¿Hacerse o encontrarse?

Imprimir
Escrito por Juan Luis Selma
Publicado: 03 Agosto 2026

La cultura actual invita a reinventarse sin descanso, sustituyendo a Dios por el propio deseo, lo que genera un profundo cansancio existencial. La fe cristiana propone una alternativa más serena: sentirse hijo amado antes que autor de uno mismo.

Uno de los paradigmas culturales actuales sostiene que nada está hecho ni es definitivo. Todo es líquido, inestable, cambiante. Se nos repite que no dependemos de nadie ni de nada, que la libertad consiste en alcanzar cualquier deseo, que la realidad no es algo recibido sino creada por mí. Según esta visión, no debemos conformarnos con lo sólido, con lo ya escrito: el viejo concepto de naturaleza es sustituido por la omnipotencia del deseo. No soy lo que soy, sino lo que quiero ser.

En este marco, el Creador deja de ser Dios: el mundo ya no es obra suya, sino mía. Yo me convierto en dios y me recreo a mi antojo junto a lo que me rodea. Con este presupuesto, dejamos de ser criaturas para pretender ser creadores. El sueño puede parecer atractivo, pero me deja solo, cargado con la responsabilidad de tener que pensar el mundo, rehacerme continuamente y sostener la tarea infinita de crear. Para ello necesitaría la energía y la sabiduría del verdadero Creador.

Además, si cada individuo es un dios, habría tantos dioses como personas, y cada uno tendría que repartirse su supuesta energía creadora… y tocaría a poco. Igual que los recursos de la naturaleza son limitados y debemos cuidarlos, el sentido común debería llevarnos a limitar la proliferación de estos “diosecillos” agotados.

La tarea de inventarme sin descanso, de convertir cada capricho en realidad, termina siendo extenuante. Produce un cansancio existencial profundo. Ya no somos valiosos por lo que hemos recibido, sino por lo que logramos y conseguimos, por los likes que acumulamos. Hay una pelea por la eficiencia que termina por desalentar.

Ese cansancio sí es real, y se manifiesta en una nueva pandemia de enfermedades psíquicas: estrés, depresión, ansiedad, anorexia, bulimia, vigorexia, TDAH, trastornos de conducta, autolesiones y suicidio. Según la OMS, 1 de cada 7 jóvenes entre 10 y 19 años padece algún trastorno mental.

Frente a esta visión agotadora, existe otra opción más humilde y serena: la cristiana. Ella nos recuerda que somos hijos amados de Dios, llamados no a inventarnos sin cesar, sino a descubrir el bien y la belleza que el Creador ha puesto en nosotros. San Juan lo expresa con una sencillez luminosa: “Él nos amó primero”.

Se trata de dejar de jugar a ser dioses y descubrir al único Dios. Como canta Jakuna:

"Tú, el único Rey que tiene que reinar

El único Señor al que voy a adorar

Hoy levanto el corazón al que lo conquistó

Simplemente porque Tú eres Dios

Quiero ponerte por encima de todo

En cada momento sentarte en el trono

Que tu alabanza esté siempre en mi boca

Y reconocer que Tú eres Dios

Que alabarte a Ti, Señor

Sea siempre lo primero

Fijo mi mirada en el cielo"

Encontrarse con uno mismo —descubrir la grandeza que Dios ha puesto en mí— es mucho más fácil y descansado que tener que construirse constantemente. El vacío que todos sentimos en el fondo del alma no lo puede llenar nadie, solo Dios. Adorarle, seguirle, ponernos en sus manos es lo que nos hace verdaderamente grandes. Solo Él puede colmar esas ansias de amor infinito que llevamos dentro. Es más: esas ansias son la señal de que somos suyos, de que estamos hechos para algo mucho más grande de lo que jamás nos atreveríamos a soñar.

San Pablo lo proclama con fuerza: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”.

Y Benedicto XVI, recién elegido Papa, nos recordaba: “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno es querido, amado, necesario.”

En el Evangelio de hoy, Jesús pide a sus discípulos que den de comer a la multitud: “Dadles vosotros de comer”. Si los cristianos descubrimos lo mucho que somos amados, rebosaremos de sentido y de amor, y podremos dar sentido a este mundo.

Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es