Homilía

28 de diciembre, Solemnidad de la Sagrada Familia

1 de enero, Santa María, Madre de Dios

4 de enero, domingo II después de Navidad

6 de enero, Solemnidad de la Epifanía del Señor

11 de enero, El Bautismo del Señor

18 de enero, domingo II del Tiempo Ordinario

25 de enero, domingo III del Tiempo Ordinario

1 de febrero, domingo IV del Tiempo Ordinario

8 de febrero, domingo V del Tiempo Ordinario

15 de febrero, domingo VI del Tiempo Ordinario

22 de febrero, domingo VII del Tiempo Ordinario

25 de febrero, Miercoles de Ceniza

1 de marzo, domingo I de Cuaresma

8 de marzo, domingo II de Cuaresma

15 de marzo, domingo III de Cuaresma

19 de marzo, Solemnidad de San José

22 de marzo, domingo IV de Cuaresma

29 de marzo, domingo V de Cuaresma

5 de abril, domingo de Ramos

Solemnidad de la Sagrada Familia

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(Sir 3,3-7.14-17) "Quien honra a su padre, vivirá vida más larga"

(Col 3,12-21) "Revestios de entrañas de misericordia"

(Lc 2,22-40) "Él bajó con ellos y siguió bajo su autoridad"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia romana de San Marcos (29-XII-1985)

---Familia de Belén y familia cristiana

---Santidad de la familia

---Comunidad de vida y de amor

---Familia de Belén y familia cristiana

Christus natus est nobis, venite adoremus”

La Iglesia entera está aún todavía invadida por la alegría de la Navidad. La alegría de la que participan los corazones de los hombres, reanima las comunidades humanas, se manifiesta en las tradiciones, en las costumbres, en el canto y en la cultura entera.

Un día, en los campos de Belén, los pastores que guardaban sus rebaños fueron atraídos por este anuncio, que hoy repite la Iglesia entera. Todos lo transmiten por así decir, de boca en boca de corazón a corazón. “Christus natus est nobis, venite adoremus”.

La Iglesia vive hoy la alegría de la Navidad del Señor, del Hijo de Dios, en Belén: como misterio de la Familia, de la Santa Familia.

Es una verdad profundamente humana: por el nacimiento de un niño la comunidad conyugal del hombre y de la mujer, del marido y de la esposa, se hace más perfectamente familia. Al mismo tiempo, éste es un gran misterio de Dios, que se revela a los hombres: el misterio escondido en la fe y en el corazón de aquellos Esposos, de aquellos Cónyuges María y José, de Nazaret. Al comienzo sólo ellos fueron testigos de que el Niño que nació en Belén es “Hijo del Altísimo”, venido al mundo por obra del Espíritu Santo.

A ellos dos, a María y José, les fue dado a conocer el misterio de aquella Familia que el Padre celestial, con el nacimiento de Jesús, formó con ellos y entre ellos.

---Santidad de la familia

En la medida en que este misterio se revela a los ojos de la fe de los otros hombres, la Iglesia entera ve en la Santa Familia una particular expresión de la cercanía de Dios y al mismo tiempo un signo particular de elevación de toda familia humana, de su dignidad, según el proyecto del Creador.

Esta dignidad se confirma de nuevo con el sacramento del matrimonio, con ese sacramento que es grande -como dice San Pablo- “en Cristo y en la Iglesiala Iglesia” (cfr. Ef 5,32).

Orientando los ojos de nuestra fe hacia la Santa Familia, la liturgia de este domingo trata de poner de relieve lo que es decisivo para la santidad y la dignidad de la familia. Hablan de ello todas las lecturas: tanto el libro del Sirácida como la Carta de San Pablo a los Colosenses, como, finalmente, el Evangelio según Lucas.

En el Salmo responsorial se pone de relieve la singular presencia de Dios en la familia, en la comunión matrimonial del marido y de la mujer, en la comunión que lleva al amor y a la vida. Dios está presente en esta comunión como Creador y Padre, dador de la vida humana y de la vida sobrenatural, de la vida divina. De su bendición participan los cónyuges, los hijos, su trabajo, sus alegrías, sus preocupaciones.

Dichoso el que teme al Señor... serás dichoso, te irá bien... tu mujer, como parra fecunda... tus hijos, como renuevos de olivo... que veas la prosperidad de Jerusalén, todos los días de tu vida” (Sal 127/128).

---Comunidad de vida y de amor

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, trata de poner de relieve el clima de la familia cristiana: el clima espiritual, el clima afectivo, el clima moral.

Escribe: “Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada” (Col 3,12-14).

Hay que leer con atención y meditar todo el pasaje de la Carta a los Colosenses, en el que el Apóstol formula los buenos deseos para los cónyuges y las familias cristianas sobre todo aquello que determina el verdadero bien de la comunidad humana, especialmente de aquella que en síntesis se puede llamar “communio personarum”, “íntima comunidad de vida y de amor” (cfr. Gaudium et Spes, 49).

No existe otra comunidad interhumana tan unificante, tan profunda y universal como la familia. Y al mismo tiempo, tan capaz de hacer felices, y tan exigente, porque es muy vulnerable, dado que está expuesta a diversas “heridas”.

Por ello los buenos deseos del Apóstol se refieren a los problemas más esenciales de la familia cuando escribe:

- revestíos de “amor, que es el ceñidor de la unidad consumada...”;

- “la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón...”;

- “la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza”.

Así se forma la familia humana en toda su dignidad y nobleza, en su entera belleza espiritual (que es incomparablemente más importante que todas las riquezas “reales” y materiales), ¡por la Palabra de Dios!, ¡por la palabra de Cristo!

En esta Palabra se encierran las indicaciones y los mandamientos que determinan la solidez moral de aquella fundamental comunidad humana, de aquella “communio personarum”.

Por ello se puede decir que toda la primera lectura de la liturgia de hoy es un amplio comentario al IV mandamiento del Decálogo:

¡”Honra a tu padre y a tu madre”!

Hay que leer con atención este texto y meditarlo, teniendo siempre ante los ojos aquel “amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”.

Efectivamente, el amor crea el honor, la estima recíproca, la solicitud premurosa, tanto en la relación de los hijos hacia los padres, como en la de los padres hacia los hijos, y sobre todo en la relación recíproca entre los cónyuges.

De este modo el matrimonio y la familia se convierten en aquel ambiente educativo que es absolutamente insustituible: el primero y fundamental y más consistente ambiente humano, que se convierte luego la “iglesia doméstica”. Se puede decir que en la familia también la educación se hace, a menudo inadvertidamente, una autoeducación, porque una sana comunidad familiar permite de por sí el desarrollo normal de toda persona que la compone.

Una especial confirmación de esta realidad son las palabras del Evangelio de San Lucas sobre Jesús cuando tenía doce años:

Él bajó con ellos (es decir, con María y José)... y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2,51-52).

El testimonio sobre la vida de la Santa Familia de Nazaret, como oís, es muy conciso, y al mismo tiempo rico de contenido.

En esta perspectiva y en este contexto fueron pronunciadas las palabras de Jesús cuando tenía doce años, palabras que se proyectan en su futuro:

¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,49).

Precisamente estas palabras que se proyectan en el futuro -las palabras que María y José en aquel momento todavía no comprendían- constituyen una especial comprobación de la santidad de la Familia.

Palabras como éstas, que miran al futuro de los hijos, son fruto de la intensa madurez espiritual de toda familia cristiana.

En efecto, junto a los padres deben madurar los jóvenes, hijos e hijas, para una específica vocación que cada uno de ellos recibe de Dios.

Hagamos siempre nuestras las palabras de esta oración:

Dios, Padre nuestro, que has propuesto la Sagrada Familia Familia como maravilloso ejemplo a los ojos de tu pueblo: concédenos, te rogamos, que, imitando sus virtudes domésticas y su unión en el amor, lleguemos a gozar de los premios eternos en el hogar del cielo”.

DP-322 1985

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

El Niño iba creciendo...” La mayor parte de su vida terrena la pasó Jesús en el hogar de Nazaret y en el taller de José. Tras los sucesos extraordinarios que acompañaron su llegada a la tierra, vino una calma prodigiosa. El anuncio del ángel, la aparición a los pastores de un coro celestial, la estrella que guió a los Magos, la irracional saña de Herodes... todo eso quedó lejos en el tiempo para dar paso a una existencia similar a la que llevamos casi todos. Y así un año y otro, hasta treinta.

Jesucristo, al quedarse treinta años en Nazaret, nos obligó a reparar en la grandeza de la vida ordinaria. Cuando se piensa que tan sólo una pared separaba la casa de la Sagrada Familia de la de sus vecinos o que Jesús, María y José no se ocupaban de cosas distintas a las de sus paisanos, empezamos a intuir la importancia que Dios concede a la fatiga cotidiana.

Necesitamos una fe robusta, madura, porque “cuando la fe flojea el hombre tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se ocupe de sus hijos. Piensa en la religión como algo yuxtapuesto, para cuando no queda otro remedio; espera, no se sabe con qué fundamento, manifestaciones aparatosas, sucesos insólitos... Me gusta hablar de camino, porque somos viadores, nos dirigimos a la Casa del Cielo, a nuestra patria. Pero mirad que un camino, aunque puede presentar trechos de especiales dificultades, aunque nos haga vadear alguna vez un río o cruzar un pequeño bosque casi impenetrable, habitualmente es algo corriente, sin sorpresas. El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!” (San Josemaría Escrivá).

¡Cuánto bien nos puede hacer contemplar a la familia de Nazaret ocupada en un quehacer aparentemente sin relieve! Ese trabajo diario que se nos antoja excesivo y cuya finalidad se nos escapa; o el de las madres de familia que cada mañana se levantan más agotadas que cuando se acostaron para realizar la tarea de siempre: limpiar el polvo, hacer la comida..., todo eso recupera su sentido humano y divino cuando miramos a Nazaret. Las mismas cosas realizadas bajo la luz de Dios son capaces de transformar la vida de una persona, una familia, una sociedad.

Jesucristo, a quien el universo está sujeto, estaba sujeto a los suyos”, dice S. Agustín. Pidamos al Señor en esta celebración por la mediación de María y José, que nos aumente la fe para que descubramos el valor que delante de Dios tiene la vida hogareña, el quehacer diario, los apuros económicos, el cansancio, una sonrisa, un favor, una caricia, el dolor, los contratiempos..., en una palabra, la vida de cada día con sus sinsabores y sus alegrías.

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1 de Enero. Santa María, Madre de Dios

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(Num 6, 26-27) "Bendígate el Señor y te guarde"

(Gal 4,4-7) "Llegada la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer"

(Luc 2,16-21) "María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la solemnidad de la Madre de Dios (1-I-1988)

---La familia humana de los hijos de Dios

---Maternidad de María

---Filiación divina, base de la humanidad

---La familia humana de los hijos de Dios

“Cuando se cumplió el tiempo” (Gal 4,4).

Saludamos a esta nueva fase del tiempo humano, fijando la mirada en el misterio que indica la plenitud del tiempo. Este misterio lo anunció el Apóstol en la Carta a los Gálatas, con las palabras siguientes: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal 4,4).

La plenitud del tiempo.

El tiempo humano del calendario no tiene una plenitud propia. Significa sólo el hecho de pasar. Sólo Dios es plenitud, plenitud también del tiempo humano. Esta se realiza en el momento en que Dios entra en el tiempo del pasar terreno. ¡Año Nuevo: Te saludamos a la luz del misterio del nacimiento divino! Este misterio hace que tú, tiempo humano, al pasar, seas partícipe de lo que no pasa. De lo que tiene por medida la eternidad.

El Apóstol ha manifestado todo eso en su Carta de una forma quizá más sintética y penetrante. “Envió Dios a su Hijo..., para que recibiéramos el ser hijos por adopción” (Gal 4,4-5). Ésta es la primera dimensión del misterio, que indica la plenitud del tiempo. Y después está la segunda dimensión, unida orgánicamente a la primera: “Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá! (Padre)” (Gal 4,6).

Precisamente este “Abbá, Padre”, este grito del Hijo, que es consustancial al Padre, esta invocación dictada por el Espíritu Santo a los corazones de los hijos y de las hijas de esta tierra, es signo de la plenitud del tiempo. El reino de Dios se manifiesta ya en este grito, en esta palabra “Abbá, Padre”, pronunciada desde la profundo del corazón humano en virtud del Espíritu de Cristo.

Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “Abbá, Padre”. Los que puedan hablar así -los que tengan el mismo Padre- ¿acaso no son una sola familia?

El Creador nos ha levantado desde el “polvo de la tierra” hasta hacernos a su imagen y semejanza”. Y permanece fiel a este “soplo” que marcó el “comienzo” del hombre en el cosmos. Y cuando, en virtud del Espíritu de Cristo, clamamos a Dios “Abbá, Padre”, entonces, en ese grito, en el umbral del año nuevo, la Iglesia expresa por medio de nosotros también el deseo de la paz en la tierra. Ella reza así: “El Señor se fija en ti -familia humana de todos los continentes- y te conceda la paz” (cfr. Num 6,26).

“Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”. Desde el comienzo de la historia terrena del hombre, camina la mujer por la tierra. Su primer nombre es Eva, madre de los vivientes. Su segundo nombre queda unido a la promesa del Mesías en el Protoevangelio.

---Maternidad de María

El segundo nombre, el de la Mujer eterna, atraviesa los caminos de la historia espiritual del hombre y es revelado solamente en la plenitud del tiempo. El nombre es “Myriam”, María de Nazaret. Desposada con un hombre cuyo nombre era José, de la casa de David. María, ¡Esposa mística del Espíritu Santo!

En efecto, su maternidad no proviene “ni de amor carnal ni de amor humano” (cfr Jn 1,13) sino del Espíritu Santo. La maternidad de María es la Maternidad divina, que celebramos durante toda la octava de Navidad, pero de modo particular hoy, día 1 de enero. Vemos esta maternidad de María a través del “Niño acostado en el pesebre” (Lc 2,16), en Belén, durante la visita de los pastores: los primeros que fueron llamados a acercarse al misterio que marca la plenitud del tiempo.

El Niño de pecho que está acostado en el pesebre había de recibir el nombre de “Jesús”. Con este nombre lo llamó el Ángel en la Anunciación “antes de su concepción” (Lc 2,21). Y con este nombre es llamado hoy, el octavo día después del nacimiento, el día prescrito por la ley de Israel. Pues el Hijo de Dios “ha nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley”. Así escribe el Apóstol (cfr Gal 4,4-5).

Esa sumisión a la ley -herencia de la Antigua Alianza- debía abrir el camino a la Redención por medio de la sangre de Cristo, abrir el camino a la herencia de la Nueva Alianza. María está en el centro de estos acontecimientos. Permanece en el corazón del misterio divino. Unida más de cerca a esa plenitud del tiempo, que se une a su maternidad. Ella permanece al mismo tiempo como el signo de todo lo que es humano.

¿Quién es signo de lo humano más que la mujer? En ella es concebido, y por ella viene al mundo el hombre. Ella, la mujer, en todas las generaciones humanas lleva en sí la memoria de cada hombre. Porque cada uno ha pasado por su seno materno. Sí. La mujer es la memoria del mundo humano. Del tiempo humano, que es tiempo de nacer y de morir. El tiempo del pasar.

Y María también es memoria. Escribe el Evangelista: “Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Ella es la memoria originaria de esos problemas que vive la familia humana en la plenitud de los tiempos. Ella es la memoria de la Iglesia. Y la Iglesia asume por Ella las primicias de lo que incesantemente conserva en su memoria y hace presente. La Iglesia aprende de la Madre de Dios la memoria “de las grandes obras de Dios” hechas en la historia del hombre. Sí. La Iglesia aprende de María a ser Madre: “Mater Ecclesiae!”.

Ahora el día de su Maternidad, nos dirigimos a Ella, a la Madre de Dios, para que “conserve y medite en su corazón” “todos los problemas” de estos pueblos.

---Filiación divina, base de la humanidad

Dios mandó a su Hijo “nacido de mujer”. Mediante el nacimiento de Dios en la tierra participamos en la plenitud del tiempo.

Y esta plenitud la lleva a cabo en nuestros corazones el Espíritu del Hijo, que confirma en nosotros la certeza de la adopción como hijos. Y así, desde la profundidad de esta certeza desde la profundidad de la humanidad renovada con la “deificación”, como proclama y profesa la rica tradición de la Iglesia Oriental, desde esta profundidad clamamos, bajo el ejemplo de Cristo: “Abbá, Padre”. Y al clamar así, cada uno de nosotros se da cuenta de que “ya no es esclavo sino hijo”. “Y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios” (Gal 4,7).

¿Sabes tú, familia humana, lo sabes, hombre de todos los países y continentes, de todas las lenguas naciones y razas..., sabes tú de esta herencia? ¿Sabes que está en la base de la humanidad? ¿Y de la herencia de la libertad filial?

¡Cristo Jesús! ¡Hijo del Eterno Padre, Hijo de la Mujer, Hijo de María, no nos dejes a merced de nuestra debilidad y de nuestra soberbia!

¡Plenitud encarnada! ¡Permanece en el hombre, en cada una de las fases de su tiempo terreno! ¡Sé Tú nuestro Pastor! ¡Sé nuestra paz!

DP-2 1988

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“El Señor tenga piedad y no bendiga”. Pedimos la bendición de Dios con el Salmo Responsorial para el año que comienza. Con el envío de su Hijo a la tierra, esa bendición ha adquirido una verdad y un relieve insospechado y María es quien nos la ha traído. S. Atanasio se fija en cómo el Ángel le dijo a María no que nacerá en ti como si se tratara de un cuerpo que ha sido introducido en su seno desde el exterior, “sino de ti, para que creyéramos que lo que se engendraba había tomado su origen de ella”.

Madre de Dios, porque lo que de ti nacerá “se llamará Hijo de Dios” (Lc 1,35). El nacimiento virginal de Jesús supone la re-creación absoluta del mundo. Si en las tradiciones del Antiguo Testamento, recordadas por S. Pablo, se decía que por una mujer entró el pecado en el mundo, ahora Dios manifiesta que por una mujer, María, la llena de gracia, se ha concedido al mundo la salvación. De ahí que la Tradición de la Iglesia afirme reiteradamente que “la muerte vino por Eva, la vida por María”. María es la nueva Eva, promesa de lo que seremos: hijos de la Resurrección al final de los tiempos. Ella es la “gran señal” ofrecida al mundo (Cfr Apostolado 12,1). ¡Madre de Dios! Ninguna criatura humana ha sido elevada a una dignidad tan grande. María, unida desde siempre a la Trinidad Beatísima, que junto con Dios Padre puede llamar al Verbo de Dios Hijo mío, la que “ni la lengua de los hombres, ni la mente de los ángeles, que es lo más sublime del mundo, pueden dignamente ensalzarla” (S. Juan Damasceno), es también, por voluntad expresa de Dios, Madre nuestra. ¡Qué orgullo y qué satisfacción poder afirmar: tengo una madre en el cielo que me quiere de un modo inefable! ¡Tengo la misma madre que tiene Jesucristo! ¡Soy amado por una criatura maravillosa! ¡Sí, tengo una Madre en el Cielo a la que puedo acudir, como un pequeño a la suya, en mis apuros espirituales y materiales! “María es nuestra Madre. Interesadla -dice Newman- en vuestro éxito espiritual. Pedídselo seriamente, pues Ella puede hacer por vosotros más que nadie. Recordadle en vuestra oración los dolores que Ella sufrió cuando una afilada espada traspasó su alma. Recordadle su propia perseverancia, que constituyó en Ella un don del mismo Dios al que pedís la vuestra. El Señor no os lo negará, no se lo negará a Ella, si acudís a su intercesión”. Imploremos de María su cariño y su protección para todo este año que hoy comienza con aquella oración que se remonta a los primeros tiempos del cristianismo. “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desoigas nuestras súplicas en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita”.

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Domingo II después de Navidad

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(Ecl 24, 1-2.8-12) “Desde el principio, antes de los siglos, me creó”

(Ef 1,3-6.15-18) “Bendito sea Dios (…) que nos ha bendecido en la persona de Cristo”

(Jn 1,1-18) “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

En el rezo del Ángelus, 4-I-1987

---El Verbo se hizo carne

---Elegidos para ser hijos adoptivos

---Predestinados en Cristo

---El Verbo se hizo carne

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el que va a nacer se llamará Hijo de Dios” (Lc 1,35).

Nos reunimos para el Ángelus. Escuchamos cada vez estas palabras, que el mensajero divino dirige a la Virgen de Nazaret. Hoy nos volvemos a legrar por el cumplimiento de estas palabras.

">">La Iglesia vive el tiempo del Nacimiento del Señor. El Verbo –que por el anuncio del Ángel fue concebido en el seno de María de Nazaret- ya se hizo carne. El Hijo de Dios ya tiene su nombre humano. Se llama Jesús, es decir, “Salvador”.

La liturgia del Domingo de hoy nos invita a leer de nuevo profundamente el misterio del Nacimiento de Dios. Escuchemos, pues, las palabras de la carta a los Efesios: “El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales. Ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo…, nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo.” (Ef 1,3-5).

---Elegidos para ser hijos adoptivos

No podemos vivir el nacimiento del Señor sin pensar en esta elección. Estamos eternamente en el “predilecto” Hijo del Padre. Esta elección permanece, ha revestido la forma de la noche de Belén. Se ha hecho el evangelio de la cruz y de la resurrección. Sobre el acontecimiento de Belén se ha puesto el sello definitivo. El sello de la “predestinación divina”.

---Predestinados en Cristo

Somos predestinados en Cristo. Como quiera que se desarrollen los destinos del hombre sobre la tierra, cualquier cosa que traiga consigo el nuevo año, cualquiera que sea la dirección que tomen los acontecimientos de la historia humana, ¡somos elegidos!

El Hijo de Dios se hizo hombre para volver a confirmar, mediante la asunción de todas las dimensiones de la existencia humana sobre la tierra, esta Verdad eterna: la divina verdad sobre el hombre.

Recemos a María para que el Nacimiento del Señor renueve en nosotros la conciencia de esta verdad. Para que la suscite donde todavía hay oscuridad.

DP-4 1987

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Jesús, a quien hemos contemplado en Navidad como un pequeño que no puede valerse por sí mismo y que fue bañado, vestido, abrazado, besado, criado y educado por María y José, esto es: un Jesús de carne y hueso, hombre verdadero, es la Palabra que originó todo lo que vemos y no vemos.

Jesucristo es Dios. No es un hombre tan sólo, ni siquiera un hombre excepcional o el más perfecto que haya existido, sino una criatura humana perfectísima que también es Dios, como declara el Símbolo Atanasiano. Jesucristo, el Hijo de Dios, vive desde siempre en el seno del Padre. Sólo desde esta filiación eterna se puede explicar la filiación terrena en el seno de María, como explicó S. Tomás de Aquino (S. Th. III, q. 32).

“En el principio ya existía la Palabra...” Con la sencillez de unas líneas, S. Juan nos descubre el insondable misterio de Cristo. Orígenes pensaba que “sería necesario haber reposado sobre el pecho de Jesús, haber recibido a María por madre, ser un segundo Juan”, para calar todo el sentido de esta página incomparable. Y en su comentario a estos versículos, S. Agustín insiste en que “explicarlos supera a toda capacidad”, añadiendo: “No temo afirmar, mis hermanos, que ni el mismo Juan lo dijo como es, sino como pudo decirlo. Es un hombre el que habla de Dios. Dios le inspira, es verdad, pero no dejaba de ser hombre. La inspiración le hizo decir algo; sin ella, hubiera enmudecido del todo. No dijo todo lo que el misterio es, sino lo que puede decir el hombre”.

En el Discurso a Diogneto, atribuido a Cuadrato, se dice que “el Creador del Universo y Dios invisible, Él mismo hizo bajar de los cielos su Verdad y su Palabra santa e incomprensible y la aposentó en los hombres y sólidamente la asentó en sus corazones. Y eso, no mandándoles a hombre alguno como alguien pudiera imaginar, o a alguno de sus servidores o a un ángel..., sino al mismo Artífice y Creador del Universo”.

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. El orgullo y la grandeza de Israel, el pueblo elegido por Dios, consistía en la viva conciencia de que la gloria del Señor habitaba en el Templo, sobre el Arca de la Alianza. La Encarnación nos dice que la humanidad de Jesús es el templo vivo de la gloria de Dios. Después de su Ascensión al Cielo, la divinidad y humanidad del Hombre-Dios moran allí donde sacramentalmente se conserva el pan transformado en su Cuerpo y Sangre, por eso llamamos a su morada tabernáculo, esto es, tienda de Dios que habita en medio de nosotros. No sabríamos lo que es la gratitud si no acudiéramos con la frecuencia y el fervor que nos sea posible a encontrarnos con Él en la Eucaristía.

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6 de Enero. Solemnidad de la Epifanía del Señor

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(Is 60,1-6) "La gloria del Señor ha nacido sobre ti"

(Ef 3,2-3.5-6) "Los gentiles son coherederos y participante de su promesa en Jesucristo"

(Mt 2,1-12) "¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la consagración de nueve Obispos (6-I-1984)

---Los Magos de Oriente

---Manifestación del Redentor

---Reconocer al Mesías

---Los Magos de Oriente

Hoy, en el horizonte de la Navidad, aparecen tres nuevas figuras: los Magos de Oriente.

Vienen de lejos siguiendo la luz de la estrella que se les ha aparecido. Se dirigen a Jerusalén, llegan a la corte de Herodes. Preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2,2).

En la liturgia de la Iglesia la solemnidad de hoy se llama Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación.

Esta expresión nos invita a pensar no sólo en la estrella que apareció a los ojos de los Magos, no sólo en el camino que estos hombres de oriente hacen, siguiendo el signo de la estrella. La Epifanía nos invita a pensar en el camino interior, del que nace el misterioso encuentro del entendimiento y del corazón humano con la luz de Dios mismo.

“La luz... que alumbraba a todo hombre, cuando viene al mundo” (cfr. Jn 1,9).

Los tres personajes de Oriente seguían con certeza esta luz antes aún de que apareciera esta estrella.

Dios les hablaba con la elocuencia de toda la creación: decía que es, que existe; que es Creador y Señor del mundo.

En cierto momento, por encima del velo de las criaturas, los acercó todavía más a Sí mismo. Y a la vez, ha comenzado a confiarles la verdad de su Venida al mundo. De algún modo, los introdujo en el conocimiento del designio divino de la salvación.

---Manifestación del Redentor

Los Magos respondieron con la fe a esa Epifanía interior de Dios.

Esta fe les permitió reconocer el significado de la estrella. Esta fe les mandó también ponerse en camino. Iban a Jerusalén, capital de Israel, donde se transmitía de generación en generación la verdad sobre la venida del Mesías. La habían predicado los profetas y habían escrito de ella los libros santos.

Dios, que habló al corazón de los Magos con la Epifanía interior, había hablado a lo largo de los siglos al Pueblo elegido y les había predicado la misma verdad sobre su venida.

Esta verdad se cumplió la noche del nacimiento de Dios en Belén. Ya esta noche es la Epifanía de Dios, que ha venido: Dios que nació de la Virgen y fue colocado en el pobre pesebre, Dios que ocultó su venida en la pobreza del nacimiento en Belén: he ahí la Epifanía del divino ocultamiento.

Sólo un grupo de pastores se apresuró para ir a su encuentro...

Pero mirad que ahora vienen los Magos. Dios, que se oculta a los ojos de los hombres que viven cerca de Él, se revela a los hombres que vienen de lejos.

---Reconocer al Mesías

Dice el profeta a Jerusalén:

“Caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti: tus hijos llegan de lejos” (Is 60,3-4).

Los guía la fe. Los guía la fuerza interior de la Epifanía.

De esta fuerza habla así el Concilio:

“Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cfr. Ef 1,9); por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cfr. Col 1,15; 1Tim 1,17), movido de amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).

Los Magos de Oriente llevan en sí esa fuerza interior de la Epifanía. Les permite reconocer al Mesías en el Niño que yace en el pesebre. Esta fuerza les manda postrarse ante Él y ofrecerle los dones: oro, incienso y mirra (cfr. Mt 2,11).

Los Magos son, al mismo tiempo, un anuncio de que la fuerza interior de la Epifanía se difundirá ampliamente entre los pueblos de la tierra.

Dice el Profeta:

“Entonces lo verás, radiante de alegría;/ tu corazón se asombrará, se ensanchará,/ cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar,/ y te traigan las riquezas de los pueblos” (Is 60,5).

Permitid a esta fuerza divina irradiarse en vuestro corazón como en una Jerusalén interior, a la que dice la liturgia de hoy:

“Levántate, brilla,/ que llega tu luz;/ la gloria del Señor amanece sobre ti” (Is 60,1).

Permitid a la fuerza salvífica de la divina Epifanía irradiarse entre los hombres y los pueblos, a los que sois enviados, como testimonio de la verdad y de la misericordia.

Verdaderamente: “Volcarán sobre ti las riquezas de los pueblos” (cfr. Is 60,5).

Y responded al don de la solemnidad de hoy con un incesante, continuo don: ofreced oro, incienso y mirra.

De este modo la abundancia de la Epifanía divina permanecerá en vosotros y se renovará en el camino del servicio apostólico.

DP-5 1984

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Ésta es la razón que dan aquellos Magos para justificar el largo y penoso camino que emprendieron abandonando la serena ocupación de todos los días. La misma razón que conduce a tantas y tantos a dejarlo todo por el Señor. Y es igualmente la razón del caminar cristiano abandonando la tranquilidad burguesa que una sociedad permisiva está constantemente proponiendo.

Pero a veces la estrella, como a los Magos, se oculta, y las sombras de la noche se enseñorean de todo ocultando el camino y suprimiendo sus perfiles orientadores. En esas horas, siempre hay quien puede ayudarnos porque el camino está ahí. Pero también hay quienes, aprovechando la oscuridad, engañan al viajero, como Herodes con su información interesada. Lo que hoy sucede, por lo que se refiere a ese haz de verdades elementales que están a la base de la armónica convivencia entre los pueblos, es objetivamente grave. Hay un ataque organizado y sin tregua a la Verdad revelada por Dios y a las instituciones naturales queridas por Él.

¡Cuántas veces, y por diversos motivos, la estrella que guiaba nuestros pasos se oculta y la oscuridad nos envuelve. La ilusión y el entusiasmo con que se inició un proyecto se esfuman. Un ejemplo. Se casaron. Él y ella decían que no había en el firmamento una estrella más hermosa. Todos decían que parecía que habían nacido el uno para el otro. Hubo años de intensa felicidad. Hoy arrastran una existencia lánguida y piensan que se equivocaron de pareja. ¿Cómo puede ser que lo que ayer era luz y entusiasmo hoy sea oscuridad y decepción? Y otro tanto sucede con la profesión, las aficiones preferidas, los compromisos adquiridos, y también en la vida espiritual. Somos así. Al amanecer vemos claro, al mediodía dudamos y al atardecer todo parece oscuro.

Es preciso contar con la eventualidad de que la estrella del entusiasmo se apague porque Dios desea que no nos movamos por puro entusiasmo sino por la luz de su Palabra. No debemos tolerar que las oscuras luces del capricho o del cansancio desplacen la luminaria del Evangelio. En esos momentos, particularmente críticos, en que se pueden tomar decisiones lamentables, malogrando fidelidades de años, hay que hacer como los Magos: preguntar a quien conoce el camino y puede orientarnos. “Cristo ha dado a su Iglesia la seguridad de la doctrina, la corriente de gracia de los Sacramentos; y ha dispuesto que haya personas para orientar, para conducir, para traer a la memoria constantemente el camino. Disponemos de un tesoro infinito de ciencia: la Palabra de Dios, custodiada en la Iglesia; la gracia de Cristo, que se administra en los Sacramentos; el testimonio y el ejemplo de quienes viven rectamente junto a nosotros, y que han sabido construir con sus vidas un camino de fidelidad a Dios” (S. Josemaría Escrivá).

Si nos dejamos guiar por la estrella que brilló al comienzo del camino cristiano emprendido y no por el resplandor pasajero del entusiasmo, encontraremos al final a María, José y a Jesucristo, Luz y Esperanza de las naciones. “Mientras los Magos -dice S. Juan Crisóstomo- estaban en Persia, no veían sino una estrella; pero cuando dejaron su patria, vieron al mismo Sol de Justicia”.

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El Bautismo del Señor

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(Is 42,1-4.6-7) "No vacilará ni se quebrará hasta que establezca la justicia"

(Hch 10,34-38) "Dios no es aceptador de personas"

(Mc 1,6-11) "Tú eres mi Hijo el amado, en Ti me he complacido"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor (12-I-1997)

---El bautismo de penitencia de Juan

---El bautismo libera de la culpa original y perdona los pecados

---Revelación de la Santísima Trinidad

---El bautismo de penitencia de Juan

“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

La Iglesia celebra hoy el bautismo de Cristo, y también este año tengo la alegría de administrar, en esta circunstancia, el sacramento del bautismo a algunos recién nacidos.

Antes de administrar el sacramento a estos niños recién nacidos quisiera detenerme a reflexionar con vosotros en la palabra de Dios que acabamos de escuchar. El Evangelio de San Marcos, como los demás sinópticos, narra el bautismo de Jesús en el río Jordán. La liturgia de la Epifanía recuerda este acontecimiento, presentándolo en un tríptico que comprende también la adoración de los Magos de Oriente y las bodas de Caná. Cada uno de estos tres momentos de la vida de Jesús de Nazaret constituye una revelación particular de su filiación divina. 

Lo que Juan el Bautista confería a orillas del Jordán era un bautismo de penitencia, para la conversión y el perdón de los pecados. Pero anunciaba: “Detrás de mí viene el que puede más que yo (...). Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,7-8). Anunciaba esto a una multitud de penitentes, que se le acercaban confesando sus pecados, arrepentidos y dispuestos a enmendar su vida.

---El bautismo libera de la culpa original y perdona los pecados

De muy diferente naturaleza es el bautismo que imparte Jesús y que la Iglesia, fiel a su mandato, no deja de administrar. Este bautismo libera al hombre de la culpa original y perdona sus pecados, lo rescata de la esclavitud del mal y marca su renacimiento en el Espíritu Santo; le comunica una nueva vida que es participación de la vida de Dios Padre y que nos ofrece su Hijo unigénito, hecho hombre, muerto y resucitado.

---Revelación de la Santísima Trinidad

Cuando Jesús sale del agua, el Espíritu Santo desciende sobre él como una paloma y tras abrirse el cielo, desde lo alto se oye la voz del Padre: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,11). Por tanto, el acontecimiento del bautismo de Cristo no es sólo revelación de su filiación divina, sino también, al mismo tiempo, revelación de toda la Santísima Trinidad: el Padre −la voz de lo alto− revela en Jesús al Hijo unigénito consustancial con él, y todo esto se realiza por virtud del Espíritu Santo que bajo la forma de paloma desciende sobre Cristo, el consagrado del Señor.

Los Hechos de los Apóstoles nos hablan del bautismo que el apóstol Pedro administró al centurión Cornelio y a sus familiares. De este modo, Pedro realiza el mandato de Cristo resucitado a sus discípulos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). El bautismo con el agua y el Espíritu Santo es el sacramento primero y fundamental de la Iglesia, sacramento de la vida nueva en Cristo.

También estos niños dentro de poco recibirán ese mismo bautismo y se convertirán en miembros vivos de la Iglesia. Serán ungidos con el óleo de los catecúmenos, signo de la suave fortaleza de Cristo, que se les da para luchar contra el mal. El agua bendita que se les derrama es signo de la purificación interior mediante el don del Espíritu Santo, que Jesús nos hizo al morir en la cruz. Después se recibe una segunda y más importante unción con el “crisma”, para indicar que son consagrados a imagen de Jesús, el ungido del Padre. La vela encendida que se les entrega es símbolo de la luz de la fe que los padres y padrinos deberán custodiar y alimentar continuamente con la gracia vivificante del Espíritu.

DP-5 1997

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”. En el Bautismo, que representa nuestro nacimiento a la vida cristiana, cada uno “vuelve a escuchar la voz que un día resonó a orillas del Jordán: Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco (Lc 3,22); y entiende que ha sido asociado al Hijo predilecto. Se cumple así en la historia de cada uno el designio del Padre: a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29)” (Juan Pablo II).

Saboreemos esta verdad al pensar en nuestro Bautismo y procuremos no olvidarla, sobre todo, cuando la vida presente su cara menos simpática. Quien ha creado todo lo que vemos y no vemos, al que adoran millones y millones de ángeles con enorme respeto y una profunda veneración, quien tiene en sus manos el destino de este mundo que pasa, es mi Padre. Mi Padre. No un ser lejano que vive el margen de mis temores y esperanzas, sino Alguien a quien puedo acudir con la confianza con la que un pequeño acude a su madre o a su padre en sus apuros.

Desde el día de nuestro Bautismo, el Espíritu Santo que descendió también a nuestro corazón va labrando en él la imagen de Jesús. Pero “no como un artista, dice S. Cirilo de Alejandría, que dibujara en nosotros la divina sustancia como si Él fuera ajeno a ella. No es de esta forma como nos conduce a la semejanza divina; sino que Él mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios”.

Si somos dóciles a esa acción del Espíritu Santo y que se manifiesta en impulsos de una mayor generosidad con Dios y con quienes nos rodean, en una lucha más seria contra nuestras inclinaciones torcidas, iremos poco a poco pareciéndonos cada vez más a Jesucristo, haciéndonos una sola cosa con Él, sin dejar de ser nosotros mismos, como ese hierro que metido en la fragua va progresivamente llenándose de luz y energía. Nuestra vida se convierte entonces, en cierto sentido, en una prolongación de la vida terrena de Jesús, porque Él vive verdaderamente en nosotros como el fuego en el hierro.

S. Francisco de Sales solía decir que entre Jesucristo y los buenos cristianos no existe más diferencia que la que se da entre una partitura y su interpretación por diversos músicos. La partitura es la misma, pero la interpretación suena con una modalidad distinta, personal; y es el Espíritu Santo quien la dirige contando con las distintas maneras de ser de esos instrumentos que somos nosotros. ¡Qué inmenso valor adquiere entonces todo lo que hacemos: el trabajo, las contrariedades diarias bien llevadas, los pequeños y grandes servicios, el dolor! Sí, Dios se complace en nosotros, porque en cada uno ve la imagen de su Hijo preferido.

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Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(1Sm 3,3b-10.197) "Habla, Señor, que tu siervo te escucha"

(1Cor 6,13c-15a.17-20) "Vuestros cuerpos son miembros de Cristo"

(Jn 1,35-42) "Vieron dónde vivía y se quedaron con él"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia romana de Santa Mª Liberadora (14-I-1979)

---La vocación de los Apóstoles

---La vida humana como vocación

---La parroquia, lugar de la llamada divina

-La vocación de los Apóstoles

Hemos escuchado la palabra de Dios en la liturgia de hoy, que nos habla con el lenguaje del libro de Samuel, de la Carta de San Pablo a los Corintios y del Evangelio de San Juan. A pesar que estos lenguajes que hemos oído sean muy diversos, la Palabra de Dios en este domingo nos habla de un tema: “la vocación”, la “llamada”. Esto se acentúa en la descripción contenida en el libro de Samuel: Dios llama por su nombre a un joven; lo llama con voz perceptible, pronunciando su nombre. Samuel oye la voz y despierta tres veces del sueño, y por tres veces no logra comprender de quién es la voz que lo llama por su nombre. Sólo la cuarta vez, aleccionado por Helí, da una respuesta oportuna: “Habla Yavé, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,9).

Este pasaje del libro de Samuel nos permite comprender más a fondo la vocación de los primeros Apóstoles: de Andrés y de Pedro, llamados por Jesucristo. También ellos aceptan la llamada, siguen a Jesús; primero Andrés que anuncia a su hermano: “Hemos hallado al Mesías”; luego, a su vez, Simón, a quien Jesús, en este primer encuentro, predice su nuevo nombre: “Cefas” (“que quiere decir Pedro”, Jn 1,42).

-La vida humana como vocación

Cuando seguimos después el pensamiento que expone San Pablo en su Carta a los Corintios, nuestro tema parece abrirse a una dimensión ulterior. El Apóstol escribe a los destinatarios de su Carta: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis? Habéis sido comprados a gran precio” (1 Cor 6,19-20).

Dios que llama al hombre a su servicio y le asigna una tarea, tiene sobre él el derecho fundamental, porque es Creador y Redentor de cada uno de nosotros. Si nos llama, si nos invita a seguir un determinado camino, lo hace para que no desvirtuemos su obra, para que respondamos con nuestra misma vida al don que recibimos de Él, para que vivamos de manera digna del hombre que es “templo de Dios”, para que seamos capaces de cumplir el deber particular que quiere confiarnos.

-La parroquia, lugar de la llamada divina

La parroquia, que es –según afirma el Concilio Vaticano II- “como la célula” de la diócesis (cf. Apostolicam actuositatem, 10), es precisamente el ambiente en el que el cristiano debe sentir la llamada que le dirige Dios, acogerla y realizarla: y en esto le ayudan ciertamente la fe y la vida de fe de toda la vida parroquial. Vida de fe que comienza en la familia, inserta dinámicamente en la parroquia, y que se desarrolla desde el bautismo hasta el encuentro con Cristo en la muerte, siguiendo el principio de estrecha colaboración entre familia y parroquia, que cooperan conjuntamente a la formación del cristiano consciente y maduro.

He aquí, pues, la necesidad insuprimible de la catequesis parroquial, que integra y completa la enseñanza de la religión impartida en la escuela, y vincula los conocimientos religiosos con la vida sacramental.

Exactamente en este contexto, cada uno de los feligreses –especialmente si son jóvenes- deben hacerse, con plena conciencia, la pregunta fundamental de su propia existencia cristiana: “¿A qué me llama Dios?” Podrá ser la llamada a una determinada profesión puesta al servicio de los otros y de la sociedad, como médico, maestro, abogado, profesional, obrero…; o la vocación a la vida familiar, mediante el sacramento del matrimonio; o, para algunos, la llamada al servicio exclusivo de Dios, como –nos lo recuerda la liturgia de hoy- sucedió a Samuel, Andrés, Simón. Pero toda la vida del hombre cristiano, fruto del amor infinito de Dios Padre, es una “vocación”, que abraza las diversas etapas de la existencia y da sentido a las diversas situaciones, incluso al sufrimiento, a la enfermedad, a la vejez. Siempre y en todas las circunstancias, el cristiano debe saber repetir, con fe y convicción, las palabras del joven Samuel: “Habla, Yavé, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,9).

DP-17 1979

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

“Hemos encontrado al Mesías”, dice Andrés a su hermano Simón Pedro. Se trasluce en este primer encuentro de Jesús con los que serán sus discípulos ese algo primaveral y radiante que tiene el perfume de lo que se custodia como algo entrañable y, al propio tiempo, se comunica porque la alegría por un hallazgo así no cabe en un corazón sólo. ¿Cómo guardar para sí semejante descubrimiento? Enseguida se desencadena un proselitismo en el que la alegría de un hallazgo actúa por contagio. Dios se vale de los lazos de sangre o de amistad para llamar a sus colaboradores.

La amistad cristiana puede abrir la puerta del corazón de nuestros amigos, a ese Cristo que tal vez no puede entrar porque la cancela de los prejuicios los mantiene recluidos en la cárcel de la ignorancia, la reserva mental, la confusión doctrinal o una incurable pereza. La amistad es el cauce natural y divino para un apostolado hondo, capilar, hecho uno a uno, persona a persona.

¡Cuántos prejuicios contra la Iglesia, sus Sacramentos, su moral y su culto, podríamos alejar de la cabeza y el corazón de nuestros amigos! A cuántos podríamos decirles, en el cálido dédalo de la amistad: ¿quién te ha dicho que estas cosas son inoperantes en nuestro mundo y tan sólo tienen un poder tonificante en las horas yermas, solitarias o crepusculares de la vida? Es más. A ninguno se nos oculta, por evidente, que hay cosas que sólo se admiten cuando se tratan en ese clima entrañable que la amistad crea; y que, igualmente, hay asuntos por corregir o mejorar en los demás que sólo el amigo, con su trato delicado y oportuno, puede señalar.

El Señor nos convoca a todos, de una forma o de otra, a una edad u otra. A veces lo hará a una edad temprana, como en el caso de Samuel que nos refiere la 1ª Lectura de hoy; en otras ocasiones al inicio de la madurez de la vida, como en el caso de Simón Pedro, de Juan y los otros dos discípulos. En cualquier ocasión hay que responder a esa llamada con la alegría estremecida que respira esta página del Evangelio de hoy.

Jesús pasa hoy también a nuestro lado; también en esta celebración. Pasa cuando una sacerdote, un amigo, un buen libro, unos días de recogimiento y oración, nos lo señalan como Juan Bautista se lo mostró a sus discípulos. También pasa al lado de los que en la vida queremos cuando  hacemos eco de sus enseñanzas con una conversación oportuna y el ejemplo de una vida cristiana que lucha por ser coherente. ¡Cuántas ocasiones en la vida de familia, en nuestro lugar de trabajo, en la calle, para prestar una ayuda espiritual a nuestros hermanos! Sí, Jesús se hace el encontradizo con nuestros amigos a través de nosotros cuando no rehuimos la conversación sobre temas espirituales, y ese diálogo espontáneo y sincero puede constituir para muchos el comienzo de un vivir distinto.

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Domingo III del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(Jo 3,1-5.10) "Se levantó Jonás y partió para Nínive"

(1 Cor 7,29-31) "El tiempo es corto"

(Mc 1,14-20) "Convertios y creed en el Evangelio"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia romana de Sta. Teresa de Jesús (24-I-1982)

---Necesidad de la conversión constante

---La vocación

---Cristo llama a cada uno

---Necesidad de la conversión constante

“Está cerca el reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia” (Mc 1,15).

La liturgia propone dos temas: el primero de ellos es la conversión; el segundo, la vocación.

La conversión es proclamada por el profeta del Antiguo Testamento Jonás, al que Dios envió a una gran ciudad, Nínive: “Dentro de Cuarenta días Nínive será arrasada” (Jo 3,4) a causa de sus pecados. Así hablaba, por medio del Profeta, a los habitantes de Nínive el Señor, de quien dice el Salmista que “enseña el camino a los pecadores” (Sal 25/24,8).

El anuncio de Jonás obtuvo resultados: “Se convertían de sus pecados” (Jo 3,10) y, por esto, el Señor no envía el castigo anunciado.

La conversión es proclamada también por Jesucristo: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: Convertios y creed la Buena Noticia” (Mc 1,15).

En uno y otro caso la conversión significa alejamiento del mal, del pecado. En el primer caso el alejamiento del mal se impone por miedo al castigo (Jonás). En cambio Jesucristo invita a la conversión por la cercanía de Dios y de su reino.

La conversión es un momento clave de la vida interior de cada uno de los hombres, en la vida religioso-moral. Ésta tiene múltiples características y se realiza en diversos períodos de la vida. Nosotros hablamos de conversión, cuando se trata de un trastrueque fundamental que decide el cambio de dirección en la vida y en la conducta. Pero hay también conversiones cotidianas, que aparentemente pasan casi inadvertidas y se refieren a problemas en apariencia pequeños, y sin embargo importantes para el desarrollo del alma humana.

Se habla también de la primera y segunda conversión y, a veces, de la tercera. La primera significa el alejamiento de los pecados graves que obstaculizan la vida sobrenatural. Las sucesivas conversiones se refieren a etapas ulteriores en el camino del alejamiento del mal y del acercamiento a Dios.

Este es el primer tema que descubrimos en la palabra de la liturgia de hoy. A este tema hay que referir también las palabras del Salmo responsorial:  “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor” (Sal 25/24, 6-7).

La conversión está en íntimo y orgánico vínculo con la misericordia divina.

---La vocación

El segundo tema -como hemos dicho- es la vocación.

Sobre la vocación del hombre por parte de Dios habla también la primera lectura: “Levántate y vete a Nínive, la gran capital y pregona allí el pregón que te diré” (Jo 3,2). Jonás se levantó y se fue...

La lectura del Evangelio recuerda la llamada de los primeros Apóstoles. En los dos casos allí citados se trata de dos hermanos: primero de Simón (denominado después Pedro) y de su hermano Andrés; luego de Santiago, hijo de Zebedeo, y de su hermano Juan. Cristo llamó a los dos primeros en la ribera del mar de Galilea cuando, al ser pescadores, “estaban echando el copo en el lago” (Mc 1,17). A los otros los llamó cuando, junto al mismo mar, “estaban en la barca repasando las redes” (Mc 1,19). Y también ellos, “dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él” (Mc 1,20).

Como se ve, la vocación significa llamada del hombre por parte de Dios. Dios llama al cumplimiento de tareas que asigna al hombre y, al llamarlo, le manda tener confianza de que llegará a realizar su misión. Así fue precisamente en el caso de Jonás, que incluso quería huir de la llamada de Dios, juzgando que era superior a sus fuerzas. Los hijos de Jonás y de Zebedeo, llamados junto al mar de Galilea, siguieron muy gustosamente a Cristo. Sin embargo, es sabido que, en el camino de su vocación apostólica, les esperaban diversas pruebas a cada uno de ellos.

Al tema de la vocación se refieren también las palabras del Salmo (25/24,4-5) “Señor enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas. Haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador”.

Precisamente: la esperanza: Si Dios pone ante nosotros la misión, también nos da la gracia.

Estos dos momentos -el momento de la conversión y el de la vocación- tiene una importancia determinada en la vida de cada uno de los cristianos. Se puede decir que en ellos se desarrolla toda la economía salvífica de Dios en relación con el hombre, y en el ámbito de esta economía divina del hombre madura desde dentro.

Esta maduración presupone el alejamiento del mal, la ruptura con el pecado, la extirpación de las malas disposiciones, la lucha, a veces dura, con las ocasiones de pecado, la superación de las pasiones: todo el gran trabajo interior, gracias al cual, el hombre se aleja de todo lo que en él se opone a Dios y a su voluntad, y se acerca a la santidad cuya plenitud es Dios mismo.

La conversión es un movimiento bipolar: el hombre se aparta del mal para orientarse hacia Dios. Y por esto en el camino de la conversión se encuentra la vocación. A medida que el hombre se dirige hacia Dios, encuentra la función que Dios le asigna en la vida. Esto se puede expresar todavía mejor: a medida que el hombre se dirige hacia Dios, descubre que su vida es una misión que Dios le ha asignado. Y la aceptación de esta misión significa una prueba de amor a Dios y a los hombres. Así el hombre “se convierte” de modo nuevo en el que “es”.

Simón y Andrés, Santiago y Juan, siendo pescadores en el mar de Galilea, se convirtieron de modo nuevo en pescadores: “pescadores de hombres” (Mc 1,17).

---Cristo llama a cada uno

Pienso que cada uno se encuentra en un momento  de conversión, conocido sólo por él y por Dios mismo. ¿Alguno está aún muy lejano de Dios a causa de sus pecados? ¿Es tal vez el mundo quien le ofusca la visión de Dios? ¿Acaso no se deja ver en él la primera conversión?... Luego pienso que cada uno tiene aquí una vocación, aun cuando quizá alguno no sea consciente de tenerla. No sabe que todo lo que llena su vida, si es lícito en sí mismo, puede ser, más aún, es precisamente la misión que le ha asignado Dios.

Saludo, pues, a cada uno de vosotros como invitado por la potencia de la divina misericordia a la conversión, y como llamado... A cada uno Cristo le dice de algún modo: “Sígueme” (...).

En la segunda lectura de la liturgia de hoy habla San Pablo con palabras que pueden sorprender alguna vez: “Hermanos: os digo esto: el momento es apremiante. Queda como solución: que los que tiene mujer vivan como sino la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutasen de él: porque la presentación de este mundo se termina” (1 Cor 7,29-31).

¡Solo Dios no pasa! Y por esto tiene la vida un valor estable, en la medida en que nos alejamos del mal y nos acercamos a Él mismo por el camino de la conversión. Y tiene un valor estable la vida, en la medida en que aceptamos la misión que Él nos asigna y la cumplimos.

DP-26 1982

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Hay llamadas de Dios que son como una invitación dulce y silenciosa. Otras más imperiosas, como la que dirigió a Jonás y que acabamos de escuchar en la 1ª Lectura. Y hay también llamadas en las que el Señor pone sencillamente su mano sobre nuestros hombros y dice, como a Pedro y a sus compañeros de oficio: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Hay que saber entonces dejarlo todo con alegría, porque se comprende que entre las voces que suenan a nuestro alrededor, que aturden y encantan con su brillo pasajero, se ha individuado otra cuyo acento es misterioso pero inconfundible, dulce y exigente, sencilla como un suspiro pero profunda como un drama, la voz de Jesús que quiere sacarnos de la mediocridad ambiental para trabajar por la transformación de este mundo.

El Señor se dirige también hoy a cada uno de nosotros porque el Reino de Dios -solía decir Jesús- no viene ostensiblemente (Cfr Lc 17, 20). Jesús, a través de su Iglesia, sus sacerdotes, un compañero que vive a nuestro lado puede, como a estos primeros discípulos, hacernos una llamada a dejarlo todo por Él, a extender su reinado de amor y de paz por la tierra. Hay que saber reconocer su presencia discreta, envuelta en la debilidad de una criatura porque no quiere imponerse.

Seguir a Jesucristo significa trabajar por la cristianización de este mundo, procurando que ese trabajo se realice en nosotros, en primer lugar, mediante esa profunda conversión que nos propone el Señor en el Evangelio de hoy: “Convertíos y creed en la Buena Noticia”.

Aceptar la llamada de Jesús y ser incluidos en el círculo de sus colaboradores más cercanos, es el mayor regalo que una persona puede recibir de Dios en esta vida. Así lo entendieron los primeros que, nos dice el Evangelio de hoy, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”.

“No concluyas cómodamente: yo para esto no sirvo, para esto ya hay otros; esas tareas me resultan extrañas. No, para esto no hay otros; si tú pudieras decir eso, todos podrían decir lo mismo... Además: ¿quién ha dispuesto que para hablar de Cristo, para difundir su doctrina, sea preciso hacer cosas raras, extrañas? Vive tu vida ordinaria; trabaja donde estás, procurando cumplir los deberes de tu estado, acabar bien la labor de tu profesión o de tu oficio, creciéndote, mejorando cada jornada. Sé leal, comprensivo con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y alegra. Ése será tu apostolado. Y, sin que tú encuentres motivos, por tu pobre miseria, los que te rodean vendrán a ti, y con una conversación natural, sencilla -a la salida del trabajo, en una reunión de familia, en el autobús, en un paseo, en cualquier parte- charlaréis de inquietudes que están en el alma de todos”. (S. Josemaría Escrivá).

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Domingo IV del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

(Deut 18,15-20) "Suscitaré un profeta de entre tus hermanos"

(1 Cor 7,32-35) "Os digo todo esto para vuestro bien"

(Mc 1,21-28) "Este enseñar con autoridad es nuevo"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo III

---Liberación del pecado

---Estar vigilantes

---Luchar

---Liberación del pecado

 “Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios» Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen.» Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea” (Mc 1,21-28).

El Evangelio nos habla de la curación de un endemoniado. La victoria sobre el espíritu inmundo es una señal más de la llegada del Mesías, Que viene a liberar a los hombres de la más temible esclavitud: la del demonio y el pecado.

No se excluye -decía Juan Pablo II- que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre, por lo que se habla de “posesiones diabólicas”. Los posesos pierden frecuentemente el dominio de sí mismos, sobre sus gestos y palabras; en ocasiones son instrumentos del demonio. Por eso, esos milagros que realiza el Señor manifiestan la llegada del reino de Dios y la expulsión del diablo fuera de los dominios del reino: “Ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera” (Jn 12,31). Cuando vuelven los setenta y dos discípulos, llenos de alegría por los resultados de su misión apostólica, le dicen a Jesús: Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Y el Maestro les contesta: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Desde la llegada de Cristo el demonio se bate en retirada, aunque es mucho su poder y “su presencia se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios” (Juan Pablo II 13-8-86); mediante el pecado mortal muchos hombres quedan sujetos a la esclavitud del demonio, se alejan de Dios para penetrar en el reino de las tinieblas, del mal; en un grado u otro, se convierten en instrumentos del mal en el mundo, y quedan sometidos a la peor de las esclavitudes. “En verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado” (Jn 8,34).

---Estar vigilantes

Debemos permanecer vigilantes, para discernir y rechazar las insidias del tentador. “Toda vida humana, individual o colectiva, se presenta como lucha -lucha dramática- entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas” (Gaudium et Spes 13, Conc. Vat. II). Por eso, hemos de dar todo su sentido a la última de las peticiones que Cristo nos enseñó en el Padrenuestro: líbranos del mal, manteniendo a raya la concupiscencia y combatiendo, con la ayuda de Dios, la influencia del demonio, siempre al acecho, que inclina al pecado.

Jesús no ha venido a liberarnos “de los pueblos dominadores, sino del demonio; no de la cautividad del cuerpo, sino de la malicia del alma” (San Agustín).

“Líbranos, oh Señor, del Mal, del Maligno; no nos dejes caer en la tentación. Haz, por tu infinita misericordia, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo” (Juan Pablo II).

La Iglesia nos enseña que existen pecados mortales por naturaleza -que causan la muerte espiritual, la pérdida de la vida sobrenatural-, mientras otros son veniales, los cuales, aunque no se oponen radicalmente a Dios, obstaculizan el ejercicio de las virtudes sobrenaturales y disponen para caer en pecados graves.

San Pablo nos recuerda que fuimos rescatados a un precio alto (1 Cor 7,23) y nos exhorta con firmeza a no volver de nuevo a la esclavitud; hemos de ser sinceros con nosotros mismos, para evitar reincidir, avivando en nuestras almas el afán de santidad. "El primer requisito para desterrar ese mal  que el Señor condena duramente, es procurar conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado. Reciamente, con sinceridad, hemos de sentir -en el corazón y en la cabeza- horror al pecado grave. Y también ha de ser nuestra la actitud, hondamente arraigada, de abominar del pecado venial deliberado, de esas claudicaciones que no nos privan de la gracia divina, pero debilitan los cauces por los que nos llega" (Amigos de Dios.243).

Hemos de hacer nuestro aquel lamento del profeta Jeremías: “Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, dice Yahvé. Un doble crimen ha cometido mi pueblo: dejarme a mí, fuente de agua viva, para excavarse cisternas agrietadas incapaces de retener el agua” (Jer 2,12-13). Aquí reside la maldad del pecado: en que los hombres, "habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios, sino que se envanecieron con sus razonamientos y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas, dando culto y sirviendo a las criaturas en lugar de adorar al Creador" (Rom 1,21-25).

---Luchar

Si no nos percatamos -nunca penetraremos bastante en la realidad del mysterium iniquitatis que es el pecado- de la malicia de la ofensa a Dios, nunca plantearemos la lucha en la frontera de lo gra