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SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA-C

Domingo (28.II)
Lunes (1.III)
Martes (2.III)
Miércoles (3.III)
Jueves (4.III)
Viernes (5.III)
Sábado (6.III)

Tomado de Almudi.org 

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA-C
 

«En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: -“Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: -.”Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.” Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto. » (Lucas 9,28b-36).

1º. Jesús, hoy muestras un poco tu divinidad a tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan.

Sabes que, en poco tiempo, van a sufrir la prueba de tu muerte en la Cruz y quieres fortalecer a los que luego serán las columnas de la Iglesia.

Ellos ven con sus ojos tu resplandor y oyen con sus oídos la voz de Dios que les dice: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»

«Tú te has transfigurado en la montaña, y en la medida en que ellos eran capaces, tus discípulos han contemplado tu Gloria, oh Cristo Dios, a fin de que cuando te vieran crucificado comprendiesen que tu Pasión era voluntaria y anunciasen al mundo que Tú eres verdaderamente la irradiación del Padre». (CEC- 555).

Ante esta manifestación de tu divinidad, Pedro no tiene otra posible salida que decir: «Señor, qué bien estamos aquí»

¿Qué he de hacer para mantener esta situación que me llena por completo?

Quiere hacer tres tiendas y ni se acuerda de él mismo.

Tal ha sido su fascinación ante tu divinidad.

En cambio, Jesús, ¿por qué a mí me dejas tan a oscuras?

¿Por qué no te manifiestas abiertamente como hiciste con los apóstoles para que te ame más y mi fe sea más fuerte?

Esta pregunta ya te la hizo San Judas en la última cena: «¿qué ha pasado para que tú te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» (Juan 14, 22)...

¿Por qué no muestras claramente al mundo que eres Dios?

2º. «Todos percibís en vuestras almas una alegría inmensa, al considerar la santa Humanidad de Nuestro Señor: un Rey con corazón de carne, como el nuestro; que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que no se impone dominando: mendiga un poco de amor; mostrándonos, en silencio, sus manos llagadas» (Es Cristo que pasa.- 179).

Jesús, Tú no te impones dominando, porque de este modo no te amaría realmente, sino que te obedecería por obligación.

Tú prefieres mendigar un poco de amor; mostrándonos, en silencio, tus manos llagadas.

No quieres manifestarte en toda tu gloria, sino siempre de modo velado, como en silencio.

Por eso, mientras que la Cruz es un espectáculo público, reservas la transfiguración y la resurrección estrictamente para aquellos que van a necesitar esas gracias especiales.

Sólo así respetas mi libertad para que pueda amarte, porque amor sin libertad no es amor.

A estos tres apóstoles les enseñas un poco más tu gloria porque les vas a pedir mucho más, porque van a sufrir mucho por Ti.

 Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Segunda Semana de Cuaresma. Lunes

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida que midáis seréis medidos.» (Lucas 6, 36-38)

1º.«Con La misma medida que midáis seréis medidos.»

Jesús, ¡qué norma de conducta tan práctica y esencial!

Me he de comportar con los demás como me gustaría ser tratado: comprendiendo los fallos, perdonando los errores, siendo generoso, servicial.

Porque, entre otras cosas, Tú me tratarás de la forma en que yo trate a los demás.

En concreto, Tú me tratarás según sea la grandeza de mi corazón: me darás todo el amor que tenga capacidad de recibir; pero si no he sabido tratar a los demás con misericordia, mi corazón será tan pequeño que no podrá recibir tampoco tu misericordia.

Y no por castigo tuyo, sino por mi propia incapacidad.

«Sed misericordiosos.»

¿Cómo me comporto ante las necesidades de los demás?

¿Me mueven a intentar aportar lo que esté en mi mano, o me dejan indiferente pensando que, en el fondo, es su problema?

¿Me doy cuenta de que mi trabajo o mi estudio bien hecho es la forma habitual que tengo para colaborar con las necesidades de la sociedad y de los que me rodean?

«No juzguéis; no condenéis. Perdona»

Jesús, qué fácil es criticar, murmurar, hablar mal de alguien, sin pensar en los motivos, o las presiones, o la ignorancia, o la flaqueza, o el carácter, o muchos otros elementos de juicio que no tengo y que sólo Tú conoces.

Es muy fácil criticar, pero es muy difícil evaluar los daños que podemos estar causando a una persona con nuestras críticas.

Y, a menudo, es imposible reparar a posteriori ese daño que -tal vez injustamente- hemos causado.

Sin caer en la ingenuidad de pensar que «todo el mundo es bueno», he de tener como el prejuicio de disculpar, de perdonar de corazón a los demás.

2º.«No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente» (Camino.-442).

Jesús, Tú eres el que ha de juzgar a los demás, no yo.

Si pienso que alguien actúa mal y tengo la suficiente amistad con él para que me escuche, puedo decirle a solas y con delicadeza aquello que me parece un error.

En caso de duda, puedo incluso consultar con discreción aquella conducta con alguna persona de confianza, antes de hablar con el interesado.

Pero no debo permitir ni siquiera pensar mal de nadie, y mucho menos criticarle o hablar mal de él delante de otros.

«Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve» (San Ignacio de Loyola).

«Dad y se os dará.»

Jesús, a veces soy muy roñoso con mis cosas, con mi tiempo, con mis ambiciones.

No sé dar, no sé darme.

Me doy cuenta de que esta actitud me empequeñece el corazón y, por eso, me hace incapaz de recibir tus dones.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Segunda Semana de Cuaresma. Martes

«Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos diciéndoles: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres (...). El mayor entre vosotros sea vuestro servidor El que se ensalce a sí mismo será humillado, y el que se humille a sí mismo será ensalzado.» (Mateo 23, 1-12)

1º. Jesús, tu comportamiento es totalmente opuesto al del de los escribas y fariseos.

En el comienzo de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas habla de lo que «hiciste y predicaste» (Hechos 1,1).

Tú me has enseñado la doctrina con el ejemplo, haciendo primero lo que predicabas.

Cuando me hablas de amar a los demás, puedes decir con razón: «como Yo os he amado» (Juan 13, 34);

-cuando me pides que coja la cruz, puedes mostrarme las heridas de los clavos en tus manos;

-cuando me llamas a la perfección en mi trabajo, te puedo mirar en el taller de Nazaret, trabajando durante treinta años.

«Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: El es el «hombre perfecto» que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo a imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones» (CEC-520).

«Pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen.»

Jesús, si quiero ser tu discípulo, si quiero seguirte y que te sigan los demás, he de dar primero buen ejemplo.

¿Cómo voy a explicar a los demás que el trabajo y el estudio son medios de santificación, si luego no tengo prestigio profesional, si hago las cosas de cualquier manera, o me conformo con cumplir los mínimos o ir aprobando?

Jesús, en el fondo quieres que me comporte como lo harías Tú en mis circunstancias de cada día.

Por eso es bueno que me haga muchas veces esta pregunta: Tú, ¿cómo te comportarías en esta situación?

Y no sólo en el trabajo, sino también en mi relación con los demás, en el uso de los bienes materiales, en las diversiones, en el descanso, en las dificultades, etc.

2º. «Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta de humildad:

-pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o dicho que lo de los demás;

-querer salirte siempre con la tuya;

-disputar sin razón o -cuando la tienes- insistir con tozudez y de mala manera;

-dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;

-despreciar el punto de vista de los demás;

-no mirar todos tus dones y cualidades como prestados;

-no reconocer que eres indigno de toda honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que posees;

-citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;

-hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te contradigan;

-excusarte cuando se te reprende;

-encubrir al Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que de ti tiene;

-oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que hayan hablado bien de ti;

-dolerte que otros sean más estimados que tú;

-negarte a desempeñar oficios inferiores;

-buscar o desear singularizarte;

-insinuar en la conversación palabras de alabanza propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu prestigio profesional...;

-avergonzarte porque careces de ciertos bienes....». (Surco, 263.).

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Segunda Semana de Cuaresma. Miércoles

«Entonces se acercó a él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Jesús respondió: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Le dijeron: Podemos. El añadió: Mi cáliz silo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes ha dispuesto mi Padre. Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos herma- nos. Pero Jesús les llamó y les dijo: sabéis que los que gobiernan los pueblos los oprimen y los poderosos los avasallan. No ha de ser así entre vosotros; por el contrario, quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos.» (Mateo 20, 17-28)

1º.Jesús, como a la madre de Santiago y Juan, a veces también me tienes que decir: «no sabéis lo pedís».

Te pido aprobar un examen cuando no he puesto todas las horas que debía; te pido superar un defecto pero luego no lucho en serio para combatirlo.

«No alcanzamos la gracia si no la buscamos, porque no se conceden los dones de lo alto a los que los menosprecian. Llamad por medio de la oración, de los ayunos y de las limosnas» (San Juan Crisóstomo).

«¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?»

¿Puedes sacrificarte por Mí como yo me he sacrificado por ti?

Jesús, también a Ti te ha costado esfuerzo la redención.

Y San Pablo dice: «Pues no habéis resistido aún hasta la sangre para combatir el pecado»

Jesús he de tomarme más en serio la lucha por mejorar en mi vida cristiana.

Sólo entonces mi petición será sincera.

«Le dijeron: Podemos.»

Jesús, puedo esforzarme más.

Al menos quiero intentarlo.

Quiero ser más generoso en mis pequeñas mortificaciones: en las comidas, en la vista, en el orden; en la puntualidad a la hora de ponerse a estudiar o hacer la oración; en el minuto heroico de levantarse a la hora (o de acostarse a la hora, que también cuesta).

Puedo... si Tú me ayudas, porque como dice San Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta». (Filipenses 4, 13).

2º. «También a nosotros nos llama, y nos pregunta, como a Santiago y a Juan: ¿estáis dispuestos a beber el cáliz -este cáliz de la entrega completa al cumplimiento de la voluntad del Padre- que yo voy a beber? Possumus!; ¡sí, estamos dispuestos!, es la respuesta de Juan y de Santiago. Vosotros y yo, ¿estamos seriamente dispuestos a cumplir en todo, la voluntad de nuestro Padre Dios? ¿Hemos dado al Señor nuestro corazón entero, o seguimos apegados a nosotros mismos, a nuestros intereses, a nuestra comodidad, a nuestro amor propio? ¿Hay algo que no responde a nuestra condición de cristianos, y que hace que no queramos purificarnos? Hoy se nos presenta la ocasión de rectificar.

Es necesario empezar por convencerse de que Jesús nos dirige personalmente estas preguntas. Es El quien las hace, no yo. Yo no me atrevería ni a planteármelas a mí mismo. Estoy siguiendo mi oración en voz alta, y vosotros, cada uno de nosotros, por dentro, está confesando al Señor: Señor ¡qué poco valgo, qué cobarde he sido tantas veces! ¡Cuántos errores!: en esta ocasión y en aquélla, y aquí y allá. Y podemos exclamar aún: menos mal, Señor que me has sostenido con tu mano, porque me veo capaz de todas las infamias. No me sueltes, no me dejes, trátame siempre como a un niño. Que sea yo fuerte, valiente, entero. Pero ayúdame como a una criatura inexperta; llévame de tu mano, Señor y haz que tu Madre esté también a mi lado y me proteja, y así, possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte a Ti por modelo» (Es Cristo que pasa.-15).

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Segunda Semana de Cuaresma. Jueves

«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado. Estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros.» (Lucas 16, 19-31)

1º. Jesús, ¿por qué condenas al rico?

«El rico fue condenado porque no ayudó al otro hombre. Porque ni siquiera cayó en la cuenta de Lázaro (...) En ningún sitio condena Cristo la mera posesión de bienes terrenos en cuanto tal. En cambio, pronuncia palabras muy duras contra los que utilizan los bienes egoístamente, sin fijarse en las necesidades de los demás» (Juan Pablo II).

La pobreza cristiana no depende tanto de la cuantía de bienes que se tenga como de su utilización.

Y esto por dos motivos fundamentales: por desprendimiento y por solidaridad.

«No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6, 24).

El avaro, es decir, el que pone su corazón en la riqueza como si fuera un fin, en lugar de tratarla como medio para vivir una vida más humana y más cristiana, pierde la sensibilidad para valorar los bienes espirituales.

Jesús, me doy cuenta de que si mi corazón se llena de avaricia, se vacía en la misma proporción del fruto más precioso de la gracia: la caridad, es decir, el amor a Dios y a los demás.

Por eso he de vivir el desprendimiento de los bienes materiales: saber prescindir de ellos, no crearme necesidades superfluas, no quejarme cuando me falta lo necesario, etc.

Jesús, Tú condenas al rico no sólo por su avaricia, sino también por su falta de solidaridad con el que tenía necesidad.

¿Me fijo en las necesidades de los demás?

La solidaridad, como toda virtud, tiene un orden: primero están las necesidades de los que me rodean, especialmente las de mi familia; pero además, he de preocuparme de mi vecindario, de mi ciudad, del mundo entero.

2º.«Hace muchos años -más de veinticinco- iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros que no tomaban al día más alimento que la comida que allí les daban. (...) Me llamó la atención uno: ¡era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con fruición, y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con unos ojos que gritaban: ¡es mía! (...) Efectivamente, ¡era suya! Un pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba rico.

Conocía yo por entonces a una señora, con título nobiliario, grande de España. (...) Residía en una casa de abolengo, pero no gastaba para si misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo. ¿Me habéis entendido? Nos basta además escuchar las palabras del Señor: «bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».

Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades» (Amigos de Dios, 123).

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Segunda Semana de Cuaresma. Viernes

«Escuchad otra parábola. Cierto hombre que era propietario plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir sus frutos. Pero los labradores, agarrando a los criados, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros criados en mayor número que los primeros, pero hicieron con ellos lo misma. Por último les envió a su hijo, diciéndose: a mi hijo lo respetarán. Pero los labradores, al ver al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero. Vamos, matémoslo y nos quedaremos con su heredad. Y, agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga el dueño de la viña, ¿que hará con aquellos labradores? Le contestaron: A esos malvados les dará una mala muerte y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.» (Mateo 21, 32-43.45-46)

1º. Jesús, en esta parábola hablas del cuidado con que Dios escogió y cuidó al pueblo de Israel, la viña del Señor.

Pero luego, cuando envió a los diferentes profetas para recoger los frutos de tu alianza, éstos fueron maltratados y asesinados.

Por último, Dios Padre envía a su Hijo, que eres Tú, Jesús.

Aquí profetizas tu propia muerte fuera de las murallas de Jerusalén: «agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.»

Jesús, a mí también me has escogido para ser cristiano.

Y me has cuidado dándome todo tipo de gracias; dándome unos sacramentos entre los que está el del perdón y el de la Eucaristía: limpieza y alimento del alma.

Y te has quedado en el Sagrario para que pueda dirigirme a Ti, pedirte cosas, darte gracias, decirte que te quiero...

Además, me has dado familiares y amigos que me han aconsejado en mi vida cristiana; y acontecimientos que me han hecho reflexionar sobre el verdadero fin de mi existencia; y medios de formación, pláticas, y libros; y el catecismo, que he estudiado de pequeño y, tal vez, hasta he enseñado a otros.

Jesús, ¿qué he hecho con mi propia viña? ¿Dónde están los frutos que esperas de mi?

2º. «Dios está metido en el centro de tu alma, de la mía, y en la de todos los hombres en gracia. Y está para algo: para que tengamos más sal, y para que adquiramos mucha luz, y para que sepamos repartir esos dones de Dios, cada uno desde su puesto.

¿Y cómo podremos repartir esos dones de Dios? Con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia.

-¿Te acuerdas de la vid y de los sarmientos? ¡Qué fecundidad la del sarmiento unido a la vid! ¡Qué racimos generosos! ¡Y qué esterilidad la del sarmiento separado, que se seca y pierde la vida!» (Forja.- 932).

Jesús, Tú eres la vid. ¡Qué fecundidad la del sarmiento unido a la vid! Me quieres bien unido a Ti, para dar fruto: esa sal y esa luz, para que sepamos repartir esos dones de Dios, cada uno desde su puesto.

Como me recuerda el Catecismo, “siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia”, es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo»  (CEC- 864).

Pero ¿cómo puedo estar unido a Ti?

Primero estando en gracia de Dios, sin pecado.

Así Tú puedes estar en el centro de mi alma.

Y luego, con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia.

Dios se resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia.

Por eso, humildad.

La piedad es el trato contigo a través de la oración y de otras prácticas de devoción, penitencia o caridad.

Bien unidos a nuestra Madre la Iglesia.

Estar unido a Ti, Jesús, es estar unido a tu Iglesia.

La savia que da la vida al sarmiento son los sacramentos y, especialmente, la Santa Misa: centro y raíz de mi vida interior.

De la Misa me viene tu gracia; en la Misa revivo tu sacrificio en la Cruz y te recibo en la comunión.

Que no ponga excusas para acudir a la Santa Misa no sólo los domingos, sino siempre que pueda.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Segunda Semana de Cuaresma. Sábado

«Dijo también: Un hombre tenía dos hijos; el más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de hacienda que me corresponde. Y les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron a celebrarlo.» (Lucas 15, 1-3.11-32)

1º. Jesús, hoy me explicas, a través de la parábola del hijo pródigo, tu visión del pecado y de la conversión: la visión de Dios.

A veces, a la hora de la tentación, sólo lucho entre dos efectos del pecado: lo apetecible del mismo y las consecuencias de perder la gracia.

No me doy cuenta del efecto más importante: la ofensa a Dios, cómo afecta a Dios mi pecado.

«El pecado es una ofensa a Dios: «Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí» (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones» (CEC-1850).

Jesús, Tú mismo -que eres Dios-, me dices cómo te afecta el pecado: como a un padre bueno que quiere a su hijo, cuando éste le abandona.

Más que el dinero desperdiciado, lo que duele en esta parábola es que el hijo se prefiera egoístamente a sí mismo y abandone a su padre, que tanto ha hecho por él.

Jesús, que ante la tentación no piense sólo en mí: en lo que gano y en lo que pierdo.

Que piense, sobretodo, en lo que te alegras Tú si venzo, o en lo que sufres si te abandono.

2º. «Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos» (Es Cristo que pasa.- 64).

Jesús, a la hora de pedir perdón a veces tampoco me doy cuenta de cómo me estás esperando.

«Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció.»

Tú estás esperándome con impaciencia..., y yo no tengo prisa en venir.

Pasan días de espera que no pasarían si me diera cuenta de cómo me quieres y cuánto deseas mi pronta conversión.

«Hace falta sólo que abramos el corazón».

Tú has querido, Jesús, que esa vuelta a la casa del Padre la podamos realizar a través del Sacramento de la Confesión.

Que no la retrase innecesariamente cuando veo que me hace falta; que no permanezca alejado cuando Tú me quieres en casa, en gracia, y me esperas como un Padre a su hijo.

María, aunque en la parábola no aparece la madre del hijo pródigo, me imagino perfectamente su reacción ante la marcha del hijo y ante su regreso a casa.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.