Recuperar la hospitalidad

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Escrito por Juan Luis Selma
Publicado: 29 Junio 2026

Una mirada al valor cristiano de la acogida frente al creciente individualismo de nuestra sociedad

En su reciente visita al España, el Papa invitó a realizar un “examen de conciencia” colectivo ante el drama migratorio.

Una sociedad sana y verdaderamente humana, consciente de las necesidades perentorias de sus ciudadanos, posee un profundo sentido de la hospitalidad. Sabe que acoger al huésped fue, en muchas culturas, un deber casi sagrado.

En civilizaciones antiguas -desde Grecia hasta la India o los pueblos beduinos-, la hospitalidad no era solo cortesía, sino un mandato religioso. El extranjero era visto como enviado de los dioses o portador de bendición. En regiones de climas extremos —desiertos, montañas, estepas— la acogida era una cuestión de supervivencia. En el fondo, existía un do ut des: lo que hoy hago contigo, tú lo harás mañana conmigo. Era un reconocimiento humilde de nuestras limitaciones: los seres humanos nos necesitamos, no somos autosuficientes. Además, late en nosotros una solidaridad innata; podríamos decir que el otro es “carne de mi carne”.

Sin embargo, a medida que han avanzado la tecnología, el desarrollo agrícola y los cuidados médicos y sociales, el ser humano se ha sentido más fuerte e independiente. Más individualista. Cuesta reconocer nuestras limitaciones y queremos proyectar una imagen casi divina. Pero esta actitud nos aísla y nos separa de los demás. El otro pasa a ser quien molesta, quien invade mi espacio, y entonces levantamos muros de defensa.

El libro de los Reyes narra cómo fue acogido Eliseo en Sunén por una mujer que dijo a su marido: "Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle una cama, una mesa, una silla y una lámpara para que, cuando venga, pueda retirarse". Este gesto de hospitalidad fue premiado por el profeta, que, sabiendo que ella era estéril, le anunció: "El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo".

El Señor nos invita a levantar la mirada y a ver en el otro al mismo Jesús: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá recompensa de justo. Y el que dé a beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensa".

La reciente visita del Papa a España ha sido una preciosa lección de acogida, de comunión y de enriquecimiento mutuo. Sus palabras y gestos, su predicación, nos han hecho mejores y han despertado nuestro orgullo de cristianos. Nos han hecho más humanos. A la vez, nuestra calurosa acogida y la fe del pueblo cristiano le han ayudado a él a crecer como Papa. La comunión siempre enriquece.

El inmigrante, el extranjero, el peregrino tienen rostro humano. No son un número, un problema. El Papa ha subrayado que los migrantes "no son números ni expedientes, son personas", recordando que "la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera". Invitó a realizar un “examen de conciencia” colectivo ante el drama migratorio, afirmando que el extranjero de ayer "puede ser el hermano y vecino de hoy".

Desde los Padres del Desierto hasta san Benito, la hospitalidad se convirtió en una regla espiritual. "A todos los huéspedes que llegan al monasterio se les reciba como a Cristo", afirma la Regla benedictina. No como si fueran Cristo “en sentido figurado”, sino realmente. Por eso los monasterios ofrecían cama, comida, calor, agua y cuidado a los enfermos. Así nacieron los hospitales y albergues: lugares de acogida para el peregrino.

La Iglesia está haciendo grandes esfuerzos por abrirse y acoger a todos. La pastoral de la acogida es uno de los ámbitos donde hoy se juega su credibilidad. No es un “servicio” más ni un gesto simpático: es una forma concreta de mostrar el rostro de Cristo. Cuando una comunidad acoge bien, evangeliza sin palabras. Cuando no acoge, aunque tenga buena doctrina, suena hueca.

También los hogares cristianos deben ser acogedores, abiertos a quien está solo o enfermo, al anciano, al necesitado. Una familia acogedora no es simplemente una familia “amable”: es una familia que ha entendido que su hogar es un lugar donde Dios vive.

Estamos llamados a ser personas que escuchan, que miran a los ojos, que se hacen cargo de lo que le sucede al otro. Abiertos a quien nos necesita, especialmente a los más cercanos -porque la caridad es ordenada—. Tenemos la hermosa tarea de recuperar la hospitalidad.

Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es