iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com Cada Cuaresma es una invitación a tomar conciencia de que sin Dios la existencia humana carece de sentido pleno
El cuadro de Rembrandt representa la parábola que cuenta Jesús en el Evangelio de San Lucas (15, 11-32). El padre misericordioso recibe y perdona al hijo lleno de harapos que vuelve a él, después de haber dilapidado la herencia. A la derecha se ve un personaje que podría ser el hijo mayor. Otras figuras no identificadas quedan en la sombra.
La luz cae sobre la escena principal. Del padre llaman la atención dos cosas: sus manos diferentes, una masculina y otra femenina, como si el pintor quisiera sugerir que Dios es Padre y también tiene sentimientos de madre; y sus ojos, cegados de tanto mirar al horizonte del camino esperando el regreso de su hijo.
Esta actitud amorosa contrasta con la del hijo mayor, incapaz de reconocer al otro como su hermano, y de esta manera se incapacita a sí mismo para reconocer la importancia de la conversión y del perdón, de la alegría y de la fiesta del retorno.
* * *
Ante el sufrimiento y las necesidades que vemos en el mundo, hay que movilizarse, pero no basta. Es necesario dejar el hombre viejo (cf. Col. 3, 9), inclinado a separarse de Dios y despreocuparse del prójimo. En cambio, quien vive junto a Cristo aprende a ver las cosas desde Su perspectiva, experimenta Sus sentimientos y en todo lo que hace busca el bien auténtico de quienes le rodean de una manera más completa, eficaz y constante.
En sus mensajes para la Cuaresma, Benedicto XVI ha venido subrayando aspectos centrales del encuentro con Cristo y de la vida en Él, que siempre se traduce en la caridad: la “salvación integral” del hombre (2006) —que luego desarrollaría en su encíclica Caritas in veritate—; la cruz como revelación del amor de Dios en Cristo (2007); el sentido de la limosna (2008); el valor y la razón del ayuno (2009); la promoción de la justicia vivificada por el amor (2010); y, finalmente, este año, el redescubrimiento del Bautismo.
«El Bautismo no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo».
Las cinco semanas que constituyen la Cuaresma señalan —con el Evangelio del domingo correspondiente— jalones de un camino: la lucha contra las tentaciones, la oración desde la contemplación de la gloria de Cristo en su transfiguración, la apertura al don del Espíritu Santo con su gracia (agua viva para la sed de Dios), la luz de Cristo que nos lleva a vivir de fe, y el horizonte de la vida plena (vida eterna incoada ya en la tierra) como meta del cristiano.
Para facilitar esta conversión, la Cuaresma vuelve a proponer tres prácticas cristianas tradicionales: el ayuno, la limosna y la oración. El Papa dice que para el cristiano el ayuno «no tiene nada de intimista». Y así es, porque tanto el ayuno como la limosna y la oración, no buscan que alguien se quede ensimismado en la propia interioridad, buscando simplemente “sentirse bien”, al margen de los problemas del mundo. Al contrario, el ayuno, la limosna y la oración son como tres puertas que nos abren a Dios y a las necesidades de los demás. El cristiano no es alguien que cuando reza o se sacrifica por otros busca sentirse bien, sino unirse al Bien que es Dios y, en consecuencia, hacer el bien a todos.
«La idolatría de los bienes (materiales), en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro?»
En cuanto a la oración, es la raíz de todo este camino, pues nos permite situarnos en la perspectiva que da sentido y horizonte a nuestro tiempo. «En la oración encontramos tiempo para Dios, para conocer que ‘sus palabras no pasarán’ (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que ‘nadie podrá quitarnos’ (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna».
Por tanto «el periodo Cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad; acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo».
Cada Cuaresma es una invitación a tomar conciencia de que sin Dios la existencia humana carece de sentido pleno. Para los que ya siguen a Cristo, una oportunidad de purificar la vida y las intenciones, de alargar la mirada, de renovar las fuerzas para seguirle más de cerca, y, como consecuencia, abrirse más a las necesidades materiales y espirituales de los otros.
En la cultura de la comunicación, los cristianos quedamos emplazados ante la responsabilidad de convertir nuestra propia vida en “buena noticia” (Evangelio): en un mensaje salvador que otros pueden percibir y aceptar porque está avalado por la conducta, el testimonio y los argumentos de quienes comparten con ellos sus trabajos, sus alegrías y sus penas: «Con nuestro testimonio evangélico —ha señalado Benedicto XVI en su homilía del Miércoles de Ceniza—, los cristianos debemos ser un mensaje viviente, más aún, en muchos casos somos el único Evangelio que los hombres de hoy leen aún». Es éste un motivo más para vivir bien la Cuaresma: «Ofrecer el testimonio de la fe vivida a un mundo en dificultad que necesita volver a Dios, que tiene necesidad de conversión» (9-III-2011).
Volver a Dios para morir a uno mismo y resucitar, contribuyendo a dar vida a los demás. Tal es la tarea constante del cristiano.
Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
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José Carlos Martín de la Hoz
"Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV".
José Carlos Martín de la Hoz en omnesmag.com
El Papa León XIV comenzó su primer viaje a España con la mayor ilusión y entusiasmo posibles, pues no solo se preparó espiritualmente y se documentó lo necesario, sino que habló con los periodistas en el avión y se acercó fila a fila para entretenerse con cada uno de ellos.
Esta ha sido la tónica de todo este largo e intenso viaje: buscar a la gente, acercarse a las personas, a cada persona; autoridades, miembros de la escolta, público en la calle, políticos o gentes de la cultura.
Indudablemente, el programa de actos oficiales estaba bien cargado, y sobre todo muy pensado, pero también hay que reconocer que la agenda privada estaba también muy llena de visitas y atenciones de casos especiales, de personas necesitadas y de problemas delicados.
Los saludos y estrechones de manos del santo Padre no han sido en ningún momento protocolarios; sus conversaciones con los niños del colegio que le recibieron en el aeropuerto o con la reina Leticia, eran conversaciones afables, abrazos sonrientes, abiertos y entrañables.
El Santo Padre es muy humano y muy divino, y ha predicado con el ejemplo lo que luego iba a salir en todas sus intervenciones: el diálogo fraterno, aprender del otro, estar a la escucha. Ciertamente ha reflejado a las claras tener un corazón de misionero agustino que siempre estaba con el pueblo y que vivía con los indígenas y que ahora sigue latiendo en un corazón universal.
El Santo Padre ha venido a España a encontrarse con cada uno de nosotros y darnos su afecto, su cordialidad y su simpatía arrolladora. León XIV es la viva figura de san Agustín: un hombre tocado por el amor de Dios cuya misión fue sencillamente amar a cada persona con la que se cruzaba y enseñar a amar con su predicación, con su vida y con sus escritos.
La frase más repetida estos días, era el marco-anuncio de la visita: “alzad la mirada”. Esto, ciertamente, se podía hacer de muchas maneras: como lo hubiera hecho san Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, o como lo ha hecho León XIV: siendo Cristo que pasa en nuestra tierra, que atrae con su mirada, con su sonrisa, con su naturalidad agustiniana y americana.
Después de leer el libro de las “Conversiones “de San Agustín, su “De civitate Dei”, “de unico baptismo” o el de “bono matrimonii”, ciertamente se concluye que no estamos en el discurso oriental del pontífice polaco ni en la cálida racionalidad de Ratzinger, ni en el empuje de Francisco, sino en el corazón ardiente de san Agustín como se refleja en el escudo pontificio de León XIV.
Las ideas que nos iba a trasmitir ya habían sido preanunciadas en su Encíclica “Magnifica humanitas” (25 de mayo de 2026), lo que ciertamente descolocó a todos los que habían escrito sus discursos en el mes de mayo para tenerlo ya todo preparado y controlado: discursos, crónicas periodísticas o las columnas de los diarios y chascarrillos de los tertulianos.
Pero una cosa es ver redactados los discursos, oírlos, escucharlos detenidamente con papel y bolígrafo y otra, bien distinta, es caer en la cuenta de que el Espíritu Santo había decidido un cambio de marchas de mayor calado de lo que nos habíamos imaginado. Hemos vuelto a Platón, al mundo de las ideas, al corazón apasionado. A las frases cortas o a los discursos bellísimos a la literatura clásica del siglo de oro de las letras castellanas. Hacía falta que alguien nos diera un revolcón cultural y nos recordara las raíces cristianas de España.
Igual que surgió el Romanticismo alemán después de Kant y Descartes, era necesario que surgiera el corazón de Agustín después del tomismo renovado por la Escuela de Salamanca que ya había sido el nervio del discurso del santo Padre desde el día que llegó.
Ciertamente, en el discurso en el Palacio de Oriente, el Santo Padre comenzó por agradecer a España su aportación al Derecho internacional y eso descolocó a algunos que no vieron a Vitoria y su derecho de gentes, sino que pensaron en las diatribas del Pontífice con Trump y con Sánchez.
Estamos celebrando el V Centenario del comienzo de la Escuela de Salamanca y con ellos el comienzo de la docencia como catedrático de Prima de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca.
La Escuela de Salamanca, comenzada por Francisco de Vitoria aunó a todos los grandes pensadores de su tiempo, jesuitas, dominicos, franciscanos, agustinos de su tiempo, para inventar el humanismo cristiano que fue el paso del humanismo pagano del Renacimiento a un humanismo internacional gracias al derecho natural, al amor a la libertad y a la defensa de la dignidad de la persona humana.
Ciertamente en Grocio y en la declaración universal de los derechos humanos de 1948 se trascribieron los principios de las Relecciones de Francisco de Vitoria sino que se fundamentaron: aquellos derechos consecuentes de la dignidad de la persona se fundamentaron en que el hombre es y será siempre imagen y semejanza de Dios.
La mañana del día 8 el santo Padre ha expuesto a los políticos de este país un programa idéntico al que después a recordado a los obispos reunidos en la Conferencia episcopal española que celebraban el sesenta aniversario de su constitución.
Ciertamente, se puede ser moderno y vivir el Evangelio, como decía Juan Pablo II en Colón, basta con vivir el humanismo cristiano que nos ha recomendado el Papa León XIV como aprendió de la Escuela se Salamanca y la virtud de la caridad como nos enseñó el Papa Francisco y san Agustín.
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