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Primicia del recién publicado libro del Papa: "Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección"
El libro del Papa "Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección" ha sido publicado este jueves. La Librería Editorial Vaticana, de acuerdo con Ediciones Encuentro —encargada de la edición de la obra en lengua española—, ha anticipado algunos fragmentos de este segundo volumen cuyo lanzamiento ha tenido lugar, simultáneamente, en siete idiomas.
Publicamos una selección de pasajes del primer punto —"La fecha de la Última Cena"— del cuarto capítulo del volumen.
* * *
«El problema de la datación de la Última Cena de Jesús se basa en las divergencias sobre este punto entre los Evangelios sinópticos, por un lado, y el Evangelio de Juan, por otro. Marcos, al que Mateo y Lucas siguen en lo esencial, da una datación precisa al respecto. "El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?"... Y al atardecer, llega él con los Doce" (Mc 14,12.17). La tarde del primer día de los ácimos, en la que se inmolaban en el templo los corderos pascuales, es la víspera de Pascua. Según la cronología de los Sinópticos es un jueves [...]
Esta cronología se ve comprometida por el hecho de que el proceso y la crucifixión de Jesús habrían tenido lugar en la fiesta de la Pascua, que en aquel año cayó en viernes. Es cierto que muchos estudiosos han tratado de demostrar que el juicio y la crucifixión eran compatibles con las prescripciones de la Pascua. Pero, no obstante tanta erudición, parece problemático que en ese día de fiesta tan importante para los judíos fuera lícito y posible el proceso ante Pilato y la crucifixión. Por otra parte, esta hipótesis encuentra un obstáculo también en un detalle que Marcos nos ha transmitido. Nos dice que, dos días antes de la Fiesta de los Ácimos, los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo apresar a Jesús con engaño para matarlo, pero decían: "No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo" (14,1s). Sin embargo, según la cronología sinóptica, la ejecución de Jesús habría tenido lugar precisamente el mismo día de la fiesta.
Pasemos ahora a la cronología de Juan. El evangelista pone mucho cuidado en no presentar la Última Cena como cena pascual. Todo lo contrario. Las autoridades judías que llevan a Jesús ante el tribunal de Pilato evitan entrar en el pretorio "para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua" (18,28). Por tanto, la Pascua no comienza hasta el atardecer; durante el proceso se tiene todavía por delante la cena pascual; el juicio y la crucifixión tienen lugar el día antes de la Pascua, en la "Parasceve", no el mismo día de la fiesta. Por tanto, la Pascua de aquel año va desde la tarde del viernes hasta la tarde del sábado, y no desde la tarde del jueves hasta la tarde del viernes.
Por lo demás, el curso de los acontecimientos es el mismo. El jueves por la noche, la Última Cena de Jesús con sus discípulos, pero que no es una cena pascual; el viernes —vigilia de la fiesta y no la fiesta misma—, el proceso y la ejecución. El sábado, reposo en el sepulcro. El domingo, la resurrección. Según esta cronología, Jesús muere en el momento en que se sacrifican los corderos pascuales en el templo. Él muere como el verdadero Cordero, del que los corderos pascuales eran mero indicio [...].
Juan tiene razón: en el momento del proceso de Jesús ante Pilato las autoridades judías aún no habían comido la Pascua, y por eso debían mantenerse todavía cultualmente puras. Él tiene razón: la crucifixión no tuvo lugar el día de la fiesta, sino la víspera. Esto significa que Jesús murió a la hora en que se sacrificaban en el templo los corderos pascuales. Que los cristianos vieran después en esto algo más que una mera casualidad, que reconocieran a Jesús como el verdadero Cordero y que precisamente por eso consideraran que el rito de los corderos había llegado a su verdadero significado, todo esto es simplemente normal [...].
Jesús era consciente de su muerte inminente. Sabía que ya no podría comer la Pascua. En esta clara toma de conciencia invita a los suyos a una Última Cena particular, una cena que no obedecía a ningún determinado rito judío, sino que era su despedida, en la cual daba algo nuevo, se entregaba a sí mismo como el verdadero Cordero, instituyendo así su Pascua [...].
Una cosa resulta evidente en toda la tradición: la esencia de esta cena de despedida no era la antigua Pascua, sino la novedad que Jesús ha realizado en este contexto. Aunque este convite de Jesús con los Doce no haya sido una cena de Pascua según las prescripciones rituales del judaísmo, se ha puesto de relieve claramente en retrospectiva su conexión interna con la muerte y resurrección de Jesús: era la Pascua de Jesús. Y, en este sentido, Él ha celebrado la Pascua y no la ha celebrado: no se podían practicar los ritos antiguos; cuando llegó el momento para ello Jesús ya había muerto. Pero Él se había entregado a sí mismo, y así había celebrado verdaderamente la Pascua con aquellos ritos. De esta manera no se negaba lo antiguo, sino que lo antiguo adquiría su sentido pleno.
El primer testimonio de esta visión unificadora de lo nuevo y lo antiguo, que da la nueva interpretación de la Última Cena de Jesús en relación con la Pascua en el contexto de su muerte y resurrección, se encuentra en Pablo, en 1 Corintios 5,7: "Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo" (cf. Meier, A Marginal Jew, I, p. 429s). Como en Marcos 14,1, la Pascua sigue aquí al primer día de los Ácimos, pero el sentido del rito de entonces se transforma en un sentido cristológico y existencial. Ahora, los "ácimos" han de ser los cristianos mismos, liberados de la levadura del pecado. El cordero inmolado, sin embargo, es Cristo. En este sentido, Pablo concuerda perfectamente con la descripción joánica de los acontecimientos. Para él, la muerte y resurrección de Cristo se han convertido así en la Pascua que perdura.
Podemos entender con todo esto cómo la Última Cena de Jesús, que no sólo era un anuncio, sino que incluía en los dones eucarísticos también una anticipación de la cruz y la resurrección, fuera considerada muy pronto como Pascua, su Pascua. Y lo era verdaderamente».
José Carlos Martín de la Hoz
"Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV".
José Carlos Martín de la Hoz en omnesmag.com
El Papa León XIV comenzó su primer viaje a España con la mayor ilusión y entusiasmo posibles, pues no solo se preparó espiritualmente y se documentó lo necesario, sino que habló con los periodistas en el avión y se acercó fila a fila para entretenerse con cada uno de ellos.
Esta ha sido la tónica de todo este largo e intenso viaje: buscar a la gente, acercarse a las personas, a cada persona; autoridades, miembros de la escolta, público en la calle, políticos o gentes de la cultura.
Indudablemente, el programa de actos oficiales estaba bien cargado, y sobre todo muy pensado, pero también hay que reconocer que la agenda privada estaba también muy llena de visitas y atenciones de casos especiales, de personas necesitadas y de problemas delicados.
Los saludos y estrechones de manos del santo Padre no han sido en ningún momento protocolarios; sus conversaciones con los niños del colegio que le recibieron en el aeropuerto o con la reina Leticia, eran conversaciones afables, abrazos sonrientes, abiertos y entrañables.
El Santo Padre es muy humano y muy divino, y ha predicado con el ejemplo lo que luego iba a salir en todas sus intervenciones: el diálogo fraterno, aprender del otro, estar a la escucha. Ciertamente ha reflejado a las claras tener un corazón de misionero agustino que siempre estaba con el pueblo y que vivía con los indígenas y que ahora sigue latiendo en un corazón universal.
El Santo Padre ha venido a España a encontrarse con cada uno de nosotros y darnos su afecto, su cordialidad y su simpatía arrolladora. León XIV es la viva figura de san Agustín: un hombre tocado por el amor de Dios cuya misión fue sencillamente amar a cada persona con la que se cruzaba y enseñar a amar con su predicación, con su vida y con sus escritos.
La frase más repetida estos días, era el marco-anuncio de la visita: “alzad la mirada”. Esto, ciertamente, se podía hacer de muchas maneras: como lo hubiera hecho san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, o como lo ha hecho León XIV: siendo Cristo que pasa en nuestra tierra, que atrae con su mirada, con su sonrisa, con su naturalidad agustiniana y americana.
Después de leer el libro de las “Conversiones “de San Agustín, su “De civitate Dei”, “de unico baptismo” o el de “bono matrimonii”, ciertamente se concluye que no estamos en el discurso oriental del pontífice polaco ni en la cálida racionalidad de Ratzinger, ni en el empuje de Francisco, sino en el corazón ardiente de san Agustín como se refleja en el escudo pontificio de León XIV.
Las ideas que nos iba a trasmitir ya habían sido preanunciadas en su Encíclica “Magnifica humanitas” (25 de mayo de 2026), lo que ciertamente descolocó a todos los que habían escrito sus discursos en el mes de mayo para tenerlo ya todo preparado y controlado: discursos, crónicas periodísticas o las columnas de los diarios y chascarrillos de los tertulianos.
Pero una cosa es ver redactados los discursos, oírlos, escucharlos detenidamente con papel y bolígrafo y otra, bien distinta, es caer en la cuenta de que el Espíritu Santo había decidido un cambio de marchas de mayor calado de lo que nos habíamos imaginado. Hemos vuelto a Platón, al mundo de las ideas, al corazón apasionado. A las frases cortas o a los discursos bellísimos a la literatura clásica del siglo de oro de las letras castellanas. Hacía falta que alguien nos diera un revolcón cultural y nos recordara las raíces cristianas de España.
Igual que surgió el Romanticismo alemán después de Kant y Descartes, era necesario que surgiera el corazón de Agustín después del tomismo renovado por la Escuela de Salamanca que ya había sido el nervio del discurso del santo Padre desde el día que llegó.
Ciertamente, en el discurso en el Palacio de Oriente, el Santo Padre comenzó por agradecer a España su aportación al Derecho internacional y eso descolocó a algunos que no vieron a Vitoria y su derecho de gentes, sino que pensaron en las diatribas del Pontífice con Trump y con Sánchez.
Estamos celebrando el V Centenario del comienzo de la Escuela de Salamanca y con ellos el comienzo de la docencia como catedrático de Prima de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca.
La Escuela de Salamanca, comenzada por Francisco de Vitoria aunó a todos los grandes pensadores de su tiempo, jesuitas, dominicos, franciscanos, agustinos de su tiempo, para inventar el humanismo cristiano que fue el paso del humanismo pagano del Renacimiento a un humanismo internacional gracias al derecho natural, al amor a la libertad y a la defensa de la dignidad de la persona humana.
Ciertamente en Grocio y en la declaración universal de los derechos humanos de 1948 se trascribieron los principios de las Relecciones de Francisco de Vitoria sino que se fundamentaron: aquellos derechos consecuentes de la dignidad de la persona se fundamentaron en que el hombre es y será siempre imagen y semejanza de Dios.
La mañana del día 8 el santo Padre ha expuesto a los políticos de este país un programa idéntico al que después a recordado a los obispos reunidos en la Conferencia episcopal española que celebraban el sesenta aniversario de su constitución.
Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, como decía Juan Pablo II en Colón, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV como aprendió de la Escuela se Salamanca y la virtud de la caridad como nos enseñó el Papa Francisco y san Agustín.
Jose Maria Navalpotro
El historiador Onésimo Díaz estudia la evolución de la Iglesia, y su preocupación por la dignidad de la persona en los últimos 150 años
Juan Luis Selma
La visita de León XIV reaviva la esperanza de los creyentes, que buscan en el sucesor de Pedro una voz firme frente a la incertidumbre del mundo
George Weigel
George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II, analiza en ‘The Washington Post' la crítica del papa a los «proyectos prometeicos» que oscurecen la verdad del hombre
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