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TERCERA SEMANA DE CUARESMA-C

Domingo (7.III)
Lunes (8.III)
Martes (9.III)
Miércoles (10.III)
Jueves (11.III)
Viernes (12.III)
Sábado (13.III)

Tomado de Almudi.org 

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA-C

«Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos, cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo: « ¿Pensáis que estos galileos fueron más pecadores que todos los galileos, porque han padecido tales cosas? ¡No!, os lo aseguro; pero si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que fueron más culpables que todos los hombres que vivían en Jerusalén? ¡No!, os lo aseguro; pero si no hacéis penitencia todos pereceréis igualmente».Les decía esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, y vino a buscar en ella fruto y no lo encontró. Entonces dijo al viñador: "Mira que hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera sin encontrarlo; córtala, ¿para qué va a ocupar terreno en balde?". Pero él le respondió: "Señor, déjala también este año hasta que cave a su alrededor y eche estiércol, por si produce fruto; si no, ya la cortarás"». (Lucas 13, 1-9)

1º. Jesús, hoy me aclaras un punto importante, que algunos no entienden: si Dios existe -piensan  ¿por qué permite los terremotos, las guerras, los accidentes y el sufrimiento en general?

Los judíos de aquel tiempo pensaban que esas calamidades eran fruto del castigo divino, por los pecados que esas personas habían cometido.

Muchos hoy en día piensan que esos desastres son una prueba de que Dios no existe.

Ni unos ni otros entienden el valor cristiano del sufrimiento.

Jesús, explicas a los que te rodean que las desgracias físicas no son una venganza divina.

El que sufre un accidente o contrae una enfermedad penosa no deja de ser un hijo querido de Dios.

Dios no provoca la desgracia, que es consecuencia de causas naturales; y si la permite es porque sabe que puede producir otros bienes mayores, especialmente de tipo espiritual.

«La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él» (CEC-1501).

Jesús, me quieres recordar que, al final, lo que verdaderamente importa es la vida eterna.

Y me adviertes que he de hacer penitencia en esta vida, si quiero ganar el cielo.

Por eso tiene sentido el sufrimiento y la misma muerte: porque es una oportunidad que me das para hacer penitencia.

«Si no hacéis penitencia, todos pereceréis igualmente.»

El sufrimiento terreno, ofrecido a Ti, tiene valor redentor porque me une a tu sufrimiento en la cruz.

2º.« ¿Qué perfección cristiana pretendes alcanzar, si haces siempre tu capricho, «lo que te gusta»...? Todos tus defectos, no combatidos, darán un lógico fruto constante de malas obras. Y tu voluntad -que no estará templada en una lucha perseverante- no te servirá de nada, cuando llegue una ocasión difícil» (Surco.- 776).

Jesús, me has recordado de muchas maneras que debo dar fruto, haciendo rendir los talentos que me has dado.

Muchas veces no me doy cuenta de cuánto he recibido, y por eso tampoco me siento urgido a corresponder.

Por eso, con cierta frecuencia es bueno mirarte clavado en la cruz y decirte: Tú has muerto por mí; ¿qué hago yo por Ti?

Jesús, yo quiero corresponder a tu Amor con mi amor, con mis obras buenas, con mi santidad.

Pero, a veces, no sé dar buen fruto; más bien doy malos frutos.

Y es que me falta voluntad, fortaleza para luchar contra mis defectos.

Me dejo dominar por el capricho, por lo que me gusta, en lugar de buscar qué es lo que Tú quieres de mí en cada momento.

Jesús, Tú eres el viñador de la parábola.

Me ves luchar por hacer el bien y le dices a Dios Padre: dale un poco más de tiempo.

Mientras, yo le ayudaré a mejorar cavando a su alrededor, dándole más gracias.

Y para que pueda dar mejor fruto, me das a tu Madre, la Virgen.

Que me apoye en ella cuando me cueste mi vida cristiana.

Maria me allanará las dificultades y daré el fruto que esperas de mí.

 Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Tercera Semana de Cuaresma. Lunes

«Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán el Sirio. Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira, y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, seguía su camino». (Lucas 4, 24-30)

1º. Jesús, estás hablando en la sinagoga de Nazaret a los habitantes de tu pueblo.

Allí están tus compañeros de infancia, tus amigos y amigas.

Y sus padres, aquéllos que habrían ido tantas veces a San José para pedirle un favor, para que les arreglara algo.

Todos te miraban como un chico ejemplar, un compañero estupendo.

Pero... ¡un Profeta!: esto ya es demasiado.

No te reconocen, Jesús.

Tu infancia y juventud habían sido tan normales que ahora no pueden aceptar tu divinidad y necesitan milagros como prueba de que eres el Mesías.

«Ningún profeta es bien recibido en su patria»

¡Cuántas veces había pasado ya en el Antiguo Testamento, y cuántas veces ha pasado también en la historia de la Iglesia!: verdaderos santos queridos en todo el mundo pero criticados en su propia patria.

Y es que un santo no tiene por qué ser espectacular hacia afuera, aunque muchas veces se note realmente su unión con Dios por el amor que tiene a los demás; basta con que sea espectacular hacia dentro: en su amor, en su entrega, en su humildad, en su sacrificio escondido y discreto.

Jesús, Tú no quieres hacer la exhibición, el «milagrito» que te pedían.

Prefieres la naturalidad: santificar la vida corriente, las relaciones de amistad, el trabajo ordinario.

Que aprenda a seguir el ejemplo de tu vida ordinaria en Nazaret: trabajando, sirviendo, siendo amable con todos, buscando hacer la voluntad de tu Padre Dios en cada momento, en vez de buscar el aplauso humano.

2º. «Me dices: cuando se presente la ocasión de hacer algo grande... ¡entonces! -¿Entonces? ¿Pretendes hacerme creer; y creer tú seriamente, que podrás vencer en la Olimpiada sobrenatural, sin la diaria preparación, sin entrenamiento?» (Camino.-822).

A veces me creo que no pasa nada por no luchar en las típicas batallas de cada día: el minuto heroico; esas horas de estudio bien aprovechadas; pequeños detalles de servicio como ordenar las sillas, recoger la mesa, dejar el mejor sitio a otro, etc... Así –pienso- «me reservo» para las grandes ocasiones.

Y luego, Jesús, me sorprendo porque tengo fallos más gordos o, a la hora de la verdad, no sé ser generoso.

Tu vida oculta en Nazaret, viviendo como uno más pero llenando el día de detalles de amor a Dios y a los demás -viviendo vida de Hijo de Dios en medio del mundo- me anima a ver las cosas de otra manera.

«La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana» (CEC- 533).

Ayúdame a vivir las cosas más vulgares con vibración de eternidad: dándome cuenta de que es ahí donde me estás buscando, donde esperas que te demuestre que soy tu discípulo, hijo de Dios.

Todo ello con naturalidad, sin alardear de una santidad que no tengo; pensando en tu vida en Nazaret, como uno más, pero -eso sí- sin dejarme ganar en el amor a Ti.

Si vivo con esa presencia de Dios, luchando con constancia en los pequeños detalles del trabajo y de la vida familiar, estaré «en forma» para luchar -y vencer- en tentaciones más grandes o en momentos más difíciles.

Cualquier prueba, incluso «olímpica», podré superar -con tu gracia- si cada día me venzo en algún detalle pequeño.

Y sobretodo, esa vida oculta y ordinaria en apariencia, por estar llena de amor, me permitirá entrar en comunión contigo, Jesús.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Tercera Semana de Cuaresma. Martes

«Entonces, acercándose Pedro, le preguntó: Señor ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando pegue contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron una que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. Entonces el servidor echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.» (Mateo 18, 21-35)

1º.«Jesús, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano?

¿Tiene cupo la capacidad de perdonar?

Sí, tiene cupo: el mismo que la capacidad de amar.

Si amo poco, tendré poca capacidad de perdonar; si amo mucho, tendré mucha.

Por eso, esta misma pregunta te la podría haber hecho así: ¿cuánto he de amar a mi hermano?

Tu respuesta es clara: «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado» (Juan 13,34), es decir, sin medida, que simbólicamente expresas con la frase: «hasta setenta veces siete.»

En la parábola hay algo que no cuadra: el siervo que debía diez mil talentos pide paciencia hasta que pueda devolver todo el dinero.

Pero «el señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda.»

El siervo pedía paciencia, pero Tú le perdonas todo lo que debía.

Así te comportas conmigo cuando me perdonas mis pecados sin más mérito por mi parte que confesarme y cumplir una pequeña penitencia, en nada proporcional a lo que debería pagar por mis culpas.

Si Tú, Jesús, te comportas así conmigo, ¿cómo voy a ser yo capaz de pedir cuentas a nadie?

Que tenga siempre presente tu reproche: «¿No deblas tú también tener compasión de ti compañero, como yo la he tenido de ti?»

2º.«Te quejas de que no es comprensivo... -Yo tengo la certeza de que hace lo posible por entenderte. Pero tú, ¿cuándo te esforzarás un poquito por comprenderle?». (Surco.-759).

A veces siento que alguien no me comprende: mis padres, un amigo o un compañero de trabajo.

Y entonces respondo con la indiferencia, o con detalles irritantes y palabras cortantes.

Y no me paro a pensar si la otra persona se estará esforzando por acercarse a mí, y tal vez soy yo el que estoy cerrado.

Jesús, hoy me pides que sepa comprender y disculpar al prójimo, pues es también una exigencia del amor.

Además, cuanto más intente comprender a los demás -poniéndome en su lugar-, más me comprenderán ellos a mí.

«El Salvador crucificado, no pudiendo absolutamente excusar el pecado de los que le habían puesto en la cruz, trata sin embargo de aminorar la malicia, alegando su ignorancia. Cuando no podamos nosotros excusar el pecado, juzguémosle a lo menos digno de compasión, atribuyéndolo a la causa más tolerante que pueda aplicársele, como lo es la ignorancia o la flaqueza» (San Francisco de Sales).

Ayúdame, Jesús, a saber perdonar de corazón, es decir, sin amargura; comprendiendo la situación del que me ha ofendido o creo que me ha ofendido y, a lo mejor, sólo intentaba ayudarme.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Tercera Semana de Cuaresma. Miércoles

«No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el Cielo y la Tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.» (Mateo 5, 17-19)

1º. Jesús, los preceptos del Antiguo Testamento servían para preparar al Pueblo de Dios a esa plenitud de tu venida y de tu palabra.

No es sencillo lo que vienes a revelar: el amor verdadero, que es donación, entrega y, por tanto, renuncia que comporta sacrificio.

Es muy fácil coger partes sueltas de tu mensaje: lo que me gusta, lo que «me va bien», lo que siento.

Es muy fácil interpretar el Evangelio «racionalmente», y quitarse de encima todo lo que habla de pecado, infierno, sacrificio, vida sobrenatural, misterio, etc.

Es muy fácil... pero es absurdo.

Porque si Tú eres Dios, ¿quién soy yo para «trocear» la palabra de Dios?

Ya no hay un mensaje posterior, una doctrina que dignifique más al hombre, que le llene más.

Mientras no pasen el Cielo y la Tierra no pasará de la Ley ni la más pequeña letra.

El nuevo Pueblo de Dios, que es tu Iglesia, tiene ahora la misión de que no se quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños.

La Iglesia, dirigida por los sucesores de los apóstoles, guarda íntegra la doctrina a través de los siglos, a la vez que orienta a los fieles para aplicarla en las situaciones actuales de cada época y de cada pueblo.

Jesús, en el ambiente hay como un terror a las normas, a los mandamientos, como si fueran en contra de la libertad.

«Yo creo en Dios, pero a mi manera», dicen muchos.

«Así es más espontáneo, más natural».

En cambio, bien que siguen las normas de tráfico y no se salen de los límites de la autopista, aunque las vallas «restrinjan» su libertad.

Que me dé cuenta, Jesús, de que los mandamientos son carreteras que me señalan la buena dirección, el mejor modo de llegar al destino correcto.

Que no quiera salirme de esos límites, pues con la apariencia de ganar libertad, estaría perdiendo el camino.

2º. «Convéncete: tu apostolado consiste en difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, profundidad en el estudio, amplitud en la entrega, estar al día, obediencia absoluta y alegre a la Iglesia, caridad perfecta...

-Nadie da lo que no tiene» (Surco.- 927).

Jesús, si quiero ser tu discípulo y hacer apostolado entre mis amigos, he de empezar siguiéndote de cerca.

«Y el seguimiento de Jesucristo implica cumplir los mandamientos. La Ley no es abolida(Mateo 5, 17), sino que el hombre es invitado a encontrarla en la Persona de su Maestro, que es quien le da la plenitud perfecta» (CEC-2053).

El que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Jesús, primero he de cumplir yo esos mandamientos, hasta el más pequeño, obedeciendo con alegría y con resolución las indicaciones de la Iglesia.

No es suficiente con guardar los diez mandamientos, sino que debo conocer lo que dicen el Papa y los Obispos.

Y luego tengo el deber, por cristiano, de enseñar a los demás dónde está el camino, y la verdad y la vida.

Y no están en otro sitio más que en Ti y en tu Iglesia: en los mandamientos, en los sacramentos, en las exigencias cristianas de caridad y entrega, de honradez, de prestigio profesional, de espíritu de sacrificio.

Ayúdame, Jesús, a vivir conforme a tus mandamientos.

Sé que obedecerlos no va en contra de mi libertad sino que, precisamente porque me guían en mi camino, son la mejor elección que puedo hacer.

Y esta elección, obedecerte a Ti y a tu Iglesia, es el mejor uso posible de mi libertad.

Además, sólo siendo fiel a estos mandatos podré luego difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad..., porque nadie da lo que no tiene.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Tercera Semana de Cuaresma. Jueves

«Estaba expulsando un demonio que era mudo; y sucedió que, cuando salió el demonio, el mudo rompió a hablar y la muchedumbre se quedó admirada; pero algunos de ellos dijeron: Por Belcebú, príncipe de los demonios, arroja a los demonios. Y otros, para tentarle, le pedían una señal del cielo. Pero él, que conocía sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo quedará desolado y caerá casa contra casa. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo quedará en pie su reino, puesto que decís que arrojo los demonios por Belcebú? Si yo expulso los demonios por Belcebú, vuestros hijos, ¿por quién los arrojan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, está claro que el Reino de Dios ha llegado a vosotros. Mientras uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero en llegando otro más fuerte, le vence, le quita sus armas en las que confiaba y reparte su botín. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparramo.» (Lucas 11, 14-23)

1º. Jesús, siempre se puede encontrar la manera de no creer en Ti.

Ha de ser así, porque de otro modo no te amaría con libertad sino obligado por la evidencia.

Haces un milagro patente, y la gente sencilla se queda admirada. Pero otros prefieren buscar la «cuadratura del círculo» antes de reconocer que eres Dios.

¿Cuál es, Señor, mi actitud ante tantas intervenciones tuyas en mi vida?

Es lo que se llama tu Providencia ordinaria, es decir, que las cosas ordinarias que ocurren en mi vida están queridas y enviadas por Ti para mi bien.

«La divina providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce con sabiduría y amor todas las criaturas hasta su fin último» (CEC-321).

Gracias, Jesús, por todo lo que me envías: aquello que me parece bueno y, también, aquello que me hace sufrir un poco y que, seguro, tiene una parte positiva aunque a veces me cueste verla humanamente.

«Todo reino dividido contra sí mismo quedará desolado.»

Jesús, te pido por la unidad en la Iglesia, para que, como Tú pediste al Padre, «todos sean uno; como Tú Padre, en mi y yo en Ti» (Juan 17,21).

Por mi parte, hago el propósito de no criticar nunca a la Santa Madre Iglesia o a sus miembros -aunque haya alguna persona concreta que se pueda equivocar- como no quiero criticar nunca a mi madre de la tierra.

2º.«Cuando le hablaron de comprometerse personalmente, su reacción fue razonar así: «en ese caso, podría hacer esto..., tendría que hacer lo otro...»

-Le contestaron: «aquí no chalaneamos con el Señor. La ley de Dios, la invitación del Señor se toma o se deja, tal como es. Es preciso decidirse: adelante, sin ninguna reserva y con mucho ánimo, o marcharse. «Qui non est mecum... » -el que no está Conmigo, contra Mi está»- (Surco.-9).

Jesús, yo no quiero ser malo... pero tampoco me decido a ser santo de verdad.

Hago cosas buenas, sí.

Pero no acabo de querer dejar algunos hábitos o prioridades que no van: esos tiempos «para mí»; esos caprichos; esa comodidad que me vence; ese deseo de querer quedar bien por encima de todo...

En el fondo, lo que ocurre es que sigo pensando que seré más feliz así: con mi media entrega.

No me acabo de creer que seguirte a Ti de verdad es ser feliz de verdad, mientras que seguirte a medias es ser feliz sólo a medias.

Jesús, no quiero «chalanear» -negociar- contigo; yo quiero entregarme... pero sólo un poco. «Es preciso decidirse: adelante, sin ninguna reserva y con mucho ánimo».

Ayúdame, Jesús, a enterarme de una vez.

Tú eres la persona que ha sido más feliz en esta tierra, porque has sido -y eres- el que más sabe amar.

Amar comporta sacrificio, entrega; y amar mucho comporta mucho sacrificio y mucha entrega.

Jesús, quiero estar contigo, no contra Ti.

Y sé que no hay posturas intermedias.

Que no tenga miedo a darme más; que me decida a intentar de verdad ser santo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Tercera Semana de Cuaresma. Viernes

«Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús respondió: el primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos. Y le dijo el escriba: ¡Bien, Maestro!, con verdad has dicho que Dios es uno sólo y no hay otro fuera de El; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.» (Marcos 12, 28-34)

1º. Jesús, aquí está la pregunta clave: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

¿Qué es lo que quieres que ponga en primer lugar en mis preferencias personales?

¿Qué es lo que me hace más persona, me perfecciona más, me llena más?

¿Qué es lo que más sentido da a mi vida?

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.»

¡Es tan importante que me entere de esto, Jesús!

¿Estoy amándote con todo mi corazón o tengo el corazón dividido?

¿A quién estoy poniendo primero en mis intenciones?

¿Te busco a Ti: lo que Tú quieres, lo que Tú necesitas de mí, lo que Tú esperas de mí; o me contento con un «ir tirando» que, en el fondo, es egoísmo?

¿A quién busco realmente cuando lucho por mejorar: a Ti, porque me quieres santo, o a mí, para quedarme tranquilo, satisfecho de mí mismo o, incluso, para quedar bien ante los demás?

¿Te amo, Jesús, con toda mi mente?

¿Cuánto tiempo le dedico a mi formación doctrinal y espiritual, en comparación al que le dedico a mi formación profesional?

Ya sé que no es cuestión de comparar horas, sino de la importancia que le doy a cada caso.

Pero también he de dedicar horas a mi formación cristiana, y eso me cuesta.

En concreto, un medio formidable para conocerte más y conocerme más a mí, es la Dirección espiritual.

¿Le dedico el tiempo y la atención que se merecen?

2º. «Si de veras amases a Dios con todo tu corazón, el amor al prójimo -que a veces te resulta tan difícil- seria una consecuencia necesaria del Gran Amor. -Y no te sentirías enemigo de nadie, ni harías acepción de personas» (Forja.- 869).

Jesús, el amor a los demás es una consecuencia necesaria del amor a Ti.

En el fondo, es el mismo amor: el amor de entrega a otro, que se diferencia del amor a mí mismo.

Sólo se puede amar de dos maneras: dando o recibiendo.

El que únicamente «ama» cuando recibe, se acaba amando sólo a sí mismo.

El que sabe darse, ama a los demás y -entre ellos- es capaz de amarte a Ti.

Por eso el amor a Dios y a los demás se refuerza mutuamente: si aprendo a amarte, también amaré más a los que me rodean; y si me preocupo de las necesidades de los demás, tendré más capacidad de entender y amarte a Ti, Jesús.

¿Qué hago por los que me rodean, en concreto por los más necesitados espiritual o materialmente?

Cuanto más te ame, más ocasiones encontraré para servir a los demás; y cuanto más aproveche las circunstancias que me rodean para servir, más fácilmente me enamoraré de Ti.

Jesús, hoy me recuerdas que no puedo «escoger» mandamientos sueltos.

«Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios su Creado. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus criaturas. El Decálogo unifica la vida teologal y la vida social del hombre» CEC-2069).

Jesús: que, como el escriba de hoy, me entere de que amarte con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

De este modo, también a mí me podrás contestar: «No estás lejos del Reino de Dios.»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Tercera Semana de Cuaresma. Sábado

«Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que poseo. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador: Os digo que éste bajó justificado a su casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.» (Lcucas18, 9-14)

1º. Finalidad de la parábola: Jesús, diriges esta parábola a «algunos que confiaban en sí mismos teniéndose por justos y despreciaban a los demás.»

A veces, en mi lucha interior y en mis preocupaciones diarias, confío demasiado en mi mismo: esto lo arreglaré así, la próxima vez seguro que venzo, etc....

No me doy cuenta de que necesito tu ayuda: Jesús, ayúdame a hacer bien esto, a ser más generoso, más constante, más limpio.

Y cuando me fío demasiado de mi, entonces no puedo.

Y vienen las excusas.

Aunque no me tengo por justo, a veces soy un genio a la hora de encontrar justificaciones: hoy estoy muy cansado; ahora no tengo tiempo; no siempre se puede vencer; los demás tampoco lo hacen.

Jesús, dame tu gracia para ser cada vez mejor y dejarme de excusas y justificaciones.

Jesús, si me doy cuenta de que no soy ninguna maravilla, con la cantidad de gracias que he recibido de Ti, ¿cómo voy a despreciar a los demás?

Si veo que un amigo mío hace algo mal o podría mejorar en algo, se lo debo decir, en confianza de amigo.

Pero con cariño, con comprensión, sabiendo que yo puedo hacer cualquier barbaridad si me dejas de tu mano.

«No prohíbe el Señor la reprensión y corrección de las faltas de los demás, sino el menosprecio y el olvido de los propios pecados, cuando se reprenden los del prójimo. Conviene, pues, en primer lugar examinar con sumo cuidado nuestros defectos, y entonces pasemos a reprender los de los demás» (San Juan Crisóstomo).

2º. «Reconoce humildemente tu flaqueza para poder decir con el Apóstol: «cum enim infirmor tunc potens sum» - porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (Camino.-604).

«Todo el que se ensalza será humillado, y todo el que se humilla será ensalzado.»

Jesús, ¿me doy cuenta de que el primer paso para mejorar en algo es reconocer que no lo hago del todo bien?

A veces me falta humildad para reconocer mis fallos y para pedir perdón.

¿Cómo voy entonces a mejorar? El peor de los errores que puedo tener, es llegar a pensar que no tengo errores.

«Pero el publicano (...) se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador. Os digo que éste bajó justificado.»

Jesús, que aprenda a pedirte perdón.

No sólo en el Sacramento de la Penitencia, sino más veces al día.

La mejor devoción, puede ser la de pedir muchas veces perdón.

Porque si me arrepiento mucho, intentaré mejorar también mucho.

Un buen momento para pedirte perdón es al acabar el examen de conciencia por la noche: perdóname, Jesús, por los propósitos que no he cumplido; por esas horas mal aprovechadas; por haberme olvidado de Ti durante el trabajo o el descanso.

Madre, tú eres Reina del Universo porque Dios ha «puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lucas 1,48).

Ayúdame, Madre, a ser más humilde: a reconocer mis fallos y a pedirte más ayuda a ti y a tu hijo Jesús.

De esta manera mejoraré más, «porque cuando soy débil, entonces soy fuerte»: cuando me reconozco débil y te pido ayuda, entonces soy capaz de vencer cualquier obstáculo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.