Domingo 1º de Adviento; ciclo B

 Adviento es tiempo de esperanza y vela de preparación para la venida del Señor

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: —Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!” (Marcos 13,33-37).

1. «A Ti, Señor, levanto mi alma. Los que esperan en Ti no quedan defraudados», reza la antífona de entrada. Al mismo tiempo, no hemos de dejarnos llevar por la inoperancia: "Velad porque no sabéis el día ni la hora", nos dice el Señor: "Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento". Y si hoy vemos que lo dice a pocos discípulos, añade que es para todos: "Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos": "velad, porque no sabéis a qué hora viene el amo de la casa, si por la tarde o a medianoche o al primer canto del gallo".

Se mezclan dos planos en este final que se anuncia: la caída de Jerusalén y la venida de Cristo al final de los tiempos: "Fijaos bien que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi lugar y dirán: "yo soy el que esperabais, y engañarán a muchos": "Si alguien os dice entonces: "mira, el Cristo está aquí" o "está allá", no le creáis. Ya que aparecerán falsos cristos y falsos profetas que harán señales y prodigios con el fin de engañar". S. Agustín decía: “Hay que evitar dos errores en cuanto el hombre puede evitarlos: creer que el Señor vendrá más pronto o más tarde de cuando en realidad vendrá. Me parece que yerra, no el que reconoce su ignorancia, sino el que se imagina saber lo que no sabe. Dejemos a un lado aquel siervo malo que dice en su corazón: Mi señor tarda en venir y tiraniza a sus consiervos y se junta y banquetea con los borrachos, ya que éste odia sin duda la venida de su Señor. Dejando aparte a este siervo malo, pongamos ante nuestra consideración a tres siervos buenos, que tratan con diligencia y sobriedad a la familia del Señor, que desean con ansia su venida, que le esperan con vigilancia y le aman con fidelidad. Uno de ellos cree que el Señor vendrá más pronto, otro que vendrá más tarde y el tercero confiesa su ignorancia sobre el asunto. Aunque los tres vayan de acuerdo con el evangelio, pues aman la manifestación del Señor, y la esperan con ansia y vigilancia, veamos quien se adapta mejor al evangelio. El primero dice: «Velemos y oremos porque el Señor vendrá más pronto». El segundo: «Velemos y oremos, porque esta vida es breve e incierta, aunque el Señor ha de venir más tarde». El tercero: «Velemos y oremos porque esta vida es breve e incierta e ignoramos cuándo ha de venir el Señor». El evangelio dice: Mirad, velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo. Por favor, ¿no oímos que el tercero dice lo mismo que hemos oído decir al evangelio? Por el deseo del reino de Dios, los tres quieren que sea verdad lo que dice el primero. Pero el segundo lo niega, mientras el tercero, sin negar nada, confiesa que ignora quién de los dos dice la verdad. Si se realiza como había predicho el primero, se alegrarán con él el segundo y el tercero, pues los tres aman la manifestación del Señor. Se regocijarán porque ha llegado más pronto lo que amaban. Si no aparece el Señor y se ve que es verdad lo que decía el segundo, es de temer que la tardanza perturbe a los que habían creído al primero y empiecen a creer no que el Señor tardará, sino qué no vendrá. Ya ves cuál sería la ruina de las almas. Si tienen firme la fe, empezarán a opinar como el segundo y esperarán con fidelidad y paciencia al Señor que tarda; pero abundarán los oprobios, insultos e irrisiones de los enemigos, que apartarán de la fe cristiana a muchos débiles, anunciando que es falso que se les haya prometido el reino, como es falso que iba a venir pronto el Señor. Supongamos que algunos opinan lo mismo que el segundo, esto es, que el Señor tardará y se descubre que eso es falso; al venir pronto el Señor, no se turbarán, sino que se gozarán de una alegría inopinada. Por lo tanto, el que dice que el Señor vendrá pronto, responde mejor a los deseos, pero su error trae peores consecuencias. ¡Ojalá sea verdad, pues causará molestias si no lo es! En cambio, el que dice que el Señor tardará y, no obstante eso, cree, espera y ama su venida, aunque yerre en la tardanza, yerra felizmente, porque tendrá mayor paciencia, si tarda, y mayor alegría, si no tarda. Los que aman la manifestación del Señor oyen al primero con mayor gusto, pero creen al segundo con mayor seguridad. El tercero que confiesa su ignorancia, desea que tenga razón el primero, tolera lo que dice el segundo y en nada yerra, pues ni afirma ni niega”.

Adviento es esperar, y fomentar perpetuamente nuestra esperanza. y eso exige un alerta continua, que siempre el alma esté esperando con ansias buenas, es decir responsablemente, a Cristo, para que nos transforme en alegría de salvación.

2. Esperamos para que "cuando [Cristo] venga de nuevo podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar" (prefacio). No se trata de una espera aburrida, sino “espera” de “esperanza”, que nos hace vivir despiertos y otear el horizonte, es un vigilar para transformar la realidad; preparar los caminos con atención a los pobres, hambrientos de justicia, trabajar por la paz...

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es "nuestro redentor". Señor, (…) vuélvete por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Es el cumplimiento de la voluntad del Padre, el ejercicio del amor, atender las necesidades del prójimo sin hacerse uno el despistado. Es abrir el corazón y los ojos ante los demás. Y cuando hace falta el bolsillo. Vigilar es tener en cuenta a los otros, percatarse de los otros, aceptarlos, amarlos. Es fraternizar, reconocer que Dios es nuestro Padre al tomar en consideración a todos los hombres como verdaderos hermanos (“Eucaristía 1978”).

La corona de Adviento se enciende con su primera vela, para recordarnos estar encendidos en esa espera activa… nos mostramos vulnerables necesitados de su perdón, y disponibles como el barro para dejarnos moldear por su gracia: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros, la arcilla, y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. No te excedas en la ira, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo”.

El salmista sigue con esa petición confiada al Señor: “despierta tu poder y ven a salvarnos. Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tú hiciste vigorosa. Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre”.

3. Pablo hablará mucho de la venida del Señor, y san Bernardo dirá: "Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquéllas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, ‘todos verán la salvación de Dios y mirarán al que traspasaron’. La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder y, en la última, en gloria y majestad. Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo".

En la liturgia, Adviento es un tiempo de sobriedad (no de penitencia como la Cuaresma): supresión de flores, vestiduras moradas, omisión del Gloria; para luego celebrar la fiesta plena en Navidad. Se conserva el aleluya, signo del gozo de la esperanza. Es también tiempo mariano, de espera de María al nacimiento de su hijo: junto a la corona de Adviento, una imagen de María nos ayuda a rezar junto a su estado de buena esperanza; anticipación de que luego nos ofrece, nos muestra al niño, la luz en esta sociedad posmoderna llena de desencanto.

Pablo desea a la comunidad de Corinto "la gracia y la paz". La "gracia" significa la amorosa donación del Padre al mundo por medio de Jesús, su Hijo, en quien habita "corporalmente" la plenitud divina (Col 2,9). Está en correlación con la primera lectura de hoy y el salmo que piden a Dios que "vuelva su rostro" y nos salve. Cristo es el rostro de Dios vuelto amorosamente a los hombres; en él vemos al mismo Dios, al Padre: "Felipe, el que me ve a mí ve al Padre" (Jn 14,8). La "paz de Dios" designa compendiosamente la totalidad de los bienes mesiánicos anunciados por los profetas y la experiencia de la nueva relación de los hombres con Dios, a quien le llamamos "Padre nuestro". Dios es nuestro Padre como autor de nuestras vidas, pero sobre todo porque nos da la nueva vida y nos hace hijos suyos en Cristo, quien nos trae la paz –“esa serenidad de la mente, tranquilidad del alma, sencillez del corazón, vínculo de amor, unión de caridad”: S. Agustín- y la gracia de Dios e inaugura su Reino entre nosotros. La gracia y la paz, la salvación y la nueva vida, nos vienen de Dios por Jesucristo (es un don del Espíritu Santo; decía S. Juan Crisóstomo que con Él está la paz, y los pecadores están llenos de miedo). También por Jesús tenemos que dar gracias a Dios. En su acción de gracias (esto es, en su eucaristía), Pablo se acuerda de los corintios delante del Padre y da gracias por sí mismo y por ellos. Siempre que celebramos la Eucaristía debemos hacerlo por todos los creyentes y aun por todos los hombres; es el sentido que tiene el "memento" (“Eucaristía 1987”).

Llucià Pou Sabaté

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