DOMINGO DE RAMOS Y SEMANA SANTA-C
Domingo de Ramos (28.III)
Lunes Santo (29.III)
Martes Santo (30.III)
Miércoles Santo (31.III)
Jueves Santo (1.IV)
Viernes Santo (2.IV)
Sábado Santo (3.IV)
Tomado de Almudi.org
DOMINGO DE RAMOS-C
«Al día siguiente las muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que Jesús se acercaba a Jerusalén, tomaron ramos de palmas, salieron a su encuentro y gritaban: Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor; el Rey de Israel Jesús encontró un borriquillo y se montó sobre él, conforme a lo que está escrito: No temas, hija de Sión. Mira a tu rey, que llega montado en un pollino de asna. Sus discípulos no comprendieron esto de momento, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces recordaron que estas cosas estaban escritas acerca de él y que fueron precisamente las que le hicieron.» (Juan 12, 12-16)
1º. Jesús, empieza la Semana Santa.
En pocos días vas a culminar tu misión en la tierra.
Vas a dejar tu mandamiento nuevo, el mandamiento del amor; vas a lavar los pies a tus discípulos y a rogar por ellos, no para que se aparten del mundo, sino para que el Padre los preserve del mal; vas a pedir por los cristianos de todos los tiempos, para que permanezcan unidos; y te vas a entregar en el acto de donación más sublime jamás visto: la Eucaristía.
Vas a sudar sangre mientras pides al Padre que pase de Ti este cáliz, pero que se haga su voluntad. Te van a apresar; tus discípulos -tus amigos- te abandonarán.
Te azotarán y golpearán; se van a burlar de Ti.
Y llevarás la Cruz de tu muerte y de mi salvación hasta la cima del Calvario.
Allí estará tu Madre; y Juan, tu discípulo amado, a quien la vas a confiar. Allí morirás después de salvar al buen ladrón y pedir perdón al Padre por los que te ajusticiaban.
Todos estos pensamientos se agolpan en tu cabeza en este día triunfal, como un eco que resuena tras los gritos de la gente que te aclama: «¡Hosanna; bendito el que viene en nombre del Seño, el Rey de Israel!»
Que me dé cuenta, Jesús, de que para conseguir la gloria, he de pasar primero por la Cruz.
Observa que Cristo llegó a la gloria a través de su pasión: «¿No era menester que el Cristo padeciese todo esto, y entrase así en su gloria?» (Lucas 24, 26).
De esta manera nos enseñaba el camino de la gloria a nosotros: «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios» (Hechos 14, 21)
2º. «Cristo debe reinar; antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si Él preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que Él reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey.
Si pretendemos que Cristo reine, hemos de ser coherentes: comenzar por entregarle nuestro corazón. Si no lo hiciésemos, hablar del reinado de Cristo sería vocerío sin sustancia cristiana, manifestación exterior de una fe que no existiría, utilización fraudulenta del nombre de Dios para las componendas humanas.
Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, frese contar previamente en nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperamos. Pero «no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que viene sentado sobre un borrico». (...) No en el burro viejo y terco, rencoroso, que se venga con una coz traicionera, sino en el pollino joven: las orejas estiradas como antenas, austero en la comida, duro en el trabajo, con el trote decidido y alegre. Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero Cristo se fijó en él, para presentarse como Rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma» (Es Cristo que pasa.-181).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Lunes Santo
«Jesús, seis días antes de la Pascua, fue a Betania donde vivía Lázaro, al que Jesús resucitó de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. María, tomando una libra de perfume muy caro, de nardo puro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume. Dijo entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregarle: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? Pero esto lo dijo no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón, y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Entonces dijo Jesús: Dejadle que lo emplee para el día de mi sepultura; pues a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.» (Juan 12, 1-8)
1º. María necesita demostrar de manera extraordinaria el amor que te tiene y te limpia los pies con un perfume muy caro.
No te importa tanto, Jesús, la calidad del perfume como la calidad del amor que María te tiene.
Está mostrándote que vales más para ella que todo lo que cuesta aquel perfume tan caro y todo lo que ha sacrificado al gastar su dinero para comprarlo.
Porque el amor se demuestra en el sacrificio.
Jesús, sabes que te quedan pocos días de vida.
Vas a darlo todo por salvarnos.
También Tú te podías haber quedado y realizar más milagros en favor de los pobres.
En lugar de eso, como el frasco de perfume que María derrama sobre tus pies, te entregas a los judíos para derramar tu sangre: «sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados» (Rito de la Consagración).
Jesús, dejas a María dedicar dinero a tu persona habiendo muchos pobres, y dejas a muchos enfermos en la tierra cuando te entregas a la muerte para salvarnos del pecado.
¿No será que la pobreza y la enfermedad no son un mal tan grave como el pecado?
¿No será que Tú mereces, también en lo humano, un trato de Rey?
2º. «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios.
-Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco.
-Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “una buena obra ha hecho conmigo“» (Camino.-527).
Jesús, algunos no entienden que la Iglesia intente móstrate su amor y veneración a través de lugares y medios lo más espléndidos posible, dentro de un orden.
Sin embargo, esos mismos, a sus seres queridos no les regalan una madera o una piedra, sino un anillo de oro o unos pendientes de calidad.
Tampoco los que se quejan utilizarían una bicicleta para llevar al Rey de su país o al Presidente.
En cambio para llevar la Eucaristía, que es llevarte a Ti, Jesús, Rey de reyes, les parece mucho utilizar algún material noble.
Eso no es amor a los pobres, como no lo era el de Judas.
Eso es, simplemente, falta de Fe, visión humana, que tampoco permite luego tener verdadero amor por los pobres.
La pobreza de espíritu no está necesariamente ligada al dinero que se tiene, sino a su uso.
«Por eso, muchos ricos poseen este espíritu, pues ponen la abundancia al servicio no de su prestigio sino de las obras de beneficencia. Para ellos, la mayor ganancia está en lo que emplean para aliviar la miseria y los trabajos del prójimo» (San León Magno).
Jesús, que sea generoso contigo, con tu culto.
No sólo en dinero, sino también en tiempo.
En la medida que sepa ser generoso contigo, que eres mi Dios y mi Rey, también lo sabré ser con los demás, especialmente con los que más lo necesitan, porque Tú mismo has dicho: «Y el Rey en respuesta les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25,40).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Martes Santo
«Cuando dijo esto se turbó en su espíritu, y declaró: En verdad, verdad os digo que uno de vosotros me entregará. Los discípulos se miraban unos a otros no sabiendo a quién se refería. Estaba recostado en el pecho de Jesús uno de los discípulos, el que Jesús amaba. Simón Pedro le hizo señas y le dijo: Pregúntale de quién habla. Él, que estaba recostado sobre el pecho de Jesús, le dice: Señor ¿quién es? Jesús responde: Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar Mojando, pues, el bocado, lo toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Entonces, tras el bocado entró en él Satanás. Y Jesús le dijo: lo que vas a hacer; hazlo pronto. Pero ninguno de los que estaban a la mesa entendió con qué fin le dijo esto, pues algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía: Compra lo que necesitamos para la fiesta, o da algo a los pobres Aquél, después de tomar el bocado, salió enseguida. Era de noche.» (Juan 13, 21-30)
1º. Jesús, te turba, te conmueves: después de lo que has hecho por Judas, te va a traicionar.
No es uno de los judíos que lleva tiempo buscando matarte;
no es uno de los que interpretaban torcidamente tus palabras o atribuían tus milagros al demonio.
Es... Judas, uno de los doce amigos íntimos que lleva tres años contigo.
¡Cuántas muestras de cariño habías tenido personalmente con él; cuántas conversaciones en privado; cuántos momentos felices; cuántas bromas, cansancios, risas, preocupaciones; cuántos milagros había presenciado!...
Jesús, yo también soy uno de tus íntimos: ¡soy cristiano, hijo de Dios!
Me has cuidado de modo especial; me has dado gracias inmensas; me has dado tu misma vida -cuerpo y sangre- para que pueda estar contigo.
Y ¿qué hago?
¿cómo correspondo?
¿No te estaré traicionando con mi vida de poca lucha, mediocre; con mis pecados?
Jesús, ya no más.
No quiero fallarte más.
Sé que te turba, que te duele de manera especial la traición de tus amigos.
Y yo soy tu amigo.
Dame más fortaleza, más amor, para no decirte nunca más que no.
Ayúdame a tener el cariño recio de Juan, que supo permanecer a tu lado en los momentos de prueba.
2º. «Me hace temblar aquel pasaje de la segunda epístola a Timoteo, cuando el Apóstol se duele de que Demas escapó a Tesalónica tras los encantos de este mundo... Por una bagatela, y por miedo a las persecuciones, traicionó la empresa divina un hombre, a quien San Pablo cita en otras epístolas entre los santos.
Me hace temblar; al conocer mi pequeñez; y me lleva a exigirme fidelidad al Señor hasta en los sucesos que pueden parecer como indiferentes, porque, si no me sirven para unirme más a Él, ¡no los quiero» (Surco.-343)
Jesús, las grandes traiciones, como la de Judas o Demas, vienen precedidas de pequeñas compensaciones egoístas.
Los edificios no se desmoronan de repente -si no es por una catástrofe- sino que empiezan a salir grietas pequeñas, que se van abriendo, hasta que aquello cae.
Para no bajar la guardia en la lucha contra el pecado, es bueno tener siempre presente que, al final, Tú me vas a juzgar por mis acciones.
«El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Corintios 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios» (CEC.- 1041)
Uno de los dones del Espíritu Santo es el del temor de Dios.
Jesús, no es que pida tenerte miedo, sino tener miedo a perderte, a perderme.
Me hace temblar; al conocer mi pequeñez; y me lleva a exigirme fidelidad.
Jesús, Tú me necesitas fiel.
No te puedo fallar.
Para ello debo ser fiel en lo poco, en lo de cada día, hasta en los sucesos que pueden parecer como indiferentes:
en la puntualidad en el trabajo y en las normas de piedad;
en los detalles de servicio; en la sobriedad en las comidas y gastos; en la lucha por cumplir los propósitos de la dirección espiritual, etc. ..
Así podrás decirme: «Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho» (Mateo 25,21).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Miércoles Santo
«Entonces, uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes, y dijo: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Jesús respondió: Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: El Maestro dice: mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos. Los discípulos hicieron como les había mandado Jesús y prepararon la Pascua. Al anochecer se puso a la mesa con los doce discípulos. Y mientras comían dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me va a traicionar: Y, muy afligidos, comenzaron cada uno a decirle: ¿Acaso soy yo, Señor? Pero él respondió: El que come conmigo en la misma fuente, ¡ése me va a entregar! Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito acerca de él; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido.» (Mateo 26, 14-24)
1º. Los apóstoles se quedan muy afligidos por tu anuncio de la traición.
«El que come conmigo en la misma fuente ¡ése me va a entregar!»
Saben que Tú eres el Mesías enviado por Dios, y te quieren de verdad: lo han dejado todo para seguirte.
Pero admiten humildemente la posibilidad de traicionarte; se sienten débiles, capaces de los peores errores y crímenes: «¿Acaso soy yo, Señor?»
Jesús, yo también soy capaz de todos los errores y de todos los horrores.
Que sea lo suficientemente humilde para pedirte ayuda constantemente, como el niño pequeño no se suelta de la mano de su madre.
No quiero soltarme de la mano de mi Madre la Iglesia: esas indicaciones, esos consejos, esos medios -los sacramentos- que me dan la fuerza necesaria para no tropezar.
«Ciertamente el Hijo del Hombre se va, según está escrito acerca de él»
Jesús, te entregas voluntariamente a la muerte, tal y como estaba dispuesto por el Padre.
Sin embargo, el que estuviera previsto un traidor, no reduce la culpabilidad personal de Judas: «Más le valiera a ese hombre no haber nacido.»
Con el tiempo, se puede descubrir que Dios, en su providencia todopoderosa, puede sacar un bien de las consecuencias de un mal, incluso moral, causado por sus criaturas. (...) Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien» (CEC.- 312).
2º. «¿Cómo vas a tener paz, si te dejas arrastrar -contra los «tirones» de la gracia- por esas pasiones, que ni siquiera intentas dominar?
El cielo empuja para arriba; tú -¡sólo tú: no busques excusas!-, para abajo... -Y de este modo te desgarras» (Surco.-851).
Jesús, a veces pienso que no puedo hacer más, y me vienen ganas de justificar los errores -pecados consentidos- que cometo por fragilidad.
«Es cosa del ambiente, de la costumbre, de la juventud, de la madurez, de la vejez».
Siempre hay excusas.
Pero no me las acabo de creer: noto también los tirones de la gracia, que me empujan para arriba.
Es tu voz, que me dice: venga, puedes.... ¡y debes!, porque Yo he muerto por ti en una cruz para que venzas las tentaciones del mundo, del demonio y de la carne.
Como los apóstoles, necesito ser más humilde: darme cuenta de que soy débil y poner todos los medios sobrenaturales y humanos necesarios para no volver a pecar.
Todos los medios humanos como si no hubiera medios sobrenaturales; y luego, todos los sobrenaturales, que son los realmente importantes, pero que necesitan de los anteriores para ser eficaces.
Entonces, en vez de desgarrarme, escucharé lo que dijiste a tus discípulos después de la Resurrección: «La paz sea con vosotros» mayor paz cuanta mayor lucha.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Jueves Santo
«La víspera de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y mientras celebraban la cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, que lo entregara, sabiendo Jesús que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido. Después de lavarles los pies tomó el manto, se puso de nuevo a la mesa, y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Señor y el Maestro os he lavado los pies, vosotros también os debéis lavar los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros.» (Juan 13, 1-15)
1º. Jesús, son tus últimas horas.
¡Cómo quieres a esos discípulos, a los que vas a dejar esta noche!
¡Cuánto van a sufrir!
¡Cuánto va a sufrir María, tu madre, que ha querido acompañarte a Jerusalén sabiendo que ha llegado tu hora!
¿Qué más puedes hacer?
Te queda una última cena para decir lo más importante, lo que les debe quedar como testamento para que lo puedan predicar después al mundo entero.
«Sabiendo Jesús que todo lo habla puesto el Padre en sus manos y que habla salido de Dios y a Dios volvía..., empezó a lavarles los pies a los discípulos.»
Eres Dios, y esa conciencia de tu divinidad te impulsa a servir.
Y quieres hacer algo gráfico, que entre por los ojos, inequívoco.
Al lavar los pies a los apóstoles les estás grabando a fuego la clave de tu paso por la tierra: ser de Dios es ser servidor de los demás.
No basta saberlo, hace falta ponerlo en práctica cada día.
Por eso, al acabar, les dices: «si comprendéis esto y lo hacéis, seréis bienaventurados»
Ayúdame a poner por obra esta enseñanza en mil pequeños detalles de cada día: en casa, en el trabajo, buscando el modo de ayudar a los que más lo necesiten.
2º. «Todos los modos de decir resultan pobres, si pretenden explicar, aunque sea de lejos, el misterio del Jueves Santo. Pero no es difícil imaginar en parte los sentimientos del Corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario.
Considerad la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. Desearían estar siempre juntas, pero el deber -el que sea- les obliga a alejarse. Su afán seria continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.
Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor: Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. (...)
La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y -en lo que nos es posible entender- porque, movido por su Amo, quien no necesita de nada, no quiere prescindir de nosotros» (Es Cristo que pasa.-83-84).
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Viernes Santo
«Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran. Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto de púrpura. Y se acercaban a él y le decían: Salve, Rey de los judíos. Y le daban bofetadas. Pilato salió de nuevo fuera y les dijo: He aquí que os lo saco fuera para que sepáis que no encuentro en él culpa alguna. Jesús, pues, salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: He aquí el hombre. Cuando le vieron los pontífices y los servidores, gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les respondió: Tomadlo vosotros y crucificadlo pues yo no encuentro culpa en él Los judíos contestaron: Nosotros tenemos una Ley, y según la Ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios. (...). Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos. (...). Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: Todo está consumado. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.» (Juan 19, 1-7.16-19.25-30)
1º. Jesús, he llegado al Calvario acompañando a tu Madre.
No puedo decir nada.
Estás allí, clavado en la cruz, con la cara rota y el cuerpodestrozado y sangrante.
Apenas puedes respirar, mientras te apoyas en tus manos atravesadas para tomar aliento.
La boca abierta.
La mirada triste, agonizante.
¡Jesús!, ¿que han hecho contigo?
Me miras... y toda mi vida me parece un sinsentido.
«Tengo sed...»
«Todo está consumado.»
«Acabamos de revivir el drama del Calvario, lo que me atrevería a llamar la Misa primera y primordial, celebrada por Jesucristo. Dios Padre entrega a su Hijo a la muerte. Jesús, el Hijo Unigénito, se abraza al madero, en el que le habían de ajusticiar y su sacrificio es aceptado por el Padre: como fruto de la Cruz, se derrama sobre la Humanidad el Espíritu Santo.
La Semana Santa no puede reducirse a un mero recuerdo, ya que es la consideración del misterio de Jesucristo, que se prolonga en nuestras almas; el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, «para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo», para realizar cada una de nuestras acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre.
2º. Ahora, situados ante ese momento del Calvario, cuando Jesús ya ha muerto y no se ha manifestado todavía la gloria de su triunfo, es una buena ocasión para examinar nuestros deseos de vida cristiana, de santidad; para reaccionar con un acto de fe ante nuestras debilidades, y confiando en el poder de Dios, hacer el propósito de poner amor en las cosas de nuestra jornada. La experiencia del pecado debe conducirnos al dolor a una decisión más madura y más honda de ser fieles, de identificarnos de veras con Cristo, de perseverar cueste lo que cueste, en esa misión sacerdotal que Él ha encomendado a todos sus discípulos» (Es Cristo que pasa.-96).
Anochece.
El pequeño grupono quiere abandonar a María, que llora en silencio.
Mientras, la gente se marcha «golpeándose el pecho» (Lucas 23,48).
Yo, envuelto también entre silencio y sollozos, te prometo ser fiel.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
Sábado Santo
«Como era la Parasceve, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, pues aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitasen. Vinieron los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él Pero cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrantarán ni un hueso. Y también otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque ocultamente por temor a los judíos, rogó a Pilato que le dejara retirar el cuerpo de Jesús. Y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y retiró su cuerpo. Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, vino también trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos. En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había sido sepultado nadie. Como era la Parasceve de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.» (Juan 19, 31-42)
1º. Un soldado revienta el corazón de Jesús con una lanza.
El alma de María se resquebraja con un dolor indescriptible.
«Cuando tu Jesús -que es de todos, pero especialmente tuyo- rindió su espíritu, la lanza cruel no alcanzó su alma. Si le abrió el costado, sin perdonarle, estando ya muerto, sin embargo no le pudo causar dolor. Pero sí atravesó tu alma; en aquel momento la suya no estaba allí, pero la tuya no podía en absoluto separarse de él» (San Bernardo).
Yo no puedo decir nada, Jesús.
Me quedo mirándote atónito, sin fuerzas, mientras José y Nicodemo te descuelgan de la cruz, te envuelven en lienzos y te llevan hacia el sepulcro.
Ya se ha acabado la obra de nuestra redención.
Jesús, has cumplido esas palabras tuyas: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).
Lo has dado todo, hasta la última gota de sangre que brota de tu corazón abierto.
Y yo, ¿qué hago ante este derroche de amor?
José de Arimatea y Nicodemo han aparecido con valentía en el momento de la desbandada.
Ante tu cuerpo muerto, Jesús, ya no caben miedos ni respetos humanos; ni flojeras, ni tiempos reservados para mis cosas, ni vanidad, ni nada.
Y sin pensarlo dos veces, te cojo y te llevo hasta el sepulcro, mientras me dices por dentro, con voz palpitante, que ahora me toca a mí, que ahora soy yo quien he de ser Cristo en la tierra.
2º. «Meditemos en el Señor herido de pies a cabeza por amor nuestro. Con frase que se acerca a la realidad, aunque no acaba de decirlo todo, podemos repetir con un autor de hace siglos: “El cuerpo de Jesús es un retablo de dolores”. A la vista de Cristo hecho un guiñapo, convertido en un cuerpo inerte bajado de la Cruz y confiado a su Madre; a la vista de ese Jesús destrozado, se podría concluir que esa escena es la muestra más clara de una derrota.¿Dónde están las masas que lo seguían, y el Reino cuyo advenimiento anunciaba? Sin embargo, no es derrota, es victoria: ahora se encuentra más cerca que nunca del momento de la Resurrección, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia» (Es Cristo que pasa.-95).
Madre, ¡qué dolor te produce dar el primer beso a Jesús muerto!
Sin embargo, junto a las lágrimas que brotan de tu amor fiel y materno, mantienes firme tu esperanza: la certeza de la Resurrección de tu Hijo, de la manifestación de la gloria que ha conquistado con su obediencia.
Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.