Más allá del Viernes Santo

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Escrito por José Antonio García-Prieto Segura
Publicado: 26 Abril 2026

“Nos estamos dando cuenta de que muchos de los males de nuestra sociedad, en particular la ansiedad y la depresión, provienen de ese aislamiento”.        

          Recientemente, un amigo me remitió un artículo publicado en The New York Times; sus titulares, traducidos al castellano, vendrían a decir: “La Iglesia católica experimenta un aumento de nuevos conversos”. Se refería más concretamente al territorio de Estados Unidos, y añadía: “Los obispos están tratando de comprender qué hay detrás de esta oleada”. La autora del artículo presentaba cifras y datos de conversiones en más de 20 diócesis: desde las más grandes, como Los Ángeles y Phoenix, hasta otras rurales y pequeñas, como Gallup (Nuevo México) y Allentown.

          Sin embargo, no hace falta cruzar el Atlántico para observar ese fenómeno de acercamiento a la Iglesia de Roma. Se viene produciendo desde el Reino Unido hasta países asiáticos como China, Singapur y Japón. En Europa destaca el caso de Francia, donde más de 20.000 personas se preparaban para recibir hace poco el bautismo. Pero más allá de las cifras, interesa la causa o causas originarias de esta realidad que, no lo olvidemos, es siempre un acontecimiento personal. Su raíz última es la gracia divina, porque “Dios solo sabe contar hasta uno” -que diría André Frossard-, y como buen Padre hace llegar sus luces a la persona singular, para que responda a su amor. Se sirve, eso sí, de unos medios y circunstancias que preparan su conversión, y esto es de lo que trataré a continuación.

          Entre las razones para explicar este fenómeno, tomaré como referencia algunas respuestas de conversos o que han vuelto a practicar, en Estados Unidos, y de algún obispo norteamericano. Vaya por delante que el resurgir de estas conversiones se inicia y es inseparable del ambiente universal que respiramos, y que constituye como su punto de partida. Vivimos en un escenario en el que, junto a luces positivas, hay innumerables oscuridades y sombras que desasosiegan y nos interrogan. En otras palabras, ante un panorama desesperanzado, oscuro y desalentador, nuestra cabeza y corazón anhelan asideros firmes que ofrezcan verdad, alegría y sentido existencial al diario vivir. Es lo mismo que, hace 21 siglos, experimentaron dos hombres, discípulos de Cristo, que caminaban tristes y abatidos hacia Emaús, como narra el Evangelio. Habían perdido por completo la luz de su vida, como atrapados definitivamente por los sucesos y muerte de su Maestro, el Viernes Santo.

          Como el tiempo no pasa para los anhelos del corazón humano, hoy se revive aquella escena; sirva de muestra, entre otras muchas, lo que refiere Jacqueline Chavira en el artículo de “The New York Times”, mencionado al inicio. Jacqueline, de 41 años, madre de dos hijos y residente de Grants (Nuevo México), fue bautizada de niña, pero no recibió la Confirmación y creció como testigo de Jehová. Según cuenta, se distanció de la religión en su juventud. “Sentía un vacío que no podía llenar”, dijo. Luego conoció a su prometido, que es católico, empezó a ir a misa con él y quiso casarse por la Iglesia. Afirma que esto, unido a la experiencia de la maternidad, le cambió la vida.

          En otras entrevistas de conversos americanos, muchos señalan cómo el ejemplo de cercanía y lazos de alegre comunidad fraterna, descubiertos entre conocidos y amigos católicos al practicar su fe, les había impulsado a “volver a la Iglesia”; o, en el caso de no bautizados, a recibir este sacramento. Destacaban que, en las razones personales de su conversión o de su vuelta a practicar, no había influido la elección de un “Papa americano”.

          Por su parte, Mitchell T. Rozanski, arzobispo de San Luis (Missouri), dice: “En nuestra época de incertidumbre y de gran ansiedad, existe una sed y un anhelo de Dios y de la estabilidad que la fe aporta a la vida de las personas”. En el origen del retorno a lo trascendente, las experiencias de falta de seguridad y de paz interior son como vacíos insufribles, que buscan superarse con el amor de Dios.

          Este arzobispo señala también dos importantes cambios sociales que, en los últimos años, han trastocado el sentido de comunidad y calor humano, impulsando a la gente hacia la fe católica. Dice así: “Creo que la tecnología nos ha aislado unos de otros, y que la COVID-19 no hizo más que acentuar ese aislamiento”. La desunión y soledad siempre serán motivo de abatimiento y tristeza.

          Así pues, el repliegue, distanciamiento y frialdad en la convivencia social, aparecen en el origen de los innumerables males que nos envuelven. Por eso, reitera el arzobispo de San Luis; “Nos estamos dando cuenta de que muchos de los males de nuestra sociedad, en particular la ansiedad y la depresión, provienen de ese aislamiento”.

          El reavivarse de la fe cristiana se produce en muchos países, y se indica al mundo juvenil como protagonista destacado de ese fenómeno. Jóvenes entre los 18 y 30 años buscan en la fe y vida cristiana, un cimiento de firmeza, equilibrio y verdad que, en un ambiente de comunidad fraterna y alegre, conforme y dé sentido pleno a sus vidas. Es lo que experimentaron los dos discípulos de Emaús cuando Jesús, caminando con ellos, les iluminó con sus palabras, devolviéndoles la alegría y esperanza perdidas. Fue su mutuo comentario: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32)

          El fenómeno de vuelta a la fe que comentamos es como la reedición, hoy en pleno siglo XXI, de lo sucedido a los caminantes de Emaús.  Nos animarían a no quedarnos atrapados en el clima luctuoso del Viernes Santo, a pesar de las dificultades internas y externas que nos acechan.  Entre estas últimas los aprietos y trabas que, en no pocos países, encuentra la fe cristiana para su práctica visible, como sucedió igualmente a los primeros cristianos. Lo señalaba Benedicto XVI comentando, precisamente, ese pasaje evangélico de Emaús. Era el 4 de mayo de 2014 -retirado ya como Papa-, y decía:

          “Hace dos años, cuando estaba de visita pastoral en Cuba, uno de los obispos cubanos me dijo: ‘Los cristianos de este país, y también muchos otros latinoamericanos, no hemos llegado todavía a la Pascua, nos hemos quedado en el Viernes Santo’. Estas palabras me vinieron a la mente ayer, al meditar este Evangelio de Emaús, en el que encontramos a dos hombres que, aunque es Domingo de Pascua, están todavía en el Viernes Santo. Han oído algo del sepulcro vacío, de los ángeles, pero se han quedado en el Viernes Santo: Cristo sigue todavía muerto, el mundo está vacío, la redención aún no ha llegado. No son unos casos tan especiales, son casi representantes permanentes de toda la humanidad. Podemos decir que las palabras del obispo cubano valen para gran parte del mundo; nos hemos quedado en el Viernes Santo”. (Benedicto XVI, El Señor nos lleva de la mano Homilías privadas., pág.172-173) 

          Benedicto XVI terminaba su homilía resaltando que la vida cristiana, junto al Viernes Santo, es siempre y en todo momento Pascua de Resurrección. Fue esto lo que animó a Cleofás y a su compañero a regresar sin dilación a Jerusalén para transmitir, llenos de gozo, que Cristo había resucitado y caminado junto a ellos.

          Eso es también lo que, en el fondo, explica y dinamiza el fenómeno del renovarse de la vida cristiana, en los ambientes donde se está produciendo. Y lo que hoy, como hace 21 siglos, la Iglesia espera de todos los cristianos: que allí donde nos encontremos, demos testimonio con nuestro entero proceder, de que Cristo resucitó y nos acompaña de continuo.   

José Antonio García-Prieto Segura en elconfidencialdigital.com