidades materiales y espirituales de los demás.

4º. Jesús, vas creciendo como un niño normal.

Eres Dios y por eso estás «lleno de sabiduría»;pero en lo humano vas aprendiendo de José y de María.

De José aprendiste a trabajar con perfección, aprovechando todos los recursos del momento y añadiéndole ese convencimiento de que tu trabajo era el medio de unirte a Dios y de servir a los demás.

De María aprenderías a estar pendiente de los más pequeños detalles, y posiblemente de Ella aprenderías tus primeras oraciones: oraciones que recitarías juntamente con tu madre y José al empezar y acabar el día, antes y después de comer,...

¡Dios mismo, aprendiendo a rezar!

Jesús, yo sí necesito aprender.

No puedo darme por satisfecho en mi formación profesional ni en mi formación cultural y humana.

Y, con mayor motivo, no puedo conformarme nunca con mi formación ascética -formación para mejorar en mi vida espiritual- ni con mi formación sobre la doctrina de la Iglesia.

¿Cómo me he esforzado en asistir a los medios de formación necesarios para ser mejor cristiano: círculos, charlas, meditaciones, clases de doctrina, etc..?

¿Cómo los he aprovechado?

¿Me tomo suficientemente en serio un medio de formación tan importante como es la dirección espiritual?

Que no caiga en el defecto -que es soberbia- de pensar que ya no necesito formación.

Sólo entonces «la gracia de Dios» estará y crecerá en mí.

Cuarta Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

«Partió de allí y se fíe a su cuidad, y le seguían sus discípulos. Llegado el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y muchos de los oyentes, admirados, decían: ¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús: No hay profeta menospreciado sino en su propia patria, entre sus parientes y en su casa. Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por causa de la incredulidad de ellos.» (Marcos 6, 1-6)

1º. «¿No es éste el artesano?»

Jesús, en tu ciudad eres bien conocido: eres el artesano.

En este oficio, que era el que te enseñó San José, te pasaste la mayor parte de tu vida: unos treinta años de vida corriente.

«Esta verdad, según la cual a través del trabajo el hombre participa en la obra de Dios mismo, su Creador, ha sido particularmente puesta de relieve por Jesucristo, aquel Jesús ante el que muchos de sus primeros oyentes en Nazaret permanecían estupefactos y decían: ¿De dónde le vienen a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?...¿No es acaso el carpintero? (...) Esto era también el «evangelio del trabajo», pues el que lo proclamaba, él mismo era hombre del trabajo, del trabajo artesano al igual que José de Nazaret» (Juan Pablo II).

Jesús, tengo que aprender de Ti a vivir el evangelio del trabajo; por eso necesito verte en el taller de Nazaret, trabajando duramente, sudando para acabar un encargo: una puerta, una mesa, etc.

Tú no dejarías un trabajo a mitad, o lo acabarías «deprisa y corriendo», o harías una chapuza para salir del paso.

Te imagino excediéndote en esos trabajos para acabarlos con perfección, esmerándote en los detalles para servir mejor a tus conciudadanos.

¡Cuántos pequeños servicios tuyos pasarían inadvertidos!

Eres Dios... sirviendo.

«El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mateo 20,28).

Ahora, Jesús, desde tu presencia escondida en el Sagrario, me pides que te sustituya: que, a través de mi trabajo de cada día, aprenda a servir a los demás. 

2º. «Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad» (Es Cristo que pasa.-47).

Jesús, Tú has hecho del trabajo una realidad santificante y santificadora, un medio para que mejore como persona y pueda ayudar a los demás a que mejoren.

Ayúdame a entender con mayor profundidad su importancia: mis relaciones sociales, mis recursos económicos (y de los que dependan de mí) y hasta mi manera de ver la realidad, dependen del trabajo.

Mi vida y, por tanto, también mi santidad, gira en torno al trabajo.

Pero el trabajo es un medio, no un fin.

Un medio para servir a los demás y para servirte a Ti, Jesús.

Si lo convierto en un fin, o en un medio para dominar o para demostrar, entonces ese trabajo no es obra de Dios, sino obra diabólica, porque me hace menos persona.

En cambio, cuando se hace con amor y por amor, el trabajo se convierte en testimonio de vida cristiana, en «evangelio del trabajo».

Jesús, como propósito concreto quiero ofrecerte cada día mi trabajo; por la mañana, nada más levantarme, y muchas veces al día.

Mis pensamientos, palabras y obras, mi vida entera, Señor te ofrezco a Ti, con amor. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Cuarta Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

«Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus inmundos. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas. Y les decía: Si entráis en una casa, permaneced allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os reciben ni os escuchan, al salir de allí sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y habiendo marchado, predicaron que hicieran penitencia; y expulsaban muchos demonios y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban.» (Marcos 6, 7-13) 

1º. Jesús, envías a predicar a los apóstoles.

Pero, ¿no podías predicar directamente?

¿Para qué necesitas apóstoles?

¿Para qué me necesitas a mí?

A veces me excuso con estos razonamientos y me olvido de que Tú quieres necesitarme a mí porque así yo te necesitaré más a Ti, y entonces te buscaré más y te amaré más.

«Dándoles potestad sobre los espíritus inmundos.»

Jesús, me das gracia abundante para que no me deje dominar por el ambiente pagano y materialista que me rodea.

Si acudo frecuentemente a los sacramentos y soy constante en la oración, recibiré tu gracia.

Entonces, seré yo el que vaya con mi propio ambiente, dando ejemplo de vida cristiana.

El camino del apóstol no requiere muchos medios materiales.

Es más, requiere desprenderse de lo superfluo y aún de lo necesario.

Jesús, a veces estoy lleno de caprichos: necesito un jersey especial, el compact disk de moda, o los guantes de “ski” de la marca tal.

¿Cómo me vas a pedir algo, si tengo el corazón lleno de cosas humanas?

2º. «El desprendimiento que predico, después de mirar a nuestro Modelo, es señorío; no clamorosa y llamativa pobretería, careta de la pereza y del abandono. Debes ir vestido de acuerdo con el tono de tu condición, de tu ambiente, de tu familia, de tu trabajo..., como tus compañeros, pero por Dios, con el afán de dar una imagen auténtica y atractiva de la verdadera vida cristiana. Con naturalidad, sin extravagancias: os aseguro que es mejor que pequéis por carta de más que por carta de menos. Tú, ¿ cómo imaginas el porte de Nuestro Señor?, ¿no has pensado con qué dignidad llevaría aquella túnica inconsútil, que probablemente habrían tejido las manos de Santa María? (...) Tú y yo nos esforzaremos en estar despegados de los bienes y de las comodidades de la tierra, pero sin salidas de tono ni hacer cosas raras.

Para mí, una manifestación de que nos sentimos señores del mundo, administradores fieles de Dios, es cuidar lo que usamos, con interés en que se conserve, en que dure, en que luzca, en que sirva el mayor tiempo posible para su finalidad, de manera que no se eche a perder» (Amigos de Dios.-122).

Jesús, si quieres que sea apóstol en medio del mundo, debo usar los instrumentos (vestido, coche, casa, etc.) que correspondan a mi entorno laboral, social y familiar.

Pero con señorío, es decir, sin dejar que el corazón se apegue a esos medios materiales.

«El espíritu de penitencia y su práctica nos conducen a desprendernos sinceramente de todo lo que poseemos de superfluo, y a veces incluso de lo necesario, que nos impide «ser» verdaderamente lo que Dios quiere que seamos» (Juan Pablo II.-Alocución.-20-II-1980).

Jesús, Tú ibas elegante, no cochambroso.

Tenias una túnica sin costuras, de las buenas, que te habría tejido tu madre, Santa María, y la cuidarías bien.

Por eso los soldados no la rompen en partes, como solían hacer con la ropa de los ajusticiados, sino que se la juegan a los dados.

Que aprenda a imitarte también en esto: cuidando bien lo que tengo, para que dure; no haciendo gastos superfluos; prescindiendo con naturalidad de lo que no es estrictamente necesario para servirte en medio del mundo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Cuarta Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

«En efecto, el propio Herodes había mandado prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, a la cual Herodes había tomado como mujer. Juan decía a Herodes: No te es lícito tener a la mujer de tu hermano. Herodías le odiaba y quería matarle, pero no podía, porque Herodes tenía a Juan sabiendo que era un varón justo y santo, y le protegía, y al oírlo temía muchas dudas pero le escuchaba con gusto. Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban en la mesa. Dijo el rey a la muchacha: Pídeme lo que quieras y te lo duré. (...) Quiero que en seguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista. El rey se entristeció, pero, a causa del juramento y de los comensales, no quiso contrariarla; y, enviando un verdugo, el rey mandó traer su cabeza. Aquel marchó y lo decapitó en la cárcel.» (Marcos 6,17-28)

1º. Jesús, Juan el Bautista, el hombre fiel que te preparó el camino, había dicho de ti: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Juan 3,30) demostrando una gran humildad en momentos en que el pueblo entero de Israel le seguía como si fuera el Mesías.

El alma humilde busca la verdad, no la apariencia.

Jesús, a veces me importa más quedar bien que reconocer la verdad.

Ayúdame a aprender de Juan el Bautista, que por decir la verdad a Herodes, por no callarse, fue encarcelado y decapitado.

Jesús, a veces tengo la tentación de apañar la verdad para no quedar mal, o por temor a lo que puedan decir los demás.

Seguramente no tendré que defender la verdad hasta la muerte, sino en pequeñas cosas; pero ahí es donde esperas que me comporte como verdadero discípulo tuyo, que te imite.

Y Tú has dicho: «Yo soy la verdad» (Juan 14,6). 

2º. «Os insisto en que os dejéis ayudar, guiar, por un director de almas, al que confiéis todas vuestras ilusiones santas y todos vuestros problemas cotidianos que afecten a la vida interior, los descalabros que sufráis y las victorias.

En esa dirección espiritual mostraos siempre muy sinceros: no os concedáis nada sin decirlo, abrid por completo vuestra alma, sin miedos ni vergüenzas. Mirad que, si no, ese camino tan llano y carretero se enreda, y lo que al principio no era nada, acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga» (Amigos de Dios.-15).

Jesús, ¡qué difícil es guiarme a mí mismo en temas de vida interior!

Enseguida me excuso; además, cuando estoy peor, menos me puedo ayudar, porque nadie da lo que no tiene.

Necesito que alguien me tienda una mano cuando estoy más desanimado, y también que me dé ideas nuevas para luchar eficazmente.

Os insisto en que os dejéis ayudar

Mostraos siempre muy sinceros.

Tú, Señor, eres la verdad, y amigo de la verdad; por eso, tus palabras más duras son contra los hipócritas.

«Es un hipócrita todo aquel que aparenta lo contrario de lo que es» (San Jerónimo).

Ayúdame a vencer la vergüenza natural de abrir mi alma al director espiritual, porque no soy perfecto pero quiero mejorar.

Y luego, Jesús, dame tu gracia para luchar en los propósitos de la dirección espiritual, porque no es suficiente con ser sincero.

También he de ser dócil e intentar poner por obra esos consejos.

Herodes oía con gusto a Juan el Bautista, pero no puso en práctica sus enseñanzas.

Y acabó cortándole la cabeza.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Cuarta Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

«Reunidos los apóstoles con Jesús le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice: Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Se marcharon, pues, en la barca a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar y muchos los reconocieron; fueron allá a pie desde todas las ciudades, y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio Jesús una gran multitud, y se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles muchas cosas.» (Marcos 6, 30-34)

1º. Jesús, ¡cómo cuidas a los apóstoles!: «venid y descansad un poco.»

Te los llevas a un lugar apartado para que descansen y puedan hablar contigo con mayor tranquilidad.

Es importante que también yo cuide el descanso para rendir más al día siguiente, y que haga unos parones de vez en cuando para tratarte con más tranquilidad y revisar con calma los distintos aspectos de mi vida interior.

Para eso están los retiros mensuales, y ese gran parón anual: el curso de retiro.

Jesús, a pesar del cansancio, sigues enseñando «muchas cosas.»

Te compadeces de los pobres y enfermos, pero también te compadeces de los que les falta formación, «porque estaban como ovejas sin pastor.»

¿Y yo?

¿Tengo esos mismos sentimientos?

¿Me compadezco cuando veo gente a mi alrededor que no tiene dónde apoyarse, porque nadie les ha explicado la verdadera fe?

Para poder ayudarles, primero tengo que adquirir formación doctrinal.

Quien ocupa un puesto debe tener la competencia necesaria; es necesario prepararse.

El general Wellington, el que venció a Napoleón, quiso volver a Inglaterra a ver la escuela militar donde se había preparado, y dijo a los alumnos y oficiales: «Mirad, aquí se ha ganado la batalla de Waterloo. Así os digo yo a vosotros, queridos jóvenes. Tendréis batallas en la vida dentro de 30, 40, 50 años; pero si queréis vencerlas es preciso que comencéis ahora, preparándoos, siendo asiduos al estudio y a la clase» (Juan Pablo I).

2º. «El apostolado cristiano -y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales- es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina.

Sed audaces. Contáis con la ayuda de María, Reina de los Apóstoles. Y Nuestra Señora, sin dejar de comportarse como Madre, sabe colocar a sus hijos delante de sus precisas responsabilidades. María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de acercarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con la reconciliación del hermano menor -tú y yo- con el Hijo primogénito del Padre.

Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva» (Es Cristo que pasa.- 149).

Madre, ¿cómo puedo quererte, tratarte, necesitarte, como quiero, trato y necesito a mi madre en la tierra?

Una manera puede ser tener una estampa tuya o un cuadro en mi habitación.

Y cada vez que entre, te puedo dar un beso, como hago con mi madre al entrar en casa.

Y también decirte adiós cuando salga.

Madre, ves a tantos hijos tuyos que están «como ovejas sin pastor».

¿Cómo será tu compasión por ellos?

Por eso, fomentas en mí esas inquietudes del alma, ese aspirar a un cambio, a una vida nueva; porque me necesitas al servicio de tu Hijo, para llevar a cabo esa gran catequesis en medio del mundo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.