QUINTA SEMANA DE
CUARESMA-C
Domingo (21.III)
Lunes (22.III)
Martes (23.III)
Miércoles (24.III)
Jueves (25.III) La Anunciación
Viernes (26.III)
Sábado (27.III)
Tomado de Almudi.org
DOMINGO
QUINTO DE CUARESMA-C
«En aquel tiempo,
Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo
en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio,
y, colocándola en medio, le dijeron: -“Maestro, esta mujer ha sido
sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear
a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo
y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el
suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: -“El que
esté sin pecado, que le tire la primera piedra.” E inclinándose otra
vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a
uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en
medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:
-“Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella
contestó: -“Ninguno, Señor.” Jesús dijo: -“Tampoco yo te condeno. Anda,
y en adelante no peques más.”» (Juan 8,1-11).
1º. Jesús, me cuesta perdonar, a
pesar de que yo necesito que me perdonen.
A veces no perdono, como
los maestros de la Ley y los fariseos del Evangelio de hoy.
Y cuando perdono, no
siempre lo hago bien: No olvido, mantengo resentimientos, retraigo las
faltas cuando me conviene.
Me cuesta pedir perdón,
porque: Soy orgulloso, y me parece que me humilla.
Por el contrario, Dios
no necesita perdón, y, en cambio, me perdona: Me perdona todo: por
grandes que sean mis pecados. Me perdona del todo: borra la falta, la
olvida, no la retrae nunca más. Perdona inmediatamente y sin humillar.
Goza perdonando: “Hay más alegría en el cielo...” (la oveja
perdida).
2º. Cada día, en
todos los rincones del mundo, Jesús, a través de tus ministros los
Sacerdotes, sigues diciendo: "Yo te absuelvo de tus pecados..." vete
y no peques más. Eres tú mismo, Cristo, quien perdonas.
«La fórmula
sacramental "Yo te absuelvo...", y la imposición de la mano, y la señal
de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento
el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la
misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al
penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado
y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y
Resurrección de Jesús es comunicada al penitente. Dios es siempre el
principal ofendido por el pecado, y sólo Dios puede perdonar; en aquel
momento todo pecado es perdonado y borrado por la misericordiosa
intervención del Salvador"." (Juan Pablo II.- "Reconciliación
y penitencia").
Las palabras que
pronuncia el Sacerdote no son sólo una oración de súplica para pedir a
Dios que perdone mis pecados, sino que en ese mismo instante, causan y
comunican verdaderamente el perdón.
Pocas palabras han
producido más alegría en el mundo que éstas de la absolución: "Yo te
absuelvo de tus pecados...".
¿Con qué alegría las
recibimos nosotros cuando nos acercamos al sacramento del perdón? ¿Con
qué agradecimiento? ¿Cuántas veces hemos dado gracias a Dios por tener
tan a mano este Sacramento?
En nuestra oración de
hoy podemos mostrar nuestra gratitud al Señor por este don tan grande.
3º. Por la
absolución, me uno a Ti, Jesús, que quieres cargar con mis pecados.
En el momento de la
absolución me pides intensificar el dolor de mis pecados, diciendo quizá
alguna de las oraciones previstas en el ritual, como las palabra de San
Pedro: Señor, Tú sabes todo, Tú sabes que te amo".
"He aquí que (el
Padre) viene a tu encuentro; se inclina sobre tu hombro, te dará un
beso, prenda de amor y ternura; hará que te entreguen un vestido,
calzado... Tú temes todavía una represión...; tienes miedo de una
palabra airada, y prepara para ti un banquete". (San Ambrosio)
El Amén se
convierte entonces en un deseo grande de recomenzar de nuevo, aunque
sólo me haya confesado de faltas veniales.
4º. Después de
cada confesión, Jesús, ayúdame a dar gracias a Dios por la misericordia
que has tenido conmigo, aunque sea brevemente, para concretar cómo poner
en práctica los consejos o indicaciones recibidas o cómo hacer más
eficaz mi propósito de enmienda y mejora.
También una
manifestación de mi gratitud es procurar que mis amigos acudan a esa
fuente de gracias, acercarlos a Tí, como hizo la samaritana:
transformada por la gracia, corrió a anunciarlo a sus paisanos para que
también ellos se beneficiaran de la singular oportunidad que suponía el
paso de Jesús por su ciudad.
Difícilmente encontraré
una obra de caridad mejor que la de anunciar a aquellos que están
cubiertos de barro y sin fuerzas, la fuente de salvación que he
encontrado, y donde soy purificado y reconciliado con Dios.
¿Pongo los
medios para hacer un apostolado eficaz de la Confesión sacramental?
¿Acerco a mis amigos a ese Tribunal de la misericordia divina? ¿Fomento
el deseo de purificarme acudiendo con frecuencia al Sacramento de la
Penitencia? ¿Retraso ese encuentro con la Misericordia de Dios?
Esta
meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Quinta Semana de
Cuaresma. Lunes
«De nuevo les dijo Jesús:
Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino
que tendrá la luz de la vida. Le dijeron entonces los fariseos: Tú das
testimonio de ti mismo; tu testimonio no es válido. Jesús les respondió:
Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es válido porque sé
de dónde vengo y adónde voy; pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni
adónde voy Vosotros juzgáis según la carne, yo no juzgo a nadie; y si yo
juzgo, mi juicio es verdadero porque no estoy solo, sino yo y el Padre
que me ha enviado. En vuestra Ley está escrito que el testimonio de dos
personas es válido. Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre,
que me ha enviado, también da testimonio de mí Entonces le decían:
¿Dónde está tu Padre? Jesús respondió: Ni me conocéis a mí ni a mi
Padre; si me conocierais a mí conoceríais también a mi Padre.»(Juan 8, 12-19)
1º.
Jesús, queda una semana para la Semana Santa, los días en los que
rememoramos tu Pasión y tu Cruz.
Y la Iglesia quiere
recordarme hoy que Tú eres la luz; que, aunque dentro de unos días
parezca que has fracasado y todo el mundo te abandone, sólo Tú puedes
iluminar mi camino con una luz que es vida.
«Yo soy la luz del mundo.»
«La palabra de Dios es luz
para el entendimiento, fuego para la voluntad, para que el hombre pueda
conocer y amar a Dios; y para el hombre interior; el que vive por la
gracia del Espíritu Santo, es pan y agua, pero un pan más dulce que la
miel y el panal, un agua mejor que el vino y la leche; es para el alma
un tesoro espiritual de méritos, y por esto es comparada al oro y a la
piedra preciosa»
(San Lorenzo de Brindisi).
Jesús, Tú eres la luz de
mi inteligencia.
Si te sigo, entenderé
muchas cosas que están ocultas a los que prefieren vivir en tinieblas:
el sentido del dolor, de la muerte y de la vida; el valor de la
renuncia, de la entrega y del amor verdadero; el por qué es mejor
perdonar, pensar en los demás, o servir sin esperar nada a cambio.
Esto no lo entienden los
que no te siguen, los que no tienen la Cruz por señal, ni el nombre de
cristianos.
Jesús, Tú eres el fuego
que impulsa mi voluntad.
Tú me das tu gracia para
que acepte tus enseñanzas y para que pueda ponerlas por obra.
En esa época, la luz se
identificaba con el fuego: se necesitaba fuego para hacer luz.
Y Tú has dicho: «fuego
he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que arda?».
(Lucas 12,49).
Me has pasado el fuego a
mí, y ahora soy yo el que he de arder para dar luz y calor a los demás.
2º.
«Algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el
esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe» (Camino.-575).
Jesús, a veces me
encuentro gente que no me entiende.
Como a los judíos del
Evangelio de hoy, también se les podría decir:
«Vosotros juzgáis según La
carne.»
Y claro, así «no se
explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe.»
Además, todo el mundo
opina de religión, pero luego resulta -como es lógico, porque uno dedica
el tiempo a lo que cree que es más interesante- que no saben nada sobre
la doctrina de la Iglesia.
¿Cómo opináis sobre mí
-les podrías preguntar- si «no sabéis de dónde vengo ni adónde voy?»
Jesús, no puedo pretender
que salgan de su túnel a base de razonamientos científicos, que -por
definición- captan sólo lo que es material y, por tanto, lo que está
dentro del túnel.
No quieres que les
demuestre tu existencia, sino que les muestre tu luz: que yo sea luz
para los demás.
Y seré luz con el ejemplo
de mi vida: si me preocupo por los demás; si actúo con honradez; si
tengo prestigio profesional; si no busco el provecho personal; si sé
querer de verdad; si tengo una alegría contagiosa.
«Si me conocierais a mí
conoceríais también a mi Padre.»
Jesús, ayúdame a conocerte
mejor cada día.
Y para conocerte, he de
mantener estos minutos de oración.
Dame luces, dame tu luz,
para entender lo que no entiendo, para querer más lo que ya quiero pero,
a veces, sólo con la boca pequeña, porque cuesta.
Dame el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Quinta Semana de
Cuaresma. Martes
«Jesús les dijo de nuevo:
Yo me voy y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado; a donde yo voy
vosotros no podéis venir Los judíos decían: ¿Es que se va a matar y por
eso dice: A donde yo voy vosotros no podéis venir? Y les decía: Vosotros
sois de abajo; yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo; yo no soy
de este mundo. Os he dicho que moriréis en vuestros pecados, porque si
no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados. Entonces le decían:
¿Tú quién eres? Jesús les respondió: Ante todo, lo que os estoy
diciendo. Tengo muchas cosas que hablar y juzgar de vosotros, pero el
que me ha enviado es veraz, y yo, lo que he oído, eso hablo al mundo.
Ellos no entendieron que les hablaba del Padre. Díjoles, pues, Jesús:
Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo
soy, y que nada hago por mi mismo, sino que como el Padre me enseñó así
hablo. Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo porque
yo hago siempre lo que le agrada. Al decir estas cosas, muchos creyeron
en él» (Juan 8,
21-30)
1º.«Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados».
Jesús, para seguir tu
camino, necesito creer que realmente eres Dios.
Tu camino es esforzado,
cuesta arriba; pero sé que, cuando lo sigo, encuentro la felicidad que
busco, porque vivir cristianamente es la mejor forma de vivir: la manera
recomendada por el «fabricante», por Ti, que eres mi Dios y mi Creador
«¿Tú quién eres? Cuando
hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy.»
Levantado o colgado
significaba crucificado.
Jesús, les estás diciendo
que sólo en la Cruz pueden entender quién eres.
Y es que tu vida no se
entiende sin tu misión redentora que culmina en la Cruz: has venido para«dar tu vida en redención por muchos» (Mateo 20,28).
«Entonces conoceréis que
yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que como el Padre me enseñó
así hablo».
Jesús, tu obediencia a la
voluntad del Padre -obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz-, es una
prueba de que Tú eres su enviado.
No estás buscando tu
lucimiento personal, ni una recompensa terrena. «Yo no soy de este
mundo. He bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de
Aquél que me ha enviado» (Juan 6,38).
2º.
«La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el
gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. -Entonces se ve que el yugo de
Cristo es suave y que su carga no es pesada» (Camino.-758).
Jesús, seguirte a Ti no es
un camino fácil: no coincide siempre con lo que me apetece hacer, ni
siquiera con lo que humanamente parece que sea lo mejor A veces cuesta
aceptar rendidamente tu voluntad.
A Ti te costó sangre
decir: «no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lucas 22,42)
Pero también es cierto -lo
sé por experiencia- que la aceptación rendida de la Voluntad de Dios
trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz.
Aún más, la capacidad de
sacrificio es la medida de la capacidad del amor y de la felicidad.
«Quien le amare mucho
verá que puede padecer mucho por Él; el que le amare poco, poco. Tengo
yo para mí que la medida de poder llevar gran cruz o pequeña es la del
amor» (Santa Teresa).
«El que me ha enviado está
conmigo; no me ha dejado solo porque yo hago siempre lo que le agrada.»
Esta es la razón profunda
de la alegría cristiana: Dios no me deja solo, porque yo estoy buscando
hacer su voluntad, porque me intento comportar en todo momento como un
hijo fiel.
Dios es mi Padre, y está siempre pendiente de mí.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona.
Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Quinta Semana de
Cuaresma. Miércoles
«Decía Jesús a los judíos que
habían creído en él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad
discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Le
respondieron: Somos linaje de Abrahán y jamás hemos sido esclavos de nadie.
¿Cómo dices tú: Os haréis libres? Jesús les respondió: En verdad, en verdad
os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado. El esclavo no
queda en casa para siempre; mientras que el hijo queda para siempre; pues,
si el Hijo os librase, seréis verdaderamente libres.»
(Juan 8, 31-36)
1º.
Jesús, mientras los judíos están pensando en libertad política respecto a
los romanos, Tú estás yendo más a fondo: libertad interior; libertad de
hijos de Dios que no están atrapados por la esclavitud del pecado. «Todo
el que comete pecado, esclavo es del pecado.»
El pecado efectivamente
esclaviza.
Esclaviza porque obliga a
actuar en la dirección que marcan mis pasiones y mis debilidades, no mi
razón iluminada por la fe.
Para conseguir esa libertad,
es necesario conocer la verdad, esa verdad que eres Tú mismo: Yo soy la
Verdad». (Juan 14,6).
Y para conocer la verdad, para
conocerte a Ti, es necesario permanecer en tu palabra, es decir: ser fiel,
perseverar en el camino cristiano, no abandonarte cuando empiezan las
dificultades.
Cristo mismo vincula de modo
particular la liberación con el conocimiento de la verdad:
«Conoceréis la verdad, y la
verdad os hará libres.»
Esta frase atestigua sobre todo el significado íntimo de la libertad por la
que Cristo nos libera. Liberación significa transformación interior del
hombre, que es consecuencia del conocimiento de la verdad. La transformación
es, pues, un proceso espiritual en el que el hombre madura «en justicia y
santidad verdaderas» en los diversos ámbitos de la vida social»
(Juan Pablo II).
Jesús, tu verdad no es
una verdad abstracta, no es un concepto.
Eres Tú mismo: Tú eres la
palabra de Dios.
No es una verdad para ser
aprendida a través del estudio, que se pueda explicar en una pizarra.
«Si permanecéis en mi palabra,
conoceréis la verdad».
Es necesario vivir según tu
palabra, hacer la prueba, experimentar de verdad tu amor, darse a los demás,
buscar ante todo tu voluntad.
Y entonces sí.
Entonces, se acaba
conociéndote a fondo, y tu conocimiento me libra de la esclavitud del
pecado.
2º.
«La verdad os hará libres. Qué verdad es ésta, que inicia y con- suma en
toda nuestra vida el camino de la libertad. Os la resumiré, con la alegría y
con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas:
saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la
predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo
pido a mi Señor que nos decidamos a damos cuenta de eso, a saborearlo día a
día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe
hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del
dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas
las cosas» (Amigos de Dios.- 26).
Jesús, Tú eres la Verdad, y tu
verdad es ésta: eres el Hijo de Dios.
Y ésta es también mi verdad:
soy hijo de Dios.
«El que no se sabe hijo de
Dios, desconoce su verdad más íntima.»
Si no me doy cuenta de que Tú
eres mi Padre, no me estoy enterando de lo realmente importante en mi
vida: quién soy, qué se espera de mí, para qué estoy en la tierra, y cómo
puedo ser de verdad feliz.
«El esclavo no queda en casa
para siempre; mientras que el hijo queda para siempre».
Jesús, yo soy hijo de Dios, y por eso estoy llamado a permanecer en su casa
para Siempre: estoy llamado a vivir con Dios eternamente en el cielo.Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Quinta Semana de
Cuaresma. Jueves
«En verdad, en verdad os digo:
Si alguno guarda mi palabra jamás verá la muerte. Los judíos le dijeron:
Ahora conocemos que estás endemoniado. Abrahán murió y también los profetas,
y tú dices: Si alguno guarda mi palabra, jamás gustará la muerte. ¿Acaso
eres tú mayor que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas
murieron. ¿Por quién te tienes tú? Jesús respondió: Si yo me glorifico a mi
mismo, mi gloria nada vale. Mi Padre es el que me glorifica, el que decís
que es vuestro Dios, y no lo conocéis; yo, sin embargo, lo conozco. Y si
dijera que no lo conozco sería mentiroso como vosotros, pero lo conozco y
guardo su palabra. Abrahán vuestro padre se regocijó por ver mi día; lo vio
y se alegró. Los judíos le dijeron: ¿Aún no tienes cincuenta años y has
visto a Abrahán? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: antes de que
Abrahán naciese, yo soy Entonces tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús
se escondió y salió del Templo.»
(Juan 8, 51-59)
1º.:
Jesús, a veces pienso que si te viera en persona, si hubiera vivido en
aquellos tiempos, yo sí hubiera creído que Tú eres Dios, no como estos
judíos que te tienen tan cerca y a lo máximo que llegan es a decir:
«Ahora conocemos que estás endemoniado.»
Sin embargo, debo admitir que
yo también me resistiría a creer que alguna de las personas que me rodean y
que conozco bien, fuese Dios.
Es tan difícil creer esto, que
ni los mismos apóstoles se acaban de enterar hasta después de la
Resurrección, incluso con los milagros que habían visto.
Es mucho más fácil creer en la
Eucaristía, a pesar de que allí se esconde no sólo tu divinidad, sino
también tu humanidad.
Jesús, creo firmemente que
estás en la Eucaristía y que, desde esa cárcel de amor, me ves y me oyes, y
me llamas, y me animas, y me quieres.
¿Qué más pruebas necesito de
tu amor?
La Eucaristía sólo se entiende
por el amor que me tienes.
«¿Por quién te tienes tú?»
Cuántas veces se lo has
repetido ya, Jesús.
No quieren saberlo.
No están buscando la verdad.
Sólo quieren tener una excusa
para matarte; quieren cogerte en alguna palabra para poder luego acusarte.
A veces también me encuentro
con esta gente: no quieren saber, sólo están buscando la manera de retorcer
mis palabras para usarlas contra mí.
Que aprenda a tener esa
paciencia, esa mansedumbre que Tú has tenido y tienes siempre con los que no
te comprenden.
2º.
«Da «toda» la gloria a Dios. -«Exprime» con tu voluntad, ayudado por la
gracia, cada una de tus acciones, para que en ellas no quede nada que huela
a humana soberbia, a complacencia de tu «yo»» (Camino.-784).
«Si yo me glorifico a mí
mismo, mí gloria nada vale»
Cuántas veces, Jesús, estoy
buscando el éxito personal, el lucimiento propio, quedar lo mejor posible
ante los demás.
Y, en realidad, buscar la
gloria en la tierra es uno de los grandes engaños que me puedo hacer en mi
vida.
Entre otras cosas, porque esta
vida pasa, y pasa muy rápido.
«Abrahán murió y también los
profetas».
¿Qué importa lo que piensen
unos y otros, cuando lo que perdura es lo que pienses Tú?
«Si alguno guarda mi palabra
jamás verá la muerte.»
Lo que vale la pena es guardar
tu palabra, es darte gloria a Ti: hacerlo todo para Ti y para tu gloria.
Para ello es una buena
práctica el rectificar la intención cuando veo que estoy haciendo algo que
huela a humana soberbia, a complacencia de mi «yo», y decir: Jesús,
te ofrezco este estudio, este esfuerzo, este trabajo, etc. Quiero hacerlo
por Ti, para Ti.
«Tampoco aquí se dice que sea
ilícito el ser vistos de los hombres, sino el obrar para ser vistos de
ellos. Es superfluo repetir siempre lo mismo, ya que la regla que debe
observarse es una sola: temer y rehuir; no que los hombres conozcan nuestras
buenas obras, sino el hacerlas con la intención de que nuestro galardón sea
el aplauso humano»
(San Agustín).
«Mi padre es el que me
glorifica.»
Si yo sólo busco tu gloria, tu voluntad, entonces Tú me glorificarás: me
darás la felicidad en la tierra y, después, eternamente en el cielo.Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
La
Anunciación
«En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel
departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen
desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre
de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo:
Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al
oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el
ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de
Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por
nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor
Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la
casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin. María dijo al ángel: ¿De que
modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo:
El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios
(...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí
según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia».
(Lucas 1, 26-38)
1º.
Madre, el Evangelio de hoy narra el momento de la anunciación: el día en
el que conociste con claridad tu vocación, la misión que Dios te pedía y
para la que te había estado preparando desde que naciste.
«No temas, María, porque has hallado gracia
delante de Dios.»
No tengas miedo, madre mía, pues aunque la
misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que has
recibido de parte de Dios.
«¿De que modo se hará esto, pues no conozco
varón?»
Madre, te habías consagrado a Dios por entero,
y José estaba de acuerdo con esa donación de tu virginidad.
¿Cómo ahora te pide Dios ser madre?
No preguntas con desconfianza, como exigiendo
más pruebas antes de aceptar la petición divina.
Preguntas para saber cómo quiere Dios que
lleves a término ese nuevo plan que te propone.
«El Espíritu Santo descenderá sobre ti.»
Dios te quiere, a la vez, Madre y Virgen.
«Virgen antes del parto, en el parto y por
siempre después del parto» (Pablo
IV).
«He aquí la esclava del Señor, hágase en mi
según tu palabra.»
Madre, una vez claro el camino, la respuesta
es definitiva, la entrega es total: aquí estoy, para lo que haga falta.
¡Qué ejemplo para mi vida, para mi entrega
personal a los planes de Dios!
Madre, ayúdame a ser generoso con Dios.
Que, una vez tenga claro el camino, no busque
arreglos intermedios, soluciones fáciles.
Sé que si te imito, Madre, seré enteramente
feliz.
2º. «Nuestra
Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida,
el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia
ordinaria. (...) Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la
obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de
señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias,
que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que
Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego,
se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la
esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla?
Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la
obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve
íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios»
(Es Cristo que pasa.-173).
Madre, hoy se ve a mucha gente que no quiere
que le dicten lo que debe hacer, que no quiere ser esclavo de nada ni de
nadie.
Paradójicamente, se mueven fuertemente
controlados por las distintas modas, y no pueden escapar a la esclavitud
de sus propias flaquezas.
Tú me enseñas hoy que el verdadero señorío, la verdadera libertad, se
obtiene precisamente con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con
el servicio desinteresado a los demás.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Quinta Semana de
Cuaresma. Viernes
«¿A quien el Padre santificó y
envió al mundo, decís vosotros que blasfema porque dije que soy Hijo de
Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago,
creed en las obras, aunque no me creáis a mí, para que conozcáis y sepáis
que el Padre está en mí y yo en el Padre. Intentaban entonces prenderlo otra
vez, pero se escapó de sus manos. Y se fue de nuevo al otro lado del Jordán,
donde Juan bautizaba al principio, y allí se quedó. Y muchos acudieron a él
y decían: Juan no hizo ningún milagro, pero todo lo que dijo Juan acerca de
él era verdad. Y muchos allí creyeron en él.»
(Juan 10, 36-42)
1º.Jesús, a pocos días
de tu muerte ya hay una confrontación clara entre Ti, que dices que eres el
Mesías «Hijo de Dios,» y los jefes de los judíos, que han
decidido matarte.
Te defiendes: «Creed en las
obras, aunque no me creáis a mí.»
Pero no aceptan ninguna
prueba, y tienes que escapar hasta que llegue la Pascua de los judíos y sea
la hora de nuestra salvación.
¿Cómo debías sentirte ante
estos acontecimientos?
Por un lado, la angustia del
dolor que se avecinaba; por otro, la necesidad de cumplir la misión para la
que habías venido al mundo.
«Ahora mi alma está turbada; y
¿qué diré?: ¿Padre, líbrame de esta hora?, si para eso vine a esta hora»(Juan 12, 27).
Jesús, estoy acostumbrado a
verte sufrir en la cruz y no me doy cuenta de lo que sufriste también en los
días anteriores.
Pero lo que más te debía doler
era la incomprensión de aquellos hombres: les habías demostrado con obras
que eras el Hijo de Dios, y te iban a pagar con la cruz.
«¡Jerusalén, Jerusalén!, que
matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados. Cuántas veces he
querido reunir a tus hijos, como la gallina cobija a sus polluelos bajo las
alas, y no quisiste»
(Mateo 23,37).
Jesús, quiero acompañarte
estos días teniendo tus mismos sentimientos.
«Aquellos del Apóstol: “tened
en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el
suyo”, exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto al
hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se
ofrecía en sacrificio. (...) Exige, además, que de alguna manera adopten la
condición de víctima, abnegándose a si mismos según los preceptos del
Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia,
detestando y confesando cada uno sus propios pecados »
(Pío XII).
2º.«Si unimos nuestras pequeñeces -las insignificantes y las grandes
contradicciones- a los grandes sufrimientos del Señor Víctima -¡la única
Víctima es El!-, aumentará su valor se harán un tesoro y, entonces,
tomaremos a gusto, con garbo, la Cruz de Cristo. -Y no habrá así pena que no
se venza con rapidez; y no habrá nada ni nadie que nos quite la paz y la
alegría» (Forja.-785).
Jesús, que cuando sufra por
algún motivo, físico o moral, me acuerde de lo mucho que has sufrido por mí,
y me dé cuenta de que también así, sufriendo, me estoy pareciendo y uniendo
a Ti.
Son esas caricias de Dios, que
me trata como a su Hijo, y que me permite aportar mi pequeño grano de arena
a la Redención.
Cada día puedo ofrecer esas
contradicciones en la Misa, junto al Pan y el Vino, de manera que se unan al
sacrificio de la Cruz.
De este modo, esos
sufrimientos adquirirán un valor infinito y redentor, aumentará su valor se
harán un tesoro.
«Juan no hizo ningún milagro,
pero todo lo que dijo Juan acerca de él era verdad.»
Jesús, aunque no haga
milagros, siempre puedo, como Juan, hablar de Ti a los que me rodean: con mi
ejemplo, con el modo de afrontar las contradicciones grandes o pequeñas que
todo el mundo padece.
Al ofrecer esos sufrimientos, uniéndolos a los tuyos en el santo sacrificio
de la Misa, no habrá pena que no venza con rapidez; y no habrá nada ni nadie
que me quite la paz y la alegría. Y el resultado de una vida vivida con esa
fe y esa esperanza será portentoso, como el fruto del apostolado de Juan:
«muchos allí creyeron en él»Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Quinta Semana de
Cuaresma. Sábado
«Pero algunos de ellos fueron
a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Entonces los
pontífices y los fariseos convocaron el Sanedrín y decían: ¿Qué haremos,
puesto que este hombre realiza muchos milagros? Si le dejamos así, todos
creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra
nación. Uno de ellos, Caifás, que era Sumo Pontífice aquel año, les dijo:
Vosotros no sabéis nada, ni os dais cuenta de que os conviene que un solo
hombre muera por el pueblo y no que perezca toda la nación. Pero esto no lo
decía por sí mismo sino que, siendo Sumo Pontífice aquel año, profetizó que
Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino para reunir a
los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, desde aquel día decidieron
darle muerte.»
(Juan 11, 45-53)
1º.
Jesús, se cumple hoy lo que habías dicho en la parábola del rico Epulón: «tampoco
se convencerán aunque uno de los muertos resucite» (Lucas 16,31).
Tras la resurrección de
Lázaro, las personas sencillas razonan así: «Si ése no fuera de Dios no
hubiera podido hacer nada» (Juan 9,33).
Por eso, «al ver lo que
hizo Jesús, creyeron en él»
Pero los fariseos no tienen la
sencillez necesaria para conectar los milagros con tu divinidad.
«¿Qué haremos, puesto que este
hombre realiza muchos milagros?»
Ven los milagros, pero no ven
a Dios detrás.
Sólo te ven como hombre, y por
eso eres peligroso: «Si le dejamos así, todos creerán en é!; y vendrán
los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación.»
Jesús, yo también tengo una
visión muy humana a veces.
No me doy cuenta de que Tú
estás detrás de cada acontecimiento.
Por eso necesito hacer un rato
de oración al día que me llene de tu presencia y de tu gracia.
«Hay que saber estar en
silencio, crear espacios de soledad o, mejor, de encuentro reservado a una
intimidad con el Señor. Hay que saber contemplar (...). Desgraciadamente,
nuestra vida diaria corre el riesgo o incluso experimenta casos, más o menos
difundidos, de contaminación interior. Pero el contacto de fe con la Palabra
del Señor nos purifica, nos eleva y nos vuelve a dar energía» (Juan
Pablo II).
2º.
«La entrega generosa de Cristo se enfrenta con el pecado, esa realidad
dura de aceptar; pero innegable: el «mystrium iniquitatis», la inexplicable
maldad de la criatura que se alza, por soberbia, contra Dios. (...) Debemos
hacemos cargo, aun en lo humano, de que la magnitud de la ofensa se mide por
la condición del ofendido, por su valor personal, por su dignidad social,
por sus cualidades. Y el hombre ofende a Dios: la criatura reniega de su
Creador
Pero Dios es Amor El abismo de
malicia, que el pecado lleva consigo, ha sido salvado por una Caridad
infinita. Dios no abandona a los hombres. Los designios divinos prevén que,
para reparar nuestras faltas, para restablecer la unidad perdida, no bastan
los sacrificios de la Antigua Ley: se hacía necesaria la entrega de un
Hombre que fuera Dios. (...) El Hijo Unigénito de Dios Padre asume nuestra
condición humana, carga sobre sí nuestras miserias y nuestros dolores, para
acabar cosido con clavos a un madero».
(Es Cristo que pasa.-95).
Jesús, te entregas
voluntariamente a la muerte para salvarme de mis pecados.
Por eso Caifás profetiza que«Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino para
reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos.»
Porque por tu muerte,
Jesús, todos pasamos a ser miembros de la misma familia, la familia
de los hijos de Dios, de los hijos de María.
Madre, cómo debiste sufrir
esos días, sabiendo que llegaba la hora de la redención.
Tú estabas allí, en casa de
María, Marta y Lázaro, junto con las otras mujeres que seguían a tu hijo.
Esta vez habías venido desde
Galilea para acompañar a Jesús en la Cruz.
Ayúdame a no pecar más, pues son mis pecados los que han causado la muerte
de tu hijo.Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.