28
de diciembre, Solemnidad de la Sagrada Familia
1
de enero, Santa María, Madre de Dios
4
de enero, domingo II después de Navidad
6
de enero, Solemnidad de la Epifanía del Señor
11
de enero, El
Bautismo del Señor18
de enero, domingo II del Tiempo Ordinario
25
de enero, domingo III del Tiempo Ordinario
1
de febrero, domingo IV del Tiempo Ordinario
8
de febrero, domingo V del Tiempo Ordinario
15
de febrero, domingo VI del Tiempo Ordinario
22
de febrero, domingo VII del Tiempo Ordinario
25
de febrero, Miercoles de Ceniza
1
de marzo, domingo I de Cuaresma
8
de marzo, domingo II de Cuaresma
15
de marzo, domingo III de Cuaresma
19
de marzo, Solemnidad de San José
22
de marzo, domingo IV de Cuaresma
29
de marzo, domingo V de Cuaresma
5
de abril, domingo de Ramos
Solemnidad
de la Sagrada Familia
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(Sir
3,3-7.14-17) "Quien honra a su padre, vivirá vida más larga"
(Col 3,12-21)
"Revestios de entrañas de misericordia"
(Lc 2,22-40)
"Él bajó con ellos y siguió bajo su autoridad"
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
en la parroquia romana de San Marcos (29-XII-1985)
---Familia
de Belén y familia cristiana
---Santidad
de la familia
---Comunidad
de vida y de amor
---Familia
de Belén y familia cristiana
“Christus
natus est nobis, venite adoremus”
La
Iglesia entera está
aún todavía invadida por la alegría de la Navidad. La alegría de
la que participan los corazones de los hombres, reanima las
comunidades humanas, se manifiesta en las tradiciones, en las
costumbres, en el canto y en la cultura entera.
Un
día, en los campos de Belén, los pastores que guardaban sus rebaños
fueron atraídos por este anuncio, que hoy repite la Iglesia entera.
Todos lo transmiten por así decir, de boca en boca de corazón a
corazón. “Christus natus est nobis, venite adoremus”.
La
Iglesia vive hoy la
alegría de la Navidad del Señor, del Hijo de Dios, en Belén: como
misterio de la Familia, de la Santa Familia.
Es
una verdad profundamente humana: por el nacimiento de un niño la
comunidad conyugal del hombre y de la mujer, del marido y de la
esposa, se hace más perfectamente familia. Al mismo tiempo, éste es
un gran misterio de Dios, que se revela a los hombres: el misterio
escondido en la fe y en el corazón de aquellos Esposos, de aquellos
Cónyuges María y José, de Nazaret. Al comienzo sólo ellos fueron
testigos de que el Niño que nació en Belén es “Hijo del
Altísimo”, venido al mundo por obra del Espíritu Santo.
A
ellos dos, a María y José, les fue dado a conocer el misterio de
aquella Familia que el Padre celestial, con el nacimiento de Jesús,
formó con ellos y entre ellos.
---Santidad
de la familia
En
la medida en que este misterio se revela a los ojos de la fe de los
otros hombres, la Iglesia entera ve en la Santa Familia una
particular expresión de la cercanía de Dios y al mismo tiempo un
signo particular de elevación de toda familia humana, de su
dignidad, según el proyecto del Creador.
Esta
dignidad se confirma de nuevo con el sacramento del matrimonio, con
ese sacramento que es grande -como dice San Pablo- “en Cristo y en
la Iglesiala Iglesia” (cfr. Ef 5,32).
Orientando
los ojos de nuestra fe hacia la Santa Familia, la liturgia de este
domingo trata de poner de relieve lo que es decisivo para la santidad
y la dignidad de la familia. Hablan de ello todas las lecturas: tanto
el libro del Sirácida como la Carta de San Pablo a los Colosenses,
como, finalmente, el Evangelio según Lucas.
En
el Salmo responsorial se pone de relieve la singular presencia de
Dios en la familia, en la comunión matrimonial del marido y de la
mujer, en la comunión que lleva al amor y a la vida. Dios está
presente en esta comunión como Creador y Padre, dador de la vida
humana y de la vida sobrenatural, de la vida divina. De su bendición
participan los cónyuges, los hijos, su trabajo, sus alegrías, sus
preocupaciones.
“Dichoso
el que teme al Señor... serás dichoso, te irá bien... tu mujer,
como parra fecunda... tus hijos, como renuevos de olivo... que veas
la prosperidad de Jerusalén, todos los días de tu vida” (Sal
127/128).
---Comunidad
de vida y de amor
San
Pablo, en la Carta a los Colosenses, trata de poner de relieve el
clima de la familia cristiana: el clima espiritual, el clima
afectivo, el clima moral.
Escribe:
“Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro
uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la
dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando
alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced
vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el
ceñidor de la unidad consumada” (Col 3,12-14).
Hay
que leer con atención y meditar todo el pasaje de la Carta a los
Colosenses, en el que el Apóstol formula los buenos deseos para los
cónyuges y las familias cristianas sobre todo aquello que determina
el verdadero bien de la comunidad humana, especialmente de aquella
que en síntesis se puede llamar “communio personarum”, “íntima
comunidad de vida y de amor” (cfr. Gaudium et Spes, 49).
No
existe otra comunidad interhumana tan unificante, tan profunda y
universal como la familia. Y al mismo tiempo, tan capaz de hacer
felices, y tan exigente, porque es muy vulnerable, dado que está
expuesta a diversas “heridas”.
Por
ello los buenos deseos del Apóstol se refieren a los problemas más
esenciales de la familia cuando escribe:
-
revestíos de “amor, que es el ceñidor de la unidad consumada...”;
-
“la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón...”;
-
“la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza”.
Así
se forma la familia humana en toda su dignidad y nobleza, en su
entera belleza espiritual (que es incomparablemente más importante
que todas las riquezas “reales” y materiales), ¡por la Palabra
de Dios!, ¡por la palabra de Cristo!
En
esta Palabra se encierran las indicaciones y los mandamientos que
determinan la solidez moral de aquella fundamental comunidad humana,
de aquella “communio personarum”.
Por
ello se puede decir que toda la primera lectura de la liturgia de hoy
es un amplio comentario al IV mandamiento del Decálogo:
¡”Honra
a tu padre y a tu madre”!
Hay
que leer con atención este texto y meditarlo, teniendo siempre ante
los ojos aquel “amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”.
Efectivamente,
el amor crea el honor, la estima recíproca, la solicitud premurosa,
tanto en la relación de los hijos hacia los padres, como en la de
los padres hacia los hijos, y sobre todo en la relación recíproca
entre los cónyuges.
De
este modo el matrimonio y la
familia se convierten en aquel ambiente educativo que es
absolutamente insustituible: el primero y fundamental y más
consistente ambiente humano, que se convierte luego la “iglesia
doméstica”. Se puede decir que en la familia también la educación
se hace, a menudo inadvertidamente, una autoeducación, porque una
sana comunidad familiar permite de por sí el desarrollo normal de
toda persona que la compone.
Una
especial confirmación de esta realidad son las palabras del
Evangelio de San Lucas sobre Jesús cuando tenía doce años:
“Él
bajó con ellos (es decir, con María y José)... y siguió bajo su
autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba
creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los
hombres” (Lc 2,51-52).
El
testimonio sobre la vida de la Santa Familia de Nazaret, como oís,
es muy conciso, y al mismo tiempo rico de contenido.
En
esta perspectiva y en este contexto fueron pronunciadas las palabras
de Jesús cuando tenía doce años, palabras que se proyectan en su
futuro:
“¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi
Padre?” (Lc 2,49).
Precisamente
estas palabras que se proyectan en el futuro -las palabras que María
y José en aquel momento todavía no comprendían- constituyen una
especial comprobación de la santidad de la Familia.
Palabras
como éstas, que miran al futuro de los hijos, son fruto de la
intensa madurez espiritual de toda familia cristiana.
En
efecto, junto a los padres deben madurar los jóvenes, hijos e hijas,
para una específica vocación que cada uno de ellos recibe de Dios.
Hagamos
siempre nuestras las palabras de esta oración:
“Dios,
Padre nuestro, que has propuesto la Sagrada Familia Familia como
maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo: concédenos, te rogamos,
que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor,
lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo”.
DP-322
1985
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Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“El
Niño iba creciendo...” La mayor parte de su vida terrena la pasó
Jesús en el hogar de Nazaret y en el taller de José. Tras los
sucesos extraordinarios que acompañaron su llegada a la tierra, vino
una calma prodigiosa. El anuncio del ángel, la aparición a los
pastores de un coro celestial, la estrella que guió a los Magos, la
irracional saña de Herodes... todo eso quedó lejos en el tiempo
para dar paso a una existencia similar a la que llevamos casi todos.
Y así un año y otro, hasta treinta.
Jesucristo,
al quedarse treinta años en Nazaret, nos obligó a reparar en la
grandeza de la vida ordinaria. Cuando se piensa que tan sólo una
pared separaba la casa de la Sagrada Familia de la de sus vecinos o
que Jesús, María y José no se ocupaban de cosas distintas a las de
sus paisanos, empezamos a intuir la importancia que Dios concede a la
fatiga cotidiana.
Necesitamos
una fe robusta, madura, porque “cuando la fe flojea el hombre
tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se
ocupe de sus hijos. Piensa en la religión como algo yuxtapuesto,
para cuando no queda otro remedio; espera, no se sabe con qué
fundamento, manifestaciones aparatosas, sucesos insólitos... Me
gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la
Casa del Cielo, a nuestra patria. Pero mirad que un camino, aunque
puede presentar trechos de especiales dificultades, aunque nos haga
vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi
impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El
peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante,
no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!” (San
Josemaría Escrivá).
¡Cuánto
bien nos puede hacer contemplar a la familia de Nazaret ocupada en un
quehacer aparentemente sin relieve! Ese trabajo diario que se nos
antoja excesivo y cuya finalidad se nos escapa; o el de las madres de
familia que cada mañana se levantan más agotadas que cuando se
acostaron para realizar la tarea de siempre: limpiar el polvo, hacer
la comida..., todo eso recupera su sentido humano y divino cuando
miramos a Nazaret. Las mismas cosas realizadas bajo la luz de Dios
son capaces de transformar la vida de una persona, una familia, una
sociedad.
“Jesucristo,
a quien el universo está sujeto, estaba sujeto a los suyos”, dice
S. Agustín. Pidamos al Señor en esta celebración por la mediación
de María y José, que nos aumente la fe para que descubramos el
valor que delante de Dios tiene la vida hogareña, el quehacer
diario, los apuros económicos, el cansancio, una sonrisa, un favor,
una caricia, el dolor, los contratiempos..., en una palabra, la vida
de cada día con sus sinsabores y sus alegrías.
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1 de Enero. Santa María, Madre
de Dios
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(Num 6, 26-27) "Bendígate
el Señor y te guarde"
(Gal 4,4-7) "Llegada la
plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer"
(Luc 2,16-21) "María
guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón"
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo
II
Homilía en la solemnidad de la Madre de Dios
(1-I-1988)
---La familia humana de los hijos de Dios
---Maternidad de María
---Filiación divina, base de la humanidad
---La familia humana de los hijos de Dios
“Cuando se cumplió el tiempo” (Gal 4,4).
Saludamos a esta nueva fase del tiempo
humano, fijando la mirada en el
misterio que indica la plenitud del tiempo. Este misterio lo anunció el
Apóstol
en la Carta a los Gálatas, con las palabras siguientes: “Cuando se
cumplió el tiempo,
envió
Dios a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal 4,4).
La plenitud del tiempo.
El tiempo humano del calendario no tiene una
plenitud propia.
Significa sólo el hecho de pasar. Sólo Dios es plenitud, plenitud
también del
tiempo humano. Esta se realiza en el momento en que Dios entra en el
tiempo del
pasar terreno. ¡Año Nuevo: Te saludamos a la luz del misterio del
nacimiento
divino! Este misterio hace que tú, tiempo humano, al pasar, seas
partícipe de
lo que no pasa. De lo que tiene por medida la eternidad.
El Apóstol ha manifestado todo eso en su
Carta de una forma quizá más
sintética y penetrante. “Envió Dios a su Hijo..., para que recibiéramos
el ser
hijos por adopción” (Gal 4,4-5). Ésta es la primera dimensión del
misterio, que
indica la plenitud del tiempo. Y después está la segunda dimensión,
unida
orgánicamente a la primera: “Como sois hijos, Dios envió a vuestros
corazones
el espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá! (Padre)” (Gal 4,6).
Precisamente este “Abbá, Padre”, este grito
del Hijo, que es
consustancial al Padre, esta invocación dictada por el Espíritu Santo a
los
corazones de los hijos y de las hijas de esta tierra, es signo de la
plenitud
del tiempo. El reino de Dios se manifiesta ya en este grito, en esta
palabra
“Abbá, Padre”, pronunciada desde la profundo del corazón humano en
virtud del
Espíritu de Cristo.
Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama:
“Abbá, Padre”. Los que puedan hablar así -los que tengan el mismo
Padre- ¿acaso
no son una sola familia?
El Creador nos ha levantado desde el “polvo
de la tierra” hasta
hacernos a su imagen y semejanza”. Y permanece fiel a este “soplo” que
marcó el
“comienzo” del hombre en el cosmos. Y cuando, en virtud del Espíritu de
Cristo,
clamamos a Dios “Abbá, Padre”, entonces, en ese grito, en el umbral del
año nuevo, la Iglesia expresa por medio de nosotros también el deseo de
la paz en la tierra.
Ella reza así: “El Señor se fija en ti -familia humana de todos los
continentes- y
te conceda la paz” (cfr. Num 6,26).
“Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”.
Desde el comienzo de la
historia terrena del hombre, camina la mujer por la tierra. Su primer
nombre es
Eva, madre de los vivientes. Su segundo nombre queda unido a la promesa
del
Mesías en el Protoevangelio.
---Maternidad de María
El segundo nombre, el de la Mujer eterna,
atraviesa los caminos de la
historia espiritual del hombre y es revelado solamente en la plenitud
del tiempo. El nombre
es “Myriam”, María de Nazaret. Desposada con un hombre cuyo nombre era
José, de la
casa de David. María, ¡Esposa mística del Espíritu Santo!
En efecto, su maternidad no proviene “ni de
amor carnal ni de amor
humano” (cfr Jn 1,13) sino del Espíritu Santo. La maternidad de María
es la
Maternidad divina, que
celebramos durante toda la octava de Navidad, pero de modo particular
hoy, día
1 de enero. Vemos esta maternidad de María a través del “Niño acostado
en el
pesebre” (Lc 2,16), en Belén, durante la visita de los pastores: los
primeros
que fueron llamados a acercarse al misterio que marca la plenitud del
tiempo.
El Niño de pecho que está acostado en el
pesebre había de recibir el
nombre de “Jesús”. Con este nombre lo llamó el Ángel en la Anunciación
“antes de
su concepción” (Lc 2,21). Y con este nombre es llamado hoy, el octavo
día
después del nacimiento, el día prescrito por la ley de Israel. Pues el
Hijo de
Dios “ha nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la
ley”. Así
escribe el Apóstol (cfr Gal 4,4-5).
Esa sumisión a la ley -herencia de la Antigua
Alianza-
debía abrir el camino a la
Redención por medio de la sangre de Cristo,
abrir el camino a
la herencia de la Nueva
Alianza. María está en el centro de estos
acontecimientos.
Permanece en el corazón del misterio divino. Unida más de cerca a esa
plenitud
del tiempo, que se une a su maternidad. Ella permanece al mismo tiempo
como el
signo de todo lo que es humano.
¿Quién es signo de lo humano más que la
mujer? En ella es concebido, y
por ella viene al mundo el hombre. Ella, la mujer, en todas las
generaciones
humanas lleva en sí la memoria de cada hombre. Porque cada uno ha
pasado por su
seno materno. Sí. La mujer es la memoria del mundo humano. Del tiempo
humano,
que es tiempo de nacer y de morir. El tiempo del pasar.
Y María también es memoria. Escribe el
Evangelista: “Y María
conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19).
Ella es la
memoria originaria de esos problemas que vive la familia humana en la
plenitud
de los tiempos. Ella es la memoria de la Iglesia. Y
la
Iglesia asume por Ella las primicias de lo que
incesantemente conserva en su memoria y hace presente. La Iglesia
aprende de la
Madre de Dios la memoria “de
las grandes obras de Dios” hechas en la historia del hombre. Sí. La
Iglesia
aprende de María a
ser Madre: “Mater Ecclesiae!”.
Ahora el día de su Maternidad, nos dirigimos
a Ella, a la
Madre de Dios, para que
“conserve y medite en su corazón” “todos los problemas” de estos
pueblos.
---Filiación divina, base de la humanidad
Dios mandó a su Hijo “nacido de mujer”.
Mediante el nacimiento de Dios
en la tierra participamos en la plenitud del tiempo.
Y esta plenitud la lleva a cabo en nuestros
corazones el Espíritu del
Hijo, que confirma en nosotros la certeza de la adopción como hijos. Y
así,
desde la profundidad de esta certeza desde la profundidad de la
humanidad
renovada con la “deificación”, como proclama y profesa la rica
tradición de la Iglesia Oriental,
desde esta profundidad clamamos, bajo el ejemplo de Cristo: “Abbá,
Padre”. Y al
clamar así, cada uno de nosotros se da cuenta de que “ya no es esclavo
sino
hijo”. “Y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”
(Gal 4,7).
¿Sabes tú, familia humana, lo sabes, hombre
de todos los países y
continentes, de todas las lenguas naciones y razas..., sabes tú de esta
herencia? ¿Sabes que está en la base de la humanidad? ¿Y de la herencia
de la
libertad filial?
¡Cristo Jesús! ¡Hijo del Eterno Padre, Hijo
de la
Mujer, Hijo de María, no nos
dejes a merced de nuestra debilidad y de nuestra soberbia!
¡Plenitud encarnada!
¡Permanece en el hombre, en cada una de las fases de su tiempo terreno!
¡Sé Tú
nuestro Pastor! ¡Sé nuestra paz!
DP-2 1988Subir
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“El
Señor tenga piedad y no bendiga”.
Pedimos la bendición de Dios con el Salmo Responsorial para el año que
comienza. Con el envío de su Hijo a la tierra, esa bendición ha
adquirido una
verdad y un relieve insospechado y María es quien nos la ha traído. S.
Atanasio
se fija en cómo el Ángel le dijo a María no que nacerá en ti como si se
tratara
de un cuerpo que ha sido introducido en su seno desde el exterior,
“sino de ti,
para que creyéramos que lo que se engendraba había tomado su origen de
ella”.
Madre
de Dios, porque lo que de ti nacerá
“se llamará Hijo de Dios” (Lc 1,35). El nacimiento virginal de Jesús
supone la
re-creación absoluta del mundo. Si en las tradiciones del Antiguo
Testamento,
recordadas por S. Pablo, se decía que por una mujer entró el pecado en
el
mundo, ahora Dios manifiesta que por una mujer, María, la llena de
gracia, se
ha concedido al mundo la salvación. De ahí que la Tradición
de la
Iglesia afirme
reiteradamente que “la muerte vino por Eva, la vida por María”. María
es la
nueva Eva, promesa de lo que seremos: hijos de la Resurrección
al final
de los tiempos. Ella es la “gran señal” ofrecida al mundo (Cfr
Apostolado
12,1). ¡Madre
de Dios! Ninguna criatura humana ha
sido elevada a una dignidad tan grande. María, unida desde siempre a la
Trinidad Beatísima,
que junto con Dios Padre puede llamar al Verbo de Dios Hijo mío, la que
“ni la
lengua de los hombres, ni la mente de los ángeles, que es lo más
sublime del
mundo, pueden dignamente ensalzarla” (S. Juan Damasceno), es también,
por voluntad
expresa de Dios, Madre nuestra. ¡Qué orgullo y qué satisfacción poder
afirmar:
tengo una madre en el cielo que me quiere de un modo inefable! ¡Tengo
la misma
madre que tiene Jesucristo! ¡Soy amado por una criatura maravillosa!
¡Sí, tengo
una Madre en el Cielo a la que puedo acudir, como un pequeño a la suya,
en mis
apuros espirituales y materiales! “María
es nuestra Madre. Interesadla -dice
Newman- en vuestro éxito espiritual. Pedídselo seriamente, pues Ella
puede
hacer por vosotros más que nadie. Recordadle en vuestra oración los
dolores que
Ella sufrió cuando una afilada espada traspasó su alma. Recordadle su
propia
perseverancia, que constituyó en Ella un don del mismo Dios al que
pedís la
vuestra. El Señor no os lo negará, no se lo negará a Ella, si acudís a
su
intercesión”. Imploremos
de María su cariño y su
protección para todo este año que hoy comienza con aquella oración que
se
remonta a los primeros tiempos del cristianismo. “Bajo tu amparo nos
acogemos,
Santa Madre de Dios, no desoigas nuestras súplicas en nuestras
necesidades,
antes bien, líbranos de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita”.Subir
Domingo II después de Navidad
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(Ecl 24, 1-2.8-12) “Desde el principio, antes
de los siglos, me creó”
(Ef 1,3-6.15-18) “Bendito sea Dios (…) que
nos ha bendecido en la
persona de Cristo”
(Jn 1,1-18) “Y la
Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”
Homilía
I: con textos
de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
En
el rezo del Ángelus, 4-I-1987
---El Verbo se
hizo carne
---Elegidos
para ser hijos adoptivos
---Predestinados
en Cristo
---El
Verbo se hizo carne
“El
Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la
fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el que va a nacer
se
llamará Hijo de Dios” (Lc 1,35).
Nos
reunimos para el Ángelus. Escuchamos
cada vez estas palabras, que el mensajero divino dirige a la Virgen
de Nazaret. Hoy nos
volvemos a legrar por el cumplimiento de estas palabras.
">">La
Iglesia vive el
tiempo del Nacimiento del Señor. El Verbo –que por el anuncio del Ángel
fue
concebido en el seno de María de Nazaret- ya se hizo carne. El Hijo de
Dios ya
tiene su nombre humano. Se llama Jesús, es decir, “Salvador”.
La
liturgia del Domingo de hoy nos invita a
leer de nuevo profundamente el misterio del Nacimiento de Dios.
Escuchemos,
pues, las palabras de la carta a los Efesios: “El Dios y Padre de
nuestro Señor
Jesucristo… nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones
espirituales.
Ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo…, nos predestinó
a ser
hijos adoptivos suyos por Jesucristo.” (Ef 1,3-5).
---Elegidos
para ser hijos adoptivos
No
podemos vivir el nacimiento del Señor sin
pensar en esta elección. Estamos eternamente en el “predilecto” Hijo
del Padre.
Esta elección permanece, ha revestido la forma de la noche de Belén. Se
ha
hecho el evangelio de la cruz y de la resurrección. Sobre el
acontecimiento de
Belén se ha puesto el sello definitivo. El sello de la “predestinación
divina”.
---Predestinados
en Cristo
Somos
predestinados en Cristo. Como quiera
que se desarrollen los destinos del hombre sobre la tierra, cualquier
cosa que
traiga consigo el nuevo año, cualquiera que sea la dirección que tomen
los
acontecimientos de la historia humana, ¡somos elegidos!
El
Hijo de Dios se hizo hombre para volver a
confirmar, mediante la asunción de todas las dimensiones de la
existencia
humana sobre la tierra, esta Verdad eterna: la divina verdad sobre el
hombre.
Recemos
a María para que el Nacimiento del
Señor renueve en nosotros la conciencia de esta verdad. Para que la
suscite
donde todavía hay oscuridad.
DP-4
1987
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Homilía
II: a cargo de
D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Jesús,
a quien hemos contemplado en Navidad
como un pequeño que no puede valerse por sí mismo y que fue bañado,
vestido,
abrazado, besado, criado y educado por María y José, esto es: un Jesús
de carne
y hueso, hombre verdadero, es la
Palabra que originó todo lo que vemos y no vemos.
Jesucristo
es Dios. No es un hombre tan
sólo, ni siquiera un hombre excepcional o el más perfecto que haya
existido,
sino una criatura humana perfectísima que también es Dios, como declara
el
Símbolo Atanasiano. Jesucristo, el Hijo de Dios, vive desde siempre en
el seno
del Padre. Sólo desde esta filiación eterna se puede explicar la
filiación
terrena en el seno de María, como explicó S. Tomás de Aquino (S. Th.
III, q.
32).
“En
el principio ya existía la Palabra...” Con la
sencillez de unas líneas, S. Juan nos descubre el insondable misterio
de
Cristo. Orígenes pensaba que “sería necesario haber reposado sobre el
pecho de
Jesús, haber recibido a María por madre, ser un segundo Juan”, para
calar todo
el sentido de esta página incomparable. Y en su comentario a estos
versículos,
S. Agustín insiste en que “explicarlos supera a toda capacidad”,
añadiendo: “No
temo afirmar, mis hermanos, que ni el mismo Juan lo dijo como es, sino
como
pudo decirlo. Es un hombre el que habla de Dios. Dios le inspira, es
verdad,
pero no dejaba de ser hombre. La inspiración le hizo decir algo; sin
ella,
hubiera enmudecido del todo. No dijo todo lo que el misterio es, sino
lo que
puede decir el hombre”.En
el Discurso a Diogneto, atribuido a
Cuadrato, se dice que “el Creador del Universo y Dios invisible, Él
mismo hizo
bajar de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible y la
aposentó
en los hombres y sólidamente la asentó en sus corazones. Y eso, no
mandándoles
a hombre alguno como alguien pudiera imaginar, o a alguno de sus
servidores o a
un ángel..., sino al mismo Artífice y Creador del Universo”.
“La
Palabra
se hizo carne y acampó entre nosotros”.
El orgullo y la grandeza de Israel, el pueblo elegido por Dios,
consistía en la
viva conciencia de que la gloria del Señor habitaba en el Templo, sobre
el Arca
de la
Alianza. La
Encarnación nos dice que la humanidad de Jesús es el templo vivo de la
gloria
de Dios. Después de su Ascensión al Cielo, la divinidad y humanidad del
Hombre-Dios moran allí donde sacramentalmente se conserva el pan
transformado
en su Cuerpo y Sangre, por eso llamamos a su morada tabernáculo, esto
es,
tienda de Dios que habita en medio de nosotros. No sabríamos lo que es
la
gratitud si no acudiéramos con la frecuencia y el fervor que nos sea
posible a
encontrarnos con Él en la
Eucaristía.
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6 de
Enero. Solemnidad de la
Epifanía del Señor
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(Is 60,1-6) "La gloria del Señor ha nacido
sobre ti"
(Ef 3,2-3.5-6) "Los gentiles son coherederos
y participante de su
promesa en Jesucristo"
(Mt 2,1-12) "¿Dónde está el rey de los judíos
que ha nacido"
Homilía
I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la
consagración de nueve Obispos (6-I-1984)
---Los Magos de Oriente
---Manifestación del Redentor
---Reconocer al Mesías
---Los Magos de Oriente
Hoy, en el horizonte de la Navidad,
aparecen tres
nuevas figuras: los Magos de Oriente.
Vienen de lejos
siguiendo la luz de la estrella que se les ha aparecido. Se dirigen a
Jerusalén, llegan a la corte de Herodes. Preguntan: “¿Dónde está el Rey
de los
judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a
adorarlo” (Mt 2,2).
En la liturgia de la Iglesia
la solemnidad de
hoy se llama Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación.
Esta expresión nos
invita a pensar no sólo en la estrella que apareció a los ojos de los
Magos, no
sólo en el camino que estos hombres de oriente hacen, siguiendo el
signo de la
estrella. La
Epifanía
nos invita a pensar en el camino interior, del que nace el misterioso
encuentro
del entendimiento y del corazón humano con la luz de Dios mismo.
“La luz... que alumbraba
a todo hombre, cuando viene al mundo” (cfr. Jn 1,9).
Los tres personajes de
Oriente seguían con certeza esta luz antes aún de que apareciera esta
estrella.
Dios les hablaba con la
elocuencia de toda la creación: decía que es, que existe; que es
Creador y
Señor del mundo.
En cierto momento, por
encima del velo de las criaturas, los acercó todavía más a Sí mismo. Y
a la
vez, ha comenzado a confiarles la verdad de su Venida al mundo. De
algún modo,
los introdujo en el conocimiento del designio divino de la salvación.
---Manifestación del
Redentor
Los Magos respondieron
con la fe a esa Epifanía interior de Dios.
Esta fe les permitió
reconocer el significado de la estrella. Esta fe les mandó también
ponerse en
camino. Iban a Jerusalén, capital de Israel, donde se transmitía de
generación
en generación la verdad sobre la venida del Mesías. La habían predicado
los
profetas y habían escrito de ella los libros santos.
Dios, que habló al
corazón de los Magos con la
Epifanía interior, había hablado a lo largo de
los siglos al
Pueblo elegido y les había predicado la misma verdad sobre su venida.
Esta verdad se cumplió
la noche del nacimiento de Dios en Belén. Ya esta noche es la Epifanía
de Dios, que ha
venido: Dios que nació de la
Virgen y fue colocado en el pobre pesebre, Dios
que ocultó su
venida en la pobreza del nacimiento en Belén: he ahí la Epifanía
del divino
ocultamiento.
Sólo un grupo de
pastores se apresuró para ir a su encuentro...
Pero mirad que ahora
vienen los Magos. Dios, que se oculta a los ojos de los hombres que
viven cerca
de Él, se revela a los hombres que vienen de lejos.
---Reconocer al Mesías
Dice el profeta a
Jerusalén:
“Caminarán los pueblos a
tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en
torno, mira:
todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos” (Is
60,3-4).
Los guía la fe. Los guía
la fuerza interior de la
Epifanía.
De esta fuerza habla así
el Concilio:
“Quiso Dios, con su
bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su
voluntad (cfr. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra
hecha carne, y con el Espíritu Santo,
pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza
divina
(cfr. Col 1,15; 1Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como
amigos
(cfr. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr. Bar 3,38) para
invitarlos y
recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).
Los Magos de Oriente
llevan en sí esa fuerza interior de la Epifanía.
Les permite reconocer al Mesías en el
Niño que yace en el pesebre. Esta fuerza les manda postrarse ante Él y
ofrecerle los dones: oro, incienso y mirra (cfr. Mt 2,11).
Los Magos son, al mismo
tiempo, un anuncio de que la fuerza interior de la Epifanía
se difundirá
ampliamente entre los pueblos de la tierra.
Dice el Profeta:
“Entonces lo verás,
radiante de alegría;/ tu corazón se asombrará, se ensanchará,/ cuando
vuelquen
sobre ti los tesoros del mar,/ y te traigan las riquezas de los
pueblos” (Is
60,5).
Permitid a esta fuerza
divina irradiarse en vuestro corazón como en una Jerusalén interior, a
la que
dice la liturgia de hoy:
“Levántate, brilla,/ que
llega tu luz;/ la gloria del Señor amanece sobre ti” (Is 60,1).
Permitid a la fuerza
salvífica de la divina Epifanía irradiarse entre los hombres y los
pueblos, a
los que sois enviados, como testimonio de la verdad y de la
misericordia.
Verdaderamente:
“Volcarán sobre ti las riquezas de los pueblos” (cfr. Is 60,5).
Y responded al don de la
solemnidad de hoy con un incesante, continuo don: ofreced oro, incienso
y
mirra.
De este modo la
abundancia de la Epifanía
divina permanecerá en vosotros y se renovará en el camino del servicio
apostólico.
DP-5 1984
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Homilía
II:
a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“¿Dónde
está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su
estrella y
venimos a adorarlo”. Ésta es la razón que dan aquellos Magos para
justificar el
largo y penoso camino que emprendieron abandonando la serena ocupación
de todos
los días. La misma razón que conduce a tantas y tantos a dejarlo todo
por el
Señor. Y es igualmente la razón del caminar cristiano abandonando la
tranquilidad burguesa que una sociedad permisiva está constantemente
proponiendo.
Pero
a veces la estrella, como a los Magos, se oculta, y las sombras de la
noche se
enseñorean de todo ocultando el camino y suprimiendo sus perfiles
orientadores.
En esas horas, siempre hay quien puede ayudarnos porque el camino está
ahí.
Pero también hay quienes, aprovechando la oscuridad, engañan al
viajero, como
Herodes con su información interesada. Lo que hoy sucede, por lo que se
refiere
a ese haz de verdades elementales que están a la base de la armónica
convivencia entre los pueblos, es objetivamente grave. Hay un ataque
organizado
y sin tregua a la Verdad
revelada por Dios y a las instituciones naturales queridas por Él.
¡Cuántas
veces, y por diversos motivos, la estrella que guiaba nuestros pasos se
oculta
y la oscuridad nos envuelve. La ilusión y el entusiasmo con que se
inició un
proyecto se esfuman. Un ejemplo. Se casaron. Él y ella decían que no
había en
el firmamento una estrella más hermosa. Todos decían que parecía que
habían
nacido el uno para el otro. Hubo años de intensa felicidad. Hoy
arrastran una
existencia lánguida y piensan que se equivocaron de pareja. ¿Cómo puede
ser que
lo que ayer era luz y entusiasmo hoy sea oscuridad y decepción? Y otro
tanto
sucede con la profesión, las aficiones preferidas, los compromisos
adquiridos,
y también en la vida espiritual. Somos así. Al amanecer vemos claro, al
mediodía dudamos y al atardecer todo parece oscuro.
Es
preciso contar con la eventualidad de que la estrella del entusiasmo se
apague
porque Dios desea que no nos movamos por puro entusiasmo sino por la
luz de su
Palabra. No debemos tolerar que las oscuras luces del capricho o del
cansancio
desplacen la luminaria del Evangelio. En esos momentos, particularmente
críticos, en que se pueden tomar decisiones lamentables, malogrando
fidelidades
de años, hay que hacer como los Magos: preguntar a quien conoce el
camino y puede
orientarnos. “Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina,
la
corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya
personas para
orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el
camino.
Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra
de Dios,
custodiada en la Iglesia;
la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el
testimonio y el
ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido
construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios” (S. Josemaría
Escrivá).
Si
nos dejamos guiar por la estrella que brilló al comienzo del camino
cristiano
emprendido y no por el resplandor pasajero del entusiasmo,
encontraremos al
final a María, José y a Jesucristo, Luz y Esperanza de las naciones.
“Mientras
los Magos -dice S. Juan Crisóstomo- estaban en Persia, no veían sino
una
estrella; pero cuando dejaron su patria, vieron al mismo Sol de
Justicia”.
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El
Bautismo del Señor
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(Is 42,1-4.6-7) "No vacilará ni se
quebrará hasta que establezca la justicia"
(Hch 10,34-38) "Dios no es aceptador de
personas"
(Mc 1,6-11) "Tú eres mi Hijo el amado,
en Ti me he complacido"
Homilía
I:
con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la fiesta del
Bautismo del Señor (12-I-1997)
---El bautismo de penitencia de Juan
---El bautismo libera de la culpa original y
perdona los pecados
---Revelación de la
Santísima Trinidad
---El bautismo de
penitencia de Juan
“Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y
del Espíritu Santo” (Mt 28,19).
La Iglesia celebra hoy el bautismo
de Cristo, y también este año tengo la alegría de administrar, en esta
circunstancia, el sacramento del bautismo a algunos recién nacidos.
Antes de administrar el
sacramento a estos niños recién nacidos quisiera detenerme a
reflexionar con
vosotros en la palabra de Dios que acabamos de escuchar. El Evangelio
de San
Marcos, como los demás sinópticos, narra el bautismo de Jesús en el río
Jordán.
La liturgia de la Epifanía
recuerda este acontecimiento, presentándolo en un tríptico que
comprende también
la adoración de los Magos de Oriente y las bodas de Caná. Cada uno de
estos
tres momentos de la vida de Jesús de Nazaret constituye una revelación
particular de su filiación divina.
Lo que Juan el Bautista
confería a orillas del Jordán era un bautismo de penitencia, para la
conversión
y el perdón de los pecados. Pero anunciaba: “Detrás de mí viene el que
puede
más que yo (...). Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con
Espíritu Santo” (Mc 1,7-8). Anunciaba esto a una multitud de
penitentes, que se
le acercaban confesando sus pecados, arrepentidos y dispuestos a
enmendar su
vida.
---El bautismo libera de
la culpa original y perdona los pecados
De muy diferente
naturaleza es el bautismo que imparte Jesús y que la Iglesia,
fiel a su
mandato, no deja de administrar. Este bautismo libera al hombre de la
culpa
original y perdona sus pecados, lo rescata de la esclavitud del mal y
marca su
renacimiento en el Espíritu Santo; le comunica una nueva vida que es
participación de la vida de Dios Padre y que nos ofrece su Hijo
unigénito,
hecho hombre, muerto y resucitado.
---Revelación de la
Santísima Trinidad
Cuando Jesús sale del
agua, el Espíritu Santo desciende sobre él como una paloma y tras
abrirse el
cielo, desde lo alto se oye la voz del Padre: “Tú eres mi hijo amado,
en ti me
complazco” (Mc 1,11). Por tanto, el acontecimiento del bautismo de
Cristo no es
sólo revelación de su filiación divina, sino también, al mismo tiempo,
revelación de toda la
Santísima Trinidad: el Padre −la voz de lo alto−
revela en
Jesús al Hijo unigénito consustancial con él, y todo esto se realiza
por virtud
del Espíritu Santo que bajo la forma de paloma desciende sobre Cristo,
el
consagrado del Señor.
Los Hechos de los
Apóstoles nos hablan del bautismo que el apóstol Pedro administró al
centurión
Cornelio y a sus familiares. De este modo, Pedro realiza el mandato de
Cristo
resucitado a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
(Mt
28,19). El bautismo con el agua y el Espíritu Santo es el sacramento
primero y
fundamental de la Iglesia,
sacramento de la vida nueva en Cristo.
También estos niños
dentro de poco recibirán ese mismo bautismo y se convertirán en
miembros vivos
de la
Iglesia. Serán
ungidos con el óleo de los catecúmenos, signo de la suave fortaleza de
Cristo,
que se les da para luchar contra el mal. El agua bendita que se les
derrama es
signo de la purificación interior mediante el don del Espíritu Santo,
que Jesús
nos hizo al morir en la cruz. Después se recibe una segunda y más
importante
unción con el “crisma”, para indicar que son consagrados a imagen de
Jesús, el
ungido del Padre. La vela encendida que se les entrega es símbolo de la
luz de
la fe que los padres y padrinos deberán custodiar y alimentar
continuamente con
la gracia vivificante del Espíritu.
DP-5 1997
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Homilía
II:
a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“Se
oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”. En el
Bautismo,
que representa nuestro nacimiento a la vida cristiana, cada uno “vuelve
a
escuchar la voz que un día resonó a orillas del Jordán: Tú eres mi hijo
amado,
en ti me complazco (Lc 3,22); y entiende que ha sido asociado al Hijo
predilecto. Se cumple así en la historia de cada uno el designio del
Padre: a
los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la
imagen de
su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos (Rom
8,29)”
(Juan Pablo II).
Saboreemos
esta verdad al pensar en nuestro Bautismo y procuremos no olvidarla,
sobre
todo, cuando la vida presente su cara menos simpática. Quien ha creado
todo lo
que vemos y no vemos, al que adoran millones y millones de ángeles con
enorme
respeto y una profunda veneración, quien tiene en sus manos el destino
de este
mundo que pasa, es mi Padre. Mi Padre. No un ser lejano que vive el
margen de
mis temores y esperanzas, sino Alguien a quien puedo acudir con la
confianza
con la que un pequeño acude a su madre o a su padre en sus apuros.
Desde
el día de nuestro Bautismo, el Espíritu Santo que descendió también a
nuestro
corazón va labrando en él la imagen de Jesús. Pero “no como un artista,
dice S.
Cirilo de Alejandría, que dibujara en nosotros la divina sustancia como
si Él
fuera ajeno a ella. No es de esta forma como nos conduce a la semejanza
divina;
sino que Él mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los
corazones
que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la
comunicación
de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del
modelo
divino y restituye al hombre la imagen de Dios”.
Si
somos dóciles a esa acción del Espíritu Santo y que se manifiesta en
impulsos
de una mayor generosidad con Dios y con quienes nos rodean, en una
lucha más
seria contra nuestras inclinaciones torcidas, iremos poco a poco
pareciéndonos
cada vez más a Jesucristo, haciéndonos una sola cosa con Él, sin dejar
de ser
nosotros mismos, como ese hierro que metido en la fragua va
progresivamente
llenándose de luz y energía. Nuestra vida se convierte entonces, en
cierto
sentido, en una prolongación de la vida terrena de Jesús, porque Él
vive
verdaderamente en nosotros como el fuego en el hierro.
S.
Francisco de Sales solía decir que entre Jesucristo y los buenos
cristianos no
existe más diferencia que la que se da entre una partitura y su
interpretación
por diversos músicos. La partitura es la misma, pero la interpretación
suena
con una modalidad distinta, personal; y es el Espíritu Santo quien la
dirige
contando con las distintas maneras de ser de esos instrumentos que
somos
nosotros. ¡Qué inmenso valor adquiere entonces todo lo que hacemos: el
trabajo,
las contrariedades diarias bien llevadas, los pequeños y grandes
servicios, el
dolor! Sí, Dios se complace en nosotros, porque en cada uno ve la
imagen de su
Hijo preferido.
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Domingo
II del
Tiempo Ordinario. Ciclo B
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(1Sm 3,3b-10.197)
"Habla, Señor, que tu siervo te escucha"
(1Cor
6,13c-15a.17-20) "Vuestros cuerpos son miembros de Cristo"
(Jn 1,35-42)
"Vieron dónde vivía y se quedaron con él"
Homilía
I: con textos
de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia romana de Santa Mª
Liberadora (14-I-1979)
---La vocación de
los Apóstoles
---La vida humana
como vocación
---La parroquia,
lugar de la llamada divina
-La vocación de los Apóstoles
Hemos escuchado la palabra de Dios en la
liturgia de
hoy, que nos habla con el lenguaje del libro de Samuel, de la Carta
de San Pablo a los
Corintios y del Evangelio de San Juan. A pesar que estos lenguajes que
hemos
oído sean muy diversos, la
Palabra de Dios en este domingo nos habla de un
tema: “la
vocación”, la “llamada”. Esto se acentúa en la descripción contenida en
el
libro de Samuel: Dios llama por su nombre a un joven; lo llama con voz
perceptible, pronunciando su nombre. Samuel oye la voz y despierta tres
veces
del sueño, y por tres veces no logra comprender de quién es la voz que
lo llama
por su nombre. Sólo la cuarta vez, aleccionado por Helí, da una
respuesta
oportuna: “Habla Yavé, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,9).
Este pasaje del libro de Samuel nos permite
comprender más a fondo la vocación de los primeros Apóstoles: de Andrés
y de
Pedro, llamados por Jesucristo. También ellos aceptan la llamada,
siguen a
Jesús; primero Andrés que anuncia a su hermano: “Hemos hallado al
Mesías”;
luego, a su vez, Simón, a quien Jesús, en este primer encuentro,
predice su
nuevo nombre: “Cefas” (“que quiere decir Pedro”, Jn 1,42).
-La vida humana como vocación
Cuando seguimos después el pensamiento que
expone
San Pablo en su Carta a los Corintios, nuestro tema parece abrirse a
una
dimensión ulterior. El Apóstol escribe a los destinatarios de su Carta:
“¿O no
sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en
vosotros y
habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis? Habéis
sido
comprados a gran precio” (1 Cor 6,19-20).
Dios que llama al hombre a su servicio y le
asigna
una tarea, tiene sobre él el derecho fundamental, porque es Creador y
Redentor
de cada uno de nosotros. Si nos llama, si nos invita a seguir un
determinado
camino, lo hace para que no desvirtuemos su obra, para que respondamos
con
nuestra misma vida al don que recibimos de Él, para que vivamos de
manera digna
del hombre que es “templo de Dios”, para que seamos capaces de cumplir
el deber
particular que quiere confiarnos.
-La parroquia, lugar de la llamada divina
La parroquia, que es –según afirma el
Concilio
Vaticano II- “como la célula” de la diócesis (cf. Apostolicam
actuositatem,
10), es precisamente el ambiente en el que el cristiano debe sentir la
llamada
que le dirige Dios, acogerla y realizarla: y en esto le ayudan
ciertamente la
fe y la vida de fe de toda la vida parroquial. Vida de fe que comienza
en la
familia, inserta dinámicamente en la parroquia, y que se desarrolla
desde el
bautismo hasta el encuentro con Cristo en la muerte, siguiendo el
principio de
estrecha colaboración entre familia y parroquia, que cooperan
conjuntamente a
la formación del cristiano consciente y maduro.
He aquí, pues, la necesidad insuprimible de
la
catequesis parroquial, que integra y completa la enseñanza de la
religión
impartida en la escuela, y vincula los conocimientos religiosos con la
vida
sacramental.
Exactamente en este contexto, cada uno de los
feligreses –especialmente si son jóvenes- deben hacerse, con plena
conciencia,
la pregunta fundamental de su propia existencia cristiana: “¿A qué me
llama
Dios?” Podrá ser la llamada a una determinada profesión puesta al
servicio de
los otros y de la sociedad, como médico, maestro, abogado, profesional,
obrero…; o la vocación a la vida familiar, mediante el sacramento del
matrimonio; o, para algunos, la llamada al servicio exclusivo de Dios,
como
–nos lo recuerda la liturgia de hoy- sucedió a Samuel, Andrés, Simón.
Pero toda
la vida del hombre cristiano, fruto del amor infinito de Dios Padre, es
una
“vocación”, que abraza las diversas etapas de la existencia y da
sentido a las
diversas situaciones, incluso al sufrimiento, a la enfermedad, a la
vejez.
Siempre y en todas las circunstancias, el cristiano debe saber repetir,
con fe
y convicción, las palabras del joven Samuel: “Habla, Yavé, que tu
siervo
escucha” (1 Sam 3,9).
DP-17 1979
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Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“Hemos
encontrado al Mesías”, dice Andrés a
su hermano Simón Pedro. Se trasluce en este primer encuentro de Jesús
con los
que serán sus discípulos ese algo primaveral y radiante que tiene el
perfume de
lo que se custodia como algo entrañable y, al propio tiempo, se
comunica porque
la alegría por un hallazgo así no cabe en un corazón sólo. ¿Cómo
guardar para
sí semejante descubrimiento? Enseguida se desencadena un proselitismo
en el que
la alegría de un hallazgo actúa por contagio. Dios se vale de los lazos
de
sangre o de amistad para llamar a sus colaboradores.
La
amistad cristiana puede abrir la puerta
del corazón de nuestros amigos, a ese Cristo que tal vez no puede
entrar porque
la cancela de los prejuicios los mantiene recluidos en la cárcel de la
ignorancia, la reserva mental, la confusión doctrinal o una incurable
pereza.
La amistad es el cauce natural y divino para un apostolado hondo,
capilar,
hecho uno a uno, persona a persona.
¡Cuántos
prejuicios contra la Iglesia, sus
Sacramentos,
su moral y su culto, podríamos alejar de la cabeza y el corazón de
nuestros
amigos! A cuántos podríamos decirles, en el cálido dédalo de la
amistad: ¿quién
te ha dicho que estas cosas son inoperantes en nuestro mundo y tan sólo
tienen
un poder tonificante en las horas yermas, solitarias o crepusculares de
la
vida? Es más. A ninguno se nos oculta, por evidente, que hay cosas que
sólo se
admiten cuando se tratan en ese clima entrañable que la amistad crea; y
que,
igualmente, hay asuntos por corregir o mejorar en los demás que sólo el
amigo,
con su trato delicado y oportuno, puede señalar.
El
Señor nos convoca a todos, de una forma o
de otra, a una edad u otra. A veces lo hará a una edad temprana, como
en el
caso de Samuel que nos refiere la 1ª Lectura de hoy; en otras ocasiones
al
inicio de la madurez de la vida, como en el caso de Simón Pedro, de
Juan y los
otros dos discípulos. En cualquier ocasión hay que responder a esa
llamada con
la alegría estremecida que respira esta página del Evangelio de hoy.
Jesús
pasa hoy también a nuestro lado;
también en esta celebración. Pasa cuando una sacerdote, un amigo, un
buen
libro, unos días de recogimiento y oración, nos lo señalan como Juan
Bautista
se lo mostró a sus discípulos. También pasa al lado de los que en la
vida
queremos cuando hacemos eco de sus enseñanzas con una
conversación
oportuna y el ejemplo de una vida cristiana que lucha por ser
coherente.
¡Cuántas ocasiones en la vida de familia, en nuestro lugar de trabajo,
en la
calle, para prestar una ayuda espiritual a nuestros hermanos! Sí, Jesús
se hace
el encontradizo con nuestros amigos a través de nosotros cuando no
rehuimos la
conversación sobre temas espirituales, y ese diálogo espontáneo y
sincero puede
constituir para muchos el comienzo de un vivir distinto.
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Domingo III del Tiempo
Ordinario. Ciclo B
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(Jo
3,1-5.10) "Se levantó Jonás y partió para Nínive"
(1
Cor 7,29-31) "El tiempo es corto"
(Mc
1,14-20) "Convertios y creed en el Evangelio"
Homilía
I: con textos
de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia romana de Sta. Teresa
de
Jesús (24-I-1982)
---Necesidad de la
conversión constante
---La vocación
---Cristo llama a
cada uno
---Necesidad de la conversión constante
“Está cerca el reino de Dios: convertios y
creed la
Buena Noticia” (Mc
1,15).
La liturgia propone dos temas: el primero de
ellos
es la conversión; el segundo, la vocación.
La conversión es proclamada por el profeta
del
Antiguo Testamento Jonás, al que Dios envió a una gran ciudad, Nínive:
“Dentro
de Cuarenta días Nínive será arrasada” (Jo 3,4) a causa de sus pecados.
Así
hablaba, por medio del Profeta, a los habitantes de Nínive el Señor, de
quien
dice el Salmista que “enseña el camino a los pecadores” (Sal 25/24,8).
El anuncio de Jonás obtuvo resultados: “Se
convertían de sus pecados” (Jo 3,10) y, por esto, el Señor no envía el
castigo
anunciado.
La conversión es proclamada también por
Jesucristo:
“Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: Convertios y
creed la
Buena Noticia” (Mc
1,15).
En uno y otro caso la conversión significa
alejamiento del mal, del pecado. En el primer caso el alejamiento del
mal se
impone por miedo al castigo (Jonás). En cambio Jesucristo invita a la
conversión por la cercanía de Dios y de su reino.
La conversión es un momento clave de la vida
interior de cada uno de los hombres, en la vida religioso-moral. Ésta
tiene
múltiples características y se realiza en diversos períodos de la vida.
Nosotros hablamos de conversión, cuando se trata de un trastrueque
fundamental
que decide el cambio de dirección en la vida y en la conducta. Pero hay
también
conversiones cotidianas, que aparentemente pasan casi inadvertidas y se
refieren a problemas en apariencia pequeños, y sin embargo importantes
para el
desarrollo del alma humana.
Se habla también de la primera y segunda
conversión
y, a veces, de la tercera. La primera significa el alejamiento de los
pecados
graves que obstaculizan la vida sobrenatural. Las sucesivas
conversiones se
refieren a etapas ulteriores en el camino del alejamiento del mal y del
acercamiento a Dios.
Este es el primer tema que descubrimos en la
palabra
de la liturgia de hoy. A este tema hay que referir también las palabras
del
Salmo responsorial: “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu
misericordia
son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor”
(Sal
25/24, 6-7).
La conversión está en íntimo y orgánico
vínculo con
la misericordia divina.
---La vocación
El segundo tema -como hemos dicho- es la
vocación.
Sobre la vocación del hombre por parte de
Dios habla
también la primera lectura: “Levántate y vete a Nínive, la gran capital
y
pregona allí el pregón que te diré” (Jo 3,2). Jonás se levantó y se
fue...
La lectura del Evangelio recuerda la llamada
de los
primeros Apóstoles. En los dos casos allí citados se trata de dos
hermanos:
primero de Simón (denominado después Pedro) y de su hermano Andrés;
luego de
Santiago, hijo de Zebedeo, y de su hermano Juan. Cristo llamó a los dos
primeros en la ribera del mar de Galilea cuando, al ser pescadores,
“estaban
echando el copo en el lago” (Mc 1,17). A los otros los llamó cuando,
junto al
mismo mar, “estaban en la barca repasando las redes” (Mc 1,19). Y
también
ellos, “dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se
marcharon con Él” (Mc 1,20).
Como se ve, la vocación significa llamada del
hombre
por parte de Dios. Dios llama al cumplimiento de tareas que asigna al
hombre y,
al llamarlo, le manda tener confianza de que llegará a realizar su
misión. Así
fue precisamente en el caso de Jonás, que incluso quería huir de la
llamada de
Dios, juzgando que era superior a sus fuerzas. Los hijos de Jonás y de
Zebedeo,
llamados junto al mar de Galilea, siguieron muy gustosamente a Cristo.
Sin embargo,
es sabido que, en el camino de su vocación apostólica, les esperaban
diversas
pruebas a cada uno de ellos.
Al tema de la vocación se refieren también
las
palabras del Salmo (25/24,4-5) “Señor enséñame tus caminos, instrúyeme
en tus
sendas. Haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y
Salvador”.
Precisamente: la esperanza: Si Dios pone ante
nosotros la misión, también nos da la gracia.
Estos dos momentos -el momento de la
conversión y el
de la vocación- tiene una importancia determinada en la vida de cada
uno de los
cristianos. Se puede decir que en ellos se desarrolla toda la economía
salvífica de Dios en relación con el hombre, y en el ámbito de esta
economía
divina del hombre madura desde dentro.
Esta maduración presupone el alejamiento del
mal, la
ruptura con el pecado, la extirpación de las malas disposiciones, la
lucha, a
veces dura, con las ocasiones de pecado, la superación de las pasiones:
todo el
gran trabajo interior, gracias al cual, el hombre se aleja de todo lo
que en él
se opone a Dios y a su voluntad, y se acerca a la santidad cuya
plenitud es
Dios mismo.
La conversión es un movimiento bipolar: el
hombre se
aparta del mal para orientarse hacia Dios. Y por esto en el camino de
la
conversión se encuentra la vocación. A medida que el hombre se dirige
hacia
Dios, encuentra la función que Dios le asigna en la vida. Esto se puede
expresar todavía mejor: a medida que el hombre se dirige hacia Dios,
descubre
que su vida es una misión que Dios le ha asignado. Y la aceptación de
esta misión
significa una prueba de amor a Dios y a los hombres. Así el hombre “se
convierte” de modo nuevo en el que “es”.
Simón y Andrés, Santiago y Juan, siendo
pescadores
en el mar de Galilea, se convirtieron de modo nuevo en pescadores:
“pescadores
de hombres” (Mc 1,17).
---Cristo llama a cada uno
Pienso que cada uno se encuentra en un
momento
de conversión, conocido sólo por él y por Dios mismo. ¿Alguno está aún
muy
lejano de Dios a causa de sus pecados? ¿Es tal vez el mundo quien le
ofusca la
visión de Dios? ¿Acaso no se deja ver en él la primera conversión?...
Luego
pienso que cada uno tiene aquí una vocación, aun cuando quizá alguno no
sea
consciente de tenerla. No sabe que todo lo que llena su vida, si es
lícito en
sí mismo, puede ser, más aún, es precisamente la misión que le ha
asignado
Dios.
Saludo, pues, a cada uno de vosotros como
invitado
por la potencia de la divina misericordia a la conversión, y como
llamado... A
cada uno Cristo le dice de algún modo: “Sígueme” (...).
En la segunda lectura de la liturgia de hoy
habla
San Pablo con palabras que pueden sorprender alguna vez: “Hermanos: os
digo
esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tiene
mujer
vivan como sino la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los
que están
alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no
poseyeran; los
que negocian en el mundo, como si no disfrutasen de él: porque la
presentación
de este mundo se termina” (1 Cor 7,29-31).
¡Solo Dios no pasa! Y por esto tiene la vida
un
valor estable, en la medida en que nos alejamos del mal y nos acercamos
a Él
mismo por el camino de la conversión. Y tiene un valor estable la vida,
en la
medida en que aceptamos la misión que Él nos asigna y la cumplimos.
DP-26 1982
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Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Hay
llamadas de Dios que son como una
invitación dulce y silenciosa. Otras más imperiosas, como la que
dirigió a
Jonás y que acabamos de escuchar en la 1ª Lectura. Y hay también
llamadas en
las que el Señor pone sencillamente su mano sobre nuestros hombros y
dice, como
a Pedro y a sus compañeros de oficio: “Venid conmigo y os haré
pescadores de
hombres”. Hay que saber entonces dejarlo todo con alegría, porque se
comprende
que entre las voces que suenan a nuestro alrededor, que aturden y
encantan con
su brillo pasajero, se ha individuado otra cuyo acento es misterioso
pero
inconfundible, dulce y exigente, sencilla como un suspiro pero profunda
como un
drama, la voz de Jesús que quiere sacarnos de la mediocridad ambiental
para
trabajar por la transformación de este mundo.
El
Señor se dirige también hoy a cada uno de
nosotros porque el Reino de Dios -solía decir Jesús- no viene
ostensiblemente
(Cfr Lc 17, 20). Jesús, a través de su Iglesia, sus sacerdotes, un
compañero
que vive a nuestro lado puede, como a estos primeros discípulos,
hacernos una
llamada a dejarlo todo por Él, a extender su reinado de amor y de paz
por la
tierra. Hay que saber reconocer su presencia discreta, envuelta en la
debilidad
de una criatura porque no quiere imponerse.
Seguir
a Jesucristo significa trabajar por
la cristianización de este mundo, procurando que ese trabajo se realice
en
nosotros, en primer lugar, mediante esa profunda conversión que nos
propone el
Señor en el Evangelio de hoy: “Convertíos y creed en la Buena
Noticia”.
Aceptar
la llamada de Jesús y ser incluidos
en el círculo de sus colaboradores más cercanos, es el mayor regalo que
una
persona puede recibir de Dios en esta vida. Así lo entendieron los
primeros
que, nos dice el Evangelio de hoy, “inmediatamente dejaron las redes y
lo
siguieron”.
“No
concluyas cómodamente: yo para esto no
sirvo, para esto ya hay otros; esas tareas me resultan extrañas. No,
para esto
no hay otros; si tú pudieras decir eso, todos podrían decir lo mismo...
Además:
¿quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difundir su
doctrina, sea
preciso hacer cosas raras, extrañas? Vive tu vida ordinaria; trabaja
donde
estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la
labor de tu
profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal,
comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y
alegra.
Ése será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre
miseria,
los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural,
sencilla -a la
salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un
paseo, en
cualquier parte- charlaréis de inquietudes que están en el alma de
todos”. (S.
Josemaría Escrivá).
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Domingo
IV del Tiempo
Ordinario. Ciclo B
Homilía
I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía
II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
(Deut
18,15-20) "Suscitaré un profeta de entre tus hermanos"
(1
Cor 7,32-35) "Os digo todo esto para vuestro bien"
(Mc
1,21-28) "Este enseñar con autoridad es nuevo"
Homilía
I: con textos
de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con
Dios" Tomo III
---Liberación del
pecado
---Estar vigilantes
---Luchar
---Liberación del pecado
“Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el
sábado entró
en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su
doctrina,
porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
Había
precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo,
que se
puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has
venido a
destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios» Jesús, entonces, le
conminó
diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu
inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de
tal
manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina
nueva, expuesta
con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen.»
Bien pronto
su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea” (Mc
1,21-28).
El Evangelio nos habla de la curación de un
endemoniado. La victoria sobre el espíritu inmundo es una señal más de
la
llegada del Mesías, Que viene a liberar a los hombres de la más temible
esclavitud: la del demonio y el pecado.
No se excluye -decía Juan Pablo II- que en
ciertos
casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo
sobre
las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo
que se
habla de “posesiones diabólicas”. Los posesos pierden frecuentemente el
dominio
de sí mismos, sobre sus gestos y palabras; en ocasiones son
instrumentos del demonio.
Por eso, esos milagros que realiza el Señor manifiestan la llegada del
reino de
Dios y la expulsión del diablo fuera de los dominios del reino: “Ahora
el
príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera” (Jn 12,31). Cuando
vuelven los
setenta y dos discípulos, llenos de alegría por los resultados de su
misión
apostólica, le dicen a Jesús: Señor hasta los demonios se nos someten
en tu
nombre. Y el Maestro les contesta: Veía yo a Satanás caer del cielo
como un
rayo. Desde la llegada de Cristo el demonio se bate en retirada, aunque
es
mucho su poder y “su presencia se hace más fuerte a medida que el
hombre y la
sociedad se alejan de Dios” (Juan Pablo II 13-8-86); mediante el pecado
mortal
muchos hombres quedan sujetos a la esclavitud del demonio, se alejan de
Dios
para penetrar en el reino de las tinieblas, del mal; en un grado u
otro, se
convierten en instrumentos del mal en el mundo, y quedan sometidos a la
peor de
las esclavitudes. “En verdad os digo: todo el que comete pecado,
esclavo es del
pecado” (Jn 8,34).
---Estar vigilantes
Debemos permanecer vigilantes, para discernir
y
rechazar las insidias del tentador. “Toda vida humana, individual o
colectiva,
se presenta como lucha -lucha dramática- entre el bien y el mal, entre
la luz y
las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con
eficacia por
sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado
entre
cadenas” (Gaudium et Spes 13, Conc. Vat. II). Por eso, hemos de dar
todo su
sentido a la última de las peticiones que Cristo nos enseñó en el
Padrenuestro:
líbranos del mal, manteniendo a raya la concupiscencia y combatiendo,
con la
ayuda de Dios, la influencia del demonio, siempre al acecho, que
inclina al
pecado.
Jesús no ha venido a liberarnos “de los
pueblos
dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de
la
malicia del alma” (San Agustín).
“Líbranos, oh Señor, del Mal, del Maligno; no
nos
dejes caer en la tentación. Haz, por tu infinita misericordia, que no
cedamos
ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde
el
comienzo” (Juan Pablo II).
La
Iglesia nos
enseña que existen pecados mortales por naturaleza -que causan la
muerte
espiritual, la pérdida de la vida sobrenatural-, mientras otros son
veniales,
los cuales, aunque no se oponen radicalmente a Dios, obstaculizan el
ejercicio
de las virtudes sobrenaturales y disponen para caer en pecados graves.
San Pablo nos recuerda que fuimos rescatados
a un
precio alto (1 Cor 7,23) y nos exhorta con firmeza a no volver de nuevo
a la
esclavitud; hemos de ser sinceros con nosotros mismos, para evitar
reincidir,
avivando en nuestras almas el afán de santidad. "El primer requisito
para
desterrar ese mal que el Señor condena duramente, es procurar
conducirse
con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado.
Reciamente,
con sinceridad, hemos de sentir -en el corazón y en la cabeza- horror
al pecado
grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de
abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no
nos privan
de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega"
(Amigos de Dios.243).
Hemos de hacer nuestro aquel lamento del
profeta
Jeremías: “Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, dice
Yahvé. Un
doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva,
para
excavarse cisternas agrietadas incapaces de retener el agua” (Jer
2,12-13).
Aquí reside la maldad del pecado: en que los hombres, "habiendo
conocido a
Dios, no lo glorificaron como Dios, sino que se envanecieron con sus
razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas, dando
culto y
sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador" (Rom 1,21-25).
---Luchar
Si no nos percatamos -nunca penetraremos
bastante en
la realidad del mysterium iniquitatis que es el pecado- de la malicia
de la
ofensa a Dios, nunca plantearemos la lucha en la frontera de lo gra