La oración cristiana es esa conversación bella y confiada con Dios: verle como Padre amoroso, como amigo y compañero, como maestro y médico
“El corazón es la morada donde Dios está, o donde Él habita; y, según la expresión semítica o bíblica, donde se adentra. Es nuestro centro escondido, inaprensible, inaccesible tanto para nuestra razón como para la de los demás; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro porque, creados a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza”.
Así define el Catecismo el corazón del hombre: el lugar del encuentro, con uno mismo, con Dios y con los demás. Todo el Catecismo de la Iglesia posee un profundo sentido antropológico: responde a lo que el ser humano es, siente, aspira y desea. Ilumina sus interrogantes más hondos. Difícilmente se encontrará un tratado más completo sobre la condición humana.
En sus primeros números afirma: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre, y sólo en Dios encontrará la verdad y la dicha que no cesa de buscar. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios”.
El libro del Génesis presenta a Adán y Eva paseando al atardecer con Yahvé en el paraíso. Es una de las escenas más hermosas y sugerentes de toda la tradición bíblica. Resume en una sola imagen lo que tantas veces intentamos expresar: la cercanía original entre Dios y el ser humano, una relación sin miedo, sin máscaras, sin distancia.
La oración cristiana es esa conversación bella y confiada con Dios: verle como Padre amoroso, como amigo y compañero, como maestro y médico. Su grandeza no asusta ni crea barreras; acoge y ampara. La verdadera felicidad -vivir en el paraíso- es pasear con Dios, contemplar el mundo con sus ojos, mirarme como Él me mira. Como reza el lema del santo cardenal Newman: Cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón.
Como dice la canción mexicana Chapala, “rinconcito de amor, donde las almas pueden hablarse de tú con Dios”. Así se entiende la importancia de la oración: esa conversación que eleva, sana y enseña. Nos ayuda a alzar la mirada cuando la tendencia es mirar al suelo, a la suciedad o al propio ombligo. La vida no se reduce a intereses; los demás no están para ser usados ni para usarme.
Existen relaciones desinteresadas, nobles, valiosas. Buenas. Según la visión de Elías, la palabra de Dios no se encuentra en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego: está en el susurro de una brisa suave. Para escucharle, para abrirle el corazón, hacen falta silencio, tranquilidad y paz.
Dice el Evangelio: “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo". Jesús busca la quietud de la orilla del lago de Genesaret, la paz de la noche, la soledad para hablar con su Padre. Y eso que Él es el Hijo de Dios, Dios mismo. Ese es el lugar para ver las cosas con claridad, para tomar decisiones, para que el alma descanse, para sentirse querido y valioso -porque todos lo somos a sus ojos-. Una vida sin oración no es vida plena.
El Catecismo define la oración como una lucha: el combate de la oración. No es un torneo que se gana sólo con inscribirse; hay que pelearlo, como hizo la selección para conquistar la segunda estrella. Hace falta un maestro, un entrenador: un sacerdote, un amigo, un buen libro. En equipo se juega mejor; solo es muy difícil ganar. Perseverancia, paciencia, tenacidad.
Un buen test para saber si avanzamos en la senda de la oración es la paz interior, la alegría de descubrir cuánto me quiere Dios. Esto llena mucho. Después, comenzamos a mirar mejor a los nuestros: ya no sólo vemos sus defectos, sino que descubrimos sus valores, y nos caen mejor. Por eso, la oración es un tesoro que debemos descubrir. Y entonces escucharemos de nuevo las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo".
Juan Luis Selma en eldiadecordoba.es