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SEMANA SEXTA DEL TIEMPO ORDINARIO-C

Domingo Santos Cirilo y Metodio (14.II)
Lunes (15.II)
Martes (16.II)
Miércoles De Ceniza. Comienza la Cuaresma (17.II)
Jueves (18.II)
Viernes (19.II)
Sábado (20.II)

Tomado de Almudi.org 
 

DOMINGO SEXTO DEL TIEMPO ORDINARIO-C

«En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: -«Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.» (Lucas 6,17.20-26).

1º. Jesús, este pasaje, que se conoce con el nombre de las bienaventuranzas, podría llamarse también las paradojas: para conseguir una cosa, me dices que he de hacer lo contrarío de lo que parece que debería hacer a primera vista.

El que es pobre, poseerá.

El hambriento, no tendrá hambre.

El que llora es el que será feliz...

¿Cómo se explican todas estas paradojas?

Se dan estas paradojas porque hay dos mundos: el mundo terreno en el que vivo, y el Reino de los Cielos que me has venido a anunciar.

Y me has recordado que «nadie puede servir a dos señores» (Mateo 6,24).

El que busca la riqueza en este mundo y pone su corazón en los bienes materiales, en los honores humanos, en la comodidad o el placer, no deja espacio en su vida para recibir los bienes espirituales, que llenan mucho más y duran para siempre.

«La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar; ni en la gloria humana o el poder; ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (CEC-1723).

Además, Jesús, me has traído este mensaje: «el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lucas 17,21).

Por lo tanto, no se trata de escoger entre la felicidad actual y la futura, sino entre dos tipos distintos de felicidades actuales: la «felicidad» egoísta del que se busca a sí mismo, o la felicidad sacrificada del que sabe amarte y darse a los demás.

2º. «No eres feliz, porque le das vueltas a todo como si tú fueras siempre el centros: si te duele el estómago, si te cansas, si te han dicho esto o aquello...

¿Has probado a pensar en Él y por Él, en los demás?» (Surco.-74).

Jesús, bienaventurado significa feliz.

Y hoy me enseñas que la verdadera felicidad, la que llena, la que dura, la que nadie me puede quitar, es la alegría que procede del amor a Dios y a los demás, y por tanto, de la entrega y del sacrificio.

Para los que la escogen, dices: «alegraos en aquel día y regocijaos.»

Sin embargo, a los egoístas adviertes: «¡ay de vosotros; ya habéis recibido vuestro consuelo!»

Jesús, a veces estoy triste porque no hago más que pensar en mí mismo, como si yo fuera siempre el centro: si me miran o me dejan de mirar, si tienen un buen concepto de mí, si me esfuerzo «demasiado», si los demás hacen menos, si en el futuro podré tener esto o lo otro, etc. ...

¿Has probado a pensar en El y por El, en los demás?

Jesús, Tú me indicas el camino de la felicidad, de la bienaventuranza. El camino, aun que en apariencia paradójico, es claro: amarte a Ti y a los demás; servirte a Ti y a los demás.

«De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas» (Mateo22, 40).

Tú me has dado ejemplo hasta el punto de morir por mí.

Dame también tu gracia para que sea capaz de vivir el espíritu de las bienaventuranzas.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

14-Febrero. Santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa 

«Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos, los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar a donde él había de ir. Y les decía: «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al señor de la mies que envíe obreros a su mies. íd: he aquí que yo os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino. En la casa en que entréis decid primero: "Paz a esta casa". Y si allí hubiera algún hijo de paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario, retornará a vosotros. Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tengan, pues el que trabaja es merecedor de su salario. No vayáis de casa en casa. Y en aquella ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad a los enfermos que haya en ella. Y decidles: "El Reino de Dios está cerca de vosotros». (Lucas 10,1-9) 

1º. Jesús, te apoyas en estos setenta y dos discípulos para que te preparen el terreno en toda ciudad a donde ibas a ir.

Estos discípulos te han seguido en tus últimos viajes y han aprendido la buena nueva directamente de tus labios.

Ahora, cuando los necesitas, allí están, dispuestos a lo que haga falta.

Estos son los que han respondido con generosidad a tu llamada; los que no se han excusado con falsas necesidades o dificultades.

Jesús, aunque son un buen número -setenta y dos- te parecen pocos: «la mies es mucha, pero los obreros pocos».

Después de dos mil años, ¡aún queda tanto por hacer!

Países enteros que se llaman cristianos y que no conocen de Ti más que una oscura sombra de tu rostro.

Y países inmensos aún por cristianizar.

Realmente «los obreros son pocos».

¿Qué puedo hacer yo, Jesús, ante este panorama?

Para empezar, no excusarme yo el primero, preguntándote en la intimidad de mi oración: ¿qué lugar tengo en esta gran misión de anunciar la buena nueva del Evangelio?, ¿dónde te puedo servir mejor en esta mies -en este campo- que es el mundo?

Y luego, he de rezar más: «Rogad, pues, al señor de la mies que envíe obreros a su mies».

Dios mío, llama más gente a que te sirva en esta batalla de paz, en esta siembra de amor.

«Nado hay más frío que un cristiano despreocupado de la salvación ajena. No puedes aducir tu pobreza como pretexto. La que dio sus monedas te acusará. El mismo Pedro dijo: No tengo oro ni plata. Y Pablo era tan pobre que muchas veces padecía hambre y carecía de lo necesario para vivir; Tú no puedes pretextar tu humilde origen: ellos eran también personas humildes, de modesta condición. Ni la ignorancia te servirá de excuso: ellos eran todos hombres sin letras. Seas esclavo o fugitivo, puedes cumplir lo que de ti depende. Tal fue Onésimo, y mira cuál fue su vocación. No aduzcas la enfermedad como pretexto, Timoteo estaba sometido a frecuentes achaques. Cada uno puede ser útil a su prójimo, si quiere hacer lo que puede» San Juan Crisóstomo).

2º. Tienes obligación de llegarte a los que te rodean, de sacudirles de su modorra, de abrir horizontes diferentes y amplios a su existencia aburguesada y egoísta, de complicarles santamente la vida, de hacer que se olviden de si mismos y que comprendan los problemas de los demás.

Si no, no eres buen hermano de tus hermanos los hombres, que están necesitados de ese «gaudium cum pace» de esta alegría y esta paz, que quizá no conocen o han olvidado» (Forja 900).

Jesús, como a esos setenta y dos discípulos, también hoy llamas a los cristianos -a mí- y nos envías «como corderos en medio de lobos».

En un mundo de luchas egoístas y comportamiento oportunista -que en vez de hombres produce lobos hambrientos- Tú me muestras otro modelo: Tú mismo, que eres «el cordero de Dios».

El mundo de lobos está dominado por la astucia, la desconfianza y la traición.

Por el contrario, tu mundo es un mundo de paz: «paz a esta casa.»

Jesús, si quiero ser hijo de Dios, he de ser «hijo de paz»; promotor del entendimiento y del perdón, hermano de mis hermanos los hombres.

Ésta es precisamente la tarea del apóstol a la que me llamas: abrir horizontes diferentes y amplios a la existencia aburguesada y egoísta de los que me rodean.

Y para ello, el primero que debe cambiar soy yo, olvidándome de mí mismo para atender los problemas de los demás. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Lunes

«Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo para tentarle. Suspirando desde lo más íntimo, dijo: ¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad os digo que a esta generación no se le dará señal alguna. Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se fue a la otra orilla.» (Marcos 8, 11-13) 

1º. Jesús, te piden una señal que demuestre que eres Dios.

Necesitan ver milagros.

¿No han visto ya suficientes?

«A esta generación no se le dará señal alguna.»

No te refieres a todos los hombres de esa generación, sino a aquellos fariseos que interpretan todo torcidamente.

Prefieren pensar que haces milagros por el poder del demonio que por el poder divino, y así es imposible que lleguen a creer.

«Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo». No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios» (CEC-548).

A veces yo también te exijo milagros: pequeñas o grandes peticiones que pienso que me merezco.

Desde que apruebe un examen hasta que se cure un familiar enfermo; desde que no pierda el tren hasta que encuentre trabajo.

Tú quieres que te pida todas las cosas que necesito, pero no que te las exija como señal de tu divinidad.

Como en el Padrenuestro, quieres que todas mis peticiones vayan seguidas por un: «hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo» (Mateo 6,10).

Jesús, que sepa pedir con esa fe en Ti, sabiendo que me vas a conceder, para mí y para aquellos que amo, lo mejor.

Aunque rompa con los planes que me había trazado, aunque me haga sufrir, aunque limite aparentemente mis posibilidades, Jesús, yo te pido lo que creo que me hace falta, y acepto gustosamente todo lo que me concedes o no me concedes.

2º. «No necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura. En cambio, me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia» (Camino.-362).

Jesús, le dices al apóstol Tomás: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Juan 20,29).

Tú hiciste milagros para mostrar a los primeros que eras el Mesías.

No era tan sencillo creer que un hombre podía ser, al mismo tiempo, Dios.

Por eso, a los primeros, les diste pruebas extraordinarias de tu divinidad.

Pero, también por eso, les exigiste pruebas extraordinarias de amor, hasta llegar al martirio.

Tras el testimonio de los primeros apóstoles, la fe ya no necesita de más milagros, sino de la fidelidad de los cristianos en cada generación.

Por eso, no necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura.

Jesús, tras tu muerte en la Cruz, tengo todos los medios necesarios para reconocerte.

Por eso no me hace falta ver más milagros.

En cambio, -me recuerdas- me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia.

Jesús, te hace falta mi fidelidad: que sea fiel en el cumplimiento de mis deberes ordinarios, que tenga el corazón limpio y atento a esas gracias innumerables que me concedes.

Jesús, en la oración me doy cuenta de que tengo que ser más generoso contigo: en mi plan de vida, en mi dedicación al servicio de los demás, en buscar planes que diviertan o mejoren a los que están a mi alrededor, sin ir a la mía.

Ayúdame a corresponder con fidelidad a esas gracias; ayúdame a responder con generosidad a esas inspiraciones que me comunicas en la oración, o a esos consejos de la dirección espiritual.

De esta manera -y no esperando milagros que no tienes por qué hacer- mi fe se irá fortaleciendo, hasta hacerse inamovible.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Martes

«Se olvidaron de tomar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan. Y les advertía diciendo: Estad alerta y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes. Ellos comentaban entre sí que no tenían pan. Al darse cuenta Jesús, les dice: ¿Qué andáis comentando de que no tenéis pan? ¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para cinco mil? Le respondieron: Doce. Y cuando los siete panes para los cuatro mil, ¿cuántas espuertas recogisteis? Le contestaron: Siete. Y les decía: ¿No entendéis aún?» (Marcos 8, 17-25)

1º. Jesús, ¡qué paciencia tenias con tus apóstoles!

No entienden nada.

Cualquier comparación les supera.

Pero les explicas una y otra vez, y ellos no te dejan cuando los demás se excusan diciendo: «Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?» (Juan 6,60).

Jesús, tus enseñanzas a veces son duras: cuestan, exigen mayor sacrificio.

Tú no predicas el camino fácil; tu señal no es la santa fiesta o la santa cama, sino la Santa Cruz.

Por algo será.

Más o menos lo entiendo: veo, por experiencia, que lo que vale cuesta, y que el verdadero amor conlleva sacrificio, aunque sea un sacrificio gustoso y alegre.

Pero, a veces, no entiendo: ¿por qué dejas que esa persona sufra?; ¿por qué hay gente que pasa hambre, enfermedad, soledad, odio?

Y me contestas: «¿Todavía no entendéis?»

¿No veis los milagros que he hecho y que tengo poder para hacer lo que quiero?

Si algo pasa, es que hay un bien superior escondido en ese aparente mal.

«La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no luciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna» (CEC-324). 

.«No eran cultos, ni siquiera muyinteligentes, al menos en que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles y acudían al Maestro: «Domine, edissere nobis parabolam», Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan [...] Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así se aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de laIglesia. Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que lasobras. Y sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres, corredentores, administradores de lagracia de Dios» (Es Cristo que pasa.-2).

Jesús, a veces pienso en los apóstoles y en los santos como en gente muy lejana no sólo en el tiempo, sino también en cuanto a capacidad.

Y me veo pequeñito y... normal, vulgar.

¿Para qué aspirar a más?

¡Si no puedo ni conmigo mismo!

Debe haber gente capaz en alguna parte: gente capaz de entregarse, gente capaz de vivir santamente.

Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo.

Son hombre corrientes, con defectos, con debilidades.

Como yo.

¿Qué me falta entonces, Jesús?

Si yo me excuso, ¿quién no podría hacerlo?

Y hacen falta nuevas columnas en tu Iglesia: una columna en cada actividad, en cada hogar.

«¿Todavía no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis embotado vuestro corazón? ¿Teniendo ojos no veis, teniendo oídos no oís?»

Jesús, que entienda, que te deje sitio en mi corazón; que viendo la necesidad de personas santas en medio del mundo, no cierre los ojos; que oyendo a gritos tu llamada, no me haga el sordo. 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

CUARESMA. MIÉRCOLES DE CENIZA

Decálogo de la Cuaresma Introducción Normas sobre el ayuno y la abstinencia

«Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto te recompensará». (Mateo 6, 16-18) 

1º. «Cuando ayunéis no os finjáis tristes.»

Jesús, empieza hoy el tiempo de Cuaresma, ese tiempo previsto en la Iglesia para prepararme a vivir los días de tu Pasión, Muerte y Resurrección, que son los días centrales del año.

La Cuaresma son cuarenta días en los que, imitando aquellos cuarenta días que pasaste en el desierto antes de empezar tu predicación, he de intentar unirme más a Dios con la oración y el ayuno.

Hoy es miércoles de ceniza.

En una ceremonia especial, en la Misa, el sacerdote me pone ceniza en la cabeza mientras me dice: «acuérdate que eres polvo y al polvo has de volver».

Jesús, hoy es un buen día para darme cuenta de que soy tierra, polvo, nada; y que en pocos o muchos años seré un montón de cenizas como ésas que me han puesto hoy.

Hoy es un buen día para preguntarme: Jesús, ¿qué estoy haciendo con mi vida?; ¿cómo estoy aprovechándola para cosas que valgan la pena de verdad?

Y ante lo mucho que tengo que rectificar, me doy cuenta de que he de purificarme con más oración, con más sacrificio.

2º. «La muerte llega inexorable. Por lo tanto, ¡qué hueca vanidad centrar la existencia en esta vida! Mira cómo padecen tantas y tatos. A unos porque se acaba, les duele dejarla; a otros, porque dura, les aburre... No cabe, en ningún caso, el errado sentido de justificar nuestro paso por la tierra como un fin.

Hay que salirse de esa lógica, y anclarse en la otra: en la eterna. Se necesita un cambio total un vaciarse de sí mismo, de los motivos egocéntricos, que son caducos, para renacer en Cristo, que es eterno. (Surco.-879).

Se necesita un cambio total, un cambio de lógica.

Esto es lo que la Iglesia me presenta con el miércoles de ceniza: vale la pena vaciarse de uno mismo, de los motivos egocéntricos, que son caducos.

Pero eso cuesta.

Necesito entrenarme si quiero ganar en ese deporte espiritual, en esa lucha cotidiana por cumplir tu voluntad y no la mía.

Parte de este entrenamiento es el dominio de los sentidos a través de la mortificación y, en concreto, del ayuno y la abstinencia.

Por eso la Iglesia introduce estas prácticas en su cuarto mandamiento.

«El cuarto mandamiento (ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre iglesia) asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas; contribuye a hacernos adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón». (CEC 2043).

Hay dos días en el año en que el ayuno obliga a mayores de dieciocho años y menores de sesenta: el miércoles de ceniza y el viernes Santo. Esos días, salvo que no convenga por razones médicas, el ayuno consiste en no hacer más que una comida al día, si bien se permite un ligero desayuno y una ligera cena.

Además, estos dos días y todos los viernes de Cuaresma son días de abstinencia. La abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años y consiste en no comer carne, ofreciendo este pequeño sacrificio a Dios.

El ayuno, como cualquier otra mortificación, además de lo que supone de dominio de los sentidos, me une al sacrificio de la Cruz.

Jesús, cuando te ofrezco una pequeña mortificación, te estoy imitando en tu entrega en la Cruz.

Por eso, el viernes Santo, el día en que mueres por nosotros, es un día de ayuno.

Que me sepa concretar para este tiempo de Cuaresma unas pequeñas mortificaciones que me ayuden a purificarme y a unirme más a Ti: mortificaciones en las comidas, en detalles de orden, de puntualidad, de servicio, de sobriedad en el uso de los medios materiales, etc...

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

CUARESMA. Jueves después de ceniza

«Y añadió: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea condenado por los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que sea muerto y resucite al tercer día. Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; el que, en cambio, pierda su vida por mi, ése la salvará. Porque ¿qué adelanta el hombre si gana todo el mundo, pero se pierde a si mismo, o sufre algún daño?». (Lucas 9, 22-25) 

1. «El que quiera salvar su vida, la perderá; el que, en cambio, pierda su Vida por mí, ése la salvará».

Jesús, ésta es una de las verdades que me cuesta ver: ¿cómo voy a ser feliz a través de la renuncia, de negarme a mí mismo, a mis gustos, a mis caprichos, a mis placeres y ambiciones?

Parece un contrasentido eso de querer coger la cruz cada día. ¿No habrá que buscar un equilibrio entre una cosa y otra?

Jesús, me das la respuesta un poco más abajo: « ¿qué adelanta el hombre si gana todo el mundo, pero se pierde a sí mismo?»

Lo importante no es tener cosas, sino que mi vida tenga un sentido, una utilidad, una misión que la llene.

Y cuanta más alta sea la misión, más llena estará mi vida.

No existe una situación más frustrante que la del que lo tiene todo pero no tiene a nadie, «porque no es dichosa la posesión de un bien cuando de él se goza en soledad». (San Buenaventura).

El que está solo, ya se puede engañar con todas las comodidades materiales, que se está perdiendo lo mejor.

No hay nada que dé más sentido a una vida que el amor a otra persona.

Señor, nos has hecho así y Tú lo sabes bien, porque estamos hechos a tu imagen y semejanza.

Nada llena más que darse a otro sin buscarse a uno mismo.

Y esto se cumple tanto en el amor entre los novios y entre los esposos, como en el amor entre los verdaderos amigos, o en el amor entre cada uno y Dios.

Pero Tú sabes, Jesús, que este amor verdadero significa entrega, renuncia a uno mismo, donación. Esa es la dinámica del amor espiritual, que se contrapone a la del «amor» material o egoísmo. El primero busca darse, el segundo sólo se contenta con recibir.

2º. «Nadie es feliz, en la tierra, hasta que se decide a no serlo. Así discurre el camino: dolor; ¡en cristiano!, Cruz; Voluntad de Dios, Amor; felicidad aquí y después, eternamente». (Surco.-52).

Jesús, éste es el mensaje que me quieres transmitir cuando me dices: «el que pierda su vida por mí, ése la salvará».

Sólo cuando me decida a no pensar en mí, en mi felicidad egoísta, descubriré la verdadera felicidad aquí y, después, eternamente.

No se trata de ser infeliz en la tierra para llegar a ser feliz en el cielo.

Se trata de ser felices de verdad en la tierra, porque -entre otras cosas- sólo el que haya aprendido a ser feliz aquí, podrá disfrutar en la otra vida.

El egoísta no tendrá cielo por su propia incapacidad de ser feliz, y no por un especial capricho divino.

Por eso he de aprender a perder la vida, a saber sufrir, ofreciendo esos sacrificios por amor a Ti.

He de aprender a buscar la cruz cada día.

Es un comportamiento que no viene solo, sino que se va adquiriendo a base de repetición de actos.

Una manera concreta de ir aprendiendo es luchar por trabajar bien, con constancia, con orden, muchas horas; pero no por el egoísmo de ganar el mundo, sino con la intención de hacer tu voluntad.

Jesús, a veces me engaño y me digo: no puedo hacer más, me merezco un descanso; este fin de semana, no toco un libro; si acabo bien este trabajo, nadie se va a enterar y, por tanto, no vale la pena; etc...

Y no me doy cuenta de que esas compensaciones que me tomo para «vivir mejor», no me acaban de llenar y, en ocasiones -al no hacer lo que debo- son causa de fracasos escolares o profesionales.

En cualquier caso, la falta de generosidad lleva al egoísmo, y el egoísmo lleva a la muerte espiritual.

Ayúdame Jesús a querer perder la vida por Ti, pues ésa es la única manera de ganarla.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

CUARESMA. Viernes después de ceniza

«Entonces se le acercaron los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, y en cambio tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: ¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán». (Mateo 9, 14-15)

1º. «Entonces ayunarán.»

Jesús, en esta época del año la Iglesia recomienda ser más generoso con la mortificación en general, y en concreto, con el ayuno.

Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de Cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras) (CEC- 1438).

¿Por qué la Cuaresma es uno de estos momentos frenes de la práctica penitencial?

Porque sólo ejercitándome en la penitencia seré capaz de apreciar lo que va a ocurrir en la Pascua, y la Cuaresma tiene por finalidad preparar la celebración del Misterio Pascual durante la Semana Santa.

En la Semana Santa, Jesús, vas a morir por mí, clavado en una cruz, después de ser azotado por todo el cuerpo con una dureza tal que era suficiente para que el condenado muñera allí mismo.

Y ese sacrificio tan cruel fue no sólo aceptado por Ti, sino querido.

¿Cómo se entiende esto?

Simplemente no se entiende, a no ser que empiece yo mismo por ser más mortificado.

La mortificación voluntaria por motivo sobrenatural no es una locura, no es masoquismo: es el camino de la libertad sobre las pasiones y, sobre todo, es el camino de la unión contigo en la Cruz.

Una buena mortificación es la mortificación en las comidas: comer un poco menos de lo que me gusta más o un poco más de lo que me gusta menos, y ofrecértelo.

No se trata tanto de hacer una gran mortificación un día, como de hacer cada día alguna cosa pequeña.

Esta práctica, hecha con constancia, ¡cómo me ayuda a dominar mis sentidos, a ser más señor de mí mismo y, por tanto, a ser más libre y más capaz de amar a los demás!

2º. «Hemos de recibir al Señor; en la Eucaristía, como a los grandes de la tierra, ¡mejor!: con adornos, luces, trajes nuevos...

-Y si me preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has 'de tener; te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma» (Forja.- 834).

«Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán.»

Jesús, estás hablando de tu muerte violenta en la Cruz, esa misma muerte que se repite, sin derramamiento de sangre, en la Santa Misa cada día.

Jesús, en la Misa, además de entregarte de nuevo a Dios Padre por mí, como en el Calvario, te conviertes en alimento: es el sacramento de la Eucaristía.

¿Cómo te he de recibir, Jesús, sabiendo quién eres?; ¿qué limpieza, qué adornos y qué luces: qué disposiciones? Limpieza en mis sentidos, uno por uno; adorno en mis potencias, una por una; luz en toda mi alma.

He de purificar los sentidos para que no me dominen; he de adornar las potencias -inteligencia, memoria, voluntad, imaginación- de modo que entiendan y gusten lo espiritual; y he de tener, en el alma, la luz de la gracia de Dios.

Jesús, el tiempo de Cuaresma es un tiempo de purificación, que significa un tiempo para colocar los sentidos y las potencias en el lugar que les corresponde: al servicio de la persona, y no al mando.

Cuando un hombre se deja llevar por la vista, la imaginación, o el gusto; cuando un hombre no tiene voluntad para hacer lo que debe, o no quiere formar su inteligencia para saber mejor qué es lo que debe hacer; ese hombre es... un pobre hombre.

Y, por tanto, también será un pobre cristiano.

Por eso, es necesario luchar más, esforzarse más en adquirir esas virtudes tan propias del que se sabe hijo de Dios: la sobriedad, la pureza, el espíritu de servicio, la fortaleza, el orden, el estudio.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

CUARESMA. Sábado después de ceniza

«Después de esto, salió y vio a un publicano de nombre Leví, sentado en el telonio y le dijo: Sígueme. Y dejadas todas las cosas se levantó y le siguió. Y Leví preparó en su casa un gran banquete para él; había un gran número de publicanos y de otros que le acompañaban a la mesa. Y murmuraban los fariseos y sus escribas decían a los discípulos de Jesús: ¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores? Y respondiendo Jesús, les dijo: No tienen necesidad de médico los que están sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia». (Lucas 5, 27-32) 

1º. Jesús, Tú has venido a buscar a los pecadores -a mí- para llamarlos a la penitencia.

Y has querido que esa penitencia se consiga a través de tu Iglesia: «A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos». (Juan 20, 23).

Tú has establecido un procedimiento concreto para pedir el perdón de los pecados: el sacramento de la Penitencia, también llamado sacramento de la Reconciliación o de la Confesión.

A través de tus ministros los sacerdotes, me curas y me limpias; y además, me das una gracia especial para no volver a fallar en aquello de lo que me confieso.

Jesús, durante el tiempo de Cuaresma me recuerdas que he de aprovechar mucho más el sacramento de la penitencia.

¿Con qué frecuencia lo recibo?

¿De qué cosas me confieso?

Si sólo me confieso de vez en cuando, puede ocurrir que poco a poco ese «de vez en cuando» se vaya alargando.

Porque esta medida de tiempo es muy elástica.

Si sólo me confieso «cuando lo necesito» -es decir cuando tengo pecados mortales- entonces llegaré a pensar que la confesión sólo sirve para los pecados mortales.

Y el catecismo me recuerda que «sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espiritual». (CEC-1458).

El tiempo de Cuaresma me invita a sacarle un mayor rendimiento a la confesión.

Un propósito aconsejable es intentar confesarme cada semana -o cada quince días- en un día concreto.

Y al confesarme con regularidad, aunque no haya cometido pecados graves -que con la gracia de Dios será lo habitual-, descubriré en el examen de conciencia faltas más pequeñas: cosas que he hecho mal, o que podría haber hecho mejor si hubiera puesto algo más de esfuerzo.

De esta manera, el sacramento de la penitencia me ayuda no sólo a purificarme de mis pecados, sino a ir afinando cada vez más en mi amor a Ti.

2º. «No podía ser más sencilla la manera de llamar Jesús a los primeros doce: «ven y sígueme».

Para ti, que buscas tantas excusas con el fin de no continuar esta tarea, se acomoda como el guante a la mano la consideración de que muy pobre era la ciencia humana de aquellos primeros; y, sin embargo, ¡cómo removieron a quienes les escuchaban!

- No me lo olvides: la labor la sigue haciendo El, a través de cada uno de nosotros. (Surco.-189).

Jesús, como a Leví, más conocido con el nombre de San Mateo, el evangelista, Tú sigues llamando a la gente y les dices: «ven y sígueme.»

Los llamas en su lugar de trabajo, en sus circunstancias habituales: Mateo estaba sentado en el telonio, la mesa de recaudador de impuestos.

«Y dejadas todas las cosas se levantó y le siguió.»

Aunque han pasado veinte siglos desde que llamaste a Mateo, ¡qué poca gente aún entiende esta llamada a la santidad en medio del trabajo!

Yo, veo que debo hacer más pero... ¡valgo tan poco!

La Virgen se sentía la esclava del Señor; sin embargo, dijo que sí a la llamada de Dios.

Madre, que me deje de una vez de tantas excusas: si valgo, si no valgo; si puedo, si no puedo. La labor la sigue haciendo Él, a través de cada uno de nosotros. Si te sigo de verdad, Jesús, Tú pondrás el resto.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

DECÁLOGO DE CUARESMA

El decálogo de la conversión cuaresmal

1.- La conversión es recordar que el Señor nos hizo para sí y que todos los anhelos, expectativas, búsquedas y hasta frenesíes de nuestra vida, sólo descansarán, sólo llegarán a plenitud cuando volvamos a El.

2.- La conversión es la llamada insistente a que asumamos, reconozcamos y purifiquemos nuestras debilidades.

3.- La conversión es ponernos en el camino, con la ternura, la humildad y la sinceridad del hijo pródigo, de rectificar los pequeños o grandes errores y defectos de nuestra vida.

4.- La conversión es entrar en uno mismo y tamizar la propia existencia a la luz del Señor, de su Palabra y de su Iglesia y descubrir todo lo que hay en nosotros de vana ambición, de presunción innecesaria, de limitación y egoísmo.

5.- La conversión es cambiar nuestra mentalidad, llena de eslóganes mundanos, lejana al evangelio, y transformarla por una visión cristiana y sobrenatural de la vida.

6.- La conversión es cortar nuestros caminos de pecado, de materialismo, paganismo, consumismo, sensualismo, secularismo e insolidaridad y emprender el verdadero camino de los hijos de Dios, ligeros de equipaje.

7.- La conversión es examinarnos de amor y encontrar nuestro corazón y nuestras manos más o menos vacías.

8.- La conversión es renunciar a nuestro viejo y acendrado egoísmo, que cierra las puertas a Dios y al prójimo.

9.- La conversión es mirar a Jesucristo -como hizo Teresa de Jesús a su Cristo muy llagado- y contemplar su cuerpo desnudo, sus manos rotas, sus pies atados, su corazón traspasado, sentir la necesidad de responder con amor al Amor que no es amado.

10.- Y así, de este modo, la conversión, siempre obra de la misericordia y de la gracia de Dios y del esfuerzo del hombre, será encuentro gozoso, sanante y transformador con Jesucristo.

Introducción

1º.: Existe una ley humana de sentido común y que hemos comprobado repetidamente en nuestra vida: no se puede amar a quien no se conoce, y no se puede conocer a quien no se trata.

Sólo tratando a una persona la podemos conocer, y cuanto más la conocemos, más podemos quererla.

Esta sencilla ley -que tanto entienden los que se quieren- es la misma que debe aplicarse cuando intentamos amar a Dios, porque Dios es un ser personal.

Sólo que en Dios hay tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

No podemos amar a Dios en abstracto,como si fuera una idea; necesitamos amarlo persona a persona.

Y para amar a estas personas tenemos que conocerlas, y para conocerlas tenemos que tratarlas.

Sabemos que el primer mandamiento del cristiano es amar a Dios sobre todas las cosas, pero ¿cómo puedo yo amar a Dios si me supera tanto, si es invisible y eterno?

El camino es claro: empieza por conocer a Jesucristo, que es la imagen visible del Dios invisible.

Jesucristo es la manera humana de conocer a Dios, porque su rostro es el rostro humano de Dios y su palabra es la Palabra de Dios.

El es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se ha hecho hombre como nosotros.

Jesucristo -o mejor: Jesús- tiene un corazón como el nuestro y unos sentimientos como los nuestros:

Jesús se cansa,

se entristece,

se emociona,

se divierte,

se apiada,

llora,

cultiva la amistad,

trabaja con el sudor de su frente,

siente hambre y sueño.

Es Dios pero también es hombre y, por tanto, su modo de ser, sus sentimientos y reacciones nos resultan familiares. En Jesús, Dios se nos hace familiar. 

2º.: Pero ¿cómo puedo conocer y amar a Jesús, si no lo veo ni lo oigo?

La respuesta es sencilla: viviendo otra vez el Evangelio, es decir, tratándole.

El secreto es tratar tan de cerca a Jesús como le trataron aquellos primeros apóstoles, siguiendo sus pasos día a día en nuestra vida ordinaria de tal modo que -como ellos- acabemos conociéndole y amándole.

Y ¿qué es tratarle?

Tratarle es hacer oración con el Evangelio o sobre el Evangelio -sobre Jesús-, e intentar aplicar lo que Él hace o dice a nuestra vida concreta.

Para conocer -y luego amar- a Jesús, no es suficiente con saber mucho sobre su vida, porque en este camino no buscamos erudición sino contemplación, que supone dejarse transformar por su vida y por su doctrina, de modo que sus enseñanzas guíen nuestra conducta personal.

«Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando» (Juan 15, 14).

Hacer libremente la voluntad de la persona amada es la manera más sublime de amar.

Jesús supo obedecer la voluntad de su Padre en todo, desde Belén hasta el Calvario: «fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2, 8).

Ahí está la prueba de su amor infinito.

Si quiero amar a Jesús de verdad, yo también tengo que hacer su voluntad en cada circunstancia de mi vida; y para intentar hacerla, primero he de conocerla.

Por eso, no hago oración para sentirme a gusto, o sólo cuando tengo ganas.

Debo hacer la oración cada día, con ganas o sin ellas, para descubrir lo que Jesús quiere de mí en ese momento, concretar su voluntad en un propósito o en vanos, y luchar luego por cumplirlos.

La oración es una cita con Dios: una cita de amor a la que no puedo fallar.

Porque Jesús me espera cada día para decirme muchas cosas, para ayudarme, para apoyarse en mí..., para vivir en mí. Hacer cada día un rato de oración: ¡eso sí es amar a Jesús de verdad! Si vamos conociendo a través del Evangelio lo que Jesús nos pide y lo vamos poniendo en práctica, podemos tener la seguridad de que hemos empezado a amar a Dios Padre y que el Espíritu Santo actúa en nuestra alma.

Y ¿cómo se hace oración? Sólo hay un camino: haciéndola. Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: «Señor; ¡que no sé hacer oración!...», está seguro de que has empezado a hacerla (Camino, 90). Ocurre como con la natación: no se puede aprender a nadar mientras no se meta uno en el agua. No basta con que te expliquen los movimientos o te enseñen fotografías: es necesario mojarse. Necesitarás ayuda al principio -quien se tira al agua sin saber y sin ayuda, normalmente se ahoga-, y tardarás un tiempo en poder nadar por tus propios medios. A lo mejor parece que no aprendes, que no avanzas; a lo mejor tragas un poco de agua. Pero si te dejas ayudar y vas nadando con el entrenador, acabarás por aprender. Algo parecido pasa con la oración: se aprende a hacer la oración haciendo oración, como a nadar se aprende nadando. Por eso este libro no explica cómo hacer oración. Simplemente pretende ayudar a hacerla, facilitando la acción del Espíritu Santo que es el verdadero Entrenador.

Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder; lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá El querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones (Amigos de Dios, 253).

Debo hacerte una advertencia previa: Dios habla bajo, pero habla. La oración no es cavilación ni razonamiento: es verdadero diálogo. Pero hay que entender cómo habla Dios. Dios no habla habitualmente provocando arrebatos más o menos espectaculares, sino de una manera más ordinaria pero eficaz: presentándonos buenos propósitos de mejora interior, provocándonos afectos llenos de amor hacia Él, e insinuándonos inspiraciones audaces y generosas.

No basta, por tanto, con leer cada día la hoja correspondiente: es necesario que pongas la cabeza y el corazón, que digas de verdad a Jesús lo que allí aparece, y que luego acabes de concretar aquellas ideas para tu caso particular, según las luces que recibas de El. Cada persona es diferente, y Dios le concede distintos dones y distintas misiones. Por eso el libro no puede llegar a más; se queda siempre a mitad de camino. El resto, es un camino personal que debes recorrer con ilusión y con generosidad, para decir siempre que sí a esas peticiones que el Señor te haga. Si lo haces así, puedes tener la seguridad de que irás conociendo y amando cada vez más a Jesús; y con El, al Padre y al Espíritu Santo.

Para ayudar al lector a vivir de nuevo el Evangelio, cada número comenta el evangelio -entero o una parte- correspondiente a la Misa del día'. Con estos comentarios no se pretende dar una interpretación exclusiva de cada escena, m siquiera la interpretación más aconsejada. Se trata, más bien, de ofrecer para cada día algunas ideas sobre las que se pueda meditar: pensamientos y conclusiones que proceden directamente de la oración personal, y que se han mantenido con esa espontaneidad (de ahí, entre otras cosas, que prevalezcan las referencias en género masculino) para facilitar la oración de quien las lea. Estos mismos textos pueden dar pie a muchos otros comentarios diferentes. De hecho, una de las intenciones de este libro es ayudar a que cada persona llegue a ser capaz de profundizar por sí misma en la meditación del Evangelio.

Los comentarios, ideas y puntos de lucha que se proponen se inspiran en el Espíritu del Fundador del Opus Dei, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, y en breves textos extraídos de sus libros mas conocidos: Camino, Surco, Foja, Es Cristo que pasa, y Amigos de Dios. Además, sin dificultar el tono de diálogo e intimidad de los comentarios pero dándoles una mayor base doctrinal, se han introducido referencias de autores clásicos de espiritualidad y del Magisterio de la Iglesia, especialmente textos del Catecismo de la Iglesia Católica. Las enseñanzas del Beato Josemaría son especialmente apropiadas para la intención de este libro, como lo sugieren las palabras de su primer sucesor en el Opus Dei, el Obispo Alvaro del Portillo:

Nótese, por ejemplo, cómo el autor comenta el Evangelio. No es nunca un texto para la erudición, ni un lugar común para la cita. Cada versículo ha sido meditado muchas veces y, en esa contemplación, se han descubierto luces nuevas, aspectos que durante siglos habían permanecido velados. La familiaridad con Nuestro Señor; con su Madre, Santa María, con San José, con los primeros doce apóstoles, con Marta, María y María, con José de Arimatea y Nicodemo, con los discípulos de Emaús, con las Santas Mujeres, es algo vivo, consecuencia y resultado de un ininterrumpido conversar; de ese «meterse» en las escenas del Santo Evangelio para ser «un personaje más».

No sorprende, por eso, la coincidencia de los comentarios de Mons. Escrivá de Balaguer con esos otros, hechos hace más de quince siglos, por los primeros escritores cristianos. Las citas de los Padres de la Iglesia aparecen entonces engarzadas con naturalidad en el texto de las «Homilías», en sintonía de fidelidad a la Tradición de la Iglesia. (Es Cristo que pasa, Presentación).

Normas sobre el ayuno y la abstinencia

Originalmente, ayunar se refiere a no comer alimentos sólidos, ordinariamente se prescribe el ayuno para un día completo y la abstinencia se refiere a dejar de comer cualquier tipo de carnes.

1. El Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, son días de ayuno y abstinencia obligatorios.

2. Todos los viernes de Cuaresma son días obligatorios de abstinencia de carne.

Pero el Episcopado Español ha dispuesto que: "se puede suplir la abstinencia de carne, excepto la del Miércoles de Ceniza y Viernes de Cuaresma, esto es, los viernes durante el año, por:

a) la abstinencia de aquellos alimentos que para cada uno significa especial agrado, sea por la materia o por el modo de preparación;

b) o por una especial obra de caridad;

c) o por una especial obra de piedad;

d) o por otro significativo sacrificio voluntario"

3. Sujeto de la ley del ayuno y la abstinencia:

- Abstinencia de carne: todos los que han cumplido 14 años. La ancianidad, por sí sola, no exime de esta ley de abstinencia.

- Ayuno: todos los que han cumplido 18 años, hasta el comienzo de los sesenta.

Lo más importante al hacer este tipo de prácticas es darle su sentido verdadero: por una parte someter la voluntad para fortalecerla con virtudes como la templanza, la sobriedad y la humildad y por otra, favorecer el ejercicio de la caridad, pues todos los sacrificios que se hacen deben apuntar a hacer un bien o un servicio al prójimo y a toda la Iglesia.

Hacer sacrificios y penitencia por costumbre o porque todos lo hacen, no tiene sentido y no favorecen el crecimiento del hombre, que en conclusión es lo que se pretende.