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Textos litúrgicos

  

Homilía: Domingo de la semana 1 de Cuaresma; ciclo A


Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
 

(Gen 2,7-9;3,1-7) "Formó el Señor al hombre del barro de la tierra”
(Rom 5,12-19) "Serán muchos hechos justos por la obediencia de uno"
(Mt 4,1-11) "No sólo de pan vive el hombre"

 

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la parroquia de S. Juan Bautista de los Florentinos, en Roma (8-III-1981)

--- Debilidad del hombre y llamada de Dios

--- Alejarse del pecado mortal y venial con la gracia

--- Tentaciones 

--- Debilidad del hombre y llamada de Dios

“Al Señor, tu Dios, adorarás, y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10).

Estas categóricas palabras, dirigidas por nuestro Señor Jesucristo a Satanás, tentador, y colocadas por la liturgia en los umbrales de la Cuaresma, son un programa incisivo y perenne de vida para el hombre, llamado por la fuerza del Amor eterno al servicio de Dios y sólo de Dios, y sin embargo, desde el comienzo de su existencia contingente y durante toda su vida, tan expuesto y susceptible a todas las “tentaciones”, a las que le impulsan continuamente el “reino” de este mundo y el “príncipe de este mundo” (cfr. Jn. 12,31; 14,30; 16,11), que hacen todo lo posible para dominar y manipular al hombre tratando de ponerle en oposición a Dios.

Frente a Satanás, que le promete incluso “todos los reinos del mundo y su esplendor”, en contrapartida de la adoración, Jesús responde con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, el cual había puesto en guardia al pueblo elegido contra la fascinante y peligrosa tentación de la idolatría: “ Guárdate de olvidarte de Yavé, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. Teme a Yavé, tu Dios; sírvele a Él... haz lo que es recto y bueno a los ojos de Yavé” (Dt. 6,12-13.18).

La Cuaresma, tiempo litúrgico privilegiado, es tiempo de conversión interior. La Sagrada Escritura presenta la vida del hombre en sus relaciones con Dios como una continua conversión interior, en cuanto que Dios, en su infinito amor, llama al hombre a vivir en comunión con El. Pero el hombre es frágil, débil, pecador; por lo tanto, para ponerse en comunión con Dios, tiene necesidad de una actitud de humildad y de penitencia; debe orientarse hacia Dios, “buscar el rostro de Dios” (cfr. Os. 5,15; Sal 24,6); debe invertir el camino que lo lleva hacia el mal; cambiar el propio comportamiento ético; cambiar incluso concepciones y modos de pensar individuales, que estén en oposición a la voluntad y a la palabra de Dios.

Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, ya desde el comienzo de su ministerio mesiánico lanza a los hombres su llamada a la conversión: “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cercano; convertios y creed en el Evangelio” (Mc 1,15; cfr. Mt 4,17).

La Cuaresma representa en la vida de la Iglesia como un grito a la conversión: “¡ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!” (Sal 94(95),8). Este "hoy" se refiere precisamente a la Cuaresma, que en la extraordinaria riqueza evocativa de sus textos litúrgicos es una continua, apremiante llamada a la urgencia de la auténtica conversión interior.

--- Alejarse del pecado mortal y venial con la gracia

La conversión es fundamentalmente un alejarse del pecado, y un dirigirse, un retornar al Dios viviente, al Dios de la Alianza. “Venid y volvamos a Yavé; Él desgarró, Él nos curará; Él hirió, Él nos vendará” (Os. 6,1): es la invitación del profeta Oseas, que insiste sobre el carácter interior de la auténtica conversión, que siempre debe estar animada e inspirada por el amor y por el conocimiento de Dios. Y el Profeta Jeremías, el gran maestro de la religiosidad interior, anuncia de parte de Dios una extraordinaria transformación espiritual de los miembros del Pueblo elegido: “Les daré un corazón capaz de conocerme, de saber que yo soy Yavé; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues se convertirán a mí de todo corazón” (Jer. 24,7).

La conversión es un don de Dios, que el hombre debe pedir con ferviente oración y que nos ha merecido Cristo “nuevo Adán”. Esto es lo que la liturgia de hoy nos ha hecho meditar en el pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos: por la desobediencia del primer Adán el pecado y la muerte entraron en el mundo y dominan al hombre. Pero si es verdad que “por la culpa de aquél, que era uno solo (es decir Adán), la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo” (cfr. Rom 5,17).

El cristiano, fuerte con la fuerza que le viene de Cristo, se aleja cada vez más del pecado, de los pecados concretos, mortales o veniales, superando las malas inclinaciones, los vicios, el pecado habitual y, al obrar así, hará cada vez más débil el “fomes” del pecado, esto es, la triste herencia de la desobediencia originaria. Esto ocurre en la medida en que abunda en nosotros cada vez más la gracia, don de Dios, concedido por los méritos “de un solo hombre, Jesucristo” (cfr. Rom 5,15). De este modo, la conversión es un paso casi gradual, eficaz, continuo, del “viejo” Adán, al “nuevo”, que es Cristo. Este exaltante proceso espiritual, en el período de la Cuaresma, debe hacerse en cada cristiano particularmente consciente e incisivo.

--- Tentaciones

Pero la conversión sólo es posible basándose en la superación de las tentaciones, como pone en clara evidencia la Liturgia de la Palabra de este primer domingo de Cuaresma.

La pluralidad y multiplicidad de las tentaciones encuentran su fundamento en esa triple concupiscencia, de la que habla la primera carta de San Juan: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo ‑ la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas ‑ no viene del Padre, sino del mundo (1 Io 2:15-16)”.

Como es sabido, en la concepción de San Juan, el “mundo” del que debe alejarse el cristiano, no es la creación, la obra de Dios, que ha sido confiada al dominio del hombre; sino que es el símbolo y el signo de todo lo que nos separa de Dios o que quiere excluir a Dios, esto es, lo opuesto al “Reino de Dios”.

Por tanto, son tres los aspectos del mundo del que debe mantenerse alejado el cristiano para ser fiel al mensaje de Jesús: los apetitos sensuales; el ansia excesiva de los bienes terrenos, sobre los cuales el hombre cree ilusoriamente poder construir toda su vida; y finalmente la autosuficiencia orgullosa en relación con Dios (cfr 1 Jn 2,15 las tres concupiscencias).

En las tres “tentaciones” con las que Satanás incita a Cristo en el desierto, se pueden encontrar fácilmente las “tres concupiscencias” ya mencionadas; son las tres grandes tentaciones, a las cuales también el cristiano será sometido en el curso de su vida terrena.

Pero en la base de esta triple tentación encontramos de nuevo la primitiva y omnicomprensiva tentación, dirigida por el mismo Satanás a nuestros progenitores: “Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (cfr. Gen 3,5). Satanás promete al hombre la Omnipotencia y la Omnisciencia de Dios, es decir,, la total autosuficiencia e independencia. Ahora bien, el hombre no es así sino por su posibilidad de “elegir” a Dios, a cuya imagen fue creado. Pero el mismo Adán se elige a sí mismo en lugar de Dios; cede a la tentación y se encuentra miserable, frágil, débil, “desnudo”, “esclavo del pecado” (cfr. Jn 8,34). El segundo Adán, Cristo, en cambio, afirma de nuevo contra Satanás la fundamental, estructural y ontológica dependencia del hombre en relación con Dios. El hombre -nos dice Cristo- no es humillado, sino más bien exaltado en su misma dignidad cada vez que se postra para adorar al Ser infinito, su Creador y Padre: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto” (Mt 4,10).

Esta llamada cuaresmal a la conversión comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, trabajo que llega al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo.

A este trabajo, que requiere empeño y constancia, estamos llamados todos y cada uno, sin excepción, tanto a nivel personal, como a nivel comunitario, a fin de que podamos ayudarnos mutuamente en el camino de la conversión, la cual es siempre fruto de “volver a encontrar” a Dios Padre, rico en misericordia. “El auténtico conocimiento de Dios -he escrito en mi segunda Encíclica-, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo “ven” así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a Él. Viven, pues, in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre en la tierra in statu viatoris” (Dives in misericordia, 13).

DP-68 1981

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Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Cristo fue tentado en el desierto. Todo hombre prueba alguna vez la aridez y monotonía del desierto; en su hogar, cuyas tareas pueden cansarle; en el trabajo que puede aburrirle...; la vida misma, que es un regalo y una tarea ilusionante, puede antojársele insípida. Y lo mismo ocurre con la vida cristiana. Es, en alguna medida, la noche oscura de los santos.

El Diablo aprovecha el hambre de Jesús para sugerirle que convierta las piedras en pan. Pero Él respondió que "no sólo de pan vive el hombre". Fue una respuesta magnífica. No sólo de lo que nos ofrece este mundo vive el hombre. Hay algo más que lo que hace temporalmente risueña y dichosa la vida. También a nosotros, en horas de cansancio o de tedio, nos incita el Diablo a convertir la piedra de la monotonía de los días iguales en pan que calme el hambre de una dicha que parece ausente. Es la tentación, el ofrecimiento para que cambiemos el rigor de una vida cristiana honrada, por otra más "libre", más "humana".

En esas embestidas de la comodidad, el egoísmo, la sensualidad..., no debemos dialogar con el señuelo de ofrecer un alivio a nuestro quebranto interior; no debemos dialogar, porque el Diablo nos supera en inteligencia y astucia. "Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra... los dominadores de las tinieblas" (Ef 6,2).

Podemos hacer frente a la tentación porque "fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas" (1 Cor 10,12), y "donde el diablo asedia, allí está presente Cristo" (S. Ambrosio, Sermo 20). Podemos, como Jesús, responder en esas horas de especial acoso, que no sólo de pan se vive y que hay que adorar a Dios y sólo a Él servirle.

¡Qué gran cosa sería que Dios pudiera decirnos cuando nos presentemos ante Él al final del trayecto: "Me acuerdo de tu fidelidad, de tu amor hacia mí, de tu seguirme a través del desierto, tierra donde no se siembra" (Jer 2,2). "Al que venciere, le concederé sentarse conmigo en mi trono" (Apoc 3,21). Como aquellos ángeles que sirvieron a Jesús, seremos premiados un día. Ésta será nuestra recompensa a una fidelidad sostenida con la ayuda de los Sacramentos y del consuelo y apoyo, si no lo rehuimos, de todos en la Iglesia.

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Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

«El desierto, escenario de la tentación y comienzo de la victoria de la Pascua»

I. LA PALABRA DE DIOS

Gn 2,7-9;3,1-7: «Creación y pecado de los primeros padres»
Sal 50,3-6.12-14.17: «Misericordia, Señor, hemos pecado»
Rm 5,12-19: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia»
Mt 4,1-11: «Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado»

II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO

El yavista introduce a la serpiente como símbolo de un poder hostil al hombre. Eva es engañada. El pecado comienza siempre con un falseamiento de la verdad.

Tener pan, tener poder, tener a Dios a mano para utilizarlo; he aquí una trilogía de tentaciones con un solo vencedor: Jesucristo, porque eligió la libertad. El que «es», siempre es libre; el que «tiene», casi nunca. Frente a toda tentación que, para presentarse ante el hombre se disfraza de verdad, Cristo se ha llamado la «Verdad», sin disfraces de ninguna clase. Así, la victoria sobre el pecado es segura.

El camino de Cristo hacia la Pascua comienza con el desierto. La Iglesia, configurándose con su Señor, inicia en este tiempo el largo itinerario cuaresmal con una convicción que la llena de ánimo: Cristo saldrá vencedor. De ello tiene un anticipo hoy.

III. SITUACIÓN HUMANA

La postmodernidad nos ha traído la confirmación de un hombre prometéico con afán de considerarse único dios de sí mismo, porque antes ha «arrebatado» el poder a Dios. Pero la tentación es tan vieja como el hombre mismo. Y el fracaso del hombre será creerse medida de todas las cosas.

La libertad es hoy para el hombre un horizonte buscado y deseado. Inventa caminos, arbitra métodos, imagina maneras de alcanzarla. Y sin embargo acaba perdiéndose en ella.

IV. LA FE DE LA IGLESIA

La fe
– Las tentaciones de Jesús: "Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto, Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado (Mc 3,27). La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre" (539; cf 538, 540).

– Victoria sobre el pecado ( «No lo abandonaste al poder de la muerte»): 410. 2853.

La respuesta
– «No nos dejes caer en la tentación»: "Al decir: «No nos dejes caer en la tentación», pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final" (2863; cf 2846-2849).

– Formas de penitencia en la vida cristiana: 1438. 1439.

El testimonio cristiano
– «El alma que hubiera de vencer su fortaleza no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad. Que por eso dice S. Pablo avisando a los fieles estas palabras: «Vestíos de las armas de Dios, para que podáis resistir contra las astucias del enemigo, porque esta lucha no es como contra la carne y sangre» entendiendo por sangre el mundo, y por las armas de Dios, la oración y cruz de Cristo, en que está la humildad y mortificación que habemos dicho» (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, 9).

Cristo, al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado; de este modo, celebrando con sinceridad el misterio de esta Pascua, podráemos pasar un día a la Pascua que no acaba.

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