SEGUNDA SEMANA DE
CUARESMA-C
Domingo (28.II)
Lunes (1.III)
Martes (2.III)
Miércoles (3.III)
Jueves (4.III)
Viernes (5.III)
Sábado (6.III)
Tomado de Almudi.org
DOMINGO
SEGUNDO DE CUARESMA-C
«En aquel tiempo, Jesús
cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para
orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos
brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran
Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que
iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño;
y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con
él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: -“Maestro, qué bien
se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra
para Elías.” No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando
llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una
voz desde la nube decía: -.”Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.”
Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y,
por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
» (Lucas
9,28b-36).
1º.
Jesús, hoy muestras un poco tu divinidad a tres apóstoles: Pedro,
Santiago y Juan.
Sabes que, en poco tiempo,
van a sufrir la prueba de tu muerte en la Cruz y quieres fortalecer a
los que luego serán las columnas de la Iglesia.
Ellos ven con sus ojos tu
resplandor y oyen con sus oídos la voz de Dios que les dice:
«Éste es mi Hijo, el
escogido, escuchadle.»
«Tú te has transfigurado
en la montaña, y en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos
han contemplado tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran
crucificado comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al
mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre».
(CEC- 555).
Ante esta manifestación de
tu divinidad, Pedro no tiene otra posible salida que decir:
«Señor, qué bien estamos aquí»
¿Qué he de hacer para
mantener esta situación que me llena por completo?
Quiere hacer tres tiendas
y ni se acuerda de él mismo.
Tal ha sido su fascinación
ante tu divinidad.
En cambio, Jesús, ¿por qué
a mí me dejas tan a oscuras?
¿Por qué no te manifiestas
abiertamente como hiciste con los apóstoles para que te ame más y mi fe
sea más fuerte?
Esta pregunta ya te la
hizo San Judas en la última cena: «¿qué ha pasado para que tú te
vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (Juan 14, 22)...
¿Por qué no muestras
claramente al mundo que eres Dios?
2º.
«Todos percibís en vuestras almas una alegría inmensa, al considerar
la santa Humanidad de Nuestro Señor: un Rey con corazón de carne, como
el nuestro; que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y
que no se impone dominando: mendiga un poco de amor; mostrándonos, en
silencio, sus manos llagadas» (Es Cristo que pasa.- 179).
Jesús, Tú no te impones
dominando, porque de este modo no te amaría realmente, sino que te
obedecería por obligación.
Tú prefieres mendigar un
poco de amor; mostrándonos, en silencio, tus manos llagadas.
No quieres manifestarte en
toda tu gloria, sino siempre de modo velado, como en silencio.
Por eso, mientras que la
Cruz es un espectáculo público, reservas la transfiguración y la
resurrección estrictamente para aquellos que van a necesitar esas
gracias especiales.
Sólo así respetas mi
libertad para que pueda amarte, porque amor sin libertad no es amor.
A estos tres apóstoles les enseñas un poco más tu gloria porque les vas
a pedir mucho más, porque van a sufrir mucho por Ti.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Segunda Semana de
Cuaresma. Lunes
«Sed misericordiosos como
vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no
condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se
os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada,
rebosante: porque con la misma medida que midáis seréis medidos.»
(Lucas 6, 36-38)
1º.«Con La misma medida que midáis seréis medidos.»
Jesús, ¡qué norma de
conducta tan práctica y esencial!
Me he de comportar con los
demás como me gustaría ser tratado: comprendiendo los fallos, perdonando
los errores, siendo generoso, servicial.
Porque, entre otras cosas,
Tú me tratarás de la forma en que yo trate a los demás.
En concreto, Tú me
tratarás según sea la grandeza de mi corazón: me darás todo el amor que
tenga capacidad de recibir; pero si no he sabido tratar a los demás con
misericordia, mi corazón será tan pequeño que no podrá recibir tampoco
tu misericordia.
Y no por castigo tuyo,
sino por mi propia incapacidad.
«Sed misericordiosos.»
¿Cómo me comporto ante las
necesidades de los demás?
¿Me mueven a intentar
aportar lo que esté en mi mano, o me dejan indiferente pensando que, en
el fondo, es su problema?
¿Me doy cuenta de que mi
trabajo o mi estudio bien hecho es la forma habitual que tengo para
colaborar con las necesidades de la sociedad y de los que me rodean?
«No juzguéis; no
condenéis. Perdona»
Jesús, qué fácil es
criticar, murmurar, hablar mal de alguien, sin pensar en los motivos, o
las presiones, o la ignorancia, o la flaqueza, o el carácter, o muchos
otros elementos de juicio que no tengo y que sólo Tú conoces.
Es muy fácil criticar,
pero es muy difícil evaluar los daños que podemos estar causando a una
persona con nuestras críticas.
Y, a menudo, es imposible
reparar a posteriori ese daño que -tal vez injustamente- hemos
causado.
Sin caer en la ingenuidad
de pensar que «todo el mundo es bueno», he de tener como el prejuicio de
disculpar, de perdonar de corazón a los demás.
2º.«No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras
del interesado den pie para juzgar así razonablemente»
(Camino.-442).
Jesús, Tú eres el que ha
de juzgar a los demás, no yo.
Si pienso que alguien
actúa mal y tengo la suficiente amistad con él para que me escuche,
puedo decirle a solas y con delicadeza aquello que me parece un error.
En caso de duda, puedo
incluso consultar con discreción aquella conducta con alguna persona de
confianza, antes de hablar con el interesado.
Pero no debo permitir ni
siquiera pensar mal de nadie, y mucho menos criticarle o hablar mal de
él delante de otros.
«Todo buen cristiano ha de
ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y
si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende,
corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes
para que, bien entendiéndola, se salve»
(San Ignacio de Loyola).
«Dad y se os dará.»
Jesús, a veces soy muy
roñoso con mis cosas, con mi tiempo, con mis ambiciones.
No sé dar, no sé darme.
Me doy cuenta de que esta actitud me empequeñece el corazón y, por eso,
me hace incapaz de recibir tus dones.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Segunda Semana de Cuaresma. Martes
«Entonces Jesús habló a
las multitudes y a sus discípulos diciéndoles: En la cátedra de Moisés
se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto
os digan; pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen. Atan
cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los
demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Hacen todas sus obras
para ser vistos por los hombres (...). El mayor entre vosotros sea
vuestro servidor El que se ensalce a sí mismo será humillado, y el que
se humille a sí mismo será ensalzado.»
(Mateo 23, 1-12)
1º.
Jesús, tu comportamiento es totalmente opuesto al del de los escribas y
fariseos.
En el comienzo de los
Hechos de los Apóstoles, San Lucas habla de lo que «hiciste y
predicaste» (Hechos 1,1).
Tú me has enseñado la
doctrina con el ejemplo, haciendo primero lo que predicabas.
Cuando me hablas de amar a
los demás, puedes decir con razón: «como Yo os he amado» (Juan
13, 34);
-cuando me pides que coja
la cruz, puedes mostrarme las heridas de los clavos en tus manos;
-cuando me llamas a la
perfección en mi trabajo, te puedo mirar en el taller de Nazaret,
trabajando durante treinta años.
«Toda su vida, Jesús se
muestra como nuestro modelo: El es el «hombre perfecto» que nos invita a
ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un
ejemplo a imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza,
llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones»
(CEC-520).
«Pero no hagáis según sus
obras, pues dicen pero no hacen.»
Jesús, si quiero ser tu
discípulo, si quiero seguirte y que te sigan los demás, he de dar
primero buen ejemplo.
¿Cómo voy a explicar a los
demás que el trabajo y el estudio son medios de santificación, si luego
no tengo prestigio profesional, si hago las cosas de cualquier manera, o
me conformo con cumplir los mínimos o ir aprobando?
Jesús, en el fondo quieres
que me comporte como lo harías Tú en mis circunstancias de cada día.
Por eso es bueno que me
haga muchas veces esta pregunta: Tú, ¿cómo te comportarías en esta
situación?
Y no sólo en el trabajo,
sino también en mi relación con los demás, en el uso de los bienes
materiales, en las diversiones, en el descanso, en las dificultades,
etc.
2º.
«Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de
falta de humildad:
-pensar que lo que haces o
dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;
-querer salirte siempre
con la tuya;
-disputar sin razón o
-cuando la tienes- insistir con tozudez y de mala manera;
-dar tu parecer sin que te
lo pidan, ni lo exija la caridad;
-despreciar el punto de
vista de los demás;
-no mirar todos tus dones
y cualidades como prestados;
-no reconocer que eres
indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las
cosas que posees;
-citarte a ti mismo como
ejemplo en las conversaciones;
-hablar mal de ti mismo,
para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;
-excusarte cuando se te
reprende;
-encubrir al Director
algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti
tiene;
-oír con complacencia que
te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;
-dolerte que otros sean
más estimados que tú;
-negarte a desempeñar
oficios inferiores;
-buscar o desear
singularizarte;
-insinuar en la
conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu
honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional...;
-avergonzarte porque careces de ciertos bienes....».
(Surco, 263.).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Segunda Semana de
Cuaresma. Miércoles
«Entonces se acercó a él la
madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró para hacerle una
petición. Él le preguntó: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Di que estos dos hijos
míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús
respondió: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de
beber? Le dijeron: Podemos. El añadió: Mi cáliz silo beberéis; pero sentarse
a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para
quienes ha dispuesto mi Padre. Al oír esto, los diez se indignaron contra
los dos herma- nos. Pero Jesús les llamó y les dijo: sabéis que los que
gobiernan los pueblos los oprimen y los poderosos los avasallan. No ha de
ser así entre vosotros; por el contrario, quien entre vosotros quiera llegar
a ser grande, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el
primero, sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no
ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por
muchos.» (Mateo 20,
17-28)
1º.Jesús, como a la
madre de Santiago y Juan, a veces también me tienes que decir: «no sabéis
lo pedís».
Te pido aprobar un examen
cuando no he puesto todas las horas que debía; te pido superar un defecto
pero luego no lucho en serio para combatirlo.
«No alcanzamos la gracia si
no la buscamos, porque no se conceden los dones de lo alto a los que los
menosprecian. Llamad por medio de la oración, de los ayunos y de las
limosnas» (San Juan Crisóstomo).
«¿Podéis beber el cáliz que yo
he de beber?»
¿Puedes sacrificarte por Mí
como yo me he sacrificado por ti?
Jesús, también a Ti te ha
costado esfuerzo la redención.
Y San Pablo dice: «Pues no
habéis resistido aún hasta la sangre para combatir el pecado»
Jesús he de tomarme más en
serio la lucha por mejorar en mi vida cristiana.
Sólo entonces mi petición será
sincera.
«Le dijeron: Podemos.»
Jesús, puedo esforzarme más.
Al menos quiero intentarlo.
Quiero ser más generoso en mis
pequeñas mortificaciones: en las comidas, en la vista, en el orden; en la
puntualidad a la hora de ponerse a estudiar o hacer la oración; en el
minuto heroico de levantarse a la hora (o de acostarse a la hora, que
también cuesta).
Puedo... si Tú me ayudas,
porque como dice San Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».
(Filipenses 4, 13).
2º.
«También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan:
¿estáis dispuestos a beber el cáliz -este cáliz de la entrega completa al
cumplimiento de la voluntad del Padre- que yo voy a beber? Possumus!; ¡sí,
estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo,
¿estamos seriamente dispuestos a cumplir en todo, la voluntad de nuestro
Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados
a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor
propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que
hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de
rectificar.
Es necesario empezar por convencerse de que Jesús nos dirige personalmente
estas preguntas. Es El quien las hace, no yo. Yo no me atrevería ni a
planteármelas a mí mismo. Estoy siguiendo mi oración en voz alta, y
vosotros, cada uno de nosotros, por dentro, está confesando al Señor: Señor
¡qué poco valgo, qué cobarde he sido tantas veces! ¡Cuántos errores!: en
esta ocasión y en aquélla, y aquí y allá. Y podemos exclamar aún: menos mal,
Señor que me has sostenido con tu mano, porque me veo capaz de todas las
infamias. No me sueltes, no me dejes, trátame siempre como a un niño. Que
sea yo fuerte, valiente, entero. Pero ayúdame como a una criatura inexperta;
llévame de tu mano, Señor y haz que tu Madre esté también a mi lado y me
proteja, y así, possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte a Ti por
modelo»
(Es Cristo que pasa.-15).Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Segunda Semana de
Cuaresma. Jueves
«Había un hombre rico que
vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos
banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta,
cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y
hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió
el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el
rico y fue sepultado. Estando en el infierno, en medio de los tormentos,
levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y
gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que
moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy
atormentado en estas llamas. Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú
recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues,
aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y
nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren
atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros.»
(Lucas 16, 19-31)
1º.
Jesús, ¿por qué condenas al rico?
«El rico fue condenado
porque no ayudó al otro hombre. Porque ni siquiera cayó en la cuenta de
Lázaro (...) En ningún sitio condena Cristo la mera posesión de bienes
terrenos en cuanto tal. En cambio, pronuncia palabras muy duras contra los
que utilizan los bienes egoístamente, sin fijarse en las necesidades de los
demás» (Juan Pablo II).
La pobreza cristiana no
depende tanto de la cuantía de bienes que se tenga como de su utilización.
Y esto por dos motivos
fundamentales: por desprendimiento y por solidaridad.
«No podéis servir a Dios y a
las riquezas»
(Mateo 6, 24).
El avaro, es decir, el que
pone su corazón en la riqueza como si fuera un fin, en lugar de
tratarla como medio para vivir una vida más humana y más cristiana, pierde
la sensibilidad para valorar los bienes espirituales.
Jesús, me doy cuenta de que si
mi corazón se llena de avaricia, se vacía en la misma proporción del fruto
más precioso de la gracia: la caridad, es decir, el amor a Dios y a los
demás.
Por eso he de vivir el
desprendimiento de los bienes materiales: saber prescindir de ellos, no
crearme necesidades superfluas, no quejarme cuando me falta lo necesario,
etc.
Jesús, Tú condenas al rico no
sólo por su avaricia, sino también por su falta de solidaridad con el que
tenía necesidad.
¿Me fijo en las necesidades de
los demás?
La solidaridad, como toda
virtud, tiene un orden: primero están las necesidades de los que me rodean,
especialmente las de mi familia; pero además, he de preocuparme de mi
vecindario, de mi ciudad, del mundo entero.
2º.«Hace muchos años -más de veinticinco- iba yo por un comedor de caridad,
para pordioseros que no tomaban al día más alimento que la comida que allí
les daban. (...) Me llamó la atención uno: ¡era propietario de una cuchara
de peltre! La sacaba cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con
fruición, y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con
unos ojos que gritaban: ¡es mía! (...) Efectivamente, ¡era suya! Un
pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se
consideraba rico.
Conocía yo por entonces a una
señora, con título nobiliario, grande de España. (...) Residía en una casa
de abolengo, pero no gastaba para si misma ni dos pesetas al día. En cambio,
retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los
menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no
le faltaban muchos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente
pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo. ¿Me habéis
entendido? Nos basta además escuchar las palabras del Señor:
«bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los
cielos».
Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y
muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por
veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades»
(Amigos de Dios, 123).Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Segunda Semana de
Cuaresma. Viernes
«Escuchad otra parábola.
Cierto hombre que era propietario plantó una viña, la rodeó de una cerca y
cavó en ella un lagar edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se
marchó de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus criados
a los labradores para percibir sus frutos. Pero los labradores, agarrando a
los criados, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De
nuevo envió a otros criados en mayor número que los primeros, pero hicieron
con ellos lo misma. Por último les envió a su hijo, diciéndose: a mi hijo lo
respetarán. Pero los labradores, al ver al hijo, dijeron entre sí: Este es
el heredero. Vamos, matémoslo y nos quedaremos con su heredad. Y,
agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el dueño
de la viña, ¿que hará con aquellos labradores? Le contestaron: A esos
malvados les dará una mala muerte y arrendará la viña a otros labradores que
le entreguen los frutos a su tiempo.»
(Mateo 21, 32-43.45-46)
1º.
Jesús, en esta parábola hablas del cuidado con que Dios escogió y cuidó al
pueblo de Israel, la viña del Señor.
Pero luego, cuando envió a los
diferentes profetas para recoger los frutos de tu alianza, éstos fueron
maltratados y asesinados.
Por último, Dios Padre envía a
su Hijo, que eres Tú, Jesús.
Aquí profetizas tu propia
muerte fuera de las murallas de Jerusalén: «agarrándolo, lo echaron fuera
de la viña y lo mataron.»
Jesús, a mí también me has
escogido para ser cristiano.
Y me has cuidado dándome todo
tipo de gracias; dándome unos sacramentos entre los que está el del perdón y
el de la Eucaristía: limpieza y alimento del alma.
Y te has quedado en el
Sagrario para que pueda dirigirme a Ti, pedirte cosas, darte gracias,
decirte que te quiero...
Además, me has dado familiares
y amigos que me han aconsejado en mi vida cristiana; y acontecimientos que
me han hecho reflexionar sobre el verdadero fin de mi existencia; y medios
de formación, pláticas, y libros; y el catecismo, que he estudiado de
pequeño y, tal vez, hasta he enseñado a otros.
Jesús, ¿qué he hecho con mi
propia viña? ¿Dónde están los frutos que esperas de mi?
2º.
«Dios está metido en el centro de tu alma, de la mía, y en la de todos
los hombres en gracia. Y está para algo: para que tengamos más sal, y para
que adquiramos mucha luz, y para que sepamos repartir esos dones de Dios,
cada uno desde su puesto.
¿Y cómo podremos repartir esos
dones de Dios? Con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la
Iglesia.
-¿Te acuerdas de la vid y de
los sarmientos? ¡Qué fecundidad la del sarmiento unido a la vid! ¡Qué
racimos generosos! ¡Y qué esterilidad la del sarmiento separado, que se seca
y pierde la vida!»
(Forja.- 932).
Jesús, Tú eres la vid. ¡Qué
fecundidad la del sarmiento unido a la vid! Me quieres bien unido a Ti, para
dar fruto: esa sal y esa luz, para que sepamos repartir esos dones de Dios,
cada uno desde su puesto.
Como me recuerda el Catecismo,
“siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de
la Iglesia”, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los
ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con
Cristo» (CEC- 864).
Pero ¿cómo puedo estar unido a
Ti?
Primero estando en gracia de
Dios, sin pecado.
Así Tú puedes estar en el
centro de mi alma.
Y luego, con humildad, con
piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia.
Dios se resiste a los
soberbios, pero a los humildes da su gracia.
Por eso, humildad.
La piedad es el trato contigo
a través de la oración y de otras prácticas de devoción, penitencia o
caridad.
Bien unidos a nuestra Madre la
Iglesia.
Estar unido a Ti, Jesús, es
estar unido a tu Iglesia.
La savia que da la vida al
sarmiento son los sacramentos y, especialmente, la Santa Misa: centro y raíz
de mi vida interior.
De la Misa me viene tu gracia;
en la Misa revivo tu sacrificio en la Cruz y te recibo en la comunión.
Que no ponga excusas para
acudir a la Santa Misa no sólo los domingos, sino siempre que pueda.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Segunda Semana de
Cuaresma. Sábado
«Dijo también: Un hombre tenía
dos hijos; el más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de
hacienda que me corresponde. Y les repartió los bienes. No muchos días
después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un país lejano y
malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo,
hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y
se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus
tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas
que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: ¡Cuántos
jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de
hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el
Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a
uno de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su
padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo
a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle
el hijo: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de
ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, sacad el
mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los
pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un
banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba
perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron a celebrarlo.»
(Lucas 15, 1-3.11-32)
1º.
Jesús, hoy me explicas, a través de la parábola del hijo pródigo, tu visión
del pecado y de la conversión: la visión de Dios.
A veces, a la hora de la
tentación, sólo lucho entre dos efectos del pecado: lo apetecible del mismo
y las consecuencias de perder la gracia.
No me doy cuenta del efecto
más importante: la ofensa a Dios, cómo afecta a Dios mi pecado.
«El pecado es una ofensa a
Dios: «Contra
ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí»
(Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta
de Él nuestros corazones»
(CEC-1850).
Jesús, Tú mismo -que eres
Dios-, me dices cómo te afecta el pecado: como a un padre bueno que quiere a
su hijo, cuando éste le abandona.
Más que el dinero
desperdiciado, lo que duele en esta parábola es que el hijo se prefiera
egoístamente a sí mismo y abandone a su padre, que tanto ha hecho por él.
Jesús, que ante la tentación
no piense sólo en mí: en lo que gano y en lo que pierdo.
Que piense, sobretodo, en lo
que te alegras Tú si venzo, o en lo que sufres si te abandono.
2º.
«Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos,
aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo
pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del
hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que
Dios nos hace de podernos llamar y de ser a pesar de tanta falta de
correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos» (Es
Cristo que pasa.- 64).
Jesús, a la hora de pedir
perdón a veces tampoco me doy cuenta de cómo me estás esperando.
«Cuando aún estaba lejos, lo
vio su padre y se compadeció.»
Tú estás esperándome con
impaciencia..., y yo no tengo prisa en venir.
Pasan días de espera que no
pasarían si me diera cuenta de cómo me quieres y cuánto deseas mi pronta
conversión.
«Hace falta sólo que abramos
el corazón».
Tú has querido, Jesús, que esa
vuelta a la casa del Padre la podamos realizar a través del Sacramento de la
Confesión.
Que no la retrase
innecesariamente cuando veo que me hace falta; que no permanezca alejado
cuando Tú me quieres en casa, en gracia, y me esperas como un Padre a su
hijo.
María, aunque en la parábola no aparece la madre del hijo pródigo, me
imagino perfectamente su reacción ante la marcha del hijo y ante su regreso
a casa.Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.