CUARTA SEMANA DE
CUARESMA-C
Domingo (14.III)
Lunes (15.III)
Martes (16.III)
Miércoles (17.III)
Jueves (18.III)
Viernes (19.III) San José
Sábado (20.III)
Tomado de Almudi.org
DOMINGO
CUARTO DE CUARESMA-C
«Dijo también: Un hombre
tenía dos hijos; el más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame la
parte de hacienda que me corresponde. Y les repartió los bienes. No
muchos días después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un
país lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después
de gastar todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a
pasar necesidad. Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región,
el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de
saciarse con las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba.
Recapacitando, se dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan
abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi
padre y le diré: padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy
digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y
levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre. Cuando aún
estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su
encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle
el hijo: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno
de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto,
sacad el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y
sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a
celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha
vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron a
celebrarlo.»
(Lucas 15, 1-3.11-32)
1º.
Jesús, hoy me explicas, a través de la parábola del hijo pródigo, tu
visión del pecado y de la conversión: la visión de Dios.
A veces, a la hora de la
tentación, sólo lucho entre dos efectos del pecado: lo apetecible del
mismo y las consecuencias de perder la gracia.
No me doy cuenta del
efecto más importante: la ofensa a Dios, cómo afecta a Dios mi pecado.
«El pecado es una ofensa a
Dios:
«Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí»
(Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y
aparta de Él nuestros corazones»
(CEC-1850).
Jesús, Tú mismo -que eres
Dios-, me dices cómo te afecta el pecado: como a un padre bueno que
quiere a su hijo, cuando éste le abandona.
Más que el dinero
desperdiciado, lo que duele en esta parábola es que el hijo se prefiera
egoístamente a sí mismo y abandone a su padre, que tanto ha hecho por
él.
Jesús, que ante la
tentación no piense sólo en mí: en lo que gano y en lo que pierdo.
Que piense, sobretodo, en
lo que te alegras Tú si venzo, o en lo que sufres si te abandono.
2º.
«Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los
brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el
caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que
tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos
alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser a
pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte,
verdaderamente hijos suyos» (Es Cristo que pasa.- 64).
Jesús, a la hora de pedir
perdón a veces tampoco me doy cuenta de cómo me estás esperando.
«Cuando aún estaba lejos,
lo vio su padre y se compadeció.»
Tú estás esperándome con
impaciencia..., y yo no tengo prisa en venir.
Pasan días de espera que
no pasarían si me diera cuenta de cómo me quieres y cuánto deseas mi
pronta conversión.
«Hace falta sólo que
abramos el corazón».
Tú has querido, Jesús, que
esa vuelta a la casa del Padre la podamos realizar a través del
Sacramento de la Confesión.
Que no la retrase
innecesariamente cuando veo que me hace falta; que no permanezca alejado
cuando Tú me quieres en casa, en gracia, y me esperas como un Padre a su
hijo.
María, aunque en la parábola no aparece la madre del hijo pródigo, me
imagino perfectamente su reacción ante la marcha del hijo y ante su
regreso a casa.
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Cuarta Semana de
Cuaresma. Lunes
«Entonces vino de nuevo a
Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un
funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, el cual, al oír
que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se acercó a él y le rogaba que
bajase y curara a su hijo, pues estaba muriéndose. Jesús le dijo: Si no
veis signos y prodigios, no creéis. Le respondió el funcionario real:
Señor baja antes de que se muera mi hijo. Jesús le contestó: Vete, tu
hijo vive. Aquel hombre creyó en la palabra que Jesús le dijo y se
marchó. Mientras bajaba, sus siervos le salieron a su encuentro diciendo
que su hijo vivía. Les preguntó la hora en que empezó a mejorar Le
respondieron: Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre. Entonces el
padre cayó en la cuenta de que aquélla era la hora en que Jesús le había
dicho: Tu hijo vive. Y creyó él y toda su casa.»
(Juan 4, 43-54)
1º.
Jesús, cuántas veces te quejas de la incredulidad de aquella gente:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis.»
Y, aun viendo los
milagros, no quieren reconocerte como quien eres: el Hijo de Dios.
Por eso les tienes que
decir: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las
hago, creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y
sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre». (Juan
10,37-38).
Jesús, es fácil creer
cuando se ve un milagro tan patente.
Con la curación del
muchacho, «creyó él y toda su cosa»
Pero no es esta fe la que
produjo el milagro.
No es la fe posterior a la
curación, sino la fe anterior en tu palabra: «Aquel hombre creyó en
la palabra que Jesús le dijo y se marchó.»
Entonces se produjo el
milagro.
Jesús, dame más fe.
Que crea realmente que Tú
eres Dios, y que tu Palabra es la Verdad, porque no puedes engañarte ni
engañarme.
Y que, fiado de tu
palabra, me decida a seguirte más de cerca; porque Tú sólo buscas lo
mejor para mi, lo que me va a hacer más feliz.
Pero he de creer «antes»,
y demostrarlo con hechos -oración, trabajo, servicio- para enamorarme de
Ti y afianzarme en la fe.
No vale decir: haré más
cuando lo sienta, o cuando vea los resultados.
Aquel hombre de Cafarnaún
caminó todo un día para pedirte el milagro.
No se quedó esperando
hasta que pasaras por su casa. Eso es fe.
2º.«Dios es el de siempre. -Hombres de fe hacen falta: y se renovarán
los prodigios que leemos en la Santa Escritura.
-»Ecce non est abbreviata
manus Domini» -¡El brazo de Dios, su poder no se ha empequeñecido!(Camino.-586).
Jesús, Tú eres el de
siempre.
Sólo necesitas que yo
corresponda con fe y con generosidad, y se renovarán los prodigios.
No se trata necesariamente
de esos milagros de los primeros tiempos, curaciones portentosas para
confirmar la fe de la Iglesia naciente.
Esos milagros «fueron
precisos al principio para confirmar con ellos la fe. Pero, una vez que
la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios»
(San Jerónimo).
Aunque se den algunas
curaciones milagrosas, son casos excepcionales, entre otras cosas porque
Tú nos has enseñado que la enfermedad no es un mal.
El único verdadero mal es
el pecado, y por eso, los milagros más necesarios son los espirituales:
las conversiones interiores.
Si a veces no veo más
milagros espirituales, si a veces no soy capaz de atraer a la vida
cristiana ni a los de mi propia casa, es porque me falta fe.
Hombres de fe hacen falta.
Hombres y mujeres como
Pablo, o como la Magdalena.
Y el mundo volverá a ser
cristiano, con una mayor madurez y con una extensión como nunca en la
historia.
«Aquel hombre creyó en la
palabra que Jesús le dijo.»
Jesús, que crea más en tu
palabra; que sea uno de esos hombres de fe que necesitas.
Ayúdame; aumenta mi fe, mi
esperanza, mi amor a Ti.
Refuerza mi fe en tu
presencia real en la Eucaristía; en tu acción a través de los
sacramentos, especialmente el de la Confesión; en tu Iglesia.
Incrementa mi esperanza en
la vida eterna, que he de luchar por alcanzar para mí y para los que me
rodean.
Enciéndeme de amor a Ti, para que crezca también mi amor a los demás.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Cuarta Semana de
Cuaresma. Martes
«Después de esto había una
fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto
a la puerta de las ovejas, una piscina, llamada en hebreo Betzata, que
tiene cinco pórticos. En éstos yacía una muchedumbre de enfermos,
ciegos, cojos y paralíticos. Había allí un hombre que padecía una
enfermedad desde hacía treinta y ocho años. Jesús, al verlo tendido y
sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dijo: ¿Quieres ser curado? El
enfermo le contestó: Señor; no tengo un hombre que me introduzca en la
piscina cuando se mueve el agua; mientras voy desciende otro antes que
yo. Le dijo Jesús: Levántate, toma tu camilla y anda. Al instante aquel
hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar Aquel día era sábado.
Entonces dijeron los judíos al que había sido curado: Es sábado y no te
es lícito llevar la camilla. El les respondió: El que me ha curado es el
que me dijo: Toma tu camilla y anda. Le interrogaron: ¿Quién es el
hombre que te dijo: Toma tu camilla y anda? El que había sido curado no
sabía quién era, pues Jesús se había apanado de la turba allí reunida.»
(Juan 5, 1-16)
1º.
Jesús, ves a este hombre que lleva tanto tiempo paralítico -¡treinta y
ocho años!- y te compadeces de él.
«¿Quieres ser curado?»,le preguntas.
Jesús, también a mí me
haces esta pregunta: ¿Quieres ser curado?
¿Quieres que te ayude a
vencer este o aquel defecto?
¿Quieres que te dé alas
para volar en la vida interior, es decir, gracia para que puedas amarme
más?
Parece mentira, pero a
veces no me interesa.
No me interesa enterarme
más; no me interesa comprometerme más; no me interesa que me ayudes
tanto, no sea que se me complique la vida más de lo que ya la tengo.
«Señor, no tengo un hombre
que me introduzca en la piscina».
Cuánta gente podría decir
lo mismo: Jesús, no tengo a nadie que me eche una mano, que me ayude en
mis necesidades materiales o espirituales: nadie que me oriente; nadie
que me dé un buen consejo; nadie que me apoye cuando lo estoy pasando
mal.
¿Puede quejarse así
alguien de los que están a mi alrededor?
Jesús, si quiero parecerme
a Ti, tengo que abrir bien los ojos, para que nadie de los que me rodean
pueda quedarse sin mi cariño, sin mi ayuda, sin mi palabra de cristiano.
2º.
«Hay una sola enfermedad mortal, un solo error funesto: conformarse
con la derrota, no saber luchar con espíritu de hijos de Dios. Si falta
ese esfuerzo personal, el alma se paraliza y yace sola, incapaz de dar
frutos...
-Con esa cobardía, obliga
la criatura al Señor a pronunciar las palabras que Él oyó del
paralítico, en la piscina probática:
«hominem non habeo!»- ¡no
tengo hombre!
-¡Qué vergüenza si Jesús
no encontrara en ti el hombre, la mujer; que espera!»
(Forja.- 168).
Jesús, Tú también me
necesitas para meterte en la vida de muchos.
Has querido que sean tus
apóstoles de cada tiempo los que siembren, con su ejemplo y con su
palabra, la doctrina del Evangelio.
Y para ello «necesitas» mi
santidad.
«La manera de enseñar algo
con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza
pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras»
(San Gregorio Magno).
No puedo quedarme parado,
paralítico, con una vida interior raquítica, incapaz de dar fruto.
No quiero que me digas:
«No tengo a nadie que me ayude».
Te tengo que ayudar.
Y para eso, no puedo
conformarme con la derrota, sino que he de saber luchar con espíritu de
hijo de Dios, con esfuerzo personal.
Jesús, ayúdame una vez y
siempre a levantarme de mis derrotas, a volver a luchar.
Tú me necesitas vibrante,
apostólico, lleno de fuerza espiritual.
Es muy cómodo quedarse ahí
tirado, sin querer moverse, ni levantarse, ni seguirte.
Pero hoy, te acercas de
nuevo aun y me vuelves a preguntar: «¿Quieres ser curado?»
Que te diga -con obras, con esfuerzo personal- siempre que sí, de modo
que me contestes, como al paralítico: «levántate, toma tu camilla y
anda.»
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Cuarta Semana de
Cuaresma. Miércoles
«En verdad, en verdad os digo
que el que oye mi palabra y cree en el que me envió tiene vida eterna, y no
viene a juicio sino que pasa de la muerte a la vida. En verdad, en verdad os
digo que llega la hora, y es ésta, en la que los muertos oirán la voz del
Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán, pues como el Padre tiene vida en
sí mismo, así ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. Y le dio poder de
juzgar; ya que es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto porque viene
la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los
que hicieron el bien saldrán para la resurrección de la vida; y los que
practicaron el mal, para la resurrección del juicio. Yo no puedo hacer nada
por mí mismo: según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo porque no busco mi
voluntad sino la voluntad del que me envió.»
(Juan 5, 17-30)
1º.
Jesús, no puedes ser más claro sobre el destino del hombre una vez acabado
su paso por la tierra: «los que hayan hecho el bien saldrán a una
resurrección de la vida; los que hayan hecho el mal a una resurrección de
juicio.»
No hay un destino común, una
amnistía general decretada por la misericordia infinita de Dios.
«Cada hombre, después de
morir; recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio
particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación,
bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para
condenarse inmediatamente para siempre». (CEC- 1022).
No hay amnistía, no porque te
falte misericordia, Jesús, sino porque mi destino es una consecuencia
necesaria de mi libertad, de mis actos libres, que habrán aprovechado más o
menos las gracias que me has ido enviando.
Por eso dices: «Yo no puedo
hacer nada por mí mismo: según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo porque
no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió.»
Jesús, cuando me juzgues, lo
que harás es ver cómo he cumplido la voluntad de Dios.
Ya no es tiempo de dar más
gracias, ni de perdonar.
Una vez muerto, ya no puedes
hacer nada más que juzgar.
Y tu juicio, a la vez que
misericordioso, será justo: «mí juicio es justo».
Jesús, que me dé cuenta de lo
que me estoy jugando en esta tierra.
Que sea consciente de que el
cielo y el infierno no son cuentos para asustar a los niños.
Que sienta la responsabilidad
de salvar a otras almas: a todas las almas.
Pero, primero, la mía; si no,
tampoco podré ayudar a los demás.
2º.
«Doctor en Derecho y en Filosofía, preparaba una oposición a cátedra, en
la Universidad de Madrid. Dos carreras brillantes, realizadas con
brillantez.
Recibí un aviso suyo: estaba
enfermo, y deseaba que fuera a verle. Llegué a la pensión donde se
hospedaba. -«Padre, me muero», fue su saludo. Le animé, con cariño. Quiso
hacer confesión general. Aquella noche falleció.
Un arquitecto y un médico me
ayudaron a amortajarle. -Y a la vista de aquel cuerpo joven, que rápidamente
comenzó a descomponerse..., coincidimos los tres en que las dos carreras
universitarias no valían nada, comparadas con la carrera definitiva que,
buen cristiano, acababa de combar».
(Surco.-877).
Jesús, este tiempo de Cuaresma
es un buen momento para considerar cómo estoy preparando esta carrera
definitiva, que es la realmente importante.
Hoy me avisas de que va a
haber examen, juicio, y que va a haber aprobados y suspensos.
Un primer propósito es
intentar estar siempre en condiciones de pasar el examen, es decir, estar en
gracia.
Pero, además, quiero
aprovechar cada momento para prepararme mejor: ofreciendo el trabajo,
aprovechando el tiempo, buscando hacer en todo tu voluntad.
Jesús, que no me engañe.
Esta vida es de paso, y pasa
rápido.
Que la aproveche bien.
Que mi primer objetivo sea cumplir tu voluntad; y que, con mi ejemplo y mi
palabra, ayude a muchos otros a hacer el bien, pues sólo «los que
hicieron el bien saldrán para lo resurrección de la vida.»
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Cuarta Semana de
Cuaresma. Jueves
«Yo no busco recibir gloria de
los hombres; pero os conozco y sé que no hay amor de Dios en vosotros. Yo he
venido en nombre de mi Padre y no me recibís; si otro viniera en nombre
propio a ése lo recibiríais. ¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria
unos de otros, y no buscáis la gloria que procede del único Dios? No penséis
que yo os acusaré ante el Padre; hay quien os acusa: Moisés, en quien
vosotros esperáis. En efecto, si creyeseis a Moisés, tal vez me creeríais a
mí, pues él escribió de mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿ cómo vais a
creer en mis palabras?»
(Juan 5, 311-47)
1º.
Jesús, está claro que no puedo amarte si primero no creo.
La fe es muy importante,
porque es el paso previo a la caridad, al amor.
Por eso, he de fomentarla y
cuidarla; no puedo jugar con la fe, ponerla en peligro.
«En otros tiempos se
incitaba a los cristianos a renegar de Cristo; en nuestra época se enseña a
los mismos a negar a Cristo. Entonces se impelía, ahora se enseña; entonces
se usaba de la violencia, ahora de insidias; entonces se oía rugir al
enemigo, ahora, presentándose con mansedumbre insinuante y rondando,
difícilmente se le advierte» (San Agustín).
La fe se robustece con el
estudio, con la formación.
No es coherente que vaya
creciendo mi cultura, mi ciencia, mi capacidad critica, y continúe con una
formación religiosa «de primera comunión»: con explicaciones de la fe que no
dan respuesta a las preguntas de una vida de adulto, ni pueden contrarrestar
los ataques a la fe solapados bajo un lenguaje pseudo-científico y
«progresista».
Por eso es importante asistir
a charlas de formación, pedir consejo para leer libros interesantes sobre la
doctrina y la vida cristiana, etc. ...
«Si no creéis en sus escritos,
¿cómo vais a creer en mis palabras?»
Jesús, lo mismo que dices
sobre Moisés, lo dices también sobre los apóstoles y los ministros de tu
Iglesia: «Quien a vosotros oye, a mí me oye; quien a vosotros desprecia,
a mí me desprecia» (Lucas 10,16).
Si no oigo las enseñanzas de
la Iglesia, si no las sigo, ¿cómo voy a creer?
Los judíos «creían» en
las escrituras; sin embargo, Tú les dices que no creen en los escritos de
Moisés porque creen a su modo, interpretan a su manera.
Igualmente, yo no puedo
interpretar la escritura a mi manera. «Quien a vosotros oye, a mime oye.»
2º.«Te aconsejo que no busques la alabanza propia, ni siquiera la que
merecerías: es mejor pasar oculto, y que lo más hermoso y noble de nuestra
actividad, de nuestra vida, quede escondido... ¡Qué grande es este hacerse
pequeños!: «Deo omnis gloria!» -toda la gloria, para Dios»(Forja 1051).
«¿Cómo podéis creer vosotros,
que recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que procede del
único Dios?»
Si me busco a mí mismo: quedar
bien, triunfar, y que los demás me admiren, ¿cómo voy a entenderte?
Tú mismo has dicho: «Yo te
alabo, Padre, Señor del Cielo y la tierra, porque ocultaste estas cosas a
los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños»
Por eso, «¡Qué grande es
este hacerse pequeños!»
Jesús, Tú eres Dios y naces en
un establo, vives pobre en una aldea perdida, mueres ajusticiado en una
cruz, y te escondes bajo las especies de los alimentos más vulgares de la
tierra: vino y pan.
¿Por qué actúas así?
¿Qué me estás queriendo
enseñar con esto?
Posiblemente quieres enseñarme
que es mejor pasar oculto, y que lo más hermoso y noble de nuestra
actividad, de nuestra vida, quede escondido.
No significa que deba hacer
las cosas mal, o que me tenga que dedicar a labores de segunda categoría.
Tú me quieres con prestigio
profesional y humano, y en los lugares en los que el ejemplo de mi vida
cristiana pueda llegar a más gente.
Pero sin buscar la alabanza
propia, ni siquiera la que me merecería.
Toda la gloria te la mereces
Tú, que eres quien me ha dado mi inteligencia, tantos medios materiales, la
formación religiosa, continuas gracias espirituales, una familia como la que
tengo, etc.
Ayúdame, Jesús, a buscar siempre y en todo tu voluntad y tu gloria.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Cuarta Semana de
Cuaresma. Viernes
«Entonces, algunos de
Jerusalén decían: ¿No es éste el que buscan para matarle? Pues mirad cómo
habla con toda libertad y nada le dicen. ¿Acaso habrán reconocido las
autoridades que éste es el Cristo? Sin embargo sabemos de dónde es éste,
mientras que cuando venga el Cristo nadie conocerá de dónde es. Jesús
enseñando en el Templo clamó: Me conocéis y sabéis de dónde soy; en cambio,
yo no he venido de mí mismo, pero el que me ha enviado, a quien vosotros no
conocéis, es veraz. Yo le conozco, porque de Él vengo y Él mismo me ha
enviado. Buscaban cómo detenerle, pero nadie le puso las manos encima porque
aún no había llegado su hora.»
(Juan 7, 1-2 10. 25-30)
1º.
Jesús, los jefes judíos te están buscando para matarte.
Es ya algo conocido en
Jerusalén, hasta el punto de que hay quienes se extrañan al verte predicar
con toda libertad.
Tu vida corre peligro pero no
te escondes, sino que continúas con tu misión de enseñar el Evangelio a
todas las gentes.
En cambio yo, Jesús, cuánta
cobardía tengo a veces.
Veo que debería decirle algo a
este amigo, o cortar una conversación impura, o defender a la Iglesia ante
esa crítica satírica.
Pero me quedo allí
arrinconado, escondido en mi silencio, y pierdo una oportunidad inmensa de
dar buena doctrina.
Juan Pablo 1, en su primer
mensaje como Papa, urgía a los cristianos a cambiar de actitud: «Queremos
recordar a toda la Iglesia que la evangelización sigue siendo su principal
deber... Animada por la fe, alimentada por la caridad y sostenida por el
alimento celestial de la Eucaristía, la Iglesia debe estudiar todos los
caminos, procurarse todos los medios, oportuna e inoportunamente (2 Timoteo
4, 2), para sembrar la palabra, proclamar el mensaje, anunciar la
salvación que infunde en el alma la inquietud de la búsqueda de la verdad y
la sostiene con la ayuda de lo alto en esta búsqueda. Si todos los hijos de
la Iglesia fueran misioneros incansables del Evangelio brotaría una nueva
floración de santidad y de renovación en este mundo sediento de amor y de
verdad»
«Sabemos de dónde es éste».
Jesús, cuántos creen conocerte
pero, en el fondo, no te conocen.
Dicen que te siguen, pero no
siguen a tu Iglesia; dicen que te entienden, pero no entienden tu Cruz;
dicen que te aman, pero no aman la Eucaristía.
Yo, a veces, también te sigo
poco, te entiendo poco, te amo poco.
Ayúdame a seguirte más de
cerca, a entenderte mejor, a amarte de verdad.
2º. «Urge difundir la luz de la doctrina de Cristo.
Atesora formación, llénate de
claridad de ideas, de plenitud del mensaje cristiano, para poder después
transmitirlo a los demás.
-No esperes unas iluminaciones
de Dios, que no tiene por qué darte, cuando dispones de medios humanos
concretos: el estudio, el trabajo»
(Forja.- 841).
Jesús, ante la situación de
confusión actual, donde hay quien se cree con el derecho de interpretar tu
doctrina a su antojo, urge difundir la luz de la doctrina de Cristo, tener
las ideas claras:
-entender por qué la señal del
cristiano es la Cruz;
-por qué la Eucaristía es el
sacramento de nuestra fe;
-por qué el mandamiento nuevo
sigue siendo tan nuevo;
-qué es pecado y por qué;
-cuáles son los mandamientos
de la Iglesia,
-y qué dice el Magisterio
sobre los temas de actualidad.
Jesús, quiero enterarme bien:
primero por mí, para tener esa plenitud del mensaje cristiano; y
luego, para poder transmitirlo a los demás.
Y cuando no entienda algo, que
no me quede con la duda: que lo pregunte en la dirección espiritual o que
pregunte una referencia o un libro donde se explique.
Porque Tú necesitas apóstoles
con claridad de ideas, que sepan explicar de modo actual las ideas de
siempre.
Jesús, que te conozca de
verdad; que ponga los medios humanos concretos que necesite:
-el estudio de tu doctrina;
-la asistencia a cursos de
formación espiritual;
-la lectura de libros sobre
temas morales, doctrinales o espirituales.
Así podré ser, entre los que
me rodean, un mensajero del Evangelio.
Y podré decir de Ti lo que Tú dijiste de tu Padre: «Yo le conozco, porque
de Él vengo y Él mismo me ha enviado».
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Solemnidad de San José
«La generación de
Jesucristo fue así: Estando desposada su madre Maria con José, antes de
que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del
Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería exponerla a
infamia, pensó repudiarla en secreto. Estando él considerando estas
cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le
dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo
que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un
hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de
sus pecados. Al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había
mandado, y recibió a su esposa». (Mateo 1, 18-21.24)
1º. María está encinta y José no se lo explica.
¿Cómo es posible entenderlo humanamente?
¿Por qué no le da su esposa una explicación?
¿No le había dicho a José que quería
permanecer virgen por amor a Dios?
María, la muchacha más hermosa, la más leal,
la más sincera... ¿qué ha ocurrido?
¡Cómo debiste sufrir, José, durante estos días
de desconcierto!
Y lo peor es que ibas a tener que abandonar a
la persona que más amabas en esta tierra.
Esta fue la cruz de José, la prueba que Dios
le puso antes de encomendarle la gran misión: ser el esposo de María, la
Madre de Dios; ser el jefe de la Sagrada Familia.
Jesús, también yo sufro dificultades, reveses,
tentaciones.
Son pequeñas pruebas, pequeñas cruces
comparadas con la que tuvo que sufrir San José.
Pero son grandes oportunidades para mostrar el
amor que te tengo, y para que Tú me puedas también confiar cosas más
grandes.
José, no buscaste la solución más fácil, sino
la más justa, aunque te costaba terriblemente ponerla en práctica.
Ayúdame a tener siempre esa fortaleza.
Que sepa sufrir, que aguante la dificultad,
que tenga el aplomo necesario para que Dios se pueda apoyar en mí y me
pueda confiar lo que quiera.
2º. «José
era efectivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para
obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y
cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la
Escritura Santa alabo a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje
hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios,
cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y
caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios
y demuestra ese amor cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su
vida al servicio de sus hermanos, los demás hombres»
(Es Cristo que pasa.-40).
Jesús, hoy quieres que aprenda de tu padre en
la tierra, de José.
Quieres que aprenda de su vida corriente en
apariencia, pero llena de sentido por la misión que tenía de cuidarte.
Quieres que yo también sea, en medio de mi
vida de trabajo, piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de
la voluntad divina.
Por eso quieres que me encomiende a él, como
hizo santa Teresa: «Tomé por abogado y señor al glorioso San
José, y encomendéme mucho a él. (...). No me acuerdo hasta ahora haberle
suplicado cosa que la haya dejado de hacer» (Santa Teresa).
José, eres mi padre y señor, eres mi maestro.
Tú has sabido como nadie trabajar en presencia
de Dios, con justicia, con profesionalidad; tú has aprendido a amar a
Dios cumpliendo sus mandamientos y orientando toda tu vida en
servicio de tus hermanos, los demás hombres.
Tú has obedecido siempre la voluntad de Dios:«José hizo como el ángel del Señor le había mandado.»
Ayúdame
a comportarme así en mis circunstancias concretas, cada día.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Cuarta Semana de
Cuaresma. Sábado
«De entre la multitud que
escuchaba estas palabras, unos decían: Este es verdaderamente el Profeta.
Otros: Este es el Cristo. En cambio, otros replicaban: ¿Acaso el Cristo
viene de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la
descendencia de David y de la ciudad de Belén de donde era David? Se
produjo, pues, una disensión entre la multitud por su causa. Algunos de
ellos querían prenderle, pero nadie puso las manos sobre él. Volvieron los
alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos, y éstos les
dijeron: ¿Por qué no lo habéis traído? Respondieron los alguaciles: Jamás
habló así hombre alguno. Les replicaron entonces los fariseos: ¿También
vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso alguien de las autoridades o de los
fariseos ha creído en él? Pero esta gente, que desconoce la Ley, son unos
malditos.» (Juan 7,
40-53)
1º.
Jesús, vuelve a cumplirse hoy aquella exclamación tuya: «Yo te alabo,
Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los
sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños» (Mateo
11,25).
Los príncipes de los
sacerdotes y los fariseos no te creen ni con la ayuda de la Escritura ni la
de los milagros.
Es más, deciden matarte
precisamente por tus prodigios: «¿Qué hacemos, puesto que este hombre
realiza muchos milagros? Si le dejamos así, todos creerán en él» (Juan
11,47-48).
En cambio, aquellos
alguaciles, sin conocer la Escritura ni ver ningún milagro, fueron a prender
a un malhechor y se quedaron prendidos de tu doctrina: «Jamás habló así
hombre alguno.»
Tenían un corazón sencillo,
abierto, sin prejuicios, y por eso pudieron entenderte.
Jesús, la soberbia es el mayor
pecado porque impide entenderte; y la humildad es una virtud básica, porque
permite ponerme en mi lugar frente a Ti, confiar en Ti.
«Nada tengas por más
excelente, nada por más amable que la humildad. Ella es la que
principalmente conserva las virtudes, una especie de guardiana de todas
ellas. Nada hay que nos haga más gratos a los hombres y a Dios como ser
grandes por el merecimiento de nuestra vida y hacemos pequeños por la
humildad» (San
Jerónimo).
¿Cómo puedo, Señor, ser más
humilde?
Por un lado, luchando contra
lo que son manifestaciones de soberbia: pensar que mi opinión es siempre la
mejor; no escuchar; creer que mis cualidades son sólo fruto de mi empeño;
buscar excusas a todos mis fallos; buscar el puesto o trabajo más brillante
aunque no sea el más eficaz; preocuparse por lo que los demás piensen de mí,
etc. ...
Por otro lado, a través de
actos que me hagan más humilde; en concreto, la sinceridad y el servicio a
los demás.
2º. «Mirad a María. Jamás criatura alguna se ha entregado con más humildad a
los designios de Dios. La humildad de la «ancilla Domini», de la esclava del
Señor; es el motivo de que la invoquemos como «causa nostrae laetitiae»,
causa de nuestra alegría. Eva, después de pecar queriendo en su locura
igualarse a Dios, se escondía del Señor y se avergonzaba: estaba triste.
María, al confesarse esclava del Señor; es hecha Madre del Verbo divino, y
se llena de gozo. Que este júbilo suyo, de Madre buena, se nos pegue a todos
nosotros: que «salgamos» en esto a Ella -a Santa María-, y así nos
pareceremos más a Cristo». (Amigos de Dios.-109).
Madre, que me parezca a ti en
tu espíritu de servicio y en tu humildad.
Ambas virtudes se refuerzan
mutuamente.
Si soy humilde no esperaré a
que me sirvan los demás sino que me adelantaré a servir.
Y viceversa, si tengo un
espíritu servicial, si me preocupo de los demás, entonces seré cada vez más
humilde.
Tanto la sinceridad como el
servicio a los demás, y su resultado, que es la humildad, producen
necesariamente la alegría.
Una alegría profunda, estable, que no depende del éxito momentáneo, o de lo
que digan o piensen los demás, sino de saber que Tú, Jesús, estás contento
conmigo porque me parezco más a Ti que eres «humilde de corazón».
(Mateo 11,29).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.