Si enfocamos el reposo únicamente en lo material, podemos olvidarnos de nuestra dimensión espiritual y entonces corremos el riesgo de quedar cansados, decepcionados, agotados y vacíos.
El verano se nos ha echado encima y anhelamos un merecido descanso. Unos lo podrán disfrutar ya; otros tendrán que esperar un poco más. Pero todos estamos ya en modo verano: descansando o esperando descansar. Todavía es pronto para que los medios nos inunden con el famoso “síndrome postvacacional”, pero seguro que llegará su momento.
Recuerdo a un chico goloso que se puso a llorar después de comerse el pastel que más le gustaba. El motivo era sencillo: lo había devorado con tanta ansia que no lo había disfrutado. Estamos a tiempo de organizar nuestro descanso para que realmente lo saboreemos.
El ser humano no es solo cuerpo; tiene espíritu: alma, sentimientos y emociones. Nos puede pasar como en el cuento de Cenicienta: su madrastra y sus hermanastras vivían cómodas y bien atendidas, mientras que ella, descuidada y relegada, hacía de criada. Y, sin embargo, fue precisamente ella la que conquistó el corazón del príncipe.
Si enfocamos el descanso únicamente en lo material —sol, playa, chiringuito, fiestas, viajes y jaleos—, si nos quedamos solo con el bronceado de anuncio, podemos olvidarnos de nuestra Cenicienta, de la dimensión espiritual. Y entonces corremos el riesgo de quedarnos sin el príncipe: cansados, decepcionados, agotados y vacíos.
El descanso no es un lujo: es una necesidad, una obligación para quienes somos mortales, limitados y débiles. Para que el borrico que somos pueda rendir, hay que cuidarlo.
Nos dice hoy el Señor en el Evangelio: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”
No podemos olvidarnos de quiénes somos ni de cómo somos. Jesús le dice a su Padre: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.”
Solo si poseemos el don de la sabiduría que Dios nos da, sabremos dar a cada cosa su auténtico valor.
Benedicto XVI recuerda que el ser humano no es solo cuerpo, ni solo emociones, ni solo tecnología. Es mucho más grande que todo eso. Vale infinitamente porque está creado por Dios: tu valor no depende de los likes, del dinero, del éxito o de la imagen.
Está hecho para amar y ser amado, no para usar a los demás ni para vivir aislado. Tiene una razón que busca la verdad, no solo datos o pantallas: el corazón quiere sentido. Es libre, pero una libertad que se pierde si se usa sin responsabilidad. Es custodio del mundo, no dueño absoluto: la creación no es un juguete. Y, sobre todo, es un ser que necesita esperanza: sin un “para qué” grande, la vida se vacía. Todo esto también cuenta a la hora de descansar bien.
Muchos buscan un descanso que les acerque a Dios y a la naturaleza haciendo el Camino de Santiago. Se enriquecen con el arte, el silencio y la buena compañía. Otros se refugian en la montaña o en parajes solitarios. Y otros —quizá la mayoría— siguen la moda y madrugan para conseguir unos centímetros de arena. También ellos tienen derecho a un descanso integral y verdadero.
San Josemaría escribía en Surco, punto 514: “Siempre he entendido el descanso como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio. Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después —con nuevos bríos— al quehacer habitual.”
Podemos dedicar parte de nuestro tiempo a Dios. Es quien mejor se ocupa de nosotros y quien más felices nos hace. Un rato de oración, la lectura tranquila de un pasaje del Evangelio, una visita al Sagrario. Frecuentar la misa —no solo la dominical, incluso la diaria—. La paz que buscamos solo nos la puede dar Él. No seamos tontos.
Para quienes suelen asistir a misa los domingos, sería bueno planear las vacaciones contando con alguien más: el Señor. Estudiar las posibilidades de ir a misa es un factor importante para quien tiene fe.
Y, por supuesto, dedicar tiempo a estar con la familia tranquilamente: hablar, pasear, escuchar música o ver una serie juntos. Y para que el veraneo sea completo: leer un buen libro.
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es