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SEMANA QUINTA DEL TIEMPO ORDINARIO-C

Domingo (7.II)
Lunes (8.II)
Martes (9.II)
Miércoles (10.II)
Jueves Nuestra Señora de Lourdes (11.II)
Viernes (12.II)
Sábado (13.II)

Tomado de Almudi.org 
 

DOMINGO QUINTO DEL TIEMPO ORDINARIO-C

«Sucedió que estando Jesús junto al lago de Genesaret, la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de los barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de la tierra. Y sentado enseñaba desde la barca a la multitud. Cuando terminó de hablar, dijo o Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. Y habiéndolo hecho recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían. Entonces hicieron señas o los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mi, Señor, que soy, un hombre pecador. Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por lo gran cantidad de peces que habían capturado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas, desde ahora serán hombres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.» (Lucas 5,1-11) 

1º. Jesús, empiezas pidiéndole a Pedro su barca y terminas pidiéndole su vida.

Este es tu proceder: primero te metes en mi alma y luego me dices: ¡Mar adentro!

«Echad vuestras redes para la pesca.»

Me pides que me comprometa, que me lance a la pesca, al apostolado.

Pero Jesús, ¿cómo quieres que pesque, que hable con este amigo o con este otro si el ambiente es tan difícil, si nadie me hará caso?

«Hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado.»

¿Cómo vamos a pescar de día, cuando no es el momento?

¿Cómo voy a hacer apostolado con mis amigos, si no viven una vida muy religiosa?

«Pero no obstante, sobre tu palabra echaré las redes».

Jesús, sólo me pides un poco de fe, de confianza en tu palabra.

Y luego la parte humana, lanzar bien las redes: ser amigo de verdad; hablar con franqueza y buen humor; comprender a mis amigos, que seguramente no han tenido tal vez tanta formación como yo.

Y tener paciencia de pescador, sabiendo esperar sin ponerme nervioso.

Entonces vendrán los frutos, la pesca abundante.

2º. ¿Y cómo cumpliremos ese apostolado? Antes que nada, con el ejemplo, viviendo de acuerdo con la Voluntad del Padre, como Jesucristo, con su vida y sus enseñanzas, nos ha revelado. Verdadera fe es aquella que no permite que las acciones contradigan lo que se afirma con las palabras. Examinando nuestra conducta personal, debemos medir la autenticidad de nuestra fe. No somos sinceramente creyentes, si no nos esforzamos por realizar con nuestras acciones lo que confesamos con los labios» (Amigos de Dios.-268).

Jesús, el apostolado -igual que la santidad- se basa en mi unión personal contigo.

«Cristo, enviado por el Padre, es la fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia. Es, por ello, evidente que la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los seglares con Cristo» (Concilio Vaticano II.- A. A.-4).

Para unirme a Ti, he de intentar hacer, cada día, la voluntad de tu Padre celestial.

Y si mi intento es serio, tengo que examinarme con frecuencia para ver cómo lo estoy haciendo.

Jesús, necesito hacer examen de conciencia al final de la jornada y preguntarme cómo he vivido ese día mi fe, mi lucha por identificarme contigo: ¿qué he hecho bien?, ¿qué he hecho mal?, ¿qué podría haber hecho mejor?

Y, tras pedirte perdón por los fallos, es bueno acabar con un propósito para mejorar al día siguiente.

El examen de conciencia me ayuda a identificarme contigo, y por eso es un instrumento importante para mi apostolado.

Ayúdame a hacerlo cada día, sin cansarme ni dejarme llevar por la rutina.

Ayúdame a hacerlo siempre con profundidad, con fe, y con amor.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Quinta Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

«Y terminada la travesía hasta la costa, llegaron a Genesaret, y atracaron. Cuando bajaron de la barca, al momento lo reconocieron. Y recorriendo toda aquella región, a donde oían que estaba él le traían sobre las camillas a todas los que se encontraban mal. Y adonde quiera que entraba, en pueblos, o en ciudades, o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y, todos los que le tocaban quedaban sanos.» (Marcos 6, 53-56) 

1º. Jesús, ya no puedes pasar inadvertido.

Te reconocen y saben que Tú puedes curar a los enfermos con sólo un mínimo contacto.

Y los llevan a las plazas y te suplican que pases cerca de donde tienen a su pariente o amigo enfermo.

Jesús, veo en esas gentes, además de una gran fe en Ti, un gran amor por aquellos que sufren la enfermedad.

El amor de predilección de Cristo a los enfermos «no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren» (CEC-1503).

Jesús, ¡cuántas ocasiones tengo de preocuparme más de los enfermos!

En primer lugar en mi familia: ¿Cómo cuido al que está en cama, aunque sea sólo por unas décimas de fiebre?

¿No puedo estar más pendiente de las necesidades que pueda tener: traerle un vaso de agua o un libro; bajar la persiana; rezar con él un Rosario; ir a comprarle una pastilla?

Jesús, también quieres que me preocupe de aquellos enfermos que, a lo mejor, no tienen familia, o están en residencias u hospitales, o son mayores y están solos.

Quieres que con mi compañía, mi conversación y la poca o mucha ayuda que pueda aportar, les haga presente que Tú los quieres. 

2º. «Niño. Enfermo. Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula?

Es que, para una alma enamorada, los niños y los enfermos son Él» (Camino.-419). 

Jesús, Tú me has dicho: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros... porque estaba enfermo y me visitasteis... En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicisteis» (Mato 25,34-40).

Visitar a los enfermos es una obra de misericordia que beneficia sobre todo al que la hace.

Jesús, dame esos ojos del alma enamorada para verte a Ti en cada uno de los enfermos que me rodean.

Señor, no creo que te gustara verme muy piadoso, buscándote en los sacramentos y en mi trabajo profesional, a la vez que me olvido de tus hermanos más pequeños necesitados o enfermos.

Por otro lado, tampoco quieres que deje mis deberes familiares o profesionales -si no es mi vocación- excusándome en la atención de diferentes actividades sociales.

Dame, Jesús, ese corazón grande para aprender a servir a los demás en sus necesidades espirituales y materiales -en especial aquellos que, por su situación de enfermedad, necesitan más de mi ayuda-, sabiendo conjugar ese servicio con mis obligaciones de estudio, trabajo o familia.

Este equilibrio no siempre será sencillo, y a veces convendrá pedir consejo en la dirección espiritual.

Actuando de este modo, y poniéndome siempre en último lugar -antes están Dios y los demás-, seré el cristiano que esperas que sea: Cristo que pasa entre la gente que me rodea. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Quinta Semana del Tiempo Ordinario. Martes

« (…) Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no se comportan conforme a la tradición de los antiguos, sino que comen el pan con las manos impuras? Él les respondió: Bien profetizó Isaías de vosotros los hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está bien lejos de mí. En vano me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos. Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres. Y les decía: ¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y quien maldiga al padre o a la madre, sea reo de muerte. Vosotros, en cambio, decís: si dice un hombre al padre o a la madre, “lo que de mi parte pudieras recibir sea Corbán”, que significa ofrenda, ya no le permitís hacer nada por el padre o por la madre; con ello anuláis la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas semejantes a éstas». (Marcos 7, 1-13) 

1º. «Abandonando el mandamiento de Dios, retenéis la tradición de los hombres».

Jesús, algunos cristianos no católicos han creído ver en este texto una prueba de que la Tradición en la Iglesia no tiene ningún valor, pues -dicen- no es más que «tradición de los hombres».

Para ellos, la única fuente de revelación es la Biblia, y creen que lo que cada uno interpreta en la Biblia está inspirado por el Espíritu Santo.

Jesús, aunque Tú me enseñas a querer a todos -y con más motivo si son cristianos-, quieres que defienda la verdadera fe.

Para empezar, debo saber que aunque Tú rechazas las tradiciones de los fariseos, no rechazas las de la Iglesia, especialmente las que proceden directamente de Ti, como es la Eucaristía: «haced esto en memoria mía» (Lucas 22,19).

Además, en el Nuevo Testamento queda claro el valor de la Tradición y del magisterio de la Iglesia para los primeros cristianos.

San Pablo escribe: «manteneos firmes y guardad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de palabra o por carta» (2 Tesalonicenses 2,15).

Y San Pedro advierte que «ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia» (2 Pedro 1,20), pues «hay algunos puntos difíciles de entender que los ignorantes e inconscientes tergiversan lo mismo que las demás Escrituras para su propia perdición» (2 Pedro 3,16).

2º. «Ya hace algunos años vi con claridad meridiana un criterio que será siempre válido: el ambiente de la sociedad, con su apartamiento de la fe y la moral cristianas, necesita una nueva forma de vivir y de propagar la verdad eterna del Evangelio: en la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad» (Surco.-318).

«Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está bien lejos de mí».

Jesús, aunque muchos pueblos mantienen ciertas tradiciones cristianas (como la Navidad), en realidad se hallan muy lejos de Ti.

Hace falta recristianizar de verdad la sociedad; y para ello, hace falta una nueva forma de propagar el Evangelio: en medio del mundo: viviendo santamente -con ejemplaridad- la misma vida terrena de tantos y tantas; compartiendo ilusiones, sufrimientos y alegrías, pero con afán de servicio, con visión sobrenatural.

En la misma entraña de la sociedad, del mundo, los hijos de Dios han de brillar por sus virtudes como linternas en la oscuridad.

Jesús, para brillar como esperas de mí e influir en el ambiente con mi vida cristiana, necesito virtudes: laboriosidad, generosidad, optimismo, fortaleza, justicia, sobriedad.

Ayúdame para que no me canse en la lucha por adquirirlas. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Quinta Semana del Tiempo Ordinario. Miércoles

«Llamando de nuevo a la muchedumbre, les decía: Escuchadme todos y entended: nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre.

Y cuando entró en casa, alejado ya de la muchedumbre, sus discípulos le preguntaban el sentido de la parábola. Y les dice: ¿así que también vosotros sois incapaces de entender? ¿No sabéis que todo lo que entra en el hombre no puede hacerlo impuro, porque no entra en su corazón sino en su vientre, y va a la cloaca? De este modo declaraba puros todos los alimentos. Pues decía: Lo que sale del hombre, eso hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, fraude, deshonestidad, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre.» (Marcos 7,14-23) 

1º. Jesús, los judíos tenían muchos preceptos sobre los alimentos y sobre cómo limpiar las cosas antes de comer.

Eran reglas de sentido práctico y sanitario, pero Tú quieres recalcar que la verdadera limpieza del hombre nace en el corazón.

Lo que realmente me daña son los «malos pensamientos, fornicaciones, codicias, deshonestidad, envidia, soberbia, insensatez, etc.»

¿Cómo cuido el corazón?

¿De qué lo tengo lleno?

¿Cuáles son mis intereses más profundos?

Jesús, debo cuidar más mis afectos, para que sean limpios, puros, generosos.

Quiero querer a los demás como los quieres Tú, y para eso he de luchar un poco: no consentir esos malos pensamientos; no ponerme en ocasión de tentaciones impuras; saber perdonar los errores de los demás, también las injusticias; saber escuchar y comprender, no queriendo imponer siempre mi punto de vista; buscar la paz y no el odio; cortar los deseos de tener por tener; alegrarme si los demás son mejores que yo; etc.

«La posibilidad de abrirse con amor a las obras de misericordia es fruto de una prolongada y dura lucha conel orgullo propio, con los malos pensamientos, con el propio egoísmo. Sólo quien sabe conservar el corazón «intacto» sustrayéndole a las sugestiones de los entusiasmos pasajeros y dispersos, puede expresar en su vida una auténtica capacidad de donación» (Juan Pablo II).

2º. «Si tu ojo derecho te escandalizare... ¡arráncatelo y tíralo lejos! ¡Pobre corazón, que es el que te escandaliza! Apriétalo, estrújalo entre tus manos: no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: «Corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!» (Camino.-163).

Jesús, me pides tener sujeto el corazón: que mis deseos, mis afectos, mis pensamientos, mi imaginación, mi memoria, y todo ese mundo interior mío que sólo Tú y yo conocemos, no se desboque en un egoísmo de fantasía que me hace estar pensando siempre en mí, en mis problemas, en mis derechos, en lo que me merezco, en si me tienen en consideración, etc.

Corazón, ¡corazón en la Cruz! ¡corazón en la Cruz!

Quiero pensar en Ti, en tus necesidades, en tus deseos.

¿Qué necesitas de mí?

¿Qué más puedo hacer por Ti o por los demás?

¿Quién está más necesitado entre los que me rodean?

Jesús, Tú estás en la Cruz, clavado por amor a mí, y desde allí me miras y me dices: ¿qué haces pensando todavía en tus caprichos, en tus egoísmos?

¿No ves que te necesito?

Jesús, si quiero estar cerca tuyo debo tener el corazón pegado a Ti, en la Cruz.

Esto es lo que se llama mortificación interior: sujetar la imaginación, la memoria, el deseo de quedar bien por encima de todo.

Y poner mi corazón en el suelo para que los demás pisen blando: fomentar esos deseos de servir a los demás sin pensar en mí. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Quinta Semana del Tiempo Ordinario. Jueves

«Y partiendo de allí se fue hacia la región de Tiro y de Sidón. Y habiendo entrado en una casa deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto. Al punto, en cuanto oyó hablar de él una mujer cuya hija tenía un espíritu inmundo, entró y se echó a sus pies. La mujer era griega, sirofenicia de origen. Y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Y le dijo: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. Ella respondió diciendo: Señor también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos. Y le dijo: Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija. Y al regresar a su casa encontró a la niña echada en la cama, y que el demonio había salido.» (Marcos 7,24-30) 

1º. Jesús, esta mujer griega me ayuda a seguir pidiendo con perseverancia, aunque a veces me sienta como un extraño, o me vea indigno, después de ser tan poco generoso contigo.

«Señor no soy digno de que entres en mi casa» (Mateo 8,8), pero sé que Tú estás pendiente de mí, que no me dejas.

«Pedid y recibiréis...»: lo repite para recomendar a justos y pecadores la confianza en la misericordia de Dios, y por eso añade: «todo el que pide recibe»; es decir ya sea justo, ya sea pecador no dude al pedir para que conste que no desprecia a nadie» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, Tú no haces publicidad; parece más bien que prefieres «permanecer oculto».

¿Por qué?

Porque prefieres darte a conocer a través de tus discípulos.

La mujer del evangelio de hoy se acercó a Ti en cuanto oyó a otros hablar de tu presencia.

También hoy esperas que tus discípulos hablemos de Ti a los demás.

Pero, ¿quién soy yo para semejante misión?

¿No soy yo un poco indigno, sin preparación, sin virtud, sin suficiente fe?

Sí, es cierto.

Pero también es cierto que soy hijo de Dios, y que Tú esperas más de mí que de otros, porque también me das más: «el pan de los hijos»,la Sagrada Comunión.

2º. «¡Qué deuda la tuya con tu Padre-Dios! -Te ha dado el ser la inteligencia, la voluntad...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la filiación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra; te ha dado la posibilidad de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios...

-Dime, hijo: ¿cómo has correspondido?, ¿cómo correspondes?» (Forja.-11).

Dios mío, yo soy, por el Bautismo, hijo tuyo.

¡Cuánto me has dado!

Puedo recibir a Jesús en la Comunión, puedo pedirte perdón en la Confesión, puedo vivir mi vida humana de modo divino, es decir, llena de sentido, llena de fecundidad: todos mis actos, todos mis esfuerzos, todas mis penas y alegrías, tienen valor eterno si las hago por Ti.

¡Qué deuda tengo contigo, Señor!

¿Cómo correspondo?

¿Me doy cuenta de que me quieres como un padre a su hijo más pequeño, de que estás pendiente de todas mis necesidades?

¿Cómo me tengo que comportar de ahora en adelante, sabiendo que todo lo que hago y dejo de hacer te importa, y te importa mucho?

Señor, soy indigno, soy débil, soy inconstante, soy un poco egoísta.

Pero Tú quieres saciarme, puesto que eres mi Padre: «deja que primero se sacien los hijos».

Sáciame de tu amor; sáciame de tu perdón; sáciame cuando te reciba en la Sagrada Comunión.

Que aprenda a vivir como tu Hijo Jesús, que en esto consiste la filiación divina: sentirse y vivir como hijo de Dios que soy.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

11-Febrero. NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

Esta Fiesta mariana de devoción popular recuerda las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes, el año 1858, a Bernardeta Soubirous, en la gruta de Massabielle, cerca de Lourdes. El mensaje de las apariciones sería que fuera edificado un santuario para orar y hacer penitencia por la conversión de los pecadores.

«Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltase el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga.

Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de dos o tres metretas. Jesús les dijo: Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora y llevad al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía, aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían, llamó al esposo y le dijo: Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has guardado el vino bueno hasta ahora. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.» (Juan 2, 1-11)

1º. Jesús, habías ido a Caná a acompañar a tu madre en la celebración de las bodas de algún amigo de la familia.

No tenías intención de hacer nada extraordinario todavía.

Acababas de escoger a tus discípulos y les estabas empezando a enseñar las verdades del Reino de los Cielos.

No era prudente, tal vez, empezar a hacer milagros sin antes preparar a los apóstoles para que pudieran entender tu divinidad.

Por eso le dices a María: «Todavía no ha llegado mi hora.»

Sin embargo, tu madre te conoce bien y no quiere que sus amigos se queden sin vino pues, en esas fiestas, hubiera significado un trastorno muy grande para los esposos.

María se da cuenta de la necesidad incluso antes que los propios interesados, y se apresura a pedir la intercesión de su Hijo.

Madre, si así te comportas con los amigos, ¿qué no harás por mí, que soy tu hijo?

A pesar de la resistencia inicial de Jesús, le dices a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».

¡Qué gran consejo para todos los hombres de todos los tiempos!

Ayúdame, madre mía, para que sepa hacer cada día lo que tu Hijo me diga.

Jesús, aquellos sirvientes te obedecieron con fe: llenaron las tinajas «hasta arriba».

No pusieron un poco para «hacer la prueba», sino que se fiaron de Ti.

También yo debo fiarme de Ti, y darme del todo en lo que me pidas.

2º. «María, Maestra de oración. -Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. -Y cómo logra.

-Aprende» (Camino.-502).

Madre, enséñame a rezar con esa fe, con esa perseverancia, con esa confianza.

A veces pido cosas a Jesús, y parece como si Él me respondiera: «Todavía no ha llegado mi hora».

Y me canso de pedir.

En esos casos, madre, ayúdame tú: intercede por mí.

«María es, al mismo tiempo, una madre de misericordia y de ternura, a la que nadie ha recurrido en vano; abandónate lleno de confianza en su seno materno, pídele que te alcance esta virtud (de la humildad) que Ella tanto apreció; no tengas miedo de no ser atendido. María la pedirá para ti a ese Dios que ensalza a los humildes y reduce a la nada a los soberbios; y como María es omnipotente cerca de su Hijo, será con toda seguridad oída. Recurre a Ella en todas tus cruces, en todas tus necesidades, en todas las tentaciones. Sea María tu sostén, sea María tu consuelo». (León XIII).

Sé que una oración que te gusta mucho es el rosario, y que en varias apariciones has dicho que te pidamos cosas rezándolo cada día.

Por eso, un propósito muy concreto es rezar cada día el rosario, o -al menos- algún misterio del rosario, pidiéndote las cosas que me interesan o me preocupan.

Si rezo con fe y con perseverancia, estoy seguro que tú conseguirás de tu Hijo Jesús lo que mejor me convenga.

Y también es seguro que estarás atenta a que no me aleje del camino cristiano, recordándome una y otra vez -y ayudándome a ponerlo en práctica- lo que le dijiste a los siervos de Caná: «Haced lo que él os diga».

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Quinta Semana del Tiempo Ordinario. Viernes

«De nuevo, saliendo de la región de Tiro, vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis. Le traen un sordo y mudo, y le ruegan que le imponga su mano. Y apartándolo de la muchedumbre, metió los dedos en sus orejas, y con saliva tocó su lengua; y mirando al cielo, dio un suspiro, y le dice: “Effetá”, que significa: ábrete. Al instante se le abrieron sus oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Y les ordenó que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo proclamaban; y estaban tan maravillados que decían: Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.» (Marcos 7, 31-37) 

1º. Jesús, hoy curas a un sordomudo.

A partir de ahora podrá hablar y escuchar, comunicarse con los demás: sus necesidades, sus proyectos, sus alegrías.

Los sentidos me dan la posibilidad de conocer, de comunicarme y, por tanto, de amar a los demás.

Si este sordomudo fuera, además, ciego y no tuviera tacto, no podría comunicarse, y le sería imposible amar.

Aunque su madre estuviera siempre a su lado, cuidándolo, pendiente de él, derrochando todo su cariño, él no se enteraría del amor de su madre, no podría apreciar lo que ella estaba haciendo por él.

Sin sentidos me quedo aislado, solo.

Jesús, en la vida espiritual, en mi relación contigo, existe un único «sentido»: la fe.

Tú estás continuamente a mi lado, pendiente de lo que hago, de mis alegrías y sufrimientos, intentándome ayudar.

Pero si no tengo fe, si espiritualmente estoy «sin sentido», no me daré cuenta: pensaré que estoy solo y me será imposible amarte.

Jesús, tengo fe, pero tal vez me falte mucha todavía.

Soy un poco miope y te veo como borroso: me falta visión sobrenatural.

¡Aumenta mi fe!

Quiero darme cuenta de cuánto has hecho y haces continuamente por mí, por amor a mí.

«Cuando asistís al Santo Sacrificio del Altar y os arrodilláis en la elevación, y cada vez que hacéis un acto de fe en Dios, meditando cuidadosamente todo lo que el Evangelio nos dice que Él ha hecho por nosotros, recordad que Dios es omnipotente, y ello os ayudará y os animará a hacerlo. Decid: yo creo esto y aquello, porque Dios es omnipotente. No adoro una criatura. No soy siervo de un Dios de poder restringido. Puesto que Dios puede «hacer» todas las cosas, yo puedo «creer» todas las cosas. Nada es demasiado difícil para que Él lo haga, y nada es demasiado difícil para que yo lo crea» (Cardenal J. H. Newman).

2º. «¡Qué diferencia entre esos hombres sin fe, tristes y vacilantes en razón de su existencia vacía, expuestos como veletas a la «variabilidad» de las circunstancias, y nuestra vida confiada de cristianos, alegre y firme, maciza, en razón del conocimiento y del convencimiento absoluto de nuestro destino sobrenatural! (Surco.-73).

Jesús, me imagino a un ciego caminando por la calle, a tientas con el bastón, buscando el camino, con peligro de caerse ante un obstáculo que no detecta, etc.

Y me veo a mi mismo en la vida espiritual, cuando me flojea la fe: triste, vacilante, indeciso.

Necesito una fe fuerte, segura, maciza, alegre.

Jesús, la fe la das Tú, pero estás siempre dispuesto a darla.

Sólo hace falta que haga un acto de fe para que Tú me la aumentes.

En este sentido se parece a las demás virtudes: crece con la repetición de actos.

¿Qué actos de fe puedo hacer?

El más importante es el de acudir a la Santa Misa, a ese momento de la Consagración en el que el pan y el vino se convierten en tu cuerpo y tu sangre.

Por eso, al acabar la Consagración el sacerdote dice: «éste es el Sacramento de nuestra fe».

Otro «acto de fe» importante es la oración: «Creo firmemente que estás aquí: que me ves, que me oyes».

Es un acto de fe que dura tantos minutos como minutos de oración haga.

Cada rato de oración bien hecha aumenta mi fe.

Y sé que cuanto mayor sea mi fe, que es el «sentido» sobrenatural, más fácilmente te escucharé y te veré en cada acontecimiento; más fácilmente te entenderé y te amaré.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Quinta Semana del Tiempo Ordinario. Sábado

«En aquellos días, reunida de nuevo una gran muchedumbre que no tenía qué comer, llamando a los discípulos les dice: Siento profunda compasión por la muchedumbre, porque ya hace tres días que permanecen junto a mí y no tienen qué comer; y si los despido en ayunas a sus casas desfallecerán en el camino, pues algunos han venido desde lejos. Y le respondieron sus discípulos: ¿Quién podrá abastecerlos de pan aquí, en el desierto? Les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron: Siete. Y ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomando los siete panes, después de dar gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran; y los distribuyeron a la muchedumbre. Tenían también unos pocos pececillos; después de bendecirlos, mandó que los distribuyeran. Y comieron y quedaron satisfechos, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Los que habían comido eran alrededor de cuatro mil, y los despidió.» (Marcos 8, 1-10) 

1º. Jesús, la gente te viene siguiendo desde lejos con tal interés que se olvidan hasta de la comida.

¿Cómo debía ser el ambiente: aquellos grupos de gentes enfervorecidas comentando tus milagros y la fuerza de tu palabra?

Pero Tú te das cuenta de que no tienen qué comer y esto te preocupa.

«¿Quién podrá abastecerlos de pan aquí, en el desierto?»

También hoy abunda la escasez, el hambre, la pobreza, la soledad, la injusticia y la falta de formación cristiana, que es hambre y miseria espiritual.

Pero ¿qué puedo arreglar yo por más que lo intente?

Y me respondes: «¿cuántos panes tenéis?»

¿Yo?

¿Qué me pides a mí, Jesús, si yo no tengo nada?

«Pero, ¿qué ofreceremos nosotros, hermanos míos, o qué le devolveremos por todos los bienes que nos ha hecho? El ofreció por nosotros la Víctima más preciosa que tuvo, y no puede haber otra más preciosa; hagamos también nosotros lo que podamos, ofreciéndole lo mejor que tenemos, que somos nosotros mismos» (San Bernardo).

«Ellos dijeron: Siete».

Jesús, mira: esto es lo que tengo.

Mi tiempo, mis capacidades, mis ilusiones, mis gustos, mis flaquezas, mis errores.

¡Todo es tuyo!

Tú me lo has dado, a Ti te lo devuelvo.

No quiero reservarme ningún pez para mí, por si acaso me quedo luego sin nada.

¡Todo!

Y Tú sabrás multiplicar la eficacia de mi vida de cristiano, para que muchos puedan alimentarse y alimentar a su vez a otros.

2º. «En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo Maria advierte la falta de vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios» (Surco.-631).

Madre, Jesús se parece físicamente a ti: el color de los ojos y del pelo; esa expresión al reír; ese tono de voz...

Pero tú te pareces espiritualmente a Él: esa humildad, sinceridad, mansedumbre; ese espíritu de oración y ese espíritu de servicio.

Como tú te diste cuenta en Caná de que faltaba vino, hoy tu Hijo Jesús se da cuenta de que «no tienen qué comer.»

¿Y yo?

¿Me doy cuenta de las necesidades de los demás?

Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios.

Madre, quiero parecerme más a ti, porque así me pareceré más a Jesús.

Ayúdame a estar apasionadamente pendiente de las personas que me rodean.

Y al revés también se cumple: si empiezo por concretar pequeños detalles de servicio en casa, en el lugar donde estudio o trabajo, etc., acabaré apasionadamente pendiente de los demás, me pareceré más a tu madre, Jesús, y a Ti.

Que sepa ser generoso con mi tiempo: son esos panes y peces que me pides para que, por tu gracia y mi cooperación, muchos otros puedan conocerte y amarte.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.