Una reflexión sobre la victoria del trabajo en equipo frente al individualismo, partiendo de las palabras del papa León sobre el fútbol y de las parábolas evangélicas del trigo y la levadura.
Por mucho que lo he intentado, no he podido apartarme de lo que está en boca de todos: el Mundial de fútbol. La verdad es que la selección nos ha llenado de orgullo y espero que nos siga dando alegrías. Y sí, el fútbol tiene algo que ver con la religión. Claro que sí. Seguro que a Jesús le importa mucho y disfruta viéndonos disfrutar.
El papa León, buen deportista, hizo varias referencias al deporte rey en su visita a España. Nos dijo que la vida se juega en equipo. Y de esto me gustaría hablar: vivir la vida como un buen partido, jugando en equipo. No se trata de grandes figuras ni de individualidades, sino de compenetrarse, de contar con todos, de ir todos a una.
Los Evangelios de estos días continúan con las parábolas que nos relata san Mateo. Jesús utiliza este género sencillo para transmitir sus enseñanzas a los sencillos de corazón; quiere llegar a todos. Hoy nos habla del trigo y la cizaña, del grano de mostaza que, al germinar, se transforma en un gran árbol donde anidan los pájaros, y de la levadura que hace fermentar toda la masa.
La cizaña que puede estropear la cosecha es el individualismo, la soberbia que separa y divide a instancias del diablo -el separador. El grano de mostaza nos habla del valor de lo pequeño, de los gestos sencillos. La levadura actúa sin ser vista: oculta, silenciosa, hace que toda la masa crezca, se vuelva esponjosa y agradable para comer.
Trabajar en equipo exige valorar al otro, pensar en él, apostar por él. Hacer del conjunto una unidad, sincronizar todas las piezas para que engranen y la máquina funcione. Lógicamente, el trabajo en cuadrilla pide integrar las individualidades: que todos pongan el hombro sabiendo que son distintos. Unidad, equipo, comunión no son sinónimos de uniformidad. Un buen seleccionador sabe contar con los puntos fuertes de cada uno y los utiliza para suplir las debilidades del otro.
Gracias a Dios, no hace falta ser perfecto ni un genio para hacer equipo. Es más, el problema que tienen algunos es que les sobran figuras. Este tipo de persona necesita que todos trabajen para él; no se aviene con los otros porque se considera demasiado importante.
Vivir la vida en pandilla pide estar unidos, llevarse bien, estar avenidos. Buscar la unidad desde la diversidad. Olvidar que somos un equipo y apostar por la individualidad, por la dispersión, por los derechos individuales entendidos sin referencia al bien común, lleva a la muerte. Iba a decir “muerte pelá”, pero es una muerte metafísica.
Para los griegos, vivir es mantener la armonía entre cuerpo, alma y mundo. La muerte es la disgregación: el cuerpo se separa de sí mismo, las partes dejan de cooperar, la forma se pierde. Aristóteles lo expresa así: el ser vivo es un compuesto de materia y forma; cuando esa unidad se rompe, aparece la muerte. La muerte es, por tanto, pérdida de cohesión ontológica.
Si nos miramos en Dios, que por ser creados por Él somos imagen y semejanza suya, no podemos prescindir del transcendente Unum, de la unidad. Ir por libre, perder la unión con Él y con los demás -algo que tanto pregona la modernidad-, embeberse de individualismo y centrar el motor de la vida en la exigencia de los derechos individuales olvidando el bien común, lleva al suicidio colectivo, a la muerte de la civilización.
“Entonces fueron los criados a decirle al amo: ‘Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?’ Él les dijo: ‘Un enemigo lo ha hecho’”. No olvidemos que hay un enemigo -enemigo también nuestro- que ensalza nuestro ego para separarnos, aislarnos y debilitarnos, haciéndonos creer que nos fortalece y que nos da la felicidad con el señuelo de que así seremos felices.
Es lo que pasa cuando ese diablo se entremete en las relaciones matrimoniales, familiares, de amistad, profesionales o sociales. Un equipo de grandes figuras es un equipo perdedor: sobran individualidades y falta equipo.
Para Byung-Chul Han, la muerte es la desaparición del espacio relacional que sostiene la vida humana. La separación no es solo distancia: es pérdida del mundo compartido. La muerte no es solo el fin biológico, sino la disolución de la unidad: separación del otro, separación de uno mismo, separación del mundo, separación del tiempo, separación del sentido. Vivamos en equipo.
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es