Ponencia pronunciada en Diálogos de teología 2001, organizados por la Asociación Almudí de Valencia y publicada en C. Amigo Vallejo, Espiritualidad sacerdotal en AA VV, “Fundamentos de la moral cristiana”, (Edicep, Valencia 2001), pp. 129-146. (ISBN: 978-84-7050-659-8).

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Espiritualidad sacerdotal
Carlos Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla

Se presentaban tus palabras y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y la alegría del corazón (Jer 15,16). El profeta vive entre las ansias y la desilusión, entre el deseo y el temor a las dificultades. "Predicar el evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1Cor 9, 16). Más que lamentarse, en estas palabras suspiran las mejores aspiraciones del apóstol Pablo. Es que ya no quiere, no puede vivir sin Cristo. "Para mí la vida es Cristo" (Fil 1,21). "Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20).

Cristo es la palabra que "devorar", el Verbum con el que unirse e identificarse en tal manera que, como sarmiento bien unido a la vid, el fruto sea abundante. La Palabra es del Padre que envía y que el Espíritu hace que la conozcamos (Jn 24-26).

El Espíritu del Señor está sobre mí (Lc 4,18), dice el sacerdote convencido del don que ha recibido en el sacramento del Orden. Ha sido llamado y consagrado, enviado en misión. "En virtud del Espíritu, Jesús pertenece total y exclusivamente a Dios, participa de la infinita santidad de Dios que lo llama, elige y envía. Así el Espíritu del Señor se manifiesta como fuente de santidad y llamada a la santificación" (PDV 19). El Espíritu nos conforma con Cristo Jesús y nos hace partícipes de su vida. Es la vida espiritual, el camino hacia la santidad (cfr PDV 20).

La espiritualidad es una manifestación del Espíritu en sus dones y carismas, en pensamientos y conducta, en la forma de vivir, en el testimonio, en la relación con Dios, con el mundo y con las personas.

En el sacerdote, y de una manera particular, la espiritualidad es veritatis splendor y officium amoris. Sin olvidar el pascere dominicum gregem, que es algo esencial de la vida sacerdotal. De todo ello vamos a reflexionar y, como en el itinerario que ofrecen los buenos maestros del espíritu, con el deseo de llegar de la lectio con atención, a la contemplatio con gozo.

1. VERITATIS SPLENDOR

Se podría decir que la espiritualidad es el splendor de la vida del Espíritu. Si splendor, en su raíz más genuina significa irradiación, figura resplandeciente, espléndida imagen de la verdad es la espiritualidad del sacerdote. Espiritualidad entendida como una forma de vivir en un comportamiento adecuado y en la búsqueda sincera del "rostro de Dios", de la perfección en la caridad según el itinerario evangélico y hasta la unión contemplativa con el misterio trinitario. Es la vida escondida con Cristo en Dios (cfr Col 3,3), a la que nos lleva el Espíritu, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (cfr Rom 5,5).

Más que relación con ella, puede decirse que la vida espiritual se identifica con la santidad, con el deseo sincero de santidad. Juan Pablo II, en la exhortación Novo millennio ineunte, dice que debe ser entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el Santo. Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Es como el "alto grado" de la vida cristiana ordinaria (NMI 30-31).

La espiritualidad sacerdotal es ese "alto grado" de la vida recibida por la gracia del Espíritu en el sacramento del Orden. Habrá que tener en cuenta, por tanto, dos elementos fundamentales: el carisma y la configuración con Cristo.

El carisma

La advertencia de San Pablo a Timoteo es bien clara: "No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de los presbíteros" (1Tim 4,14). El sacerdote ha sido consagrado para un ministerio especial y público en la Iglesia. Así, de una forma más explícita, se lo vuelve a recordar Pablo a su discípulo: "Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos" (2Tim 1,6). El carisma es una gracia, un don que, cuando llena a una persona, se hace consagración y forma de vivir.

La forma vitae propia de los presbíteros expresa una definida configuración con Jesucristo, y con el ministerio propiamente sacerdotal. El sacerdote es instrumento vivo de Cristo Sacerdote eterno y que actúa sacerdotalmente personificando a Cristo mismo.

Configurados con Cristo

Identidad y ministerio perfectamente unidos y armonizados. De este modo, "la vida espiritual del sacerdote queda caracterizada, plasmada y definida por aquellas actitudes y comportamientos que son propios de Jesucristo" (PDV 21). Don total de sí mismo y una entrega incondicional a la Iglesia, lo cual anima y vivifica más la misma existencia sacerdotal.

Esta exigencia, de un profunda y viva espiritualidad, está más que justificada en razón del ministerio que el sacerdote ha de llevar a cabo en la Iglesia: el consagrado y santificado tiene que trabajar por la santificación de sus hermanos. «Mas la santidad de los presbíteros contribuye poderosamente al cumplimiento fructuoso del propio ministerio porque aunque la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación también por medio de ministros indignos, sin embargo, por ley ordinaria, Dios prefiere manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, ya pueden decir con el Apóstol: "Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí" (Gal., 2,20)» (PO 12).

Dejándose llevar por la palabra de Dios, que le guía e interpela, hará de la caridad, con Dios y el servicio de la Iglesia, tarea permanente e inexcusable. Kerigma, celebración de los misterios del Señor, diaconía, evangelización y testimonio, serán, al mismo tiempo, fuente, vida y expresión de espiritualidad.

2. "AMORIS OFFICIUM"

"Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído. Dios es Amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él" (1Jn 4, 16). "Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2Cor 5, 14-15). Esta es la razón y el fundamento de la espiritualidad sacerdotal: el sincero y auténtico deseo de vivir el amor de Dios manifestado en Jesucristo.

"El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero (...) La unidad de vida pueden construirla los presbíteros si en el cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplo de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió para que llevara a cabo su obra... Así, desempeñando el oficio de buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción. La vida espiritual en el ejercicio del ministerio" (PDV 23).

La caridad pastoral, el officium amoris, es el principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote, es lo que "da vida" al ministerio. Es el amor tal como se vive en la Iglesia, verdadera amistad sobrenatural y signo de comunión con Dios y con el prójimo. Opción fundamental y alma del ministerio. Identificación con Cristo en sus actitudes y comportamientos. Es un don del Espíritu al sacerdote.

Vamos a seguir ahora nuestra reflexión, sobre la espiritualidad sacerdotal y el officium amoris, de la mano de San Juan de Avila, maestro, guía y patrono de clero español, que escribía a los sacerdotes: "sois pastores y criadores, ojos y faz de la Iglesia, misión de Cristo, honra y contentamiento de Dios" (Plática 2). De esta forma, el Maestro Ávila descubre, con encendidas palabras, lo que podríamos llamar la identidad, misión y testimonio del sacerdote. Vocación, ministerio y vida, porque el sacerdote ha de ser "siervo de todos para ganarlos a todos" y débil con los débiles, según expresión de San Pablo (1Cor 9,20). Pero todo con el único deseo de ser fiel al Evangelio. El sacerdote se ha sentido herido por el grito de quienes estaban desalentados y sin pastor (Mt 9,26), y también llamado para apacentar "en los pastos de ciencia y de doctrina, aunque sea con derramar sangre y dar la vida, como hizo Cristo" (Plática 1).

Tomado de entre los hombres para el servicio de los hombres (cfr Heb 5,1). No podía ser de otra manera. Jesucristo es el camino. "Mediante la encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre" (RH 13). "Este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención (RH 14)". Nada, pues, es de extrañar que el sacerdote esté revestido de humanidad.

La identidad humana del sacerdote ha de verse en una vida rebosante de misericordia. Lleno de misericordia según el corazón de quien es el Misericordioso. Tendrá, pues, el sacerdote, que contemplar la misericordia; sentirse atrapado por la misericordia; hacerse administrador y repartidor de la misericordia.

Si "relicarios somos de Dios, casas de Dios y, a modo de decir, criados de Dios", también "somos diputados para la honra y contentamiento de Dios y guardas de las leyes" (Plática, 1, 2). Por eso mucho se ha de contemplar la primera ley que hay en la casa de Dios, que es la del amor. Mirar mucho a Dios y poco a uno mismo, no siendo que mirándose uno a sí mismo, desmaye (Sermón 48). Es mejor sentirse atrapado por la misericordia de Cristo, pues somos representación de su persona, propagación de su acción apostólica e imitación de su misma vida. Una representación tan auténtica, que el sacerdote se transforme en Cristo, porque está todo entero consagrado al Señor.

Si administrador y repartidor de misericordia, el sacerdote ha de ser como los ojos para llorar los males, como abogado por el pueblo de Dios, ofreciéndose para buscarle cobijo ante el tribunal del Padre y muy propio es el camino a seguir, pues no ha de ser otro que el de Cristo, contemplando en Él el misterio del Padre misericordioso y del Espíritu que nos llama y nos envía.

Ir junto a Cristo supone el acercarse a los pobres, a los enfermos, a los pecadores y encontrar en ellos la huella que el amor de Dios pone en el camino. Sirviéndoles a ellos se acerca uno al amor del Señor que los envía. Pues tanto los quiere a ellos y tanto confía en ti, que los pone a tu lado para que tú los cuides. Los pobres no son tuyos, son de Dios, pero Dios los pone en tu camino para que tú los remedies. Los enfermos no son tuyos, pero Dios los mete en tu casa para que tú se los cures. Los pecadores no son tuyos, son de Dios, pero Dios los deja de rodillas ante ti para que tú se los perdones. Los hombres, no son tuyos. Pero Dios los quiere a ellos y confía en ti. Por eso los pone por donde tu has de pasar.

El secreto de tan admirable programa está en mirar a los demás como nos mira a nosotros Cristo. Y, según el pensamiento del Maestro Ávila, hacerse pan para Cristo, manjar que Él comiere, vestidos que Él vistiere, casa donde Él morase.

Por ello, habrá que ocuparse de Dios dejándose acompañar de la oración. Y asidas las manos a los pies del crucifijo. El conocimiento de Cristo llenará de alegría, si se sabe pasar de uno mismo a la contemplación del saber de Dios. El libro de la Sabiduría recuerda que la "conversación con Dios no tiene amargura" (Sab 8,16).

"Buen convite hizo Dios, pero Eva le envió mala hierba" (Sermón 44). Son las raíces amargas del pecado que tuercen el camino en el que el hombre se encuentra con su propia humanidad. Por otra parte, "sembrar espinas en el prójimo y querer coger trigo de Dios, no es razón". Ese desamor al prójimo desfigura la verdadera imagen del que quiere ser verdadero discípulo del Hijo de Dios. Llega el agua viva, pero los aljibes en los que la recibimos están agrietados (Is 2,12). La falta de misericordia ha endurecido y agrietado el corazón.

Mal oficio es el de aquel que, en lugar de acercar el hombre a Cristo, lo aleja, porque se ha puesto él mismo como modelo y "roba a Cristo los ojos de sus cristianos". Que lo vean a él, no a ti. Por tu parte, nunca te has de hartar de mirar a Cristo. "Si uno se mira a sí mismo, surge la desconfianza".

"Mirémonos de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hechos semejantes a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre... Y el sacerdote le trae con la palabras de la consagración" (Plática 1).

Como sacerdotes, repartimos lo que celebramos. Siempre se trata del encuentro con el Señor resucitado, que nos invita a su mesa y nos envía para ser ministros de los sacramentos y de la caridad. Siempre es Cristo, en Él levantamos la cabeza, como dice el Maestro Ávila.

Ese conocimiento de Cristo nos llena de alegría. El Señor ha estado grande con nosotros y estamos contentos. Pero, solamente el que es víctima con Cristo puede ser en verdad sacerdote de Cristo.

Cristo pide al Padre por los sacerdotes: que ellos guarden la palabra que les ha dado Cristo, y que el Padre les guarde a los sacerdotes como a los amigos de su hijo Jesucristo.

Si el hombre es camino que debe recorrer la Iglesia, lo más propio de la humanidad del mismo sacerdote es la misericordia: hagamos, pues, obras de misericordia, para tener el consuelo de hacer algo por Cristo.

3. "PASCERE DOMINICUM GREGEM"

En enero de 1994, la Congregación para el Clero publicaba el Directorio para la vida y ministerio de los presbíteros. Al hablar de la espiritualidad del sacerdote, al que se proclama "heraldo de la esperanza", se subraya que los sacerdotes "están empeñados en diversos campos de apostolado, que requieren dedicación completa, generosidad, preparación intelectual y, sobre todo, una vida espiritual madura y profunda, radicada en la caridad pastoral, que es el camino específico de santidad para ellos y, además, constituye un auténtico servicio a los fieles en el ministerio pastoral" (Directorio 34).

No tenemos otra fuente de santidad, de espiritualidad, que no sea el mismo Cristo. Y en la medida que se viva y ofrezca a todos el misterio de Cristo, la misma evangelización será manantial inagotable que alimente la vida espiritual del presbítero. "El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración, sino que constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino también la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo santificador" (PDV 24).

Hay una indiscutible y necesaria relación entre la espiritualidad sacerdotal y el ministerio evangelizador. Sit amoris officium pascere dominicum gregem, en palabras de San Agustín. Cristo, ciertamente es la fuente. Y el sacerdote tiene que renovar y profundizar continuamente la conciencia de ser ministro de Jesucristo. Pero hay que "respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5)" (NMI 38).

"Pero por un designio divino, que quiere resaltar la absoluta gratuidad de la salvación, haciendo del hombre un «salvado» a la vez que un «salvador» siempre y sólo con Jesucristo, la eficacia del ejercicio del ministerio está condicionada también por la mayor o menor acogida y participación humana. En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad" (PDV 25).

El sacerdote es animador y guía de la comunidad, ejerce un ministerio pastoral y vive una consagración personal.

Animador y guía de la comunidad

En la Iglesia y con la Iglesia, el sacerdote siente la necesidad y trabaja por la comunión, celebra los sacramentos, se entrega al servicio de todos y, en definitiva, ama a la Iglesia como Cristo la amó y se entregó por ella.

Se han de suponer y requerir al sacerdote, para cumplir tan importante misión, las virtudes de "la fidelidad, la coherencia, la sabiduría, la acogida de todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en las cosas esenciales, la libertad sobre los puntos de vista subjetivos, el desprendimiento personal, la paciencia, el gusto por el esfuerzo diario, la confianza en la acción escondida de la gracia, que se manifiesta en los sencillos y en los pobres" (PDV 70).

"Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar en una Iglesia particular» constituye, por su propia naturaleza, un elemento calificativo para vivir una espiritualidad cristiana" (PDV 31).

Ministerio pastoral

Son muchas las actividades, los apostolados, las acciones, los ministerios que debe realizar el sacerdote. Esa experiencia de diversidad puede causar un sentimiento de dispersión, de ineficacia, de activismo sin sentido. Si la oración tiene un puesto de prioridad en el ministerio, si la liturgia se vive intensamente, si la ascésis le acompaña, no hay peligro de que el sacerdote se sienta como perdido, solo y desanimado espiritualmente en medio de una serie de trabajos "santos".

Juan Pablo II nos lo recuerda en la Novo millennio ineunte: «Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. Es preciso aprender a orar. En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos. Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica» (NMI 32-34).

Oración personal y comunitaria, litúrgica y privada. Desde la lectio divina, para dejar que entre en el corazón y lo encienda la Palabra de Dios, hasta la contemplación, como don del Espíritu que lleva a la adoración, a la experiencia del mismo misterio trinitario. Es ese maravilloso itinerario de la meditación y la súplica, la alabanza, el agradecimiento, el dejarse interpelar por la palabra de Dios y el responder con un incondicional ofrecimiento de la persona y el ministerio.

"Y por oración entendemos aquí - dice San Juan de Ávila - un habla secreta e interior con la que el alma se comunica con Dios, ahora sea pensando, ahora pidiéndole, ahora dándole gracias, ahora contemplándolo, y generalmente por medio de todo lo que en aquel habla secreta se pasa con Dios. Porque, aunque cada cosa de éstas tenga su razón particular, no es mi intento tratar aquí sino de este general que se ha dicho, de cómo es una cosa muy importante que el alma tenga con su Dios este habla y comunicación particular" (Audi, filia, Ed. Antonio Granado, p. 358).

No se puede enseñar con propia sabiduría. Hay que buscar en la palabra las fuentes de la revelación, y administrarla después con la fe de la Iglesia. El sacerdote trasmite la fe, no la suya, sino la que ha recibido de Cristo.

Por eso, el sacerdote "necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Cor 2, 16) (...) El sacerdote debe ser el primer «creyente» de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de Aquel que lo ha enviado" (PDV 26).

No cabe duda de que esta primacía de la santidad y de la oración sólo se puede concebir a partir de una renovada escucha de la palabra de Dios. Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital (NMI 39).

Laín Entralgo habla sobre la "ética de la palabra". Existe una relación "entre una ética de la palabra y una ética de la responsabilidad". El acto de hablar comporta libertad y responsabilidad; quien habla a otro es «responsable ante» y «responsable de». Además, la ética de la palabra tiene dos momentos fundamentales que le otorgan un especial protagonismo en el ámbito de la acción y la comunicación humana: ética de la verdad y ética del respeto.

Con la ética de la verdad nos mantenemos vigilantes en el ámbito de la investigación. No es un imperativo personal, sino un imperativo impersonal, es decir, relativo a la verdad de lo que se dice cuando se nombra o comunica algo. Sin embargo, con la ética del respeto mantenemos un imperativo personal por razón de lo que esencialmente somos. El respeto es el nervio y la forma primera del deber cuando nos encontramos frente a otra persona, no por la función que ella desempeñe o por la relación que mantenga con nosotros, sino en tanto que persona. A su vez, la ética del respeto en la comunicación humana comprende dos deberes complementarios: uno respecto a la verdad de lo que se dice (dignidad de la verdad), y otro respecto al modo como se habla (decoro en el decir).

Para Laín, contra este doble mandamiento no sólo se peca por malignidad, sino por zafiedad. El desprecio del buen decir, acompañado muchas veces por el mal decir, comporta una responsabilidad ética grave, aunque no se pueda llevar ante un tribunal al que en ella incurre" (Tres reflexiones éticas. Isegoria 13 (1996) 99-117).

Fuente, centro y cumbre de la espiritualidad sacerdotal, como la vida de la Iglesia, es la eucaristía. Es el encuentro más íntimo y profundo con Cristo. "Lugar verdaderamente central, tanto de su ministerio como de su vida espiritual, es la eucaristía, porque en ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que mediante su carne, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los hombres (PDV 26).

Hombre que ha experimentado la misericordia del Padre y ministro que la ofrece en el sacramento de la reconciliación, el sacerdote es enviado para convertir y perdonar. Perdonando y necesitado de perdón, administrando el sacramento y recibiéndolo, administrando la misericordia del Padre y suplicándola constantemente para sus propios pecados.

Un texto interpelante para el sacerdote: "La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia. La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el celo pastoral, la relación con los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra, toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la Comunidad de la que es pastor (Reconciliatio et paenitentia, 31).

Descubrir a Cristo como mysterium pietatis, en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo. Éste es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir también a través del sacramento de la penitencia que, para un cristiano, es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo (NMI 37).

Con una encendida devoción a María, "sacerdotis Mater". La madre que fue encomendada al discípulo. El apóstol que la llevó a su casa e hizo de Ella modelo permanente para su vida consagrada a Dios y ofrecida a la obra de la salvación.

María es la persona humana que mejor ha correspondido a la vocación de Dios. Se hizo sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre. Fue llamada para educar al único y eterno Sacerdote (DDV 82). "Existe una relación esencial entre la Madre de Jesús y el sacerdocio de los ministros del Hijo. En esa relación radica la espiritualidad mariana de todo presbítero (...) Todo presbítero sabe que María, por ser Madre, es la formadora eminente de su sacerdocio: ya que Ella es quien sabe modelar el corazón sacerdotal; la Virgen, pues, sabe y quiere proteger a los sacerdotes de los peligros, cansancios y desánimos: Ella vela, con solicitud materna, para que el presbítero pueda crecer en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres" (Directorio 68).

Consagración personal

El sacerdote ha sido elegido y consagrado. Dios lo ha tomado para sí y, con la gracia del Espíritu, le ha enviado a realizar la misma obra salvadora del Hijo, de Jesucristo. Está consagrado a Dios para la salvación de los hombres.

Entre los dones que el sacerdote recibe para poder vivir esa consagración y desempeñar ese ministerio y función, está la gracia del celibato, que Dios ofrece y que el hombre acepta con total libertad y gratitud. Será fuente de libertad interior, fecundidad espiritual, sentido de fidelidad, estímulo para el compromiso apostólico, signo de exclusividad para Dios, y de amor universal y de entrega al reino de Dios.

El celibato sacerdotal es un don de sí mismo, pero es preciso que sea vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino como un aspecto de una orientación positiva, específica y característica del sacerdote (PDV 29), "como una novedad liberadora, como testimonio de radicalidad en el seguimiento de Cristo y como signo de la realidad escatológica" (...) La carta a los Efesios (cf 5, 2527) pone en estrecha relación la oblación sacerdotal de Cristo (cf 5, 25) con la santificación de la Iglesia (cf 5, 26), amada con amor esponsal. Insertado sacramentalmente en este sacerdocio de amor exclusivo de Cristo por la Iglesia, su Esposa fiel, el presbítero expresa con su compromiso de celibato dicho amor, que se convierte en caudalosa fuente de eficacia pastoral.

El celibato, por tanto, no es un influjo, que cae desde fuera sobre el ministerio sacerdotal, ni puede ser considerado simplemente como una institución impuesta por ley, porque el que recibe el sacramento del Orden se compromete a ello con plena conciencia y libertad después de una preparación que dura varios años, de una profunda reflexión y oración asidua. Una vez que ha llegado a la firme convicción de que Cristo le concede este don por el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás, el sacerdote lo asume para toda la vida, reforzando esta voluntad suya con la promesa que ya ha hecho durante el rito de la ordenación diaconal" (Directorio 58).

El compromiso de obediencia del sacerdote, lo es, ante todo, de una obediencia apostólica, tiene unas características peculiares:

- Apostólica. En cuanto que reconoce, ama y sirve a la Iglesia. Don de Jesucristo a sus apóstoles. El sacerdote lo recibe libre y responsablemente.

- Presbiteral. Es una exigencia comunitaria de inserción en la unidad del presbiterio. Es una obediencia solidaria que nace de la pertenencia al único presbiterio.

- Pastoral. Generosa, sacrificada e incondicional disponibilidad para el servicio a los demás. La obediencia sacerdotal tiene un especial carácter de pastoralidad (cf. PDV 28).

Pascere dominicum gregem. El cuidado pastoral de la Iglesia, el servicio a la comunidad, el ministerio, la celebración de los sacramentos, la evangelización toda es tarea y fuente de santidad en la que se alimenta y crece, siempre con la eficaz ayuda de la gracia, la vida espiritual del sacerdote.

4. "IN PERSONA CHRISTI"

Cristo mismo es el ideal y modelo más acabado de aquello a lo que debe aspirar el sacerdote. Una identificación lo más completa y cercana con Jesucristo. Para esa relación personal con Él, el mismo Señor pone en el camino del sacerdote las ayudas y medios que necesita para vivir fielmente esa vida escondida con Cristo en Dios.

Habrá que aceptar unas condiciones (tomar la cruz, negarse a sí mismo...); asumir la realidad de lo que somos (hombres entre los hombres y llenos de la gracia del Espíritu); aceptar la condición de hijos de Dios y amigos de Cristo. Generosidad para servir, deseo de conversión permanente, confianza en el Padre de la misericordia, identificados con Cristo, abiertos a la acción del Espíritu.

También habrá que remover algunos obstáculos, como son el empeñarse en seguir poniendo levadura vieja (purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva (1Cor 5,6-8); no querer restañar el aljibe (dejaron el manantial de agua viva para hacerse cisternas agrietadas que no retienen el agua, Jr 2,13); no conservar la sal (si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? (Mt 5, 13); miedo a prescindir del celemín (enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, Mt 5, 15); no aceptar con humildad el ser vasija de barro (llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros (2Cor 4, 5-10).

La consecuencias de estos abandonos y descuidos hacen que la vocación se olvide y la misión se prostituya: ¡Los profetas ya no hablan de Dios! (Jr 2, 8). Y hasta se produce la antievangelización. Se empobrece más a los pobres, se esclaviza a los cautivos y llega el anuncio del año de las desgracias. Todo lo contrario de aquello a lo que debe responder quien ha recibido el Espíritu para anunciar la buena noticia a los pobres y el año de gracia para todos.

Se aducen disculpas y falsas coartadas, que son más autoengaños y peudojustificaciones que verdaderos eximentes de responsabilidad y claro olvido de las exigencias que dimanan de la gracia recibida. Así, por ejemplo:

Reconocimiento de las limitaciones: soy un muchacho, no se hablar (Jer 1,6). Estado de inseguridad: no estoy preparado para superar las dudas, para moverme entre opiniones diferentes. Cansancio ante lo que se cree un trabajo ineficaz: toda la noche trabajando y nada hemos conseguido (Lc 5, 5). Aflicción ante las promesas incumplidas: los discípulos de Emaús pensaban en el fracaso de la resurrección, y el resucitado estaba a su lado. Falta de confianza en la acción del Espíritu: el Espíritu del Señor ya no está sobre mí...

La lógica de la interpelación no puede ser más evidente. ¿Qué has hecho con el talento que has recibido? ¿Dónde está el carisma que se te ha dado? ¿Cómo no se ha reavivado la gracia de la imposición de manos? No podrá decirse que las tenemos vacías porque todo lo hemos empleado en servicio de los demás, sino más bien que se guardó el talento debajo del ladrillo de la indiferencia espiritual, de la apatía apostólica, del pecado.

El sacerdote no debe preguntarse tanto por sí mismo, sino de cómo sirve a los demás. No es un hombre para sí mismo, sino entregado en ayuda de sus hermanos. Lo importante no es saber responder para qué sirve un sacerdote, sino a quién sirve el sacerdote: a Jesucristo, a la Iglesia, a los hombres necesitados del pan de la palabra, el pan de los sacramentos y el pan de la caridad.

Señal de riqueza espiritual es nuestro mismo vacío: soledad, celibato, pobreza, disponibilidad, caridad pastoral, ascesis y vida escondida en el misterio de la cruz de Cristo. Predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1Cor. 1, 23-24).

Esa fuerza y sabiduría de Dios le llega al sacerdote desde el mismo corazón de Cristo. El amor de Cristo me quema, diría san Pablo. El amor de Cristo nos apremia (2Cor 5, 14). Es el fuego de la caridad. ¡Tu amor me quemaba hasta los huesos! "Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo quería ahogarlo, no podía" (Jr 20,9). Así lo expresa Jeremías.

En la espiritualidad sacerdotal está siempre presente la lógica de la cruz: "Jesús Señor nuestro, quien fue entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación" (Rom. 4, 25).

Recibe, el sacerdote, el pan de la palabra, el pan de la caridad y el pan del sacramento. La palabra sin caridad es evasión. La caridad sin sacramento, filantropía. El sacramento sin devoción, rutina que carcome la fe. La palabra sin sacramento, predicación truncada por no llevar los hombres a las fuentes de la gracia.

Contemplamos la vida y ministerio del sacerdote, su espiritualidad. También aquí, podríamos decir las palabras de nuestra oración de súplica ante el hermano que desapareciera de nuestros ojos: ¡Cuya fe sólo tú conociste! Solamente Dios conoce la fe y el espíritu del sacerdote. Pero, lo que a nosotros se nos da a conocer de la vida sacerdotal es que se trata de una existencia: heroica, teniendo que resistir no poca marginación social, cultural, simplemente humana; pobre, por las limitaciones económicas y la entrega al servicio de los necesitados; laboriosa, sin horarios de trabajo, sin limitación de días y de personas; testimonial, en un mundo secularizado, ajeno a la trascendencia; fraterna, haciéndose cercano de los que llegan y buscando a los alejados...

Las posibilidades espirituales, apostólicas, evangelizadoras, de bien hacer, son ilimitadas en el sacerdote. Actúa in persona Christi. Y en Cristo están recapituladas todas las cosas.

Constatamos que se comprende, valora y busca al sacerdote como a un funcionario eficaz, que realiza gestiones, que resuelve problemas y situaciones de conflicto. También podía decir el sacerdote: "vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado" (Jn 6, 26). La solución no es otra que ofrecer el misterio de Cristo: el pan de la vida. "El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed" (Jn 6, 35).

En la espiritualidad del sacerdote está la respuesta: hay que multiplicar el pan, servir a los demás, y acudir a Cristo como pan de vida. No se trata únicamente de dar testimonio de algo que se conoce, sino de manifestar aquello que se vive: ¡Mi vivir es Cristo!

La espiritualidad del sacerdote, más que un tratado de estudio es una forma de vivir: la que hemos visto y oído, la de Cristo, único y eterno sacerdote.

Sirvan, para terminar, las palabras de Juan Pablo II: "El Espíritu del Señor es el gran protagonista de nuestra vida espiritual (...). La vocación sacerdotal es esencialmente una llamada a la santidad, que nace del sacramento del Orden. La santidad es intimidad con Dios, es imitación de Cristo, pobre, casto, humilde; es amor sin reservas a las almas y donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia, que es santa y nos quiere santos, porque ésta es la misión que Cristo le ha encomendado. Cada uno de vosotros debe ser santo, también para ayudar a los hermanos a seguir su vocación a la santidad (...). Esta íntima comunión con el Espíritu de Cristo, a la vez que garantiza la eficacia de la acción sacramental que realizáis in persona Christi, debe expresarse también en el fervor de la oración, en la coherencia de vida, en la caridad pastoral de un ministerio dirigido incansablemente a la salvación de los hermanos. Requiere, en una palabra, vuestra santificación personal" (PDV 33).